La otra isla ~ El mediodía acabó

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Aventuras culinarias en Francia

20 Lunes may 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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No tags :(

El año pasado que fui a París por primera vez, el presupuesto era evidentemente reducido. Todos los presupuestos son reducidos en París. Olga (y Jordy, los dos días que estuvo) y yo íbamos al Carrefour o al Mono Prix y comprábamos el cliché parisino, en barato: baguettes, quesos semi-añejos, charcutería de quinta, papas fritas sabor barbacoa o vinagre, los vinos más baratos del mundo, que no rebasaran los cinco euros ni bajaran de los dos, porque eso ya era sospechoso. Cuando tenía mucha hambre comía kebabs con mayonesa y papas a la francesa grasosas. Fui dos o tres veces a los dos mismos restaurancitos árabes sucios, por casualidad o por comodidad, en la Bastilla y cerca del Canal de St. Martin. Cuando llegábamos al estudio de Olga, le poníamos salsa Valentina (que le llevé) a todo lo que colocábamos en un plato. En resumen, esa estadía en París, la capital de la gastronomía, fue un desastre culinario.

Ahora tengo un trabajo que me permite viajar y comer de formas inaccesibles para mi presupuesto. Entonces, fui a Francia. A la región de Aquitania, en el suroeste, donde está el País Vasco francés. El otro sur. Cinco días sin los traslados. En esos días comí mejor de lo que he comido nunca en mi vida. Atisbé brevemente la grandeza, la tradición y la innovación de la gastronomía francesa. Fue nada, una prueba rápida. No fue comer con lujo (¿Qué se entiende por lujo? Alguna vez leí que es solamente la ausencia de mal gusto). El lujo no es el precio, la elegancia o la presentación de la comida. Lo importante para mí era comer desde una tradición, pero también desde la creación de una mano en particular (el trabajo de un chef).

Relevante: comimos en tres restaurantes con estrella Michelin.

El primer día fue en un pueblo cerca de Biarritz, St. Jean de Luz, en el corazón vasco francés. Zoko Moko tiene un chef de 26 años, Remy Escale. El restaurante podría ser condesero, con paredes de piedra, mantelitos blancos, espacio rectangular sin mayor fanfarria. Empezó con una sopa fría de chícharo y menta, que he visto replicada en un montón de lugares. Luego, un generoso, redondo y grasoso pedazo de cerdo con papa rellena y mancha de salsa de mango. Reniego de las manchas, pero están en todas partes. Como postre, un cheesecake que tenía apariencia de milhojas: tres pisos crujientes y crema pastelera de queso.

Simple pero aún no, dijeran, jaw-dropping.

Esa misma noche cenamos en La Rotonde, el restaurante con una estrella del Hôtel du Palais (antiguo castillo imperial de Napoleón III y su esposa Eugenia, ahora convertido en hotel categoría palais, donde pasamos dos noches). Lucie, la chica de PR del hotel, nos dijo que el chef, Jean-Marie Gautier, está frustrado porque no alcanza la segunda estrella, cosa entendible porque también tiene que supervisar los otros dos restaurantes del hotel. Comimos langostinos y un pescado llamado Pez de San Pedro, o Saint-Pierre, de la zona. En el postre, un arreglo decimonónico, había compota de ruibarbo, un raro vegetal devenido en fruta que parece un apio rojo.

Langostinos.

Postre vestido de niña quinceañera.

Después escribiré del viaje. Después otros detalles. Ahora, la comida.

Llegamos a Bordeaux. Gwenaëlle, la encargada de turismo, nos llevó a una calle que prácticamente le pertenece a un excéntrico señor llamado Pierre Xiradakis, que tiene cinco restaurantes ahí (un bar, una marisquería, un bistrot con influencia española, un café y uno de comida tradicional del sur de Francia) y un hotel con cinco habitaciones que él mismo decoró con muebles comprados en bazares y mercados de pulgas. Comimos en La Tupiña, el tradicional. Una crítica de restaurantes escribió de él que si Disney recreara la comida del suroeste de Francia, luciría como este lugar: una cacerola de cobre sobre las brasas, una canasta con vegetales frescos, un montón de quesos, una chimenea, un olor a grasa de animal y hierbas. Comimos, sin tiempos ni orden: cordero, faisán, foie gras, frijoles blancos, jamones y embutidos, pescado fresco, papas fritas en grasa de pato.

DISNEY DREAMWORKS.

Estuvimos en dos châteaus viñedos. Tomamos vino. Más papas fritas en grasa de pato. Pain perdu: el pan francés, en Francia (que se hace con pan viejo, perdido). Pastel vasco, relleno de crema. Montones de macarons, de los que más bien parecen pedazos redondos de pan y que son típicamente vascos, hasta los parisinos que son como de una materia tersa y transparente. Preparados de chiles rojos de Espelette, que un tipo peculiar cultiva y comercializa…

Verdaderas PAPAS A LA FRANCESA.

Pastel vasco.

Variedad de postres en un lugar cuyo nombre no recuerdo de Bordeaux.

Escupidera no opcional.

Quesos muy rancios.

Luego fuimos a París. Un día y medio. Menos, casi. Llegamos un viernes por la tarde, pero sólo pude salir, ver el Arco del Triunfo (estábamos a dos cuadras) y regresar al hotel, porque teníamos actividades y actividades y actividades. Cenamos en el restaurante del hotel (La Cuisine de Le Royal Monceau), que tiene otra estrella Michelin. Empezó simple, unos ceviches, unas entraditas, y luego trajeron ternera con espárragos y hongo Morchella. Oh. Oooh. Aquello. Quise llorar. Tal vez fueron los vinos, tal vez ya estábamos entonados y el pequeño grupo empezaba a sentirse cómodo (al fin, después de tantos días), o tal vez eso es lo más hermoso que he comido. Los meseros y las meseras son bellos. El sommelier es tan distinguido. Los quesos vinieron y más vinos también. Luego hicimos nuestro propio postre con el chef repostero. Ya eran casi las dos de la mañana cuando abandonamos el lugar.

BELLEZA.

Mi postre en equilibrio.

Al otro día tuvimos un pequeño lunch por la mañana y después cada quién hizo lo que quiso. Entonces, fui con Olga y David a caminar por París. Nos sentamos en el pasto cerca de Les Invalides y sacamos nuestras bolsas de Carrefour: charcutería de quinta, quesos de quinta, papas sabor queso y dos botellas de vino barato.

Cenamos hamburguesas de dos euros en un Quick.

 

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Man with a plan

14 Martes may 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Mad Men

Don Draper/Jon Hamm en Man with a plan.


Don pierde el control de todo. Así pretende recuperarlo. Hasta la voz le cambia. Es detestable. No es el Don que amas, sino una copia terrible.

Pero luego…

Es otra vez un niño que implora.


Es tristísimo ver a Don desamparado. El hombre que es abandonado: si la llegas a ver, esta imagen no se borra nunca.


Otra vez la mirada hacia Megan como la de este capítulo. Algo bello y lejano que se mira con desapego, como una pintura.

Me encanta que Don ha sido testigo de los dos últimos asesinatos políticos del año con la mente concentrada en Sylvia. Además, ya está viejo.

No es este Don, que en este capítulo apareció de nuevo, como un recuerdo:


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La muerte detrás del umbral

09 Martes abr 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Mad Men

El capítulo se llama The Doorway: un portal, una puerta, una ventana, un puente.

Finally you go through one of these things, you realize that’s all there are: doors, and windows, and bridges and gates. And they all open the same way. And they all close behind you. Look, life is supposed to be a path, and you go along, and these things happen to you, and they’re supposed to change your direction. But it turns out that’s not true. Turns out the experiences are nothing. They’re just some pennies you pick up off the floor, stick in your pocket. You’re just going in a straight line to You Know Where.
Roger

Hay dos clases de muerte en este episodio: la que sucedió de manera natural y transcurre en la paz y la tranquilidad, una muerte casi-casi zen, como colofón de una larga vida, privilegiada y aparentemente llena de amor (si bien, como sucede a menudo, este amor corría en una sola vía). La otra muerte es mucho más angustiante, a la manera de los rusos: es la muerte temida, la muerte que es a la vez una certeza (todos moriremos) y un temor anidado en lo más humano y vulnerable (y también: primitivo). Tolstoi escribió, en La muerte de Iván Ilich:

Antes había luz aquí y ahora hay tinieblas. Yo estaba aquí, y ahora voy allá. ¿A dónde? (..) Cuando yo ya no exista, ¿qué habrá? No habrá nada. Entonces ¿dónde estaré cuando ya no exista?

Cuando Don da su pitch, The jumping off point, con la imagen de la ropa tirada en la arena -que además está en grises, tonalidad mortuoria de por sí-, sentí escalofríos: era tan evidentemente una referencia al suicidio que lo más sorprendente era el hecho de que Don no pudiera verlo y que, al presentarlo, volviera tan transparente un deseo (pero no deseo, tal vez idea, tal vez intuición) que Hawaii le despertó: la muerte.

Don, de pie frente a su ventana, recto, inmóvil, lo que mira es el mar que a él lo alivia (edificios, el caos de la ciudad); por eso escucha el océano. Pero es otra cosa también: un abismo. Del otro lado sólo es posible la muerte. Se lo revela al doorman que atravesó también una puerta -la última puerta- y regresó a la vida: escuchaba el océano. Don estaba muriendo en ese momento. Don está muriendo.

(Pero todos morimos. Todos estamos muriendo mientras vivimos. Cada día vivido es uno menos a la cuenta final. Es esa muerte pero, también otra, más específica.)

Regreso entonces a la escena con el fotógrafo y el encendedor. Don lee con atención una frase que parece anodina: In life, we often have to do things that are just not our bag. Y después, el fotógrafo le dice: just be yourself. Hay, obviamente, una reflexión (más bien, una iluminación repentina, un Eureka personal) en ese momento. Empieza a acariciar una idea, o a asumirla: Don Draper no es Don Draper. Don Draper es Dick Whitman.

Recuerdo en la memoria defectuosa de las lecturas digitales, algunas entrevistas con Weiner que sugieren que Don podría dejar la publicidad. Aunque es algo que claramente ama, o que amó en algún momento, siempre está latente la posibilidad de que abandone su profesión. Y no sólo eso: que abandone su vida, la vida de Don Draper, que no está en su saco. Megan, la firma, el departamento: no son su responsabilidad. Son la vida de Don Draper. Y él, como hombre (como hombre anónimo, como héroe anónimo), ha sabido renacer, ha escogido qué tipo de vida vivir.

En esta vida (pero seguramente en la siguiente también) está distanciado del mundo. Por eso en Hawaii no habla. Está ausente. Y mira esta vida a través de un cristal, o en un cuadro: algo bello y feliz, pero distante.

A diferencia de Megan, que en su juventud puede seguir atravesando puertas, cada vez más luminosas (al menos en su promesa):

Megan tiene la vida por delante mientras que Don, de espaldas, mira la muerte.

¿Qué piensa Don Draper? Siempre me ha intrigado. La imagen es poderosa porque él está de espaldas, su rostro no se ve. ¿Cuál es el gesto, cuál es la determinación? Don es inaccesible. Don es el hombre sin rostro de los créditos, cayendo por un precipicio. En su separación del mundo está la soledad, la convicción de que el hombre nace y muere solo. Esto, que él ha rumiado a lo largo de los años, se hace más evidente porque, en verdad, resulta que se ha quedado solo: Peggy era la última persona que realmente lo conocía y ahora no está (tampoco Adam, tampoco Anna). Megan no lo conoce. No parece importante, nadie lo menciona, pero es Navidad y no ve a sus hijos. Llega borracho al funeral de la madre de Roger y vomita cuando atisba un vínculo del que carece: Roger no sólo tiene una familia sino un linaje con toda clase de símbolos y tradiciones (las aguas del Jordán en que fueron bautizados él y su hija) y además fue amado con ese amor filial e incondicional que Don, sencillamente, no conoce.

¿Qué queda, entonces? Ah, la búsqueda, cada vez con menos posibilidades. Don ha agotado muchas. Ha alcanzado tantos picos, con el trabajo y la pasión, con el dinero y el reconocimiento, con las mujeres y la familia (sus hijos, que intentó proteger al casarse con Megan), que más bien las cosas van a la inversa: vas perdiéndolo todo hasta morir solo.

And now I know that all I’m going to be doing from here on is losing everything.

 

Anecdotario mortuorio de The Doorway:

La muerte desde la perspectiva del que está a punto de atravesarla.

La muerte como referencia persistente, cotidiana.

Don es un cadáver.

Megan cierra sus ojos como se hace con los cadáveres.

Y Don mientras lee:

 Midway through our life’s journey I went astray from the straight road and awoke to find myself alone in a dark wood.

 

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Fiction is the lie through which we tell the truth

05 Viernes abr 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Mad Men, temblores

Ayer que tembló estaba viendo The Phantom, el último episodio de la quinta temporada de Mad Men. Estaba tan concentrada, tan embebida en la reflexión y admiración que me inspiraba, que no me di cuenta del temblor, hasta que Pau abrió la puerta y me dijo: está temblando, y yo me puse las chanclas, y dejé el celular sobre el buró, casi a propósito, como pensando: no voy a salvar esta cosa, no soy tan ruin, y bajamos las escaleras hacia el patio, donde los vecinos esperaban, nerviosos y pasivos. El corazón latiendo aprisa. Las manos empapadas con un sudor helado, viscoso. Nuestro tercer piso, agrietado. ¿Quién le teme a los temblores porque son temblores? Le temes al derrumbe, a los escombros, al hotel Regis. Carajo, ¿hay que tener menos dos dedos de frente para entenderlo?

**

Pensaba en Mad Men, en la fuerza que tiene gracias a que es una historia contada en temporadas, con ciertas reglas narrativas que le permiten no ir contando nada (no hay historia: hay un hombre) y sin embargo determinar su tema con fuerza y contundencia. No me refiero a la famosa “narrativa a largo plazo” (¿qué es eso?), sino al hecho de que Don tropieza con diversos obstáculos en cada temporada, ‘resolviéndolos’ para avanzar como en un juego de mesa, pero que quedan ahí, colgando como una tela de araña invisible. Luego, jamás superados, aparecen de nuevo, como en The Phantom. El tema general sería la búsqueda de un hombre a través de los años, y en cada año nuevas aventuras que prueban ser las mismas, y al final de cada una, entendimientos que también están equivocados. Rebobinar. Otra búsqueda. Error. Rebobinar.

Un Sísifo.

Es un personaje muy hermoso, con el objetivo manifiesto de ser un mejor hombre, que siempre se queda en el camino: actúa con egoísmo, con avaricia, con estulticia incluso, y en el tormento no hay iluminación o avance, sino la piedra enorme que es la vida.

Al fin, entendí lo que pensaba mientras ve el reel de Megan. La primera vez que vi la escena, que transcurre en silencio salvo la música, el humo del cigarro iluminando el haz del proyector, la hermosa cara de su esposa en blanco y negro en la pantalla, la mirada, la expresión de Don me parecieron muy enigmáticas. Qué pensaría ese hombre, pensaba yo, y no saberlo me intrigaba tanto como me seducía. Pero ayer, mientras temblaba sin darme cuenta, creí entender esa mirada. La ternura hacia ese algo hermoso (at last, something beautiful you can truly own) y a la vez el desapego, la distancia, una breve comprensión: la felicidad no es una persona. La felicidad no está en la belleza.

Otra cosa: Don Draper es tan cabrón porque es Jon Hamm. Y Jon Hamm es tan cabrón porque es Don Draper. Jon Hamm es un tipo tan relajado, tan chistoso, tan poco consciente de su belleza y talento, tan barrio… Es fácil querer a Jon Hamm. Un tipo fiel a su novia/esposa de años, concentrado, poco glamouroso. Pero como Don Draper, es sofisticado, adúltero y atormentado.

Y concluir: además de esta búsqueda, tan genuina y humana, Don Draper genera una devoción inusual, pues es un hombre privilegiado con El Mojo. Es maravilloso asistir a su angustia mientras se admira algo que pocos tienen. La última secuencia: Don saliendo del set, de la nueva vida que creyó le proveería felicidad, caminando a un bar, Nancy Sinatra cantando ‘You only live once’, dos mujeres preguntándole si viene solo, y entonces, otra vez, su mirada impenetrable.

Im-pe-ne-tra-ble.

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Hoy en el metro, en el pasillo de Auditorio, había mucha gente leyendo la portada del periódico Metro: era una tragedia.

 

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03 Miércoles abr 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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No tags :(

Vuelvo a mirar a la gente, a convivir con ella (“la gente”, como una masa) por periodos cortos e incómodos: en el camión, en el metro, en los cruces peatonales. A veces siento cariño por personas desconocidas, pero también, con frecuencia, ciertas cosas me llenan de ira: su conducta estúpida e impráctica en las escaleras eléctricas, la rudeza, la vulgaridad (entiendo la vulgaridad de una forma literaria, con esa intención la escribo), la conducta gandalla, la torpeza, la lentitud. La circunstancia es ésta: el DF es cada vez más inhabitable. La gente sobrevive. Y a la gente que sobrevive ya no le importa nada.

Antes me asaltaba una inquietud: todas las caras anónimas que veo en la calle son nuevas. Esta novedad obliga originalidad. ¿Será cierto que cada cara nueva es diferente de la última cara que vi? Tantas combinaciones y posibilidades. Adivino los rasgos de la gente que camina delante de mí: el tipo de nariz, el tipo de mirada, qué expresión y gesto hará y con qué intenciones. Todo es diferente siempre, excepto que nunca será recordado: la gente es una masa.

Ahora también debo aprender a convivir con muchas personas nuevas. Y esperar a que se vea y se conozca una parte de mí. Después de un periodo de reclusión y escaso contacto humano, me cuesta trabajo. Vuelvo a estar dentro de mí, pero no como antes. Habito un cuerpo desconectado, zombificado. El regreso a la vida es penoso y prolongado.

 

 

 

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02 Martes abr 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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No tags :(

Acabo de ver lo más triste que veré esta semana: una mujer, con la cabeza rapada, empujaba un carrito de supermercado. Yo iba atrás de ella. Sus pants tenían manchas secas de sangre en el trasero. No era sangre derramada. La imaginé sangrando cada mes, sin que le importara.

Hay cosas que, de tan tristes, resultan intolerables.

 

 

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25 Lunes mar 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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No tags :(

Palmas, a cierta hora, se convierte en un vórtex del que es difícil salir. Esta parte de la ciudad te traga. No hay forma de salir de aquí con dignidad: ni en automóvil ni en transporte público, no hay forma de ganar. Si cometes un error de cálculo y aún permaneces aquí cuando los ríos de claxons chorrean por la avenida, estás perdido.

Pero ahora, aquí, siento que vuelvo a participar en el mundo.

 

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Relación de temblores

25 Lunes feb 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Cine, Miedo

Bromeaba el sábado: leí en una TvNotas que una actriz embarazada se mudó a Los Ángeles porque su papá muerto se le apareció en un sueño y le dijo que en el DF habría un gran terremoto del que no sobreviviría.

En eso, se fue la luz. Estábamos en la fila de la dulcería del Cinépolis Universidad un sábado a las siete treinta de la noche. Antes, al caminar del estacionamiento al cine que es como una torre altísima encima de la plaza, las grandes cantidades de gente me subieron el pulso. Parece que la agorafobia (que es el miedo al miedo o a padecerlo en situaciones de riesgo) se confunde con la enoclofobia (que es el miedo a la gente). Entonces, ¿cómo? ¿Enoclofobia? Pero, mientras caminábamos, también recordamos que las grandes multitudes de un concierto o un festival no resultan jamás molestas; entonces, esta enoclofobia repentina era más bien una cosa pretenciosa, de último momento.

Luego, dije, se fue la luz. Y en la oscuridad nerviosa, A: ¿Supieron que tembló hace poco? Entonces, sin mediar grandes procesos mentales, pensé de golpe en todos los escenarios catastróficos posibles: la actriz de la TvNotas volaba en mi mente, chocando con el temblor que ocurrió y no sentí, y también con mis recuerdos sobre los temblores, y con mis lecturas obsesivas sobre el terremoto del 85 y con la sensación que siempre imagino de sorpresa y terror, la idea del temblor que pasa cuando nadie se lo espera, en medio de todo y de nada, y que en su rapidez es fulminante. Es cierto también que las circunstancias me hacían particularmente susceptible a caer en la paranoia; de hecho, es probable que éstas fueran las únicas causantes del moderado ataque de pánico que me invadió en la fila de la dulcería del Cinépolis.

**

El primer temblor que sentí en serio fue el de la influenza, abril de 2009. Una vez me quedé de ver con mi papá en el centro para comer, y la ciudad estaba vacía. Caminamos cuadras y cuadras intentando encontrar un restaurante abierto (Ebrard acababa de dar la orden de cerrarlos por alerta sanitaria), y además hacía frío y las calles desiertas del centro de la Ciudad de México a la hora de la comida de un día cualquiera fueron lo más apocalíptico que he visto en mi vida. Y la paranoia generalizada, claro. Las compras de pánico, la escasez de jabon antibacterial. Una tarde, estaba en mi departamento de la Juárez, en un cuarto piso detrás de un pasillo con reja y candado, con la computadora en las piernas, cuando tembló. Fuerte. Los candelabros de la sala se mecían. Abrí la puerta y vi a mis otros vecinos detrás de la reja y les dije: está temblando y ellos se rieron nerviosos y esperamos ahí. Abajo, la gente lloraba. Creo haber leído que una señora se murió de un ataque cardiaco. Era miedo con miedo. Lluvia sobre mojado. Un temblor que otro día habría sido más irrelevante, ese día se sintió con el estómago. Pero, no logró inocularme el miedo a los temblores.

Luego estuvieron los temblores de Chile, que ya conté aquí y aquí. Empecé a respetarlos y temerlos. Los entendí más: el ruido que hacen, ese rugido como de excavadora -que en la ciudad es indiscernible. Un folleto chileno: los terremotos no matan; matan las estructuras en las que la gente se queda atrapada. Antes de sentir un temblor, es común pensar que sería interesante vivir un temblor. De lejos, la experiencia tiene encanto y peligro. Se temen hasta después.

Luego, el temblor de marzo de 2012. La oficina en que trabajaba en la Roma está en un edificio cuyos dos últimos pisos se cayeron en el 85, nos contaban con candidez. Siempre que pasaba un camión, preguntaba: ¿Está temblando? Pero ese día, nos miramos, nos reímos nerviosamente y dijimos: está temblando. Aún todos los de la oficina nos reunimos en la recepción, riendo con torpeza, cuando el tirol empezó a caerse de las paredes, y se nos ordenó subir a la azotea, lo cual hicimos ya francamente asustados, entre grititos. Arriba había mujeres llorando. En la azotea de ese edificio viven los cuidadores, una pareja ya grande; la señora abrazaba a su nieta, que se tapaba la nariz y la boca con las manos, viendo nerviosa a todos lados. Hubo un momento en que nadie dijo nada. Tal vez el temblor ya se había acabado, pero el edificio se quedó tambaleando como un columpio. Y en el silencio, me pareció posible que se desplomara. Lo sentí visceralmente. Sentía ya el vértigo de la caída cuando el piso se desmoronara. Fueron segundos de terror absoluto. Sabía que pronto sentiría lo que sintieron los del 85, ese momento de terror e incredulidad, el accidente inesperado. Pero, no sucedió. Sólo quedó el miedo inoculado.

El sábado, también por la paranoia de la sustancia, pude ver cómo en el temblor se caían partes de la escenografía Cinépolis y en la oscuridad la gente gritaría, habría pisotones, caídas, empujones, violencia, las larguísimas escaleras eléctricas colapsadas, el caos total. Y sería peor en nuestra situación. El corazón me latió tan fuerte que luego el pecho estuvo doliéndome; sudé frío, apreté los puños. Pero sonriendo. Intentando calmarme con la lógica hablada, con el comentario tranquilizador inseguro, hasta con las quejas ramplonas, qué terrible cine es éste, y cuánto nos choca pero no había función en otro, y ojalá pudieran cobrar sin la computadora, y pensando: la Coca-Cola me hará bien. Pensando: cuando imaginas un accidente con claridad antes de que suceda, lo cancelas. Lo imaginado nulifica lo repentino. Estas cosas son terribles porque son sorpresivas y esto ya dejó de serlo. Tengo maestría en salvarme y salvar a los demás del malviaje, el miedo, la angustia repentina; es un talento que no me ha resultado inútil en la vida.

Vimos The Master. La sala estaba atascada (es un error ir al cine en sábado). El tipo que estaba sentado junto a mí cambiaba de posición, se jalaba el pelo, revisaba su celular: estaba aburridísimo y ansioso. Es terrible ver una película como ésta en esas condiciones (ay, y las risitas del público cuando alguien dice “pene” o “vagina”, muestra de nuestra grandeza como sociedad). A la mitad de la película, el suelo empezó a vibrar. Pensamos que estaba temblando y en la ansiedad es posible que hasta algunas palomitas salieran disparadas. Pero luego pensamos que era la sala 4DX, que está al lado. Así, estado de tensión absoluto sin descanso (ideal para ver películas de Paul Thomas Anderson).

En la noche soñé con catástrofes. La sensación no me ha abandonado hasta ahora. Reaviva un miedo reciente: el gran terremoto de la Ciudad de México. La gran sorpresa.

Joaquin Phoenix me tuvo.

 

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Viaje XII

05 Martes feb 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Acapulco

Acapulco está abandonado. Es decadente. Ya no hay nada. El crimen organizado es un tsunami. Todo está deslavado, arrasado. Acapulco es el cascarón de una buena fiesta. Pero fue hermoso. No voy a Acapulco de manera irónica. En mi infancia fui muchas veces. Familia clasemediera con muchos hijos que al fin y al cabo sólo podía pagar Acapulco. Y todas las incomodidades las vives con felicidad, porque estás en la playa. Volví a nadar en la misma playa en que nadé antes, como antes, con el mismo abandono. Viví un sueño consciente. LSD. Arena espectacular, que palpitaba. Luces. El sueño que es fugaz, entonces fue real y constante. Fue hermoso. Acapulco fue hermoso.

 

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Una relectura de Cosmopolis

01 Viernes feb 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Cine, Cronenberg

Esto se publicó en el blog En Pantalla de Letras Libres.

Leí la novela de DeLillo hace unos años y entonces no le entendí. Absurdo y tal vez ignorante, pero al reconsiderarla con la película, quedé impresionada.

–

Hay spoilers a continuación.

 

“…Look. I’m trying to make contact in the most ordinary ways. To see and hear. To notice your mood, your clothes. This is important. Are your stockings on straight? I understand this at some level. How people look. What people wear.”

“How they smell,” she said. “Do you mind my saying that? Am I being too wifely? I’ll tell you what the problem is. I don’t know how to be indifferent. I can’t master this. And it makes me susceptible to pain. In other words it hurts.”

“This is good. We’re like people talking. Isn’t this how they talk?”

 

Empezaré por el pretencioso lugar común de apuntar algunas cosas sobre la novela de Don DeLillo que se han dicho bastante ya: que es posmoderna, que toma de Joyce, que prevé (pero no prevé: entiende) movimientos como Occupy Wall Street, que revela un mundo rápido, frío, digitalizado hasta la ridiculez. Segundo, que Cronenberg hizo una adaptación tan fiel que los diálogos son textuales de la novela (como el de arriba, apenas cambiado en la película), los que, recitados por los actores con voces monótonas, arrojan más costales en el carrito de Cosmopolis. La hacen lenta. Incluso, para algunos, tediosa, pedante.

Un yuppie de Wall Street quiere ir a cortarse el pelo hasta el otro extremo de Manhattan. Hay un tráfico espantoso, producto de la visita del presidente y del funeral de un rapero sufí. El yuppie, terco, se sube a su limosina, recibe a sus colaboradores (incluida su jefa de teoría, con la que discute asuntos semi-filosóficos como si hablara del clima), avanza en medio de una protesta de anarquistas, tiene sexo adúltero, pierde su fortuna, se enfrenta a la muerte y llora, conmovido; termina con una pistola en la mano y, más adelante, apuntada a la cabeza… En suma, vive. Su odisea dura un día, o una vida. Esto no se sabe. Se intuye.

Hay Cronenberg clásico: un cuchillazo directo al ojo, para no faltar a la costumbre. Pero la odisea de Eric Packer no es Eastern Promises: toda violencia es una promesa. El momento más tenso, cronenbergiano: el peluquero le corta el pelo con los ojos casi cerrados, por anciano o por miope; las tijeras, como navajas, parecen apuntarlo casi por accidente. Para un hombre amenazado de muerte, la silla del peluquero es un sitio donde es vulnerable.

Cosmopolis es una zambullida. Como escuchar música con la cabeza bajo el agua: todo es hipnótico y un poco falso. Los diálogos no son normales, vamos. Esto le queda bien a Robert Pattinson, que puede abandonarse a la robotización de su personaje y aún así entregar líneas hermosas, llenas de verdad y búsqueda. La atmósfera es como un sueño que se ha acomodado en un orden más o menos coherente, sin abandonar su cualidad de irrealidad. El green screen obvio es, posiblemente, una consecuencia del bajo presupuesto, pero también un recurso: este realismo es apenas insinuado. Hay los suficientes elementos para encontrar la vida conocida, los intercambios sociales normales, pero sin reconocerlos como tales: son representaciones, resúmenes de verdaderos intercambios sociales (uno podría decir eso del cine en general, incluso de la ficción).

Los diálogos en Cosmopolis son metadiálogos. No lo que se dice, sino lo que significa lo que se dice, lo que se busca decir, lo que se termina diciendo. Al bajar de su limusina, un anarquista francés le lanza un pastel a Packer. Directo a la cara. Los paparazzis estaban ahí, esperando el momento, y el flash de sus cámaras aparece casi antes del pastelazo. Puede ser esto burdo, otra parodia de la posmodernidad. Pero mientras los policías intentan abatirlo, el francés tiene tiempo de lanzar su perorata. Su manifiesto ridículo. Cómo lleva tres años esperando para hacer este strike. Cómo dejó pasar al mismísimo presidente de Estados Unidos, al que puede empastelar cuando se le antoje. You are major statement, balbuce, con su acento risible. Y de pronto, todas las huelgas de hambre, los desnudos masivos, los blogueros disidentes, ciertas marchas consuetudinarias, se envilecen, pierden sentido, se vuelven tan inútiles como el pastelazo del francés.

Eric Packer, por ejemplo, tiene un avión soviético guardado en una bodega en Arizona, inservible porque le faltan piezas que nadie encuentra. Lo tiene porque es rico y puede darse ese lujo. A veces va a mirarlo, ¿por qué? Porque es suyo. Rápido, DeLillo apuntala la idiotez de las posesiones materiales.

Cuando se da cuenta de que el funeral del rapero que entorpece el tráfico es el de Brutha Fez, al que adora (tanto que su música es la banda sonora de uno de sus elevadores), Packer llora. Abrazado de un negro enorme, como un niño indefenso (y es inevitable, en esa indefensión, pensar en el narrador de Fight Club, que entierra su tristeza en las tetas brutales de Bob Paulson).

A mediodía, cuando Packer aún no se desmorona, cuando está en la cumbre de su odisea, o a mitad de su vida, da lo mismo, aparece de refilón un pelón y triste Paul Giamatti (un detalle en medio de la película, casi invisible, otra vez: cronenbergiano). Al final, resulta que él es la amenaza de muerte. Un ex empleado, que recita sus diálogos con una toalla en la cabeza. Siempre es un idiota, sin motivos. Packer intenta hacerlo entender. La violencia tiene motivos, debe ser visceral. Debe tener una verdad. No esto. Esto es una imitación, un síndrome, algo que se te pega de otros. Esta no es tu sensibilidad. Pero el hombre patético con la toalla en la cabeza ha llegado demasiado lejos, a pesar de que logra entender un poco que a este crimen no lo lleva ninguna fuerza social opresora, que no hay inevitabilidad en él. “Por tu departamento y por lo que pagaste por él, sólo por eso. Por tus chequeos médicos diarios. Por eso. Por tus ideas”. Todos los crímenes violentos que sucedieron por nada aguardan ahí. Toda la locura del mundo. Los asesinos de In cold blood. Columbine y Connecticut.

En una parte, la dealer de arte cachonda (Juliette Binoche) dice una frase que suscita risitas: el problema de la vida es que es muy contemporánea. Ésta es la sustancia de Cosmopolis. Hay más ideas sobre el sexo, el tiempo, pistas de cómo el día de Packer es, en realidad, su vida. Breve pero feroz, Cronenberg hizo que la novela de DeLillo se encarnara, tuviera colores y sonidos. ¿No sabes esto? ¿No es esto cierto? repiten los personajes una y otra vez, como preguntas que sirven de argumentos, y que al enunciarse confirman lo que anteceden. Mientras tanto, Packer espera el disparo –que tal vez nunca llegue, porque esa muerte que imagina quizá no aparezca mientras esté esperando por ella.

 

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