Nariz

Siempre he tenido muy buen olfato pero ahora se me ha vuelto más intenso y esto es una especie de condena. En la ciudad abundan los malos olores. Cuando llueve las alcantarillas rebosan, y en las calles de la Narvarte y la Condesa se levantan los humores de la orina de los perros que se detienen a descargarse en cualquier sitio. En el metrobús, un señor algo mayor despide una acidez indescriptible de sudor. Manteca, grasa reciclada. Dentro del metro, rumbo a La Raza, todos sudamos y boqueamos el poco aire que circula dentro del vagón. Un perfume dulce, excesivamente dulce, se desprende de una mujer que camina muy lento. Llueve, llueve todas las tardes. Lodo, un desagradable olor a tierra mojada (no es la tierra mojada del campo, del bosque, sino el lodo citadino, manchado de aceite de automóvil). El olor que ciertas personas desprenden, que no pueden controlar, que lastima mi nariz pese a mí misma y las consideraciones que pueda o no sostener respecto a ellas. Ya no quiero que mi nariz funcione (tan) bien. Quiero ser como el asesor colegiado Kovaliov que despertó un día sin nariz.

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Jueves 21:51

Trabajo. En oficina. Dentro de una oficina que tiene paredes, ventana y una puerta. De la mañana a la noche. En espera de retomar lo que se interrumpió abajo, en el Sur.

Mi bombilla uruguaya se quedó en Buenos Aires. Mi yerba brasileña. Y mi ropa, que al fin me mandarán por correo. Una caja con mis prendas. Algunos libros. La actualización de mi vida en este momento.

 

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Sobre las “Irrupciones” de Levrero

Me desperté y pensé que era solo un sueño. Después pensé: «Todo el mundo dice “sólo un sueño; deberíamos decir: “nada más que un sueño”».

Irrupción 5.

 

Entre 1996 y 1998, y durante algunos meses del año 2000, Mario Levrero  publicó la columna mensual Irrupciones en la sección cultural de la revista uruguaya Posdata. 126 textos anómalos, de circulación restringida, en 2001 se transformaron en una edición incompleta y marginal (dos tomos con lasirrupciones 1-40 y 41-70 dentro de la colección De los flexes terpines, dirigida por Levrero mismo en editorial Cauce) y, en 2007, de manera póstuma, en una modesta edición publicada por Punto de Lectura. Por fin, en 2013, entró en circulación una lujosa publicación de la editorial uruguaya independiente Criatura Editora.

En el prólogo a la primera edición de las Irrupciones como libro, Levrero escribe: “En cualquier orden que se lean estos fragmentos se notará, creo, que todo está ligado y forma parte de lo mismo, como en un holograma”. Las Irrupciones son, entonces, una pieza más de su proyecto de escritura, que define como un “mapa a todo nivel de mi propio ser”.De distintos modos  Levrero se sabía dueño de una obra cuya diversidad no atentaba contra su unicidad, una obra compuesta de textos heterogéneos cuyos puntos de contacto formaban un todo irreductible.

Es un poco un lugar común: hay un Levrero para todos. El raro y el confesional. El cómico y el misterioso. El Levrero deliberadamente kafkiano, de la “trilogía involuntaria”, compuesta por las novelas La ciudad (1970), París (1980)y El lugar (1982), en las que el misterio discurre en una atmósfera enrarecida, la de un sueño vigila (un oxímoron que quizá aprobaría). El Levrero que parodia su amado género policial:Dejen todo en mis manos (1996) y Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo (1975). El Levrero que se confiesa y exhibe en El discurso vacío(1996), suerte de diario donde se consignan sus ejercicios tipográficos paramejorar su letra y, con ello, su vida, su personalidad, su alma; y el de Diario de un canalla (2013), donde narra algunos meses del par de años que residió en Buenos Aires, mientras trabajaba para una revista de crucigramas y juegos de ingenio (lapso en que no logró escribir literatura).

Hay un efecto Levrero, como una hipnosis. Un idea que recorre su obra: la postergación. La postergación de la escritura, de los buenos hábitos, de un mejor yo inaccesible.Irrupción número 63: “Es de madrugada. Comienzo a pensar en irme a dormir, pero todavía me falta chequear el correo electrónico. A esa hora es fácil conseguir línea; me conecto”. En La novela luminosa, el Diario de la beca (Levrero fue acreedor a la beca Guggenheim para su escritura), que antecede la “novela”, constituye, en realidad, la obraverdadera, el corazón y sentido de la experiencia luminosa, una especie de escritura cero que da cuenta de su imposibilidad para escribir, y que registra minuciosamente sus rutinas, postergaciones y derrotas diarias.

Tengo una hipótesis. Las irrupciones de Levrero se publicaron bajo el rótulo columna, un género menor, que sin embargo en nuestra literatura ha producido varios libros magníficos: las compilaciones de los artículos de Jorge Ibargüengoitia enExcélsior y, más recientemente, El idioma materno de Fabio Morábito, por citar dos ejemplos entre decenas. Pero la noción misma de género está en crisis constante y su determinación es tan social como histórica. Las Irrupcionessólo se parecen a sí mismas o, en todo caso, a la obra de Levrero, a Levrero y nada más: la transformación o creación de un género cambia la historia de la literatura, como quería Todorov, de tal forma que las Irrupciones pueden considerarse, a la postre, un género autoral de la misma manera en que hoy pensamos las Iluminaciones de Rimbaud, los Pensamientos de Pascal o las Confesiones de Rousseau.

Hay un ethos levreriano, en el que el discurso se lee (al modo en que el lingüista francés Maingueneau plantea) desde la identidad del “garante”, el que narra o enuncia, y que es distinto del sujeto verdadero (es decir, el señor llamado Jorge Mario Varlotta Levrero). Una manera de decir que es también una manera de ser. Los registros más variados aparecen en sus Irrupciones:la divertida saga del buzo azul para invierno, las aventuras del ratón Mouse (acompañadas de dibujos hechos por él mismo en Paint),  reflexiones sobre la literatura y el quehacer poético, anécdotas vecinales, una ida a la carnicería, un poema (la irrupción 62 inicia: “un aroma lejano/todavía sin nombre/llega con insistencia/hoy/a este desierto…”), relatos de sueños que inician y terminan sin su debida aclaración (la 35: “La sala de teatro es subterránea. Yo he dejado un sobretodo marrón y un pañuelo blanco sobre la butaca que me corresponde…”), parodias de textos académicos o una cavilación sobre el origen de una extraña lista en un billete (“1 Hilda, 1 Salus, 1 Blíster aspirina”).

Levrero dejó pistas sobre la producción de estos textos: “LasIrrupciones podían surgir de cualquier fuente, y así fue como pude mezclar pasajes autobiográficos (los más) con reflexiones con invenciones con sueños con apuntes periodísticos y aun con colaboraciones de lectores (¡y aun con poemas! ¡y con dibujos!)”.Dice que aceptó la invitación de Lucía Calamaro, la editora de la sección cultural de Posdata, una vez que tuvo suficientes “columnas” (“no sé por qué se llaman así”). Si el libro crea intimidad, explica en el prólogo, cuando “ojos no familiares” recorren las líneas de una revista, “hay ciertos abismos a los que no se desciende y ciertas alturas que no se alcanzan”.

No sé si todos lean del mismo modo a Levrero; pero en mi caso no hay distancias: lo aprecio, lo quiero, lo considero un amigo que está muerto. Es una forma de leerlo, entre muchas otras. Un autor excepcional que se nos fue. Uno de sus amigos verdaderos, el escritor uruguayo Federico Polleri, escribió en el prólogo a la edición de Irrupciones que nos ocupa: “El gran Mario Levrero era un loquito y nada más cuando yo lo conocí, y juntos fuimos un par de loquitos de mala muerte durante nuestra larga amistad. Dejo al GRAN Mario Levrero GRAN para los oficialistas de última hora. Ellos lo estudian o fingen estudiarlo, lo admiran o fingen admirarlo. Yo lo quise. Yo lo extraño”.

Mario Levrero, Irrupciones, Montevideo, Criatura Editora, 2013, 430 pp.

 

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22 de junio, casi medianoche

Me quedo y no me quedo.
Me voy y no me voy.
Todo queda en pausa y en suspenso.
Las rutinas ambas se subvierten.
Ninguna es la verdadera y las dos
lo son.
Trabajo aquí y trabajo allá.
Leo allá y leo aquí.
Escribo en los dos lados.
Hoy cumplió años Dora Exclamation Point
El de:
I still think of you when I hear the spanish word “lado” because you taught me what it meant on that bus tour.
Lo sé porque Facebook me lo dijo.
No, esto no es un poema.

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Los novios de Luján…

…Que conocí en el hostal Ejidonia. Él era de 1993, ella de 1997 (ó 1998). Llevaban juntos un mes. Iban para Brasil, a trabajar de lo que fuera. Su primera salida internacional, lejos de la provincia de Buenos Aires, era Montevideo. No le encontraban el sabor a la cerveza Patricia, a la cerveza Norteña, ni siquiera a las fuertes Pilsen que tomábamos como caguamas, afuera del bar ese que llevaba un mes abierto, en un edificio semiderruido, donde nuestros amigos tocarían (cada tocada es como un ensayo, enfatizaban) y a donde entramos pagando arroz, semillas, no recuerdo qué más, para una beneficencia. Mi instinto maternal. Nuestra charla en la bardita de la que me bajaron, con razón, pues un paso en falso y muerte segura. A ella le gustaba el tequila pero seguramente nunca había probado un tequila de verdad. Ya verás cuando vayas a México. No ahora ni mañana. Algún día. Y el mezcal.

El nombre de él. Extraño. En honor de un amigo brasilero de su padre, ¿acaso inconscientemente iba a buscarlo? Ahora veo su aventura a través de Instagram, sus paseos por el sur de Brasil, sus caras luminosas, juntos, felices, porque son tan jóvenes y tan cachorritos. La noche antes de irme prepararon de comer. Pasta. Lo bueno de la pasta es que nunca metes la pata, siempre se hace, ya sea mala o buena. Traerles unas galletitas dulces del súper. Les gusta desayunar chocolate Toddy y galletitas. Cargaban, en la mochila, hasta un aceite de oliva. “Te lo agradezco un montón”, me dijo él, cuando les traje queso rallado y unos tomates. Me compartieron su pasta, deliciosa. Yo necesitaba algo casero. Estaba agotada, mi cuerpo agotado, y mi mente aún peor. Los novios de Luján. Los fijo porque fueron lo más tierno que vi en Montevideo.

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EL HORROR VERDADERO

En la feria del terruño (13 de junio, San Antonio de Padua), mi mamá me llevaba un día o una tarde o una noche, ella y yo y nadie más, sin decirle a mis hermanos y hermanas, quienes si iban, iban con sus amigos y amigas, y ellos sí, al contrario de mí, se subían a los juegos de grandes, al Travan y a una especie de martillo de aspecto comunista que te daba zarandeadas de arriba a abajo, de modo que dicha tarde o noche o incluso mediodía, que podía caer lo mismo en un lunes que en un jueves, ella establecía un pacto razonable de juegos (lo cual podía incluir carritos chocones O casa de espantos O casa de espejos O el juego ese de asientos que recorren un circuito, a veces para adelante y a veces para atrás, al ritmo de horrenda música disco) y menudencias (las caniquitas, donde invariablemente sacaba alcancías: una feria codicié hasta la ignominia una de barril gordo de cerveza, amarillo, homeresco, que fue conseguida) y alimentos y bebidas (hotcake con lechera o cajeta y chochitos o garnacha tipo enchilada placera o sope o tamal o, ya poniéndonos bien punks, jarrito virgen tipo Sexo en la Playa o Bloody Mary).

Todo esto era para mí sola, y yo era tan avara como feliz, pero sobre todo feliz feliz feliz. Sin embargo, había una atracción a la que mi mamá siempre entraba conmigo: previsiblemente la casa de espantos, en parte porque no dejaban entrar a una niña de siete (ocho, nueve, diez, once) años sola, en parte porque ella quería, le daban ganas chingao, por morbo si quieres, por su afición a las historias de espantos, por su relación tormentosa con las películas de terror (las ama y las detesta, las busca y las sufre, tiene recuerdos intensos de El exorcista, Carrie, El resplandor en el cine, y yo tengo otros de ella gritando en cine, en películas como Señales y otras). 

Entonces, entrábamos juntas. Caminábamos a la par, el recorrido que cabía en la caja adaptada de un trailer. Me acuerdo de una llorona, un vampiro que nos confundía con su reflejo. Muñecos. Oscuridad y los pasos sobre el aluminio del piso. Alguna pesadilla. Había historias peores afuera, de todos modos, en este pueblo poblado de fantasmas (amado Polotitlán de la Ilustración, sitio del que, insisto, no vengan si no están invitados), por caso en la casa donde vivimos recién mudados del DF, que era de mi bisabuela, llena de crujidos en el piso, movimientos en la cama, apagones repentinos, ruidos de extraña procedencia, sombras y oscuridades, y otras imaginaciones espantosas que me llenaban la cabeza. Pero yo nunca me espantaba de a de veras en la casita de terror de la feria itinerante.

La primera vez que fui a Reino Aventura, cuando todavía era Reino Aventura, con mi hermana Diana y mi hermano Yayel, en una excursión púber en la que debuté, al fin, en los juegos cabronsones, en los altos y rápidos y violentos, fue quizá para vengar mi infancia temerosa. Creo que existen, a la fecha, las dos casas de espantos sixflagueras: la infantil (La Casa de La Llorona, en el carrito eléctrico que va avanzando por un riel, las luces de antro y los muñecos mecanizados), y la de grandes, o no sé si la de en serio, he olvidado los muchos nombres que ha tenido pero todas las veces que fui a Reino Aventura y luego a Six Flags, que fueron muchas, la más reciente (y terrible y decepcionante y clausurante de una etapa de mi vida) en 2013, la visité y la disfruté y luché por sentir, otra vez, el terror genuino de la primera vez, el horror peliculesco y plagado de incertidumbre de la primera entrada, libre de conocimientos de la trama y de lo que nos esperaba.

En aquella primera ocasión, como acostumbran hacer todavía, se formó un grupo de diez individuos, al frente del cual quedó mi hermano, a quien antes del incidente yo consideraba una persona sin la menor incumbencia respecto a los asuntos espantosos y sobrenaturales, una persona firmemente plantada en la realidad o quizá no, quizá no es cierto, simplemente alguien que según yo no creía y por eso no se espantaba: era, a fin de cuentas, la elección acertada para liderar al grupo, pues.

Entramos. Pasillos como de casa, oscuridad, Regan poseída por Pazuzu desde su cama, la cual teníamos que rodear para salir al siguiente “nivel”, una construcción con cemento y madera, algunas esquinas como de calle, con todo y malla ciclónica, y en vez de muñequitos mecanizados personas de carne y hueso disfrazadas: la mencionada Regan y otros que no recuerdo, pero al final Jason y su motosierra y su máscara de hockey, persiguiendo a los participantes lentos entre bufidos. ¿Cuánto duraba aquello? Menos de diez, quince minutos. Y luego emergíamos al sol y a los ruidos de feria y a la gente paseando en shorts y tomando Coca-Cola y a las botargas y a los anuncios y a los souvenirs, y era refrescante y feliz y por eso todos reían.

Pero esa primera vez, con mi hermano Yayel en la vanguardia, luego yo, luego mi hermana y su entonces novio Pancho, y los otros participantes al final, escuché algo que jamás había escuchado: los gritos desaforados de mi propio hermano. Los gritos de un hombre asustado. Ese detalle, los gritos y la comprensión de que él, el líder, estaba tan asustado como los que lo seguíamos, la desolación de atravesar el lance sin resguardos, fue el terrible. También sucedió un momento imposiblemente cómico: en la esquina de Jason, mi hermana se cayó y sólo Pancho y yo nos detuvimos a recogerla, y entre sus gritos y la persecución del enmascarado y el sonido torturante de la motosierra, cuando se levantaba volvía a tropezarse y caer, y nosotros la jalábamos de los brazos y gritábamos con desesperación. Después las risas y los reclamos, afuera, y los nachos con carne molida y queso amarillo que creo que todavía venden, que durante un día sixflaguero (la ropa mojada por los juegos acuáticos, el dinero contado, las vueltas y vueltas entre el pueblo polinesio y el vaquero y el francés) se volvían alimenticios.

Creo que yo tengo un método para transitar por el horror, que consiste en una especie de acorazamiento mental y físico (un bajado de cortina metálica, diría Levrero) gracias al cual, entonces, atravesaba puertas y actores ensangrentados y gritos como si caminara a través de un sendero paralelo, feliz, tranquilo, que por ciertos errores de las dimensiones se empalmaba con éste, caótico y horroroso. Entrar así, con el cuerpo pero la mente en otra parte. Un plup y todo se cierra, lo de adentro se vuelve impenetrable. Me cierro como una concha. Y creo que esto fue lo que hice durante el mes que el cáncer (el existente, el amenazante) nos contaminó las vidas.

Pero también, y de peor manera, es lo que hicimos mi hermano Billy y yo durante esos diez días dentro del Ramos Mejía. Solos, solos, él y yo, confiando sólo el uno con el otro, como única prueba de que nadie más nos diría lo que ya sabíamos. Nadie más. El horror verdadero.

 

 

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Sobre el potencial adictivo

Hace falta que alguien te lo diga de frente, alguien que persigue fines similares a los tuyos, que posee el temperamento artístico aunque entonces, durante esos días, el mío estaba por verse, alguien que está en la misma lucha, desde el mismo frente, siempre desplazándose hacia la izquierda. Al volver de la abrumadora Feria del Libro de Guadalajara, donde me dejaron presentarme con ellos debido a las columnillas que tan amablemente me permitían publicar en  El Chamuco, además de editarlos, evento en el cual tuve que hablar en público a pesar de mi acendrado temor a hacerlo, en que me encontré a un par de personas que dijeron leerme aunque yo no sabía nada de ellas, que sin saberlo me acariciaron mi tonta, infantil vanidad, y sobre todo mi anhelo de volver a Guadalajara pero de otra forma, al volver, mientras desayunábamos en un Wings del aeropuerto de Ciudad de México, un chamuco (no diré cuál, pero uno de los fundadores y por tanto de los originales) me habló de frente sobre la cocaína. Yo ni la había probado entonces, pero seguro quería comprobar esos efectos que la cultura pop -o más bien los actores al servicio de ella- nos han representado tan bien. No olvidaré lo que me dijo, dado que su trabajo es de una intelectualidad tremenda, que además involucra rapidez y humor: “Cuando vi lo mucho que me gustaba, lo mucho que me ayudaba a sacar mis cartones, la tiré a la basura”. Fue así, frente a nuestros chilaquiles, entre sorbos de café. No éramos muy íntimos, de alguna forma era mi jefe pero también mi colega. Sus palabras se me quedaron grabadas para siempre. Las dos veces que probé la coca (la “merca”) me lastimó mucho, en el pasado. Pasa que hay un punto de no retorno. Y si escribo esto es porque me inspiró Daniel Link, maestro, en este texto recuperado por Anfibia, “El túnel del tiempo”. Hasta nuestro mejor amigo uruguayo, Esteban, también lo dijo, también se lamentó, “esos chiquilines no sabían nada”. Lo que pasó hace unas tres semanas en Buenos Aires, en un evento electrónico en Costa Salguero, con cinco jóvenes muertos y tres en estado crítico, que habían ingerido alguna droga sintética (quizá éxtasis), cuyo principal componente era veneno. Nadie les dijo nada. Nadie les dijo cómo comprobar su calidad, cómo tomarla. Éxtasis. Jamás lo he probado y no niego las ganas. Mis tiernos sucedáneos eran otros. Tenía que ser en Uruguay, el país donde puedes comprar marihuana de la farmacia (si eres ciudadano). Tenía que ser allí, donde combaten las drogas con buena onda. Tenía que ser ahí, donde comprendí que se es artista sobrio o no se es.

Ninguna sustancia es inocua.

 

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Sobre Vinyl

 

“Nueva York, 1973”, letras blancas sobre fondo negro, y Vinyl ya (da por sentado que) te raptó, porque la promesa de Scorsese ocupándose del Nueva York de 1973 es muy atractiva. Es como si Vinyl se aprovechara del prestigio (¿era un prestigio?) de aquella época, aquella atmósfera, el Nueva York pútrido de los años setenta, para indicar un ambiente y un sentido (ninguna historia situada en esas coordenadas puede ser banal, susurra a medias). Pero la evocación es menos que real, porque parte de otra conocida: la de los años setenta neoyorquinos, construida en parte gracias al cine de Scorsese, por ejemplo en su emblemática Taxi Driver. Y entonces la primera escena de Vinyl trae recuerdos cinematográficos de Travis Bickle en su taxi (a oscuras los jadeos de un hombre, después la cara y el gesto de ese hombre, que toma del pico de una botella mientras está sentado en su automóvil, de madrugada, en un barrio feo), y la satisfacción es incontestable, porque recupera al Scorsese de entonces y lo hilvana al aire al de ahora (Taxi Driver y The Wolf of Wall Street, su última obra mayor, son dos puntas lejanas en una trayectoria, que aquí se intersectan): sus abyecciones neoyorquinas persisten, y sus hombres con dinero, y la violencia y el humor que la acompaña, y sus meticulosos retratos de placeres sensuales logrados gracias a las drogas, el sexo y sobre todo, en esta serie, la música.

Pero es necesario apuntar que ésta es una serie de diez capítulos y que Scorsese sólo dirigió el primero de ellos. Y ese sólo es fundamental, porque anticipadamente mancha el resto de la serie. No profeticemos. Sin embargo, es tan vistosa, tan fundamental, la diferencia entre el primer capítulo y el segundo (entre la primera parte del primer capítulo y el resto de la serie, cuando no hay más prestidigitaciones que puedan raptar o enganchar, cuando lo debido es un interés sostenido, creciente, por lo menos inquietante), que un temprano veredicto es válido e incluso necesario: Vinyl no es Mad Men. Tal como ninguno más fue Joy Division, ninguno Robert Plant, ningún otro Bob Dylan. Aunque lo intentaron. Porque la lección fundamental de Vinyl es que como la música no hay otra cosa, que su placer y su rapto son extremos, que abandonarse a su hipnosis no es ajeno a la mayoría de nosotros, que es incuestionablemente un arte y sólo unos pocos pueden apreciarlo en todo su esplendor, pero que asimismo encontrar esa música, acceder a ella, descubrirla, consumirla, pagarla, es responsabilidad de unos cuantos: record men, dueños de la música (o de su valor en el mercado), que buscarán repetir éxitos, mantenerlos, “darle a las masas lo que quieren”. Y si éste es el principal interés del productor Richie Finestra –encontrar la próxima canción maravillosa, el siguiente éxito, la música que moldea la cultura, lo Nuevo como valor–, el de Vinyl no es muy disimulado: ser la próxima Mad Men. Para ello, elementos derivativos: Nueva York de época (el año en que dejamos de asistir al mundo de Mad Men, una época que quedó en suspenso); un hombre en crisis; una empresa que debe sobrevivir; jóvenes creativos, bajo el ala de Richie, entre los que destaca una secretaria decidida en busca del ascenso; socios idiotas (sin el talento o, en este caso, la sensibilidad musical de Richie); una esposa frustrada en los suburbios; sexo, drogas, sexo, drogas, pero mucha más música, lo cual la salva, y apariciones un tanto paródicas de Robert Plant y Alice Cooper, etc. Pero poco más.

Vinyl supone que describe la pérdida del lugar que ocupaba el rock y la llegada del pop, es decir la pérdida del arte y la llegada del consumo, y lo triste que es esto (vender y destruir artistas, olvidar que “lo importante es la música”). Si en Mad Men había alguna duda sobre el valor del trabajo de Don Draper (después de todo, sólo era publicidad), en Vinyl el sitio del arte, de la música que es “pura” y “real” (adjetivos que emplea Richie para describir a The Velvet Underground & Nico, mientras los mira en vivo), no se cuestiona. Pero aunque observa a los encargados de poner a circular las obras que, efectivamente, moldean la cultura, Vinyl se observa poco desde afuera, no medita en sí misma críticamente, no se reconoce producto televisivo tan pop como lo que hoy se conoce como pop: la entronización del Rock, de la Era del Rock, es un tema fácil, es un gancho fácil, es un tema kitsch por excelencia (ya que Eco volverá a leerse estos días). Tiene un ascendente y no lo logra, no sólo por su incapacidad de capturar, tan bien como lo hizo Mad Men, el discurso ambiguo de la literatura (el cual era uno de sus mayores aciertos), sino porque sencillamente no es una obra nueva, o siquiera un producto nuevo, sino un poco la banda que quiso ser Joy Division, el solista que vendieron como el siguiente Bob Dylan, la obra que estaremos consumiendo en nuestra cuenta de HBO durante varias semanas, quizá años más. Aunque tendrá su virtud: se llama Bobby Cannavale.

Una versión de este texto se publicó originalmente en Vocero.

 

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Texto de un Word de febrero

Camina por ahí. Su cara de placer al restregarse contra mí. Los ojitos. Los cierra para decirme que me ama. Le gusta estar en su torre. Permanece despierto conmigo en la madrugada. Come un poco y truena con los dientitos las croquetas. Le gustan las latas de comida, el atún, el pollo, el jamón. Ha probado el arroz. Los chicharrones y la grasa de la carne. La primera vez lo quise alimentar como mi madre a nuestros gatos de pueblo. Es molestón. Se cae algo y quiere jugar con él. Araña. No hay más, no hay mucho más. Ahora acaba de subirse a la mesa, se pone delante de mí, relamiéndose los bigotes, olfatea, camina entre los libros y los cuadernos, a veces le gusta ponerse en la computadora, sobre las teclas, o acomodarse en mi regazo. A veces tiene una mirada satisfecha. Se masturba. Bosteza. Ahora está junto a las camisas por planchar. Se lame el cuerpo. Observa. Yo lo amo, lo amo.

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11:04 Ezeiza

No he escrito en el blog desde enero. Hay una entrada a medias, a la que a veces le he escrito pero que en general he abandonado, veladamente sobre el horror de febrero. Descubro que ahora tampoco hay mucho por fijar. Me encuentro en un asiento de la sala principal de Ezeiza, un sitio al que he llegado a conocer tan bien. Por fin en Buenos Aires, en el primer no-lugar que ofrece. Aterricé de madrugada y ahora espero a María. Fui a dormirme a un largo pasillo en el segundo piso, junto a unos ventanales, donde ya sabía que suelen dormir viajantes en tránsito, varados o indigentes  (un carrito de Despegar.com en lugar de uno de súpermercado). Bebo un americano Havanna tamaño súper. Malo. Ácido. Pasan dos judíos ortodoxos. A mi lado, un ruso cuyo olor me recuerda a alguien que conocí en el sur. Más de 24 horas viajando, pero no me quejo (tal vez sí, tal vez escribirlo, fijarlo, es quejarse). Piloto automático. Hacer lo que debe hacerse. Pero esta vez no bajé la cortina metálica. En el avión vi Inside Out. El lugar de la tristeza. El que es necesario. Pasé otra vez a Bogotá, brevemente. Dos vuelos distintos. Migración, aduana, maleta. Documentar. Una arepa, una espera sin signos. En el otro avión charlé con la vecina de asiento un largo rato, una colombiana. Pasé con ella migración, aduana, maleta. Yeceny, alcancé a ver en su pasaporte. Nos despedimos y jamás volveremos a vernos. Lo que sigue: un signo de interrogación. Espero que feliz.

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