Post-LASIK (Laser assisted in Situ Keratomileusis)

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El ojo izquierdo me molesta, siento basuritas y a veces veo fragmentado, como a través de un vidrio roto. Pero en general veo. Ya veo. No traigo ya lentes, ni de armazón ni de contacto. Puedo meterme a la regadera y ver lo que estoy haciendo, aunque antes también podía, cuando usaba los de contacto. Se me resecan mucho, como en esa época. Pero con los de armazón ya no sentía eso. Había intercambiado las molestias. Ahora era el puente de mi nariz, por el que se resbalaban continuamente. La sensación de algo ajeno e inestable sobre la cara. La lluvia. El calor repentino. La regadera a ciegas. No poder recostar la cabeza de lado plenamente en la almohada, al leer. Perderlos momentáneamente (la búsqueda a ciegas, ridícula). Pero tenían otros beneficios sobre los de contacto, cuyo uso era problemático, arriesgado y tedioso, además de que irritaban la córnea. Ahora no uso ninguno. Es extraño, pero también cómodo, y nada cuesta menos que acostumbrarse a lo cómodo, a lo fácil. Todo mundo me hablaba de la primera mañana tras la operación, abrir los ojos y ver; yo misma fantaseaba al respecto, volver a distinguir las cosas en la primera mirada después del sueño, la sorpresa al enfocar objetos lejanos, que el mundo se revelara cristalino de golpe. Pero no fue así exactamente. Salí de la operación a las tres de la tarde, cuando empezaba a jugar Holanda contra Argentina, y antes de llegar a la casa pasamos a la farmacia. Tenía puestos los gogles transparentes especiales y, encima de ellos, lentes oscuros. En el camino entreabrí algunas veces los ojos. La luz del sol me los perforaba, pero entre el plástico y la pantalla negra y el lagrimeo, distinguía cosas que no hubiera distinguido antes, como letras sobre carteles en las calles. Los cerraba de inmediato, como temerosa de gastármelos. Después llegamos y me recosté en el sillón y me puse una chalina negra sobre la cabeza, la luz filtrada por la persiana me lastimaba muchísimo, y mientras comíamos escuché el partido que encontramos, justo, en el stream de un canal argentino. Nos gustaba que el comentarista no se guardaba su apoyo y orgullo por la selección argentina, nos pareció un buen gesto, que no sonaba mal, que aquí deberían hacerlo más. En los penaltis traté de volver a enfocar y a ratos, en medio de un ardor casi inaguantable, lo logré: el gol de Messi, por ejemplo. Luego de eso me dormí, con los gogles, y desperté sólo para ponerme las gotas medicinales, y volví a dormirme, un sueño entrecortado en la noche pero muy pesado y prolongado por la mañana; debía pasar 24 horas con los gogles, así que dormité el resto del día hasta que fue hora de ir a la consulta y después, al volver, ya no tuve que usar los gogles. Me encontré en la casa, sola, con ojos nuevos, con luz afuera todavía, sin saber qué hacer. Me daba miedo leer, prender la computadora, ver algo en la tele. Por eso empecé a escuchar entrevistas de escritores. Una manera de escuchar algo interesante mientras no se mira nada. Al día siguiente era otra persona, pero ni siquiera recuerdo esa mañana, sólo recuerdo levantarme pronto y con la luz ya muy amarilla -siempre me levanto cuando todavía es de noche- y hacer cosas, hacerme de desayunar, escuchar otras entrevistas, ir a cortarme el pelo, ver una película (era brasileña), pasar el resto del día normal. Después vino el fin de semana, incansable. Después volví a la oficina. Semana larga. Ojos resecos. Lenta adaptación. Pero no. Nada. La verdadera diferencia, el verdadero momento de quiebre, sucedió anoche, cuando me estaba quedando dormida. Fue un viernes largo, movido: oficina, cantina con los del trabajo, desplazarme al centro para ver a mis papás que estaban aquí, largo regreso en trolebús, caminata nocturna. Cuando por fin me acosté estaba tan cansada que me costaba trabajo dormirme. Ahora mi lugar en la cama está frente a la ventana. La persiana negra llegaba a una altura donde la persiana semitransparente seguía, insinuando a través de ella la jacaranda y el balcón, un pedazo del edificio de enfrente y la luz blanca de la lámpara callejera. Y mientras pensaba en el día, en los sentimientos del día, en los pensamientos principales del día, me puse a mirar la ventana, sin pensar mucho en la ventana sino en las otras cosas, hasta que me di cuenta de que veía la ventana, de que estaba distinguiendo todo. Esa fue la sensación extrañísima, el momento eureka tras la operación. No abrir los ojos por la mañana y que el mundo se transparentara a la primera, sino fijar la mirada en un punto y observarlo hasta que la conciencia se desvaneciera. Esa sensación era la que, de verdad, no había tenido desde que era niña. Todas las últimas noches de mi vida se habían disuelto en medio de una bruma hecha de oscuridad y miopía, entre manchones burdos de lo que debía ser la realidad. ¿Desde que era niña no había sentido cómo llegaba el sueño mientras mis ojos miraban con atención algo? La sombra de un mueble, un fragmento de paisaje detrás de una ventana, alguna figura en la pared formada por un haz de luna, las cúpulas de ladrillo rojo de la casa, que fue de mi abuela, donde vivimos muchos años cuando llegamos a Polo. Despertar y mirar esa cúpula. Las ondulaciones de la cortina. Las caras sobre el tirol. Sólo ayer, al dormirme, me di cuenta de que veía. De que las reflexiones nocturnas ya no transcurrirían en una penumbra total sino en la intuición realista de los objetos circundantes. También sentí que fue la recuperación de una sensación física de la infancia, que era la primera vez en muchos años que sentía -percibiendo- algo que no había sentido desde entonces. La memoria aparece algunas veces por otros conductos.

Aquí terminaba, pero creo que debo rescatar los momentos y sensaciones de la operación. Pienso, sin mucha gratitud, que al fin experimenté su primera ventaja, que ahora sí me ha cambiado la vida -por el tiempo que dure, pues se me advierte que no dura hasta la muerte-, después de la breve tortura que significó exponerme a ella. Volver a ver mi cara libre de anteojos no es algo tan lejano, todavía en noviembre así andaba, y ahora que ha llovido recuerdo mi época de lentes de contacto, y nada es tan extraño para no haberlo vivido antes; mi propia madre me dijo que es como verme antes, con los pupilentes, y el ojo rojo, ligeramente hinchado, no ha cambiado en casi nada. Pero ahora me asusta más cualquier luz u objeto cercano, y los detalles neuróticos se exacerban, esas fantasías a la inversa -en clave horripilante- que siempre me asaltan en momentos inesperados (accidentes y dolores), haciéndome mover los dedos de un modo extraño, llevarlos después a otras partes de mi cuerpo, a rascar la cabeza o la nariz o el lóbulo de la oreja o la rodilla, o tocarme el pelo, gestos ahora encendidos por el recuerdo de las pinzas para abrir los ojos, y el aparato que te abre la cuenca y te aprieta el globo ocular, y la mirada siempre atenta, deformada, acuosa, intentando fijarse en una luz verde que se borroneaba o perdía, el sonido del láser, el olor a quemado, el pincel pasando libremente por la córnea, y la mirada siempre atenta, imposible que no esté atenta, que el ojo mire lo que se le hace, esa es la idea horrible, la sensación incómoda, además del dolor, obviamente, y la neurosis de pensar que el ojo debe ser el órgano menos tocado, menos violentado, menos escudriñado de todos.

 

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Domingo 5:58 pm

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No tags :(

Ya teníamos café en la oficina. ¿Cuánto tiempo de no venir por aquí si ya hasta habíamos poseído una cafetera y luego la perdimos, porque se rompió? ¿Un mes, dos meses de buen café? De un café que comprábamos entre todos, es decir, dentro del grupo de compañeros y amigos y adictos al café en el que me muevo. Un día uno veracruzano, otro día un oaxaqueño, hasta hubo un guanajuatense, y otros adquiridos de emergencia, algunos mejores que los demás, pero al menos era llegar en la mañana y preparar la jarra o, si ya estaba preparada, tomar la taza del estado de Nevada que cambia de color con la temperatura y servirse y beber frente al monitor donde los correos iban descargándose poco a poco y el día podía al fin desenrollarse como un listón feliz. Pero otra vez estoy donde empecé, habiendo saboreado la felicidad del café disponible y ahora nuevamente sometida al Punta del Cielo cuya calidad es caprichosa e inconstante.

Eso más muchos horrores domésticos. Pero esos ahora qué.

 

Veleidad

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Escribir.

Pero dónde.

No aquí.

Allá, en los cuentos. En el Word. En el trabajo. Lo que debe escribirse.

Leer. Sin método y con él. Esperar, esperar, esperar. Desear.

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Tengo un borrador de post de hace dos meses, sobre Cortázar. No le agregué nada más y no lo publiqué. Algunas semanas después me invitaron a hablar de sus cuentos en el Villaurrutia, privilegio inesperado. Tuve más ocasión de pensar en él. Algo quería escribir sobre la idea de Cortázar. Sobre la mirada de hoy en torno a Cortázar. Sobre el supuesto buen Cortázar (el de los cuentos) y el malón Cortázar (el de Rayuela, que, en muchas opiniones, “no sobrevive la prueba del tiempo”). Pero luego ya no lo continué. Oficinapendientestextoscuentosnadaquédecir. Empezaba:

Hace unas semana releí Rayuela y me gustó mucho la experiencia; esperaba escenas, imágenes, episodios específicos; ya no había oscuridad en la trama; todo era como un viaje en autobús del que no esperas la llegada sino más bien el paisaje a través de la ventanilla.  Y concluyo que me gusta Rayuela. No perdió con la relectura. Reconozco en la prosa de Cortázar, obviamente, muchas cosas que he intentado. Lectura de formación. Claro: esta última vez la leí de manera lineal, sin saltar a los capítulos prescindibles, aunque de pronto me seguía por inercia y encontraba cosas extrañas, me acordaba de cómo desequilibraban la atmósfera y aumentaban la sensación de desorientación, y de inmediato volvía a la trama concreta de Oliveira y la Maga en París; Oliveira y Traveler y Talita en Buenos Aires. Muy agradable.

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Fui a Ámsterdam. Por el trabajo. Nos invitó una página de internet, booking.com. Todos los de booking.com me cayeron muy bien. Buena empresa, gran ambiente, industria aparentemente inofensiva. Me paseé por Ámsterdam sola (a veces con los otros periodistas, a veces con un nuevo amigo, polaco, Piotr, fan de Game of Thrones). Pensé en muchas cosas. Conversaciones, lecturas, paseos concentrados. Todo era intenso y a la vez sosegado. Todo pasaba lento y a la vez demasiado rápido. Pero me gustó Ámsterdam. Me gustó lo que sentí. Me gustó lo que me hizo pensar. Fue un reencuentro con Ana (Frank). Con la idea de escribir, con el cuestionamiento de escribir. Pero mejor no escribir aquí, porque ya empecé otra cosa allá, en el Word.

 

 

Cosas en las que he pensado

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Hay cosas que me calman y otras que me inquietan. Estoy en el periodo de las que me inquietan. No podía escribir acá. La escritura automática de este lugar, tan calmante otras veces, no llegaba o llegaba a medias. Mientras tanto hice otras cosas, muchos pendientes, mucho trabajo del que paga y transcurre en una oficina, y del otro que no paga y transcurre en todos lados. Fui a San Miguel de Allende, fui a Acapulco, dos lugares cada vez más familiares. Escribí, vi, leí, etcétera.

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Demasiados temas, demasiadas impresiones. Sentimientos de permanecer bajo observación. Algo de lo cual quería quejarme por escrito y que sólo he discutido con otras personas, la mirada privilegiada de algunos intelectuales mexicanos, las distintas sensibilidades de clase, las posiciones de poder de las que parecen no tomar conciencia, etc. Pero me resistía (y no encontraba el tiempo y la energía). Sin embargo no puedo dejar de pensar en aquello. Enojarme, inútilmente. El hombre y su circunstancia. El mundo que cada quién sobrevive.

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Pero tal vez se puede escribir sobre eso.

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Por ejemplo, no sé por que nunca he escrito de ellas aquí.

En la beca del Fonca conocí a María José Gómez y Gabriela Damián. Ahora pienso en la suerte increíble de que me tocara compartir género (cuento) y generación con ellas: ambas son escritoras extraordinarias, muy talentosas. Me resulta difícil aclarar hasta qué punto talentosas, porque este tipo de cosas, en otros contextos, da la pinta de espaldarazo. Aquí no, aquí no podrían operar esas reglas. Ambas están entre las mejores escritoras del país en este momento, lo he dicho siempre, y luego pienso que es de una estadística improbable que las dos estuvieran en la misma generación. (y que yo, inexperta todavía y de ninguna manera con una idea de mí misma similar a la que sostengo de ellas, tuviera la suerte de cobijarme en su talento y experiencia, es de presumirse, de anécdota que se presume, como la vez que me encontré con el señor Pollos de Breaking Bad.) Por suerte ahora nos vemos mucho más que en esa época, hacemos talleres al menos un miércoles cada mes y seguimos trabajando en todo aquello. Se trata de un taller literario productivo y concentrado, pero se ha convertido también en un encuentro de reflexiones, de intercambio de concepciones del mundo, de amistad. Como en tertulias similares, también -ni modo- hablamos de otros escritores, de lo que escriben, de lo que opinan, de las tradiciones en las que se inscriben, de las causas que apoyan o denostan, de sus miradas contrarias o similares a las nuestras.  Todo eso es inevitable cuando se intenta escribir. Pero todo eso también es pensar.

Gaby nos invitó a participar en el especial de género de Tierra Adentro, En Reconstrucción. Era emocionante porque participaríamos las tres en un mismo medio, en un mismo dossier y al mismo tiempo. Yo, insegura y aferrada, no quise participar con un cuento, no considero ninguno terminado nunca, y mejor escribí un ensayo que empezó como comentario y se extendió más de la cuenta (éste). Ellas escribieron un cuento (Majo, Turnos; Gaby, El monstruo del lago Ness) y ambos cuentos, bellos y tristes y profundamente femeninos, son una entrada a su literatura, a sus temas, a sus sensibilidades.

Gaby además coronó con un punzante y sabio ensayo que redondeó la idea entera del dossier, Reconstructoras del tiempo y el espacio (vuelvo a él más adelante).

Al mismo tiempo reseñé el libro de ensayos de Jean Franco (que resultó una de las columnas vertebrales del ensayo que intenté) para el ¿especial de género? de Letras Libres, que en realidad se trató de un dossier sobre la disparidad laboral. Me gustó de nueva cuenta compartir páginas con Gaby, quien además escribió una emocionante reseña (pensemos en lo infrecuente de que esas dos palabras aparezcan juntas) de una novela de Helen Oyeyemi (otra suerte mayúscula: a quien vimos, las tres juntas, en el Hay Festival de Xalapa el año pasado). Pero algún sabor agridulce me quedó.

Majo lo dijo: el ensayo de Gaby en Tierra Adentro es valiente (me tomaré el atrevimiento de citarla en uno de nuestros correos) “no sólo porque señalas ciertas conductas de algunos privilegiados, sino porque haces referencia explícita a personajes concretos. Me gustó mucho leer algo que sentí como una continuación de las conversaciones que hemos tenido.”

El especial es importante porque pretendía, y creo que lo logró, desbrozar muchos de los estereotipos atados al acto radical de asumirse feminista. Ideas de lo femenino, de lo masculino, de los distintos feminismos, de la labor de mujeres trabajadoras y mujeres artistas; manifiestos personales, hábitos culturales, hay un poco de todo y de una calidad excepcional. Pero creo que ese ensayo resume muchas de las ideas más importantes del dossier. Este párrafo, por ejemplo:

La figura de la feminista constituye uno de los “Yo no soy así” más comunes. “Uno se eleva rebajando lo otro”, por lo tanto, quienes sienten la necesidad constante de aclarar que “están a favor de luchar por los derechos de las mujeres, pero no son feministas” desean comunicar que no han caído en la trampa de un discurso percibido como arcaico,violentoradical, y cuyo verdadero objetivo la mayoría desconoce. Desde luego, este deslinde tiene muchos matices: para empezar, hoy en día existen muchos feminismos, no uno sólo. Hay quienes se mantienen cerca de alguno de los feminismos, pero se desmarcan para evitar la carga socialmente negativa que implica el término; quienes lo rechazan en pos de otro que defina mejor su perspectiva, como sucede con el Womanism; y, por supuesto, hay mujeres que no pueden estar física y socialmente seguras en sus comunidades si confrontan al patriarcado como proponen ciertas estrategias del feminismo mainstream.

Cuando menciona a los genios bobos (desde figuras notables como Schopenhauer, quien escribió: “Las mujeres no tienen el sentimiento ni la inteligencia de la música, así como tampoco de la poesía y las artes plásticas”, hasta un bobo a secas como Luis González de Alba, con su risible texto “¿Cuotas por género?”), Gaby escribe:

Al parecer, los genios bobos se sienten autorizados para hablar de misoginia, inequidad o feminismo aunque nunca se hayan ocupado en documentarse seriamente acerca de estos temas porque, al ser tan brillantes, están confiados en que podrán dar una opinión atinada, cuando en realidad lo único que hacen es repetir una convención social, un acuerdo que les favorece, y que, por lo tanto, no tienen la necesidad de cuestionar. Este mecanismo opera de la misma forma en otras desigualdades: las económicas, de clase, de etnia. Y es que es difícil estar dispuestos a reconocer que se tienen ventajas, porque al reconocerlo (en contextos donde el cinismo no es aplaudido, claro), estarían obligados a alguna clase de renuncia: ceder espacios, reconocer la valía de algo que no les  gusta.

(¿a alguien podría sorprenderle que, en un estudio cualquiera, sólo el 17% de los blancos perciba que la discriminación racial continúa siendo un problema grave, frente a 55% de negros? ¿Que entonces, para hombres y mujeres privilegiadas, el feminismo parezca un asunto inútil o innecesario?)

Continúa (¡todo el texto es para citarse!):

Los genios bobos necesitan dejar de suponer de qué se tratan los libros, investigaciones, discusiones y hasta las leyes que abordan la equidad de género. Seguramente son expertos en muchas otras cosas, pero de este asunto necesitan leer más y escuchar con atención antes de repetir las opiniones de siempre. Hay frases hechas tan sobadas por unos y otros que me sugieren una analogía estrambótica: las visualizo como un chicle que quizá en el origen fue redondo, dulce, de algún color brillante, pero que se fue pasando sin empacho de boca en boca hasta convertirse en un cuajarón gris, insípido y viscoso al que nadie pone muchos reparos porque ya se han acostumbrado a masticarlo:

Y ejemplifica con estas frases, que hemos leído en CANTIDAD de textos: “Las cuotas son otra forma de sexismo”, “La corrección política es sólo censura”, “Las mujeres se victimizan solas”, “Hay asuntos más importantes, como la pobreza”, “Tipificar al feminicidio es discriminación, a los hombres también los asesinan”, “Yo no soy machista, soy un enamorado de la belleza y la inteligencia de las mujeres, es más, creo que son mejores que los hombres”…

La razón por la que estas posturas se vuelven tan populares es porque la incorrección política es equiparable a ser “valiente”, “honesto”, atreverse a decir las cosas “como son”. Quienes no encuentran regocijo en el “me río porque es cierto”, son intolerantes y carentes de sentido del humor.

Pero esa no es la razón por la que no nos da risa. Las verdades a las que alude la generalidad de opiniones catalogadas como políticamente incorrectas son, con frecuencia, estereotipos, simplificaciones de la realidad que: 1) no reflejan la realidad, sino una experiencia muy limitada de ésta; 2) no cumplen con el objetivo principal del humor como herramienta de ruptura: no se oponen al discurso hegemónico, no confrontan al poder, más bien, lo refuerzan al reproducirlo en clave de chiste.

(y el bloque de las amas de casa como escalón más bajo de la especie humana, más adelante, es fundamental).

Pensaba en estas cosas. En los privilegios, sobre todo. Nacer en algún lugar, dentro de alguna familia, con unos obstáculos o sin ellos.

Pensaba en este párrafo de Jean Franco:

Originalmente, “políticamente correcto” era la denominación que los liberales y la izquierda utilizaban para evitar un habla signada por el odio y para hacer que la gente lo pensara dos veces antes de utilizar términos de abuso con claras referencias peyorativas, como nigger (negro), wog (árabe, indio o cualquier persona de tez oscura) o dyke (lesbiana). Desde el punto de vista de la derecha, sin embargo, lo “políticamente correcto” se identifica con nociones de una nueva “policía del pensamiento”, con el paradójico resultado de que la gente se ve estimulada a ser políticamente incorrecta y demostrar su libertad, especialmente en programas de radio, utilizando la misma habla de odio que lo “políticamente correcto” intentaba refrenar. Este nuevo significado de lo políticamente correcto como autorización para “hablar obscenamente”, lejos de ser un asunto abstracto, ha tenido efectos reales en la exacerbación de las ya agudas divisiones raciales.

Pensaba en cuántas veces he leído ataques a lo “políticamente correcto”, al carácter “fascista” de lo políticamente correcto, a lo tonto imbécil innecesario carente de sentido del humor de lo políticamente correcto. Esas cosas. Esas luchas.

Pensaba en las reacciones negativas al reto Read Women 2014 (las reflexiones de Daniela Franco en LL, que echan mano de los mismos argumentos del “sexismo” que según esto se oculta en la propuesta, del paradigma del gusto, del “buen escritor” a pesar de su “género” (¿sexo?), de las cuotas de género, etc.). De cómo resulta inadmisible cuestionar cómo o por qué razones se ha formado el canon literario y cómo influye éste, en su clasificación de autores menores y mayores, en nuestros hábitos de lectura (de eso se trata: descubrir por qué leemos lo que leemos, por qué escogemos los libros que escogemos). No significa leerlas porque son mujeres. Más bien, leer a las que no sabemos que existen, porque no han sido integradas al canon, porque se mantienen en una trastienda, y porque deberían estar, por su altura literaria, en dicho canon. Nadie acusa a nadie de macho. Nadie pide absurdas cuotas de género. Nadie pide basarse en el sexo para elegir lecturas. Pero ah, no. Luchas inútiles. Luchas egoístas. Dos bandos, dos formas de mirar el mundo.

¿Por qué es inútil el feminismo? ¿Por qué se nos niega la posibilidad de construir (reconstruir: ahí la idea de En Reconstrucción) nuestra identidad? ¿Es egoísta, es inútil? Habiendo asuntos más graves (en México apenas esto podría decirse con una mueca seria), ¿apuntamos erróneamente los dardos?

Mis razones para adherirme al feminismo descansan en la idea de solidaridad femenina. De la empatía en la experiencia de la otra. Así inició el ensayo de Gaby y me gustó mucho leerlo y encontrar mis motivos ahí. Y fue grato saberme rodeada de esta clase de sabiduría.

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Pensaba en estas cosas.

 

 

Clases de escritura con Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal

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“—Este señor —expuso— ha caído en la reprensible manía de ensartar comparación tras comparación, sin freno alguno y contra los dictados elementales de la prudencia.

—¿Y qué? —repuse yo—. ¿No es el lenguaje figurado el que cuadra mejor a la poesía?

—Depende, según creo, de las figuras. Este señor, por ejemplo, ha colgado en la percha de su corazón el sobretodo gris de la melancolía; con alarmante frecuencia, se ha venido poniendo y sacando el camisón de la esperanza; comparó sucesivamente sus amores con un bar automático, una caja de fósforos y un par de botines. Ahora se ha envuelto en la frazada caliente de la duda, y no hay Dios que lo haga subir al tranvía del misterio.

Con ojos fraternales miré yo al tunicado violeta:

—Señor —le dije—, con una metáfora intentamos expresar la relación sutil que descubrimos entre dos cosas diferentes. Pero no es el caso rebajar lo superior a lo inferior, sino conseguir, por vía de cotejo, que lo inferior ascienda en cierto modo a lo superior. Comparar el cielo con un water closet es ofender al cielo y ridiculizar al water closet.”

 

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Mi problema del café

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Tengo un problema de café en la oficina. Que no tengo. Que no puedo obtener buen café. Que mi aprovisionamiento de café es insuficiente, inestable e irregular. Sólo cuando llevo café de mi casa soy feliz. Pero, ¿cuándo puedo llevar café de mi casa? No siempre tengo tiempo. Ahora parece que podemos programar la cafetera, pero todavía no sabemos cómo. Y poner el agua, el filtro, el café, esperar a que esté, o con el expresso que ahora es otra opción de la cafetera, con la cucharita y a presión, también hay valioso tiempo perdido. De todas maneras, cuando llego, con todo y el termo, ya está un poco frío. Y calentarlo en el microondas de la oficina traiciona su propósito. Tengo las siguientes opciones a la mano: una) el asqueroso café de la oficina, el proverbial café sabor a calcetín que sin embargo, me informan, causa gastritis. Recurro a él sólo en situaciones extremas. Dos) el café del Círculo K, Punta del Cielo, que como puede ser bueno puede ser malo y a veces tiene un aroma rancio y desagradablemente intenso: es necesario rebajarlo con sustituto de crema y azúcar, lo que resulta indigno. Tres) el alto del día del Starbucks, que me acelera el pulso demasiado. Y agregarle leche deslactosada light todos los días es un gasto y unos minutos formada y un ablandamiento de mis ideales radicales que no me puedo permitir. Hay una cuarta opción oculta, el todavía más indigno café del Seven-Eleven. Jamás recurro a él. Hay una quinta opción, que creí era la buena, pero que resultó no serlo: la cafetera Nespresso de mi jefa. Me compré mis capsulitas, a un precio absurdo. No es bueno, no es práctico, no es barato. Lo descarté. Como último recurso, me compré café soluble. CAFÉ SOLUBLE. De ese tamaño es mi desesperación. Un Nescafé de granos tostados y verdes, con más antioxidantes que el té verde, indica. Peor es nada. Más o menos. Con una colega que padece la misma adicción hemos proyectado comprar una cafeterita y compartirla. Nunca lo haremos. Seamos realistas. ¿Cuándo caí tan bajo? En la universidad trabajé año y medio en el Dos Minutos café, que tenía una mezcla de café muy buena y a la que no me entregué sino hasta muy al final. Y ahora soy una adicta, una maldita coffee snob, todo el tiempo compramos café, probamos nuevos lugares, nuevos granos, nuevos tipos y alturas y tuestes. Nuestro favorito es el pluma Oaxaca. Lo descubrí cuando fui a Huatulco a lo de la investigación. Al otro día el hijo de don Octavio me llevó a ese pueblito, Pluma Hidalgo, a media hora de Huatulco sobre una montaña, con un microclima frío y neblinoso. Le compré un kilo a un viejito en un molino antiquísimo, oloroso a granos frescos. Es el mejor café que he probado. En el DF sólo lo venden en una oficina dentro de un edificio horrendo de la Condesa, sin moler, lo que no nos resulta práctico. Y busco, busco, busco. El café Do Brasil enfrente de la glorieta de Vertiz, al que le creí el show de la vejez y el molino gigante y las poquitas mesas. Un café veracruzano mediocre. A veces recurrimos al café molido de Starbucks. ¿Es indigno? Es indigno. Pero es mejor que nada. A veces tiene buen cuerpo, buena acidez. Pero seguimos añorando el pluma. ¡Ay! ¿Por qué todo es tan difícil en esta vida, por qué?

 

 

I want you to deal with your problems… by becoming rich!

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Junté algunas ideas sueltas sobre The Wolf of Wall Street, de la que es improbable decir nada original a estas alturas pero, de todos modos, las escribo a continuación:

(obviamente, hay múltiles spoilers)

Animalidad

Jordan Belfort es un lobo. Pero no es nada más una metáfora. Hay mucha animalidad en él, en lo que hace, en la gente que lo rodea. Y la idea no es sutil. ¿Cuál es la primera frase de la película? The world of investing can be a jungle.
Bulls.
Bears.
Danger at every turn.

Estos tipos son animales, punto. Y Scorsese se da vuelo mostrándolos en sus fases animalescas. En la estampida:

Mientras devoran a la presa, por el placer -puro y primitivo- de la depredación:

Pero la presa no es ésta, sino minutos antes: cuando, en complicidad con el jefe y los altos mandos, Donnie Azoff cagotea, humilla y elimina al corderito que limpiaba la pecera.

(también, mientras interrogan al mayodormo que tuvo la osadía de organizar una orgía gay en el departamento de Jordan, es demasiado explícito el gusto de aterrorizar, castigar, territorializar).

Además.

Cuando aúllan, cuando literalmente aúllan:

En el canto tribal de la selva (que le ride tributo a la cabeza de la manada: finalmente, los lobos son animales gregarios):

Wolf, wolf, wolf.

Lo que más me gusta es que Jordan, como lobo, reacciona a su entorno con instintos animalescos. ¿Qué es el inesperado putazo del quaalude sino el disparo o la herida violenta que derriba al animal de caza? ¿Y cómo reacciona Jordan sino haciendo un mesurado listado de los recursos con los que cuenta para sobrevivir al peligro?

I can crawl!

La imagen me recordó una frase del cuento Casa inundada de Felisberto Hernández: “Su voz se había arrastrado con intermitencias y hacía pensar en la huella de un animal herido”.

Paréntesis necesarios y obvios: qué gran pieza humorística es toda esta escena. ¡Cuánta comedia física! Leonardo se estrena en el slapstick más tradicional (o, como lo explica el hiperculto Ernesto Diezmartínez, un Jerry Lewis en drogas).

Otro paréntesis: la lucha para mantenerse en funciones y alerta durante el viaje me generó una sensación como de sueño. Jordan se arrastra, babea, maneja, babea, entra a su casa, babea, intenta arrebatarle el teléfono a Donnie, babea. En esa batalla contra la inmovilidad, contra la imposibilidad de articular palabras, hay, para mí, una lucha como la que se libra dentro de los sueños.

Hace poco soñé que despertaba y no podía hablar: miraba la puerta, el pasillo, el contorno de mi cara sobre la almohada, y la voz no salía. Seguramente abrí los ojos también. En Paprika hay una escena similar, cuando se pasa de un escenario a otro a través de una tela elástica que no termina de romperse:

¡Ansiedad onírica! En el sueño, el cuerpo no reacciona y hasta los movimientos más simples son como pesados, lentos y dificultosos.

En la escena hay otro elemento ligeramente inquietante: mientras habla con su abogado, antes de que el Lemon le haga efecto, Jordan dice una frase que al espectador le resulta cien por ciento comprensible (I didn’t try to bribe anybody!), pero que a su interlocutor ya le suena al washawasha posterior. En esa breve anomalía se contagia un poco de la confusión que experimenta Jordan (o, como dijera Alonso Ruvalcaba en su ensayo al respecto, ahí se encuentra un botón de subjetividad).

Finalmente, cuando llega hasta Donnie, ¿no es toda la pelea alrededor del teléfono (y un teléfono además, que es el arma que empuñan para practicar su animalidad) una pelea entre el lobo alfa y el beta por el pedazo de carne? Se muerden, se arrastran, son lobos que luchan entre sí; es la ley de la selva:

Y POR SI NO QUEDARA CLARO, después de salvar a su amigo de una muerte violenta y estúpida, Jordan aúlla como gorila:

Además.

Cuando es atrapado (en el vuelo rumbo a Suiza), gruñe y gimotea como animal que cayó en una trampa. Véanlo, es un cachorrito de pronto:

Otro animalito:

Dos últimas:

La primera vez que fuma crack con Donnie, Jordan quiere correr, ¡correr como leones y tigres y osos! Las drogas son el shot de adrenalina que en los animales se manifiesta en la estampida gozosa.

El detective.

Si estos tipos son animales de caza, ¿quién los captura? Un animal más inteligente. Un ave de presa.

Que además, extrañamente, *parece* un halcón, un águila, un ave rapaz (en guapo).

Al final, ¿qué es lo que mueve al detective Patrick Denham? El placer de la captura. Prefiere llevarse un botín mayor -el montón de empleaduchos de poco pelo- antes que la mente maestra, el verdadero delincuente. Seguramente me equivoco, pero la última escena lo hace evidente: él está en el metro, después de la gran caza que se echó al bolsillo, y mira de frente un par de inmigrantes sentados, indefensos. Y algo piensa, no sabemos qué. Seguramente los ve como un par de presas futuras.

Actualización:

Frost aquí mismo y Mauricio González en Twitter me comentan sus propias lecturas del detective. Y después de meditarlo, tengo que estar de acuerdo con ellos. Frost dice:

El detective, creo, es solo un empleado de una maquinaria burocrática, el tipo pobre pero honrado que atrapa al tipo pobre pero listo y vale madres que fue Jordan. Lo que vemos en la escena donde va de regreso a su casa es la recompensa adecuada para alguien como él: ninguna. Otro día, otro criminal tras las rejas, otro dólar. ¿Qué me ordenará el jefe mañana?

Mauricio dice que hay una derrota en el personaje: no es un cazador. Es una profecía autocumplida. Es el wei que se regresa en metro mientras los demás se desbordan.

Triquis: “La ironía es que los honestos terminan pobres y en el metro, mientras que Jordan termina dando cursos, y seguramente seguirá ideando formas para mantenerse rico”.

Es cierto: el tipo que es “straight as an arrow” es aquel que termina de esta forma, porque así funciona el sistema: la rectitud no tiene recompensas. Y eso lo hace todo aún más inmoral.

 Notas intermedias

La escena de la rapada es un gang rape brutal. Estos tipos se cogen lo que quieren, enfrente de los demás si hace falta. Ella parece esperar que la valentía de sentarse ahí le gane el favor de quien sostiene la máquina de afeitar, pero no: ante los animalescos gritos de scalp scalp scalp, es rapada frente a todos. Después, tambaleante, con las pocas hebras de pelo que le quedan, se retira con el dinero que ya sabe sucio, corrompido, mientras a su alrededor se desata la bacanal.

¡Y qué bacanales! Ya han dicho qué dionisíacas orgías se emprenden aquí. La imagen misma es como de composición clásica, griega:

Como de pintura renacentista:

Miren la posición de los dedos: ¡dedos renacentistas!

De Rubens:

De barroco, con atención en el objeto de arte, como este hermoso zapato Gucci (que creíamos Ferragamo):

Como nota feliz, ¡Fran Lebowitz!

Occupy Wall Street bis

Estos tipos son vendedores, eso es lo único que hacen bien. Y Jordan es un gran líder. Motiva a sus empleados, cree en ellos, conoce bien los talentos de cada uno, los alienta. Todo él es una lección de liderazgo, de emprendedurismo como lo conocemos hoy: la capacidad de entablar relaciones emocionales con tus empleados (para, quizás, dejar que ellos hagan el trabajo sucio por ti).

(Para este papel se necesitaba un vendedor con mucho carisma, es decir, un seductor, es decir, un gran actor, es decir, Leonardo DiCaprio.)

También hay una fábula de mentores y aprendices. También esto es entorno empresarial: todo lo que aprende de Mark Hanna lo hereda después a su pequeña manada.

(Por cierto, ¿hay algo mejor que Matthew McConaughey? Su brevísima escena es tal vez la más disfrutable de toda la película.)

No hay glorificación. Scorsese, Terence Winter y el mismo Leonardo DiCaprio tratan a su héroe con condescendencia. Siguen el libro de Jordan Belfort al pie de la letra -según he leído-, pero lo hacen con ironía, una ironía que celebra y también se burla: así como Jordy embauca, es embaucado. También a él le ven la cara: su yate horrendo, el banquero suizo, la esposa interesada.

Sus discursos son retorcidos, porque encarnan un sueño americano retorcido: the beautiful house, the beautiful wife, the beautiful kids. En lo más burdo, The Wolf of Wall Street es una fantasía que se ofrece al espectador. El desfile de excesos comprados con dinero funciona como un moderno cuento de hadas: aquí lo imposible, aquí lo irrealizable, aquí lo fantasioso. Más que un espejo de la sociedad (aquí y aquí), es el espejo de sus sueños, de lo que quiere y no puede tener (y que otros, talentosos usureros, pueden conseguir y, además, ser admirados por ello).

We are the common denominator, dice Mark Hanna. Tipos como estos mantienen el sistema atado con alfires: ellos, Robin Hoods, roban al más rico para echárselo directo a su bolsillo. Pero en el robo hay un revanchismo de clase. Éste es el discurso oculto en The Wolf of Wall Street, uno revolucionario, anárquico, anti-sistema. Al enseñarles el guión que deben seguir para vender las acciones de empresas miserables, Jordan los anima con un nuevo target: the wealthiest one percent of Americans.

¿Qué tan masiva era la idea del 1% en los años noventa? Sé que existía, ¿pero tenía una relevancia cultural como la de ahora, a la luz del Occupy Wall Street y otros movimientos? Los discursitos con los que Jordan motiva a sus empleados pueden muy bien aplicarse a nosotros, los espectadores. Porque en su entraña el mensaje toca la fibra de la clase media. Hacer dinero para pagar la tarjeta de crédito, para tener un mejor trabajo, para alcanzar una vida más digna. I want you to deal with your problems by becoming rich. Hacer dinero como revancha social: nosotros, espectadores, sentados, pasivos, empleados, el engranaje más bajo de esa rueda.

La justicia también es una artificio: Jordan pasa poco tiempo en la cárcel y después se vuelve gurú de auto-ayuda. Ese es el final lógico y natural en esta sociedad. Adorar estos ídolos. Estos que mientras orinan gritan un gran, sonoro FUCK YOU, USA.

 

 

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Necesidad de escribir, pero no aquí, que de pronto se torna demasiado personal (confesional, público, abierto, incluso: leído).

La mudanza. Ideas que serían otras ideas, ya discutidas, ya escritas, ya desprendidas. La novedad de todo, la triste novedad de todo: encontrar una nueva tiendita, una nueva verdulería, dónde venden pan, o tortillas, o papelería, o un sastre; descubrir todo, otra vez: qué cansado, qué emocionante, qué agotador. Quisiera quedarme quieta (qqq) como un faro y ya no tener que moverme. Siempre me muevo. ¿Cuántas veces me he mudado en la vida? Más de veinte. Los objetos en una caja, el proceso de tirar basura en bolsas negras, de mirar los libros una y otra vez, de encontrar lo que no sabías que tenías, de meditar qué harás con esto, si lo necesitarás, si lamentarás deshacerte de él. Y todo es como provisional, aunque espero que no, que esta vez no. Luego, desear dormir, bajo las cobijas, con las cortinas cerradas, sintiendo una respiración contigua, sin pensar demasiado que hay que organizar y reorganizar la vida y que todo cambia y todo muere y todo podría continuar en cajas por siempre, por siempre.

 

 

Querétaro

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Antes de irme a Querétaro soñaba con Querétaro. Mi hermana ya vivía ahí -estudiaba arquitectura- y me contaba todo lo que hacía, y yo quería hacer esas cosas también. Ir al cine con sus amigos o a un bar, lo más sencillo, lo que era imposible en Polo. Era 31 de julio de 2001, tiene que haber sido ese día, el primero de clases en la Preparatoria Sur, pero ahora pienso -acabo de buscarlo en internet- que entonces fue el 28, lunes, y que de tal forma yo llegué el 27 en la noche (también llegué al DF un domingo).

El primer día fui reclutada por las que así, apresuradamente, podían perfilarse como las desmadrosas del salón. Fuimos a un billar. Yo no sabía, ni sé, jugar billar. Pero tomamos chelas y uh, tomar chelas a los quince, adultamente, con gente de tu salón que no conoces. Después todo se fue acomodando y la prepa fue una enorme piscina de agua tibia, con caras nuevas todos los días, porque era tan grande que yo juraba que siempre veías a alguien que nunca habías visto, lo que era lógico con mi mente pueblerina, de haber tenido sólo tres compañeros en sexto de primaria.

¿Es que todos los lugares me cansan? Los amo mucho y luego nada. Querétaro fue hermoso hasta que dejó de serlo, como Polo cuando llegamos -porque a Polo también llegamos, en 1992, cuando yo tenía seis años- y ahora mismo con el DF, al que todavía reverencio pero del que empiezo a desear separarme (aquí nací, aquí están los recuerdos primigenios, como de sueño).

Ahora que fui, un poco por el trabajo y otro poco para visitar amigos, entendí que mi relación con la ciudad es diferente. Ya no puede herirme, insistir con eso sería absurdo, infantil (aunque soy infantil): las rutas de camiones, malignas; cómo se piensa (pero no todos piensan igual). En la terminal entré al baño y una señora detrás de mí empujaba a su niña, no más de tres años, para que aprovechara y entrara detrás de mí, y la niña la miraba confundida y temerosa, así que la tomé de la mano y nos metimos juntas y le indiqué dónde, y no dejaba de pensar en cómo una señora puede hacer eso, por qué, no parecía que no tuviera cinco pesos sino que más bien le daba flojera o codo desembolsarlos y prefería que la niña entrara sola y guardara ese recuerdo insustancial pero acaso humillante, que de alguna forma moldearía su forma de ser. Cosas así. Tal vez insisto en meter todo al mismo costal, imaginar un temperamento queretano que igual no existe, pero al otro día, cerca de la fuente de Neptuno, había un señor en una jardinera, pelo largo canoso y sin zapatos, cantando a todo pulmón una canción obscena con una guitarra imaginaria, puras inocencias, “los calzones cagoteados” y “pinches” y demás, y la gente lo miraba escandalizada y apenas se permitía una sonrisa tímida, y volví a mi costal del temperamento queretano. También recordé (¿he confirmado este dato?) que no hay sanatorios mentales en Querétaro y que la solución es dejar que estén ahí, vagando confundidos y ensimismados por la calle, o meterlos al Cereso. Un Querétaro triste.

Pero también, una noche en la terraza de Carlita, estaban ahí Triquis, Fanny, Ribón, el Abuelo, Geritas, Edgar, Lois, y otros, y nos acordábamos de cuando alguien se caía en la prepa y la regla inamovible era salir del salón, señalarlo y gritar AH AH AH como tontos, y cómo era graciosísimo y muchos se asomaban de los salones y los pasillos del segundo piso, y todo era una misma cosa. De los demás: algunos ya casados, con hijos, con trabajos importantes o no, viviendo ahí o en otro lugar. Las personas sólo existen en el recuerdo de otras personas.

Además, es una ciudad bella. Siempre he pensado que vivir la adolescencia en una ciudad colonial de mediano tamaño es perfecto (así como vivir la infancia en un pueblo es perfecto, y la primera adultez en una capital monstruosa es perfecto, por tanto supongo que he hecho bien las cosas). Algo más: muchos recuerdos que creí domados, clasificados, siempre presentes, no estaban del todo aceitados, y sólo al andar por las calles y avenidas aparecían con su solidez exacta. Es necesario volver a todos los lugares.

Borges miró esta pequeña, amarilla, refulgente ciudad en El Aleph. Esta parte la escribí en mi “texto oficial/serio” al respecto, pero: entre las maravillas del mundo que sus ojos recogen, entre las pocas ciudades que nombra, está “un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala”.

 

2013

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Viajé mucho gracias al trabajo.

 

Ciudades que fueron como un sueño.

Un día en París. Un día en Río de Janeiro. Un día en Nueva York. Un solo día.

 

Pisé los aeropuertos de Dallas y Houston, dos formas de estar y no estar en Texas, lugar que me causa una enorme curiosidad. Sólo en Dallas, en el tren aéreo de una terminal a otra, vi a lo lejos el skyline ultra-moderno, medio borroneado por un aire caliente y espeso.

 

Vi muchos mares. En la mayoría nadé, otros -fríos, lejanos- sólo los admiré, y todos me despertaron cosas distintas.

 

El Cantábrico en la costa vasca francesa, el Atlántico que baña Brasil, el Caribe en Tulum  y en La Habana, el Pacífico en Acapulco y en toda la costa de Jalisco (Costalegre la llaman: abarca los municipios de Cihuatlán, La Huerta, Tomatlán y Cabo Corrientes), también fui a Manzanillo y, en Chetumal, nadé en las aguas de Bacalar: no es un mar pero se parece o es más hermoso que el mar, de un azul turquesa intenso, con piso de arena blanca y corrientes cálidas, con tanto azufre que no hay animales en su interior.

 

Descubrí a los siguientes autores: Alice Munro (y aclararlo, por la dignidad o el ansia de originalidad: meses, pocos, antes del Nobel), Eloy Tizón, James Baldwin, Leopoldo Marechal, Felisberto Hernández.

 

Probé el LSD por primera vez en Acapulco. Fue como entrar en un sueño, vivir el sueño. Las alucinaciones -nada terrorífico, nada que pudiera dar pie a un lugar común- estaban hechas de materia onírica. El sol brillaba de otra forma sobre las ondulaciones de la arena, una arena viva que palpitaba.

 

Vi una tortuga marina del tamaño de una lavadora, nadando en el mar de Manzanillo: yo estaba encima de un barquito y de pronto la vi, en una parte profunda. También vi una víbora. No me desmayé. Ahí estaba. Ahí me esperaba. Me hizo más fuerte.

 

Xalapa con sus edificios manchados por la humedad, la fiesta de una editorial allí mismo, y a la que no fuimos invitadas, y donde bailamos hasta la deshidratación; San Miguel de Allende, un antro mirrey, ¿cómo terminé ahí? Fui a un evento, los errepés, la mamá de la errepé argentina, hablamos de Buenos Aires, me dijo que a veces manejaba por la noche y que le gusta mucho la ciudad y yo sentí mucha nostalgia, y después tomé de más, como nunca, y la cruda fue tan dolorosa y volvimos de San Miguel por la mañana, a gran velocidad, y en cada curva desfallecía, y tuve que escribir un reportaje urgente (y serio, de un tema serio) en esas condiciones, ¿cómo lo logré?

 

Fue un año difícil. El principio y el final. Preocupaciones por la enfermedad de mi madre, por la cercanía de la muerte, por el futuro de mi padre, de mis hermanos, por la familia que te divide en pequeñas partes que siempre te duelen, que ya no dejan de dolerte. Evasión. Dolor en la distancia. Fracasos personales, un sistema de las cosas traicionero, una forma de madurar.

 

No fui a muchos conciertos. En 2012 fui a muchísimos, y buenos. Ahora sólo recuerdo el Corona, donde estuvimos en nuestra burbuja, en las gradas y otros espacios del VIP, porque la vejez ya no nos permite otra cosa, y el Ceremonia, que fue horrible y denso por muchos motivos, y del que después preferimos no hablar.

 

Este año concreté mi vocación. Veo un final al libro del Fonca. Falta muchísimo. Nadie reescribe o corrige tanto como yo (hipérbole). A veces son cosas neuróticas. Una coma que quito y pongo y quito y pongo, pero también: una descripción desacertada, un inicio flojo, un personaje difuminado, un final que no llega. Una idea que no puede ejecutarse. Muchas páginas escritas a mano y muchos inicios, y mucha corrección y relectura. Siempre ha sido escribir, siempre lo ha sido, pero nunca con tanta adultez como ahora.

 

Adultez será la palabra de 2014.

 

El amor estuvo en mí. Fui amada y amé (y todavía, y seguirá). Un futuro nuevo se abre. Nada se compara a la calidez de la otra persona, a la que se procura y que te protege. Pero también: vivir con alguien te desnuda. Todos mis berrinches matutinos, mi mal humor, mis recaídas, mis enojos, mis decepciones, todo lo que resulta molesto de mí, de mi forma de ser, de mi forma de llevar una relación, la frialdad y la distancia, están ahí a su disposición, y nada se recoge u oculta. Pero luego nada se compara a mirar los ojos de J y saber que ahí está todo, ahí empieza y termina todo, y ya no quieres irte de ahí jamás. Y desear ser mejor. Como mi gran amigo me escribió: amar mejor, más adultamente.

 

Claro que espero viajar. Viajar por mis propios medios además de las agradables y emocionantes sorpresas del trabajo. Leer y escribir más. Amar y entender otras cosas. Esperar y cultivar otras. Tomarlo. No dejarlo.