Photography is the only major art in which professional training and years of experience do not confer an  insuperable advantage over the untrained and inexperienced—this for many reasons, among them the large role that chance (or luck) plays in the taking of pictures, and the bias toward the spontaneous, the rough, the imperfect. (There is no comparable level playing field in literature, where virtually nothing owes to chance or luck and where refinement of language usually incurs no penalty; or in the performing arts, where genuine achievement is unattainable without exhaustive training and daily practice; or in film-making, which is not guided to any significant degree by the anti-art prejudices of much of contemporary art photography.)

 

Susan Sontag en Regarding the pain of others.

 

Can Dostoievsky still kick you in the gut?

Este texto del New Yorker:

“Notes from Underground” feels like a warmup for the colossus that came next, “Crime and Punishment,” though, in certain key ways, it’s a more uncompromising book. What the two fictions share is a solitary, restless, irritable hero and a feeling for the feverish, crowded streets and dives of St. Petersburg—an atmosphere of careless improvidence, neglect, self-neglect, cruelty, even sordidness. It is the modern city in extremis.

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Memorias del subsuelo me trae una imagen: la del individuo ante el ridículo propio. La posición indefensa y vulnerable después de cometer un ridículo monumental.

(para mí sería caerme con una bandeja de comida encima)

Después de estar en la situación desesperada de mostrarte al mundo en tu peor forma (débil, torpe, aplastado, minimizado), ¿qué se hace? ¿Cómo se recoge uno mismo y continúa inserto en la vida, cautivo de la mirada ajena? Lidiar con esto -esta eventual reacción, este probable escenario- es lidiar con la esencia  de uno mismo. Hay espíritus livianos: los que se ríen después de la caída. Hay espíritus elevados: los que conservan su dignidad, la portan con recelo, después de la caída. Y hay espíritus atormentados, como el narrador de Memorias del subsuelo, que ante el ridículo cae más profundo todavía, hasta un punto de no retorno. Un punto donde su dignidad no volverá jamás, donde la vergüenza pública deja de ser circunstancial y lo define, y extermina su ser. En esa reunión con hombres que no lo han invitado, que lo ignoran, hace un berrinche y no se marcha. Permanece apocado en una esquina del cuarto, paseando su miseria, mientras los demás fuman y beben su vodka, considerándolo tan poca cosa, tan irrelevante, que ni siquiera protestan. Ese suicidio social que es en muchas formas un suicidio real.

A veces sé lo que haría en este escenario probable. No lo que me gustaría hacer. Lo que haría. Saberlo es una forma de conocerme a mí misma, de convivir con esa otra persona que soy.

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Al final del texto del New Yorker, David Denby, el autor, concluye:

You can read this book as a meta-fiction about creating a voice, or as a case study, but you can’t escape reading it also as an accusation of human insufficiency rendered without the slightest trace of self-righteousness. If you begin by grieving for its hero, he upsets you with so much truth of our common nature that you wind up grieving for yourself—for your own insufficiency. “Notes” is still a modern book; it still can kick.

 

 

Una cosa breve

Estábamos el viernes en el cumpleaños de Leti Gasca, platicando sobre las elecciones, por supuesto. Todos los temas surgieron. La idea de que Peña Nieto no lo hará tan mal al principio y que la gente eventualmente pensará que no está tan mal. Lo peligroso que es esto. Jordy lo dijo con preocupación. Me preocupé. Pero también vimos el lado positivo. De cómo el futuro de Ebrard tendría que ser la idea de unificar las izquierdas. Lo imaginé con una misión. Las izquierdas son en el anillo y la unificación es Mordor. Nos reímos.

Luego, el reportaje de Guillermo Osorno en Gatopardo sobre Ebrard. Esta parte:

—Hagamos una conformación política lo más alejada posible de la vida cotidiana del partido, de sus consejeros, de sus grupos, para poder atraer a un sector muy importante que está afuera, a los colectivos de centro-izquierda, que nunca van a ir al PRD, ni a otro partido —me dijo Ebrard—. Me gustaría mucho hacer en México algo como lo que hizo Uruguay, ¿por qué Uruguay? Porque lo he visto, funciona muy bien, tienen muy buenos resultados vis-à-vis con otras ideas políticas, ¿por qué no?
Actualmente, en Uruguay gobierna el Frente Amplio, que es una coalición de partidos de izquierda que abarca desde las corrientes más tradicionales hasta las agendas de derechos humanos más radicales, como los que abogan por la muerte asistida o los matrimonios del mismo sexo.

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Esa noche estábamos en el balcón, en la Nápoles, en un séptimo piso. La ciudad era como un lienzo. Estaba ahí. Y me dio risa, pero también me inspiró, cuando Jordy dijo: «Ay, DF, te quiero abrazar».

 

Encuentro una pila de cuentos viejos. Carpetas enteras. Veinte cuentos, treinta cuentos, tal vez más. El más antiguo es de 2002 (fue publicado en el periódico de la prepa y aún me causa risa: un cepillo de dientes, temeroso de que su dueño lo engañe con otro más -uno de estuchito, de viaje-, va con un terapeuta). Todos estos cuentos me avergüenzan. Todos tienen frases ridículas, gramaticalmente incorrectas. Todos están hechos de lugares comunes. Ninguno será publicado. Tal vez ni aquí. Tal vez serán leídos, por otras personas, en algún futuro distante, como un último vínculo. Te enseñaré estos cuentos y nos reiremos. Porque son impublicables. Todos son horribles. Todos son intentos. Todos debieron existir y lo que escribo ahora, por malo, también debe existir. Quién sabe para qué.

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Don Draper, el hombre con miedo de morir

We’re flawed, because we want so much more. We’re ruined, because we get these things, and wish for what we had.

Don Draper

 

Al inicio de la cuarta temporada de Mad Men (Public Relations), un reportero le pregunta a Don Draper quién es. Aunque se proclame, Mad Men no se trata sobre el hombre que Don Draper es, sino sobre el hombre que quiere ser, que fue.

Public Relations marcó el resto de la temporada con una nota que era brillante en lo profesional y oscuro en lo personal: Don logró labrar algo con sus manos, completar el círculo del hombre que se hace a sí mismo y a su negocio, pero al mismo tiempo está solo y pasa los días en la misma cama, ahogado de borracho, con mujeres que no conoce, que no le interesa conocer. La quinta temporada, en cambio, se revela como el negativo: Don es feliz (claro que no es feliz) y todo a sus costados se derrumba. Como recién casado, es despreocupado e irresponsable, aunque intuye que se acerca a su ruina profesional. Es difícil reconocer en él al Don Draper que le truena los dedos a unos clientes potenciales que no entienden, no quieren entender que el mundo cambia, que la modernidad ha llegado y hay que subirse a su cresta.

Esa maravillosa última escena de Public Relations en que Don accede a prestarse a otra entrevista y despliega todo su encanto mientras narra cómo decidió empezar de cero, creándose y viviendo la historia del hombre que quiere ser (aunque no lo sea), dejaba la ilusión de un tiempo mejor por venir.

A mitad de la última temporada, el tema es otro. Cada personaje atraviesa una transición íntima: Pete se está quedando calvo, abatido por su vida suburbial; Joan se convierte en una madre que es soltera y que trabaja; Peggy, que se encuentra en su clímax intelectual, descubre que para las mujeres de su época había siempre una pared insalvable. Y Roger vive la derrota y la infelicidad, pero las vive a su modo, nunca deja de ser delicioso. Es el primero de los personajes en meterse LSD. Antes de sentir los efectos del ácido, lee el papel que le han puesto en la mano y que dice su nombre, su dirección y, en letras mayúsculas, la frase: PLEASE HELP ME. La secuencia no aprovecha las obvias ventajas visuales de la percepción distorsionada; en cambio, se concentra en las reacciones que suceden. El resultado es una escena misteriosa e inquietante.

Don creía que los adolescentes no lo saben, pero tienen miedo a morir. Ahora él lo sabe, acaso porque se da cuenta de que la modernidad lo ha alcanzado, no, lo ha dejado atrás. Don es, esencialmente, un hombre chapado a la antigua en un mundo que cambia con demasiada rapidez. Don Draper, self-made man, por primera vez siente la escisión entre la época que vive y él mismo. En un concierto de los Rolling Stones, se aparece con traje y sermonea a una chica a go gó. Quiere entender lo que ya se le escapa. Pronto será anticuado.

La quinta temporada ha gravitado alrededor de estos temas: el tiempo y su velocidad, la decadencia, el cambio inevitable. Para Pete, es la convicción de que un hombre que tiene una esposa y una hija y que vive en los suburbios, en realidad no tiene nada: no tiene el respeto de sus iguales, no es un hombre todavía. Y en Don es una rara espiral, una simulación. Abandona a su esposa en un restaurante en medio de la carretera y vuelve para creerla muerta; entonces maneja con los ojos inyectados, se lo lleva el diablo: no teme tanto perder a la mujer que ama como a la idea de ella, y la seguridad de que ella es la última oportunidad de respirar, de pertenecer al mundo.

Es común señalar a Mad Men como una serie efectista en lo estético, que crea atmósferas que a su vez generan tramas y no al contrario, como sería lo narrativamente correcto. Sin embargo, en los últimos episodios, la belleza ilusoria de los sesenta se ha deslavado.

La primera mitad de la década se queda atrás –igual que sus personajes– ante la modernidad. Hay ahora un mundo que pierde sus destellos. Algunas tomas en exteriores revelan un Nueva York sucio y peligroso, como un presagio de las calles que Robert DeNiro recorre en Taxi Driver. Para Don, Nueva York es una ciudad en decadencia. Para Sally Draper, Manhattan está sucia.

Mad Men basa su juego en los paradigmas: crea nostalgia por otro tiempo, revive ideales. Don simboliza la idea del padre. El tipo que fuma entre las sombras, que está agobiado pero que nunca se derrumba, y si lo hace es digno y al minuto siguiente lo deja atrás, como los hombres que no gastan su tiempo en mirar al pasado. Don Draper es el proveedor, el solucionador, el hombre que es el padre lejano, la fuente de conflicto y recriminación eternos. En su derrumbe está una historia acaso personal de Matthew Weiner, el creador, que por su universalidad resulta sobrecogedora. Puede ser porque muchos, al ver a Don, ven a sus padres. Y entienden que ellos también, como Don, tienen miedo a morir.

Esto salió primero aquí.

 

Este párrafo no me abandona:

De repente sintió el antiguo, conocido, sordo, corrosivo dolor, agudo y contumaz como siempre; el consabido y asqueroso sabor de boca. Se le encogió el corazón y se le enturbió la mente. «¡Dios mío, Dios mío! —murmuró entre dientes—. ¡Otra vez, otra vez! ¡Y no cesa nunca!» Y de pronto el asunto se le presentó con cariz enteramente distinto. «¡El apéndice vermiforme! ¡El riñón! —dijo para sus adentros—. No se trata del apéndice o del riñón, sino de la vida y… la muerte. Sí, la vida estaba ahí y ahora se va, se va, y no puedo retenerla. Sí. ¿De qué sirve engañarme? ¿Acaso no ven todos, menos yo, que me estoy muriendo, y que sólo es cuestión de semanas, de días… quizá ahora mismo? Antes había luz aquí y ahora hay tinieblas. Yo estaba aquí, y ahora voy allá. ¿A dónde?» Se sintió transido de frío, se le cortó el aliento, y sólo percibía el golpeteo de su corazón.
«Cuando yo ya no exista, ¿qué habrá? No habrá nada. Entonces ¿dónde estaré cuando ya no exista? ¿Es esto morirse? No, no quiero.»

León Tolstói, La muerte de Iván Ilich

Paprika

Para María, que ahora trabaja en su tesis sobre Paprika.

 

No dejo de pensar en la secuencia inicial de Paprika: el sueño del detective Toshimi Konakawa. Está el disparate propio de los sueños, en el que narrativamente puede experimentarse, pero la estructura onírica tradicional es respetada: secuencias que se superponen (el cambio de escenarios: «estaba en una feria, pero luego ya estaba en la escuela, aunque yo sabía que era la cocina de mi casa»); ambientes y atmósferas que se transforman y a veces guardan distancias enormes uno del otro; la transición de estados de ánimo con demasiada rapidez (entras a una secuencia nueva, que es alegre o por lo menos pintoresca, pero aún permaneces afectado por las imágenes de la secuencia anterior), y por tanto: el carácter siempre confuso de los sueños; los temores más acendrados, la repetición sistemática de los símbolos, hasta las sensaciones básicas de caída libre y gravedad distorsionada, etcétera.

Al despertar, Konakawa puede ver el sueño de nuevo, como si fuera una película. La terapeuta (Paprika) que lo acompañó en el sueño analiza con él cada secuencia, buscando extraer el significado en bruto (con los símbolos ahí puestos) de su subconsciente. Al principio, Konakawa puede examinar las imágenes sin alterarse demasiado. Entonces, llega una escena en la que, desde una jaula, observa a una horda que se le acerca y lo ataca, con un detalle: todos tienen su rostro. Konakawa suda y tiembla. Es llano (es japonés), sólo murmura: eso fue muy perturbador.

La reacción de Konakawa me inquietó muchísimo la primera vez. Imaginé entonces cómo sería ver los propios sueños, como un video que puedes pausar, adelantar, fijar en una imagen para mirarla por minutos y luego asimilarla. Imagino que hay una razón por la que no estamos programados naturalmente para recordar nuestros sueños. Se logra con mucho tiempo. María y yo (es una gran presunción) somos buenas soñadoras. Es un entrenamiento.  Supongo que incluso cuando nos entrenamos para recordar nuestros sueños y también para vivirlos de modo consciente, elegimos después qué recordar. Tal vez los sueños deben accederse sólo desde la conciencia. Tal vez nadie debería mirarlos en crudo: observar el cardumen absoluto, completamente detallado, de todas y cada una de las imágenes que componen nuestros sueños. Imagino que lo que hay ahí adentro debe ser, a veces, intolerable y, muy seguido, monstruoso.

 

 

Primavera fría, NY

Fuimos a un bar gay, no, fuimos a dos bares gay, sin intenciones. El primero en Williamsburg, a unas cuadras de un puente (en mi mente, debajo del puente mismo), después de una fiesta frustrada en que la roommate de alguien azotó puertas y pasó al lado de nosotros como un fantasma, aterrándonos. En el Metropolitan (el bar, no el museo) H dijo que había «puros tornillos». Nos reímos, tomamos Stella. Nos acompañó la amiga de H que fingía acentos británicos con extranjeros y era amiga de las hijas de Josefina. Había dos gemelas de Joan Jett, las dos delgadas y de brazos tatuados, que se besaban. Era extraño, como ver a dos siamesas. Luego llegó Natasha the cook, quejándose de la poca densidad de mujeres. Raro. Al salir comimos bagels en un deli de madrugada: una de las tantas versiones de los tacos nocturnos fuera de México.

El segundo bar gay al que fuimos fue por causalidad, porque ya no encontrábamos nada en Lower East Side en domingo. Ahí sí había puros hombres, unos pocos sentados enfrente de la barra, bebiendo sus cervezas masculinamente, sólo que a veces se besaban. El que animaba, pantaloncitos de licra blancos pegados a las nalgas y una chaqueta china rosa pálido, nos regaló huevos de Pascua. El mío tenía una bebida gratis.

En Central Park vimos a un actor, luego me enteré que se llama Tate Donovan, es el que la hacía de Joshua en Friends, el que Rachel quería darse insistentemente (luego sí se dieron en la vida real; ahora anda con una señora rubia anodina).

En el metro camino a Coney Island había una pareja de señores rusos: él traía el pantalón con la raya bien planchada, zapatos de agujetas y chamarra de cuero; ella usaba medias y tacones, tenía una florecita en las manos que luego le vimos a todas las rusas en Brighton Beach, seguro era algo religioso. Todo el camino hablaron en ruso. Todos los hombres rusos parecen mafiosos. En la playa vimos a un señor canoso tostándose en traje de baño. Hacía tanto frío que tenía las manos entumecidas. Nos subimos a la rueda de la fortuna. Antes de entrar, el viejuco nos dijo swinging or not swinging.  Swinging! Luego nos arrepentimos: en lo alto no sólo se balanceaba, sino que recorría un medio arco de metal que te hacía sentir que morirías entre los fierros retorcidos. No nos subimos a la montaña rusa, fue como un pacto no dicho, como si lo que no se mencionara dejara de existir.

Comimos en un restaurante en TriBeCa, Bubby’s, del que bromeábamos que era como ese sketch de Portlandia donde le preguntan a la mesera de qué granja vino el pollo y luego van a la granja y se enamoran del pastor, que es un líder espiritual, que es Jason Sudeikis.

No quiero que se me olvide, quiero dejar escritos algunos detalles porque luego los olvido y las fotos son engañosas (al final, son las únicas imágenes que recuerdas). La primera noche fuimos a un lugar junto al edificio de J, yo comí sardinas y tenían muchas espinas; el mesero, que era ecuatoriano, nos hacía muchas bromas. En la mesa de al lado había una dyke embarazada; nunca habíamos visto tal portento. En la otra había dos que, adivinábamos, estaban en su primera cita.

Dije que no compraría libros. La primera vez que salimos del departamento, caminábamos por SoHo y había un viejo con un tenderete de libros usados: tomé el de los cuentos de Carver enseguida. Llevé varios encargos de Strand Books.

E nos invitó a la fiesta de una de sus compañeras de maestría. En la caminata nos enseñó el mejor lugar mexicano del rumbo, Hecho en Dumbo, que me dio buena espina porque su logo no eran unos cactus sino al menos el águila de lo hecho en México. En la fiesta estaba su compañera hija de una actriz, que se parece a la actriz, pero sin anorexia. Un tipo le pegó en la rodilla a J al pasar. Tomamos tres rondas, cada quién invitó una.

Fuimos a esa esquina donde está la librería de Marc Jacobs (compramos anillos a tres dólares, J: varios libros, yo: The Fashion Coloring Book, con los armadillos de McQueen en portada). En la contraesquina están los famosos cupcakes Magnolia (me impresionaron: las galletas de peanut butter). Anochecía, hacía frío. Es cierto que nunca te aburres en Nueva York, donde estés, hagas lo que hagas. Al día siguiente hubo luna llena.

Luego fuimos a lo de Jimmy Fallon, pero llegamos temprano. Nos metimos a la tienda NBC, el paraíso nerd. Pero J (no te reclamo): no nos van a dejar entrar con bolsas. Y no compré nada. Y cuando salimos ya habían cerrado. Eran muy buenos regalos.

En lo de Jimmy nos sentaron hasta adelante. Admiramos la organización relojera de los programas gringos. A The Roots, tocando ahí diario, gratis. La entrevista con Kevin Kline se centró en que al entrar se pegó con la pared y qué vergüenza, la otra parte fue para promocionar una película. Luego estuvo un comediante que no conocíamos (Steve Harvey) pero que nos hizo reír mucho, tiraba chistes con tanta rapidez que Fallon no podía seguirle el ritmo, sólo se reía de ese modo suyo y en las pausas se quedaba quieto para que dos chicas le retocaran el maquillaje. En otra pausa, enfrente de nosotras, Seth Meyers se acercó a decirle algo a no sé quién. ¡Seth Meyers!

Después vimos a Pulp. He escrito suficiente de Pulp aquí.

Luego pasó lo de la tienda NBC, que nos hizo caminar varias cuadras entre la bruma de las calles cercanas a Rockefeller Center y Times Square, que esas sí hierven de turistas, anuncios y basura, con cierto enojo reprimido. Donde íbamos a comer ya no había lugar. Más cuadras por Hell’s Kitchen hablándonos golpeado. Por fin caímos en el lugar ese cajun al que J quería volver y todo se solucionó con el poder del jambalaya.

Fuimos a la bienal del Whitney Museum. Una pieza que te mantenía morbosamente atado era el animatronic de un niño enfrascado en un diálogo diabólico con una marioneta. En Vulture está el video de la pieza creada por Dennis Cooper y Gisele Vienne. Da miedo. En este otro texto de Vice un tipo entrevista a los guardias. Es un texto maravilloso, que habla mucho del arte contemporáneo y la idea que produce, cuando se cree que no se entiende.

En el Guggenheim vimos las fotos de Francesca Woodman. Empezó a fotografiar a los trece. Se mató a los veintidós. Sus fotos estaban en la sala Robert Mapplethorpe. Todo el viaje fue el viaje Patti & Robert. Nos sacamos fotos afuera del Chelsea Hotel y en Coney Island, dos de sus lugares icónicos. En Marcbooks estaba un libro grueso con las polaroids de Robert y varios sobre Patti.

Me fui en la madrugada. El chocolate del huevo de pascua se derritió en el vuelo. Desperté en la mañana del DF, menos fría. Fui muy feliz, hasta cuando dolía todo (siempre duele todo pero igual caminas y caminas, sin cansarte realmente). Una semana después, el calor volvió a Nueva York.