Clases de escritura con Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal

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“—Este señor —expuso— ha caído en la reprensible manía de ensartar comparación tras comparación, sin freno alguno y contra los dictados elementales de la prudencia.

—¿Y qué? —repuse yo—. ¿No es el lenguaje figurado el que cuadra mejor a la poesía?

—Depende, según creo, de las figuras. Este señor, por ejemplo, ha colgado en la percha de su corazón el sobretodo gris de la melancolía; con alarmante frecuencia, se ha venido poniendo y sacando el camisón de la esperanza; comparó sucesivamente sus amores con un bar automático, una caja de fósforos y un par de botines. Ahora se ha envuelto en la frazada caliente de la duda, y no hay Dios que lo haga subir al tranvía del misterio.

Con ojos fraternales miré yo al tunicado violeta:

—Señor —le dije—, con una metáfora intentamos expresar la relación sutil que descubrimos entre dos cosas diferentes. Pero no es el caso rebajar lo superior a lo inferior, sino conseguir, por vía de cotejo, que lo inferior ascienda en cierto modo a lo superior. Comparar el cielo con un water closet es ofender al cielo y ridiculizar al water closet.”

 

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Mi problema del café

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Tengo un problema de café en la oficina. Que no tengo. Que no puedo obtener buen café. Que mi aprovisionamiento de café es insuficiente, inestable e irregular. Sólo cuando llevo café de mi casa soy feliz. Pero, ¿cuándo puedo llevar café de mi casa? No siempre tengo tiempo. Ahora parece que podemos programar la cafetera, pero todavía no sabemos cómo. Y poner el agua, el filtro, el café, esperar a que esté, o con el expresso que ahora es otra opción de la cafetera, con la cucharita y a presión, también hay valioso tiempo perdido. De todas maneras, cuando llego, con todo y el termo, ya está un poco frío. Y calentarlo en el microondas de la oficina traiciona su propósito. Tengo las siguientes opciones a la mano: una) el asqueroso café de la oficina, el proverbial café sabor a calcetín que sin embargo, me informan, causa gastritis. Recurro a él sólo en situaciones extremas. Dos) el café del Círculo K, Punta del Cielo, que como puede ser bueno puede ser malo y a veces tiene un aroma rancio y desagradablemente intenso: es necesario rebajarlo con sustituto de crema y azúcar, lo que resulta indigno. Tres) el alto del día del Starbucks, que me acelera el pulso demasiado. Y agregarle leche deslactosada light todos los días es un gasto y unos minutos formada y un ablandamiento de mis ideales radicales que no me puedo permitir. Hay una cuarta opción oculta, el todavía más indigno café del Seven-Eleven. Jamás recurro a él. Hay una quinta opción, que creí era la buena, pero que resultó no serlo: la cafetera Nespresso de mi jefa. Me compré mis capsulitas, a un precio absurdo. No es bueno, no es práctico, no es barato. Lo descarté. Como último recurso, me compré café soluble. CAFÉ SOLUBLE. De ese tamaño es mi desesperación. Un Nescafé de granos tostados y verdes, con más antioxidantes que el té verde, indica. Peor es nada. Más o menos. Con una colega que padece la misma adicción hemos proyectado comprar una cafeterita y compartirla. Nunca lo haremos. Seamos realistas. ¿Cuándo caí tan bajo? En la universidad trabajé año y medio en el Dos Minutos café, que tenía una mezcla de café muy buena y a la que no me entregué sino hasta muy al final. Y ahora soy una adicta, una maldita coffee snob, todo el tiempo compramos café, probamos nuevos lugares, nuevos granos, nuevos tipos y alturas y tuestes. Nuestro favorito es el pluma Oaxaca. Lo descubrí cuando fui a Huatulco a lo de la investigación. Al otro día el hijo de don Octavio me llevó a ese pueblito, Pluma Hidalgo, a media hora de Huatulco sobre una montaña, con un microclima frío y neblinoso. Le compré un kilo a un viejito en un molino antiquísimo, oloroso a granos frescos. Es el mejor café que he probado. En el DF sólo lo venden en una oficina dentro de un edificio horrendo de la Condesa, sin moler, lo que no nos resulta práctico. Y busco, busco, busco. El café Do Brasil enfrente de la glorieta de Vertiz, al que le creí el show de la vejez y el molino gigante y las poquitas mesas. Un café veracruzano mediocre. A veces recurrimos al café molido de Starbucks. ¿Es indigno? Es indigno. Pero es mejor que nada. A veces tiene buen cuerpo, buena acidez. Pero seguimos añorando el pluma. ¡Ay! ¿Por qué todo es tan difícil en esta vida, por qué?

 

 

I want you to deal with your problems… by becoming rich!

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Junté algunas ideas sueltas sobre The Wolf of Wall Street, de la que es improbable decir nada original a estas alturas pero, de todos modos, las escribo a continuación:

(obviamente, hay múltiles spoilers)

Animalidad

Jordan Belfort es un lobo. Pero no es nada más una metáfora. Hay mucha animalidad en él, en lo que hace, en la gente que lo rodea. Y la idea no es sutil. ¿Cuál es la primera frase de la película? The world of investing can be a jungle.
Bulls.
Bears.
Danger at every turn.

Estos tipos son animales, punto. Y Scorsese se da vuelo mostrándolos en sus fases animalescas. En la estampida:

Mientras devoran a la presa, por el placer -puro y primitivo- de la depredación:

Pero la presa no es ésta, sino minutos antes: cuando, en complicidad con el jefe y los altos mandos, Donnie Azoff cagotea, humilla y elimina al corderito que limpiaba la pecera.

(también, mientras interrogan al mayodormo que tuvo la osadía de organizar una orgía gay en el departamento de Jordan, es demasiado explícito el gusto de aterrorizar, castigar, territorializar).

Además.

Cuando aúllan, cuando literalmente aúllan:

En el canto tribal de la selva (que le ride tributo a la cabeza de la manada: finalmente, los lobos son animales gregarios):

Wolf, wolf, wolf.

Lo que más me gusta es que Jordan, como lobo, reacciona a su entorno con instintos animalescos. ¿Qué es el inesperado putazo del quaalude sino el disparo o la herida violenta que derriba al animal de caza? ¿Y cómo reacciona Jordan sino haciendo un mesurado listado de los recursos con los que cuenta para sobrevivir al peligro?

I can crawl!

La imagen me recordó una frase del cuento Casa inundada de Felisberto Hernández: “Su voz se había arrastrado con intermitencias y hacía pensar en la huella de un animal herido”.

Paréntesis necesarios y obvios: qué gran pieza humorística es toda esta escena. ¡Cuánta comedia física! Leonardo se estrena en el slapstick más tradicional (o, como lo explica el hiperculto Ernesto Diezmartínez, un Jerry Lewis en drogas).

Otro paréntesis: la lucha para mantenerse en funciones y alerta durante el viaje me generó una sensación como de sueño. Jordan se arrastra, babea, maneja, babea, entra a su casa, babea, intenta arrebatarle el teléfono a Donnie, babea. En esa batalla contra la inmovilidad, contra la imposibilidad de articular palabras, hay, para mí, una lucha como la que se libra dentro de los sueños.

Hace poco soñé que despertaba y no podía hablar: miraba la puerta, el pasillo, el contorno de mi cara sobre la almohada, y la voz no salía. Seguramente abrí los ojos también. En Paprika hay una escena similar, cuando se pasa de un escenario a otro a través de una tela elástica que no termina de romperse:

¡Ansiedad onírica! En el sueño, el cuerpo no reacciona y hasta los movimientos más simples son como pesados, lentos y dificultosos.

En la escena hay otro elemento ligeramente inquietante: mientras habla con su abogado, antes de que el Lemon le haga efecto, Jordan dice una frase que al espectador le resulta cien por ciento comprensible (I didn’t try to bribe anybody!), pero que a su interlocutor ya le suena al washawasha posterior. En esa breve anomalía se contagia un poco de la confusión que experimenta Jordan (o, como dijera Alonso Ruvalcaba en su ensayo al respecto, ahí se encuentra un botón de subjetividad).

Finalmente, cuando llega hasta Donnie, ¿no es toda la pelea alrededor del teléfono (y un teléfono además, que es el arma que empuñan para practicar su animalidad) una pelea entre el lobo alfa y el beta por el pedazo de carne? Se muerden, se arrastran, son lobos que luchan entre sí; es la ley de la selva:

Y POR SI NO QUEDARA CLARO, después de salvar a su amigo de una muerte violenta y estúpida, Jordan aúlla como gorila:

Además.

Cuando es atrapado (en el vuelo rumbo a Suiza), gruñe y gimotea como animal que cayó en una trampa. Véanlo, es un cachorrito de pronto:

Otro animalito:

Dos últimas:

La primera vez que fuma crack con Donnie, Jordan quiere correr, ¡correr como leones y tigres y osos! Las drogas son el shot de adrenalina que en los animales se manifiesta en la estampida gozosa.

El detective.

Si estos tipos son animales de caza, ¿quién los captura? Un animal más inteligente. Un ave de presa.

Que además, extrañamente, *parece* un halcón, un águila, un ave rapaz (en guapo).

Al final, ¿qué es lo que mueve al detective Patrick Denham? El placer de la captura. Prefiere llevarse un botín mayor -el montón de empleaduchos de poco pelo- antes que la mente maestra, el verdadero delincuente. Seguramente me equivoco, pero la última escena lo hace evidente: él está en el metro, después de la gran caza que se echó al bolsillo, y mira de frente un par de inmigrantes sentados, indefensos. Y algo piensa, no sabemos qué. Seguramente los ve como un par de presas futuras.

Actualización:

Frost aquí mismo y Mauricio González en Twitter me comentan sus propias lecturas del detective. Y después de meditarlo, tengo que estar de acuerdo con ellos. Frost dice:

El detective, creo, es solo un empleado de una maquinaria burocrática, el tipo pobre pero honrado que atrapa al tipo pobre pero listo y vale madres que fue Jordan. Lo que vemos en la escena donde va de regreso a su casa es la recompensa adecuada para alguien como él: ninguna. Otro día, otro criminal tras las rejas, otro dólar. ¿Qué me ordenará el jefe mañana?

Mauricio dice que hay una derrota en el personaje: no es un cazador. Es una profecía autocumplida. Es el wei que se regresa en metro mientras los demás se desbordan.

Triquis: “La ironía es que los honestos terminan pobres y en el metro, mientras que Jordan termina dando cursos, y seguramente seguirá ideando formas para mantenerse rico”.

Es cierto: el tipo que es “straight as an arrow” es aquel que termina de esta forma, porque así funciona el sistema: la rectitud no tiene recompensas. Y eso lo hace todo aún más inmoral.

 Notas intermedias

La escena de la rapada es un gang rape brutal. Estos tipos se cogen lo que quieren, enfrente de los demás si hace falta. Ella parece esperar que la valentía de sentarse ahí le gane el favor de quien sostiene la máquina de afeitar, pero no: ante los animalescos gritos de scalp scalp scalp, es rapada frente a todos. Después, tambaleante, con las pocas hebras de pelo que le quedan, se retira con el dinero que ya sabe sucio, corrompido, mientras a su alrededor se desata la bacanal.

¡Y qué bacanales! Ya han dicho qué dionisíacas orgías se emprenden aquí. La imagen misma es como de composición clásica, griega:

Como de pintura renacentista:

Miren la posición de los dedos: ¡dedos renacentistas!

De Rubens:

De barroco, con atención en el objeto de arte, como este hermoso zapato Gucci (que creíamos Ferragamo):

Como nota feliz, ¡Fran Lebowitz!

Occupy Wall Street bis

Estos tipos son vendedores, eso es lo único que hacen bien. Y Jordan es un gran líder. Motiva a sus empleados, cree en ellos, conoce bien los talentos de cada uno, los alienta. Todo él es una lección de liderazgo, de emprendedurismo como lo conocemos hoy: la capacidad de entablar relaciones emocionales con tus empleados (para, quizás, dejar que ellos hagan el trabajo sucio por ti).

(Para este papel se necesitaba un vendedor con mucho carisma, es decir, un seductor, es decir, un gran actor, es decir, Leonardo DiCaprio.)

También hay una fábula de mentores y aprendices. También esto es entorno empresarial: todo lo que aprende de Mark Hanna lo hereda después a su pequeña manada.

(Por cierto, ¿hay algo mejor que Matthew McConaughey? Su brevísima escena es tal vez la más disfrutable de toda la película.)

No hay glorificación. Scorsese, Terence Winter y el mismo Leonardo DiCaprio tratan a su héroe con condescendencia. Siguen el libro de Jordan Belfort al pie de la letra -según he leído-, pero lo hacen con ironía, una ironía que celebra y también se burla: así como Jordy embauca, es embaucado. También a él le ven la cara: su yate horrendo, el banquero suizo, la esposa interesada.

Sus discursos son retorcidos, porque encarnan un sueño americano retorcido: the beautiful house, the beautiful wife, the beautiful kids. En lo más burdo, The Wolf of Wall Street es una fantasía que se ofrece al espectador. El desfile de excesos comprados con dinero funciona como un moderno cuento de hadas: aquí lo imposible, aquí lo irrealizable, aquí lo fantasioso. Más que un espejo de la sociedad (aquí y aquí), es el espejo de sus sueños, de lo que quiere y no puede tener (y que otros, talentosos usureros, pueden conseguir y, además, ser admirados por ello).

We are the common denominator, dice Mark Hanna. Tipos como estos mantienen el sistema atado con alfires: ellos, Robin Hoods, roban al más rico para echárselo directo a su bolsillo. Pero en el robo hay un revanchismo de clase. Éste es el discurso oculto en The Wolf of Wall Street, uno revolucionario, anárquico, anti-sistema. Al enseñarles el guión que deben seguir para vender las acciones de empresas miserables, Jordan los anima con un nuevo target: the wealthiest one percent of Americans.

¿Qué tan masiva era la idea del 1% en los años noventa? Sé que existía, ¿pero tenía una relevancia cultural como la de ahora, a la luz del Occupy Wall Street y otros movimientos? Los discursitos con los que Jordan motiva a sus empleados pueden muy bien aplicarse a nosotros, los espectadores. Porque en su entraña el mensaje toca la fibra de la clase media. Hacer dinero para pagar la tarjeta de crédito, para tener un mejor trabajo, para alcanzar una vida más digna. I want you to deal with your problems by becoming rich. Hacer dinero como revancha social: nosotros, espectadores, sentados, pasivos, empleados, el engranaje más bajo de esa rueda.

La justicia también es una artificio: Jordan pasa poco tiempo en la cárcel y después se vuelve gurú de auto-ayuda. Ese es el final lógico y natural en esta sociedad. Adorar estos ídolos. Estos que mientras orinan gritan un gran, sonoro FUCK YOU, USA.

 

 

Mástil

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No tags :(

Necesidad de escribir, pero no aquí, que de pronto se torna demasiado personal (confesional, público, abierto, incluso: leído).

La mudanza. Ideas que serían otras ideas, ya discutidas, ya escritas, ya desprendidas. La novedad de todo, la triste novedad de todo: encontrar una nueva tiendita, una nueva verdulería, dónde venden pan, o tortillas, o papelería, o un sastre; descubrir todo, otra vez: qué cansado, qué emocionante, qué agotador. Quisiera quedarme quieta (qqq) como un faro y ya no tener que moverme. Siempre me muevo. ¿Cuántas veces me he mudado en la vida? Más de veinte. Los objetos en una caja, el proceso de tirar basura en bolsas negras, de mirar los libros una y otra vez, de encontrar lo que no sabías que tenías, de meditar qué harás con esto, si lo necesitarás, si lamentarás deshacerte de él. Y todo es como provisional, aunque espero que no, que esta vez no. Luego, desear dormir, bajo las cobijas, con las cortinas cerradas, sintiendo una respiración contigua, sin pensar demasiado que hay que organizar y reorganizar la vida y que todo cambia y todo muere y todo podría continuar en cajas por siempre, por siempre.

 

 

Querétaro

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Antes de irme a Querétaro soñaba con Querétaro. Mi hermana ya vivía ahí -estudiaba arquitectura- y me contaba todo lo que hacía, y yo quería hacer esas cosas también. Ir al cine con sus amigos o a un bar, lo más sencillo, lo que era imposible en Polo. Era 31 de julio de 2001, tiene que haber sido ese día, el primero de clases en la Preparatoria Sur, pero ahora pienso -acabo de buscarlo en internet- que entonces fue el 28, lunes, y que de tal forma yo llegué el 27 en la noche (también llegué al DF un domingo).

El primer día fui reclutada por las que así, apresuradamente, podían perfilarse como las desmadrosas del salón. Fuimos a un billar. Yo no sabía, ni sé, jugar billar. Pero tomamos chelas y uh, tomar chelas a los quince, adultamente, con gente de tu salón que no conoces. Después todo se fue acomodando y la prepa fue una enorme piscina de agua tibia, con caras nuevas todos los días, porque era tan grande que yo juraba que siempre veías a alguien que nunca habías visto, lo que era lógico con mi mente pueblerina, de haber tenido sólo tres compañeros en sexto de primaria.

¿Es que todos los lugares me cansan? Los amo mucho y luego nada. Querétaro fue hermoso hasta que dejó de serlo, como Polo cuando llegamos -porque a Polo también llegamos, en 1992, cuando yo tenía seis años- y ahora mismo con el DF, al que todavía reverencio pero del que empiezo a desear separarme (aquí nací, aquí están los recuerdos primigenios, como de sueño).

Ahora que fui, un poco por el trabajo y otro poco para visitar amigos, entendí que mi relación con la ciudad es diferente. Ya no puede herirme, insistir con eso sería absurdo, infantil (aunque soy infantil): las rutas de camiones, malignas; cómo se piensa (pero no todos piensan igual). En la terminal entré al baño y una señora detrás de mí empujaba a su niña, no más de tres años, para que aprovechara y entrara detrás de mí, y la niña la miraba confundida y temerosa, así que la tomé de la mano y nos metimos juntas y le indiqué dónde, y no dejaba de pensar en cómo una señora puede hacer eso, por qué, no parecía que no tuviera cinco pesos sino que más bien le daba flojera o codo desembolsarlos y prefería que la niña entrara sola y guardara ese recuerdo insustancial pero acaso humillante, que de alguna forma moldearía su forma de ser. Cosas así. Tal vez insisto en meter todo al mismo costal, imaginar un temperamento queretano que igual no existe, pero al otro día, cerca de la fuente de Neptuno, había un señor en una jardinera, pelo largo canoso y sin zapatos, cantando a todo pulmón una canción obscena con una guitarra imaginaria, puras inocencias, “los calzones cagoteados” y “pinches” y demás, y la gente lo miraba escandalizada y apenas se permitía una sonrisa tímida, y volví a mi costal del temperamento queretano. También recordé (¿he confirmado este dato?) que no hay sanatorios mentales en Querétaro y que la solución es dejar que estén ahí, vagando confundidos y ensimismados por la calle, o meterlos al Cereso. Un Querétaro triste.

Pero también, una noche en la terraza de Carlita, estaban ahí Triquis, Fanny, Ribón, el Abuelo, Geritas, Edgar, Lois, y otros, y nos acordábamos de cuando alguien se caía en la prepa y la regla inamovible era salir del salón, señalarlo y gritar AH AH AH como tontos, y cómo era graciosísimo y muchos se asomaban de los salones y los pasillos del segundo piso, y todo era una misma cosa. De los demás: algunos ya casados, con hijos, con trabajos importantes o no, viviendo ahí o en otro lugar. Las personas sólo existen en el recuerdo de otras personas.

Además, es una ciudad bella. Siempre he pensado que vivir la adolescencia en una ciudad colonial de mediano tamaño es perfecto (así como vivir la infancia en un pueblo es perfecto, y la primera adultez en una capital monstruosa es perfecto, por tanto supongo que he hecho bien las cosas). Algo más: muchos recuerdos que creí domados, clasificados, siempre presentes, no estaban del todo aceitados, y sólo al andar por las calles y avenidas aparecían con su solidez exacta. Es necesario volver a todos los lugares.

Borges miró esta pequeña, amarilla, refulgente ciudad en El Aleph. Esta parte la escribí en mi “texto oficial/serio” al respecto, pero: entre las maravillas del mundo que sus ojos recogen, entre las pocas ciudades que nombra, está “un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala”.

 

2013

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Viajé mucho gracias al trabajo.

 

Ciudades que fueron como un sueño.

Un día en París. Un día en Río de Janeiro. Un día en Nueva York. Un solo día.

 

Pisé los aeropuertos de Dallas y Houston, dos formas de estar y no estar en Texas, lugar que me causa una enorme curiosidad. Sólo en Dallas, en el tren aéreo de una terminal a otra, vi a lo lejos el skyline ultra-moderno, medio borroneado por un aire caliente y espeso.

 

Vi muchos mares. En la mayoría nadé, otros -fríos, lejanos- sólo los admiré, y todos me despertaron cosas distintas.

 

El Cantábrico en la costa vasca francesa, el Atlántico que baña Brasil, el Caribe en Tulum  y en La Habana, el Pacífico en Acapulco y en toda la costa de Jalisco (Costalegre la llaman: abarca los municipios de Cihuatlán, La Huerta, Tomatlán y Cabo Corrientes), también fui a Manzanillo y, en Chetumal, nadé en las aguas de Bacalar: no es un mar pero se parece o es más hermoso que el mar, de un azul turquesa intenso, con piso de arena blanca y corrientes cálidas, con tanto azufre que no hay animales en su interior.

 

Descubrí a los siguientes autores: Alice Munro (y aclararlo, por la dignidad o el ansia de originalidad: meses, pocos, antes del Nobel), Eloy Tizón, James Baldwin, Leopoldo Marechal, Felisberto Hernández.

 

Probé el LSD por primera vez en Acapulco. Fue como entrar en un sueño, vivir el sueño. Las alucinaciones -nada terrorífico, nada que pudiera dar pie a un lugar común- estaban hechas de materia onírica. El sol brillaba de otra forma sobre las ondulaciones de la arena, una arena viva que palpitaba.

 

Vi una tortuga marina del tamaño de una lavadora, nadando en el mar de Manzanillo: yo estaba encima de un barquito y de pronto la vi, en una parte profunda. También vi una víbora. No me desmayé. Ahí estaba. Ahí me esperaba. Me hizo más fuerte.

 

Xalapa con sus edificios manchados por la humedad, la fiesta de una editorial allí mismo, y a la que no fuimos invitadas, y donde bailamos hasta la deshidratación; San Miguel de Allende, un antro mirrey, ¿cómo terminé ahí? Fui a un evento, los errepés, la mamá de la errepé argentina, hablamos de Buenos Aires, me dijo que a veces manejaba por la noche y que le gusta mucho la ciudad y yo sentí mucha nostalgia, y después tomé de más, como nunca, y la cruda fue tan dolorosa y volvimos de San Miguel por la mañana, a gran velocidad, y en cada curva desfallecía, y tuve que escribir un reportaje urgente (y serio, de un tema serio) en esas condiciones, ¿cómo lo logré?

 

Fue un año difícil. El principio y el final. Preocupaciones por la enfermedad de mi madre, por la cercanía de la muerte, por el futuro de mi padre, de mis hermanos, por la familia que te divide en pequeñas partes que siempre te duelen, que ya no dejan de dolerte. Evasión. Dolor en la distancia. Fracasos personales, un sistema de las cosas traicionero, una forma de madurar.

 

No fui a muchos conciertos. En 2012 fui a muchísimos, y buenos. Ahora sólo recuerdo el Corona, donde estuvimos en nuestra burbuja, en las gradas y otros espacios del VIP, porque la vejez ya no nos permite otra cosa, y el Ceremonia, que fue horrible y denso por muchos motivos, y del que después preferimos no hablar.

 

Este año concreté mi vocación. Veo un final al libro del Fonca. Falta muchísimo. Nadie reescribe o corrige tanto como yo (hipérbole). A veces son cosas neuróticas. Una coma que quito y pongo y quito y pongo, pero también: una descripción desacertada, un inicio flojo, un personaje difuminado, un final que no llega. Una idea que no puede ejecutarse. Muchas páginas escritas a mano y muchos inicios, y mucha corrección y relectura. Siempre ha sido escribir, siempre lo ha sido, pero nunca con tanta adultez como ahora.

 

Adultez será la palabra de 2014.

 

El amor estuvo en mí. Fui amada y amé (y todavía, y seguirá). Un futuro nuevo se abre. Nada se compara a la calidez de la otra persona, a la que se procura y que te protege. Pero también: vivir con alguien te desnuda. Todos mis berrinches matutinos, mi mal humor, mis recaídas, mis enojos, mis decepciones, todo lo que resulta molesto de mí, de mi forma de ser, de mi forma de llevar una relación, la frialdad y la distancia, están ahí a su disposición, y nada se recoge u oculta. Pero luego nada se compara a mirar los ojos de J y saber que ahí está todo, ahí empieza y termina todo, y ya no quieres irte de ahí jamás. Y desear ser mejor. Como mi gran amigo me escribió: amar mejor, más adultamente.

 

Claro que espero viajar. Viajar por mis propios medios además de las agradables y emocionantes sorpresas del trabajo. Leer y escribir más. Amar y entender otras cosas. Esperar y cultivar otras. Tomarlo. No dejarlo.

 

 

Acto ruin de la semana pasada

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Quería escribir de la semana pasada, el día en que ocurrió, y luego ya no lo hice y los días se fueron desdoblando. Pero siento que debo consignarlo, por la diversión de consignarlo nada más. Esto: le pegué a una señora en el metro. La frase me sorprende ahora tanto como el hecho mismo ese día.

Pero el contexto: el viernes, por ejemplo, que fue el día que subieron el metro a cinco pesos. Una semana en la que, para colmo, mi tarjeta (con más de 50) fue inexplicablemente invalidada y en la que pasé como tres veces gratis haciendo mis prudentes reclamos a los polis de los torniquetes, que me recomendaron ir a la oficina de Juárez a reponer mi dinero. Lo pensé demasiado. Pero el tiempo es dinero, concluí. El sólo hecho de desviarme al salir del trabajo a reclamar 50 mugrosos pesos era más costoso que esos mismos mugrosos mugrosos, robados, 50 pesos.

Y llegó el viernes y yo no tenía ni un boleto, no había hecho mis providenciales compras de pánico, pero estaba tranquila porque era el #posmesalto (nota para el futuro, para otro lugar: la protesta ciudadana contra la alza) y podía aprovechar para unirme al acto subversivo y liberador. Pero llegué a Chapultepec y la gente pagaba sumisamente y sumisamente, en fila, introducía su boletito o pasaba su tarjeta en el torniquete. Resignada, me formé en la taquilla y ¡cuatro boletos por veinte pesos! Cuando llegué -o volví- al DF en 2008, con 20 pesos podías comprar 10 boletos. En cinco años, un aumento del ¿150%? ¡Maligno! Lo que antes alcanzaba para una semana de traslados ahora se gasta en dos pinches días. Lo peor, lo más humillante, lo más Murphy del día: al bajarme en Miguel Ángel de Quevedo, reducida otro poco, siempre reducida después del metro (no sólo la incomodidad y lo indigno: lo que ves, lo que entiendes), había muchachos con cartulinas vociferando nuestro derecho a pasar gratuitamente, y la gente se saltaba, torpe y gozosamente, los polis viendo (los muchachos diciendo ¡poli!, ¡poli!), la algarabía que no me tocó, el acto liberador del que no pude ser parte.

Entonces llego el lunes, primer día del aumento, esperando en lo íntimo, no una mejora instantánea ni un servicio de primera, sino ya aunque sea menos gente, por pura lógica de mercado, ¡y Barranca del Muerto, inicio de estación, primera parada de la línea siete, siete con treinta minutos de la mañana, ATASCADA! El andén, intransitable. Los trenes que llegan no abren las puertas sino hasta la siguiente estación, Mixcoac, ahora rebasada por el flujo que viene de la nueva línea dorada, y puedes estar ahí minutos, minutos, minutos eternos, esperando tontamente, como ciudadano pisoteado. Después de muchos trenes, llegó uno que abrió las puertas justo frente a mí y, momento: soy rápida, soy ágil, soy veinteañera. Conozco los pormenores del transporte público, ¡pocos hacen operaciones de traslado a dos pies más rápido que yo! Y en el momento en que ponía el pie por delante, una señora detrás de mí sencillamente dejó caer su humanidad de manera violenta, atrabancada, BESTIA.

En la operación me machucó un dedo. Pero un machucón. Un Señor Machucón. Una aplastadura que me dejó la uña chata. Y el dolor fue tan intenso, tan rápido, tan mortal, que mis sentidos se obnubilaron y no hubo raciocinio, premeditación ni planeación alguna: con una fuerza que no conocía en mí, levanté el brazo y lo dejé caer con dolorosa furia sobre su espalda, al tiempo que lanzaba maledicencias varias. Todo esto en menos de un segundo. Recuerdo vagamente que la señora -su rostro es una mancha- volteó la cabeza sorprendida, pero leo su sorpresa como la del malhechor que, habiéndose salido con la suya todas las veces, recibe el castigo no con culpa o arrepentimiento, sino con inesperada catarsis. Sabía que se lo merecía y que se lo venía mereciendo desde hace mucho, pues seguramente ese era su modus operandi cotidiano.

Luego de haberla golpeado, fui a sentarme en una silla que milagrosamente estaba vacía. Tal vez me la reservaban, pues de pronto era la hembra Alfa de ese vagón. A mi alrededor se hizo como un círculo. Sentí que me veían, que me temían, que era a la CRAZY EYES del lugar. En cuanto me senté, temblorosa y adolorida (el dedo me palpitaba), empecé a sentirme avergonzada. Le pegué a una señora. ¿Quién, yo? Soy la persona más cortés y ciudadana por no decir pendeja de la vía pública: cedo todos los lugares, dejo pasar a toda la gente, digo gracias compermiso de nada buen día vaya con dios, ¡todo! En circunstancias normales no le pegaría ni a mi reflejo. La verdad, me sentí mal. ¿Tenía que pegarle? ¿Cuál era la edad de la señora? ¿Le dolió? ¿Me pasé? ¿Volverá por mí y me agarrará del pelo por detrás y me obligará a enfrentarme a ella y ahora, sin la adrenalina y ofuscación del dolor, no sabré cómo responder y si me pega me quedaré ahí sentadota recibiendo sus arañazos o por el contrario me levantaré y desquitaré en ella y en su cuerpo de señora la frustración, impotencia y coraje por las condiciones de traslado y vida a las que me obliga esta ciudad de mierda?

Por eso, hundí la cara en mi libro durante seis estaciones. Y en Auditorio  me levanté de un brinco y corrí a la puerta siguiente y caminé lo más rápido que pude entre los ríos de gente, subí las escaleras con trote seguro y emergí del túnel subterráneo bañada en vergüenza y extrañeza de mí misma, repitiéndome que huir de esa forma era lo más ruin del acto, pero que debía salvaguardar mi pellejo y mi poca dignidad y después, en el trabajo, a lo largo del día, en el tráfico o cuando me fui a cortar el pelo, relaté la anécdota con pena y orgullo secreto: sí, le pegué a una señora. Chingue su madre.

 

18 de diciembre, tarde

Me pasó algo hermoso. Facebook reserva una bandeja de entrada diferente, y oculta, para los mensajes de personas que no son tus ‘amigos’. Acabo de darle click sin querer. Y entonces algo de hace tres meses:

Hi Lilian,
My name is Peter. I met you a few years ago on a wine tour in Argentina. You left early the next morning from the hostel and left me a note that you had to leave early for Santiago.
I recently moved and went through a lot of old papers of which I found the note from you. So I thought I’d say hi.

(aquí me cuenta de qué va su vida y otros detalles personales)

I still think of you when I hear the spanish word “lado” because you taught me what it meant on that bus tour.
If you’re ever “estado lado” look me up.
Regards,
Peter
PS Dora! is my Hollywood name. It was a joke that stuck 30 years ago.
Firma: Dora Exclamationpoint

Al leerlo me encontraba cocinando una receta que “aprendí” (vi cómo cocinaban) en el sórdido hostal de Cartagena. Esa vez quizá tenía demasiada hambre, pero mientras veía a las señoras cortando el cebollín y las zanahorias, vertiendo el jitomate de las sardinas en el arroz, la boca se me hacía cataratas. No lo probé y no he conseguido a la fecha el sabor que yo imagino que tenía. Es una receta elusiva. Cuando fuimos al tour de vinos acababa de intentar cocinarlo por segunda vez y compartí con Peter un tupper del arroz rojísimo, picante y oloroso en el camioncito que nos llevó al primer viñedo.

Escribí de él. Lo otro que recuerdas más de los viajes es las personas que conoces durante ellos. Atesoro las caras, insisto en fijarlas en mi mente. Me enternecí tanto al comprobar que Peter conserva esos recuerdos, que fui fijada también. No hubo un lazo fuerte: nos vimos durante un solo día, no hubo atracción ni comunión de almas, pero en el día que compartimos existió un intento honesto y alegre por tender un puente con otro ser humano. Lo conocí en el hostal de Mendoza: una tarde volví a cambiarme y encontré que había nuevo inquilino en el dormitorio. Eran más de las dos y el cuarto recién limpiado estaba vacío excepto por un bulto en la parte superior de una litera. Tenía su mochila abierta, sus botas de minero algo percudidas tiradas como al aventón, una pequeña torre de desorden alrededor de su espacio. De las sábanas emergía el pelo rubio y escaso. ¿Qué haría un gringo de esa edad en un hostal barato de una ciudad bonita pero medianamente turística en el norte de Argentina? Me pareció, por la escena, que era un viajero. Roncaba tan fuerte que se notaba que estaba cansado, físicamente agotado. O pasa. Viajas y un día, el día que llegas a una ciudad nueva, simplemente no tienes ánimos para salir. ¿Dónde leí eso de que al viajar uno siempre considera “su casa” el hotel donde se esté quedando? Tal vez Peter necesitaba la casa provisional que es un hostal, cuyo funcionamiento brinda la ilusión de un refugio seguro y familiar.

Ese día, mi penúltimo en Argentina antes de cruzar a Chile, estuve caminando por toda la ciudad, cuya extensión y ciertos aspectos me recordaron a Querétaro. Me despedía de todo: de las marcas, de los billetes y monedas, de los mismos comerciales de Claro y los productos para el pelo con información conjugada a la argentina, de la cotidianidad que un país te impone cuando lo habitas un tiempo. Vagué sin mucho rumbo de algún parque a una glorieta larga y despejada, me paseé por un súper como de interés social, de pasillos anchos. Fui a un cineteatro. Me gustaba mucho entrar al cine en Sudamérica, me gustaba seguir viendo películas de la cartelera y no abandonar el hábito, y además me gustaba conocer los cines de allá, los de barrio y los de cadena, y los cineclubs como ese, otra similitud con Querétaro: un teatro convertido en cine. Vi Up in the air y lloré mucho. Volví al hostal y me encontré con Peter por la noche y hablamos un rato; le dije que pensaba hacer el tour por los viñedos mendocinos y como que se interesó, sin tanto entusiasmo. Al día siguiente, más recuperado, decidió unirse de último momento.

Hablamos un montón. Recorriendo los viñedos, en la carretera, en las catas de vino y aceite de oliva, hambreados ambos porque sólo desayunamos mi arroz horrible y durante todo el día no comimos más que panecitos con jitomates deshidratados y mordiscos de uvas. Al volver a la ciudad caminamos un poco por el centro, alrededor de la plaza Independencia que no estaba lejos del hostal y luego por una larga avenida peatonal con árboles, bares y restaurantes, bonita y llena de vida. Nos sentamos en una parrilla con mesas al aire libre y comimos carne, unos enormes pedazos de carne que eran gloriosos con el hambre, el vino y el buen clima. Y platicamos. Fue una charla muy agradable y honesta, tal como escribí en el post de entonces: entre un gringo demócrata y una mexicana de tendencia a la izquierda, con todas nuestras diferencias y puntos de encuentro, en un diálogo que por más políticamente correcto no dejaba de ser verdadero. Peter tenía gestos dulces y calmos, hablaba con lentitud, era súper californiano: un laid-back dude, pues. Al día siguiente yo iba tomar el autobús de la mañana para Santiago, el que va cortando los Andes en curvas demoniacas y paisajes sobrecogedores. Me levanté muy temprano y él seguía durmiendo; como sabía que ya no lo vería, arranqué una hoja de mi cuaderno, le puse que me dio gusto conocerlo y le dejé mi correo, pensando que jamás me escribiría.

Me parece lindo, y mejor, que me escriba ahora. Ahora sí se puede decir de todo eso que fue “hace unos años”. Lentamente queda en el pasado y se vuelve más fácil verlo. La semana pasada me llegó de Buenos Aires un regalo de enorme valor y significado. El intento por fijarnos nos lleva a escribirnos religiosamente, a ser confidentes. Edificamos con cada larguísimo mail un puente distinto. El día que vea a Alén en la cara de nuevo, no sé cómo vamos a hablar, no sé cómo platicaríamos, no me acuerdo ahora ni de su voz. Será descubrir algo diferente.

Ojalá en el futuro se repitan los milagros de recuperar personas momentáneamente.

 

Del regalo:
Cuentos reunidos de Felisberto Hernández, una edición bonita con prólogo de “Elvio Gandolfo, pionero de la ciencia ficción en Argentina”. Se me recomienda empezar con “La casa inundada”. El otro es un “alarde de bibliófilo”: la primera edición de Cuentos droláticos de Balzac, ilustrados por Albert Robida, del que “cabe agregar que fue el primer ilustrador de ciencia ficción” y cuyos grabados “están hechos al acero, con las planchas originales”. Que ojalá me guste (*ñoño se desmaya*). Venían además postales encontradas en libros de viejo, como toda la serie de viajes enviada al matrimonio formado por Óscar y Lilián del 4776 de la avenida Libertador, de 1984 a 1988. Y muchos dulces hipotéticos que jamás llegaron porque en DHL son unos fachos (*robado de mi propio Facebook*).

Peeeeeta

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En el hostal de Londres había un chico que era Peeta el de The Hunger Games. Era él, pero no lo sabíamos. Su cara me resultaba vagamente familiar. Mis años de consulta religiosa en imdb.com no me habían llevado a su perfil. Era un muchacho del staff del hostal, con la cara idéntica a la de un actor que no identificábamos, J porque no se acordaba aunque ya había visto la película, y  yo porque no la había visto. Y lo mirábamos fijamente y decíamos: es él, ¿pero quién? Es un actor juvenil, ¿pero cuál? Mientras tanto él llevaba a cabo sus actividades normales de empleado y habitante de hostal, esa vida que parece idílica vista desde afuera, si eres joven y quieres pasártela bien un rato: limpiar la cocina, poner los panecitos en un plato, el cereal en un bol, la leche en una jarra, las mantequillitas y mermeladitas en un recipiente; limpiar baños y áreas comunes, colocar recaditos y compartir la clave wifi, pasar la noche en recepción cuando te toca, sentarte en las áreas comunes charlando y bebiendo cervezas.

Meses después, cuando por fin vi The Hunger Games, descubrí que el actor al que se parecía (no sólo se parecía, era él) se llama Josh Hutcherson. Ahora nos gusta Josh Hutcherson. Peeeeta. Lo vimos en Saturday Night Live y convenimos en que es muy guapito. ¿Nos gustaba al mismo tiempo el chico del hostal de Londres?

La semana pasada, un chef que admiro me saludó convencido de conocerme. Otra vez. El asunto de mis dobles no terminará nunca. ¿Tengo una cara común? ¿Algún rasgo que se repite? Supongo que es otra cosa. Mi Doppelgänger de cara se repite, allá afuera.

 

El fin estuve leyendo los procesos creativos de un músico que admiro. Es tan bella la creación artística holgada, libre y con posibilidades.

 

Jueves 1:48 pm

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Llega un momento de la tarde, antes de salir a comer, en que nada tiene sentido. Ninguna lectura tiene sentido. Los periódicos latinoamericanos, sobre todo, dejan de tener sentido. Entras a una realidad paralela con las noticias de Venezuela, Argentina o Perú. Se abren los mundos simultáneos.

 

El fin pasado estuve sola y encerrada. Era el fin de la distensión, pero curiosamente todo fue acomodado como con relojito. Hubo algo que no hice y quería hacer (un texto que hasta hoy debo), pero los puntos importantes de mi lista fueron tachados. Dormí. Soñé con una orgía prometida y nunca concretada, otra vez. Soñé otras cosas. Leí (leí mi Adán Buenosayres, y un cuento de Onetti, otro de Felisberto Hernández -ah, el conor sur- y otros de Carlos Fuentes). Vi capítulos arbitrarios de: Ally McBeal, Portlandia, Roswell, Parks & Recreation y 30 Rock. Eso vi. El sábado decidí no trabajar, sino ver televisión por la mañana, y leer y escribir por la tarde y  noche. Eso hice. Me desvelé. Al otro día trabajé (un freelance de correcciones). ¿Vi algo más? No me acuerdo. Cosí un suéter. No salí ni al pasillo. Las dimensiones del departamento, el calentador prendido, la lluvia y el frío afuera, el té y las colillas de cigarro amontonándose en el cenicero, todo constituyó un anhelado viaje al interior.