Mayo primero

Mudanza

Otra vez me cambié de casa. De barrio, de vida. He vuelto a una zona donde antes viví, pero de otra manera. Los redescubrimientos. Un nuevo ángulo. Ventajas y desventajas urbanas (más, muchos más colectivos; más, mucho más acoso por las noches). Caminatas interminables, nuevamente la ciudad es posible a pie. Plaza San Martín, Puerto Madero, San Telmo, Corrientes, Barrio Norte. La luna de miel de los paseos y las combinaciones. El adentro, el agradable adentro. La luz. Lo que sirve mejor en un lado (la nueva ducha: inmenso placer; pero, allá, el balcón…). Lo que se extraña. Lo que no se extraña. Pero soy adaptable. Como el agua me introduzco en el espacio y adopto sus formas. Las superficies nuevas, los paisajes nuevos, los sonidos nuevos (el silencio durante las noches, ah: el caos está afuera, apenas traspasar la puerta, pero adentro nos envuelve un hipnótico ruido blanco). La vida compartida, y simultánea, y paralela. Las posibilidades. Dominar las cosas, dominar la estufa que me hace gastar los 222 patitos uno tras otro. Sin saber, ¿quién sabe las cosas que sucederán? Emocionada y también exasperada o quizás solamente cansada: dos meses anteriores muy duros, y accidentados, a veces de manera tragicómica, y repletos de experiencias nuevas, algunas bellas, otras muy tristes. Es decir, risas y llanto al por mayor.

Hice la mudanza en dos partes y cuando volví al día siguiente a la casa, al cuarto vacío, noté que los lugares sin nuestros objetos no son nuestros lugares.

/Empecé a escribir esto cuando estaba el Bafici todavía. Recuerdo todas las que he visto en un Bafici, y éste fue más cercano por tantos motivos.

/El calor no se va, vuelve como un eco. Está húmedo el ambiente, llueve poco./

/Este fin de semana llovió, al fin. Una tormenta eléctrica que derribó todo, dejó muerte a su paso. Durante horas, sin parar, cayó la lluvia./

/Murió mi abuelita Emma. Murió mi primo Joao. Con semanas de distancia. El no saber qué hacer con eso. Y la tristeza infinita./

/¿Cuándo volveré a escribir en mi blog? ¿Cuándo presionaré publicar? Antes de esto hay una entrada cortada, algo nuevo que salía al intentar recuperar el texto sobre el sismo que perdí. Empezó a aparecer el día 19 de marzo.

Escombros

Seis meses y un poco más. Me tardé un mes, mes y medio, en escribir algo que yo quería decir al respecto. El terremoto ocurrió un martes. El fatídico 19 de septiembre que es la fecha que recuerda la destrucción: de la ciudad y de las vidas, los ¿diez mil, treinta mil? (¿algún día tendremos una cifra certera?) cadáveres de 1985. El 19 de septiembre pasado yo tenía una cita médica y después iba a ver a mi primo Bef, que estaba con su esposa Gaby en Buenos Aires. A cierta hora de la tarde trabajaba y mensajeaba con amigos cuando entró un mensaje al grupo de Whatsapp familiar. Era mi mamá, preguntaba cómo estaban todos, si lo habían sentido. Un temblor sentido en Polotitlán no podía ser un simple temblor, tenía que ser un terremoto. Entré a Twitter y vi la foto de un edificio colapsado sobre Eugenia. No, primero vi la foto de unas grietas en el aeropuerto. Esa visión era grave. Pero el edificio colapsado me dejó en blanco. Me detuvo el corazón. Hubo un cambio en el interior. Sentí que se descuajaba algo. Y después fue consumir, sin interrupciones, más imágenes y más videos -había uno desde un piso treinta o cuarenta donde se veía una panorámica de la ciudad con huecos, auténticos huecos, de los que salían estelas de humo- y mandar mensajes, y preguntar a todo mundo, primero por los amigos con quienes hablaba, luego por aquellos que yo sabía que estaban, viven, trabajan en la Roma, la Condesa, la Narvarte. Los nervios y el llanto solitario. Salir a Buenos Aires y no reconocerme como habitante de esta ciudad donde todo transcurría con la normalidad debida aunque algunos me preguntaran cómo estaban mi familia y mis amigos y se preocuparan dentro de lo que era pertinente y siguieran adelante, pues, ¿qué entenderían ellos de un terremoto? El desastre natural está localizado, y eso lo vuelve específico, único, determinado de su origen: los terremotos en la Ciudad de México (en el Cinturón de Fuego y las regiones que hiende), y los huracanes y los ciclones y los duros inviernos y la sequedad que son fenómenos propios de otros lugares, cada lugar guarda su tragedia o su amenaza, y en Buenos Aires un temblor o un terremoto no significan nada, carecen de modelo de experiencia, son imaginados, lejanos, nunca fijaron su impronta, sobre todo en lo social, en lo colectivo, en lo emocional: el año 1985, los espacios vacíos de la Ciudad de México convertidos en estacionamientos, los edificios todavía derruidos, las edificaciones post-sismo, los parches, la fisonomía transformada. La actitud hasta religiosa de aquellos que que lo vivieron: evocación, temor y reverencia. El diario de Cristina Dovalí, que siempre me lleva a las lágrimas. El olor que algunos describen en el Centro Histórico. Olor a cadáver. La fosa común del Parque Delta: un estadio de béisbol antes, un anfiteatro después, un centro comercial ahora.

Había mirado las fotos del antes y el ahora. La esquina de Concepción Béistegui y Yácatas por la que yo siempre pasaba cuando venía del metro a casa -a la que era mi casa, a la familia que éramos entonces-. Medellín, cuando apenas a fines de 2016 cruzaba tanto por ahí en las horas libres de la oficina. O en aquella otra oficina de Oaxaca donde fui tan feliz y tan infeliz años atrás, y me sabía de memoria cada esquina de Salamanca. Ámsterdam, “la banda de Moebius”, dijo Gina una noche. Los lugares donde yo hacía mi vida en esa ciudad que anhelé tanto durante aquellos días caóticos, tristes, iracundos, pletóricos de llanto. La geografía emocional devastada.

Visita

Dos días después del terremoto me llegó una visita de Montevideo. La paradigmática uruguaya. Pero fuimos el terror la una para la otra, más ella para mí, aunque a veces no estoy tan segura… Por la tarde intenté dormir, llovía a cántaros afuera, y cuando desperté el cuarto estaba a oscuras, entraba un poco de luz grisácea por la ventana, y ella estaba sentada en la cama y me miró y me dijo que necesitaba salir, que se estaba volviendo loca. Intercambiamos las pesadillas. Las veces anteriores, en Uruguay, había sido mi sueño. Ahora me asfixiaba. Mi cuerpo se volvió un refugio, dormir para irme a otro lado y no enfrentar el desastre en que se había convertido todo, ¿cómo y de qué manera? Pero gracias a eso, cuando se fue, cuando por fin se fue y poco a poco, con el pasar de los días, intenté explicarme lo que había ocurrido, me senté y, pluma en mano, empecé el relato necesario de mi quiebre de, ahora, justo hace dos años.

Buenos Aires

Perseguía una idea aquí, pero ya la he perdido. No me voy. Decidí quedarme. Circularmente, vuelvo al barrio donde viví en mi primera temporada aquí. Pero es otro y yo soy otra. Sólo quedan huellas. La transformación continua. La ciudad nunca adquiere su faz definitiva.

.

.

Publicado en Isletas | Deja un comentario

‘El internet de las cosas’ de Pablo Duarte: voluntad y técnica

Publicado originalmente en CECLI revista.

En la quietud del asueto, bajo la luz de la mañana que de otra manera pasaría en la oficina —y que por eso también era extraña y novedosa— los objetos de su propio departamento se enrarecieron de pronto.

Entonces, Pablo Duarte miró.

Miró los objetos, luego los fijó. Con un lápiz y sobre papel blanco se dedicó a dibujar, sobre todo, electrodomésticos. Los contornos de una licuadora, las líneas rectas y las esquinas curvas del módem, dos lámparas contiguas que parecen conversar. En 2014 empezó a subir estos bosquejos a su cuenta de Instagramcon la etiqueta #malosdibujos.

Es verdad que en ellos hay algo de malhechura, pero deliberada: líneas salidas que bien podrían borrarse pero que el autor elige dejar ahí, en trazos que a la vez son limpios e hiperrealistas, con sombras y perspectivas, con detalles como nombres de marcas, raspaduras, y papelitos e imanes en la superficie del refrigerador (o heladera, o nevera, como prefiramos llamarlo). Dignos, estáticos, los objetos transmiten una melancolía o una impotencia que viene, nos damos cuenta de repente, de su inutilidad. De su corta expectativa de vida. De lo pronto que sus servicios dejarán de ser requeridos (una tosca aspiradora), de su perdurabilidad forzosa a falta de una mejor opción (los conectores de luz o los cargadores de teléfono), o de su desuso general (una caja registradora, una radio de pilas). “Pobres objetos”, nos obligamos a pensar, tan mortales y tan envejecidos y tan próximos a convertirse en desecho como cualquier cuerpo humano. Destinados a la inoperancia y, en algún sentido, a la aniquilación.

El libro El internet de las cosas recopila algunos de los #malosdibujos de Pablo Duarte (Ciudad de México, 1980). Se publicó a fines de 2017 bajo la licencia Creative Commons por el Centro de Cultura Digital, espacio multifuncional que opera en el sótano de la vilipendiada Estela de Luz de la Ciudad de México, y se encuentra disponible para su libre descarga en su sección de e-literatura, donde también hay otras interesantes obras de literatura digital y proyectos alternativos; uno de ellos es UnBotMás, instalación que estuvo en este espacio entre junio y agosto de 2017, y que se compone de un robot alimentado con textos de las autoras mexicanas Enriqueta Ochoa, Josefina Vicens, Rosario Castellanos y Nellie Campobello. Todavía tuitea en @botliterario1.

En el proyecto de Pablo Duarte también hay espacio para el humor. Los objetos hablan como chavos y aluden a la cultura digital en la que navegan. Junto al dibujo de la licuadora, una exclamación: “¡Mamá! ¡La licuadora está haciéndose pasar por mí en Facebook!”. La lavadora y el refri: “Ponle: «Aquí esperando a Godot», y taguéame”. Un artefacto de apariencia extraña, tan ubicuo en los tianguis mexicanos, advierte: “Googleame. En serio, soy conocido” (es la máquina para preparar eskimos).

Según el posfacio de Guillermo Espinosa Estrada, la idea subyacente del proyecto es la obsolescencia programada (un término popularizado por Bernard London y entendido como la creación de productos de mala calidad para incentivar el consumo constante). Me parece una manera un tanto perezosa de leer lo que se revela en los objetos excelentemente maldibujados de Pablo Duarte.

En su ensayo Apuntes sobre el tecnologismo y la voluntad de no querer (revista Artefacto, diciembre de 1996), el teórico argentino Héctor Schmucler recupera el origen de la palabra técnica –tan cara a la escuela de pensamiento marxista– en el término griego techné: aquello que implica conocer una cosa profundamente, comprenderla a ella, y, por ende, su producción. El concepto encierra en sí mismo la poiesis, es decir la poesía, es decir el momento creador. El vínculo de amoroso, renovado asombro entre el hombre y aquello que lo rodea, más parecido a la labor del artesano que a la del trabajador posfordista que no crea sino que produce y, por tanto, está desvinculado de su trabajo. Pero la técnica provocante, como la propone Heidegger según recuerda Schmucler, exige permanentemente de la naturaleza, la concibe como una proveedora de recursos. La provoca. Y el hombre, reificado, se vuelve un mero recurso humano, un productor.

El tecnologismo sería, así, la ideología dominante sobre la técnica: es tautológica porque no permite crear un discurso sobre ella, la considera una y necesaria, y, de este modo, la reafirma; además, la opone a la no-técnica y la excluye de la voluntad humana. Extirpa la poiesis. Vamos: lo que se juega aquí es la libertad, el progreso entendido como la máquina que deshumaniza y borra, la técnica ante la que el ser humano se rinde. El tecnologismo detiene el tiempo ya que declara superfluo el pasado, pues “para la técnica moderna no hay más futuro que el de su propia multiplicación dominadora; verdaderamente no hay futuro sino una expansión mimética del presente”.

Cuando Duarte dibuja las máquinas las humaniza sólo porque están degradadas, o porque están a punto de serlo aunque no lo sepan: el iPhone le habla en algoritmos a la máquina registradora, que responde con los caracteres del código ASCII. Ninguno sospecha –porque en su existencia son puro presente– aquello que Schmucler advierte: sólo importa el futuro, el modelo siguiente. Cuando la máquina se descompone se individualiza: ya no realiza su destino, abdica de él. Pero también se dignifica cuando confía en su viabilidad –en un desempeño de una sencillez tal que tiene que ver más con la pericia que con el discurso– a largo plazo: una imponente cafetera italiana. A mí, por lo menos, ese instrumento tan antiguo todavía me maravilla.

Entonces Duarte mira la técnica, y al capturarla mediante lo que podemos categorizar como arte, la comprende como poiesis. Si la reproductibilidad se traslada al papel, si se anula el uso y la acción para abrir paso a la contemplación, Duarte puede constituirse como un artesano que encuentra la poesía en la tecnología. Y en esta operación también puede encontrarse, sobre la técnica, el triunfo de la voluntad humana.

.

.

Publicado en Penínsulas | Etiquetado | Deja un comentario

Call me

Crisis. Crisis tras crisis. Mucho trabajo. Esa forma de meditación que es el demasiado trabajo. Cómo embota los sentidos. No me escribo, no anoto las cosas para recordarlas. Tengo entradas a medias aquí. Llevo semanas con el deseo de escribir de Chile, de ese viaje tan intenso y por eso tan perfecto, que contuvo todas las emociones, los picos y los abismos, y las casualidades o sincronías, ¿o qué eran, qué fueron? Había crisis entonces y no se apaciguaron al volver sino que la bola de nieve rodó y rodó y su fuerza y su velocidad me alcanzaron y fui arrollada, y sigo respirando entre la nieve o el calor, empezó a hacer calor, y luego el calor se trasladó a otras partes de mi cuerpo y en medio del desastre, el placer, y los dos polos del sentimiento, hace unos días quería escribir esto, aunque ya no tiene mucho caso, porque no puedo dejar de pensar en Call me by your name, la fantasía o el ideal de un amor, y la dicha y el dolor que emanan de él. Y la duración, el estudio de la duración. Porque el tiempo objetivo ocurre afuera, el calor y el sol y la lluvia y la noche y el día, y la atmósfera de los sitios donde ocurre el amor, y el paisaje, y a partir de ellos el dibujo de un pequeño mapa (el amor encontrado en el verano, sus llamas que en invierno arden todavía). El deseo, el deseo animal: la experiencia que es, toda sí, profundamente erótica. Y del amor, lo sagrado de su recuerdo. Yo tampoco quiero estar en bancarrota y volverme cínica y cada vez dar menos, tengo que desdecirme porque pensar que no me enamoro es pensar mal Ah: esta lujuria doliente, dice Francisca Valenzuela justo ahora. Pero he escuchado más a Javiera Mena últimamente. Otra era. Luz de piedra de luna. Dentro de ti (¡más, más Dentro de ti!)

Oye, tú que has andado por las Islas Baleares
navegando en un yate por el Mediterráneo

Yo te pregunto si tú
fuiste
dentro
de ti

Y con ésta que escucho mientras efectúo deberes por las calles de esta ciudad, sudando por el calor húmedo y quemante:

Y vuelvo por ellas a Chile. Un poco se cuelan Gepe y Teleradio Donoso y Alex Anwandter porque me han aparecido en su estela. Conjurar la experiencia (en algún lado, aunque sea en el blog; incluso más en el blog porque estando allá creí que ya no lo tenía, y sufrí su pérdida o la idea de su pérdida). Y entre ese viaje y ahora he ido dos veces a Uruguay, con resultados altamente uruguayos. Allá siempre Me Pasan Cosas. Ahora acaba de irse Tania: fue testigo de mis crisis, de mis reacciones a los problemas inesperados, de mis entretenciones, de mi llanto y mi enojo y mi mal humor y mi verborrea. Y mis dotes, las que tenga, de anfitriona y paseadora. Nuestras bromas. No acaban. Nos reímos tanto, tanto. Y en tantas cosas importantes nos entendemos tan plácidamente. Fuimos al Lorca a ver Lady Bird. Al Abasto a ver Call me by your name. Ella asistió a museos, yo me quedaba trabajando, fui a juntas en Villa Crespo, largas llamadas a los bancos. Siempre me joden cuando estoy en Argentina. Conocimos personas. Los tres muchachos de la rambla: uno de Boston, otro de Múnich (München), otro de Colonia (Köln). Los dos uruguayos. El muchacho que atendía el Happy Hostel que se parecía a John Snow uruguayo (su doble en el Sur). La muchacha española (de Valencia). El muchacho colombiano (de Bogotá). El trasero del empleado uruguayo del Buquebús (digno de mención). Paseos con Guille. El músico del Flux un lunes por la noche. La muchacha de la extraña técnica ligadora en Feliza. Y San Telmo y la Plaza San Martín y Recoleta y Callao. Mi rume y sus peculiaridades. Los ancianos de las empanadas (¡brindan tanto y no con nosotros!). Vino gratuito en el Malba. Noodles con Alicia. Un tren de Retiro al barrio chino. Comimos mucha pizza y muchas empanadas y tomamos mucha cerveza y mucho vino y mucho café, y ahorramos y estiramos la plata como en los rotísimos días de la universidad. Probó la belleza de una buena chipá (la expreso mal, según un artículo:

La chipa o el chipá.

Femenino y sin acento en Misiones y Paraguay.

Masculino y con acento en el resto del Litoral.

Rico en todo el nordeste.”)

Me tengo que mudar de casa, encima. Mudanza número 20, ó 21. El personaje sin domicilio fijo.

O volver a México.

¿Volver a México?

Estos días solamente escucho Visions of Gideon  y su I have loved you for the last time que probó ser agorero.

Gracias a Call me by your name me acordé mucho de una novela erótica que me encanta, de Alfonso Paso, Solo diecisiete años, una novela que no figura en nada de nada, que encontré entre los libros de mi papá cuando tenía doce o trece años, que leí con voracidad, con excitación, con culpa; ahora veo que se trata de una edición de Losada de 1969, en mi mente está indeleble la tapa con la ilustración sesenterísima de una muchacha de piel anaranjada y pelo violeta, y -también veo por internet, ya que mi libro se quedó en México- precedida por una cita de Marcuse, recogida en la contratapa:

“Ante lo que no entiendo, ante aquello que me parece terrible pero que existe, no me dispongo a juzgar. Lo escucho, oigo las razones y sólo lo desprecio cuando me parece fruto de la espantosa civilización represiva que nos ha tocado vivir. Si es un impulso natural, lo justifico en el acto”.

Mi edición con una etiqueta de ¿Aurrerá? ¿Gigante?

Una adolescente francesa se hospeda con sus padres en un hotel costoso, impersonal (adentro siempre hay “un frío químico”), en Torremolinos. La playa. Conoce a Víctor y Alicia, una pareja de españoles que sale al pueblo a bailar. La pareja y la invitada. Hay, narrada, la masturbación de una adolescente. El orgasmo como un patito que sube y sube. Hay tanto erotismo, tanta obsesión y desapego y bisexualidad, tanto misterio y ambigüedad y frustración y lentitud y esperas lánguidas y exquisitas, tanta luz mediterránea sobre cuerpos dorados en esta novela. Un libro del que nadie escribe, nadie se acuerda, de un dramaturgo que escribió y montó mucho en su época.

Una fantasía, le decía a Ana. De personas hermosas en escenarios idílicos. Una fantasía en la cual perderse, como hacía Emma Bovary. Y así entre los problemas de dinero, de burocracia, de legalidad, de bienes raíces, de facturación, de entregas urgentes, de documentación, de salud, de amor, de cambio total de vida, me pierdo un poco en la fantasía italiana de Oliver y Elio Elio Elio.

.

 

Publicado en Isletas | Deja un comentario

Buenos Aires, 764 carta de amor

Conozco la ciudad. Pero ya no puedo mostrársela a nadie. He abandonado ese proyecto. ¿A cuántos amigos y amigos de amigos he paseado por las calles de Buenos Aires? Caminatas de un día, una tarde, una noche, varios días durante una semana. Repito los datos que he ido aprendiendo a solas o, a veces, con otros, y en el fondo me siento un poco una guía de turistas fraudulenta, improvisada, repleta de inexactitudes. Los digo con amor, sin embargo. Mi edificio Kavanagh. El departamento de Borges en la calle Maipú 994 6B. La avenida más ancha entre comillas. El Rodin de Congreso. La fiebre amarilla que devastó San Telmo. La plancha de metal que confina el cadáver de Eva Perón en el cementerio de Recoleta. La estrella de Cerati en Corrientes. Carlos Thays y sus parques y jardines. Las estatuas de Borges y Bioy Casares en La Biela, con el servicio renovado cada día. Y el besazo de protesta ahí mismo, cuando sacaron a dos mujeres que se besaban. La calle Arroyo que es mi pequeña París. Y en fin. A quién podría mostrarle todos los rincones que me sé, los menos espectaculares. Ahora descubro otros, después vendrán más. Pero esa ciudad inabarcable es apenas abarcable para mí misma. A nadie podría mostrarle todo lo que ya sé.

María. Tania. Hasiby y Víctor. Tony. Jordy. Maggie. César. Luis. Perla y Alicia. Henrique. Roberto. Midori y Tania (II) y Maite y Víctor (II). Diego y Gina. Rafa. La uruguaya.

Hay que tener disposición. Dejarse querer por los lugares y sobre todo quererlos. Así mido la energía y la curiosidad y la destreza de la gente, y cómo reaccionan y qué observan y qué preguntan o les interesa o desinteresa. Cuánto pueden caminar en un día. Qué cosas van a querer comer, comprar. Cómo administrarán sus días en la ciudad de Buenos Aires.

Pero se van. Vuelven allá de donde vienen. Yo me quedo. Sigo conociendo, ensanchándome la ciudad. No como antes, ya no. El método de exploración ha cambiado, se ha sofisticado. Oh, qué sé yo.

Luego está que un viernes o un sábado voy en el 15 de madrugada, volviendo de algún lado, y el colectivo va lleno de personas jóvenes que también vuelven de algún lado, amigos y amigas, novios y novias y novies, y están los que se ríen y gritan y cantan y se besan, y quien mira su teléfono o va con los ojos cerrados, y quien contempla lo que sucede detrás de la ventana o cuya cabeza cuelga y sus brazos también y su cuerpo grita el cansancio, y entonces yo siento mucho amor por todos y que una cosa nos une que no puedo explicar pero que sólo puede suceder en esta ciudad en este año en esta época.

.

 

Publicado en En el sur | Etiquetado | Deja un comentario

El canto de Temporada de Huracanes, de Fernanda Melchor

Publicado originalmente en Página Salmón.

En la primera imagen, cinco niños se dirigen a jugar pedradas por un canal que sube al río. Son cinco, con un líder que los guía entre el pantano. En el lenguaje hay un augurio: los niños se preparan para una batalla, conforman una tropa, están dispuestos a inmolarse y ninguno de ellos confesaría que siente miedo. Entre las aguas encuentran un cadáver, “una máscara prieta que bullía en una miríada de culebras negras, y sonreía”. Con el cadáver se revela un crimen, y la novela avanzará como una investigación polifónica que reúne testigos, cómplices y objetos que son pistas o huellas recurrentes.  Esto no alcanza, sin embargo, para clasificarla en el género de lo policiaco, pues Temporada de Huracanes (2017) aspira a algo más, está plenamente al tanto de la geopolítica y la corpo-política de su enunciación (o, mejor, de su canto): los niños que marchan como soldados tienen impresa en el cuerpo la marca de aquello que los espera al crecer, las opciones mínimas con que cuentan los hombres que habitan los márgenes tropicales: sicarios, militares, consumidores. Colaboradores, y por tanto obreros, de una economía narca que ya no tiene que nombrarse, explicarse, justificarse: se funde en lo vivible.

El asesinato de La Bruja es la espina dorsal de la segunda novela de Fernanda Melchor (Veracruz, México, 1982). El texto apunta, desde el epígrafe, a su genealogía literaria y el procedimiento mismo de escritura: “Algunos de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios”. La advertencia es de Jorge Ibargüengoitia en Las muertas (1977), que pasa por el tamiz de la ficción el caso de las hermanas González Valenzuela, Las poquianchis, tratantes de personas y asesinas seriales a mitad del siglo XX. Fernanda Melchor, para su novela, se basó en algunas historias tomadas de la nota roja veracruzana.

Con distintos posicionamientos y niveles de profundidad, la crítica mexicana lleva tiempo discutiendo la importancia o la banalidad de retratar la violencia: su ética, su incidencia estética. La narcoliteratura se publica desde los años noventa, pero su mera existencia y ya no su valoración se ha convertido en un tema central desde que, en 2006, la guerra contra el narcotráfico promovida por el sexenio calderonista devino guerra civil, y la violencia se recrudeció en múltiples zonas de México. Entonces la pregunta por el reflejo surgió nuevamente: ¿puede la literatura nombrar la realidad violenta de un país? O quizás no, quizás la pregunta era otra: ¿cuáles serían, en adelante, los temas del realismo, su materia prima? A medida que las plazas se calentaban, las mesas de novedades se llenaban de novelas y libros periodísticos sobre el narcotráfico, y si lo que se cuestionaba era su calidad u oportunismo, la pregunta verdadera por el reflejo quedaba en pausa ya que, probablemente, es un debate que no puede resolverse, ni siquiera desde la crítica literaria marxista. Ya Raymond Williams, en Literatura y marxismo (1980), argumentaba que las realidades sociales no se reflejansimplemente, sino que pasan por un proceso de mediación que termina por modificarlas: “El arte no refleja la realidad social; la superestructura no refleja la base directamente; la cultura es una mediación de la sociedad” (1980: 119). Es necesario preguntarnos, con Williams, si el arte refleja el mundo verdadero, no sus apariencias, así como la manera en la que pensamos hoy una categoría estética como realismo. En el siglo XIX, recuerda el teórico galés, se la pensaba como una respuesta al arte que se consideraba falsificador. ¿Podemos elaborar una distinción tan tajante y binaria de lo material –la realidad real– y el lenguaje –lo que, tradicionalmente, implicaría una función simbólica– en lo que respecta a las condiciones de existencia?

No es ocioso preguntarnos esto: Fernanda Melchor es periodista, y al tiempo que publicaba Falsa liebre (2013), su primera novela, aparecía simultáneamente una colección de sus crónicas periodísticas que abordaba la violencia del narcotráfico en Veracruz, Aquí no es Miami (2013). Se espera, pues, que la autora trabaje con el realismo y, sin embargo, Temporada de Huracanes, también pensada como novela negra, es una obra salpicada de elementos fantásticos.

Su realidad, en todo caso, está localizada: municipios marginales del trópico, una región asociada, por su confluencia histórica, con los rituales de santería. La muerte de La Bruja no es obra del narcotráfico (o no del todo); el descubrimiento de su cadáver no se asemeja, así, a los hallazgos monstruosos de cadáveres en la vía pública: descabezados, descuartizados, mujeres violadas y cercenadas. La historia de Temporada de Huracanes, al igual que la de Falsa Liebre, parece suceder momentos antes del azote de la violencia, una instantánea fijada durante los segundos previos a la develación del horror, lo que equivale a decir su revelación pública, su asunción como problemática social discutida colectivamente. Pero el narcotráfico está ahí, en los hechos, como estructura omnisciente: como la ley verdadera del pueblo (el comandante y los policías están a su servicio, no metafórica sino utilitariamente: forman parte de su planilla de empleados) y como el proveedor (de trabajo, de experiencias, de un nuevo orden). No hace falta, entonces, dedicarle la novela al tema del narcotráfico, porque éste ya está incorporado de raíz. ¿Hay realismo mexicano sin narco, hay realismo cosmopolita sin la violencia del capitalismo?

No el tratamiento estilístico del tema, como en Trabajos del reino (2004), de Yuri Herrera, una novela que parece haber conseguido el consenso de la crítica, ni una obra más convencionalmente comercial, como Perra brava (2010), de Orfa Alarcón, por nombrar dos libros que entran en la clasificación de narcoliteratura. En Temporada de Huracanes se trata de una realidad que ya viene abastecida con el tópico de la violencia, y agrega otros más, desprendidos de ella: el transfeminicidio, los crímenes estructurales e institucionales contra las mujeres, las cárceles de la educación y la religión. Lo que Fredric Jameson, en Una modernidad singular (2004), llamaría lo dominante, a su vez imbricado en lo determinante, es decir, las formas de producción.

Pero, ¿qué significa esto? ¿No se trata de distinciones poco productivas? Me interesa detenerme aquí un momento. Conceder la tesis de la desautorización de lo narcoliterario, argumentada por el escritor Heriberto Yépez en dos ensayos académicos disponibles en su blog.  Si la crítica y la narrativa avanzan de manera paralela, si entre lo que se publica y lo que se dice sobre lo publicado hay un diálogo, una muestra muy acotada de la narrativa mexicana con más presencia en los medios y en el boca en boca sugeriría una consigna, una elección frente al hartazgo del narcotráfico y la violencia: la indiferencia, no ante la violencia, sino a su tratamiento como material literario. El escritor Gabriel Wolfson, precisamente en su crítica a Temporada de Huracanes en la revista Crítica, lo resume como la opción a hablar sobre lo que pasa. Entonces, si atendemos esta categorización de lo publicado por los contemporáneos de Melchor, nos encontramos con las obras que hablan sobre lo que pasa (que intercambian dudosas estrategias con el periodismo, como La fila india, de Antonio Ortuño, de 2013), y las que se ocupan de otros problemas, teóricos por ejemplo (pienso en la colección de cuentos de Daniela Bojórquez Vértiz, Óptica sanguínea, de 2014, que dialoga con Barthes y Bazin), o que transcurren en atmósferas reconocibles –ciudades mexicanas en la segunda década del siglo XXI– donde la violencia no hace mella (En medio de extrañas víctimas, de Daniel Saldaña París, de 2013; Conjunto vacío, de Verónica Gerber, de 2015). A grandes rasgos, éste podría ser el problema que enfrenta la nueva narrativa mexicana: su toma de postura ante el conflicto que ofrece lo material, la base de la que participamos como habitantes de un territorio. El viejo conflicto: si hay un deber. Si hay un reflejo posible. Si es responsabilidad del arte dar cuenta de lo que pasa.

A la vez, hay una preocupación ante obras como Temporada de Huracanes, donde la piedra de toque es la miseria, un apego descarnado a la ruindad en todos sus aspectos que corre el riesgo de espectacularizar lo marginal. Hay muchas observaciones que pueden hacerse al respecto, pero una que me parece pertinente, aunque su objeto es otro muy distinto, es la que elabora Silvia Rivera Cusicanqui en su reflexión sobre sociología de la imagen y sus primeros trabajos en video. En un artículo sobre historia oral en la revista ecuatoriana Chasqui, donde refuta a aquellos que creen que se trata de un ejercicio pasivo, Rivera Cusicanqui se refiere a la “vulgarización de la práctica de la historia oral (que es) moneda corriente en muchas ONG que practican una suerte de “populismo” retrospectivo, donde la memoria de viejas sumisiones se canaliza hacia un discurso del lamento”. Traigo a cuenta a Rivera Cusicanqui porque me parece que la pregunta que habría de plantearse no es si ciertas obras tienen un compromiso ante la realidad, sino si poseen una postura descolonizadora, es decir, si están interesadas en constituir nuevos sujetos. Además, siempre puede argumentarse que lo político no está ahí, en los temas. En El autor como productor (1934)Walter Benjamin ya había hablado, en un contexto igual de urgente, sobre la tendencia política correcta de una obra, que no necesariamente se encuentra en las opiniones de un autor, sino en la técnica de la obra, en su resistencia al sentido.

Hasta aquí el planteamiento de una pregunta, para mí, sin respuesta. Al fin y al cabo, lo que me interesa señalar es el lenguaje de la novela, una oralidad que amenaza con volverla ilegible. Una postura que, más allá de su compromiso con retratar la realidad, se compromete con trastornar la lengua. Melchor no inventa un estilo del modo en que lo hizo un escritor como Daniel Sada, que se nos aparece como nuevo y original y delirante con su mezcla de habla coloquial y arcaísmos y culteranismos, y cuya invención acercaba sus obras a la poesía. Pero sigue su senda.

Temporada de Huracanes se compone de ocho capítulos que son, a su vez, larguísimos párrafos sin puntos y aparte, que manan con una cierta cualidad líquida, sin interrupciones. Pero la voz transita, y el discurso directo e indirecto libre alterna con la primera persona y aun con el narrador omnisciente, en una escritura coral que en los cuatro capítulos intermedios se concentra en la perspectiva de cuatro personajes: la Lagarta, el Munra, Norma y Brando. Antes de conocerlos, como la puesta en escena del territorio que acogerá la tragedia, el segundo capítulo parece narrado indistintamente por las voces de las prostitutas que llegaron a conocer a La Bruja y por los primeros hombres que se sirvieron de ella, pero también –y ya desde aquí hay un desvío– por la memoria del territorio donde está asentado el pueblo de La Matosa, por las tierras y las brumas cenagosas, las yerbas que crecen en el cerro y las viejas ruinas que son las tumbas de los antiguos, los habitantes primigenios, anteriores a los gachupines. Aquí están los restos, el detritus, no de la colonización, sino del “huracán del 78” que arrasó la tierra y enterró todo. Este territorio devastado es el escenario donde ocurre el crimen que inaugurarán o acompañarán otros, que predice con su brutalidad una devastación de otro orden.

Barthes anotó que la palabra hablada es irreversible: lo dicho no puede desdecirse si no es por adición. Los personajes hablan, chismean y testifican: la ley, así, se produce en el hecho de hablar. Pero la frase estricta como sentencia o palabra penal se eleva al ritual que es el canto en la que, para mí, es la escena clave de la novela: el descubrimiento de que lo que sucede al interior de la casa de La Bruja, donde se reúnen varios adolescentes para consumir drogas y a veces, a cambio de ellas, efectuar actos sexuales. Se trata de una actuación de extrema sencillez, de extrema inocencia y de extrema grotesquidad: La Bruja se disfraza y canta. Canta para un público narcotizado y a esas alturas indiferente, que simplemente la tolera. Pero no es este canto el importante, sino otro. En su conceptualización de las sirenas, en Fantasmas (2009), Daniel Link habla del canto que encanta, su poder de seducción. Tras la actuación de La Bruja, Luismi toma el micrófono. Así Brando, su amigo, se entera de que el apodo no es una cruel broma por su aspecto (mejillas roñosas, flacura, pelo encrespado), sino por el parecido de su voz con la del cantante Luis Miguel.  

Pero lo más cabrón vino después, cuando el choto se cansó de ladrar sus canciones culeras y el que se paró a cantar al micrófono fue el pinche Luismi, y sin que nadie le dijera nada, sin que nadie lo obligara a hacerlo, como si el bato hubiera estado esperando toda la noche aquel momento para tomar el micrófono y comenzar a cantar con los ojos entrecerrados y la voz algo ronca por tanto aguardiente y tantos cigarros, pero aún a pesar de eso, no mames, pinche Luismi, ¿quién iba a decir que ese güey podía cantar tan chido? ¿Cómo era posible que ese pinche flaco cara de rata, hasta el huevo de pastillo, tuviera una voz tan hermosa, tan profunda, tan impresionantemente joven y al mismo tiempo masculina?

Las sirenas arruinan a quien las mira o, mejor dicho, a quien las escucha. “Las primeras representaciones de las sirenas las muestran con garras y apariencia de buitre o aguilucho (siempre como criaturas hostiles)” y, según recuerda Link, a veces se las asoció con los Tritones por estar descritas con barbas o por sus cantos de voces masculinas. De cualquier manera, en ese breve paréntesis del horror continuamente descrito en Temporada de Huracanes, en ese espacio que no admite la alegría, la compasión, el humor, incluso el descanso, hay un atisbo de amor o por lo menos de enamoramiento y deseoY después de las pistas que son objetos, detalles recurrentes, queda una última presencia, fantasmal: la madre, la maternidad podrida, el matricidio. Aquello en falta.

He pensado que la glosa no le hace ningún favor a Temporada de Huracanes: una suma de arquetipos (o ya directamente estereotipos: la prostituta, el drogadicto, la niña violentada), un resabio de realismo sucio que coquetea con la magia negra, la delectación en el espanto, la violencia, el efecto, es decir, lo que pasa. La realidad más cruda. Podemos leer, o más bien escuchar, otra cosa, sin embargo: un género revolucionado por la oralidad que no transige ante la ilusión de la legibilidad, de la traducción, de la circulación por una región aplanada por un castellano pretendidamente neutro. Un canto grotesco de sirenas, una palabra que parece hablada pero está escrita, fijada, y aún así es irreversible. Un iris bien loco, dice Brando, o más bien canta, cuando recuerda el terror que le producía la Bruja cuando era un niño. Hay un canto. A veces no podemos entenderlo, pero nos horroriza y, todavía más, nos seduce.

.

.

Publicado en Penínsulas | Etiquetado | Deja un comentario

Gatos

Descubrí tarde (¿o quizás ellos no estaban ahí antes?) que los vecinos tienen dos gatos, uno negro y otro blanco y negro. Suelen ponerse en el pretil de la ventana. De dos ventanas que puedo ver, a mi vez, desde la ventana del baño. Nos separa un cubo. Un día miré y ahí estaban los dos, con su jorobita aterciopelada. Me infarté, me alegré, pensé en el tiempo perdido de no admirarlos mientras podía. Les hablé. Bishito, bishito. Hermosos. Mooosos. Shiii. Quién es el más guapo. Quién. Y los dos me miraron y cerraron  los ojos con displicencia. A partir de entonces siempre voy a fijarme si están. El que sale más a menudo es el negro. A veces está de espaldas. Lo veo y le hablo. Muchachooo. Boniiiito. Y el tipo voltea, me mira con sus ojos amarillos e indiferentes, y vuelve a lo suyo. Pero a veces se me queda mirando. Yo le cierro los ojos, el lenguaje del amor gatuno. A veces también me los cierra, informándome que me ama igual (nuestro amor a distancia, de voz y miradas, prohibido el tacto y las caricias). En la noche también me fijo: cuando tengo suerte, el negro está en la ventana más alejada, y su cuerpo se pierde en la oscuridad, de manera que sólo veo los dos puntitos fulgurantes de sus ojos, que aparecen y desaparecen entre la negrura. Un día pensé: quien viera eso, sin saber, se asustaría. Las dos canicas brillantes (no: coruscantes). Flotantes. El asunto de los ruidos, la presencia dentro de la casa. La casa enorme, antigua, pisos de mosaico, escaleras de mármol y cuatro plantas, en la que he vivido sola unas tres semanas. La noche en que la ventana del baño estaba cerrada, ¿la cerré yo? La otra mañana en que la puerta en medio de las escaleras amaneció abierta, ¿la abrí yo? Golpecitos. Pisadas. Pero vivimos tantos juntos, de alguna manera, pared con pared, que todo es explicable. Justificable. Entendible. Yo miro a los gatos. Los gatos me miran. Pensé hoy: ¿Cómo miran los gatos? ¿Distinguen colores, siluetas, temperaturas? La ventana del baño no abre entera, jalamos una palanca desde arriba y sólo revela tres cuartas partes de afuera. ¿Y si el gato no me mira? ¿Si no distingue mi cara? Cuando le hablo busca la fuente del sonido. Describe un círculo con la cabecita. Por fin me encuentra, me mira impasible. Pero hace rato me miró como con intriga. ¿Y si no me viera? ¿Y si yo le diera miedo?

.

.

Publicado en Isletas | Deja un comentario

Llegar a Chile

Me fui en subte. Iba tomar el 7, pero me dio miedo llegar con prisas (tenía más de hora y media a mi disposición). El autobús saldría a las siete de la noche. Quince horas desde la terminal de ómnibus de Retiro, en Buenos Aires, hasta Mendoza. De modo que caminé a la estación La Plata, luego combiné con Independencia. Llegué a Retiro con mucho tiempo de sobra. Cargaba dos mochilas. Caminé hasta las boleterías, me fijé que tenía casi sesenta minutos de espera, regresé a pie a la estación de ferrocarriles -en el camino compré una arepa, iba comiéndola, un hombre en el piso me pidió algo, le di la mitad de la arepa, ¿qué es?, me preguntó; un pan colombiano muy rico, le dije-; me tomé un té en el Havannah, volví, compré dos chipás para el camino, entré al baño, después al autobús: el aire acondicionado estaba muy fuerte, me envolví en la bufanda, dormité mientras tomábamos la 9 de Julio, la autopista; en Merlo se subió un muchacho y se sentó a mi lado; era murguero, me dijo, 18 años, llamado Brian, su primer viaje lejos; charlamos mientras nos servían la cena: un sándwich de miga horrible, un guisado de pollo, un vaso de “gaseosa de pomelo”, y mientras tanto el terromozo organizaba un juego de Bingo cuyo premio era una botella de vino. En las dos hileras de asientos había un grupo de amigos insoportablemente argentinos, ruidosos, boludos, Brian y yo reíamos, nos sonreíamos amigos, luego apagaron las luces, pusieron No manches (coma) Frida; los argentinos se reían sinceramente de Omar Chaparro, yo detestaba pero a veces, de puro jamaicón, también me reía. Otra vez pusieron música (llegaron a Marco Antonio Solís luego de pasar por Divididos, Los Fabulosos Cadillacs, Soda Stereo), la mayoría se durmió, ronquidos y suspiros, y yo apretada entre Brian y la ventanilla, padeciendo el insomnio. En mi iPod había guardado un episodio de Saturday Night Live con Elizabeth Banks, me reí en silencio, miraba las luces de la carretera, las estaciones de servicio, la línea que cruza el país por la mitad. Mis piernas acalambradas. A las 7 de la mañana hicimos una parada, bajé al baño, luego me dormí enroscada en dos asientos libres, apenas había logrado perder la conciencia cuando ya llegábamos a Mendoza.

La habitación del hostal no estaba lista. Dejé mi mochila y salí, insomne, a caminar por las calurosas calles de la ciudad, en una dirección contraria a mis planes que me llevó a Godoy Cruz, donde entré a un súper chino y compré agua y le pregunté a un muchacho que bebía mate, sobre un escalón, si estaba muy lejos la plaza Independencia. Hace ochos años yo había recorrido esa ciudad con Peter, también estaba a punto de cruzar a Chile. Hace ocho años: mi post de entonces, oh. Falsa nostalgia.

Después: los sonrientes mendocinos, con un acento achilenado que pronuncia en argentino; el inmenso parque San Martín, la helada cerveza blanca Andes y un pancho indulgente, una librería Yenny y el lago y la caminata y, de noche, el taxista gracioso y atrabancado que ante la pregunta de qué toman los mendocinos respondió FERNÉ convencido, el cansancio, la conversación de dos chicas inglesas en el cuarto, a punto de dormir, que llevaban muchos meses viajando. Luego: levantarme muy temprano, bañarme con agua tibia, desayunar una excelente medialuna y un café y un jugo, y llegar a la terminal, y cambiar 400 pesos argentinos por 13 mil pesos chilenos, y subir al autobús, al asiento en la primera fila del segundo piso que había reservado con antelación, pues era uno de los objetivos y razones del viaje, y leer de pasada el diario Los Andes que habían dejado en cada asiento, y luchar con el sueño a razón de la ley de Murphy (cuando quiero dormir no puedo; cuando no debo dormir, cabeceo). Un café negro y la carretera. El Aconcagua. La vid. Los Andes. El cruce fronterizo de Los Libertadores, esa especie de bodega enorme donde se estacionan los autobuses y a su alrededor hileras de coches, y familias con atuendos de escalada, y gorritos, y un aire frío que sopla, y las primeras apariciones de los carabineros, que me causan tantos sufrimientos, ¿será porque su uniforme tiene aspecto militarizado, o así me lo imagino? A mi lado iba una pareja de señores brasileños que, antes de llegar a la frontera, se apuraron a comer unas manzanas verdes; codicié tanto sus manzanas que, en un kiosco ya chileno, a la entrada de la bodega, quise comprar una, pero era imposible, a esa altura, adquirir cualquier producto orgánico. Por fin, la cuesta de los Caracoles: 29 curvas en ochos, o en infinitos. El túnel Cristo Redentor. Yo sacaba videos y fotos, cada cosa afuera era hermosa y fascinante: el río, las piedras en medio del río, el agua cristalina, las montañas de cúspides nevadas.

Llegué a Santiago. Los edificios y, ¡ah!, la cordillera. Lo que hace a la ciudad tan diferente, esa cadena montañosa que vigila y guía y cambia de colores y densidad. Salí de la terminal Sur y caminé unas cuadras y descendí a la estación Universidad de Santiago (ya había olvidado los rombos en el logotipo del metro santiaguino) y compré un boletito horario punta y tomé la línea roja, hice transferencia en Baquedano (¡recordaba el aspecto de esa laberíntica estación!) y seguí en la línea verde, y llegué al metro Bellas Artes, y afuera estaba lindo y soleado y había chicos hippies vendiendo ropa de segunda mano y panqués veganos y libros, y graffitis artísticos en las paredes y en las aceras, cafés y bares, y yo caminé perdida para encontrar la calle Santo Domingo y el hostal Avión Rojo, con dolor de hombros y de cuello y de espalda, la mochila roja y azul amarrada a la cintura, la azul y morada y rosa por delante, la calle Monjitas, la calle Miraflores y la Mosqueto y ¡por fin! dar con la puertita, y subir desfalleciendo, y efectuar los trámites con el muchacho venezolano de ojos bonitos con el que luego, días después, conversaríamos Marisol y yo, a pesar de que siempre tenía una expresión contrariada en el rostro y continuamente me aclaraba/pedía/reclamaba cosas, y luego echarme en la cama y dormir por horas hasta que, a eso de las seis, llegó Lety por mí.

.

.

Publicado en En el sur | Etiquetado , | Deja un comentario

27Dic

No me enamoro. Este año me sentí cerca, algunas veces, pero no peligrosamente cerca. No ocurre. O sí, pero la distancia y las imposibilidades. Mi relación con las personas. Con las mujeres, sobre todo las de amistad, aunque también las otras, las del tipo romántico, de mayor intensidad pero en menor medida. La convivencia y la soledad, el curado equilibrio entre ambas, un estudio para dominar el arte de alternar y realzar. Soy más yo a solas y muchas con otros. Después de habitar distintas vuelvo siempre a la matriz. Pero las sucesivas entregas, las aventuras. El abandono experimentado en momentos y en lugares. Releo entradas al azar en mi diario de este año: tantas personas nuevas. Algunas fugaces. Otras, se adivina, duraderas. La cuestión del sexo. La experimentación. La aparición de problemas y dificultades concretos, y la búsqueda de soluciones desesperadas o a la altura. Días de mucha tristeza y absoluta improductividad, perdida en mí misma y en el encierro. Otros días de alegría y el afuera y la novedad. Y otros, de mayor dificultad, de avances y escritura. Frío inaguantable, calor exasperante. Tormentas y lluvias pertinaces. Muchos amaneceres de distintos colores y signos y también los atardeceres imbatibles de Buenos Aires. Me hice una playlist para cada mes. Los objetos crecieron, tenerlo todo aquí, de pronto, y si necesito algo ir a buscarlo. Mi prensa francesa, las pantallas de papel arroz, cajitas y latas y contenedores y frasquitos, aceites para hornillo, un pegamento líquido marca Tintoretto, un espejo de cara, repelentes de insectos, un termo y un plato chino y una taza de Chile y un tupper de tapa rosa, y ocho cuadernos de diversos tamaños, y libros, y libros digitales, que también ocupan espacio, y un piercing de metal quirúrgico, y las hierbas y tés y leguminosas y semillas y harinas y especias que consumo, y los esmaltes de colores y los instrumentos de papelería y las prendas de ropa diligentemente adquiridas, y combinadas, y ultimadamente dispuestas a ser reubicadas, y las caras que otra superficie me reflejó, yo misma reflejada en otros, el encuentro que lleva a reír, a dormir juntos o juntas, a compartir el alimento, a caminar las calles de esta ciudad. Tenía confianza -o esperanza- en un año más feliz que el anterior. Un poco sí. 2017 fue más feliz.

 

Publicado en Isletas | Deja un comentario

SW, a love story

En mi casa: el idioma de Star Wars, desde siempre. Los ewoks. Luke, Leia, Han-Solo (Harrison Ford, asumido lado gay de mi padre). Darth Vader. Darth chingadamadre Vader. Tenerlas miradas en el canal cinco, tener las imágenes grabadas en el subconsciente, regresar por momentos a los bosques de Endor, a las heladas tundras de Hoth, al pantanoso Dagobah. Yoda: la verdosa, inconfundible criatura, la sabiduría y la excentricidad representadas en su diminuto cuerpo. El lenguaje incomprensible de Chewbacca. Los vitalicios C-3PO y R2-D2. No. Arturito.

Después, a mis once años, mi decisión de volverme seria con la saga. Fui al videoclub Arcoiris de Polotitlán y renté el episodio IV, una edición VHS remasterizada recién en 1995. Me puse a verla con mi hermana Livia: no es casualidad que la saga se abra a sí misma con los personajes inalterables, concurrentes de todos los episodios, testigos y protagonistas, de los robots que surcan el desierto de Tatooine. Un joven que mira el horizonte. You’re my only hope. La historia de hadas y el triunfo, los héroes por accidente y la princesa (¡que lucha y comanda!). De tal manera nos seguimos, mi hermana y yo, aquel largo fin de semana, con Empire strikes back: ah, el cadáver del tauntaun que Han-Solo abre con el sable de luz para salvar a su amigo, ¡qué brutalidad, qué terrible noción! La mano. El asunto de la mano me dejó traumatizada durante mucho tiempo. Y la mano robótica. Y así, The return of the Jedi, con un Luke que es tan distinto de su versión inocente o pueblerina, y a la vez el mismo muchacho de ojos azules, algo monástico y debutante hasta de su propio poder. Y las imágenes y los temas que ya conocemos. Yo era una iniciada, una conversa por voluntad.

Llegó el año de 1999 y las esperadas precuelas. En ese entonces yo coleccionaba hasta los paquetes de Sabritas donde aparecían el pequeño Anakin, la joven Amidala, los guapos Qui-Gon Jinn y Obi-Wan Kenobi (¿no había dicho el fantasma de Ben Kenobi que su maestro era Yoda?). A la vez, mirar por primera vez una película de Star Wars en el cine era un sueño realizado: recuerdo escuchar con maravilla la carrera de pods, y el estremecedor sonido del sable de luz, ¡de dos sables de luz!, ¡de tres sables de luz! (y uno de esos sables, rojo, de sith, ¡doble!). Creo que en esa época yo todavía no me había conectado al internet. Nunca me había enchufado a una computadora con internet. Coleccionaba las CinePremier y las CineManía. Las tenía guardadas en bolsas de plástico. Había recuperado las versiones novelizadas de A new hope The return of the Jedi que mi papá, por algún motivo, tenía en su biblioteca. También leía y releía los comics que Dark Horse Comics publicó en México. Empecé a conocer detalles del canon. El universo expandido. Era mi tema de conversación principal, pues yo era una puberta con trece años. Amaba con intensidad, con obsesión. Mi hermana Livia, por suerte, escuchaba o fingía escuchar mis soliloquios.

Y así vino la segunda precuela (comentábamos con mi mamá lo guapo que era Anakin, y lo robótico y terrible actor, pero también, ¡ay!, lo romántico). Y el episodio III, que vi aproximadamente siete veces en el cine, en Querétaro. En todos los cines de Querétaro: el Cinépolis Plaza de Toros y el Cinemark del sur y el de Boulevares y, más de tres veces, por lo barato que resultaba, en los cinemas Gemelos en el sótano de la Comercial Mexicana de avenida Zaragoza. Salía exultante cada vez. Escribía furiosamente en los foros de IMDB (nombre de usuario: de ahí viene el antiguo LilianTheNerd).

Pasaron los años. Mi gusto nunca palideció. Pensaba en Star Wars y pensaba en una epopeya galáctica. Las connotaciones políticas: la Resistencia (es decir los rebeldes, es decir los subversivos) en contra de los tiranos. El viso fascista. No eran simples peleítas en el espacio: era una guerra donde se jugaban los ideales humanistas, la libertad, la justicia, la democracia. El mal como equilibrio de la luz.

Anunciaron las secuelas. Vimos los seis episodios cuando nos amábamos, y era una alegría mostrarle lo que yo amaba, y que lo amara también. Así vimos el episodio VII en una sala VIP del Cinépolis Oasis Coyoacán. ¡Lloré tanto!

El año pasado Rogue One me encontró en un momento triste y confuso de mi vida. La vi, primero, con mi familia, y después varias veces yo sola, saliendo del trabajo, en el Cinemex Insurgentes. La lección del sacrificio me conmovía muchísimo. Me permitía llorar mucho -siempre me lo permito, de cualquier manera- y era un consuelo y un escape y una manera de soñar.

Un fanatismo, además, familiar. Mis papás, que presumen de haber visto en el cine todas las películas de Star Wars habidas y por haber, y mis hermanos que crecieron con X-Wings de juguete. Y mis sobrinos, aleccionados desde la cuna, que retienen datos que yo ya no, y coleccionan las figuritas que nunca tuve. Cada nueva película de Star Wars la vemos en familia, una costumbre sagrada, que este año me agarró en Buenos Aires, lejos de ellos.

De manera que:

La vimos el viernes 15, Alicia y yo. Alicia había hecho su tarea y durante toda la semana se puso a verlas. Se le hizo tarde esa mañana, pero un taxi nos dio esperanzas: comentábamos luego cómo aquí, a diferencia de Ciudad de México, tomar un taxi puede, de hecho, ayudarte a llegar más rápido. Y con nuestro balde de pochoclo y una Coca-Cola de 600 ml que compré antes en un kiosco y mi sendo café en el termo, nos entregamos al sueño.

Estaba distraída. Mi úlcera Star Wars, mi necedad de fanático: ¿PERO CÓMO, LUKE? Tomando por deriva la trama de Finn. ¡Aghg, no te creo que los padres de Rey no son nadie! Gaslighting galáctico. Pero luego aquello. Esa manera de cerrar una idea. La necesidad de quemarlo todo para construir lo nuevo. La nula importancia del linaje: la fuerza es de todos. Ser un don nadie y a la vez ser todo, ser uno con el todo, y mirar al horizonte otra vez, un niño que no es nadie y que puede llegar a ser todo, barriendo la mierda de un animal esclavizado, usando la fuerza inadvertidamente, porque es eso, en realidad es eso: mirar el horizonte. Los dos soles de Luke. Mirar y admirar y presentir la grandeza del universo, y guardar la esperanza de vivir aventuras allí. Quedé afectada.

Luego volví a verla. Sola, sin distracciones, entregada con disciplina al entretenimiento.

Intensos, Frost y yo comentábamos, después, las implicaciones.

Una película relevante para los tiempos que corren, porque el sistema no da más. La clara política de izquierda. La aparición del 1%, la gente de la peor ralea en la galaxia: los ricos. Los ricos que financian las guerras.

El personaje de Benicio del Toro como el neutral peligroso (¿no encarna la idea de que permanecer neutral en situaciones de injusticia supone tomar el lado del opresor?). El cinismo de ir con la corriente en épocas de urgencia política.

Es actual porque la otra se centra en una generación anterior. No se puede repetir el paradigma maestro-alumna.

Me escribe por Telegram:

ves que lo de la fuerza y los jedi y tal
tenía mucho de oriental, no?
el asunto del alumno que llega a un monasterio y le cierran la puerta
es TURBO oriental
es casi un cliché budista
pero todo es porque
Rey le pregunta a varias personas
ES QUE QUÉ HAGO AQUÍ
DIME TÚ CUÁL ES EL SENTIDO DE TODO
budismo 101 es
justo eso
nadie te puede responder esa pregunta, amiga
es ontológicamente imposible
y Rey se la pasa dándose de topes hasta que toma una decisión y la sigue

El papel dirigente de las mujeres con mayor estrategia militar. Phasma: otro símbolo, su ojo azul, su piel blanca debajo del casco, y el desprecio en su voz cuando le dice a su antiguo subalterno (la piel negra revelada fuera del uniforme): you were always scum.

La chispa sacrificial. La idea de no destruir lo que odias sino salvar lo que amas.

**

Y ya, también platicábamos otros temas como:

La camaradería y el antagonismo y, a la vez, la tensión sexual entre Kylo y Rey.

El episodio IX, siguiendo la estructura que esta nueva trilogía ha calcado de la anterior, abrirá necesariamente con Rey convertida en Jedi.

La elección del mal es de Kylo, lo que lo convierte en un gran villano (¿no habría sido Adam Driver un excelente Anakin?)

¿Te fijaste que tiene su pelito recortado para que parezca el casco de Vader?

“El ardor de cola que está calentando este invierno: muh fan theories”

Así se va Luke, en sintonía con su personaje, como un verdadero Jedi. Tan sabio como Yoda, y permitiéndose un divertido, paternal, han-solesco “see you around, kid” a Kylo (y con ello más emberrinchamiento).

¡Te quiero mucho, Mark Hamill!

El regreso del Yoda chistoso, excéntrico, de risa graciosa, y además en marioneta como es debido.

Esperamos, y no obtuvimos, aunque hubo momentos que lo pedían a gritos, el I have a bad feeling about this. 

En la charla hubo toda una deriva que no seguí mucho sobre los A-Wings como las naves más vergas, y que si piloteas uno es porque eres bien vergas, pero en lugar de explicarlo sólo lo muestran, sutilmente.

Porque, ¿te fijas?, es como Bond. Nos guiñan sin darnos la sobredosis de droga.

Como las nuevas de Bond, hay algo aquí inspirado en la seriedad y comentario del mundo actual del Batman de Nolan.

La pelea con los guardias de Snoke, tan samuraiescos. Sus posiciones de ataque. Descubrí luego que se llaman Elite Praetorian Guards. Me sedujeron.

Eso, la belleza de esta película. Los rojos, las explosiones en silencio. En una reseña alguien hablaba del visual flair.

Lloré con la dedicatoria a nuestra princesa Carrie Fisher.

Cómo las precuelas enganchan con éstas. Incluso las tratan con respeto. Es terrible pensar en ellas, porque son, por completo, obra y gracia de George Lucas. No puedes echarle la culpa a nadie más porque es su visión, por lo cual concluyes que:

Star Wars no es de Lucas. No es de los fans y sus teorías, ni de los directores que se adueñan de ella por un episodio (apenas una exhalación). ¡Es de todos! ¡O de nadie! ¡Es de la fuerza!

Concluyo:

Güey, sale el ‘tema musical de Luke’
él mirando los DOS SOLES
que el mismo Yoda le dijo: siempre mirando el horizonte, pinche Luke
es hermosooooo
al final todo se reduce a que empezamos con este desmadre con el campesino que miraba el horizonte deseando tener aventuras en el universo

 

 

Publicado en Penínsulas | Etiquetado | Deja un comentario

Jueves 21:45

Alguien grita en la calle. Ahora que escribo, alguien grita en la calle. Escuché madres, pero seguramente mi oído deformó la palabra. Seguramente no dijeron eso. Enfrente de mi casa hay una sucursal de La Fábrica de Pizzas, desde mi balcón miro el cartel rojo y amarillo. La grande, la más simple, cuesta 35 pesos. Nunca he comido una de esas pizzas, nunca he necesitado comer una de esas pizzas, lo digo sabiendo la fortuna, porque es el antojo improbable y además el recurso último. En el pretil se han cagado dos palomas y las cagadas son distintas: una, más grande, es blanca con bordes cafés; la otra es un conito color avellana. Las limpio con un limpiador parecido al Windex. Los pendientes. Tan sólo aquí: las fotos perdidas, el recuento chileno. Pero es que otra vez los días han sido novedosos, cada día una experiencia inédita, o por lo menos feliz: el calor, los colores, los cuerpos de la marcha gay, la música, un par de espressos, la caminata, la birra en la mano, el robo, los empujones, la manera en que el grupo grande que he reunido se desmembra, se pierden unos y llegan otros, y siempre soy yo, la única compañía perenne soy yo, el baile, los intercambios de miradas, los trayectos, las charlas, la fiesta, el vicio y la perversión, la desnudez, el sexo exhibicionista, el voyeurismo, tanto calor y tan poca vergüenza ya, por fortuna, y las caras y los objetos y el graffiti y la luz de neón y las canciones que me gustan y al final se reduce a eso, a bailar, a moverse, y las escasas horas de sueño, y el tren, y los amigos, y Tigre, y el delta del Paraná, y el viento y el sol y el catamarán y la parrilla y Tres Bocas, y el mezcal, y la espera tan larga y contemplativa, y Martínez, y el bajo de San Isidro, y Colegiales, y accidentes, y lunes lluvioso, y la cama, y los chilaquiles, la siesta, las cervezas, la recuperación del archivo, la reconstrucción del suceso, los deberes del microcentro, el Kirchner con sus pisos futuristas e inductores del vértigo, la larga caminata, la maquinita para liar cigarros y el tabaco de doble vainilla de origen alemán y las sedas de cáñamo, y Puerto Madero, y los expertos en datos abiertos, y hablar, y presentarse, y bromear, y comer, y guardar teléfonos y tarjetas, y dirigirlos al Gibraltar, y conocer a una chica de nombre floral, y la bola ocho, y meter un par de bolas, y la sidra inglesa, y el volver, y la intimidad, el adentro, lo postergado; y después trabajar, y pensar, y el atardecer, y el calor, este calor de noviembre, un calor que es más bien una tibieza, que acaricia.

.

.

Publicado en Isletas | Deja un comentario