Marzo 2019 (fragmentos sin tejer)

Abro mi cuaderno azul y encuentro una entrada del 27 de octubre de 2018:

«Nunca dejo de sentir, en Buenos Aires, que estoy en un sitio lejano, muy al sur de todo, y además tan cerca del agua».

Quiero irme, pero no quiero irme. No quiero irme, pero quiero irme. Y están esas dos cosas. Y, de mis fracasos, debo ver qué gana, qué se salva.

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— Pero el domingo por la tarde que caminaba por Corrientes y luego por esas callejuelas que están hacia Congreso… Fui al cine al Cultural San Martín pero antes de eso pasé a una feriecilla friki otaku, llegué cuando ya estaban casi levantando pero no mames, resultó ser en la sede de la Unione e Benevolenza, que es una asociación muy vieja de italianos genoveses en Argentina, en un edificio del siglo XIX justo en medio de otros edificios puteadísimos, y entrando tiene una sala de teatro hermosa, con plateas y todo, y sobre el escenario una pantalla donde estaban pasando anime. Un palacete esssspectacular en una calle miserable. Esa clase de cosas me fascinan de esta ciudad, que está llena de secretos. Y de jóvenes, porque afuera estaban todos los frikis, cosplayers, góticos, nerdos…

— Ajá ajá, tiene dos caras extremas. En la punta del continente…

— Ahora que vivo en microcentro y luego siento que me lo tengo súper recorrido, nel. De repente hay un edificio todo viejo y horrendo y subes y en el tercer piso hay una tienda increíble de cómics o un restaurante venezolano. Me da una impresión bien tokiota aunque no conozca pero es lo que he leído. Esta cosa de la ciudad vertical y que todo está en edificios. El microcentro está lleno de galerías subterráneas. En una que nunca había entrado de esas donde hay, no sé, una sastrería, una librería de viejo y una de indumentaria gótica, encontré dos tiendas de kpop. Y tipo entras y un chaval punketo de pelo verde HABLANDO DE BTS con su amigo, y también dos amigas otaku bien bonitas, y una adolescente con su papá todo aburrido…

— Suena increíble eso de la ciudad vertical. Me llama cabrón. Y sí, Tokio es así, incluso para abajo, de pronto hay sótanos y pisos subterráneos…

— Pero a la vez quiero volver a vivir eso de irte a un sitio nuevo y adaptarte de cero y todo lo que implica, aunque en un lapso más corto. Encima se viene el invierno y la luz subirá un 50% así que ni poner las estufas será posible. Y me da el SAD muy cabrón.

En artículo de Marcela Rosa Toso, en Blasting News, sobre la Unione…

La sede, sita en calle Juan Domingo Perón 1362 de Buenos Aires (teléfono 011 4372-3015), guarda la bandera verde, blanca y roja, que el legionario Virginio Bianchi trajo desde Milán y que había esgrimido en barricadas de esa ciudad a mediados de 1800 durante cinco días de sublevación.

Imagen de Google Maps

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El viernes en el Feliza tras la marcha del 8M, con breve parada justamente sobre la calle Perón -pero con Callao- en el Espacio Ambigu, que por entonces no ofrecía nada, y luego aventuras en el mencionado boliche, con dos actos artísticos que me encantaron, Karen Pastrana y sus Superpoderosas Crew (esa Carito Samantha cómo baila, eh), y la pieza de las muchachas del colectivo Chica Queen Kong, tan pop y político, caras y gestos inolvidables, la vestimenta neón en esas caras tan argentinas; después: la intensidad todavía juvenil del ligue, felicidad y dolor potenciados; y caminar mucho sobre Santa Fe de madrugada, sabiendo que sería, inevitablemente, una de las últimas veces.

Y luego el sábado siguiente, con el ánimo de la fiesta otra vez, acudir a la tal Sense donde antes se hacía la mítica Whip, en el sótano de la Galería Buenos Aires, Edificio Thompson (la misma donde está la Chikara y la Keroro, k-stores, y la del ejemplo de sartrería-librería de viejo-tienda rockera y ahora, recién vimos en un paseo vespertino, una especie de fonda al estilo mercado mexicano).

Alguna otra noche, por ejemplo una madrugada invernal volviendo de una fiesta en Flores, me bajé del 132 en Paraguay y Florida, y cuando crucé por Córdoba, a la altura de dicha galería me encontré con una escena dantesca: caía una lluvia fría y en la vereda había varios bultos de seres completamente desmayados; en los postes se detenían al menos dos post-adolescentes vomitando mientras que otros tantos miraban sus celulares confundidos, o esperaban el bondi sin sostenerse sobre su eje. Sabía, pues, que en tales fiestas había barra libre del alcohol de la peor calidad, y aquel sábado, con sus debidas precauciones, nos enfrentamos a tal coctelería, y nos amigamos de personas nacidas en 1999 que, al saber nuestra edad, dijeron «muy respetable», y en el baño había dos chicas y una le decía a la otra que conoció a un partidazo «porque tiene todos sus dientes y eso es muy importante», y la amiga se reía y le decía que tenía razón, que eso era muy importante en efecto.

Exterior del Edificio Thompson, y entrada al boliche en el sótano. Imagen de Google Maps

Chica Queen Kong su presentación en Feliza el 8M (imagen de su Facebook)

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Tomé todos los trenes. El Roca, el Mitre, el Sarmiento, el Belgrano Norte o Villa Rosa, que sale de la Retiro otra, la estación más vieja y fea, con sus andenes provisionales; también tomé el Tren de la Costa, que va bordeando el río. Tigre, Torcuato, Vicente López, Lanús, Ramos Mejía, San Isidro y Martínez, Liniers, Avellaneda, a donde ellos te llevan, barrios y localidades del conurbano. Y barrios alejados o poco turísticos o demasiado barrios, vaya, a los que me llevó la casualidad o la suerte: Flores, Chacarita, Barracas, Colegiales, Villa Crespo, Villa Ortúzar, Coghlan, Nueva Pompeya, mi Boedo entero, los parques: Parque Patricios, Villa del Parque, Parque Chas, Parque Chacabuco. Y los parques -no confundir parque con parque-, lo verde: Centenario, Barrancas de Belgrano, bosques de Palermo, el rosedal, parque Las Heras.

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Me he dado cuenta de que sólo puedo hablar conmigo misma, de ahí la compulsión de anotar cosas, y hablarme desde el pasado y hacia el futuro. De un correo desesperado reciente: «…Me ha entrado la sensación de que todo lo que tengo por decir, por compartir, por pensar, por discutir, por opinar, por chismear, por expresar, no puede ser depositado en un único ser; que mis pensamientos no pueden ser glosados y compartidos salvo si su contenido se reparte entre varias personas, lo que conlleva a la repetición constante. Entonces ese ser al que va dirigido aquel torrente encuentra su único reflejo posible dentro de mí misma, soy la única que podrá comprender y recibir y expresar todo lo que me ocurra; me encuentro cósmicamente sola y conectada únicamente con mi propio ser».

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Creo que ya sabía, cuando desmantelábamos el departamento de Jessica y José Juan y la pequeña Nat, que así me despedía. Esa noche que llegó la joven, poco convencional familia que hacía mudanzas en una combi para llevarse los últimos muebles, salimos a Callao y desde Santa Fe se levantaba una bruma blanca y espesa. Esa humedad de Buenos Aires.

Ya hice, acá, otro domingo, un último paseo: de microcentro a plaza San Martín, de ahí a Retiro, Suipacha, Arroyo, Esmeralda, Maipú, Paraguay, Lavalle.

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Mi celular anterior se rompió en México, lo conecté a una toma de electricidad en un café (estaba con mi mamá, ella me hablaba de cómo deseaba sexualmente ¡a Putin!), algo tronó, y luego ya nada fue lo mismo, el aparatejo sufrió un lento colapso. Con el celular que compré de urgencia dejé de tomar fotos, salvo en ocasiones esporádicas. Entonces mis últimos meses aquí tuve que guardar las imágenes en la mente; creo que las fotos me siguen sirviendo para lubricar la memoria, miro mis galerías de años atrás y rastreo hasta las calles por el orden de las imágenes, y ahora casi todo tendré que guardarlo sin su índice, evocarlo sin muletas.

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Otro jueves fui al Colón, nunca había entrado a tal portento arquitectónico, compré un boleto de la actual temporada de la orquesta filarmónica de Buenos Aires de improviso, alcancé sólo de pie, escuchamos la obertura de Fidelio de Beethoven y el concierto no. 3 para piano (Filippo Gamba en el piano), y Scherezada de Nicolai Rismky-Korsakov (solo de violín de Pablo Saraví), y fui tan feliz en ese lapso, en esas dos horas, incluso en el intermedio en que vagué por los pasillos circulares, anticuados, los revoques de aquellas paredes que yo me imaginaba, no sé por qué, en medio de un temblor, ya empezaban a traslaparse las geografías.

Otra noche fui a escuchar a Mariana Enríquez al Cultural San Martín. Reciclaré los tuits porque ya no me da la gana continuar redactando pero quizás los corrija en el proceso:
*La plática, en realidad, se titulaba hermosamente «Cómo me hice escritora». El San Martín, además, es una joya arquitectónica cyberpunk, muchas escaleras y concreto y mosaicos y luces neón y salas vacías y oscuras.
*Estábamos en total oscuridad, sentados en unas butacas viejísimas, y como yo estaba algo soñolienta porque había dormido poco, a veces cerraba los ojos de más. De repente sentí que un muchacho junto a mí se inclinaba y se me quedaba viendo fijamente, pero no se había movido nada; el sobresalto de la ilusión/espanto terminó por despertarme. 👻
*Pero esta atmósfera era perfecta para su charla. Dijo algunas cosas que ya había leído en el prólogo a la reedición de su primera novela, Bajar es lo peor (su adolescencia punketa, consumo de merca rebajada, su amor por rock y el deseo de convertirse en periodista para ser corresponsal en Glastonbury, su vida y sobre todo sus noches en La Plata, el amor por la sexualidad de hombres gay, cómo fue convertirse en una autora precoz y ser presentada en tele y radio como «la escritora más joven de Argentina»).
*Le preguntaron qué situaciones cotidianas tenían el potencial para convertirse en cuentos suyos y ella dijo que cualquiera, y narró cómo esa misma mañana, en su barrio (Flores), se cruzó con una pareja de adolescentes vestidos con remeras de AC/DC a los que siguió durante un tramo y luego, frente a una iglesia, él le dije a ella: «Mira, esta iglesia es re satánica». Dijo que quizás no lo convertiría en cuento ahora, pero que es una imagen que captó como con una antena y tal vez en el futuro… Me fascinó porque fue como obtener de ella misma, al momento, la imagen de un cuento posible, un cuento muy marianaenriquezesco.

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Ya no fui al Gaumont una última vez, ya no fui (por última vez) a: la Sala Lugones, al BAMA, al Cosmos UBA, al MALBA, a la biblioteca de Congreso, al Parque Chacabuco, a la reserva ecológica, al Planetario, al restaurante boliviano de Liniers, al Ejército de Salvación y el restaurante peruano de allí, Juanita y Paul; a buscar cosas a Once, al Barrio Chino, ya no emprendí caminatas de dos, tres horas, ya no, por ahora, por esta vez, en esta ocasión.

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Hace cuatro años, cuando llegué a vivir a Buenos Aires, leí El discurso vacío. Fue el primer libro que compré, el primero que leí aquí. Por una casualidad volví a leerlo estos días, un broche adecuado. Respecto a los cuatro años que vivió en esta ciudad y cómo afrontó la despedida de Montevideo, Levrero habla de la «operación psíquica consciente» (o «psicosis controlada»), que es en realidad una «negación de la realidad» y que básicamente consiste en repetirse: “No me importa dejar todo esto”.

He podido descubrir que tras ese aparente vacío se ocultaba un contenido doloroso: un dolor que preferí no sentir en el momento en que debí sentirlo, pues estaba seguro de no poder soportarlo, o por lo menos de no tener tiempo para irlo soltando lentamente de un modo tolerable. Porque el 5 de marzo de 1985, a primera hora de la tarde, subí a ese coche que me llevaría “definitivamente” a Buenos Aires, y el 6 de marzo de 1985, a las 10 de la mañana, debería comenzar a trabajar en una oficina en Buenos Aires. Y debería comenzar a adaptarme a la vida en otra ciudad, en otro país. No había tiempo para sentir dolor y opté por anestesiarme.

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Las personas que me despidieron aquella vez siguen allá, serán las primeras que veré, y me gusta pensar que las que estuvieron aquí para despedirme seguirán acá cuando vuelva, de la manera en que vuelva.

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Debo recordarme que los motivos para volver son más importantes que los motivos para quedarme.

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Santiago 2017 / L-M-J / tl;dr

Me encontré con Lety en la calle Santo Domingo, tan cerca de Bellas Artes y el Mapocho. Nos abrazamos y lloramos de alegría. Nos hicimos amigas en Polotitlán en el año 1994 aproximadamente, y con sus hermanas Laura -su cuata, o melliza, más grande que ella por unos minutos- y Araceli -un año menor que ellas, uno mayor que yo- fuimos inseparables. Vivíamos a unos doscientos pasos de distancia y el punto medio para acompañarnos, cuando ellas iban a mi casa o yo a la suya, era un poste de luz que alguna vez, tontas y temerarias, intentamos trepar. Jugábamos de todo en todos lados y a todas horas. Platicábamos de todo. Los recuerdos son infinitos, en sitios, en épocas, en celebraciones. Entramos a la adolescencia juntas, y las mudanzas (a D.F. Lety, a Querétaro yo) no lograron interrumpir la amistad. Ahora ella vive en Santiago de Chile y yo en Buenos Aires, y tras un periplo por tierra de 24 horas, por fin nos encontramos una tarde de fines de octubre, en mitad de una primavera que de este lado de los Andes ya estaba calurosa y, allá, era puro viento frío. Cenamos una pizza (delgada, crocante, deliciosa) y tomamos micheladas (con merkén chileno) de cerveza Austral en un sitio que a ella le gusta en el barrio Italia, sentadas en el patio junto a un radiador, padeciendo un frío seco y penetrante tan parecido al de nuestro terruño a la entrada del Bajío. Y platicamos, y platicamos, y platicamos. Mucho. En la amistad verdadera los temas nunca se acaban.

Pero en la noche, en el cuarto del hostal, había un tipo que roncaba muy fuerte. Y esa noche no pude dormir.

Por la mañana pasamos por dos cafés al Cocteau café, que se convertiría en una especie de centro de operaciones de mi estadía santiaguina. Desayunamos una empanada chilena (de pino) casera en el pasto fresco del Parque Forestal, mirando la cordillera. Luego Bellas Artes entre las dos, y una conversación larga, larga en el cerro Santa Lucía, donde salieron tantas ideas (la locura es lo más parecido a un sueño), y después una reunión con sus amigas mexicanas, en la casa de una de ellas en Vitacura, donde comimos rajas con crema, y cochinita pibil, y papas con chorizo, y tostadas de frijoles, ¡y pan de muerto!, un delicioso pan de muerto que de algún modo era lo que yo buscaba allá, en Santiago.

Después el taxi de madrugada, por avenida Apoquindo, por avenida Providencia, las lámparas blancas y redondas a la orilla del río, la eficiencia urbana santiaguina, poco dada al ornamento, pero a veces, algunos rincones sublimes, algunas grandilocuencias, como los leones de bronce de Providencia, supuestamente robados de Lima. Y retener la sensación tan familiar y a la vez tan extrañada, desde Buenos Aires, de un horizonte amplio, un valle profundo flanqueado no por volcanes sino por una cordillera descomunal.

Esa noche soñé con el terremoto del 19 de septiembre y después, con horrible detalle, con un bebé que se pudría lentamente, abandonado en uno de los edificios dañados de la colonia Roma. Cuando me desperté abrí Facebook y me apareció una nota amarillista de Buzzfeed: Parents Charged With Murdering 4-Month-Old Baby Whose Maggot-Covered Body Was Found In a Swing – The underweight infant hadn’t had a diaper change, been bathed, or moved from the swing for more than a week, authorities said. La nota se ilustraba con los mugshots de una mujer y un hombre de expresiones narcotizadas.

Me quedé en la cama pensando en la macabra coincidencia, si habría leído aquello antes de dormir, o si, como cierta ficción especulativa invita a sospechar, los dispositivos electrónicos, además de registrar los vagabundeos por internet, me habían escaneado el subconsciente.

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Aquel fin de semana, después de visitar el mercado de La Vega Central, pasillos que hervían de frutas y verduras, tan parecido y a la vez tan distinto de los mercados mexicanos, y conocer muchos gatitos de mercado (uno negro, uno pinto, uno anaranjado, uno llamado Manuel de La Vega), y comer delicias peruanas en una cocinería típica, tomamos la carretera por el Cajón del Maipo rumbo a San José de Maipo: qué visiones, qué curvas, qué alpino todo, cuánto verde en ese cañón que ya no estaba nevado pero, conforme descendíamos, nos hacía soltar vapor por la boca. Nos quedamos en la parcela de unos señores encantadores, los Villalba, y atendimos, semiheladas pero resguardadas por una pesada manta en la que nos envolvimos, el festival de payadores en la plaza del pueblo, un Tepoztlán del Sur, las mismas callecitas y casas bajas y el verde que rodea todo, y la poesía que hay en la improvisación y la rima y el canto de aquellos payadores que habían venido de Colombia y República Dominicana y Cuba y otras partes de Chile y de Argentina, y por la noche una pizza casera con tomate y aceitunas y queso, y vino navegado, calientito, y en una repisa un libro de pensamientos mágicos que leí, morbosamente, hasta la madrugada. Por la mañana paseamos por el jardín botánico de la parcela, tan enorme, tan frío, tan verde y salpicado de colores brillantes: astromelias, rododendros, helechos, claveles, amapolas, camelias, orquídeas, pasionarias, y cipreses y laureles y pinos, tantos pinos, y comer un ceviche de cochayuyos, un alga marina con sabor o textura o recuerdo de hongo, frescura pura en la boca. Y fresas silvestres y espárragos y tostadas con palta (aplastada con aceite y sal, como se consume en la once tradicional) y aceitunas y ensalada chilena de tomate con cebolla y rebanadas de roast beef. Y vino Santa Ema, o cualquier otro, pero de la varietal carmenere que es tan de Maipo.

Volver a Santiago, atestiguar lo indecible, lo que en cierta forma me había llevado a Chile y a Lety, para acelerar -ayudar, acompañar- un proceso irreversible.

En el hostal, impulso clarividente, pregunté si me podía cambiar de cuarto para evitar al de los ronquidos. Me instalé en uno vacío y me metí en la cama y me puse a leer, y momentos más tarde entró una chica a tientas, y cuando le hablé y ella me respondió, reconocí el acento de inmediato. Mexicana. Marisol. De voz tan dulce. Escritora. Un par de coincidencias que nos llevaron a la camaradería instantánea. Pero de pronto y con la naturalidad de un líquido que va trasvasándose: proyectos de escritura y la vida y lo más hondo y lo peor que nos ha sucedido, pero también lo mejor. Y fuimos tirando del hilo y a cada sorpresa venía una coincidencia excepcional, tan improbable que por eso estaba como destinada, y en la oscuridad, y desde la cueva de cada litera, y hasta las seis de la mañana, hablamos y nos compartimos todo y nos hicimos Amigas y para mí Almas Gemelas Escritoras. Inauguramos la amistad por la puerta grande, por el intercambio y la incorporación de la filosofía, los sueños, el pasado y la experiencia del horror de la otra, y en adelante cada tanto bromeábamos: «En estas siete horas que llevamos de amistad, en estas cuarenta y ocho horas que llevamos de amistad, en estos cinco días de amistad con mayúscula que llevamos». Y desde entonces, y hasta que salió su vuelo a México, ya no nos separamos, y no, no sólo eso, a la mañana siguiente de conocernos fuimos a desayunar con su mejor amiga de Chile, con la que compartía una conexión profunda también, y de quien me había hablado con emoción, con cariño, con admiración, y que protagonizaba fragmentos de su escritura que me leyó, porque nos leímos cosas de inmediato, y cuando Javiera, la Javi, llegó con su polera de Friends al café Cocteau, nuestra oficina santiaguiana, y almorzamos un sándwich y un café, y platicamos y platicamos, y nos compartimos nuestras experiencias pasadas, y nuestros intereses -literarios, académicos, sentimentales- y aquella otra cosa que también nos hermanaba, como con Sol, nos hicimos amigas ahí mismo, amigas tanto como Marisol y yo, como Marisol y ella.

En menos de doce horas yo había ganado dos amigas, además de la que había ido a visitar.

Y entonces los acontecimientos se precipitan: una semana y media en la que estuve con las tres, en momentos distintos y a veces todas juntas, y fui intensamente feliz. Lo escribo otra vez: intensamente feliz.

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Marisol (García Walls) y Javiera (Barrientos) (nombres que deben recordarse) forman parte de CECLI, Centro de Estudios de Cosas Lindas e Inútiles, un colectivo o un espacio o una zona de estudio de lo material, de los objetos, de los libros como ideas pero también como artefactos. Y entonces fue, con ellas, conocer artistas, modos de crear, posibilidades de invención. Rincones de Santiago que jamás hubiera encontrado yo sola. Y a las personas más, más SECAS de Chile: en el sentido chileno, el seco es un capo, un chingón, un virtuoso en su campo.

Fuimos a Naranja Ediciones, el estudio y editorial y showroom en la calle Estados Unidos 228, con Sebastián y Sebastián (Arancibia y Barrante) (es decir, Sebastián A y Sebastián B). Nos contaron, con café y galletitas, con una comodidad que era pura camaradería, que primero traían material raro de otras partes, de ferias de libros en Portugal, en Brasil, y ahora editan sus propios libros raros, libros intervenidos, libros que son de otras materialidades, por ejemplo la Carta de porto de Sebastián Arancibia, que consiste en una carta de tres cuartillas escrita en máquina de escribir mecánica, con fotos de Sebastián Barrante impresas digitalmente, y un tiraje de 10 copias.

Fuimos al taller de Catalina de la Cruz y sus libros fotoquímicos en Bellavista, donde da cursos de fotoemulsiones, un tratamiento de la fotografía química análoga que es pura unicidad, sus libros de las líneas de Nazca, esas imágenes que parecían salidas de sueños, y entre sus tesoros descubrí el libro-cuaderno del poeta peruano Luis Hernández Camarero, el facsímil de uno de sus propios cuadernos con poemas, dibujos, la tinta traspasada entre las páginas, que me hizo explotar el cerebro, ¿acaso eso era posible, acaso eso siempre ha sido posible?

Fuimos a la casa de la ilustradora Leonor Pérez, y vimos los originales de varios de los libros que ha ilustrado, como Mi cuaderno de haikus, de María José Ferrada, y charlamos de Brenda Ríos, amiga en común, y uno de cuyos libros ilustró (El vuelo de Francisca). Sus delicadas ilustraciones de niños de ojos profundos en colores cálidos, azules de mar y verdes de planta y cielos anaranjados y amarillos, pero también de animales y objetos y otros trazos en gris, y en superficies que no son papel, y usando mucho el collage. Su temporada en México y ahí, en un rincón de su lindo departamento de Providencia, un altar de muertos. Pasaba una temporada con ella, desde Brasil, Flávia Bomfim, también ilustradora, y una artista del bordado como arte y medio narrativo.

Desayunamos con Loreto Casanueva, también integrante y fundadora de CECLI, y amante de los objetos, en Había Una Vez, una cafetería coreana del barrio de Patronato [Wiki: «ubicado entre la Recoleta por el poniente, Loreto (¡!) por el oriente, Bellavista por el sur y Dominica por el norte», cuyos orígenes «nos remontan a la época del Chile prehispánico: la zona que comprende la ribera norte del Río Mapocho era conocida como La Chimba, vocablo quechua (chinpa, «del otro lado” (del río)»], barrio donde se «cachurea», se «fayuquea», donde yo había recalado años atrás, en 2010, quizá por equivocación; ahora, con M, chusmear con calma las tiendas de productos chinos y maquillaje y ropa barata (adquisición: unas medias negras que se rasgaron hasta el postureo), y en el bello café coreano una como concha de melón verde -muy dulce-, además de otros panecitos con formas de fruta (un esponjoso limón amarillo), y una limonada color azul, y café negro muy bueno. Y más tarde, durante la conversación que nunca se terminaba entre nosotras, cerca del estudio de Catalina, una cerveza negra y dos sándwiches conceptuales que dividimos, y devoramos, además de una merecida tarta nuezosa, en un restaurante hermano de aquel que habíamos visitado, con L, durante mi primera noche santiaguina.

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La noche del 31 de octubre me escapé al cine Normandie, atrás de Moneda, a ver su especial de Halloween: The Masque of the Red Death, con Vicent Price. Caminé todo Miraflores hasta cruzar la avenida Libertador Bernardo O’higgins, mejor conocida como Alameda; tomé avenida Santa Rosa (me detuve en un puesto callejero, tan parecido a uno defeño), pasé por debajo de un puente, donde un hombre orinaba contra un contenedor de basura, y seguí de largo hasta dar con la calle Tarapacá, angostita y muy de centro de ciudad.

Había jóvenes disfrazados, algunos, en las calles y en el metro. Yo extrañaba eso, en Buenos Aires estos días son insoportablemente comunes. Y al salir de la función en aquel cine setentero, de audiencia cinéfila y friki, caminé envuelta en la atmósfera ligeramente inquietante después del terror; seguí, en medio de la noche, a grupos de muchachos y muchachas por unas callejuelas del centro y de pronto, en medio de la plaza amplísima, limpísima, la bandera chilena ondeando al centro. El Zócalo santiaguino, pensé. Luego miré las caras atractivas pintadas de Catrinas y de vampiros y de Harleyquinns en el andén de metro La Moneda, enamorándome de todo mundo como suele ocurrirme, con mayor intensidad allá porque los rasgos eran nuevos y tal como me gustan y durante mucho tiempo deseé. Además, en casa (en el hostal, en nuestra habitación), estaría M, y todo, todo, todo era bello.

Después está la coincidencia -en un viaje lleno de casualidades y sincronías- de retomar el contacto con Víctor más de una década después, una amistad de mi vida en Querétaro hace tanto tiempo, y que me dijera que vivía en Santiago el mismo día que yo llegaba a Santiago. Entonces el Día de Muertos, otro de mis motivos para ir a Chile en esa fecha, en el Cementerio General de Recoleta, casi idéntico al de Recoleta de acá -es decir, muy francés-, pero unas veinte veces más grande. Bailes y calaveritas y ofrendas y pan de muerto, y tacos, y un embajador que hacía bromas y leía sus propias calaveritas (envidiar su trabajo intensamente). Y juntar nuevamente los grupos: Javiera y Adam (su novio mexicano, chilango para mayores señas y complicidades, quien la visitaba en Santiago desde la pequeña ciudad canadiense donde estudia su doctorado y es tipazo: graciosísimo y brillante, y además amigo de Marisol de tiempo atrás), Marisol y Lety, y los demás, caminando por los fríos y silenciosos pasillos del cementerio, las tumbas y los mausoleos, los árboles medio calvos que se iban ennegreciendo igual que el cielo, que antes de apagarse se puso muy rojo y violeta, una visión gótica para el Día de Muertos. Esa caminata terrorífica: momento cumbre. Después de vagar medio perdidos por senderos cada vez más oscuros, dimos una sensata vuelta a la izquierda y al fin encontramos al payador de otro siglo que en medio de la noche, con quinqué en mano, guiaba a algunas personas por el laberinto del cementerio. Y apareció frente a mí, en la oscuridad total, los contornos del mausoleo muy blanco de Salvador Allende, dos columnas, angulosas e imponentes, unidas en su base: un número once (de septiembre). Pero no me estoy explicando: son dos columnas de diez metros de altura. Son edificios. Y ya he explicado en varios rastros de mi vida expuesta en internet mi interés chileno. Unos amigos muy cercanos de mis padres (y sus hijos de mis hermanos), chilenos exiliados, cuyo acento diluido a mí me encantaba (y lo que mis padres contaban, sobre sus penurias, y sobre ese periodo político en Chile, me intrigaba y fascinaba). Después señales, como la prepa Sur Salvador Allende. Mis lecturas latinoamericanas. Mi música chilena.

Por fin volver a Chile, la otra vida posible, si en aquel otro viaje no me hubiera enamorado de Buenos Aires.

Aquel paseo con el payador de voz hermosa terminó en el mausoleo del señor Nazarino Elguín, de 1893: una enorme pirámide maya-azteca, superposición de estilos a full porque hay mucha plata y los muertos con dinero lo demuestran con sus sepulcros eternos, pero además -leo en la página del cementerio general- incluye elementos como: «el calendario azteca y la Coatlicue (diosa de la muerte y de la creación) con los brazos mutilados, con falda de serpiente y con un esqueleto humano de collar». Así terminaba aquel momento chileno-mexicano.

El bar de The Clinic, en Plaza Ñuñoa, después, donde noté el galla, galla entre dos amigas, y que las palabras en Chile envejecen también, pero siempre son muy animaladas: cabro, cabra. Chanchear. Los que son gansos o pavos. La caballa. O sentirse como la mona, como nos sentiríamos al día siguiente, tras tantas cervezas.

Por Víctor también conocí a Midori, coterránea, mujer ejecutiva y as en su campo, con quien luego nos reiríamos mucho y luego vi, acá, cuando vino en febrero con sus amigas. Y las casualidades volvieron a anudarnos: camino a una noche de placeres culinarios mexicanos, Lety y ella descubrieron que estaban predestinadas a conocerse, por el celular intercambiado gracias a una amiga en común. Además, sin dudarlo, me ofreció crashear un par de días en su departamento de Providencia, y entonces despertar muy temprano por la mañana para caminar por avenida Suecia rumbo al cerro San Cristóbal, y cruzar uno de los puentes del Mapocho, donde sentí que temblaba.

Comimos en muchos restaurantes mexicanos, de los que hay una amplia oferta en Santiago (el intercambio comercial y político, en mayor medida que el argentino-mexicano, facilita una comunidad mexicana mucho más grande, así como alta disponibilidad de productos y materias primas). Durante esas vacaciones disfrutamos: enchiladas, pozole, huaraches, tacos al pastor, tacos dorados, enfrijoladas, sopes, papadzules. En las dos sucursales de El Ranchero, en Los Cuates, en la mítica Fonda Lupita, con Midori, muy cerca de Moneda. Y también mucha comida peruana, mi segunda favorita en el mundo.

Otra tarde fui al Cine Arte Alameda, donde vi la devastadora Cabros de mierda, de Gonzalo Justiniano, y luego recorrí los pasajes del centro cultural Gabriela Mistral. Una mañana leí unos poemas de Enrique Lihn en una banca frente al Mapocho: era lunes y había querido subir al teleférico pero ese día permanece cerrado, y tras perderme en algunos parajes del cerro y cruzar las calles de Bellavista, llegué cerca del puente Pío Nono y me desplomé bajo el sol, y dormité. Y luego el recorrido por el centro: el centro cultural La Moneda, los cafés con piernas (invento chileno: las cafeterías cuyas camareras visten faldas muy cortas, la entrada en Wikipedia es un espanto sexista), la calle Bandera, la catedral de Santiago de Compostela, los infaltables puestos ambulantes, la conversación de tintes mágicos, y en el piso un recorte de un ojo café que me miraba.

En la fila del teleférico el último día, estornudé y una chica me dijo «salud», y en ese instante las dos nos reconocimos mexicanas, y charlamos durante el trayecto por los aires, y le saqué fotos bajo la blanquísima, colosal virgen de la Inmaculada Concepción. Idaes era su nombre, chilanga, y empezaba a viajar: ya había estado en Perú. Linda persona. Era ya parte de un catálogo de casualidades no buscadas. Como el encuentro con la amiga de Víctor en el metro, de quien hablábamos momentos antes. O las charlas con Adam, Javi y Marisol en el taller de encuadernación, donde repasamos un catálogo de quereres y desprecios mexicanos.

Metro Tobalaba, metro Pajaritos (rumbo a Valparaíso), metro La Moneda, metro Estación Central, metro Universidad de Santiago, metro Baquedano (aquel jueves perdida al interior de la laberíntica estación, casi a la medianoche, todos los accesos cerrados menos uno, cuando iba de vuelta al depa de la Javi tras encontrarme con Lety en el Costanera Center). El Costanera Center, el edificio más alto de Latinoamérica. El mall lleno de argentinos chetos. El Ojo de Saurón. Estructura fálica, luz verde. El Porro. Pero luego vi que en realidad es un faro.

El viaje a Valparaíso con L, a solas las dos, y conocer el lado oscuro de aquella ciudad de cerros rapaces y personajes tenebrosos. Y disfrutar y brindar por su libertad futura. Y llorar por lo que debe llorarse. Y aunque nos quedamos sin ir a Isla Negra, aquella excursión nos sanó, nos devolvió un poco otras.

Esa idea, la había sentido la primera vez que estuve aquí, de Chile como un territorio salvaje y antiguo, una franja de tierra inmemorial. Todo es lítico: Vitacura, corazón de piedra; Quilicura, las tres piedras. Eso que es tan del monte, de la naturaleza agreste, como el lenguaje que tiene al animal en su centro. Y en alguna de esas noches, desde un piso 18, mirar la ciudad a mis pies, con una luna llena espectacular y la sombra de la cordillera, y luego desearla como antes deseé a Buenos Aires: el trayecto nocturno por sus arterias, y en ellas su juventud y sus salidas y su forma de apropiarse de las cosas, y enamorarme e imaginar una vida en ella.

No consigo olvidar aquel viaje. Y me parece que lo sigo viviendo, cada momento dentro de él, a un año de distancia. Un año exacto de distancia. Eso me he tardado en redactar mis recuerdos para el futuro.

Viajar es lo que me sale mejor en el mundo.

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Buenos Aires, 764 carta de amor

Conozco la ciudad. Pero ya no puedo mostrársela a nadie. He abandonado ese proyecto. ¿A cuántos amigos y amigos de amigos he paseado por las calles de Buenos Aires? Caminatas de un día, una tarde, una noche, varios días durante una semana. Repito los datos que he ido aprendiendo a solas o, a veces, con otros, y en el fondo me siento un poco una guía de turistas fraudulenta, improvisada, repleta de inexactitudes. Los digo con amor, sin embargo. Mi edificio Kavanagh. El departamento de Borges en la calle Maipú 994 6B. La avenida más ancha entre comillas. El Rodin de Congreso. La fiebre amarilla que devastó San Telmo. La plancha de metal que confina el cadáver de Eva Perón en el cementerio de Recoleta. La estrella de Cerati en Corrientes. Carlos Thays y sus parques y jardines. Las estatuas de Borges y Bioy Casares en La Biela, con el servicio renovado cada día. Y el besazo de protesta ahí mismo, cuando sacaron a dos mujeres que se besaban. La calle Arroyo que es mi pequeña París. Y en fin. A quién podría mostrarle todos los rincones que me sé, los menos espectaculares. Ahora descubro otros, después vendrán más. Pero esa ciudad inabarcable es apenas abarcable para mí misma. A nadie podría mostrarle todo lo que ya sé.

Hay que tener disposición. Dejarse querer por los lugares y sobre todo quererlos. Así mido la energía y la curiosidad y la destreza de la gente, y cómo reaccionan y qué observan y qué preguntan o les interesa o desinteresa. Cuánto pueden caminar en un día. Qué cosas van a querer comer, comprar. Cómo administrarán sus días en la ciudad de Buenos Aires.

Pero se van. Vuelven allá de donde vienen. Yo me quedo. Sigo conociendo, ensanchándome la ciudad. No como antes, ya no. El método de exploración ha cambiado, se ha sofisticado. Oh, qué sé yo.

Luego está que un viernes o un sábado voy en el 15 de madrugada, volviendo de algún lado, y el colectivo va lleno de personas jóvenes que también vuelven de algún lado, amigos y amigas, novios y novias y novies, y están los que se ríen y gritan y cantan y se besan, y quien mira su teléfono o va con los ojos cerrados, y quien contempla lo que sucede detrás de la ventana o cuya cabeza cuelga y sus brazos también y su cuerpo grita el cansancio, y entonces yo siento mucho amor por todos y que una cosa nos une que no puedo explicar pero que sólo puede suceder en esta ciudad en este año en esta época.

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Llegar a Chile

Me fui en subte. Iba tomar el 7, pero me dio miedo llegar con prisas (tenía más de hora y media a mi disposición). El autobús saldría a las siete de la noche. Quince horas desde la terminal de ómnibus de Retiro, en Buenos Aires, hasta Mendoza. De modo que caminé a la estación La Plata, luego combiné con Independencia. Llegué a Retiro con mucho tiempo de sobra. Cargaba dos mochilas. Caminé hasta las boleterías, me fijé que tenía casi sesenta minutos de espera, regresé a pie a la estación de ferrocarriles -en el camino compré una arepa, iba comiéndola, un hombre en el piso me pidió algo, le di la mitad de la arepa, ¿qué es?, me preguntó; un pan colombiano muy rico, le dije-; me tomé un té en el Havannah, volví, compré dos chipás para el camino, entré al baño, después al autobús: el aire acondicionado estaba muy fuerte, me envolví en la bufanda, dormité mientras tomábamos la 9 de Julio, la autopista; en Merlo se subió un muchacho y se sentó a mi lado; era murguero, me dijo, 18 años, llamado Brian, su primer viaje lejos; charlamos mientras nos servían la cena: un sándwich de miga horrible, un guisado de pollo, un vaso de «gaseosa de pomelo», y mientras tanto el terromozo organizaba un juego de Bingo cuyo premio era una botella de vino. En las dos hileras de asientos había un grupo de amigos insoportablemente argentinos, ruidosos, boludos, Brian y yo reíamos, nos sonreíamos amigos, luego apagaron las luces, pusieron No manches (coma) Frida; los argentinos se reían sinceramente de Omar Chaparro, yo detestaba pero a veces, de puro jamaicón, también me reía. Otra vez pusieron música (llegaron a Marco Antonio Solís luego de pasar por Divididos, Los Fabulosos Cadillacs, Soda Stereo), la mayoría se durmió, ronquidos y suspiros, y yo apretada entre Brian y la ventanilla, padeciendo el insomnio. En mi iPod había guardado un episodio de Saturday Night Live con Elizabeth Banks, me reí en silencio, miraba las luces de la carretera, las estaciones de servicio, la línea que cruza el país por la mitad. Mis piernas acalambradas. A las 7 de la mañana hicimos una parada, bajé al baño, luego me dormí enroscada en dos asientos libres, apenas había logrado perder la conciencia cuando ya llegábamos a Mendoza.

La habitación del hostal no estaba lista. Dejé mi mochila y salí, insomne, a caminar por las calurosas calles de la ciudad, en una dirección contraria a mis planes que me llevó a Godoy Cruz, donde entré a un súper chino y compré agua y le pregunté a un muchacho que bebía mate, sobre un escalón, si estaba muy lejos la plaza Independencia. Hace ochos años yo había recorrido esa ciudad con Peter, también estaba a punto de cruzar a Chile. Hace ocho años: mi post de entonces, oh. Falsa nostalgia.

Después: los sonrientes mendocinos, con un acento achilenado que pronuncia en argentino; el inmenso parque San Martín, la helada cerveza blanca Andes y un pancho indulgente, una librería Yenny y el lago y la caminata y, de noche, el taxista gracioso y atrabancado que ante la pregunta de qué toman los mendocinos respondió FERNÉ convencido, el cansancio, la conversación de dos chicas inglesas en el cuarto, a punto de dormir, que llevaban muchos meses viajando. Luego: levantarme muy temprano, bañarme con agua tibia, desayunar una excelente medialuna y un café y un jugo, y llegar a la terminal, y cambiar 400 pesos argentinos por 13 mil pesos chilenos, y subir al autobús, al asiento en la primera fila del segundo piso que había reservado con antelación, pues era uno de los objetivos y razones del viaje, y leer de pasada el diario Los Andes que habían dejado en cada asiento, y luchar con el sueño a razón de la ley de Murphy (cuando quiero dormir no puedo; cuando no debo dormir, cabeceo). Un café negro y la carretera. El Aconcagua. La vid. Los Andes. El cruce fronterizo de Los Libertadores, esa especie de bodega enorme donde se estacionan los autobuses y a su alrededor hileras de coches, y familias con atuendos de escalada, y gorritos, y un aire frío que sopla, y las primeras apariciones de los carabineros, que me causan tantos sufrimientos, ¿será porque su uniforme tiene aspecto militarizado, o así me lo imagino? A mi lado iba una pareja de señores brasileños que, antes de llegar a la frontera, se apuraron a comer unas manzanas verdes; codicié tanto sus manzanas que, en un kiosco ya chileno, a la entrada de la bodega, quise comprar una, pero era imposible, a esa altura, adquirir cualquier producto orgánico. Por fin, la cuesta de los Caracoles: 29 curvas en ochos, o en infinitos. El túnel Cristo Redentor. Yo sacaba videos y fotos, cada cosa afuera era hermosa y fascinante: el río, las piedras en medio del río, el agua cristalina, las montañas de cúspides nevadas.

Llegué a Santiago. Los edificios y, ¡ah!, la cordillera. Lo que hace a la ciudad tan diferente, esa cadena montañosa que vigila y guía y cambia de colores y densidad. Salí de la terminal Sur y caminé unas cuadras y descendí a la estación Universidad de Santiago (ya había olvidado los rombos en el logotipo del metro santiaguino) y compré un boletito horario punta y tomé la línea roja, hice transferencia en Baquedano (¡recordaba el aspecto de esa laberíntica estación!) y seguí en la línea verde, y llegué al metro Bellas Artes, y afuera estaba lindo y soleado y había chicos hippies vendiendo ropa de segunda mano y panqués veganos y libros, y graffitis artísticos en las paredes y en las aceras, cafés y bares, y yo caminé perdida para encontrar la calle Santo Domingo y el hostal Avión Rojo, con dolor de hombros y de cuello y de espalda, la mochila roja y azul amarrada a la cintura, la azul y morada y rosa por delante, la calle Monjitas, la calle Miraflores y la Mosqueto y ¡por fin! dar con la puertita, y subir desfalleciendo, y efectuar los trámites con el muchacho venezolano de ojos bonitos con el que luego, días después, conversaríamos Marisol y yo, a pesar de que siempre tenía una expresión contrariada en el rostro y continuamente me aclaraba/pedía/reclamaba cosas, y luego echarme en la cama y dormir por horas hasta que, a eso de las seis, llegó Lety por mí.

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martesjueves

Ayer, sobre Hipólito Yrigoyen, estaba una brigada repartiendo sopas en vasitos de crema y queso, que las personas que viven en Congreso tomaban con algarabía. Están arreglando la plaza, no se puede entrar a ella por ningún flanco, y quienes viven ahí se han replegado a la acera de Yrigoyen, cerca de la Biblioteca del Congreso. Últimamente se me ha hecho por costumbre ir a estudiar ahí: como biblioteca no es tan linda como la Nacional, con sus lámparas verdes y vista espectacular de la ciudad, pero es la que me queda más cerca y no requiere mayor trámite, y por lo general tiene los libros que necesito.

Yo sabía que esto pasa, que hay quienes se organizan para llevarles comida a los que no tienen casa. Nunca había visto. En todas las ciudades hay una red de ayuda y trabajo y también de miseria y crimen, pero por alguna razón siento que en Buenos Aires esa trama es más visible, no está localizada. Yo venía caminando por Callao, había ido al BAMA a ver A quiet passion, sobre la vida de Emily Dickinson, y al cruzarme con muchas personas por la avenida pensé eso que siempre pienso por las noches: cómo aquí abundan los locos, los excéntricos, los raros (en el segundo piso de un McDonalds, bebiendo un café y mirando al frente con ojos vacíos, un hombre que parecía haber resucitado de una temporada en un lugar infernal, bajo tierra, el pelo rastudo y barba desordenada y la piel ajada).

(A quiet passion es muy hermosa y extraña: una puesta en escena teatralizada con un diseño de sonido portentoso que deja caer los diálogos, muy punzantes e ingeniosos, como piedras; en la función había puras personas mayores, que siempre son los mejores compañeros de cine porque suelen ser callados, aunque hubo uno que cerca del final empezó a roncar.)

Julio sin dinero pero algunas cosas logré hacer. Fui a casa Brandon a escuchar leer a María Moreno, Ariana Harwicz, Diana Bellessi y Laura Estrin. Hubo un programa doble de Lynch en el MALBA: no alcanzamos boletos para la primera, Blue Velvet, que de todos modos ya he visto un par de veces, pero sí para la siguiente, la que me faltaba de Lynch, Wild at heart. Al salir esa madrugada, a las tres de la mañana, la neblina había cubierto los últimos pisos de los edificios elegantísimos de Figueroa Alcorta y el frío cortaba la piel: yo traía mallones, pantalón, doble calcetín, gorrito, bufanda, guantes, la parka con el gorro puesto, y de todos modos sufría. Fue el viernes que me sacaron el celular de la mochila. Lo que más extrañaría a continuación no serían las fotos (había logrado bajar las de Uruguay, por lo menos, y las demás no importaban demasiado), sino -descubrí una tarde- el maldito Whatsapp, los mensajes grupales que por lo menos me mantienen entretenida o me dan una falsa sensación de acompañamiento. Aunque queda el Telegram web. También intenté ir a ver El invierno llega después del otoño, pero las dos veces que llegué al Gaumont, una vez habían cancelado la función y la otra era jueves y ya habían cambiado los horarios. Un sábado comimos sopes, vimos Me estás matando (coma) Susana. El día del amigo tomamos vino con los mexicanos y las venezolanas, y luego todo se fue en hablar de Venezuela, en discutir. Ese nosotros tácito es engañoso: a veces son unos y a veces otros. Pero muchas veces yo sola. Fui al café La Paz, que Piglia menciona frecuentemente en sus diarios, y tomé una cerveza y leí unas cosas y escribí un poquito. Al salir, en Montevideo, pasé por el Pippo y el Pepito, otros lugares donde él solía cenar ¡hace casi cincuenta años! Otra cosa que suelo hacer, que ocurrió este mes: paso a la confitería y compro dos sándwiches de miga, por ejemplo de pollo con tomate o jamón y piña (ananá) o queso y salame, y me los voy comiendo mientras camino. Ya ese tipo de sándwich con textura de papel de estraza no me sabe de otra manera.

El demasiado trabajo, el lento avance. Las madrugadas. Asomarse por el balcón: una pareja esperando el 15, un señor inclinado junto al contenedor de basura, como si vomitara; dos hombres que pasan gritando. El señor de los quesos y los jamones del chino, que es muy amable y sonriente, y el chavo que atiende la caja principal que es malencarado, lindo como cantante de kpop pero malencarado; y el señor de las verduras que es bueno y seguido me consigue cilantro. Los de la pollería, que son rapidísimos y siempre dicen cómo vaaaa, bueno, bárbarooo. El muchacho venezolano del Día que, al día siguiente de la Constituyente, le decía a su compañero -riéndose maniática, resignadamente- que ahora menos se podía regresar, que ahora le quedaba más tiempo en este país, aunque no quisiera, y luego una señora le preguntó por las azúcares y él le dijo ahí en la góndola de los arequipes, que diga, del dulce de leche y luego se estuvo riendo mucho y muy fuerte por la puntada de los arequipes.

Pasó borroso, frío, sin muchas alegrías, el mes pasado.

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Julio

Le temo a julio. Tal vez, concretamente, al julio de Buenos Aires. Por estos días pasó lo del accidente de mi papá, hace dos años. El día que lo operaron, la noche en que le insertaron una placa de metal en la frente, se rompió la calefacción del edificio donde vivía. Esperé una hora y media en un silencio helado, temiendo lo peor. ¿Para qué recuerdas eso? Mejor no acordarse. Bueno: es inevitable. Fui a llamar por teléfono a un kiosco y atendía un muchacho pelirrojo y pecoso que me hizo la plática. Después yo evité pasar por ese kiosco, aunque seguro él me había olvidado ya. Luego vino agosto, y no recuerdo mucho aquel agosto. Una noche desgraciada en Flux, bebiendo hasta el hartazgo, lloriconeando y luego, por un malentendido, mi amistad más verdadera en esta ciudad entró en un impasse. Tenía decidido que este invierno no me derrotaría, porque ya tengo abrigos aceptables y calefacción a gas en mi cuarto, pero no, para qué andas decidiendo de antemano, si llegó julio y empezó mi fatalidad económica, un hundimiento financiero que me tiene contando los pesitos cuando voy a la verdulería y compro: papas, zanahorias, tomates, mandarinas, y planeo mis alimentos y mis gastos posibles del día. Negada de mis placeres hedonistas, por ejemplo: un café en la calle. Un libro si me place. El cine. Salir. Me tiene un poco jodida eso y a la vez romantizo la precariedad, la posibilidad de vivir con dignidad en la escasez que obliga al ingenio, a las decisiones, a un ascetismo impuesto.

(Sí recuerdo agosto, o una semana al menos, cuando vino ella y me trajo luz y aire)

Estoy con los nervios crispados. El ruido del subte me aturde. Si me obstaculizan el paso me lleno de furia. No entiendo qué me ven cuando se detienen a mirar mi cara por la calle. Vuelvo, innecesariamente, al asalto de Constitución. Ya no camino tranquila. En Tucumán, pasadas las diez de la noche, vi a un hombre masturbándose debajo de un montón de cartones. Luego me compré una empanada que estaba podrida. Ayer me desperté de un doloroso calambre en la pantorrilla. Hace rato, no sé por qué, se me ocurrió fijar a la señora que estaba sentada frente a mí en el vagón: sólo tenía arrugas alrededor de los labios, muy delgados. Había un olor como a huevo podrido, a mayonesa pasada, de origen incierto. Ayer fui al hospital Ramos Mejía y me dolió el estómago y me perdí en el laberinto y fue perturbador a secas. Mejor no volver nunca más. Luego: llueve. Mi gripe se enquistó, más días de los aceptables con el malestar encima, chingándome la existencia con aplicación, bajo la ingenua creencia de que se me pasaría con mera resistencia. Insomnio. Dudas sobre el trabajo al que le dediqué mis energías los últimos dos meses, si valió la pena poner todo lo demás en segundo término. Y otros males íntimos. La racha. El túnel que se alarga. Creo que es julio. La culpa la tiene julio.

 

 

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Mi acompañamiento audiovisual: Twin Peaks. Y así persistir con el desasosiego y la confusión.

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Ta

Quiero recordar Uruguay. Tengo mis entradas de diarios, los recuerdos todavía frescos, las observaciones que, al formularlas, me parecieron dignas de ser fijadas. Pero no ha habido el tiempo, las horas pasan y siempre algo urgente, necesario, impostergable. O quizás no he querido enfrentarme con el recuento porque ya pasó un mes y el sentimiento se ha transformado. Sin embargo, otra vez, Uruguay me dio todo. Sol y caminatas por la rambla y conversaciones y el sentimiento de que ahí el ritmo es otro, las preocupaciones son otras, el entendimiento es otro y es posible conocer a los demás y dejarse conocer.

¡Aquí todo ha pasado! Mi realidad es tan distinta ahora. Pero mi entrada al sur comenzó en São Paulo: una caminata por la Paulista, por el parque Ibirapuera, donde tomé una larga siesta sobre el pasto húmedo, y luego los contornos de Higienópolis. Traía la expectativa encima y el cansancio y la desorientación, y la dificultad del idioma que no tuve la delicadeza de aprender durante las clases que tomé por un año. Entonces, el factor de la incomprensión y las gracias del entendimiento. Mis contactos con Brasil han sido breves, me dejan el misterio abierto para después. Ahora mis recuerdos se decantan por los detalles de una cotidianidad intensa: las vehementes charlas de las personas en el metro; la fondita donde comí una feijoada que mezclé torpemente en el plato que no era, y las risitas de los camareros; el adaptador en un kiosco de revistas y el Ibuprofeno en una farmacia; y la chica del Starbucks (cafeína + internet + batería para el celular, me justificaré) que me preguntó de dónde era, y ¡ah, las telenovelas!, y Thalía pero ya no tanto, por su edad, Verónica Castro. Y después el intento de volver por transporte público, al tanto de que no sería posible: era paro de transportistas y la manifestação reptaba por la Paulista, clausurada, y el metro era un caos, y muchas estaciones estaban cerradas, y me dijeron que en un hotel salían autobuses al aeropuerto, y el señor botones me dijo que seguro no pasaría, que tomara un taxi, y me recomendó a un taxista, y tuvimos que ir a un cajero el señor taxista y yo, y nos hablamos a señas y con palabras similares, y reímos, y me invitó de sus chicharrones, y llegamos rapidísimo al aeropuerto, y lamenté mucho perder tanto dinero, y esperé y tomé un café y crucé a pie a la otra terminal y ahí, cansada, tomé el vuelo a Montevideo a la medianoche.

Mi llegada a Uruguay me sangró, en más de un sentido. Accidentes que me recluyeron en mí misma, descalza en la arena suave de la playa de Pocitos, en la última fila de un cine para ver Elle, que me provocó arrepentimientos, y luego el reencuentro con ChL (Chica Linda, Levrero dixit), y su mirada y su sonrisa, y un cigarro en el atardecer de la rambla para sopesar los acontecimientos. Después una caminata hasta el faro, mientras anochecía y pasaban corredores del maratón, las piedras y el agua, y un colectivo en Punta Carretas, y llegar para, cansada, salir otra vez en sábado a la noche de rigor: con Gabriel y Marcelo los brasileños; María la uruguaya, y Stefan el polaco, que es marinero (me-estás-jodiendo) y su barco sigue estacionado indefinidamente en Piriápolis, dice, porque el capitán es un flojonazo que no se decide a partir y se la pasa leyendo en cubierta todo el día. Y así iniciamos ese peregrinaje nocturno tan montevideano, salvar las cuadras pequeñas, de ciudad provincial, y adivinar la movida por el enjambre de jóvenes insultantemente cool afuera, fumando y tomando cerveza, de pie o sentados en la banqueta (la vereda) y mucho bo, y mucho ta, y mucho sabelo, y pila de palabras uruguayas más. Y así bailando, tomando, buscando la fiesta como nos dijeron una vez, más caminando que reventando, más riendo con tus amigos en busca de una cosa que encontrando la cosa, que es el verdadero sentido de salir por la noche en Montevideo. Primero, en Isla de Flores, una banda excelente de algo entre synthwave y punk y shoegaze, en el patio de una casita que hacía las veces de bar, y donde en algún momento los músicos empezaron a tocar los primeros acordes de I wanna be adored, y de pronto se detuvieron, y varios a mi lado: «Tocáaala, booo, termináaala». Pero no la terminaron.

Luego, un DJ en otro bar. Luego, una fainá nocturna callejera, al estilo rectangular que es el uruguayo, y de una exquisitez insuperable (las calles seguían hervidas de gente en busca de fiesta, o saliendo de la fiesta). Y, finalmente, el objetivo de la noche, el antro llamado Phonotheque, del que María sabía que es un sitio donde todos sangran de la nariz, y es cierto: jamás había visto tal consumo de coca, de merca, rampante y a la vista, mientras bailaban el house atascado de The Mole, en el sofá donde descansaban un poco para seguir, al que se acercaban para comprarle a un tipo y meterse más, y donde me dormí alrededor de una hora, de 6 a 7 de la mañana aproximadamente, para seguir bailando, y luego salir, a las nueve o más, con el sol blanquísimo sobre nuestras cabezas, un vampirazo de rigor. A un par de cuadras ya estaban montando los puestos de la feria de Tristán Narvaja, y nos comimos las primeras tortas fritas de un señor muy amable que, mientras freía, me dio ocasión de mirar las antigüedades, y reír por los comentarios del vendedor de pelo largo que, al verme, repetía «buena noche, ¿no?, buena noche». Y reír de nuevo entrada la mañana, los cinco, amigos para siempre durante una noche nada más, sentados en la banca donde, se informa, el día 24 de abril de 1925 Einstein conversó con el filósofo uruguayo Carlos Vaz Ferreira.

El lunes, soleado e incluso caluroso, un peregrinaje a Prado y su jardín botánico y su pequeñísimo jardín japonés, y por la tarde ChL. Y el martes el accidentado viaje a Cabo Polonio, retardado por los incidentes que ya se me habían vuelto habituales, una primera parada necesaria en Rocha, donde caminé un poco y luego me senté en una placita a comerme un helado de naranja, y un perro callejero, negro y canoso, vino a echarse a mis pies, y luego se subió a la banca y más tarde a mis piernas, y metió la cabeza en mi mochila y se quedó dormido, y yo lo acaricié con mucho cariño y extrañeza, y después hasta me siguió a la terminal, donde otra vez se echó a mis pies. Llegué a la entrada de Cabo Polonio de noche, y ya estaba saliendo el camión descubierto apto para las dunas que entra a la reserva, y un chico subió conmigo, Shajar, israelí de ojos tiernos, y al llegar al centro de la aldea, entre las linternas de los dueños de hostales que llegan a reclutar viajeros recién llegados, seguimos a Sabrina, una francesa de piel achocolatada y sonrisa enorme, originaria de Vichy, que nos llevó a una cabaña de pescadores frente al mar que me convenció porque, en el silencio, el único sonido era el de las olas del mar.

Ahí ocurrió un portento: Sabrina nos mostró el mar y dijo: «¡Miren, plancton!». Y al momento recordé aquella escena de The Beach en que Françoise le muestra a Richard, con las mismas palabras, los filamentos de luz en el agua, y también que entonces me pareció que aquello eran efectos especiales y nada posible en el mundo real. Pero esa noche me di cuenta de que era verdadero. Que la espuma de las olas fosforescía y cuando lamía la arena dejaba un rastro de luminarias. Nos acercamos a empujar los granos con los pies y descubrimos que ahí se incrustaban, fulgurantes, las noctilucas, una palabra tan bella para algo que yo no conocía y no creía que fuera verdad. ¿Hay fotos? No se puede. Aquello queda grabado en la memoria y nada más.

Sin embargo lo que mi descripción no logra, quizás lo dé esta foto -un tanto exagerada- robada de un artículo de Andrés Rieznik en Clarín, donde describe su fascinación cuántica por el hermoso Cabo.

Shajar y yo fuimos a cenar chivito y, al volver, tomamos cervezas con los otros del hostal: Álvaro, un español con las historias más graciosas y extrañas, que siempre coronaba con un largo «espectaculaaaar»; Mathiu, un belga que hablaba perfecto español con perfecto slang; Santi y Agustín, dos cordobeses de ciudades distintas que se conocieron ahí y parecían amigos de toda la vida, y Clara, una alemana de Bavaria que nos miraba con cara de confusión ante nuestro castellano repleto de acentos. Después Sabrina nos llevó a un boliche (antro o bar en rioplatense), en la noche clarísima de Cabo Polonio, pueblo que no tiene electricidad, ni calles, ni manzanas, sino caminitos de arena que hay que salvar con ayuda de la linterna y algo de suerte. Y este boliche famoso era una casa como en obra negra, cubierta de unas enredaderas macizas que, según dijo Sabrina, son de una flor que genera alucinaciones y cuando está madura produce, en quien está sentado ahí, sensaciones raras. Y ahí, iluminados por velas, rodeados de las enredaderas, tomamos un licor de arazá, fruto típico de la zona, mientras yo seguía instalada en mi me-estás-jodiendo-Uruguay, con estos lugares sacados de una película, sazonados además con detalles peculiares como que el dueño era un señor ciego, cuya presencia a esa hora no creí posible, hasta que fui a pagar y el hombre canoso, ojiazul, detrás de la barra con velas, fue sacando los billetes de una caja mientras le preguntaba a un tipo de barba a su lado de qué denominación eran.

Al día siguiente me levanté temprano para emprender la caminata a Valizas, y de último momento se me unió Santi. Mi preferencia por la soledad me hizo dudar, al principio, del ofrecimiento, pero luego me pareció bien porque fuimos tomando mate y charlando de tonteras, caminando con muchas dificultades sobre la arena durante dos o tres horas, encontrando de pronto cadáveres de lobos marinos que habían llegado a la costa a morir ¡e incluso el cadáver de un pingüino!, hasta las piedras enormes y el cerro que divide ambas poblaciones, y los descansos momentáneos de charla espontánea, y luego cruzar el arroyo que, a esa altura, nos llegaba a las rodillas y nos acarició con su tibieza los pies fatigados. En Valizas, más urbanizado (¿ruralizado?) que Cabo Polonio, comimos en una parrilla un baurú (parecido al chivito, pero con chocloarvejas) (es decir, elote y chícharos) y charlamos con los dueños y su perro (otro personaje) sobre el partido al día siguiente entre Uruguay y Brasil. Luego volvimos por las dunas, hermosas pero muy arduas de escalar, y tras mucha caminata que nos hizo sudar y sudar, llegamos a la playa, conscientes de que nos anochecería caminando y no traíamos linterna. Así fue: el sol fue apagándose y pronto quedaron solamente las noctilucas y la luna y las estrellas más blancas y más intensas que he visto en mi vida, una vía láctea un poco falsa, debo decirlo, como de planetario, como pintada a mano, que iluminaba con su resplandor nuestro camino. El último tramo, descalzos, mirábamos anhelantes la luz del faro, pero la distancia se hacía larga y larga, mientras más caminábamos más lejos se hacía, y metíamos los pies en el agua, cuyas olas fuertes a veces nos llegaban a los muslos y de pronto, peligrosamente, nos halaban de más.

Llegamos exhaustos al hostal, y de nuevo el círculo de conversaciones con Sabrina y Mathiu y Shajar y Álvaro y Clara y Marcelo el montevideano que cuidaba el hostal en temporada, y vino y cerveza y un arroz que preparamos Agustín, Santi y yo con un sobre para sopa Quick porque nos dio pereza hacer la excursión nocturna al veintiúnico almacén de Cabo. Marcelo dijo que tenía la llave de otro boliche que sólo abría en temporada alta, y allá fuimos: un salón sucio y olvidado, con una mesa de billar al centro, y un vino que nos compartíamos sin distingos. Nunca más nos veríamos de nuevo, ni siquiera intercambiamos nuestros perfiles de Facebook porque la falta de internet y electricidad lo eludía, y era perfecto así, y era perfecto estar tan presentes, tan en el momento, sin distracciones electrónicas ni la espera o la curiosidad por lo que ocurría del otro lado de una pantalla.

Al día siguiente nadé en la otra playa, en el agua que al principio me pareció fría pero en la que de repente me zambullí sin pensarlo, un piso de arena resbaloso y engañoso, que a veces bajaba y subía, olas suaves y viento que, al salir, secaba con un soplido. Caminé entre unas piedras musgosas y tras un patinazo me rebané tres dedos de los pies, que me sangraron dramáticamente: otro incidente, otra herida-recordatorio (la noche anterior, al salir del boliche, en la oscuridad, me estrellé la rodilla contra una reja y se me formó una costra monumental). Después: el faro, los lobos de mar, grupos enteros que dormían a aleta suelta bajo el sol, en piedras lejanas e inaccesibles, indiferentes ante la mirada de los turistas que, maravillados, los mirábamos detrás del cordón.

El autobús de regreso a Montevideo estaba sobrevendido y no alcancé lugar. Una española -cuyo nombre nunca supe- estaba en la misma situación, y así nos fuimos dando ánimos, a veces sentadas en el piso, luego en asientos desocupados que, en la siguiente parada, ya se habían ocupado, durante las cinco horas de trayecto. Y aunque llegué muy cansada a Montevideo, y tomé un colectivo que me dejó en la 18 de Julio y Ejido, en la plancha de la Intendencia observé con agrado las hileras de personas mirando el partido Brasil-Uruguay en una pantalla gigante. En el hostal, lo mismo. A pesar de mi cansancio, salí con un muchacho que puso música en un lugar guapachoso llamado La Rusa, y volví ya tarde más dormida que otra cosa.

El viernes todo cambió. Pero ahora es más difícil escribir de ello, las cosas han cambiado y se han endurecido o desvanecido. Pasé la tarde en la rambla y en Playa Ramírez, los amigos tomando mate, o los solitarios leyendo libros, o los niños en patines en el cuadrado de skate, y la pareja de Rosario a la que le saqué fotos. Los dos hombres que nadaban en la playa, muy lejos de la orilla, que me inspiraron deseos de nadar también. Después el amor de vacación, y las risas de Paysandú, y el dolor de las heridas físicas amortiguado por las caricias, y caminar de la mano otra vez, después de tantos meses, y la comparsa, y la caminata hasta Aires Puros y Prado, y la pizza y la cerveza, y escalar una pendiente y cruzar un puente prohibido y obtener vistas panorámicas, idílicas, de la ciudad. Mi último domingo montevideano fue perfecto, no exento de la ansiedad de la víspera del viaje. Aunque lo peor que me ha pasado (¿es lo peor, en verdad?, ¿podré, pronto, escribir de ello?) empezó en Montevideo el año pasado, mis recuerdos de esa ciudad eran bellos todos. Pero volver a Buenos Aires suponía un problema mayor, y enfrentarme al lugar donde me perdí a mí misma. Pero no fue terrible. Buenos Aires, por fortuna, no ha sido terrible.

Fotos que no llegaron a la red social Instagram:


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EL HORROR VERDADERO

En la feria del terruño (13 de junio, San Antonio de Padua), mi mamá me llevaba un día o una tarde o una noche, ella y yo y nadie más, sin decirle a mis hermanos y hermanas, quienes si iban, iban con sus amigos y amigas, y ellos sí, al contrario de mí, se subían a los juegos de grandes, al Travan y a una especie de martillo de aspecto comunista que te daba zarandeadas de arriba a abajo, de modo que dicha tarde o noche o incluso mediodía, que podía caer lo mismo en un lunes que en un jueves, ella establecía un pacto razonable de juegos (lo cual podía incluir carritos chocones O casa de espantos O casa de espejos O el juego ese de asientos que recorren un circuito, a veces para adelante y a veces para atrás, al ritmo de horrenda música disco) y menudencias (las caniquitas, donde invariablemente sacaba alcancías: una feria codicié hasta la ignominia una de barril gordo de cerveza, amarillo, homeresco, que fue conseguida) y alimentos y bebidas (hotcake con lechera o cajeta y chochitos o garnacha tipo enchilada placera o sope o tamal o, ya poniéndonos bien punks, jarrito virgen tipo Sexo en la Playa o Bloody Mary).

Todo esto era para mí sola, y yo era tan avara como feliz, pero sobre todo feliz feliz feliz. Sin embargo, había una atracción a la que mi mamá siempre entraba conmigo: previsiblemente la casa de espantos, en parte porque no dejaban entrar a una niña de siete (ocho, nueve, diez, once) años sola, en parte porque ella quería, le daban ganas chingao, por morbo si quieres, por su afición a las historias de espantos, por su relación tormentosa con las películas de terror (las ama y las detesta, las busca y las sufre, tiene recuerdos intensos de El exorcista, Carrie, El resplandor en el cine, y yo tengo otros de ella gritando en cine, en películas como Señales y otras). 

Entonces, entrábamos juntas. Caminábamos a la par, el recorrido que cabía en la caja adaptada de un trailer. Me acuerdo de una llorona, un vampiro que nos confundía con su reflejo. Muñecos. Oscuridad y los pasos sobre el aluminio del piso. Alguna pesadilla. Había historias peores afuera, de todos modos, en este pueblo poblado de fantasmas (amado Polotitlán de la Ilustración, sitio del que, insisto, no vengan si no están invitados), por caso en la casa donde vivimos recién mudados del DF, que era de mi bisabuela, llena de crujidos en el piso, movimientos en la cama, apagones repentinos, ruidos de extraña procedencia, sombras y oscuridades, y otras imaginaciones espantosas que me llenaban la cabeza. Pero yo nunca me espantaba de a de veras en la casita de terror de la feria itinerante.

La primera vez que fui a Reino Aventura, cuando todavía era Reino Aventura, con mi hermana Diana y mi hermano Yayel, en una excursión púber en la que debuté, al fin, en los juegos cabronsones, en los altos y rápidos y violentos, fue quizá para vengar mi infancia temerosa. Creo que existen, a la fecha, las dos casas de espantos sixflagueras: la infantil (La Casa de La Llorona, en el carrito eléctrico que va avanzando por un riel, las luces de antro y los muñecos mecanizados), y la de grandes, o no sé si la de en serio, he olvidado los muchos nombres que ha tenido pero todas las veces que fui a Reino Aventura y luego a Six Flags, que fueron muchas, la más reciente (y terrible y decepcionante y clausurante de una etapa de mi vida) en 2013, la visité y la disfruté y luché por sentir, otra vez, el terror genuino de la primera vez, el horror peliculesco y plagado de incertidumbre de la primera entrada, libre de conocimientos de la trama y de lo que nos esperaba.

En aquella primera ocasión, como acostumbran hacer todavía, se formó un grupo de diez individuos, al frente del cual quedó mi hermano, a quien antes del incidente yo consideraba una persona sin la menor incumbencia respecto a los asuntos espantosos y sobrenaturales, una persona firmemente plantada en la realidad o quizá no, quizá no es cierto, simplemente alguien que según yo no creía y por eso no se espantaba: era, a fin de cuentas, la elección acertada para liderar al grupo, pues.

Entramos. Pasillos como de casa, oscuridad, Regan poseída por Pazuzu desde su cama, la cual teníamos que rodear para salir al siguiente «nivel», una construcción con cemento y madera, algunas esquinas como de calle, con todo y malla ciclónica, y en vez de muñequitos mecanizados personas de carne y hueso disfrazadas: la mencionada Regan y otros que no recuerdo, pero al final Jason y su motosierra y su máscara de hockey, persiguiendo a los participantes lentos entre bufidos. ¿Cuánto duraba aquello? Menos de diez, quince minutos. Y luego emergíamos al sol y a los ruidos de feria y a la gente paseando en shorts y tomando Coca-Cola y a las botargas y a los anuncios y a los souvenirs, y era refrescante y feliz y por eso todos reían.

Pero esa primera vez, con mi hermano Yayel en la vanguardia, luego yo, luego mi hermana y su entonces novio Pancho, y los otros participantes al final, escuché algo que jamás había escuchado: los gritos desaforados de mi propio hermano. Los gritos de un hombre asustado. Ese detalle, los gritos y la comprensión de que él, el líder, estaba tan asustado como los que lo seguíamos, la desolación de atravesar el lance sin resguardos, fue el terrible. También sucedió un momento imposiblemente cómico: en la esquina de Jason, mi hermana se cayó y sólo Pancho y yo nos detuvimos a recogerla, y entre sus gritos y la persecución del enmascarado y el sonido torturante de la motosierra, cuando se levantaba volvía a tropezarse y caer, y nosotros la jalábamos de los brazos y gritábamos con desesperación. Después las risas y los reclamos, afuera, y los nachos con carne molida y queso amarillo que creo que todavía venden, que durante un día sixflaguero (la ropa mojada por los juegos acuáticos, el dinero contado, las vueltas y vueltas entre el pueblo polinesio y el vaquero y el francés) se volvían alimenticios.

Creo que yo tengo un método para transitar por el horror, que consiste en una especie de acorazamiento mental y físico (un bajado de cortina metálica, diría Levrero) gracias al cual, entonces, atravesaba puertas y actores ensangrentados y gritos como si caminara a través de un sendero paralelo, feliz, tranquilo, que por ciertos errores de las dimensiones se empalmaba con éste, caótico y horroroso. Entrar así, con el cuerpo pero la mente en otra parte. Un plup y todo se cierra, lo de adentro se vuelve impenetrable. Me cierro como una concha. Y creo que esto fue lo que hice durante el mes que el cáncer (el existente, el amenazante) nos contaminó las vidas.

Pero también, y de peor manera, es lo que hicimos mi hermano Billy y yo durante esos diez días dentro del Ramos Mejía. Solos, solos, él y yo, confiando sólo el uno con el otro, como única prueba de que nadie más nos diría lo que ya sabíamos. Nadie más. El horror verdadero.

 

 

Subida a México (tl;dr)

Lunes, 30 de noviembre, 6:29 am. No logro dormir. Yo quería escribir aquí esta noche, pero no terminé, no me dio tiempo, sucesos anodinos inesperados, pensé que el sueño me había derrotado, tuve mucho tiempo los ojos cerrados, exhausta, mi cuerpo exhausto, pero no logré ir al otro lado, no atravesé el pasaje. Ansiedad, miedo, nerviosismo (café cargado, de tardenoche; Speed, bebida energética poco recomendable, tiempo después). No arreglé mi maleta, no terminé mis pendientes. Debo ir a buscar una cosa al rato. Después, aeropuerto. Siete horas en Lima, sin entrar a la ciudad donde nunca llueve. Miguel, nuestro amigo peruano, quien me alojó en la verdegris Lima, la barrancuda Lima, con su familia y sus amigos y su vida, pocos días hace unos años, irá a México a fines de diciembre, de todos modos. Luego: Bogotá. Instrucciones para llegar a casa de mis amados Maria y Rafael, tras cinco años de no verlos. Eran novios entonces y ahora están felizmente casados. Recién casados. En realidad esto empezaba diferente, otra idea. Tengo miedo de no volver. Y de volver. No es tan peculiar lo que yo siento. Es la experiencia del migrado (del migrado feliz, hay que admitirlo). He sentido la necesidad de fijar los acontecimientos de estos días, las aventuras. Quizá sí tengo una interioridad alterdirigida, como observó Paula Sibilia. Debo construirme hacia afuera, por la escritura pública que aquí es como dejar el diario sin el candado. Ya pasaron días de aquella madrugada. Sigo escribiendo en diciembre, en el D.F.

Desde el jueves 26 de noviembre las horas se apresuraron. Una noche húmeda, el cielo blanco de tan cargado. Fue entonces que empezó el affaire amistoso (descubrí que a veces se tienen, como los románticos o sexuales: aventuras y momentos felices con personas que llegan y se van abruptamente). Las cosas que vi. Sentí. Platiqué. Reí. Brinqué. Cómo brincan aquellas brasileñas, Mar Selly y Jhenifer. Retorno a estados infantiles: bromearnos, molestarnos, asustarnos, jalonearnos, golpearnos tanto que el domingo por la noche, cuando llegamos a Montserrat tras bosques de Palermo, Jardín Japónes, Costanera Sur, reserva ecológica, Río de la Plata, paraguayo con pareja de Luján, nubes, río, buquebús a Uruguay, inmensidad, niño que fue mi amigo («Señora, no meta los pies que el agua está contaminada», «Pues ya ni modo» y más tarde, cuando me preguntó de dónde era, y le dije, y le pregunté si sabía dónde quedaba, él dijo que en la Concaf y yo le dije que no, que estaba en América pero hacia el norte,  y el niño: «Pero yo lo vi en el Fifa World Cup 2014 que está en la Concaf»: conversación con él, un gran niño argentino, y malo para tirar piedras que hicieran circulitos, a diferencia del joven adulto que tiraba piedras mientras su novia lo miraba), tras esa caminata calurosa en un camino pantanoso, los pelirrojos que todo el día vimos (el pellizco de la buena suerte que, para mi mala suerte, instauré), el tereré, el atardecer, un hermoso atardecer, el río, las aguas sobre el río, el oleaje, un grito repentino, «oooola», y después una ola, que nos empapó y se llevó mis tennis, el cielo apagándose durante la larga caminata para salir de la reserva ecológica, el calor que sigue en la oscuridad, la feria en la Costanera, un puesto ahí, de tarjetas con significados de nombres, me pasa siempre como Bart con Bort, hay parecidos pero nunca el mío, extrañamente me encontré, Lilián, de origen latino, «la que es pura como un lirio y es simpática con toda la gente», un maestro de Geografía en la secundaria ochenta me lo había dicho, que significaba «mujer graciosa», de todos modos es posible, tengo muchos amigos pero no soy simpática con toda la gente, hay alguna que me enerva, pero es cierto lo otro, lo he pensado, que me adapto a todas las personas y con cualquiera hago amistad, si está destinado y si no, no; después los puestos, las artesanías, los objetos inútiles, el ruido y el calor de tantas personas, niños que jugaban futbol, parrillas olorosas y humosas, Puerto Madero, caminata hasta la Casa Rosada, el bondi que nos dejó en Congreso, caminar por Entre Ríos, el súper, un domingo soleado, por la noche despejado, el último en rigor en Buenos Aires, después, cuando llegamos por la noche, y la Jhen se fue a su departamento a limpiar y hacer de cenar para nosotras, como cada quién hizo para las otras, su pollo strogonoff me supo a gloria, mientras nos preparábamos para cruzar de la calle Estados Unidos a la calle Carlos Calvo al 1600, yo me di un segundo, añorado baño, con la piel marcada por el sol y los músculos cansados de tanto caminar, y el cuerpo agotado de una noche de trabajo, tres horas de sueño, tras las cuales, por la mañana, Jhennifer nos tocaba la puerta e instaba al cumplimiento del deber, del plan estipulado, que yo respeto y observo, como el viernes por la noche que comimos enchiladas con los Zapata Jaramillo, evento acordado y planificado, el regreso en el 12, Entre Ríos confundiéndose con Eugenia, los planes y la concreción de esos planes sociales, entonces el domingo, por la noche, la felicidad de recargar fuerzas y después cruzar una calle y prolongar la reunión, la charla, el tiempo compartido, alegría que he tenido esporádica pero intensamente en mi vida: mis amigas Leticia, Laura y Araceli, hermanas, que vivían en la calle atrás de mi calle en Polo; el tiempo que, en Querétaro, viví en La Hera a cuadras de la casa de Fanny; los cortos meses que María fue nuestra vecina del departamento de abajo en Coyoacán, esa amistad que no tiene punto y aparte sino una sucesión de puntos y seguidos, de verse a horas y deshoras, domesticar la vida en conjunto, ir de un lado a otro como de cuartos en una casa, dónde vamos a comer esta vez, platicar, pasar el rato, ayudarnos y acompañarnos y echar relajo y no hacer nada, brincar y golpearnos; en ese baño dominical nocturno descubrí moretones y raspones y heridas que eran el mapa del affaire amistoso que en su expresión más pura se disolvía en conductas infantiles, pero infantiles profundas, del kinder y los primeros años de la primaria, cuando el cuerpo se involucraba entero en la amistad, y había patadas, carreritas, abrazos espontáneos, coscorrones.

Lunes 30 de pendientes. El shopping Abasto y el McDonalds kosher, la charla con Facundo y Ayelen y Meir, y las cosas que pasaron mientras tanto y que yo observaba, y anotaba, no puedo quemarlas ahora pero la señora nacida en Cape Town, criada chilena, rubia, un poco racista, sin embargo chistosísima, que llegó a comprarle una hamburguesa a su hijo a quien visitaría esa noche, en otro país, con la que hablé de restaurantes judíos, «en tal restaurante la comida es buena, pero el servicio está para la mierda, para la mierda, y a ver tú -a Meir- dime dónde puedo conseguir alfajores kosher», para ser fijada aquí y no en otro lado, y después el subte, y Corrientes y el Obelisco, y escuela y usos latinoamericanos de Barthes, y la ponencia del amigo F.: leer al mundo como un texto. Como un texto. Regresé a pie a Montserrat, con el café grande que más tarde, aunado a la taurina, me daría insomnio y conatos de ataque de pánico, pero entonces, aunque cansada, disfruté de la caminata y el clima caluroso y los pensamientos y la despedida poco apresurada, y el anaranjado del cielo crepuscular, y en la calle México leí en un cartel la palabra sangre, y en un telo (un motel) vi a un hombre y una mujer de la tercera edad, modestos pero elegantes, pagando en el mostrador, y en la calle Estados Unidos pasé por el restaurante dominicano llamado Quisqueya al que siempre quise ir pero nunca lo hice. Una noche inesperada, de muchos matices; Dani descubrió un jazmín en una maceta, hablamos de temas místicos pero aunque empujé hacia allá, por lo de la flor que no floreaba en años, no se replicaron las reflexiones de la noche anterior, cuando estuvimos platicando, Jhen, Mar Selly y yo, y compartimos experiencias familiares, migratorias y de todo tipo, y hablamos de los espíritus de los perros y los gatos y cómo reconocen las almas o el estado de las almas (afuera del Jardín Japonés conocimos a una pitbull cariñosa, llamada Alma) y luego de la luz y la oscuridad y del bien y el mal y en un momento de conversación sombría entró un insecto horrible al departamento, una especie de alacrán con alas; yo me acordé de un texto de Bifo Berardi sobre el papa Francisco que Guillermo Núñez me había compartido, que compartí otras veces, les mostré la foto que me hipnotiza, de los cuervos atacando a las palomas, y después charla derivada, la tradición popular en Argentina, la exclusión y el elemento corruptor, el oasis que son las personas, la familia, las cruces que se van cargando; y esa noche reímos, charlamos, lloramos y jugamos sobre la cama con los perritos, Mallu y Hachi, y Mar Selly se quedó dormida y la Jhen (nacida en 1996) me contó su historia romántica, de final agridulce, con un argentino del conurbano que conoció en Tinder y sobre la que conjeturamos juntas; después nos dormimos y despertamos tarde, de vuelta a Estados Unidos y tras baño y recalentado salí otra vez a la calle (primera parada: subte Carlos Gardel). Después las hamburguesas kosher. Después el mundo como texto. Después la caminata. El jazmín. El ataque de pánico. Mail. Amanecer. Un breve y accidentado sueño.

Martes, 1 de diciembre. Arreglar maleta. Arreglar caja porteña. Una última comida, con feijão. No pensemos en esto, en la despedida. Debía ir a recoger un encargo a la calle Venezuela al 3900, y antes dificultades financieras, planes be de emergencia, cajeros cercanos, pero a las tres en punto (eran 2:58) los apagaban y les ponían dinero, quedarían una hora inútiles, el policía argentinísimo del banco, la señora que tardaba mucho tiempo, hacía una operación y otra, contaba y guardaba su dinero, la angustia chusca, merecida, por hacer todo a la mera hora y aventureramente y confiando en una estrella inmerecida. Fui por el encargo y regresé. Hacía calor. Ya no me pondría sentimental. Apenas pude tirar las cajas y bolsas de basura. Ecilla, transporte a Ezeiza. Ecilla, agradables coincidencias: carioca migrada a Buenos Aires hace 21 años más o menos, se enamoró de un argentino, sus hijos son argentinos, su acento es argentino, pero ella es brasileña, nacida en la misma cidade maravilhosa, y Brasil, su cultura, su lenguaje, su calor, su rareza habían sido la atmósfera del último mes. Por eso era bello ser llevada, con dulzura y comprensión, por ella que había vivido en México en el año 1989: en el D.F., en Acapulco, en Monterrey, recordaba todo con alegría, con emoción, con nostalgia; sus impresiones de la Ciudad de México a tramos devastada por el terremoto; el terremoto de verdad que padeció en el Radisson Acapulco, las impresiones incontaminadas que conserva de Acapulco: las luces de la Costera y los boliches, la felicidad y la juventud, una primera experiencia laboral en el ramo turístico, amigos y atardecer, los tacos al pastor y los cocteles de camarón; su forma de regresarme, de devolverme.

Creo que me dormí rumbo a Lima. Y en Lima, en su aeropuerto, ya había esperado allí, llegada y salida de Sudamérica, una romantización latinoamericanista, todavía es el gran puerto de América Latina, los acentos de Centro y Sudamérica y el Caribe se entremezclan, me acosté en una sala al azar, en un vuelo que iba a Santa Cruz, Bolivia; me tapé con la chamarra y puse la cabeza en mi mochila, y temblé un poco por el aire acondicionado, y no logré dormirme, y caminé y caminé y me comí un envuelto de pollo con salsa criolla de paquetito, y una Inca Kola, y vi los cinco autores estelares del estante de libros de su Britt Shop: Vargas Llosa, Bryce Echenique, José María Arguedas, Jaime Bayly, Santiago Rocangliolo.

Desenchufé el cuerpo a Bogotá. Antes de las siete de la mañana el avión descendía sobre las verdes, frondosas, agrestes montañas colombianas, también un país de sierras y cordilleras, la necesidad de la montaña plenamente aliviada. Eso fue el miércoles 2 de diciembre. Pero hace unas frases que escribo en Polotitlán, de madrugada, con mucho frío. Ayer saqué la cabeza por una ventana y vi estrellas demasiado nítidas, brillantes y espectaculares, no había visto unas así en todo el año; pero hoy otra vez está opaco. Mi hermana dice que hubo lluvia de estrellas (domingo 13 de diciembre). Los días pasan y los detalles se olvidan más y más, pero no importa, es inútil pelear con el deseo, la compulsión: no me importa lo largo y lo aburrido, el exceso de detalles.

En El Dorado: guardaequipaje, subir arrastrando la maleta reducida a 27 kilos por el elevador, el cajero, los miles de pesos colombianos, los buenos recuerdos de los ceros múltiples, la negociación con el guardaequipajero, el arreglo de la mochila para el día y medio en la ciudad, el tinto grande y el espeso jugo de lulo, el inicio del trayecto en Transmilenio a Cedritos, una hora y media aproximada de viaje, con cuatro cambios de autobús, un baño público (500 pesos), instrucciones que seguí al pie de la letra, una de ellas: en el punto más alto de un puente peatonal caminar hacia las montañas; un local debajo de aquel puente, antes del último autobús desde el que logré ubicarme gracias a las rampas de skate, un «guardabocas» de fresa o membrillo, la ruta por SITP anaranjado, una ciudad con problemas similares al D.F. pero con voluntad de ordenar su sistema de transporte público, más bicis en las calles, cerros y verde rodeando la ciudad, una modernidad interrumpida, yo recordaba el ladrillo rojo de los edificios bogotanos, algunas marcas y anuncios de comida, caminé perdida por el barrio, con la mochila perforándome los hombros; avistamiento de dos Oxxos, orientación posible gracias a las carreras y las calles numeradas; llegada al departamento, a los gatos, Mau y Moe, una siesta larga, reparadora, un baño hirviente, caminata en busca de un jugo, de lo que fuera: en una panadería-fonda uno grande de moras, que tomé en dos tragos. Después pasé a una tiendita y compré una Pony Malta y un Postobón de manzana, color rosa. Regresar a aquel país, por fin. La primera vez un mes en Colombia, siempre me digo que lo conozco casi todo, de Ipiales a Barranquilla, pero no es cierto, falta tanto, y ahora, con más ganas que antes, lo habito menos de treinta horas.

Más tarde: la amistad. La conversación. El paseo en bicicleta. En la tele, Santa Fe y Huracán se disputaban un partido de futbol, Colombia contra Argentina, el sabor colombiano en Argentina, más Colombia que México en Argentina, las frutas y la arepa de queso con mantequilla y sal, en un puesto a algunas calles, la cena (bici), las fotos de la boda, Buga en fotos, el hermoso valle colombiano, un capítulo de Pablo Escobar, un cansancio pertinaz. Sueños recortados. Jueves 3 de diciembre. Un baño. No había desayunado papaya en varios meses. Tengo una fijación por las frutas colombianas. Despedida de mis amigos, despedida de Mau y Moe. Mochila. Más pesada, con curubas, feijoas, lulos y mamoncillos, y otros encargos. Caminata a la parada. Chica (guapa, alternativa) que leía una novela de Laura Restrepo (¿cuál?) en el 18-3, anaranjado, atravesando la séptima carrera al pie de un cerro verde, y coches, y tráfico, y puentes, y edificios, sentada en el piso, de pie, otra vez en el piso, durante hora y media. La señora del jugo en estación Universidades, pero váyase con cuidado, el acento cantado que se me va pegando, se me va montando, el eje ambiental, la librería Lerner, Cárdenas y González, las frutas sobrantes en una bolsita, para regalar, una caminata a solas que yo había dado en compañía hace seis años, con Maria, con Rafa, con Andrés y Lina, con el alemán, del Museo del Oro a la Plaza Bolívar, era enero, también había un arbolito de Navidad, grande, en medio de la plaza; yo tenía veintitrés años.

Operé milimétricamente, calculé los minutos, fui concentrada y eficiente, cargué la mochila con resignación, muchos kilos amarrados a la cintura con un cinturón extra que me distribuía el peso, para entonces todo me dolía, cuatro días de esfuerzo físico, déficit de sueño, en realidad eso también me daba miedo, la noche de la crisis, someterme a un viaje tan cansado sin haberme preparado para ello; pero de todos modos caminé, di unas vueltas, saqué unas fotos, luego ya ninguna, solamente contemplé, caminé unas treinta cuadras por la séptima peatonal, llegué a la estación subterránea del Museo Nacional, recorrí todo el andén, volví sobre mis pasos y me adherí a la fila del K86, daban la 1:35, yo tenía que estar en el aeropuerto a las 2:15 a más tardar, tenía que recoger maleta, redistribuir con mochila, arrastrarla por todo el aeropuerto en un carrito, debía pesar menos de 25 kilos, la revisión exhaustiva, la fila de migración, el oloroso, finísimo café con los últimos 60 mil pesos, que perdí en algún momento entre el avión y aduana (las frutas, envueltas en aluminio, ocultas entre la ropa, descubiertas por la tal Senasica, que revisa con rayos equis los vuelos procedentes de Sudamérica únicamente), el agua llamada Renacer, la búsqueda de la sala, en un mezzanine, solitaria, mexicanos, el acento, la encuesta del Ministerio de Turismo, el vuelo, la lectura, el cansancio, el atardecer, el sueño, la agitación.

Todo lo demás es mío, es otra cosa. No alcanzo a registrar, ya no hay forma, queda fijado sin ser fijado. Nuevamente el afuera es diferente, retomé una vida social diferente, atiborrada, diciembre y popularidad por la distancia, reuniones, fiestas, cenas, visitas, conversaciones, no he visto a todos, ¿cuántos son los míos?, bastantes, por lo menos alguien en cada vida nueva, sin duda allá -ahora es allá- tengo una vida, más modesta, menos sociable, pero una vida, que me ha fragmentado una vez más, debo recomponerme, fui trasplantada, aquello ahora es el pasado, un post escrito de manera intermitente durante tres semanas, todavía se siente poco tiempo, rebobinarse al invierno, otra vez un invierno, calor y sol escasos, apenas empezaban, luces de la Navidad, las luces parpadeantes, la Navidad siempre me deja un poco triste. Hace dos semanas conocí a un niño, Sebastián, que nació el mismo día que yo, 26 de mayo. Le dije que yo soy de 1986. Me dijo, entre otros temas, que él es de 2008. Estuvo mucho rato en la casa y cuando se fue, en el refri, dejó estos versos:

versos

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Pronto olvidaré los detalles…

…de un fin de semana en La Plata.

Yo quería subirme a un autobús. Quería la separación que da el trayecto de autobús. Yo siempre me quejaba, antes, de vivírmela en autobuses, de tomar uno cada ocho días, cada quince, una vez cada mes, desde que recuerdo. Por eso quise vivir en algún lugar donde mis fines de semana estuvieran asegurados. Pero después, como siempre pasa, vi que necesitaba ir a una terminal de autobuses y subirme a un autobús y ah, el ritual: la ventana, la mochila en los pies, los audífonos, el libro o no, el cuaderno o no, la película o no, dormir o no, y siempre tras mirar un poco a las personas que van viajando también.

Los trámites se alargaron, hice la fila dos veces, al aire libre, en la plaza frente a la estación Retiro, en esa zona donde la ciudad se va desvaneciendo, se va llenando de espacios vacíos. Pero no me enojé, esperé. Y cuando por fin pude entrar y escoger mi asiento, ah, ridiculez: sentí hasta emoción. Me resultaba cansado lo que hacía en México antes, tomar el metro y transbordar en La Raza, cruzar la enorme terminal del norte, tomar el autobús a Polo, bajarme en el km 133… Pero a veces también suponía una pausa y un descanso.

Bueno. Me subí al autobús. Ventana. Del lado derecho, como casi siempre. Un error, porque de ese lado la ciudad de Buenos Aires se fue convirtiendo en el conurbano bonaerense, la pobreza de los márgenes se fue revelando, las viviendas precarias y unas vacas pastando, y espectaculares con candidatos electorales, y unos niños jugando futbol en un claro, pobres, mal vestidos; después el club aéreo de Río de la Plata, hangares blancos, avionetas estacionadas, un cartel: APRENDA A VOLAR. Pasto reseco. Más adelante, humo del corte y quema. Árboles raquíticos. Una avioneta en el aire, volando. Del otro lado del autobús, del pasillo izquierdo, llanura pura.

El inconfundible olor a pipí. Una señora hablando por teléfono. El amenazador llorido de un bebé. De mi lado no hay vastedad. Del otro sí. Un tractor, más propaganda electoral, y luego los tímidos comienzos de una ciudad pueblo de casas bajas y pocos coches.

Me gustó La Plata. Me gustó el aire socialista -esos edificios altos, rectangulares, manchados de humedad- que se respira en la Plaza Moreno, donde está la catedral. Después esta impresión se diluye en sus calles anchas, con mucha arquitectura europea clásica -de pronto interrumpida por edificios ochenteros-  y los famosos tilos que, según leo, es su árbol emblemático. Una ciudad planificada como poquísimas en Latinoamérica, un cuadrado perfecto surcado por diagonales -la ciudad de las diagonales, la llaman- y plazas que aparecen en cada intersección de avenidas, hasta sumar 23, leo en Wikipedia, además de representar el paradigma del «higienismo». Diría que unas cuantas calles densamente comerciales en el centro, con tiendas y servicios para locales y turistas, para gente con mucha lana y gente con poca, y otras calles solitarias, tranquilas, vacías, que me hacían sentir en Polo (vi una carreta empujada por una mula).

Buscaba un cuaderno. Llevaba uno, pero para otros fines. Muchas vueltas en círculo, como siempre. Y otras que me desubicaban, me desnorteaban. Pero las calles numeradas facilitan todo. Evité un tramo de la 50 muchas veces, que después reveló una librería Ateneo a medio cerrar, donde venden un cuaderno que yo codicié. Antes había entrado a una tienda de fayuca china y me emocioné un poco porque pensé en Oracle Night: el narrador y protagonista encuentra un misterioso cuaderno azul en una papelería china; en él escribe la historia de un escritor, como él, que tras varios giros de la trama termina encerrado en un búnker y al que después ambos autores -Auster y Sidney Orr- dejan abandonado (la angustia que, a la fecha, siento por el personaje encerrado durante toda la eternidad). Ese cuaderno en el que escribirá más tarde, impelido por una fuerza extraña, la historia que pudo o no suceder entre su esposa y su amigo y mentor.

(a veces me pregunto si volveré a leer otro libro de Paul Auster, creo que lo agoté demasiado; creo que en este momento de mi vida me interesa demasiado la literatura escrita en español).

Los cuadernos de la fayuquería no me convencieron y después terminé adquiriendo uno en Todo Moda, un sencillito de forma francesa, de hojas blancas, con estampado de pata de gallo en turquesa. Por la hora, más factible refugiarse en un bar que en un café: un irish pub, Wilkenny, donde fui observando a los asistentes emborracharse paulatinamente. Entraron unas promotoras de Philip Morris y nos regalaran objetos como: una playera y unos lentes con ojos falsos. Ahora releo mis apuntes, um.

(recuerdo que esa tarde me ladraron dos perros, lo que siempre me pone en un ánimo lóbrego debido a mis misticismos e intachable historial con los canes).

Ah, qué noche. Me quedé en un hostal barato, en una típica casa argentina de las que llaman chorizo: larga, con un pasillo por el que se distribuyen las habitaciones, con techos muy altos, puertitas de madera y hierro, y mosaicos pintados. Apenas había dormitado una hora o menos cuando entró al cuarto una mujer de botas muy largas, que hizo mucho ruido y me despertó. Ya no pude dormir. Ya no pude. Me moví inquieta, me di vueltas, abrí Twitter, Facebook, Instagram, Gmail, fui al baño -un chico jugaba un videojuego de computadora; el otro, el encargado, estaba sentado en un sillón de la sala-, tomé agua, sentí calor, sentí frío, me acosté, di muchas vueltas, empecé a angustiarme, la angustia me subió, me inundé. Las cuatro, las cinco, las seis. A las seis empezó a roncar alguien en el cuarto, muy fuerte. Alguien más se despertó y tosió muchas veces pero el concierto no se aquietó. Los ronquidos venían de la parte superior de mi litera. Estiré los brazos, hundí los dedos en el colchón, le di golpecitos a la madera para que dejara de roncar, pero no dejó de roncar nunca; de pronto, a mi costado izquierdo, en la penumbra, apareció un pie enorme que se fue alargando hasta formar una pantorrilla larguísima y después, a su lado, otra pantorrilla que se hizo más larga todavía, hasta contornear un muslo, metro y medio de extremidad, y todo esto yo lo observé estupefacta, con una sonrisa congelada de miedo. Por fin la altísima mujer tocó el piso y se estiró toda: sólo vi la silueta negra, duramente negra, mientras el ronquido persistía: no era de arriba de donde venía. Intenté dormir. Dieron las siete. La luz del día no entraba al cuarto, la ventana estaba tapiada. Alguien más entraba y salía del cuarto: la puerta, avejentada, no cerraba bien y se abría y cerraba hacia las estrechas escaleras, iluminadas por un foco amarillo, por las que se llegaba al cuarto. Un aire frío me caía en la cara intermitentemente. No sé en qué momento me dormí, no sé en qué momento entré a ese otro lugar, con un pedazo de la conciencia en el sueño y otro en la vigilia, y en aquel lugar yo sabía que no podía o no debía mirarme al espejo, y sin embargo me veía: mi cara, con gran nitidez, reflejada en varios espejos.

Después viene lo de miedo. Hubo sobreposición de planos y ahí, en el sueño, con la conciencia de los sueños sobre las cosas, yo estaba en el cuarto del hostal, acostada, mientras una figura negra, negra, pero humosa, como una sombra, entraba por la puerta que rechinaba y se acercaba a mí y se metía a la cama y, a punto de abrazarme, de rodearme con un aliento frío sobre la oreja, abrí los ojos como quien abre una alacena, de golpe, y exclamé chingatumadre y me levanté.

Desayuné sola en la mesa de madera de la cocina, café soluble y pan con mermelada de durazno y el ubicuo, ya casi casi chole dulce de leche, temblorosa todavía por la pesadilla, leyendo un cuento lindo de Hebe Uhart para despejarme. Después, a punto de irme, fui retenida por una mujer alta, llamada Eva, nacida en Taiwán, con un muy buen español argentino, quien por lo visto quería practicar el idioma y quien, después hilé, fue la mujer de botas largas que me despertó y, sobre todo, la dueña de los ronquidos pertinaces. Platicamos. Alguien más que no reconoce mi acento, que me lo halaga y me halaga en el ínter, que resultó trabajar en el Sheraton que yo siempre miro durante mis estancias en la plaza San Martín, un personaje raro y pintoresco, de los que suelo ligar en hostales.

Salí al domingo: solitario, frío pero soleado. Caminé por los paseos de los tilos. Crucé la ciudad para llegar al Museo de La Plata, de ciencias naturales, pero en el camino, donde hay un laguito con botes y un paseo con puestos de dulces -toda esa parte me recordó a Chapultepec pero en pequeño, en laplatense, en colores apagados e invernales-, por equivocación entré al zoológico. Evito los zoológicos, en primer lugar por las serpientes y en segundo lugar porque es casi siempre, sin excepción, un espectáculo profundamente triste. No fue la excepción ¡en nada! Gatos monteses, changuitos y cóndores del cono sur en prisiones deprimentes, jaulas demasiado chaparras, cuartos demasiado estrechos, cisternas horrorosas.  Y en algún momento, leleando, caí en el herpetario, del que emprendí la carrera de forma harto ridícula. Traía las emociones a flor de piel, por la pesadilla, por las hormonas (es un hecho dado, que las hormonas nos afectan a las mujeres, que nos hacen presas de sí, que nos producen engaños y confusiones respecto a nuestros propios sentimientos, obligándonos a discernir, tontamente, los que son verdaderos de los que son producto de los ciclos del cuerpo enemigo, el sinvergüenza), en fin, por los acontecimientos recientes de mi vida. Los ojos se me llenaban de lágrimas mirando lo mismo a los animales que a unos cristianos practicantes disfrazados de payasos que a los niños y a las familias de estos niños, con el pensamiento de la pobreza, de las cruzadas diarias a las que obliga, de la intención y la concreción de la intención de dar a los niños algún entretenimiento, una salida feliz, una ilusión, con poco o casi nada de dinero, lo que a su vez me hacía pensar en mis papás y en mis hermanos y en nuestras infancias, que ellos procuraron felices a pesar de los vaivenes económicos. EN FIN. Demasiada intimidad. El punto es que estas ideas se tornaron más abstractas e inquietantes en el museo, ante los huesos de animales prehistóricos, ante las monografías de las eras geológicas de la tierra, de Pangea, del sistema solar, de la galaxia, del universo (otra vez: Melancholia). Y todo en una agradable soledad, en un diálogo interior, en la autonomía de acción y, lo más extraño, con buena disponibilidad de tiempo.

Antes de irme comí un sobresaliente arroz chaufa y un buen tamal de pollo en la plaza Moreno, donde había un festival de productos peruanos (ay, la gastronomía salada es el ámbito en el que los argentinos exhiben menos imaginación que en ninguno). Llegué casi de rodillas a la estación de ómnibus, me formé junto a una chica goth, me concentré en mis dolores (el viernes emprendí clase doble de yoga), en mis pendientes, en lo cercano que era todo a lo de antes, esperar el autobús al D.F. los domingos, sólo que esta vez el trayecto fue más corto, me senté del lado de la llanura infinita pero no logré mantenerme despierta salvo por cortos tramos, el autobús entró a Buenos Aires y a la avenida 9 de Julio, me bajé a cuadras del departamento y la luz del crepúsculo era espectacular.