Buenos Aires, 24 de marzo

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Tengo miedo hasta de escribir y no sé. No sé qué depara hoy. Igual ya es tarde y es feriado, la ciudad medio vacía, ninguna posibilidad de avanzar con los trámites -que se han ralentizado, pero no hasta extremos ridículos, un recordatorio de los tiempos rioplatenses, pausados, con calmita-, algunos vagos deseos de buscar un sándwich de bondiola en la Costanera, ganas de sentarse en un café -o mejor, en un parque- y leer. También he postergado esta entrada, que he escrito en la cabeza con miedo, sin adelantarme a las frases, que después no salen o parecen metidas con calzador. Aunque es tarde es de mañana y J todavía duerme y por fin algo de paz y silencio en el departamento (Balvanera, vecinos ruidosos, el trajín de Rivadavia).

Otra vez dejarse ir y escribir como salga. Antes tenía pensado continuar enumerando mis desgracias burocráticas, mis aventuras entre ridículas y lamentables, que después suelo contar con algo de gracia y que siempre arrancan risas o por lo menos sonrisas. Creo que incluso lo haré, en desorden. Que la PGR no me dio la carta a tiempo, sospecho que a propósito -en ese momento estaba segura de que me torturaban por placer y sadismo-, que hubo feriado en México y fui ayudada (siempre soy ayudada) a apostillarla, pero hasta el martes; que tuvo que ser enviada en un sobre UPS hasta Buenos Aires, pasando por Kentucky y Miami y São Paulo, y llegó el viernes, con una breve estadía en el 2do. I, en lugar del 2do. L donde nos hospedamos, por un breve error de Benja, que trabaja en el edificio, retrasándome todo y produciendo otra más de mis características angustias. Aquel viernes chusco tras la humillación y la espera en la PGR, el intento en el Diario Oficial de la Federación de avanzar el trámite, el banco que no era el banco, intentar sacar dinero de un cajero, ¡mi tarjeta expiró en febrero!, una carrera al Ixe de la Torre Mayor, el consuelo de la eficiencia, vueltas y vueltas con zapatos que me hacían doler los pies, el turno h448 en un Bancomer donde iban por el 23, la espera en una silla, en estado catatónico; las fotos 4×4 (los ojos rojos y chiquitos, la boca chueca, el pelo lamentable), el metrobús en ventana; la oficina; después María y las charlas con María, una de las cosas que más voy a extrañar; la caminata por Coyoacán, un café y una tarta de plátano, ¿qué haré sin esas conversaciones y esa manera de pensar a dos cabezas y esa comprensión que descubrimos tan recientemente, a pesar de conocernos desde los quince años, pero sólo de vista, ella en el grupo 5 y yo en el grupo 6, sin sospechar el lazo que nos unía? Esa noche, en casa, vimos A most violent year (¡Muy buena! Soñé con ella). Después, la fiesta, la amenaza de lluvia, (antes) la búsqueda de un proveedor de lonas (la breve reflexión sobre la Sección Amarilla, el declive de la Sección Amarilla y la lenta desaparición de los oficios), la llegada de los sujetos de la lona a las 6:50 am (pensé que “bluffeaban” cuando dijeron que llegarían a las siete de la mañana), los preparativos, mi garganta ardiente, Fanny, Carla y Tania llegando de Querétaro, el principio flojo, los grupos que no se mezclaban, y yo sin angustia como sería lo usual, sin desplegar hasta la extenuación mis dotes de anfitriona, lo que me hizo sospechar lo que luego se volvió evidente, que no estaba dentro de mí del todo, y después las cosas fueron encajando, la fiesta dio un giro, hubo excelente música siempre, no paró de sonar aunque el acuerdo da hasta las tres de la mañana, a nadie le importó y creo que todos se divirtieron, yo tomé vino o derivados del vino, no me caí, no tropecé, bailé y bailé y reí y en alguna ocasión lloré, y dieron las siete a eme, un sueño ligero y alcohólico, aquella mañana con J, con Carla, con Tania, con Fanny, con María, hasta con Frost que había quedado medio desmayado en el sillón, y la Ceci que estaba divertida con nuestra plática, los tacos Manolito, las horas que se escurrían sin que nadie pudiera detenerlas, la llegada sorpresiva -y adorada- de mis papás, mis hermanas, Loló, Leo y Tita, más tarde Elsa y Rafa, las lágrimas contenidas, esa separación que me envolvía, que me hacía actuar en consecuencia y ser yo aunque por dentro no me reconociera, y me buscara, y pensara que todo le estaba pasando a alguien que no era yo y, por lo tanto, decidiera retrasar o postergar los sentimientos.

Un día de viaje. El cansancio y el temor. El calor asfixiante de Buenos Aires. El reencuentro con una Buenos Aires que reconocía (de manera neuróticamente precisa: hasta los kioscos y las fachadas de los edificios) y que a la vez me mantenía afuera, pero tal vez no era la ciudad sino yo misma, la enfermedad que al fin se había instalado en mi cuerpo, lo que ponía una pared invisible entre el mundo exterior y el interior. Sí que idealicé esta ciudad, claro que lo hice, y al caminarla otra vez y reconocer sus inevitables hostilidades (las de toda ciudad) y pasar por lugares recorridos antes, recordé cosas que yo había mantenido más o menos ocultas de mí misma y que era necesario sacar a la superficie. El primer día habremos caminado más de diez kilómetros, bajo un sol que calcinaba. Pero entre los trámites y los pendientes, que iba sorteando o redistribuyendo para días venideros, entramos en algún momento a la famosa Eterna Cadencia, y entre todos los títulos que anhelaba encontrar tan a la mano, hubo uno que pareció llamarme, un cliché o un lugar común, dirán algunos, porque es un autor que “todo mundo está leyendo” o “todo mundo quiere leer”, y porque sus libros son difíciles de conseguir en México. Lo pagué, leí un poco en un café, leí un poco en la noche, y al día siguiente amanecí con fiebre. Más tarde se nos fue la luz, no había aire acondicionado, nos metimos a un cine de Corrientes (al que yo ya había ido, hace cinco años), vimos Relatos Salvajes, reímos y nos desesperamos, ¿qué más hicimos ese día? Llegamos tarde y seguíamos sin luz, y a la luz de las velas leí más, y al día siguiente todavía sin luz y ahora sin agua, ¡sin agua a más de treinta grados!, la piel pegajosa, el malestar, la incomodidad; una noche caminamos por Rivadavia y luego Avenida de Mayo hacia San Telmo; San Telmo no era como yo recordaba, estaba más sórdido y solitario que antes, cenamos en un café notable, un bife sin mucha emoción, y otra vez la fiebre, la presión baja, mi carta que no llegaba, la angustia del trámite migratorio, la angustia monetaria, una tira de pastillas (fuerte, con seudoefedrina) que nos recetó una excelente empleada del Farmacity, cuyo entusiasmo y seriedad agradó mucho a J; el entresueño, otra excursión a Migraciones, a través de Retiro, otra zona igualmente sórdida, una avenida incruzable, los claxonazos y los gritos de los camioneros y los informes informales (cacofonía) a la entrada del edificio y una pelea en un estacionamiento del Buquebus y advertir el choque de un trailer que se le fue encima a varios automóviles, y entre todo, en medio de este quilombo, leer en la novela que pareció llamarme en mi primer día en Buenos Aires:

 

De modo que, valiéndome de la imagen del perro para rellenar el discurso vacío, o aparentemente vacío, he podido descubrir que tras ese aparente vacío se ocultaba un contenido doloroso: un dolor que preferí no sentir en el momento en que debí sentirlo, pues estaba seguro de no poder soportarlo, o por lo menos de no tener tiempo para irlo soltando lentamente de un modo tolerable. Porque el 5 de marzo de 1985, a primera hora de la tarde, subí a ese coche que me llevaría “definitivamente” a Buenos Aires, y el 6 de marzo de 1985, a las 10 de la mañana, debería comenzar a trabajar en una oficina en Buenos Aires. Y debería comenzar a adaptarme a la vida en otra ciudad, en otro país. No había tiempo para sentir dolor y opté por anestesiarme.

Ese acto de anestesia fue una operación psíquica consciente, a la que en ese momento llamé “bajar la cortina metálica” y un poco más tarde llamé “psicosis controlada”: una operación de negación de la realidad, que básicamente consistía en decirme repetidas veces: “No me importa dejar todo esto”. 

(Mario Levrero, “El discurso vacío”)

 

Esa idea de la postergación de sí mismo es la que me había acercado o interesado sobre Levrero, cuando apareció en mi radar. Tenía que ser así para alguien como yo que suele postergar hasta lo más ridículo, como leer un correo, por manía, por temor y por cobardía. Frecuentemente decido “no pensar” en las cosas, guardarme para después el momento de afrontarlas, de sentirlas con su intensidad debida, y luego pasa que nunca las saco, se quedan enterradas, incómodas, un pendiente abstracto de mi lista interminable de pendientes.

Las cosas con Buenos Aires mejoraron. Salimos con Vainilla, a un ‘boliche’/fiesta gay cerca del Planetario: vislumbré brevemente las posibilidades de la vida nocturna porteña. La luz y el agua volvieron. Empecé a leer un libro de Puig que estaba en el departamento, adecuado, al menos por el título, “The Buenos Aires affair”. Vimos a Jordy y a María, el acento y las palabras y las anécdotas de casa. Conocí a más gente por ellos, fui viendo que no estaré sola (y además nunca estoy sola, siempre me las arreglo al respecto), me reconcilié aunque por momentos, caminando por la noche, me volvía una sensación puramente infantil: alguna vez, de menos de seis años, pataleé para que me dejaran dormir en casa de unas primas y cuando mis papás se fueron me entró una angustia muy honda y lloré y lloré y quise que me llevaran a mi casa; afortunadamente mis tíos no me hicieron caso y aprendí a economizar el sentimiento.

Sentí que tenía que seguir leyendo a Levrero. Había sido un consuelo. Quería leer, sobre todo, otra cosa que fuera como un diario, un tipo de escritura al que no dejo de regresar últimamente, y me enteré que tenía un escrito similar de su tiempo en Buenos Aires. También, juro por Dios, soñé con Burdeos, una ciudad que conocí no sé si por casualidad, en 2013, en uno de los viajes fabulosos de la revista, aunque para mí en ese entonces era Bordeaux, no podía dejar de imaginarla y verla así, nadie me dejaba pensarla como Burdeos. Estuve poco pero después me dio por decir que era una ciudad tan bonita como París, pero mejor: sin turistas, sin ríos de gente, sin basura, sin precios exorbitantes. Eso, por supuesto, es una mentira grande que ni yo misma creía, pero que igual abonaba al deber que nadie me impuso de volverla turística y deseable. Burdeos, entonces, volvió. Y un domingo que por fin concedimos entrar en esa otra famosa librería bonaerense, El Ateneo Grand Splendid, adquirí esa edición doble de “Diario de un canalla” y “Burdeos, 1972″, que Levrero escribió en diferentes momentos, movido por “dos aventuras vitales”, explica su editor Marcial Souto en el prólogo, “una por amor y otra por necesidad”.

Terminé ambos antes de dormir. En el primero Levrero intenta autoconstruirse de nuevo, después de haberse vuelto un canalla, de claudicar de la vida de artista, viviendo con las comodidades que le da -por primera vez- un trabajo de oficina y un “nido de lujo” (con bienes antes impensables como una ‘heladera eléctrica’), en la corrupta Buenos Aires de los años ochenta. Registra el periplo de un gorrioncito (Pajarito) que aparece en su departamento de Balvanera (ah, Balvanera) y que debe aprender a volar, a huir, a integrarse a los miles de gorriones que sobrevuelan la plaza de Congreso (ah, Congreso) aunque “íntimamente, será un ser distinto; el padecimiento de su infancia lo dejará marcado para siempre”. El otro son los recuerdos que le llegan a Levrero en las largas noches insomnes de 2003, un año antes de morir, sobre los tres meses que pasó en Burdeos viviendo con una francesa que conoció en Montevideo, Antoinette, y su pequeña hija Pascale. Un Burdeos que se recupera, en la mente de Levrero, recortado e impreciso, un Burdeos que imagino más aburrido que el que yo conocí, y más peligroso, por lo que dice del puerto y de los márgenes del Garonne, ahora transformados en un paseo peatonal en el que los bordeleses patinan, pasean a sus bebés y toman vino durante los raros días soleados. “¿Tendría que no haberla amado para serle útil? Pero ¿cómo se hace para no amar a Antoinette?”, escribe en una parte que me conmovió mucho.

Creo haber leído por ahí que él escribía para recordar. La larga tradición de escribir para recordar.

Sentía, hasta este momento, que la última noticia que tuve de mí fue durante la última llamada a la PGR, cuando se me quebró la voz (una.vez.más.). Sigo recuperándome. Sigo buscándome. Y es en el diario público (que me da pudor y a la vez no, evidentemente) que encuentro algo de lo que soy y que permanece agazapado, aprisionado en un cuerpo que camina, camina, suda, se afiebra, tose, come y bebe. Pero falta todavía mucho más.

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Burocracia / Angustia / El cuerpo descompuesto

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Me aplasta. Escribo este largo, largo, desorganizado, neurótico post, que sale como tecleo y sin revisar (ejem), como un desahogo.

Hago mis trámites con cierta diligencia, amparada en la ignorancia, descubriendo que pude ser -tal vez, siempre se puede ser- más expedita, pero los pendientes, los trabajos pendientes, los freelances pendientes, los pendientes emocionales, familiares, personales. No: he sido expedita.

Tengo hasta fin de marzo para obtener la visa de estudiante, que sólo se puede tramitar en territorio argentino. Recibo notificación que amenaza con cancelar la beca cuya solicitud y tramitología, a mediados del año pasado, me dejó úlceras, insomnio, noches enteras en vela, logística que involucró una carrera contra el tiempo emprendida en Buenos Aires por Alén, firmas, papeles, hojas, una clase interrumpida para una firma, un sobre DHL urgente, y por acá, envíos desde mi facultad de Ciencias Políticas y Sociales en Querétaro, peregrinaje a la UNAM, escritura densísima de un protocolo largo, ojeras, dolores, angustias, una espera de meses en la que jamás dejó de dolerme la panza, esa tensión neurótica entre el sí y el no, el por qué sí y el por qué no, el verdadero principio de incertidumbre.

Después, otra vez, la angustia. ¿Dan la visa sí o no? ¿En cuánto tiempo entregan el documento? Nadie sabe nada, los mails no son respondidos, las llamadas indican que los informes sólo se responden por correo o en persona, un turno asignado hasta el 26 de marzo -podrían ser más meses-, un intento de cancelarlo, para pagar uno urgente, 1,500 pesos argentinos, sin éxito. Llamadas y mails infructuosos al consulado, a la sección de estudios, a la universidad, a la DNM. Conclusión: ni puta idea (tengo en claro que: la residencia precaria la dan al momento, el DNI tarda meses y la visa no sé si exista siquiera, ¿pero acaso los de acá entenderían esto? ¿Que allá todo funciona diferente, que su embajada no expide visas y que allá no tienen sentido de la urgencia y que ni ellos mismos conocen sus procedimientos o son reacios a explicarlos y que las cuadradas reglas de este lado, quizá, deberían abrir cancha, dar aire?).

Y, por acá, apostillar todo, en diferentes oficinas, en tres entidades (mi vida siempre está dividida, fragmentada, y ahora agregaré una división más), con diferentes precios y diferentes rangos de espera. El descubrimiento de requisitos que no puedo cumplir en el momento, porque mi familia no vive aquí, ¡porque estoy dividida! Más angustias, más sentimientos de ser lentamente engullida, devorada, por ese monstruo de la burocracia, con sus tentáculos invisibles, sus trasgos de corbata, sus requisitos, sus líneas de captura, sus números de registro, de turno, de asignación.

La carta de no antecedentes penales. Los diez días hábiles que, contados, tenían que resultar en hoy. La apostillada que tarda 85 minutos, pero hasta la una de la tarde. ¡Y resulta que no está! Mañana, quién sabe. Parto el lunes, con cita para el Instituto de Reincidencia argentino el martes, para obtener la carta de allá que no podré obtener sin la carta de acá. (Tras lo cual, idealmente, tendría que ir a una comisaría a solicitar que un policía verifique que vivo en la dirección que daré, pendiente que alegremente, Airbnb mediante, pude resolver ayer; después, esperar a este policía durante 48 horas -sin salir- para obtener un comprobante de domicilio argentino. Para, después, acudir al turno urgente (¿que lograré tramitar?) en la Dirección Nacional de Migraciones, en avenida Antártida, con mi inscripción a la universidad hecha, si logro hacerla el día anterior, en la sede Viamonte, a pesar de no contar -aún- con un seguro internacional de salud.). Ay, otra vez mis previsiones se derrumban, mi tinglado se desmonta, los consuelos que me cuento a mí misma, los pensamientos optimistas y tranquilizadores, la conmiseración que por momentos me hace exclamar: ¿por qué?, ¿qué tuve que hacer diferente?, ¿qué hice mal?, ¿en qué paso me equivoqué, en dónde fui irresponsable, dejada, voluntariamente lenta e insensata?

¿Ven ese tópico de la literatura rusa sobre la burocracia? En nuestra cultura latinoamericana está muy arraigada. Y es curiosa esta relación: viví cosas similares en mi estadía en Buenos Aires hace cinco años, cuando me robaron la cartera en el “subte”. No ese día, que tuvo tres horas perdida en un locutorio, llamando a mi casa, a Banamex, a Ixe, a Visa y Mastercard, cancelando tarjetas y solicitando repuestos para el extranjero, con dinero prestado por el chileno que conocí en el hostal y con el que paseaba ese día y sobre el que terminé escribiendo una  historia que nunca le mostraré, por mala onda. No ese día sino los días siguientes, con mi número de folio, y mi expediente, y mi contraseña, y mi nombre completo, llamadas eternas a los bancos y a las marcas de tarjetas de crédito, con sede en Miami; esperando faxes, mails, un sobre DHL con una tarjeta de repuesto sin NIP que casi no me servía para nada, agotando los cien dólares de emergencia que llevaba, comiendo manzanas y empanadas y vasos baratos de vino, y a pesar de todo disfrutando la ciudad intensamente, caminando sin dinero, descubriendo que no importa allá que casi no tengas dinero, una de las razones por las que no guardé rencor sino al contrario.

Si he de atarme a esa ciudad, será siempre a través de un penoso proceso burocrático.

Pero además las despedidas. El peso emocional de la partida. El dolor inconmensurable de esto. Me repliego, tengo mis crisis, me quejo con todo mundo, la panza me duele, me duele, no hay momento en que no me duela, y empieza a dolerme la garganta, la presión se me baja hasta el inframundo, el cuerpo somatizado, traicionero, que ni aguanta nada.

Entonces: ayer. Una queja más, un pobrecita de mí más. Es que es extraño cómo todo en mi vida tiene una rara simetría, señales misteriosas y anuncios. El post anterior, recuperar (¿por qué, de dónde vino el impulso?) aquella entrada anodina en un diario que yo tenía, una Moleskine roja gordota que no logré llenar, sobre una tarde en que se me bajó la presión en un bazar y me arrastré a un restaurante para obtener una Coca y pensar que no, que no quería desmayarme, como la única vez que me he desmayado, que fue en el primer Corona, durante los Pixies. Y la semana pasada fui a Querétaro, a apostillar mi título y certificado de calificaciones. Y mientras me los entregaban y demás, paseé por el primer cuadro de la ciudad, una ciudad que yo amé muchísimo, que anhelé también muchísimo, en la que fui feliz, como en el principio de toda relación, y de la que luego quise separarme, cuando empecé a ser miserable en ella. Pero mientras caminaba recordaba sólo lo bueno, mis andanzas adolescentes y juveniles, pensaba en lo bonita que es esa ciudad, en lo bien que se deja caminar, y llegué entonces a una parte del jardín Corregidora, con sus mesas de restaurantes al aire libre, y tuve el recuerdo de la primera vez en la vida que se me bajó la presión. Como a los diecisiete años. Y es algo que comentaba ayer con J, quien también sufre de presión baja. Si recordaba la primera vez que se le bajó. Cómo es una sensación que no tiene precedentes, un exabrupto del cuerpo: el mareo, el dolor de cabeza, la náusea, la taquicardia, mucho sudor frío que te escurre por el cuello, desorientación total. Algo como un estado alterado de conciencia. Cuando me sucedió -era viernes, de noche, yo caminaba yendo a no sé dónde- no entendía qué me pasaba y la desesperación, la intuición del desvanecimiento cercano. Después, con el tiempo, empiezas a detectar cuando tienes la presión baja, tu cuerpo se cuadra, reconoces las alarmas, es cierto que la Coca Cola es milagrosa -pero por las sales, me dijo un doctor, no por el azúcar.

Así, desde el domingo yo reconocía que tenía la presión baja, pero ayer, diversos factores entre los que hay uno que me culpabiliza totalmente, confluyeron en un momento en el que me encontraba encerrada en un vagón de la línea verde, repleto, detenido por la lluvia, sin aire y caliente, incomodidad que yo estaba sorteando muy bien porque estaba embebida en un pasaje de “La pasión según G.H.”, de Clarice Lispector, sintiendo incluso que la atmósfera agónica que me rodeaba (los rostros exasperados de todos los que íbamos en el vagón) era la ideal para rozar la angustia y el vacío de la escritura de Lispector, cuando llegué a la parte donde la narradora describe a la cucaracha que la hará vivir una experiencia de disociación, de escisión de su ser, o quizá todo lo contrario, de reconocimiento propio, escrito todo con una densidad que me hizo cerrar el libro con asco y angustia:

Y he aquí que descubría que, pese a que era compacta, ella estaba conformada de capas y capas pardas, finas como las de una cebolla, como si cada una pudiera ser levantada con la uña y, pese a ello, aparecer una capa más, y una más. Tal vez las capas fuesen alas, ella debería entonces estar hecha de capas y capas finas de alas comprimidas hasta formar ese cuerpo compacto.

Y entonces, al cerrar el libro, al ver que faltaban dos estaciones, sentí de inmediato que la presión se me estaba bajando, de manera vertiginosa y fulminante. Empezó el mareo, la náusea, el dolor, el sudor helado (como cubetadas de agua fría), el corazón palpitando, la vista borrosa, la boca seca y después el miedo y lo que me obligo a pensar: no, no, no, aguanta, aguanta, dos estaciones más, dos más, como James Bond tras haber ingerido veneno, concentración y fuerza, y sed, una sed atroz, y nada dulce, ni un dulce en mi bolsa, y entonces plaf: a negros. Dejé de luchar. Mi cuerpo mansamente se desconectó, colapsó, hizo corto circuito y caí de pronto en una negrura que no era un negro absoluto, sino como café, ámbar, donde todavía pude sentir que mi cabeza estaba golpeando con el tubo. Un descanso. Después sentí que me levantaban, como si me despertaran de un sueño pesado. Eran unos señores. Me sentaron en un asiento (ah, si me lo hubieran cedido antes…) y me preguntaron cómo estaba y yo balbucía que necesitaba algo dulce. Después, cuando se hizo como un círculo, apareció la figura milagrosa de un estudiante de medicina, con su bata inmaculadamente blanca y su mochila, y empezó a hacerme sus preguntas idiotas, de rigor, de estudiante que no sabe lo que es una urgencia: ¿eres hiper-tensa, tienes diabetes, estás embarazada?, para demorarse en buscar una paleta -de pollo rostizado- en su mochila y todavía preguntarme si la quería, y yo sintiendo que sobrevenía un nuevo desmayo y extendiendo las manos para que me diera el maldito dulce ya.

Cuando logré salir en Miguel Ángel de Quevedo fue nuevamente una lucha subir las escaleras, además me dolía el estómago, tenía un cólico de origen incierto, sentía que iba a azotar otra vez. Llegar al puesto, buscar el dinero, pedir la Coca, hacer la operación de pagar, correr hasta las escaleras, tirarme en un escalón, dar un traguito, dos, sentir el aire frío sanador, sentir cómo poco a poco, con cada minuto, cada respiración y cada trago de agua negra del imperialismo, el malestar se disipaba, quedaba un mareo y un dolor de cabeza atroz, tenía fuerzas para cambiarme de lugar al otro escalón pegado a la pared, donde pude recargarme, y así fui recuperándome y observando lo que me rodeaba, a la muchacha del puesto de calcetines y al muchacho que vendía audífonos, que eran hermanos o novios, y a las personas de los otros puestos, y cómo hablaban, qué se decían, que iban a comprar un café, de qué tamaño lo quieres, compraron unos puerquitos de anís, le ofrecieron a un anciano que estaba en el otro escalón, con su sombrero abierto para las limosnas, ¡me ofrecieron un puerquito!, me volví parte de la escena, me mimeticé con el ambiente, volví a experimentar esa sensación rara de permanecer detenido en un sitio de tránsito, y cómo se observa y registra a los que pasan rápidamente, y ahí estuve, recuperando el color y esperando, hasta que J llegó por mí, entramos a la avenida y, unos metros adelante, ¡chocamos!

Pero no fue grave. Y, de todos modos, era adecuado: una ciudad desquiciada bajo la lluvia. Después fuimos a la reunión, a la amada reunión de todos los miércoles, y yo bebí un poco de vino -con precaución- y comí panecitos y otra vez fui aleccionada, debo dejar la angustia atrás, dejar mis preocupaciones y mi estrés, y yo dije sí, eso debo hacer, y me dormí temprano y no recuerdo ni qué soñé, y desperté con dolor de cabeza y me dispuse a acudir a la PGR, pero al llamar me informaron que no está mi carta y quién sabe si mañana esté y si no está entonces yo no sé qué va a pasar.

¡No sé nada!

*colapsa*

(toda esta angustia, todo este estrés, que si yo fuera una clase distinta de persona seguramente no me preocuparía, seguramente lo haría a un lado, para respirar una vez más, el lunes que lleguemos por la noche, una bocanada de aire porteño)

 

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“Algo que pasó hoy” (hace cinco años)

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Arreglo mis diarios, los dejo acomodados y en relativo orden, pero no son diarios sino otra cosa, cuadernos con entradas de diario pero también listas de pendientes, anotaciones de entrevistas y apuntes de otras cosas.

Una entrada de 2010:

Algo que pasó hoy.

Venía caminando por Londres (ojalá fuera Londres, Inglaterra, pero era Londres, colonia Juárez), cuando encontré un bazar de antigüedades. Como me gustan mucho, me metí a curiosear. Encontré un mueble redondo, un cilindro en realidad, que apenas me enteré es una cantinita. Era idéntico a uno que teníamos y que mi mamá cubría con un horrible mantel de terciopelo verde con flecos dorados. No sé qué se hizo de él, seguro mi mamá lo tiró a la basura en uno de sus ataques de limpieza.

Verlo me trajo muchos recuerdos. A veces lo usaba como casa de Barbies, una de esas casas extrañas de los setenta, futuristas entonces y obsoletas ahora, con muros redondos y ángulos raros.

La parte de arriba, que funcionaba como tapanco, era el dormitorio de Barbie. Tenía una funda de Nenuco que yo siempre vi como colcha/sleeping bag de Barbie, era rosa, con lunas y estrellitas que brillaban en la oscuridad. Abajo estaba el área de estar, donde Ken y sus amigas la visitaban. No lo recuerdo. Tal vez la usé poco para Barbie y más como espacio habitado por los muebles miniatura de Polly Pocket, que me encantaban. Jamás tuve una Polly Pocket. Sus habitantes eran los monos de plástico que salían en las cajas de Sonrics, de Balú a la familia Simpson completa.

Luego se me bajó la presión. Lo sentí enseguida. Suele pasarme en bazares, será porque son sitios cerrados y sofocantes, llenos de vejez y olor a húmedo y a decrepitud.

Empecé a sudar copiosamente, a pesar de que antes de entrar tenía frío. Pregunté cuánto costaba el mueble y luego salí dando tumbos. No quería desmayarme, como en los Pixies. Es preocupante. Debo ir al doctor.

Tenía que conseguir una Coca-Cola. Llegué hasta Dinamarca, donde está la glorieta. Me metí al que parecía un café. Era un restaurante.

Pedí una Coca light. En el baño tenían la “Hola”.

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Lunes, 6:18 p.m.

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Acabo de caerme. Entré descalza al baño, el piso estaba mojado, mi pie patinó, me di en la rodilla, en los dedos, en las pompas. Intentaba escribir aquí: la angustia. Que es física (taquicardia, sudor frío, respiración entrecortada). Ahora estoy en Polo, en mi cuarto. Debo escribir un texto, avanzo con lentitud. Hay buen clima desde hace unas semanas. Aquí hasta hace calor: la luz de la tarde entra por la ventana, me siento abochornada. He aplazado la angustia. Pero es mentira, es otra de las mentiras que me he dicho a mí misma (como esa de que me es fácil desprenderme de las personas). En realidad es fácil tomar la decisión, cualquiera puede con eso.

Hay amenazas latentes, la posibilidad de perder lo que anhelaba. Después: trámites, llamadas, correos, solicitudes, firmas, copias. Visitas. Idas y vueltas. Compromisos. Lo que ya no voy a hacer. Lo que ya no va a suceder. Dar por hecho que yo cambiaré, que los demás cambiarán, que los sentimientos de ahora serán reemplazados por otros.

Insomnio. Otra vez esos sueños: el tsunami. Una ola que arrastra el agua desde las orillas, que deja la arena a la intemperie, que se alza como un edificio y después, sin más, azota. Un jardín sin plantas, varios bichos arrastrándose por las paredes. Más trámites, más compromisos. Muchos consejos, muchas palabras bienintencionadas.

Me ha recordado: siempre tuviste facilidad para el llanto. Todo, hasta eso, lo más mundano, me lleva a las lágrimas. Pero no siempre son lágrimas frívolas. Llorar el sábado, con J. Abrazarnos y por momentos olvidarlo y volver a ser felices, y aferrarse a lo que tenemos. Ser fuerte es volverse insensible. Entrar en la angustia, envolverse en ella, respirar a través de ella: que me despierte por las noches, que me haga repasar las caras, decir en mi mente lo que ya no voy a decir, ni en persona ni por escrito; respirar mal y sentir este ardor en las mejillas. No sé qué nota final darle a esto, de dónde surge el impulso de escribir una entrada acá. Mis diarios están llenos.

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Dominicana tres meses después

Yo estuve de malas en República Dominicana, estaba casi siempre de malas, poco participativa y callada, no tengo que verlo ahora (ahora que escribo, por fin, el texto al respecto); lo veía entonces, me daba cuenta y me odiaba por eso, y me decía: ya cálmate, pon buena cara, agradece todo, intenta hacer amistad, hablar más, entender lo que pasa no desde adentro sino al menos en el intento del afuera. Comimos en un restaurante muy bonito en un mall lujoso en el Santo Domingo que yo no sentía que fuera el verdadero Santo Domingo, yo quería ver más, caminar más, estar menos atada al hotel y a las pasarelas, pues iba a la semana de la moda y a diario había eventos en el hotel mismo donde nos hospedábamos, de cara al Caribe pero sin entrada al Caribe, lejos de la ciudad colonial y los primeros asentamientos, la ciudad más antigua, Santo Domingo, Prudi, las aventuras de Prudi, Montse tan dominicana, tan agradablemente dominicana, con todo y sus miamol. Así, en este restaurante de nombre francés, yo comí un carpaccio que me cayó mal y me produjo gastroenteritis, o al menos eso creí y me hundí más en mi mal humor y en mi separación. Fuimos a los Altos de Chavón, maravillosa y admirable escuela de diseño, con los estudiantes internados ahí mismo, dibujando figuras y esculpiendo en palapas con ventiladores, y una réplica de ciudad mediterránea pero con vista al caudaloso río Chavón, después más carretera, hacia Punta Cana, todo hermoso y exótico, y sin embargo yo desfallecía en mi asiento, empapada en sudor frío y con grandes malestares, seguro una sanción por mi actitud y por lo poco que participaba y me dejaba estar, ni siquiera el mar, ver el mar, donde aquel día no se podía nadar por las algas, lograba calmarme, hasta la noche que nadamos en una especie de cenote dentro de un club residencial privado, en el que nos movíamos con nuestra nueva amiga en carritos de golf, hasta entonces me sentí más yo y dentro del momento, en el cenote de agua helada y poco profunda y transparente. Al día siguiente nadamos menos de una hora en la playa de un all inclusive en el que no nos hospedamos, en el punto donde el Caribe confluye con el Atlántico, en aguas turquesas y delicadas como las de Tulum, o Cancún, pero tibias, muy tibias. Después, otra noche, de regreso en Santo Domingo, yo me escapé del hotel y de la pasarela y salí por una avenida, y caminé por calles que podrían ser el oriente del D.F., puentes peatonales y coches que echaban lámina, y bardas pintadas con el logo del PRD, Partido Revolucionario Dominicano, y muchos Wendy’s, McDonalds, Burger Kings y KFCs, pensar: ¿así pasaría con La Habana, es esto lo que le habría sucedido a La Habana? (aún no cabía el pensamiento de que esto podría pasarle a La Habana). Llegué a un bar con karaoke, cerca de una universidad, donde había un grupo grande de estudiantes, tomando ron y cervezas, cantando  éxitos lo mismo de Juan Luis Guerra que de Paulina Rubio; yo los veía, sentada en una mesa, tomando mi cerveza Presidente, hasta que uno de ellos se acercó a mí, me preguntó de dónde era, si española o de dónde, le dije que no, que mexicana; me dio un cigarro, era gay, por cierto, ninguna posibilidad de ligue, y así acabamos hablando de temas políticos, del narco como nueva actividad en República Dominicana, y hasta de las reminiscencias trujillistas, y de esto y aquello. Volví al hotel y a mis responsabilidades, y a confirmar que soy vaga, que tengo que vagar, que no puedo estar confinada, que algo se puede descubrir, incluso cuando se viaja así, con todo dispuesto, con todo acotado, cuando uno va de prensa y deja que le descubran en lugar de descubrir a solas. Otra tarde, en un cigar club, un puro dominicano, un buen ron dominicano, y volver a pensar en el comercio dominicano que se beneficia del embargo, vendiéndole a manos llenas a Estados Unidos, recibiéndolos en sus playas y casi nunca en su capital, extraña capital, bella y contradictoria capital, la ciudad más antigua del continente, la primera en casi todo: un sábado, el sábado antes de irnos, por fin pude caminar mejor su centro, tomar su cerveza y comer sus empanadas de lambi y su chivo ripiado y luchar con la paleta helada de chinola (maracuyá) que se me derretía en las piernas, haciendo un mejor intento (todavía insuficiente) por conocer a las otras reporteras, hablar más con ellas sobre su vida y mi vida y participar nuevamente del mundo. . .

1:44 pm

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Para escribir un texto, así sea sobre la semana de la moda en un país del Caribe o un restaurante o un episodio de TV y sobre todo si es algo serio o narrativo, debo prepararme mentalmente, hurgando dentro de mí y haciendo espacios en los desórdenes de mi cabeza, como si me entrenara para un maratón o dispusiera los ingredientes para una receta difícil, postergando y angustiándome, que es parte de la preparación, juntando frases sueltas, datos e información, lecturas previas y preparatorias, y relacionadas también, y no relacionadas de igual forma, y todo es por el miedo, el puto miedo, que me da escribir.

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(entrada escrita en dos minutos, ay, cruel paradoja)
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Lo extraño

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No tags :(

Otra vez una coincidencia que califica como extraña.

Había estado pensando en Damian, mi amigo del internet telefónico, prehistórico, de quien escribí un post hace cinco años, en mi otro blog. Ahora que lo releo, dolorosamente (¿quién se aguanta a los 23 años?), me da pudor lo cursi, lo torpe, lo un poco ridículo. Pero es necesario volver a él, para entender el asunto con Damian.

El pensamiento se hizo más intenso después de leer el cuento de Mariana Enríquez que compartí en la entrada anterior, “Verde rojo anaranjado”. Creo que no había leído en literatura reciente, además con tanta belleza y sencillez, un tratamiento tan certero sobre las amistades fantasmales de internet. Este fragmento en especial:

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Internet en los años noventa era un cable blanco que iba desde mi computadora hasta la ficha del teléfono, cruzando la casa. Mis amigos de internet se sentían reales y yo me angustiaba cada vez que se cortaba la conexión, o la electricidad, y no podía encontrarlos para hablar de simbolismo, glam rock, David Bowie, Iggy Pop, Manic Street Preachers, ocultistas ingleses, dictaduras latinoamericanas. Una de mis amigas estaba encerrada, me acuerdo. Era sueca, tenía un inglés perfecto –yo casi no tenía amistades argentinas online–. Tenía fobia social, decía. No recuerdo su nombre. No puedo recuperar sus mails, quedaron en una máquina vieja. Desde Suecia me enviaba documentales en vhs y cd imposibles de conseguir fuera de Europa. Entonces no me preguntaba cómo hacía para llegar hasta el correo si supuestamente no podía salir. Quizá mentía. Los paquetes, sin embargo, llegaban desde Suecia: no mentía sobre su locación. Conservo las estampillas aunque las cintas de los videos ya se llenaron de hongos y los cd dejaron de funcionar y ella se desvaneció para siempre, un espectro de la red, y no puedo buscarla porque no recuerdo su nombre. Me acuerdo de otros nombres. Rhias, por ejemplo, de Portland, fanática del decadentismo y los superhéroes. Teníamos una especie de romance y ella me mandaba poemas de Anne Sexton. Heather, de Inglaterra, que todavía existe y que, dice, siempre me agradecerá haberle hecho conocer a Johnny Thunders. Keeper, que se enamoraba de jovencitos. Otra chica que escribía poemas hermosos que tampoco puedo recordar, salvo algún verso malo, “my blue someone”, por ejemplo. Mi alguien triste. Marco se ofreció a recuperarlas por mí. A todas mis amigas perdidas. Dice que el encierro lo volvió hacker. Pero yo prefiero olvidarlas porque olvidar a la gente que solo se conoció en palabras es extraño, cuando existieron fueron más intensas que lo real y ahora son más distantes que desconocidos. Les tengo un poco de miedo, además. Encontré a Rhias por Facebook. Aceptó mi amistad y yo la saludé muy contenta pero ella no contestó y nunca más hablamos. Creo que no me recuerda o me recuerda poco, vagamente, como si me hubiera conocido en un sueño.

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Yo pensaba así de Damian, mi amigo Damian, alguien que sólo conocí en palabras pero que mientras existió fue más intenso que lo real. Tengo recuerdos de conversaciones, de tardes gastadas en estas conversaciones; de lo que yo hacía, aparte, durante chats que se prolongaban más de lo debido y se alternaban, con una velocidad de 56kbps, con las páginas que yo visitaba entonces (mundoyerba.com), con los discos que escuchaba en Winamp, con mis otras conversaciones de Messenger (amigos de la prepa, en su mayoría). Recuerdo aquella Compaq Presario y sus salvapantallas, mis carpetas y sus .docs, mis devaneos en Paint.

Recuerdo a varios integrantes del HIMclub, que congregaba a la Europa periférica, algunos gringos (recuerdo a una chica de Virginia, que usaba lentes), un par de australianos, cuatro o cinco mexicanos (entre ellos Helena, a quien conocí en un concierto de HIM, ojos grises enormes, delineados de negro siempre, cuya amistad conservo).

De entre todos ellos Damian sobresalía por la densidad de su presencia, a pesar de ser ésta puramente espectral. Alguna vez su realidad se trenzó con la mía, cuando me llegó el paquete con 48 dvds rotulados con la letra de su madre, las pruebas físicas (la rosa del sueño) de su existencia paralela.

Pero yo me había resignado a nunca encontrarlo: el post era una carta de despedida, el proyecto de llamarlo quedaría inconcluso. Así tenían que ser las cosas.

Pasaron casi tres años de aquel post. En verano de 2012 empezó a seguirme en Twitter un hombre de Southport, Inglaterra. Lo he buscado entre mis followers: @rmcooksey. Otra cosa extraña: no actualiza esta red social desde 2009. No hay tuits dirigidos a mí. Vamos a pensar esto: que, al seguirme, al ver que era de Southport, decidí seguirlo enseguida; que no hubo necesidad de hablarnos en público pues iniciamos, de inmediato, un intercambio de mensajes directos.

(dudo de esta versión)

Este hombre, llamado Richard, me dijo que conocía a Damian y que había visto mi post. Confirmó que Damian seguía viviendo en Southport, con sus papás. Entonces seguía vivo, al menos. Richard, en cambio, vivía en Oxford, ¿con su esposa, con sus hijos? Ya casi no recuerdo nada de esto, algo más que guardé en cajoncitos provisionales de la memoria que no volví a abrir. Richard iba algunas veces a Southport y prometió conseguirme el nuevo correo de Damian.

¿Fue así? ¿O, más bien, dijo que le daría mi correo a él? No lo recuerdo con exactitud. Los huecos en mi memoria se ponen en mi contra. Me convierten en la narradora poco confiable, en la loca que narra sus memorias, lo que explicaría la extrañeza de más adelante.

En agosto de ese año fui a Europa, al fin.

Tal vez sí me dio un correo. Tal vez sí le escribí antes de ir.

Tal vez no.

No recuerdo nada porque no escribí nada, no dejé pistas escritas para mí misma y no se lo conté a nadie; además, en la vida real, analógica, se producían acontecimientos de naturaleza intensa y arrolladora, que me distraían de lo residual, lo fantasmal.

Me fui. Y sucedió que una noche, en un hostal de Berlín (un hostal limpísimo, blanco y minimalista, parecido a un hospital), a oscuras porque ya era de madrugada y todas dormían en el cuarto, abrí mi correo de Gmail en mi teléfono.

Tenía un correo de Damian.

¿Qué recuerdo de ese correo? Que había encontrado mi post también, un par de años antes. Que lo había pasado por el Google Translator. Que le había dado muchísima pena. Que todo bien, seguía viviendo en Southport. No había más qué contar.

En el sopor, en la sorpresa, en la ansiedad, le escribí muy escuetamente que estaba en Berlín, que iría a Londres, de hecho, aunque no esperaba que quisiera verme.

Unless…

Que, de todos modos, le escribiría bien bien cuando regresara a México.

No me respondió. Fui a Londres. Estuve más de una semana allá y casi no pensé en él. ¿Volví a escribirle? ¿Le di la dirección del hostal de allá? No me acuerdo.

Algunas veces él hacía el viaje de Southport a Londres, muy raras veces, sólo para algún concierto: Glassjaw, HIM, Bon Jovi, 3 Colours Red…

(ahora puedo ver que Damian también era un hikikomori)

Volví a México. La rueda de la vida empezó a andar otra vez. Nuevamente fui una mala amiga y pospuse de manera indefinida aquel correo, que me angustiaba.

Hasta que no sé cuándo decidí que iba a escribirle. Coincidió con el hecho de que Romina, una de sus amigas argentinas, me agregó a Facebook. Hablamos de Damian. Le conté de su breve correo. Me pidió encarecidamente que se lo compartiera, para escribirle a su vez.

Busqué, entonces, aquel correo.

Y nada.

Busqué todas las combinaciones. Busqué en mi teléfono y en web. Busqué en mi antiguo correo en Hotmail. Peiné mis correos enviados y recibidos durante julio, agosto, septiembre, octubre de 2012. Nada.

No tenía nada.

Damian nunca me había escrito y yo había soñado que me escribía.

O me había escrito y de alguna manera, una manera que no imagino complicada para él -un hacker amateur formado por el ocio, como el hikikomori del cuento de Mariana Enríquez-, había logrado borrar el mail enviado. Había eliminado toda evidencia de comunicación. Había decidido que no quería que lo contactara, o lo había decidido tras una larga e infructuosa espera.

Esto pasó más de una vez. Este descubrimiento de la nada. Una cosa extraña. No le respondí a Romina ni le expliqué el asunto, simplemente me hice la tonta. En momentos de ocio, cuando la idea aparecía en la mente, intentaba nuevas combinaciones de búsqueda. Y siempre el mismo resultado.

No, no lo imaginé. Recuerdo la pantallita del teléfono, el correo, los latidos del corazón, cómo escribí: ahora estoy en Berlín. Ahora me encuentro en Berlín.

También lo he buscado en lo público, fuera de los espacios privados de internet. Pero Damian no ha dejado rastro o si lo ha dejado también ha sido fantasmal: su distintivo NewBornNebula en algún foro de internet, su registro electoral, un perfil en Twitter escrito en ruso. Una presencia online marginal. Un pionero del 1.0 que decidió, por elección, no integrarse al flujo hiperneurótico del 2.0.

Y ahora esta época, el 2015 que corre.

El fin de semana fui a Polo, estuve con mi familia. El domingo tomé el autobús de regreso.

En el camino oscureció. Yo escuchaba música y pensaba.

Llegué a la terminal, tomé el metro. De nuevo fui pensando, ¿qué más hacer? Este asunto extraño, más que el pensamiento puro y concentrado de Damian, me producía otra vez una ligera inquietud. Salí de la estación Eugenia con la firme resolución de escribir todo esto en el presente blog. El misterio sin resolver.

Lunes.

Llego a trabajar. Abro mi Gmail. Un mail con el encabezado: “Damian”.

Leo: Hello I found ur blog and I don’t speak Spanish. U did write Farewell my friend about Damian Outlaw. Is he dead??

Una coincidencia extraña, un presagio funesto. Como si lo hubiera invocado.

El remitente: Eric Swahn. Sueco. Su perfil en Google Plus, un salto nostálgico a la era de HIMclub: metalero nórdico, de pelo largo, con una playera de In Flames.

Nos mandamos varios mails esa mañana, después de aclararle que, al menos que yo sepa, Damian no está muerto. En uno Eric explicaba: I just knew him over the net to I think from dc++ but then we ripped CDs on mIRC and other stuff but then  he just dissapeared, I have tried to contact him over the years, i had 5 email addresses or so to him but no answer. If I remember right I found him on MySpace maybe 2006 or so but he never answered there either. I tried to find him after I read your blog and I only found this.

Cotejamos pistas y señales, hablamos de la posibilidad de borrar mails enviados (él cree que sólo es posible si ambos usan Outlook), encontramos su última actividad, en un foro de Bon Jovi, dijimos: qué extraño, qué triste, ¿por qué?, para llegar, sin decirlo, a la misma conclusión.

Damian se ha desvanecido.

Como si lo hubiéramos conocido en un sueño.

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Ensayos Impertinentes: humanismo pertinente (reseña ampliada)

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Jean Franco

Ensayos impertinentes

México, Océano – debate feminista, 2013, 256 pp.

 

 

Feminismo y América Latina: los temas de un volumen titulado, tal vez demasiado provocativamente, Ensayos impertinentes. Es posible que el título y lo que se anuncia en la contratapa –por ejemplo, los ensayos que abordan las figuras de Sor Juana y Frida Kahlo– respondan a una necesidad de marketing razonable; que estos “ganchos”, la promesa de la impertinencia, atraigan a un público en búsqueda de visiones frescas sobre temas atractivos: la Malinche, las historietas populares mexicanas, las disputas entre el Vaticano y los movimientos de izquierda. La contradicción funciona porque no es feminismo a secas ni América Latina los verdaderos temas, sino otros, enunciados de manera menos explícita: el discurso del mercado que permite el uso de la mujer como mano de obra barata; los mecanismos del orden social que logra prosperar del centro hacia los márgenes y la injusticia, una verdad moral incontrovertible. “Una de las ironías del pluralismo es que hasta el compromiso se convierte en mercancía”, afirma Jean Franco, tal vez ahí sí impertinentemente.

En uno de los ensayos finales, la autora confiesa que siempre le han gustado las misceláneas y los pot pourri del siglo XIX, un espíritu que Ensayos impertinentes suscribe como síntesis del pensamiento de la humanista.

Marta Lamas, directora de la revista mexicana debate feminista, es la encargada del prólogo y la selección, que abarca ensayos previamente publicados en medios como la misma debate feminista, los cuadernos del North American Congress on Latin America (NACLA) y la colección Marcar diferencias, cruzar fronteras, en estricto orden cronológico. Pionera de la enseñanza de literatura latinoamericana en Inglaterra, profesora emérita de la Universidad de Columbia y autora de La cultura moderna de Latinoamérica (1967), Las conspiradoras. La representación de la mujer en México (1994) y Cruel Modernity (2013), entre otros títulos, Franco es, según Marta Lamas, “la referencia imprescindible para quienes estudian la cultura latinoamericana y también para las feministas”.

Franco, por cierto, acaba de cumplir noventa años y se mantiene productiva todavía. Su interés por la cultura latinoamericana comenzó en los años cincuenta, cuando, nos explica Lamas, conoció a un artista guatemalteco y se mudó a su país; en 1954, tras el golpe de Estado que derrocó a Jacobo Arbenz Guzmán, llegó a vivir a México. De vuelta en Londres, en 1957, estudió Letras Hispánicas, y en 1972 obtuvo un puesto de catedrática en Stanford, donde nació su interés por los movimientos feministas en América Latina. Esta trayectoria es referida en el prólogo, que comenta de manera excepcional las búsquedas y métodos interpretativos de Franco, y hace la necesaria precisión de que, “si bien se acepta como feminista a quien se asume como tal, existen distintas formas y niveles de serlo. Y el feminismo de Jean Franco se cuenta entre los más altos de los distintos grados y tipos existentes”.

Las claves para leer Ensayos impertinentes se encuentran en la primera pieza, “Invadir el espacio público, transformar el espacio privado”. La primera es muy general y concierne al estado actual del feminismo o, más bien, a su percepción en el amplio espectro de lo social. Jean Franco dice que las mujeres que encabezaban los movimientos populares por la supervivencia en los Estados ineficaces solían “rechazar la denominación de feministas, término que se ha envenenado al asociarse a mujeres puritanas que odian a los hombres o a grupos de mujeres de clase media cuyos intereses no coinciden con los de las clases subalternas”. No hay, en los dieciséis ensayos que componen la colección, una definición explícita de lo que es o no es el feminismo, pero encuentro necesario detenerse un momento en este breve pasaje para preguntarse por qué la palabra misma se ha degradado. Feminismo, un concepto lleno de equívocos.

La segunda clave que Franco da al lector alude al papel que ella misma juega en la crítica cultural: “La mujer intelectual no puede ya sostener ingenuamente que representa a las mujeres y que es su voz, pero puede ampliar los términos del debate político mediante (…) el uso del privilegio para destruir el privilegio”. En aquel ensayo, Franco analiza la vinculación entre lo público y lo privado que las madres de los desaparecidos en la dictadura de Videla, en Argentina, hicieron posible mediante el traslado de lo íntimo y lo familiar a la esfera pública (con un acto simple: la exhibición de las fotos familiares), constituyéndose en nuevos paradigmas de ciudadano. Desmenuza el trabajo de varias escritoras: la chilena Diamela Eltit, la argentina Tununa Mercado, la peruana Carmen Ollé, la mexicana Elena Poniatowska (quien, a la vez que da voz a las clases subordinadas, “afirma (en La flor de Lis) enérgicamente su identificación con su aristocrática y esnobista madre”), y la brasileña Clarice Lispector, cuyas voces ponen en crisis la separación entre lo subjetivo y lo dominante (tradicionalmente asociado a lo masculino). Franco escribe: “Los textos que a mí me interesan no son aquellos en los que habla el subordinado mientras el agente intelectual del discurso permanece oculto”.  Pero es en “La larga marcha del feminismo”, que inicia con el recuerdo de su amiga Alaíde Foppa, feminista e intelectual que murió torturada por el ejército guatemalteco, donde Franco asume una postura hiper-crítica ante la izquierda ortodoxa que margina o ignora las necesidades de las mujeres; antes de iniciada la participación de las mujeres en la esfera pública, se pensaba que la militancia feminista era lo mismo que lucha armada. En los ochenta, con la creación de centros de investigación y publicaciones feministas, la esfera privada empezó a revalorarse como arena política.

Franco también analiza las narrativas estadounidenses (con los romances de editoriales como Harlequin) en contraste con la literatura popular mexicana de los años ochenta, representada en El libro semanal. Pero su tratamiento es radical en tanto que demuestra cómo los mecanismos narrativos se transforman de acuerdo a la destinataria del texto: mientras el primero la mira como consumidora, el segundo la percibe como un eslabón más de la fuerza de trabajo. Esta dialéctica marxista es la base de ensayos como “Deponer al Vaticano” y “Las guerras del género”, que analizan el rechazo de la élite católica por el uso de la palabra género como el “conjunto de significados culturales que asume el cuerpo sexuado” (en la acepción de Judith Butler), pues alcanzaba a entender las consecuencias de un debate tan amplio: la legalización del aborto, los matrimonios homosexuales y las familias no convencionales.

Incluso en el ensayo donde prevé la “iconización” de Frida Kahlo, “Manhattan será más exótica este año” (1996), la mirada es demoledora: en la exhibición México: esplendores de treinta siglos, en el Museo Metropolitano de Nueva York, y a pesar de que las mujeres artistas permanecieron al margen, el “Autorretrato con mono” de Kahlo fungió como símbolo de la nueva retórica nacionalista, que se hacía más accesible por medio del exotismo y dejaba atrás el discurso antiimperialista de la Revolución. Era 1990, plenos “esplendores” salinistas. “Tanto la publicidad como la derecha han usurpado el lenguaje y los símbolos de la izquierda”, concluye Franco.

Tres veces interrumpí la lectura del ensayo más duro de este volumen. En él se narran las violaciones como estrategia de tortura y eliminación étnica en las guerras civiles de Perú y Guatemala durante los años ochenta y noventa. Apoyándose en los testimonios documentados por las comisiones de la verdad creadas en ambos países, Franco describe escenas de una abyección intolerable. Es difícil leerlas. “La violación: un arma de guerra” analiza la destrucción y degradación del cuerpo humano en los estados de excepción instaurados en ambos países con el fin de reprimir movimientos insurgentes. En los dos casos, ejército y policía emplearon la violación sistemática como aniquilación colectiva de grupos indígenas y mujeres, a las que, además de considerar “parte del botín”, creían portadoras de “la semilla”: la matanza de niños, incluso de fetos dentro del vientre, apunta a un proyecto de genocidio. Todavía más terribles son las consecuencias en lo social, pues el concepto de “deshonra”, que tiende a culpar a la víctima, la lleva al silencio y al sufrimiento en solitario. Franco no se limita a enlistar las atrocidades, ni aplaude la creación de las comisiones de la verdad, cuyo poder reparador pone en duda. “¿Pueden la verdad y la reconciliación reparar las ruinas de tantas vidas (…), especialmente dado el hecho de que ha sido tan difícil acabar con la impunidad de los responsables?” Franco apela a “valores esenciales de justicia” que deben ser establecidos, mal que bien, por instancias supranacionales de derechos humanos. Y se pregunta si los feminicidios en Ciudad Juárez, Colombia y ciudad de Guatemala se han “privatizado”. El problema del activismo contra la violación sexual es que “no afecta suficientemente a la población para obligarla a entrar en acción. La impunidad del ejército y de otros sólo se romperá cuando la población en general acepte que la violación es un crimen contra la humanidad y decida llevar a los responsables ante los tribunales”.

Ensayos impertinentes es una lectura intensa, que obliga a veces a poner el libro abajo y pensar fríamente en lo que se ha leído. Pero también regala momentos luminosos. En “Elogio de la diversidad”, Franco en realidad elogia la labor de debate feminista, pero la inclusión de la pieza es tanto un alarde como un autogol, pues ahí mismo exhibe la renuencia de las integrantes de la revista a tramar el tema de la vejez, tropezón que corrigen dos números adelante y que da pie al texto final, “Confesiones de una bruja”. Por supuesto Franco recurre a Beauvoir, pero con La Vieillese, un tratado exhaustivo de la vejez que pertenece sólo a su tiempo, cuando existían Estados benefactores. Ahora, ante la falta de representación (a no ser por los viejos que aparecen en anuncios de “remedios para la incontinencia, la artritis y el pene flácido”), y bajo el apelativo de senior citizen, Franco urge a perder la vergüenza a sentirse viejas y generar, en cambio, un pensamiento político de la vejez.

Hay que elogiar también el impecable trabajo de edición, las acertadas traducciones individuales de cada ensayo y la apuesta de una editorial más bien comercial que decide colocar en las mesas de novedades un libro lleno de humanismo, inteligencia, nociones de izquierda verdadera, de contribución a la memoria colectiva y, sobre todo, de un feminismo que es, que siempre ha sido, para todos.

 

 

versión impresa en Letras Libres, aquí.

Algunas lecturas de 2014

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Finalmente pagué los cinco euros de Malherido. No estuvo mal, no me arrepiento. Pongamos de lado la polémica en torno a las reseñas -a su valor en la crítica literaria, a su actuación frente al mercado, a cómo se escriben, cómo se publican, etc., etc.- y digamos que sí, que a mí, como lectora, todavía me interesan. Es un juego perverso, claro. Es cierto que una reseña negativa, implacable, daña un libro o la posibilidad de su lectura. A veces pasa lo contrario, que el morbo gana (me desligo). Pero una reseña emocionante, agradecida, genuinamente afectada por la lectura (todo esto es emocional) conduce a libros que ¡sí! ¡QUE SÍ!

Por eso quise volver a leer a Malherido, aunque había dicho que no, que no iba a pagar, porque finalmente me dio a Eloy Tizón alguna vez, por ejemplo, cuyo “Técnicas de iluminación” va adelante en la carrera de los que ya leí o estoy leyendo en 2015. Después podría comentar lo negativo, el desacuerdo, la mala onda. Por ahora, consignar: puedo, para mí (para recordar) y para antojar la lectura y por motivos que me parecen no del todo horribles -más allá de una pobre pretensión: no leí demasiado- hacer un mapa incompleto, sesgado, de las cosas que leí el año pasado. Seguramente leí cosas que no me acuerdo ahora que leí pero que después recordaré haber leído (lo cual, además de cuestionar si lo leído fue memorable, retoma un tema que he estado rumiando, lo de meter pensamientos e ideas en un cajoncito detrás de la mente). Justificación que no es tal: obviamente las condiciones laborales en ciudades de movilidad deficiente como el D.F. impiden que una pueda leer tanto como le gustaría/debiera (o que se lea de manera superficial). Las lecturas se adelgazan, se dividen -en mi caso- en las ligeras (aptas para el transporte público) y en las chonchas: el pensamiento y la alta literatura. A veces pasa que lo segundo, de estar tan bueno, quiere convertirse en galopante, pero eso va en su contra y termina por darle en su madre; a veces en el momento adecuado para la concentración una acaba leyendo el cascajo y el divertimento. Total. Luego no hay método. Y entretanto, en horas del trabajo, por ejemplo, artículos y cuentos, ¡y ah!, muchos cuentos, que después pueden releerse. Releer me gusta mucho, ¿tal vez por eso me gustan los cuentos tanto?

La lectura más importante, por tantos y tan íntimos motivos: “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge”, de Rilke.

La novela más importante, por factores de mucho peso: “Madame Bovary”, Flaubert.

Veo, por un diario, que este año terminé “Adán Buenosayres”, de Leopoldo Marechal. Gran novela, una rareza de gordura y ambición dentro de la literatura del sur.

Releí “Río subterráneo”, segunda colección de cuentos de Inés Arredondo. Los adoro a todos, a ella la quiero. Leí “Cambio de armas”, cuentos de Luisa Valenzuela. Con esos dos libros todo cambió, empecé a estudiarlos.

Leí una antología de Silvina Ocampo, con cuentos y poesía, llegada de Buenos Aires gracias al camarada Alén (junto a una novela de Lispector, una antología de hoteles literarios y un libro de ensayos sobre “women & power in Argentina”). A Silvina la quise también. Leí una novela que encontré entre los libros de mi papá hace mucho, que siempre quise leer por su título: “Dejemos hablar al viento”, de Onetti (hay más de él, adelante). Leí a Levrero, autor de pronto ubicuo: Jordy me trajo la “Trilogía involuntaria” de Montevideo, de la que había leído dos; volví a leerla, toda, y “Caza de conejos” y el cuento de “Gelatina”. También me trajo “Flor de lis”, el último libro de poesía de Marosa di Giorgio, que leí con delectación casi casi erótica. Leí la poesía de César Vallejo, de Gorostiza, de García Lorca, de Sor Juana. Leí “Las elegías de Duino”, de Rilke.

La novela más perturbadora (me causaba pesadillas cada noche): “Los vigilantes”, de Diamela Eltit.

Empecé, por el club de lectura de Gerardo Piña, “En busca del tiempo perdido”, de Proust (sigo, ¿cuándo terminaré eso?).

Releí “Rayuela”, la lectura convencional. Releí dos de José Emilio Pacheco. Releí la primera parte de “Los detectives salvajes”, el diario del joven García Madero, porque me devolvieron el libro, se lo había prestado a una amiga, muy buena lectora, a la que hace mucho no veía y a quien volví a ver este año. También, de Bolaño, leí “Amuleto” y leí o releí muchos cuentos suyos, entre los que destaco “El policía de las ratas” y “El dentista”. Leí, en condiciones alarmantes, “El infierno tan temido” de Onetti y otra vez “Bienvenido, Bob”.

Leí novedades argentinas. Leí “El viento que arrasa”, de Selva Almada (antes de esa había leído el relato “Intemec”, que me gustó mucho más). Leí “La libertad total”, de Pablo Katchadjian (solté carcajadas sinceras). Leí “Una belleza vulgar”, de Damián Tabarovsky (me gustó bastante).

Leí el libro de ensayos de Jean Franco, “Ensayos impertinentes” (lectura importante). Un libro de ensayos de Margo Glantz, “La polca de los osos”. Leí “El idioma materno”, de Fabio Morábito (lo devoré como todos los que lo leyeron). Leí “La parte ideal”, ensayos de Álvaro Uribe (me gustaron todos). Leí un libro de ensayos titulado “La otredad, los discursos de la cultura hoy: 1995″, coordinado por Silvia Elguea Véjar, producto de las jornadas de estudios culturales de la UAM, que encontré en una librería de viejo afuera de metro Eugenia. Mi favorito: “Las tretas del fuerte: escribir ‘para, por y en lugar del bello sexo’”, de Lilia Granillo Vázquez.

Leí la última colección de cuentos de Guadalupe Nettel, “El matrimonio de los peces rojos”. El de la serpiente me gustó mucho (por supuesto). Leí dos libros tardíos de cuentos de Cortázar que no había leído, “Octaedro” y “Deshoras”. Leí la colección de cuentos “El rey del Honka Monka”, de Tomás González (muy bellos). Leí algunos cuentos de Katherine Anne Porter, de una antología que tengo. Leí un cuento de Don DeLillo, “Midnight in Dostoevsky”.

Releí mi cuento favorito de Juan García Ponce, “Envío”, más de una vez. Releí algunos cuentos de “La ley de Herodes”, de Ibargüengoitia (siempre será grande). Leí lo nuevo, lo aún no publicado, de María José Gómez Castillo y Gabriela Damián (y lo que se publicó: “Turnos” y “El monstruo del lago Ness”). Terminé la colección “Too much happiness”, de Alice Munro, que me prestó Majo. Leí dos cuentos muy buenos de Marina Porcelli: “Crónica de un lugar muerto” y “Esa noche llamó Tamara”.

Leí “Elsinore: un cuaderno”, de Elizondo. Entrañable. Y dos cuentos de “Narda o el verano”.

Leí la mitad de una edición crítica de “El diario de Ana Frank” (lloraba al leer). Leí algunos cuentos de un libro de cuentos de Julian Barnes, “Pulse” (estos dos libros estaban en un cuarto de hotel amsterdamés, por eso no los acabé) (lo cual genera un sufrimiento esnob). De Barnes, morí de risa con ese de “60/40″ de la serie “At Phil and Joanna’s” (está en línea, sin la frase que me dio más risa y que se repite a lo largo del texto: “it’s the hypocrisy I can’t stand!”). Leí unas prosas, no todas, de “Berlin Stories”, de Robert Walser.

Leí una novela de Enrique Serna que detesté y sin embargo no pude dejar de leer hasta el final, “El miedo a los animales”.

Leí un muy buen cuento de Mariana Enríquez, “Verde rojo anaranjado”. Leí un muy buen cuento de Liliana Colanzi, “El ojo”. Leí dos muy buenos cuentos de Abelardo Castillo, “Carpe diem” y “Muchacha de otra parte”. Leímos El Horla, del señorón Maupassant. También, por recomendación de Gaby, leímos “La inminencia del desastre”, de Clive Barker.

No leí rusos, aunque son o siempre digo que son mis favoritos (¿fue este año o el pasado que leí un cuento llamado “La víbora” de Tolstoi, no León sino Alexéi Nikoláievich?). Leí “Parábolas y paradojas”, de Kafka.

No leí cómics o novelas gráficas, aunque me encantan (releí una de las historias que conforman “Mirror mirror”, de Jessica Abel: el cuentito de unas amigas que viven en ciudades diferentes y quedan de verse en un motel a medio camino, con el único fin de platicar, nadar, tomar unas cervezas, ponerse al día, una celebración a la amistad femenina con los dibujos mal hechotes pero hermosos de Abel, y sus diálogos inteligentes y sus historias originales y su talento total como novelista gráfica, que me llena el alma de amor).

Entre aquello que no podría calificarse como literatura pero equivale a lecturas elevadas, ¿académicas?, leí libros o ensayos de Stefan Gandler (El discreto encanto de la modernidad), Butler, Kristeva (Historias de amor), Eagleton (Literary Theory, an introduction; Why Marx was right, After Theory), Gramsci (Introducción a la filosofía de la praxis), Bolívar Echeverría (La modernidad de lo barroco), hasta Foucault (¿Qué es un autor?). Me enfrenté a “La escritura del desastre”, de Blanchot. Pero nada pude estudiarlo bien o sacar mucho en claro.

 

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Mi mano

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Empezaba con un taxista que me llevó a la terminal de autobuses uno de los últimos días de diciembre. Ya estaba oscureciendo. Pero me hizo la parada. Una última clienta, lo que saliera, eso dijo después. Cara buena onda, de mi edad. Amable. Me llevó a otro lado y me esperó. Después, cerca de la Alameda, hizo una llamada telefónica, que yo intenté no escuchar, no por desagradable sino porque, en parte, prefiero enterarme lo menos posible de la vida de los demás pero también, en parte, me gusta el husmeo siempre y cuando transcurra en una penumbra asegurada, y ese husmeo era demasiado fácil, demasiado puesto en bandeja. Yo no quería escuchar pero él hablaba tan fuerte que era imposible no escuchar.

Le decía a su interlocutor que lo acababan de tracalear, que fueron 900 pesos, que un pasajero, que traía una pistola. ¡Te lo juro por Dios!, respondía a la incredulidad del otro. Era convincente y era conciso, pero también, extrañamente, ameno. Su historia entretenía. Si quería enterarme más, era difícil adivinar con quién hablaba. Le decía “dile a tu hija que ya se vaya a la casa” (¿papá, suegro?), pero a la vez le reclamaba por doscientos pesos que le debía, directo y descarado, como se trata a los amigos. Las dos posibilidades hacían trabajar la imaginación (era amigo de un hombre mayor con cuya hija se casó, o pretende a la hija menor de un amigo que fue papá muy joven) (la suposición realista apunta a que se trata con su papá de ese modo porque él es quien trabaja y mantiene la casa, y por tanto el encargado simbólico de vigilar a la hermana, a la que trata con cierto autoritarismo que podrá verse como macho pero que es también un desesperado instinto de protección hacia una adolescente habitante de un territorio marginal -digamos la zona metropolitana del Estado de México-, por ende víctima potencial de violación o asesinato).

¿Cómo se llamaría este chavo (este taxista, este hombre, esta persona, este ser humano)? Cuando terminó su llamada me miró por el espejo retrovisor (se le veía la frente, las cejas, los ojos, la nariz, parte de la barba; sin embargo toda la atención la robaba su mirada, que invitaba a la risa pero no a la desconfiada que producen otras personas, que aunque no quieran tienen una expresión como de burla; ésta no, ésta era una mirada inteligente y a la vez simpática). Me preguntó “¿Cómo ves?”, dando por hecho que había escuchado su conversación. Y así empezó a contar la breve anécdota: recogió a un hombre por Arcos de Belén, lo llevó a la colonia que está del otro lado de la Narvarte, entre el Eje Central y Tlalpan, una colonia más o menos fronteriza. Fueron 70 pesos según el taxímetro y el pasajero le pagó con un billete de doscientos. El taxista, como no halló suficiente cambio en las monedas que tenía al frente, bajó la visera y expuso, así, todos los billetes del trabajo del día, o sea, cerca de 900 pesos. Entonces el hombre le enseñó la pistola desde atrás, le preguntó ¿crees que es de juguete?, sacó la mano por la ventana y lanzó un disparo al aire. Y ya, qué quedaba. Le dio todo el dinero.

La historia era dramática pero él la contaba con tanta seguridad que con cada palabra se hacía verdadera, no daba pie a la duda. Era la cuarta vez que un pasajero lo asaltaba. Describió lugares y montos de las veces pasadas, y agregó detalles que dolían, como que ya hasta había hecho planes con ese dinero, que había decidido no trabajar al día siguiente pero que ahora tendría que hacerlo, que ya se iba a su casa pero me vio y decidió llevarme, y todo era triste pero a la vez cómico, una anécdota chilanga agridulce. Después siguió hablando y yo seguí dándole cuerda, y así me contó que alguna vez se había subido un “viejito” al asiento de adelante, que a los pocos metros de avanzar empezó a toquetearlo, a buscar bajarle el cierre, a lanzársele encima, y a quien respondió con un puñetazo en la cara al que el viejito, a su vez, contraargumentó con un síiiii, síiii, pégame máaaas. Muchas risas. Después estaba otra señora que lo mismo: se había subido en el asiento de adelante y, en pleno Circuito Interior, empezó a desabrocharse la blusa e intentar abrir la de él, diciéndole sooooy mujer, no me rechaceees. Aquí había un factor de peligro novedoso: la presencia de una patrulla más adelante. Si la señora se ponía a gritar, semidesnuda, ¿quién iba a creerle a él? Complicados intentos de convencerla de que se bajara. Más risas. Finalmente llegamos a la terminal y el taxímetro marcó 80 pesos. Yo le di 100 pesos y no solicité cambio.

Me subí al camión. Me dormí. Casi al llegar a Polo leí en Twitter que Gerardo Deniz (Juan Almela) había muerto. La noche anterior, después de acostarme, había leído tres poemas suyos, y uno en especial (CAPRICHO (en estado de ebriedad)) me impresionó y me tuvo pensando, y en la mañana, en la casa, retrasando lo más posible mi partida inminente, alargando mi momento de soledad y distensión, apunté en mi diario cosas sobre ese poema y sobre Deniz y también sobre otros temas, y luego se oscureció un poco y salí y tome aquel taxi.

Al llegar a Polo, camino a mi casa, había un gatito muerto en medio de la calle, uno de esos anaranjados de rayitas blancas.

De madrugada pensé en mi mano y en lo que tocaba. Después pasaron más días y conté lo del taxista, y al contarlo, como la figura del burro en el rompecabezas que los personajes aburridos de Los Simpson descubren subrepticiamente, empecé a ver que quizás nada era cierto, lo de la pistola que no es de juguete ni el viejito masoquista ni la señora que no quiere que la rechaces porque es mujer, sino un truquito fácil, prenavideño, el choro que busca una propina extra, más que merecedora, por la historia y por el engaño, y por la posibilidad de la verdad que encierra, y por aquello que me hizo pensar y, ahora, escribir.

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Al día siguiente le tomé una foto a la casa donde viví de 1992 a 1996, la casa de mi abuelita Aurora (bisabuela, en realidad; mi abuela murió en trabajo de parto). Metí la mano por un vidrio roto de la entrada y saqué la foto. La cochera en subida, de azulejo rojo; el pasillo con sus columnas falsas; las puertas que daban al corredor; el jardín descuidado. La casa entró en litigio, está semiabandonada. Tenía dos jardines. El que estaba a la entrada, con caminitos y diseños romboidales, tenía un zapote y una higuera en las dos esquinas, y un tejocote, un árbol de mandarinas (unas mandarinitas minúsculas, insignificantes, que yo arrancaba antes de que estuvieran maduras), y una granada, y muchas plantitas que mi mamá siempre cuidó y luego, la mayoría, se llevó a la casa actual. El otro jardín era más salvaje, estaba atrás de la casa y tenía un cuarto de adobe y láminas, con triques y muebles rotos, y otra pileta, y mucha hierba que crecía sin orden alguno, pero también un manzano (con unas manzanas muy verdes, siempre verdes, aunque estuvieran maduras, que había que preparar en dulce o eran incomibles), y un chabacano (mi mamá hacía una mermelada caliente con los chabacanos, y no he probada nada igual jamás), y un durazno y un aguacate. Ese jardín ya no existe. Ahí están ahora las casas de mis dos hermanos, que aniquilaron el terreno abierto y cancelaron el acceso a esa otra casa. Ese espacio separaba lo viejo de lo nuevo (nuestra casa actual).

Ahí permanecen algunos muebles y pertenencias de mi abuela. Durante algún tiempo, antes de las construcciones, yo aún entraba. Estaba todo incluso acomodado como en casa “normal”, sala, comedor y recámaras puestas, pero con sábanas encima, todo cubierto de polvo, con cajones vacíos pero, por ejemplo, trastes en los muebles de la cocina. Una verdadera casa del terror, de atmósfera pesada y trastornante. Yo me metía, como siempre, para hurgar, miedosa y a la vez valiente, un turismo hacia lo perturbador que me atraía. Y muchas veces me hice a la idea de que había alguien detrás de mí respirándome en la nuca, o que me veían desde un punto ciego, o que me perseguían a una distancia milimétrica, moviéndose detrás de mí como sombras. Muchas veces salí de ahí corriendo, pero nunca tras abandonarme ciegamente al terror, momento al que yo en realidad le tenía más miedo que al causante mismo de ese miedo, pues significaba el punto de no retorno. En cambio trataba al miedo (El Mal) con respeto, dándole su lugar de ente siniestro al que conviene no perturbar, y me alejaba de la casa lentamente, sin darle la espalda, sin dejar de repetirme pensamientos calmantes y falsamente optimistas, hasta tocar un punto de seguridad (por ejemplo, la bardita que indicaba el confín de nuestra casa, el patio donde ya empezaban las cosas con vida: la ropa tendida, la lavadora, nuestra puerta, etc.), en el que por fin me liberaba y gritaba.

Pues bien, después de sacar esa foto, pasé varios días en casa de mis papás, debajo de pesadas cobijas pues rozábamos los cero grados, casi sin salir de mi cuarto, y por momentos yo sentía que aquella casa me llamaba. Ha sido el escenario permanente de mis pesadillas. ¿Cómo es posible que algo tan cercano, tan cercano físicamente, se convierta en un espacio inaccesible, lejano, cuya apariencia ya ni siquiera logro recordar? Estuve maquinando la forma de entrar y hasta el momento más conveniente, tendría que ser una hora anodina, las dos de la tarde, el sol en lo alto, ningún elemento que pueda conducir los acontecimientos hacia lo ominoso…

Hasta que el domingo, último día que pasaría en Polo, fueron a visitarme y la oportunidad se puso, esa sí, en bandeja. Mis amigas de la infancia son Laura, Leticia y Araceli, hermanas (las primeras dos son cuatas, la tercera es un año menor). Vivían atrás de mi casa, nos conocimos a los ocho años, nuestras aventuras infantiles llenarían muchos documentos Word. Esa mañana llegaron Araceli, Lety y su novio, Sebastián. Les dije de mis planes y enseguida se interesaron, pues aquella casa también marcó sus vidas, también las atemorizó, también se volvió un espacio mítico de su infancia. Convencí a mi hermano de usar una escalera y saltarnos por la azotea, y todo fue torpe y accidentado, como cuando teníamos esa edad y a veces yo no podía bajarme de los árboles o de las azoteas, y mi hermano llegaba y me bajaba, pues es muy alto.

Y así fue que volví a entrar a esa casa. El jardín arruinado, lleno de yerbajos. La pileta invadida. El zapote seco, la higuera también. Lo único que sobrevive, por si nos quedaban dudas de su naturaleza correosa, es el tejocote. Entramos a la casa, a los cuartos empolvados, remendados, una obra negra a medias;  a los (antes) amenazadores cuartos viejos, nidos y heces de cacomixtles, el ropero con el espejo que me daba miedo. En un rincón Lety se escondió y cuando yo pasé ella aplaudió y yo grité. Subimos a la azotea, a las cúpulas. A esa otra casita, independiente, sobre los cuartos viejos. La puerta hacia el establo de mi tío, al que íbamos por leche. ¿Es esto realismo mágico? No, así fue todo. Así vivíamos. Encontré platitos y una taza de juego de té de mi abuela, que robé. Vimos la higuera, siniestra. Sebastián, con su acento chileno simpático, dijo que la higuera conectaba dos mundos, el de la vida y la muerte. Un portal. Mi hermano dijo que sí, que se rumoraba que ahí en la higuera salía el diablo, la bola de fuego. La miramos mucho rato. Intenté juntarlo todo en la memoria, asegurarlo de alguna manera. Pero no se puede. La tierra ha quedado erosionada.

 

 

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