Semana 5

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* Se me transparenta el vocabulario. Mi dialecto (la variación dialectal del español que yo hablo, con el que nací y crecí) se hace visible por su diferencia. En discursos amplios trata, a veces sin éxito, de neutralizarse, de adaptarse a un “español estándar”. Pero no. Se mantiene. Se aferra. O cede. Para no generar confusiones y que la comunicación se mantenga fluida, adopta los modos locales de nombrar las cosas. Por lo mismo, se ensancha. Se me transparentan: ahorita, mamón/mamar/mamada, híjole, chingada, variantes de madre, aventón/aventar, pinche, güey y, contra mi voluntad pero delatándose como parte integral de mi habla, órale, padre, chido y gacho. En el elevador sonríen cuando digo ‘elevador’ (los límites de mi lenguaje…). Con los mexicanos que he visto mi lengua cae en blandito, se regocija en el territorio conocido, se particulariza al extremo. Me gusta el: yyy… Me gustan algunas cosas. Extraño otras. Aquella idea de la lengua propia como música de fondo.

(por cierto, nos quieren mercantilizar la lengua)

* Un territorio asignado, pequeño pero estratégico. La esquina desde la que la ciudad crece. La Plaza San Martín. Zona fronteriza: entre la estación de trenes de Retiro -un enclave marginal-, el barrio de Retiro que forma parte del famoso ‘Barrio Norte’ -residencial de clase media alta- y el microcentro -concentración de comercios, oficinas y trampas/servicios para turistas-. Tres “realidades” muy diferentes entre sí que van a parar a este parque que también, replicando su entorno, está compuesto por áreas bien diferenciadas: el monumento, la placita, las islas para niños y para mascotas, la pendiente de pastito. Es un parque clásico, muy conocido, pero no tan concurrido como otros, en parte porque es un sitio de tránsito para los que vienen del microcentro o van a la estación de ferrocarril, y en parte, es cierto, porque es un refugio para marginados. Recibe también a gente que vive cerca y saca a pasear a sus perros, a estudiantes y parejas, a personas haciendo ejercicio, claro. Pero no es un bosques de Palermo, no es un Plaza Francia. Es un lugar silencioso. Me interesa la zona del césped. La arboleda y las banquitas son muy bonitas y frescas, pero demasiado familiares para mí: la plaza es el concepto de espacio público preponderante en México. La banca, el cuadrado de césped intocable: me remiten a una espera, no sé por qué. En cambio el pasto bien recortado que invita al descanso y la distensión del cuerpo: gran novedad.

Área verde disponible igual a mejor calidad de vida, por supuesto. El parque permite disfrutar de la ciudad, del exterior, sin verse obligado a consumir: no es un café, un cine, una tienda. Estás afuera sin gastar (¿un espacio relativamente independiente del mercado, el espacio de apropiación del ciudadano por excelencia?). El parque sirve al ocio, al encuentro, al descanso o al intervalo (hay quien se mueve constantemente por muchas zonas de una misma ciudad, sin poder servirse de un sitio de pausa y recogimiento entre sus trayectos: un parque resuelve esta necesidad sin exigir propiedad o consumo alguno). Un parque es bueno lo mismo para solitarios que para grupos. Un parque es bueno. Un ser humano necesita los árboles, necesita la luz del sol, necesita el sonido de los pájaros. Un parque es la naturaleza domesticada. Yo nunca había vivido cerca de un parque. Nunca había poseído este oro puro. La barranca de la Plaza San Martín encara directamente el reloj de la Torre Monumental (antes Torre de los Ingleses), en la Plaza Fuerza Aérea Argentina (antes Plaza Británica). Una vista soñadora: EL TIEMPO MISMO. El límite de la ciudad, el río. Para mí allá está el Plata, aunque en realidad se encuentre a mi derecha, hacia el este. Pero en realidad sí está, en una visión más amplia.

* En el pasto:

Un pájaro chiquito y panzón, color arena, encuentra una mariposa y la martiriza con el pico hasta tragársela completa.

Un chavo de pelo punk/escoba. Una muchacha sentada detrás de él. Una muchacha comiendo un sándwich, un perro negro la acompaña.

Un grupito de adolescentes. Dos novios y los amigos de él. Después sólo quedan tres: la parejita y uno que no se va. Se besan, ignorándolo.

Dos amigas. Un labrador color miel se mete en medio de ambas. Una le avienta un juguete. Él lo devuelve.

Un chavo con rayitos en el pelo que seguramente es indigente, dormido.

Dos amigos: chico y chica. Él hace pasos de danza mientras ella lo mira.

Un grupo de personas en ropa deportiva corriendo en fila india detrás de su entrenador privado.

** Espantan. La puerta de mi cuarto se abre, hace un rechinido, pero a veces no lo escucho. Echo una mirada desde la cama o vuelvo la cabeza desde el escritorio y ya está abierta, y no revela nada del otro lado, siempre oscuridad, siempre negro. Mi cuarto está lleno de luz pero el resto del departamento es muy oscuro, siempre es de noche, un ambiente muy fuenteano/Auresco. Se medio abre la puerta y nunca sé quién me está mirando del otro lado. Yo en general miro hacia la ventana. Detrás de ella ocurre a todo momento la realidad, no se detiene. Siempre está el afuera. Las voces y los ruidos del afuera, de la calle. Por la madrugada el semáforo del paso peatonal sigue cambiando de luces y figuras: de blanco en movimiento a rojo en rigidez. Siempre, un anuncio que nadie ve, que sólo tiene sentido con el movimiento. Hay muchas ventanas frente a mi ventana, pero a ciertas horas sólo hay un par con las luces prendidas. Las demás, de cortinas o persianas corridas, no sé si me miran también, no sé si alguien me espía. La vida en departamentos, tan común en Buenos Aires. La vida vertical. Al caminar por la calle podrías tener, sin saberlo, muchos ojos encima.

*** Después de encontrarme a la multitud adolescente que esperaba al Youtuber Rubius afuera de un hotel en 9 de Julio (pregunté a uno y me dijo), me encuentro a una multitud que espera a Susana Giménez afuera de un teatro en Corrientes (lo sé porque gritan su nombre). En Santa Fe: mucha gente se congrega alrededor de una mesa donde está sentado un negro muy alto, tal vez gringo, ¿tal vez futbolista o basquetbolista famoso? (no pregunto, nunca sabré). También me encuentro a un medio conocido en Corrientes. Me pregunta qué estoy haciendo. Vagando, le digo.

*** Voy caminando por la calle y me cruzo con una muchacha muy cool, una auténtica chica Tumblr, con medio pelo rapado y mucho estilo, que desde que me ve a lo lejos hace caras y exclama “noooo, me estás bromeando, guaaau”, como si me reconociera, pero ya desde antes yo sé que está sucediendo el fenómeno de MIS DOBLES y empiezo a aclarar que no, que eso siempre pasa, que la gente me confunde por otra, y ella: “guaaau, sos muy parecida a una actriz”. Para este momento ya nos cruzamos y empezamos a alejarnos y ay, quiero preguntar, claro, QUÉ ACTRIZ, pero en el fondo no quiero, porque así debe ser, porque nunca debo conocer el referente, las dobles deben permanecer siempre enigmáticas y desconocidas.

**** Estoy desubicada siempre. Me pierdo siempre. No lucho contra la desubicación: la incorporo. Perderme es una forma de explorar. Perderme me ha hecho vagabunda.

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2:56 am

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No tags :(

El café sabe diferente, el cigarro sabe diferente, la Coca Cola sabe diferente, hasta el agua sabe diferente. Pero después voy a olvidar a qué sabían en realidad. A qué sabían allá.

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4:26 am

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No tags :(

No aclaremos, una vez más, que todo lo escrito aquí se escribe al aventón. A vuelapluma. No es vanidad, es advertencia. No debería ser así, pero así es. Un espacio poco serio. Un sitio de desahogo (público, qué horror). Ahora, por la distancia, amenaza con volverse un refugio, un vertedero de cartitas al viento. Se genera el problema de la voz adoptada que, al final, deforma. Pero ya qué. Ahora me quema escribir lo siguiente.

Estaba por la madrugada trabajando concentradamente, por primera vez en mucho tiempo (no he dejado de callejonear, de mirar por la ventana con gesto estúpido, de dormir y tener unos sueños complicadísimos, saturados de significados evidentes). Traía los audífonos puestos, pero en los breves silencios distinguía, de pronto, voces, conversaciones a gritos, risas. Mi ventana, en un segundo piso, da a la calle, a un cruce de calles. Un barrio céntrico. Además aquí los colectivos pasan toda la noche, lo cual me parece encomiable. Por eso de madrugada es común ver a grupos de amigos o hasta a personas solas caminando, de regreso de la fiesta. Bueno, a veces escuchaba que pasaban. Normal, pues. Terminé o no terminé sino que le puse punto final al trabajo de ese día, pues ya era tarde, casi las cuatro, y tenía que levantarme temprano. Entonces me acosté, ya sin audífonos, abrí una novela (que terminé hoy, no me gustó) y me puse a leer. Y a medio párrafo escuché gritos, el clásico boludooooo y cosas así, que decidí ignorar porque es común que la gente se emocione cuando bebe y que los argentinos se digan boludoooo entre sí etcétera. Pero los gritos subieron de tono, se escuchaba todo violento y yo, pensando que podía ser una pelea entre novios y que de ser así debía llamar a la policía (alguna vez nos pasó algo similar en la Narvarte) o tal vez sólo movida por el morbo, me asomé por la ventana. Entonces vi a un grupo de hombres que venían arrastrándose por la calle. Veamos. Pensemos. Ah, es tan difícil rebobinar la memoria. Había dos, jóvenes, altos, rubios, con las camisas desabrochadas, que de inmediato me remitieron a un par de mirreyes. Y un gordo en bermudas, moreno, sin camisa, con una panza enorme que se le desbordaba. En el justo momento en que me asomé vi a a uno de los mirreyes darle un puñetazo al gordo y vi, en primer plano, cómo éste cayó como tabla sobre una coladera. Como tabla. Como una puerta que derriban de una patada, rígida y cuan larga es. El knock-out definitivo.

El mirrey lo pateó en la cabeza. Le dio una patada con saña. Nunca había visto algo así, un acto de tal crueldad en vivo. Pero ahora, conforme le doy replay a la escena, o quizá mi mente la ha reajustado a mi conveniencia, veo que el mirrey estaba tan borracho que hasta su patada fue torpe y tibia. No sé. Pero después de eso aparece otro mirrey, otro gordo. Sobre el paso de cebra se pelean. De esas peleas donde se abrazan y se jalonean. Pero lo más terrible era el gordo de las bermudas. Seguía ahí tirado. Era una escena con muchos componentes, mis ojos iban del jaloneo al hombre tirado. Y una voz desde un ángulo que yo no podía ver gritando: lo matasteee, está muertooo.

Hay una comisaría a treinta metros, pero no parecían darse por enterados del alboroto y la tragedia. Entré en desesperación. Desperté a Adriano, a quien rento. No escuchaba mis toquidos. Aún no tengo teléfono argentino y no sabía a qué número de emergencia llamar. Por fin Adriano apareció, medio dormido. No me expliqué bien. Pero repetía lo del muerto. Y ah, el impulso centrípeto: no quería que estuviera muerto. Rezaba porque no estuviera muerto. No quería haber sido testigo de cómo mataban a un hombre. No. Lo pedía en lo más hondo. Esos videos del policía que recibió la bala en metro Balderas, del hijo del Perro Aguayo: NUNCA LOS VEO. No deseo ver, voluntariamente, el momento en que un ser humano pierde la vida (y no entiendo y hasta desprecio un poco a los que sí). Mi interés egoísta era ese. Me maldije por haber estado despierta, por haber visto lo que no tenía que ver. Necesitaba desver. Pero antes, tenía que ver. Ya no había marcha atrás. A esas alturas ya habían llegado algunas patrullas. Adriano me dijo que me durmiera y yo dije: sí, sí, apaguemos las luces, que no sepan nada (mi ventanita delatora, el rectángulo amarillo en la negra llanura del edificio). Pero en la oscuridad me puse detrás de la cortina. Los mirreyes hablaban con los policías. El hombre de las bermudas seguía tirado. Yo lloraba o creo que lloraba, pero no salían lágrimas ni nada; había un impulso sucio y vergonzoso en seguir el drama hasta su último detalle, yo que siempre me he jactado de practicar el “anti-voyeurismo” a toda costa. Los policías daban vueltas, se decían cosas entre sí, miraban de cerca al hombre tirado y volvían con los mirreyes. Un chiste, un verdadero chiste. Por fin apareció otro gordo, creo que amigo del primero. Lo vi acercase a él con una camisa extendida. Imaginé lo que pasaría a continuación. Se la pondrían encima. La manta mortuoria. Eso sí no lo soportaría. Me senté en la cama y me quedé ahí unos momentos, durante los cuales me refugié en el teléfono.

Un par de minutos después volví a asomarme. ¡Oh! El hombre ya no estaba ahí tirado. No había manta mortuoria. ¿Era ese, sentado en el vano de una puerta? ¿Limpiándose con una camisa? ¿Abrazado del amigo? Lo peor de todo es que no sé. Esto podría ser un final relativamente feliz, si mi memoria y mis capacidades de observación no se encontraran tan menguadas. Yo creo que sí era. No puede ser que en el breve momento en que me alejé de la ventana lo hayan cargado -se notaba pesado- y llevado a otra parte. Pero entonces, ¿cómo revivió de pronto? Mientras tanto, los mirreyes seguían hablando con los policías y en algún momento se separaron, se dieron las manos y los mirreyes se alejaron por una calle, creo que hasta riendo. Al gordo que se limpiaba con la camisa lo ayudaron a caminar y él y su amigo se fueron siguiendo a los policías.

Puedo explicarme que el hombre cayó como cayó no por un knock-out fulminante sino de puro y llano borracho. Que el mirrey le dio esa patada en la cabeza con ganas pero estaba, también, tan borracho que apenas fue un golpe burdo. Que en algún momento él y su amigo le dieron dinero a los policías. Que los policías se llevaron a los gordos -unos raspas, unos quéimportan, unos ciudadanos de segunda o tercera clase- a la comisaría, para zanjar el asunto. Que había visto una obra entera en dos actos. Un día en que, por cierto, había leído este artículo: “Crime-Weary Argentina Sees More Mob Violence and Vigilante Killings”, en que había vuelto a pensar en las violencias semejantes en su estructura, pero discrepantes en sus manifestaciones, de Argentina y México.

Ay, Latinoamérica querida.

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Lo extraño de todo es que, tras una noche inquieta, poco reparadora, hoy fue un día magnífico, ordenado, lleno de novedades, de una caminata de horas y horas, de ver cómo las calles iban cambiando, los edificios y los estilos arquitectónicos, los olores y los comercios, y la luz y el cielo, y otra vez la quise mucho, la amé como nunca, a la rara Buenos Aires.

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Observaciones fallidamente antropológicas

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No tags :(

Desde que estábamos esperando el avión a Buenos Aires, en Panamá, noté algo en común entre las pasajeras: más de cinco, por decir, estaban usando plataformas. En sandalia o en tennis. Esta observación me hizo conjeturar que seguramente dicho estilo de zapato estaría de moda aquí. Al otro día fuimos a hacer el primer trámite y en la breve caminata observé más plataformas. Después, a lo largo de ese día, en aparadores, en el transporte público y en la calle, y todavía más con el transcurrir de los días, ya no me quedaron dudas. Casi todas usan plataformas. El casi es clave, ninguna moda es uniforme o si lo es trasciende las temporadas y se afirma en su época. Pero a mí no dejaba de llamarme la atención este hecho, su persistencia. Las plataformas eran variadas: desde las simples y rectas tipo Spice Girls hasta unos verdaderos engendros que deforman la silueta, la dignidad y el temple. Además las veía lo mismo en el mall “cheto” de Recoleta que en el Bellagamba de Balvanera, en la marcha del 24 de marzo que en el “bondi” que me trajo desde Ezeiza y que hizo más de dos horas, deteniéndose en los sectores más populosos de la avenida Rivadavia. Vamos: por más que disfrute meterme a las áreas más feas de una ciudad tanto como caminar alegre y despreocupadamente por las más lindas, no poseo todavía un conocimiento integral de los barrios buenos y feos de Buenos Aires. Pero creo que me he hecho una idea (por supuesto sin haber conocido, todavía, una villa de emergencia) y puedo afirmar, a la ligera, que la moda de las plataformas es transversal, pues atraviesa diversas clases sociales.

Al principio no lograba decidir si Buenos Aires está adelantada en cuestión de moda o si esto es un reflejo de su aislamiento. ¿Están de moda las plataformas en los sitios que se han constituido como centros y productores de moda? No sé, creo que no. No a un nivel tan de calle. También observamos que hay una fuerte industria textil nacional. O sea, muchas marcas argentinas, desde calcetas estampadas hasta sustitutos de Bershka o Pull & Bear (que acá no existen, pero Zara sí: recordemos que estas tiendas, en México y en donde operan, juegan un papel importante en la vestimenta de la mujer de clase media).

Recordé también algo que había leído respecto al momento en que Soda Stereo y otros emergieron: en 1982, tras el conflicto de las Malvinas, la Junta Militar prohibió la radiodifusión de música anglosajona. Esto permitió el surgimiento y afianzamiento de un rock nacional. Ahora me entero, explicación de argentino y experto de por medio, que la crisis de 2001 inició el problema -que aún persiste, más o menos- de las aduanas y la exportación, lo que llevó a cierto sector moderno y creativo a volcarse en una industria nacional de la moda. De tal manera que hay una diferencia evidente entre la forma en que la gente se viste aquí y, por ejemplo, en México. El último gran fenómeno de ‘uniformidad’ o ‘masificación’ de una prenda, estilo u objeto de moda, que yo pueda recordar, es el de los tennis con tacón (moda importada de EEUU). Que aquí nadie usa.

Esto también me hace reflexionar sobre el carácter pasado de moda de todo en Buenos Aires: los ‘mozos’ de los cafés (y su servicio de café completo, lujoso, a la antigüita: la bandejita, el vasito de agua, la galletita), los restaurantes y sus menús afrancesados, los porteros (y el lobby) de los edificios, ¡los baños!, la tecnología en general (hay muy pocos objetos Apple) y hasta el hecho de que los cines son cines y sólo en muy raras ocasiones están dentro de un mall (al que llaman ‘shopping’). La última ciudad de América, marcada, para bien y para mal, por el aislamiento. Hay una especie de ingenio argentino, muy similar aunque menos radical (y quizá menos triste) que el ingenio cubano, para sortear los obstáculos del alejamiento, del ‘estar afuera’.

The dream of the 90s is alive in Buenos Aires.

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Una última observación muy a la ligera y que elaboré en un momento en el que quizá no estaba pensando con claridad: me he dado cuenta, también, de que acá es mucho más común que las mujeres den pecho en la calle, sin pudor. Lo cual, obviamente, me recordó la funesta campaña de “no le des la espalda a tu bebé”, que muy a las claras culpabiliza a la mujer, la acusa de egoísta, cuando no le da las condiciones -sociales, urbanas, políticas- favorables para amamantar al bebé. Tampoco es que haya visto MONTONES de mujeres. Pero he visto. En el subte, en Plaza Francia (una chica, diríamos, de aspecto “bohemia chic”), en cualquier calle. Se me dijo asimismo que este fenómeno apareció a raíz de la migración masiva de mujeres bolivianas, paraguayas y de las provincias a Buenos Aires, quienes no tenían empacho -y hasta demandaban el derecho, de alguna forma- en darle pecho a sus hijos. Entonces me pareció interesantísimo cómo la clase desprotegida había influenciado a una clase más dominante, en un tema que tendería al resultado contrario: que las mujeres migrantes se cubrieran. Pero no. Resulta que las argentinas -clase media, educadas, argentinas, pues, no migrantes- se habían sumado a la liberación propuesta por la clase inferior. ¡Genial!

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Más observaciones fallidamente antropológicas, cuando acabe con mis pendientes.

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Suipacha y Arenales

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Tres de abril. ¿Es viernes, es sábado? Es viernes. Difícil saberlo mientras camino. Las calles están vacías o depende: la mía, las aledañas, la 9 de Julio y la Libertador están vacías; las peatonales del microcentro, no. Pero ahora, de madrugada, ya es sábado. Es que empecé esto hace rato y luego me detuve. Sí, postergo escribir, me da miedo y pereza, pero además es otra cosa. Entrar a una librería, a cualquier librería, y abrir un libro, cualquier libro -una portada bonita, un título interesante, un nombre vagamente conocido- y encontrar una frase muy buena, un trozo de prosa notable. Hace un rato me sentía como borracha, drogada, la mente trastornada, aunque el cuerpo -algo inusual- muy bien, un leve dolor de cabeza nada más. El estado alterado era psíquico. Había una coreografía, todo era una escenografía. Rima, pero sin intención. Algunos me miraban, algunos ojos reparaban en mí, me sentía como Leonardo DiCaprio en un sueño ajeno, las manifestaciones del inconsciente tornándose, si no agresivas, por lo menos pendientes de mi presencia. Vagué en busca de cafeína. Terminé donde ya sabía que iba a conseguirla: el Starbucks enfrente de la Plaza San Martín. Dos violencias subterráneas: dejé mi libro y mi café -grande, helado, lleno de azúcar- en el sillón y la mesa, respectivamente, en lo que iba al baño. Al volver no estaban. Me alarmé. Anoche, al despedirnos, Alén me dio algo más para seguir instalada en el efecto Levrero: Irrupciones. ¿Y me lo habían robado tan pronto? Pero después un empleado me hizo señas de que otro de ellos los tenía, mi café y mi libro, el primero en su bandeja de garrotero y el segundo en la mano. Me los dio entre disculpas y luego, cuando ya me había sentado y empezado a leer, prosiguió con sus disculpas. Seguí leyendo. Seguí leyendo. Maldito Jorge Mario adictivo. Otro empleado fue a recoger unos vasos y se puso a una distancia de mí y se inclinó y me revisó con la mirada: debió pensar que estaba dormida. Cruzamos miradas y él dio un saltito torpe hacia atrás y se fue de inmediato. Raro. Todo era raro. Salí y todo era raro y yo me sentía rara. Me eché en el pasto, con la mochilita puesta en los hombros pero haciéndola de almohada. Era tan fresco bajo la sombra. Algunos grupos pequeños sentados en el pasto, unos niños que corrían, otro que se enojaba e iba a sentarse con ostentosa indignación en el borde del parque y una adolescente que iba a buscarlo y lo cargaba y me enternecía: anoche soñé, otra vez, con mis hermanos, con mis sobrinos, con mis papás. Bajaba un avión de pronto, luego otro, luego otro, seguramente hacia el aeroparque. Yo pensaba que en la Narvarte los veía muy cerca. En el pasto había muchas aves, palomas en su mayoría pero también unos pajaritos redondos y grises con alas color verde limón. Llegó otro niño pequeño y empezó a corretear a las palomas y éstas volaban rápidas antes de que se acercara pero luego bajaban de nuevo, no muy lejos: al parecer había muchas migajas y otras sobras entre el pasto. Pensé otra vez en ellas, seguro es por la influencia Levrero; pensé en que deben tener buena vista, tal vez no como las águilas, pero al menos con un ángulo cercano a los trescientos sesenta, lo que les permite anticipar los movimientos del perseguidor. El perseguidor. Pasó un maleante. Ya les voy a decir siempre maleantes. Como el que intentó llevarse mi bolsa hace unos días, en esa misma plaza, mientras yo dormitaba o hacía como que dormitaba. Ganas de rodar. Como un niño que se metió los brazos dentro de la playera y estuvo a punto de rodar pero su mamá empezó a regañarlo por tantas pavadas. Después, al salir de la plaza por el otro lado, donde hay una galería fotográfica sobre personas con síndrome de Down, en la que se aclara que tienen síndrome de Down y no son Down, lo que me hizo recordar el breve documental que vi en Migraciones sobre una empleada que tiene síndrome de Down, a quien luego reconocí platicando con sus amigas en otro edificio de Migraciones, vi al niño botando su pelota. Qué luz. Qué tarde. Si tuviera una cámara en los ojos. Si otros pudieran ver… Si J hubiera podido ver… Otra vez la culpabilidad, más bien siempre, en el fondo de la mente, y a veces por oleadas. Me zambullí en el microcentro. Veía mi reloj cada tanto, no sé por qué, para qué. Se me está haciendo tarde para algo, ¿pero qué? ¿A dónde tengo que ir, dónde me esperan? Perder el tiempo de nuevo. Perderlo, derramarlo, lanzarlo lejos. Diluirlo. Pensé, con egoísmo, en la ventaja de vagar en soledad. Los paseos a dos cabezas son maravillosos en tanto intercambio de impresiones, de descubrimientos repentinos. Pero es una democracia. Exige acuerdos. Propósitos en común. La soledad es más modesta, menos eficiente. Pero este obedecer los deseos más improductivos puede volverse peligroso. Por ejemplo, caí en Galerías Pacífico. ¿Por qué, si ahora debo ir todas las semanas? No sé, no había observado sus murales bien. Descubrí otra área de comida rápida, con opciones que no tenía en cuenta. Hice anotaciones mentales. Subí las escaleras. Luego recordé que había querido entrar a husmear en la librería Cúspide. Bajé de nuevo. Husmeé. Subí otra vez. Salí a la calle. En la peatonal Florida iban a empezar a bailar tango, un señor de pantalones anchos y pelo totalmente blanco, y una señora con un vestido muy sensual y de brillitos. Dije: veré. No he visto nada de tango desde que llegué. La grabadora no cooperaba, la espera se extendía. Por fin empezaron, el viejito se equivocó muchas veces. El viejito. Qué palabra tan fea. Entonces dije: no, y me fui. Di otra vez muchas vueltas, ya fuera del microcentro, explorando las calles y esquinas aledañas, todo semivacío, aquella luz celestial que caía sobre las fachadas palaciegas, afrancesadas, manchadas de humedad. Recordé mi lugar común de la noche anterior, en relación a Buenos Aires: una señora vieja y decrépita que en su juventud fue muy hermosa, que te seduce muchísimo cuando no te hace mierda la vida. Como el personaje de Grandes esperanzas. Una cosa así. Un lugar común. Yo no me acostumbro todavía (a la libertad, a la facilidad). Hay pocos autores mexicanos en las librerías, esa es la verdad. Paz, claro. Rulfo, claro. Y poquito más: a veces Monsiváis, a veces Poniatowska, mucho Mastretta y Laura Esquivel, menos de cinco contemporáneos, ¿Fuentes?, Garro (y eso porque la edita Mardulce), Villoro. Y párale de contar. Ahora no recuerdo más, a lo mejor hay. Hace cinco años yo compré uno de García Ponce en El Rincón del Anticuario, justamente. No he ido a librerías de viejo. Puras de nuevo. Cúspide, Ateneo, Eterna Cadencia (por casualidades he terminado en esa zona de Palermo varias veces). Hace calor. Hay mosquitos. Me da comezón. Creí que el otoño había llegado, lo creí hace unos días, pero fue un espejismo. De todos modos sé que luego voy a extrañarlo. Vendrá el frío y se pondrá feo y voy a sufrir. Ya voy a ajustarme. Ya voy a terminar de escribir mis pendientes. Ya voy a establecerme. Todavía no logro acostumbrarme.

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Buenos Aires, 24 de marzo

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Tengo miedo hasta de escribir y no sé. No sé qué depara hoy. Igual ya es tarde y es feriado, la ciudad medio vacía, ninguna posibilidad de avanzar con los trámites -que se han ralentizado, pero no hasta extremos ridículos, un recordatorio de los tiempos rioplatenses, pausados, con calmita-, algunos vagos deseos de buscar un sándwich de bondiola en la Costanera, ganas de sentarse en un café -o mejor, en un parque- y leer. También he postergado esta entrada, que he escrito en la cabeza con miedo, sin adelantarme a las frases, que después no salen o parecen metidas con calzador. Aunque es tarde es de mañana y J todavía duerme y por fin algo de paz y silencio en el departamento (Balvanera, vecinos ruidosos, el trajín de Rivadavia).

Otra vez dejarse ir y escribir como salga. Antes tenía pensado continuar enumerando mis desgracias burocráticas, mis aventuras entre ridículas y lamentables, que después suelo contar con algo de gracia y que siempre arrancan risas o por lo menos sonrisas. Creo que incluso lo haré, en desorden. Que la PGR no me dio la carta a tiempo, sospecho que a propósito -en ese momento estaba segura de que me torturaban por placer y sadismo-, que hubo feriado en México y fui ayudada (siempre soy ayudada) a apostillarla, pero hasta el martes; que tuvo que ser enviada en un sobre UPS hasta Buenos Aires, pasando por Kentucky y Miami y São Paulo, y llegó el viernes, con una breve estadía en el 2do. I, en lugar del 2do. L donde nos hospedamos, por un breve error de Benja, que trabaja en el edificio, retrasándome todo y produciendo otra más de mis características angustias. Aquel viernes chusco tras la humillación y la espera en la PGR, el intento en el Diario Oficial de la Federación de avanzar el trámite, el banco que no era el banco, intentar sacar dinero de un cajero, ¡mi tarjeta expiró en febrero!, una carrera al Ixe de la Torre Mayor, el consuelo de la eficiencia, vueltas y vueltas con zapatos que me hacían doler los pies, el turno h448 en un Bancomer donde iban por el 23, la espera en una silla, en estado catatónico; las fotos 4×4 (los ojos rojos y chiquitos, la boca chueca, el pelo lamentable), el metrobús en ventana; la oficina; después María y las charlas con María, una de las cosas que más voy a extrañar; la caminata por Coyoacán, un café y una tarta de plátano, ¿qué haré sin esas conversaciones y esa manera de pensar a dos cabezas y esa comprensión que descubrimos tan recientemente, a pesar de conocernos desde los quince años, pero sólo de vista, ella en el grupo 5 y yo en el grupo 6, sin sospechar el lazo que nos unía? Esa noche, en casa, vimos A most violent year (¡Muy buena! Soñé con ella). Después, la fiesta, la amenaza de lluvia, (antes) la búsqueda de un proveedor de lonas (la breve reflexión sobre la Sección Amarilla, el declive de la Sección Amarilla y la lenta desaparición de los oficios), la llegada de los sujetos de la lona a las 6:50 am (pensé que “bluffeaban” cuando dijeron que llegarían a las siete de la mañana), los preparativos, mi garganta ardiente, Fanny, Carla y Tania llegando de Querétaro, el principio flojo, los grupos que no se mezclaban, y yo sin angustia como sería lo usual, sin desplegar hasta la extenuación mis dotes de anfitriona, lo que me hizo sospechar lo que luego se volvió evidente, que no estaba dentro de mí del todo, y después las cosas fueron encajando, la fiesta dio un giro, hubo excelente música siempre, no paró de sonar aunque el acuerdo da hasta las tres de la mañana, a nadie le importó y creo que todos se divirtieron, yo tomé vino o derivados del vino, no me caí, no tropecé, bailé y bailé y reí y en alguna ocasión lloré, y dieron las siete a eme, un sueño ligero y alcohólico, aquella mañana con J, con Carla, con Tania, con Fanny, con María, hasta con Frost que había quedado medio desmayado en el sillón, y la Ceci que estaba divertida con nuestra plática, los tacos Manolito, las horas que se escurrían sin que nadie pudiera detenerlas, la llegada sorpresiva -y adorada- de mis papás, mis hermanas, Loló, Leo y Tita, más tarde Elsa y Rafa, las lágrimas contenidas, esa separación que me envolvía, que me hacía actuar en consecuencia y ser yo aunque por dentro no me reconociera, y me buscara, y pensara que todo le estaba pasando a alguien que no era yo y, por lo tanto, decidiera retrasar o postergar los sentimientos.

Un día de viaje. El cansancio y el temor. El calor asfixiante de Buenos Aires. El reencuentro con una Buenos Aires que reconocía (de manera neuróticamente precisa: hasta los kioscos y las fachadas de los edificios) y que a la vez me mantenía afuera, pero tal vez no era la ciudad sino yo misma, la enfermedad que al fin se había instalado en mi cuerpo, lo que ponía una pared invisible entre el mundo exterior y el interior. Sí que idealicé esta ciudad, claro que lo hice, y al caminarla otra vez y reconocer sus inevitables hostilidades (las de toda ciudad) y pasar por lugares recorridos antes, recordé cosas que yo había mantenido más o menos ocultas de mí misma y que era necesario sacar a la superficie. El primer día habremos caminado más de diez kilómetros, bajo un sol que calcinaba. Pero entre los trámites y los pendientes, que iba sorteando o redistribuyendo para días venideros, entramos en algún momento a la famosa Eterna Cadencia, y entre todos los títulos que anhelaba encontrar tan a la mano, hubo uno que pareció llamarme, un cliché o un lugar común, dirán algunos, porque es un autor que “todo mundo está leyendo” o “todo mundo quiere leer”, y porque sus libros son difíciles de conseguir en México. Lo pagué, leí un poco en un café, leí un poco en la noche, y al día siguiente amanecí con fiebre. Más tarde se nos fue la luz, no había aire acondicionado, nos metimos a un cine de Corrientes (al que yo ya había ido, hace cinco años), vimos Relatos Salvajes, reímos y nos desesperamos, ¿qué más hicimos ese día? Llegamos tarde y seguíamos sin luz, y a la luz de las velas leí más, y al día siguiente todavía sin luz y ahora sin agua, ¡sin agua a más de treinta grados!, la piel pegajosa, el malestar, la incomodidad; una noche caminamos por Rivadavia y luego Avenida de Mayo hacia San Telmo; San Telmo no era como yo recordaba, estaba más sórdido y solitario que antes, cenamos en un café notable, un bife sin mucha emoción, y otra vez la fiebre, la presión baja, mi carta que no llegaba, la angustia del trámite migratorio, la angustia monetaria, una tira de pastillas (fuerte, con seudoefedrina) que nos recetó una excelente empleada del Farmacity, cuyo entusiasmo y seriedad agradó mucho a J; el entresueño, otra excursión a Migraciones, a través de Retiro, otra zona igualmente sórdida, una avenida incruzable, los claxonazos y los gritos de los camioneros y los informes informales (cacofonía) a la entrada del edificio y una pelea en un estacionamiento del Buquebus y advertir el choque de un trailer que se le fue encima a varios automóviles, y entre todo, en medio de este quilombo, leer en la novela que pareció llamarme en mi primer día en Buenos Aires:

 

De modo que, valiéndome de la imagen del perro para rellenar el discurso vacío, o aparentemente vacío, he podido descubrir que tras ese aparente vacío se ocultaba un contenido doloroso: un dolor que preferí no sentir en el momento en que debí sentirlo, pues estaba seguro de no poder soportarlo, o por lo menos de no tener tiempo para irlo soltando lentamente de un modo tolerable. Porque el 5 de marzo de 1985, a primera hora de la tarde, subí a ese coche que me llevaría “definitivamente” a Buenos Aires, y el 6 de marzo de 1985, a las 10 de la mañana, debería comenzar a trabajar en una oficina en Buenos Aires. Y debería comenzar a adaptarme a la vida en otra ciudad, en otro país. No había tiempo para sentir dolor y opté por anestesiarme.

Ese acto de anestesia fue una operación psíquica consciente, a la que en ese momento llamé “bajar la cortina metálica” y un poco más tarde llamé “psicosis controlada”: una operación de negación de la realidad, que básicamente consistía en decirme repetidas veces: “No me importa dejar todo esto”. 

(Mario Levrero, “El discurso vacío”)

 

Esa idea de la postergación de sí mismo es la que me había acercado o interesado sobre Levrero, cuando apareció en mi radar. Tenía que ser así para alguien como yo que suele postergar hasta lo más ridículo, como leer un correo, por manía, por temor y por cobardía. Frecuentemente decido “no pensar” en las cosas, guardarme para después el momento de afrontarlas, de sentirlas con su intensidad debida, y luego pasa que nunca las saco, se quedan enterradas, incómodas, un pendiente abstracto de mi lista interminable de pendientes.

Las cosas con Buenos Aires mejoraron. Salimos con Vainilla, a un ‘boliche’/fiesta gay cerca del Planetario: vislumbré brevemente las posibilidades de la vida nocturna porteña. La luz y el agua volvieron. Empecé a leer un libro de Puig que estaba en el departamento, adecuado, al menos por el título, “The Buenos Aires affair”. Vimos a Jordy y a María, el acento y las palabras y las anécdotas de casa. Conocí a más gente por ellos, fui viendo que no estaré sola (y además nunca estoy sola, siempre me las arreglo al respecto), me reconcilié aunque por momentos, caminando por la noche, me volvía una sensación puramente infantil: alguna vez, de menos de seis años, pataleé para que me dejaran dormir en casa de unas primas y cuando mis papás se fueron me entró una angustia muy honda y lloré y lloré y quise que me llevaran a mi casa; afortunadamente mis tíos no me hicieron caso y aprendí a economizar el sentimiento.

Sentí que tenía que seguir leyendo a Levrero. Había sido un consuelo. Quería leer, sobre todo, otra cosa que fuera como un diario, un tipo de escritura al que no dejo de regresar últimamente, y me enteré que tenía un escrito similar de su tiempo en Buenos Aires. También, juro por Dios, soñé con Burdeos, una ciudad que conocí no sé si por casualidad, en 2013, en uno de los viajes fabulosos de la revista, aunque para mí en ese entonces era Bordeaux, no podía dejar de imaginarla y verla así, nadie me dejaba pensarla como Burdeos. Estuve poco pero después me dio por decir que era una ciudad tan bonita como París, pero mejor: sin turistas, sin ríos de gente, sin basura, sin precios exorbitantes. Eso, por supuesto, es una mentira grande que ni yo misma creía, pero que igual abonaba al deber que nadie me impuso de volverla turística y deseable. Burdeos, entonces, volvió. Y un domingo que por fin concedimos entrar en esa otra famosa librería bonaerense, El Ateneo Grand Splendid, adquirí esa edición doble de “Diario de un canalla” y “Burdeos, 1972″, que Levrero escribió en diferentes momentos, movido por “dos aventuras vitales”, explica su editor Marcial Souto en el prólogo, “una por amor y otra por necesidad”.

Terminé ambos antes de dormir. En el primero Levrero intenta autoconstruirse de nuevo, después de haberse vuelto un canalla, de claudicar de la vida de artista, viviendo con las comodidades que le da -por primera vez- un trabajo de oficina y un “nido de lujo” (con bienes antes impensables como una ‘heladera eléctrica’), en la corrupta Buenos Aires de los años ochenta. Registra el periplo de un gorrioncito (Pajarito) que aparece en su departamento de Balvanera (ah, Balvanera) y que debe aprender a volar, a huir, a integrarse a los miles de gorriones que sobrevuelan la plaza de Congreso (ah, Congreso) aunque “íntimamente, será un ser distinto; el padecimiento de su infancia lo dejará marcado para siempre”. El otro son los recuerdos que le llegan a Levrero en las largas noches insomnes de 2003, un año antes de morir, sobre los tres meses que pasó en Burdeos viviendo con una francesa que conoció en Montevideo, Antoinette, y su pequeña hija Pascale. Un Burdeos que se recupera, en la mente de Levrero, recortado e impreciso, un Burdeos que imagino más aburrido que el que yo conocí, y más peligroso, por lo que dice del puerto y de los márgenes del Garonne, ahora transformados en un paseo peatonal en el que los bordeleses patinan, pasean a sus bebés y toman vino durante los raros días soleados. “¿Tendría que no haberla amado para serle útil? Pero ¿cómo se hace para no amar a Antoinette?”, escribe en una parte que me conmovió mucho.

Creo haber leído por ahí que él escribía para recordar. La larga tradición de escribir para recordar.

Sentía, hasta este momento, que la última noticia que tuve de mí fue durante la última llamada a la PGR, cuando se me quebró la voz (una.vez.más.). Sigo recuperándome. Sigo buscándome. Y es en el diario público (que me da pudor y a la vez no, evidentemente) que encuentro algo de lo que soy y que permanece agazapado, aprisionado en un cuerpo que camina, camina, suda, se afiebra, tose, come y bebe. Pero falta todavía mucho más.

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Burocracia / Angustia / El cuerpo descompuesto

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Me aplasta. Escribo este largo, largo, desorganizado, neurótico post, que sale como tecleo y sin revisar (ejem), como un desahogo.

Hago mis trámites con cierta diligencia, amparada en la ignorancia, descubriendo que pude ser -tal vez, siempre se puede ser- más expedita, pero los pendientes, los trabajos pendientes, los freelances pendientes, los pendientes emocionales, familiares, personales. No: he sido expedita.

Tengo hasta fin de marzo para obtener la visa de estudiante, que sólo se puede tramitar en territorio argentino. Recibo notificación que amenaza con cancelar la beca cuya solicitud y tramitología, a mediados del año pasado, me dejó úlceras, insomnio, noches enteras en vela, logística que involucró una carrera contra el tiempo emprendida en Buenos Aires por Alén, firmas, papeles, hojas, una clase interrumpida para una firma, un sobre DHL urgente, y por acá, envíos desde mi facultad de Ciencias Políticas y Sociales en Querétaro, peregrinaje a la UNAM, escritura densísima de un protocolo largo, ojeras, dolores, angustias, una espera de meses en la que jamás dejó de dolerme la panza, esa tensión neurótica entre el sí y el no, el por qué sí y el por qué no, el verdadero principio de incertidumbre.

Después, otra vez, la angustia. ¿Dan la visa sí o no? ¿En cuánto tiempo entregan el documento? Nadie sabe nada, los mails no son respondidos, las llamadas indican que los informes sólo se responden por correo o en persona, un turno asignado hasta el 26 de marzo -podrían ser más meses-, un intento de cancelarlo, para pagar uno urgente, 1,500 pesos argentinos, sin éxito. Llamadas y mails infructuosos al consulado, a la sección de estudios, a la universidad, a la DNM. Conclusión: ni puta idea (tengo en claro que: la residencia precaria la dan al momento, el DNI tarda meses y la visa no sé si exista siquiera, ¿pero acaso los de acá entenderían esto? ¿Que allá todo funciona diferente, que su embajada no expide visas y que allá no tienen sentido de la urgencia y que ni ellos mismos conocen sus procedimientos o son reacios a explicarlos y que las cuadradas reglas de este lado, quizá, deberían abrir cancha, dar aire?).

Y, por acá, apostillar todo, en diferentes oficinas, en tres entidades (mi vida siempre está dividida, fragmentada, y ahora agregaré una división más), con diferentes precios y diferentes rangos de espera. El descubrimiento de requisitos que no puedo cumplir en el momento, porque mi familia no vive aquí, ¡porque estoy dividida! Más angustias, más sentimientos de ser lentamente engullida, devorada, por ese monstruo de la burocracia, con sus tentáculos invisibles, sus trasgos de corbata, sus requisitos, sus líneas de captura, sus números de registro, de turno, de asignación.

La carta de no antecedentes penales. Los diez días hábiles que, contados, tenían que resultar en hoy. La apostillada que tarda 85 minutos, pero hasta la una de la tarde. ¡Y resulta que no está! Mañana, quién sabe. Parto el lunes, con cita para el Instituto de Reincidencia argentino el martes, para obtener la carta de allá que no podré obtener sin la carta de acá. (Tras lo cual, idealmente, tendría que ir a una comisaría a solicitar que un policía verifique que vivo en la dirección que daré, pendiente que alegremente, Airbnb mediante, pude resolver ayer; después, esperar a este policía durante 48 horas -sin salir- para obtener un comprobante de domicilio argentino. Para, después, acudir al turno urgente (¿que lograré tramitar?) en la Dirección Nacional de Migraciones, en avenida Antártida, con mi inscripción a la universidad hecha, si logro hacerla el día anterior, en la sede Viamonte, a pesar de no contar -aún- con un seguro internacional de salud.). Ay, otra vez mis previsiones se derrumban, mi tinglado se desmonta, los consuelos que me cuento a mí misma, los pensamientos optimistas y tranquilizadores, la conmiseración que por momentos me hace exclamar: ¿por qué?, ¿qué tuve que hacer diferente?, ¿qué hice mal?, ¿en qué paso me equivoqué, en dónde fui irresponsable, dejada, voluntariamente lenta e insensata?

¿Ven ese tópico de la literatura rusa sobre la burocracia? En nuestra cultura latinoamericana está muy arraigada. Y es curiosa esta relación: viví cosas similares en mi estadía en Buenos Aires hace cinco años, cuando me robaron la cartera en el “subte”. No ese día, que tuvo tres horas perdida en un locutorio, llamando a mi casa, a Banamex, a Ixe, a Visa y Mastercard, cancelando tarjetas y solicitando repuestos para el extranjero, con dinero prestado por el chileno que conocí en el hostal y con el que paseaba ese día y sobre el que terminé escribiendo una  historia que nunca le mostraré, por mala onda. No ese día sino los días siguientes, con mi número de folio, y mi expediente, y mi contraseña, y mi nombre completo, llamadas eternas a los bancos y a las marcas de tarjetas de crédito, con sede en Miami; esperando faxes, mails, un sobre DHL con una tarjeta de repuesto sin NIP que casi no me servía para nada, agotando los cien dólares de emergencia que llevaba, comiendo manzanas y empanadas y vasos baratos de vino, y a pesar de todo disfrutando la ciudad intensamente, caminando sin dinero, descubriendo que no importa allá que casi no tengas dinero, una de las razones por las que no guardé rencor sino al contrario.

Si he de atarme a esa ciudad, será siempre a través de un penoso proceso burocrático.

Pero además las despedidas. El peso emocional de la partida. El dolor inconmensurable de esto. Me repliego, tengo mis crisis, me quejo con todo mundo, la panza me duele, me duele, no hay momento en que no me duela, y empieza a dolerme la garganta, la presión se me baja hasta el inframundo, el cuerpo somatizado, traicionero, que ni aguanta nada.

Entonces: ayer. Una queja más, un pobrecita de mí más. Es que es extraño cómo todo en mi vida tiene una rara simetría, señales misteriosas y anuncios. El post anterior, recuperar (¿por qué, de dónde vino el impulso?) aquella entrada anodina en un diario que yo tenía, una Moleskine roja gordota que no logré llenar, sobre una tarde en que se me bajó la presión en un bazar y me arrastré a un restaurante para obtener una Coca y pensar que no, que no quería desmayarme, como la única vez que me he desmayado, que fue en el primer Corona, durante los Pixies. Y la semana pasada fui a Querétaro, a apostillar mi título y certificado de calificaciones. Y mientras me los entregaban y demás, paseé por el primer cuadro de la ciudad, una ciudad que yo amé muchísimo, que anhelé también muchísimo, en la que fui feliz, como en el principio de toda relación, y de la que luego quise separarme, cuando empecé a ser miserable en ella. Pero mientras caminaba recordaba sólo lo bueno, mis andanzas adolescentes y juveniles, pensaba en lo bonita que es esa ciudad, en lo bien que se deja caminar, y llegué entonces a una parte del jardín Corregidora, con sus mesas de restaurantes al aire libre, y tuve el recuerdo de la primera vez en la vida que se me bajó la presión. Como a los diecisiete años. Y es algo que comentaba ayer con J, quien también sufre de presión baja. Si recordaba la primera vez que se le bajó. Cómo es una sensación que no tiene precedentes, un exabrupto del cuerpo: el mareo, el dolor de cabeza, la náusea, la taquicardia, mucho sudor frío que te escurre por el cuello, desorientación total. Algo como un estado alterado de conciencia. Cuando me sucedió -era viernes, de noche, yo caminaba yendo a no sé dónde- no entendía qué me pasaba y la desesperación, la intuición del desvanecimiento cercano. Después, con el tiempo, empiezas a detectar cuando tienes la presión baja, tu cuerpo se cuadra, reconoces las alarmas, es cierto que la Coca Cola es milagrosa -pero por las sales, me dijo un doctor, no por el azúcar.

Así, desde el domingo yo reconocía que tenía la presión baja, pero ayer, diversos factores entre los que hay uno que me culpabiliza totalmente, confluyeron en un momento en el que me encontraba encerrada en un vagón de la línea verde, repleto, detenido por la lluvia, sin aire y caliente, incomodidad que yo estaba sorteando muy bien porque estaba embebida en un pasaje de “La pasión según G.H.”, de Clarice Lispector, sintiendo incluso que la atmósfera agónica que me rodeaba (los rostros exasperados de todos los que íbamos en el vagón) era la ideal para rozar la angustia y el vacío de la escritura de Lispector, cuando llegué a la parte donde la narradora describe a la cucaracha que la hará vivir una experiencia de disociación, de escisión de su ser, o quizá todo lo contrario, de reconocimiento propio, escrito todo con una densidad que me hizo cerrar el libro con asco y angustia:

Y he aquí que descubría que, pese a que era compacta, ella estaba conformada de capas y capas pardas, finas como las de una cebolla, como si cada una pudiera ser levantada con la uña y, pese a ello, aparecer una capa más, y una más. Tal vez las capas fuesen alas, ella debería entonces estar hecha de capas y capas finas de alas comprimidas hasta formar ese cuerpo compacto.

Y entonces, al cerrar el libro, al ver que faltaban dos estaciones, sentí de inmediato que la presión se me estaba bajando, de manera vertiginosa y fulminante. Empezó el mareo, la náusea, el dolor, el sudor helado (como cubetadas de agua fría), el corazón palpitando, la vista borrosa, la boca seca y después el miedo y lo que me obligo a pensar: no, no, no, aguanta, aguanta, dos estaciones más, dos más, como James Bond tras haber ingerido veneno, concentración y fuerza, y sed, una sed atroz, y nada dulce, ni un dulce en mi bolsa, y entonces plaf: a negros. Dejé de luchar. Mi cuerpo mansamente se desconectó, colapsó, hizo corto circuito y caí de pronto en una negrura que no era un negro absoluto, sino como café, ámbar, donde todavía pude sentir que mi cabeza estaba golpeando con el tubo. Un descanso. Después sentí que me levantaban, como si me despertaran de un sueño pesado. Eran unos señores. Me sentaron en un asiento (ah, si me lo hubieran cedido antes…) y me preguntaron cómo estaba y yo balbucía que necesitaba algo dulce. Después, cuando se hizo como un círculo, apareció la figura milagrosa de un estudiante de medicina, con su bata inmaculadamente blanca y su mochila, y empezó a hacerme sus preguntas idiotas, de rigor, de estudiante que no sabe lo que es una urgencia: ¿eres hiper-tensa, tienes diabetes, estás embarazada?, para demorarse en buscar una paleta -de pollo rostizado- en su mochila y todavía preguntarme si la quería, y yo sintiendo que sobrevenía un nuevo desmayo y extendiendo las manos para que me diera el maldito dulce ya.

Cuando logré salir en Miguel Ángel de Quevedo fue nuevamente una lucha subir las escaleras, además me dolía el estómago, tenía un cólico de origen incierto, sentía que iba a azotar otra vez. Llegar al puesto, buscar el dinero, pedir la Coca, hacer la operación de pagar, correr hasta las escaleras, tirarme en un escalón, dar un traguito, dos, sentir el aire frío sanador, sentir cómo poco a poco, con cada minuto, cada respiración y cada trago de agua negra del imperialismo, el malestar se disipaba, quedaba un mareo y un dolor de cabeza atroz, tenía fuerzas para cambiarme de lugar al otro escalón pegado a la pared, donde pude recargarme, y así fui recuperándome y observando lo que me rodeaba, a la muchacha del puesto de calcetines y al muchacho que vendía audífonos, que eran hermanos o novios, y a las personas de los otros puestos, y cómo hablaban, qué se decían, que iban a comprar un café, de qué tamaño lo quieres, compraron unos puerquitos de anís, le ofrecieron a un anciano que estaba en el otro escalón, con su sombrero abierto para las limosnas, ¡me ofrecieron un puerquito!, me volví parte de la escena, me mimeticé con el ambiente, volví a experimentar esa sensación rara de permanecer detenido en un sitio de tránsito, y cómo se observa y registra a los que pasan rápidamente, y ahí estuve, recuperando el color y esperando, hasta que J llegó por mí, entramos a la avenida y, unos metros adelante, ¡chocamos!

Pero no fue grave. Y, de todos modos, era adecuado: una ciudad desquiciada bajo la lluvia. Después fuimos a la reunión, a la amada reunión de todos los miércoles, y yo bebí un poco de vino -con precaución- y comí panecitos y otra vez fui aleccionada, debo dejar la angustia atrás, dejar mis preocupaciones y mi estrés, y yo dije sí, eso debo hacer, y me dormí temprano y no recuerdo ni qué soñé, y desperté con dolor de cabeza y me dispuse a acudir a la PGR, pero al llamar me informaron que no está mi carta y quién sabe si mañana esté y si no está entonces yo no sé qué va a pasar.

¡No sé nada!

*colapsa*

(toda esta angustia, todo este estrés, que si yo fuera una clase distinta de persona seguramente no me preocuparía, seguramente lo haría a un lado, para respirar una vez más, el lunes que lleguemos por la noche, una bocanada de aire porteño)

 

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“Algo que pasó hoy” (hace cinco años)

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Arreglo mis diarios, los dejo acomodados y en relativo orden, pero no son diarios sino otra cosa, cuadernos con entradas de diario pero también listas de pendientes, anotaciones de entrevistas y apuntes de otras cosas.

Una entrada de 2010:

Algo que pasó hoy.

Venía caminando por Londres (ojalá fuera Londres, Inglaterra, pero era Londres, colonia Juárez), cuando encontré un bazar de antigüedades. Como me gustan mucho, me metí a curiosear. Encontré un mueble redondo, un cilindro en realidad, que apenas me enteré es una cantinita. Era idéntico a uno que teníamos y que mi mamá cubría con un horrible mantel de terciopelo verde con flecos dorados. No sé qué se hizo de él, seguro mi mamá lo tiró a la basura en uno de sus ataques de limpieza.

Verlo me trajo muchos recuerdos. A veces lo usaba como casa de Barbies, una de esas casas extrañas de los setenta, futuristas entonces y obsoletas ahora, con muros redondos y ángulos raros.

La parte de arriba, que funcionaba como tapanco, era el dormitorio de Barbie. Tenía una funda de Nenuco que yo siempre vi como colcha/sleeping bag de Barbie, era rosa, con lunas y estrellitas que brillaban en la oscuridad. Abajo estaba el área de estar, donde Ken y sus amigas la visitaban. No lo recuerdo. Tal vez la usé poco para Barbie y más como espacio habitado por los muebles miniatura de Polly Pocket, que me encantaban. Jamás tuve una Polly Pocket. Sus habitantes eran los monos de plástico que salían en las cajas de Sonrics, de Balú a la familia Simpson completa.

Luego se me bajó la presión. Lo sentí enseguida. Suele pasarme en bazares, será porque son sitios cerrados y sofocantes, llenos de vejez y olor a húmedo y a decrepitud.

Empecé a sudar copiosamente, a pesar de que antes de entrar tenía frío. Pregunté cuánto costaba el mueble y luego salí dando tumbos. No quería desmayarme, como en los Pixies. Es preocupante. Debo ir al doctor.

Tenía que conseguir una Coca-Cola. Llegué hasta Dinamarca, donde está la glorieta. Me metí al que parecía un café. Era un restaurante.

Pedí una Coca light. En el baño tenían la “Hola”.

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Lunes, 6:18 p.m.

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Acabo de caerme. Entré descalza al baño, el piso estaba mojado, mi pie patinó, me di en la rodilla, en los dedos, en las pompas. Intentaba escribir aquí: la angustia. Que es física (taquicardia, sudor frío, respiración entrecortada). Ahora estoy en Polo, en mi cuarto. Debo escribir un texto, avanzo con lentitud. Hay buen clima desde hace unas semanas. Aquí hasta hace calor: la luz de la tarde entra por la ventana, me siento abochornada. He aplazado la angustia. Pero es mentira, es otra de las mentiras que me he dicho a mí misma (como esa de que me es fácil desprenderme de las personas). En realidad es fácil tomar la decisión, cualquiera puede con eso.

Hay amenazas latentes, la posibilidad de perder lo que anhelaba. Después: trámites, llamadas, correos, solicitudes, firmas, copias. Visitas. Idas y vueltas. Compromisos. Lo que ya no voy a hacer. Lo que ya no va a suceder. Dar por hecho que yo cambiaré, que los demás cambiarán, que los sentimientos de ahora serán reemplazados por otros.

Insomnio. Otra vez esos sueños: el tsunami. Una ola que arrastra el agua desde las orillas, que deja la arena a la intemperie, que se alza como un edificio y después, sin más, azota. Un jardín sin plantas, varios bichos arrastrándose por las paredes. Más trámites, más compromisos. Muchos consejos, muchas palabras bienintencionadas.

Me ha recordado: siempre tuviste facilidad para el llanto. Todo, hasta eso, lo más mundano, me lleva a las lágrimas. Pero no siempre son lágrimas frívolas. Llorar el sábado, con J. Abrazarnos y por momentos olvidarlo y volver a ser felices, y aferrarse a lo que tenemos. Ser fuerte es volverse insensible. Entrar en la angustia, envolverse en ella, respirar a través de ella: que me despierte por las noches, que me haga repasar las caras, decir en mi mente lo que ya no voy a decir, ni en persona ni por escrito; respirar mal y sentir este ardor en las mejillas. No sé qué nota final darle a esto, de dónde surge el impulso de escribir una entrada acá. Mis diarios están llenos.

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Dominicana tres meses después

Yo estuve de malas en República Dominicana, estaba casi siempre de malas, poco participativa y callada, no tengo que verlo ahora (ahora que escribo, por fin, el texto al respecto); lo veía entonces, me daba cuenta y me odiaba por eso, y me decía: ya cálmate, pon buena cara, agradece todo, intenta hacer amistad, hablar más, entender lo que pasa no desde adentro sino al menos en el intento del afuera. Comimos en un restaurante muy bonito en un mall lujoso en el Santo Domingo que yo no sentía que fuera el verdadero Santo Domingo, yo quería ver más, caminar más, estar menos atada al hotel y a las pasarelas, pues iba a la semana de la moda y a diario había eventos en el hotel mismo donde nos hospedábamos, de cara al Caribe pero sin entrada al Caribe, lejos de la ciudad colonial y los primeros asentamientos, la ciudad más antigua, Santo Domingo, Prudi, las aventuras de Prudi, Montse tan dominicana, tan agradablemente dominicana, con todo y sus miamol. Así, en este restaurante de nombre francés, yo comí un carpaccio que me cayó mal y me produjo gastroenteritis, o al menos eso creí y me hundí más en mi mal humor y en mi separación. Fuimos a los Altos de Chavón, maravillosa y admirable escuela de diseño, con los estudiantes internados ahí mismo, dibujando figuras y esculpiendo en palapas con ventiladores, y una réplica de ciudad mediterránea pero con vista al caudaloso río Chavón, después más carretera, hacia Punta Cana, todo hermoso y exótico, y sin embargo yo desfallecía en mi asiento, empapada en sudor frío y con grandes malestares, seguro una sanción por mi actitud y por lo poco que participaba y me dejaba estar, ni siquiera el mar, ver el mar, donde aquel día no se podía nadar por las algas, lograba calmarme, hasta la noche que nadamos en una especie de cenote dentro de un club residencial privado, en el que nos movíamos con nuestra nueva amiga en carritos de golf, hasta entonces me sentí más yo y dentro del momento, en el cenote de agua helada y poco profunda y transparente. Al día siguiente nadamos menos de una hora en la playa de un all inclusive en el que no nos hospedamos, en el punto donde el Caribe confluye con el Atlántico, en aguas turquesas y delicadas como las de Tulum, o Cancún, pero tibias, muy tibias. Después, otra noche, de regreso en Santo Domingo, yo me escapé del hotel y de la pasarela y salí por una avenida, y caminé por calles que podrían ser el oriente del D.F., puentes peatonales y coches que echaban lámina, y bardas pintadas con el logo del PRD, Partido Revolucionario Dominicano, y muchos Wendy’s, McDonalds, Burger Kings y KFCs, pensar: ¿así pasaría con La Habana, es esto lo que le habría sucedido a La Habana? (aún no cabía el pensamiento de que esto podría pasarle a La Habana). Llegué a un bar con karaoke, cerca de una universidad, donde había un grupo grande de estudiantes, tomando ron y cervezas, cantando  éxitos lo mismo de Juan Luis Guerra que de Paulina Rubio; yo los veía, sentada en una mesa, tomando mi cerveza Presidente, hasta que uno de ellos se acercó a mí, me preguntó de dónde era, si española o de dónde, le dije que no, que mexicana; me dio un cigarro, era gay, por cierto, ninguna posibilidad de ligue, y así acabamos hablando de temas políticos, del narco como nueva actividad en República Dominicana, y hasta de las reminiscencias trujillistas, y de esto y aquello. Volví al hotel y a mis responsabilidades, y a confirmar que soy vaga, que tengo que vagar, que no puedo estar confinada, que algo se puede descubrir, incluso cuando se viaja así, con todo dispuesto, con todo acotado, cuando uno va de prensa y deja que le descubran en lugar de descubrir a solas. Otra tarde, en un cigar club, un puro dominicano, un buen ron dominicano, y volver a pensar en el comercio dominicano que se beneficia del embargo, vendiéndole a manos llenas a Estados Unidos, recibiéndolos en sus playas y casi nunca en su capital, extraña capital, bella y contradictoria capital, la ciudad más antigua del continente, la primera en casi todo: un sábado, el sábado antes de irnos, por fin pude caminar mejor su centro, tomar su cerveza y comer sus empanadas de lambi y su chivo ripiado y luchar con la paleta helada de chinola (maracuyá) que se me derretía en las piernas, haciendo un mejor intento (todavía insuficiente) por conocer a las otras reporteras, hablar más con ellas sobre su vida y mi vida y participar nuevamente del mundo. . .