Jueves 21:51

Trabajo. En oficina. Dentro de una oficina que tiene paredes, ventana y una puerta. De la mañana a la noche. En espera de retomar lo que se interrumpió abajo, en el Sur.

Mi bombilla uruguaya se quedó en Buenos Aires. Mi yerba brasileña. Y mi ropa, que al fin me mandarán por correo. Una caja con mis prendas. Algunos libros. La actualización de mi vida en este momento.

 

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Sobre las “Irrupciones” de Levrero

Me desperté y pensé que era solo un sueño. Después pensé: «Todo el mundo dice “sólo un sueño; deberíamos decir: “nada más que un sueño”».

Irrupción 5.

 

Entre 1996 y 1998, y durante algunos meses del año 2000, Mario Levrero  publicó la columna mensual Irrupciones en la sección cultural de la revista uruguaya Posdata. 126 textos anómalos, de circulación restringida, en 2001 se transformaron en una edición incompleta y marginal (dos tomos con lasirrupciones 1-40 y 41-70 dentro de la colección De los flexes terpines, dirigida por Levrero mismo en editorial Cauce) y, en 2007, de manera póstuma, en una modesta edición publicada por Punto de Lectura. Por fin, en 2013, entró en circulación una lujosa publicación de la editorial uruguaya independiente Criatura Editora.

En el prólogo a la primera edición de las Irrupciones como libro, Levrero escribe: “En cualquier orden que se lean estos fragmentos se notará, creo, que todo está ligado y forma parte de lo mismo, como en un holograma”. Las Irrupciones son, entonces, una pieza más de su proyecto de escritura, que define como un “mapa a todo nivel de mi propio ser”.De distintos modos  Levrero se sabía dueño de una obra cuya diversidad no atentaba contra su unicidad, una obra compuesta de textos heterogéneos cuyos puntos de contacto formaban un todo irreductible.

Es un poco un lugar común: hay un Levrero para todos. El raro y el confesional. El cómico y el misterioso. El Levrero deliberadamente kafkiano, de la “trilogía involuntaria”, compuesta por las novelas La ciudad (1970), París (1980)y El lugar (1982), en las que el misterio discurre en una atmósfera enrarecida, la de un sueño vigila (un oxímoron que quizá aprobaría). El Levrero que parodia su amado género policial:Dejen todo en mis manos (1996) y Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo (1975). El Levrero que se confiesa y exhibe en El discurso vacío(1996), suerte de diario donde se consignan sus ejercicios tipográficos paramejorar su letra y, con ello, su vida, su personalidad, su alma; y el de Diario de un canalla (2013), donde narra algunos meses del par de años que residió en Buenos Aires, mientras trabajaba para una revista de crucigramas y juegos de ingenio (lapso en que no logró escribir literatura).

Hay un efecto Levrero, como una hipnosis. Un idea que recorre su obra: la postergación. La postergación de la escritura, de los buenos hábitos, de un mejor yo inaccesible.Irrupción número 63: “Es de madrugada. Comienzo a pensar en irme a dormir, pero todavía me falta chequear el correo electrónico. A esa hora es fácil conseguir línea; me conecto”. En La novela luminosa, el Diario de la beca (Levrero fue acreedor a la beca Guggenheim para su escritura), que antecede la “novela”, constituye, en realidad, la obraverdadera, el corazón y sentido de la experiencia luminosa, una especie de escritura cero que da cuenta de su imposibilidad para escribir, y que registra minuciosamente sus rutinas, postergaciones y derrotas diarias.

Tengo una hipótesis. Las irrupciones de Levrero se publicaron bajo el rótulo columna, un género menor, que sin embargo en nuestra literatura ha producido varios libros magníficos: las compilaciones de los artículos de Jorge Ibargüengoitia enExcélsior y, más recientemente, El idioma materno de Fabio Morábito, por citar dos ejemplos entre decenas. Pero la noción misma de género está en crisis constante y su determinación es tan social como histórica. Las Irrupcionessólo se parecen a sí mismas o, en todo caso, a la obra de Levrero, a Levrero y nada más: la transformación o creación de un género cambia la historia de la literatura, como quería Todorov, de tal forma que las Irrupciones pueden considerarse, a la postre, un género autoral de la misma manera en que hoy pensamos las Iluminaciones de Rimbaud, los Pensamientos de Pascal o las Confesiones de Rousseau.

Hay un ethos levreriano, en el que el discurso se lee (al modo en que el lingüista francés Maingueneau plantea) desde la identidad del “garante”, el que narra o enuncia, y que es distinto del sujeto verdadero (es decir, el señor llamado Jorge Mario Varlotta Levrero). Una manera de decir que es también una manera de ser. Los registros más variados aparecen en sus Irrupciones:la divertida saga del buzo azul para invierno, las aventuras del ratón Mouse (acompañadas de dibujos hechos por él mismo en Paint),  reflexiones sobre la literatura y el quehacer poético, anécdotas vecinales, una ida a la carnicería, un poema (la irrupción 62 inicia: “un aroma lejano/todavía sin nombre/llega con insistencia/hoy/a este desierto…”), relatos de sueños que inician y terminan sin su debida aclaración (la 35: “La sala de teatro es subterránea. Yo he dejado un sobretodo marrón y un pañuelo blanco sobre la butaca que me corresponde…”), parodias de textos académicos o una cavilación sobre el origen de una extraña lista en un billete (“1 Hilda, 1 Salus, 1 Blíster aspirina”).

Levrero dejó pistas sobre la producción de estos textos: “LasIrrupciones podían surgir de cualquier fuente, y así fue como pude mezclar pasajes autobiográficos (los más) con reflexiones con invenciones con sueños con apuntes periodísticos y aun con colaboraciones de lectores (¡y aun con poemas! ¡y con dibujos!)”.Dice que aceptó la invitación de Lucía Calamaro, la editora de la sección cultural de Posdata, una vez que tuvo suficientes “columnas” (“no sé por qué se llaman así”). Si el libro crea intimidad, explica en el prólogo, cuando “ojos no familiares” recorren las líneas de una revista, “hay ciertos abismos a los que no se desciende y ciertas alturas que no se alcanzan”.

No sé si todos lean del mismo modo a Levrero; pero en mi caso no hay distancias: lo aprecio, lo quiero, lo considero un amigo que está muerto. Es una forma de leerlo, entre muchas otras. Un autor excepcional que se nos fue. Uno de sus amigos verdaderos, el escritor uruguayo Federico Polleri, escribió en el prólogo a la edición de Irrupciones que nos ocupa: “El gran Mario Levrero era un loquito y nada más cuando yo lo conocí, y juntos fuimos un par de loquitos de mala muerte durante nuestra larga amistad. Dejo al GRAN Mario Levrero GRAN para los oficialistas de última hora. Ellos lo estudian o fingen estudiarlo, lo admiran o fingen admirarlo. Yo lo quise. Yo lo extraño”.

Mario Levrero, Irrupciones, Montevideo, Criatura Editora, 2013, 430 pp.

 

Publicado en Simpatías y diferencias de Letras Libres.

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22 de junio, casi medianoche

Me quedo y no me quedo.
Me voy y no me voy.
Todo queda en pausa y en suspenso.
Las rutinas ambas se subvierten.
Ninguna es la verdadera y las dos
lo son.
Trabajo aquí y trabajo allá.
Leo allá y leo aquí.
Escribo en los dos lados.
Hoy cumplió años Dora Exclamation Point
El de:
I still think of you when I hear the spanish word “lado” because you taught me what it meant on that bus tour.
Lo sé porque Facebook me lo dijo.
No, esto no es un poema.

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Los novios de Luján…

…Que conocí en el hostal Ejidonia. Él era de 1993, ella de 1997 (ó 1998). Llevaban juntos un mes. Iban para Brasil, a trabajar de lo que fuera. Su primera salida internacional, lejos de la provincia de Buenos Aires, era Montevideo. No le encontraban el sabor a la cerveza Patricia, a la cerveza Norteña, ni siquiera a las fuertes Pilsen que tomábamos como caguamas, afuera del bar ese que llevaba un mes abierto, en un edificio semiderruido, donde nuestros amigos tocarían (cada tocada es como un ensayo, enfatizaban) y a donde entramos pagando arroz, semillas, no recuerdo qué más, para una beneficencia. Mi instinto maternal. Nuestra charla en la bardita de la que me bajaron, con razón, pues un paso en falso y muerte segura. A ella le gustaba el tequila pero seguramente nunca había probado un tequila de verdad. Ya verás cuando vayas a México. No ahora ni mañana. Algún día. Y el mezcal.

El nombre de él. Extraño. En honor de un amigo brasilero de su padre, ¿acaso inconscientemente iba a buscarlo? Ahora veo su aventura a través de Instagram, sus paseos por el sur de Brasil, sus caras luminosas, juntos, felices, porque son tan jóvenes y tan cachorritos. La noche antes de irme prepararon de comer. Pasta. Lo bueno de la pasta es que nunca metes la pata, siempre se hace, ya sea mala o buena. Traerles unas galletitas dulces del súper. Les gusta desayunar chocolate Toddy y galletitas. Cargaban, en la mochila, hasta un aceite de oliva. “Te lo agradezco un montón”, me dijo él, cuando les traje queso rallado y unos tomates. Me compartieron su pasta, deliciosa. Yo necesitaba algo casero. Estaba agotada, mi cuerpo agotado, y mi mente aún peor. Los novios de Luján. Los fijo porque fueron lo más tierno que vi en Montevideo.

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EL HORROR VERDADERO

En la feria del terruño (13 de junio, San Antonio de Padua), mi mamá me llevaba un día o una tarde o una noche, ella y yo y nadie más, sin decirle a mis hermanos y hermanas, quienes si iban, iban con sus amigos y amigas, y ellos sí, al contrario de mí, se subían a los juegos de grandes, al Travan y a una especie de martillo de aspecto comunista que te daba zarandeadas de arriba a abajo, de modo que dicha tarde o noche o incluso mediodía, que podía caer lo mismo en un lunes que en un jueves, ella establecía un pacto razonable de juegos (lo cual podía incluir carritos chocones O casa de espantos O casa de espejos O el juego ese de asientos que recorren un circuito, a veces para adelante y a veces para atrás, al ritmo de horrenda música disco) y menudencias (las caniquitas, donde invariablemente sacaba alcancías: una feria codicié hasta la ignominia una de barril gordo de cerveza, amarillo, homeresco, que fue conseguida) y alimentos y bebidas (hotcake con lechera o cajeta y chochitos o garnacha tipo enchilada placera o sope o tamal o, ya poniéndonos bien punks, jarrito virgen tipo Sexo en la Playa o Bloody Mary).

Todo esto era para mí sola, y yo era tan avara como feliz, pero sobre todo feliz feliz feliz. Sin embargo, había una atracción a la que mi mamá siempre entraba conmigo: previsiblemente la casa de espantos, en parte porque no dejaban entrar a una niña de siete (ocho, nueve, diez, once) años sola, en parte porque ella quería, le daban ganas chingao, por morbo si quieres, por su afición a las historias de espantos, por su relación tormentosa con las películas de terror (las ama y las detesta, las busca y las sufre, tiene recuerdos intensos de El exorcista, Carrie, El resplandor en el cine, y yo tengo otros de ella gritando en cine, en películas como Señales y otras). 

Entonces, entrábamos juntas. Caminábamos a la par, el recorrido que cabía en la caja adaptada de un trailer. Me acuerdo de una llorona, un vampiro que nos confundía con su reflejo. Muñecos. Oscuridad y los pasos sobre el aluminio del piso. Alguna pesadilla. Había historias peores afuera, de todos modos, en este pueblo poblado de fantasmas (amado Polotitlán de la Ilustración, sitio del que, insisto, no vengan si no están invitados), por caso en la casa donde vivimos recién mudados del DF, que era de mi bisabuela, llena de crujidos en el piso, movimientos en la cama, apagones repentinos, ruidos de extraña procedencia, sombras y oscuridades, y otras imaginaciones espantosas que me llenaban la cabeza. Pero yo nunca me espantaba de a de veras en la casita de terror de la feria itinerante.

La primera vez que fui a Reino Aventura, cuando todavía era Reino Aventura, con mi hermana Diana y mi hermano Yayel, en una excursión púber en la que debuté, al fin, en los juegos cabronsones, en los altos y rápidos y violentos, fue quizá para vengar mi infancia temerosa. Creo que existen, a la fecha, las dos casas de espantos sixflagueras: la infantil (La Casa de La Llorona, en el carrito eléctrico que va avanzando por un riel, las luces de antro y los muñecos mecanizados), y la de grandes, o no sé si la de en serio, he olvidado los muchos nombres que ha tenido pero todas las veces que fui a Reino Aventura y luego a Six Flags, que fueron muchas, la más reciente (y terrible y decepcionante y clausurante de una etapa de mi vida) en 2013, la visité y la disfruté y luché por sentir, otra vez, el terror genuino de la primera vez, el horror peliculesco y plagado de incertidumbre de la primera entrada, libre de conocimientos de la trama y de lo que nos esperaba.

En aquella primera ocasión, como acostumbran hacer todavía, se formó un grupo de diez individuos, al frente del cual quedó mi hermano, a quien antes del incidente yo consideraba una persona sin la menor incumbencia respecto a los asuntos espantosos y sobrenaturales, una persona firmemente plantada en la realidad o quizá no, quizá no es cierto, simplemente alguien que según yo no creía y por eso no se espantaba: era, a fin de cuentas, la elección acertada para liderar al grupo, pues.

Entramos. Pasillos como de casa, oscuridad, Regan poseída por Pazuzu desde su cama, la cual teníamos que rodear para salir al siguiente “nivel”, una construcción con cemento y madera, algunas esquinas como de calle, con todo y malla ciclónica, y en vez de muñequitos mecanizados personas de carne y hueso disfrazadas: la mencionada Regan y otros que no recuerdo, pero al final Jason y su motosierra y su máscara de hockey, persiguiendo a los participantes lentos entre bufidos. ¿Cuánto duraba aquello? Menos de diez, quince minutos. Y luego emergíamos al sol y a los ruidos de feria y a la gente paseando en shorts y tomando Coca-Cola y a las botargas y a los anuncios y a los souvenirs, y era refrescante y feliz y por eso todos reían.

Pero esa primera vez, con mi hermano Yayel en la vanguardia, luego yo, luego mi hermana y su entonces novio Pancho, y los otros participantes al final, escuché algo que jamás había escuchado: los gritos desaforados de mi propio hermano. Los gritos de un hombre asustado. Ese detalle, los gritos y la comprensión de que él, el líder, estaba tan asustado como los que lo seguíamos, la desolación de atravesar el lance sin resguardos, fue el terrible. También sucedió un momento imposiblemente cómico: en la esquina de Jason, mi hermana se cayó y sólo Pancho y yo nos detuvimos a recogerla, y entre sus gritos y la persecución del enmascarado y el sonido torturante de la motosierra, cuando se levantaba volvía a tropezarse y caer, y nosotros la jalábamos de los brazos y gritábamos con desesperación. Después las risas y los reclamos, afuera, y los nachos con carne molida y queso amarillo que creo que todavía venden, que durante un día sixflaguero (la ropa mojada por los juegos acuáticos, el dinero contado, las vueltas y vueltas entre el pueblo polinesio y el vaquero y el francés) se volvían alimenticios.

Creo que yo tengo un método para transitar por el horror, que consiste en una especie de acorazamiento mental y físico (un bajado de cortina metálica, diría Levrero) gracias al cual, entonces, atravesaba puertas y actores ensangrentados y gritos como si caminara a través de un sendero paralelo, feliz, tranquilo, que por ciertos errores de las dimensiones se empalmaba con éste, caótico y horroroso. Entrar así, con el cuerpo pero la mente en otra parte. Un plup y todo se cierra, lo de adentro se vuelve impenetrable. Me cierro como una concha. Y creo que esto fue lo que hice durante el mes que el cáncer (el existente, el amenazante) nos contaminó las vidas.

Pero también, y de peor manera, es lo que hicimos mi hermano Billy y yo durante esos diez días dentro del Ramos Mejía. Solos, solos, él y yo, confiando sólo el uno con el otro, como única prueba de que nadie más nos diría lo que ya sabíamos. Nadie más. El horror verdadero.

 

 

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Sobre el potencial adictivo

Hace falta que alguien te lo diga de frente, alguien que persigue fines similares a los tuyos, que posee el temperamento artístico aunque entonces, durante esos días, el mío estaba por verse, alguien que está en la misma lucha, desde el mismo frente, siempre desplazándose hacia la izquierda. Al volver de la abrumadora Feria del Libro de Guadalajara, donde me dejaron presentarme con ellos debido a las columnillas que tan amablemente me permitían publicar en  El Chamuco, además de editarlos, evento en el cual tuve que hablar en público a pesar de mi acendrado temor a hacerlo, en que me encontré a un par de personas que dijeron leerme aunque yo no sabía nada de ellas, que sin saberlo me acariciaron mi tonta, infantil vanidad, y sobre todo mi anhelo de volver a Guadalajara pero de otra forma, al volver, mientras desayunábamos en un Wings del aeropuerto de Ciudad de México, un chamuco (no diré cuál, pero uno de los fundadores y por tanto de los originales) me habló de frente sobre la cocaína. Yo ni la había probado entonces, pero seguro quería comprobar esos efectos que la cultura pop -o más bien los actores al servicio de ella- nos han representado tan bien. No olvidaré lo que me dijo, dado que su trabajo es de una intelectualidad tremenda, que además involucra rapidez y humor: “Cuando vi lo mucho que me gustaba, lo mucho que me ayudaba a sacar mis cartones, la tiré a la basura”. Fue así, frente a nuestros chilaquiles, entre sorbos de café. No éramos muy íntimos, de alguna forma era mi jefe pero también mi colega. Sus palabras se me quedaron grabadas para siempre. Las dos veces que probé la coca (la “merca”) me lastimó mucho, en el pasado. Pasa que hay un punto de no retorno. Y si escribo esto es porque me inspiró Daniel Link, maestro, en este texto recuperado por Anfibia, “El túnel del tiempo”. Hasta nuestro mejor amigo uruguayo, Esteban, también lo dijo, también se lamentó, “esos chiquilines no sabían nada”. Lo que pasó hace unas tres semanas en Buenos Aires, en un evento electrónico en Costa Salguero, con cinco jóvenes muertos y tres en estado crítico, que habían ingerido alguna droga sintética (quizá éxtasis), cuyo principal componente era veneno. Nadie les dijo nada. Nadie les dijo cómo comprobar su calidad, cómo tomarla. Éxtasis. Jamás lo he probado y no niego las ganas. Mis tiernos sucedáneos eran otros. Tenía que ser en Uruguay, el país donde puedes comprar marihuana de la farmacia (si eres ciudadano). Tenía que ser allí, donde combaten las drogas con buena onda. Tenía que ser ahí, donde comprendí que se es artista sobrio o no se es.

Ninguna sustancia es inocua.

 

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Sobre Vinyl

«Nueva York, 1973», letras blancas sobre fondo negro: es suficiente para que Vinyl nos rapte. Conocemos la atmósfera: es la misma que Martin Scorsese retrató en su emblemática Taxi Driver (1976). En efecto, se recupera al Scorsese de entonces y se lo hilvana con el de ahora (Taxi Driver y El lobo de Wall Street, su última obra mayor, son dos puntas lejanas que aquí se intersectan): las abyecciones neoyorquinas persisten, y sus hombres con dinero, y la violencia y el humor que la acompaña, así como sus meticulosos retratos de placeres sensuales logrados gracias a las drogas, el sexo y, sobre todo en esta serie, la música.

Pero es necesario apuntar que de los primeros diez capítulos de su temporada de estreno, Scorsese sólo dirigió el primero. Es tan vistosa la diferencia entre el primer capítulo y el segundo que un temprano veredicto es necesario: Vinyl no será Mad Men (2007-2015), tal como nadie más fue Robert Plant o Bob Dylan, aunque lo intentaron. La lección fundamental de Vinyl es que la música es incuestionablemente un arte que hipnotiza a todos, pero encontrar esa música, acceder a ella, descubrirla, consumirla, pagarla, es responsabilidad de unos cuantos: los record men, los dueños de la música (o de su valor en el mercado), que buscarán repetir éxitos, mantenerlos y «darle a las masas lo que quieren». Y si éste es el principal interés del productor Richie Finestra (Bobby Cannavale) –encontrar el siguiente éxito, la música que moldea la cultura, lo nuevo como valor–, el de Vinyl no es muy disimulado: ser la próxima Mad Men. Algunos elementos derivativos: Nueva York de época, un hombre en crisis, una empresa que debe sobrevivir, jóvenes creativos bajo el ala de Richie, entre los que destaca una secretaria que busca del ascenso, socios idiotas, una esposa frustrada en los suburbios, sexo, drogas y mucha música, lo cual la salva.

Si en Mad Men había alguna duda sobre el valor del trabajo de Don Draper (después de todo,sólo era publicidad), en Vinyl el sitio del arte, de la música que es “pura” y “real” (adjetivos que emplea Richie para describir a The Velvet Underground & Nico, mientras los escucha en vivo), no se cuestiona. Pero aunque observa a los encargados de poner a circular las obras que, efectivamente, moldean la cultura, Vinyl se observa poco desde afuera y no se reconoce como un producto televisivo tan pop como lo que hoy se conoce como pop: la entronización del rock es un gancho fácil. Vinyl sencillamente no es una obra nueva, ni siquiera un producto nuevo, se parece más a la banda que quiso ser Joy Division, la obra que estaremos consumiendo en nuestra cuenta de HBO.

 

Publicado originalmente en Vocero.

 

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Texto de un Word de febrero

Camina por ahí. Su cara de placer al restregarse contra mí. Los ojitos. Los cierra para decirme que me ama. Le gusta estar en su torre. Permanece despierto conmigo en la madrugada. Come un poco y truena con los dientitos las croquetas. Le gustan las latas de comida, el atún, el pollo, el jamón. Ha probado el arroz. Los chicharrones y la grasa de la carne. La primera vez lo quise alimentar como mi madre a nuestros gatos de pueblo. Es molestón. Se cae algo y quiere jugar con él. Araña. No hay más, no hay mucho más. Ahora acaba de subirse a la mesa, se pone delante de mí, relamiéndose los bigotes, olfatea, camina entre los libros y los cuadernos, a veces le gusta ponerse en la computadora, sobre las teclas, o acomodarse en mi regazo. A veces tiene una mirada satisfecha. Se masturba. Bosteza. Ahora está junto a las camisas por planchar. Se lame el cuerpo. Observa. Yo lo amo, lo amo.

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11:04 Ezeiza

No he escrito en el blog desde enero. Hay una entrada a medias, a la que a veces le he escrito pero que en general he abandonado, veladamente sobre el horror de febrero. Descubro que ahora tampoco hay mucho por fijar. Me encuentro en un asiento de la sala principal de Ezeiza, un sitio al que he llegado a conocer tan bien. Por fin en Buenos Aires, en el primer no-lugar que ofrece. Aterricé de madrugada y ahora espero a María. Fui a dormirme a un largo pasillo en el segundo piso, junto a unos ventanales, donde ya sabía que suelen dormir viajantes en tránsito, varados o indigentes  (un carrito de Despegar.com en lugar de uno de súpermercado). Bebo un americano Havanna tamaño súper. Malo. Ácido. Pasan dos judíos ortodoxos. A mi lado, un ruso cuyo olor me recuerda a alguien que conocí en el sur. Más de 24 horas viajando, pero no me quejo (tal vez sí, tal vez escribirlo, fijarlo, es quejarse). Piloto automático. Hacer lo que debe hacerse. Pero esta vez no bajé la cortina metálica. En el avión vi Inside Out. El lugar de la tristeza. El que es necesario. Pasé otra vez a Bogotá, brevemente. Dos vuelos distintos. Migración, aduana, maleta. Documentar. Una arepa, una espera sin signos. En el otro avión charlé con la vecina de asiento un largo rato, una colombiana. Pasé con ella migración, aduana, maleta. Yeceny, alcancé a ver en su pasaporte. Nos despedimos y jamás volveremos a vernos. Lo que sigue: un signo de interrogación. Espero que feliz.

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La ciudad que vivimos: Buenos Aires y Ciudad de México

¿Qué es el espacio público? ¿Lo contrario de lo privado? ¿El espacio del que todos, sin garantía de propiedad, podemos beneficiarnos? La pregunta original era otra. ¿Cuál es la diferencia entre caminar en la Ciudad de México y caminar en Buenos Aires? ¿Puede compararse la experiencia del espacio público entre dos ciudades? Dos capitales latinoamericanas, desmesuradas, complejas, de configuraciones distintas, separadas por la historia y la distancia, que han intentado fijar su propia valoración del espacio público. Una es demasiado nueva; la otra conserva, como un palimpsesto, las huellas de su pasado precolombino… Ambas son centros financieros, comerciales, culturales, rodeadas de zonas metropolitanas compuestas de localidades dormitorio. ¿Cómo viven los defeños, cómo viven los porteños? ¿Cómo vivimos, todos, las ciudades?

Las ciudades no son cifras sino vivencia. Debo partir de mi experiencia, que es limitada, por eso me acerco a otros y contrasto (me inspira un texto publicado por Claudia Altamirano también en Nexos). En México viví muchos años en un poblado rural de 9,000 habitantes, Polotitlán de la Ilustración; después en Querétaro, la ciudad con la mejor calidad de vida según sus propios habitantes, y en varias zonas del D.F. (de la Prado Churubusco a Panteones, de la Juárez y la Roma a Coyoacán). Vine a Buenos Aires temporalmente, a estudiar un posgrado y terminar algunos proyectos, al tanto de que tarde o temprano debo regresar a mi ciudad. Esa ciudad que durante los últimos tres años me pareció inhabitable, lo declaro sin rodeos.

Lo que yo vivía lo viven millones todos los días. Lo aceptan, lo asumen. Pero no dejan de sufrirlo. Trasladarme de la Narvarte a Palmas, donde trabajaba, me tomaba tres horas diarias ida y vuelta: camión-metro-camión, en unidades repletas durante horas pico. Diez kilómetros aproximadamente, que en automóvil habrían cambiado poco y en bicicleta son impensables o temerarios. Antes de las ocho de la mañana toda interacción social había estado marcada por la agresión: de choferes, de pasajeros y por inspiración propia, pues en el metro es común ser testigo y participar en actos de violencia entre usuarios. Tiempo para pensar (para lamentarse) entre empujones, insultos, arrancones, claxonazos. En mis horas libres, en fines de semana, no visitaba parques, caminaba poco, me acoracé de la ciudad y dejé de participar en ella. El afuera no existía más. Vivir para refugiarse en la casa, en el adentro.

Daniel Burnham, el urbanista que reconfiguró la caótica Chicago de inicios de siglo XX, escribió en su ya famoso Plan of Chicago que, así como un execrable entorno urbano inspira lo peor de las personas obligadas a habitarlo, uno que fuera grandioso, “que expresara los valores de la civilización y el orden”, inculcaría dichos ideales y traería a la luz lo mejor de cada persona. Es una idea conservadora, binaria y quizá simplona, pero creo en ella.

La movilidad es parte del uso que le damos a las ciudades. Mi experiencia, hay que reconocerlo, era privilegiada a pesar de todo: vivía en una zona central y me desplazaba a una que, si bien un tanto inaccesible, estaba comunicada con el resto de la ciudad. ¿Cómo viven los demás sus traslados? Francisco Salmerón, diseñador editorial, excompañero de trabajo, vive en Bosques de Morelos, Cuautitlán Izcalli. Durante cinco años ha trabajado en la zona de Palmas-Lomas de Chapultepec. Entra a trabajar a las ocho de la mañana, con una tolerancia de quince minutos: si acumula tres retardos a la quincena le descuentan un día. “Antes, para poder llegar a mi trabajo temprano, me levantaba a las 5:15 am y a las 6:05 tomaba una combi que sale a una cuadra de mi casa y llega a la México-Querétaro; ahí pasa un camión que llega directo a Lomas de Chapultepec, pero era muy feo venir por esa ruta porque me asaltaban muy seguido y el camino era largo. Este camión hacía hora y media en la mañana, más la media hora de la combi, en total hacía dos horas para llegar en la mañana”.

“Al principio me dormía para pasar el rato, pero con el tiempo los asaltos ya eran tan frecuentes que viajaba espantado. Los asaltantes se subían a la siguiente parada de donde yo tomaba el camión: regularmente son dos personas, que se suben, pagan su pasaje y en un tramo de tres minutos sacan la pistola, te piden la cartera y el celular. Me asaltaban cada dos meses, hasta que opté por tomar una ruta más segura pero con más transbordos: tomaba la misma combi pero ahora llegaba hasta el suburbano de Lechería. Ahí tomaba el tren hasta la estación Fortuna, que son unos 15 minutos; ahí cambiaba a la estación Ferrería de la línea roja del metro (Rosario-Martín Carrera), me iba a Rosario y ahí cambiaba a la línea anaranjada, para bajarme en Auditorio. Y de ahí el camión que va a Palmas. Era mucho transbordo pero era más seguro. Lo único que sufría era los empujones y los arrimones”.

“Así duré un año. Después mi hermano entra a trabajar a Santa Fe y, buscando opciones de transporte y rutas en internet, encontró a una persona que se anunciaba transportando gente de Cuautitlán Izcalli a Santa Fe. Lo mejor de todo es que este chofer vive muy cerca de mi casa, así que me recoge en la avenida y me deja justo en la puerta del trabajo. Mis horarios, ahora, son así: a las 5:45 am me paro, me baño y me visto, salgo a las 6:15 y el transporte pasa por mí a esa hora. Se va por el segundo piso y me deja en Palmas a las 7:15. Hago tiempo durmiéndome o adelantando trabajo”.

“En la camioneta caben unas 17 personas pero no se regresan todas porque tienen distintos horarios. A mí me cobra, ida y vuelta diario, 1,650 pesos al mes. Si sólo pagas ida son 1,200. Salgo de trabajar a las 5:30 pm, me espero un rato y a las 6:40 aproximadamente, dependiendo del tráfico o la lluvia, voy hacia donde me recoge. De regreso baja de Santa Fe por Virreyes y pasa por mí frente a la Fuente de Petróleos. Ando llegando a mi casa como a las ocho de la noche”.

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¿Quiénes son los encargados de configurar las ciudades? Incluso los urbanistas que transforman las ordenaciones citadinas, como Burnham, no han logrado evitar que toda ciudad guarde otra dentro de sí, la de los excluidos, los barrios guetoizados, la experiencia urbana lejana a la propiedad, el consumo, lo verde, lo recreativo. La modernidad es la experiencia de la urbe, aún en el caso de un habitante de entorno rural, que mantiene siempre una relación de dependencia con la metrópoli (la existencia de mi pequeño pueblo, Polotitlán de la Ilustración, no puede pensarse sino en relación con su cercanía a San Juan del Río o incluso a Querétaro, a pesar de que sus límites políticos lo marquen como entidad mexiquense).

Un personaje paradigmático de la modernidad es el flâneur, que va errando por la ciudad para descubrirla. El hombre de la muchedumbre. Que asiste a las galerías parisinas para mirar y… comprar. Nuestro repudio a la creación del corredor comercial Chapultepec nos ha obligado a pensar en esto, cómo la propiedad –el dinero– atraviesa nuestra experiencia de la ciudad: un espacio público verdadero no exige consumo.

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Romanticé Buenos Aires. La primera vez que la visité, tras un periplo sudamericano, era febrero: nunca olvidaré la impresión que me causó aquella ciudad en pleno verano austral. Lo verde. El calor húmedo. El verano dislocado, invertido. La atmósfera ligeramente festiva, vacacional. Había conocido, un poco antes, tres capitales latinoamericanas: Quito, Bogotá y Caracas, y otras ciudades y pueblos más pequeños de sus respectivos países. En contraste, Buenos Aires me pareció moderna, excesiva, cosmopolita. Una abundancia de parques como yo no conocía, en los que la gente se asoleaba (mujeres en bikini en la vía pública: una visión insólita para una mexicana) y pasaba el rato sin hacer nada, tal como, según sabía, me habían contado, hacían algunos europeos durante sus breves veranos.

Esta vez, llegada desde el D.F., reconozco que la modernidad mexicana ha adoptado los modos del norte, cierta cultura del servicio y del consumo, un modo a lo yanquique en Buenos Aires ha penetrado menos. “Estados Unidos está tan lejos como Europa”, me dijo un argentino una vez, al fin y al cabo. Pienso, entonces, en aquellas ciudades estadounidenses organizadas alrededor del mall como en nuestros pueblos de herencia española la vida se organiza en torno a la iglesia. Los negocios en Buenos Aires están atomizados: giros comerciales acotados, compras en pequeño y a pie, y hasta cines que persisten solitarios, con sus nombres originales, desligados de la lógica de la plaza y el combo. Otro modo de vivir el afuera, con un ritmo marcado por las diferencias estacionales: al invierno frío y ventoso le sucede una tímida primavera, un poco de sol, y luego un verano tropicalesco, abrasador, por momentos asfixiante. Apenas el clima lo permite, las calles se colman.

Lo que más me atraía de Buenos Aires, además de sus librerías y programas académicos, era la posibilidad de vivir en una ciudad de dimensiones caminables. Liberarme, en parte, del transporte público defeño. Caminar. Sus plazas, parques y áreas verdes. Disfrutar del afuera.

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Estoy sentada en la pendiente de pasto de la Plaza San Martín, un sábado de septiembre. El barrio de Retiro condensa Buenos Aires. Hay sol, hay viento frío. Encuentro a mi alrededor parejas, niños descalzos, perros, amigos que beben mate y se sacan fotos. También hombres, adolescentes e incluso niños desposeídos, que se acercan a esta plaza a dormir sobre cartones o directamente sobre el césped.

Sobre la alfombra de césped hay motas blancas de algo parecido al algodón. Es la floración de los tilos, árboles grandes, añosos, que acompañan a los palos borrachos, las magnolias y los gomeros que verdean la plaza, una de las tantas diseñadas por Carlos Thays, paisajista francés, naturalizado argentino, nombrado director de parques y paseos en 1890. Más de 70 parques en Buenos Aires llevan su firma. Además, trajo numerosas especies extranjeras a la ciudad, trazó barrios y cultivó huertos, calculó floraciones de distintos colores según las estaciones y en su honor se nombró el jardín botánico… En un breve artículo sobre su legado, Loreley Gaffoglio lo llama “alquimista de la belleza”. A días del equinoccio de primavera, estoy pensando en Carlos Thays.

Hay una lata de cerveza tirada, decenas de colillas de cigarro y legajos de un periódicoClarín que sobrevuela la plaza. Leo un balazo al azar: “Para el Gobierno y los privados, hubo un repunte de la economía”. La vista siempre termina cayendo en la Torre de los Ingleses. Tras la guerra por las Islas Malvinas, su nombre oficial es Torre Monumental. La plaza misma que la alberga, antes Plaza Britania, lleva ahora el nombre de Fuerza Aérea Argentina. Es melliza de la San Martín, pero allá hay poco pasto, pocas bancas. Adyacente a la estación de ferrocarril de Retiro, se trata ya de una “zona brava”: sus márgenes hacen las veces de paraderos de autobús.

Si miro a mi derecha me encuentro con el perfil del Kavanagh, inaugurado en 1936, entonces el rascacielos más alto de América Latina (120 metros de altura, puro hormigón, espigado como la proa de un barco). El piso 14, el que habitaba Corina Kavanagh, es ahora un departamento de 726 metros cuadrados valuado en seis millones de dólares. Pese a sus 105 departamentos, este emblema del art déco es peculiar por un detalle: carece de estacionamiento.

A la Plaza San Martín la rodean edificios de distintos estilos: la mole de cemento y vidrio del Sheraton, la Torre Pirelli, la sede argentina de American Express (que donó las escaleras de cemento que descienden por la plaza) y varios edificios de departamentos de la escuela Beaux Arts que abunda en Buenos Aires, las fachadas afrancesadas que le ganaron su reputación de la “París de América”. Muy cerca de aquí está el expalacio Anchorena, ahora Ministerio de Relaciones Exteriores, un edificio academicista, de estilo borbónico, construido a principios de siglo. En aquel entonces el barrio recién había acogido a las familias adineradas que huyeron de la fiebre amarilla, de San Telmo y la zona centro.

En uno de sus textos más conocidos, La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica (1939), Walter Benjamin nos dejó un pensamiento breve y sencillo sobre la arquitectura: su recepción, la relación entre sujeto y obra, “se da por partida doble: por el uso y por la percepción. O mejor dicho: de manera táctil y óptica”. Toda forma artística está destinada a transformarse o desaparecer, pero la necesidad humana de habitación es permanente: contemplamos los edificios no con recogimiento, como quien se abisma en una obra, sino por acostumbramiento, distraídamente y, lo más importante, en colectividad.

Veo, a lo lejos, una grúa. Un edificio a medio erigir, la promesa de una nueva faz urbana. Yo sé que el Río de la Plata está cerca, detrás de las grúas, pero es imposible verlo. Buenos Aires creció dándole la espalda al río. También sé, ahora por experiencia, que detrás de la estación, detrás de las vías de tren que parten de Retiro, se encuentran los bordes de la villa de emergencia más emblemática de Buenos Aires: la Villa 31, uno de los primeros asentamientos irregulares de la ciudad. Es popular en ella la labor del padre Mugica, de la Teología de la Liberación, que en 1974 fue asesinado por la Alianza Anticomunista Argentina. Hoy es la villa más penetrada por organizaciones sin fines de lucro.

Una vez entré, acompañada. Pienso, en esta parte, en algo que escribe Josefina Ludmer en su meditación sobre escrituras contemporáneas en nuestra región: “Las ciudades brutalmente divididas del presente tienen en su interior áreas, edificios, habitaciones y otros espacios que funcionan como islas, con límites precisos… Se puede entrar: tiene límites pero está abierta, como si fuera pública” (Aquí América Latina, una especulación: 2010). A la villa no se va: se entra. Siempre con alguien de su interior. Los vecinos cuentan anécdotas sobre el ahora papa Francisco, cuando llegaba de visita a la villa, con su maletín negro y en colectivo, pero su leyenda no roza siquiera la de Mugica. La mayoría de sus habitantes son inmigrantes de países limítrofes: Paraguay, Bolivia, Perú… La pequeña Latinoamérica, la llaman, mientras relatan los proyectos inconclusos para urbanizarla, envolverla en un túnel “verde” y hacerla menos visible, menos incómoda.

Hay otra Buenos Aires, más grande, que suele esconderse.

A pocas cuadras de aquí nace la avenida 9 de Julio, según los argentinos la más ancha del mundo (hay disputas al respecto). En 2013 se inauguraron los carriles del metrobús, pero sin metrobús, en realidad carriles exclusivos para 11 líneas de colectivos (que aquí llaman “bondis”) y que, según datos oficiales, redujeron en 40 minutos el tiempo de viaje de unos 240,000 pasajeros. El experimento, de inspiración defeña y bogotana tiene un antecedente: los primeros carriles del metrobús se abrieron en 2011 a lo largo de la avenida Juan B. Justo, entre los barrios de Liniers y Palermo. Como en el D.F., es un sistema en constante expansión.

Pienso que yo vine a Buenos Aires a caminar. Que ésta es la ciudad que yo habito, la que buscaba. Bajo mis pies es pequeña, manejable, sus coordenadas delimitan una existencia fácil y afortunada: en el fondo todavía soy una turista cegada por el polvo de estrellas que la ciudad tiende, inadvertidamente, sobre los ojos foráneos. No es casual que Buenos Aires nos inflame con los resplandores del flâneur. Por momentos me parece más antigua (o mejor sería decir más anticuada) que el D.F., pero es indudablemente más nueva: su cara verdadera se edificó entre 1890 y 1910, una época en que la opulencia económica se correspondía con la novedosa experiencia de la vida en la urbe. En uno de sus textos críticos clave, Una modernidad periférica (1988), Beatriz Sarlo se refiere a la veloz transformación de la ciudad y su impacto en la cultura argentina, típicamente de mezcla (la segunda ciudad que en el siglo XX recibió mayor porcentaje de migración europea). El elenco de nuevas imágenes y percepciones, el paisaje reconstruido a través de la mirada. “Buenos Aires ha crecido de manera espectacular en las dos primeras décadas del siglo XX. La ciudad nueva hace posible, literariamente verosímil y culturalmente aceptable al flâneur que arroja la mirada anónima del que no será reconocido por quienes son observados, la mirada que no supone comunicación con el otro”.

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Jessica Garbarino es una periodista y editora argentina y hace más de 13 años migró a la Ciudad de México. Vive en la colonia Cuauhtémoc y también trabaja en Palmas. Me interesa la experiencia contraria, el espejo de la vida en ambas ciudades.

“Yo en Buenos Aires vivía en Haedo, una localidad del oeste del Gran Buenos Aires, tren Sarmiento, media hora de viaje y llegás. Ahí viví hasta los 26 años y me tomaba el tren a diario para ir a la facultad y a trabajar. Se me hacía que perdía muchísimo tiempo: una hora de ida y otra de vuelta me parecía un horror… Y ahora es lo mínimo que me tardo si no tomo precaución de salir de la oficina antes de las seis de la tarde o, si no llego temprano, antes de las ocho (con la diferencia de que acá son tres kilómetros y medio de distancia y allá eran 16). Así que esa pérdida de tiempo fue una de las razones que me llevó a independizarme y mudarme a la capital, barrio de Monserrat, calle México. Mientras viví ahí, iba prácticamente a todos mis trabajos caminando, sólo para uno tomaba un colectivo. Iba al cine caminando, de compras, para la facultad me tomaba un colectivo… Me sobraba mucho tiempo cuando me mudé, que usaba para mi calidad de vida: ir mucho al cine, ver seguido a los amigos…”.

“Estoy casada con un mexicano y mis hijas nacieron aquí. Mi primera impresión al instalarme acá fue que Buenos Aires era una ciudad mucho más caminable, con un sistema de transporte amigable, organizado. Algo que, fuera del metro, no encontraba acá. Los camiones desvencijados me llenaban de pavor al principio… Recuerdo contarles a mis amigos por mail que un día el chofer iba viendo tele y que era bastante común que trajeran un periódico abierto sobre el volante y que le fueran echando el ojo. El punto es que cuando vine a vivir a México yo no sabía manejar. Nunca lo había necesitado. Con el paso del tiempo y la llegada de las hijas, aprender a manejar se hizo imperativo. Algo que tuve que encarar aunque no lo disfrutara, me llenara de susto y me diera colitis durante un año, hasta que le agarré un poco la mano. Sigo sin disfrutarlo y si tengo que ir a lugares que no conozco, a veces prefiero tomar taxi…”.

“Siempre digo que si hubiera buen transporte público, cómodo, puntual, que no cambie la ruta porque al chofer se le antojó o que sepas bien dónde para (un servicio público en forma, vamos), yo no usaría el auto para ir a trabajar, y me evitaría el gastadero de dinero que cuesta estacionar todo el día para nada. Pero en una época en que lo intenté (las obras en la Fuente de Petróleos y la instalación de los parquímetros nos complicaban la vida) encontré que era realmente complicado hacer un trayecto tan corto y tan directo como el que me llevaría de Palmas al Ángel. Para empezar no hay nada directo. Hay que caminar varias cuadras hasta Periférico, y algunos días los choferes deciden no pasar por abajo del puente, entonces hay que agregarle unas tres cuadras más hasta pescarlos más adelante. Ese camión te deja en Auditorio y ahí hay que tomar otro (más fila) o de plano ir hasta Chapultepec, que de ahí a mi casa son otras 10 cuadras… De hecho, mi auto no circula los viernes y padezco esto cada semana. Es una locura pensar que es el mero centro de la ciudad y que esté tan mal conectado, que las rutas no sigan más lógica que la de cobrarte la mayor cantidad de boletos posibles.

Luego hay un camión que va por Masaryk, por el cual opto a a veces, pero los choferes son maleducados e irrespetuosos y cada vez que me lo tomo me lleno de coraje. Nadie les controla que traen el volumen de su música a niveles que hacen doler los oídos. O que van a dos por hora esperando que se llene el camión (te tardas el triple), etc, etc.”.

“Si hay algo que extraño y que envidio de otros países es la calidad de vida que te da que los traslados sean sencillos y que puedas aprovechar el tiempo en cosas más agradables. Mi esposo trabaja hasta Santa Fe, los mismos 16 kilómetros que hacía yo cuando vivía con mis papás, y resulta que si no quiere estar al volante más de dos horas, tiene que salir de casa antes de las 7 am… y nunca logra regresar antes de las siete de la tarde (eso es cuando llega temprano). Entonces llega un punto en que vivimos para trabajar, de lunes a viernes no podemos hacer otra cosa (a veces no alcanza a ver a las niñas más que 10 minutos en el desayuno). Llegan los fines de semana y nuestro principal objetivo es no mover los autos. Y acá viene quizá una justificación de por qué tantos extranjeros amamos vivir en la Cuauhtémoc, en la Roma o en la Condesa… Son colonias muy caminables, que se parecen un poco a lo que estamos acostumbrados, y que disfrutamos básicamente los fines de semana”.

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En charla con amigos mexicanos, en Buenos Aires, pregunto qué disfrutan más de vivir aquí. Dos de ellos, Jessica Jaramillo y José Juan Zapata, son norteños, de Monterrey y Torreón respectivamente. La respuesta de ella es inmediata: “Sentirme segura: al caminar siento menos inseguridad de la que sentía en Monterrey. Además, me encanta que haya plazas por todos lados y espacios verdes, y que la gente los use. Allá te prohiben “pisar el césped” y si te ven acostado, llega el policía y te corre”. José Juan: “Me gusta de Buenos Aires su arquitectura. Su mezcla de edificios y avenidas muy europeas, junto con edificios nuevos y a veces horribles. El caos: lo lindo y lo sórdido mezclado. En general, es una ciudad muy vivible. Buen transporte, tranquila”. Un amigo argentino, Javier S., participa: “A mí lo que me gusta es que es una ciudad grande pero fácil, y me siento cómodo conociéndola toda y recorriéndola. Me gusta tener mis sitios y negocios preferidos”.

Pero mis amigos se dedican a lo mismo que yo, llegaron a Argentina por motivos similares. Entonces repito el experimento con una comunidad virtual, el grupo de Facebook de mexicanos en Buenos Aires, donde paisanos cuelgan ofertas, hacen preguntas, discuten temas y en general comparten la experiencia, tan distinta y a la vez tan parecida, de la migración. Las respuestas son similares. Javier R.: “Creo que la estrellita de Buenos Aires es el transporte público. A pesar de la escasez de las líneas del subte, los colectivos son maravillosos, seguros y funcionan las 24 horas”. Pits S.: “Al llegar, una de las cosas que más me llamaron la atención fueron los parques. Hay un interés por la recuperación de espacios verdes, los vecinos colaboran con la vigilancia y la limpieza de las zonas. Me parece que para los porteños es importante tener este espacio de recreación, ya que lo consideran un derecho más”. Thabata P.: “En los últimos años la ciudad ha tenido una inversión en políticas de movilidad, como el metrobús y las bicisendas, pero ha dejado de lado el mejoramiento de líneas de subte y hay fallas en la conectividad con el conurbano”. Antonio D.: “Creo que sus banquetas tienen mejor diseño, son más uniformes y eso ayuda a las personas que usan sillas de ruedas”. Carlos B., con una queja: “Hay muchas cacas de perros en las calles de Buenos Aires. Siempre pisas una porque no hay cultura de recoger desechos de perro”. Y un colofón, de Marisa B.: “Es la primera ciudad donde me puedo mover en bicicleta. Es muuuy divertido”.

Pienso: ¿Me estoy dejando llevar? ¿Me estoy engañando? Sin duda hay una Buenos Aires menos amable, más complicada, aquella que inicia en los márgenes y succionahacia el centro. Por eso charlo con dos habitantes del conurbano, la zona metropolitana de la provincia de Buenos Aires que circunda la llamada CABA (Ciudad Autónoma de Buenos Aires).

Marcelo Peralta es profesor de letras en el Instituto 83, un terciario, en Solano, que pertenece a Quilmes Oeste, y en la Universidad de Varela, en la misma localidad. “Para mí venir de provincia a la ciudad es un quilombo, y volver peor. Son viajes de dos horas. Tomo la línea 148 del colectivo que me deja en Constitución, y allí hay subte. Y después hay medios alternativos, combis y taxis colectivos por ejemplo. Están saliendo todo el tiempo y tienen parada libre, o sea que si no está la policía te paran en cualquier esquina. Para las zonas periféricas es difícil viajar, porque no hay muchas líneas de colectivos y se tardan mucho tiempo. La 148 hace una hora y algo más, y nunca voy sentado. A mí la capital no me gusta, las veredas son muy chicas, estás chocando con la gente todo el tiempo. Yo laburaba acá en el centro, para venir me tomaba el 585, y para todo tenés que esperar un montón. En provincia hay otro ritmo, más tranqui”.

Federico Salvá vive en Villa Madero, en el partido de La Matanza, y da clases en una escuela privada judía del barrio de Belgrano-Colegiales. Lo primero que me dice: “La ciudad llega hasta donde termina el subte. Hay zonas que, aunque el subte llegue, ya es provincia, como la E que llega al bajo Flores, en el límite entre Mataderos. Las líneas de colectivo van subiendo de número mientras más se adentran en provincia: si ves una que es más de 100 ya preocupate. Mi rutina: me levanto a las 6:20, camino 12 cuadras y me tomo el 63 que viene casi vacío porque ahí empieza su ruta, me voy durmiendo tranquilo, golpeándome la cabeza, hasta el colegio. De viaje neto será una hora y media, una hora cuarenta. Después de trabajar voy a la maestría en el microcentro (Centro Cultural Borges) y ahí tengo varias horas vacías, siempre me quedo con la duda de qué hacer, si vuelvo a la casa apenas me daría tiempo de llegar, lavarme la cara, tomarme un café y volver. Entonces me quedo acá dando vueltas, caminando. La ciudad la camino toda. En Belgrano tomo la línea D del subte y casi siempre me voy a la biblioteca del profesorado Joaquín B. González, cerca de la Facultad de Medicina. Después en la noche me tomo el 132 hasta Caballito, que tardará unos 40 minutos, y de ahí el 103 que llega hasta mi barrio, otros 50 minutos”.

En 2009 se implementó la tarjeta Sistema Único de Boleto Electrónico (SUBE), que funciona indistintamente para el subte y los colectivos. A pesar de la propaganda sobre sus bondades, Marcelo y Federico se muestran escépticos. “Antes el gobierno le daba subsidio a las empresas para que no aumentaran el precio del boleto, como decirles: “invertí, poné más unidades”, pero en realidad no renovaban los colectivos. Pusieron la SUBE y cambiaron el sistema: ahora subsidian el boleto y todo está registrado electrónicamente, así controlan bien cuántos pasajeros hay. Las líneas son de empresas grandes que compran recorridos: vos tenés los de capital que están cuidados, tienen choferes encamisados, todo. Compran una flota de colectivos y los que van quedando los mandan a los recorridos de la provincia, y ésos se caen a pedazos porque son los que descartaron acá, los que ya no funcionan. Y hay menos subsidio y por lo tanto te sale más caro. Si querés pagarlo con monedas te sale el doble. En provincia el mínimo recorrido son cuatro mangos. Y seis y pico el más caro”.

Termino mi ronda de entrevistas con una porteña, Daniela Peez, que da clases de portugués, es intérprete simultánea, hace performance y danza, y por sus ocupaciones recorre varias zonas de la ciudad en un mismo día. “Vivo en Montserrat. Depende el día hay veces que tengo que ir al microcentro y puedo llegar caminando o tomando un colectivo o el subte, pero depende del trayecto; a veces el centro de Buenos Aires está muy trabado el acceso y los tiempos cambian por obras que están haciendo, nunca sabés. Ayer, por ejemplo, tuve que ir a Boedo, porque tengo un trabajo un poco precarizado, voy a dejar planillas o buscar un cheque, y de ahí fui a Chacarita; a mediodía fui a Correo Central, que es línea B hasta el final, y de ahí me volví a la Paternal, y luego a la Recoleta. Yo creo debí haber pasado tres horas viajando. Hay zonas que no están conectadas. Mi trabajo no es un solo lugar, no son las ocho horas juntas, y mi desafío es que quede cómodo. Yo prefiero moverme en colectivo, pero, como mi tiempo vale plata, voy en subte entre semana. Cuando vuelvo de noche me tomo bondi. Me gusta más, descanso más y por otra parte después de las diez de la noche ya no hay subte”.

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Semanas después, en noviembre, es un domingo en la Plaza de Congreso. Ahora vivo en el barrio de Montserrat, cuyo trazo me recuerda al D.F., a colonias como la Narvarte o la Doctores. Aloja varias iglesias y su límite se recorta en el tramo de la Avenida de Mayo donde se encuentran el café Tortoni al que iba Borges y el dantescoPalacio Barolo. Carece de parques pero a 20 minutos se encuentra esta plaza, con algunas jardineras, paseos de grava y bancas, sede de protestas multitudinarias y otros actos políticos. Por fin hace calor y los vecinos abarrotan las jardineras: la tonalidad de la primavera es el morado de los jacarandáes. Pienso que hasta en los parques las clases se dividen: hay un tramo familiar, lleno de niños, donde desentonaría. Camino en busca de un espacio libre y por fin, frente al cine Gaumont (por ocho pesos, todo el cine nacional), me siento entre jóvenes que beben cervezas, o mate, y fuman marihuana. Anoto a las personas que veo, de una variedad distinta a las de Plaza San Martín: en las bancas, charlando, señores de abrigo y sombrero, del tipo intelectual pobre o por lo menos poco holgado, que suelen verse flaneando por Buenos Aires; también hay personas de la tercera edad, que en la ciudad caminan por todos lados; inmigrantes peruanos y bolivianos, indigentes, mujeres tendidas en mantas que hablan por teléfono…

Una recomendación de la Organización Mundial de la Salud, recuperada por varios estudios para ciudades del presente, establece de 10 a 15 metros cuadrados de área verde per cápita. Resulta una medida engañosa: Buenos Aires no cuenta con más de dos metros por persona (al 2012 los espacios verdes corresponden al 4.5% de la superficie total de la ciudad), mientras que la Ciudad de México alcanza un promedio de 5.3 metros y el equivalente a un 20% de su superficie. El asegún es otro: que dichos espacios sean accesibles, cercanos a los vecinos, usables y bien repartidos. En el D.F. la delegación Miguel Hidalgo, donde se encuentra el bosque de Chapultepec, reparte 12.6 metros cuadrados por habitante, mientras que en Iztapalapa apenas se llega a un metro.

Leo las noticias de México y todas me parecen trágicas: 10 ciclistas muertos y 12 lesionados en lo que va del año; en cinco años los traslados metropolitanos requerirán 6.5 horas según la Coparmex; el próximo año el sexto bróker mundial en bienes raíces destinará 600 millones de pesos para construir 51 centros comerciales en todo el país; las negociaciones torcidas para levantar el corredor Chapultepec no dejan de salir a la luz… Dos amigas me hablan del estado de la Ciudad de México: una vive en París desde hace cuatro años, pero de su última visita me habla con tristeza de la ciudad que sobreviven sus papás y sus hermanas, de lo cansados que nota a los amigos por sus traslados. Otra, vecina de Coyoacán, me habla con amargura del metro, de las horas perdidas en llegar a zonas como Polanco o el centro, del tráfico que produjo Oasis Coyoacán en un cruce de por sí complicado, el de Miguel Ángel de Quevedo y Universidad, del que Bernardo Ibarrola escribió con agudeza: “en nuestra ciudad los oasis privados siguen apareciendo a costa de los infiernos públicos”. Yo no debo ir lejos para sentir en carne propia la tragedia de la movilidad capitalina: en julio de este año mi papá fue atropellado por una combi en la Jardín Balbuena. Sobrevivió de milagro, tras una larga estancia en el hospital.

Una confesión: no fue sino hasta las marchas por Ayotzinapa, el año pasado, que volví a experimentar la apropiación del afuera, que me volqué a las calles del D.F. con un sentido distinto del traslado, y que mientras marchaba con otros cuerpos a través del Paseo de la Reforma, por Bucareli, Juárez y 5 de Mayo, no dejaba de pensar en la belleza espectacular de nuestra ciudad. La miraba con nostalgia y con dolor, es cierto. Pensaba en la historia que guarda en sus obras arquitectónicas y monumentos, que son también los testimonios de la barbarie como sabía Benjamin; en las destrucciones sucesivas que ha sobrevivido, y en su faz siempre cambiante, siempre camaleónica. Ahora, en esta ciudad que es joven, que me encanta y que es benigna con la vida que deseo llevar por ahora, que carece de horizonte porque su terreno es plano y la rodea la llanura, a diferencia del valle de México que en días despejados nos deja admirar los volcanes, ahora, aquí, pienso en mi ciudad sin nombre, Distrito Federal, Ciudad de México, jamás CD MX, a la que inevitablemente volveré y a la que amo y admiro y a veces detesto, y pienso en lo que han hecho con ella los encargados de configurarla, mejorarla, extraerle algún provecho. Creo que la ciudad es de quien la usa, de los que la vivimos. La Ciudad de México es nuestra. Merecemos otra Ciudad de México.

Publicado en La Brújula de Nexos.

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