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Quiero seguir el recuento fílmico (¡Y de TV! ¡Y de teatro!), pero aunque este post comenta productos audiovisuales carece de spoilers y más bien trata de otros temas.

Descubrí el cine BAMA, Buenos Aires Mon Amour, que se presenta como “una iniciativa de amigos cinéfilos que buscan generar nuevos espacios de exhibición, con un criterio de cine de arte”. Lo mejor es la ubicación, en la diagonal Roque Sáenz Peña, a metros del Obelisco y por el rumbo de Tribunales. La primera que vi ahí: What we do in the shadows, con Vainilla, además tras la marcha del 3 de junio. Reímos muchísimo. No había más de ocho personas en la sala. Pequeña, sí, con butacas incómodas y una pantalla con los bordes redondeados, y todo en un sótano, muy 1983. Me gustó el cine y mucho más la película. A veces me pongo a ver clips y videos y vuelvo a reír muchísimo con Viago, Deacon, Vlad, Nick, Stu y Petyr, como sólo me río con los Python.

En el Lorca, otro favorito, no lejos de ahí, sobre Corrientes, vi una islandesa, Historias de hombres y caballos. Ese día hubo paro de transporte, chispeaba, había neblina, mucho frío, yo no pude realizar los pendientes que tenía programados y decidí, mejor, meterme al cine. Justamente el BAMA estaba cerrado, yo quería ver una de Asia Argento (“Incomprendida” en español), y por eso fui al siempre confiable Lorca. La película empezaría en una hora, así que mientras tanto me metí a las librerías de nuevo y de viejo que abundan a esa altura de Corrientes. En algún momento me aburrí (o me dio la ansiedad de las librerías y los libros infinitos) y quise regresarme a la casa, pero ya tenía mi entrada, así que esperé el momento adecuado y entré al Lorca y qué película tan grandiosa, tan chistosa y tan cruel, en la Islandia rural, mucha cultura ecuestre, conductas animales, vergüenzas y sobrevivencias, equinos hermosos y espectaculares, de miradas profundas, y formato pueblo chico infierno grande, y hasta un personaje colombiano muy simpático entre tantos rostros nórdicos.

Terminemos las de cine.

Un viernes fui a ver Mad Max, tras cierto quilombo (fue la tarde humedísima, maravillosa, en que descubrí lo que hay en la Costanera, detrás de los edificios mamonsísimos de Puerto Madero) que derivó en el Village de Recoleta. Se decidió una experiencia “pochoclera” completa, lo que incluía el pochoclo (sin salsa, maldición) y nachos (sin jalapeños, maldición). Mad Max me gustó, aunque no he vuelto a pensar mucho en ella.

Otra noche, ¿de dónde venía?, hacía muchísimo frío y hasta entré a una tienda a comprarme un gorrito (80 pesos), y más adelante estaba el Gaumont, y dije: bueno, si traigo cambio entro. Y traía justamente los ocho pesos de la entrada en el bolsillo y felizmente en una hora iba a empezar Alfonsina, un documental sobre Alfonsina Storni, cuya poesía aprecio. Esta vez, antes de entrar, me comí dos empanadas en una cafetería pizzetera de esas de poco pelo, donde estaba puesto el futbol. Pero yo me senté en una mesa abajo de la tele y no vi nada (y traía lecturas de la escuela) (está mal decirle escuela, o no). También tomé un vasito, o quizá dos, de moscato, lo cual fue un gran error, porque es una bebida aparentemente insulsa pero con grados imperceptibles de alcohol, de efecto pastoso y soñoliento. Cuando entré a la sala empecé a cabecear y creo que, entre las fotos del Buenos Aires de principios de siglo, y la música, y los poemas, y las entrevistas, y la hora, y el insomnio de noches anteriores, me dormí por momentos. Qué mal, qué mal. Pero me gustó y me gustó, también, que al terminarse varios aplaudieron.

Netflix me genera problemas, me hace caer en un vortex de indecisión, no se me antoja nada o lo que se me antoja ya lo vi. Está Girlhood, que me interesó desde que vi el trailer, casualmente en el momento en que Boyhood estaba de moda. Tiene momentos muy Drive, muy tecno-oníricos, de dicha momentánea con música electrónica y transiciones en negro laaargas largas, pero la película en sí es muy dura, no se engaña respecto a las opciones con que cuenta una adolescente “guetoizada”, tiene “interesantes usos de la elipsis”, y una secuencia hermosa donde las adolescentes de raza negra, que forman una pandilla, que molestan a gente más debilucha y se meten a tiendas de ropa a robar, rentan un cuarto de hotel para probarse ropa, tomar alcohol, comer dulces y cantar “Diamonds” de Rihanna como si estuvieran en un video.

(además es de Céline Sciamma, quien dirigió otra belleza y monumento queer, Tomboy).

La otra que vi, en la indecisión total, fue un clásico de los hermanos Coen, los hermanos que más quiero además de mis hermanos: The Big Lebowski.

Mi diálogo favorito:

Además de la clásica “That rug really tied the room together” y uno de los tantos, grandiosos diálogos de Walter Sobchak/John Goodman: “Nihilists! Fuck me, I mean, say what you want about the tenets of National Socialism, Dude, at least it’s an ethos”.

Otra noche, antes de dormir, tuve muchas ganas de volver a ver The Beach, pero sólo la primera parte, aquella donde todo es hermoso. Y recordé que suelo ver esa película cada tantos años y que la relaciono intensamente con Buenos Aires, puesto que hace cinco años, un par de semanas antes de llegar a Argentina, estando en Taganga, Colombia, con el alemán, quien en muchos sentidos -y en otros no- era Richard, la vimos. Después, al llegar al primer hostal porteño, sobre la peatonal Florida, uno de los libros que estaban en el librero comunal era “The Beach”, que te podías llevar si dejabas otros dos. Yo dejé un par que había conseguido en otros hostales, y que ya había leído: “Tala” de Gabriela Mistral, y una edición de Bruguera con “Desayuno en Tiffany’s” y otros cuentos de Capote. De manera que esa fue mi lectura durante los primeros días en Buenos Aires. No puedo disociar la experiencia mochilera de ella (“The Beach”, a backpacker novel…) y de Buenos Aires (pero: The Beach también se relaciona con mi mamá, con quien la vi en el cine la primera vez, y con Carlita, con Triquis, con la prepa y la universidad; con J… Es una película que veo a cada rato, pues).

Trust me, it’s paradise. This is where the hungry come to feed. For mine is a generation that circles the globe and searches for something we haven’t tried before. So never refuse an invitation, never resist the unfamiliar, never fail to be polite and never outstay the welcome. Just keep your mind open and suck in the experience. And if it hurts, you know what? It’s probably worth it.

La otra que vi -abundaremos- es una argentina, Sin retorno, porque salen Leonardo Sbaraglia y Federico Luppi. También se me antojó porque pensé que tenía el estilo de Amores perros, es decir, género realismo muy realista y muy serio, subsección “realidad nacional muy jodida” y “cosas cabronas que le pasan a gente adulta”, ejemplo: un choque o un atropellamiento.

Pero el personajito del estudiante universitario que atropella a un ciclista y esconde el coche y miente a sus padres, y los papás infumables, y la hermana intratable, y toda su capsulita existencial de familia cheta que vive en un departamento amplio de Barrio Norte, o sea, no, no, no pude, y además el muchacho no sabe actuar y me desesperó muchísimo. Pero las partes donde salen Luppi (papá del ciclista, quien termina yendo al juicio oral con la foto de su hijo colgada del cuello, al estilo de las madres de desaparecidos) y Sbaraglia (ventrílocuo padre de familia/clase media baja/tipazo, que minutos antes, casualmente, había atropellado la bici del ciclista y a quien acusan injustamente de matarlo) salvan enormemente la película, desbordan los límites de la imagen con su presencia actoral, con lo cual elaboré una analogía que tal vez puede derribarse con facilidad (ahí dirán): que la actuación es como la prosa o el estilo de las películas (o la tevé); una muy intensa, interesante, elevada, trasciende la obra que la contiene.

(pero es un símil idiota porque la estructura de la literatura es el lenguaje mismo y pues no).

Vi Obvious child, “dramedy” “indie” de Jenny Slate, quien me encanta. Un personaje lee The Savage Detectives. Feminismo waspy aunque sea judía. Aborto. Gaby Hoffman. Experiencia de las mujeres (me interesa, por supuesto que me interesa). Me reí bastante.

 

Vi Appropriate behaviour, opera prima de la cineasta de origen iraní Desiree Akhavan y ME ENCANTÓ. Es cierto que existe un vacío de representación mediática de la experiencia de las mujeres bisexuales “hoy” (no se guarda el “es sólo una fase”) pero me gustó mucho por otras cosas: es chistosa y es ojete y no tiene piedad con su propia protagonista, muy al estilo de Girls (Desiree aparece en un par de episodios de la última temporada: es la compañera malvada de la maestría de escritura creativa, y además es muy bella, tiene una mirada hipnótica, penetrante).

 

Vi The Two Faces of January, basada en una novela de Patricia Highsmith, con Oscar Isaac (mi razón elemental, confieso) y Viggo Mortensen y Kirsten Dunst, y transcurre en Atenas y quizá es que yo extrañaba algo muy English Patient, muy The Sheltering Sky, gringos en parajes exóticos, y enredos, y años cuarenta. Calificación: REBUENA.

 

Alguien puso en Twitter que Another woman estaba en Netflix y entonces fui y la vi. Una de las grandes de Woody Allen, con mi hermosa Mia Farrow cuando ambos todavía se amaban, y la bellísima Gena Rowlands; de 1988, otoñal e intelectual, con tantos temas que me dejaron pensando (you and your life of the mind!) y sí, creo que lloré un poquitín.

 

-Ahora escribo un mes después, para ponerme al día-.

Otras que he visto en BAMA cine: Melancholia (ya consignada) (gran lectura al respecto) y, ayer, la última de Polanski (que me dio, pese a todo, ay, una de mi top personal, Rosemary’s Baby): La Vénus à la fourrure, y que resultó otro gran comentario sobre la actuación, el teatro y la magia, y además deliciosamente perversa, erótica, con buena comprensión de las dinámicas de poder entre hombres y mujeres, y Mathieu Amalric que me fascina, con labial rojo y tacones, y muchas risas.

 

Volví a ver, por gusto y para escribir este comentario en La Tempestad online, Clouds of Sils Maria, que es tan buena. Y de paso, también, al respecto, vi Rendez-Vous, Juliette Binoche joven actriz:

 

Con J, acá, vimos A girl walks home alone at night, de otra bella iraní debutante, Ana Lily Amirpour, y me gustó muchísimo, y el documental de Tig Notaro, Tig (muchas veces escuché en mi iPod su stand-up del cáncer y reía y lloraba).

 

Esto es un poco vergonzoso pero: resulta que yo nunca vi Parent Trap. Y la vimos. Y, ay, qué tristeza ver a la niñita Lindsay Lohan. Pero no abundemos.

Me parece que eso es todo.

He visto o estoy viendo lo siguiente de televisión: segunda temporada de Twin Peaks, primera temporada de Club de Cuervos (¡cómo me reí!), tercera temporada de Orange is the new black, segunda temporada de BoJack Horseman, primera temporada de Wet Hot American Summer: First Day of Camp y: segunda temporada de A young doctor’s notebook, que es muy cruel, opone a Jon Hamm y Daniel Radcliffe (son el mismo doctor moscovita), y transcurre en páramos siberianos entre 1917 y 1933.

(he visto un chingo de tele: no me enorgullezco)

(teatro) Vi un show con los hermanos Sbaraglia en Palermo (Leonardo es HERMOSO), Escenas de la vida conyugal con Darín y Érica Rivas, y una llamada Madre sólo hay una. Pero francamente ya me cansé de escribir y quien hipotéticamente lea seguramente también. Adiós.

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Hago las cosas y luego me arrepiento y quizá deba confrontar mi maldad, mi mezquindad, lo que odio en otros y es un reflejo de mí.

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No mames.

Güey.

Órale (para todo).

Padre, padrísimo.

A la chingada. Que se vaya a la chingada.

¡Pendejo! (a un conductor)

Elaboración entre pendejo, cabrón y nuevas formas de insultar a malos conductores (forro entre ellas, la concha de tu madre otra).

Pinche güey.

¡No mames! ¡Mamón! Mamando, mamó, se la mamó.

La neta. La neta es la neta. La verdad es la neta.

Y el ahorita. Mi compañero más divertido no se había burlado del ahorita. Y mi hermana: entonces cómo dicen algo que será ya, ahorita. 

Reencuentro. También con el lenguaje, que volvió a mexicanizarse (achilangarse, en parte). Bajo techo. Buenos Aires no dejó de llover. Salir y frío, frío hijo de tu puta madre. Suerte culinaria. Sueños muy nítidos en aquel piso 13. Y el amor. Y otras cosas.

Llegué del aeropuerto y me puse a leer, otra vez, pero como con lupa, sin distancias, el diario de Ana Frank. Por la mañana, el de Virginia Woolf. Porque los diarios, ahorita, ocupan mi mente, mis proyectos. Pero además no quería pensar en la tristeza infinita de la despedida.

Ahora está tan soleado, ¿por qué? Siento que soy otra. Otra vez cambié. Y ya solamente pienso y planeo la estadía próxima en México. ¿Y aquí qué poner? (Verónica Murguía: SOS). Sí duele. No deja de doler.

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Está muy bien escribir. Está muy bien pronunciarse. Está muy bien citar a pensadores franceses y apelar al cuerpo en la plaza pública y a la resistencia y a la solidaridad. Está muy bien. Pero eso qué. Vamos a seguir. A seguir qué. Resistiendo. Pero cómo, dónde. No nos van a callar. Pues sorpresa: sí. Sí nos van a callar. Sí somos desechables, sí somos los puppen. Pero no. Mi sensibilidad es otra: no cinismo, no derrota. Aunque, ahora, no puedo articular nada (pero sí lo hago, fragmentaria e irresponsablemente). No puedo traducir en palabras. ¿Traducir qué? ¿Y quién nos va a leer? ¿Qué vamos a decir, además de lo que ya se dijo? El silencio sería más digno pero también es indigno. Un detalle, nada más. Yo le temo a la tortura. La palabra misma me produce escalofríos. Tortura. Con señas de tortura, dicen las notas. ¿Qué tortura? La tortura es tanto, puede ser tanto. Tengo dos ideas anteriores, infantiles: una visita al museo de la Santa Inquisición en Santo Domingo, donde me enteré de formas de tortura que hubiera preferido no saber. Me arrepiento. Información que no requería. Imaginación que no requería. La otra es un fragmento de Casino Royale, la novela de Ian Fleming (descendamos, descendamos al infierno de la trivialidad): “Bond cerró los ojos y esperó el próximo golpe. Sabía que el principio es lo peor de la tortura. Hay una parábola de agonía. El dolor va en aumento, llega a la cima y luego los nervios se embotan y reaccionan cada vez menos, hasta la inconsciencia y muerte. Todo lo que podía hacer era rogar por alcanzar pronto la cima, rogar para que su espíritu resistiese hasta ese instante y aceptar después la cuesta final, hasta perder el conocimiento. Había sido informado por colegas que habían sobrevivido a torturas de los alemanes y japoneses, que hacia el final se experimentaba un maravilloso periodo de calor y languidez que guiaba a una especie de crepúsculo sensual, donde el dolor se convertía en placer y donde el odio y temor de los torturadores se tornaba en gozo de los torturados. Sabía que se requería una gran fuerza de voluntad para no dejar traslucir este estado de ánimo. Tan pronto como el torturador entrara en sospecha, lo mataría de una vez, evitándose así más molestias, o dejaría que volviera a recobrarse lo suficiente como para que sus nervios regresaran a la primera etapa de la parábola. Luego empezaría de nuevo”.

Pero yo no creo esto. Yo creo que es el infierno y ya, sin más. No hay sentido posible y eso es lo que rebela. ¿Y este pensamiento, este machaconeo, de qué sirve? ¿Lo elevado es lo que sirve? No ofrezcamos propuestas (o quizás sí: radicalizar nuestros afectos, cambiar nuestra experiencia inmediata) (sé que no lo voy a hacer, inútil ofrecerlo). ¿Qué unirá a las multitudes? ¿Qué nos rebelará? Lo que temo más, para mí, para los que quiero, es la tortura. Y la siento cerca, rascando el techo, en un departamento de la Narvarte, a cuadras de casa. Este desahogo -compartirlo, sostenerlo en un espacio ínfimo de autonomía- tampoco aporta nada. Es, peor, la postergación de otra cosa que sí debo escribir, que no será útil tampoco, que será borrado también. Ah, el horror. Un horror estruendoso con el volumen hasta abajo.

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(originalmente en web de La Tempestad)

Todavía se proyecta en un par de cines de Buenos Aires la última película del escritor y director francés Olivier Assayas, traducida, en Argentina, como El otro lado del éxito, y en México, donde se exhibió hace unos meses, como Las nubes de María (del original Clouds of Sils Maria, de 2014). Dividida en dos actos y un epílogo, a la manera de las representaciones teatrales, la cinta inicia con una especie de “prólogo en un tren”: en un trayecto por los Alpes suizos, Valentine (Kristen Stewart) sortea en dos teléfonos los asuntos –personales y laborales– de la actriz Maria Enders (Juliette Binoche), de quien es asistente personal. Camino a aceptar un premio en honor del director Wilhem Melchoir, quien veinte años atrás le dio su primera oportunidad actoral y a la larga se convirtió en su mentor y amigo, Maria es informada por Valentine, casi bruscamente, que Wilhelm acaba de morir. La situación, planteada sin dilaciones, establece un pacto de complicidad y un campo de referencias comunes con el espectador: Enders es un trasunto evidente de Binoche (su prestigio, su talento, su belleza) y Melchoir, más veladamente, del cineasta Rainer Werner Fassbinder, retratados aquí en las bambalinas de lo más chic de la industria, entre artistas alemanes, marcas francesas, fotógrafos estelares, hoteles y automóviles lujosísimos: un mundo que no conocemos pero que sabemos que existe.

El juego de espejos se vuelve más complejo mediante el tópico de la “obra dentro de una obra”: la pieza teatral –después película– que Enders protagonizó en su juventud, Maloja snake, y que es aludida, citada e interpretada continuamente por los personajes de Clouds of Sils Maria. En dicha obra, una mujer mayor, Helena, cae presa del influjo sexual y destructivo de una mujer más joven, Sigrid. El conflicto inicia cuando Klaus Diesterweg, exquisito y reputado director teatral, ofrece a Enders interpretar a Helena en una nueva escenificación, un papel que sólo puede pertenecerle a ella, pues ambos personajes “son una y la misma”.

(Un dato más: Assayas coescribió, hace treinta años, la película que cimentó la fama de Binoche, a saber, la semierótica y extraña Rendez-vous, o Apasionadosen español, en la que ella interpreta a una joven mujer recién llegada a París cuyo único valor de cambio es su cuerpo).

El segundo acto se centra en la estancia de Maria y Valentine en el chalet de Sils Maria donde Wilhelm vivía con su esposa Rosa (la impresionante Angela Winkler). Allí, Maria ensaya parlamentos con Valentine (ambas transitan de un personaje a otro, borrando fronteras entre obras) y se entera a cuentagotas de la vida de Jo-Ann Ellis (Chloë Grace Moretz), la polémica joven actriz que interpretará a Sigrid, protagonista habitual de la prensa de chismes y con experiencia teatral a pesar de sus papeles hollywoodenses.

La cinta de Assayas explora varias ideas interesantes. En primer término, el recorte que pretende mostrar la “realidad en estado puro”, que borra las diferencias entre vida y arte, o que permite que la representación, en tanto interpretación, sea más verdadera que la vida. Assayas coquetea con planteamientos conocidos de Walter Benjamin y Guy Debord, de quienes se ha asumido lector: la representación en la sociedad del espectáculo; el aura de la representación teatral que, al fragmentarse en cine, pierde su unicidad. Se centra, por eso, en uno de los aspectos más interesantes de la industria: la intensidad del oficio actoral. Todo arte implica una dimensión material, todo arte remite a la corporalidad, pero quizá en ninguno es tan evidente como en la actuación, donde el cuerpo se habita, se cede (o se secuestra). Otros temas: la relación del artista con su público, con la recepción y circulación de su obra, y entre quien ejecuta un arte y quien lo interpreta. De hecho, la interpretación de una obra y las subjetividades con que se le encara son una noción recurrente: “el texto es un objeto, cambiará la perspectiva según dónde estés parada”, dice Valentine a Maria, frustrada con un personaje que considera patético, en una obra que le parece cada vez más una mera fantasía masculina.

De paso, se lanzan varios dardos certeros: a Google, a la industria fílmica chatarra, a la actuación “frente a pantallas verdes”, a lo insensibles que suelen ser los periodistas de espectáculos, a la intimidad expropiada por Internet, entre otras alusiones divertidas (cuando Valentine habla de Jo-Ann parece comentar, al dedillo, a Kristen Stewart).

Uno de los mayores méritos de Assayas, aquel que permite muchas lecturas posibles, es la ambigua relación que se teje entre Valentine (brutalmente sincera y al mismo tiempo enigmática, una actuación por la que Stewart recibió el prestigioso premio César) y Maria Enders (insegura, talentosa, llena de supersticiones), en la que hay amistad e intimidad, pero también desacuerdos intelectuales y, más llanamente, un convenio patrona-empleada. En Sils Maria, Rosa explica a Maria que la serpiente de Maloja es una misteriosa formación de nubes que repta sobre el valle suizo desde los lagos italianos, presagio de mal tiempo; después, miran el fenómeno retratadado, en blanco y negro, en un cortometraje de un siglo de antigüedad (del director alemán Arnold Fanck). El paisaje y la naturaleza verdadera se revelan en las imágenes, dice Rosa, y Assayas insiste con la idea, transformando los imponentes paisajes suizos en tomas semiestáticas de transición entre una escena y otra, para reinterpretar los encuadres de Fanck, a todo color y en 35 mm, en el momento en que la serpiente –su misterio– irrumpe en el punto crítico en que el artista se reconcilia con el tiempo y con su arte.

 

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El misterio no deja de suceder. Perdí mi pluma. Una pluma fantástica, una Sabonis atómica. La perdí en una banca de la plaza San Martín, después de apuntar un par de cosas. Me fui al café y ahí ya no estaba. Luego volví a la banca y nada. La última vez que fue vista en mi mano atardecía. Anochecía, más bien. Eran las seis, seis y diez. Luz crepuscular. Momento preferido del día, desde siempre. Los instantes en que todavía se puede ver sin luz eléctrica, pero las cosas van perdiendo color, los árboles se vuelven negro sólido, los rasgos de las personas se desdibujan. Hay siempre misterio en esa hora. Yo escuchaba los temas de Hans Zimmer de Inception. El último, de hecho: Time. Y ese fragmento se recortaba de la cotidianidad de la vida, de la ordinariez de la vida, porque todo a su alrededor encerraba un enigma. Frente al reloj estaba parado un muchacho. Yo pensé que estaba vigilando a un niño jugando en la bardita. Pero no había niños. Y él continuaba parado. Se movía poco, tampoco era un soldado. Y miraba al frente, tal vez al reloj pero tal vez no. Traía una sudadera gris, piel morena, expresión contrariada. Desde que hubo luz hasta que ya no él siguió parado. El misterio no deja de suceder.

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…de un fin de semana en La Plata.

Yo quería subirme a un autobús. Quería la separación que da el trayecto de autobús. Yo siempre me quejaba, antes, de vivírmela en autobuses, de tomar uno cada ocho días, cada quince, una vez cada mes, desde que recuerdo. Por eso quise vivir en algún lugar donde mis fines de semana estuvieran asegurados. Pero después, como siempre pasa, vi que necesitaba ir a una terminal de autobuses y subirme a un autobús y ah, el ritual: la ventana, la mochila en los pies, los audífonos, el libro o no, el cuaderno o no, la película o no, dormir o no, y siempre tras mirar un poco a las personas que van viajando también.

Los trámites se alargaron, hice la fila dos veces, al aire libre, en la plaza frente a la estación Retiro, en esa zona donde la ciudad se va desvaneciendo, se va llenando de espacios vacíos. Pero no me enojé, esperé. Y cuando por fin pude entrar y escoger mi asiento, ah, ridiculez: sentí hasta emoción. Me resultaba cansado lo que hacía en México antes, tomar el metro y transbordar en La Raza, cruzar la enorme terminal del norte, tomar el autobús a Polo, bajarme en el km 133… Pero a veces también suponía una pausa y un descanso.

Bueno. Me subí al autobús. Ventana. Del lado derecho, como casi siempre. Un error, porque de ese lado la ciudad de Buenos Aires se fue convirtiendo en el conurbano bonaerense, la pobreza de los márgenes se fue revelando, las viviendas precarias y unas vacas pastando, y espectaculares con candidatos electorales, y unos niños jugando futbol en un claro, pobres, mal vestidos; después el club aéreo de Río de la Plata, hangares blancos, avionetas estacionadas, un cartel: APRENDA A VOLAR. Pasto reseco. Más adelante, humo del corte y quema. Árboles raquíticos. Una avioneta en el aire, volando. Del otro lado del autobús, del pasillo izquierdo, llanura pura.

El inconfundible olor a pipí. Una señora hablando por teléfono. El amenazador llorido de un bebé. De mi lado no hay vastedad. Del otro sí. Un tractor, más propaganda electoral, y luego los tímidos comienzos de una ciudad pueblo de casas bajas y pocos coches.

Me gustó La Plata. Me gustó el aire socialista -esos edificios altos, rectangulares, manchados de humedad- que se respira en la Plaza Moreno, donde está la catedral. Después esta impresión se diluye en sus calles anchas, con mucha arquitectura europea clásica -de pronto interrumpida por edificios ochenteros-  y los famosos tilos que, según leo, es su árbol emblemático. Una ciudad planificada como poquísimas en Latinoamérica, un cuadrado perfecto surcado por diagonales -la ciudad de las diagonales, la llaman- y plazas que aparecen en cada intersección de avenidas, hasta sumar 23, leo en Wikipedia, además de representar el paradigma del “higienismo”. Diría que unas cuantas calles densamente comerciales en el centro, con tiendas y servicios para locales y turistas, para gente con mucha lana y gente con poca, y otras calles solitarias, tranquilas, vacías, que me hacían sentir en Polo (vi una carreta empujada por una mula).

Buscaba un cuaderno. Llevaba uno, pero para otros fines. Muchas vueltas en círculo, como siempre. Y otras que me desubicaban, me desnorteaban. Pero las calles numeradas facilitan todo. Evité un tramo de la 50 muchas veces, que después reveló una librería Ateneo a medio cerrar, donde venden un cuaderno que yo codicié. Antes había entrado a una tienda de fayuca china y me emocioné un poco porque pensé en Oracle Night: el narrador y protagonista encuentra un misterioso cuaderno azul en una papelería china; en él escribe la historia de un escritor, como él, que tras varios giros de la trama termina encerrado en un búnker y al que después ambos autores -Auster y Sidney Orr- dejan abandonado (la angustia que, a la fecha, siento por el personaje encerrado durante toda la eternidad). Ese cuaderno en el que escribirá más tarde, impelido por una fuerza extraña, la historia que pudo o no suceder entre su esposa y su amigo y mentor.

(a veces me pregunto si volveré a leer otro libro de Paul Auster, creo que lo agoté demasiado; creo que en este momento de mi vida me interesa demasiado la literatura escrita en español).

Los cuadernos de la fayuquería no me convencieron y después terminé adquiriendo uno en Todo Moda, un sencillito de forma francesa, de hojas blancas, con estampado de pata de gallo en turquesa. Por la hora, más factible refugiarse en un bar que en un café: un irish pub, Wilkenny, donde fui observando a los asistentes emborracharse paulatinamente. Entraron unas promotoras de Philip Morris y nos regalaran objetos como: una playera y unos lentes con ojos falsos. Ahora releo mis apuntes, um.

(recuerdo que esa tarde me ladraron dos perros, lo que siempre me pone en un ánimo lóbrego debido a mis misticismos e intachable historial con los canes).

Ah, qué noche. Me quedé en un hostal barato, en una típica casa argentina de las que llaman chorizo: larga, con un pasillo por el que se distribuyen las habitaciones, con techos muy altos, puertitas de madera y hierro, y mosaicos pintados. Apenas había dormitado una hora o menos cuando entró al cuarto una mujer de botas muy largas, que hizo mucho ruido y me despertó. Ya no pude dormir. Ya no pude. Me moví inquieta, me di vueltas, abrí Twitter, Facebook, Instagram, Gmail, fui al baño -un chico jugaba un videojuego de computadora; el otro, el encargado, estaba sentado en un sillón de la sala-, tomé agua, sentí calor, sentí frío, me acosté, di muchas vueltas, empecé a angustiarme, la angustia me subió, me inundé. Las cuatro, las cinco, las seis. A las seis empezó a roncar alguien en el cuarto, muy fuerte. Alguien más se despertó y tosió muchas veces pero el concierto no se aquietó. Los ronquidos venían de la parte superior de mi litera. Estiré los brazos, hundí los dedos en el colchón, le di golpecitos a la madera para que dejara de roncar, pero no dejó de roncar nunca; de pronto, a mi costado izquierdo, en la penumbra, apareció un pie enorme que se fue alargando hasta formar una pantorrilla larguísima y después, a su lado, otra pantorrilla que se hizo más larga todavía, hasta contornear un muslo, metro y medio de extremidad, y todo esto yo lo observé estupefacta, con una sonrisa congelada de miedo. Por fin la altísima mujer tocó el piso y se estiró toda: sólo vi la silueta negra, duramente negra, mientras el ronquido persistía: no era de arriba de donde venía. Intenté dormir. Dieron las siete. La luz del día no entraba al cuarto, la ventana estaba tapiada. Alguien más entraba y salía del cuarto: la puerta, avejentada, no cerraba bien y se abría y cerraba hacia las estrechas escaleras, iluminadas por un foco amarillo, por las que se llegaba al cuarto. Un aire frío me caía en la cara intermitentemente. No sé en qué momento me dormí, no sé en qué momento entré a ese otro lugar, con un pedazo de la conciencia en el sueño y otro en la vigilia, y en aquel lugar yo sabía que no podía o no debía mirarme al espejo, y sin embargo me veía: mi cara, con gran nitidez, reflejada en varios espejos.

Después viene lo de miedo. Hubo sobreposición de planos y ahí, en el sueño, con la conciencia de los sueños sobre las cosas, yo estaba en el cuarto del hostal, acostada, mientras una figura negra, negra, pero humosa, como una sombra, entraba por la puerta que rechinaba y se acercaba a mí y se metía a la cama y, a punto de abrazarme, de rodearme con un aliento frío sobre la oreja, abrí los ojos como quien abre una alacena, de golpe, y exclamé chingatumadre y me levanté.

Desayuné sola en la mesa de madera de la cocina, café soluble y pan con mermelada de durazno y el ubicuo, ya casi casi chole dulce de leche, temblorosa todavía por la pesadilla, leyendo un cuento lindo de Hebe Uhart para despejarme. Después, a punto de irme, fui retenida por una mujer alta, llamada Eva, nacida en Taiwán, con un muy buen español argentino, quien por lo visto quería practicar el idioma y quien, después hilé, fue la mujer de botas largas que me despertó y, sobre todo, la dueña de los ronquidos pertinaces. Platicamos. Alguien más que no reconoce mi acento, que me lo halaga y me halaga en el ínter, que resultó trabajar en el Sheraton que yo siempre miro durante mis estancias en la plaza San Martín, un personaje raro y pintoresco, de los que suelo ligar en hostales.

Salí al domingo: solitario, frío pero soleado. Caminé por los paseos de los tilos. Crucé la ciudad para llegar al Museo de La Plata, de ciencias naturales, pero en el camino, donde hay un laguito con botes y un paseo con puestos de dulces -toda esa parte me recordó a Chapultepec pero en pequeño, en laplatense, en colores apagados e invernales-, por equivocación entré al zoológico. Evito los zoológicos, en primer lugar por las serpientes y en segundo lugar porque es casi siempre, sin excepción, un espectáculo profundamente triste. No fue la excepción ¡en nada! Gatos monteses, changuitos y cóndores del cono sur en prisiones deprimentes, jaulas demasiado chaparras, cuartos demasiado estrechos, cisternas horrorosas.  Y en algún momento, leleando, caí en el herpetario, del que emprendí la carrera de forma harto ridícula. Traía las emociones a flor de piel, por la pesadilla, por las hormonas (es un hecho dado, que las hormonas nos afectan a las mujeres, que nos hacen presas de sí, que nos producen engaños y confusiones respecto a nuestros propios sentimientos, obligándonos a discernir, tontamente, los que son verdaderos de los que son producto de los ciclos del cuerpo enemigo, el sinvergüenza), en fin, por los acontecimientos recientes de mi vida. Los ojos se me llenaban de lágrimas mirando lo mismo a los animales que a unos cristianos practicantes disfrazados de payasos que a los niños y a las familias de estos niños, con el pensamiento de la pobreza, de las cruzadas diarias a las que obliga, de la intención y la concreción de la intención de dar a los niños algún entretenimiento, una salida feliz, una ilusión, con poco o casi nada de dinero, lo que a su vez me hacía pensar en mis papás y en mis hermanos y en nuestras infancias, que ellos procuraron felices a pesar de los vaivenes económicos. EN FIN. Demasiada intimidad. El punto es que estas ideas se tornaron más abstractas e inquietantes en el museo, ante los huesos de animales prehistóricos, ante las monografías de las eras geológicas de la tierra, de Pangea, del sistema solar, de la galaxia, del universo (otra vez: Melancholia). Y todo en una agradable soledad, en un diálogo interior, en la autonomía de acción y, lo más extraño, con buena disponibilidad de tiempo.

Antes de irme comí un sobresaliente arroz chaufa y un buen tamal de pollo en la plaza Moreno, donde había un festival de productos peruanos (ay, la gastronomía salada es el ámbito en el que los argentinos exhiben menos imaginación que en ninguno). Llegué casi de rodillas a la estación de ómnibus, me formé junto a una chica goth, me concentré en mis dolores (el viernes emprendí clase doble de yoga), en mis pendientes, en lo cercano que era todo a lo de antes, esperar el autobús al D.F. los domingos, sólo que esta vez el trayecto fue más corto, me senté del lado de la llanura infinita pero no logré mantenerme despierta salvo por cortos tramos, el autobús entró a Buenos Aires y a la avenida 9 de Julio, me bajé a cuadras del departamento y la luz del crepúsculo era espectacular.

IMG_4260 IMG_4257 IMG_4261 IMG_4259 IMG_4258 IMG_4262 IMG_4263 IMG_4264 IMG_4265 IMG_4277 IMG_4275 IMG_4267 IMG_4266 IMG_4280 IMG_4282 IMG_4284 IMG_4285 IMG_4291 IMG_4290 IMG_4289 IMG_4288 IMG_4292 IMG_4293 IMG_4294 IMG_4295 IMG_4300 IMG_4299 IMG_4298 IMG_4296 IMG_4301 IMG_4302 IMG_4303 IMG_4304 IMG_4311 IMG_4326 IMG_4307 IMG_4305 IMG_4312 IMG_4314 IMG_4315IMG_4324

 

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Qué semanas. Y apenas ayer volví a salir. A perderme en la multitud. La mujer de la multitud. La soledad no prevista. Extraño a J y a mi familia y a mis amigos. Lo único que nos acerca, durante la crisis, es un aparato. Y todo está mediado por este aparato, en chats, en video, en mensajes de voz, en mails, por teléfono (en una cabina de kiosco porteño, en la intimidad de la cabinita, mi cara descompuesta reflejada en un espejo intruso). Lo que falta es la presencia, el cuerpo, el consuelo de las miradas, el tacto, sobre todo el tacto. En fin. Después: el frío. Un julio invernal. Me hace pensar en el infierno blanco. El sitio perdido, vacío. Un invierno sin Navidad. Sin los vuelcos emocionales de Navidad, los prontos espontáneos, las determinaciones renuentes, que al menos a mí me dejan demasiado débil para afrontar el frío y triste enero. Sin eso, que no sé si prefiera pero es lo único que conozco, para instalarse -este invierno- en una franja de meses despojada de acontecimientos, un junio julio agosto sin incidentes, sin fechas significativas, sin el calor de la reunión, el alcohol y la comida, que al fin y al cabo para eso se inventó la Navidad. Un invierno, pues, a lo güey.

(pero yo sí tengo un día de reyes, una magia de Navidad, una ilusión próxima).

No lo he sufrido tanto, aunque soy muy friolenta, porque en espacios interiores siempre hay alguna calefacción. El problema es la barrera que puso entre la calle y yo. Las caminatas se acortan. Ya no me pierdo en la multitud.

Una tarde me armé una salida muy calculada: iría a la clase de yoga en la ONG, en Tribunales, y al salir caminaría rápidamente para llegar a la última función de Melancholia, que pusieron unos días en el BAMA cine durante un ciclo de Lars von Trier. Cuando estuvo en cartelera nunca la vi, después la fuimos evitando, un poco a instancias de J, y luego en soledad nunca me sentí con la “disposición mental”. Fui a la clase. Me ayudó para mis múltiples dolores lumbares, musculares, las muñecas inflamadas. Aunque en esa zona las calles son una perfecta cuadrícula, o quizás por ello, al salir tomé una derecha que tendría que haber sido izquierda y me perdí muy cabrón. Era ya de noche y las vueltas en círculo se hacían más desesperantes por lo cerca y sencillo de mi destino; recorrí desorientada calles repletas de negocios y negocitos, que aquí están atomizados, cosa que me encanta, me recuerda a Polo o al D.F. de hace muchos años: papelerías, sastrerías, confiterías, tiendas de ropa interior, tiendas de medias y calcetines, tiendas de abrigos y prendas de piel de chinchilla, tiendas de lámparas, librerías (varias) y heladerías (muchas). Finalmente pregunté en una verdulería la dirección del Obelisco y pude ubicarme. Ni siquiera vi mi reloj, daba por hecho que tendría ya unos veinte minutos de retraso. Dije ni modo. Si es por mi propia culpa no me pongo Alvy Singer. Pensé: le entenderé aunque me pierda los primeros veinte minutos, después los veré por internet. Llegué al cine, pagué el boleto, entré al baño, bajé al sótano, el chico me abrió la puerta de la sala, di un paso adentro, a una sala a la mitad de su capacidad, y la cortinilla del BAMA cine se iba desvaneciendo a negros. Llegué justo. Me metí a la última fila surfeando entre dos parejas con las piernas recogidas y llegué a la última butaca, contra la pared, con mi bufanda de cojín. Ah, satisfacción pura. No me perdí ni un segundo. Y, Alá, qué terrible habría sido. Melancholia es esa primera secuencia. Turbadora. Wagner (lo wagneriano, lo alemán, el rostro germánico, pomuloso, endurecido de Kirrrsten Dunst), Tristán e Isolda, escenas posteriores representadas alegóricamente; la Ofelia, la pesadilla del pasto acuoso, que traga; el inquietante cuadro con tres astros:

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Un cuerpo tan oprimido por el dolor -un dolor que parece condensar el fin de la humanidad- que no puede ni levantar la pierna para entrar a la tina. La edénica escena de la limusina. El gris y lo oscuro graduales. Los valores de occidente. En fin. Qué gran obra. Cuánto para pensar. Pensar lo que es difícil pensar.

Por esos días leí Darkness visible: a memoir of madness de William Styron. Su descenso a la depresión. Al borde de otro cuadro. En el hoyo, por el accidente de mi papá, por lo que se desprende, por lo que obliga a meditar, por lo otro que pensaba y sentía, por el frío, por el infierno blanco, por el limitado contacto humano, por los dolores musculares… Consumí, para resistir, mucha cafeína y azúcares.

 

 

¿Sigue ese letrero de ≈ Warning: Missing argument 2 for wpdb::prepare(), called in /home/jmx360at/public_html/laotraisla.com/wp-content/themes/chateau-2.0/functions.php on line 91 and defined in /home/jmx360at/public_html/laotraisla.com/wp-includes/wp-db.php on line 1209 en la esquina superior derecha de los posts? Será que actualicé la plataforma del WordPress recientemente. Una madrugada de la semana intenté arreglarlo, actualicé todos los plugins, borré cacharros que ya no se usan, actualizar, actualizar, nada, me armé del valor levreresco y de mi antigua afición al HTML, porque acabo de descubrir que empecé a bloguear en 2005, con lo cual este año se cumplen diez de alimentar este terrible vicio, semi-interrumpidos por mi temporada de Tumblr en 2011 y 2012, donde también emprendí un poco de blogging, ¡qué años, qué cosas pasaron!, y decidí adentrarme en la junga de internet, pues además de mis incipientes conocimientos de diseño web, siempre he sabido que todo puede lograrse si uno googlea lo que quiere hacer y se pone a leer y a rebuscar en medio de los foros rebosantes de turbonerds, entonces llegué a lugares como éste y éste, y seguí los pasos, y hasta consideré buscar entre todo el código la línea incorrecta, pero era de madrugada y claro que no, pero después sí lo hice, copié y pegué en una hoja de texto, no encontré nada de lo que decían los chavos de los foros, probé agregando mamadas como ésta a la plantilla: <a href=’https://profiles.wordpress.org/ini_set’ class=’mention’>@ini_set</a>(‘display_errors’, 0); cero éxito, ya había pasado una hora y pico, y pues a la chingada, que se arregle solo. Por eso pregunto si sigue ahí.

 

(antes de todos estos posts fuera de la programación, tengo uno a medio cocinar que es un auténtico tl;dr, donde enumero las películas, programas de tevé y escasas tres obras de teatro que he visto las últimas semanas: otro balazo en el pie, aleluya)

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No estás entendiendo. No estás entendiendo la gravedad del asunto. Todo esto es un mal sueño. Una pared de siete mil kilómetros. Te engañas, te pintas una realidad achatada, deforme, un huequito de luz. Después la habitación se ilumina de golpe y eres capaz de ver. La dimensión del asunto. Quisiera poner detalles pero no. Mi dolor no se compara al suyo pero mientras más lo sienta, más lo siento. Esto no tiene sentido. Cómo entender lo que no se puede entender. Y en todo hay símbolos pero quisiera que no o no lograr verlos o no insistir con que ahí están. Al infierno y de regreso. “Lo que no cesa de doler, sólo eso queda en la memoria – Lo que realmente subleva ante el sufrimiento no es el sufrimiento en sí sino su carácter absurdo”, copié en un cuaderno.

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Otra vez el blog se me complica. Pero a la vez tira de mí, me atrae, porque debo recordarme que pasan cosas dignas de ser fijadas, que su valor es personal, que es un archivo, que sólo mi nombre queda arrastrado en sus fangos, que es un consuelo. No me ayuda verme obligada a pensar más seriamente en la exhibición de la intimidad en internet y en las narrativas del yo y en el diario éxtimo y, de paso, reconocer y renegar de mi narcisismo. Esta entrada es un sándwich, un emparedado con la carne en medio. Pero justamente acabo de leer a Augusto Mendoza alias Chidoguan ¡y qué bien! Además de recuperar el ejercicio del texto arbitrario y reinyectarle lo gracioso a “lo gay”, con el tema Katchadjian rinde homenaje al autor que ora sí, cual República de las Letras, con su doble posición en la tradición nacional y la internacional, es el -ah, ah, es terrible esto que escribiré- Borges mexicano: Juan Rulfo (cfr. “¡Diles que no me abduzcan!, reescritura en clave de ópera galáctica de “¡Diles que no me maten!”). Pero cuando llegué al texto de la muerte de su padre sentí mucho dolor. Y compañía. Y que los blogs viven, todavía. Me recuerdo, por no dejar, que lo personal es político y que estoy acá lejos de todos mis lazos afectivos y que es más fácil contarlo por aquí que a cada uno. Dejaré el bloque de texto, el párrafo enorme. Pasa que el viernes atropellaron a mi papá. Y yo me enteré hasta el sábado, tarde, al despertarme y encontrar un mensaje largo de mi hermano, colmado de tranquilizaciones y consuelos, asegurándome que ya está fuera de peligro y todo va bien. No ahondemos. La impotencia de la distancia y la soledad. Y todo lo que hay detrás. El dolor de conocer los detalles e imaginar, una y otra vez, el dolor de mi papá, la escena, la trágica escena, la ambulancia, la pérdida de la conciencia, el sufrimiento físico, el miedo. Y además lo otro, lo indecible. Para cuando yo me enteré había ya oportunidad de hablar con él mismo por teléfono y hasta de escucharlo hacer sus bromas de siempre, que tras la cirugía reconstructiva quedará como Brad Pitt, que todo de lo mejor, calmando como siempre, con su grandeza de espíritu, mi propio dolor. Pero no puedo dejar de imaginarlo, aunque no me dejan verlo; pienso en su rostro golpeado, con fracturas, y esta idea es la que me está triturando el alma en este momento por más que me tranquilicen y ayuden a distancia. Y el gran cuadro. Y mis reproches de mala hija, todas mis mezquindades. Los hechos concretos. No es la primera vez que lo atropellan: ahora, además de la mala suerte del momento y de un pésimo conductor, su distracción supina y su tendencia a andar de pata de perro, de no estarse quieto, de ser un vago, se suman y me ennegrecen la vida. El que gracias al seguro del conductor -y el salvoconducto y la aparición providencial de mi tío Bernardo- lo atiendan ahora en un buen hospital, privado, que al parecer no saldrá por nuestra cuenta (sería impagable), es lo otro que agradecemos, es el “lado bueno”. Además el reencuentro de la familia, que tanto lo alegra; la cercanía con mi mamá (su, paradójicamente, tiempo vacacional, también), me pintan un panorama aparentemente benigno. Pero mi mente insiste en lo otro. Y creo que necesito verterlo acá para entenderlo un poco más. Porque fue una semana tan horrible, tan llena de ansiedad, con horarios de sueño terribles, y muchas pesadillas que fui apuntando: en todas estaba mi familia. Tuve un presentimiento. Pero el viernes, cuando pasó, fue un día extrañamente luminoso y saludable y místico, una salida de mis malos hábitos (con muchas recaídas, como lo prueba mi compulsivo y superfluo tuiteo durante la mañana y la madrugada), con una curiosa experiencia tranquilizadora: por fin había reunido la energía para ir a un estudio de yoga que había encontrado en Facebook. No anunciaba la ubicación exacta pero estaba en la bella calle Tres Sargentos. Es una peatonal tan pequeña que el carecer de número pensé que no haría diferencia: el letrero aparecería. Pero no apareció. Comí en un café muy lindo de por ahí, llamado Florian, y decidí ir por mi tarjeta de Ecobici, asunto que también había postergado, a la sede gubernamental de la Comuna 1, por Tribunales. Fui. Había pasado por ahí la noche anterior, pensando justamente lo diferente que se vería con gente, a la luz del día. Al llegar, resulta que hacía una hora ya no las daban. Salí, derrotada, y en la esquina de la calle Uruguay vi el letrero grande, providencial (entonces pensé) de YOGA. Entré. Un edificio de esos afrancesados, viejos, con escaleras que crujen y amplios salones con duela y ventanas de doble hoja hacia la calle. Era un centro cultural, especie de ONG. Sólo estaba la maestra, una señora llamada María que no le cobra al centro a modo de retribución. Su hijo y nuera viven en México, ella ha ido varias veces, incluso a Acapulco (tema reciente), a donde siempre quiso ir pero cuyo estado actual la entristeció mucho. Nos entendimos, de manera plácida. La clase empezaría enseguida. Por el feriado reciente, nadie se apareció. Tomé la clase yo sola. Necesitaba el yoga, de manera terapéutica, por la tensión, el síndrome del túnel carpiano, el cuello, la espalda, la postura malograda de pasar los días encorvada en el escritorio. El descubrimiento de este lugar, más barato que el otro, en una zona de la ciudad que me gusta, con esta misteriosa maestra de yoga llamada María, como María, me pusieron bien. Luego, trabajé. La ansiedad cedió. Pero el sábado desperté a esto. La materialización fantasmal de mi máximo temor en la vida. El temor que me hacía dudar de venir a Buenos Aires. La verdad de las cosas. De nuevo la situación de ser informada por mis hermanos, tardía o suavemente, de las cosas que pasan, de las tragedias y las cosas cabronas, como un reflejo de nuestra dinámica familiar de antaño: yo era la más chica, entre grandes. Creo que tomaron la decisión correcta, no avisar de inmediato al que está lejos y angustiarlo de más, pero de todos modos no dejo de lamentar haber pasado todo el viernes en la pendeja, no cooperar de modo alguno. Y el fin de semana volcada aquí, la comunicación con los míos por medio de aparatos, sin verlos, sin abrazarlos, sin volver al nido y a las bromas, que seguro ya las hay. Mi papá, indestructible. Hace un par de décadas casi se muere, de una infección extraña. He intentado regresar a lo que sentía, ¿qué pensaba, de unos ocho años, ante la posibilidad de su muerte? Es extraño no llegar al fondo del sentimiento, aunque quizá entonces hice una “operación psíquica consciente” de negación y autoengaño. Ahora todo es diferente. Las tragedias unen a las familias y eso es bueno pero es triste. Por la noche hablé con mi primo Bef, alguien que lo quiere y lee como yo, que vino a recordarme anécdotas y momentos aquí mismo, durante su visita a la feria del libro de Buenos Aires, como si mi papá, que no puede venir, hubiera viajado con él; además yo había querido hablar con él recientemente, los temas que quedaron en el tintero, una porción de la historia familiar que yo no conocía y que me relató, y otros asuntos y afectos compartidos. Aceptar, terminar de ver, que los nuestros envejecen. Lo intolerable. Después: la necesidad de volver al origen, de entender el sitio del que se proviene. La historia de la familia de mi papá está poblada de situaciones y personajes peculiares, y entre esa galería él no desluce como figura igualmente insólita. Como en tantas familias. ¿Y qué debo pensar de todo esto? ¿Cómo se lee un hecho así? Pudo ser peor (parecía peor, me confesó Bef) y sin embargo se salvó. Qué lo salvó, qué lo arrastró allí. ¿Cuál es el dibujo que busco ahora, el relato que intento contarme?

Salto de párrafo, total. Lo del Chapo. La estupefacción (no es asombro, no es indignación, no es ira, no es nada salvo estupefacción). Lo macro y lo micro. Las vidas privadas importan más que la trama histórica, pero se imbrican en ella. Entonces los chateos, las llamadas en Skype, los telefonazos a once pesos argentinos el minuto se vuelven insuficientes y requiero otra voz, cercana pero de otra manera. Había querido leer a Hebe Uhart desde que leí un perfil de ella en Anfibia y al llegar a Buenos Aires me encontré un libro suyo de cuentos, cuya compra pospuse. Este fin de semana se me apareció un par de veces y entendí que tenía que ir a buscarla. Como las montañas y una carretera, tenía la necesidad vital de leer cuentos. Y ahora que ya estoy leyendo uno de sus libros de cuentos (no debería, montañas de trabajo y de lecturas pendientes), y los maravillosos, extraños, felisbertescos y no, encantadores cuentos que se mencionan en su perfil y que se encuentran en línea (“El budín esponjoso”, “En la peluquería” y sobre todo, qué miedo, por el tema, por las plantas, por la visita en sueños de los que ya no están, “Guiando la hiedra”), me consuelo con esa luz. Por momentos. Después las lágrimas, otra vez. Y un frío de la chingada y la calefacción rota y mi papá, a quien operan hoy, y que pude perderlo aunque en realidad lo que permanece es el fantasma del temor y no sé muy bien cómo domarlo.

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