El Mal

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Otra vez ganas de escribir, sin temas ni ideas, ni nada qué decir. Y con obligaciones laterales de escribir otras cosas, como siempre. Tengo ideas para esto, temas que me interesan actualmente, sí, pero los desecho. Ahora no, ahora no. No estoy preparada. Esos debería escribirlos con tiempo y dedicación. Entonces. Veamos. Qué he estado leyendo. Cuentos, muchos cuentos. Me encantan los cuentos. Son estructuras cerradas, piezas diseñadas para la relectura. Cambian. Nunca son la misma. Pienso en lo laborioso de un cuento. Cada palabra pesa, la extensión obliga a plantear y replantear, a corregir en busca de la impermeabilidad. ¿Flujo de conciencia, intento de flujo de conciencia? Bueno. Me molesta cómo escribo acá, siempre me ha molestado. Te agarras de lugares cómodos, de disposiciones que funcionan. ¡Ash! Pero los cuentos. Los cuentos no son postitos. Los cuentos no son textos ligeros, fruto de la flojera, la impaciencia o la ansiedad. Los cuentos son pequeños monumentos. He estado leyendo y releyendo muchos cuentos. Y otras cosas. Poesía, también. De Marosa, Rilke y Deniz, últimamente. Y cuentos de García Ponce, de Abelardo Castillo, de Silvina Ocampo, de Aira, de Bolaño, de Inés Arredondo, de Felisberto, de Luisa Valenzuela, los primeros de Vargas Llosa, los últimos, extraños, siniestros de Cortázar (Verano, qué terrible, qué siniestro, el caballo, los cascos del caballo, la niña que sueña en la camita de la casa de campo, la pareja y sus reproches, la violación, la separación de las almas). El carrito. Pfff, espantoso. Se lo conté a J “en vivo” y en la última frase volteé lentamente la cabeza e hice un tono de voz grave, lo más grave posible, y conseguí con esto su terror y su miedo. Me encanta asustar a la gente. Es un talento que descubrí a los doce años, cuando venía caminando una tarde por una calle de mi pueblo con mi vecina, con quien estudiaba la secundaria, y al pasar junto a un establo, en uno de cuyos muros sobresalía un cuerno de toro grandísimo, le inventé que ése era el cuerno del diablo y que así se le invocaba y que la leyenda contaba…, y luego llegamos a su casa y nos sentamos en la sala, y como no había nadie, yo seguí inventándome historias de terror sin reírme nunca y mirándola fijo, y ella se asustó tanto que me decía “ya no me veas, ya no me veas”, y aunque yo ya quise pasar a otra cosa y hablar de temas graciosos y hasta me estuve riendo, ella ya no soportaba ver mis ojos, decía que mi mirada era muy penetrante y de miedo, entonces más la miraba yo y la asustaba sólo mirándola, y así descubrí que hay gente muy miedosa a la que resulta muy placentero asustar. Otras veces he amagado una posesión diabólica de cuerpo presente o sugiero atmósferas de miedo y misterio o deslizo comentarios sobre apariciones y espectros o hago cosas que yo sé que a la gente miedosa le dan miedo, y la verdad es que me regocijo en ese miedo y obtengo un placer perverso de él. Yo quise ser como mi cuñado que un día nos contó una historia de una mujer que se aparecía en un bordo y que cuando levantaba la cabeza te dabas cuenta que no tenía cara, historia que él nos contaba con voz indiferentísima y sin gestos o expresiones, y que por eso asustaba, creo yo.

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Martes

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No tags :(

Soy débil. Me siento irritada. Eludo responsabilidades. Intento salir de mí y verme desde otra distancia, o más bien no verme sino situarme afuera, sin estudiarme. Pero después, cuando he estado mucho tiempo con otras personas, en actividades concretas, en el centro mismo de la realidad, ansío un momento a solas para sumergirme en mí misma, como si adentro hubiera un pozo (pero no es oscuro) o tal vez una alberca en la que me es preferible nadar y concentrarme. Soy egoísta, también. Me doy muy poco a los demás, en el fondo. En la superficie parece lo contrario. O eso imagino, pienso que esa debe ser la explicación para que las personas me quieran y hasta, en ocasiones, se enamoren de mí, y que nunca me falte en quién confiar y a quién querer en los diversos lugares donde tengo que estar.

Pero hace poco descubrí, con sorpresa y enorme pesar, que me resulta muy fácil desprenderme. Incluso de los que más amo, incluso de los que amo más que a mí misma.

Yo sé que allá, en el sur, estaré con la única persona con la que siempre he estado. Y después, en otro mañana, si no me muero, será lo mismo. Pero esto no me angustia. La única persona que me ha acompañado, a lo largo de épocas y lugares y grupos de personas, la miro todas las mañanas, todavía no me cansa por completo. (¡obviedad: soy yo!). A veces me molesta, me choca, me avergüenza; a veces me da lastimita, a veces me cae bien, a veces la puedo mirar desde afuera, pero estudiándola, con ojos que no son míos, para decir: está bien. Con razón.

En realidad namás escribo por escribir. Porque tengo varios textos pendientes del trabajo y, como siempre, no puedo escribirlos. Pero tengo ganas de escribir. Aunque no tengo deseos de escribir en mi cuento, que está por abandonarse en su, espero, mejor versión posible. He pensado en él como una escultura de barro que primero fue una simple bola deforme, después fue creciendo hacia arriba, con pequeños detalles que he fabricado y deshecho, una bola manoseada que ya tomó su forma final pero a la que todavía se le pueden afinar ángulos y acabados y colocarle un fijador digno, pues el que tiene fue hecho al aventón. Y está bien, me gusta la labor de retoque, pero es peligroso, acercarse a lo definitivo, a lo final, en lugar de retozar en lo inacabado, como esto. Que en el futuro podría borrar y editar, como acostumbro.

Me digo que no idealizo aquella ciudad en la que viviré. La razón es que también la padecí, una vez que dejé de pasear en ella y tuve que usarla. Me digo que me he mudado a otras ciudades antes, y sola. Que no tengo por qué olvidar el idioma (yo soy una tonta, cuando he estado en otros lugares donde tengo que hablar inglés durante mucho tiempo, la gramática del español se me empieza a olvidar, ya no conjugo bien y empiezo a trasladar y a perder un poco la lengua, cosa que me aterra; por eso me gusta tanto la literatura en español, además de la obvia ventaja de leer al autor en su estilo original, con sus dificultades originales, porque el español me gusta, es un idioma que a mí me gusta, pues). No necesito decirme que voy a extrañar. Y, a veces, desear volver.

No había extrañado sino hasta hace dos semanas. De pronto empecé a extrañar a todos. Me sentí muy triste por eso.

Debo escribir las cosas que debo escribir. Aunque acá se sienta mejor (pero aún así siento que esto es falso y poco sincero).

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Javai-í III (última parte)

¿Será mejor la distancia? La distancia -el olvido- lo cubre todo de embuste, de falsificación. Pero queda, por el tiempo transcurrido, el miedo trillado a perderlo todo. Además he venido escribiendo este post a lo largo de un mes. Lo he abandonado y retomado muchas veces. Será mejor desprenderse ya de todo esto.

Veamos: el martes a mediodía volamos a Hawai’i, la isla más grande del archipiélago, a la que suele llamarse la Big Island para diferenciarla del estado mismo. Es tan grande que todas las demás (que son 137 en total) no colman ni la mitad de su territorio. Esto también lo fuimos aprendiendo poco a poco: primero hay que saber que las cuatro islas principales de Hawai’i son Maui (a donde las ballenas llegan a reproducirse durante invierno, por lo poco hondo de sus costas); Hawai’i (la enorme, la húmeda, donde está el volcán Kilauea y otros); Oa’hu (donde se encuentra la capital, Honolulu) y Kauai, la más antigua de ellas, repleta de acantilados, volcanes y accidentes geográficos, la que imagino más frondosa y exótica y sobrecogedora, y la única que no conocimos.

Dejamos, pues, el ambiente playero de Maui para llegar a la parte este de la Big Island, que en todas las islas se trata de la zona más húmeda. El cielo estaba gris, cargado de agua. En el aeropuerto de Hilo (prácticamente idéntico al de Maui, y también monopolizado por Hawaiian Airlines, que controla casi la totalidad del transporte aéreo en el archipiélago) nos esperaba Jim Carey, el guía y chofer, que ya casi ni bromea sobre Jim Carrey, de tanto que se lo han de sobar cada dos minutos, cantando con un ukulele. Este señor Jim Carey era muy chistoso. Usaba, como obliga el sector, la típica camisa hawaiiana de flores y tenía bigotote, pelo blanco, la piel muy roja. Era de Minnesota o cerca de ahí.

Primero fuimos al Centro Astronómico ‘Imiloa, que tiene un museo y un planetario. Esto me gustó. Ir a Hawai’i a museos, lo atípico de esto, lo que nos daba para pensar. Nos recostamos en el planetario a ver videos y aproximaciones visuales del nacimiento de las islas, que no son sino volcanes submarinos que emergieron del mar formando montañas y planicies, que se encontraron y amalgamaron con otros volcanes en el camino. Qué cosa tan impresionante, ¿no? Por eso la insistencia de que nada se le parece. En las islas es palpable el ascendente de la naturaleza, de las formaciones geológicas, de la pequeñez ante el infinito torrente del tiempo.

Después fuimos al Kilauea. A los caminos de lava solidificada. Al parque nacional que es tan grande que se recorre en coche, por carreteras que luego, viniendo de la “civilización”, dejan atrás casas solitarias, de estilo californiano, una planta, su porchecito, madera, colores pastel apagados; y Wal-Marts y Home Depots y Walgreens y la infraestructura comercial que es ubicua en todo el territorio gringo. La vegetación que crece de la lava. Otro paisaje lunar, o quizá de Plutón, o de Neptuno, piedra negra que revela entre sus intersticios manchas y franjas azules, moradas, irisadas, tornasoladas.

Los volcanes hawaiianos se llaman “de escudo”, pues no crecen hacia arriba, como los cónicos a los cuales estamos acostumbrados, sino que están achatados y se extienden como una plancha. La lava escurre de los lados: “llora”. El cráter principal del Kilauea se encuentra junto a un centro de visitantes con fotos, trozos de lava en capsulitas, tienda de regalos. Hay una fumarola en medio de una gran circunferencia, acordonada. De su centro brota el humo vaporoso, gris, constante. Jim Carey nos llevó a un pedacito de pasto que escapaba del cordón, donde se tenía mejor vista que en el mirador. Luego insistió en sacarnos fotos de turista: fingiendo que soplamos delante del humo, por ejemplo, como los que detienen la torre de Pisa con la mano o sostienen, entre el dedo índice y el pulgar, una pirámide o la torre Eiffel. Le hicimos caso, posamos para la foto.

Dormimos en un hotel integrado al parque nacional, a pocos metros de la fumarola. Por las ventanas del restaurante, en la noche, se veía claramente que el humo no es gris sino naranja o rojo incandescente. Ahí se acostumbra apagar todas las luces cada 45 minutos, para que los comensales admiren su resplandor. Ninguna cámara podría reproducir la intensidad de sus colores. Mientras tanto hablábamos con el tibio, manso, callado Ross, de la oficina de turismo de la Big Island, donde están haciendo campaña para que ya no la llamen la Big Island, concepto que según ellos remite a caos y tráfico, y se recupere el nombre simple de Hawai’i. “La Hawai’i original”. Las alusiones a las oficinas de turismo hermanas, su rivalidad apenas disimulada; cada isla quiere ser la única isla, cada isla promete lo que la otra no tiene.

Luego estaban Carlos (¿o Víctor?), de Roswell, Nuevo México; y Charlie (¿Charlie?), de Oakland, California, y con todos era la misma historia, los casos (y las pruebas) se amontonaban; es difícil venir a las islas y escapar de su hechizo, de su magnetismo poderoso.

Visitamos las Akaka Falls, escuchamos las historias de Jim Carey, que antes de empezar preguntaba siempre do you want to hear a storyyyy? y al principio nos reíamos mucho y decíamos que sí, que claro, pero al cabo de muchas veces de repetir el numerito terminó por confesar que esto era protocolo de la compañía, preguntar si la gente quería escuchar dichas historias, en realidad leyendas de la mitología polinesia hawaiiana, que trataban, por ejemplo, sobre Pelé, la diosa del fuego, la danza, la ira y los relámpagos. Pero en una ocasión yo me quedé dormida y cuando desperté escuché la mitad de una en la que él, Jim, era el protagonista, junto con su esposa: al salir de un parque nacional se habían encontrado con una misteriosa mujer que les pidió un cigarro; como la esposa fumaba, se lo dio; luego sucedió algo que me perdí pero que sugería que la mujer había desaparecido, o nunca había estado ahí, en fin, que Jim y su esposa lo tomaron como una aparición de Pelé, dándoles permiso de permanecer en Hawai’i. Eso me gustó.

En Hilo, durante un rato, cada quién se fue por su lado. Entré a algunas librerías, difícilmente había algo interesante, pero era entretenido mirar. Luego me metí a un café, Hilo Shark’s Café. Tenían muchos sabores de breakfast smoothie y lo atendía un rubio de ojos azules, bronceado, altísimo, seguramente un surfista ex mainlander. El menú estaba escrito en un pizarrón con gises de colores y en todo lo ancho de un muro estaba el dibujo de una mujer, mezcla de pin-up y hula girl, con su lei y su ukulele, los brazos tatuados, malabareando un coco, un café y unas antorchas. Detrás de ella, un volcán echando humo.

Más tarde, en otro restaurante, comimos con muchas prisas una exquisita e irrecuperable hamburguesa vegetariana que tenía arroz, frijoles, taro molido.

Vino otro vuelo, en la última hilera, sin ventanillas disponibles, en un avión repleto.

Por fin llegamos a Honolulu, la segunda o tercera ciudad con más tráfico de Estados Unidos; autopistas arriba y abajo, muchos rascacielos, algunos poco interesantes; el enorme puerto, sus restaurantes y oficinas, y por allá, al pasar velozmente en el vehículo, la base naval de Pearl Harbour. Un hotel grande, cómodo, a caballo entre el boutique y la cadena. Mi ventana daba a un estacionamiento de muchos pisos.

Waiki’ki. Una noche perdidas, Gretell, Arcelia y yo, en los laberintos de la marina, en las calles del hotel ciudad Hilton (con miles y miles de habitaciones), luego de regreso al bar del hotel, un speakasy bastante bonito, con aire acondicionado helado; una cerveza regional: Bikini Blonde Lager; un cover de Drunk in love a cargo de un dueto hombre y mujer, interesante todo, pero el cansancio, la noche, la agenda que no se daba un respiro.

Una mañana fuimos al otro lado de la isla de Oa’hu, la North Shore. Nos detuvimos en una antigua plantación de piñas, ahora convertida en una especie de parque temático con súper integrado, en el que todos los productos son de piña, tienen forma de piña, remiten a las piñas. De ahí viene el Pineapple Express.

Más adelante, en una playa de surfers, nos metimos al mar por segunda vez. Una playa pública, al pie de la autopista. Aguas tibias y cristalinas, como las del Caribe. De pronto pasaba un coche viejo, un Mustang despintado, un Lexus jodidón, visiones extrañas en Estados Unidos, donde la norma es cambiar de coche apenas el uso se note. Los manejaban surfistas.

Comimos un shave ice, un raspado con los colores del arcoiris, en un lugar llamado Matsumoto’s. Después hicimos una parada en un food truck cerca de los criaderos de camarones. Una mujer estaba sentada junto a la ventana donde se ordenaba. Cincuenta años, tal vez cuarenta, piel tostada, con cicatrices, pelo recortado a mordidas, ojos azules intensos. Hablaba sola, su boca profería palabras y sonidos desarticulados, que escuché con atención, sin lograr comprender nada. De pronto había frases completas, pero casi todo eran gruñidos, ruidos guturales, una risa macabra. Fuimos a sentarnos a una mesa de madera, con bancas, y ella fue a sentarse en un extremo de la misma mesa, mirándonos. Comimos bajo el yugo de su mirada. Se lee exagerado, el yugo de su mirada. Pero era un yugo, una opresión palpable. De pronto hacía ademanes de tomar nuestras papas, nuestros refrescos, y si alguna los desviaba de su camino, su voz cavernosa lanzaba fuck you ladys, fuck you ladyyyys horrorosos, que caían como plomo. Finalmente le fui acercando cosas y ella se apropió de ellas con manos escurridizas, como de animal. Luego alguna hablaba y ella volvía a reír con su risa burlona y ultradiabólica. Pero lo interesante fue cuando, al subir al autobús, mirándola por la ventanilla, ella sintió el peso de nuestras miradas y nos miró también, primero mascullando insultos, luego súbitamente risueña, y al final haciendo con una mano la seña del aloha.

Christiana comentó que muchos brasileños, cuando visitaban Hawaii en los sesenta o los setenta, en busca de sus olas, acabaron en un malviaje de ácido y nunca volvieron a su país.

Fuimos al Centro Cultural Polinesio, adyacente a la universidad BYU. Es una especie de parque temático, dividido en “villas” que representan las principales naciones polinesias: Fiji, Tonga, Tahití, Nueva Zelanda, Samoa… En cada villa, estudiantes de esos mismos países, la mayoría con becas proporcionadas por la universidad, representan costumbres, artefactos, diferencias lingüísticas, etc., en un formato agringadísimo, entre el stand-up y el cabaret. La maestría gringa en materia de entretenimiento. Así, Kap, un estudiante de artes visuales de Samoa, demostraba en un show de micrófono cómo los hombres samoanos, que eran los encargados de preparar los alimentos, extraían la leche del coco, hacían fuego, etc. Todos reíamos con ganas. (encontré un video de él, de su envidiable maestría para el stand-up).

Al final vimos una obra/musical (en su sitio: think of Broadway, then add flaming knives), llamada Ha, “aliento de vida”. Muy bonita. El protagonista va saltando simbólicamente de isla en isla, una por cada temperamento y momento vital, para cerrar el círculo entre la vida y la muerte.

Lo que me gusta sobre Hawaii, como potencia cultural y económica de Polinesia, es su voluntad de integración con la región. El último estado de Estados Unidos. Pero no es Estados Unidos. El archipiélago en medio del océano, con un pasado tan remoto como peculiar, está separado del continente y de todo lo que lo liga a él. Existe con las otras islas. Me hizo pensar en Latinoamérica, en una Latinoamérica oceánica.

(casi olvido: tomamos una clase de surf, cerca de Waikiki; todo mal, todo mal, y después de eso comida hawaiiana auténtica, mucha carne de cerdo y de salmón, y el taro en puré llamado poi, y jugo de liliko’i, la maracuyá de allá)

Al día siguiente fuimos al Bishop Museum, el más antiguo y grande de Hawaii (fundado en 1889), con una colección de artefactos pertenecientes a las dinastías reales, pinturas, prendas de ropa, hasta animales disecados (aclaración: no hay víboras en las islas, esto las convierte en mi representación del paraíso, y sin embargo entré, confiada, a la sala de animales, sin temer ni esperar nada, y en la primera vitrina estaba una larga y cabezona embalsamada, ¡ay!, las llamo, las llamo, siempre vienen a mí).

El guía, también orgulloso descendiente de hawaiianos, nos mostró el Kāneikokala, una efigie de piedra y basalto, descubierta por un hombre en Kawaihae, que la soñó (le pedía que la retirara del frío, que la llevara a un sitio cálido). Llegó al museo en 1906 y cuando recientemente, por remodelación, quisieron cambiarla de lugar (tal vez afuera, donde sintiera más calor todavía), la figura había echado raíces tan profundamente que fue imposible desprenderla de donde estaba. Eso también, como muchas otras cosas, me gustó. Me hizo pensar. Le dio más matices a mi ensoñación.

Y ya sólo queda, en Honolulu, cuando fuimos a hacer tiempo a un mall en lo que llegaban unos amigos de Christiana, brasileños afincados en Hawaii. Era sábado a la hora de la comida, hacía tanto calor, yo tenía tan poco dinero, tan nulo propósito, que vagué por los pasillos techados y luego los semi-abiertos, integrados con el estacionamiento, hasta dar con un Barnes & Noble, donde no compré ni leí nada importante, sino que me puse a hojear las People y otras por el estilo. Un mall viejo, aburrido, fétido, la verdadera cara de Honolulu, la ciudad de la que no se escribe, que no se promociona, donde los adolescentes en patinetas o en transporte público llegan a encontrarse con otros adolescentes, entran al cine y comen en el hacinada área de comida, el sitio de encuentro de una parte de la clase trabajadora, de la verdadera población de Hawaii.

Comimos después de esto, a horas de tomar el vuelo de regreso, en un restaurante cerca del puerto. Se descorrieron los últimos velos de la intimidad. Después nadie quería irse y, aunque nos separamos brevemente en el aeropuerto, por nuestras rutas diferentes, ya en las salas de abordaje fuimos a despedirnos de Andi y enfrentamos con resignación el regreso a tierra continental, a la insulsez.

Arcelia me cedió su asiento, junto a la puerta de emergencia, porque estaba en el pasillo, que yo siempre requiero (si es un vuelo largo, porque ay, la vejiga). Era vuelo nocturno, seis horas hasta Phoenix, mucho espacio para mis largos pies, oportunidad invaluable para dormir… y: la perilla del aire acondicionado estaba rota. Y el aire acondicionado, frío más bien helado, salía de ahí en fuertes remolinos que me despeinaban y lentamente me fueron amoratando. ¡Oh, lo que sufrí! La sobrecargo, preocupada por mi ficticia historia de una neumonía recién contraída, recorría el pasillo y volvía cada vez con peores noticias: que no sólo vendían las cobijitas sino que ya no tenían ni una, que no había un solo asiento disponible, que no sabía qué hacer… Hasta que, pasada la medianoche, apareció con una botella de plástico rellena de agua hirviendo y me dijo que la apretara contra el estómago y me hiciera ovillo. Ay, no poseo tolerancia hacia el frío, ¡absolutamente nada! Ahora mismo escribo con dedos entumecidos. Intentar dormir, perder la conciencia, en esas condiciones… A veces me levantaba y caminaba por el pasillo, donde todos dormían, felices y despreocupados, y yo entraba al baño ¡y lloraba como una niña! Y volvía al frío, a la lenta tortura… Llegué a Phoenix con las extremidades agarrotadas, la botella fría entre las manos y un arrastrarse hacia donde hubiera café y un poco de sol. Qué clase de regreso. Del paraíso cálido al frío artificial.

Después México, después The Descendants, los leis que aún permanecen en espera de que los devuelva a otro tipo de tierra, el anhelo, la erosión de la memoria.

Hace unas semanas vino Andi y volvimos a reunirnos. Recordamos anécdotas del viaje y hablamos de otras cosas.

 

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Contra la degradación humana

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1.

“Salir a decir que están muertos, sin ninguna certeza, “es una forma descarada de torturar a los padres de familia”, señaló uno de los padres de los desaparecidos.” (La Jornada)

El dolor que no tiene nombre. (El País)
“La desaparición forzada es probablemente la más siniestra forma de violencia. Supone una forma de tortura psicológica para los familiares. Por una parte quieren que aparezca aunque sea muerto y por otra conservan la esperanza de que no aparezca porque tal vez esté vivo y reivindican su vida frente a las autoridades. Es una situación psicológica de doble vínculo en la que cualquier pretendida salida supone un nuevo impacto, y el paso de los días o semanas no hace más que aumentarlo” (Carlos Beristain, psicólogo español).

“En México hay alrededor de 30.000 desaparecidos, según cifras oficiales. Muchos casos no reciben atención mediática. Los más crudos y que salen a la luz, sí la reciben.”

“Beristain expresa el efecto de la desaparición como “una especie de limbo del que ni siquiera se puede hablar. Ni siquiera hay un estatus para ese dolor”. La forma de “sanación”, dice, es la ayuda mutua entre afectados, acompañada por profesionales, e integrada en la búsqueda de justicia. “Lo que necesitan los familiares es la verdad”.”

 

 

2.

En tres ensayos de Margo Glantz sobre la degradación humana en Auschwitz ["La muerte voluntaria", "Siempre es posible lo peor (políticas de la memoria)" y "Harapos y tatuajes", todos reunidos en La polca de los osos (Almadía, 2008)]:

“En Auschwitz -el paradigma del campo de exterminio- se afinan otros procedimientos y se alcanza el grado más refinado de la deshumanización, la producción en serie de hombres que han descendido al grado más abyecto de la condición humana“.

(…)

“Auschwitz tecnificó a la muerte, en los campos se hizo posible la fabricación en masa de cadáveres y se acuñó un vocabulario burocrático para referirse a la exterminación”.

Recoge el testimonio de Filip Müller, “sobreviviente de cinco liquidaciones”, que narra lo siguiente en Shoah:

La muerte por el gas duraba de diez a quince minutos.

El momento más terrible era cuando se abría la cámara de gas, la visión era insostenible: la gente comprimida como si fuera de basalto, en bloques compactos de piedra. ¡Cómo se desplomaban fuera de las cámaras de gas! Lo vi varias veces, y era lo más duro de soportar, a eso no se acostumbra uno jamás. Era imposible. Sí, hay que imaginárselo: el gas comenzaba a actuar; se propagaba de abajo hacia arriba. Y en el terrible combate que se entablaba -pues era eso, un combate- la luz se cortaba en las cámaras de gas, estaba oscuro y no se veía nada, y los más fuertes querían subir, subir cada vez más alto. Quizá sentían que a medida que subían, menos les faltaba el aire, podían respirar mejor. Empezaba una batalla y al mismo tiempo todos se precipitaban a la puerta. Era psicológico, la puerta estaba allá y todos (…) se precipitaban hacia ella, para forzarla, era un instinto irreprimible en ese combate de la muerte. Y es por ello que los niños más débiles y los viejos se encontraban abajo y los más fuertes encima. En ese combate de la muerte el padre ya no sabía que su hijo estaba allí, debajo de él.

¿Y cuando abrían las puertas? Caían como bloques de piedra, una avalancha de gruesos bloques precipitándose de un camión (…). La gente quedaba herida, pues en la oscuridad se producía una debacle, se debatían, peleaban. Sucios, manchados, ensangrentados, les salía sangre de los oídos y la nariz.

Cita ahí mismo fragmentos del tratado y confesión que Jean Améry, judío nacido en Viena, escribió en 1976 para explicar su suicidio (Améry fue, con Celan, sobreviviente de Auschwitz):

“Lo que llamamos olvido en el sentido colectivo aparece cuando ciertos grupos humanos no logran -voluntaria o pasivamente, por rechazo, indiferencia o indolencia, o bien a causa de alguna catástrofe histórica que interrumpió el curso de los días y las cosas- transmitir a la posteridad lo que aprendieron del pasado. Todos los mandamientos y órdenes de “recordar” y de no “olvidar” que se dirigieron al pueblo judío no habrían tenido ningún efecto si los ritos y relatos históricos no se hubiesen convertido en el canon de la Torá…”

Glantz: “La reconciliación entre las víctimas y los verdugos era imposible porque sólo podía proceder de una letargia emocional y de un sentimiento de indiferencia ante la vida, o de una conversión masoquista de una sed de venganza auténtica pero negada (Anissimov).”

“Efectivamente, si el torturado nunca puede olvidar su tortura -Quien ha sido torturado lo sigue estando (…). Quien ha sufrido el tormento, no podrá ya encontrar lugar en el mundo (Jean Améry)-, los otros tienen el deber de recordarla y convertirla en memoria colectiva, como si fuera un nuevo mandamiento.”

 

 

3.

En “La violación: un arma de guerra”, contenido en Ensayos impertinentes (Océano/debate feminista, 2013; escribí una reseña del volumen aquí), Jean Franco analiza (y narra) la destrucción y degradación del cuerpo humano en los estados de excepción instaurados en Guatemala y Perú, en los ochenta y noventa, con el fin de reprimir movimientos insurgentes: el grupo Sendero Luminoso en Perú, a su vez responsable de violaciones y torturas en las comunidades que invadía, y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, conglomerado de grupos guerrilleros de ascendencia rural e indígena cuya persecución inició tras el exitoso golpe de Estado de Ríos Montt.

Uno de los fragmentos más difíciles de leer:

Memoria del silencio (la documentación de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH) de Guatemala) señaló que la barbarie de las masacres fue de tal magnitud que “a primera vista, podía incluso provocar cierta incredulidad”. Lo que hizo que los acontecimientos fueran verosímiles fue la reiteración del detalle y las exhumaciones de cadáveres, pero también “las imágenes, todavía vívidas en la mente de los testigos -de gargantas cortadas, cadáveres mutilados, mujeres embarazadas con el vientre abierto por bayonetas o machetes, cuerpos ‘sembrados’ en estacas, el olor de la carne quemada y los perros devorando los cuerpos abandonados que no pudieron ser enterrados- y que corresponden a un evento real ” (CEH, Memoria III: 249-250).

“A los niños (“la semilla”) se les mataba azotándolos contra una pared o arrojándolos vivos a las fosas, en donde eran aplastados por los cuerpos de los adultos muertos. El ejército también destruyó lugares ceremoniales y sacó “a más de 80% de la población de sus hogares”. La violación casi nunca fue un acto aislado cometido por una sola persona; eran actos colectivos. Un testigo de Guatemala describe a una mujer que perdió la conciencia y fue violada por veinte soldados: “estaba en un charco de orina, semen y sangre; era realmente humillante, una mezcla de odio, frustración e impotencia” (CEH, Memoria III: 28). A los soldados se les ordenaba matar, torturar y violar como una estrategia aceptada (CEH, Memoria III: 29).

(…)

«”La violencia”, escribe Judith Butler en su libro Vida precaria, es la manera en que “queda expuesta la vulnerabilidad humana primaria ante otros seres humanos en su versión más terrorífica, una manera de ser entregados, sin ningún control, a la voluntad de otro, una manera en que la vida misma puede verse suprimida por la acción intencionada de otro” (Butler 2004: 28-29). A la luz de la reciente violencia global, Butler pregunta: “¿Qué cuenta como humano? ¿Las vidas de quiénes cuentan como vidas? ¿En dónde son unas vidas más dignas de duelo que otras?” (Butler 2004: 29). La pregunta fue formulada de distinta manera por Solomon Lerner en su presentación del Informe de la Comisión de Verdad y Reconciliación de Perú en 2003: “¿Qué nos dice acerca de nuestra comunidad política, ahora que sabemos que 35 mil de nuestros hermanos están desaparecidos sin que nadie los eche de menos?”. Y, podríamos añadir, ¿qué nos dice que tantas “hermanas” hayan desaparecido o sido atacadas en su persona? ¿Pueden “la verdad” y “la reconciliación” reparar las ruinas de tantas vidas…?»

 

 

4.

Fragmentos de la declaración de Murillo Karam el 7 de noviembre:

“Incluso se encontraron restos que correspondían a mujeres, mientras que el grupo de estudiantes normalistas de Ayotzinapa estaba constituido sólo por varones, hechos de los que se ha iniciado una investigación y en este momento ya podemos determinar que policías municipales de Iguala se encuentran involucrados en el homicidio de estos cuatro cuerpos identificados en las primeras fosas de Cerro Viejo.

(…)

“Los documentos, los detenidos, perdón, señalan que en ese lugar privaron de la vida a los sobrevivientes y posteriormente los arrojaron a la parte baja del basurero, donde quemaron los cuerpos; hicieron guardias y relevos para asegurar que el fuego durara horas, arrojándole diesel, gasolina, llantas, leña, plástico, entre otros elementos que se encontraron en el paraje. El fuego, según declaraciones, duró desde la media noche hasta aproximadamente las 14 horas del día siguiente, según uno de los detenidos y otro dice que hasta las 15 horas del día 27 de septiembre.”

(…)

“A decir de los peritos, el alto nivel de degradación causado por el fuego a los restos encontrados, hace muy difícil la extracción de ADN que permita la identificación, sin embargo, no agotaremos esfuerzos, no los escatimaremos hasta agotar todas las posibilidades científicas y técnicas. Los peritos, tanto de la Procuraduría General de la República como los forenses argentinos en un esfuerzo exhaustivo, continuarán sus trabajos hacia la identificación.”

 
5.

Stefan Gandler, en El discreto encanto de la modernidad (Siglo XXI Editores/UAQ, 2013):

“El siglo XX no ha sido, como se puso de moda afirmar con ingenuidad o con intenciones abiertamente derechistas, tan terrible por los “grandes relatos”, lo que quiere decir los grandes sistemas ideológicos, sino lo fue más bien por la brutalidad que se vivió en este siglo, en el cual millones fueron reducidos a su pura presencia física y asesinados como muñecas (Puppen), como solían llamar los nazis a sus víctimas y victimados.

“La reideologización de los conflictos sociales, es decir, la reconstruida capacidad de percibirlas como tales, será el primer paso para poder parar la actual ola de violencia criminal, es decir apolítica, que está dañando a los habitantes de México y del mundo en general.”

 

 

6.

Después, un poema de Primo Levi, traducido por la misma Glantz:

Tú que vives en calma

bien abrigado en tu casa,

Tú que encuentras,

cuando de noche regresas,

la mesa puesta, rodeada de rostros amigos.

Considera si esto es un hombre:

El que sufre en el lodo,

el que no conoce el reposo,

el que pelea por un mendrugo de pan,

el que muere por una insignificancia.

Considera si esto es una mujer:

la que ha perdido sus cabellos y su nombre,

y hasta la capacidad de recordar,

los ojos vacíos y el seno frío

como una rana en el invierno.

No olvides que esto sucedió.

No, no lo olvides:

Graba estas palabras en tu corazón,

piensa en ellas, en la calle

en la mañana, por la noche

repítelas a tus hijos

O si no que tu casa se derrumbe,

que la enfermedad te haga sucumbir

y que tus hijos te abandonen.

 

 

Jueves, transcribir

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Subrayados (reacomodados) de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke:

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(Ser amada quiere decir consumirse en la llama. Amar es brillar con una luz inextinguible. Ser amado es pasar, amar es permanecer.)

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Quizá. Quizá sea nuevo que superemos esto: el año y el amor. Las flores y los frutos están maduros cuando caen. Los animales se huelen, se encuentran entre sí y están contentos. Pero nosotros, que hemos proyectado a Dios, no podemos terminar de estar dispuestos. Relegamos nuestra naturaleza; aún necesitamos tiempo. ¿Qué es un año para nosotros? ¿Qué son todos los años? Incluso antes de haber comenzado con Dios, ya le rogamos: Haznos sobrevivir esta noche. Y después las enfermedades. Y después el amor.

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Los que son amados llevan una vida difícil y llena de peligros. ¡Ah!, ¿por qué no se sobreponen para amar a su vez? Alrededor de las que aman no hay más que seguridad. Nadie lo sospecha y ellas mismas no son capaces de traicionarse. En ellas el secreto se ha hecho intangible. Lo clamorean entero como ruiseñores, y no se divide. Su queja no se refiere más que a uno; pero la naturaleza entera junta su voz: es la queja por un ser eterno. Se lanzan en persecución de aquel que han perdido, pero desde los primeros pasos le han adelantado y no queda ante ellas más que Dios.

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Sólo mucho más tarde recuerda con qué firmeza había decidido entonces no amar nunca, para no colocar a nadie en esta situación atroz de ser amado. Años más tarde se acuerda, y como los demás proyectos, éste también ha sido irrealizable. Pues ha amado y aun ha amado en su soledad; siempre malgastando toda su naturaleza, y con un terrible temor por la libertad del otro. Ha aprendido lentamente a hacer pasar los rayos de su sentimiento a través del objeto amado, en vez de consumirle.

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Un amor semejante no tiene necesidad de respuesta, contiene el reclamo y la respuesta; se otorga a sí mismo.

 

(después)

 

Hacen bien en limitarse a tomar nota de ciertas cosas que no pueden cambiarse, sin deplorar los hechos ni siquiera juzgarlos. Así fue como me representé claramente que yo no sería jamás un verdadero lector. Cuando era niño consideraba la lectura como una profesión que era necesario asumir, más tarde, un día, cuando llegara el turno de las profesiones. A decir verdad, yo no me representaba exactamente cuándo llegaría esto. Pensaba que se manifestaría una época en la que la vida se abatiría de cierto modo y no vendría más que desde fuera, así como antes venía de dentro. Me imaginaba que entonces se haría inteligible, fácil de interpretar e inequívoca.

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Diré en honor mío que he escrito mucho en estos días; he escrito con un ardor convulsivo. Sin duda, al salir, no pensaba con gusto en el regreso. Incluso di unas vueltas y perdí así una media hora, durante la cual podría haber escrito. Concedo que fue una debilidad. Pero, en cuanto estuve en mi habitación, no tuve nada que reprocharme. Escribía, tenía mi vida, y lo que estaba al lado era otra vida, con la que yo no compartía nada: la vida de un estudiante de medicina que prepara su examen.

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…No estoy lejos de creer que la fuerza de su transformación consistió en no ser ya el hijo de nadie.

(Ésta es, en definitiva, la fuerza de todos los jóvenes que se van.)

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Pero ahora que todo se hace diferente, ¿no ha llegado la ocasión de transformarnos? ¿No podríamos tratar de desarrollarnos algo y tomar poco a poco sobre nosotros nuestra parte de esfuerzo en el amor? Nos han evitado toda su pena, y así es como se ha deslizado hasta nosotros entre las distracciones, como a veces cae en el cajón de un niño un trozo de encaje fino, y le gusta, y deja de gustarle, y queda allí entre cosas rotas y deshechas, peor que todo lo demás. Estamos corrompidos por el goce superficial, como todos los “dilettanti”, y rastreamos tras el dominio. Pero, ¿qué sucedería si despreciásemos nuestro éxito? ¿Qué, si comenzásemos desde el principio a aprender el trabajo del amor que ha estado siempre hecho para nosotros? ¿Qué, si regresásemos y fuésemos principiantes, ahora que tantas cosas se disponen a cambiar?

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He rezado para volver a mi infancia, y ha vuelto, y siento que aún está dura como antes, y que no me ha servido de nada envejecer.

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Pensaba sobre todo en la infancia, y cuanto más reflexionaba con calma, más inconclusa le parecía. Todos sus recuerdos tenían la vaguedad de los presentimientos, y el hecho de que fueran pasados los hacía casi pertenecientes al porvenir.

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Javai-í II

Pero yo no había terminado el texto. Me faltaban, calculaba, unos tres o cuatro párrafos (incluyendo aquel donde, a mi juicio, debía estar el “chispazo final”, la “conclusión demoledora” o, al menos, en un par de líneas, la idea general del texto). De todos modos disfruté del luau que nos dieron en Kā’anapali Beach, pues caía el sol, había buena comida (un cerdo entero asado, “estilo luau”; muchos tipos de pescado, el puré de taro llamado poi, etc.), abundantes mai-tais, música y bailes. Los bailes eran dulces e hipnóticos. Me dijeron que los Hula dancers eran estudiantes de una academia de por ahí; había dos, una muchacha de pelo larguísimo y un cejoncito de gesto chistoso, que sobresalían, que brillaban. Resultaba fácil perderse en sus movimientos, cadenciosos, miméticos con aquello de lo que se canta (el movimiento de las olas, del viento, de la luz) y hasta eróticos, un erotismo libre de todo tabú. Mientras tanto Andi nos contaba cosas, nos venía contando cosas desde la tarde, y la razón por la que sabía tanto sobre Hawaii me gustaba (ella es argentina). Para ganarse la cuenta de Hawaii en Latinoamérica, había tenido que hacer un examen teórico, dificilísimo, para el que debió memorizar geografía, historia, leyendas, infraestructura turística, logística de viajes, etcétera. Sacó, de los 80 puntos requeridos, 99 limpios. Llevaba un mes allá y sabía mucho sobre las islas, pero también iba descubriendo nuevos aspectos cada día, y para mí era como asistir a un proceso de reconocimiento, ¡de enamoramiento incluso!, de una persona con un lugar. Alguien que nos traducía todo lo que veíamos y que a la vez vivía un proceso personal e íntimo, de conexión profunda con una cultura, que es eso, un lento enamoramiento, un enamoramiento que me gusta, que encuentro familiar.

También es triste reconocer la razón del luau. Esa bienvenida o “introducción” amigable a la cultura hawaiiana, fabricada para los gringos del mainland, que llegan a las islas como si llegaran a un país extranjero. La manera en que la cultura netamente polinesia ha sido interpretada para su mejor comprensión. El aire de cabaret tropical en el ambiente.

¿Y qué? De cualquier manera es bello. De cualquier manera te dejas seducir.

Pero a las nueve ya cabeceaba.

Además, a las dos de la mañana llegaría una camionetita por nosotras para subir al Haleakalā, donde observaríamos el amanecer. A LAS DOS DE LA MADRUGADA.

Subí al cuarto, me eché agua en la cara, me senté en la mesa junto al balcón (el “lanai”), y me puse a escribir. No sé cómo escribí. No sé de dónde salió. Los ojos se me cerraban. Pero estaba acorralada. La obligación y la urgencia, sin embargo, me soltaban la pluma. Un párrafo, luego dos, luego tres, luego el cierre que imaginaba, sin florituras, y el anhelado punto final. Envié el texto cerca de las once, me dormí dos horas con la luz prendida, y me desperté con un cansancio tan bruto que hasta alucinaba bajo la regadera.

Pero estaba libre, al fin. Podía entregarme a Hawaii. Aquello me animaba, hacía menos intolerables las muchas horas despierta.

Andi nos había recomendado “pedir prestada” la cobija de la cama, pues en la cima del Haleakalā las temperaturas descienden bajo cero. ¿Pero qué tomé yo? La colcha. Una colcha que mediría unos tres metros. Que hice bola y arrastré hasta la camionetita, donde ya iban algunos turistas desmañanados.

(Además de Arcelia, Gretell, Andi y yo, iba también Cristiana, una periodista brasileña que llegó en un vuelo posterior).

Pues fuimos. El chofer hablaba y hablaba por el micrófono; de chistes, de Hawaii y de su propia vida. Su historia era la misma de casi todos los que se emplean en la industria turística hawaiiana: un mainlander que vino de vacaciones y no se quiso ir, o que al volver al continente hizo todo lo posible para mudarse a Hawaii de manera definitiva. Al principio puso el aire acondicionado y yo me envolví en la colcha y me quedé dormida; luego el calorcito en el ambiente (era la calefacción) y las curvas me despertaron. Miré por una ventana y vi el extremo de una carretera estrechísima en las faldas de una montaña, y abajo, muy abajo, como si voláramos en un avión, lo verde, lo café, las luces, el borde redondeado del mar.

Bajamos de la camionetita y nos golpeó un viento helado. Había ahí, detrás de un mirador, un cráter. En una hora amanecería. Nos quedamos sobre piedras grandes y afiladas, mirando los colores cambiantes del cielo. Claro, la gente hablaba. La gente sacaba fotos. La gente se reía. Pero de todas maneras era un espectáculo bellísimo y contrastante; la luna llena seguía arriba, a nuestras espaldas, y debajo de ella había una mancha blanca apenas dibujada entre bruma azul, que descubrí después era su propio reflejo sobre el mar, a esa hora del mismo color del cielo.

La alineación de las estrellas, dos puntos brillantes en el horizonte. Las figuras geométricas que formaban las nubes, pintadas de negro, semejantes a cordilleras. El naranja, el morado, el rojo sangre, el azul. La corona amarilla; los haces de luz, gruesos y perpendiculares, como en los diseños japoneses. ¡Un canto hawaiiano! Un súbito momento de silencio. Mirar a Andi, adivinar lo que pensaría. Una mainlander (una far-far-away-lander) que acaricia el proyecto del exilio.

Después vagamos entre los caminos, el observatorio y los miradores de la cima. Yo arrastraba, como una cola de novia, mi colcha sucia de tierra.

Un paisaje lunar. Un frío atroz. En pleno Hawaii.

Me gustaba eso. Me gustaba todo lo raro.

El resto del día lo pasamos en Maui; comimos, paseamos, nadamos en la playa enfrente del Kā’anapali y al romper la tarde nos subimos a un barquito con estructura de canoa polinesia, que atracaba en la playa y al que había que subirse desafiando las embestidas de las olas. Allí arriba tan sólo recorrimos el contorno de Maui, observando las islas de Moloka’i y Molokini a lo lejos. De la primera, santuario de aves donde, en los mil ochocientos, en el reinado de Kamehameha IV, los leprosos eran enviados para suicidarse entre los acantilados. Molokini, la más pequeña de las islas de Maui, con forma de media luna. Otras que no veíamos: Lanai, una isla privada (el 98% le pertenece al fundador de Oracle). Hay un Four Seasons allí. Kaho’olawe, una isla “prohibida” en la que se hicieron experimentos con armamento. Hay una lista de espera de tres años, para limpiarla. Como voluntario. Otra isla, un nombre que escribí mal en mi cuaderno, en la que viven los descendientes de la realeza hawaiiana, en aislamiento.

Ya me había contagiado de este virus. Esta cosa. Hawaii.

A las ocho de la noche subí a dormirme. Dormí de corrido hasta las seis de la mañana. Desperté descansada y de buen humor.

Desperté, creo, feliz.

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Estado de la cuestión

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Aquí debería ir lo de Hawaii. Pero luego, hay tiempo. Necesitaría, más bien, desprenderme de otros pensamientos. Por ejemplo, la seducción de escribir aquí, con rapidez y desahogo. Si se relaciona con el hecho de que es público e instantáneo. Si es cierto que podría recuperar (pero para qué) el tono que tenía antes, en mi otro blog, de jojojo y estupideces, ese blog que sin querer revisé hace rato, hasta sonrojarme (editando, borrando, pretendiendo que todo eso no existió y también, claro, recordando) (personas, caras, anécdotas, sentimientos) (tal vez por eso la necesidad de consignar, de fijar).

Y las opiniones idiotas. Y la ignorancia. Y la caricatura. Y el barroquismo. Y la juventud. Y el humor autodenigrante (y repetitivo). ¡Ay! Tengo diarios desde la niñez, todos separados de sí mismos, todos diseminados en distintos soportes (en cuadernos, en máquinas de escribir, en .docs, en posts), todos más o menos con la misma cosa, el mismo núcleo.

No se puede aprender a escribir, se dice. No se puede enseñar a alguien a escribir. Pero eso es cuando existe un tercero concreto, con actitud pedagógica. La idea es que cada vez se debe escribir mejor, con más claridad, con más inteligencia, con más originalidad. Con mayor dominio de recursos. Con mejores reflexiones. Con…

 

 

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Javai-í I

Traje un café de Hawaii. Es un café de Waialua, al norte de Oa’hu. Es un arabica no demasiado especial, no de importación, como es, en cambio, el que proviene de Kona, en la isla de Hawai’i (la Big Island). Pero no compré del otro, del verdadero, por motivos tan diversos y tan estúpidos como la postergación, la esperanza de una mejor oportunidad en el futuro, porque no había tiempo o no tenía suficiente efectivo, porque quería esperar a sentir la partida ineludible. Sin embargo logré llegar con éste, que no es un café mediocre: es suave, achocolatado, frutal a veces, de buen cuerpo y color. Y entonces, la noche que llegué, o tal vez la siguiente, nos pusimos a ver The Descendants, porque yo seguía con el vacío y la nostalgia, con una sensación de haber sido abruptamente arrancada de un lugar en el que me sentía muy bien, en el que todo se borroneaba, se hacía impreciso, estaba lejos y adquiría significados más simples. Y mientras la veíamos (ya la había visto, con otras opiniones) bebíamos el café y comíamos también un chocolate, con nueces de Macadamia, de Big Island Candies. Mis leis empezaban a secarse. Los otros, de conchitas y semillas, unos ligeros y otros pesados y olorosos, permanecían sin acomodo sobre el mueble de la tele. También perdería el bronceado, el cansancio del viaje, la idea general de Hawaii (de Javai-í, la pronunciación nativa, difícil para mí, que ensayaba repitiendo en voz baja durante algunos trayectos). Pronto empezaría a perder a Hawaii.

Quedan las ideas resumidas. Pero a la vez sé que puedo sumergirme más, recoger algo con la enumeración y la descripción. Porque todo empezó mal, con incertidumbre grande, con pendientes graves, con poca información. El fin de semana inmediatamente anterior (saldría el lunes) tuvo dos momentos infernales, de mirar el abismo. Además, tenía trabajo pendiente. Un texto pendiente. Que es la peor forma del trabajo pendiente. No logré terminar. El domingo, sin haber dormido casi, pedí el taxi para las 4:40. Desperté tras una hora de sueño inquieto. Me bañé. Todo dolía. A las 4:45 el taxi no llegaba. Llamé. No había quedado registrado. Pedí otro. Lo buscaron. La grabación eterna de Taximex. Sólo tenía los datos del vuelo y probablemente lo perdería.

Pero no lo perdí. Alcancé a desayunar algo en el aeropuerto. Llegaría primero a Phoenix. El avión estaba semivacío. Sabía que irían dos reporteras mexicanas, pero no las reconocía. Debía trabajar. Pero no trabajé. Me quedé dormida. Allá, tres horas después, llovía. Por los ventanales de la terminal se veía el cielo gris, triste, cubriendo con nubarrones las montañas de Arizona. Por fin las encontré. Gretell y Arcelia. Nos sentimos más seguras juntas. Esperábamos que hubiera alguien en Maui, a donde ahora volaríamos, después de almorzar un sándwich con huevo en la atestada sala de espera. Fuimos las últimas en abordar. El avión iba lleno y estaba dividido en muchas clases: yo iba en la cola, en el último tramo de asientos, en un feliz pasillo, pero cortándole el paso a una pareja de novios o recién casados, rubios y gruesos, que hablaban entre sí en un idioma que sospecho era polaco. Me puse a escribir, primero en mi diario de los tulipanes y luego ya, en plan concentrado, en la compu que llevaba para tal fin. No había prórroga posible. El texto debía salir. Yo, que me había tardado semana y media en pergeñar unos párrafos (que había escrito muchos, en realidad, que fui desechando todo el tiempo), redacté más por oficio que por gusto, procurando alguna calidad pero con el alma entrecortada. A veces ella quería ir al baño, a veces él, o pedían café con azúcar y crema, o jugo de manzana, o jugaban con sus tabletas, o hablaban en el idioma indescifrable, y cada vez que querían salir yo debía salir también, cargando el librito, la compu, el cuaderno, la pluma, la chamarra y el vaso con café -negro, simple, sin azúcar-.

Seis horas y media después arribamos. Hacía calor. Eran las dos de la tarde, cinco horas menos que en nuestro organismo. El aeropuerto de Maui tiene grandes tramos al aire libre, con techos de dos aguas y vigas de madera, y al salir del túnel una chica morena de ojos almendrados nos puso un lei encima. La seguimos por los anchos e iluminados pasillos, hasta dar con Andi. Ella era la salvación. El itinerario por escrito. La seguridad de que el viaje se llevaría a cabo como estaba estipulado, con horarios y actividades definidas y relaciones públicas ineludibles. Andi nos dio unas bolsas de playa con agua, con chocolates, con las papitas oficiales de Maui. Luego nos subimos a una camioneta y la camioneta tomó una carretera, que corría junto al agua, que a veces se convertía en arena, y de la que salían árboles torcidos, verdes pero no frondosos, y las olas recalaban ahí mismo, y después estaba el mar, el profundo océano Pacífico, de un azul distinto al que yo conocía, y del que, no tan lejos, emergían grandiosas yemas de tierra. Otras islas.

Nada se le parece, pensé. No había visto algo similar, pensé. La carretera perfecta, nueva, agringada, cortando el paisaje volcánico.

En Kā’anapali Beach conocimos a Kalani, descendiente de hawaiianos, que nos mostró el hotel más hawaiiano de Hawaii, con un estilo sencillo de edificios chaparros con balcones, con alberca de riñón, y mucho pasto verde donde no hay reglas, donde a nadie le importa nada, donde puedes mover los objetos a tu gusto y, preferentemente, no pasar nada de tiempo ahí, pues todo está afuera, en el agua, en la playa, en los volcanes, en los parques nacionales. Nos cambiamos de ropa y bajamos para beber mai-tais y dejar que una hermosa hula girl nos pusiera un tatuaje de tinta temporal en el brazo y lanzar una piedra redonda entre dos pedruscos que semejan una portería y caer, pronto, sin prisas, como quien cae en un sueño, en el sueño de Hawaii, en el espíritu del aloha, en todo lo que es bello y limpio y lejano y exótico, como en cualquier otro sueño.

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Sueño septembrino

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Que le falta asiduidad a esto. Sal. Carnita. O sea, que era graciosa. Juvenil, adolescente. Pueril, vamos. Pero antes, en tiempos pasados.

El domingo soñé que estaba en la selva, o en el mar, y había un río y sobre el río unas sillas voladoras, como de juego mecánico, en las que la gente se sentaba y se abrochaba un cinturón. Entonces yo me sentaba, sin abrocharme el cinturón, y un señor apretaba un botón o jalaba una palanca o en realidad no sé, sólo tengo la idea de que él accionaba el mecanismo, y las sillas daban vueltas, muchas vueltas; la sensación física del jalón era intensa, realista, y mientras iba en eso me daba cuenta de que tenía un bebé en el regazo, un bebé pequeñito, feo, rosado, con el pelo enmarañado pegado a la mollera, húmeda de tanto sudar y llorar, y entonces yo intentaba sujetarlo para que no se me cayera, pero el jaloneo era poderoso; yo no podía decirle al señor que se detuviera, de manera que agarraba al niño de la cabeza, como si fuera un pedazo de hule.

El bebé seguro era el que venía en el camión de Polo al DF. Un bebé llorón, un poquito feo, de pelo chinito y húmedo y pegado al cráneo rosado, al que su mamá envolvía y desenvolvía en una cobija violeta (lila, malva, purpúrea).

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Buenos Aires, otra vez

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**5 de septiembre**

No acepto la idea. Too good to be true. No la acepto. Más hoy, que todo se formalizó. Que hay un papel, una firma, una cifra, un correo electrónico de emergencia.

Los días han tenido una incómoda cualidad de sueño. Despierto y me duermo, todo sigue igual o parecido, tengo incluso otros sueños, algunos extraños y otros cristalinos, y mientras tanto la idea va adquiriendo solidez, se hace más verdadera, empieza a ramificarse en posibilidades y cuestiones prácticas. Aquello soñado se vuelve realidad.

Durante el periodo de incertidumbre había otras cosas en las que pensaba. Un anuncio publicitario que veía siempre en un andén de metro Chapultepec y que me irritaba en extremo (ya lo quitaron). Era de salchichas Fud. Una familia fresa: la mamá, los dos hijos rubios, comiendo productos Fud, con la mirada fija en algo que no aparece en la foto pero que seguramente es la tele, capturados en un momento de suma naturalidad, a medio bocado, el cuerpo sin tensión, sin pose, hasta un gesto estúpido de pronto, el gesto del que mira embobado una pantalla, sobre todo en la mamá, una mujer atractiva de ojos verdes. Lo poco que se ve de la casa es que hay un sillón, una lámpara, unos libros, unas cortinas bonitas. Y arriba, sobre sus cabezas, con letras blancas, “nos encanta ayudarte a consentirlos”.

(Todo esto en el andén de metro Chapultepec, a las 6 pm en promedio, que es cuando indefectiblemente me encuentro ahí, en hora pico, después de tomar un camión en Palmas, mientras espero el tren hacia Balderas, donde  transbordo.)

Así que obviamente voy a despreciar esto.

Obviamente voy a tener mucho tiempo para ver el anuncio, día tras día, y pensar en él. El doble mensaje de hacer pasar por mimo un alimento de desecho (pero práctico) que es usado por madres solteras o madres que trabajan (quienes son las verdaderas interlocutoras: el anuncio estaba al final del andén, donde paran los vagones exclusivos de mujeres), y el de exhibir el privilegio como algo asequible, como algo común a todos.

Hay otra publicidad, pero del STC mismo, donde se anuncia con gran orgullo que en el metro viajan todos, que el metro es diverso. Y en la imagen se observa, al momento de salir de un vagón repleto, a una mujer indígena, a una mujer enana, a un chavo banda, a una embarazada, a otras personas. Lo diverso es, esencialmente, lo marginal. Lo marginal puebla el metro.

De todas formas, cuando yo veía el anuncio, sabía que algún día dejaría de hacer ese trayecto, pues tenía una esperanza, y detrás de ésta un plan, y éste, a su vez, había sido fraguado hace años. Que otras circunstancias, después, algún tiempo después, me permitirían adquirir nuevas condiciones de existencia.

Poseo la necesidad -o el sueño, ya no puede verse como otra cosa- de los que desean dedicarse a escribir. Y además la quería a ella. Por muchas razones intelectuales pero también por algunas sentimentales. Pues ahora es realidad. Ambas cosas. Estaré allá, en Buenos Aires, para pensar. Para estudiar. Para escribir. ¿Es acaso real? ¿Debo aceptarlo de buenas a primeras y alegrarme y pensar que bueno, que era lo justo? Esto de lograr salir del vagón anegado, al menos durante un par de años. Integrarme a uno de los últimos reductos de libertad intelectual (eso es, en mi actual fantasía, la academia, por lo menos una parte de ella). Irme, mientras todo acá continúa. Mientras la fuerza laboral, entre ellos mi papá, por ejemplo, continúa haciendo el largo, atiborrado, incómodo trayecto. Resulta que no, que no es sencillo. Entonces se vuelve como un sueño raro, una sensación discordante entre lo que asumo como realidad (la vigilia) y aquello que no puede ser posible (y que tampoco creo merecer, como siempre).

**19 de septiembre**

Pero ahora han pasado algunos días y muchas cosas en medio. Por ejemplo: fui a Hawaii. Pero por el trabajo, porque trabajo en una revista de viajes. Lo cual está muy bien, porque puedo viajar y además en condiciones inaccesibles para mi sueldo y lugar en el mundo. Pero eso terminará en unos meses.

(Hawaii fue espléndido. Me dejó con un vacío y un anhelo. Después escribiré de eso, existe la necesidad de fijarlo.)

La sensación de sueño se ha desvanecido un poco. Ahora mi cabeza está ocupada en otros temas. Todo sucede de repente. Se hacen patrones como de bordado.

El jueves 4 murió Cerati. En la oficina sabían que yo amaba a Cerati. Yo decía, con ligereza, pensando que no iba a pasar, que el día que él muriera yo no iba ir a trabajar. Y un compañero respondía que entonces iba suceder mientras estuviera en la oficina. Lo cual sucedió. Me encontraba relativamente concentrada, escribiendo un artículo sobre California (porque también fui a California, una semana, antes de lo de Hawaii). Una vez confirmada su muerte, me levanté de mi lugar y me encontré con una amiga frente al elevador, bajamos en silencio, nos pusimos debajo del techito de un edificio de Palmas, prendimos un cigarro y estuvimos ahí sin decirnos nada. Habíamos compartido tanto a Cerati, de tanta formas y siempre en relación a un sentimiento intenso o una emoción nueva y tal vez transitoria. Yo traía puestos los lentes de sol, que me protegían de la vergüenza de llorar. Después nos sentamos en un chipote de cemento y lloramos juntas, cada vez más abiertamente. Nos abrazamos. Nunca me había pasado algo similar. Ese duelo extraño. Solitario. Pero compartido.

Llegué a mi casa y me puse a llorar. Después me bañé y fui a una fiesta. No se habló de Cerati allí. Tomé un poco. Cuando regresé, venciendo el temor de volver a escucharlo, puse el último concierto de Soda (ni siquiera mi favorito, siempre lo preferí en solitario, su trabajo como solista, pero este concierto, con sus despedidas y sorpresas, quizá sea el documento más emotivo al respecto). Volví a llorar. Creo que fue Calamaro el que dijo que había llorado como un niño al enterarse, y sin saber esto aún, lloré otra vez como niña, con abandono, con absoluto abandono.

Aquel periodo de incertidumbre no se reducía a los tres meses antes de confirmar que me iría a Buenos Aires, sino que iba más atrás, mucho tiempo atrás, tal vez desde 2010. Pero mucho más intensamente desde hace un año. Que fue cuando empecé a escuchar la obra de Cerati con atención, con devoción. Era un refugio. Y la admiración, la maravilla ante el arte que no puede replicarse, el reconocimiento del artista que crea con talento, con medios, con perfectas condiciones, con eco múltiple. La escritura, las palabras, el idioma maleable. Buenos Aires. Su Buenos Aires. Ir ahora allá, cuando no esté más. La pérdida.

Descubro que aquello aún no tiene sedimentos. Todavía no puedo consignar este hecho.

Queda sólo esto. Marzo, Buenos Aires.

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