Los Ángeles // Be Te Ese (parte I)

Diré que llegamos. Así suele empezarse. Las ruedas chirriantes del avión rasparon la tierra y, otra vez, aquel país, aquella idea. Hace cinco años que yo no entraba a sus fronteras y la última vez fueron islas que son distintas, que son otra cosa. Pero mi viaje no empezó ahí, sino a un costado de la carretera, en el km 133 de la autopista México-Querétaro, con las luces de los trailers y los automóviles encegueciéndome. Anochecía, el día de la partida se me había rebanado en múltiples pendientes, y ahí estaba debajo del puente, con mi mochila en la espalda y mi petaca compacta en el suelo, esperando el autobús que se detuviera para llevarme a la terminal de Querétaro, donde me encontraría con Triquis para tomar el autobús de las diez pe eme hacia León, Guanajuato, y pasada la medianoche abordar un Uber -única opción a esa hora- al aeropuerto internacional del Bajío, en Silao. Semanas atrás habíamos encontrado desde ahí, a una hora irrisoria, pasajes baratos, así que los tomamos. Y en aquel aeropuerto sucinto, tras una espera de horas en salas frías y aburridas donde muchas otras personas esperaban también, dormidas en asientos incómodos o directamente sobre el piso helado y súper limpio (no hay nada qué hacer salvo encerarlo a todas horas, parece ser la consigna), abordamos un vuelo de tres horas que nos depositaría en la ciudad de las estrellas.

Mañana azulada. Palmeras, palmeras por todas partes. Migración, ajetreo. Cambiar, con tarifa desventajosa, unos pesos mexicanos por dólares, en vista de que la hora de nuestro vuelo me impidió efectuar dicha operación anticipadamente. En los pasillos del aeropuerto comentar «por aquí pasó…», y  señalar lo novedoso y lo conocido y lo gracioso, porque con ella todo siempre es gracioso, y agradable, y fácil. Un trayecto en el autobús FlyAway hacia Union Station. Autopistas de muchos, muchos carriles. La ciudad de concreto. En la estación: los murales. El sol brillante. La señora hermosa, mayor, que nos indicó la dirección de Highland Park. Y en Chinatown creer que nos equivocamos de tren, y bajarnos, y descubrir que creer que nos equivocamos era la verdadera equivocación (fue mi equivocación). Y mirar por la estación al aire libre un estacionamiento repleto de autobuses escolares amarillos, y del otro lado las calles amplias y las estructuras que simulan pagodas del barrio chino, y humaredas blancas salidas de no sé dónde, y las autopistas, y las colinas, y las palmeras, siempre esas palmeras altas y flacas que definen el paisaje angelino. Pero el Airbnb no estaba listo y en Highland Park -demasiado residencial, poco movido a esa hora- caminamos un rato hasta que decidimos volver a Chinatown, a unas estaciones de distancia (nos sentíamos invencibles con nuestra tarjeta TAP ilimitada por unos días), y allí caminamos por sus anchas avenidas y rápidamente encontramos Foo Chow, un restaurante chino que Eileen Truax nos recomendó, famoso porque ahí se filmó Rush Hour de Jackie Chan (el letrero grande desde el otro lado de la acera, Jackie Chan’s Rush Hour was filmed here: a partir de entonces veríamos letreros similares en varios locales y restaurantes, y de las películas más tontas: Jack & Jill, Big Momma’s House, o cosas peores). Estábamos exhaustas, y el local era chiquito y agradable, con un fresco muy lindo en una pared, y a esa hora apenas había unos cuantos comensales, y pedimos pollo a la naranja y chop suey de vegetales, y sopa miso, y té tailandés y té verde tibio, y todo estuvo exquisito y barato y satisfactorio, nuestra primera comida caliente después de viajar toda la noche y toda la mañana. Ah, recuperar fuerzas, cargar el celular en un conector, lavarse la cara, enviar mensajes. Luego, cargando fatigosamente nuestro breve equipaje, recorrer placitas achinadas, entrar a una tienda de fayuca (inciensos, y aretitos, y piedritas, y paragüitas, y dragoncitos de madera), caminar por los angostos pasillos de un mercadito parecido a un tianguis. En un local: Fireeeee. Y reír. Ya pronto, ya mero. Y volver a Highland Park, y buscar la casa de Nick, tras subir una calle empinadísima, pletórica de las típicas palmeras altas y flacas ese a de ce ve, sudando y respirando agitadamente, y al fin encontrarla (antes: preguntar a un muchacho que pasa mirando su iPad, quien de inmediato busca en Google Maps igual que nosotras venimos buscando en Google Maps, ya que a todo esto contar con una conexión 3G constante fue nuestra salvación). Se trata de un chalet en el patio trasero de un dúplex, con jardincito, agradable, soleado, bien decorado, Nick es rubio, ¿de Missouri?, claramente gay, y su perro french se llama Bill, y Bill nos mira y mueve la cola y se mete a nuestro cuarto y husmea entre nuestras cosas, mirándonos con ojos de humano, es simpático Bill, y por fin recostarnos en una cama y dormir de un modo que es más como desenchufar el cuerpo que ya no da más, que está quemado. Un par de horas más tarde despertar, la ducha reparadora, sentirse como una persona nuevamente, y las decisiones prácticas, eso que es tan de viajar en compañía, ¿me llevo suéter o no?, ¿nos dará tiempo de volver tras ese paseo o no?, ¿mochila o cangurera/riñonera, o chamarra de bolsillos amplios?, ¿me llevo las llaves yo o las cargas tú?, etcétera.

(estoy más bien acostumbrada a viajar sola, pero qué agradable fue, qué fácil)

Esa noche iríamos a ver a Negative Gemini en el Lodge Room. Todo se nos había dado tan bien, tan esplendorosamente bien: durante semanas estuve buscando conciertos que cayeran en los días de nuestra estadía, y de pronto me aparecía ella, la solista que había escuchado de manera obsesiva los últimos dos años, cuando descubrí -¿cómo, dónde, por quién?- aquel video semicasero de You never knew en Sofar NYC, con el peinado que tenía entonces, bobcito teñido de negro y con flequillo, una Winona Ryder (¿no es mi modelo, después de todo?) cuyo proyecto -¡ay!- se llamaba Negative Gemini (nos une el signo de Géminis, ¿y lo negativo, o lo que se percibe como negativo?) que hacía un synth pop de toques góticos, ácidos, de pronto progresivos, de pronto deudores del eurodance noventero, o del dream pop dosmilero, que de inmediato me capturó, en casi todas mis playlists está, había soñado con verla en vivo, y de pronto resultaba que daría un concierto a unos PASOS, literalmente a UNOS PASOS, del Airbnb más conveniente para alquilar, por su cercanía a Pasadena y al estadio Rose Bowl, por veinte módicos dólares, es que era de no creerse, de no creerse verdaderamente.

Así que fuimos, a pie, por una cosa. Mirando todo: las rejas de las casas y las casas mismas, con sus colores a veces centelleantes; los automóviles, el bajo número de peatones, la tarde que se descomponía en rosas-anaranjados-amarillos mostaza, luego York Boulevard, restaurantes mexicanos, bares, los infaltables food trucks con BIRRIA y pupusas y pork tacos (ah, esos pork tacos, y esos beef tacos, y esos chicken tacos), gente hermosa y gente diversa y gente como nosotras un viernes por la tarde tomándose una cerveza y exhibiendo vestimenta/peinados/modificaciones corporales cool, y pasar por un EL SÚPER (era un Chedraui, rebautizado EL SÚPER, que a partir de entonces daría pie al meme más memorable o por lo menos más insistente del viaje: pronunciar todas las palabras y frases escritas en español con acento caricaturizado de gringo) (para entonces ya habíamos establecido el código para referirnos a los gringos: bolillos, como suelen decirles los paisanos, del modo en que yo había aprendido con mi hermano, cuando era mojado, que los latinos suelen referirse a las personas de color como morenos, o moyos, para evitar la odiosa sonoridad del negro, tan reconocible, tan odioso, tan insultante) (desde mediodía, en las bancas de la estación al aire libre de Highland Park, habíamos establecido un código lingüístico que respetamos a rajatabla, a fin de proteger y ocultar nuestro discurso, el castellano que en Los Ángeles, de entre tantas ciudades, es tan transparente: cómo nos referiríamos a ciertos grupos étnicos, etarios, sexuales, de los que podríamos hablar impunemente aún en su presencia, sin herir susceptibilidades ni alimentar discursos de odio) (un último paréntesis: ¿a qué genio se le ocurrió bolillo?, ¿acaso porque el gringo es blanco como el migajón y, como el migajón, desechable?, ¿white trash en su forma más acabada? ¿O porque es una palabra difícil de pronunciar si la lengua nativa es otra?, ¿por qué, oh?).

Luego, con el cielo apenas oscurecido, por calles vacías, limpias, casitas con porches inmaculados, volvimos. Pasamos delante de una high school. Entramos a un Seven-Eleven. Llegamos al Lodge Room, en una esquina que volvía a ser ciudad, la entrada por un callejón angosto, y un dude en la puerta con quien bromeamos de una tontería, y no sabíamos que antes de Negative Gemini (nombre real: Lindsey French) estarían Buzzy Lee (nombre real: Sasha Spielberg) y Part Time (una banda que nos recordó otras épocas, otros gustos), y tomamos cerveza IPA y esperamos sentadas, o de pie, riéndonos, aburriéndonos a veces, hasta que salió ella, por fin, y abrió con You never knew y me hizo tan feliz, me llevó a otro mundo, qué extraña diferencia con lo que se vendría al día siguiente, un venue pequeño y amaderado, con candelabros y un paisaje al fondo y luces bajas color violeta y azul, y no seríamos más de 200 personas esa noche, estábamos hasta adelante, sin esfuerzo alguno, tan cerca del escenario que mirábamos los cables de los teclados y las guitarras y los amplificadores, y hasta las pequeñas arrugas del traje que se había puesto ella, color salmón, y que abrazaba su cuerpo bellamente, y muy pronto Body work, favorita total, y Bad Baby y  You only hate the ones you love y  Different color hair (sí, ahora es de un rubio anaranjado, y largo, y suelto) y You weren’t there anymore y Skydiver y Don’t worry bout the fuck I’m doing, pero no, por ejemplo, Virgin who can’t drive (construida a partir del sample de la exacta línea que Brittany Murphy qepd le sorraja a Alicia Silverstone en Clueless), y a un lado una muchacha que de pronto me sonreía, porque bailábamos con entusiasmo parecido, y luego su mano en la mano de otra muchacha, que la alejaba, y la marea de los cuerpos, y notar al baterista y al bajista, los dos tan masculinos, esa vibra sexual entre ellos y Lindsey, y algunos vaporizadores en funcionamiento, veo todavía las caras, ¿por qué conservo detalles tan inútiles?, y los que hablan fuerte y son molestos, y de nuevo perderse, el hielo seco, la nube rosada pacheca, las luces violeta, el drop esperado, en fin, todo lo que esperaba de una noche como esa.

Salimos y caminamos en la dirección equivocada, disfrutando el paseo de todas maneras, y pronto rectificamos. Consideramos comernos una torta de carne asada en un food truck abierto a esa hora, y otra vez rectificamos. Por fin, cerca de la estación de tren, descubrimos que nuestra única opción era una taquería que entregaba los tacos por una ventanita, se llamaba La Estrella y al día siguiente una sucursal compañera nos salvaría, y dijimos bueno-por-qué-no, y fue buena decisión, porque eran tacos ricos aunque con esas tortillas de maíz no nixtamalizado, o nixtamalizado apenas, que están buenas pero no son tortillas-tortillas. Salvaron: su salsita roja potente y su cilantro y su cebolla cruda en cuadritos.

¡Ah, tantos detalles! El sábado tan soleado. Ir otra vez al York Boulevard, en un Lyft conducido por Alex Cole, quien nos escuchó hablando en español y esperó el momento adecuado para meterse a la conversación: rockero italiano que nos regaló una uñilla con su nombre y nos invitó a su concierto el siguiente jueves, al que prometimos ir sin intenciones verdaderas; qué risa, qué personaje tan angelino, y luego comer en el jardincito trasero de Nick, mirando a sus vecinos a través de rejas improvisadas, un viaje anticipatorio, con emoción y preocupación*.

Finalmente nos dirigimos al Rose Bowl. Todo alrededor del estadio era una verbena: food trucks, muchachas regalando postales, islas de mercancía oficial, grupos variopintos ensayando coreografías. Picnic improvisado en el pasto, igual que otras muchachas y muchachos, y señores y señoras, y niños y niñas. Es que siento que debe reiterarse la diversidad de lxs asistentes, es parte esencial de la experiencia. Personas de todos colores, de todos tamaños, de todos sabores. Muchachas musulmanas hermosas con sus hijabs y trajes sastres color rosa pastel, el color oficial de esta era be te ese. Niñitos y mujeres y señores de color, latinxs de todas edades (it’s L.A., baby), jóvenes de ascendencia asiática, armenia, europea; personas con alguna discapacidad física, algún trastorno neurológico, algún impedimento motriz; adultos y adultos mayores en grupitos, no necesariamente como chaperones, van por gusto, con orgullo y sin vergüenza. Muchaches con sus diademas de Mang, de Chimmin, de Cookie, de Tata, de RJ, de Koya, de Shooky. De ot7, como una corona. Con sus playeras BT21 o sublimadas o pintadas a mano, con letreros de lo que se les ocurriera: memes impresos, la foto más tonta de su bias, una frase memorable, de dónde vienen (lejos, de otro estado, de otro país, de otro continente) (en el estacionamiento, camionetas y autos compactos decorados como de recién casados, la aventura bangtan sonyeondan desde Washington o desde Texas o desde ¿¡Chile?!, etcétera).

Nos fuimos a formar a la cola-serpiente, que rodeaba las inmediaciones del estadio en una imagen que, si ahora la veo en mi cabeza a vista de pájaro, se me figura a la de una película que el martes siguiente fuimos a ver en Universal Studios, Us. The tethered. Y eslabonadas a esa cadena humana nos pusimos a hablar nuevamente con nuestra lengua privada, y nos reímos y nos preocupamos* juntas y nos volvimos a reír y tuvimos interacciones con otros seres humanos y tomamos decisiones, por ejemplo ese día Triquis tomó el mando, yo no estaba en condiciones de hacerme cargo y me entregué a ella; esa dinámica se repitió en nuestro viaje: algún día, alguna noche, alguna salida cualquiera, una de las dos se convertía en la responsable, la que manejaría las direcciones -Google Maps, salvador- y guiaría a la otra por norte-sur-este-oeste, a la derecha o a la izquierda, la que se encargaría del dinero y las cuentas, del transporte público -la app Metro, salvadora-, de lo práctico. He descubierto que es la mejor dinámica, mantiene la estabilidad, nadie depende al cien de nadie, cada una colabora y tiene oportunidad de liderar pero también de descansar. Agh, ¡Triquis es la mejor compañera de viaje! (escribo con emoción esto que ya debería publicar, al menos una primera parte, antes de emprender otro miniviaje con ella al D.F. para, claro, la marcha gay y Momoland en el Plaza Condesa y ciertos trámites y asuntos que deben llevarse a cabo en esa ciudad en la que no extraño vivir del todo, como no extraño Buenos Aires tampoco; ahora me encuentro demasiado bien en mi pueblo, redescubriendo la vida en su interior, pero ya escribiré de eso llegado el momento) (seguiré, seguiré, para no desviarme).

*La preocupación mayor: meses atrás, el día que los boletos salieron a la venta, Ticketmaster nos había mantenido en la fila virtual por horas y luego, al intento veintisiete de asegurar dos lugares (los puntitos coloreados del plano digital del estadio desaparecían apenas pasabas el cursor por encima, lo gris devoraba aquellos miles de puntos/asientos que debían durar más, debían ser suficientes), cuando por fin conseguimos sitio en las últimas-últimas filas y empezamos a meter los datos bancarios, limpiamente fuimos expulsadas de la página. Tres, cuatro veces. ASH. La comunidad amante de BTS por Twitter compartía sus triunfos (despreciar sin miramientos a quien ya se agenció buenos boletos), sus amarguras (expresar compañerismo), y algunos consejos: llamar a los teléfonos de Ticketmaster, usar diecinueve computadoras del salón de cómputo de la universidad, conectar laptops, tabletas, teléfonos simultáneamente, en fin: resultaba que estos boletos eran los más buscados del planeta y no duraban ni media hora.  Qué locura. Pero ya estábamos ahí, ¿no? Ya habíamos decidido, unos días atrás, que iríamos a Los Ángeles o a Nueva York a verlos, no sólo por verlos sino también por ir. Por viajar. Por tener un divertimento. Por darse un gusto adulto, por más que el objeto de ese gusto fuera o pareciera decididamente adolescente, y sin embargo de adolescente todo esto habría sido imposible. Y yo no iba a quitar el dedo del renglón. Tras algunas investigaciones, vi que varixs compraban boletos en VividSeats, un sitio de reventa, así que con las sentidas palabras de «si tú saltas yo salto» (porque el vínculo Leo DiCaprio nos une a Triquis y a mí desde que nuestra amistad empezó hace tres lustros en la facu de ciencias políticas y sociales), dimos el mentado salto de fe. El PDF de los boletos me llegó inmediatamente a mi casilla de correo, y al abrirlo, con su anuncio pixeleado de Takis, no dejaba de sentir que aquello bien podía ser una estafa monumental (habíamos pagado, al final, un poco más del doble del precio original) (sí, sí, sí, y no me arrepiento, y al día siguiente del primer concierto se nos retribuiría ese pago, pero ya llegaremos allá) (si es que siguen aquí, ¿siguen aquí conmigo, leyendo estas cosas que dan un poco de pena pero que debo fijar para mí, como siempre, y también para que mi compañera de viaje reviva la aventura y podamos reírnos un poco después?). Luego, cuando días después me llegó un correo informando que el pago del seguro del boleto no se había validado, entramos en pánico. El seguro de veinte dolarucos me daba esa falsa seguridad de que todo operaba como era debido. Entonces nuevamente en los bajos mundos de Twitter aquella anécdota o leyenda urbana o información verificada respecto a la usuaria de VividSeats que, a punto de entrar al concierto, descubrió que sus boletos eran falsos, y la preocupación escrita en mayúsculas y con muchos emojis lastimosos y gifs de lloriqueos por personas que habían hecho uso de sitios parecidos. Sin embargo, tras varios mails con distintos Toms, Jessicas y Andrews de servicio al cliente del sitio, decidimos creer que todo estaba en orden. Nos obligamos a creer que sí, total. Y empezamos a organizar el viaje, siempre con la inquietud de que nos pasara lo mismo que a usuaria de leyenda urbana, tan cerca, tan lejos, Y TODO PARA QUÉ.

La cola-serpiente reptaba por puentes, por grandes extensiones de pasto, por los bordes de un estacionamiento infinito, sobre césped perfectamente recortado, mientras algunes guardias del Rose Bowl pasaban como carceleros preguntando quién no traía bolsa alguna, porque había una especie de fila exprés para los que traían las manos vacías. ASH (entre las especificaciones del estadio se encontraba la de llevar bolsas o mochilas transparentes, requisito que sin querer había cumplido /yesss/). Una rosa roja, hermoso logo oficial, en botes de basura, en postes, en cada cartel. Cruzarnos con personas con las que nos habíamos cruzado antes, e intercambiar deferencias. Y avanzar, avanzar, son casi las seis de la tarde y se supone que esto empieza a las siete treinta. Y después a unos metros ya se encontraban los detectores de metal y lxs guardias, el portal místico, ese pitidito del aparatejo que escanea los boletos y que es deleitable por el triunfo que supone. Pasó primero Triquis. Si tú saltas yo salto. Y el pitido triunfal. Y el mío. Y estar adentro, por fin. Con qué alivio eufórico nos abrazamos. TODO SALIÓ BIEN, DUDE, AHGHR, A HUEVO, ya en la tierra prometida, en el Disneylandia de lxs amantes de BTS.

Seguiré con detalles, no tienes por qué continuar si te has aburrido ya. Las filas largas para entrar a los baños, veinte minutos calculados (unas amigas dándose instrucciones: «entramos, orinamos, salimos corriendo»). Las filas largas para comprar y configurar la ARMY bomb que se activaría conectada a una matriz y al prenderse formaría, con las otras miles de bombs en el estadio, figuras, colores, arcoiris, o titilaría al ritmo particular de cada canción. Las filas largas para la mercancía oficial. Para unos nachos. No, porque pasó un señor vendiéndolas, para una botella de agua, que compramos por diez malditos dólares. Gasto odioso pero necesario. Navegar entre la marea de colores. Encontrar nuestra entrada. Un túnel que varies recorrían entre brinquitos, corriendo y gritando, o con falsa calma, para emerger a la boca del estadio: tanto espacio y tanto sol, las montañas de California, una tarde perfecta, el escenario con mobiliario cubierto por mantas y ¿hay dos panteras gigantes ahí colgando? (y te imaginas a Jin y a Jungkook y a Yoongi gritando WAKANDA FOREVER y, aunque no viene al caso, las panteras ahí tienen, en su capricho, un cierto sentido), y las macropantallas donde pasaban la videografía entera de BTS en orden, entre gritos enloquecidos como si ya hubieran salido ellos, y eventuales anuncios informativos. Conocimos a Viviana, («como V», pero su bias era Jin: se sabía por su diadema de RJ) (mira, no te voy a explicar), quien había venido desde Arizona en autobús. Se tardó dos días. Ya se había puesto a platicar con otra muchacha que también había ido sola, desde muy lejos, y como nos escucharon hablando en español hicimos todas conversación, aquel reconocible acento de la comunidad latinaestadounidense. Fui al baño una última vez y, en el pasillo, escuché que en las pantallas pasaban Singularity. MI BIAS, entiéndelo. Mi amado Kim Taehyung con su brazo dentro de la manga de un saco colgado en un perchero, su mano como si no fuera su mano, tocando su rostro como si no fuera su rostro. Hice una cara que seguro fue altamente expresiva, y un muchacho que venía de frente empezó a reírse conmigo, y los dos nos reímos mucho y sin palabras, compartiendo varias capas de significado en el pequeño acto. Cosas así, ¿sabes? Juvenil, inocente, alegre. Y aunque cuando volví la dulce V había tenido un problema con una mujer déspota que tenía el mismo número de asiento que el suyo y que la había obligado a cambiarse a otro sitio, ella no se dejó amilanar y siguió contenta y animada y hasta nos encargó su ARMY bomb, más tarde, para grabar Epiphany, el solo de su amado Jin.

TOTAL. Empezó. Fuegos artificiales. Michael Scott gritando OH MY GOD IT’S HAPPENING (The Office es otro de nuestros fuertes vínculos; todavía nos acordamos, Triquis y yo, de una vez que tardamos setenta y nueve minutos evacuando el Foro Sol al término de un Corona Capital, y cómo los gastamos enteros acordándonos de los mejores momentos de Michael Scott). No sabíamos nada de lo que pasaría. Era el primer concierto del tour. Qué gran decisión, qué buena movida no escoger Nueva York, después de todo, y entregarnos a una ciudad que ninguna de las dos conocía, a pesar de sus contras (no tener exactamente con quién llegar, como sí hubiera ocurrido allá, en la gran manzana donde además habría más transporte público y la ventaja de que ya conozco, el destino me ha llevado algunas, pocas veces; ya no me perdería en el metro, conocería algunos trucos, y a la vez eso lo volvería menos divertido, menos novedoso). Mejor Los Ángeles, primera vez para las dos, primer concierto del tour.

Más pormenores, más capturas de lxs asistentes:

¡Cuando Jungkook voló! Cantaba su canción como si nada y de pronto lo amarran a unos cables y ya está volando sobre el estadio como si cualquier cosa, y mi ansiedad fincada en el tópico de las tragedias-inesperadas-en-la-música-popular (Lennon, Selena, Cobain, como quiera un accidente así sería aparatoso y horripilante y le daría la vuelta al mundo en segundos) me hace no disfrutar del todo mientras el muchacho está en el aire. Pero baja y sigue cantando, muy cancherito. Detalles así, de los que millones se enteraban al instante, a través de numerosas transmisiones en vivo por Periscope y por Twitter, y que luego de ese día ya no serían sorpresa pero para nosotras sí, todo era una sorpresa y un acto inesperado y totalmente nuevo, lo que incrementaba su valor (vaya, llegar y disfrutar sin spoilers). En cada cambio de vestuario, aquellos videítos reciclados del tour anterior que permitían adivinar lo que vendría a continuación, las actuaciones en solitario y ciertas canciones, y sobre todo y lo más importante, daban la oportunidad de sentarse y descansar con dignidad y recuperar fuerzas para la siguiente aparición que nos eyectaba de nuestros asientos como tapón de champaña. Una señora me tocó el hombro para hablarme porque sintió la fuerte necesidad de felicitarme por lo mucho que, SE NOTABA, estaba disfrutando yo el concierto (o sea, bailar y corear lo coreable y no tener una bombita de luz en la mano y sacar muy poco el celular para fotografiar algo). A mi costado estaban unas adolescentes rubias que hablaban como salidas de una cuenta stan de Twitter, con esas expresiones que forman parte del vocabulario kpopero, tipo cuando uno de ellos hace algo muy sensual y se considera RUDE y un ATAQUE, y la de al lado tenía su clásico jersey negro con las letras J I M I N en gigante y fue un placer mirarla derretirse en una mudez  pasmada durante Serendipity (Jimin también es el bias de Triquis: son mutuals). Una fila abajo estaban dos muchachos de ascendencia asiática, uno de ellos con el pelo teñido de rubio, ligeramente parecido a Tae, que agitaban con ardor sus ARMY bombs y constituyeron el mejor ship irl que he mirado. O un hombre que, atrás, gritaba súper fuerte y una señora latina le dijo ME ESTÁS PEGANDO EN LA PANZA y él le pidió muchas disculpas, y quien más adelante, cerca del final del concierto, fue de los más entusiastas organizadores de La Ola®, ya para entonces totalmente amigo de la señora, con la que intercambiaba opiniones de lo que pasaba abajo. También llegó el momento que yo más esperaba y que sabía que me destruiría por completo, a saber, el citado solo de Taehyung, y lo que aparece en el escenario es, ¡¿QUÉ?!, no el perchero con el saco donde él introduciría un brazo que actuaría como autómata, acto con el que venía iniciando su show desde hace meses, sino una C A M A. Una cama colosal, medio vertical, suspendida por cables transparentes, en la que este perfecto ser humano está acostado con los ojos cerrados, un close-up de su bello rostro en las pantallas gigantes, y cuando la canción empieza él abre los ojos al fin y hay como un gemido colectivo en todo el estadio. O sea, la evolución de su representación, de su prestidigitación en el escenario, pasó de la división de su cuerpo en como dos ejes independientes, la dualidad, lo masculino y lo femenino, el fondo al interior de sí que se ignora… a abrir sus pinches ojos. Porque su mirada es ETÉREA y te subyuga y te hace mierda. Ay, no.

Y así, varios momentos geniales, extraños: un show excesivo, ridículo por momentos, que nos privó de cosas (DNA), transformó otras en nuevas, absurdas (Anpanman en juegos inflables que salieron de la nada y que los siete trepaban, a los que se arrojaban, por los que se deslizaban tomados de la mano y muertos de risa), con burbujas y papelitos y corazones digitales dibujados por Namjoon en una lluvia de luces, y Hobi con su traje Dior personalizado y a la medida en el cúlmen de su excelencia, y mirar, cuando nadie lo está grabando, cómo Taehyung se cae aparatosamente al tropezarse con unos reflectores y llega Jimin y lo levanta y él corre para terminar la coreografía y yo OH-NO, y todos -menos amado líder y su IQ de 148- luchan por decir unas frases en inglés, y cualquier cosa que dicen suscita reacciones enardecidas, febriles, y al final hay una voz anónima que traduce lo que ellos expresan en coreano, y es tan bonito y simple e inocente todo, como la alegría de que haya tan buen clima y sea una tarde tan linda, y luego Namjoon dice en inglés frases inteligentes y conmovedoras  y elaboradas con esmero, cada momento del concierto ha sido pensado, calculado, diseñado para generar un estado de ánimo; pero las olas son iniciativa nuestra, una tras otra, divertidas y ruidosas y colectivas, y es triste pensar que pronto acabará todo pero a la vez esa ansia de que acabe de una vez y se convierta en experiencia vivida.

Habían dicho «nos vemos mañana» y a mí eso me desafiaba. Terminaron la última canción, se tardaron mucho despidiéndose, recorriendo todos los pasajes del escenario para repartir saludos, ataviados en sus playeras y sudaderas de la mercancía oficial para que digas TENGO QUE HACER MÍA LA SUDADERA NEGRA CON EL LOGO DEL TOUR QUE USÓ J-HOPE; otra vez fuegos artificiales en cantidad, como si fuera 4 de julio, muchaches llorando a moco tendido por todas partes mientras empezaban a dispersarse en las gradas, y nosotras así de goeeeee, goeeeee, goeeeee, cansadas hasta la médula porque ya no tenemos 22 años aunque conservemos un brillo y un espíritu juveniles, harto juveniles, si quieres.

Logramos salir de las instalaciones del estadio. Caminamos por las calles de Pasadena durante uno punto cinco horas. Nos sentamos en el suelo y yo busqué food en Google Maps, arrancando las risas de Triquis. Vimos que había otra taquería La Estrella algunas calles más adelante, y que en las reseñas alguien había escrito SALSA ROJA ESTA BUENA; convencidas por la vehemencia de su comentario, nos dirigimos hacia allá, arrastrando las piernas. La encontramos. Pedimos asada fries y tacos con todo. Comentamos que salsa roja está buena indeed. Alrededor había muchas ARMYs, una chica súper cool con pelo verde y diadema de Mang, y grupos de amigas, y muchachos, y agua de jamaica, y la promesa, según Google Maps, de que otras cuadras más adelante se encontraba la estación de tren. Fuimos. Bajamos a los andenes. Del otro lado un muchacho orinaba contra la pared y su amigo, al vernos, empezó a justificarlo cómicamente, y el otro se dio la vuelta y pidió disculpas, señoritas, y empezó a decir que su papá era güero pero su mamá era mexicana y que cuántos días nos quedábamos y si le dábamos nuestro teléfono. Nos subimos al tren y se nos pasó la estación por andar tonteando. Esperamos el tren de regreso en el andén el aire libre, tiritando de frío. Pasó. Nos bajamos en Highland Park, ahora sí. Subimos la calle empinada. Llegamos a la casa de Nick, Bill nos olisqueó y volvió por donde vino. Nos tiramos en la cama y yo miré mi teléfono: me habían estado llegando notificaciones de VividSeats toda la tarde, que había boletos para el día siguiente todavía, que estaban de descuento, que fuera a ver. Nos dormimos y yo me desperté a las 8 de la mañana y entré a la aplicación y revisé, y luego esperé un rato a que Triquis abriera los ojos y apenas lo hizo le sorrajé un «Están los boletos para hoy a 40 dólares, ¿jalas?» Triquis parpadeó, confusa y somnolienta, y finalmente dijo: «Jalo».

Así decidimos que iríamos al segundo concierto. Total, ya estábamos ahí, ¿no? A eso habíamos ido. A mirar a nuestros coreanitos. Pero el día presentaba desafíos. Cambiarnos de Airbnb a uno sobre avenida Melrose, emprender una excursión infructuosa a Hollwyood Boulevard, hacer el largo trayecto de vuelta a Pasadena. Pero y qué. Siempre que nos vemos, ella y yo nos cantamos Foreeever, we are young.

Al menos esos dos días, y los siguientes, cuando pasamos por otros hospedajes, otros barrios, otras aventuras, Venice Beach y paseos pachecos con Leo, Conan y su humor deadpan, karaokes y autopistas de madrugada, almuerzos en cementerios y museos extrañísimos, fuimos young forever.

(empiezo, ya, a redactar la siguiente parte de esta aventura jovial).

 

 

Subida a México (tl;dr)

Lunes, 30 de noviembre, 6:29 am. No logro dormir. Yo quería escribir aquí esta noche, pero no terminé, no me dio tiempo, sucesos anodinos inesperados, pensé que el sueño me había derrotado, tuve mucho tiempo los ojos cerrados, exhausta, mi cuerpo exhausto, pero no logré ir al otro lado, no atravesé el pasaje. Ansiedad, miedo, nerviosismo (café cargado, de tardenoche; Speed, bebida energética poco recomendable, tiempo después). No arreglé mi maleta, no terminé mis pendientes. Debo ir a buscar una cosa al rato. Después, aeropuerto. Siete horas en Lima, sin entrar a la ciudad donde nunca llueve. Miguel, nuestro amigo peruano, quien me alojó en la verdegris Lima, la barrancuda Lima, con su familia y sus amigos y su vida, pocos días hace unos años, irá a México a fines de diciembre, de todos modos. Luego: Bogotá. Instrucciones para llegar a casa de mis amados Maria y Rafael, tras cinco años de no verlos. Eran novios entonces y ahora están felizmente casados. Recién casados. En realidad esto empezaba diferente, otra idea. Tengo miedo de no volver. Y de volver. No es tan peculiar lo que yo siento. Es la experiencia del migrado (del migrado feliz, hay que admitirlo). He sentido la necesidad de fijar los acontecimientos de estos días, las aventuras. Quizá sí tengo una interioridad alterdirigida, como observó Paula Sibilia. Debo construirme hacia afuera, por la escritura pública que aquí es como dejar el diario sin el candado. Ya pasaron días de aquella madrugada. Sigo escribiendo en diciembre, en el D.F.

Desde el jueves 26 de noviembre las horas se apresuraron. Una noche húmeda, el cielo blanco de tan cargado. Fue entonces que empezó el affaire amistoso (descubrí que a veces se tienen, como los románticos o sexuales: aventuras y momentos felices con personas que llegan y se van abruptamente). Las cosas que vi. Sentí. Platiqué. Reí. Brinqué. Cómo brincan aquellas brasileñas, Mar Selly y Jhenifer. Retorno a estados infantiles: bromearnos, molestarnos, asustarnos, jalonearnos, golpearnos tanto que el domingo por la noche, cuando llegamos a Montserrat tras bosques de Palermo, Jardín Japónes, Costanera Sur, reserva ecológica, Río de la Plata, paraguayo con pareja de Luján, nubes, río, buquebús a Uruguay, inmensidad, niño que fue mi amigo («Señora, no meta los pies que el agua está contaminada», «Pues ya ni modo» y más tarde, cuando me preguntó de dónde era, y le dije, y le pregunté si sabía dónde quedaba, él dijo que en la Concaf y yo le dije que no, que estaba en América pero hacia el norte,  y el niño: «Pero yo lo vi en el Fifa World Cup 2014 que está en la Concaf»: conversación con él, un gran niño argentino, y malo para tirar piedras que hicieran circulitos, a diferencia del joven adulto que tiraba piedras mientras su novia lo miraba), tras esa caminata calurosa en un camino pantanoso, los pelirrojos que todo el día vimos (el pellizco de la buena suerte que, para mi mala suerte, instauré), el tereré, el atardecer, un hermoso atardecer, el río, las aguas sobre el río, el oleaje, un grito repentino, «oooola», y después una ola, que nos empapó y se llevó mis tennis, el cielo apagándose durante la larga caminata para salir de la reserva ecológica, el calor que sigue en la oscuridad, la feria en la Costanera, un puesto ahí, de tarjetas con significados de nombres, me pasa siempre como Bart con Bort, hay parecidos pero nunca el mío, extrañamente me encontré, Lilián, de origen latino, «la que es pura como un lirio y es simpática con toda la gente», un maestro de Geografía en la secundaria ochenta me lo había dicho, que significaba «mujer graciosa», de todos modos es posible, tengo muchos amigos pero no soy simpática con toda la gente, hay alguna que me enerva, pero es cierto lo otro, lo he pensado, que me adapto a todas las personas y con cualquiera hago amistad, si está destinado y si no, no; después los puestos, las artesanías, los objetos inútiles, el ruido y el calor de tantas personas, niños que jugaban futbol, parrillas olorosas y humosas, Puerto Madero, caminata hasta la Casa Rosada, el bondi que nos dejó en Congreso, caminar por Entre Ríos, el súper, un domingo soleado, por la noche despejado, el último en rigor en Buenos Aires, después, cuando llegamos por la noche, y la Jhen se fue a su departamento a limpiar y hacer de cenar para nosotras, como cada quién hizo para las otras, su pollo strogonoff me supo a gloria, mientras nos preparábamos para cruzar de la calle Estados Unidos a la calle Carlos Calvo al 1600, yo me di un segundo, añorado baño, con la piel marcada por el sol y los músculos cansados de tanto caminar, y el cuerpo agotado de una noche de trabajo, tres horas de sueño, tras las cuales, por la mañana, Jhennifer nos tocaba la puerta e instaba al cumplimiento del deber, del plan estipulado, que yo respeto y observo, como el viernes por la noche que comimos enchiladas con los Zapata Jaramillo, evento acordado y planificado, el regreso en el 12, Entre Ríos confundiéndose con Eugenia, los planes y la concreción de esos planes sociales, entonces el domingo, por la noche, la felicidad de recargar fuerzas y después cruzar una calle y prolongar la reunión, la charla, el tiempo compartido, alegría que he tenido esporádica pero intensamente en mi vida: mis amigas Leticia, Laura y Araceli, hermanas, que vivían en la calle atrás de mi calle en Polo; el tiempo que, en Querétaro, viví en La Hera a cuadras de la casa de Fanny; los cortos meses que María fue nuestra vecina del departamento de abajo en Coyoacán, esa amistad que no tiene punto y aparte sino una sucesión de puntos y seguidos, de verse a horas y deshoras, domesticar la vida en conjunto, ir de un lado a otro como de cuartos en una casa, dónde vamos a comer esta vez, platicar, pasar el rato, ayudarnos y acompañarnos y echar relajo y no hacer nada, brincar y golpearnos; en ese baño dominical nocturno descubrí moretones y raspones y heridas que eran el mapa del affaire amistoso que en su expresión más pura se disolvía en conductas infantiles, pero infantiles profundas, del kinder y los primeros años de la primaria, cuando el cuerpo se involucraba entero en la amistad, y había patadas, carreritas, abrazos espontáneos, coscorrones.

Lunes 30 de pendientes. El shopping Abasto y el McDonalds kosher, la charla con Facundo y Ayelen y Meir, y las cosas que pasaron mientras tanto y que yo observaba, y anotaba, no puedo quemarlas ahora pero la señora nacida en Cape Town, criada chilena, rubia, un poco racista, sin embargo chistosísima, que llegó a comprarle una hamburguesa a su hijo a quien visitaría esa noche, en otro país, con la que hablé de restaurantes judíos, «en tal restaurante la comida es buena, pero el servicio está para la mierda, para la mierda, y a ver tú -a Meir- dime dónde puedo conseguir alfajores kosher», para ser fijada aquí y no en otro lado, y después el subte, y Corrientes y el Obelisco, y escuela y usos latinoamericanos de Barthes, y la ponencia del amigo F.: leer al mundo como un texto. Como un texto. Regresé a pie a Montserrat, con el café grande que más tarde, aunado a la taurina, me daría insomnio y conatos de ataque de pánico, pero entonces, aunque cansada, disfruté de la caminata y el clima caluroso y los pensamientos y la despedida poco apresurada, y el anaranjado del cielo crepuscular, y en la calle México leí en un cartel la palabra sangre, y en un telo (un motel) vi a un hombre y una mujer de la tercera edad, modestos pero elegantes, pagando en el mostrador, y en la calle Estados Unidos pasé por el restaurante dominicano llamado Quisqueya al que siempre quise ir pero nunca lo hice. Una noche inesperada, de muchos matices; Dani descubrió un jazmín en una maceta, hablamos de temas místicos pero aunque empujé hacia allá, por lo de la flor que no floreaba en años, no se replicaron las reflexiones de la noche anterior, cuando estuvimos platicando, Jhen, Mar Selly y yo, y compartimos experiencias familiares, migratorias y de todo tipo, y hablamos de los espíritus de los perros y los gatos y cómo reconocen las almas o el estado de las almas (afuera del Jardín Japonés conocimos a una pitbull cariñosa, llamada Alma) y luego de la luz y la oscuridad y del bien y el mal y en un momento de conversación sombría entró un insecto horrible al departamento, una especie de alacrán con alas; yo me acordé de un texto de Bifo Berardi sobre el papa Francisco que Guillermo Núñez me había compartido, que compartí otras veces, les mostré la foto que me hipnotiza, de los cuervos atacando a las palomas, y después charla derivada, la tradición popular en Argentina, la exclusión y el elemento corruptor, el oasis que son las personas, la familia, las cruces que se van cargando; y esa noche reímos, charlamos, lloramos y jugamos sobre la cama con los perritos, Mallu y Hachi, y Mar Selly se quedó dormida y la Jhen (nacida en 1996) me contó su historia romántica, de final agridulce, con un argentino del conurbano que conoció en Tinder y sobre la que conjeturamos juntas; después nos dormimos y despertamos tarde, de vuelta a Estados Unidos y tras baño y recalentado salí otra vez a la calle (primera parada: subte Carlos Gardel). Después las hamburguesas kosher. Después el mundo como texto. Después la caminata. El jazmín. El ataque de pánico. Mail. Amanecer. Un breve y accidentado sueño.

Martes, 1 de diciembre. Arreglar maleta. Arreglar caja porteña. Una última comida, con feijão. No pensemos en esto, en la despedida. Debía ir a recoger un encargo a la calle Venezuela al 3900, y antes dificultades financieras, planes be de emergencia, cajeros cercanos, pero a las tres en punto (eran 2:58) los apagaban y les ponían dinero, quedarían una hora inútiles, el policía argentinísimo del banco, la señora que tardaba mucho tiempo, hacía una operación y otra, contaba y guardaba su dinero, la angustia chusca, merecida, por hacer todo a la mera hora y aventureramente y confiando en una estrella inmerecida. Fui por el encargo y regresé. Hacía calor. Ya no me pondría sentimental. Apenas pude tirar las cajas y bolsas de basura. Ecilla, transporte a Ezeiza. Ecilla, agradables coincidencias: carioca migrada a Buenos Aires hace 21 años más o menos, se enamoró de un argentino, sus hijos son argentinos, su acento es argentino, pero ella es brasileña, nacida en la misma cidade maravilhosa, y Brasil, su cultura, su lenguaje, su calor, su rareza habían sido la atmósfera del último mes. Por eso era bello ser llevada, con dulzura y comprensión, por ella que había vivido en México en el año 1989: en el D.F., en Acapulco, en Monterrey, recordaba todo con alegría, con emoción, con nostalgia; sus impresiones de la Ciudad de México a tramos devastada por el terremoto; el terremoto de verdad que padeció en el Radisson Acapulco, las impresiones incontaminadas que conserva de Acapulco: las luces de la Costera y los boliches, la felicidad y la juventud, una primera experiencia laboral en el ramo turístico, amigos y atardecer, los tacos al pastor y los cocteles de camarón; su forma de regresarme, de devolverme.

Creo que me dormí rumbo a Lima. Y en Lima, en su aeropuerto, ya había esperado allí, llegada y salida de Sudamérica, una romantización latinoamericanista, todavía es el gran puerto de América Latina, los acentos de Centro y Sudamérica y el Caribe se entremezclan, me acosté en una sala al azar, en un vuelo que iba a Santa Cruz, Bolivia; me tapé con la chamarra y puse la cabeza en mi mochila, y temblé un poco por el aire acondicionado, y no logré dormirme, y caminé y caminé y me comí un envuelto de pollo con salsa criolla de paquetito, y una Inca Kola, y vi los cinco autores estelares del estante de libros de su Britt Shop: Vargas Llosa, Bryce Echenique, José María Arguedas, Jaime Bayly, Santiago Rocangliolo.

Desenchufé el cuerpo a Bogotá. Antes de las siete de la mañana el avión descendía sobre las verdes, frondosas, agrestes montañas colombianas, también un país de sierras y cordilleras, la necesidad de la montaña plenamente aliviada. Eso fue el miércoles 2 de diciembre. Pero hace unas frases que escribo en Polotitlán, de madrugada, con mucho frío. Ayer saqué la cabeza por una ventana y vi estrellas demasiado nítidas, brillantes y espectaculares, no había visto unas así en todo el año; pero hoy otra vez está opaco. Mi hermana dice que hubo lluvia de estrellas (domingo 13 de diciembre). Los días pasan y los detalles se olvidan más y más, pero no importa, es inútil pelear con el deseo, la compulsión: no me importa lo largo y lo aburrido, el exceso de detalles.

En El Dorado: guardaequipaje, subir arrastrando la maleta reducida a 27 kilos por el elevador, el cajero, los miles de pesos colombianos, los buenos recuerdos de los ceros múltiples, la negociación con el guardaequipajero, el arreglo de la mochila para el día y medio en la ciudad, el tinto grande y el espeso jugo de lulo, el inicio del trayecto en Transmilenio a Cedritos, una hora y media aproximada de viaje, con cuatro cambios de autobús, un baño público (500 pesos), instrucciones que seguí al pie de la letra, una de ellas: en el punto más alto de un puente peatonal caminar hacia las montañas; un local debajo de aquel puente, antes del último autobús desde el que logré ubicarme gracias a las rampas de skate, un «guardabocas» de fresa o membrillo, la ruta por SITP anaranjado, una ciudad con problemas similares al D.F. pero con voluntad de ordenar su sistema de transporte público, más bicis en las calles, cerros y verde rodeando la ciudad, una modernidad interrumpida, yo recordaba el ladrillo rojo de los edificios bogotanos, algunas marcas y anuncios de comida, caminé perdida por el barrio, con la mochila perforándome los hombros; avistamiento de dos Oxxos, orientación posible gracias a las carreras y las calles numeradas; llegada al departamento, a los gatos, Mau y Moe, una siesta larga, reparadora, un baño hirviente, caminata en busca de un jugo, de lo que fuera: en una panadería-fonda uno grande de moras, que tomé en dos tragos. Después pasé a una tiendita y compré una Pony Malta y un Postobón de manzana, color rosa. Regresar a aquel país, por fin. La primera vez un mes en Colombia, siempre me digo que lo conozco casi todo, de Ipiales a Barranquilla, pero no es cierto, falta tanto, y ahora, con más ganas que antes, lo habito menos de treinta horas.

Más tarde: la amistad. La conversación. El paseo en bicicleta. En la tele, Santa Fe y Huracán se disputaban un partido de futbol, Colombia contra Argentina, el sabor colombiano en Argentina, más Colombia que México en Argentina, las frutas y la arepa de queso con mantequilla y sal, en un puesto a algunas calles, la cena (bici), las fotos de la boda, Buga en fotos, el hermoso valle colombiano, un capítulo de Pablo Escobar, un cansancio pertinaz. Sueños recortados. Jueves 3 de diciembre. Un baño. No había desayunado papaya en varios meses. Tengo una fijación por las frutas colombianas. Despedida de mis amigos, despedida de Mau y Moe. Mochila. Más pesada, con curubas, feijoas, lulos y mamoncillos, y otros encargos. Caminata a la parada. Chica (guapa, alternativa) que leía una novela de Laura Restrepo (¿cuál?) en el 18-3, anaranjado, atravesando la séptima carrera al pie de un cerro verde, y coches, y tráfico, y puentes, y edificios, sentada en el piso, de pie, otra vez en el piso, durante hora y media. La señora del jugo en estación Universidades, pero váyase con cuidado, el acento cantado que se me va pegando, se me va montando, el eje ambiental, la librería Lerner, Cárdenas y González, las frutas sobrantes en una bolsita, para regalar, una caminata a solas que yo había dado en compañía hace seis años, con Maria, con Rafa, con Andrés y Lina, con el alemán, del Museo del Oro a la Plaza Bolívar, era enero, también había un arbolito de Navidad, grande, en medio de la plaza; yo tenía veintitrés años.

Operé milimétricamente, calculé los minutos, fui concentrada y eficiente, cargué la mochila con resignación, muchos kilos amarrados a la cintura con un cinturón extra que me distribuía el peso, para entonces todo me dolía, cuatro días de esfuerzo físico, déficit de sueño, en realidad eso también me daba miedo, la noche de la crisis, someterme a un viaje tan cansado sin haberme preparado para ello; pero de todos modos caminé, di unas vueltas, saqué unas fotos, luego ya ninguna, solamente contemplé, caminé unas treinta cuadras por la séptima peatonal, llegué a la estación subterránea del Museo Nacional, recorrí todo el andén, volví sobre mis pasos y me adherí a la fila del K86, daban la 1:35, yo tenía que estar en el aeropuerto a las 2:15 a más tardar, tenía que recoger maleta, redistribuir con mochila, arrastrarla por todo el aeropuerto en un carrito, debía pesar menos de 25 kilos, la revisión exhaustiva, la fila de migración, el oloroso, finísimo café con los últimos 60 mil pesos, que perdí en algún momento entre el avión y aduana (las frutas, envueltas en aluminio, ocultas entre la ropa, descubiertas por la tal Senasica, que revisa con rayos equis los vuelos procedentes de Sudamérica únicamente), el agua llamada Renacer, la búsqueda de la sala, en un mezzanine, solitaria, mexicanos, el acento, la encuesta del Ministerio de Turismo, el vuelo, la lectura, el cansancio, el atardecer, el sueño, la agitación.

Todo lo demás es mío, es otra cosa. No alcanzo a registrar, ya no hay forma, queda fijado sin ser fijado. Nuevamente el afuera es diferente, retomé una vida social diferente, atiborrada, diciembre y popularidad por la distancia, reuniones, fiestas, cenas, visitas, conversaciones, no he visto a todos, ¿cuántos son los míos?, bastantes, por lo menos alguien en cada vida nueva, sin duda allá -ahora es allá- tengo una vida, más modesta, menos sociable, pero una vida, que me ha fragmentado una vez más, debo recomponerme, fui trasplantada, aquello ahora es el pasado, un post escrito de manera intermitente durante tres semanas, todavía se siente poco tiempo, rebobinarse al invierno, otra vez un invierno, calor y sol escasos, apenas empezaban, luces de la Navidad, las luces parpadeantes, la Navidad siempre me deja un poco triste. Hace dos semanas conocí a un niño, Sebastián, que nació el mismo día que yo, 26 de mayo. Le dije que yo soy de 1986. Me dijo, entre otros temas, que él es de 2008. Estuvo mucho rato en la casa y cuando se fue, en el refri, dejó estos versos:

versos

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Javai-í III (última parte)

¿Será mejor la distancia? La distancia -el olvido- lo cubre todo de embuste, de falsificación. Pero queda, por el tiempo transcurrido, el miedo trillado a perderlo todo. Además he venido escribiendo este post a lo largo de un mes. Lo he abandonado y retomado muchas veces. Será mejor desprenderse ya de todo esto.

Veamos: el martes a mediodía volamos a Hawai’i, la isla más grande del archipiélago, a la que suele llamarse la Big Island para diferenciarla del estado mismo. Es tan grande que todas las demás (que son 137 en total) no colman ni la mitad de su territorio. Esto también lo fuimos aprendiendo poco a poco: primero hay que saber que las cuatro islas principales de Hawai’i son Maui (a donde las ballenas llegan a reproducirse durante invierno, por lo poco hondo de sus costas); Hawai’i (la enorme, la húmeda, donde está el volcán Kilauea y otros); Oa’hu (donde se encuentra la capital, Honolulu) y Kauai, la más antigua de ellas, repleta de acantilados, volcanes y accidentes geográficos, la que imagino más frondosa y exótica y sobrecogedora, y la única que no conocimos.

Dejamos, pues, el ambiente playero de Maui para llegar a la parte este de la Big Island, que en todas las islas se trata de la zona más húmeda. El cielo estaba gris, cargado de agua. En el aeropuerto de Hilo (prácticamente idéntico al de Maui, y también monopolizado por Hawaiian Airlines, que controla casi la totalidad del transporte aéreo en el archipiélago) nos esperaba Jim Carey, el guía y chofer, que ya casi ni bromea sobre Jim Carrey, de tanto que se lo han de sobar cada dos minutos, cantando con un ukulele. Este señor Jim Carey era muy chistoso. Usaba, como obliga el sector, la típica camisa hawaiiana de flores y tenía bigotote, pelo blanco, la piel muy roja. Era de Minnesota o cerca de ahí.

Primero fuimos al Centro Astronómico ‘Imiloa, que tiene un museo y un planetario. Esto me gustó. Ir a Hawai’i a museos, lo atípico de esto, lo que nos daba para pensar. Nos recostamos en el planetario a ver videos y aproximaciones visuales del nacimiento de las islas, que no son sino volcanes submarinos que emergieron del mar formando montañas y planicies, que se encontraron y amalgamaron con otros volcanes en el camino. Qué cosa tan impresionante, ¿no? Por eso la insistencia de que nada se le parece. En las islas es palpable el ascendente de la naturaleza, de las formaciones geológicas, de la pequeñez ante el infinito torrente del tiempo.

Después fuimos al Kilauea. A los caminos de lava solidificada. Al parque nacional que es tan grande que se recorre en coche, por carreteras que luego, viniendo de la «civilización», dejan atrás casas solitarias, de estilo californiano, una planta, su porchecito, madera, colores pastel apagados; y Wal-Marts y Home Depots y Walgreens y la infraestructura comercial que es ubicua en todo el territorio gringo. La vegetación que crece de la lava. Otro paisaje lunar, o quizá de Plutón, o de Neptuno, piedra negra que revela entre sus intersticios manchas y franjas azules, moradas, irisadas, tornasoladas.

Los volcanes hawaiianos se llaman «de escudo», pues no crecen hacia arriba, como los cónicos a los cuales estamos acostumbrados, sino que están achatados y se extienden como una plancha. La lava escurre de los lados: «llora». El cráter principal del Kilauea se encuentra junto a un centro de visitantes con fotos, trozos de lava en capsulitas, tienda de regalos. Hay una fumarola en medio de una gran circunferencia, acordonada. De su centro brota el humo vaporoso, gris, constante. Jim Carey nos llevó a un pedacito de pasto que escapaba del cordón, donde se tenía mejor vista que en el mirador. Luego insistió en sacarnos fotos de turista: fingiendo que soplamos delante del humo, por ejemplo, como los que detienen la torre de Pisa con la mano o sostienen, entre el dedo índice y el pulgar, una pirámide o la torre Eiffel. Le hicimos caso, posamos para la foto.

Dormimos en un hotel integrado al parque nacional, a pocos metros de la fumarola. Por las ventanas del restaurante, en la noche, se veía claramente que el humo no es gris sino naranja o rojo incandescente. Ahí se acostumbra apagar todas las luces cada 45 minutos, para que los comensales admiren su resplandor. Ninguna cámara podría reproducir la intensidad de sus colores. Mientras tanto hablábamos con el tibio, manso, callado Ross, de la oficina de turismo de la Big Island, donde están haciendo campaña para que ya no la llamen la Big Island, concepto que según ellos remite a caos y tráfico, y se recupere el nombre simple de Hawai’i. «La Hawai’i original». Las alusiones a las oficinas de turismo hermanas, su rivalidad apenas disimulada; cada isla quiere ser la única isla, cada isla promete lo que la otra no tiene.

Luego estaban Carlos (¿o Víctor?), de Roswell, Nuevo México; y Charlie (¿Charlie?), de Oakland, California, y con todos era la misma historia, los casos (y las pruebas) se amontonaban; es difícil venir a las islas y escapar de su hechizo, de su magnetismo poderoso.

Visitamos las Akaka Falls, escuchamos las historias de Jim Carey, que antes de empezar preguntaba siempre do you want to hear a storyyyy? y al principio nos reíamos mucho y decíamos que sí, que claro, pero al cabo de muchas veces de repetir el numerito terminó por confesar que esto era protocolo de la compañía, preguntar si la gente quería escuchar dichas historias, en realidad leyendas de la mitología polinesia hawaiiana, que trataban, por ejemplo, sobre Pelé, la diosa del fuego, la danza, la ira y los relámpagos. Pero en una ocasión yo me quedé dormida y cuando desperté escuché la mitad de una en la que él, Jim, era el protagonista, junto con su esposa: al salir de un parque nacional se habían encontrado con una misteriosa mujer que les pidió un cigarro; como la esposa fumaba, se lo dio; luego sucedió algo que me perdí pero que sugería que la mujer había desaparecido, o nunca había estado ahí, en fin, que Jim y su esposa lo tomaron como una aparición de Pelé, dándoles permiso de permanecer en Hawai’i. Eso me gustó.

En Hilo, durante un rato, cada quién se fue por su lado. Entré a algunas librerías, difícilmente había algo interesante, pero era entretenido mirar. Luego me metí a un café, Hilo Shark’s Café. Tenían muchos sabores de breakfast smoothie y lo atendía un rubio de ojos azules, bronceado, altísimo, seguramente un surfista ex mainlander. El menú estaba escrito en un pizarrón con gises de colores y en todo lo ancho de un muro estaba el dibujo de una mujer, mezcla de pin-up y hula girl, con su lei y su ukulele, los brazos tatuados, malabareando un coco, un café y unas antorchas. Detrás de ella, un volcán echando humo.

Más tarde, en otro restaurante, comimos con muchas prisas una exquisita e irrecuperable hamburguesa vegetariana que tenía arroz, frijoles, taro molido.

Vino otro vuelo, en la última hilera, sin ventanillas disponibles, en un avión repleto.

Por fin llegamos a Honolulu, la segunda o tercera ciudad con más tráfico de Estados Unidos; autopistas arriba y abajo, muchos rascacielos, algunos poco interesantes; el enorme puerto, sus restaurantes y oficinas, y por allá, al pasar velozmente en el vehículo, la base naval de Pearl Harbour. Un hotel grande, cómodo, a caballo entre el boutique y la cadena. Mi ventana daba a un estacionamiento de muchos pisos.

Waiki’ki. Una noche perdidas, Gretell, Arcelia y yo, en los laberintos de la marina, en las calles del hotel ciudad Hilton (con miles y miles de habitaciones), luego de regreso al bar del hotel, un speakasy bastante bonito, con aire acondicionado helado; una cerveza regional: Bikini Blonde Lager; un cover de Drunk in love a cargo de un dueto hombre y mujer, interesante todo, pero el cansancio, la noche, la agenda que no se daba un respiro.

Una mañana fuimos al otro lado de la isla de Oa’hu, la North Shore. Nos detuvimos en una antigua plantación de piñas, ahora convertida en una especie de parque temático con súper integrado, en el que todos los productos son de piña, tienen forma de piña, remiten a las piñas. De ahí viene el Pineapple Express.

Más adelante, en una playa de surfers, nos metimos al mar por segunda vez. Una playa pública, al pie de la autopista. Aguas tibias y cristalinas, como las del Caribe. De pronto pasaba un coche viejo, un Mustang despintado, un Lexus jodidón, visiones extrañas en Estados Unidos, donde la norma es cambiar de coche apenas el uso se note. Los manejaban surfistas.

Comimos un shave ice, un raspado con los colores del arcoiris, en un lugar llamado Matsumoto’s. Después hicimos una parada en un food truck cerca de los criaderos de camarones. Una mujer estaba sentada junto a la ventana donde se ordenaba. Cincuenta años, tal vez cuarenta, piel tostada, con cicatrices, pelo recortado a mordidas, ojos azules intensos. Hablaba sola, su boca profería palabras y sonidos desarticulados, que escuché con atención, sin lograr comprender nada. De pronto había frases completas, pero casi todo eran gruñidos, ruidos guturales, una risa macabra. Fuimos a sentarnos a una mesa de madera, con bancas, y ella fue a sentarse en un extremo de la misma mesa, mirándonos. Comimos bajo el yugo de su mirada. Se lee exagerado, el yugo de su mirada. Pero era un yugo, una opresión palpable. De pronto hacía ademanes de tomar nuestras papas, nuestros refrescos, y si alguna los desviaba de su camino, su voz cavernosa lanzaba fuck you ladys, fuck you ladyyyys horrorosos, que caían como plomo. Finalmente le fui acercando cosas y ella se apropió de ellas con manos escurridizas, como de animal. Luego alguna hablaba y ella volvía a reír con su risa burlona y ultradiabólica. Pero lo interesante fue cuando, al subir al autobús, mirándola por la ventanilla, ella sintió el peso de nuestras miradas y nos miró también, primero mascullando insultos, luego súbitamente risueña, y al final haciendo con una mano la seña del aloha.

Christiana comentó que muchos brasileños, cuando visitaban Hawaii en los sesenta o los setenta, en busca de sus olas, acabaron en un malviaje de ácido y nunca volvieron a su país.

Fuimos al Centro Cultural Polinesio, adyacente a la universidad BYU. Es una especie de parque temático, dividido en «villas» que representan las principales naciones polinesias: Fiji, Tonga, Tahití, Nueva Zelanda, Samoa… En cada villa, estudiantes de esos mismos países, la mayoría con becas proporcionadas por la universidad, representan costumbres, artefactos, diferencias lingüísticas, etc., en un formato agringadísimo, entre el stand-up y el cabaret. La maestría gringa en materia de entretenimiento. Así, Kap, un estudiante de artes visuales de Samoa, demostraba en un show de micrófono cómo los hombres samoanos, que eran los encargados de preparar los alimentos, extraían la leche del coco, hacían fuego, etc. Todos reíamos con ganas. (encontré un video de él, de su envidiable maestría para el stand-up).

Al final vimos una obra/musical (en su sitio: think of Broadway, then add flaming knives), llamada Ha, «aliento de vida». Muy bonita. El protagonista va saltando simbólicamente de isla en isla, una por cada temperamento y momento vital, para cerrar el círculo entre la vida y la muerte.

Lo que me gusta sobre Hawaii, como potencia cultural y económica de Polinesia, es su voluntad de integración con la región. El último estado de Estados Unidos. Pero no es Estados Unidos. El archipiélago en medio del océano, con un pasado tan remoto como peculiar, está separado del continente y de todo lo que lo liga a él. Existe con las otras islas. Me hizo pensar en Latinoamérica, en una Latinoamérica oceánica.

(casi olvido: tomamos una clase de surf, cerca de Waikiki; todo mal, todo mal, y después de eso comida hawaiiana auténtica, mucha carne de cerdo y de salmón, y el taro en puré llamado poi, y jugo de liliko’i, la maracuyá de allá)

Al día siguiente fuimos al Bishop Museum, el más antiguo y grande de Hawaii (fundado en 1889), con una colección de artefactos pertenecientes a las dinastías reales, pinturas, prendas de ropa, hasta animales disecados (aclaración: no hay víboras en las islas, esto las convierte en mi representación del paraíso, y sin embargo entré, confiada, a la sala de animales, sin temer ni esperar nada, y en la primera vitrina estaba una larga y cabezona embalsamada, ¡ay!, las llamo, las llamo, siempre vienen a mí).

El guía, también orgulloso descendiente de hawaiianos, nos mostró el Kāneikokala, una efigie de piedra y basalto, descubierta por un hombre en Kawaihae, que la soñó (le pedía que la retirara del frío, que la llevara a un sitio cálido). Llegó al museo en 1906 y cuando recientemente, por remodelación, quisieron cambiarla de lugar (tal vez afuera, donde sintiera más calor todavía), la figura había echado raíces tan profundamente que fue imposible desprenderla de donde estaba. Eso también, como muchas otras cosas, me gustó. Me hizo pensar. Le dio más matices a mi ensoñación.

Y ya sólo queda, en Honolulu, cuando fuimos a hacer tiempo a un mall en lo que llegaban unos amigos de Christiana, brasileños afincados en Hawaii. Era sábado a la hora de la comida, hacía tanto calor, yo tenía tan poco dinero, tan nulo propósito, que vagué por los pasillos techados y luego los semi-abiertos, integrados con el estacionamiento, hasta dar con un Barnes & Noble, donde no compré ni leí nada importante, sino que me puse a hojear las People y otras por el estilo. Un mall viejo, aburrido, fétido, la verdadera cara de Honolulu, la ciudad de la que no se escribe, que no se promociona, donde los adolescentes en patinetas o en transporte público llegan a encontrarse con otros adolescentes, entran al cine y comen en el hacinada área de comida, el sitio de encuentro de una parte de la clase trabajadora, de la verdadera población de Hawaii.

Comimos después de esto, a horas de tomar el vuelo de regreso, en un restaurante cerca del puerto. Se descorrieron los últimos velos de la intimidad. Después nadie quería irse y, aunque nos separamos brevemente en el aeropuerto, por nuestras rutas diferentes, ya en las salas de abordaje fuimos a despedirnos de Andi y enfrentamos con resignación el regreso a tierra continental, a la insulsez.

Arcelia me cedió su asiento, junto a la puerta de emergencia, porque estaba en el pasillo, que yo siempre requiero (si es un vuelo largo, porque ay, la vejiga). Era vuelo nocturno, seis horas hasta Phoenix, mucho espacio para mis largos pies, oportunidad invaluable para dormir… y: la perilla del aire acondicionado estaba rota. Y el aire acondicionado, frío más bien helado, salía de ahí en fuertes remolinos que me despeinaban y lentamente me fueron amoratando. ¡Oh, lo que sufrí! La sobrecargo, preocupada por mi ficticia historia de una neumonía recién contraída, recorría el pasillo y volvía cada vez con peores noticias: que no sólo vendían las cobijitas sino que ya no tenían ni una, que no había un solo asiento disponible, que no sabía qué hacer… Hasta que, pasada la medianoche, apareció con una botella de plástico rellena de agua hirviendo y me dijo que la apretara contra el estómago y me hiciera ovillo. Ay, no poseo tolerancia hacia el frío, ¡absolutamente nada! Ahora mismo escribo con dedos entumecidos. Intentar dormir, perder la conciencia, en esas condiciones… A veces me levantaba y caminaba por el pasillo, donde todos dormían, felices y despreocupados, y yo entraba al baño ¡y lloraba como una niña! Y volvía al frío, a la lenta tortura… Llegué a Phoenix con las extremidades agarrotadas, la botella fría entre las manos y un arrastrarse hacia donde hubiera café y un poco de sol. Qué clase de regreso. Del paraíso cálido al frío artificial.

Después México, después The Descendants, los leis que aún permanecen en espera de que los devuelva a otro tipo de tierra, el anhelo, la erosión de la memoria.

Hace unas semanas vino Andi y volvimos a reunirnos. Recordamos anécdotas del viaje y hablamos de otras cosas.

 

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Javai-í II

Pero yo no había terminado el texto. Me faltaban, calculaba, unos tres o cuatro párrafos (incluyendo aquel donde, a mi juicio, debía estar el «chispazo final», la «conclusión demoledora» o, al menos, en un par de líneas, la idea general del texto). De todos modos disfruté del luau que nos dieron en Kā’anapali Beach, pues caía el sol, había buena comida (un cerdo entero asado, «estilo luau»; muchos tipos de pescado, el puré de taro llamado poi, etc.), abundantes mai-tais, música y bailes. Los bailes eran dulces e hipnóticos. Me dijeron que los Hula dancers eran estudiantes de una academia de por ahí; había dos, una muchacha de pelo larguísimo y un cejoncito de gesto chistoso, que sobresalían, que brillaban. Resultaba fácil perderse en sus movimientos, cadenciosos, miméticos con aquello de lo que se canta (el movimiento de las olas, del viento, de la luz) y hasta eróticos, un erotismo libre de todo tabú. Mientras tanto Andi nos contaba cosas, nos venía contando cosas desde la tarde, y la razón por la que sabía tanto sobre Hawaii me gustaba (ella es argentina). Para ganarse la cuenta de Hawaii en Latinoamérica, había tenido que hacer un examen teórico, dificilísimo, para el que debió memorizar geografía, historia, leyendas, infraestructura turística, logística de viajes, etcétera. Sacó, de los 80 puntos requeridos, 99 limpios. Llevaba un mes allá y sabía mucho sobre las islas, pero también iba descubriendo nuevos aspectos cada día, y para mí era como asistir a un proceso de reconocimiento, ¡de enamoramiento incluso!, de una persona con un lugar. Alguien que nos traducía todo lo que veíamos y que a la vez vivía un proceso personal e íntimo, de conexión profunda con una cultura, que es eso, un lento enamoramiento, un enamoramiento que me gusta, que encuentro familiar.

También es triste reconocer la razón del luau. Esa bienvenida o «introducción» amigable a la cultura hawaiiana, fabricada para los gringos del mainland, que llegan a las islas como si llegaran a un país extranjero. La manera en que la cultura netamente polinesia ha sido interpretada para su mejor comprensión. El aire de cabaret tropical en el ambiente.

¿Y qué? De cualquier manera es bello. De cualquier manera te dejas seducir.

Pero a las nueve ya cabeceaba.

Además, a las dos de la mañana llegaría una camionetita por nosotras para subir al Haleakalā, donde observaríamos el amanecer. A LAS DOS DE LA MADRUGADA.

Subí al cuarto, me eché agua en la cara, me senté en la mesa junto al balcón (el «lanai»), y me puse a escribir. No sé cómo escribí. No sé de dónde salió. Los ojos se me cerraban. Pero estaba acorralada. La obligación y la urgencia, sin embargo, me soltaban la pluma. Un párrafo, luego dos, luego tres, luego el cierre que imaginaba, sin florituras, y el anhelado punto final. Envié el texto cerca de las once, me dormí dos horas con la luz prendida, y me desperté con un cansancio tan bruto que hasta alucinaba bajo la regadera.

Pero estaba libre, al fin. Podía entregarme a Hawaii. Aquello me animaba, hacía menos intolerables las muchas horas despierta.

Andi nos había recomendado «pedir prestada» la cobija de la cama, pues en la cima del Haleakalā las temperaturas descienden bajo cero. ¿Pero qué tomé yo? La colcha. Una colcha que mediría unos tres metros. Que hice bola y arrastré hasta la camionetita, donde ya iban algunos turistas desmañanados.

(Además de Arcelia, Gretell, Andi y yo, iba también Cristiana, una periodista brasileña que llegó en un vuelo posterior).

Pues fuimos. El chofer hablaba y hablaba por el micrófono; de chistes, de Hawaii y de su propia vida. Su historia era la misma de casi todos los que se emplean en la industria turística hawaiiana: un mainlander que vino de vacaciones y no se quiso ir, o que al volver al continente hizo todo lo posible para mudarse a Hawaii de manera definitiva. Al principio puso el aire acondicionado y yo me envolví en la colcha y me quedé dormida; luego el calorcito en el ambiente (era la calefacción) y las curvas me despertaron. Miré por una ventana y vi el extremo de una carretera estrechísima en las faldas de una montaña, y abajo, muy abajo, como si voláramos en un avión, lo verde, lo café, las luces, el borde redondeado del mar.

Bajamos de la camionetita y nos golpeó un viento helado. Había ahí, detrás de un mirador, un cráter. En una hora amanecería. Nos quedamos sobre piedras grandes y afiladas, mirando los colores cambiantes del cielo. Claro, la gente hablaba. La gente sacaba fotos. La gente se reía. Pero de todas maneras era un espectáculo bellísimo y contrastante; la luna llena seguía arriba, a nuestras espaldas, y debajo de ella había una mancha blanca apenas dibujada entre bruma azul, que descubrí después era su propio reflejo sobre el mar, a esa hora del mismo color del cielo.

La alineación de las estrellas, dos puntos brillantes en el horizonte. Las figuras geométricas que formaban las nubes, pintadas de negro, semejantes a cordilleras. El naranja, el morado, el rojo sangre, el azul. La corona amarilla; los haces de luz, gruesos y perpendiculares, como en los diseños japoneses. ¡Un canto hawaiiano! Un súbito momento de silencio. Mirar a Andi, adivinar lo que pensaría. Una mainlander (una far-far-away-lander) que acaricia el proyecto del exilio.

Después vagamos entre los caminos, el observatorio y los miradores de la cima. Yo arrastraba, como una cola de novia, mi colcha sucia de tierra.

Un paisaje lunar. Un frío atroz. En pleno Hawaii.

Me gustaba eso. Me gustaba todo lo raro.

El resto del día lo pasamos en Maui; comimos, paseamos, nadamos en la playa enfrente del Kā’anapali y al romper la tarde nos subimos a un barquito con estructura de canoa polinesia, que atracaba en la playa y al que había que subirse desafiando las embestidas de las olas. Allí arriba tan sólo recorrimos el contorno de Maui, observando las islas de Moloka’i y Molokini a lo lejos. De la primera, santuario de aves donde, en los mil ochocientos, en el reinado de Kamehameha IV, los leprosos eran enviados para suicidarse entre los acantilados. Molokini, la más pequeña de las islas de Maui, con forma de media luna. Otras que no veíamos: Lanai, una isla privada (el 98% le pertenece al fundador de Oracle). Hay un Four Seasons allí. Kaho’olawe, una isla «prohibida» en la que se hicieron experimentos con armamento. Hay una lista de espera de tres años, para limpiarla. Como voluntario. Otra isla, un nombre que escribí mal en mi cuaderno, en la que viven los descendientes de la realeza hawaiiana, en aislamiento.

Ya me había contagiado de este virus. Esta cosa. Hawaii.

A las ocho de la noche subí a dormirme. Dormí de corrido hasta las seis de la mañana. Desperté descansada y de buen humor.

Desperté, creo, feliz.

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Javai-í I

Traje un café de Hawaii. Es un café de Waialua, al norte de Oa’hu. Es un arabica no demasiado especial, no de importación, como es, en cambio, el que proviene de Kona, en la isla de Hawai’i (la Big Island). Pero no compré del otro, del verdadero, por motivos tan diversos y tan estúpidos como la postergación, la esperanza de una mejor oportunidad en el futuro, porque no había tiempo o no tenía suficiente efectivo, porque quería esperar a sentir la partida ineludible. Sin embargo logré llegar con éste, que no es un café mediocre: es suave, achocolatado, frutal a veces, de buen cuerpo y color. Y entonces, la noche que llegué, o tal vez la siguiente, nos pusimos a ver The Descendants, porque yo seguía con el vacío y la nostalgia, con una sensación de haber sido abruptamente arrancada de un lugar en el que me sentía muy bien, en el que todo se borroneaba, se hacía impreciso, estaba lejos y adquiría significados más simples. Y mientras la veíamos (ya la había visto, con otras opiniones) bebíamos el café y comíamos también un chocolate, con nueces de Macadamia, de Big Island Candies. Mis leis empezaban a secarse. Los otros, de conchitas y semillas, unos ligeros y otros pesados y olorosos, permanecían sin acomodo sobre el mueble de la tele. También perdería el bronceado, el cansancio del viaje, la idea general de Hawaii (de Javai-í, la pronunciación nativa, difícil para mí, que ensayaba repitiendo en voz baja durante algunos trayectos). Pronto empezaría a perder a Hawaii.

Quedan las ideas resumidas. Pero a la vez sé que puedo sumergirme más, recoger algo con la enumeración y la descripción. Porque todo empezó mal, con incertidumbre grande, con pendientes graves, con poca información. El fin de semana inmediatamente anterior (saldría el lunes) tuvo dos momentos infernales, de mirar el abismo. Además, tenía trabajo pendiente. Un texto pendiente. Que es la peor forma del trabajo pendiente. No logré terminar. El domingo, sin haber dormido casi, pedí el taxi para las 4:40. Desperté tras una hora de sueño inquieto. Me bañé. Todo dolía. A las 4:45 el taxi no llegaba. Llamé. No había quedado registrado. Pedí otro. Lo buscaron. La grabación eterna de Taximex. Sólo tenía los datos del vuelo y probablemente lo perdería.

Pero no lo perdí. Alcancé a desayunar algo en el aeropuerto. Llegaría primero a Phoenix. El avión estaba semivacío. Sabía que irían dos reporteras mexicanas, pero no las reconocía. Debía trabajar. Pero no trabajé. Me quedé dormida. Allá, tres horas después, llovía. Por los ventanales de la terminal se veía el cielo gris, triste, cubriendo con nubarrones las montañas de Arizona. Por fin las encontré. Gretell y Arcelia. Nos sentimos más seguras juntas. Esperábamos que hubiera alguien en Maui, a donde ahora volaríamos, después de almorzar un sándwich con huevo en la atestada sala de espera. Fuimos las últimas en abordar. El avión iba lleno y estaba dividido en muchas clases: yo iba en la cola, en el último tramo de asientos, en un feliz pasillo, pero cortándole el paso a una pareja de novios o recién casados, rubios y gruesos, que hablaban entre sí en un idioma que sospecho era polaco. Me puse a escribir, primero en mi diario de los tulipanes y luego ya, en plan concentrado, en la compu que llevaba para tal fin. No había prórroga posible. El texto debía salir. Yo, que me había tardado semana y media en pergeñar unos párrafos (que había escrito muchos, en realidad, que fui desechando todo el tiempo), redacté más por oficio que por gusto, procurando alguna calidad pero con el alma entrecortada. A veces ella quería ir al baño, a veces él, o pedían café con azúcar y crema, o jugo de manzana, o jugaban con sus tabletas, o hablaban en el idioma indescifrable, y cada vez que querían salir yo debía salir también, cargando el librito, la compu, el cuaderno, la pluma, la chamarra y el vaso con café -negro, simple, sin azúcar-.

Seis horas y media después arribamos. Hacía calor. Eran las dos de la tarde, cinco horas menos que en nuestro organismo. El aeropuerto de Maui tiene grandes tramos al aire libre, con techos de dos aguas y vigas de madera, y al salir del túnel una chica morena de ojos almendrados nos puso un lei encima. La seguimos por los anchos e iluminados pasillos, hasta dar con Andi. Ella era la salvación. El itinerario por escrito. La seguridad de que el viaje se llevaría a cabo como estaba estipulado, con horarios y actividades definidas y relaciones públicas ineludibles. Andi nos dio unas bolsas de playa con agua, con chocolates, con las papitas oficiales de Maui. Luego nos subimos a una camioneta y la camioneta tomó una carretera, que corría junto al agua, que a veces se convertía en arena, y de la que salían árboles torcidos, verdes pero no frondosos, y las olas recalaban ahí mismo, y después estaba el mar, el profundo océano Pacífico, de un azul distinto al que yo conocía, y del que, no tan lejos, emergían grandiosas yemas de tierra. Otras islas.

Nada se le parece, pensé. No había visto algo similar, pensé. La carretera perfecta, nueva, agringada, cortando el paisaje volcánico.

En Kā’anapali Beach conocimos a Kalani, descendiente de hawaiianos, que nos mostró el hotel más hawaiiano de Hawaii, con un estilo sencillo de edificios chaparros con balcones, con alberca de riñón, y mucho pasto verde donde no hay reglas, donde a nadie le importa nada, donde puedes mover los objetos a tu gusto y, preferentemente, no pasar nada de tiempo ahí, pues todo está afuera, en el agua, en la playa, en los volcanes, en los parques nacionales. Nos cambiamos de ropa y bajamos para beber mai-tais y dejar que una hermosa hula girl nos pusiera un tatuaje de tinta temporal en el brazo y lanzar una piedra redonda entre dos pedruscos que semejan una portería y caer, pronto, sin prisas, como quien cae en un sueño, en el sueño de Hawaii, en el espíritu del aloha, en todo lo que es bello y limpio y lejano y exótico, como en cualquier otro sueño.

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NY cares

Nunca he estado tan pobre como ahora y nunca he viajado tanto como este año. Apunte rápido, antes de continuar con mi tortura bloqueada de Chicago: fui a Nueva York un par de días, a un evento de Grey Goose. Íbamos diez sujetos, de distintos medios, cosa que suele terminar en desastre. Sin embargo, otra vez, como en Chetumal, hubo una buena onda general. Llegamos a la 1 de la madrugada, al hotel de ventanas redondas que siempre se me ha figurado una lavadora gigante, a una cuadra del Chelsea Market. Salimos a caminar por la Novena, la Octava, la Séptima, con algún fin que nunca se concretó; terminamos en un deli, comiendo un bagel tostado de cream cheese. En una mesa, un uruguayo gordo dijo que era adivino y que vivió en Madrid, nos contó toda su vida y era tan intrusivo que por ratos lo ignorábamos y luego volvíamos a escucharlo. A mí me gustaba que fuera uruguayo.

Tenía sentimientos encontrados, seguramente es una estupidez, pero estaba con el humor de Chicago, pensando en Chicago, meditando sobre Chicago, y había puesto en mi lista de prioridades a Chicago como ciudad, incluso sobre Nueva York. Ir a Nueva York una semana después, por tan corto tiempo, era una contradicción y un despropósito. A las ciudades siempre las he visto como personas: tienes romances con ellas, piensas en ellas, debes darles su lugar y su momento, y yo estaba ahora enamorada de otra, similar, una que de hecho tiene una rivalidad manifiesta con Nueva York, que es distinta de ella en muchos sentidos y similar en otros. Vamos: no quería ir a Nueva York y comprobar que, acaso, es mejor. Que es más bella e interesante. Dejarme enamorar con tan poco, con unos besos. Era una infidelidad.

Pues fui. Y fue extraño, porque no deseaba realmente ir. Pero, ¿quién no desea ir a Nueva York cuando sea, como sea? Sentí un desapego absurdo al caminar por sus calles, a las que comparaba con Chicago, como si algo en mí me recordara no emocionarme demasiado porque mi corazón -ay, ingenuo- estaba en otra parte.

Por fortuna (o no), lo poco que tuve tiempo de ver, al convertirme en guía desinteresada de una chica que conocí y con quien logré formar una amistad que yo sentí auténtica en tan poco tiempo, fue lo que denominé pretenciosamente el tacky New York. Lo que cualquiera que no ha visto la ciudad quiere ver, porque es lo lógico: la Quinta avenida, Times Square, trozos de Central Park. Por la noche convencí al grupo de ir a cruzar el puente de Brooklyn de madrugada. No hay nada más impresionante que ir acercándose al skyline nocturno por el puente, con el agua a ambos lados, infinita y palpitante y oscura, entre cables de acero y columnas de tabique y soportes de hierro oxidado, y de nuevo sentir lo que sentí en Chicago: de estas ciudades no impresiona la mano de dios sino la del hombre. La ingeniería inmortal.

Sólo había ido dos veces antes de ésta, pero durante ambas la recorrí intensamente. Mi plan era, al volver (en un viaje personal), ir a Queens, al Bronx, tomar el ferry a Staten Island, reducir las dimensiones de una ciudad que me parece infinita. Esto fue un baje de pretensiones. No hay forma de conocer Nueva York. Pensé también que no me gustaría vivir allá, aunque siempre creí que era un deseo no formulado. Mi nueva amiga me dijo: es como vivir frente al mar. Nueva York siempre deberá ser un descubrimiento.

 

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Chicago, that somber city

Hay que ir a Estados Unidos. Hay que empaparse de su cultura: revolcarse en ella. Hay que ir, a veces, y ver de cerca todo lo que ves de lejos, aquí, en una tele, un cine, en una revista, en internet. Hay que ir y prender la televisión y sentir una extraña incomodidad, una inquietud que no sabes de dónde nace, y entender luego, caminando por las calles, por los Walgreens y los 7-Elevens, que es la obsesión por los precios, por el precio más bajo, por el 9.99, por el catorce pequeños pagos de cuarenta dólares cada uno, por el dólar y los centavos. Hay que hablar con los gringos. Sentir y querer y agradecer y luego cansarse de su amabilidad, de su acento de entrevista de televisión, de su -lo dijo bien J ayer- condescendencia. Son buena gente, los gringos. Son gringos.

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Estuve en Chicago, por la revista, pero fue un viaje muy distinto de los otros, más rico, más complejo, más divertido incluso. Digamos que ‘me alivianó’. ‘Me sacó del track‘. Me dio un descanso de todo. Estuve en otra parte, con otra disposición mental (lo que sería el ‘frame of mind’). Además, iba a Chicago. Chicago era la protagonista. Chicago y su arquitectura (y también, para otro texto más adelante, su comida). Los edificios y los hombres detrás de ellos. El trazo de la ciudad y los hombres que lo concibieron. La historia de la ciudad. La gente que la ha habitado. La gente que todavía la habita. Los indigentes de Michigan Avenue. Los meseros de la calle que llaman The Restaurant Row. Los niños que se mojan en una fuente de Millennium Park. La gente que sale a comer y beber una copa. Las calles limpias, arregladas, amplias. Las chicas de turismo, que ven a Chicago no como la ciudad en la que Al Capone alimentó su mafia sino como ‘esa ciudad linda que lo tiene todo’. No le das la espalda a tu pasado violento, caótico, de divisiones sociales. Hubo un tiroteo días antes de que llegara, en un barrio de personas mayoritariamente negras. En el Chicago Tribune que luego leí, en primera plana, estaba la historia del niño de tres años que recibió un balazo en la mejilla, que sobrevivió, que era el rey del hospital, que nunca quiso quitarse sus tenis Nike.

Me dieron un día libre. Vi a Pau, mi amiga de la prepa que vive allá, y a Emilio (cuya bella prosa no recordaba, aquí), y conocí a su novia, y charlamos en el bar universitario de Hyde Park, por donde además caminamos en una tarde perfecta que se desvanecía sobre el lago. Al volver al hotel, no quise entrar sino caminar por las calles desiertas de la madrugada; el viento me envolvía, me golpeaba también, el recordatorio persistente de la windy city que está en medio de una planicie, con las corrientes fuertes del lago Michigan desde el este. Fue una despedida de los edificios del downtown, esas moles altas de metal y vidrio que impresionan y marean y que tal vez no sean la esencia verdadera de la ciudad, pero sí una prueba de la mano majestuosa del hombre, de su ambición y deseos de inmortalidad. Ya había escrito antes un par de apuntes sobre Chicago, cuando la visité hace tres años (esto y esto), pero es cierto que las ciudades, como las personas, pueden no conocerse una primera vez, sino que permanecen inmóviles dentro de ti como un germen que luego crece y explota y se hace vivo. Al fin atisbé Chicago. La entendí un poco. La entendí en su grandeza y naturaleza inabarcable y también en su imposibilidad de ser comprendida.

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Busqué allá, primero sin éxito, The Plan of Chicago, Daniel Burnham and the Remaking of the American City, de Carl Smith, en parte para el texto que debo escribir, y resultó que Emilio lo tenía y me lo regaló. Leí los primeros capítulos en el avión de regreso. For some time, visitors’ accounts had claimed that the best way to describe the city was to deem it indescribable, dice en una parte. El estado de la ciudad antes de que mentes visionarias como la de Daniel Burnham se encargaran de reconfigurarla me recordó al del DF hoy en día, la ciudad con la que mantengo el romance más atormentado que he tenido. Pienso entonces que hay esperanza. Que un buen proyecto de estructura urbana puede salvarnos de esta ciudad. Los hombres de entonces pensaban que just as a bad urban environment brought out the worst in people forced to inhabit it, a grand one that expressed the values of civilization and order would inculcate these ideals and thus elicit the best. El caos, el tráfico, los barrios bajos (slums), la pobreza y la línea divisoria entre el blue y el white collar, la inoperatividad, la ineficiencia, la basura y el crecimiento desordenado pueden resolverse. Chicago, cien años después: una versión edulcorada, remendada, maquillada de sí misma, pero innegablemente mejorada. Una versión habitable. Todavía, creo, indescriptible.

 

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Primavera fría, NY

Fuimos a un bar gay, no, fuimos a dos bares gay, sin intenciones. El primero en Williamsburg, a unas cuadras de un puente (en mi mente, debajo del puente mismo), después de una fiesta frustrada en que la roommate de alguien azotó puertas y pasó al lado de nosotros como un fantasma, aterrándonos. En el Metropolitan (el bar, no el museo) H dijo que había «puros tornillos». Nos reímos, tomamos Stella. Nos acompañó la amiga de H que fingía acentos británicos con extranjeros y era amiga de las hijas de Josefina. Había dos gemelas de Joan Jett, las dos delgadas y de brazos tatuados, que se besaban. Era extraño, como ver a dos siamesas. Luego llegó Natasha the cook, quejándose de la poca densidad de mujeres. Raro. Al salir comimos bagels en un deli de madrugada: una de las tantas versiones de los tacos nocturnos fuera de México.

El segundo bar gay al que fuimos fue por causalidad, porque ya no encontrábamos nada en Lower East Side en domingo. Ahí sí había puros hombres, unos pocos sentados enfrente de la barra, bebiendo sus cervezas masculinamente, sólo que a veces se besaban. El que animaba, pantaloncitos de licra blancos pegados a las nalgas y una chaqueta china rosa pálido, nos regaló huevos de Pascua. El mío tenía una bebida gratis.

En Central Park vimos a un actor, luego me enteré que se llama Tate Donovan, es el que la hacía de Joshua en Friends, el que Rachel quería darse insistentemente (luego sí se dieron en la vida real; ahora anda con una señora rubia anodina).

En el metro camino a Coney Island había una pareja de señores rusos: él traía el pantalón con la raya bien planchada, zapatos de agujetas y chamarra de cuero; ella usaba medias y tacones, tenía una florecita en las manos que luego le vimos a todas las rusas en Brighton Beach, seguro era algo religioso. Todo el camino hablaron en ruso. Todos los hombres rusos parecen mafiosos. En la playa vimos a un señor canoso tostándose en traje de baño. Hacía tanto frío que tenía las manos entumecidas. Nos subimos a la rueda de la fortuna. Antes de entrar, el viejuco nos dijo swinging or not swinging.  Swinging! Luego nos arrepentimos: en lo alto no sólo se balanceaba, sino que recorría un medio arco de metal que te hacía sentir que morirías entre los fierros retorcidos. No nos subimos a la montaña rusa, fue como un pacto no dicho, como si lo que no se mencionara dejara de existir.

Comimos en un restaurante en TriBeCa, Bubby’s, del que bromeábamos que era como ese sketch de Portlandia donde le preguntan a la mesera de qué granja vino el pollo y luego van a la granja y se enamoran del pastor, que es un líder espiritual, que es Jason Sudeikis.

No quiero que se me olvide, quiero dejar escritos algunos detalles porque luego los olvido y las fotos son engañosas (al final, son las únicas imágenes que recuerdas). La primera noche fuimos a un lugar junto al edificio de J, yo comí sardinas y tenían muchas espinas; el mesero, que era ecuatoriano, nos hacía muchas bromas. En la mesa de al lado había una dyke embarazada; nunca habíamos visto tal portento. En la otra había dos que, adivinábamos, estaban en su primera cita.

Dije que no compraría libros. La primera vez que salimos del departamento, caminábamos por SoHo y había un viejo con un tenderete de libros usados: tomé el de los cuentos de Carver enseguida. Llevé varios encargos de Strand Books.

E nos invitó a la fiesta de una de sus compañeras de maestría. En la caminata nos enseñó el mejor lugar mexicano del rumbo, Hecho en Dumbo, que me dio buena espina porque su logo no eran unos cactus sino al menos el águila de lo hecho en México. En la fiesta estaba su compañera hija de una actriz, que se parece a la actriz, pero sin anorexia. Un tipo le pegó en la rodilla a J al pasar. Tomamos tres rondas, cada quién invitó una.

Fuimos a esa esquina donde está la librería de Marc Jacobs (compramos anillos a tres dólares, J: varios libros, yo: The Fashion Coloring Book, con los armadillos de McQueen en portada). En la contraesquina están los famosos cupcakes Magnolia (me impresionaron: las galletas de peanut butter). Anochecía, hacía frío. Es cierto que nunca te aburres en Nueva York, donde estés, hagas lo que hagas. Al día siguiente hubo luna llena.

Luego fuimos a lo de Jimmy Fallon, pero llegamos temprano. Nos metimos a la tienda NBC, el paraíso nerd. Pero J (no te reclamo): no nos van a dejar entrar con bolsas. Y no compré nada. Y cuando salimos ya habían cerrado. Eran muy buenos regalos.

En lo de Jimmy nos sentaron hasta adelante. Admiramos la organización relojera de los programas gringos. A The Roots, tocando ahí diario, gratis. La entrevista con Kevin Kline se centró en que al entrar se pegó con la pared y qué vergüenza, la otra parte fue para promocionar una película. Luego estuvo un comediante que no conocíamos (Steve Harvey) pero que nos hizo reír mucho, tiraba chistes con tanta rapidez que Fallon no podía seguirle el ritmo, sólo se reía de ese modo suyo y en las pausas se quedaba quieto para que dos chicas le retocaran el maquillaje. En otra pausa, enfrente de nosotras, Seth Meyers se acercó a decirle algo a no sé quién. ¡Seth Meyers!

Después vimos a Pulp. He escrito suficiente de Pulp aquí.

Luego pasó lo de la tienda NBC, que nos hizo caminar varias cuadras entre la bruma de las calles cercanas a Rockefeller Center y Times Square, que esas sí hierven de turistas, anuncios y basura, con cierto enojo reprimido. Donde íbamos a comer ya no había lugar. Más cuadras por Hell’s Kitchen hablándonos golpeado. Por fin caímos en el lugar ese cajun al que J quería volver y todo se solucionó con el poder del jambalaya.

Fuimos a la bienal del Whitney Museum. Una pieza que te mantenía morbosamente atado era el animatronic de un niño enfrascado en un diálogo diabólico con una marioneta. En Vulture está el video de la pieza creada por Dennis Cooper y Gisele Vienne. Da miedo. En este otro texto de Vice un tipo entrevista a los guardias. Es un texto maravilloso, que habla mucho del arte contemporáneo y la idea que produce, cuando se cree que no se entiende.

En el Guggenheim vimos las fotos de Francesca Woodman. Empezó a fotografiar a los trece. Se mató a los veintidós. Sus fotos estaban en la sala Robert Mapplethorpe. Todo el viaje fue el viaje Patti & Robert. Nos sacamos fotos afuera del Chelsea Hotel y en Coney Island, dos de sus lugares icónicos. En Marcbooks estaba un libro grueso con las polaroids de Robert y varios sobre Patti.

Me fui en la madrugada. El chocolate del huevo de pascua se derritió en el vuelo. Desperté en la mañana del DF, menos fría. Fui muy feliz, hasta cuando dolía todo (siempre duele todo pero igual caminas y caminas, sin cansarte realmente). Una semana después, el calor volvió a Nueva York.