Santiago 2017 / L-M-J / tl;dr

Me encontré con Lety en la calle Santo Domingo, tan cerca de Bellas Artes y el Mapocho. Nos abrazamos y lloramos de alegría. Nos hicimos amigas en Polotitlán en el año 1994 aproximadamente, y con sus hermanas Laura -su cuata, o melliza, más grande que ella por unos minutos- y Araceli -un año menor que ellas, uno mayor que yo- fuimos inseparables. Vivíamos a unos doscientos pasos de distancia y el punto medio para acompañarnos, cuando ellas iban a mi casa o yo a la suya, era un poste de luz que alguna vez, tontas y temerarias, intentamos trepar. Jugábamos de todo en todos lados y a todas horas. Platicábamos de todo. Los recuerdos son infinitos, en sitios, en épocas, en celebraciones. Entramos a la adolescencia juntas, y las mudanzas (a D.F. Lety, a Querétaro yo) no lograron interrumpir la amistad. Ahora ella vive en Santiago de Chile y yo en Buenos Aires, y tras un periplo por tierra de 24 horas, por fin nos encontramos una tarde de fines de octubre, en mitad de una primavera que de este lado de los Andes ya estaba calurosa y, allá, era puro viento frío. Cenamos una pizza (delgada, crocante, deliciosa) y tomamos micheladas (con merkén chileno) de cerveza Austral en un sitio que a ella le gusta en el barrio Italia, sentadas en el patio junto a un radiador, padeciendo un frío seco y penetrante tan parecido al de nuestro terruño a la entrada del Bajío. Y platicamos, y platicamos, y platicamos. Mucho. En la amistad verdadera los temas nunca se acaban.

Pero en la noche, en el cuarto del hostal, había un tipo que roncaba muy fuerte. Y esa noche no pude dormir.

Por la mañana pasamos por dos cafés al Cocteau café, que se convertiría en una especie de centro de operaciones de mi estadía santiaguina. Desayunamos una empanada chilena (de pino) casera en el pasto fresco del Parque Forestal, mirando la cordillera. Luego Bellas Artes entre las dos, y una conversación larga, larga en el cerro Santa Lucía, donde salieron tantas ideas (la locura es lo más parecido a un sueño), y después una reunión con sus amigas mexicanas, en la casa de una de ellas en Vitacura, donde comimos rajas con crema, y cochinita pibil, y papas con chorizo, y tostadas de frijoles, ¡y pan de muerto!, un delicioso pan de muerto que de algún modo era lo que yo buscaba allá, en Santiago.

Después el taxi de madrugada, por avenida Apoquindo, por avenida Providencia, las lámparas blancas y redondas a la orilla del río, la eficiencia urbana santiaguina, poco dada al ornamento, pero a veces, algunos rincones sublimes, algunas grandilocuencias, como los leones de bronce de Providencia, supuestamente robados de Lima. Y retener la sensación tan familiar y a la vez tan extrañada, desde Buenos Aires, de un horizonte amplio, un valle profundo flanqueado no por volcanes sino por una cordillera descomunal.

Esa noche soñé con el terremoto del 19 de septiembre y después, con horrible detalle, con un bebé que se pudría lentamente, abandonado en uno de los edificios dañados de la colonia Roma. Cuando me desperté abrí Facebook y me apareció una nota amarillista de Buzzfeed: Parents Charged With Murdering 4-Month-Old Baby Whose Maggot-Covered Body Was Found In a Swing – The underweight infant hadn’t had a diaper change, been bathed, or moved from the swing for more than a week, authorities said. La nota se ilustraba con los mugshots de una mujer y un hombre de expresiones narcotizadas.

Me quedé en la cama pensando en la macabra coincidencia, si habría leído aquello antes de dormir, o si, como cierta ficción especulativa invita a sospechar, los dispositivos electrónicos, además de registrar los vagabundeos por internet, me habían escaneado el subconsciente.

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Aquel fin de semana, después de visitar el mercado de La Vega Central, pasillos que hervían de frutas y verduras, tan parecido y a la vez tan distinto de los mercados mexicanos, y conocer muchos gatitos de mercado (uno negro, uno pinto, uno anaranjado, uno llamado Manuel de La Vega), y comer delicias peruanas en una cocinería típica, tomamos la carretera por el Cajón del Maipo rumbo a San José de Maipo: qué visiones, qué curvas, qué alpino todo, cuánto verde en ese cañón que ya no estaba nevado pero, conforme descendíamos, nos hacía soltar vapor por la boca. Nos quedamos en la parcela de unos señores encantadores, los Villalba, y atendimos, semiheladas pero resguardadas por una pesada manta en la que nos envolvimos, el festival de payadores en la plaza del pueblo, un Tepoztlán del Sur, las mismas callecitas y casas bajas y el verde que rodea todo, y la poesía que hay en la improvisación y la rima y el canto de aquellos payadores que habían venido de Colombia y República Dominicana y Cuba y otras partes de Chile y de Argentina, y por la noche una pizza casera con tomate y aceitunas y queso, y vino navegado, calientito, y en una repisa un libro de pensamientos mágicos que leí, morbosamente, hasta la madrugada. Por la mañana paseamos por el jardín botánico de la parcela, tan enorme, tan frío, tan verde y salpicado de colores brillantes: astromelias, rododendros, helechos, claveles, amapolas, camelias, orquídeas, pasionarias, y cipreses y laureles y pinos, tantos pinos, y comer un ceviche de cochayuyos, un alga marina con sabor o textura o recuerdo de hongo, frescura pura en la boca. Y fresas silvestres y espárragos y tostadas con palta (aplastada con aceite y sal, como se consume en la once tradicional) y aceitunas y ensalada chilena de tomate con cebolla y rebanadas de roast beef. Y vino Santa Ema, o cualquier otro, pero de la varietal carmenere que es tan de Maipo.

Volver a Santiago, atestiguar lo indecible, lo que en cierta forma me había llevado a Chile y a Lety, para acelerar -ayudar, acompañar- un proceso irreversible.

En el hostal, impulso clarividente, pregunté si me podía cambiar de cuarto para evitar al de los ronquidos. Me instalé en uno vacío y me metí en la cama y me puse a leer, y momentos más tarde entró una chica a tientas, y cuando le hablé y ella me respondió, reconocí el acento de inmediato. Mexicana. Marisol. De voz tan dulce. Escritora. Un par de coincidencias que nos llevaron a la camaradería instantánea. Pero de pronto y con la naturalidad de un líquido que va trasvasándose: proyectos de escritura y la vida y lo más hondo y lo peor que nos ha sucedido, pero también lo mejor. Y fuimos tirando del hilo y a cada sorpresa venía una coincidencia excepcional, tan improbable que por eso estaba como destinada, y en la oscuridad, y desde la cueva de cada litera, y hasta las seis de la mañana, hablamos y nos compartimos todo y nos hicimos Amigas y para mí Almas Gemelas Escritoras. Inauguramos la amistad por la puerta grande, por el intercambio y la incorporación de la filosofía, los sueños, el pasado y la experiencia del horror de la otra, y en adelante cada tanto bromeábamos: “En estas siete horas que llevamos de amistad, en estas cuarenta y ocho horas que llevamos de amistad, en estos cinco días de amistad con mayúscula que llevamos”. Y desde entonces, y hasta que salió su vuelo a México, ya no nos separamos, y no, no sólo eso, a la mañana siguiente de conocernos fuimos a desayunar con su mejor amiga de Chile, con la que compartía una conexión profunda también, y de quien me había hablado con emoción, con cariño, con admiración, y que protagonizaba fragmentos de su escritura que me leyó, porque nos leímos cosas de inmediato, y cuando Javiera, la Javi, llegó con su polera de Friends al café Cocteau, nuestra oficina santiaguiana, y almorzamos un sándwich y un café, y platicamos y platicamos, y nos compartimos nuestras experiencias pasadas, y nuestros intereses -literarios, académicos, sentimentales- y aquella otra cosa que también nos hermanaba, como con Sol, nos hicimos amigas ahí mismo, amigas tanto como Marisol y yo, como Marisol y ella.

En menos de doce horas yo había ganado dos amigas, además de la que había ido a visitar.

Y entonces los acontecimientos se precipitan: una semana y media en la que estuve con las tres, en momentos distintos y a veces todas juntas, y fui intensamente feliz. Lo escribo otra vez: intensamente feliz.

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Marisol (García Walls) y Javiera (Barrientos) (nombres que deben recordarse) forman parte de CECLI, Centro de Estudios de Cosas Lindas e Inútiles, un colectivo o un espacio o una zona de estudio de lo material, de los objetos, de los libros como ideas pero también como artefactos. Y entonces fue, con ellas, conocer artistas, modos de crear, posibilidades de invención. Rincones de Santiago que jamás hubiera encontrado yo sola. Y a las personas más, más SECAS de Chile: en el sentido chileno, el seco es un capo, un chingón, un virtuoso en su campo.

Fuimos a Naranja Ediciones, el estudio y editorial y showroom en la calle Estados Unidos 228, con Sebastián y Sebastián (Arancibia y Barrante) (es decir, Sebastián A y Sebastián B). Nos contaron, con café y galletitas, con una comodidad que era pura camaradería, que primero traían material raro de otras partes, de ferias de libros en Portugal, en Brasil, y ahora editan sus propios libros raros, libros intervenidos, libros que son de otras materialidades, por ejemplo la Carta de porto de Sebastián Arancibia, que consiste en una carta de tres cuartillas escrita en máquina de escribir mecánica, con fotos de Sebastián Barrante impresas digitalmente, y un tiraje de 10 copias.

Fuimos al taller de Catalina de la Cruz y sus libros fotoquímicos en Bellavista, donde da cursos de fotoemulsiones, un tratamiento de la fotografía química análoga que es pura unicidad, sus libros de las líneas de Nazca, esas imágenes que parecían salidas de sueños, y entre sus tesoros descubrí el libro-cuaderno del poeta peruano Luis Hernández Camarero, el facsímil de uno de sus propios cuadernos con poemas, dibujos, la tinta traspasada entre las páginas, que me hizo explotar el cerebro, ¿acaso eso era posible, acaso eso siempre ha sido posible?

Fuimos a la casa de la ilustradora Leonor Pérez, y vimos los originales de varios de los libros que ha ilustrado, como Mi cuaderno de haikus, de María José Ferrada, y charlamos de Brenda Ríos, amiga en común, y uno de cuyos libros ilustró (El vuelo de Francisca). Sus delicadas ilustraciones de niños de ojos profundos en colores cálidos, azules de mar y verdes de planta y cielos anaranjados y amarillos, pero también de animales y objetos y otros trazos en gris, y en superficies que no son papel, y usando mucho el collage. Su temporada en México y ahí, en un rincón de su lindo departamento de Providencia, un altar de muertos. Pasaba una temporada con ella, desde Brasil, Flávia Bomfim, también ilustradora, y una artista del bordado como arte y medio narrativo.

Desayunamos con Loreto Casanueva, también integrante y fundadora de CECLI, y amante de los objetos, en Había Una Vez, una cafetería coreana del barrio de Patronato [Wiki: “ubicado entre la Recoleta por el poniente, Loreto (¡!) por el oriente, Bellavista por el sur y Dominica por el norte”, cuyos orígenes “nos remontan a la época del Chile prehispánico: la zona que comprende la ribera norte del Río Mapocho era conocida como La Chimba, vocablo quechua (chinpa, “del otro lado” (del río)”], barrio donde se “cachurea”, se “fayuquea”, donde yo había recalado años atrás, en 2010, quizá por equivocación; ahora, con M, chusmear con calma las tiendas de productos chinos y maquillaje y ropa barata (adquisición: unas medias negras que se rasgaron hasta el postureo), y en el bello café coreano una como concha de melón verde -muy dulce-, además de otros panecitos con formas de fruta (un esponjoso limón amarillo), y una limonada color azul, y café negro muy bueno. Y más tarde, durante la conversación que nunca se terminaba entre nosotras, cerca del estudio de Catalina, una cerveza negra y dos sándwiches conceptuales que dividimos, y devoramos, además de una merecida tarta nuezosa, en un restaurante hermano de aquel que habíamos visitado, con L, durante mi primera noche santiaguina.

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La noche del 31 de octubre me escapé al cine Normandie, atrás de Moneda, a ver su especial de Halloween: The Masque of the Red Death, con Vicent Price. Caminé todo Miraflores hasta cruzar la avenida Libertador Bernardo O’higgins, mejor conocida como Alameda; tomé avenida Santa Rosa (me detuve en un puesto callejero, tan parecido a uno defeño), pasé por debajo de un puente, donde un hombre orinaba contra un contenedor de basura, y seguí de largo hasta dar con la calle Tarapacá, angostita y muy de centro de ciudad.

Había jóvenes disfrazados, algunos, en las calles y en el metro. Yo extrañaba eso, en Buenos Aires estos días son insoportablemente comunes. Y al salir de la función en aquel cine setentero, de audiencia cinéfila y friki, caminé envuelta en la atmósfera ligeramente inquietante después del terror; seguí, en medio de la noche, a grupos de muchachos y muchachas por unas callejuelas del centro y de pronto, en medio de la plaza amplísima, limpísima, la bandera chilena ondeando al centro. El Zócalo santiaguino, pensé. Luego miré las caras atractivas pintadas de Catrinas y de vampiros y de Harleyquinns en el andén de metro La Moneda, enamorándome de todo mundo como suele ocurrirme, con mayor intensidad allá porque los rasgos eran nuevos y tal como me gustan y durante mucho tiempo deseé. Además, en casa (en el hostal, en nuestra habitación), estaría M, y todo, todo, todo era bello.

Después está la coincidencia -en un viaje lleno de casualidades y sincronías- de retomar el contacto con Víctor más de una década después, una amistad de mi vida en Querétaro hace tanto tiempo, y que me dijera que vivía en Santiago el mismo día que yo llegaba a Santiago. Entonces el Día de Muertos, otro de mis motivos para ir a Chile en esa fecha, en el Cementerio General de Recoleta, casi idéntico al de Recoleta de acá -es decir, muy francés-, pero unas veinte veces más grande. Bailes y calaveritas y ofrendas y pan de muerto, y tacos, y un embajador que hacía bromas y leía sus propias calaveritas (envidiar su trabajo intensamente). Y juntar nuevamente los grupos: Javiera y Adam (su novio mexicano, chilango para mayores señas y complicidades, quien la visitaba en Santiago desde la pequeña ciudad canadiense donde estudia su doctorado y es tipazo: graciosísimo y brillante, y además amigo de Marisol de tiempo atrás), Marisol y Lety, y los demás, caminando por los fríos y silenciosos pasillos del cementerio, las tumbas y los mausoleos, los árboles medio calvos que se iban ennegreciendo igual que el cielo, que antes de apagarse se puso muy rojo y violeta, una visión gótica para el Día de Muertos. Esa caminata terrorífica: momento cumbre. Después de vagar medio perdidos por senderos cada vez más oscuros, dimos una sensata vuelta a la izquierda y al fin encontramos al payador de otro siglo que en medio de la noche, con quinqué en mano, guiaba a algunas personas por el laberinto del cementerio. Y apareció frente a mí, en la oscuridad total, los contornos del mausoleo muy blanco de Salvador Allende, dos columnas, angulosas e imponentes, unidas en su base: un número once (de septiembre). Pero no me estoy explicando: son dos columnas de diez metros de altura. Son edificios. Y ya he explicado en varios rastros de mi vida expuesta en internet mi interés chileno. Unos amigos muy cercanos de mis padres (y sus hijos de mis hermanos), chilenos exiliados, cuyo acento diluido a mí me encantaba (y lo que mis padres contaban, sobre sus penurias, y sobre ese periodo político en Chile, me intrigaba y fascinaba). Después señales, como la prepa Sur Salvador Allende. Mis lecturas latinoamericanas. Mi música chilena.

Por fin volver a Chile, la otra vida posible, si en aquel otro viaje no me hubiera enamorado de Buenos Aires.

Aquel paseo con el payador de voz hermosa terminó en el mausoleo del señor Nazarino Elguín, de 1893: una enorme pirámide maya-azteca, superposición de estilos a full porque hay mucha plata y los muertos con dinero lo demuestran con sus sepulcros eternos, pero además -leo en la página del cementerio general- incluye elementos como: “el calendario azteca y la Coatlicue (diosa de la muerte y de la creación) con los brazos mutilados, con falda de serpiente y con un esqueleto humano de collar”. Así terminaba aquel momento chileno-mexicano.

El bar de The Clinic, en Plaza Ñuñoa, después, donde noté el galla, galla entre dos amigas, y que las palabras en Chile envejecen también, pero siempre son muy animaladas: cabro, cabra. Chanchear. Los que son gansos o pavos. La caballa. O sentirse como la mona, como nos sentiríamos al día siguiente, tras tantas cervezas.

Por Víctor también conocí a Midori, coterránea, mujer ejecutiva y as en su campo, con quien luego nos reiríamos mucho y luego vi, acá, cuando vino en febrero con sus amigas. Y las casualidades volvieron a anudarnos: camino a una noche de placeres culinarios mexicanos, Lety y ella descubrieron que estaban predestinadas a conocerse, por el celular intercambiado gracias a una amiga en común. Además, sin dudarlo, me ofreció crashear un par de días en su bello departamento de Providencia, y entonces despertar muy temprano por la mañana para caminar por avenida Suecia rumbo al cerro San Cristóbal, y cruzar uno de los puentes del Mapocho, donde sentí que temblaba.

Comimos en muchos restaurantes mexicanos, de los que hay una amplia oferta en Santiago (el intercambio comercial y político, en mayor medida que el argentino-mexicano, facilita una comunidad mexicana mucho más grande, así como alta disponibilidad de productos y materias primas). Durante esas vacaciones disfrutamos: enchiladas, pozole, huaraches, tacos al pastor, tacos dorados, enfrijoladas, sopes, papadzules. En las dos sucursales de El Ranchero, en Los Cuates, en la mítica Fonda Lupita, con Midori, muy cerca de Moneda. Y también mucha comida peruana, mi segunda favorita en el mundo.

Otra tarde fui al Cine Arte Alameda, donde vi la devastadora Cabros de mierda, de Gonzalo Justiniano, y luego recorrí los pasajes del centro cultural Gabriela Mistral. Una mañana leí unos poemas de Enrique Lihn en una banca frente al Mapocho: era lunes y había querido subir al teleférico pero ese día permanece cerrado, y tras perderme en algunos parajes del cerro y cruzar las calles de Bellavista, llegué cerca del puente Pío Nono y me desplomé bajo el sol, y dormité. Y luego el recorrido por el centro: el centro cultural La Moneda, los cafés con piernas (invento chileno: las cafeterías cuyas camareras visten faldas muy cortas, la entrada en Wikipedia es un espanto sexista), la calle Bandera, la catedral de Santiago de Compostela, los infaltables puestos ambulantes, la conversación de tintes mágicos, y en el piso un recorte de un ojo café que me miraba.

En la fila del teleférico el último día, estornudé y una chica me dijo “salud”, y en ese instante las dos nos reconocimos mexicanas, y charlamos durante el trayecto por los aires, y le saqué fotos bajo la blanquísima, colosal virgen de la Inmaculada Concepción. Idaes era su nombre, chilanga, y empezaba a viajar: ya había estado en Perú. Linda persona. Era ya parte de un catálogo de casualidades no buscadas. Como el encuentro con la amiga de Víctor en el metro, de quien hablábamos momentos antes. O las charlas con Adam, Javi y Marisol en el taller de encuadernación, donde repasamos un catálogo de quereres y desprecios mexicanos.

Metro Tobalaba, metro Pajaritos (rumbo a Valparaíso), metro La Moneda, metro Estación Central, metro Universidad de Santiago, metro Baquedano (aquel jueves perdida al interior de la laberíntica estación, casi a la medianoche, todos los accesos cerrados menos uno, cuando iba de vuelta al depa de la Javi tras encontrarme con Lety en el Costanera Center). El Costanera Center, el edificio más alto de Latinoamérica. El mall lleno de argentinos chetos. El Ojo de Saurón. Estructura fálica, luz verde. El Porro. Pero luego vi que en realidad es un faro.

El viaje a Valparaíso con L, a solas las dos, y conocer el lado oscuro de aquella ciudad de cerros rapaces y personajes tenebrosos. Y disfrutar y brindar por su libertad futura. Y llorar por lo que debe llorarse. Y aunque nos quedamos sin ir a Isla Negra, aquella excursión nos sanó, nos devolvió un poco otras.

Esa idea, la había sentido la primera vez que estuve aquí, de Chile como un territorio salvaje y antiguo, una franja de tierra inmemorial. Todo es lítico: Vitacura, corazón de piedra; Quilicura, las tres piedras. Eso que es tan del monte, de la naturaleza agreste, como el lenguaje que tiene al animal en su centro. Y en alguna de esas noches, desde un piso 18, mirar la ciudad a mis pies, con una luna llena espectacular y la sombra de la cordillera, y luego desearla como antes deseé a Buenos Aires: el trayecto nocturno por sus arterias, y en ellas su juventud y sus salidas y su forma de apropiarse de las cosas, y enamorarme e imaginar una vida en ella.

No consigo olvidar aquel viaje. Y me parece que lo sigo viviendo, cada momento dentro de él, a un año de distancia. Un año exacto de distancia. Eso me he tardado en redactar mis recuerdos para el futuro.

Viajar es lo que me sale mejor en el mundo.

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Incidente

Habíamos estado hablando de las clases. De las clases sociales. Estábamos en la pendiente de césped de plaza San Martín, bajo un sol muy tibio que, cuando se ocultaba detrás de una nube, me hacía temblar. Hacía mucho frío. Yo le dije vamos al Starbucks de acá enfrente que al menos hay calefacción y puedo entrar al baño y, además, una dosis de cafeína no se le niega a nadie. Fuimos. Estábamos charlando en un sofá cuando entró un hombre. Un hombre en situación de calle. Un hombre indigente. Un hombre de la villa. Un hombre. Un fisura, dirían ellos. En estado de ebriedad. En estado de intoxicación. Pedo. En pedo. Fi su ra. Pero repartía papelitos. Papelitos que eran copias de una escritura a mano, donde explicaba su situación y pedía una ayuda monetaria. Una moneda. Una limosna. Una ayuda para vivir. O sobrevivir.

Pasó muy cerca de una mesa donde estaba sentado un hombre de unos cincuenta años, gabardina color crema, zapatos caros. Un burgués. Un fresa, un cheto. Un mamón. El hombre de la calle pasó con un movimiento atrabancado y tiró ¿un vaso, una servilleta? Al momento ya estaba una de las empleadas detrás del intruso. Retiresé, retiresé, le decía. Pero el otro seguía repartiendo sus papelitos. Nos dejó uno en la mesa, lo leí y le dije vamos a darle diez pesos. Para entonces todos los comensales-los clientes-los consumidores de cafeína/azúcar miraban la escena. Las cosas se habían quedado en suspenso. Enfrente llevaba un rato estacionado uno de esos camiones blindados que transportan material delicado (dinero/papelitos). El poli que lo acompañaba se puso frente a la puerta, dispuesto a entrar cuando el ambiente se calentara. La empleada y el hombre se hicieron de palabras. Entró el poli. Se acercó al hombre, le ordenó que se fuera. Éste no hizo caso y volvió a hacer su rondín, recuperando sus papelitos. Nadie le daba nada. Si le das será una provocación, me dijo GJ. Y era un poco verdad. Y era una verdad triste. Mientras tanto el hombre vociferaba, con otras palabras, su derecho al libre tránsito. El poli jaloneó su brazo, el hombre se desprendió con un movimiento fuerte. Se acercó a la mesa del burgués, quien se levantó de un salto, como asqueado, y fue a ponerse atrás de una de esas mesas altas que llegan más arriba del ombligo. El hombre tomó su vaso y le dio un trago, y luego un pedazo de muffin y lo mordió. Luego abrió la puerta y salió del local. El poli también. Pero pocos minutos después el hombre apareció de nuevo, amagando con entrar. La empleada cerró la puerta y le puso seguro, alguna clienta le dijo no podés llamar a la policía de veras. No, no, se tardan diez minutos, dijo ella. El poli -el poli que en realidad no era un poli de calle, sino de los que resguardaban el material delicado del transporte blindado- ya no estaba por ningún lado. Por el ventanal vimos al hombre dando vueltas en la vereda. Pateó un muro del edifico contiguo. Pateó el camión blindado, le dio un golpe al espejo retrovisor, que no se inmutó. Le aventó un objeto. Y por fin se fue.

Qué tremendo, nos dijimos. Qué tremendo observar, cobardemente, aquello de lo que hablábamos.

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Desde Argentina: 8 de Aborto, las pibas arriba

publicado originalmente en La Brújula de Nexos

 

Buenos Aires, 8A. A las tres de la tarde, mi amiga B. envía un mensaje desde la marcha: “Uuuh llueve”.

Es agosto. Invierno austral. Lunes y martes, y durante el fin de semana, tuvimos días lindos, soleados, menos húmedos que otros. Pero hoy llueve.

“Ni el cielo se quiso poner celeste”, dirá otra amiga mía, A., más tarde.

Estoy trabajando y todavía no puedo desplazarme a Congreso. Ayer, por Whatsapp, circuló un mensaje:

IMPORTANTE 8A

El inicio de la sesión será mañana 8 de agosto a las 9.30 a.m, antes de lo previsto. Por lo tanto la votación se adelanta. Está circulando que se votará alrededor de las 18 hs con lo cual es muy importante reforzar la mañana y la tarde, pero estar preparadxs en caso de que se extienda como en diputadxs. Tenemos que ser millones!

Avisar a todes les compas.

Cuando fue la primera sanción en la cámara de diputados en junio pasado, el resultado de la votación se dio a conocer casi 22 horas después de iniciada la sesión, a las diez de la mañana del miércoles 14 de junio. Había entrado el invierno ya, con temperaturas que rozaban los cero grados. Pero una buena parte de las doscientas mil asistentes hicieron vigilia toda la noche en las avenidas y calles aledañas a Congreso, acampando sobre la plaza renovada, único espacio verde de la zona; a lo largo de avenida Callao hasta Corrientes, y de Rivadavia, colmando las calles y rincones y esquinas de ese barrio que se conoce y nombra por el Congreso mismo, pero que técnicamente sería Monserrat, o Balvanera, dentro del cuadro central de la ciudad de Buenos Aires. Un sector donde, cada noche, pernoctan cientos de personas en situación de calle. Allí es donde esta vez, donde muchas otras veces, se concentran los cuerpos. No: las cuerpas. Las cuerpas femeninas.

Pero hoy sabemos que la sesión de Senado, y por ende el día mismo, se extenderá más de la cuenta. El resultado no saldrá a las seis de la tarde, como dicen. Y el día de hoy no hay indecisos.

En ese grupo de Whatsapp, donde somos amigos migrantes, B. (quien llegó de Caracas hace siete años, y milita como feminista en Buenos Aires) nos manda una foto. “Tan patrios, tan buenos, tan cristianos”. En la foto aparecen, en la esquina de Callao y Lavalle, dos mujeres (rubias, de unos cuarenta años, bien vestidas) con los pañuelos celestes. Al fondo, un hombre ondea la bandera de Argentina (ah: celeste). Son las cuatro o cinco de la tarde; la luz es gris y la lluvia, muy fina. Desde ayer circulan también planos con la ubicación de cada bando. Hay un lado que es del mal. Son las celestes. Y para ellas son las pibas del pañuelo verde. Miles de ellas, por cierto, estuvieron en el último Encuentro Nacional de Mujeres (ENM), que en octubre de 2017 se realizó en Resistencia, Chaco, y en dos meses será en Chubut. Un encuentro autónomo y autogestionado que, desde 1986, se organiza para debatir política y feminismo.

A las 18:58, cuando ya ha anochecido por completo, B. envía otros mensajes:

“Va ganando el no la puta madre”

“Para mí no pasa chicos”

Un mensaje de voz: “Ahora en Canal 5 Noticias estaban analizando los votos y, en los senadores menores de cincuenta años, gana el sí; en los que son mayores de cincuenta, gana el no. Para mí de verdad no pasa, no pasa hoy. Pero bah, si no es hoy, será el año que viene, y sino el otro, y sino es esta cámara de senadores será en el 2024… Y ahí veremos”.

Desánimo.

En este pequeño grupo de Whatsapp (somos cuatro), J., otra amiga, mexicana, monitorea las noticias desde casa, donde trabaja y cuida a su niña de dos años.

“Agh, las sandeces que dice Claudio Poggi! Que sí hay muchas muertes por aborto clandestino y la madre, pero que si aprueban la ley pasan por encima de la autonomía de las provincias”. Poggi fue gobernador de la provincia de San Luis. Cristiano.

Otras barbaridades dichas durante la sesión por miembros del Senado:

José Mayans, senador por la provincia de Formosa: “Imagínense que la madre de Vivaldi le hubiera negado el derecho a la existencia. O la de Mozart, o la de DaVinci, o la de Miguel Ángel. Yo le agradezco a mi madre que no me negó el derecho a la existencia”.

Por su parte, Cristina del Carmen López Valverde, senadora de la provincia de San Juan, confiesa que no tuvo tiempo de leer el proyecto y, por lo tanto, votará en contra.

Rodolfo Urtubey, peronista y salteño, dice algunas frases monstruosas:

“La violación está clara en su formulación, aunque yo creo, señora presidenta,* que hay que ver aquellos casos que no tienen la configuración clásica de la violencia a la mujer, sino que a veces la violación es un acto no voluntario hacia una persona que tiene una inferioridad absoluta de poder frente al abusador, por ejemplo, en el abuso intrafamiliar, donde no se puede hablar de violencia pero tampoco se puede hablar de consentimiento”.

*La presidenta de la cámara de senado es Gabriela Michetti, vicepresidenta de Argentina, que ha expresado en numerosas ocasiones su rechazo al aborto legal.

El 5 de agosto pasado, en Santiago del Estero, Liliana Herrero murió por una septicemia a causa de un aborto clandestino. Tenía 22 años. La extirparon el útero, desde donde la infección había avanzado a otras partes. Pero no se salvó. Dejó dos niñas huérfanas menores de cinco años. Liliana vivía en Las Lomitas, una zona rural del partido de Loreto. Hace algunos años había perdido a su hermana Mirna por el mismo motivo. Aborto clandestino. Un aborto que muy frecuentemente se efectúa por mano propia. El anuncio que Amnistía Internacional Argentina pagó en el New York Times, donde figura un gancho de ropa en primer plano, señala una realidad concreta.

Que sea ley

Finalmente es hora de acudir a Congreso, pasadas las nueve de la noche. Me subo al subte, línea B: atestada. En las estaciones Pellegrini y Uruguay entran las pibas con pañuelos verdes, llenas de glitter verde, el pelo empapado. Cantan consignas. “Somos las nietas de las brujas que no pudiste quemar”. En Callao, donde intento bajarme, el vagón colapsa: nadie entra, nadie sale. Gritos, un vidrio que se rompe. Parece que alguien intentó entrar por la ventana. Por fin logro bajarme en Pasteur. Y a esa altura Corrientes ya está cerrado y la marea verde es, todavía, una pleamar. Hace mucho frío. Mucho, mucho. Y llueve, una lluvia helada que cae a pleno.

Caminar desde ahí hasta Callao y Bartolomé Mitre, donde quedé de encontrarme con A., es una proeza. Jóvenes, casi todas. Pero también mujeres mayores, y niñas. Y muchachos. Maquillaje verde, verdísimo, en párpados, labios, mejillas, en forma de bindis, en gorritos, en bufandas, en abrigos, en paraguas. Tamboras que retumban. Parrillas callejeras que no se dan abasto vendiendo choripanes, panchos (hot dogs), hamburguesas. Vendedores de café, y de cerveza. Pero es invierno, el alcohol de la época es el vino, preferentemente tinto. Las grupas se pasan la botella abierta. Y el mate humeante. Y a veces algún porro.

En las redes sociales causa furor la intervención de Fernando “Pino” Solanas (porteño, también cineasta, 82 años), el único que argumentó que el goce es un derecho humano fundamental. Horas después, escribiría en su cuenta de Twitter: “A los 16 me enamoré profundamente. Ella quedó embarazada. Al tiempo desapareció. Perseguida por el miedo a la represión social terminó haciéndose un aborto clandestino. Casi muere de una infección. Lo viví, viví el pánico de esa chica. Yo no quiero una juventud con pánico #SeráLey”.

Todas las cafeterías, los bares, las pizzerías de la zona están copados. B. consiguió lugar para cenar en un restaurante de Lavalle, el Roma. Las atiende un mozo de unos cincuenta años. “¿Es ley o no es ley?”, les pregunta antes de servirlas. Y saca de su mandil el pañuelo verde.

La intervención más esperada es la de Cristina Fernández de Kirchner, que recién habla pasada la 1 de la mañana. Su discurso queda a deber a muchas feministas, incluso a las “cristinistas”, que lo encuentran oportunista. Otras aplauden el viraje. Es católica, nunca estuvo de acuerdo con el aborto. Pero ha cambiado de opinión, no por su hija, militante feminista, aclaró, sino por “las miles de chicas que se volcaron a la calle”. Recuerda a los senadores que están rechazando un proyecto sin proponer nada alternativo. En un grupo de militancia de Facebook una compañera cuenta que la escucharon “calentitas” en un bar, y que cada que Cristina decía palabras como feminismo, deconstruirse, patriarcado, todas gritaban.

“Miren, si yo tuviera la certeza de que votando negativamente no hay más abortos en la República Argentina, no tendría ninguna duda en levantar la mano. El problema es que van a seguir efectuándose”. Y votó a favor.

Hace mucho frío y no para de llover, tenemos hasta los huesos empapados. En la parada del colectivo, A. se quita el pañuelo, pues muchas celestes van para su rumbo (Belgrano, Cabañitas, Olivos). Ya Anfibia ha reportado quiénes están detrás de los pañuelos celestes (organizaciones sin fines de lucro inspiradas en modelos de la derecha estadounidense, y la Iglesia), así como los actos de violencia que las pibas de los pañuelos verdes han sufrido debido a su militancia.

En casa me duermo casi una hora, para despertar ante el no. Cerca de las 3 de la mañana, Michetti explica a senadores cómo se vota, visiblemente fastidiada, y cuando aparece el funesto 31-38, da por terminada la sesión y el micrófono abierto alcanza a registrar un “vamos todavía, vamos”.

El mundo entero miró y los dinosaurios votaron que no. Rechazaron el aborto legal seguro y gratuito en hospitales. Rechazaron salvar vidas: la de Liliana Herrera, la de Ana María Acevedo, la de María Campos, las de quienes ahora están vivas y morirán por un aborto clandestino.

El sentimiento es de fracaso y enojo.

Hay hasta quien culpa a Mercurio retrógrado.

Si no es ahora será mañana. El próximo año. O el que sigue. O el que sigue. Hasta que sea ley.

El eco de la bronca al día siguiente

M., una compañera del posgrado, envía al grupo de chat un post de la filósofa y activista Virginia Cano, donde confiesa el deseo de instalarse en el resentimiento, “en la mala onda de las gordas y en lo aguafiestas de les tortilleras, porque lo de anoche en el senado fue una reverenda mierda y no tenemos por qué poner cara de que aquí no ha pasado nada, o de que esto no es tan tremendo”.

“Voy a sentir los ecos de la bronca y el enojo y la tristeza y la frustración y la sensación de que ayer, en el senado, se hizo todo menos justicia”.

Y concluye que ya es ley. Se legalizó en la calle. En la región. Réplicas, algunas más numerosas que otras, pero potentes igual, por ejemplo en Costa Rica, Bolivia, Ecuador, Paraguay, como lo reportó Distintas Latitudes. En Ciudad de México, una nutrida marcha del Monumento a la Madre al Hemiciclo de Juárez. En Querétaro, ciudad conservadora y religiosa del Bajío, donde viví siete años sin atestiguar algo parecido, una concentración denominada Pañuelazo Querétaro en el monumento a La Corregidora, convocado por el colectivo Tejer Comunidad.

Ésta es una carrera de duración. De persistencia. Las pibas de verde son demasiadas, cantan, sufren y se abrazan bajo la lluvia, y en sus redes sociales, y en la calle aunque les griten asesinas. El verde, en América Latina, se intensifica. Un color de algo orgánico y que crece. Porque tanta muerte, tanta violencia, tanto dogma inútil, tanta incompetencia gubernamental, enoja mucho. Encabrona. Pero el enojo tiene una ventaja: fertiliza.

 

 

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Un húmedo invierno

Ya escribo el recuento pormenorizado de Chile. No puedo saltarme los detalles, quiero conservarlos todos aunque equivalga a cadaverizarlos, ¡pero hay tantas cosas! Si veo las fotos reconstruyo mis pasos. Puedo releer algunas cosas que escribí en papel. Y los mensajes (de voz, chats) enviados durante el viaje. Fui guardando en un sobre todos los tickets de cafés, del súper, del cajero, de museos, del teleférico; tarjetas de artistas, de librerías; volantes de obras de teatro, catálogos y folletos de centros culturales. Marisol y Javiera, amigas escritoras que conocí en Santiago, me habían inspirado la forma del collage. ¡Cuántos proyectos ideales se me ocurrieron gracias a ellas, a su inteligencia! Al cariño desbordado que nos tuvimos en tan poco tiempo. Y Lety, mi hermana Lety… Tardíamente, como todo en mi vida, debo expresar esos días. Además de estos archivos, cuento con la memoria, que se vuelve elástica y muscular cuando archiva el viaje, un lapso suspendido de la vida, excepcional por eso.

Ha sido un invierno muy duro. Hace mucho frío, un frío húmedo: no brutal, no de una crudeza impactante. Pero un frío de ecos polares, un frío verdadero.

Mientras tanto cambié de mesa y ahora de silla. Había sobrevivido con otras dos, más pequeñas e incómodas, que compré de emergencia en el Ejército de Salvación. Pero la silla nueva, elegante y de respaldo alargado, rechina demasiado. De madrugada son resortes torciéndose cuando cambio de postura. Se la compré a un muchacho por Mercado Libre, en realidad la puso en subasta y sin darme cuenta la gané; la recogí un sábado lluvioso en Viamonte y Pellegrini, pensé que era un departamento pero resultó ser una casa muy angosta, de esas chorizo afrancesadas que persisten entre los edificios del microcentro, y subí la escalera y estaba la silla esperándome en medio del hall y en la sala un amigo suyo tomaba mate, y de pronto su gato se apareció ostentando su felina belleza, uno anaranjado de ojos perezosos, y bajamos la silla entre el muchacho y yo, y luego caminé las cinco cuadras que me separaban de mi casa con la silla volteada sobre mi cabeza. Lloviznaba y hacía un frío del carajo, un frío que me congelaba los dedos que, tocándola apenas, mantenían la silla en equilibrio. Recuerdo y me duele el fantasma de la lesión: en un momento quise mover el cuello y éste hizo crac. Bajé la silla y sufrí en silencio en medio de la vereda, las personas haciendo un desvío para pasarme por un lado, y luego de las moderadas expresiones de sufrimiento la cargué con los brazos a la altura del estómago durante dos cuadras; sobre todo cerca de la peatonal Florida, que nunca descansa ni cuando está helando ni los fines de semana, hay mucha gente caminando lento y en grupos, y mi silla fue un contundente y poco amable quíteseme de encima, y llegué a mi edificio y subí con la silla por el ascensor y puse a andar la estufa y me hice un masaje y me puse calor y frío, y descansé, mucho, como hace tanto no, y ahora creo que ya estoy bien.

Mi renovado espacio de trabajo es un progreso. Todo ha sido una lenta conquista. Estoy contenta de vivir con Gandhi y con Dante, y convivir con sus rutinas, con sus amigos, y también con los míos. Vivir, pues, en un entorno agradable, tener lo que se necesita. La estufa prendida a casi todas horas. Ya que el invierno obliga al interior, a la guarida. El cielo está brumoso, hay días de mucha neblina, luego hay algunos soleados pero muy fríos, y otros grises y con nubes negras.

Me gustó vivir el mundial en Buenos Aires. Me desanimaba pensarlo en días fríos, y hubo alguno, sobre todo el día que eliminaron a Argentina, en que la neblina en el Gran Buenos Aires alcanzó un nivel histórico. Pero la adaptación se vuelve interesante, el mundial en mañanas y tardes frías con mate y medialunas y café y desayunos potentísimos de chilaquiles y huevos rancheros y quesadillas de tapa de empanada y mozzarella; abrigadísimos, con bufandas y gorros y camperas, hinchar por dos equipos, de la selección que quedó en casa y de la que ahora es una segunda casa, o casa temporal, o casa actual, y el doble de partidos de interés y por ende mayor diversidad de convivencias, en espacios privados y abiertos, en la Plaza San Martín, en el escondido Che Taco de Balcarce, en el living de amigos o aquí en el departamento. Qué diversión. Después de uno de aquellos partidos, una tarde soleada y menos fría que de costumbre, Bárbara y yo caminamos desde San Telmo, ufanas y cerveza en mano, por Defensa, por Av. de Mayo, cruzamos la 9 de Julio, hasta la zona de Congreso, a una casa de militantes feministas detrás del Barolo para pedir informes, la ciudad desde aquel patio, la espalda del fascinante Barolo y las cúpulas del Congreso no lejos, el recorte urbano de esa zona. Extraño a veces una forma de vivir que yo tenía en Ciudad de México, y a la vez aquí, aunque como en menor escala, vivo todo con intensidades parecidas, y con una libertad y una ligereza excepcionales. Pero mi familia me hace falta y, sin esa represa, las ansiedades se multiplican. A quién le hace bien el invierno, de todas maneras: hay menos luz, el afuera es hostil, la lluvia fría te alcanza alguna tarde o alguna noche, por más precauciones que tengas; y aún así los fines de semana la ciudad no se duerme, las calles de madrugada siguen hervidas con la promesa de la joda, las paradas de los colectivos donde se amontonan, de varios estratos, las risas y las caras atractivas y los atuendos para soportar el frío; acá el microcentro mismo que guarda una vida nocturna peculiar y medio secreta, como el Centro Histórico del D.F. tiene la suya. Me acuerdo de esas salidas cuando aquí salgo de noche. Los paralelismos. Ambas ciudades vibran en pulsaciones distintas pero un aire de familia las anuda, y las cosas entre las dos resultan familiares en la medida en que, en los sueños, lo extraño es a la vez conocido.

He salido, pues. He permanecido en casa. La garúa frecuente: una llovizna pertinaz que parece deshacerse antes de tocar el piso. Caminatas largas para ordenar los pensamientos. Diversiones interesantes que luego, pasadas por el nudo del razonamiento, se ensombrecen. La incertidumbre de la sobrevivencia, y su precariedad. Uno de los temas de mi delirio era la actuación, el oficio actoral. A veces voy al taller. La última vez, bajo la consigna del autorretrato, el de una compañera me conmovió: compartía el motivo de la mochila. La vida en una mochila. Cuando miro, en películas, muchachas que se transportan a solas, a bordo de autobuses o trenes o aviones o metros o micros, me reflejo. Por eso Personal shopper y, ahora, La omisión… Un sábado por la tarde vi Nanette, de Hannah Gadsby. La parte que me dejó con ganas de reflexionar o comentar es cuando confronta la idea de que el sufrimiento no es la moneda de cambio del arte. El arte no sublima. Repetir la experiencia, transformarla en obra de arte, no la reconstruye, y en lugar de devaluar el arte lo que se devalúa es la experiencia misma. La experiencia traumática, ni escribiéndola, mucho menos menos escribiéndola (María Moreno: escribir lo que hace es escarbar), tiene reparación. Y el caso paradigmático de Van Gogh. Alaíde me envió el libro con las cartas a su hermano. Quien lo amaba y lo salvaba. Como mi hermano me salvó aquella vez. Mi hermano, su cariño. No la escritura. Nada redimirá la experiencia traumática.

Pero en fin.

Estoy soñando mucho otra vez. Y lo más frustrante es despertar y sentir que el sueño se escapa, y los sentimientos e impresiones que conformaban la única realidad posible hace unos momentos se esfuman o adelgazan. Pero otros sí los he recordado. Visitas oníricas.

Un mes. Un mes más de frío.

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Calma: llegaron Los Wálters

Publicado originalmente en La Zona Sucia

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Desde Puerto Rico, Ángel Emanuel Figueroa y Luis López Varona conforman el dúo de pop electrónico Los Wálters. El 16 de junio lanzaron su último disco, un EP titulado Caramelo que ellos mismos definen como “dark y funky”. El secreto mejor guardado del Caribe es un proyecto a distancia entre Kansas y San Juan (y antes Barcelona, y Miami, y Filadelfia y São Paulo) que después de cuatro álbumes –Isla Disco, de 2016; Verano Panorámico, de 2014; #ponteelcasco, de 2012 y un EP homónimo de 2011–, hoy nos tranquiliza con un suave calma, que todo llega.

De una vez: no puedo dejar de escuchar a Los Wálters. Son una adicción. Hundida en el ocio, a veces, les dejo comentarios en Instagram, YouTube o Twitter, que luego ellos responden con amabilidad y con jocosidad. Ah, entonces yo los amo más.

Los descubrí por Spotify. El bendito descubrimiento semanal. Suelo decir que tengo una actitud rígida, intolerante y maniaca con el algoritmo, al que no mancho con escuchas de baja calidad, léase pop mexicano de los años noventa, léase pop anglosajón de los tempranos dosmiles, que si quiero escuchar escucho por YouTube, a sesión cerrada lo que equivale a decir a puerta cerrada, con las cortinas echadas, a oscuras, en la más completa soledad. Pero la disciplina con que emprendo la curación de mi Spotify me ha permitido armar playlists con bandas de vaporwaveshoegaze y dream pop que siguen la estela de lo que he escuchado, por encima de mis gustos adolescentes o de primera juventud, de un tiempo a esta parte.

Hablo de bandas y proyectos que se repiten en dichas playlists: The New Division, Man Without Country, Negative Gemini, NAVVI, Gold & Youth, Class Actress, No Joy, Mood Rings, Pastel Ghost, Roosevelt, Shura. Y otras playlists exclusivamente de música en español en la misma escala del sentimiento: The Chamanas, Javiera Mena, Diosque, Bomba Estéreo, Ibiza Pareo, Girl Ultra, Alex Anwandter, Coral Casino, Jesse Baez, Buscabulla, Amanitas…

Así vinieron. El algoritmo obró su magia. Se me aparecieron una mañana ardiente de enero, verano porteño a pleno. Amanecía, por fin, aunque yo tenía el ventilador puesto y tecleaba furiosamente. La canción se llamaba así: “Amaneció”Me capturó. El entusiasmo y algo como el humor, algo que, sin ser paródico, invitaba a la risa y a la distensión. Me enamoro con frecuencia a primera escucha, pero esta vez fue diferente pues hubo intriga, una curiosidad extrema. Fui a escuchar el álbum entero, Isla Disco, que comenzaba con un guiño del tamaño de la muralla china a los ídolos pop de Puerto Rico de los años ochenta, Menudo: “Claridad”. Pero no era un cover, aunque lo pareciera a primera oída. Tras un intro con una letra sandunguera y pegajosa (¡Ven, Claridad! /Acaríciame la oscuridad/Coloréame de felicidad/Y transpórtame a un espacio trivial/¡Ven, Claridad!/Que pasó el tiempo y no quiero olvidar/Que el universo es una estrella fugaz/Y que la luna es de queso y de sal), viene una explosión de sintetizadores y ritmos, y una compulsión irresistible de mover la cabeza, mover los hombros, mover el cuerpo entero. Bailar. Y luego aparece “Balada lunar” y las ganas se duplican. Y, por fin, otra vez, “Amaneció”. El disco apenas llevaba tres canciones y yo ya era adicta, como dicen que ocurre cuando te inyectas heroína por primera vez. ¡Y lo que me faltaba! De inmediato el último sencillo de aquel disco, “Mayagüez” (por la ciudad más al west de la isla de Puerto Rico), abre con un como órgano electrónico que da pie a aquellos versos hermosamente escritos, rimados, cantados:

Con todo y que la economía cada paso desafía
Una prueba siempre activa
Móntate, ven a ver quizás
En una hamaca, frente al mar
Lo podemos hablar…

El motivo de la hamaca, recurrente. Y mucha batería, y mucho bajo. Y los sintetizadores, claro. Otro sencillo a continuación: “Más de nadie”. Ecos de Kraftwerk, de “Das Model”. Un disco que jamás baja, que se contorsiona, que repite eres una maravilla, eres oh my God hacia “Supermán”. De todo hay en esa isla, la Disco: ritmos latinos y del europop, y guiños reguetoneros, y ochentosos, y algo muy color pastel, y neón, y spandex.

Me volqué al mundo de Los Wálters. La gracia del nombre, en honor a uno de los puertorriqueños más famosos del pop latinoamericano: Walter Mercado (dato: quien hoy mismo tiene 86 años). Los videos, que me fui bebiendo con placer creciente.

El poético de “Toca madera”:

MI LINDA AURORITA, TÚ SIEMPRE ME VISITAS, TOCA MADERA.

 

El funky hasta la epilepsia de “San Juan” (con esa hermosa línea: eres víctima de un mar que nunca se calma):

PERO DESPUÉS DE LA PLAYA NOS COMEREMOS DOS PIRAGUAS*, CONVIRTIENDO EL MOVIMIENTO HACIA EL VIEJO SAN JUAN
*PIRAGUAS: LA VERSIÓN PUERTORRIQUEÑA DE LOS RASPADOS, POR SU FORMA PIRAMIDAL Y BASE DE AGUA: PIRAGUA.

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El último sencillo de Isla Disco, “Mayagüez”, dirigido por la fotógrafa Steph Segarra, que captura un road trip por las carreteras puertorriqueñas: los cuatro protagonistas (entre ellos la artista Aleida López, integrante de la banda) salen por la madrugada, se fuman un porro, pasan a cargar gasolina, se detienen en un parque con dinosaurios, comen en una “lechonera”, se cruzan con una comparsa carnavalera. Las aguas rosas de Cabo Rojo. El atardecer y la playa. Es un video gozoso y al mismo tiempo de una enorme nostalgia: en una nota de Jhoni Jackson en el sitio Remezcla se enumeran las locaciones destruidas o transformadas por el huracán María en septiembre de 2017, el peor en la región desde 1932, que dejó una crisis de acceso a electricidad y bienes básicos (a ello se alude en “Distracción” de Caramelo).

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Me entero que Ángel Figueroa y Luis López colaboran a distancia gracias a la nube: a través de Dropbox, por ejemplo. Se mandan versiones, éstas se retrabajan, se mezclan, se escriben verso y verso. En la nube: qué adecuado para un proyecto con un ethos claro, una alegría de vivir, de juntar los cuerpos, de apreciar las cosas por lo que tienen de bello. “Nuestro lema es diversión antes que perfección. Hay una perfección que nunca llega, pero hay una belleza en la búsqueda”, dicen en una entrevista que les hizo Amaya García en Bandcamp Daily. (Ahí pueden escucharse todos sus discos, por cierto: https://loswalters.bandcamp.com/)

Me los imagino en vivo, y no tengo que esforzarme demasiado porque en YouTube hay muestras variadas de su potencia, del ánimo puramente rockero de sus presentaciones, de la perfección y rigurosidad de su sonido. A Buenos Aires, donde ahora vivo, nunca han venido, pero en México se han presentado, entre otros sitios, en el festival NRMAL y –la envidia me corroe– en El Imperial de la colonia Roma.

Ahora es invierno. Vientos polares. Escucho Caramelo: un disco muy breve, y perfecto. Cinco canciones perfectas. Quiero siete cucharadas de tu cuerpo entero, escucho pegada al calefactor. Entre la ansiedad, me recuerdan: calma. Me imagino en la isla. Y amanece. Todo el tiempo está amaneciendo.

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Una verdad

Me miran inquisitivamente. Mis pendientes. Inquisitivamente, aquel adverbio gastado. Los tengo en un post-it frente a mi escritorio. Me miran. Me cuestionan. Cuándo, a qué hora, en qué momento. No tengo fuerzas, les digo. No ahora. No hoy. Estoy cansada/deprimida/ansiosa/yo misma estoy inquisitiva. Repaso mis errores, los errores que he cometido en cuestiones de escritura. Las cosas que dejé ir. Y más: quienes me dejaron ir. ¡No, no vayas a ese lugar! Como Chandler Bing: no abrir esa puerta. El signo del fracaso, mi palabra favorita. Y la otra es vergüenza.

Me ahogo. Escribo mucho a mano. Algo que yo, grandilocuentemente, llamo un libro. Si en otro, que no se materializa, que he intentado mover poco, que sigo modificando eternamente en infinitos archivos, me tardé tantos años. Y para qué. Pero igual, siento que necesito escribir eso. Es mi método de sanación*. Se sabe: la despersonalización, el hospital Ramos Mejía, aquellas semanas de abril y mayo de 2016 que recuerdo tan milimétricamente. Y lo que vino después. Y lo que sucedió antes que quizá me llevó a ese lugar. Y cómo lidio. Porque sólo lidio. Capoteo. Brego. Por lo menos estos días he llegado a admitir que no lo tengo superado, que hay secuelas, que sigo inmóvil. No avanzo en ninguna dirección, voy con la marea. A veces lloro. Cuando la angustia me sube, voy al cine. Me pongo a fumar, lo cual detesto. Miro el celular, miro las fotos repetitivas de Instagram, los tuits repetitivos de Twitter. Converso con amigos. Los amigos salvan. Pero no pueden salvarte siempre, a todas horas. Me voy a mirar cosas, a hacer compras en la mente, de fantasía. Ya hace mucho frío. Entró el invierno. Y siempre me ocurre que me enfermo de gripe y de tristeza en los inviernos. Más en los australes, me repito aquí demasiado: no hay nada, no hay Navidad. Sólo frío. Viento polar. Me siento excluida de todo, otro sentimiento tan familiar. De todo porque mi personalidad o mi timidez o mi postergación o mi inseguridad o mi circunstancia me impiden participar de la militancia, por ejemplo, o de lo literario. Me encierro. Me quejo. Como ahora, públicamente. Pero en voz baja.

¡Ah, malditos post-its! Mis fantasías son de terminar. Acabar. Clausurar. Avanzar. O mejor: lograr, poder. Escribir. El ideal que no puede ser alcanzado.

Antes yo leía mucho a Juan García Ponce, pero ya no. Aquí tengo una novela suya, ¿por qué la tengo? Me parece que la compré en “El rincón del anticuario”. La presencia lejana. Ilegible. Pero ayer subrayé esta frase:

Se sentía en el estado de ánimo del comienzo, en esa mágica suspensión que precede al principio inmediato de todo viaje, cuando nos sentimos aliviados de nuestro propio peso y la realidad anterior ha desaparecido ya sin que tengamos todavía ninguna otra enfrente.

**

Escribí lo anterior hace una semana. ¿Le daré publicar? Sí, ¿por qué no? Lo escrito, escrito está. Ahora mismo no estoy tan abajo. Pero sí, porque comienzo a trabajar y calculo lo que me falta y me vienen las punzadas.

No estoy escribiendo en mi diario, porque ese diario se terminó: el cuaderno mismo, pero también la compulsión de fijar los acontecimientos diarios. Además toda la escritura a mano se la estoy dedicando al proyecto grandilocuente, que de muchas maneras opera también como un diario: empezó en septiembre, perduró durante el ardiente verano, sigue y sigue mientras escribo en esta mesa o en la cama, con la estufa prendida, los dedos helados y el dibujo de la letra, a veces, horrible. Intenta conjurar una experiencia. Pero, releyendo a Garramuño, otra vez compruebo que en el arte no queda la experiencia sino otra cosa, exterior a ella. No es lo opuesto y no la redime. *No repara.

Pero ayer, ah, cuánto bienestar con los amigos verdaderos que he logrado encontrar en esta ciudad, y comer, y reír, y mirar un partido de fútbol.

Acabo de pegar otro post-it.

 

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Mi historia con Luis Miguel

Salía en portada en todas las Eres de aniversario. En realidad, es mi historia con la Eres. La revista que, consulto en la Wikipedia, circuló por primera vez el 16 de septiembre de 1988: en esa mítica portada, que por supuesto mi hermana conservaba, aparecían juntos Luis Miguel y Sasha, ídolos juveniles de la época. El efebo y la princesa de nombre eslavo y ojos (y cejas) hipnóticos.

La fórmula de cada número había sido inaugurada: una pareja dispareja,  siempre sorprendente: dos artistas de distintos “artes” y temperamentos: una actriz fresa de telenovelas y un rockero, una cantante explosiva y un actor recatado, o un futbolista, o la cara más guapa de un grupo…

Entonces, ¿por qué…? (¿88, 89?)

Aunque luego, más principios de los 90…

Ambos números los venden en Mercado Libre México.

Pensar que teníamos una colección con cierto valor de cambio. Pero, más que eso, consultar el archivo. Lo consultaría de buena gana. Ya tuvimos una conversación de nostalgia sobre la EresCuánto aprendimos de música con ella: en un número estaban lo mismo Kabah que The Chemical Brothers, Dave Mathews Band que Jeans, Michael Jackson que Daniela Romo, TLC que La Lupita, Depeche Mode que ¿Federico Vega?

Artículos verdaderos (consultados de lo más parecido que existe, hoy en día, a un archivo):

¿Alucinas o neta traes mala vibra?

Tácticas para que te pele.

¿En bancarrota? Vacaciones sin lana.

¿Qué hacer si te mandan a la goma?

Pero también:

Salí con él y me violó.

Mi mejor amiga está… ¡embarazada!

Tips cósmicos de Sha-man

(El lenguaje que era tan reconocible).

Test: ¿Eres una plasta?

Los artículos de Pilar Obón. Cómo hacía reír Pilar Obón, cómo podías imaginártela hermosa, comprensiva, alivianada. Una especie de faro moral.

La revista que se esforzaba por ser “unisex”, o sea, universal. Conflictos de muchachos y muchachas. Y de muchachos y muchachas homosexuales, y de muchachos y muchachas que nacieron en el cuerpo equivocado. En una era pre-lenguaje inclusivo, se esforzaba por mantenerse no tanto neutral como múltiple: los artículos de Obón, cómicamente, efectuaban marometas lingüísticas y comentarios entre paréntesis para abarcar más de un género. Artículos -y “tests” y “tips”- que fomentaban el conducirse con responsabilidad, con algo parecido a la madurez. La realidad de las drogas y del sexo. En una palabra: la juventud. Cartas a la juventud.

El compa, de mi trabajo en Grupo Medios, que había formado parte del primer equipo de la Eres. ¡Las cosas que nos contaba! Fue mi sueño, el detrás de cámaras. Que se iban a la biblioteca a escribir los artículos. A-la-bi-blio-te-ca. Cómo se diseñaba, en programas rudimentarios, el aspecto de la revista. Y la genial anécdota del vivaracho que se hacía cargo de esa famosa sección, Antropología, donde se reseñaban antros noventeros de Ciudad de México (y a veces, obvio, de Acapulquirri) como El Alebrije, La Boom, Medusas, y que instituyó sin saberlo -y sin avisar, para quedarse con la lana- la costumbre del artículo pagado.

La Eres donde aprendí a amar.

Es verdad. ES VERDAD. Lorenzo Antonio fue el primer ser humano que yo amé románticamente. Tenía cuatro, cinco años, no podía pronunciar inglés ni blanco (ingrés, branco) pero afirmaba que Lorenzo Antonio era “mi novio”.

Amar sin saberlo, el amor que no se atreve a decir su nombre… (en este caso, Natalia Esperón)

El amor por el bello rostro de Bibi Gaytán, sueño sexual de los años noventa.

La Eres que yo leía en la cama queen size que durante años compartí con mis hermanas, a solas en casa salvo por mis padres, las noches de sábado que mis cuatro hermanos adolescentes se iban a la disco (las “discos” organizadas en salones de usos múltiples de Polo). La Eres que yo leía cuando me vestía así, tal era mi atuendo no de sábados y fiestas y reuniones sociales sino de diario, pues durante muchos años vestí de vestido ampón por elección propia (¡!):

La Eres que describía un mundo más inocente, un larguísimo y mexicanizado episodio de Dawson’s Creek.

Como cuando Edith Márquez mostraba su cuarto y a mí me encantaba notar que tenía esas letras de colores acolchonadas que, justo, mi hermana Livia también tenía pegadas en la pared de su cuarto (que igual compartíamos), en nuestro departamento del sur del D.F., en la unidad 440, colonia Cacama, delegación Iztapalapa, donde, por usar un término de un comediante para mí caído en desgracia, “entré en línea”. Adquirí la conciencia en las avenidas La Viga y Ermita Iztapalapa y Río Churubusco, en la zapatería Canadá de esa esquina, y en el Gigante al que acudíamos, y al mirar el anuncio de calcetines Durex -¡Durex, antes de los otros Durex!- que me indicaba, cuando volvíamos de Polo, a donde íbamos algunos fines de semana antes de establecernos ahí en 1992, que estábamos cerca de casa.

Cuando formaba parte de Timbiriche, o, en palabras de Luisito Rey, “el Parchís de acá”.

Pero, dirás, ¿qué tiene que ver Luis Miguel con todo esto?

Bien. Luis Miguel, ya dije, salía siempre en la portada de aniversario. Se sabía, se intuía, que Luis Miguel era nuestro más grande artista (México años ochenta/noventa). Ese hombre hermético de ojos bonitos y dientes enormes. Que cantaba como los dioses, ¡una voz virtuosa!, todo misterio a su alrededor.

CÓMO OLVIDAR aquella portada con Thalía, la del primer aniversario año 1989. El labial doradísimo de Thalía, a tono con los ojos y el pelo de Luismi. Y en el interior el desplegable que se anunciaba con un dramático EL BEEEEESSSOOO y que constituyó la primera vez, lo confieso no sin vergüenza, que sentí chistoso al interior. O sea: excitación. O sea: indicios de erotismo. Y ya entonces me preguntaba: ¿es por él, es por ella? Claro, ¡era por los dos! Gustar siempre de todes, mi sino. Pero nos desviamos…

Ah, Thalía…

(en Wikipedia se informa que se le conoce también por los nombres: Reina de las telenovelas, reina del pop latino, emperatriz de la belleza, Diosa Azteca).

Por alguna razón teníamos un elepé (un vinilo, pues) del mejor disco de Thalía, llamado… Thalía. Con los éxitos “Amarillo azul”, “Un pacto entre los dos”, “Saliva”. Lo ponía en el estéreo que teníamos, que era formidable, acabados en falsa madera, y tocaba casettes y discos compactos ¡y vinilos!, una torrecita multiusos. Entonces, cuando nadie me veía, yo cantaba: un pacto entre los do-oh-os.

Luis Miguel. Luis Mirrey. El rey. Y las princesas que insistían en emparejarle.

Así eran las cosas. Totémicas. A veces mi hermana pegaba los pósters de Luismi en las paredes: Luismi siempre mirando en lontananza, ceño fruncido, ecos lejanos de James Dean. Vivir en D.F. y luego en Polo. Pero siempre comprar la Eres. Siempre él en su edición de aniversario. Y si Luis Miguel cambiaba, la revista cambiaba con él. ¿O era al revés?

En los boliches de Buenos Aires, hasta en las fiestas de la perversión, llega un momento en que ponen Cómo es posible que a mi ladoAmor a la mexicana, y es imposible no bailar, no cantar, no reír.

Mi historia con Luis Miguel es escasa, poco cercana, y sin embargo…

LLEGA LA SERIE SOBRE LUIS MIGUEL, año 2018.

Entonces puedo rastrear mi entusiasmo por dicha serie a una etapa específica de mi educación sentimental. ¡Ahí están, ficcionalizados, los personajes de la revista que hojeaba una y otra vez! Yuri, Sasha, Stephanie, Lucero, Palazuelos, ¿hay algo más Luis Miguel la serie que esta portada?

LUIS MIGUEL EN ACAPULCO: ¡SUPER SHOW!… Y MUCHO MÁS. Pero también: BLAZER+CAMISETA+JEANS: ¡EL TRIÁNGULO PERFECTO!

La blusa de la misteriosa y millonaria Érika, en el último episodio: aquellas blusas lisas, de cuello de tortuga, con tremendas hombreras. Las que mi hermana usaba. Me enternezco, ¡claro que me enternezco!

Pero el tiempo es despiadado.

El tiempo lima las piedras, derriba monumentos, arruina nuestros cuerpos.

En los fríos dosmiles, en esa primera década sin estilo, sin sabor, de pantalones acampanados deslavados y con apliques dorados y blusas de holanes y cinturones horrorosos a la cadera, en mi mundo que no existía eso sino negrura y HIM y Placebo y Finch y Prepa Sur y la ciudad de Querétaro, donde entonces vivía, la Eres dio sus últimos estertores. Un espectáculo de la decadencia.

¡TODO ESTÁ MAL AQUÍ! ¡TODO!

Para entonces no nos importaba la Eres. A mí, por ejemplo, en esa época me importaba La Mosca en la Pared. Música, de toda, y “contracultura”. Ese formato extrañísimo, más grande que una hoja tamaño oficio. Diseño alucinante. Donde publiqué mi primer artículo: una entrevista a Lucybell. Y luego otras cosas, textitos que me dieron fama local en la facultad (no es verdad: sólo entre un compañero de la barra de los Gallos Blancos y sus amigos fut-rockeros). El amor por las revistas, tan de persona nacida en los ochenta. Trabajar luego en revistas. Ya no. Aunque luego, quién sabe.

Padezco ansiedad. El martes por la noche estaba tan hundida, tan abatida por eso y por una gripe, que llamé por teléfono a mi hermana Livia. Hablamos unas dos horas. De todo. De esto y aquello, y de lo Importante. Al final platicamos de la Eres. De la colección que ella tenía, y que un día mi mamá, sin más, tiró a la basura. Suele hacer eso. Arranques de limpieza. Le informo que venden ejemplares en Mercado Libre en 150 pesos. ¿Te imaginas? Lo que daría por hojearlas. Pero, oye, le digo, ¿sabes que la Eres volvió? ¡No! ¡Sí! Y tras el consuelo de sus palabras, le mandé la foto. El mismo logo, otra época.

El tiempo despiadado. Yuya y J Balvin.

Nada nunca será como en nuestros recuerdos.

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Mayo primero

Mudanza

Otra vez me cambié de casa. De barrio, de vida. He vuelto a una zona donde antes viví, pero de otra manera. Los redescubrimientos. Un nuevo ángulo. Ventajas y desventajas urbanas (más, muchos más colectivos; más, mucho más acoso por las noches). Caminatas interminables, nuevamente la ciudad es posible a pie. Plaza San Martín, Puerto Madero, San Telmo, Corrientes, Barrio Norte. La luna de miel de los paseos y las combinaciones. El adentro, el agradable adentro. La luz. Lo que sirve mejor en un lado (la nueva ducha: inmenso placer; pero, allá, el balcón…). Lo que se extraña. Lo que no se extraña. Pero soy adaptable. Como el agua me introduzco en el espacio y adopto sus formas. Las superficies nuevas, los paisajes nuevos, los sonidos nuevos (el silencio durante las noches, ah: el caos está afuera, apenas traspasar la puerta, pero adentro nos envuelve un hipnótico ruido blanco). La vida compartida, y simultánea, y paralela. Las posibilidades. Dominar las cosas, dominar la estufa que me hace gastar los 222 patitos uno tras otro. Sin saber, ¿quién sabe las cosas que sucederán? Emocionada y también exasperada o quizás solamente cansada: dos meses anteriores muy duros, y accidentados, a veces de manera tragicómica, y repletos de experiencias nuevas, algunas bellas, otras muy tristes. Es decir, risas y llanto al por mayor.

Hice la mudanza en dos partes y cuando volví al día siguiente a la casa, al cuarto vacío, noté que los lugares sin nuestros objetos no son nuestros lugares.

/Empecé a escribir esto cuando estaba el Bafici todavía. Recuerdo todas las que he visto en un Bafici, y éste fue más cercano por tantos motivos.

/El calor no se va, vuelve como un eco. Está húmedo el ambiente, llueve poco./

/Este fin de semana llovió, al fin. Una tormenta eléctrica que derribó todo, dejó muerte a su paso. Durante horas, sin parar, cayó la lluvia./

/Murió mi abuelita Emma. Murió mi primo Joao. Con semanas de distancia. El no saber qué hacer con eso. Y la tristeza infinita./

/¿Cuándo volveré a escribir en mi blog? ¿Cuándo presionaré publicar? Antes de esto hay una entrada cortada, algo nuevo que salía al intentar recuperar el texto sobre el sismo que perdí. Empezó a aparecer el día 19 de marzo.

Escombros

Seis meses y un poco más. Me tardé un mes, mes y medio, en escribir algo que yo quería decir al respecto. El terremoto ocurrió un martes. El fatídico 19 de septiembre que es la fecha que recuerda la destrucción: de la ciudad y de las vidas, los ¿diez mil, treinta mil? (¿algún día tendremos una cifra certera?) cadáveres de 1985. El 19 de septiembre pasado yo tenía una cita médica y después iba a ver a mi primo Bef, que estaba con su esposa Gaby en Buenos Aires. A cierta hora de la tarde trabajaba y mensajeaba con amigos cuando entró un mensaje al grupo de Whatsapp familiar. Era mi mamá, preguntaba cómo estaban todos, si lo habían sentido. Un temblor sentido en Polotitlán no podía ser un simple temblor, tenía que ser un terremoto. Entré a Twitter y vi la foto de un edificio colapsado sobre Eugenia. No, primero vi la foto de unas grietas en el aeropuerto. Esa visión era grave. Pero el edificio colapsado me dejó en blanco. Me detuvo el corazón. Hubo un cambio en el interior. Sentí que se descuajaba algo. Y después fue consumir, sin interrupciones, más imágenes y más videos -había uno desde un piso treinta o cuarenta donde se veía una panorámica de la ciudad con huecos, auténticos huecos, de los que salían estelas de humo- y mandar mensajes, y preguntar a todo mundo, primero por los amigos con quienes hablaba, luego por aquellos que yo sabía que estaban, viven, trabajan en la Roma, la Condesa, la Narvarte. Los nervios y el llanto solitario. Salir a Buenos Aires y no reconocerme como habitante de esta ciudad donde todo transcurría con la normalidad debida aunque algunos me preguntaran cómo estaban mi familia y mis amigos y se preocuparan dentro de lo que era pertinente y siguieran adelante, pues, ¿qué entenderían ellos de un terremoto? El desastre natural está localizado, y eso lo vuelve específico, único, determinado de su origen: los terremotos en la Ciudad de México (en el Cinturón de Fuego y las regiones que hiende), y los huracanes y los ciclones y los duros inviernos y la sequedad que son fenómenos propios de otros lugares, cada lugar guarda su tragedia o su amenaza, y en Buenos Aires un temblor o un terremoto no significan nada, carecen de modelo de experiencia, son imaginados, lejanos, nunca fijaron su impronta, sobre todo en lo social, en lo colectivo, en lo emocional: el año 1985, los espacios vacíos de la Ciudad de México convertidos en estacionamientos, los edificios todavía derruidos, las edificaciones post-sismo, los parches, la fisonomía transformada. La actitud hasta religiosa de aquellos que que lo vivieron: evocación, temor y reverencia. El diario de Cristina Dovalí, que siempre me lleva a las lágrimas. El olor que algunos describen en el Centro Histórico. Olor a cadáver. La fosa común del Parque Delta: un estadio de béisbol antes, un anfiteatro después, un centro comercial ahora.

Había mirado las fotos del antes y el ahora. La esquina de Concepción Béistegui y Yácatas por la que yo siempre pasaba cuando venía del metro a casa -a la que era mi casa, a la familia que éramos entonces-. Medellín, cuando apenas a fines de 2016 cruzaba tanto por ahí en las horas libres de la oficina. O en aquella otra oficina de Oaxaca donde fui tan feliz y tan infeliz años atrás, y me sabía de memoria cada esquina de Salamanca. Ámsterdam, “la banda de Moebius”, dijo Gina una noche. Los lugares donde yo hacía mi vida en esa ciudad que anhelé tanto durante aquellos días caóticos, tristes, iracundos, pletóricos de llanto. La geografía emocional devastada.

Visita

Dos días después del terremoto me llegó una visita de Montevideo. La paradigmática uruguaya. Pero fuimos el terror la una para la otra, más ella para mí, aunque a veces no estoy tan segura… Por la tarde intenté dormir, llovía a cántaros afuera, y cuando desperté el cuarto estaba a oscuras, entraba un poco de luz grisácea por la ventana, y ella estaba sentada en la cama y me miró y me dijo que necesitaba salir, que se estaba volviendo loca. Intercambiamos las pesadillas. Las veces anteriores, en Uruguay, había sido mi sueño. Ahora me asfixiaba. Mi cuerpo se volvió un refugio, dormir para irme a otro lado y no enfrentar el desastre en que se había convertido todo, ¿cómo y de qué manera? Pero gracias a eso, cuando se fue, cuando por fin se fue y poco a poco, con el pasar de los días, intenté explicarme lo que había ocurrido, me senté y, pluma en mano, empecé el relato necesario de mi quiebre de, ahora, justo hace dos años.

Buenos Aires

Perseguía una idea aquí, pero ya la he perdido. No me voy. Decidí quedarme. Circularmente, vuelvo al barrio donde viví en mi primera temporada aquí. Pero es otro y yo soy otra. Sólo quedan huellas. La transformación continua. La ciudad nunca adquiere su faz definitiva.

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‘El internet de las cosas’ de Pablo Duarte: voluntad y técnica

Publicado originalmente en CECLI revista.

En la quietud del asueto, bajo la luz de la mañana que de otra manera pasaría en la oficina —y que por eso también era extraña y novedosa— los objetos de su propio departamento se enrarecieron de pronto.

Entonces, Pablo Duarte miró.

Miró los objetos, luego los fijó. Con un lápiz y sobre papel blanco se dedicó a dibujar, sobre todo, electrodomésticos. Los contornos de una licuadora, las líneas rectas y las esquinas curvas del módem, dos lámparas contiguas que parecen conversar. En 2014 empezó a subir estos bosquejos a su cuenta de Instagramcon la etiqueta #malosdibujos.

Es verdad que en ellos hay algo de malhechura, pero deliberada: líneas salidas que bien podrían borrarse pero que el autor elige dejar ahí, en trazos que a la vez son limpios e hiperrealistas, con sombras y perspectivas, con detalles como nombres de marcas, raspaduras, y papelitos e imanes en la superficie del refrigerador (o heladera, o nevera, como prefiramos llamarlo). Dignos, estáticos, los objetos transmiten una melancolía o una impotencia que viene, nos damos cuenta de repente, de su inutilidad. De su corta expectativa de vida. De lo pronto que sus servicios dejarán de ser requeridos (una tosca aspiradora), de su perdurabilidad forzosa a falta de una mejor opción (los conectores de luz o los cargadores de teléfono), o de su desuso general (una caja registradora, una radio de pilas). “Pobres objetos”, nos obligamos a pensar, tan mortales y tan envejecidos y tan próximos a convertirse en desecho como cualquier cuerpo humano. Destinados a la inoperancia y, en algún sentido, a la aniquilación.

El libro El internet de las cosas recopila algunos de los #malosdibujos de Pablo Duarte (Ciudad de México, 1980). Se publicó a fines de 2017 bajo la licencia Creative Commons por el Centro de Cultura Digital, espacio multifuncional que opera en el sótano de la vilipendiada Estela de Luz de la Ciudad de México, y se encuentra disponible para su libre descarga en su sección de e-literatura, donde también hay otras interesantes obras de literatura digital y proyectos alternativos; uno de ellos es UnBotMás, instalación que estuvo en este espacio entre junio y agosto de 2017, y que se compone de un robot alimentado con textos de las autoras mexicanas Enriqueta Ochoa, Josefina Vicens, Rosario Castellanos y Nellie Campobello. Todavía tuitea en @botliterario1.

En el proyecto de Pablo Duarte también hay espacio para el humor. Los objetos hablan como chavos y aluden a la cultura digital en la que navegan. Junto al dibujo de la licuadora, una exclamación: “¡Mamá! ¡La licuadora está haciéndose pasar por mí en Facebook!”. La lavadora y el refri: “Ponle: «Aquí esperando a Godot», y taguéame”. Un artefacto de apariencia extraña, tan ubicuo en los tianguis mexicanos, advierte: “Googleame. En serio, soy conocido” (es la máquina para preparar eskimos).

Según el posfacio de Guillermo Espinosa Estrada, la idea subyacente del proyecto es la obsolescencia programada (un término popularizado por Bernard London y entendido como la creación de productos de mala calidad para incentivar el consumo constante). Me parece una manera un tanto perezosa de leer lo que se revela en los objetos excelentemente maldibujados de Pablo Duarte.

En su ensayo Apuntes sobre el tecnologismo y la voluntad de no querer (revista Artefacto, diciembre de 1996), el teórico argentino Héctor Schmucler recupera el origen de la palabra técnica –tan cara a la escuela de pensamiento marxista– en el término griego techné: aquello que implica conocer una cosa profundamente, comprenderla a ella, y, por ende, su producción. El concepto encierra en sí mismo la poiesis, es decir la poesía, es decir el momento creador. El vínculo de amoroso, renovado asombro entre el hombre y aquello que lo rodea, más parecido a la labor del artesano que a la del trabajador posfordista que no crea sino que produce y, por tanto, está desvinculado de su trabajo. Pero la técnica provocante, como la propone Heidegger según recuerda Schmucler, exige permanentemente de la naturaleza, la concibe como una proveedora de recursos. La provoca. Y el hombre, reificado, se vuelve un mero recurso humano, un productor.

El tecnologismo sería, así, la ideología dominante sobre la técnica: es tautológica porque no permite crear un discurso sobre ella, la considera una y necesaria, y, de este modo, la reafirma; además, la opone a la no-técnica y la excluye de la voluntad humana. Extirpa la poiesis. Vamos: lo que se juega aquí es la libertad, el progreso entendido como la máquina que deshumaniza y borra, la técnica ante la que el ser humano se rinde. El tecnologismo detiene el tiempo ya que declara superfluo el pasado, pues “para la técnica moderna no hay más futuro que el de su propia multiplicación dominadora; verdaderamente no hay futuro sino una expansión mimética del presente”.

Cuando Duarte dibuja las máquinas las humaniza sólo porque están degradadas, o porque están a punto de serlo aunque no lo sepan: el iPhone le habla en algoritmos a la máquina registradora, que responde con los caracteres del código ASCII. Ninguno sospecha –porque en su existencia son puro presente– aquello que Schmucler advierte: sólo importa el futuro, el modelo siguiente. Cuando la máquina se descompone se individualiza: ya no realiza su destino, abdica de él. Pero también se dignifica cuando confía en su viabilidad –en un desempeño de una sencillez tal que tiene que ver más con la pericia que con el discurso– a largo plazo: una imponente cafetera italiana. A mí, por lo menos, ese instrumento tan antiguo todavía me maravilla.

Entonces Duarte mira la técnica, y al capturarla mediante lo que podemos categorizar como arte, la comprende como poiesis. Si la reproductibilidad se traslada al papel, si se anula el uso y la acción para abrir paso a la contemplación, Duarte puede constituirse como un artesano que encuentra la poesía en la tecnología. Y en esta operación también puede encontrarse, sobre la técnica, el triunfo de la voluntad humana.

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Call me

Crisis. Crisis tras crisis. Mucho trabajo. Esa forma de meditación que es el demasiado trabajo. Cómo embota los sentidos. No me escribo, no anoto las cosas para recordarlas. Tengo entradas a medias aquí. Llevo semanas con el deseo de escribir de Chile, de ese viaje tan intenso y por eso tan perfecto, que contuvo todas las emociones, los picos y los abismos, y las casualidades o sincronías, ¿o qué eran, qué fueron? Había crisis entonces y no se apaciguaron al volver sino que la bola de nieve rodó y rodó y su fuerza y su velocidad me alcanzaron y fui arrollada, y sigo respirando entre la nieve o el calor, empezó a hacer calor, y luego el calor se trasladó a otras partes de mi cuerpo y en medio del desastre, el placer, y los dos polos del sentimiento, hace unos días quería escribir esto, aunque ya no tiene mucho caso, porque no puedo dejar de pensar en Call me by your name, la fantasía o el ideal de un amor, y la dicha y el dolor que emanan de él. Y la duración, el estudio de la duración. Porque el tiempo objetivo ocurre afuera, el calor y el sol y la lluvia y la noche y el día, y la atmósfera de los sitios donde ocurre el amor, y el paisaje, y a partir de ellos el dibujo de un pequeño mapa (el amor encontrado en el verano, sus llamas que en invierno arden todavía). El deseo, el deseo animal: la experiencia que es, toda sí, profundamente erótica. Y del amor, lo sagrado de su recuerdo. Yo tampoco quiero estar en bancarrota y volverme cínica y cada vez dar menos, tengo que desdecirme porque pensar que no me enamoro es pensar mal Ah: esta lujuria doliente, dice Francisca Valenzuela justo ahora. Pero he escuchado más a Javiera Mena últimamente. Otra era. Luz de piedra de luna. Dentro de ti (¡más, más Dentro de ti!)

Oye, tú que has andado por las Islas Baleares
navegando en un yate por el Mediterráneo

Yo te pregunto si tú
fuiste
dentro
de ti

Y con ésta que escucho mientras efectúo deberes por las calles de esta ciudad, sudando por el calor húmedo y quemante:

Y vuelvo por ellas a Chile. Un poco se cuelan Gepe y Teleradio Donoso y Alex Anwandter porque me han aparecido en su estela. Conjurar la experiencia (en algún lado, aunque sea en el blog; incluso más en el blog porque estando allá creí que ya no lo tenía, y sufrí su pérdida o la idea de su pérdida). Y entre ese viaje y ahora he ido dos veces a Uruguay, con resultados altamente uruguayos. Allá siempre Me Pasan Cosas. Ahora acaba de irse Tania: fue testigo de mis crisis, de mis reacciones a los problemas inesperados, de mis entretenciones, de mi llanto y mi enojo y mi mal humor y mi verborrea. Y mis dotes, las que tenga, de anfitriona y paseadora. Nuestras bromas. No acaban. Nos reímos tanto, tanto. Y en tantas cosas importantes nos entendemos tan plácidamente. Fuimos al Lorca a ver Lady Bird. Al Abasto a ver Call me by your name. Ella asistió a museos, yo me quedaba trabajando, fui a juntas en Villa Crespo, largas llamadas a los bancos. Siempre me joden cuando estoy en Argentina. Conocimos personas. Los tres muchachos de la rambla: uno de Boston, otro de Múnich (München), otro de Colonia (Köln). Los dos uruguayos. El muchacho que atendía el Happy Hostel que se parecía a John Snow uruguayo (su doble en el Sur). La muchacha española (de Valencia). El muchacho colombiano (de Bogotá). El trasero del empleado uruguayo del Buquebús (digno de mención). Paseos con Guille. El músico del Flux un lunes por la noche. La muchacha de la extraña técnica ligadora en Feliza. Y San Telmo y la Plaza San Martín y Recoleta y Callao. Mi rume y sus peculiaridades. Los ancianos de las empanadas (¡brindan tanto y no con nosotros!). Vino gratuito en el Malba. Noodles con Alicia. Un tren de Retiro al barrio chino. Comimos mucha pizza y muchas empanadas y tomamos mucha cerveza y mucho vino y mucho café, y ahorramos y estiramos la plata como en los rotísimos días de la universidad. Probó la belleza de una buena chipá (la expreso mal, según un artículo:

La chipa o el chipá.

Femenino y sin acento en Misiones y Paraguay.

Masculino y con acento en el resto del Litoral.

Rico en todo el nordeste.”)

Me tengo que mudar de casa, encima. Mudanza número 20, ó 21. El personaje sin domicilio fijo.

O volver a México.

¿Volver a México?

Estos días solamente escucho Visions of Gideon  y su I have loved you for the last time que probó ser agorero.

Gracias a Call me by your name me acordé mucho de una novela erótica que me encanta, de Alfonso Paso, Solo diecisiete años, una novela que no figura en nada de nada, que encontré entre los libros de mi papá cuando tenía doce o trece años, que leí con voracidad, con excitación, con culpa; ahora veo que se trata de una edición de Losada de 1969, en mi mente está indeleble la tapa con la ilustración sesenterísima de una muchacha de piel anaranjada y pelo violeta, y -también veo por internet, ya que mi libro se quedó en México- precedida por una cita de Marcuse, recogida en la contratapa:

“Ante lo que no entiendo, ante aquello que me parece terrible pero que existe, no me dispongo a juzgar. Lo escucho, oigo las razones y sólo lo desprecio cuando me parece fruto de la espantosa civilización represiva que nos ha tocado vivir. Si es un impulso natural, lo justifico en el acto”.

Mi edición con una etiqueta de ¿Aurrerá? ¿Gigante?

Una adolescente francesa se hospeda con sus padres en un hotel costoso, impersonal (adentro siempre hay “un frío químico”), en Torremolinos. La playa. Conoce a Víctor y Alicia, una pareja de españoles que sale al pueblo a bailar. La pareja y la invitada. Hay, narrada, la masturbación de una adolescente. El orgasmo como un patito que sube y sube. Hay tanto erotismo, tanta obsesión y desapego y bisexualidad, tanto misterio y ambigüedad y frustración y lentitud y esperas lánguidas y exquisitas, tanta luz mediterránea sobre cuerpos dorados en esta novela. Un libro del que nadie escribe, nadie se acuerda, de un dramaturgo que escribió y montó mucho en su época.

Una fantasía, le decía a Ana. De personas hermosas en escenarios idílicos. Una fantasía en la cual perderse, como hacía Emma Bovary. Y así entre los problemas de dinero, de burocracia, de legalidad, de bienes raíces, de facturación, de entregas urgentes, de documentación, de salud, de amor, de cambio total de vida, me pierdo un poco en la fantasía italiana de Oliver y Elio Elio Elio.

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