Apuntes misceláneos XXVII

Siento el dolor muscular. Tirada en mi cama, con el ventilador puesto, siento cómo me punzan las extremidades. El antebrazo sobre todo, entre la muñeca y el codo. Extensor, googleo. Ese músculo que se siente en llamas. Pero también me duelen las pantorrillas, los tobillos, los talones, y el empeine, ah, duele el empeine, mucho, mucho. Y los dedos de los pies, sobre todo los pulgares, los dedos gordos, duele la uña que se me abrió y sangró, y sobre todo las puntas de los dedos, que tengo en carne viva, se me desprendieron grandes trozos de piel, la herida se amorató, y quedaron ahí colgando los pellejos de piel muerta. Pero: debo persistir con el arte marcial. Recordar -lo he repetido a otrxs- el placer del golpe cuando, en prepa, practicaba karate con entusiasmo y quizá torpeza. De todas maneras no vale la pena seguir sin el convencimiento de que soy buena, de que puedo mejorar, de que pateo con fuerza, de que puedo dominar los movimientos.

La semana pasada, por avenida Avellaneda, recorriendo un área de la ciudad que no conocía, como un sueño. Había un aire un poco frío, por suerte, y de las anchas veredas emergían tiendas y tiendas y tiendas, lo mismo de bisutería que de ropa veraniega, y había tanta gente en las calles, demasiadas para un miércoles a media mañana. Yo había ido a Caballito por una cuestión laboral, y crucé Rivadavia y me encontré en Flores, Floresta, zona barrial tan particular y que parece vivir como a espaldas de todo, y nuevamente pensé que la ciudad es inabarcable y que no dejo de conocerla y que las excursiones jamás tienen fin. En la calle de Morón me encontré un gato negro: el tipo venía caminando por la acera y cuando me vio empezó a maullar en tono de queja, y yo me puse en cuclillas y le hablé, y él se acercó y se dejó acariciar, y ronroneó mientras paraba la cola; así estuvimos un rato largo, largo, en el cual hasta le saqué fotos y él siguió quejándose de la vida conmigo, o contándome algo, o quizás no quejándose sino celebrando y regodeándose, y luego me puse de pie y caminé y él caminó conmigo, incluso caminó como en diagonal, con la cabeza dirigida a mí, y yo mientras tanto me derretía, pensaba: me lo llevo, ya estuvo, lo cargo acá mismo y me lo llevo, no importa, y en la esquina pasó una muchacha que observó la escena y dijo “¡ay, qué lindo gatito!”, y yo le dije “tal vez es callejero, está todo sucio”, y ella: “no, no, mírale el pelo, el cuerpo, está bien alimentado, para mí que es de casa y anda de paseo, ¡ay!, me recuerda al que dejé en Venezuela”, y así estuvimos con el tipín hasta que tuve que irme y, al caminar, lo veía todavía parado en la esquina, como despidiéndome.

Dos calles adelante entré a un pequeño enclave coreano, una bodega de fayuca abandonada, artículos de papelería polvorientos de Hello Kitty y otros muñequitos, cinturones por diez pesos y portarretratos y ¡carteles de Leonardo DiCaprio en The man in the iron mask! Estuve a punto de comprarme uno, pero por suerte lo medité mejor. Luego, buscando dónde comer, encontré un mercado oriental sobre Vallese que, al fondo, tenía comida coreana por peso. Delicias picantes y con cierto amargor en una mesa junto a tipos hermosos que hablaban con acento porteñazo.

En la esquina de Marcelo T. de Alvear (nunca dejará de causarme gracia el “Marcelote”) y Talcahuano, un café anticuado donde algunas veces desayuné café con medialunas y en el que trabajaba una muchacha muy simpática, ahora es una pizzería Kentucky. Todo cambia y todo seguirá cambiando aunque ya no pueda atestiguarlo.

En mis sueños estoy yendo al mismo lugar, sensación de irrealidad al despertar, como si fuera bruscamente removida de una existencia concreta. Sueño con mis hermanos y les pregunto cosas y escucho sus consejos. ¿No es cierto que aquí vivimos muy a gusto y que mi habitación está más agradable que nunca? Pero en esta ciudad el clima me duele o me derrota; yo tenía experiencias excepcionales del calor húmedo, de la playa, de sentir la piel ardiente y la espalda empapada, pero bajo otro signo, con el mar cercano, con el tiempo peculiar y distinto de la vacación, y ahora siento que me ahogo, que estoy presa. Sin embargo, el frío no es mejor, es de hecho peor, sufro y sufro con él y el ánimo se me va al inframundo, lo reconozco ahora que transcribo mis cuadernos y noto la hipotimia invernal, a la que temo demasiado.

La semana pasada vino Elsa, era un viernes hermoso, soleado pero fresco, y la alegría indescriptible de encontrarla en Recoleta y hacer la caminata que suelo hacer con quienes están de visita. Fuimos a ver la floralis genérica, charlábamos de asuntos agradables, nos reíamos y nos sacábamos fotos, y le dije que fuéramos al Museo de Bellas Artes para hacer tiempo. Estábamos a punto de subir los escalones de la entrada cuando escuchamos un golpe seco, un sonido que ahora me persigue, y enseguida algunas expresiones de pasmo y aturdimiento: a treinta centímetros de nosotras una señora se había desvanecido, plaf, cayó del cuarto o quinto escalón, y su cuerpo quedó en transversal sobre la escalera, la cabeza sobre el piso, las piernas desnudas elevadas, no olvidaré las arañitas azules y moradas de las várices y su piel tan blanca, y que los lentes quedaron rotos a un costado de la cabeza de la cual sólo podíamos ver el pelo revuelto; y las dos nos quedamos en shock, inmóviles, y nos tomamos de las manos y dijimos “está bien, está bien, no pasa nada”, y mientras tanto llamaban a la ambulancia y nadie sabía qué hacer, no era aconsejable moverla, y de pronto con el rabillo del ojo mirar el pequeño charco negro que se formaba bajo su cabeza, la mancha roja que se fue extendiendo sobre el piso. La gente empezó a enroscarse alrededor, personas que iba pasando, trotando, y que se quedaron como congeladas y magnetizadas, el morbo terrible; pero nosotras, con las piernas temblorosas, decidimos irnos, y luego nos sentamos en un café y concedimos llorar y pedir por su salud.

Por la noche, en Camping (recuerdos, recuerdos, marzo 2015), escuchar a Franny Glass/Gonzalo Deniz, la belleza y el bienestar, ese modo de ser tan dulce y tranquilo y particular de los músicos uruguayos, y aunque todo era tan bueno y feliz yo tenía el alma triturada y el corazón todavía me latía con fuerza. ¿Qué signo terrible era ese y cómo se explicaba o a qué correspondía, y sobre todo era necesario hacerse esas preguntas o más bien ignorarlas?

Al otro día fui al taekwondo y pateé y pateé y pateé.

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Extraños retornos del pasado

No voy a mirar tus fotos en Nueva York, lo bonita que te veías, lo joven y bonita, yo también me veo joven, no comparto el engaño de que luzco igual, reconozco la mirada de bebé, la sonrisa de bebé, la inocencia: quién iba a saber las cosas que sucederían y lo mal que la pasaríamos, lo terrible, asquerosamente mal que la pasaríamos; qué raro que otra vez escriba de esto, es de madrugada y tecleo con rapidez -pero sólo aquí, porque en mi documento avanzo con muchos dolores y muy lentamente- tras otra zambullida narcisista; no sé cómo llegué al post del irlandés que trabajaba en el cementerio de Montparnasse, Ruairi o Ruairí, el que me escribió su correo en mi cuaderno además de la enigmática frase “never eat candy floss in the rain”, y se me ocurrió googlearlo porque ahí también aparece su apellido, Condra, y hasta me quité los audífonos por el pálpito que sentí cuando me aparecieron dos notas sobre violación, RAPE, esa palabra que en inglés es tan precisa, barbaric sex attack, precisaba una; pero luego resultó que eran otros Ruairi u otros Condras, o eso voy a pensar, eso quiero pensar, no tengo ganas de indagar más; cuando me dijo que me iba a enseñar una cosa en el cementerio, una escultura de una pareja besándose, medio oculta, yo fui con mi gas pimienta, como si eso me hubiera ayudado, ¿en cuántas situaciones de peligro me he puesto y no he sabido? Nunca olvidaré la vez, cuando iba en primero de secundaria en el Plancarte de San Juan del Río, que se me fue el autobús de estudiantes y mi papá paró a los señores del camión de gas y me mandó con ellos, y mi mamá se enteró de esto a mediodía y a punto de que yo volviera; cuando al fin llegué la encontré tirada en mi cama en un baño de lágrimas, nunca la había visto así en mi vida, en ese infierno tan personal y tan único y tan diseñado a su medida, y apenas me vio me tomó de los hombros y me dijo DÍMELO TODO, DIME QUÉ TE HICIERON, y yo le dije qué quiénes de qué hablas, y ella lloraba y soltaba groserías, y nunca le gritó tanto a mi papá como ese día, quien escuchaba estoico los reclamos y remarcaba que esos señores del gas eran sus amigos y que confiaba en ellos, oquei, ¿pero por qué, a quién se le ocurre?, y yo tardé en darme cuenta, no hilaba las cosas, hasta que luego lo pensé mejor y la imagen se fue dibujando, y creo que con el pasar de los años cada vez se dibuja mejor, con más detalles, con más horribles detalles, y siento mucho horror, pero, ¿por qué llegué hasta aquí si en realidad yo estaba pensando en esa foto tuya afuera de un hotel en la 9th Avenue, uno que aparecía en Bored to death y por eso nos detuvimos, además de que siempre me gustaron sus ventanas redondas como de lavadora? No imaginaba que luego, en un microviaje de trabajo, dormiría en uno de sus microcuartitos, berreta dirían acá, pero entonces no me lo parecía, bueno, quiero que sepas que todavía me acuerdo de estas cosas y ya las puedo escribir sin llorar ni sentir feo y casi, diría, sin sentir nada. *

Aunque creo que sí me arrepiento de jamás haber escrito lo mucho que te quería ni haber sido romántica, vaya, todo era fruto de mi autocensura, esa jaula en la que las personas queer suelen vivir, como bien expresa Agustina Comedi -se ve que su bella película me afectó-, quien además recuerda que una psicoanalista le dijo que como bisexual nunca sería feliz, viviría toda su vida dudando entre una cosa u otra, afirmación que otros psicoanalistas me han hecho llegar a través de cobardes intermediarios. Suelo ver cómo algunxs salen del clóset por Twitter sin comprender del todo que no se trata de un proceso cerrado, finito, que reconciliarlo en el fuero interno y luego comunicarlo a la familia, a los amigos, es apenas el inicio de un acto que ocurrirá incesantemente, una decisión que habrá de tomarse ante cada nueva situación, recién conocido, centro de trabajo, circunstancia vital. Releía un texto fallido donde narro, respecto a ciertas dinámicas familiares de aquella época: “Convivo un poco, cuento las cosas de manera superficial, porque la vida que llevo es vida que no les interesa o que no quieren saber, por sus propios motivos”; y aunque al final todo se supo, todo se aceptó, todos felices, y luego ya no, cuando el horror y las cosas feas que sucedieron precipitaron un cantado, esperado fin, la verdad es que lo gay todavía es origen de pesares y me gustaría, siento que debo, encauzar eso en otra cosa de largo aliento.

Oye, ¿no te parece que estás escribiendo demasiado en tu blog, que nuevamente se ha convertido en la escritura sucedánea de otra que es obligatoria, necesaria y urgente?

Sí, sí.

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Mujeres que no han desaparecido

Estoy leyendo El nervio óptico de María Gainza y es hermoso y formidable, se lee con la naturalidad de un líquido transvasándose, encadena un cuento o una pieza con la otra, y una mujer personaje con otra, y vidas de artistas con otras, como un collar de gemas tornasoladas. En su última tarde en Santiago, en la muy famosa librería Metales Pesados, Marisol y yo nos topamos con aquella bella edición de Laurel, y ella enseguida tuvo la clarividencia de comprarla. A mí me había llamado mucho la atención la contratapa, la promesa de hibridación entre crítica de arte y crónica íntima, pero me había propuesto o más bien estaba obligada a no comprar libros en Chile. Además se me ocurrió que, dado que la autora era argentina, terminaría por encontrármelo más temprano que tarde acá. Y por fin llegó a mí, no vía Mansalva que lo publicó originalmente en 2014 sino por un truco que Anagrama hizo posible, y entonces lo leo y me dan ganas de ir a buscar esas pinturas al Museo de Bellas Artes, al Museo Nacional de Arte Decorativo, al Museo Histórico Nacional, y me parece incluso que voy a hacerlo, que será una de esas excursiones de despedida ahora que ya he tomado mi decisión o debo tomarla, lo que me recuerda de ciertas investigaciones que debo emprender mientras esté aquí (los planos, la construcción del Ramos Mejía, por ejemplo).

Deben leer el ensayo de Marisol García Walls, por cierto, en la Revista de la Universidad de México, “La línea de ombligo”, sobre el archivo feminista de las artistas y la genealogía de las mujeres y sus nombres, y el borramiento que implica la línea de sangre, que me hizo pensar en mis dos abuelas y sus muertes prematuras. De ellas no llevo el apellido pero sí los dos nombres, ay.

En México, como dije, leí poco. Una mañana leí Tsunami, antología de textos feministas editada por Gabriela Jáuregui y Sexto Piso, y encontré que hay tres textos fundamentales en ella: el diario de la maternidad de Daniela Rea, que ha causado conmoción, con razón, y que me gustaría compartirle a mis amigas que son madres, por lo descarnado; el ensayo de Yásnaya Elena A. Gil sobre la categoría mujer, la categoría indígena, y su anudamiento; y el brutal texto de Sara Uribe sobre el desamparo del Estado hacia ella y su hermana cuando son niñas, cuando son adolescentes, y hacia las mujeres que están solas en general. Este último me despedazó. No tengo el libro conmigo, quisiera citarlo en extenso, pero me quedan ciertas impresiones vivas. O lo que dice Cristina Rivera Garza sobre el amor y el sexo. También leí los cuentos de Nora de la Cruz porque me parecía un título hermoso ese, Orillas, y que transcurrieran en esa franja orillada que es el Estado de México cuando no es zona metropolitana pero tampoco rural. Polotitlán de la Ilustración es Estado de México, he explicado antes, pero es rural y se sitúa en la punta más al norte, en la frontera con Querétaro y en algún punto con Hidalgo, y por tanto pertenece geográfica y culturalmente al Bajío, al centro, a esa región que es la cintura del país, que con su ancha faja divide los desiertos de las selvas, y es más bien serrana, arbusto y pasto seco, y ciertos lánguidos ríos. En fin. Mi cuento favorito, por la relación de amigas que aparece, es el de la quinceañera chicana que viaja a México a celebrar sus XV años.

Ernesto, aquí, me prestó Lugar, la colección de cuentos de María José Navia, escritora chilena nacida en 1982, que yo llevaba algún tiempo con ganas de leer. Hay un cuento muy lindo, y oscuro, que transcurre en el Costanera Center aunque nunca se menciona que se trata de él, y es que a mí siempre me gustado esa unión del mall -el mal, dicen las protagonistas- con la vida adolescente, tan contigente, de paso.

Alicia también me prestó Por qué volvías cada verano de Belén López Peiró. Hacía meses me había llamado la atención el procedimiento, su tratamiento de los archivos y la polifonía para narrar -aunque no es sólo narrar lo que hace aquí y este libro, como dice Gabriela Cabezón Cámara en la contratapa, es asimismo una intervención política- las reiteradas violaciones y abusos sexuales por parte de su tío, jefe de policía, cuando visitaba a su familia en la localidad de Santa Lucía, provincia de Buenos Aires. Y la violencia posterior, del Estado y las personas con las que se comparten lazos sanguíneos, y aquellos que prefieren bajar la mirada y no agregar nada más, como repiten en las declaraciones testimoniales del ministerio público. Es un libro lleno de odio, de mucho, mucho odio, y eso es lo que impresiona y alivia además de su sofisticada estructura, y de una afirmación personal tremenda.

También estuve leyendo unas novelas de un señoro francés que tenía toda la pinta de ser un señoro-señoro pero resultó no serlo, o por lo menos no del todo; pero no necesita que yo lo recomiende y además, en este post, los señoros qué.

José Juan me envió Comunidad terapéutica, de Iveth Luna Flores (Monterrey, 1988), y después diríamos que desde el primer poema es un knockout, es como una puerta que abres y te da un madrazo fenomenal. Me encanta la disposición de los poemas de la tercera parte, del otro poema que forman sus títulos:

Terapia individual
49 Voy a escribir en la bitácora…
50 Aprieta la cuerda…
51 Esta noche hablé con mi padre y fue…
53 Claramente visualizo…
55 Llené tu bandeja de entrada…
56 Voy por el valle de los ciegos…
57 Para perderlo todo…
59 Tanta rabia para cambiar el mundo…
61 Una zona de la ciudad…
62 Voy corriendo sobre mesas…
65 El tiro de gracia en el pecho de un poema…

Esto me pone a pensar en mis maneras de acceder a ciertos libros, de agenciármelos. Algunos mediante préstamos, otros leídos una mañana entera en una librería, y otros más pirateados. Aunque me interesa mucho leer, y sobre todo releer, raras veces he sentido el fetichismo de los libros.

También.

Miré Los Adioses, de Natalia Beristáin, robada toda por la presencia de Karina Gidi, sobre ciertos fragmentos de la vida de Rosario Castellanos, un domingo por la tarde.

Otro día voy a ver El silencio es un cuerpo que cae, de Agustina Comedi, suerte de documental sobre la vida del padre de Agustina, un hombre homosexual que militaba en el partido comunista, donde aquello se consideraba un desvío burgués, en una época de gran persecución política en Argentina, y quien luego se casó con la madre de ella y se convirtió en su padre, en un hombre que deja atrás su vida gay, su pareja de casi once años, su esconderse y vivir en la sombra. Además de ciertas entrevistas a antiguos amigos y compañeros, casi todo es material que él mismo filmó con videocámaras caseras. Y es tan exacto el tono, tan lacónica y justa la narración en off, tan asombrosas las coincidencias de aquella vida terminada de modo abrupto, que en la última escena, donde el hijo mismo de Comedi da su propia interpretación de la libertad (no estar en una jaula), de golpe me pongo a llorar, hundida en la butaca.

Salgo del Gaumont casi a las ocho de la noche, todavía hay mucha luz, una luz cálida y rosácea; camino por Rodríguez Peña, sus edificios angostos como recortados bruscamente, del color de la tierra húmeda, tirados a la mierda la mayoría, y sus restaurantes anticuados y sus tiendas, y luego por Corrientes; me meto a las librerías, encuentro un libro que me interesa y que apunto mentalmente, por su título y por un fragmento que leí a las apuradas (La felicidad es un lugar común, de Mariana Skiadaressis); el puesto de Eloísa Cartonera está abierto y me detengo a ver los títulos y el tipo que atiende me dice que mi remera está buenísima -es de Condorito- y que dónde la compré, me dice que él es chileno y me pregunta de dónde soy, menciona algo que discutíamos recién hace unos días en casa, que todo mundo en Latinoamérica piensa que Condorito es de su país, y después me habla de los títulos de la editorial y me anima a hurgar y a llevarme alguno y por alguna razón sale al tema Salvadora Medina Onrubia (publicada en Eloísa), y le digo que sí, que ya sabía que era abuela de Copi, y empieza a hartarme él, y entonces miro  un ejemplar -distinto al mío, claro, por lo menos los trazos con pintura acrílica de su portada- de Caza, el poemario de la venezolana María Auxiliadora Álvarez, que otra tarde decidí comprar porque lo abrí en una página que tenía el verso: yo que tengo tan alto y bajo concepto de los cuerpos; luego entro por una porción de muzza con fainá a Güerrín, como de pie y me miro en el espejo de enfrente, mi playera blanca de Condorito adquirida sin romanticismo alguno en el aeropuerto de Santiago, mis chinos que aquí son rulos, los cachetes inflados mientras mastico la pizza grasosa empujada con fainá; entonces entran dos hombres que sobrepasan la cincuentena, uno tiene una barba blanca larguísima, de Fidel Castro, y lleva puesta una playera con el rostro de Fidel Castro, compran sus porciones y se paran frente a mí a comerlas, y noto que el otro tiene una playera de México, y me río por dentro; el de la barba le comenta a su acompañante que la pizza “tan superior como siempre” pero el servicio está del carajo y aquel le responde que es así, que como siempre tienen lleno qué les importa, “¿y en México la pizza qué tal, eh?” y el sujeto responde que casi todas son de cadenas yanquis, Pizza Hut, Domino’s, terribles, y yo me acuerdo de la vez que allá nos comimos una Pizzeta y sentí de pronto que era la peor pizza que comía en mi vida y que no se le comparaba para nada a las de Buenos Aires, que al fin y al cabo no son del tipo que me gustan (prefiero las delgaditas, y crocantes), pero que al César lo que es del César, y luego hablan de las pizzas de Estados Unidos y el de la playera mexicana dice que hay unas que sí son muy buenas, las de Chicago, y al mismo tiempo, al lado de ellos, hay un hombre y una muchacha, y él, que es moreno y de pestañas largas, se queja del transporte público, de que sales de la facultad y tenés que tomar esos colectivos que tardan horas, que a La Plata no la cambia por nada, y yo digo ah, ah, otra de esas coincidencias en las que aparecen, aglutinados y en un tiempo que es el mismo, sitios en los que he estado en el pasado, viajes que me cambiaron un poco; y se han puesto de moda ahora en el D.F., aclara el del atuendo paisano, cadenas de pizzas abiertas por argentinos y uruguayos, y ahí es cuando dejo el plato sobre la barra y salgo, hace mucho calor y ya es de noche afuera.

/ Paréntesis

Los posts hechizos volvieron. Se me figura que son como una plaga de bichos, paso las noches aniquilándolos y al día siguiente ya invadieron de nuevo. Pondré aquello en pausa, no tengo la paciencia o no me encuentro en el estado mental adecuado para iniciar otra extraña batalla relacionada con el blog.

Cierra paréntesis /

Siento que mi YouTube y mi Spotify intentan encajarme kpop a toda costa, como han visto que no dejo de escuchar y mirar videos de BTS, pero stop trying to make other kpop acts happen, it’s not gonna happen. Sin embargo, me gustó mucho Yaeji cuando me hablaron de ella en México, aunque difícilmente se la podría situar en el pop salido de allá; luego, en algún video de Taekook que son mis predilectos, los había notado tarareando una melodía que al instante me encantó pero que me resigné a no encontrar nunca, hasta que algún algoritmo me la trajo de nuevo: la canción se llama “Some” y es de Bolbbalgan4, o BOL4, o Blushing Youth, o 볼빨간 사춘기, un dueto de dos chicas, Woo Ji-yoon y Ahn Ji-young, pop-pop-bubblegum pop pero un tanto indie, ponele. Igual creo que sólo me gustará esa canción de ellas, por ciertas líneas tan bonitas y tan ingenuas, que alguien tradujo al español de la siguiente manera: ¿Es mi culpa si no soy buena expresándome? Soy una chica sincera en una ciudad fría. ¿No puedo decir que me gustas? (…) A partir de hoy, voy a tener algo contigo. Te llamaré todos los días. Aunque no pueda comer gluten, voy a comer comida deliciosa contigo.

Este fin de semana miré todo Russian doll de una sentada; en realidad, dice Natasha Lyonne, la concibieron como una película de cuatro horas, dirigida y escrita toda por mujeres, sólo por mujeres, y esto es importante, le digo a Gandhi el domingo por la noche, cuando comentamos qué estuvimos viendo durante el calurosísimo, infernal fin de semana en que sobrevivimos bajo el aire artificial de unas aspas de ventilador, aunque de momento no te lo parezca.

No dejo de tener muy presente algunas líneas de uno de los libros que más me impresionaron en 2017, I love Dick, de Chris Kraus.

  • “Dear Dick”, I wrote in one of many letters, “what happens between women now is the most interesting thing in the world because it’s least described”.

 

  • …There’s not enough female impressibility written down.

 

  • The sheer fact of women being (…) public is the most revolutionary thing in the world.

 

  • Why does everybody think that women are debasing themselves when we expose the conditions of our own debasement? Why do women always have to come off clean?

 

  • Hannah Wilke (n. Arlene Butter, 1940): “If women have failed to make “universal” art because we’re trapped within the “personal”, why not universalize the “personal” and make it the subject of our art?”

Y:

  • Men still do ruin women’s lives.

El arte es una batalla; pero nosotras estamos perdiendo. Miro las noticias y me lleno de miedo, preferiría que a mí me pasara algo, que me pasara lo peor, antes que a mis sobrinas y a mis hermanas y a mis cuñadas y a mis amigas. Tengo miedo de que desaparezcan. Que las secuestren y las violen y las prostituyan y las maten y las destruyan. Que las desaparezcan. Que desaparezcan.

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Fantasmas IX

Un nuevo misterio. ¿Un virus, un error, un glitch? me posteó textos aleatorios en el blog. Textos de variada índole cuyo único elemento vinculante eran las palabras “canada goose”. Googleo: “Un holding canadiense de fabricantes de ropa de invierno. La compañía fue fundada en 1957 por Sam Tick, bajo el nombre de Metro Sportswear Ltd. Canada”. Bien, no me resuelve nada. Tampoco me acuerdo cómo me di cuenta, pero casi todas las entradas estaban publicadas en los años 2014 y 2015. Cientos de ellas. Nunca entré a su web, nunca busqué la mencionada marca invernal. Vuelve el pensamiento mágico: las señales en cada título. Por ejemplo ahora, al azar, reviso mi papelera (ya que una noche me decidí a borrarlas todas sin preguntar, sin googlear, sin enviar un correo quejoso a WordPress): We had a nice pattern of higher lows dating back to September. Otro título tenebroso: And I had no idea where they were taking me. O: When you burn cannabis, you are actually destroying a lot of. O: It is his/her premise that because of this supposed power. O: I want us to be about standing up for people who are single. O: Our rent is a month and we manage to save each month. O: And even that is just a poor rewrite of an extract from. ¿Qué carajos…?

Y ahí estaba todo, robándose espacio en mi blog, multiplicando los pins (¿los pins?).

En fin. No quiero volver a escribir sobre los fantasmas de internet (a, b), sino recordar(me) que nada aquí se conserva, que todo está destinado a la destrucción y el olvido. A continuación copio y pego unas notas que tenía en un cuaderno, que ya transcribí a un Word, y con las que escribiré otras cosas.

El problema número 5 para Giunta (Andrea Giunta, Objetos mutantes):
– Destrucción o apropiación de los archivos: su universalización por la vía del giro tecnológico. Poner todo online.
“Pero la idea de accesibilidad opaca la posibilidad de que el archivo no exista si no está ligado a una memoria acumulativa”.

Los archivos se desordenan en relación con su origen, se forman nuevos.
Otros no pueden digitalizarse.

Pregunta:
– ¿La idea de un archivo digital universal no alimentará la certeza de que sólo existe lo que está online? -> La digitalización no garantiza conservación.

Un resumen apresurado:

Archivo: lugar neutro que almacena registros y vincula con contextos y relaciones de producción.

El presente se analiza a través de los documentos, restos, fósiles, ruinas, es decir, indicios del pasado.

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Las cosas que no deseo

Camino por la calle y veo lo que no quiero. Vivir en pareja, tener hijos. Pero algunas veces sí, los hijos y ser madre de un hijo, cuando juegan, cuando hay complicidad feliz, cuando los miran con un cierto gesto, de una cierta manera… Pero en general no. Porque creo que no puedo. Y en cuanto a lo de establecer una vida en pareja, me parece -así me lo parece ahora, en la vida todo se trata de desdecirse, de nunca decir nunca- que tampoco. Que hay algo de lo performático en ese vivir en pareja, en los acuerdos, en una democracia compuesta por dos*, en un compartir más de lo tolerable (el espacio, el sueño, el dinero), que no me alcanza. Que siempre, en algún momento, me cansa. Me obliga a escapar, o a desear escapar. Para volver a mí, a mi ansiada soledad. Escribo esto, que es tan íntimo y tan temerario, tan poco apto para un blog, y siento arrepentimientos. Pero creo que ratifico el saqueo de lo íntimo y que no necesariamente contribuye a la subjetividad alterdirigida, Paula Sibilia dixit.

*Y entre tres o más, menos. O sólo para algunas citas en su departamento en Colegiales, en verano y en invierno, y entonces desligarse de su conversación de pareja y su dinámica por momentos, para luego entrar en materia y ni siquiera ahí salir de sí misma ni entrar en nadie más, y luego irse tan rápido como es posible cuando insisten en pasar la noche ahí, e imaginar aquella escena, y decir no, no, no, tengo que dormir en mi cama y no despertar y verlos, que lo primero sea verlos, y recordar.

Tampoco me imagino paseando un perro de corta estatura. Con ropa de gimnasio en un bolso gigantesco. En una exaltada llamada de trabajo a las 23 horas. Hay futuros en los que no me veo y en esa bruma de las posibilidades habrá que inventarse algo más, otro modo de ser y envejecer y sobrellevar con dignidad la flecha del tiempo y, vaya, terminar el turno aquí.

Me molestan profundamente las parejas que, en un gabinete, se sientan del mismo lado.

Edición/adición:

Publiqué esto y enseguida me apareció un artículo de Malvestida donde citaban un texto de la joven escritora Aimée Lutkin (publicado en 2016) titulado When Can I Say I’ll Be Alone Forever?, en el que habla de la falta de lenguaje para nombrar lo que es vivir sin pareja, y sin buscarla.

The immediate sense of loss after a relationship is painful, but at least there’s a word for it: heartbreak. I have no simple way to describe the slow, dull ache of separation from physical and emotional intimacy after years without it.

(Es dolorosa la sensación inmediata de pérdida tras una relación, pero al menos existe una palabra que la designa: corazón roto. No hay una manera sencilla de describir el dolor, lento y aburrido, que conlleva separarse de una intimidad física y emocional después de años sin tenerla.)

I wanted to cry at that dinner table, because keeping up the farce that I’m still waiting means staying still. It means diminishing the life I do lead, which is a good one. I’ll never be free to say that I’m alone forever, only that I’m in a holding pattern until real life begins.

(Quise llorar durante aquella cena, porque mantener la farsa de que todavía estoy en la espera implica quedarse quieta. Implica menospreciar la vida que tengo, que es buena. Nunca seré libre de decir que estaré sola por siempre, tan sólo que estoy en modo de espera hasta que la vida de verdad empiece.)

En el otro articulito hablaban de The lobster, de Yorgos Lanthimos, que recién vi. Y claro: el solitario como residuo de la sociedad. Marginado. Expulsado. El amor como equivalencia de dolencias, faltas, defectos, averías, errores. Para no terminar en lo otro, el olvido total. La vida sin consciencia, sin herencia y sin perpetuidad.

(A mí, que tanto me interesaba, en esta época hasta el sexo ha dejado de interesarme.)

Encuentro el blog de Aimeé. Pero ahora intenta tener citas. Y escribe un como proyecto, 2 Dates a Week. Agridulce. El amor como ilusión (engaño) mutuo. En un diario que encontré entre mis cosas, en México, aquellas anotaciones. “He sido objeto del amor de otros; mas amar, he amado poco. O nunca he sido libre con mi amor. He procurado ser discreta con él. Las personas que me aman suelen consumirme. Pero … ya no me ama, y no me consume más”.

Pero es que entiende: yo tenía un ascendente. Un ideal no alcanzado. Y esto no, no se le parece.

*enciende YouTube*

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Algunos títulos fílmicos y televisivos que relatan, de manera lateral, un mes y medio en México, alegre y familiar

En el avión rumbo a México miré GoodfellasDoblada. “Maldito patán”, repite Joe Pesci. Maldito patán. La palabra fuck y sus derivadas se pronuncian trescientas veintiuna veces durante la película, un promedio de 2.04 por minuto, dice IMDB. La mitad por Pesci. Pero el doblaje de 1990 sólo permite patán, maldito, hijo de perra. Me reí mucho, a solas, mientras otros cabeceaban o comían las porciones minúsculas de la comida de avión o miraban otras películas. Después vi Flashdance, una jovencísima, hermosísima Jennifer Beals: el deseo de la artista (la danza), la mejor amiga que persigue un fin similar, florido (patinaje artístico), y la ocupación improbable (soldadora), todo aquello en Pittsburgh, la ciudad de acero. Ah, Pittsburgh.

O el viernes que Frost y yo fuimos a Los Pinos (cuántas risas en el búnker de Calderón, en donde, desde un compartimento secreto, aparecían el tequila y la sangrita, imaginábamos; o el romance entre el sargento Pérez y la joven hija del presidente, del que actuamos cada escena, inventamos diálogos y nos carcajeamos por los pasillos y los senderos de la gran casa presidencial); luego comimos en El Pialadero de Guadalajara (aquella torta ahogada de camarones rosados, y el aguachile horadador de lenguas que yo tanto extrañé, y que con esa visita se disociará de otras personas y otras épocas), y caminamos por la Juárez, mi antigua colonia, la colonia de mis dulces 23, Hamburgo y Toledo por siempre, que es también la pequeña Corea, y entonces descansar en el café coreano donde dos señores jugaban Go en un tablero con sus inmaculadas piedras blancas y negras. Y en la glorieta de Insurgentes rememorar El vengador del futuro (un título infinitamente mejor que Total recall) y decir: vamos a verla, y esa misma noche verla, después de la sorprendente Tiempo compartido (reciclo los comentarios que le hice a Triquis por twtr: la estética vaporwave, la lenta erosión de la psique de estos dudes, la escena del escupitajo, es como un cuentito carveriano bien hechecito, y tiene algo muy hitchockiano también, alta tensión, infaltables momentos graciosos. Y ese lazo sutil pero irrompible de la mamá con su hijo, su cicatriz de cesárea, un vínculo que el papá neuras jamás conocerá.)

Luego, acá, hemos visto tantas con mis sobrinos. [Nota: el presente post comenzó a escribirse el día 7 de enero]. El 23 de diciembre: las gemelas Camila y Romina, y Osvaldo, y Tita, y Caro y Regina, y Leo, y yo, la tía que es excelente tía pero quizás sólo eso ya que constantemente se ha preguntado si podría ser madre y su más reciente conclusión es que no, que quizás no, ellos y yo acostados entre cobijas y cojines en la salita de tevé miramos Home Alone, un clásico navideño que nos arrancaba las risas (¿cuántas veces vi esa película cuando era niña?) mientras en la cocina mi mamá avanzaba con las preparaciones de la cena de Nochebuena, y mis hermanos cantaban con su karaoke, y ese nivel de bienestar, ¿qué haré al pensar en él cuando esté ocho mil kilómetros al sur? Y también, con ellos, he vuelto a Pocahontas. A El príncipe de Egipto (tan bella como la recordaba, o más: me obsesioné con ella años atrás, y quizás más de lo que entonces pude apreciar, e incluso fue, además de las lecturas del antiguo testamento en aquel volumen de Mis historias bíblicas, sumamente útil cuando acudí a la celebración del Pésaj en una sinagoga de Once, en 2015). Vi Mulán por primera vez. Una travestida, dice un personaje. Ah,  la heroína más hermosa, y los temas más adultos, y la belleza oriental… Y otra noche, con Tita, escogí Flavors of Youth para que se durmiera más rápidamente (pijamada con tía Lilí), pero las dos quedamos hipnotizadas con las breves historias que transcurrían en pueblos de China, y en la gran Shanghai, los fideos de arroz, las callejuelas y los edificios lustrosos y los que están a medio derruir, las varas de bambú para colgar la ropa, y los cassettes con mensajes largos que se graban dos amigos que no saben que están enamorados. O después, un sábado, con Carolina y Regina, vimos Wolf children, y lloramos mucho, o por lo menos dos de nosotras lloramos mucho, y al día siguiente le conté la trama entera a mi madre, tanto así me conmovió. O la otra noche en que cuidé a Osvaldo y Camila y Romina, y empezamos a ver Isle of dogs pero a la mitad, exhaustos, nos quedamos todos dormidos. Les mostré, a Tita y Regina y Caro, la belleza inigualable de The Addams family. Que, leía hace poco con justeza, aunque no sé dónde, lo que los vuelve excéntricos no es su afición por todo lo goth sino que Gomez y Morticia son en serio peculiares, distintos, notables, por ser dos paterfamilias que se aman con pasión y apoyan a sus hijos en sus proyectos e intereses.

También está el domingo en que, con Triquis y Luis, luego de mirar uno tras otro los ocho episodios de Burn the stage, el documental de BTS, en un fin de semana que volvimos obsesivamente sobre ellos, nos sentamos a ver la última Misión imposible, y los diálogos que francamente me daban risa aunque a la vez no dejaba de pensar en una crítica de cine que me gusta mucho, Priscilla Page, quien durante meses se la pasó diciendo que esa era la mejor película de acción del mundo, y ponele que sí, de acción (aunque existiendo Point Break no entiendo cómo alguien puede afirmar algo así), pero es mafufa y en la última media hora me aburrió y me permitió dormir sin culpa.

Por cierto: miré el documental para cine de Burn the stage con María y Frost mismo (renuente) en una salita de Oasis Coyoacán, con otras tres muchachas que reían mucho también, sobre todo cuando Hoseok está jugando con Yeontan, el pomeranian de Taehyung, y canta graciosamente did you see my bag, did you see my bag… Lástima que, pese a sus bellísimos momentos, hay como un final que llega y llega, y a la vez nunca, hasta que sí.

Piensa, piensa.

Widows con Carla y Triquis un viernes en Querétaro, tras dar muchas vueltas en el centro con unos helados que se nos derretían en las manos, y las palomitas de Takis, y la cerveza francesa con gusto cítrico, y charlar y charlar y charlar antes de eso, y en medio, y después.

Otra noche vi No regret, una película surcoreana del año 2006, escrita y dirigida por Hee-il Leesong, un parteaguas del cine coreano LGBT+, que amenaza con tener un final tragiquísimo, lo cual me habría hecho voltear la hipotética mesa, pero se las arregla para cerrar con algo como un sarcasmo, un final tragicómico, o feliz. En este momento me interesa demasiado el conocidísimo género del BL, abreviatura que me oculta y me mantiene a salvo.

El sábado chilango, con Frost, Fáyer, Elsa, Thalía, luego de desayunar en la esplendorosa Fonda Margarita (¡todo lo que dicen sobre ella es cierto! ¡los frijoles refritos con chorizo, el cerdo en salsa verde, el guiso de longaniza, el bistec en salsa morita, los huevos rancheros, el café de olla, las filas semilargas y muy tempraneras en aquel rincón de la Del Valle, el milagro de cocinarlo todo en manteca de cerdo!), y mientras comíamos una deliciosa rosca de reyes de la pastelería Alcázar, y chocolate de agua de Oaxaca recién traído de Oaxaca, estuvimos viendo muchos videos en YouTube: los Guau de Alexis Moyano (el rap de los perritos explicando el internet me mató, me había matado ya semanas atrás cuando me lo mostraron en Baires, “no, no, no, te mandaste cualquiera… internet es un cable con poderes mágicos que… wrah… internet es una tele con botones pero que… tiburones”), un episodio de Skull-face Bookseller Honda-sanya que durante el desayuno habíamos estado hablando intensamente de anime, y la noche anterior Elsa me había mostrado uno que ahora consume algunas de mis noches: el anime yaoi Sekaiichi Hatsukoi, sobre romances homosexuales entre trabajadores del mundo del manga: editores y mangakas y hasta libreros sexys con perforaciones en las orejas, ¡ay!, y ese video de History of Japan, y varias otras cosas de las que ahora no me estoy acordando, para proceder al plan original que era mirar Life of Brian Holy Grail, de los reverenciados Monty Python, largometrajes que he visto tantas veces, que me sé tan de memoria, que me entregué al placer del sueño sin remordimiento, pues había dormido bastante poco los días anteriores. ¡Ah! Elsa también me mostró Diablero, una nueva serie de Netflix ¡excelentemente actuada, con excelente diseño de producción, excelentemente musicalizada, excelentemente fotografiada, excelentemente ambientada, y todo en ella es tan excelente -los diableros, la santería, el chilanguismo recalcitrante, el hermoso Horacio García Rojas y frases que me calcinaron el cerebro como “tsss, te repites más que taco de longaniza” y la hermosa Fátima Molina como su hermana, los dos hermanos más sensuales de la tevé digital- que no entiendo por qué la gente no la adora y habla más de ella, no lo entiendo!

El otro descubrimiento excelso de estas vacaciones tiene que contar con preliminar barato.

Verán.

Esa vez que Tita se quedó a dormir conmigo, busqué algún anime en Netflix porque ella empieza a dibujar manga y siempre es bueno animar los talentos de los niños a tu alrededor, los cuales abundan en mis muchachitos, ¿no? Entonces estaba buscando algo en aquella sección centrada en anime y me llamó la atención uno llamado Gokudols, o Backstreet Girls, que en aproximadamente un minuto presentaba el intríngulis de su relato: tres yakuzas que han metido la pata hasta el fondo -no se sabe por qué ni cómo- son presentados con una disyuntiva por el jefe de su familia: la muerte o cambiar de sexo en Tailandia para formar un lucrativo grupo de idols de jpop. Escogen lo secundo. Pero son muy yakuzas y a un yakuza muy macho no le importa su aspecto, y sin embargo a la postre son enfrentados a toda clase de humillaciones y sacrificios, lo que nos demuestra que la violencia idol no es tan distinta de la violencia yakuza. Con aquellas primeras escenas me quedó claro que no era un anime apto para niños, y lo guardé celosamente para echarle un ojo después; al fin, llegado el momento, quedé pasmadafascinadamaravilladaintrigada por una trama que me parecía completamente original pese a una animación más bien burda, en la que durante largos planos sólo se mueven las bocas, y de pronto los ojos se vuelven dos hoyos negros y macabros, y a las caras angelicales se les superponen los rostros duros de los hombres yakuza que viven atrapados en cuerpos que no escogieron, que les son ajenos, y aunque todo es de una crueldad extrema, en esencia es una comedia negrísima, carcajadas cargadas de culpa, ¡pues qué jefe yakuza tan sádico, qué castigos corporales tan siniestros, qué graciosa subtrama del club de damnificados por las Gokudols, cuánto por decirse de la violencia machista y sí, heteropatriarcal, y de la destrucción de las vidas jóvenes, inocentes, no por un ideal sino por una suma de dinero sucio de la industria del entretenimiento! Lo recomiendo ardientemente, está allí mismo a distancia de un clic en Netflix, no lo dejen ir, no dejen ir esta gema, esta joya, este milagro.

También he estado viendo Neoyokio porque leí, de pasada, que la voz del personaje principal la hace el hijo de Will Smith, y Jude Law y Susan Sarandon hacen otras, y que la creó Ezra Koenig (Vampire Weekend), y aunque no es tan interesante ni tan incisiva como muchas otras cosas que empiezo a ver en el género (y la marca gringa está demasiado presente, demasiado difícil de ignorar), su mezcla de magia, moda, demonios y decadencia neoyorquina me ha tenido, digamos, más o menos interesada.

Quisiera ya terminar este post. Quisiera mencionar que también he estado mirando un dorama coreano, Reply 1997, que salta entre dicho año y 2012, en Busán, durante el reencuentro de antiguos amigos de la secundaria y los recuerdos de sus años mozos, y la protagonista es fan acérrima de H.O.T., hasta extremos locos, locos, y las cosas que hacen las fans en sus conciertos y alrededor de sus ídolos (ese cántico con sus nombres y apellidos al inicio de cada canción en vivo, los impermeables con las siglas, la fanfiction homoerótica) no es nada distinto de lo que hacen hoy en día, y luego descubrí que la actriz es, en la vida real, una idol también.

Sólo resta decir que vi Crazy rich asians con mi hermana porque ella necesitaba distraerse, que en un autobús miré y cabeceé con Ghost in the shell (versión Scarlett Johansson), y que en al avión de vuelta a Buenos Aires, muy estresada y malhumorada y preocupada por asuntos que aquí no vienen al caso, miré The big sick, que me gustó y hasta me permitió soltar unas necesarias risas alagrimadas. Luego, necesitada de dormir, y habiendo descubierto recientemente que sólo me da sueño mirando cosas pero que aquello se convierte en una lucha porque detesto dormirme mirando cosas a menos que ya las haya visto o su mala manufactura me libre de culpas, puse Inception porque medio me la sé toda y es un gran soundtrack  ese de Hans Zimmer, digan que no, y es perfecto para conciliar el sueño.

Ah, también vi Roma. La primera vez en la cineteca -antes cineteatro- Rosalío Solano, en Querétaro, con Carla y Ribón y Fanny y Triquis y David -y hasta, coincidencia hermosa, Hasiby- y que todos lloramos menos David, y luego, una segunda vez, en casa con mi mamá y mi hermana. Hace unos días soñé con Yalitza Aparicio, tanto me impresionó su actuación y hasta dónde la ha llevado.

Coda:

Mención a los animalitos hermosos con los que conviví esos días: Logan, el gato azul. Luna, la cariñosa french blanca. Aguacate, el ajolote plateado. Sorata y Pirata, la Hello Kitty real y el gato negro cuyo ojo perdido relata su imaginado paso por Vietnam. Bebé, el gigante aranjado, esponjoso, de mi hermana. Y el nuevo miembro de la familia gatuna, otro Logan, también gris. Y el muy libre y callejero Noalex, platicador, anaranjado, viril. Los ruidosos, olorosos, minúsculos chihuahueños de mis sobrinas, Taco y Chamoy.

Los cursos en la secundaria, algo que no sabía que estaba en mí, que podía hacer, que podía disfrutar, que podía darme ciertas guías.

Faltan amigos que vi, que extrañaba tanto. Olga. Marisol. Luli y Migue. Ara. Lety. Laura. Gaby. Grace. Jordy. Diego. Carlos. Rob. Gregory. Chava. Y los que me faltaran mencionar.

El día que volví, con un calor un poco asfixiante tras las noches bajo cero de Polotitlán, acompañé a Jes a unos asuntos y en la 9 de Julio nos cruzamos con la marcha por la liberación de Milagro Sala de Tupac Amaru, y luego caminamos por Recoleta hasta la placita de Vicente López donde se junta un nutrido y diverso grupo de niños a jugar en el arenero gigante. Y pensábamos en lo linda que es la ciudad, y en lo difícil que se nos pone la estadía. Al volver pasé por la esquina de Suipacha y Arenales donde viví durante mi primera temporada acá. Las ventanas estaban cerradas.

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Diciembre 28

Cuatro entradas a medias. Mi Halloween a solas en Constitución, en la covacha de Guille: el viento que golpeaba las ventanas, las paredes de madera del ático, la silla que, arriba, apuntaba hacia el cubo de las escaleras, como si el fantasma me esperara. Miré cosas de terror a oscuras. Prefiero ese tipo de miedo. Luego hay otra entrada sobre atestiguar la lenta erosión de una ciudad. ¿A qué me refería, en qué estaba pensando? Ya estoy en México, y no he registrado en ningún sitio perdurable estos días. Recordábamos, hace dos noches, aquel viaje a Pittsburgh: el calor del verano, mi juventud, toda mi vida por delante, ahora puedo recordarlo así y mirarme desde afuera. Entonces vivo otra vez cada uno de esos días: el cine de a dólar y un restaurante chino, los tacos de carnitas un domingo por la mañana, el downtown y la calle Carson y aquel café portlandense donde yo me sentaba a trabajar y beber café helado, y los insectos, todo está rodeado del zumbido de los insectos, la vegetación salvaje de las calles empinadas del barrio donde vivía mi hermano, poblado de migrantes ilegales, minorías, discriminados y marginados y borroneados y expulsados, trabajadores todos, y luego el bosque que rodeaba la ciudad, y ese calor humedísimo, entonces desconocido para mí, que parecía derretir el acero centenario con el que se forjó la ciudad, y no sé por qué todo eso, ahora, aquí, y después de tantos años, me llegó con tanta intensidad. Pienso muy poco en Buenos Aires, o me parece como en pausa o en suspenso, y a la vez, con resistencia, al tanto de que en un par de semanas allá estaré de nuevo, el mismo calor húmedo, los insectos y los parques y el Feliza y nuestros tacos con tapa de empanada y el súper chino de casa (la señora que me persigue siempre, convencida de que robo: su hija y su nieto, avergonzados por la paranoia de la matriarca), y mis amigos de allá, esa especie de familia que la distancia edifica, y quizás la necesidad de tomar decisiones y empezar a despedirse de todo eso, envolver mi vida en el sur para mudarla a otra parte.

Pero todavía no. Es de noche en Polotitlán de la Ilustración y hace mucho frío, y escucho música, y aquí están las personas que más amo en el mundo. Algunos de mis sobrinos han dormido conmigo por las noches, y cada día hay risas y conversaciones, y la comida que me gusta y un lento dejar pasar el tiempo. Y mis amigas y mis amigos, de D.F. y Querétaro y Polo, que conservo y procuro lo mejor que puedo. Creo que estoy bien, que si observo mi ánimo es bueno y estable, porque cuando he sentido la desesperación venir aquí se vuelve recurrente. Es como si no necesitara dialogar conmigo misma, o acomodar las cosas. Ahora mismo he empezado a redactar por un vago impulso, sin saber a dónde llegaría. Si pienso en mi última Navidad aquí, la de 2016, yo estaba en el abismo. Lo que pasó en ese año, ese bajar al infierno y volver, ahora está lejos de verdad. Con mi familia casi ni hemos hablado de ello. Pero el poder de la experiencia reside en que transforma. Y yo fui transformada.

He visto películas, he leído casi nada. Y escrito nada. Me encuentro sumergida en una ensoñación en la que mi deseo está descorporalizado, no se dirige a nadie o no me involucra, y es más feliz que otras, pues si oriento mi obsesión a una persona siempre termino decepcionada. No quiero ni necesito nada. Tendré que reconstruirme de nuevo. Y cerrar mis pendientes. Y encarar la omnipresente lucha por la sobrevivencia. Ahora mismo sólo quiero volver a escribir, tenía que empezar por un lado, y recién pagué la suscripción anual de este cuchitril. Albricias.

Vaya, qué cierto esto: con la gente que amas el tiempo lejos es como si no pasara.

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Ídolos cansados: el acontecimiento BTS

Originalmente publicado en La Zona Sucia

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Yo estoy perdida. Estoy sumergida hasta los codos. El trance que padezco comenzó a fines de agosto: BTS había superado el récord, decía una nota de Forbes, del video debut con más reproducciones en menos de 24 horas, destronando a Taylor Swift. Con malicia, con curiosidad, fui a mirarlo. Empieza mi desesperación de amante de BTS y firmante de este texto. No sé cómo explicarlo. Aquello me hipnotizó. Los colores estridentes, la coreografía intrincada, muchos chicos que, luego vi, eran un total de siete: bellos y andróginos, con ojos y labios maquillados, y pelo de colores. Una melodía extrañísima, por momentos trap, por momentos hip-hop, y luego otra vez un bubblegum pop que en voz de Justin Bieber sería cualquier cosa. La canción se llamaba “IDOL”, no sin ironía, pues, pronto supe, en Japón y Corea del Sur las agrupaciones de este tipo son conocidas como idol groups.

Llaman Hallyu a la ola cultural surcoreana y recién ahora siento que me arrasó y me pasó por encima. Antes no había percibido la existencia de los muchachos de BTS y desde entonces me parece encontrar, cada día, una nueva nota sobre sus conquistas y reconocimientos.

En octubre recibieron, de manos del ministro de cultura de Corea del Sur, Do Jong-hwan, la Orden al Mérito Cultural. Habían aterrizado en Seúl unas horas antes, provenientes de París, tras dar una treintena de conciertos en Norteamérica y Europa; tan sólo la primera parte de una gira que terminará en abril próximo y que ya generó estadísticas insuperables: BTS no sólo se convirtió en la primera agrupación coreana en presentarse en un estadio de Estados Unidos, el Citi Field de Nueva York, sino que además rompió el récord de asistencia de dicho estadio (los boletos se agotaron en menos de diez minutos).

Además, son embajadores honorarios de la ciudad de Seúl. También son embajadores de UNICEF y, en la última Asamblea General de la ONU, el líder de la agrupación, Kim Namjoon, dio un discurso sobre el amor propio, motivo de su última trilogía de álbumes, Love Yourself. “Sin importar quién seas, el color de tu piel, o tu identidad de género, habla por ti mismo” fue una de las frases más célebres, por lo que implica en un país donde los derechos de la comunidad LGBT+ son limitados.

Además:

Por primera vez en la historia, en los charts de Billboard el álbum número uno está cantado, en su mayor parte, en coreano.

BTS arrasa en entregas de premios en oriente y occidente.

BTS se presenta en shows en vivo, diurnos y nocturnos, en Estados Unidos, en Inglaterra, y todo el tiempo en Corea.

BTS es portada de la revista Time.

BTS es, hoy por hoy, el acontecimiento pop más importante del planeta.

BTS: por Bangtan Sonyeondan, romanización de 방탄소년단, y que se traduciría como boyscouts a prueba de balas. Boyscouts originarios de Corea del Sur, el tecnocapitalismo de la sociedad del rendimiento.

 

Quién es este chico

Hay algo matemáticamente perfecto en BTS. Algo que invita a la simpatía, o a la obsesión. Estos muchachos son caramelitos. Son muy hermosos, sus cuerpos de atleta, su piel perfecta, la elegancia de sus movimientos. Lxs integrantes del fandom de BTS, conocido como ARMY, hablan de caer en la madriguera del conejo. En el precipicio. Sumarse a las filas de la adoración implica encontrar el equivalente a semanas, o meses, de material en línea relacionado con BTS. Pero, a medida que desciendo en esa madriguera que parece no tener fin, encuentro algo que me desagrada y me angustia, no sobre ellos sino respecto a lo que los rodea. Aunque ya llegaremos a esa parte.

“IDOL” sumó 45 millones de reproducciones en YouTube
en sus primeras 24 horas de publicación, el 24 de agosto de 2018.

 

Los miembros de la banda, por orden de nacimiento, son: Kim Seokjin (Jin), 1992, y por lo tanto el hyung (hermano o amigo) mayor; Min Yoongi (Suga), 1993; Kim Namjoon (RM), 1994, líder de la banda y el único que habla inglés con fluidez; Jung Hoseok (J-Hope), 1994; Park Jimin (Jimin), 1995; Kim Taehyung (V), 1995; y Jeon Jungkook, 1997, el maknae (menor) del grupo, una posición fija en todo idol group, con cierto prestigio o importancia. Todos ellos tienen dos edades: la “internacional” y la coreana, que al nacer ya suma 1 año de vida. Tres raperos (Suga, RM, J-Hope), cuatro vocalistas (Jin, Jimin, V, Jungkook), además de una línea distintiva de bailarines principales (J-Hope, Jimin, Jungkook, V), conforman BTS. Jerarquía, organización y trabajo. Pero también: familia.

ARMY (supuesta abreviatura de Adorable Representative M.C for Youth, que en realidad remitiría a su capacidad de organización y movilización en los vastos territorios de internet, y que en un país tan militarizado como Corea del Sur merece una reflexión aparte) suele hacer circular, en los comentarios de los videos oficiales de BTS en YouTube, un sumario con aires de escritura sagrada que individualiza a cada uno de los chicos Bangtan:

Jin, un estudiante de teatro sin experiencia en los escenarios; RM, un genio con un coeficiente intelectual de 148 que, en lugar de ir a la escuela, eligió el rap underground; Suga, un joven aspirante a productor que vendía sus canciones en las calles y se saltaba varias comidas al día; J-Hope, un bailarín callejero underground; Jimin, un destacado estudiante de danza contemporánea; V, el hijo de una pareja de granjeros, amante de las artes y la música; Jungkook, un niño de trece años que dejó la casa familiar para convertirse en cantante.

 

Idol de exportación

Como otros idol groups, BTS fue formado por una compañía, BigHit Entertainment, que los reclutó mucho tiempo antes de hacer su debut. Durante tres años, mientras dormían en literas en un único dormitorio, los siete integrantes se entrenaron arduamente en baile, canto, actuación. Boyscouts. En el mejor artículo de BTS que leí hasta ahora, un reportero de Billboard los entrevista en Seúl y narra cómo Bang Si-hyuk, fundador de la empresa, en realidad planeaba formar un grupo de hip-hop en torno a RM, cuyo demo escuchó en 2010. Todavía recuerda algunos versos: “Mi corazón es como el detective que es hijo del criminal. Y aunque yo sé quién es el criminal, no puedo atraparlo”.

BigHit no es una de las empresas “manufactureras” de idols más importantes de Corea del Sur, pero con los chicos Bangtan se sacó la lotería. Este éxito indiscutible, sin embargo, no se parece en nada a la sensación, tan efímera y desechable como una sopa ramen instantánea, de PSY y su “Gangnam Style”, primer éxito global del k-pop, sino a un camino labrado con empeño, disciplina y trabajo. Mucho, mucho trabajo.

Su presentación en el show de Jimmy Fallon convenció a miles de escépticos de sus habilidades,
no sólo como bailarines, sino como intérpretes en vivo.
La coreografía alude al apoyo entre amigos en tiempos de dificultades.

 

El capítulo de la serie Explained (disponible en Netflix) dedicado al k-pop glosa los orígenes de la música pop en Corea del Sur: el control de la cultura popular ejercido por el dictador Park Chung Hee, que continuó aún después de su asesinato en 1979, y el cambio de jugada que supuso, en los noventa, la aparición de Seo Taiji & Boys (con sus elementos de hip-hop y letras –para estándares coreanos– antisistémicas); así como la popularidad de H.O.T. a las puertas del año 2000, que estableció las marcas (nombres compuestos por siglas reconocibles, fandoms y métodos de capacitación incluidos) de los idol groups, y le dio a Corea del Sur una oportunidad única de bien de exportación.

El minidocumental señala, además, la fórmula cuasimatemática de las canciones del k-pop, en las que pueden aparecer hasta nueve géneros musicales distintos, incluido el gancho pop que las vuelve adictivas, el mentado earworm que perfora los oídos en silencio, en contra de la voluntad del afectado. Para comodidad del fan global hay, en canciones casi en su totalidad en coreano, repentinas apariciones de versos y expresiones en inglés. Y ésta es una de las razones del aumento de la demanda por cursos de idioma coreano alrededor del mundo.

Tablo, integrante del grupo surcoreano de hip-hop Epik High, menciona otra fórmula clásica de los idol groups (inaugurada, ponele, por los Beatles): la suma de personalidades muy distintas entre sí, si bien complementarias. “Imagina a los Avengers con nueve Tonys Stark. No funciona”.

De BTS suele resaltarse el involucramiento de los miembros en la composición y escritura de sus canciones. En algunas se problematiza su condición de idols: “IDOL” misma es una especie de declaración de orgullo por su propia música a la vez que una autoafirmación nacida del amor propio, todo lo cual los blindaría de la crítica malintencionada (hay muchas máscaras en mí, cada día acepto un nuevo yo, hago lo mío y estoy orgulloso de mí, me amo a mí mismo, etcétera). Pero además de los infaltables temas románticos/sensuales, hay otro grupo de letras que me parecen interesantes: las del idolque ha acumulado premios y hasta poder económico, pero a costa de un disciplinamiento feroz; que trabaja mucho, ensaya muchas horas al día y mientras los demás están en el club nocturno, y lo sacrifica todo para estar donde está. Es el discurso del rendimiento.

 

Cansancio, explotación y depresión

El popular filósofo surcoreano Byung-Chul Han propone, en La sociedad del cansancio, el fin del paradigma inmunológico que, con adentro y afuera bien definidos, repele al Otro; que rechaza –y en ese movimiento reconoce– al extraño enemigo. Es un paradigma del no-poder (no-tener permiso), propio de la sociedad disciplinaria del siglo XX observada por Foucault, donde prima la negatividad (prohibición, vigilancia, castigo), y que produce locos y criminales. En el siglo XXI, en cambio, la negatividad se reemplaza por pura positividad: en la sociedad del rendimiento, el mandato del sí-poder (sí-ser capaz) da pie a individuos que sitúan el enemigo a vencer dentro de sí mismos, una exigencia que no precisa de tirano externo pues el tirano es sí mismo, víctima y verdugo a la vez. “La violencia de la posibilidad, que resulta de la superproducción, el superrendimiento o la supercomunicación, ya no es viral”. Es el paradigma neuronal: en la sociedad de la autoexplotación, el agotamiento de los individuos termina por quebrar su psique, y produce fracasados y deprimidos. Depresión, trastorno límite de la personalidad, trastorno por déficit de atención con hiperactividad, síndrome de desgaste ocupacional: estas son las enfermedades emblemáticas de nuestra época.

BTS es una de las bandas con mayor contenido propio en internet: su cuenta de Twitter publica varias fotos y videos al día, algunos grabados por ellos mismos aunque editados por una mano invisible que nadie sabe cuánto descarta. En YouTube hay diseminados por miles, con las consecuentes reediciones de ARMY: videos donde se los ve charlando, preparándose la comida, gastándose bromas, participando en programas televisivos, o en lo que parecen dinámicas de integración. BigHit Entertainment publica varias series actuadas por ellos, o reality shows que los persiguen en viajes, en ensayos, en giras, con cámaras instaladas en sus cuartos de hotel que los graban incluso cuando duermen y se cepillan los dientes.

k-pop BTS
Foto: BigHit Entertainment

En la parte más profunda de la madriguera encontré cosas extrañísimas, como el sketch House of ARMY, donde algunos miembros aparecen travestidos para interpretar a una fanática de BTS y su madre, por ejemplo, además del papá, el hermano y hasta el perro humanizado. Hay otro, que me recordó a los famosos videos pornográficos POV (point of view), llamado Flower Boys Bangtan High School y que consiste en una especie de videojuego interactivo en el que la chica en cuestión –o sea: tú– es transferida a una nueva secundaria, donde en cada salón se encuentra a un chico de BTS, con quien interactúa.

Hay otra serie de videos, grabados y editados por Jungkook, el golden maknae que puede hacerlo todo bien, llamados Golden Closet Film. El video del 29 de septiembre, en Newark, es una postal del agotamiento.

Un reportero de Rolling Stone los siguió durante una gira televisiva por Estados Unidos, y describió las jornadas extenuantes: del aeropuerto a los platós de televisión, jet lag de por medio, y el entourage de más de treinta personas que los prepara y custodia, entre mánagers, publicistas, coreógrafos, masajistas, intérpretes, estilistas, camarógrafos, guardias de seguridad y choferes. En algún momento, uno de ellos rendido de sueño en un sillón, otro con un pañuelo ensangrentado en la nariz, y uno más tratándose una úlcera bucal con un asistente, por fin les traen el almuerzo: hamburguesas frías y papas fritas, que sin embargo ellos “comen con abandono”.

En Corea del Sur, y también fuera de ella, se han denunciado ya los contratos draconianos que obligan a firmar a los idols, quienes son fichados cuando son adolescentes y a partir de entonces vigilados, filmados y obligados a dejar toda vida social y romántica de lado. BTS, que en términos económicos y culturales es un activo tremendo para el país, es motivo de especulación constante respecto a una posible exención del servicio militar, obligatorio para todos los hombres surcoreanos.

El mes pasado firmaron con BigHit Entertainment por siete años más. Jin, el más viejo de ellos, tendrá 33 años cuando termine su contrato. Con los siete años que ya llevan, sumarán más de la mitad de sus vidas como empleados de BigHit. En 2015 la empresa se vio obligada a despedir a un directivo –o por lo  menos eso declaró– que fue captado en video mientras amenaza a gritos a Jungkook, y luego levanta la mano como si fuera a pegarle. En su comunicado BigHit Entertainment asegura que prohíbe cualquier “acto coercitivo u opresivo” hacia sus artistas, y que asume total responsabilidad de aquella “acción problemática”.

Samsung, chaebol más importante de Corea del Sur, y el grupo empresarial número dieciocho a nivel mundial, es continuamente acusado por sus prácticas laborales medievales, además de ser gravísimo emisor de desechos tóxicos que, no pocas veces, provocan la muerte por intoxicación a sus propios empleados. Según Julián Varsavsky (en un libro interesantísimo que leí mientras escribía este artículo: Corea, dos caras extremas de una misma nación, escrito a cuatro manos con Daniel Wizenberg, quien se ocupa de Corea del Norte): “en 2014 la Organización Mundial del Trabajo ubicó a Corea del Sur entre los países que menos respetan los derechos de los trabajadores, a la altura de China, Camboya, Nigeria y Bangladesh, donde son sistemáticamente expuestos a despidos injustificados, intimidaciones, arrestos y a menudo violencia que les ocasiona daño físico o incluso la muerte”.

Había leído, cuando empezó mi lento descenso, sobre desmayos en pleno escenario de chicas integrantes de idol groups (ya sea por extenuación o malnutrición atribuible a las famosas “dietas de la copita”, en las que sólo pueden comer lo que quepa… en una copita). Pero durante septiembre y octubre fue inevitable seguir las noticias de la gira de BTS por Estados Unidos y Europa, que terminó por hacer mella en su salud. En Londres Jungkook se lastimó el talón, que tuvieron que suturarle, y durante el concierto rompió en llanto, sentado en la silla desde la que cantó e intentó emular las coreografías. En París, debido a un resfriado con dolor de garganta, V no alcanzó sus notas y también se puso a llorar, desolado. Y Jimin no pudo asistir a la incomodísima aparición en el show de Graham Norton por una lesión en el hombro, que no le impidió bailar y cantar más tarde, en el domo The O2 de Greenwich. Las niñas de ARMY sufren también: sus ídolos están lesionados y lloran porque no pueden rendir al 100%.

En la marea de videos que los capturan, no es infrecuente encontrarlos muertos de cansancio, y a veces, entre lágrimas, el autorrecordatorio de trabajar más, esforzarse más, mejorar su voz o sus pasos de baile, pues de algunos suele opinarse que sólo son muy buenos en una posición: bailarín o visual (ser guapo, vaya), y esto es motivo de tormento.

La autoexplotación en Corea del Sur no es propia de los idols o empresarios de alto octanaje, sino un modo de vida. En el capítulo Talibanes del estudio, Varsavsky describe el insólito proceso que involucra la aplicación del terrorífico Suneung, el examen de ingreso universitario nacional: profesores que son reclutados para diseñar las preguntas durante tres meses en confinamiento en una ubicación secreta en las montañas de Gangwon, un ejército de miles de policías y voluntarios que vigilan las calles el día del examen, adolescentes que duermen cuatro horas al día, y la proliferación de hagwones, los institutos privados de aprendizaje que funcionan más allá de la medianoche, luego del horario normal de los colegios. Sobra decir que la cifra de suicidios (Corea del Sur ocupa el primer lugar en promedio de suicidios entre los países que forman parte de la OCDE, unos 37 al día) se incrementa exponencialmente los días posteriores a la publicación de los resultados.

El año pasado Kim Jong-hyun, integrante del idol group SHINee, y quien al parecer padeció depresión durante años, se suicidó en su casa del barrio de Gangnam. En la nota que le dejó a su hermana, escribió: “¿Qué más puedo decir? Dime que lo hice bien. Dime que fue suficiente. Dime que trabajé muy duro”.

El 14 de noviembre BTS publicó un mensaje de aliento para los jóvenes surcoreanos que, al día siguiente, se enfrentarían al temible Suneung. Aunque arrancan con la recomendación de olvidarse por un momento de BTS para estar frescos y concentrados, de manera inesperada Suga -el rapero que no ha temido apoyar diversas manifestaciones sociales y defender la comunidad LGBT+- recuerda que “podría no irte bien, porque así es la vida; pero quizá después llegues a pensar que el examen no es tan importante” (inmediatamente después es interrumpido por RM, el líder de la agrupación, quien suele cuidarse a todo momento de no dar el mensaje equivocado). Esta actitud se corresponde con el concepto de su primer EP, 2 Cool 4 Skool, y con ciertos recordatorios a lo largo de sus canciones de que “está bien perder, o no tener un sueño”.

 

Queer y pop

En la secuencia inicial de The Velvet Goldmine (Todd Haynes, 1998), un infante Oscar Wilde proclama, ante la decimonónica audiencia de su salón de clase: “Quiero ser un ídolo pop”. El relato de Haynes –mitad fantasía distópica, mitad docudrama sobre la escena glam en el Londres de los años setenta, cosido por el hilo de una investigación periodística– persigue al ídolo pop bisexual Brian Slade y su alter ego espacial Maxwell Demon. Cualquier parecido con David Bowie es intencional. Haynes, que insinúa que Oscar Wilde fue abandonado por una nave espacial en una fría calle dublinesa en 1854, traza de esta manera una genealogía que lo ubica como la estrella pop original.

Del lado del pop está lo queer. Y de lo queer, de lo marginal y lo excluido, está la máscara, y a través de ella lo profundo y lo verdadero. El maquillaje como revelación. Y el velo: lo que se ve no se pregunta. Hay un reconocimiento entre pares que surge de la identificación con una comunidad sin nombres, ni límites. Lo que le dio a la música popular del siglo XX su carga política, dice Mark Fisher en Ghosts of my life, es la identificación con el alien, que trae consigo “la posibilidad de un escape de la identidad hacia otras subjetividades, otros mundos”.

El concepto de boy band, gastado de pronto, adquiere un segundo aire mediante un desplazamiento que no es sólo geográfico, sino que altera lo que se considera bello. Como símbolos sexuales, los muchachos Bangtan atentan contra el modelo estético hegemónico. Es innegable que en las críticas ejercidas contra ellos hay, a menudo, componentes racistas y homofóbicos. No lograr distinguirlos entre sí es un comentario frecuente cuando el virgen de k-pop es expuesto a uno de sus videos, y hasta cuando la prensa especializada reseña sus conciertos, una apreciación se repite: los chicos de BTS parecen robots. Muñequitos perfectos cuya extrema coordinación produce asombro, o desconfianza.

Pero mientras que las boy bands que los preceden explotaban su sexualidad a través de la exhibición, la de BTS se vale del encubrimiento: BigHit los protege tanto que cubre pezones y abdomen de sus videos, y las ARMY se desvelan encontrando el segundo en que una camisa se levanta durante una presentación. Amén de transparentar el proceso en que sus fans (adolescentes la mayoría) se constituyen como sujetos deseantes, el ocultamiento también transforma y desplaza el deseo, un deseo que se alimenta de los ships entre los integrantes: TaeKook, NamJin, YoonMin (**I stan Taekook**). Todo lo cual recordaría la popularidad de los manga yaoi –sobre relaciones románticas entre hombres jóvenes– en un público netamente femenino.

En The Velvet Goldmine, lo que el reportero Arthur Stuart busca incansablemente son los contornos de la relación secreta entre Brian Slade y Curt Wild, personaje inspirado a su vez en Iggy Pop y Lou Reed. Haynes observa, precisamente, cómo el glam propuso nuevas formas de ejercer la masculinidad. Los muchachos de BTS son cariñosos entre sí, y se abrazan y se dan besos cándidos ante las cámaras. También lloran sin vergüenza. Resulta desconcertante que sean ellos, provenientes de una sociedad ferozmente represiva, quienes nos recuerden la posibilidad de lo diverso. El puritanismo destruyó un espíritu como el de Wilde, dandy pionero y pop idol original, pero en una época en que la capacidad de disidencia de lo queer ha sido asimilada por lo dominante, los espacios de resistencia se reducen. Y es sorprendente dónde se puede encontrarlos hoy en día.

Byung-Chul Han cree que la reacción inmunológica se enfrenta a la otredad, pero que hoy, en su lugar, comparece la diferencia, y a ésta le falta “el aguijón de la extrañeza, que provocaría una violenta reacción inmunizadora”. Reducido a una fórmula de consumo, “lo extraño se sustituye por lo exótico y el turista lo recorre”. Entonces me parece que sí, que los consumimos. Que, ya dije, son caramelitos que probamos uno a uno, demandando fechas de conciertos, líneas de ropa y muñecos con sus nombres, actualizaciones de Twitter, nuevos videos, nuevas fotografías, nuevas coreografías. Los consumimos hasta la extenuación, hasta romperlos.

Pero luego hay algo. Yo no sé si voy a montarme en esta ola, y al cabo de un tiempo conozca otros idol groups e incluso lleguen a gustarme. Pero Seokjin, Yoongi, Namjoon, Hoseok, Jimin, Taehyung y Jungkook me inspiran algo así como cariño. Me producen alegría. Desde hace unas semanas me parece que consumo una narrativa que se desborda: me entero que entre sus videos hay una continuidad ficcional, una especie de universo cinemático BTS que sigue las aventuras de siete amigos que crecen y poco a poco se separan, y hay viajes en el tiempo y líneas paralelas, y cortometrajes sin música donde cada uno interpreta a su alter ego. Después vienen las versiones en japonés de sus videos (hace poco lanzaron Airplane Pt. 2, de inspiración latina), y los capítulos de Bon Voyage, y en unos días el estreno mundial del documental Burn the stage.

Se empieza por el asombro: qué manera de bailar, cuántos colores, qué atuendos y qué peinados, cómo conjurar el R&B o el EDM, tan propios de las boy bands, y darles un giro e integrar otros ritmos y complejidades, y no transigir hacia un aplanamiento idiomático. Pero al final se recala en la emotividad. ¿Ya vieron esos videos donde conversan y se apoyan y se burlan entre sí y se tratan como hermanos? Ahí está la clave, lo que los vuelve tan peculiares. Estos niños son muy simpáticos, son nobles y talentosos, y encarnan algo que ninguna empresa puede manufacturar. Forman comunidad. Encuentro emocionante la manera en que alteran la cartografía tradicional de la música popular y a su manera encarnan lo queer, y que su última cruzada sea por el amor propio, y en lugar de componerle odas al amor romántico expresen algo como “soy yo a quien debo amar”. Es refrescante y es importante.

Bah, en realidad es hermoso.

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Santiago 2017 / L-M-J / tl;dr

Me encontré con Lety en la calle Santo Domingo, tan cerca de Bellas Artes y el Mapocho. Nos abrazamos y lloramos de alegría. Nos hicimos amigas en Polotitlán en el año 1994 aproximadamente, y con sus hermanas Laura -su cuata, o melliza, más grande que ella por unos minutos- y Araceli -un año menor que ellas, uno mayor que yo- fuimos inseparables. Vivíamos a unos doscientos pasos de distancia y el punto medio para acompañarnos, cuando ellas iban a mi casa o yo a la suya, era un poste de luz que alguna vez, tontas y temerarias, intentamos trepar. Jugábamos de todo en todos lados y a todas horas. Platicábamos de todo. Los recuerdos son infinitos, en sitios, en épocas, en celebraciones. Entramos a la adolescencia juntas, y las mudanzas (a D.F. Lety, a Querétaro yo) no lograron interrumpir la amistad. Ahora ella vive en Santiago de Chile y yo en Buenos Aires, y tras un periplo por tierra de 24 horas, por fin nos encontramos una tarde de fines de octubre, en mitad de una primavera que de este lado de los Andes ya estaba calurosa y, allá, era puro viento frío. Cenamos una pizza (delgada, crocante, deliciosa) y tomamos micheladas (con merkén chileno) de cerveza Austral en un sitio que a ella le gusta en el barrio Italia, sentadas en el patio junto a un radiador, padeciendo un frío seco y penetrante tan parecido al de nuestro terruño a la entrada del Bajío. Y platicamos, y platicamos, y platicamos. Mucho. En la amistad verdadera los temas nunca se acaban.

Pero en la noche, en el cuarto del hostal, había un tipo que roncaba muy fuerte. Y esa noche no pude dormir.

Por la mañana pasamos por dos cafés al Cocteau café, que se convertiría en una especie de centro de operaciones de mi estadía santiaguina. Desayunamos una empanada chilena (de pino) casera en el pasto fresco del Parque Forestal, mirando la cordillera. Luego Bellas Artes entre las dos, y una conversación larga, larga en el cerro Santa Lucía, donde salieron tantas ideas (la locura es lo más parecido a un sueño), y después una reunión con sus amigas mexicanas, en la casa de una de ellas en Vitacura, donde comimos rajas con crema, y cochinita pibil, y papas con chorizo, y tostadas de frijoles, ¡y pan de muerto!, un delicioso pan de muerto que de algún modo era lo que yo buscaba allá, en Santiago.

Después el taxi de madrugada, por avenida Apoquindo, por avenida Providencia, las lámparas blancas y redondas a la orilla del río, la eficiencia urbana santiaguina, poco dada al ornamento, pero a veces, algunos rincones sublimes, algunas grandilocuencias, como los leones de bronce de Providencia, supuestamente robados de Lima. Y retener la sensación tan familiar y a la vez tan extrañada, desde Buenos Aires, de un horizonte amplio, un valle profundo flanqueado no por volcanes sino por una cordillera descomunal.

Esa noche soñé con el terremoto del 19 de septiembre y después, con horrible detalle, con un bebé que se pudría lentamente, abandonado en uno de los edificios dañados de la colonia Roma. Cuando me desperté abrí Facebook y me apareció una nota amarillista de Buzzfeed: Parents Charged With Murdering 4-Month-Old Baby Whose Maggot-Covered Body Was Found In a Swing – The underweight infant hadn’t had a diaper change, been bathed, or moved from the swing for more than a week, authorities said. La nota se ilustraba con los mugshots de una mujer y un hombre de expresiones narcotizadas.

Me quedé en la cama pensando en la macabra coincidencia, si habría leído aquello antes de dormir, o si, como cierta ficción especulativa invita a sospechar, los dispositivos electrónicos, además de registrar los vagabundeos por internet, me habían escaneado el subconsciente.

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Aquel fin de semana, después de visitar el mercado de La Vega Central, pasillos que hervían de frutas y verduras, tan parecido y a la vez tan distinto de los mercados mexicanos, y conocer muchos gatitos de mercado (uno negro, uno pinto, uno anaranjado, uno llamado Manuel de La Vega), y comer delicias peruanas en una cocinería típica, tomamos la carretera por el Cajón del Maipo rumbo a San José de Maipo: qué visiones, qué curvas, qué alpino todo, cuánto verde en ese cañón que ya no estaba nevado pero, conforme descendíamos, nos hacía soltar vapor por la boca. Nos quedamos en la parcela de unos señores encantadores, los Villalba, y atendimos, semiheladas pero resguardadas por una pesada manta en la que nos envolvimos, el festival de payadores en la plaza del pueblo, un Tepoztlán del Sur, las mismas callecitas y casas bajas y el verde que rodea todo, y la poesía que hay en la improvisación y la rima y el canto de aquellos payadores que habían venido de Colombia y República Dominicana y Cuba y otras partes de Chile y de Argentina, y por la noche una pizza casera con tomate y aceitunas y queso, y vino navegado, calientito, y en una repisa un libro de pensamientos mágicos que leí, morbosamente, hasta la madrugada. Por la mañana paseamos por el jardín botánico de la parcela, tan enorme, tan frío, tan verde y salpicado de colores brillantes: astromelias, rododendros, helechos, claveles, amapolas, camelias, orquídeas, pasionarias, y cipreses y laureles y pinos, tantos pinos, y comer un ceviche de cochayuyos, un alga marina con sabor o textura o recuerdo de hongo, frescura pura en la boca. Y fresas silvestres y espárragos y tostadas con palta (aplastada con aceite y sal, como se consume en la once tradicional) y aceitunas y ensalada chilena de tomate con cebolla y rebanadas de roast beef. Y vino Santa Ema, o cualquier otro, pero de la varietal carmenere que es tan de Maipo.

Volver a Santiago, atestiguar lo indecible, lo que en cierta forma me había llevado a Chile y a Lety, para acelerar -ayudar, acompañar- un proceso irreversible.

En el hostal, impulso clarividente, pregunté si me podía cambiar de cuarto para evitar al de los ronquidos. Me instalé en uno vacío y me metí en la cama y me puse a leer, y momentos más tarde entró una chica a tientas, y cuando le hablé y ella me respondió, reconocí el acento de inmediato. Mexicana. Marisol. De voz tan dulce. Escritora. Un par de coincidencias que nos llevaron a la camaradería instantánea. Pero de pronto y con la naturalidad de un líquido que va trasvasándose: proyectos de escritura y la vida y lo más hondo y lo peor que nos ha sucedido, pero también lo mejor. Y fuimos tirando del hilo y a cada sorpresa venía una coincidencia excepcional, tan improbable que por eso estaba como destinada, y en la oscuridad, y desde la cueva de cada litera, y hasta las seis de la mañana, hablamos y nos compartimos todo y nos hicimos Amigas y para mí Almas Gemelas Escritoras. Inauguramos la amistad por la puerta grande, por el intercambio y la incorporación de la filosofía, los sueños, el pasado y la experiencia del horror de la otra, y en adelante cada tanto bromeábamos: “En estas siete horas que llevamos de amistad, en estas cuarenta y ocho horas que llevamos de amistad, en estos cinco días de amistad con mayúscula que llevamos”. Y desde entonces, y hasta que salió su vuelo a México, ya no nos separamos, y no, no sólo eso, a la mañana siguiente de conocernos fuimos a desayunar con su mejor amiga de Chile, con la que compartía una conexión profunda también, y de quien me había hablado con emoción, con cariño, con admiración, y que protagonizaba fragmentos de su escritura que me leyó, porque nos leímos cosas de inmediato, y cuando Javiera, la Javi, llegó con su polera de Friends al café Cocteau, nuestra oficina santiaguiana, y almorzamos un sándwich y un café, y platicamos y platicamos, y nos compartimos nuestras experiencias pasadas, y nuestros intereses -literarios, académicos, sentimentales- y aquella otra cosa que también nos hermanaba, como con Sol, nos hicimos amigas ahí mismo, amigas tanto como Marisol y yo, como Marisol y ella.

En menos de doce horas yo había ganado dos amigas, además de la que había ido a visitar.

Y entonces los acontecimientos se precipitan: una semana y media en la que estuve con las tres, en momentos distintos y a veces todas juntas, y fui intensamente feliz. Lo escribo otra vez: intensamente feliz.

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Marisol (García Walls) y Javiera (Barrientos) (nombres que deben recordarse) forman parte de CECLI, Centro de Estudios de Cosas Lindas e Inútiles, un colectivo o un espacio o una zona de estudio de lo material, de los objetos, de los libros como ideas pero también como artefactos. Y entonces fue, con ellas, conocer artistas, modos de crear, posibilidades de invención. Rincones de Santiago que jamás hubiera encontrado yo sola. Y a las personas más, más SECAS de Chile: en el sentido chileno, el seco es un capo, un chingón, un virtuoso en su campo.

Fuimos a Naranja Ediciones, el estudio y editorial y showroom en la calle Estados Unidos 228, con Sebastián y Sebastián (Arancibia y Barrante) (es decir, Sebastián A y Sebastián B). Nos contaron, con café y galletitas, con una comodidad que era pura camaradería, que primero traían material raro de otras partes, de ferias de libros en Portugal, en Brasil, y ahora editan sus propios libros raros, libros intervenidos, libros que son de otras materialidades, por ejemplo la Carta de porto de Sebastián Arancibia, que consiste en una carta de tres cuartillas escrita en máquina de escribir mecánica, con fotos de Sebastián Barrante impresas digitalmente, y un tiraje de 10 copias.

Fuimos al taller de Catalina de la Cruz y sus libros fotoquímicos en Bellavista, donde da cursos de fotoemulsiones, un tratamiento de la fotografía química análoga que es pura unicidad, sus libros de las líneas de Nazca, esas imágenes que parecían salidas de sueños, y entre sus tesoros descubrí el libro-cuaderno del poeta peruano Luis Hernández Camarero, el facsímil de uno de sus propios cuadernos con poemas, dibujos, la tinta traspasada entre las páginas, que me hizo explotar el cerebro, ¿acaso eso era posible, acaso eso siempre ha sido posible?

Fuimos a la casa de la ilustradora Leonor Pérez, y vimos los originales de varios de los libros que ha ilustrado, como Mi cuaderno de haikus, de María José Ferrada, y charlamos de Brenda Ríos, amiga en común, y uno de cuyos libros ilustró (El vuelo de Francisca). Sus delicadas ilustraciones de niños de ojos profundos en colores cálidos, azules de mar y verdes de planta y cielos anaranjados y amarillos, pero también de animales y objetos y otros trazos en gris, y en superficies que no son papel, y usando mucho el collage. Su temporada en México y ahí, en un rincón de su lindo departamento de Providencia, un altar de muertos. Pasaba una temporada con ella, desde Brasil, Flávia Bomfim, también ilustradora, y una artista del bordado como arte y medio narrativo.

Desayunamos con Loreto Casanueva, también integrante y fundadora de CECLI, y amante de los objetos, en Había Una Vez, una cafetería coreana del barrio de Patronato [Wiki: “ubicado entre la Recoleta por el poniente, Loreto (¡!) por el oriente, Bellavista por el sur y Dominica por el norte”, cuyos orígenes “nos remontan a la época del Chile prehispánico: la zona que comprende la ribera norte del Río Mapocho era conocida como La Chimba, vocablo quechua (chinpa, “del otro lado” (del río)”], barrio donde se “cachurea”, se “fayuquea”, donde yo había recalado años atrás, en 2010, quizá por equivocación; ahora, con M, chusmear con calma las tiendas de productos chinos y maquillaje y ropa barata (adquisición: unas medias negras que se rasgaron hasta el postureo), y en el bello café coreano una como concha de melón verde -muy dulce-, además de otros panecitos con formas de fruta (un esponjoso limón amarillo), y una limonada color azul, y café negro muy bueno. Y más tarde, durante la conversación que nunca se terminaba entre nosotras, cerca del estudio de Catalina, una cerveza negra y dos sándwiches conceptuales que dividimos, y devoramos, además de una merecida tarta nuezosa, en un restaurante hermano de aquel que habíamos visitado, con L, durante mi primera noche santiaguina.

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La noche del 31 de octubre me escapé al cine Normandie, atrás de Moneda, a ver su especial de Halloween: The Masque of the Red Death, con Vicent Price. Caminé todo Miraflores hasta cruzar la avenida Libertador Bernardo O’higgins, mejor conocida como Alameda; tomé avenida Santa Rosa (me detuve en un puesto callejero, tan parecido a uno defeño), pasé por debajo de un puente, donde un hombre orinaba contra un contenedor de basura, y seguí de largo hasta dar con la calle Tarapacá, angostita y muy de centro de ciudad.

Había jóvenes disfrazados, algunos, en las calles y en el metro. Yo extrañaba eso, en Buenos Aires estos días son insoportablemente comunes. Y al salir de la función en aquel cine setentero, de audiencia cinéfila y friki, caminé envuelta en la atmósfera ligeramente inquietante después del terror; seguí, en medio de la noche, a grupos de muchachos y muchachas por unas callejuelas del centro y de pronto, en medio de la plaza amplísima, limpísima, la bandera chilena ondeando al centro. El Zócalo santiaguino, pensé. Luego miré las caras atractivas pintadas de Catrinas y de vampiros y de Harleyquinns en el andén de metro La Moneda, enamorándome de todo mundo como suele ocurrirme, con mayor intensidad allá porque los rasgos eran nuevos y tal como me gustan y durante mucho tiempo deseé. Además, en casa (en el hostal, en nuestra habitación), estaría M, y todo, todo, todo era bello.

Después está la coincidencia -en un viaje lleno de casualidades y sincronías- de retomar el contacto con Víctor más de una década después, una amistad de mi vida en Querétaro hace tanto tiempo, y que me dijera que vivía en Santiago el mismo día que yo llegaba a Santiago. Entonces el Día de Muertos, otro de mis motivos para ir a Chile en esa fecha, en el Cementerio General de Recoleta, casi idéntico al de Recoleta de acá -es decir, muy francés-, pero unas veinte veces más grande. Bailes y calaveritas y ofrendas y pan de muerto, y tacos, y un embajador que hacía bromas y leía sus propias calaveritas (envidiar su trabajo intensamente). Y juntar nuevamente los grupos: Javiera y Adam (su novio mexicano, chilango para mayores señas y complicidades, quien la visitaba en Santiago desde la pequeña ciudad canadiense donde estudia su doctorado y es tipazo: graciosísimo y brillante, y además amigo de Marisol de tiempo atrás), Marisol y Lety, y los demás, caminando por los fríos y silenciosos pasillos del cementerio, las tumbas y los mausoleos, los árboles medio calvos que se iban ennegreciendo igual que el cielo, que antes de apagarse se puso muy rojo y violeta, una visión gótica para el Día de Muertos. Esa caminata terrorífica: momento cumbre. Después de vagar medio perdidos por senderos cada vez más oscuros, dimos una sensata vuelta a la izquierda y al fin encontramos al payador de otro siglo que en medio de la noche, con quinqué en mano, guiaba a algunas personas por el laberinto del cementerio. Y apareció frente a mí, en la oscuridad total, los contornos del mausoleo muy blanco de Salvador Allende, dos columnas, angulosas e imponentes, unidas en su base: un número once (de septiembre). Pero no me estoy explicando: son dos columnas de diez metros de altura. Son edificios. Y ya he explicado en varios rastros de mi vida expuesta en internet mi interés chileno. Unos amigos muy cercanos de mis padres (y sus hijos de mis hermanos), chilenos exiliados, cuyo acento diluido a mí me encantaba (y lo que mis padres contaban, sobre sus penurias, y sobre ese periodo político en Chile, me intrigaba y fascinaba). Después señales, como la prepa Sur Salvador Allende. Mis lecturas latinoamericanas. Mi música chilena.

Por fin volver a Chile, la otra vida posible, si en aquel otro viaje no me hubiera enamorado de Buenos Aires.

Aquel paseo con el payador de voz hermosa terminó en el mausoleo del señor Nazarino Elguín, de 1893: una enorme pirámide maya-azteca, superposición de estilos a full porque hay mucha plata y los muertos con dinero lo demuestran con sus sepulcros eternos, pero además -leo en la página del cementerio general- incluye elementos como: “el calendario azteca y la Coatlicue (diosa de la muerte y de la creación) con los brazos mutilados, con falda de serpiente y con un esqueleto humano de collar”. Así terminaba aquel momento chileno-mexicano.

El bar de The Clinic, en Plaza Ñuñoa, después, donde noté el galla, galla entre dos amigas, y que las palabras en Chile envejecen también, pero siempre son muy animaladas: cabro, cabra. Chanchear. Los que son gansos o pavos. La caballa. O sentirse como la mona, como nos sentiríamos al día siguiente, tras tantas cervezas.

Por Víctor también conocí a Midori, coterránea, mujer ejecutiva y as en su campo, con quien luego nos reiríamos mucho y luego vi, acá, cuando vino en febrero con sus amigas. Y las casualidades volvieron a anudarnos: camino a una noche de placeres culinarios mexicanos, Lety y ella descubrieron que estaban predestinadas a conocerse, por el celular intercambiado gracias a una amiga en común. Además, sin dudarlo, me ofreció crashear un par de días en su departamento de Providencia, y entonces despertar muy temprano por la mañana para caminar por avenida Suecia rumbo al cerro San Cristóbal, y cruzar uno de los puentes del Mapocho, donde sentí que temblaba.

Comimos en muchos restaurantes mexicanos, de los que hay una amplia oferta en Santiago (el intercambio comercial y político, en mayor medida que el argentino-mexicano, facilita una comunidad mexicana mucho más grande, así como alta disponibilidad de productos y materias primas). Durante esas vacaciones disfrutamos: enchiladas, pozole, huaraches, tacos al pastor, tacos dorados, enfrijoladas, sopes, papadzules. En las dos sucursales de El Ranchero, en Los Cuates, en la mítica Fonda Lupita, con Midori, muy cerca de Moneda. Y también mucha comida peruana, mi segunda favorita en el mundo.

Otra tarde fui al Cine Arte Alameda, donde vi la devastadora Cabros de mierda, de Gonzalo Justiniano, y luego recorrí los pasajes del centro cultural Gabriela Mistral. Una mañana leí unos poemas de Enrique Lihn en una banca frente al Mapocho: era lunes y había querido subir al teleférico pero ese día permanece cerrado, y tras perderme en algunos parajes del cerro y cruzar las calles de Bellavista, llegué cerca del puente Pío Nono y me desplomé bajo el sol, y dormité. Y luego el recorrido por el centro: el centro cultural La Moneda, los cafés con piernas (invento chileno: las cafeterías cuyas camareras visten faldas muy cortas, la entrada en Wikipedia es un espanto sexista), la calle Bandera, la catedral de Santiago de Compostela, los infaltables puestos ambulantes, la conversación de tintes mágicos, y en el piso un recorte de un ojo café que me miraba.

En la fila del teleférico el último día, estornudé y una chica me dijo “salud”, y en ese instante las dos nos reconocimos mexicanas, y charlamos durante el trayecto por los aires, y le saqué fotos bajo la blanquísima, colosal virgen de la Inmaculada Concepción. Idaes era su nombre, chilanga, y empezaba a viajar: ya había estado en Perú. Linda persona. Era ya parte de un catálogo de casualidades no buscadas. Como el encuentro con la amiga de Víctor en el metro, de quien hablábamos momentos antes. O las charlas con Adam, Javi y Marisol en el taller de encuadernación, donde repasamos un catálogo de quereres y desprecios mexicanos.

Metro Tobalaba, metro Pajaritos (rumbo a Valparaíso), metro La Moneda, metro Estación Central, metro Universidad de Santiago, metro Baquedano (aquel jueves perdida al interior de la laberíntica estación, casi a la medianoche, todos los accesos cerrados menos uno, cuando iba de vuelta al depa de la Javi tras encontrarme con Lety en el Costanera Center). El Costanera Center, el edificio más alto de Latinoamérica. El mall lleno de argentinos chetos. El Ojo de Saurón. Estructura fálica, luz verde. El Porro. Pero luego vi que en realidad es un faro.

El viaje a Valparaíso con L, a solas las dos, y conocer el lado oscuro de aquella ciudad de cerros rapaces y personajes tenebrosos. Y disfrutar y brindar por su libertad futura. Y llorar por lo que debe llorarse. Y aunque nos quedamos sin ir a Isla Negra, aquella excursión nos sanó, nos devolvió un poco otras.

Esa idea, la había sentido la primera vez que estuve aquí, de Chile como un territorio salvaje y antiguo, una franja de tierra inmemorial. Todo es lítico: Vitacura, corazón de piedra; Quilicura, las tres piedras. Eso que es tan del monte, de la naturaleza agreste, como el lenguaje que tiene al animal en su centro. Y en alguna de esas noches, desde un piso 18, mirar la ciudad a mis pies, con una luna llena espectacular y la sombra de la cordillera, y luego desearla como antes deseé a Buenos Aires: el trayecto nocturno por sus arterias, y en ellas su juventud y sus salidas y su forma de apropiarse de las cosas, y enamorarme e imaginar una vida en ella.

No consigo olvidar aquel viaje. Y me parece que lo sigo viviendo, cada momento dentro de él, a un año de distancia. Un año exacto de distancia. Eso me he tardado en redactar mis recuerdos para el futuro.

Viajar es lo que me sale mejor en el mundo.

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Incidente

Habíamos estado hablando de las clases. De las clases sociales. Estábamos en la pendiente de césped de plaza San Martín, bajo un sol muy tibio que, cuando se ocultaba detrás de una nube, me hacía temblar. Hacía mucho frío. Yo le dije vamos al Starbucks de acá enfrente que al menos hay calefacción y puedo entrar al baño y, además, una dosis de cafeína no se le niega a nadie. Fuimos. Estábamos charlando en un sofá cuando entró un hombre. Un hombre en situación de calle. Un hombre indigente. Un hombre de la villa. Un hombre. Un fisura, dirían ellos. En estado de ebriedad. En estado de intoxicación. Pedo. En pedo. Fi su ra. Pero repartía papelitos. Papelitos que eran copias de una escritura a mano, donde explicaba su situación y pedía una ayuda monetaria. Una moneda. Una limosna. Una ayuda para vivir. O sobrevivir.

Pasó muy cerca de una mesa donde estaba sentado un hombre de unos cincuenta años, gabardina color crema, zapatos caros. Un burgués. Un fresa, un cheto. Un mamón. El hombre de la calle pasó con un movimiento atrabancado y tiró ¿un vaso, una servilleta? Al momento ya estaba una de las empleadas detrás del intruso. Retiresé, retiresé, le decía. Pero el otro seguía repartiendo sus papelitos. Nos dejó uno en la mesa, lo leí y le dije vamos a darle diez pesos. Para entonces todos los comensales-los clientes-los consumidores de cafeína/azúcar miraban la escena. Las cosas se habían quedado en suspenso. Enfrente llevaba un rato estacionado uno de esos camiones blindados que transportan material delicado (dinero/papelitos). El poli que lo acompañaba se puso frente a la puerta, dispuesto a entrar cuando el ambiente se calentara. La empleada y el hombre se hicieron de palabras. Entró el poli. Se acercó al hombre, le ordenó que se fuera. Éste no hizo caso y volvió a hacer su rondín, recuperando sus papelitos. Nadie le daba nada. Si le das será una provocación, me dijo GJ. Y era un poco verdad. Y era una verdad triste. Mientras tanto el hombre vociferaba, con otras palabras, su derecho al libre tránsito. El poli jaloneó su brazo, el hombre se desprendió con un movimiento fuerte. Se acercó a la mesa del burgués, quien se levantó de un salto, como asqueado, y fue a ponerse atrás de una de esas mesas altas que llegan más arriba del ombligo. El hombre tomó su vaso y le dio un trago, y luego un pedazo de muffin y lo mordió. Luego abrió la puerta y salió del local. El poli también. Pero pocos minutos después el hombre apareció de nuevo, amagando con entrar. La empleada cerró la puerta y le puso seguro, alguna clienta le dijo no podés llamar a la policía de veras. No, no, se tardan diez minutos, dijo ella. El poli -el poli que en realidad no era un poli de calle, sino de los que resguardaban el material delicado del transporte blindado- ya no estaba por ningún lado. Por el ventanal vimos al hombre dando vueltas en la vereda. Pateó un muro del edifico contiguo. Pateó el camión blindado, le dio un golpe al espejo retrovisor, que no se inmutó. Le aventó un objeto. Y por fin se fue.

Qué tremendo, nos dijimos. Qué tremendo observar, cobardemente, aquello de lo que hablábamos.

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