Colores

Le había contado él, y ella me contó brevemente, mientras bajábamos unas escaleras, que a un profesor y amigo una novia que tuvo le enseñó a distinguir nuevos colores. Unas montañas que se divisaban en su ciudad alemana, que él percibía grises. Ella, que era pintora, le demostró que eran lilas. Y él pudo verlo. También, desde hace muchos años tengo una playera que yo veía gris. Pero cuando empecé a salir con J se refería a ella como mi playera café. Y yo decía no, es gris. No: café. Etcétera. Después traté de verla con otros ojos, con otras ideas, y en mi alma seguía viéndola como gris, la combinaba como gris, en mi mente se proyectaba, hacia afuera, como gris. Pero hace poco entré al catálogo de la tienda y comprobé que la llaman tri-blend-coffee. Es café. Es café. Otro abrigo que tiene, yo lo veía negro pero después me enteré que es azul. Por último, ayer J me regaló un termo con una tapa amarillo encendido. Dijo que le gustó la mezcla de colores, pero yo vi el metal del vaso café, por lo que pensé, débilmente, “¿es interesante combinar el amarillo con el café, que son colores terrosos, gubernamentales y/o bancarios?” Pero luego, por otras cosas que dijo, comprendí que el café era morado, un magenta guindoso que hacía un contraste metálico (ensoñador) con el amarillo.

 

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¿Por qué no puedo escribir?

Aquí. No puedo escribir aquí.

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Adentro

Leí Ornamento, última novela del autor colombiano Juan Cárdenas, publicada este año por la editorial española Periférica. En su catálogo una constelación de raros, poco difundidos o traducidos, de izquierdas o de posiciones poco centrales, pero también algunos clásicos o que en nuestra tradición se leen como tal. Varios latinoamericanos, también. Algunos incluso jóvenes. En la biografía de Cárdenas, nacido en Popayán en 1978, residente en España durante varios años, se informa que se trata de “uno de los jóvenes autores latinoamericanos con más proyección del momento”. La frase dice poco y a la vez podría referir a cualquier otro escritor, no a Cárdenas. En mi caso, lo descubrí en un intercambio de mails con el escritor mexicano Emiliano Monge en la revista digital Traviesa. En sus mails, escritos entre la mudanza y los viajes de Quito a Bogotá, Cárdenas piensa (escribe) el clima político de Ecuador (“La cultura es el gran talón de Aquiles de los gobiernos de izquierda. Y Ecuador no parece ser la excepción, a pesar de las verdaderas proezas que Correa ha hecho en materia de educación. De todos modos, confío en que de aquí a unos años Ecuador se convierta en una referencia a nivel regional.”), de su participación en discusiones y espacios de arte, del potencial revolucionario del entretenimiento popular, de literatura y escritores, de la herencia del barroco, de Latinoamérica.

La inteligencia de Cárdenas me cautivó. La mirada política. Latinoamérica. Yo tenía que leerlo, alguna vez. Finalmente leí Ornamento, que adquirí en una parada exprés en Bogotá (Periférica tiene buena distribución en Latinoamérica, pero el fetiche…).

La trama, apenas leída, resulta interesante. Número 1, número 2, número 3, número 4, voluntarias para examinar los efectos de una droga recreativa que funciona únicamente con mujeres. El científico que diseña la droga y las monitorea. La hacienda colonial transformada en laboratorio diseñada por un arquitecto calvo muy elegante. El diseño de estados de ánimos, el diseño ecológico y el diseño del mundo. El arte. La gracia. La novela transcurre en Colombia, en Bogotá, pero la ciudad, como los personajes, aparece sin nombre. Una frase atribuida a Hernán Cortés se repite: “Quitar los ídolos y poner las imágenes”. El resto, el sobrante. El ornamento. El significado.

No sé si es cierto que Cárdenas es uno de los autores con “mayor proyección” del momento. Sé que me gustaría que así fuera. Que Ornamento se leyera masivamente. Que se disfrutara y se pensara en ella. Que se mirara, en colectividad, con la comezón o la intuición o la certeza o la apasionada negación de estar frente a una obra verdadera.

 

 

¿Pero escribe contra algo o alguien Cárdenas? ¿Sería posible que yo lo leyera si, en vez de publicar en una editorial española que puede encontrarse, aunque con dificultades, en países de habla hispana, Cárdenas hubiera publicado Ornamento en alguna editorial independiente colombiana? ¿Y sin internet habría llegado a su escritura? Hay problemas que se me plantean pero los más importantes, al menos los más interesantes, son los que Cárdenas se planteó al escribir, que se discuten en su obra. Se escribe contra el mercado y la literatura falsa, contra las novelas de tramas, contra el lenguaje convencional, la ideología hegemónica, pero desde dónde y cómo, Latinoamérica es una periferia sólo si se admite que hay un centro, sin embargo seguimos leyendo literatura publicada por editoriales, no podemos acceder a todas, hay una ordenación del mundo que se traslada a nuestros consumos estéticos, no es posible dejar de preguntarse también esto, además del valor de las obras, y de lo poco que significan algunas ideas, algunas aglutinaciones artificiales, movimientos que no son movimientos, sus criterios estéticos no son determinantes únicos, por eso me resulta difícil la idea el escritor que lucha desde afuera, un outsider, y cuál de todos los afueras, sin duda Cárdenas se opone a la literatura fácil y al mercado, a una tradición cantada en otro lado, la explotación de un tema o un estilo, las novelas sin ideas, sin inteligencia, sin erudición, pero entre todos esos problemas, creo, la literatura, la gracia y el significado todavía importan mucho más que lo demás. Cárdenas no es un outsider. Hay que leerlo para saberlo. Él está adentro. Al interior mismo de la literatura.

(en dossier Versus, Vozed)

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Subida a México (tl;dr)

Lunes, 30 de noviembre, 6:29 am. No logro dormir. Yo quería escribir aquí esta noche, pero no terminé, no me dio tiempo, sucesos anodinos inesperados, pensé que el sueño me había derrotado, tuve mucho tiempo los ojos cerrados, exhausta, mi cuerpo exhausto, pero no logré ir al otro lado, no atravesé el pasaje. Ansiedad, miedo, nerviosismo (café cargado, de tardenoche; Speed, bebida energética poco recomendable, tiempo después). No arreglé mi maleta, no terminé mis pendientes. Debo ir a buscar una cosa al rato. Después, aeropuerto. Siete horas en Lima, sin entrar a la ciudad donde nunca llueve. Miguel, nuestro amigo peruano, quien me alojó en la verdegris Lima, la barrancuda Lima, con su familia y sus amigos y su vida, pocos días hace unos años, irá a México a fines de diciembre, de todos modos. Luego: Bogotá. Instrucciones para llegar a casa de mis amados Maria y Rafael, tras cinco años de no verlos. Eran novios entonces y ahora están felizmente casados. Recién casados. En realidad esto empezaba diferente, otra idea. Tengo miedo de no volver. Y de volver. No es tan peculiar lo que yo siento. Es la experiencia del migrado (del migrado feliz, hay que admitirlo). He sentido la necesidad de fijar los acontecimientos de estos días, las aventuras. Quizá sí tengo una interioridad alterdirigida, como observó Paula Sibilia. Debo construirme hacia afuera, por la escritura pública que aquí es como dejar el diario sin el candado. Ya pasaron días de aquella madrugada. Sigo escribiendo en diciembre, en el D.F.

Desde el jueves 26 de noviembre las horas se apresuraron. Una noche húmeda, el cielo blanco de tan cargado. Fue entonces que empezó el affaire amistoso (descubrí que a veces se tienen, como los románticos o sexuales: aventuras y momentos felices con personas que llegan y se van abruptamente). Las cosas que vi. Sentí. Platiqué. Reí. Brinqué. Cómo brincan aquellas brasileñas, Mar Selly y Jhenifer. Retorno a estados infantiles: bromearnos, molestarnos, asustarnos, jalonearnos, golpearnos tanto que el domingo por la noche, cuando llegamos a Montserrat tras bosques de Palermo, Jardín Japónes, Costanera Sur, reserva ecológica, Río de la Plata, paraguayo con pareja de Luján, nubes, río, buquebús a Uruguay, inmensidad, niño que fue mi amigo (“Señora, no meta los pies que el agua está contaminada”, “Pues ya ni modo” y más tarde, cuando me preguntó de dónde era, y le dije, y le pregunté si sabía dónde quedaba, él dijo que en la Concaf y yo le dije que no, que estaba en América pero hacia el norte,  y el niño: “Pero yo lo vi en el Fifa World Cup 2014 que está en la Concaf”: conversación con él, un gran niño argentino, y malo para tirar piedras que hicieran circulitos, a diferencia del joven adulto que tiraba piedras mientras su novia lo miraba), tras esa caminata calurosa en un camino pantanoso, los pelirrojos que todo el día vimos (el pellizco de la buena suerte que, para mi mala suerte, instauré), el tereré, el atardecer, un hermoso atardecer, el río, las aguas sobre el río, el oleaje, un grito repentino, “oooola”, y después una ola, que nos empapó y se llevó mis tennis, el cielo apagándose durante la larga caminata para salir de la reserva ecológica, el calor que sigue en la oscuridad, la feria en la Costanera, un puesto ahí, de tarjetas con significados de nombres, me pasa siempre como Bart con Bort, hay parecidos pero nunca el mío, extrañamente me encontré, Lilián, de origen latino, “la que es pura como un lirio y es simpática con toda la gente”, un maestro de Geografía en la secundaria ochenta me lo había dicho, que significaba “mujer graciosa”, de todos modos es posible, tengo muchos amigos pero no soy simpática con toda la gente, hay alguna que me enerva, pero es cierto lo otro, lo he pensado, que me adapto a todas las personas y con cualquiera hago amistad, si está destinado y si no, no; después los puestos, las artesanías, los objetos inútiles, el ruido y el calor de tantas personas, niños que jugaban futbol, parrillas olorosas y humosas, Puerto Madero, caminata hasta la Casa Rosada, el bondi que nos dejó en Congreso, caminar por Entre Ríos, el súper, un domingo soleado, por la noche despejado, el último en rigor en Buenos Aires, después, cuando llegamos por la noche, y la Jhen se fue a su departamento a limpiar y hacer de cenar para nosotras, como cada quién hizo para las otras, su pollo strogonoff me supo a gloria, mientras nos preparábamos para cruzar de la calle Estados Unidos a la calle Carlos Calvo al 1600, yo me di un segundo, añorado baño, con la piel marcada por el sol y los músculos cansados de tanto caminar, y el cuerpo agotado de una noche de trabajo, tres horas de sueño, tras las cuales, por la mañana, Jhennifer nos tocaba la puerta e instaba al cumplimiento del deber, del plan estipulado, que yo respeto y observo, como el viernes por la noche que comimos enchiladas con los Zapata Jaramillo, evento acordado y planificado, el regreso en el 12, Entre Ríos confundiéndose con Eugenia, los planes y la concreción de esos planes sociales, entonces el domingo, por la noche, la felicidad de recargar fuerzas y después cruzar una calle y prolongar la reunión, la charla, el tiempo compartido, alegría que he tenido esporádica pero intensamente en mi vida: mis amigas Leticia, Laura y Araceli, hermanas, que vivían en la calle atrás de mi calle en Polo; el tiempo que, en Querétaro, viví en La Hera a cuadras de la casa de Fanny; los cortos meses que María fue nuestra vecina del departamento de abajo en Coyoacán, esa amistad que no tiene punto y aparte sino una sucesión de puntos y seguidos, de verse a horas y deshoras, domesticar la vida en conjunto, ir de un lado a otro como de cuartos en una casa, dónde vamos a comer esta vez, platicar, pasar el rato, ayudarnos y acompañarnos y echar relajo y no hacer nada, brincar y golpearnos; en ese baño dominical nocturno descubrí moretones y raspones y heridas que eran el mapa del affaire amistoso que en su expresión más pura se disolvía en conductas infantiles, pero infantiles profundas, del kinder y los primeros años de la primaria, cuando el cuerpo se involucraba entero en la amistad, y había patadas, carreritas, abrazos espontáneos, coscorrones.

Lunes 30 de pendientes. El shopping Abasto y el McDonalds kosher, la charla con Facundo y Ayelen y Meir, y las cosas que pasaron mientras tanto y que yo observaba, y anotaba, no puedo quemarlas ahora pero la señora nacida en Cape Town, criada chilena, rubia, un poco racista, sin embargo chistosísima, que llegó a comprarle una hamburguesa a su hijo a quien visitaría esa noche, en otro país, con la que hablé de restaurantes judíos, “en tal restaurante la comida es buena, pero el servicio está para la mierda, para la mierda, y a ver tú -a Meir- dime dónde puedo conseguir alfajores kosher”, para ser fijada aquí y no en otro lado, y después el subte, y Corrientes y el Obelisco, y escuela y usos latinoamericanos de Barthes, y la ponencia del amigo F.: leer al mundo como un texto. Como un texto. Regresé a pie a Montserrat, con el café grande que más tarde, aunado a la taurina, me daría insomnio y conatos de ataque de pánico, pero entonces, aunque cansada, disfruté de la caminata y el clima caluroso y los pensamientos y la despedida poco apresurada, y el anaranjado del cielo crepuscular, y en la calle México leí en un cartel la palabra sangre, y en un telo (un motel) vi a un hombre y una mujer de la tercera edad, modestos pero elegantes, pagando en el mostrador, y en la calle Estados Unidos pasé por el restaurante dominicano llamado Quisqueya al que siempre quise ir pero nunca lo hice. Una noche inesperada, de muchos matices; Dani descubrió un jazmín en una maceta, hablamos de temas místicos pero aunque empujé hacia allá, por lo de la flor que no floreaba en años, no se replicaron las reflexiones de la noche anterior, cuando estuvimos platicando, Jhen, Mar Selly y yo, y compartimos experiencias familiares, migratorias y de todo tipo, y hablamos de los espíritus de los perros y los gatos y cómo reconocen las almas o el estado de las almas (afuera del Jardín Japonés conocimos a una pitbull cariñosa, llamada Alma) y luego de la luz y la oscuridad y del bien y el mal y en un momento de conversación sombría entró un insecto horrible al departamento, una especie de alacrán con alas; yo me acordé de un texto de Bifo Berardi sobre el papa Francisco que Guillermo Núñez me había compartido, que compartí otras veces, les mostré la foto que me hipnotiza, de los cuervos atacando a las palomas, y después charla derivada, la tradición popular en Argentina, la exclusión y el elemento corruptor, el oasis que son las personas, la familia, las cruces que se van cargando; y esa noche reímos, charlamos, lloramos y jugamos sobre la cama con los perritos, Mallu y Hachi, y Mar Selly se quedó dormida y la Jhen (nacida en 1996) me contó su historia romántica, de final agridulce, con un argentino del conurbano que conoció en Tinder y sobre la que conjeturamos juntas; después nos dormimos y despertamos tarde, de vuelta a Estados Unidos y tras baño y recalentado salí otra vez a la calle (primera parada: subte Carlos Gardel). Después las hamburguesas kosher. Después el mundo como texto. Después la caminata. El jazmín. El ataque de pánico. Mail. Amanecer. Un breve y accidentado sueño.

Martes, 1 de diciembre. Arreglar maleta. Arreglar caja porteña. Una última comida, con feijão. No pensemos en esto, en la despedida. Debía ir a recoger un encargo a la calle Venezuela al 3900, y antes dificultades financieras, planes be de emergencia, cajeros cercanos, pero a las tres en punto (eran 2:58) los apagaban y les ponían dinero, quedarían una hora inútiles, el policía argentinísimo del banco, la señora que tardaba mucho tiempo, hacía una operación y otra, contaba y guardaba su dinero, la angustia chusca, merecida, por hacer todo a la mera hora y aventureramente y confiando en una estrella inmerecida. Fui por el encargo y regresé. Hacía calor. Ya no me pondría sentimental. Apenas pude tirar las cajas y bolsas de basura. Ecilla, transporte a Ezeiza. Ecilla, agradables coincidencias: carioca migrada a Buenos Aires hace 21 años más o menos, se enamoró de un argentino, sus hijos son argentinos, su acento es argentino, pero ella es brasileña, nacida en la misma cidade maravilhosa, y Brasil, su cultura, su lenguaje, su calor, su rareza habían sido la atmósfera del último mes. Por eso era bello ser llevada, con dulzura y comprensión, por ella que había vivido en México en el año 1989: en el D.F., en Acapulco, en Monterrey, recordaba todo con alegría, con emoción, con nostalgia; sus impresiones de la Ciudad de México a tramos devastada por el terremoto; el terremoto de verdad que padeció en el Radisson Acapulco, las impresiones incontaminadas que conserva de Acapulco: las luces de la Costera y los boliches, la felicidad y la juventud, una primera experiencia laboral en el ramo turístico, amigos y atardecer, los tacos al pastor y los cocteles de camarón; su forma de regresarme, de devolverme.

Creo que me dormí rumbo a Lima. Y en Lima, en su aeropuerto, ya había esperado allí, llegada y salida de Sudamérica, una romantización latinoamericanista, todavía es el gran puerto de América Latina, los acentos de Centro y Sudamérica y el Caribe se entremezclan, me acosté en una sala al azar, en un vuelo que iba a Santa Cruz, Bolivia; me tapé con la chamarra y puse la cabeza en mi mochila, y temblé un poco por el aire acondicionado, y no logré dormirme, y caminé y caminé y me comí un envuelto de pollo con salsa criolla de paquetito, y una Inca Kola, y vi los cinco autores estelares del estante de libros de su Britt Shop: Vargas Llosa, Bryce Echenique, José María Arguedas, Jaime Bayly, Santiago Rocangliolo.

Desenchufé el cuerpo a Bogotá. Antes de las siete de la mañana el avión descendía sobre las verdes, frondosas, agrestes montañas colombianas, también un país de sierras y cordilleras, la necesidad de la montaña plenamente aliviada. Eso fue el miércoles 2 de diciembre. Pero hace unas frases que escribo en Polotitlán, de madrugada, con mucho frío. Ayer saqué la cabeza por una ventana y vi estrellas demasiado nítidas, brillantes y espectaculares, no había visto unas así en todo el año; pero hoy otra vez está opaco. Mi hermana dice que hubo lluvia de estrellas (domingo 13 de diciembre). Los días pasan y los detalles se olvidan más y más, pero no importa, es inútil pelear con el deseo, la compulsión: no me importa lo largo y lo aburrido, el exceso de detalles.

En El Dorado: guardaequipaje, subir arrastrando la maleta reducida a 27 kilos por el elevador, el cajero, los miles de pesos colombianos, los buenos recuerdos de los ceros múltiples, la negociación con el guardaequipajero, el arreglo de la mochila para el día y medio en la ciudad, el tinto grande y el espeso jugo de lulo, el inicio del trayecto en Transmilenio a Cedritos, una hora y media aproximada de viaje, con cuatro cambios de autobús, un baño público (500 pesos), instrucciones que seguí al pie de la letra, una de ellas: en el punto más alto de un puente peatonal caminar hacia las montañas; un local debajo de aquel puente, antes del último autobús desde el que logré ubicarme gracias a las rampas de skate, un “guardabocas” de fresa o membrillo, la ruta por SITP anaranjado, una ciudad con problemas similares al D.F. pero con voluntad de ordenar su sistema de transporte público, más bicis en las calles, cerros y verde rodeando la ciudad, una modernidad interrumpida, yo recordaba el ladrillo rojo de los edificios bogotanos, algunas marcas y anuncios de comida, caminé perdida por el barrio, con la mochila perforándome los hombros; avistamiento de dos Oxxos, orientación posible gracias a las carreras y las calles numeradas; llegada al departamento, a los gatos, Mau y Moe, una siesta larga, reparadora, un baño hirviente, caminata en busca de un jugo, de lo que fuera: en una panadería-fonda uno grande de moras, que tomé en dos tragos. Después pasé a una tiendita y compré una Pony Malta y un Postobón de manzana, color rosa. Regresar a aquel país, por fin. La primera vez un mes en Colombia, siempre me digo que lo conozco casi todo, de Ipiales a Barranquilla, pero no es cierto, falta tanto, y ahora, con más ganas que antes, lo habito menos de treinta horas.

Más tarde: la amistad. La conversación. El paseo en bicicleta. En la tele, Santa Fe y Huracán se disputaban un partido de futbol, Colombia contra Argentina, el sabor colombiano en Argentina, más Colombia que México en Argentina, las frutas y la arepa de queso con mantequilla y sal, en un puesto a algunas calles, la cena (bici), las fotos de la boda, Buga en fotos, el hermoso valle colombiano, un capítulo de Pablo Escobar, un cansancio pertinaz. Sueños recortados. Jueves 3 de diciembre. Un baño. No había desayunado papaya en varios meses. Tengo una fijación por las frutas colombianas. Despedida de mis amigos, despedida de Mau y Moe. Mochila. Más pesada, con curubas, feijoas, lulos y mamoncillos, y otros encargos. Caminata a la parada. Chica (guapa, alternativa) que leía una novela de Laura Restrepo (¿cuál?) en el 18-3, anaranjado, atravesando la séptima carrera al pie de un cerro verde, y coches, y tráfico, y puentes, y edificios, sentada en el piso, de pie, otra vez en el piso, durante hora y media. La señora del jugo en estación Universidades, pero váyase con cuidado, el acento cantado que se me va pegando, se me va montando, el eje ambiental, la librería Lerner, Cárdenas y González, las frutas sobrantes en una bolsita, para regalar, una caminata a solas que yo había dado en compañía hace seis años, con Maria, con Rafa, con Andrés y Lina, con el alemán, del Museo del Oro a la Plaza Bolívar, era enero, también había un arbolito de Navidad, grande, en medio de la plaza; yo tenía veintitrés años.

Operé milimétricamente, calculé los minutos, fui concentrada y eficiente, cargué la mochila con resignación, muchos kilos amarrados a la cintura con un cinturón extra que me distribuía el peso, para entonces todo me dolía, cuatro días de esfuerzo físico, déficit de sueño, en realidad eso también me daba miedo, la noche de la crisis, someterme a un viaje tan cansado sin haberme preparado para ello; pero de todos modos caminé, di unas vueltas, saqué unas fotos, luego ya ninguna, solamente contemplé, caminé unas treinta cuadras por la séptima peatonal, llegué a la estación subterránea del Museo Nacional, recorrí todo el andén, volví sobre mis pasos y me adherí a la fila del K86, daban la 1:35, yo tenía que estar en el aeropuerto a las 2:15 a más tardar, tenía que recoger maleta, redistribuir con mochila, arrastrarla por todo el aeropuerto en un carrito, debía pesar menos de 25 kilos, la revisión exhaustiva, la fila de migración, el oloroso, finísimo café con los últimos 60 mil pesos, que perdí en algún momento entre el avión y aduana (las frutas, envueltas en aluminio, ocultas entre la ropa, descubiertas por la tal Senasica, que revisa con rayos equis los vuelos procedentes de Sudamérica únicamente), el agua llamada Renacer, la búsqueda de la sala, en un mezzanine, solitaria, mexicanos, el acento, la encuesta del Ministerio de Turismo, el vuelo, la lectura, el cansancio, el atardecer, el sueño, la agitación.

Todo lo demás es mío, es otra cosa. No alcanzo a registrar, ya no hay forma, queda fijado sin ser fijado. Nuevamente el afuera es diferente, retomé una vida social diferente, atiborrada, diciembre y popularidad por la distancia, reuniones, fiestas, cenas, visitas, conversaciones, no he visto a todos, ¿cuántos son los míos?, bastantes, por lo menos alguien en cada vida nueva, sin duda allá -ahora es allá- tengo una vida, más modesta, menos sociable, pero una vida, que me ha fragmentado una vez más, debo recomponerme, fui trasplantada, aquello ahora es el pasado, un post escrito de manera intermitente durante tres semanas, todavía se siente poco tiempo, rebobinarse al invierno, otra vez un invierno, calor y sol escasos, apenas empezaban, luces de la Navidad, las luces parpadeantes, la Navidad siempre me deja un poco triste. Hace dos semanas conocí a un niño, Sebastián, que nació el mismo día que yo, 26 de mayo. Le dije que yo soy de 1986. Me dijo, entre otros temas, que él es de 2008. Estuvo mucho rato en la casa y cuando se fue, en el refri, dejó estos versos:

versos

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Domingo 16:13

Todo ha acontecido rápidamente, mi cuerpo siempre está por delante, soy muy lenta, muy lenta, cada vez contemplo más y me involucro menos, amplia vida interior, los hechos son meditados tardíamente, me mudé, cayó el fin de semana del día de muertos, yo tenía muy presente el anterior día de muertos, lo había fijado en un mail (todo este tiempo escribiéndole, en realidad me escribía a mí misma), me había afectado profundamente: aquel viernes tuve que ir al centro histórico del D.F., a la calle Argentina justamente, después me sumergí en Donceles, en las librerías de viejo de Donceles, encontré un libro de Deniz y una edición muy vieja, descolorida, tapas azul cielo, de Las Elegías de Duino; 20 pesos en total, atravesé el pasaje Catedral, con su memorabilia religiosa y su estatua de Juan Pablo II, prohibido tomar foto, la plancha del Zócalo un muégano, las calaveras de azúcar gigantescas, una piramidal ofrenda de muertos hecha de pantallas de televisión, dedicada a Cerati; un festival en su honor, una banda llamada “Rojo marfil”, tocaba Vivo cuando yo crucé. Todo estaba reciente, tomar el Zócalo por asalto, manifestarse donde antes no se permitía. Yo tenía que ir a la calle 20 de Noviembre a recoger el vestido de dama de boda, muchas veces recorrí ese pasaje con mi mamá, de niña, en busca del vestido de reina de la primavera o una crinolina de bailable o la indumentaria de la primera comunión. Me dio tiempo de comprarme unos zapatos leoneses para la boda, así lo marcaba el presupuesto y la preferencia, intenté llegar al metro a través de Madero, empresa que me tomó más de media hora, una barrera impenetrable de disfrazados, familias, parejas, monstruos que cobraban para la foto, extranjeros, despistados, mi celular sin pila. Metro Balderas atascado, tres o cuatro trenes, sin posibilidad de abordaje. Había quedado con J a las 9 en el cine, veríamos la que entonces era la nueva de Woody Allen, no podía avisarle de mi atraso, no tenía efectivo, salí del metro y logré entrar a un cajero, saqué dinero, un taxi rosa se detuvo, lo abordé y llegué al cine y no se había hecho tarde y J sonreía y la película no empezaba y aquello también me producía sentimientos, yo iba a interrumpir esos viernes, cambiarlos por otros.

El día de muertos me pegó. No hubo sustitución. No hubo disfrazados, velas, cempasúchil ni por equivocación, no hubo Halloween siquiera, alguna máscara, una gota de sangre falsa, un poco de juego, un poco de risa, nada, ni lo uno ni lo otro, un fin descolorido, en un departamento nuevo, aquello estaba bien y mal, otra vez el cuerpo por delante, una pelea en la calle, de madrugada: dos parejas; una mujer  que gritaba y gritaba, el otro la sacudía, los amigos los separaban y a veces observaban, los cuatro estaban muy borrachos, de pronto alguien se caía, avanzaban pocos metros y muchos boludos y otras palabras alcohólicas y balbucidas, el domingo: Congreso, la plaza más cercana, el área verde, reflexiones, caminata por el barrio, reconocimiento del terreno, ¿y ahora cuál es el objeto? En medio variadas ocasiones e intercambios sociales, y una enfermedad terrible y horas febriles, poca lectura, poca escritura, lluvia, sol, plantas, horizonte por la ventana, noticias regulares, mexicanos, paisanos, amigos, una niña cejona en el Ramos Mejía, yo llamo a los niños, los encanto, ésta podría ser mi hija, me llenó de palabrerías, que tenía una víbora, en un árbol, junto a su cama, y era karateca, y yo la escuchaba y la trataba como a algunos niños les gusta ser tratados, con mucha seriedad y como si fueran adultos.

Pero me queda una semana en Buenos Aires antes de volver, si vuelvo, si vivo (¿quién tiene garantías de nada?), el próximo año, y siento que no es cierto, que me faltan muchas cosas por hacer aquí, si es posible regresar a lo que extraño y anhelo, y a mi tormentosa relación con el D.F., no me cae el veinte, estoy en negación, otro cambio brusco, mis defensas en el suelo, ¿haré lo que debo hacer y terminaré lo que debo terminar?, me cuesta pensar que ahora estoy aquí y en unos días allá, que otra vez el espacio cambiará, el sol (adiós, sol), el acento, la comida (¡al fin la comida!), los sentimientos, la vida interior, una vez más.

 

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Los diarios de…

Yo conozco mi modo de leer y en qué categoría se sitúa mi concepción de la literatura. Pero no puedo cambiarla, es más: no quiero. Algunos libros verdaderamente me han ayudado a vivir. También sé que llevo mis meses porteños (porteños, se me dice, que lo bonaerense atañe a la provincia de Buenos Aires) sumergida en una lectura mística de lo que me rodea que no es otra cosa que un movimiento narcisista, una lectura de mí misma a gran escala (oh, soltería impuesta, soltería artificial). Me curo en salud para confesar que otra vez caí en la lectura letraherida (ay, el Constantino Bértolo que me complicó un texto a la mitad de escribirlo pero también: qué bueno), y puse mi sustrato autobiográfico al servicio de mi descubrimiento, o más bien interesamiento por Los diarios de Emilio Renzi (años de formación), reescritura, edición y quién sabe qué otra cosa más de los diarios del joven Piglia.

O sea, ya sabía del libro. Y me interesó, por el asunto de los diarios. Pero me urgía más, pensaba, el Cómo se escribe el diario íntimo, de Alan Pauls. Todavía me hace falta. Lo que sucede es que hoy entré a una librería Cúspide y en su mesa de novedades estaba el de Piglia, sin el plastiquito, y lo abrí y leí algunas entradas, las típicas de diario, intercaladas con episodios ¿literarios?, ¿narrativos?, y entre todo ello nombres conocidos y admirados, y sitios conocidos y amados, y todo rebosando literatura y lecturas, y total que mientras lo leía hasta el pulso se me aceleró. Hice lo que tenía que hacer donde estaba y luego decidí ir a El Ateneo de la peatonal Florida, donde hay una salita con sillones en la que siempre hay gente leyendo. Fui, con una buena hora para sentarme a leer. También tenían un ejemplar sin plastiquito. Me senté, triunfal, en una silla y, oh: primer misticismo apabullante: en la otra isla (hay dos islas de silloncitos y mesas) estaba sentada una anciana que, sólo en ese momento comprendí, yo ya había visto ahí mismo. Pero quizás la había visto sin verla, porque mi encuentro con ella en verdad consciente fue más bien aterrador: días antes yo venía caminando por avenida Santa Fe, a la altura del subte San Martín y en general de mi barrio y del microcentro, una noche en que me sentía triste, ansiosa, agobiada por mis problemas, cuando se me apareció aquel cuerpo tullido, enroscado, una mujer diminuta con una joroba tan pronunciada que su cabeza ya no podía erguirse, estaba totalmente torcida, su cara paralela al piso, de tal manera que al verla de espaldas era como ver un cuerpo sin cabeza, una deformación vertebral probablemente dolorosa, enquistada, que la hacía caminar con lentitud y sin embargo con plena autosuficiencia y hasta serenidad. Me turbó verla, incluso diría que al principio me espantó, la visión sobrenatural del cuerpo sin cabeza, y después la empatía y el dolor, y luego el movimiento narcisista, y todo esto no hizo más que remover el ánimo lóbrego que esa noche traía conmigo. Enseguida llegué y apunté algo sobre ella en un cuaderno, para fines utilitarios. Pues hoy la vi en la librería, diminuta y arrellanada en su silla, perdida en la lectura como, por supuesto, yo la había visto la primera vez, antes de robarle su dignidad. Seguramente somos (y pronto dejaremos de ser) vecinas. Al menos somos usuarias de la salita de lectura de El Ateneo de Florida.

De los diarios, en aquella hora, hice una lectura a la que tengo tanto derecho como todos, o sea desordenada y al azar, saltándome párrafos, frases y toda continuidad, viajando de 1967 a 1958 a 1963.

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Una semana después -que es cuando continúo esta entrada- tengo frescos muchos pasajes todavía. Aquel donde dice conservar la convicción de que cada día fuera sí mismo, único, portara su propio signo. Sus lecturas apasionadas de Dostoievsky; críticas de Fuentes, García Márquez, Cortázar, Leñero; amorosas de toda la literatura anglosajona; de James Baldwin y  Woolf y Pavese y Proust. Sus discusiones teóricas con Sartre, con Gramsci, sobre el problema arte-vida, la representación, la política, el narrador. Tiene diecisiete años cuando empieza su diario y el volumen se detiene en sus 27, edad crítica para el joven artista. Y a esa edad ya pensaba -y de qué manera- en todo esto. Admirar la claridad de pensamiento del joven Piglia, del joven Emilio Renzi, de Ricardo Emilio Piglia Renzi (otro que, como Jorge Mario Varlotta Levrero, se vuelve el doble de sí mismo: el nombre y el apellido secundario el autor, en uno; el personaje ficticio, en el otro). Asistir con morbo a sus relaciones sexuales y afectivas. Envidiar su voluntad de trabajo, su disciplina. Imaginar aquellas reuniones alcohólicas con Haroldo Conti, con Rodolfo Walsh, con Edgardo Cozarinsky. Encontrarse en sus dudas, en su confesión de que en su vida le ha apostado a una sola carta, en la puesta en crisis de la noción de vocación (¿y qué otra cosa es sino persistencia?), en su enamoramiento de la literatura y sus satélites (otro romántico).

Pero sobre todo proyecté mi experiencia en su experiencia, y me vi en sus andanzas por el barrio de Retiro y la Plaza San Martín y el centro de Buenos Aires, en sus estadías en el café Florida y en otros restaurantes y bares que ya no existen; en su tensa y peculiar relación con la provincia, los autobuses, la capital cercana pero a la vez un tanto inaccesible; en su condición de joven nómada, cambiándose de pensión en pensión, de cuarto en cuarto, cargando a donde vaya su pila de libros, su enorme pila de libros, que se agranda continuamente, pues compra y compra, y malgasta el dinero y a veces se queda sin plata y pasa hambres pasajeras y cuando por fin tiene dinero se sienta en restaurantes y pide un bife con papas a la francesa. Tuve que mirarme, entonces, en su idealización del héroe sin domicilio fijo. En sus diarios Renzi o Piglia escribe de lo que debe escribir y de sus ganas de escribir; de sus lecturas, de las películas que ve, de sus sueños y de ideas para cuentos. En un fragmento explica que cuando alguien cuestiona un aspecto de sus cuentos sobre el cual se siente completamente seguro, descarta el comentario; pero cuando hacen una mención, o apenas una intuición, por más vaga, sobre algo que a él le causaba cierta inseguridad, ya sabe que debe trabajarlo de nuevo.

En la web de Anagrama se pueden descargar las primeras páginas. Algunos fragmentos de allí:

“«Por eso hablar de mí es hablar de ese diario. Todo lo que soy está ahí pero no hay más que palabras. Cambios en mi letra manuscrita», había dicho. A veces, cuando lo relee, le cuesta reconocer lo que ha vivido. Hay episodios narrados en los cuadernos que ha olvidado por completo. Existen en el diario pero no en sus recuerdos. Y a la vez ciertos hechos que permanecen en su memoria con la nitidez de una fotografía están ausentes como si nunca los hubiera vivido. Tiene la extraña sensación de haber vivido dos vidas. ”


“¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro).
La experiencia, se había dado cuenta, es una multiplicación microscópica de pequeños acontecimientos que se repiten y se expanden, sin conexión, dispersos, en fuga. Su vida, había comprendido ahora, estaba dividida en secuencias lineales, series abiertas que se remontaban al pasado remoto: incidentes mínimos, estar solo en un cuarto de hotel, ver su cara en un fotomatón, subir a un taxi, besar a una mujer, levantar la vista de la página y mirar por la ventana, ¿cuántas veces? Esos gestos formaban una red fluida, dibujaban un recorrido –y dibujó en una servilleta un mapa con círculos y cruces–, así sería el trayecto de mi vida, digamos, dijo.”


“La ilusión es una forma perfecta. No es un error, no se la debe confundir con una equivocación involuntaria. Se trata de una construcción deliberada, que está pensada para engañar al mismo que la construye. Es una forma pura, quizá la más pura de las formas que existen. La ilusión como novela privada, como autobiografía futura.”


“Punto primero, los libros de mi vida entonces, pero tampoco todos los que había leído sino sólo aquellos de los cuales recuerdo con nitidez la situación, y el momento en que los estaba leyendo. Si recuerdo las circunstancias en las que estaba con un libro, eso es para mí la prueba de que fue decisivo. No necesariamente son los mejores ni los que me han influido: pero son los que han dejado una marca. Voy a seguir ese criterio mnemotécnico, como si no tuviera más que esas imágenes para reconstruir mi experiencia. Un libro en el recuerdo tiene una cualidad íntima, sólo si me veo a mí mismo leyendo. Estoy afuera, distanciado, y me veo como si fuera otro (más joven siempre). Por eso, quizá pienso ahora, aquella imagen –hacer como que leo un libro en el umbral de la casa de mi infancia– es la primera de una serie y voy a empezar ahí mi autobiografía.”

 

**

Entonces pienso en el yo como relato, en la necedad y la ilusión y la ingenuidad de pensarse escritor, y sobre todo en mi biografía lectora remota, la de la niñez y la adolescencia: pienso en aquella tarde en Polo en que se fue la luz y durante las últimas horas de la tarde me puse a leer Pedro Páramo, mirando por la ventana la milpa y los cerros, sabiendo que yo misma estaba ahí, en Comala; la primera vez que en un libro de lecturas de la primaria leí a Borges y a Cortázar (y empezó así mi enamoramiento de Buenos Aires); en mi lectura de Ana Frank a la misma edad que Ana Frank tenía al escribir su diario; me miro también, desde afuera, leyendo Cumbres borrascosas, todo Wilde, El país de las sombras largas, las novelas de Jean Webster, ¡Cagliostro!, ¡Sinuhé, el egipicio!, ¡El sombrero de tres picos!, los coloridos volúmenes de El Quillet de los niños que leía y releía obsesivamente, junto con Las aventuras de Tomillo; María, de Jorge Isaacs; Marianela, de Pérez Galdós, mi primer intento de Crimen y castigo. El libro que inauguró mi vida lectora, muy joven: Alicia en el país de las maravillas. Hay mucho más. Libros que encontré en la nutrida, extraña, ecléctica biblioteca de mi papá, un gran lector (y qué suerte tenerlo y, unida a ello, la posibilidad de perderse en estantes repletos, de los que había que rescatar lo literario entre tomos de ingeniería, oceanografía, economía, manuales, almanaques, herbolaria, etc.).

También pienso ahora en la épica del nomadismo. Termino esta entrada, días después de aquel jueves del Ateneo de Florida, en un café de Montserrat, a donde me acabo de mudar (mudanza número 19). Lo único que me interesó durante la mudanza, a lo que no le despegué el ojo, fue mi caja de libros (90% adquiridos en Buenos Aires) y mis cuadernos (más de diez, algunos con apuntes escolares y otros con entradas de diario).

Es cierto que La novela luminosa me ayudó a vivir los primeros meses aquí. Pero ahora debo perderme menos en mis pensamientos y trabajar más. Necesito un nuevo modelo. He accedido intermitentemente a los diarios de Piglia. Pronto me sumergiré por completo.

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Inexplicable chat con Luis Frost en el que acabamos hablando de las vergas de los escritores del Boom (curado y editado)

Frost:

me contaba cómo

cuando matas a una serpiente

no la puedes cortar

Lilián:

ay

Frost:

porque de cada parte sale una nueva

hay que aplastarlas

mucho y muy duro

pero es interesante porque es de oaxaca y lo dijo como un hecho, como que así sucede, es verdad

Lilián:

ay no mamesss

fldjfldjfld

uf, sabes que me pongo mega mal con ese pedo

Frost:

lo siento

pensé que ya lo tenías más manejado

hablemos de

ommm

Lilián:

pero a la vez siempre tengo curiosidad

Frost:

es que no tienen patitas

Lilián:

weeee, hago progresos pírricos

hablar de esto es irlo manejando

no pude ni leer la nota de la que salió en metro la villa

y we, metro la villa?

seguro era de una curandera o algo así

Frost:

chale, están en todas partes

Lilián:

mi máximo temor no metafísico, no de muerte

como que la vida me tiene reservado ese momento ojete

y ha pasado pero no heavy o no como imagino el que sería así culero de me infarto

Frost:

yo creo que está padre tener esos miedos

te hace interesante

Lilián:

jajajajajaja, no mames

a nadie le parece interesante…

de hecho me caga, porque no son comprensivos. creen que es de risa, que es detalle de color

Frost:

pues por eso es interesante, porque lo parece porque te lo tomas muy en serio

pero ES VERDAD

Lilián:

sí y las llamo, we

entonces en algún punto estoy convencida de que comparto algo con ellas

Frost:

como voldemort

Lilián:

es raro, porque las detesto y a la vez me causan curiosidad

pero no puedo ni leer info de ellas aunque no haya fotos

mi imaginación es muy poderosa

es que neta no

no entiendo qué pedo con esa forma

Frost:

pues no sé

Lilián:

es metafísico

Frost:

algo ha de querer decir

Lilián:

me causa demasiado horror la forma

como que algo vivo no puede ser así

Frost:

me suena a que un psicoanalista te usaría de caso

“L le tenía pavor a la forma metafísica de las ****”

Lilián:

ya, cambiemos de tema

ya me puse loquita, jajajaja

 

/derivas, derivas conversacionales/larga discusión en torno al nacionalismo y México y temas serios y otras cosas que luego serán usadas para otras cosas/

 

Lilián:

me cansa chatear y a la vez lo hago mucho

me duelen los dedos, la mano

se debería poder chatear con la mente

Frost:

a mí me gusta

Lilián:

somos chateadores, we

porque somos usuarios 1.0 de internet

cuando lo chido era el chateo

no sus pinches videos periscope

QUÉPEDOWE

Frost:

no mames te imaginas que se pudiera chatear a través del aire?

Lilián:

síiiii

Frost:

o sea que tuviéramos algo así como un órgano en el cuerpo con el que pudiéramos chatear sin necesidad de una computadora

woooooo

tsss

Lilián:

seguro we

he tenido unas fantasías futuristas muy gachas

Frost:

que nos controle google?

yo ya no entiendo el periscope ni el snapchat ni nada

estoy mega mega mega seguro de que ya viene el backlash contra internet

en la generación que viene debajo de ésta se va a rebelar

Lilián:

ojalá

Frost:

sucede con cada medio

estoy segurísimo

te lo prometo

entre ellos va a ser mal visto tener facebook, usar smartphone, etc.

Lilián:

nosotros recordamos la vida sin internet, los millennials son los que no tienen arreglo

mi infancia fue muy feliz sin internet

si hubiera tenido internet, hoy no estaría viva, we

Frost:

yo iba al monte con mis vecinos

a buscar el ojo de agua

pero en oaxaca no había ni tv

no había canal cinco

entonces no había caricaturas

Lilián:

yo siempre tuve tele

mucha. en mi casa ven mucha

llegamos a tener antena parabólica en polo… nadie tenía cable pero nosotros teníamos hasta mtv gringo

pero aún así yo siempre tuve mi vida ñoña, nerd, consumista culturalmente, y la real de salir, gente, aire, vida, sol

Frost:

yo veía mucho mtv

y clarissa

y la niña que congelaba el tiempo con los dedos

siempre quise ese poder

Lilián:

yo amaba nickelodeon

y mtv en 1998 era muy bueno

 

/larga deriva a charla personal/conflictos y resoluciones/

 

Lilián:

ajá, estoy orita como marge

en momentos como éste…

llegué con 6 libros a BA y ya tengo más de 30 yo creo

es el paraíso libresco acá

pero luego te mega deprime

Frost:

por tanto libro?

a lo mejor borges pisó donde tú pisas

qué emocionante

cuando fui a atenas

eso pensaba

GOEI SÓCRATES VIO ESTE MAR

GOEI ARISTÓTELES CAMINÓ POR ACÁ

así

Lilián:

jajaja

y claro, paso seguido por su último depa, we, está a pasos de aquí. hoy pasé, de hecho. e iba pensando al ver toda la vulgaridad alrededor qué habría pensado él. y lo bello, porque hacia su edificio se pone bien lindo

 

/charla más seria sobre Borges, separación entre obra y artista, literatura y vida, que nos guardaremos, nos guardaremos, etc./

 

Frost:

we

hablando de gente insoportable

me contaron /larga explicación del chisme/ que  vargas llosa

LA TIENE CHIQUITA

eso dicen

puedo creer eso

Lilián:

JAJAJAJA

no mamaaaar

qué risa

todo el chisme te esperas algo cabrón, no mames

chale, qué horrible

me lo imaginaba así bien vergas

con su cara perfecta y viril

y sus cejas

Frost:

pero que es muy chambeador y lo compensa

Lilián:

no mames

este es el mejor homenaje que le haremos al boom

Frost:

lo cual tiene sentido, porque a fin de cuentas para ser escritor se requiere persistencia

Lilián:

vargas llosa era el soldadito

así lo llamaban

pura disciplina

Frost:

a borges seguro no se le paraba

Lilián:

chance murió virgen

Frost:

garcía márquez seguro era pitudo

los colombianos tienen fama

Lilián:

claro, garcía márquez… no muy muy porque también lo imagino chambeador

el que seguro sí estaba hipervergón era fuentes

Frost:

neta

ese era un dandy hecho y derecho

FUENTES

Lilián:

no mames, era un actor de cine

seguro de sí mismo, carismático, culto

mega narcisista

Frost:

oh dios

hasta el nombre

galanazo

Lilián:

con poca autocrítica de pronto, pero con momentos cabrones de inspiración

y aparte de ser niño fresa, yo creo que sí era vergudo, por las mujeres que tuvo, por sus historias y por su seguridad

por más papá diplomático y cultísimo que tengas…

Frost:

apenas leí al fin la región más transparente y sí no me chingues

wooo

a huevo

Lilián

ajá!

Frost:

cortázar no sé

Lilián:

yo creo que pitochico

JAJAJAJA

Frost:

jajajaja

Lilián:

we, nunca había escrito tanto verga y similares

acá no la usan, sabes? es pija

me caga

Frost:

bueno creo que yo haría lo mismo

suena menos varonil

Lilián:

seh

Frost:

verga > pija

 

/más desvíos conversacionales/

 

Frost:

por cierto, ya CASI sale la nueva de bond

en el trailer se ve el zócalo

Lilián:

sí weeee

qué emoción

Frost:

lloro

Lilián:

amo james bond

malpedo

vamos a verla

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Lafaye

Hice una mala apuesta. Está bien, yo resuelvo. Lo que me duele es despedirme de la Plaza San Martín. Bello lugar. Cuántas cosas he visto ahí. Hace rato: un muchacho vestido con saco color crema, pantalones anchos y una peluca rubia aparatosa. Venía subiendo por los escalones laterales de la barranca de césped (donados por American Express) (descubro que ahí enfrente se encuentra la sede argentina, en un edificio alto, moderno, puro vidrio: con razón) y en cuanto lo vi me dio mucha risa, dije naaaaa, pero después él empezó a bajar haciendo unos movimientos raros y me di cuenta que al fondo de las escaleras estaba un amigo grabándolo con un celular. ¿Qué grabarían? Pensé: igual un Vine. Pero también podría ser que no. Una ciudad con mucho teatro genera superávit de actores y entre ellos muchos principiantes. Me gusta eso, se nota. Como los que se emplean en la industria turística en Chicago: persiguen el teatro musical, la escuela de improvisación. Tantos actores en Buenos Aires, también. Tan sólo vivo con una, fui a verla (teatro por todos lados, teatro detrás de puertitas y en sótanos, con marquesina espectacular y marquesina miniatura, en cuartos de casa y sobre las tablas). O sea que el muchacho de la peluca podría estar grabando algo interesante, o al menos gracioso. Se fueron moviendo por la plaza, él y su camarógrafo de celular, y después pasaron unos noviecitos o primos o hermanos o amigos, un par de adolescentes chetos/fresas, rubios y cargando su raqueta en estuche Wilson, de esos que viven en las calles del barrio de Retiro, hermosas, que quedan ocultas detrás de los edificios de oficinas. Qué más siempre veo ahí: parejas, muchas parejas, siempre se practica ahí el celestial arte de echar novio. Solitarios, también. De los que lo disfrutan. Mucha gente con sus perros. Ningún gato. Litros de mate. Flores, olor a flores (poético slang de marihuana). Un salón de primaria entero, una cuarentena de niños con un pants azul de rayitas blancas por todo elemento uniformante, sudaderas y suéteres de colores, y gorritos y diferentes tonos de pelo, y amigas tomadas de la mano y amigos que bajan las escaleras hablando entre dientes. Cuando fue el eclipse, con mucho frío, había en la pendiente un grupo mixto dentro del que empecé a llamar “el lado del bien”, por la influencia de una cierta profesora. Después me asomé por el barandal y por la calle San Martín venía la rodada de ciclistas noctámbulos, entre gritos y alegrías por la bajada y la velocidad y que no había muchos coches y la ciudad era suya. Claro que después aparecieron coches y hubo claxonazos y otros que la hicieron de semáforos en dos ruedas en lo que terminaban de cruzar todos, y que luego se perdieron y desbandaron sobre la avenida Libertador.

Venía por la calle Arenales y vi a alguien que desde afuera miraba con cierta curiosidad hacia el interior del súpermercado al que suelo ir. Llegué a esa altura y vi que lo estaban desmontando. Se llama o más bien -ya- se llamaba Autoservicio Elino. No es el más barato de la zona pero es el más digno y apto para las señoras y los señores de Retiro, bien iluminado y con buena selección de pan y mermeladas y dulces y con una carnicería de carnicero que no anda perdiendo el tiempo y es brusco y qué vas a querer aunque no haya fila, y una verdulería carísima. Y un papel en el cristal: sábado 10/10 cerramos. Los estantes de súper, que acá llaman góndolas (me gusta más góndola), vacíos. Cajas en el piso. El súper tenía una especie de marquesina afuera también, un cartel con letras rojas, elegantes, anticuadas, que decía Autoservicio Elino.

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1:02

Fui a Facebook a registrar quién ordenaría mis cosas en caso de muerte. Fotos, más que nada. No podrían leer mis mensajes. Ahora debo instruir a la misma persona para que se haga cargo de mi cascajo digital. El pensamiento me rozó y me inquietó. Sobre todo, déjate tú el blog, el mail, el Twitter… Sobre todo mis versiones 1-18 de textos que me persiguen y que si me muero quedarán a medias y perdidos. Aunque tampoco importa mucho.

Me puse a ordenar mis papeles, mis usbs. Tiré, borré. Estoy sumergida hasta los muslos en una nueva temporada de burocracia torturante. Avanzo en ese bosque oscuro con resignación, a tientas y muy lentamente. Perseverancia.

Estoy reflexionando profundamente sobre mi vida. ¿Es esto bueno o malo? Sin duda es ensimismado. Sin duda si tuviera otro tren de vida no pasaría. Y a la vez es un poco inútil, porque mientras más miras más se ensancha aquello.

En un mes mudanza y otra vez me despido de las cosas y me recuerdo que soy así, que siempre soy así, que en 2006 escribí lo siguiente, al mudarme de otro cuarto de estudiante, y que por escribirlo puedo recordarlo pero no sé muy bien si eso es bueno o malo:

Pensar que nunca más veré estas paredes. Que nunca más veré el polvo acumulado en los rincones y los restos de unas Suavicremas de fresa que se hicieron pedacitos en el borde del clóset (jamás habrían de salir de ahí). Que nunca más sentiré ese mareo repentino al voltear y, en lugar de encontrarme con una pared de 180 grados -como sería lo natural-, golpearme en cambio con un muro estúpido que de pronto se decidía a dar un giro fenomenal sobre su eje. Tantas anécdotas y accidentes. Oh… Qué atroz. Dejar mi callecita de Vicente Suárez #410, a ochenta pasos de la facultad. Nunca comer de nuevo esos pastes hidalguenses. Ni ir al Oxxo y evitar al gordo acosador. Ni toparme con universitarios ebrios dando tumbos por la calle -la única calle del estudiante, de principio a fin-. Qué atroz. Y lo peor: no ver a mis compañeras nunca más. No oír sus ronquidos a través de la tabla-roca hueca. No recoger sus papeles tirados alrededor del bote de basura. O los vasos vacíos sobre el restirador. O las Maruchans podridas en la barra de la cocina. O los platos infestados de colonias de hongos germinando, reproduciéndose y evolucionando en la tarja. No más de eso. No más. Qué atroz.

Ahorita estoy procrastinando, con esto. Ya atormenté la escritura académica, la única que yo no había atormentado, la única que había logrado mantener lejos de mis neurosis. Si dijéramos tuvieras estreñimiento y hubiera un modo de aliviar el estreñimiento por ejemplo sonándote la nariz, te la sonarías, ¿no? Aunque sepas que el estreñimiento otro ahí sigue, y es grave. O no, símil tonto. Digamos que tienes hambre, que hay una torta cubana esperándote, que enfrentarte a ella será sublime, y difícil, pero ineludible. Pero no puedes. Pero tienes hambre. Te comerías entonces algo pequeñito, insulso, poco nutricio, nomás para espantar a la lombriz.

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Fragmento de Amuleto (Roberto Bolaño)

Entonces yo tomaba aliento, dudaba, ponía la mente en blanco y finalmente decía: mis profecías son éstas.

Vladímir Maiakovski volverá a estar de moda allá por el año 2150. James Joyce se reencarnará en un niño chino en el año 2124. Thomas Mann se convertirá en un farmacéutico ecuatoriano en el año 2101.

Marcel Proust entrará en un desesperado y prolongado olvido a partir del año 2033. Ezra Pound desaparecerá de algunas bibliotecas en el año 2089. Vachel Lindsay será un poeta de masas en el año 2101.

César Vallejo será leído en los túneles en el año 2045. Jorge Luis Borges será leído en los túneles en el año 2045. Vicente Huidobro será un poeta de masas en el año 2045.

Virginia Woolf se reencarnará en una narradora argentina en el año 2076. Louis Ferdinand Céline entrará en el Purgatorio en el año 2094. Paul Eluard será un poeta de masas en el año 2101.

Metempsicosis. La poesía no desaparecerá. Su no-poder se hará visible de otra manera.

Cesare Pavese se convertirá en el Santo Patrón de la Mirada en el año 2034. Pier- Paolo Pasolini se convertirá en el Santo Patrón de la Fuga en el año 2100. Giorgio Bassani saldrá de su tumba en el año 2167.

Oliverio Girondo encontrará su lugar como escritor juvenil en el año 2099. Roberto Arlt verá toda su obra llevada al cine en el año 2102. Adolfo Bioy Casares verá toda su obra llevada al cine en el año 2105. Arno Schmidt resurgirá de sus cenizas en el año 2085. Franz Kafka volverá a ser leído en todos los túneles de Latinoamérica en el año 2101. Witold Gombrowicz gozará de gran predicamento en los extramuros del Río de la Plata allá por el año 2098.

Paul Celan resurgirá de sus cenizas en el año 2113. André Bretón resurgirá de los espejos en el año 2071. Max Jacob dejará de ser leído, es decir morirá su último lector, en el año 2059.

¿En el año 2059 quién leerá a Jean-Pierre Duprey? ¿Quién leerá a Gary Snyder? ¿Quién leerá a Ilarie Voronca? Éstas son las cosas que yo me pregunto.

¿Quién leerá a Gilberte Dallas? ¿Quién leerá a Rodolfo Wilcock? ¿Quién leerá a Alexandre Unik?

Nicanor Parra, sin embargo, tendrá una estatua en una plaza de Chile en el año 2059. Octavio Paz tendrá una estatua en México en el año 2020. Ernesto Cardenal tendrá una estatua, no muy grande, en Nicaragua en el año 2018.

Pero todas las estatuas vuelan, por intervención divina o más usualmente por dinamita, como voló la estatua de Heine. Así que no confiemos demasiado en las estatuas.

Carson McCullers, sin embargo, seguirá siendo leída en el año 2100. Alejandra Pizarnik perderá a su última lectora en el año 2100. Alfonsina Storni se reencarnará en gato o león marino, no lo puedo precisar, en el año 2050.

El caso de Antón Chéjov será un poco distinto: se reencarnará en el año 2003, se reencarnará en el año 2010, se reencarnará en el año 2014. Finalmente volverá a aparecer en el año 2081. Y ya nunca más.

Alice Sheldon será una escritora de masas en el año 2017. Alfonso Reyes será definitivamente asesinado en el año 2058 pero en realidad será Alfonso Reyes quien asesine a sus asesinos. Marguerite Duras vivirá en el sistema nervioso de miles de mujeres en el año 2035.

Y la vocecita decía qué curioso, qué curioso, algunos de los autores que nombras no los he leído.

¿Como cuál?, preguntaba yo.

Y, la Alice Sheldon esa, por ejemplo, no tengo idea de quién es.

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