Una verdad

Me miran inquisitivamente. Mis pendientes. Inquisitivamente, aquel adverbio gastado. Los tengo en un post-it frente a mi escritorio. Me miran. Me cuestionan. Cuándo, a qué hora, en qué momento. No tengo fuerzas, les digo. No ahora. No hoy. Estoy cansada/deprimida/ansiosa/yo misma estoy inquisitiva. Repaso mis errores, los errores que he cometido en cuestiones de trabajo, de escritura. Las cosas que dejé ir. Y más: quienes me dejaron ir. ¡No, no vayas a ese lugar! Como Chandler Bing: no abrir esa puerta. El signo del fracaso, mi palabra favorita. Y la otra es vergüenza.

Me ahogo. Escribo mucho a mano. Algo que yo, grandilocuentemente, llamo un libro. Si en otro, que no se materializa, que he intentado mover poco, que sigo modificando eternamente en infinitos archivos, me tardé tantos años. Y para qué. Pero igual, siento que necesito escribir eso. Es mi método de sanación*. Se sabe: la despersonalización, el hospital Ramos Mejía, aquellas semanas de abril y mayo de 2016 que recuerdo tan milimétricamente. Y lo que vino después. Y lo que sucedió antes que quizá me llevó a ese lugar. Y cómo lidio. Porque sólo lidio. Capoteo. Brego. Por lo menos estos días he llegado a admitir que no lo tengo superado, que hay secuelas, que sigo inmóvil. No avanzo en ninguna dirección, voy con la marea. A veces lloro. Cuando la angustia me sube, voy al cine. Me pongo a fumar, lo cual detesto. Miro el celular, miro las fotos repetitivas de Instagram, los tuits repetitivos de Twitter. Converso con amigos. Los amigos salvan. Pero no pueden salvarte siempre, a todas horas. Me voy a mirar cosas, a hacer compras en la mente, de fantasía. Ya hace mucho frío. Entró el invierno. Y siempre me ocurre que me enfermo de gripe y de tristeza en los inviernos. Más en los australes, me repito aquí demasiado: no hay nada, no hay Navidad. Sólo frío. Viento polar. Me siento excluida de todo, otro sentimiento tan familiar. De todo porque mi personalidad o mi timidez o mi postergación o mi inseguridad o mi circunstancia me impiden participar de la militancia, por ejemplo, o de lo literario. Me encierro. Me quejo. Como ahora, públicamente. Pero en voz baja.

¡Ah, malditos post-its! Mis fantasías son de terminar. Acabar. Clausurar. Avanzar. O mejor: lograr, poder. Escribir. El ideal que no puede ser alcanzado.

Antes yo leía mucho a Juan García Ponce, pero ya no. Aquí tengo una novela suya, ¿por qué la tengo? Me parece que la compré en “El rincón del anticuario”. La presencia lejana. Ilegible. Pero ayer subrayé esta frase:

Se sentía en el estado de ánimo del comienzo, en esa mágica suspensión que precede al principio inmediato de todo viaje, cuando nos sentimos aliviados de nuestro propio peso y la realidad anterior ha desaparecido ya sin que tengamos todavía ninguna otra enfrente.

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Escribí lo anterior hace una semana. ¿Le daré publicar? Sí, ¿por qué no? Lo escrito, escrito está. Ahora mismo no estoy tan abajo. Pero sí, porque comienzo a trabajar y calculo lo que me falta y me vienen las punzadas.

No estoy escribiendo en mi diario, porque ese diario se terminó: el cuaderno mismo, pero también la compulsión de fijar los acontecimientos diarios. Además toda la escritura a mano se la estoy dedicando al proyecto grandilocuente, que de muchas maneras opera también como un diario: empezó en septiembre, perduró durante el ardiente verano, sigue y sigue mientras escribo en esta mesa o en la cama, con la estufa prendida, los dedos helados y el dibujo de la letra, a veces, horrible. Intenta conjurar una experiencia. Pero, releyendo a Garramuño, otra vez compruebo que en el arte no queda la experiencia sino otra cosa, exterior a ella. No es lo opuesto y no la redime. *No repara.

Pero ayer, ah, cuánto bienestar con los amigos verdaderos que he logrado encontrar en esta ciudad, y comer, y reír, y mirar un partido de fútbol.

Acabo de pegar otro post-it.

 

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Mi historia con Luis Miguel

Salía en portada en todas las Eres de aniversario. En realidad, es mi historia con la Eres. La revista que, consulto en la Wikipedia, circuló por primera vez el 16 de septiembre de 1988: en esa mítica portada, que por supuesto mi hermana conservaba, aparecían juntos Luis Miguel y Sasha, ídolos juveniles de la época. El efebo y la princesa de nombre eslavo y ojos (y cejas) hipnóticos.

La fórmula de cada número había sido inaugurada: una pareja dispareja,  siempre sorprendente: dos artistas de distintos “artes” y temperamentos: una actriz fresa de telenovelas y un rockero, una cantante explosiva y un actor recatado, o un futbolista, o la cara más guapa de un grupo…

Entonces, ¿por qué…? (¿88, 89?)

Aunque luego, más principios de los 90…

Ambos números los venden en Mercado Libre México.

Pensar que teníamos una colección con cierto valor de cambio. Pero, más que eso, consultar el archivo. Lo consultaría de buena gana. Ya tuvimos una conversación de nostalgia sobre la EresCuánto aprendimos de música con ella: en un número estaban lo mismo Kabah que The Chemical Brothers, Dave Mathews Band que Jeans, Michael Jackson que Daniela Romo, TLC que La Lupita, Depeche Mode que ¿Federico Vega?

Artículos verdaderos (consultados de lo más parecido que existe, hoy en día, a un archivo):

¿Alucinas o neta traes mala vibra?

Tácticas para que te pele.

¿En bancarrota? Vacaciones sin lana.

¿Qué hacer si te mandan a la goma?

Pero también:

Salí con él y me violó.

Mi mejor amiga está… ¡embarazada!

Tips cósmicos de Sha-man

(El lenguaje que era tan reconocible).

Test: ¿Eres una plasta?

Los artículos de Pilar Obón. Cómo hacía reír Pilar Obón, cómo podías imaginártela hermosa, comprensiva, alivianada. Una especie de faro moral.

La revista que se esforzaba por ser “unisex”, o sea, universal. Conflictos de muchachos y muchachas. Y de muchachos y muchachas homosexuales, y de muchachos y muchachas que nacieron en el cuerpo equivocado. En una era pre-lenguaje inclusivo, se esforzaba por mantenerse no tanto neutral como múltiple: los artículos de Obón, cómicamente, efectuaban marometas lingüísticas y comentarios entre paréntesis para abarcar más de un género. Artículos -y “tests” y “tips”- que fomentaban el conducirse con responsabilidad, con algo parecido a la madurez. La realidad de las drogas y del sexo. En una palabra: la juventud. Cartas a la juventud.

El compa, de mi trabajo en Grupo Medios, que había formado parte del primer equipo de la Eres. ¡Las cosas que nos contaba! Fue mi sueño, el detrás de cámaras. Que se iban a la biblioteca a escribir los artículos. A-la-bi-blio-te-ca. Cómo se diseñaba, en programas rudimentarios, el aspecto de la revista. Y la genial anécdota del vivaracho que se hacía cargo de esa famosa sección, Antropología, donde se reseñaban antros noventeros de Ciudad de México (y a veces, obvio, de Acapulquirri) como El Alebrije, La Boom, Medusas, y que instituyó sin saberlo -y sin avisar, para quedarse con la lana- la costumbre del artículo pagado.

La Eres donde aprendí a amar.

Es verdad. ES VERDAD. Lorenzo Antonio fue el primer ser humano que yo amé románticamente. Tenía cuatro, cinco años, no podía pronunciar inglés ni blanco (ingrés, branco) pero afirmaba que Lorenzo Antonio era “mi novio”.

Amar sin saberlo, el amor que no se atreve a decir su nombre… (en este caso, Natalia Esperón)

El amor por el bello rostro de Bibi Gaytán, sueño sexual de los años noventa.

La Eres que yo leía en la cama queen size que durante años compartí con mis hermanas, a solas en casa salvo por mis padres, las noches de sábado que mis cuatro hermanos adolescentes se iban a la disco (las “discos” organizadas en salones de usos múltiples de Polo). La Eres que yo leía cuando me vestía así, tal era mi atuendo no de sábados y fiestas y reuniones sociales sino de diario, pues durante muchos años vestí de vestido ampón por elección propia (¡!):

La Eres que describía un mundo más inocente, un larguísimo y mexicanizado episodio de Dawson’s Creek.

Como cuando Edith Márquez mostraba su cuarto y a mí me encantaba notar que tenía esas letras de colores acolchonadas que, justo, mi hermana Livia también tenía pegadas en la pared de su cuarto (que igual compartíamos), en nuestro departamento del sur del D.F., en la unidad 440, colonia Cacama, delegación Iztapalapa, donde, por usar un término de un comediante para mí caído en desgracia, “entré en línea”. Adquirí la conciencia en las avenidas La Viga y Ermita Iztapalapa y Río Churubusco, en la zapatería Canadá de esa esquina, y en el Gigante al que acudíamos, y al mirar el anuncio de calcetines Durex -¡Durex, antes de los otros Durex!- que me indicaba, cuando volvíamos de Polo, a donde íbamos algunos fines de semana antes de establecernos ahí en 1992, que estábamos cerca de casa.

Cuando formaba parte de Timbiriche, o, en palabras de Luisito Rey, “el Parchís de acá”.

Pero, dirás, ¿qué tiene que ver Luis Miguel con todo esto?

Bien. Luis Miguel, ya dije, salía siempre en la portada de aniversario. Se sabía, se intuía, que Luis Miguel era nuestro más grande artista (México años ochenta/noventa). Ese hombre hermético de ojos bonitos y dientes enormes. Que cantaba como los dioses, ¡una voz virtuosa!, todo misterio a su alrededor.

CÓMO OLVIDAR aquella portada con Thalía, la del primer aniversario año 1989. El labial doradísimo de Thalía, a tono con los ojos y el pelo de Luismi. Y en el interior el desplegable que se anunciaba con un dramático EL BEEEEESSSOOO y que constituyó la primera vez, lo confieso no sin vergüenza, que sentí chistoso al interior. O sea: excitación. O sea: indicios de erotismo. Y ya entonces me preguntaba: ¿es por él, es por ella? Claro, ¡era por los dos! Gustar siempre de todes, mi sino. Pero nos desviamos…

Ah, Thalía…

(en Wikipedia se informa que se le conoce también por los nombres: Reina de las telenovelas, reina del pop latino, emperatriz de la belleza, Diosa Azteca).

Por alguna razón teníamos un elepé (un vinilo, pues) del mejor disco de Thalía, llamado… Thalía. Con los éxitos “Amarillo azul”, “Un pacto entre los dos”, “Saliva”. Lo ponía en el estéreo que teníamos, que era formidable, acabados en falsa madera, y tocaba casettes y discos compactos ¡y vinilos!, una torrecita multiusos. Entonces, cuando nadie me veía, yo cantaba: un pacto entre los do-oh-os.

Luis Miguel. Luis Mirrey. El rey. Y las princesas que insistían en emparejarle.

Así eran las cosas. Totémicas. A veces mi hermana pegaba los pósters de Luismi en las paredes: Luismi siempre mirando en lontananza, ceño fruncido, ecos lejanos de James Dean. Vivir en D.F. y luego en Polo. Pero siempre comprar la Eres. Siempre él en su edición de aniversario. Y si Luis Miguel cambiaba, la revista cambiaba con él. ¿O era al revés?

En los boliches de Buenos Aires, hasta en las fiestas de la perversión, llega un momento en que ponen Cómo es posible que a mi ladoAmor a la mexicana, y es imposible no bailar, no cantar, no reír.

Mi historia con Luis Miguel es escasa, poco cercana, y sin embargo…

LLEGA LA SERIE SOBRE LUIS MIGUEL, año 2018.

Entonces puedo rastrear mi entusiasmo por dicha serie a una etapa específica de mi educación sentimental. ¡Ahí están, ficcionalizados, los personajes de la revista que hojeaba una y otra vez! Yuri, Sasha, Stephanie, Lucero, Palazuelos, ¿hay algo más Luis Miguel la serie que esta portada?

LUIS MIGUEL EN ACAPULCO: ¡SUPER SHOW!… Y MUCHO MÁS. Pero también: BLAZER+CAMISETA+JEANS: ¡EL TRIÁNGULO PERFECTO!

La blusa de la misteriosa y millonaria Érika, en el último episodio: aquellas blusas lisas, de cuello de tortuga, con tremendas hombreras. Las que mi hermana usaba. Me enternezco, ¡claro que me enternezco!

Pero el tiempo es despiadado.

El tiempo lima las piedras, derriba monumentos, arruina nuestros cuerpos.

En los fríos dosmiles, en esa primera década sin estilo, sin sabor, de pantalones acampanados deslavados y con apliques dorados y blusas de holanes y cinturones horrorosos a la cadera, en mi mundo que no existía eso sino negrura y HIM y Placebo y Finch y Prepa Sur y la ciudad de Querétaro, donde entonces vivía, la Eres dio sus últimos estertores. Un espectáculo de la decadencia.

¡TODO ESTÁ MAL AQUÍ! ¡TODO!

Para entonces no nos importaba la Eres. A mí, por ejemplo, en esa época me importaba La Mosca en la Pared. Música, de toda, y “contracultura”. Ese formato extrañísimo, más grande que una hoja tamaño oficio. Diseño alucinante. Donde publiqué mi primer artículo: una entrevista a Lucybell. Y luego otras cosas, textitos que me dieron fama local en la facultad (no es verdad: sólo entre un compañero de la barra de los Gallos Blancos y sus amigos fut-rockeros). El amor por las revistas, tan de persona nacida en los ochenta. Trabajar luego en revistas. Ya no. Aunque luego, quién sabe.

Padezco ansiedad. El martes por la noche estaba tan hundida, tan abatida por eso y por una gripe, que llamé por teléfono a mi hermana Livia. Hablamos unas dos horas. De todo. De esto y aquello, y de lo Importante. Al final platicamos de la Eres. De la colección que ella tenía, y que un día mi mamá, sin más, tiró a la basura. Suele hacer eso. Arranques de limpieza. Le informo que venden ejemplares en Mercado Libre en 150 pesos. ¿Te imaginas? Lo que daría por hojearlas. Pero, oye, le digo, ¿sabes que la Eres volvió? ¡No! ¡Sí! Y tras el consuelo de sus palabras, le mandé la foto. El mismo logo, otra época.

El tiempo despiadado. Yuya y J Balvin.

Nada nunca será como en nuestros recuerdos.

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Mayo primero

Mudanza

Otra vez me cambié de casa. De barrio, de vida. He vuelto a una zona donde antes viví, pero de otra manera. Los redescubrimientos. Un nuevo ángulo. Ventajas y desventajas urbanas (más, muchos más colectivos; más, mucho más acoso por las noches). Caminatas interminables, nuevamente la ciudad es posible a pie. Plaza San Martín, Puerto Madero, San Telmo, Corrientes, Barrio Norte. La luna de miel de los paseos y las combinaciones. El adentro, el agradable adentro. La luz. Lo que sirve mejor en un lado (la nueva ducha: inmenso placer; pero, allá, el balcón…). Lo que se extraña. Lo que no se extraña. Pero soy adaptable. Como el agua me introduzco en el espacio y adopto sus formas. Las superficies nuevas, los paisajes nuevos, los sonidos nuevos (el silencio durante las noches, ah: el caos está afuera, apenas traspasar la puerta, pero adentro nos envuelve un hipnótico ruido blanco). La vida compartida, y simultánea, y paralela. Las posibilidades. Dominar las cosas, dominar la estufa que me hace gastar los 222 patitos uno tras otro. Sin saber, ¿quién sabe las cosas que sucederán? Emocionada y también exasperada o quizás solamente cansada: dos meses anteriores muy duros, y accidentados, a veces de manera tragicómica, y repletos de experiencias nuevas, algunas bellas, otras muy tristes. Es decir, risas y llanto al por mayor.

Hice la mudanza en dos partes y cuando volví al día siguiente a la casa, al cuarto vacío, noté que los lugares sin nuestros objetos no son nuestros lugares.

/Empecé a escribir esto cuando estaba el Bafici todavía. Recuerdo todas las que he visto en un Bafici, y éste fue más cercano por tantos motivos.

/El calor no se va, vuelve como un eco. Está húmedo el ambiente, llueve poco./

/Este fin de semana llovió, al fin. Una tormenta eléctrica que derribó todo, dejó muerte a su paso. Durante horas, sin parar, cayó la lluvia./

/Murió mi abuelita Emma. Murió mi primo Joao. Con semanas de distancia. El no saber qué hacer con eso. Y la tristeza infinita./

/¿Cuándo volveré a escribir en mi blog? ¿Cuándo presionaré publicar? Antes de esto hay una entrada cortada, algo nuevo que salía al intentar recuperar el texto sobre el sismo que perdí. Empezó a aparecer el día 19 de marzo.

Escombros

Seis meses y un poco más. Me tardé un mes, mes y medio, en escribir algo que yo quería decir al respecto. El terremoto ocurrió un martes. El fatídico 19 de septiembre que es la fecha que recuerda la destrucción: de la ciudad y de las vidas, los ¿diez mil, treinta mil? (¿algún día tendremos una cifra certera?) cadáveres de 1985. El 19 de septiembre pasado yo tenía una cita médica y después iba a ver a mi primo Bef, que estaba con su esposa Gaby en Buenos Aires. A cierta hora de la tarde trabajaba y mensajeaba con amigos cuando entró un mensaje al grupo de Whatsapp familiar. Era mi mamá, preguntaba cómo estaban todos, si lo habían sentido. Un temblor sentido en Polotitlán no podía ser un simple temblor, tenía que ser un terremoto. Entré a Twitter y vi la foto de un edificio colapsado sobre Eugenia. No, primero vi la foto de unas grietas en el aeropuerto. Esa visión era grave. Pero el edificio colapsado me dejó en blanco. Me detuvo el corazón. Hubo un cambio en el interior. Sentí que se descuajaba algo. Y después fue consumir, sin interrupciones, más imágenes y más videos -había uno desde un piso treinta o cuarenta donde se veía una panorámica de la ciudad con huecos, auténticos huecos, de los que salían estelas de humo- y mandar mensajes, y preguntar a todo mundo, primero por los amigos con quienes hablaba, luego por aquellos que yo sabía que estaban, viven, trabajan en la Roma, la Condesa, la Narvarte. Los nervios y el llanto solitario. Salir a Buenos Aires y no reconocerme como habitante de esta ciudad donde todo transcurría con la normalidad debida aunque algunos me preguntaran cómo estaban mi familia y mis amigos y se preocuparan dentro de lo que era pertinente y siguieran adelante, pues, ¿qué entenderían ellos de un terremoto? El desastre natural está localizado, y eso lo vuelve específico, único, determinado de su origen: los terremotos en la Ciudad de México (en el Cinturón de Fuego y las regiones que hiende), y los huracanes y los ciclones y los duros inviernos y la sequedad que son fenómenos propios de otros lugares, cada lugar guarda su tragedia o su amenaza, y en Buenos Aires un temblor o un terremoto no significan nada, carecen de modelo de experiencia, son imaginados, lejanos, nunca fijaron su impronta, sobre todo en lo social, en lo colectivo, en lo emocional: el año 1985, los espacios vacíos de la Ciudad de México convertidos en estacionamientos, los edificios todavía derruidos, las edificaciones post-sismo, los parches, la fisonomía transformada. La actitud hasta religiosa de aquellos que que lo vivieron: evocación, temor y reverencia. El diario de Cristina Dovalí, que siempre me lleva a las lágrimas. El olor que algunos describen en el Centro Histórico. Olor a cadáver. La fosa común del Parque Delta: un estadio de béisbol antes, un anfiteatro después, un centro comercial ahora.

Había mirado las fotos del antes y el ahora. La esquina de Concepción Béistegui y Yácatas por la que yo siempre pasaba cuando venía del metro a casa -a la que era mi casa, a la familia que éramos entonces-. Medellín, cuando apenas a fines de 2016 cruzaba tanto por ahí en las horas libres de la oficina. O en aquella otra oficina de Oaxaca donde fui tan feliz y tan infeliz años atrás, y me sabía de memoria cada esquina de Salamanca. Ámsterdam, “la banda de Moebius”, dijo Gina una noche. Los lugares donde yo hacía mi vida en esa ciudad que anhelé tanto durante aquellos días caóticos, tristes, iracundos, pletóricos de llanto. La geografía emocional devastada.

Visita

Dos días después del terremoto me llegó una visita de Montevideo. La paradigmática uruguaya. Pero fuimos el terror la una para la otra, más ella para mí, aunque a veces no estoy tan segura… Por la tarde intenté dormir, llovía a cántaros afuera, y cuando desperté el cuarto estaba a oscuras, entraba un poco de luz grisácea por la ventana, y ella estaba sentada en la cama y me miró y me dijo que necesitaba salir, que se estaba volviendo loca. Intercambiamos las pesadillas. Las veces anteriores, en Uruguay, había sido mi sueño. Ahora me asfixiaba. Mi cuerpo se volvió un refugio, dormir para irme a otro lado y no enfrentar el desastre en que se había convertido todo, ¿cómo y de qué manera? Pero gracias a eso, cuando se fue, cuando por fin se fue y poco a poco, con el pasar de los días, intenté explicarme lo que había ocurrido, me senté y, pluma en mano, empecé el relato necesario de mi quiebre de, ahora, justo hace dos años.

Buenos Aires

Perseguía una idea aquí, pero ya la he perdido. No me voy. Decidí quedarme. Circularmente, vuelvo al barrio donde viví en mi primera temporada aquí. Pero es otro y yo soy otra. Sólo quedan huellas. La transformación continua. La ciudad nunca adquiere su faz definitiva.

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‘El internet de las cosas’ de Pablo Duarte: voluntad y técnica

Publicado originalmente en CECLI revista.

En la quietud del asueto, bajo la luz de la mañana que de otra manera pasaría en la oficina —y que por eso también era extraña y novedosa— los objetos de su propio departamento se enrarecieron de pronto.

Entonces, Pablo Duarte miró.

Miró los objetos, luego los fijó. Con un lápiz y sobre papel blanco se dedicó a dibujar, sobre todo, electrodomésticos. Los contornos de una licuadora, las líneas rectas y las esquinas curvas del módem, dos lámparas contiguas que parecen conversar. En 2014 empezó a subir estos bosquejos a su cuenta de Instagramcon la etiqueta #malosdibujos.

Es verdad que en ellos hay algo de malhechura, pero deliberada: líneas salidas que bien podrían borrarse pero que el autor elige dejar ahí, en trazos que a la vez son limpios e hiperrealistas, con sombras y perspectivas, con detalles como nombres de marcas, raspaduras, y papelitos e imanes en la superficie del refrigerador (o heladera, o nevera, como prefiramos llamarlo). Dignos, estáticos, los objetos transmiten una melancolía o una impotencia que viene, nos damos cuenta de repente, de su inutilidad. De su corta expectativa de vida. De lo pronto que sus servicios dejarán de ser requeridos (una tosca aspiradora), de su perdurabilidad forzosa a falta de una mejor opción (los conectores de luz o los cargadores de teléfono), o de su desuso general (una caja registradora, una radio de pilas). “Pobres objetos”, nos obligamos a pensar, tan mortales y tan envejecidos y tan próximos a convertirse en desecho como cualquier cuerpo humano. Destinados a la inoperancia y, en algún sentido, a la aniquilación.

El libro El internet de las cosas recopila algunos de los #malosdibujos de Pablo Duarte (Ciudad de México, 1980). Se publicó a fines de 2017 bajo la licencia Creative Commons por el Centro de Cultura Digital, espacio multifuncional que opera en el sótano de la vilipendiada Estela de Luz de la Ciudad de México, y se encuentra disponible para su libre descarga en su sección de e-literatura, donde también hay otras interesantes obras de literatura digital y proyectos alternativos; uno de ellos es UnBotMás, instalación que estuvo en este espacio entre junio y agosto de 2017, y que se compone de un robot alimentado con textos de las autoras mexicanas Enriqueta Ochoa, Josefina Vicens, Rosario Castellanos y Nellie Campobello. Todavía tuitea en @botliterario1.

En el proyecto de Pablo Duarte también hay espacio para el humor. Los objetos hablan como chavos y aluden a la cultura digital en la que navegan. Junto al dibujo de la licuadora, una exclamación: “¡Mamá! ¡La licuadora está haciéndose pasar por mí en Facebook!”. La lavadora y el refri: “Ponle: «Aquí esperando a Godot», y taguéame”. Un artefacto de apariencia extraña, tan ubicuo en los tianguis mexicanos, advierte: “Googleame. En serio, soy conocido” (es la máquina para preparar eskimos).

Según el posfacio de Guillermo Espinosa Estrada, la idea subyacente del proyecto es la obsolescencia programada (un término popularizado por Bernard London y entendido como la creación de productos de mala calidad para incentivar el consumo constante). Me parece una manera un tanto perezosa de leer lo que se revela en los objetos excelentemente maldibujados de Pablo Duarte.

En su ensayo Apuntes sobre el tecnologismo y la voluntad de no querer (revista Artefacto, diciembre de 1996), el teórico argentino Héctor Schmucler recupera el origen de la palabra técnica –tan cara a la escuela de pensamiento marxista– en el término griego techné: aquello que implica conocer una cosa profundamente, comprenderla a ella, y, por ende, su producción. El concepto encierra en sí mismo la poiesis, es decir la poesía, es decir el momento creador. El vínculo de amoroso, renovado asombro entre el hombre y aquello que lo rodea, más parecido a la labor del artesano que a la del trabajador posfordista que no crea sino que produce y, por tanto, está desvinculado de su trabajo. Pero la técnica provocante, como la propone Heidegger según recuerda Schmucler, exige permanentemente de la naturaleza, la concibe como una proveedora de recursos. La provoca. Y el hombre, reificado, se vuelve un mero recurso humano, un productor.

El tecnologismo sería, así, la ideología dominante sobre la técnica: es tautológica porque no permite crear un discurso sobre ella, la considera una y necesaria, y, de este modo, la reafirma; además, la opone a la no-técnica y la excluye de la voluntad humana. Extirpa la poiesis. Vamos: lo que se juega aquí es la libertad, el progreso entendido como la máquina que deshumaniza y borra, la técnica ante la que el ser humano se rinde. El tecnologismo detiene el tiempo ya que declara superfluo el pasado, pues “para la técnica moderna no hay más futuro que el de su propia multiplicación dominadora; verdaderamente no hay futuro sino una expansión mimética del presente”.

Cuando Duarte dibuja las máquinas las humaniza sólo porque están degradadas, o porque están a punto de serlo aunque no lo sepan: el iPhone le habla en algoritmos a la máquina registradora, que responde con los caracteres del código ASCII. Ninguno sospecha –porque en su existencia son puro presente– aquello que Schmucler advierte: sólo importa el futuro, el modelo siguiente. Cuando la máquina se descompone se individualiza: ya no realiza su destino, abdica de él. Pero también se dignifica cuando confía en su viabilidad –en un desempeño de una sencillez tal que tiene que ver más con la pericia que con el discurso– a largo plazo: una imponente cafetera italiana. A mí, por lo menos, ese instrumento tan antiguo todavía me maravilla.

Entonces Duarte mira la técnica, y al capturarla mediante lo que podemos categorizar como arte, la comprende como poiesis. Si la reproductibilidad se traslada al papel, si se anula el uso y la acción para abrir paso a la contemplación, Duarte puede constituirse como un artesano que encuentra la poesía en la tecnología. Y en esta operación también puede encontrarse, sobre la técnica, el triunfo de la voluntad humana.

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Call me

Crisis. Crisis tras crisis. Mucho trabajo. Esa forma de meditación que es el demasiado trabajo. Cómo embota los sentidos. No me escribo, no anoto las cosas para recordarlas. Tengo entradas a medias aquí. Llevo semanas con el deseo de escribir de Chile, de ese viaje tan intenso y por eso tan perfecto, que contuvo todas las emociones, los picos y los abismos, y las casualidades o sincronías, ¿o qué eran, qué fueron? Había crisis entonces y no se apaciguaron al volver sino que la bola de nieve rodó y rodó y su fuerza y su velocidad me alcanzaron y fui arrollada, y sigo respirando entre la nieve o el calor, empezó a hacer calor, y luego el calor se trasladó a otras partes de mi cuerpo y en medio del desastre, el placer, y los dos polos del sentimiento, hace unos días quería escribir esto, aunque ya no tiene mucho caso, porque no puedo dejar de pensar en Call me by your name, la fantasía o el ideal de un amor, y la dicha y el dolor que emanan de él. Y la duración, el estudio de la duración. Porque el tiempo objetivo ocurre afuera, el calor y el sol y la lluvia y la noche y el día, y la atmósfera de los sitios donde ocurre el amor, y el paisaje, y a partir de ellos el dibujo de un pequeño mapa (el amor encontrado en el verano, sus llamas que en invierno arden todavía). El deseo, el deseo animal: la experiencia que es, toda sí, profundamente erótica. Y del amor, lo sagrado de su recuerdo. Yo tampoco quiero estar en bancarrota y volverme cínica y cada vez dar menos, tengo que desdecirme porque pensar que no me enamoro es pensar mal Ah: esta lujuria doliente, dice Francisca Valenzuela justo ahora. Pero he escuchado más a Javiera Mena últimamente. Otra era. Luz de piedra de luna. Dentro de ti (¡más, más Dentro de ti!)

Oye, tú que has andado por las Islas Baleares
navegando en un yate por el Mediterráneo

Yo te pregunto si tú
fuiste
dentro
de ti

Y con ésta que escucho mientras efectúo deberes por las calles de esta ciudad, sudando por el calor húmedo y quemante:

Y vuelvo por ellas a Chile. Un poco se cuelan Gepe y Teleradio Donoso y Alex Anwandter porque me han aparecido en su estela. Conjurar la experiencia (en algún lado, aunque sea en el blog; incluso más en el blog porque estando allá creí que ya no lo tenía, y sufrí su pérdida o la idea de su pérdida). Y entre ese viaje y ahora he ido dos veces a Uruguay, con resultados altamente uruguayos. Allá siempre Me Pasan Cosas. Ahora acaba de irse Tania: fue testigo de mis crisis, de mis reacciones a los problemas inesperados, de mis entretenciones, de mi llanto y mi enojo y mi mal humor y mi verborrea. Y mis dotes, las que tenga, de anfitriona y paseadora. Nuestras bromas. No acaban. Nos reímos tanto, tanto. Y en tantas cosas importantes nos entendemos tan plácidamente. Fuimos al Lorca a ver Lady Bird. Al Abasto a ver Call me by your name. Ella asistió a museos, yo me quedaba trabajando, fui a juntas en Villa Crespo, largas llamadas a los bancos. Siempre me joden cuando estoy en Argentina. Conocimos personas. Los tres muchachos de la rambla: uno de Boston, otro de Múnich (München), otro de Colonia (Köln). Los dos uruguayos. El muchacho que atendía el Happy Hostel que se parecía a John Snow uruguayo (su doble en el Sur). La muchacha española (de Valencia). El muchacho colombiano (de Bogotá). El trasero del empleado uruguayo del Buquebús (digno de mención). Paseos con Guille. El músico del Flux un lunes por la noche. La muchacha de la extraña técnica ligadora en Feliza. Y San Telmo y la Plaza San Martín y Recoleta y Callao. Mi rume y sus peculiaridades. Los ancianos de las empanadas (¡brindan tanto y no con nosotros!). Vino gratuito en el Malba. Noodles con Alicia. Un tren de Retiro al barrio chino. Comimos mucha pizza y muchas empanadas y tomamos mucha cerveza y mucho vino y mucho café, y ahorramos y estiramos la plata como en los rotísimos días de la universidad. Probó la belleza de una buena chipá (la expreso mal, según un artículo:

La chipa o el chipá.

Femenino y sin acento en Misiones y Paraguay.

Masculino y con acento en el resto del Litoral.

Rico en todo el nordeste.”)

Me tengo que mudar de casa, encima. Mudanza número 20, ó 21. El personaje sin domicilio fijo.

O volver a México.

¿Volver a México?

Estos días solamente escucho Visions of Gideon  y su I have loved you for the last time que probó ser agorero.

Gracias a Call me by your name me acordé mucho de una novela erótica que me encanta, de Alfonso Paso, Solo diecisiete años, una novela que no figura en nada de nada, que encontré entre los libros de mi papá cuando tenía doce o trece años, que leí con voracidad, con excitación, con culpa; ahora veo que se trata de una edición de Losada de 1969, en mi mente está indeleble la tapa con la ilustración sesenterísima de una muchacha de piel anaranjada y pelo violeta, y -también veo por internet, ya que mi libro se quedó en México- precedida por una cita de Marcuse, recogida en la contratapa:

“Ante lo que no entiendo, ante aquello que me parece terrible pero que existe, no me dispongo a juzgar. Lo escucho, oigo las razones y sólo lo desprecio cuando me parece fruto de la espantosa civilización represiva que nos ha tocado vivir. Si es un impulso natural, lo justifico en el acto”.

Mi edición con una etiqueta de ¿Aurrerá? ¿Gigante?

Una adolescente francesa se hospeda con sus padres en un hotel costoso, impersonal (adentro siempre hay “un frío químico”), en Torremolinos. La playa. Conoce a Víctor y Alicia, una pareja de españoles que sale al pueblo a bailar. La pareja y la invitada. Hay, narrada, la masturbación de una adolescente. El orgasmo como un patito que sube y sube. Hay tanto erotismo, tanta obsesión y desapego y bisexualidad, tanto misterio y ambigüedad y frustración y lentitud y esperas lánguidas y exquisitas, tanta luz mediterránea sobre cuerpos dorados en esta novela. Un libro del que nadie escribe, nadie se acuerda, de un dramaturgo que escribió y montó mucho en su época.

Una fantasía, le decía a Ana. De personas hermosas en escenarios idílicos. Una fantasía en la cual perderse, como hacía Emma Bovary. Y así entre los problemas de dinero, de burocracia, de legalidad, de bienes raíces, de facturación, de entregas urgentes, de documentación, de salud, de amor, de cambio total de vida, me pierdo un poco en la fantasía italiana de Oliver y Elio Elio Elio.

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Buenos Aires, 764 carta de amor

Conozco la ciudad. Pero ya no puedo mostrársela a nadie. He abandonado ese proyecto. ¿A cuántos amigos y amigos de amigos he paseado por las calles de Buenos Aires? Caminatas de un día, una tarde, una noche, varios días durante una semana. Repito los datos que he ido aprendiendo a solas o, a veces, con otros, y en el fondo me siento un poco una guía de turistas fraudulenta, improvisada, repleta de inexactitudes. Los digo con amor, sin embargo. Mi edificio Kavanagh. El departamento de Borges en la calle Maipú 994 6B. La avenida más ancha entre comillas. El Rodin de Congreso. La fiebre amarilla que devastó San Telmo. La plancha de metal que confina el cadáver de Eva Perón en el cementerio de Recoleta. La estrella de Cerati en Corrientes. Carlos Thays y sus parques y jardines. Las estatuas de Borges y Bioy Casares en La Biela, con el servicio renovado cada día. Y el besazo de protesta ahí mismo, cuando sacaron a dos mujeres que se besaban. La calle Arroyo que es mi pequeña París. Y en fin. A quién podría mostrarle todos los rincones que me sé, los menos espectaculares. Ahora descubro otros, después vendrán más. Pero esa ciudad inabarcable es apenas abarcable para mí misma. A nadie podría mostrarle todo lo que ya sé.

María. Tania. Hasiby y Víctor. Tony. Jordy. Maggie. César. Luis. Perla y Alicia. Henrique. Roberto. Midori y Tania (II) y Maite y Víctor (II). Diego y Gina. Rafa. La uruguaya.

Hay que tener disposición. Dejarse querer por los lugares y sobre todo quererlos. Así mido la energía y la curiosidad y la destreza de la gente, y cómo reaccionan y qué observan y qué preguntan o les interesa o desinteresa. Cuánto pueden caminar en un día. Qué cosas van a querer comer, comprar. Cómo administrarán sus días en la ciudad de Buenos Aires.

Pero se van. Vuelven allá de donde vienen. Yo me quedo. Sigo conociendo, ensanchándome la ciudad. No como antes, ya no. El método de exploración ha cambiado, se ha sofisticado. Oh, qué sé yo.

Luego está que un viernes o un sábado voy en el 15 de madrugada, volviendo de algún lado, y el colectivo va lleno de personas jóvenes que también vuelven de algún lado, amigos y amigas, novios y novias y novies, y están los que se ríen y gritan y cantan y se besan, y quien mira su teléfono o va con los ojos cerrados, y quien contempla lo que sucede detrás de la ventana o cuya cabeza cuelga y sus brazos también y su cuerpo grita el cansancio, y entonces yo siento mucho amor por todos y que una cosa nos une que no puedo explicar pero que sólo puede suceder en esta ciudad en este año en esta época.

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El canto de Temporada de Huracanes, de Fernanda Melchor

Publicado originalmente en Página Salmón.

En la primera imagen, cinco niños se dirigen a jugar pedradas por un canal que sube al río. Son cinco, con un líder que los guía entre el pantano. En el lenguaje hay un augurio: los niños se preparan para una batalla, conforman una tropa, están dispuestos a inmolarse y ninguno de ellos confesaría que siente miedo. Entre las aguas encuentran un cadáver, “una máscara prieta que bullía en una miríada de culebras negras, y sonreía”. Con el cadáver se revela un crimen, y la novela avanzará como una investigación polifónica que reúne testigos, cómplices y objetos que son pistas o huellas recurrentes.  Esto no alcanza, sin embargo, para clasificarla en el género de lo policiaco, pues Temporada de Huracanes (2017) aspira a algo más, está plenamente al tanto de la geopolítica y la corpo-política de su enunciación (o, mejor, de su canto): los niños que marchan como soldados tienen impresa en el cuerpo la marca de aquello que los espera al crecer, las opciones mínimas con que cuentan los hombres que habitan los márgenes tropicales: sicarios, militares, consumidores. Colaboradores, y por tanto obreros, de una economía narca que ya no tiene que nombrarse, explicarse, justificarse: se funde en lo vivible.

El asesinato de La Bruja es la espina dorsal de la segunda novela de Fernanda Melchor (Veracruz, México, 1982). El texto apunta, desde el epígrafe, a su genealogía literaria y el procedimiento mismo de escritura: “Algunos de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios”. La advertencia es de Jorge Ibargüengoitia en Las muertas (1977), que pasa por el tamiz de la ficción el caso de las hermanas González Valenzuela, Las poquianchis, tratantes de personas y asesinas seriales a mitad del siglo XX. Fernanda Melchor, para su novela, se basó en algunas historias tomadas de la nota roja veracruzana.

Con distintos posicionamientos y niveles de profundidad, la crítica mexicana lleva tiempo discutiendo la importancia o la banalidad de retratar la violencia: su ética, su incidencia estética. La narcoliteratura se publica desde los años noventa, pero su mera existencia y ya no su valoración se ha convertido en un tema central desde que, en 2006, la guerra contra el narcotráfico promovida por el sexenio calderonista devino guerra civil, y la violencia se recrudeció en múltiples zonas de México. Entonces la pregunta por el reflejo surgió nuevamente: ¿puede la literatura nombrar la realidad violenta de un país? O quizás no, quizás la pregunta era otra: ¿cuáles serían, en adelante, los temas del realismo, su materia prima? A medida que las plazas se calentaban, las mesas de novedades se llenaban de novelas y libros periodísticos sobre el narcotráfico, y si lo que se cuestionaba era su calidad u oportunismo, la pregunta verdadera por el reflejo quedaba en pausa ya que, probablemente, es un debate que no puede resolverse, ni siquiera desde la crítica literaria marxista. Ya Raymond Williams, en Literatura y marxismo (1980), argumentaba que las realidades sociales no se reflejansimplemente, sino que pasan por un proceso de mediación que termina por modificarlas: “El arte no refleja la realidad social; la superestructura no refleja la base directamente; la cultura es una mediación de la sociedad” (1980: 119). Es necesario preguntarnos, con Williams, si el arte refleja el mundo verdadero, no sus apariencias, así como la manera en la que pensamos hoy una categoría estética como realismo. En el siglo XIX, recuerda el teórico galés, se la pensaba como una respuesta al arte que se consideraba falsificador. ¿Podemos elaborar una distinción tan tajante y binaria de lo material –la realidad real– y el lenguaje –lo que, tradicionalmente, implicaría una función simbólica– en lo que respecta a las condiciones de existencia?

No es ocioso preguntarnos esto: Fernanda Melchor es periodista, y al tiempo que publicaba Falsa liebre (2013), su primera novela, aparecía simultáneamente una colección de sus crónicas periodísticas que abordaba la violencia del narcotráfico en Veracruz, Aquí no es Miami (2013). Se espera, pues, que la autora trabaje con el realismo y, sin embargo, Temporada de Huracanes, también pensada como novela negra, es una obra salpicada de elementos fantásticos.

Su realidad, en todo caso, está localizada: municipios marginales del trópico, una región asociada, por su confluencia histórica, con los rituales de santería. La muerte de La Bruja no es obra del narcotráfico (o no del todo); el descubrimiento de su cadáver no se asemeja, así, a los hallazgos monstruosos de cadáveres en la vía pública: descabezados, descuartizados, mujeres violadas y cercenadas. La historia de Temporada de Huracanes, al igual que la de Falsa Liebre, parece suceder momentos antes del azote de la violencia, una instantánea fijada durante los segundos previos a la develación del horror, lo que equivale a decir su revelación pública, su asunción como problemática social discutida colectivamente. Pero el narcotráfico está ahí, en los hechos, como estructura omnisciente: como la ley verdadera del pueblo (el comandante y los policías están a su servicio, no metafórica sino utilitariamente: forman parte de su planilla de empleados) y como el proveedor (de trabajo, de experiencias, de un nuevo orden). No hace falta, entonces, dedicarle la novela al tema del narcotráfico, porque éste ya está incorporado de raíz. ¿Hay realismo mexicano sin narco, hay realismo cosmopolita sin la violencia del capitalismo?

No el tratamiento estilístico del tema, como en Trabajos del reino (2004), de Yuri Herrera, una novela que parece haber conseguido el consenso de la crítica, ni una obra más convencionalmente comercial, como Perra brava (2010), de Orfa Alarcón, por nombrar dos libros que entran en la clasificación de narcoliteratura. En Temporada de Huracanes se trata de una realidad que ya viene abastecida con el tópico de la violencia, y agrega otros más, desprendidos de ella: el transfeminicidio, los crímenes estructurales e institucionales contra las mujeres, las cárceles de la educación y la religión. Lo que Fredric Jameson, en Una modernidad singular (2004), llamaría lo dominante, a su vez imbricado en lo determinante, es decir, las formas de producción.

Pero, ¿qué significa esto? ¿No se trata de distinciones poco productivas? Me interesa detenerme aquí un momento. Conceder la tesis de la desautorización de lo narcoliterario, argumentada por el escritor Heriberto Yépez en dos ensayos académicos disponibles en su blog.  Si la crítica y la narrativa avanzan de manera paralela, si entre lo que se publica y lo que se dice sobre lo publicado hay un diálogo, una muestra muy acotada de la narrativa mexicana con más presencia en los medios y en el boca en boca sugeriría una consigna, una elección frente al hartazgo del narcotráfico y la violencia: la indiferencia, no ante la violencia, sino a su tratamiento como material literario. El escritor Gabriel Wolfson, precisamente en su crítica a Temporada de Huracanes en la revista Crítica, lo resume como la opción a hablar sobre lo que pasa. Entonces, si atendemos esta categorización de lo publicado por los contemporáneos de Melchor, nos encontramos con las obras que hablan sobre lo que pasa (que intercambian dudosas estrategias con el periodismo, como La fila india, de Antonio Ortuño, de 2013), y las que se ocupan de otros problemas, teóricos por ejemplo (pienso en la colección de cuentos de Daniela Bojórquez Vértiz, Óptica sanguínea, de 2014, que dialoga con Barthes y Bazin), o que transcurren en atmósferas reconocibles –ciudades mexicanas en la segunda década del siglo XXI– donde la violencia no hace mella (En medio de extrañas víctimas, de Daniel Saldaña París, de 2013; Conjunto vacío, de Verónica Gerber, de 2015). A grandes rasgos, éste podría ser el problema que enfrenta la nueva narrativa mexicana: su toma de postura ante el conflicto que ofrece lo material, la base de la que participamos como habitantes de un territorio. El viejo conflicto: si hay un deber. Si hay un reflejo posible. Si es responsabilidad del arte dar cuenta de lo que pasa.

A la vez, hay una preocupación ante obras como Temporada de Huracanes, donde la piedra de toque es la miseria, un apego descarnado a la ruindad en todos sus aspectos que corre el riesgo de espectacularizar lo marginal. Hay muchas observaciones que pueden hacerse al respecto, pero una que me parece pertinente, aunque su objeto es otro muy distinto, es la que elabora Silvia Rivera Cusicanqui en su reflexión sobre sociología de la imagen y sus primeros trabajos en video. En un artículo sobre historia oral en la revista ecuatoriana Chasqui, donde refuta a aquellos que creen que se trata de un ejercicio pasivo, Rivera Cusicanqui se refiere a la “vulgarización de la práctica de la historia oral (que es) moneda corriente en muchas ONG que practican una suerte de “populismo” retrospectivo, donde la memoria de viejas sumisiones se canaliza hacia un discurso del lamento”. Traigo a cuenta a Rivera Cusicanqui porque me parece que la pregunta que habría de plantearse no es si ciertas obras tienen un compromiso ante la realidad, sino si poseen una postura descolonizadora, es decir, si están interesadas en constituir nuevos sujetos. Además, siempre puede argumentarse que lo político no está ahí, en los temas. En El autor como productor (1934)Walter Benjamin ya había hablado, en un contexto igual de urgente, sobre la tendencia política correcta de una obra, que no necesariamente se encuentra en las opiniones de un autor, sino en la técnica de la obra, en su resistencia al sentido.

Hasta aquí el planteamiento de una pregunta, para mí, sin respuesta. Al fin y al cabo, lo que me interesa señalar es el lenguaje de la novela, una oralidad que amenaza con volverla ilegible. Una postura que, más allá de su compromiso con retratar la realidad, se compromete con trastornar la lengua. Melchor no inventa un estilo del modo en que lo hizo un escritor como Daniel Sada, que se nos aparece como nuevo y original y delirante con su mezcla de habla coloquial y arcaísmos y culteranismos, y cuya invención acercaba sus obras a la poesía. Pero sigue su senda.

Temporada de Huracanes se compone de ocho capítulos que son, a su vez, larguísimos párrafos sin puntos y aparte, que manan con una cierta cualidad líquida, sin interrupciones. Pero la voz transita, y el discurso directo e indirecto libre alterna con la primera persona y aun con el narrador omnisciente, en una escritura coral que en los cuatro capítulos intermedios se concentra en la perspectiva de cuatro personajes: la Lagarta, el Munra, Norma y Brando. Antes de conocerlos, como la puesta en escena del territorio que acogerá la tragedia, el segundo capítulo parece narrado indistintamente por las voces de las prostitutas que llegaron a conocer a La Bruja y por los primeros hombres que se sirvieron de ella, pero también –y ya desde aquí hay un desvío– por la memoria del territorio donde está asentado el pueblo de La Matosa, por las tierras y las brumas cenagosas, las yerbas que crecen en el cerro y las viejas ruinas que son las tumbas de los antiguos, los habitantes primigenios, anteriores a los gachupines. Aquí están los restos, el detritus, no de la colonización, sino del “huracán del 78” que arrasó la tierra y enterró todo. Este territorio devastado es el escenario donde ocurre el crimen que inaugurarán o acompañarán otros, que predice con su brutalidad una devastación de otro orden.

Barthes anotó que la palabra hablada es irreversible: lo dicho no puede desdecirse si no es por adición. Los personajes hablan, chismean y testifican: la ley, así, se produce en el hecho de hablar. Pero la frase estricta como sentencia o palabra penal se eleva al ritual que es el canto en la que, para mí, es la escena clave de la novela: el descubrimiento de que lo que sucede al interior de la casa de La Bruja, donde se reúnen varios adolescentes para consumir drogas y a veces, a cambio de ellas, efectuar actos sexuales. Se trata de una actuación de extrema sencillez, de extrema inocencia y de extrema grotesquidad: La Bruja se disfraza y canta. Canta para un público narcotizado y a esas alturas indiferente, que simplemente la tolera. Pero no es este canto el importante, sino otro. En su conceptualización de las sirenas, en Fantasmas (2009), Daniel Link habla del canto que encanta, su poder de seducción. Tras la actuación de La Bruja, Luismi toma el micrófono. Así Brando, su amigo, se entera de que el apodo no es una cruel broma por su aspecto (mejillas roñosas, flacura, pelo encrespado), sino por el parecido de su voz con la del cantante Luis Miguel.  

Pero lo más cabrón vino después, cuando el choto se cansó de ladrar sus canciones culeras y el que se paró a cantar al micrófono fue el pinche Luismi, y sin que nadie le dijera nada, sin que nadie lo obligara a hacerlo, como si el bato hubiera estado esperando toda la noche aquel momento para tomar el micrófono y comenzar a cantar con los ojos entrecerrados y la voz algo ronca por tanto aguardiente y tantos cigarros, pero aún a pesar de eso, no mames, pinche Luismi, ¿quién iba a decir que ese güey podía cantar tan chido? ¿Cómo era posible que ese pinche flaco cara de rata, hasta el huevo de pastillo, tuviera una voz tan hermosa, tan profunda, tan impresionantemente joven y al mismo tiempo masculina?

Las sirenas arruinan a quien las mira o, mejor dicho, a quien las escucha. “Las primeras representaciones de las sirenas las muestran con garras y apariencia de buitre o aguilucho (siempre como criaturas hostiles)” y, según recuerda Link, a veces se las asoció con los Tritones por estar descritas con barbas o por sus cantos de voces masculinas. De cualquier manera, en ese breve paréntesis del horror continuamente descrito en Temporada de Huracanes, en ese espacio que no admite la alegría, la compasión, el humor, incluso el descanso, hay un atisbo de amor o por lo menos de enamoramiento y deseoY después de las pistas que son objetos, detalles recurrentes, queda una última presencia, fantasmal: la madre, la maternidad podrida, el matricidio. Aquello en falta.

He pensado que la glosa no le hace ningún favor a Temporada de Huracanes: una suma de arquetipos (o ya directamente estereotipos: la prostituta, el drogadicto, la niña violentada), un resabio de realismo sucio que coquetea con la magia negra, la delectación en el espanto, la violencia, el efecto, es decir, lo que pasa. La realidad más cruda. Podemos leer, o más bien escuchar, otra cosa, sin embargo: un género revolucionado por la oralidad que no transige ante la ilusión de la legibilidad, de la traducción, de la circulación por una región aplanada por un castellano pretendidamente neutro. Un canto grotesco de sirenas, una palabra que parece hablada pero está escrita, fijada, y aún así es irreversible. Un iris bien loco, dice Brando, o más bien canta, cuando recuerda el terror que le producía la Bruja cuando era un niño. Hay un canto. A veces no podemos entenderlo, pero nos horroriza y, todavía más, nos seduce.

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Gatos

Descubrí tarde (¿o quizás ellos no estaban ahí antes?) que los vecinos tienen dos gatos, uno negro y otro blanco y negro. Suelen ponerse en el pretil de la ventana. De dos ventanas que puedo ver, a mi vez, desde la ventana del baño. Nos separa un cubo. Un día miré y ahí estaban los dos, con su jorobita aterciopelada. Me infarté, me alegré, pensé en el tiempo perdido de no admirarlos mientras podía. Les hablé. Bishito, bishito. Hermosos. Mooosos. Shiii. Quién es el más guapo. Quién. Y los dos me miraron y cerraron  los ojos con displicencia. A partir de entonces siempre voy a fijarme si están. El que sale más a menudo es el negro. A veces está de espaldas. Lo veo y le hablo. Muchachooo. Boniiiito. Y el tipo voltea, me mira con sus ojos amarillos e indiferentes, y vuelve a lo suyo. Pero a veces se me queda mirando. Yo le cierro los ojos, el lenguaje del amor gatuno. A veces también me los cierra, informándome que me ama igual (nuestro amor a distancia, de voz y miradas, prohibido el tacto y las caricias). En la noche también me fijo: cuando tengo suerte, el negro está en la ventana más alejada, y su cuerpo se pierde en la oscuridad, de manera que sólo veo los dos puntitos fulgurantes de sus ojos, que aparecen y desaparecen entre la negrura. Un día pensé: quien viera eso, sin saber, se asustaría. Las dos canicas brillantes (no: coruscantes). Flotantes. El asunto de los ruidos, la presencia dentro de la casa. La casa enorme, antigua, pisos de mosaico, escaleras de mármol y cuatro plantas, en la que he vivido sola unas tres semanas. La noche en que la ventana del baño estaba cerrada, ¿la cerré yo? La otra mañana en que la puerta en medio de las escaleras amaneció abierta, ¿la abrí yo? Golpecitos. Pisadas. Pero vivimos tantos juntos, de alguna manera, pared con pared, que todo es explicable. Justificable. Entendible. Yo miro a los gatos. Los gatos me miran. Pensé hoy: ¿Cómo miran los gatos? ¿Distinguen colores, siluetas, temperaturas? La ventana del baño no abre entera, jalamos una palanca desde arriba y sólo revela tres cuartas partes de afuera. ¿Y si el gato no me mira? ¿Si no distingue mi cara? Cuando le hablo busca la fuente del sonido. Describe un círculo con la cabecita. Por fin me encuentra, me mira impasible. Pero hace rato me miró como con intriga. ¿Y si no me viera? ¿Y si yo le diera miedo?

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Llegar a Chile

Me fui en subte. Iba tomar el 7, pero me dio miedo llegar con prisas (tenía más de hora y media a mi disposición). El autobús saldría a las siete de la noche. Quince horas desde la terminal de ómnibus de Retiro, en Buenos Aires, hasta Mendoza. De modo que caminé a la estación La Plata, luego combiné con Independencia. Llegué a Retiro con mucho tiempo de sobra. Cargaba dos mochilas. Caminé hasta las boleterías, me fijé que tenía casi sesenta minutos de espera, regresé a pie a la estación de ferrocarriles -en el camino compré una arepa, iba comiéndola, un hombre en el piso me pidió algo, le di la mitad de la arepa, ¿qué es?, me preguntó; un pan colombiano muy rico, le dije-; me tomé un té en el Havannah, volví, compré dos chipás para el camino, entré al baño, después al autobús: el aire acondicionado estaba muy fuerte, me envolví en la bufanda, dormité mientras tomábamos la 9 de Julio, la autopista; en Merlo se subió un muchacho y se sentó a mi lado; era murguero, me dijo, 18 años, llamado Brian, su primer viaje lejos; charlamos mientras nos servían la cena: un sándwich de miga horrible, un guisado de pollo, un vaso de “gaseosa de pomelo”, y mientras tanto el terromozo organizaba un juego de Bingo cuyo premio era una botella de vino. En las dos hileras de asientos había un grupo de amigos insoportablemente argentinos, ruidosos, boludos, Brian y yo reíamos, nos sonreíamos amigos, luego apagaron las luces, pusieron No manches (coma) Frida; los argentinos se reían sinceramente de Omar Chaparro, yo detestaba pero a veces, de puro jamaicón, también me reía. Otra vez pusieron música (llegaron a Marco Antonio Solís luego de pasar por Divididos, Los Fabulosos Cadillacs, Soda Stereo), la mayoría se durmió, ronquidos y suspiros, y yo apretada entre Brian y la ventanilla, padeciendo el insomnio. En mi iPod había guardado un episodio de Saturday Night Live con Elizabeth Banks, me reí en silencio, miraba las luces de la carretera, las estaciones de servicio, la línea que cruza el país por la mitad. Mis piernas acalambradas. A las 7 de la mañana hicimos una parada, bajé al baño, luego me dormí enroscada en dos asientos libres, apenas había logrado perder la conciencia cuando ya llegábamos a Mendoza.

La habitación del hostal no estaba lista. Dejé mi mochila y salí, insomne, a caminar por las calurosas calles de la ciudad, en una dirección contraria a mis planes que me llevó a Godoy Cruz, donde entré a un súper chino y compré agua y le pregunté a un muchacho que bebía mate, sobre un escalón, si estaba muy lejos la plaza Independencia. Hace ochos años yo había recorrido esa ciudad con Peter, también estaba a punto de cruzar a Chile. Hace ocho años: mi post de entonces, oh. Falsa nostalgia.

Después: los sonrientes mendocinos, con un acento achilenado que pronuncia en argentino; el inmenso parque San Martín, la helada cerveza blanca Andes y un pancho indulgente, una librería Yenny y el lago y la caminata y, de noche, el taxista gracioso y atrabancado que ante la pregunta de qué toman los mendocinos respondió FERNÉ convencido, el cansancio, la conversación de dos chicas inglesas en el cuarto, a punto de dormir, que llevaban muchos meses viajando. Luego: levantarme muy temprano, bañarme con agua tibia, desayunar una excelente medialuna y un café y un jugo, y llegar a la terminal, y cambiar 400 pesos argentinos por 13 mil pesos chilenos, y subir al autobús, al asiento en la primera fila del segundo piso que había reservado con antelación, pues era uno de los objetivos y razones del viaje, y leer de pasada el diario Los Andes que habían dejado en cada asiento, y luchar con el sueño a razón de la ley de Murphy (cuando quiero dormir no puedo; cuando no debo dormir, cabeceo). Un café negro y la carretera. El Aconcagua. La vid. Los Andes. El cruce fronterizo de Los Libertadores, esa especie de bodega enorme donde se estacionan los autobuses y a su alrededor hileras de coches, y familias con atuendos de escalada, y gorritos, y un aire frío que sopla, y las primeras apariciones de los carabineros, que me causan tantos sufrimientos, ¿será porque su uniforme tiene aspecto militarizado, o así me lo imagino? A mi lado iba una pareja de señores brasileños que, antes de llegar a la frontera, se apuraron a comer unas manzanas verdes; codicié tanto sus manzanas que, en un kiosco ya chileno, a la entrada de la bodega, quise comprar una, pero era imposible, a esa altura, adquirir cualquier producto orgánico. Por fin, la cuesta de los Caracoles: 29 curvas en ochos, o en infinitos. El túnel Cristo Redentor. Yo sacaba videos y fotos, cada cosa afuera era hermosa y fascinante: el río, las piedras en medio del río, el agua cristalina, las montañas de cúspides nevadas.

Llegué a Santiago. Los edificios y, ¡ah!, la cordillera. Lo que hace a la ciudad tan diferente, esa cadena montañosa que vigila y guía y cambia de colores y densidad. Salí de la terminal Sur y caminé unas cuadras y descendí a la estación Universidad de Santiago (ya había olvidado los rombos en el logotipo del metro santiaguino) y compré un boletito horario punta y tomé la línea roja, hice transferencia en Baquedano (¡recordaba el aspecto de esa laberíntica estación!) y seguí en la línea verde, y llegué al metro Bellas Artes, y afuera estaba lindo y soleado y había chicos hippies vendiendo ropa de segunda mano y panqués veganos y libros, y graffitis artísticos en las paredes y en las aceras, cafés y bares, y yo caminé perdida para encontrar la calle Santo Domingo y el hostal Avión Rojo, con dolor de hombros y de cuello y de espalda, la mochila roja y azul amarrada a la cintura, la azul y morada y rosa por delante, la calle Monjitas, la calle Miraflores y la Mosqueto y ¡por fin! dar con la puertita, y subir desfalleciendo, y efectuar los trámites con el muchacho venezolano de ojos bonitos con el que luego, días después, conversaríamos Marisol y yo, a pesar de que siempre tenía una expresión contrariada en el rostro y continuamente me aclaraba/pedía/reclamaba cosas, y luego echarme en la cama y dormir por horas hasta que, a eso de las seis, llegó Lety por mí.

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27Dic

No me enamoro. Este año me sentí cerca, algunas veces, pero no peligrosamente cerca. No ocurre. O sí, pero la distancia y las imposibilidades. Mi relación con las personas. Con las mujeres, sobre todo las de amistad, aunque también las otras, las del tipo romántico, de mayor intensidad pero en menor medida. La convivencia y la soledad, el curado equilibrio entre ambas, un estudio para dominar el arte de alternar y realzar. Soy más yo a solas y muchas con otros. Después de habitar distintas vuelvo siempre a la matriz. Pero las sucesivas entregas, las aventuras. El abandono experimentado en momentos y en lugares. Releo entradas al azar en mi diario de este año: tantas personas nuevas. Algunas fugaces. Otras, se adivina, duraderas. La cuestión del sexo. La experimentación. La aparición de problemas y dificultades concretos, y la búsqueda de soluciones desesperadas o a la altura. Días de mucha tristeza y absoluta improductividad, perdida en mí misma y en el encierro. Otros días de alegría y el afuera y la novedad. Y otros, de mayor dificultad, de avances y escritura. Frío inaguantable, calor exasperante. Tormentas y lluvias pertinaces. Muchos amaneceres de distintos colores y signos y también los atardeceres imbatibles de Buenos Aires. Me hice una playlist para cada mes. Los objetos crecieron, tenerlo todo aquí, de pronto, y si necesito algo ir a buscarlo. Mi prensa francesa, las pantallas de papel arroz, cajitas y latas y contenedores y frasquitos, aceites para hornillo, un pegamento líquido marca Tintoretto, un espejo de cara, repelentes de insectos, un termo y un plato chino y una taza de Chile y un tupper de tapa rosa, y ocho cuadernos de diversos tamaños, y libros, y libros digitales, que también ocupan espacio, y un piercing de metal quirúrgico, y las hierbas y tés y leguminosas y semillas y harinas y especias que consumo, y los esmaltes de colores y los instrumentos de papelería y las prendas de ropa diligentemente adquiridas, y combinadas, y ultimadamente dispuestas a ser reubicadas, y las caras que otra superficie me reflejó, yo misma reflejada en otros, el encuentro que lleva a reír, a dormir juntos o juntas, a compartir el alimento, a caminar las calles de esta ciudad. Tenía confianza -o esperanza- en un año más feliz que el anterior. Un poco sí. 2017 fue más feliz.

 

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