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Qué semanas. Y apenas ayer volví a salir. A perderme en la multitud. La mujer de la multitud. La soledad no prevista. Extraño a J y a mi familia y a mis amigos. Lo único que nos acerca, durante la crisis, es un aparato. Y todo está mediado por este aparato, en chats, en video, en mensajes de voz, en mails, por teléfono (en una cabina de kiosco porteño, en la intimidad de la cabinita, mi cara descompuesta reflejada en un espejo intruso). Lo que falta es la presencia, el cuerpo, el consuelo de las miradas, el tacto, sobre todo el tacto. En fin. Después: el frío. Un julio invernal. Me hace pensar en el infierno blanco. El sitio perdido, vacío. Un invierno sin Navidad. Sin los vuelcos emocionales de Navidad, los prontos espontáneos, las determinaciones renuentes, que al menos a mí me dejan demasiado débil para afrontar el frío y triste enero. Sin eso, que no sé si prefiera pero es lo único que conozco, para instalarse -este invierno- en una franja de meses despojada de acontecimientos, un junio julio agosto sin incidentes, sin fechas significativas, sin el calor de la reunión, el alcohol y la comida, que al fin y al cabo para eso se inventó la Navidad. Un invierno, pues, a lo güey.

(pero yo sí tengo un día de reyes, una magia de Navidad, una ilusión próxima).

No lo he sufrido tanto, aunque soy muy friolenta, porque en espacios interiores siempre hay alguna calefacción. El problema es la barrera que puso entre la calle y yo. Las caminatas se acortan. Ya no me pierdo en la multitud.

Una tarde me armé una salida muy calculada: iría a la clase de yoga en la ONG, en Tribunales, y al salir caminaría rápidamente para llegar a la última función de Melancholia, que pusieron unos días en el BAMA cine durante un ciclo de Lars von Trier. Cuando estuvo en cartelera nunca la vi, después la fuimos evitando, un poco a instancias de J, y luego en soledad nunca me sentí con la “disposición mental”. Fui a la clase. Me ayudó para mis múltiples dolores lumbares, musculares, las muñecas inflamadas. Aunque en esa zona las calles son una perfecta cuadrícula, o quizás por ello, al salir tomé una derecha que tendría que haber sido izquierda y me perdí muy cabrón. Era ya de noche y las vueltas en círculo se hacían más desesperantes por lo cerca y sencillo de mi destino; recorrí desorientada calles repletas de negocios y negocitos, que aquí están atomizados, cosa que me encanta, me recuerda a Polo o al D.F. de hace muchos años: papelerías, sastrerías, confiterías, tiendas de ropa interior, tiendas de medias y calcetines, tiendas de abrigos y prendas de piel de chinchilla, tiendas de lámparas, librerías (varias) y heladerías (muchas). Finalmente pregunté en una verdulería la dirección del Obelisco y pude ubicarme. Ni siquiera vi mi reloj, daba por hecho que tendría ya unos veinte minutos de retraso. Dije ni modo. Si es por mi propia culpa no me pongo Alvy Singer. Pensé: le entenderé aunque me pierda los primeros veinte minutos, después los veré por internet. Llegué al cine, pagué el boleto, entré al baño, bajé al sótano, el chico me abrió la puerta de la sala, di un paso adentro, a una sala a la mitad de su capacidad, y la cortinilla del BAMA cine se iba desvaneciendo a negros. Llegué justo. Me metí a la última fila surfeando entre dos parejas con las piernas recogidas y llegué a la última butaca, contra la pared, con mi bufanda de cojín. Ah, satisfacción pura. No me perdí ni un segundo. Y, Alá, qué terrible habría sido. Melancholia es esa primera secuencia. Turbadora. Wagner (lo wagneriano, lo alemán, el rostro germánico, pomuloso, endurecido de Kirrrsten Dunst), Tristán e Isolda, escenas posteriores representadas alegóricamente; la Ofelia, la pesadilla del pasto acuoso, que traga; el inquietante cuadro con tres astros:

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Un cuerpo tan oprimido por el dolor del fin de la humanidad que no puede ni levantar la pierna para entrar a la tina. La edénica escena de la limusina. El gris y lo oscuro graduales. Los valores de occidente. En fin. Qué gran obra. Cuánto para pensar. Pensar lo que es difícil pensar.

Por esos días leí Darkness visible: a memoir of madness de William Styron. Su descenso a la depresión. Al borde de otro cuadro. En el hoyo, por el accidente de mi papá, por lo que se desprende, por lo que obliga a meditar, por lo otro que pensaba y sentía, por el frío, por el infierno blanco, por el limitado contacto humano, por los dolores musculares… Consumí, para resistir, mucha cafeína y azúcares.

 

 

¿Sigue ese letrero de ≈ Warning: Missing argument 2 for wpdb::prepare(), called in /home/jmx360at/public_html/laotraisla.com/wp-content/themes/chateau-2.0/functions.php on line 91 and defined in /home/jmx360at/public_html/laotraisla.com/wp-includes/wp-db.php on line 1209 en la esquina superior derecha de los posts? Será que actualicé la plataforma del WordPress recientemente. Una madrugada de la semana intenté arreglarlo, actualicé todos los plugins, borré cacharros que ya no se usan, actualizar, actualizar, nada, me armé del valor levreresco y de mi antigua afición al HTML, porque acabo de descubrir que empecé a bloguear en 2005, con lo cual este año se cumplen diez de alimentar este terrible vicio, semi-interrumpidos por mi temporada de Tumblr en 2011 y 2012, donde también emprendí un poco de blogging, ¡qué años, qué cosas pasaron!, y decidí adentrarme en la junga de internet, pues además de mis incipientes conocimientos de diseño web, siempre he sabido que todo puede lograrse si uno googlea lo que quiere hacer y se pone a leer y a rebuscar en medio de los foros rebosantes de turbonerds, entonces llegué a lugares como éste y éste, y seguí los pasos, y hasta consideré buscar entre todo el código la línea incorrecta, pero era de madrugada y claro que no, pero después sí lo hice, copié y pegué en una hoja de texto, no encontré nada de lo que decían los chavos de los foros, probé agregando mamadas como ésta a la plantilla: <a href=’https://profiles.wordpress.org/ini_set’ class=’mention’>@ini_set</a>(‘display_errors’, 0); cero éxito, ya había pasado una hora y pico, y pues a la chingada, que se arregle solo. Por eso pregunto si sigue ahí.

 

(antes de todos estos posts fuera de la programación, tengo uno a medio cocinar que es un auténtico tl;dr, donde enumero las películas, programas de tevé y escasas tres obras de teatro que he visto las últimas semanas: otro balazo en el pie, aleluya)

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No estás entendiendo. No estás entendiendo la gravedad del asunto. Todo esto es un mal sueño. Una pared de siete mil kilómetros. Te engañas, te pintas una realidad achatada, deforme, un huequito de luz. Después la habitación se ilumina de golpe y eres capaz de ver. La dimensión del asunto. Quisiera poner detalles pero no. Mi dolor no se compara al suyo pero mientras más lo sienta, más lo siento. Esto no tiene sentido. Cómo entender lo que no se puede entender. Y en todo hay símbolos pero quisiera que no o no lograr verlos o no insistir con que ahí están. Al infierno y de regreso. “Lo que no cesa de doler, sólo eso queda en la memoria – Lo que realmente subleva ante el sufrimiento no es el sufrimiento en sí sino su carácter absurdo”, copié en un cuaderno.

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Otra vez el blog se me complica. Pero a la vez tira de mí, me atrae, porque debo recordarme que pasan cosas dignas de ser fijadas, que su valor es personal, que es un archivo, que sólo mi nombre queda arrastrado en sus fangos, que es un consuelo. No me ayuda verme obligada a pensar más seriamente en la exhibición de la intimidad en internet y en las narrativas del yo y en el diario éxtimo y, de paso, reconocer y renegar de mi narcisismo. Esta entrada es un sándwich, un emparedado con la carne en medio. Pero justamente acabo de leer a Augusto Mendoza alias Chidoguan ¡y qué bien! Además de recuperar el ejercicio del texto arbitrario y reinyectarle lo gracioso a “lo gay”, con el tema Katchadjian rinde homenaje al autor que ora sí, cual República de las Letras, con su doble posición en la tradición nacional y la internacional, es el -ah, ah, es terrible esto que escribiré- Borges mexicano: Juan Rulfo (cfr. “¡Diles que no me abduzcan!, reescritura en clave de ópera galáctica de “¡Diles que no me maten!”). Pero cuando llegué al texto de la muerte de su padre sentí mucho dolor. Y compañía. Y que los blogs viven, todavía. Me recuerdo, por no dejar, que lo personal es político y que estoy acá lejos de todos mis lazos afectivos y que es más fácil contarlo por aquí que a cada uno. Dejaré el bloque de texto, el párrafo enorme. Pasa que el viernes atropellaron a mi papá. Y yo me enteré hasta el sábado, tarde, al despertarme y encontrar un mensaje largo de mi hermano, colmado de tranquilizaciones y consuelos, asegurándome que ya está fuera de peligro y todo va bien. No ahondemos. La impotencia de la distancia y la soledad. Y todo lo que hay detrás. El dolor de conocer los detalles e imaginar, una y otra vez, el dolor de mi papá, la escena, la trágica escena, la ambulancia, la pérdida de la conciencia, el sufrimiento físico, el miedo. Y además lo otro, lo indecible. Para cuando yo me enteré había ya oportunidad de hablar con él mismo por teléfono y hasta de escucharlo hacer sus bromas de siempre, que tras la cirugía reconstructiva quedará como Brad Pitt, que todo de lo mejor, calmando como siempre, con su grandeza de espíritu, mi propio dolor. Pero no puedo dejar de imaginarlo, aunque no me dejan verlo; pienso en su rostro golpeado, con fracturas, y esta idea es la que me está triturando el alma en este momento por más que me tranquilicen y ayuden a distancia. Y el gran cuadro. Y mis reproches de mala hija, todas mis mezquindades. Los hechos concretos. No es la primera vez que lo atropellan: ahora, además de la mala suerte del momento y de un pésimo conductor, su distracción supina y su tendencia a andar de pata de perro, de no estarse quieto, de ser un vago, se suman y me ennegrecen la vida. El que gracias al seguro del conductor -y el salvoconducto y la aparición providencial de mi tío Bernardo- lo atiendan ahora en un buen hospital, privado, que al parecer no saldrá por nuestra cuenta (sería impagable), es lo otro que agradecemos, es el “lado bueno”. Además el reencuentro de la familia, que tanto lo alegra; la cercanía con mi mamá (su, paradójicamente, tiempo vacacional, también), me pintan un panorama aparentemente benigno. Pero mi mente insiste en lo otro. Y creo que necesito verterlo acá para entenderlo un poco más. Porque fue una semana tan horrible, tan llena de ansiedad, con horarios de sueño terribles, y muchas pesadillas que fui apuntando: en todas estaba mi familia. Tuve un presentimiento. Pero el viernes, cuando pasó, fue un día extrañamente luminoso y saludable y místico, una salida de mis malos hábitos (con muchas recaídas, como lo prueba mi compulsivo y superfluo tuiteo durante la mañana y la madrugada), con una curiosa experiencia tranquilizadora: por fin había reunido la energía para ir a un estudio de yoga que había encontrado en Facebook. No anunciaba la ubicación exacta pero estaba en la bella calle Tres Sargentos. Es una peatonal tan pequeña que el carecer de número pensé que no haría diferencia: el letrero aparecería. Pero no apareció. Comí en un café muy lindo de por ahí, llamado Florian, y decidí ir por mi tarjeta de Ecobici, asunto que también había postergado, a la sede gubernamental de la Comuna 1, por Tribunales. Fui. Había pasado por ahí la noche anterior, pensando justamente lo diferente que se vería con gente, a la luz del día. Al llegar, resulta que hacía una hora ya no las daban. Salí, derrotada, y en la esquina de la calle Uruguay vi el letrero grande, providencial (entonces pensé) de YOGA. Entré. Un edificio de esos afrancesados, viejos, con escaleras que crujen y amplios salones con duela y ventanas de doble hoja hacia la calle. Era un centro cultural, especie de ONG. Sólo estaba la maestra, una señora llamada María que no le cobra al centro a modo de retribución. Su hijo y nuera viven en México, ella ha ido varias veces, incluso a Acapulco (tema reciente), a donde siempre quiso ir pero cuyo estado actual la entristeció mucho. Nos entendimos, de manera plácida. La clase empezaría enseguida. Por el feriado reciente, nadie se apareció. Tomé la clase yo sola. Necesitaba el yoga, de manera terapéutica, por la tensión, el síndrome del túnel carpiano, el cuello, la espalda, la postura malograda de pasar los días encorvada en el escritorio. El descubrimiento de este lugar, más barato que el otro, en una zona de la ciudad que me gusta, con esta misteriosa maestra de yoga llamada María, como María, me pusieron bien. Luego, trabajé. La ansiedad cedió. Pero el sábado desperté a esto. La materialización fantasmal de mi máximo temor en la vida. El temor que me hacía dudar de venir a Buenos Aires. La verdad de las cosas. De nuevo la situación de ser informada por mis hermanos, tardía o suavemente, de las cosas que pasan, de las tragedias y las cosas cabronas, como un reflejo de nuestra dinámica familiar de antaño: yo era la más chica, entre grandes. Creo que tomaron la decisión correcta, no avisar de inmediato al que está lejos y angustiarlo de más, pero de todos modos no dejo de lamentar haber pasado todo el viernes en la pendeja, no cooperar de modo alguno. Y el fin de semana volcada aquí, la comunicación con los míos por medio de aparatos, sin verlos, sin abrazarlos, sin volver al nido y a las bromas, que seguro ya las hay. Mi papá, indestructible. Hace un par de décadas casi se muere, de una infección extraña. He intentado regresar a lo que sentía, ¿qué pensaba, de unos ocho años, ante la posibilidad de su muerte? Es extraño no llegar al fondo del sentimiento, aunque quizá entonces hice una “operación psíquica consciente” de negación y autoengaño. Ahora todo es diferente. Las tragedias unen a las familias y eso es bueno pero es triste. Por la noche hablé con mi primo Bef, alguien que lo quiere y lee como yo, que vino a recordarme anécdotas y momentos aquí mismo, durante su visita a la feria del libro de Buenos Aires, como si mi papá, que no puede venir, hubiera viajado con él; además yo había querido hablar con él recientemente, los temas que quedaron en el tintero, una porción de la historia familiar que yo no conocía y que me relató, y otros asuntos y afectos compartidos. Aceptar, terminar de ver, que los nuestros envejecen. Lo intolerable. Después: la necesidad de volver al origen, de entender el sitio del que se proviene. La historia de la familia de mi papá está poblada de situaciones y personajes peculiares, y entre esa galería él no desluce como figura igualmente insólita. Como en tantas familias. ¿Y qué debo pensar de todo esto? ¿Cómo se lee un hecho así? Pudo ser peor (parecía peor, me confesó Bef) y sin embargo se salvó. Qué lo salvó, qué lo arrastró allí. ¿Cuál es el dibujo que busco ahora, el relato que intento contarme?

Salto de párrafo, total. Lo del Chapo. La estupefacción (no es asombro, no es indignación, no es ira, no es nada salvo estupefacción). Lo macro y lo micro. Las vidas privadas importan más que la trama histórica, pero se imbrican en ella. Entonces los chateos, las llamadas en Skype, los telefonazos a once pesos argentinos el minuto se vuelven insuficientes y requiero otra voz, cercana pero de otra manera. Había querido leer a Hebe Uhart desde que leí un perfil de ella en Anfibia y al llegar a Buenos Aires me encontré un libro suyo de cuentos, cuya compra pospuse. Este fin de semana se me apareció un par de veces y entendí que tenía que ir a buscarla. Como las montañas y una carretera, tenía la necesidad vital de leer cuentos. Y ahora que ya estoy leyendo uno de sus libros de cuentos (no debería, montañas de trabajo y de lecturas pendientes), y los maravillosos, extraños, felisbertescos y no, encantadores cuentos que se mencionan en su perfil y que se encuentran en línea (“El budín esponjoso”, “En la peluquería” y sobre todo, qué miedo, por el tema, por las plantas, por la visita en sueños de los que ya no están, “Guiando la hiedra”), me consuelo con esa luz. Por momentos. Después las lágrimas, otra vez. Y un frío de la chingada y la calefacción rota y mi papá, a quien operan hoy, y que pude perderlo aunque en realidad lo que permanece es el fantasma del temor y no sé muy bien cómo domarlo.

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En una clase leímos “Un poquito tarada”, divertida novela de Dani Umpi, quien después terminó yendo a la clase misma, y todo genial y todo excelente, y por momentos me recordó, por la voz, a “La princesa del Palacio de Hierro”, de Sainz, novela que leí en la adolescencia y que logró absorberme, digan lo que digan y opinen lo que opinen. Pero en realidad lo que quería era dejar fijada una frase que aparece en la novela de Umpi:

No quiero ser sarcástica ni hacerme la irónica como una treintona que escribe blogs.  

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**tengo esta entrada congelada desde hace días: ahí está el problema de no darle publicar de inmediato, si dejas que el tiempo pase cada vez tiene menos caso, pero tiene vigencia, creo que tiene vigencia con mis actuales sentimientos y pensamientos.**

El asunto es que hace mucho tiempo que internet no cambia. Hace mucho que internet es lo mismo. ¿Qué novedades hay en mi vida virtual? Nada. Twitter. Facebook. Instagram. Mi blog. YouTube, bastante, sobre todo desde que mi biblioteca iTunes quedó semivacía. No siempre conecto el iPod. Y cuando lo conecto todo se despelota. Y no pago Spotify. Y quitaron la estación que escuchaba en radio iTunes (aunque recientemente encontré otra, regiomontana). Mucho YouTube entonces, las mismas 75-100 canciones desde hace unos meses. O ruidos de lluvia. O nueve horas de música clásica variada. O un silencio sideral interrumpido por anuncios de desodorantes, candidatos electorales, coches, alimentos y servicios. Una creciente dependencia a Dropbox. Pero sin quejas: un gran sitio, un gran servicio. Y las páginas y las lecturas y los sitios de siempre, pero eso es contenido, lectura, etcétera, y no cuenta en esto, o es tema de una discusión muy diferente. Los espacios de convivencia: desgastados. Twitter: la charla al pie del garrafón virtual. Pero no más. El yo público, el yo privado. La disolución.  No hay novedades, no hay redes sociales nuevas. O si las hay producen mucha hueva. No se fortalecen redes o se fortalecen a medias. Los nuevos conocidos se vuelven decoración virtual. Cualquier proyecto de escritura es un grito al vacío. No hay orden, no hay dirección. Pero tenemos Netflix y tenemos Kickass Torrents y Eztv y sabemos colocar nuestros propios subtítulos, graciasadios. Incluso esto es anacrónico. Los mails no, por suerte. Los mensajes largos. El aspecto epistolar. Todo lo demás es lo mismo, sigue siendo lo mismo, no deja de ser lo mismo.

PERO DE PRONTO una foto tomada en 2005 ó 2006 llega a mis ojos, más bien a mi ventana, más bien a mi pestaña, más bien a una de mis pestañas, sin buscarla: salgo yo, por supuesto, porque todo esto se trata sobre una, sobre el yo, entonces salgo yo, tirada en la cama, dando la espalda a la cámara; Fanny está sentada en un extremo; un tercio de cuerpo de Vero en el otro; sobre la cama: una cajetilla de Marlboro (blancos), dos controles de la tele, lo que parece basurilla de Doritos y chocolates Hershey’s, una bolsa vacía de Farmacias del Ahorro, el empaque de un DVD pirata; en mi buró: dos considerables torres de libros (no se alcanza a reconocer ninguno), con mi celular Motorola de tapita en la cima, un paquete de Prismacolor de 48, dos discos sin envoltura, ¡un diskette 3.5! (debe ser broma, creo que no, que en la facultad todavía las computadoras los aceptaban), un folder rojo, un folder beige, un disco ¡trilladamente de Interpol! Después tenemos mi silla gris de rueditas, que me lastimaba la espalda. Después mi librero, con libros que sí reconozco pero invadido de objetos ajenos a lo libresco: una vela azul (semiderretida); una Lisa Simpson de peluche, del tamaño de un libro; una cajita de plástico azul semitransparente que simula un contenedor de basura y en el que yo ponía post-its y ¡diskettes 3.5!; un rodillo de hilo, color café; una taza de Halloween de la que sobresale un collar de plástico, corrientísimo, tipo Mardi Gras; un alhajero de plástico negro con flores rojas, horrible, de cuyos cajoncitos parecen salir papeles; una especie de pinza de ropa gigantesca, transparente, que funcionaba de pisapapeles; una engrapadora color vómito, directamente salida de una oficina de 1972. De un lado del librero cuelga una bolsa que tenía, de plástico azul, negro y blanco. Y encima de los libros de hasta arriba hay como un retrato sin vidrio, creo que tiene una hoja arrancada de revista con Bart Simpson bebé, encuerado, persiguiendo el billetito de la portada del Nevermind. Después, vergonzosamente, tenemos la esquina del cuarto: una torre inmensa de periódicos. Muchos periódicos. Muchos. Y el único que se alcanza a ver, hasta arriba, es El Corregidor, donde hice mis prácticas profesionales. La pila de periódicos da una nota deprimente al conjunto. También se alcanza a ver una mochila negra en el piso, que no es mía. La cama de barrotes blancos. La horrible colcha de flores verdes y rojas con fondo amarillo. Y, sobre todo, por la forma en la que estoy tirada ahí, como durmiendo (tal vez estaba durmiendo), aquel pantalón de mezclilla despintado de los muslos y las pompas, horrible, que yo usaba entonces contra mi buen juicio. Eso, en resumen. Un instante capturado, que me permite habitar nuevamente el momento y, de paso, recuperar objetos de “mi” propiedad. Salvo los libros que conservo, todo se lo ha tragado la corriente del desecho.

A veces recuerdo objetos que tenía pero luego de mucho no pensar en ellos. Y otros procuro mantenerlos presentes continuamente, como una bolsita para los lápices que tenía en primero de primaria, transparente, de cierre rosa y con el dibujo de unas palmeras. Los objetos de la foto estaban perdidos, aunque el alhajero feo apareció en mi mente esos días, no sé si antes o después de mirar la foto.

Un fantasmita de internet. Hay demasiadas pistas diseminadas, recordatorios y pruebas de yos anteriores, más jóvenes y tontos, o más candorosos y esperanzados, que si horrendamente están a la disposición de otros, más inquietantemente lo están para uno mismo.

(sigo pensando en Levrero y su saga contra la computadora: el servicio de Antel, el Netscape, los minutos de internet para calcular la cuenta, sus programitas en Visual Basic, los truquitos que se aprendía y practicaba e instalaba, la Encarta, el Windows 95 y el advenimiento del 98, el Word 2000, los thumbnails de las imágenes eróticas, la virtud e inteligencia de almacenar sus correos, los devaneos en Paint -las aventuras del ratón Mouse-, los marcos y los macros y los juegos monótonos. Con el Diario de la beca nos ha dejado una fotografía del internet rudimentario de los primeros dosmiles, de aquel vacío todavía cerrado, de una forma de relacionarse con la computadora que muchos recordamos: ese aparato con posibilidades para el ocio repetitivo, que siempre encarna un misterio y un enemigo a vencer. De alguna manera yo quiero recuperar mis internets pasados, mis sufrimientos cibernéticos pasados, reconstruir la pista de mis andanzas virtuales, pero no sé para qué).

Luego está la cuestión de las dobles, que se me ha aparecido últimamente con más fuerza (hasta una profesora creyó tener un encuentro conmigo en un evento) (o entro a un café y ahí, en la esquina, me miro sentada en el futuro) (o soy testigo de las vidas de dos primas hermanas, a las que me parezco mucho, a través de sus fotos de Facebook: sus vidas muy diferentes entre sí, en dos extremos, y también en un extremo de la mía), y que se duplica en mi vida virtual: como mi “handle” de Twitter es un “first name” (whaaa), resulto arrobada (en un sentido no feliz) diariamente. Uno reciente: “Amen amen amen amen amen amen @dios @lilian“. Soy increpada por media Venezuela, que siempre me hace llegar sus mensajes a Lilian Tintori. O por los televidentes de un noticiero de Kenia, que conduce Lilian Muli. O por los fans de Lilian García, ícono miemense. Y por los conocidos de otras Lilians en otros lados del mundo. Una señora de Islas Canarias: “la pequeña duende de @Lilian”.

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Ya no he pensado tanto en esto. Además hay muchos temas aparte que me gustaría “tocar” en el presente blog. Hay otro aspecto miserable, molesto, sobre internet, que acá no entra. Terminemos acá para tratar más cotidianidad y presente puro en la siguiente ocasión.

(quien lee blogs también es un fantasma).

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Necesito tomar un autobús. Necesito una carretera. Necesito la sensación de traslado.

Yo nada más aparecí aquí. Dónde queda el sentido -el dolor, el sacrificio- del viaje. DÓNDE.

(he tenido un cierto deseo de ir a Rosario, pero el boleto de autobús a Rosario sale lo mismo que el buquebús a Colonia, Uruguay: mejor ir a Uruguay)

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Extraño las tortillas de maíz. Extraño el sabor -¡y la consistencia!- de los nopales. Extraño las salsas. Todas las salsas. La verde que es mi favorita (pero más la verde cruda, que allá también era una rareza), la tatemada, la de chile de árbol, la roja con cilantro, ideal para tacos de carnitas o barbacoa. Los tacos de carnitas o barbacoa. Los tacos. De todo. Los dorados de mi mamá, con queso y crema de Polo. Los dorados rellenos de barbacoa en salsa verde. Con queso y crema de Polo. El queso y la crema de Polo. Las tortillas de harina gigantescas de Polo. La comida de mi mamá. Toda la comida de mi mamá. Pero sobre todo a mi mamá. Extraño los frijoles. No he encontrado frijoles. Encontré aluvias, las aluvias no son frijoles. Necesito frijoles, tampoco hay para cocinarlos, aunque me tarde un día entero. Refritos, enteros, negros. Negros con puerco, arroz blanco y pico de gallo: mi platillo favorito. Moros con cristianos. O colorados. Recién salidos de la olla: con caldito y queso de Polo. Refritos con longaniza. En una telera. De Polo. A Polo. Una torta de aguacate con queso de Polo. Ay, el terruño: lo que tenemos es nuestro queso, nuestros productos lácteos, no más. Extraño un champurrado, un tamal, una torta de tamal. Cualquier producto de maíz: gorditas, sopes, huaraches, tlacoyos. Una quesadilla de flor de calabaza. Extraño esos tacos chilangos campechanos -con cecina y longaniza, con chicharrón o bistec- con papitas fritas encima. Y una salsa poderosa. Con sal y limón. Al limón verde le llaman acá limón sutil. O lima. Y a la lima le llaman limón. Como los gringos. Extraño la comida de la fonda a la que íbamos religiosamente los de la oficina. Sus salsas, sublimes. Grasoso todo, sí: y qué. Su sopa de nopal. Su sopa de tortilla. Sus enfrijoladas con pico de gallo. Sus enchiladas verdes o rojas o de mole. Sus tortitas de huauzontle: trabajo artesanal desmenuzarlas. Sus albóndigas con un huevo cocido adentro. El plátano macho relleno de queso, frito. Los jueves de arrachera. ¡Ay! Extraño algo que hace mucho tiempo no comía ni siquiera allá: los quelites. En un taco. Con: sí, crema de Polo. Vaporoso. Las espinacas no le llegan. Pero los nabos no, demasiado amargos. Lentejas con plátano. Tamales de dulce. Ya sólo enumero, caigo en la nostalgia de alimentos de la infancia. Ay, no digamos unos chilaquiles con huevo estrellado (también causa gracia eso: el huevo estrellado). Una concha. Pero sin cajeta (los argentinos ríen). Una concha, sí, fantaseo con la costra dulce, arenosa, de vainilla. Y claro, más lugares comunes: el pozole de mi mamá, unos esquites con mayonesa y chile del que pica, unas papas de carrito con salsa Valentina. Se me antojan los mangos y las jícamas. Un coctel de camarón con aguacate y catsup. Una tostada de ceviche. Una tostada de atún con poro frito. Una michelada en un vaso grande con el borde escarchado. Un litro de agua de horchata de avena.

Pero yo cocino. Yo cocino e intento salir adelante.

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Tanto Darío, tanto Darío últimamente, que ya me dieron ganas, también, de torcerle el cuello al cisne.

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Necesitaba llorar. Tenía las ganas, las ganas estaban ahí, pero como un estornudo malogrado, las lágrimas no brotaban. Recordé la catarsis de hace unos meses al ver Plata Quemada. Cristo santo, cómo lloré. Cómo lloré con ese final. Con ese amor. Todo aquello que empezaba a acumularse, que molestaba sin manifestarse, que yo sabía que tenía que ser expulsado pero me resistía a hacerlo, fue sublimado con ese llanto despiadado. Yo necesitaba llorar. Con una película, para más fácil. Pero no llorar como con Dancer in the dark sino más bien como con The English Patient. ¿Pero cuál? Qué difícil escoger para llorar. No pueden ser lágrimas baratas, no puede ser una historia de cáncer o de guerra o de pérdida de ser amado. Revisión concienzuda de Netflix. Nada. Hasta Google. Finalmente una sugerencia, que se concatenaba con las apariciones recientes de Oliver Sacks y sobre todo de esa novela, Awakenings. La bajé. No la terminé. Pero lloré. Lloré con aquellos despertares, tímidamente. Regresé a Levrero y a la Novela luminosa, la que me había despertado el cosquilleo del llanto, y entonces empecé a llorar, a llorar de a deveras, con suspiros prolongados y lágrimas gruesas que me empaparon la cara y me aguadaron la nariz. Yo no puedo. No dejo de pensar esto: a tres o cuatro años de morir, en la lucha constante consigo mismo, en la postergación de su mejor yo, en la esperanza de cambiar sus horarios de sueño y sus malos hábitos y no enajenarse en la computadora y en sus juegos de Golf y de Free Cell y en sus almacenamientos de imágenes eróticas y en la nostalgia por Chl, y con todo lo que falta: limpiar la computadora y el disco duro y los discos zip y la pila de trastes y sus muchas dolencias, ¿y para qué, si habría de morir tan pronto? Maldito Levrero. ¿Qué me has hecho? Pienso en ti como pienso en mi papá y en lo imposible que es para mí leer sus poemas -porque él escribe poemas, que cuelga religiosamente en Facebook- y en cómo suelo sufrir a la distancia y no encarar las cosas y admitir que quizás me he pasado en mi dosis autorrecetada de soledad y que empiezo a sentir eso que, después, él llama “periodo de centrifugación”, en que “algo intangible aleja a la gente de mí”, a diferencia de los periodos de “centripetación” en que ocurre lo opuesto, “se me pega todo el mundo  y no doy abasto para recibir gente”, que, ingenua y egoístamente, ya me tenían un poco fastidiada en México, ver a tantos y tan seguido, y ay, sentirme querida, y no, yo no, yo quería lo otro, yo quería estar conmigo misma, a solas, y lo he logrado, y me ha gustado demasiado, y me he instalado en esta mismidad, y me ha costado o no he querido salir de aquí para encontrarme con el otro, menos con los que más quiero, con quienes sueño todas, absolutamente todas las noches. Por eso necesitaba llorar. Después de aquel llanto, en medio de un insomnio atroz producto de un café que me tomé muy tarde, escribí con letras que se arrastraban sobre el papel, en mi cuaderno “oficial”, en el que he escrito poco y más bien relatos de sueño, pues las entradas diarísticas están repartidas en otros cuadernos, con otros fines, porque así suelo hacer, diseminar la escritura, no dejarla atada a un espacio, y entonces escribí, pues, con letra fea y arrastrada, y emergieron aquellas cosas, otra vez, que yo sabía pero que me negaba a mí misma y que al mismo tiempo no me servían de nada, saberlas no me sirve de nada. ¡Cuánta gente me desagrada, cuántos sentimientos odiosos albergo! Y la infancia, las heridas de la infancia, las neurosis del abandono o de una peculiar forma de exclusión. Pero la semana pasada entré a un café en Suipacha y Corrientes, un café angosto, como un chorizo, con espejos en ambas paredes, de modo que daba la sensación incómoda del infinito; yo me puse frente a la puerta, para no tener que verme ni sentirme multiplicada hasta el infinito, y empecé a leer, mientras tomaba mi café y comía mi medialuna, esa novela de Luisa Valenzuela que tanto trabajo me costó encontrar, El gato eficaz, y el segundo párrafo que pasó por mis ojos decía: “Nada se ve en la esquina de Suipacha y Corrientes aunque todo suceda y la Argentina arda”. Yo creo en el misterio y en la magia. Pienso a menudo en el espíritu afín, y en aquella cosa sobre la literatura que siempre me digo, que permite hacer más vivible lo invivible, y en aquella frase tan bella que la sabia Gaby Damián dijo en una lectura hace un año, hace un año justamente, en mayo (lo escribí en mi cuaderno de los tulipanes): “Me gusta mucho la idea de tender puentes con personas que ya no están. El libro es un médium y nos trae las voces de los muertos”. ¿Pero por qué? ¿Por qué tiene que ser la voz de alguien que ya no puedo abrazar, porque eso me inspira, ganas de abrazarlo? ¿Por qué no hay forma de decirle: sí, dos personas como tú y como Chl se encontrarán en un boliche del mundo, aquí mismo en Buenos Aires, y hablarán de ti de esa forma? (“Ojalá después de que yo me muera, alguna vez dos personas como nosotros se encuentren en algún boliche del mundo y hablen de mí en esta forma”). Ahora no he podido dejar de llorar. Sobre todo cada que pienso, y releo, porque la releo como si fuera algo que, más que memorizarse, ameritara releerse, esa frase: “De todos modos hoy tengo la clara impresión de que ya nadie me ama”.

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Veamos si logro recordar todas las películas desde marzo 16:

Vimos Inherent Vice los pocos días que estuvo en cartelera. Estado alterado de conciencia. Varias personas se salieron a mitad de la película. Los ojos de Joaquin, ¡los ojos de Joaquin! Paul Thomas Anderson. Lo adoro, lo fagocito.

Ya había consignado aquí: Relatos salvajes (que acá también se lee distinto, que sé que en círculos privados se le llama Regatos salvajes, que se le relaciona con el típico lector de Clarín, etc.; no sé bien, todavía no entro en la trama de la política, de la vida social, todavía no quiero entender estas cosas).

Documental en Netflix: After porn ends. Me humedeció… LOS OJOS. Lloré poquito. No hay novedad: la marca del porno, la letra escarlata del porno, el sexo que tienen los hombres, el sexo al que aspiran las mujeres.

(lapso de sequía fílmica)

Fue el BAFICI, el festival de cine independiente de Buenos Aires. Pero conseguir entradas -que son a precio muy bajo- era un triunfo. Escoger de la laberíntica, enorme grilla: titánico. Vi una llamada Faraday, española que parodia el género del terror, filmada digitalmente con “tres mangos”, que es de lo más trash y ridículo y absurdo que he visto. Divertidísima. Asquerosa. Después, al otro día, en un cine de Caballito, vi Love & Mercy, suerte de biopic sobre Brian Wilson, la grabación de Pet Sounds y la cooptación que sufrió, en los ochenta, a manos de su psicoterapeuta (Paul Dano, genial, delirante; Giamatti, malévolo, incómoda y graciosamente malévolo). La recomiendo plenamente.

Otra de Netflix: una alemana, Coffee in Berlin, por la nostalgia berlinesa. Chistosa, fresca (la trama de la película nazi en la que aparece un personaje que es actor es genial). Días después, al llegar una noche, prendí la tele y encontré Las alas del deseo no muy empezada, y volví a verla, y oh, otra vez Berlín y lo hipnótica que es Berlín, y lo hermosa que es esa película (otra aclaración de esas por la dignidad: hace mucho que vivía sin cable, que había olvidado la dicha de encontrar algo bueno sin escogerlo, de dejarse caer en la mansedumbre de la programación del cable).

¿He visto otra en el cine? Creo que no, además del miércoles en la noche: tuve que ir a Balvanera, regresé por Corrientes a pie, comí una pizza y vino en Güerrín (hice amistad con un matrimonio de Santa Fe, muy viajeros) y después entré a un cine a ver 3 coeurs, una francesa que francamente me aburrió un poco pero que al menos brindó la oportunidad de admirar la belleza masculina de Charlotte Gainsbourg (me encanta, me encanta, esa mirada tan impenetrable) y la belleza poética de Catherine Deneuve. Antes de eso había ido a ver qué había en un cine que está frente a la plaza de Congreso, donde ponen puras argentinas: no llegué a tiempo para ver una llamada Choele en la que sale aquel hombre tan hermoso que es Leonardo Sbaraglia. Tal vez después. Pero el asunto es que disfruto mucho ir a estos cines que son en verdad cines, que ponen la programación en una tabla de Word impresa en una hoja de papel que se pega o coloca afuera del cine, que algunos tienen reseñas de periódicos locales igualmente pegadas en las puertas (pensar que acá se toma todavía en cuenta la reseña del diario, que la de teatro es importante por la gran oferta, etc.), que sus salas son de una elegancia decadente altamente seductora.

Ah, otra noche llegué y prendí la tele: vi un pedazo de una francesa, Amor y turbulencias en español. Bleh, chick flick gala sin filo. Le cambié a iSat y alcancé el último tercio de una llamada Untitled, no entendí bien si sátira o mirada seria sobre el arte contemporáneo (tenía partes muy chistosas, creo que era comedia, aunque con momentos geniales como, por ejemplo, cuando un artista veterano le dice a un extrañísimo -como siempre- Adam Goldberg: an artist must find meaning in the process). Cuando se acabó empezó Cumbres borrascosas, pero la última versión fílmica, una que no había visto, aquella famosa donde Heathcliff es un HOMBRE NEGRO. Esa novela es tan fundamental para mi alma que no dudé en verla y sufrir nuevamente, pero al parecer me quedé dormida antes de la muerte de Catherine. Chale. Lo que vi me gustó mucho.

Cierto, cierto, también vi Ex machina, por recomendación de Luis Reséndiz, una tarde que le di play y no me levanté de la silla y la vi así, extrañamente, sentada en el escritorio. No me gustó mucho, la verdad. Como siempre, una gran idea que los involucrados echaron a perder o resolvieron de manera poco satisfactoria. Pero la vi por Oscar Isaac, actor del que proclamo posesión absoluta debido a la hipsterez de haberlo amado desde que lo vi en Agora, la de Amenábar, en 2009.

Vi la mitad de un documental llamado Beyond clueless, escrito y dirigido por un güey/chabón que sigo en Twitter, Charlie Lyne, quien humillantemente nació en 1991. Está bueno, deconstrucción de la high school movie que por fin me hizo entender una referencia de la única del género que jamás vi: AM I A BET, AM I A FUCKING BET?

Teatro, todavía no he ido. Veo los carteles de las obras, me paseo por las taquillas, sopeso, pero todavía no sé qué ver, no he tenido chispazos de espontaneidad, valentía o inteligencia. También, tal vez después.

A continuación va la parte vergonzosa del presente post. Un ejercicio catártico de confesión y búsqueda de redención.

Justifiquémonos. Digámonos: ahora estamos leyendo tanto, tan obligatoria y metódicamente, tan elevada y sentidamente, etcétera, y además llevamos una vida diríase que de persona en soledad, que pues OBVIAMENTE será posible dedicar el tiempo libre a retomar una costumbre que, aunque la gente no lo crea, aunque la gente se muestre escéptica, aunque la gente mediante charlas en fiestas y otras actividades me contradiga, no se poseía desde 2011: ver muchas series de televisión. De manera que he dedicado algunas horas (nuevas justificaciones: domingos, hora de la comida, antes de dormir, alguna tarde de sábado, alguna otra de domingo) a ver las siguientes series televisivas:

Terminé la temporada 5 de Portlandia, serie que cada vez me parece más genial, chistosa y aguda. Algunas veces he fantaseado con escribir algo serionsón sobre ella, eventualidad que conllevaría la enorme dicha de volver a ver todos los capítulos con espíritu analítico. Pero a la vez la sola idea me deprime y cansa.

Terminé asimismo la temporada 4 de Girls, serie que cada vez me parece más genial, chistosa y aguda. También. Además esta ocasión tuvo cosas cercanas, me proporcionó gratas carcajadas, me confirma mis altas opiniones sobre Lena Dunham.

Me puse al corriente con la temporada 5 de Louie, serie que cada vez me parece más genial, chistosa y aguda. O sea, estas tres series cada vez están mejor, son geniales, chistosas y agudas. No nos desgastemos buscando adjetivos. Louie además está dando risa de nuevo, porque la última temporada fue una meditación demasiado dolorosa sobre asuntos dolorosos, que recuerde. Sin dejar de ser dolorosa todavía, maldito seas, Louie C.K. Y además esta vez nos dio, en un capítulo justamente llamado Untitled, la mejor representación de un sueño/pesadilla que yo había visto desde Paprika (qué asco reciclarse los tuits) en el que, de paso, se planteó aquella idea de la muerte como un regreso a la nada, al estado inanimado del que partimos. Louie es filósofo comediante.

Como el resto de la población que mira series, terminé Mad Men. Curiosamente, a pesar de los postitos que le he dedicado en la vida, esta vez no logro sacar nada en claro, no me sale escribir sobre ella. Tal vez después. Si no, de todos modos se están escribiendo cosas muy buenas sobre ella, para qué agregar sobrantes.

Estoy viendo Game of Thrones. Cada vez se pone más intensa. Yo leí los primeros tres libros y ya no tuve disciplina para seguirle. La serie ya me rebasó salvo en lo que pasa al final de A storm of swords y que estoy esperando ansiosamente que suceda. Sus buenos momentos no paran y es la única serie en la que una frase como “the dwarf lives until we find a cock merchant” es perfectamente plausible.

A veces veo algún episodio de Bob’s Burgers y me encanta (¿hay mejor personaje que Tina?), pero avanzo lento. No he retomado Twin Peaks, que estábamos viendo en México. Vi un par de episodios de Garfunkel & Oates y me gustó bastante (mujeres chistosas: POR FAVOR), pero me entristece ver que duró solamente ocho capítulos.

Llegamos a Unbreakable Kimmy Schmidt, la serie que me hizo desear escribir este post. Desde aquellos años de 2011-2012, yo no me había aficionado a una comedia cortita, tradicional, tipo NBC, tipo The Office o Community. No he logrado terminar Parks & Recreation, por más que me encante Amy Poehler, creo que todavía más que Tina Fey. Tampoco, por lo mismo, he logrado avanzar una sola temporada de 30 Rock. Ésta no se me antojaba, la verdad, aunque fuera creación de Fey. Pero un día que tenía migraña y cruda horrible, un domingo helado y gris, puse un episodio en lo que comía. Dije: a ver. Y el dolor y la dejadez me fueron llevando, llevando, y de pronto ya me había fletado seis episodios de corrido. Hace mucho tiempo no caía en el famoso binge watching. Fue un oscuro reencuentro con mi yo de 2011.

En la semana la terminé. Después, me tuvo pensando algunos días. Por un lado, está llena de brochazos gordos, como sketches (Titus sacando un billete de -1 dólar del cajero, etc.) y bromas escatológicas o pretendidamente satíricas sobre raza, dinero, sexo… Por otro, el ritmo es trepidante, cada línea de diálogo está cargada con un chiste y Ellie Kemper es una actriz archisimpática. En medio: la serie nunca olvida que la base de su historia es el secuestro de cuatro mujeres por un megalómano que las mantuvo encerradas durante quince años en un bunker bajo tierra. Lo que impresiona es la manera de hilar algo tan trágico e inquietante con una comedia. Esa combinación. Los momentos en que ciertos fragmentos no dichos de su vida emergen (I have to use the filth bucket, erm… the powder room o cuando un irreconocible Martin Short, cirujano plástico, revisa el rostro de Kimmy y se sorprende porque, por un lado, no tiene rastros de exposición solar y, por otro, tiene very distinctive scream lines). Se trata, finalmente, de sobrevivientes de abuso y violación. Después no supe bien qué pensar de que el secuestrador maldito terminara siendo Jon Hamm, una parte de mí pensaba que aquello trivializaba el acto (¿qué mujer no piensa: sí, Jon Hamm, enciérrame en un bunker durante quince años y abusa de mí repetidamente?), pero después me hicieron ver que sí, que esos personajes tienen que ser seductores, que de esa forma dominan. Y, ay, Tina Fey y su peluca. Yo no puedo negar la cruz de mi parroquia y que la amo.

En resumen, esas son las cosas que he visto desde marzo 16.

Actualización: hoy pude ver Choele en el cine de Congreso, llamado Gaumont (es un Espacio INCAA – Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales). OCHO PESOS. Bonita y por momentos lenta estampa del interior argentino. Premisa buena: especie de triángulo amoroso entre puberto, su papá quien es a todo dar, y una mujer joven. Al salir, larga larga larga caminata.

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Tengo café. Tengo café. Pero al principio no tenía café. Aún ahora, ¿tengo café? Tengo uso de una cafetera. Tengo unos cuantos gramos de café. ¿Pero tengo solucionado, de verdad, mi abastecimiento de café? No, claro que no. Eso nunca es posible. El café siempre faltará. El café disponible a todas horas es una entelequia. Digamos que, por ahora, tengo café. Estoy salvada (pero, ¿por cuánto tiempo?). Los primeros días fueron duros. Vivimos experiencias difíciles, algunos dirán: intolerables. Por ejemplo, café soluble. Café soluble que de entrada, desde el frasco, tenía azúcar. Luego, un saborcito raro en los cafés de los cafés. A veces. Culpo a una persona en específico por el desarrollo de esta idea: el café de mala calidad, por el agua y los granos. Luego: culturas del café distintas. Los tamaños discordantes. Americano en pocillo. Inexistencia de la leche deslactosada, a lo mucho: descremada. La omnipresencia del café con leche. La bomba gástrica del café con leche. La progresiva y definitiva elección del café doble en todo intercambio comercial. Café doble siempre. NEGRO. O está bien, con leche -descremada- apenas. Estas sutilezas tipográficas deben manifestarse en la voz, al pedirlo. Conocí el café en bolsita, en bolsita. Como un té que se hacía negro en la taza. Malo no. Extraño. Pero sólo por cómo se llegaba a él. No repetí. Tuve un Dolca después. No era el Dolca canela que protagonizó algunas anécdotas de mi carrera universitaria. Duró poco. Después me armé de valor y me hice de mi café y me aventuré a utilizar la cafetera que tengo disponible. Y entonces la luz, la felicidad ilusoria de una abastecimiento perpetuo de café. Pero luego, como escogí un tipo fuerte y también porque me complica repetir el asunto del filtro y el cálculo y el agua dos veces al día, pero sobre todo porque, a pesar de necesitarla, no deseo abusar de la cafeína, compré uno soluble. Para la taza segunda o la tercera. En apariencia, tengo café. Este pensamiento me guía y me ilumina y me da fuerzas.

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* Se me transparenta el vocabulario. Mi dialecto (la variación dialectal del español que yo hablo, con el que nací y crecí) se hace visible por su diferencia. En discursos amplios trata, a veces sin éxito, de neutralizarse, de adaptarse a un “español estándar”. Pero no. Se mantiene. Se aferra. O cede. Para no generar confusiones y que la comunicación se mantenga fluida, adopta los modos locales de nombrar las cosas. Por lo mismo, se ensancha. Se me transparentan: ahorita, mamón/mamar/mamada, híjole, chingada, variantes de madre, aventón/aventar, pinche, güey y, contra mi voluntad pero delatándose como parte integral de mi habla, órale, padre, chido y gacho. En el elevador sonríen cuando digo ‘elevador’ (los límites de mi lenguaje…). Con los mexicanos que he visto mi lengua cae en blandito, se regocija en el territorio conocido, se particulariza al extremo. Me gusta el: yyy… Me gustan algunas cosas. Extraño otras. Aquella idea, que justo formuló Luisa Valenzuela en una lectura, de la lengua materna como música de fondo.

(por cierto, nos quieren mercantilizar la lengua)

* Un territorio asignado, pequeño pero estratégico. La esquina desde la que la ciudad crece. La Plaza San Martín. Zona fronteriza: entre la estación de trenes de Retiro -un enclave marginal-, el barrio de Retiro que forma parte del famoso ‘Barrio Norte’ -residencial de clase media alta- y el microcentro -concentración de comercios, oficinas y trampas/servicios para turistas-. Tres “realidades” muy diferentes entre sí que van a parar a este parque que también, replicando su entorno, está compuesto por áreas bien diferenciadas: el monumento, la placita, las islas para niños y para mascotas, la pendiente de pastito. Es un parque clásico, muy conocido, pero no tan concurrido como otros, en parte porque es un sitio de tránsito para los que vienen del microcentro o van a la estación de ferrocarril, y en parte, es cierto, porque es un refugio para marginados. Recibe también a gente que vive cerca y saca a pasear a sus perros, a estudiantes y parejas, a personas haciendo ejercicio, claro. Pero no es un bosques de Palermo, no es un Plaza Francia. Es un lugar silencioso. Me interesa la zona del césped. La arboleda y las banquitas son muy bonitas y frescas, pero demasiado familiares para mí: la plaza es el concepto de espacio público preponderante en México. La banca, el cuadrado de césped intocable: me remiten a una espera, no sé por qué. En cambio el pasto bien recortado que invita al descanso y la distensión del cuerpo: gran novedad.

Área verde disponible igual a mejor calidad de vida, por supuesto. El parque permite disfrutar de la ciudad, del exterior, sin verse obligado a consumir: no es un café, un cine, una tienda. Estás afuera sin gastar (¿un espacio relativamente independiente del mercado, el espacio de apropiación del ciudadano por excelencia?). El parque sirve al ocio, al encuentro, al descanso o al intervalo (hay quien se mueve constantemente por muchas zonas de una misma ciudad, sin poder servirse de un sitio de pausa y recogimiento entre sus trayectos: un parque resuelve esta necesidad sin exigir propiedad o consumo alguno). Un parque es bueno lo mismo para solitarios que para grupos. Un parque es bueno. Un ser humano necesita los árboles, necesita la luz del sol, necesita el sonido de los pájaros. Un parque es la naturaleza domesticada. Yo nunca había vivido cerca de un parque. Nunca había poseído este oro puro. La barranca de la Plaza San Martín encara directamente el reloj de la Torre Monumental (antes Torre de los Ingleses), en la Plaza Fuerza Aérea Argentina (antes Plaza Británica). Una vista soñadora: EL TIEMPO MISMO. El límite de la ciudad, el río. Para mí allá está el Plata, aunque en realidad se encuentre a mi derecha, hacia el este. Pero en realidad sí está, en una visión más amplia.

* En el pasto:

Un pájaro chiquito y panzón, color arena, encuentra una mariposa y la martiriza con el pico hasta tragársela completa.

Un chavo de pelo punk/escoba. Una muchacha sentada detrás de él. Una muchacha comiendo un sándwich, un perro negro la acompaña.

Un grupito de adolescentes. Dos novios y los amigos de él. Después sólo quedan tres: la parejita y uno que no se va. Se besan, ignorándolo.

Dos amigas. Un labrador color miel se mete en medio de ambas. Una le avienta un juguete. Él lo devuelve.

Un chavo con rayitos en el pelo que seguramente es indigente, dormido.

Dos amigos: chico y chica. Él hace pasos de danza mientras ella lo mira.

Un grupo de personas en ropa deportiva corriendo en fila india detrás de su entrenador privado.

** Espantan. La puerta de mi cuarto se abre, hace un rechinido, pero a veces no lo escucho. Echo una mirada desde la cama o vuelvo la cabeza desde el escritorio y ya está abierta, y no revela nada del otro lado, siempre oscuridad, siempre negro. Mi cuarto está lleno de luz pero el resto del departamento es muy oscuro, siempre es de noche, un ambiente muy fuenteano/Auresco. Se medio abre la puerta y nunca sé quién me está mirando del otro lado. Yo en general miro hacia la ventana. Detrás de ella ocurre a todo momento la realidad, no se detiene. Siempre está el afuera. Las voces y los ruidos del afuera, de la calle. Por la madrugada el semáforo del paso peatonal sigue cambiando de luces y figuras: de blanco en movimiento a rojo en rigidez. Siempre, un anuncio que nadie ve, que sólo tiene sentido en presencia de los demás. Hay muchas ventanas frente a mi ventana, pero a ciertas horas sólo hay un par con las luces prendidas. Las demás, de cortinas o persianas corridas, no sé si me miran también, no sé si alguien me espía. La vida en departamentos, tan común en Buenos Aires. La vida vertical. Al caminar por la calle podrías tener, sin saberlo, muchos ojos encima.

*** Después de encontrarme a la multitud adolescente que esperaba al Youtuber Rubius afuera de un hotel en 9 de Julio (pregunté a uno y me dijo), me encuentro a una multitud que espera a Susana Giménez afuera de un teatro en Corrientes (lo sé porque gritan su nombre). En Santa Fe: mucha gente se congrega alrededor de una mesa donde está sentado un hombre negro muy alto, tal vez gringo, ¿tal vez futbolista o basquetbolista famoso? (no pregunto, nunca sabré). También me encuentro a un medio conocido en Corrientes. Me pregunta qué estoy haciendo. Vagando, le digo.

*** Voy caminando por la calle y me cruzo con una muchacha muy cool, una auténtica chica Tumblr, con medio pelo rapado y mucho estilo, que desde que me ve a lo lejos hace caras y exclama “noooo, me estás bromeando, guaaau”, como si me reconociera, pero ya desde antes yo sé que está sucediendo el fenómeno de MIS DOBLES y empiezo a aclarar que no, que eso siempre pasa, que la gente me confunde por otra, y ella: “guaaau, sos muy parecida a una actriz”. Para este momento ya nos cruzamos y empezamos a alejarnos y ay, quiero preguntar, claro, QUÉ ACTRIZ, pero en el fondo no quiero, porque así debe ser, nunca debo conocer el referente, las dobles deben permanecer enigmáticas y desconocidas.

**** Estoy desubicada siempre. Me pierdo siempre. No lucho contra la desubicación: la incorporo. Perderme es una forma de explorar. Perderme me ha hecho vagabunda.

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