Toda playlist es una playlist de amor

Pienso que yo viví mi vida. La he vivido lo mejor que he podido, y siempre procurando la experiencia. Me sumergí en High Fidelity por tercera vez. Quiero decir, me bebí a lo largo de unas semanas la tercera -eslavencida- versión de High Fidelity, el libro de Nick Hornby que disfruté enormemente, del que se hizo una película con John Cusack que disfruté enormemente. En la serie de televisión -un nuevo formato que le permite alargar el libro, y también separarse sin retorno de él-, la protagonista es Rob, una joven mujer bisexual, bella y un tanto disfuncional, melómana y esencialmente romántica (ingenua). Otra vez incurrí en la vulgaridad de leerme en ella, de encontrarme en su experiencia, la de una ruptura que no supura, que no sana, que infecta todo nuevo intento de tender un puente con otro ser humano. Y no tanto por un enamoramiento que persista, aunque al principio algo hay de eso, de ese dulce sufrimiento; sino por lo que queda después, esa playa vacía, esa corriente resacosa que lo único que arrastra es un recelo del amor. Una resistencia a sus cárceles. Es tan horrible enamorarse, convivir y luego separarse. Drena tantas energías, ocupa un espacio tan grande en la vida. Es excesivo. Euforia y dolor, placer y hartazgo, felicidad y aburrimiento, posesión y violencia. Quién puede estar dispuesta a enfrentarse con eso una y otra vez, por qué alguien quisiera eso. Por qué consintiera tan fácilmente a prestarse a tal rebase nuevamente.

La playlist o el mixtape es una prueba de amor, un relato de construcción sonora. Toda playlist es una playlist de amor, deformando a Chris Kraus (every letter is a love letter). Rob amonesta: la playlist debe escucharse en orden. Eso ni siquiera debiera ser aclarado. Debe escucharse en orden porque cuenta una historia.

Estás tú, yo, nosotras. 80% nosotras, 20% yo, solamente yo, porque igual que tú viví mi propia relación contigo. Reconocerás la historia y la estructura de mi digresión, por qué esa canción post-ruptura, con aquel arrepentimiento resignado de la culpable, que constata cuán poco cala ya, en la otra persona, aquel amor desaforado. Después las gozosas etapas del enamoramiento, el sexo y el embelesamiento; el asentamiento de la relación y su erosión, el violento final. El desgarrado final. Pero entre aquello está lo mío, mi mundo privado, aquel que nunca te compartí, que siempre he resguardado y no reservo para nadie salvo para mí misma.

Me queda lo que me queda.

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(Cómo me gustaría decirte, como afirma Santiago Motorizado Barrionuevo en la canción última de esta carta amorosa –postamorosa– que ahora soy mejor, te juro soy mejor. Pero, si me detengo una vez más a pensarlo, no sé si eso es verdad.)

Des.

Desde el pueblo más lejano de acá, siguiéndote…

mdrgd 2:12

Algo muy extraño ocurre con mi blog.

Una plaga de posts hechizos ha terminado por expulsarme de aquí.

Cada noche limpio a mano la suciedad de los intrusos. Cada día amanecen más textos basura posteados en el blog. Research paper por sale. Going out with Japanese women. In some societies, marriage is certainly delayed till all debts are paid. If the wedding party happens sooner than all cash are created, the place is kept ambiguous. The bride really worth custom may have damaging results the moment younger males haven’t got the ways to marry. In strife-torn To the south Sudan, a large number of younger men steal cattle because of this, often risking their…

Conjeturo.

En 2012, cuando creé este blog como continuación e interrupción de La isla a mediodía (creado en 2005 como continuación e interrupción de otro, de url yaestarde.blog.com), me encontraba inmersa en dos relaciones románticas. Al centro de un triángulo amoroso. Al comienzo de una relación intensa y larga sin haber terminado del todo mi relación anterior, igualmente intensa y larga. No quiero decir que sostuviera las dos relaciones simultáneamente, que mantuviera el adulterio a toda regla; me refiero a otras cosas, aunque es probable que… Pero a quién le importan los detalles ahora. Ciertamente a ninguna de esas personas, a ese hombre y a esa mujer a quienes entregué mis años veinte…

Pues yo te entregué mis treinta así que quién está peor le revira Sadie a Leila en The bisexual, cuando la segunda incurre en un reclamo parecido.

Dado que ya no me aman ni yo los amo ya, todo es pasado, es El Pasado, como aquella novela de título perfecto y contenido dispar, aunque este pasado a veces no termine de pasar. PERO ESE NO ES EL TEMA. 

El tema es que en 2012 mudé muy pocas cosas a esta casa (¿esta casa?, esta casa-blog podría estar derrumbada, nuevamente escribo en el TextEdit en espera de recuperar lo que me pertenece) (¿lo que me pertenece?) y por algún error, o alguna decisión estúpida de entonces, sus contenidos quedaron alojados en el servidor de mi antiguo amante. 

Ah, parece que lo he recuperado de nuevo.

Debo mudarme. Me urge mudarme.

0:34

En una entrada de un diario de hace un año me pregunto dónde estaré en un año, «si estoy». Dónde estoy entonces es un sobreentendido. Luego apunto dónde estaba el año anterior en esas mismas fechas.

Esto no tiene nada de interesante pero la entrada anterior es desagradable y lastimosa a la vista.

«Seas quien seas, sé tú mismo»

Es muy extraño todo, no te diré que no.

Atravieso otro de esos momentos excesivos: las emociones excesivas, desde los dos polos, tiran de mí. En el centro, mi frágil cerebrito. Mi cuerpo adelgazado. Mis deseos interrumpidos.

Busco el silencio, lo busco insistentemente.

Presiento que podría romperme en cualquier momento. Mi mente, quiero decir. Quebrarse, malfuncionar, sacar humito, perderse en delirios al principio divertidos, grandilocuentes, después paranoicos, necesariamente perturbados.

Algunos de los posts hechizos de la crisis bloguil reciente:

Ciertos títulos y contenidos eran ciertamente violentos:

Stop reading this post to the end and go do that now…

That person who you are meet out there is not a robot. That person is an intelligent being and is not expecting you to tell him or her what to do.

If you have anxiety and depression you need a hard and good…

¿A hard and good QUÉ? ¿A HARD AND GOOD QUÉ?


Creo que en otro post no publicado apunté sobre perderse en otro cuerpo, lo necesario de perderse en otro cuerpo…


¿A HARD AND GOOD FUCK?

Publicidad tenebrosa en las navegaciones en modo incógnito.

Fantasmas CLXXX

Otra vez la casa se me llenó de intrusos.

ver. ver. ver. ver. etc.

¡HAY QUE IMPRIMIR! Hay que defenderse de esta tecnología traidora.

**

Estoy mirando The bisexual, de Desiree Akhavan, a quien amo y con quien me identifico y en quien me proyecto y con la que me encuentro y de la que me separo. Las cosas que escribe, las experiencias a las que alude, a veces incluso su rostro, me rozan, me son familiares. Miro esta serie, que salió en 2018 y cuya existencia me había pasado de largo, y me río y me distraigo y recuerdo. Siento que la escribió para mí.

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Pensamientos desarticulados

Escribo en esta casa, vacía casi todos los días del mes, a la que vengo a trabajar, a leer y a estar sola. Recorro los pasillos. Durante los años noventa, la casa fue sede de un colegio particular de corta duración en los anales de Polotitlán de la Ilustración. Aquí transcurrió mi vida de 1992 a 1998 y aquí, por cierto, adquirí todas las habilidades que ocupo para sobrevivir hoy en día: aprendí a leer, a escribir, a hablar inglés, a usar los procesadores de textos. Aquí fui alentada, estimulada, desafiada y lastimada también, en este sitio recibí las primeras heridas. Recorro la casa, que salvo algunas remodelaciones está casi igual a esa época en que para mí representaba LA ESCUELA. Los salones son habitaciones cerradas con llave, a las que no tengo ni busco acceso; el territorio libre se compone de la estancia donde se ubican la sala con su chimenea, el comedor y la cocina; además de los corredores, el jardín en el que camino por la tarde, pensando; en el que leo, bajo el durazno o la buganvilia, y donde hace rato me encontré a un gato anaranjado majestuoso, de ojos amarillos.

Aquel jardín es tan grande que alberga una cancha simultánea de futbol rápido y basquetbol. La portería-canasta, de fierro, tiene la pintura oxidada y desflecada. Pero el rectángulo de cemento, formado de cuadrados más pequeños, está intacto y solo a medias invadido por la hierba. Al fondo se extiende un tupido bosque de carrizos, las paredes de adobe centenarias, el misterio salvaje.

Allí encontré al gato, en una caminata vespertina. Encontré el hoyo en la barda por el que se mete y luego seguí su paseo; su cabeza atenta, como una antena, perseguía los graznidos de las aves en los muchos árboles del jardín. Pero al volver al corredor, en una pared, vi una lagartija tan grande que parecía una iguana.

Esta entrada lleva meses a medio escribir. No los párrafos anteriores, esos los he forjado con la rapidez con la que mecanografiaba (otra habilidad adquirida en la época a la que me refiero, pero en otra escuela más odiosa, el Plancarte). Sin embargo hace un rato, mientras leía en el sillón de la sala, cada vez más a oscuras, encontré la respuesta de lo que a continuación intento terminar.

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De un artículo que leí hace unos meses en la New Yorker, titulado, aburridamente, «How social media shapes our identity», sobre nuestro derecho a olvidarnos, a prescindir de la documentación digital –generada unilateralmente, si quien leyere fuere un chaval nativo digital, por sus propios padres– y la ¿máscara azogada? de nuestras identidades en línea, en fin, la idea que más quedó conmigo, la que sigo rumiando, es aquella de que les niñes hoy en día –con sus canales de YouTube, por decir– se han apoderado de los medios de producción. La niñez crea y consume contenidos sin mediación de los adultos.

Y hay algo ahí, algo que me inquieta. La maravilla de contar con audiencia, les niñes creadores. El laberinto del contenido sin supervisar, para quien se pierde en esa fortaleza. Contenidos no curados, contenidos mediocres en su mayoría. El vasto desierto del entretenimiento, y lo cierto es que casi cualquier cosa entretiene. Distrae. Quisiera que mis sobrines descubrieran a Gógol y se carcajearan con sus cuentos, que leyeran una novelita erótica a escondidas, que hojearan los poemas de Sor Juana, y no como ocurre ahora que miran durante horas a un chileno barbón jugar un videojuego, o consumen sagas enteras de GachaLife de la peor calidad. ¡Bah!

Pero:

Ellos y ellas crean. Dibujan, escriben, tocan música. Elaboran sus videos pacientemente, que luego suben a sus canales de YouTube.

Pensar, entonces, en la dimensión ética de cuidar niñes artistas. ¿El deber de alentar sus talentos, y procurárselos, de no solamente celebrárselos sino facilitarles los medios para ejercerlos? Claro que parece lo más lógico. Alentar artistas. Pero, ¿qué se hace con el talento, cómo se lo administra, qué bienestar puede proporcionarle a quien lo cultiva? En pocas palabras, ¿cómo ser artista en esta época, en este país? Entonces siento una comezón molesta, una pregunta simplona que me repta por la piel hasta formarme un coágulo en la garganta. ¿Para qué? No, tampoco es eso. No es solamente eso. Por un lado, para evitar el mal gusto de la retórica de los sueños –abstractos– que se persiguen –se padecen–. Por otro, porque tendríamos que ser capaces de más, de traer un poco de contexto, condiciones materiales, POLÍTICA a la situación.

Pero la pulsión de crear es más fuerte, y si aparece en la niñez echa raíces profundas. Si la legitima el aparato o no, si se transforma en oportunidad de negocio o no, si la crítica la celebra o la ignora, si llega a las masas o si no llega jamás, nada de esto la determina. Si han de crear, crearán. Si han de entregar sus vidas a la creación, que así sea.

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Acá había un párrafo con anécdotas uruguayas, que suprimí. Pero se refería, como Tiranos Temblad, o por lo menos a la manera en que se originó, a lo que denomino la creación por pura onda. Esa circunstancia tan frecuente en Montevideo de cruzarte cada dos por tres con artistas, con músicos, con escritores, con místicos delirantes. Artistas sin audiencia, o con audiencias limitadas. Crear por crear, por lo bonito y lo posible de crear, y de compartir lo creado, sin buscar ni esperar nada más allá del modesto acto de intercambiar sensibilidades, es decir, esa relación entre el que crea y el que recibe, pero también interpreta y disfruta.

Últimamente he pensado en uno de estos sitios ideales del internet, escondidos a plena vista del gran mall-tendedero digital, Archive of Our Own. La lógica de Wattpad, ponele, al que ni he entrado por lo feo que es, y este otro lugar qué ejemplo de limpieza y elegancia, y de ecos revolucionarios. Nuestro propio archivo.

En ese lugar solamente se escribe (y se lee, que es otra forma de escritura). O, más bien, se reescribe. Intertextualidad pura. Cualquiera puede entrar, adueñarse de personajes o tramas o escenarios o palabras o ideas protegidos por la propiedad intelectual, y crear. Crear para otras personas, para su disfrute y su entretenimiento y hasta su placer sexual. Es un intercambio de atenciones: escribir por pura onda, leer por pura onda. Acompañarse. Los puentes entre almas.

*

El tema concreto, la duda que me perseguía, sobre qué hacer con mis sobrinas y mis sobrinos, cómo ayudarlos a gestionar su talento, y si es eso lo que debía hacer, si es que debía hacerse algo, se despejó (o agrandó) aquella tarde en la que escribía los primeros párrafos de este post.

No había leído nunca a Natalia Ginzburg y mi amada M me envió Las pequeñas virtudes.

“En relación con la educación de los hijos, pienso que se les debe enseñar, no las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia respecto al dinero; no la prudencia, sino el valor y el desprecio del peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor a la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber”.

Quisiera ir más allá. Quisiera profundizar. La otra noche estuve platicando con mis sobrinas de 10-casi-11 y 12-casi-13. Oh… Al otro día, en el jardín de esa casa, recordaba fragmentos de la conversación y las lágrimas me venían a los ojos. A veces aquí en mi pueblo, en donde puedo vivir con la tranquilidad que en esta época necesito, me siento sola. Me siento intelectualmente sola, vaya. Lo dejaré simplemente así. Entonces, en esa soledad que me procuro, que busco y busco, pensaba que en ellas, en esta cuestión del crear y del no crear, tengo las mejores interlocutoras. Que con ellas puedo hablar de lo que escribo, de lo que quiero escribir, de lo que he escrito. Y ellas, a su vez, pueden hablarme de sus proyectos y hasta de sus deseos de vivir sin proyectos, de elegir no tener la obligación o la deuda que impone la creación.

El hermoso libro de Natalia termina de esta manera:

“Y si nosotros mismos tenemos una vocación, si no la hemos traicionado, si hemos continuado a través de los años amándola, sirviéndola con pasión, podemos mantener alejados de nuestro corazón, en el amor que sentimos por nuestros hijos, el sentido de la propiedad. Si, por el contrario, no tenemos vocación, o si la hemos abandonado o traicionado, por cinismo o por miedo a vivir, o por un mal entendido amor paterno, o por cualquier pequeña virtud que se ha instalado en nosotros, entonces nos agarramos a nuestros hijos como un náufrago al tronco de un árbol, pretendemos vivazmente de ellos que nos restituyan todo lo que hemos dado, que sean absolutamente y sin fallo tal como nosotros queremos que sean, que obtengan de la vida todo lo que a nosotros nos ha faltado; acabamos por pedirles todo lo que puede darnos solamente nuestra propia vocación; queremos que sean en todo obra nuestra, como si, por haberlos procreado una vez, pudiéramos continuar procreándolos a lo largo de toda la vida. Queremos que sean en todo obra nuestra, como si se tratase, no de seres humanos, sino de obras del espíritu.

Pero si nosotros mismos tenemos una vocación, si no hemos renegado de ella o la hemos traicionado, entonces podemos dejarles germinar tranquilamente fuera de nosotros, rodeados de la sombra y del espacio que requiere el brote de una vocación, el brote de un ser. Ésta es la única posibilidad real que tenemos de resultarles de alguna ayuda en la búsqueda de una vocación: tener una vocación nosotros mismos, conocerla, amarla y servirla con pasión, porque el amor a la vida engendra amor a la vida”.

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Entradas

Tengo posts a medias. De meses pasados. Empezaba a registrar sensaciones, impresiones, hechos concretos, y luego paraba.

En octubre:

Siento que me espantan. Que quieren espantarme.

Estoy cansada, exhausta. A veces clara, por eso. Porque me canso chambeando. Pero también… lo otro. Los fantasmas. Pasé por un periodo -tuve la impresión- de hipertimia. Luego de una hipotimia falsamente invernal, a mitad de julio. Llevaba cuatro julios al hilo deprimiéndome, trastorno afectivo estacional (a causa del invierno austral). Más otras dificultades concretas del verano pasado. De pronto: el optimismo, las reflexiones, la creatividad y la seguridad y la voluntad para emprender proyectos amateur en artes nuevas. Al mismo tiempo, fresca disposición social, desenvolvimiento, relaciones sociales.

Ya no sé.

En julio:

Constantemente vuelvo. Pero no quiero ir hacia atrás, sino adelante. No sé si quiero ir adelante tampoco. Necesito el archivo que me permite recuperar la memoria. Año 2016, 2017. Indicarle a Google Maps que la calle Monte Albán, entre Concepción Béistegui y Torres Adalid, colonia Narvarte, ya no es mi casa. Ya no calcules rutas desde y hacia allí. Se acabó. Ahora estoy en otro lado. Condesa, unos meses raros. Y luego otra vez Argentina, un tiempo Constitución, sobre la avenida Entre Ríos, zona pesada por la noche, sin embargo a distancia caminable de la estación de subte y a pasitos de una estación de servicio con kiosco 24 horas, lo cual compensaba. Plaza Garay, que no debía pisarse tras el crepúsculo. Luego, al fin, Boedo. Y fue Boedo por un muy largo tiempo: la avenida La Plata, la autopista 25 de mayo, arteria pesada también, por tramos, sobre todo bajo los puentes, pero no, curiosamente, a la altura de la avenida que nacía en Rivadavia y dividía el barrio que propiamente sería Boedo -con su esquina gardeliana en avenida Boedo y San Juan- del más residencial, homogéneo, barrio Parque Chacabuco (bendecido éste, con todo su aburrimiento, con aquel pulmón tan grande llamado, también, Parque Chacabuco). Habitar un barrio verdadero y vérselas con eso, con las dos o tres rutas de colectivo que te dejan, que te meten en un cuete tras otro, pero también: Pompeya, Liniers, esquinas de Belgrano desconocidas, romances y trabajos en Villa Crespo, la ciudad agrandada y en su dimensión real, esas infinitas caminatas por avenida La Plata de madrugada. Y después San Martín y Viamonte, la ciudad accesible, la libertad total, invierno, fiestas, tabaco de sabores, caminatas, sexo, conversaciones, verano, sudar y tiritar y cocinar y bailar sobre la duela con pedazos desprendidos, flashear y trabajar y pensar y leer y mirar películas y caminar a todas horas, por todas partes.

Cuando empezaba a repasar las aventuras en Los Ángeles, en mayo o junio:

Quiero escribir sobre Los Ángeles. Sobre las cosas que me impresionaron y me causaron gracia. Las diversiones, los momentos elevados, lo sublime: luces, música, velocidad, naturaleza, mar. Los momentos desagradables, cansinos: traslados, esperas, caminatas improductivas que no eran paseos sino como castigos peatonales, el cuerpo atrapado en un vacío grande y hostil y diseñado para el automóvil. Las islas diseñadas para dicho aparato: plazas comerciales que son 75% estacionamientos rodeados de algunos locales semiútiles: dentista, tintorería, tienda de 99 centavos, pupusería fabulosa, licorería, parrilla coreana, Subway genérico y un bar exquisito, o alternativo, o de nicho, o tradicional, o decadente, o latino, o de hip-hop, el género musical que define LA, Leo dixit. Pero también la isla para la isla: las plazas de autopartes únicamente, los mofles de primer mundo que no son tan distintos a los del subdesarrollo, que alienan todavía más, sin su caparazón transportador, al cuerpito humano y su lentitud. Esas plazuelas comerciales al aire libre que abundan en las ciudades semiprósperas del Bajío, por ejemplo, rodeadas de naturaleza igual de serrana, pero en el caso angelino de centros proliferantes y no uno solo denominado histórico, territorio abundante cortado y rayoneado y tejido a la vez por highways de anchura espeluznante. Lo que se sabe, pues. Más otras observaciones y sorpresas.

De las sobras del post de los gatos:

De repente, por la madrugada, escucho maullidos de bronca, esos gritos de guerra que los gatos lanzan cuando están a las puertas de putearse. A veces abro la ventana y grito ¡ALEX! ¡GATOS!, y lo único que alcanzo a ver es una sombra rapidísima que desaparece por la barda y las plantas, hacia la milpa y los terrenos de atrás, atravesados por dos caminos solitarios.

¿Quiénes pelean? Anoche me pareció ver la sombra de un cuarto gato. ¿Hay otros gatos que quieren atravesar ese sitio donde se sirve carne de cerdo y de res, y a veces también granos de pozole cocidos y arroz y huevo sobrante y papas hervidas, ya que leí que los gatos pueden digerir y nutrirse de todas estas cosas?

Unas frases aisladas que hubieran terminado en un exabrupto narcisista:

Desde que me acuerdo, desde que era niña, siempre había alguna persona enamorada de mí, o más bien obsesionada.

Todavía me perturba, si bien momentáneamente me acaricia el ego, cuando en mi pueblo me saludan y me llaman Lilí y saben cosas de mí y están al tanto de mis desplazamientos y hasta un poco al decirlos se echan de cabeza.

Las líneas o puntos a tocar más recientes:

Viene.

Gatos, ruidos, envenenamientos.

Inseguridad, policías.

**

De Missouri, del norte, de las nueces, no hay nada aquí. Pero allá escribí mucho, vigorosamente. A mano, sobre todo. Afuera nevaba y adentro, en la cabina, no teníamos internet. Yo escribía y escribía, y cuando no escribía leía, y cuando no escribía ni leía trabajaba, y como trabajaba más con el cuerpo y el instinto, pensaba mucho mientras trabajaba. Mi cuerpo, cansado, sometido al clima hostil. Además de todo, convivía. Los cuatro primero, mi hermano y su amigo, y mi amigo y yo (mi compañero de la secundaria, que me encontré allá y estuvo unas semanas y luego tuvo que irse, y con quien nos contamos lo profundo y me recordó personas, vivencias que pensé que recordaba pero no las recordaba para nada, no había pensado en ellas en casi veinte años, y en él todo estaba reciente, fijado por la intensidad de las experiencias inmediatas, migrar siendo todavía un niño, a los quince años quién sabe nada, etc.). Luego, los tres nada más, y qué difícil fue, y qué intenso, y qué alegre, a veces, y qué extraño todo, qué lleno de ebulliciones, entre mi hermano y yo, entre nuestro amigo y yo, entre ellos dos casi nunca, y luego: la nieve. Brunswick, el pueblo doble de aquel del que los cuatro habíamos partido, parecidos y distintos en igual medida. Columbia, Missouri. Marshall, Missouri. Miami, Missouri. Mexico, Missouri. Carrollton, Missouri. El caudaloso río Missouri, al cruzarlo por un puente. Jim, Brad, Ethan, Roberta, Kaythlyn. Los güeros. Comer con tortillas y salsa todos los días, y todo lo dulce con sabor de peanut butter. Mirarnos profundamente a los ojos, el hombre con muchos nombres y yo, y unos sueños intrincados, vehementes, a veces demasiado obvios en su simbolismo.

Pero esa lista de arriba es la que ahora quiero pensar. Cuando estaba allá vi en una publicación de NotiPolo que alguien estaba envenenando perros y gatos callejeros en Polotitlán. Hace un par de meses supe de un ajuste de cuentas a una mujer y uno de sus trabajadores que se dedicaban al huachicoleo. Acaban de matar a un hombre en su local y dos taxistas aparecieron quemados dentro de sus unidades. El miedo que acá era de orden sobrenatural, y así se mantendrá, se mezcla con este horror que es estado de emergencia. Ya no he visto a una de mis gatas, las hermanas calicó. Y ahora cuando Alex se acerca al montón de comida, me maúlla y quiere quejarse o expresarme algo, y se va sin comer. ¿Desconfía de nuestra comida? ¿Qué intenta decirme? Tengo que aceptar que la otra gata debe estar muerta. Por la noche escucho otra vez esos rugidos agudísimos, un chillido que me trastorna, que me hace odiarlos. Y a veces, como todas las noches desde que yo era una niña, un concierto de ladridos lastimosos a cierta hora de la noche.

 

Alex

Respeto completamente al gato Alex porque él ha alcanzado la máxima expresión de su existencia. Él vive libre: su ágil cuerpo de gato recorre el mundo a su alrededor, que es verde y de confines remotos, salpicado de humanos y sus cosas grandes con sus peligros.  Todas las noches le damos de comer las sobras del restaurante. Mucha carne, de cerdo o de res, cocinada pero a veces cruda. Él siempre viene a las once de la noche en punto. Se para junto a la puerta y maúlla. Yo salgo y lo miro: un gato grande y gordo de color anaranjado, con la panza blanca y los bigotes, tensos, muy largos. El tipo maúlla con un tono TAN MANIPULADOR. Tan dulce y rastrero. Tan satisfactorio. Eficaz por eso. Es el canto de la sirena o del flautista que ahuyenta las ratas pero no te destruye después de llamarte y hechizarte y llevarte hacia sí, a menos que consideres esa mansedumbre otra forma de destrucción. La servidumbre voluntaria, que le llaman. Yo lo sirvo y me someto a sus deseos. No pido nada de él; me es suficiente la visión, incluso si es parcial y fugaz, de su cuerpecillo regordete. Disfruto mirarlo y mirarlo nada más, sin hablarle ni exigir su atención; disfruto mirar la mancha blancuzca que se acerca en la oscuridad, y algunas tardes o mañanas advertir las patitas que alborotan hojitas de árboles y plantas cuando atraviesan la barda a gran velocidad.

LOS GATOS ME GUSTAN MUCHO.

Como suele ocurrirle a otros ailurofílicos, encuentro la fisonomía felina altamente agradable. Me dispara, no sé, algo entre la risa y la ternura. Además, y en cierta forma de mayor importancia, los comportamientos de los gatos me despiertan curiosidad, fascinación y respeto. A los gatos los admiro y los envidio, pero también me siento impelida a cuidarlos y alimentarlos como una madre. Convivo con ellos entre la adoración pura y la extrañeza, ya que a todo momento se hacen evidentes, con estos individuos pelusitos, la alteridad y la separación irreparables.

Alex sabe lo que necesita y ha encontrado una forma de procurárselo. Él es todo relaciones públicas: cuando viene y me maúlla con ese tono que ha sabido perfeccionar, cuando me acuerdo de lo que me contaron una vez, que los gatos sólo maúllan para comunicarse con los humanos, nunca entre ellos, entonces yo caigo en su juego y le respondo igual. La relación comercial se camufla entre intercambios afectivos que tal vez, ¿tal vez no?, para él están vaciados de sentido. Su ronroneo me permite especular: él se deja acariciar y rascar la panza y la cabeza y el mentón y la garganta como varios de su especie, y cierra los ojos mucho durante el suceso, señal más o menos clara (pero con ellos todo puede ser equívoco y ambiguo) de que le gusta.

Alex me llama, me envuelve con la rara música de su voz, esa voz que me activa como las órdenes del hipnotista y en otros humanos parece no surtir efecto, es un mero ruido del afuera, el chillido del gato callejero.

Una noche llegó todo puteado, se había peleado con alguien. Estaba sucísimo, con costras de lodo en el pelaje. Y una rajada sangrante en la cabeza. No se dejó tocar. Anduvo así días. Luego vino y  las gemelas de cinco años, mis sobrinas, lo estuvieron acariciando un largo rato, y entonces yo lo acaricié también y en un descuido se dejó limpiar con agua oxigenada. Pero la herida ya estaba cerrada.

El misterio se ensancha, porque Alex no está solo. Según las informaciones que he recabado, el Alex original era el padre, y a éste lo llamaron negando la identidad de aquél: «el no-Alex». El NoAlex. O Noalex, que suena a medicina contra las hemorroides. Prefiero llamarlo Alex, ¿no es cierto que él ya se ha ganado el patronímico?

Alex, como tantos gatos machos sin dueño, es un semental. Una de sus compañeras es una gata de tres colores: es blanca y es anaranjada y es gris, sin mancha dominante, todo su cuerpo son parches y recortes, como una gatita hecha con las sobras de otros gatos. Mi hermana dice que es una calicó: como las gatas carey, su pelaje tricolor revela el sexo de la gata. Dice Wiki: Los gatos que presentan la característica calicó son casi siempre hembras, que en cada una de sus células tienen dos cromosomas. Leo también que se consideran de buena suerte y que ahuyentan los malos espíritus.

La cabeza de esta muchacha calicó es muy pequeña y ovalada, y sus ojos rasgados son de un gris verdoso y aguachento. Ella es temerosa de las personas y ágil para huir con un salto karateka cuando alguna se le acerca. Alex la llama cuando le servimos, come rápidamente una porción y le deja el resto.

**Días después

Dejé de escribir. Otras cosas, trabajo, situaciones. PERO EL MISTERIO SE HA DUPLICADO, como espejos deformantes. Hay otra gata calicó. Una noche vino Alex y luego vino Ella, y media hora después llegó la Otra, a la que habría tomado por la primera de no ser porque reconocí, vagamente, que las manchas grises estaban diferentes, más grandes y oscuras, y que dominaban el dorso. La panza, abultada. Cargada o recién parida.

CA RA JO. ¿Por qué siempre proyectamos atrapar a Alex y llevarlo a esterilizar? ¿Y por qué no terminamos de hacerlo? Ahora hay otra gata de la buena suerte embarazada, y no sé qué es de la primera, si su madre o su hermana, su gemela de camada, como las gemelas que las descubrieron, y que de alguna forma también son la duplicación de mi cuñada y yo, que nacimos con días de diferencia y nos parecemos un poco y las personas a veces nos confunden una con la otra.

**ALGUNAS SEMANAS DESPUÉS

Interrumpí, por tercera vez, la redacción de este post. Después de los párrafos anteriores había muchos párrafos que decidí suprimir, por aburridos y redundantes. Los copié y pegué en una entrada, que seguramente jamás publicaré, con la clave «gatos sobras». Igual en todo esto se encuentra el tema del doble.

He querido escribir sobre volver al pueblo. A los gatos de campo. A la vida familiar, rural, sencilla. Los trabajos que efectúo. No estoy en espera de nada, no intento irme, por ahora, a otra ciudad. Ésta es mi base de operaciones. Aquí hay un misterio y quiero penetrar en él, vivir una de mis tantas vidas posibles. Acordarme de caras del pasado y paredes que ya no existen y hasta plantas arrancadas. El cactus órgano de mi bisabuela Aurora rozaba los tres metros, todavía puedo ver cómo sobresale de la barda de adobe. Nuestros árboles frutales: manzana verde, chabacano, durazno, aguacate, zapote, mandarina, pera, higo, granada, tejocote. El tejocote sigue vivo. La casa, ocupada. Ansío volver, habitar aquel departamento independiente con salida a los techos de bóvedas. Paisaje lunar.

Las gatas ya tienen nombre: Perlita y Clarita. Perlita es la intrusa que resultó una fiera y le sisea a Alex y a Clarita y acapara la comida y no los deja comer, y la que más me halaga con la dulzura de su canto y su cola que se trenza en mis piernas. Me gusta vivir aquí. La suerte permitirá volar después.

 

 

Marzo 2019 (fragmentos sin tejer)

Abro mi cuaderno azul y encuentro una entrada del 27 de octubre de 2018:

«Nunca dejo de sentir, en Buenos Aires, que estoy en un sitio lejano, muy al sur de todo, y además tan cerca del agua».

Quiero irme, pero no quiero irme. No quiero irme, pero quiero irme. Y están esas dos cosas. Y, de mis fracasos, debo ver qué gana, qué se salva.

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— Pero el domingo por la tarde que caminaba por Corrientes y luego por esas callejuelas que están hacia Congreso… Fui al cine al Cultural San Martín pero antes de eso pasé a una feriecilla friki otaku, llegué cuando ya estaban casi levantando pero no mames, resultó ser en la sede de la Unione e Benevolenza, que es una asociación muy vieja de italianos genoveses en Argentina, en un edificio del siglo XIX justo en medio de otros edificios puteadísimos, y entrando tiene una sala de teatro hermosa, con plateas y todo, y sobre el escenario una pantalla donde estaban pasando anime. Un palacete esssspectacular en una calle miserable. Esa clase de cosas me fascinan de esta ciudad, que está llena de secretos. Y de jóvenes, porque afuera estaban todos los frikis, cosplayers, góticos, nerdos…

— Ajá ajá, tiene dos caras extremas. En la punta del continente…

— Ahora que vivo en microcentro y luego siento que me lo tengo súper recorrido, nel. De repente hay un edificio todo viejo y horrendo y subes y en el tercer piso hay una tienda increíble de cómics o un restaurante venezolano. Me da una impresión bien tokiota aunque no conozca pero es lo que he leído. Esta cosa de la ciudad vertical y que todo está en edificios. El microcentro está lleno de galerías subterráneas. En una que nunca había entrado de esas donde hay, no sé, una sastrería, una librería de viejo y una de indumentaria gótica, encontré dos tiendas de kpop. Y tipo entras y un chaval punketo de pelo verde HABLANDO DE BTS con su amigo, y también dos amigas otaku bien bonitas, y una adolescente con su papá todo aburrido…

— Suena increíble eso de la ciudad vertical. Me llama cabrón. Y sí, Tokio es así, incluso para abajo, de pronto hay sótanos y pisos subterráneos…

— Pero a la vez quiero volver a vivir eso de irte a un sitio nuevo y adaptarte de cero y todo lo que implica, aunque en un lapso más corto. Encima se viene el invierno y la luz subirá un 50% así que ni poner las estufas será posible. Y me da el SAD muy cabrón.

En artículo de Marcela Rosa Toso, en Blasting News, sobre la Unione…

La sede, sita en calle Juan Domingo Perón 1362 de Buenos Aires (teléfono 011 4372-3015), guarda la bandera verde, blanca y roja, que el legionario Virginio Bianchi trajo desde Milán y que había esgrimido en barricadas de esa ciudad a mediados de 1800 durante cinco días de sublevación.

Imagen de Google Maps

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El viernes en el Feliza tras la marcha del 8M, con breve parada justamente sobre la calle Perón -pero con Callao- en el Espacio Ambigu, que por entonces no ofrecía nada, y luego aventuras en el mencionado boliche, con dos actos artísticos que me encantaron, Karen Pastrana y sus Superpoderosas Crew (esa Carito Samantha cómo baila, eh), y la pieza de las muchachas del colectivo Chica Queen Kong, tan pop y político, caras y gestos inolvidables, la vestimenta neón en esas caras tan argentinas; después: la intensidad todavía juvenil del ligue, felicidad y dolor potenciados; y caminar mucho sobre Santa Fe de madrugada, sabiendo que sería, inevitablemente, una de las últimas veces.

Y luego el sábado siguiente, con el ánimo de la fiesta otra vez, acudir a la tal Sense donde antes se hacía la mítica Whip, en el sótano de la Galería Buenos Aires, Edificio Thompson (la misma donde está la Chikara y la Keroro, k-stores, y la del ejemplo de sartrería-librería de viejo-tienda rockera y ahora, recién vimos en un paseo vespertino, una especie de fonda al estilo mercado mexicano).

Alguna otra noche, por ejemplo una madrugada invernal volviendo de una fiesta en Flores, me bajé del 132 en Paraguay y Florida, y cuando crucé por Córdoba, a la altura de dicha galería me encontré con una escena dantesca: caía una lluvia fría y en la vereda había varios bultos de seres completamente desmayados; en los postes se detenían al menos dos post-adolescentes vomitando mientras que otros tantos miraban sus celulares confundidos, o esperaban el bondi sin sostenerse sobre su eje. Sabía, pues, que en tales fiestas había barra libre del alcohol de la peor calidad, y aquel sábado, con sus debidas precauciones, nos enfrentamos a tal coctelería, y nos amigamos de personas nacidas en 1999 que, al saber nuestra edad, dijeron «muy respetable», y en el baño había dos chicas y una le decía a la otra que conoció a un partidazo «porque tiene todos sus dientes y eso es muy importante», y la amiga se reía y le decía que tenía razón, que eso era muy importante en efecto.

Exterior del Edificio Thompson, y entrada al boliche en el sótano. Imagen de Google Maps

Chica Queen Kong su presentación en Feliza el 8M (imagen de su Facebook)

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Tomé todos los trenes. El Roca, el Mitre, el Sarmiento, el Belgrano Norte o Villa Rosa, que sale de la Retiro otra, la estación más vieja y fea, con sus andenes provisionales; también tomé el Tren de la Costa, que va bordeando el río. Tigre, Torcuato, Vicente López, Lanús, Ramos Mejía, San Isidro y Martínez, Liniers, Avellaneda, a donde ellos te llevan, barrios y localidades del conurbano. Y barrios alejados o poco turísticos o demasiado barrios, vaya, a los que me llevó la casualidad o la suerte: Flores, Chacarita, Barracas, Colegiales, Villa Crespo, Villa Ortúzar, Coghlan, Nueva Pompeya, mi Boedo entero, los parques: Parque Patricios, Villa del Parque, Parque Chas, Parque Chacabuco. Y los parques -no confundir parque con parque-, lo verde: Centenario, Barrancas de Belgrano, bosques de Palermo, el rosedal, parque Las Heras.

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Me he dado cuenta de que sólo puedo hablar conmigo misma, de ahí la compulsión de anotar cosas, y hablarme desde el pasado y hacia el futuro. De un correo desesperado reciente: «…Me ha entrado la sensación de que todo lo que tengo por decir, por compartir, por pensar, por discutir, por opinar, por chismear, por expresar, no puede ser depositado en un único ser; que mis pensamientos no pueden ser glosados y compartidos salvo si su contenido se reparte entre varias personas, lo que conlleva a la repetición constante. Entonces ese ser al que va dirigido aquel torrente encuentra su único reflejo posible dentro de mí misma, soy la única que podrá comprender y recibir y expresar todo lo que me ocurra; me encuentro cósmicamente sola y conectada únicamente con mi propio ser».

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Creo que ya sabía, cuando desmantelábamos el departamento de Jessica y José Juan y la pequeña Nat, que así me despedía. Esa noche que llegó la joven, poco convencional familia que hacía mudanzas en una combi para llevarse los últimos muebles, salimos a Callao y desde Santa Fe se levantaba una bruma blanca y espesa. Esa humedad de Buenos Aires.

Ya hice, acá, otro domingo, un último paseo: de microcentro a plaza San Martín, de ahí a Retiro, Suipacha, Arroyo, Esmeralda, Maipú, Paraguay, Lavalle.

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Mi celular anterior se rompió en México, lo conecté a una toma de electricidad en un café (estaba con mi mamá, ella me hablaba de cómo deseaba sexualmente ¡a Putin!), algo tronó, y luego ya nada fue lo mismo, el aparatejo sufrió un lento colapso. Con el celular que compré de urgencia dejé de tomar fotos, salvo en ocasiones esporádicas. Entonces mis últimos meses aquí tuve que guardar las imágenes en la mente; creo que las fotos me siguen sirviendo para lubricar la memoria, miro mis galerías de años atrás y rastreo hasta las calles por el orden de las imágenes, y ahora casi todo tendré que guardarlo sin su índice, evocarlo sin muletas.

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Otro jueves fui al Colón, nunca había entrado a tal portento arquitectónico, compré un boleto de la actual temporada de la orquesta filarmónica de Buenos Aires de improviso, alcancé sólo de pie, escuchamos la obertura de Fidelio de Beethoven y el concierto no. 3 para piano (Filippo Gamba en el piano), y Scherezada de Nicolai Rismky-Korsakov (solo de violín de Pablo Saraví), y fui tan feliz en ese lapso, en esas dos horas, incluso en el intermedio en que vagué por los pasillos circulares, anticuados, los revoques de aquellas paredes que yo me imaginaba, no sé por qué, en medio de un temblor, ya empezaban a traslaparse las geografías.

Otra noche fui a escuchar a Mariana Enríquez al Cultural San Martín. Reciclaré los tuits porque ya no me da la gana continuar redactando pero quizás los corrija en el proceso:
*La plática, en realidad, se titulaba hermosamente «Cómo me hice escritora». El San Martín, además, es una joya arquitectónica cyberpunk, muchas escaleras y concreto y mosaicos y luces neón y salas vacías y oscuras.
*Estábamos en total oscuridad, sentados en unas butacas viejísimas, y como yo estaba algo soñolienta porque había dormido poco, a veces cerraba los ojos de más. De repente sentí que un muchacho junto a mí se inclinaba y se me quedaba viendo fijamente, pero no se había movido nada; el sobresalto de la ilusión/espanto terminó por despertarme. 👻
*Pero esta atmósfera era perfecta para su charla. Dijo algunas cosas que ya había leído en el prólogo a la reedición de su primera novela, Bajar es lo peor (su adolescencia punketa, consumo de merca rebajada, su amor por rock y el deseo de convertirse en periodista para ser corresponsal en Glastonbury, su vida y sobre todo sus noches en La Plata, el amor por la sexualidad de hombres gay, cómo fue convertirse en una autora precoz y ser presentada en tele y radio como «la escritora más joven de Argentina»).
*Le preguntaron qué situaciones cotidianas tenían el potencial para convertirse en cuentos suyos y ella dijo que cualquiera, y narró cómo esa misma mañana, en su barrio (Flores), se cruzó con una pareja de adolescentes vestidos con remeras de AC/DC a los que siguió durante un tramo y luego, frente a una iglesia, él le dije a ella: «Mira, esta iglesia es re satánica». Dijo que quizás no lo convertiría en cuento ahora, pero que es una imagen que captó como con una antena y tal vez en el futuro… Me fascinó porque fue como obtener de ella misma, al momento, la imagen de un cuento posible, un cuento muy marianaenriquezesco.

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Ya no fui al Gaumont una última vez, ya no fui (por última vez) a: la Sala Lugones, al BAMA, al Cosmos UBA, al MALBA, a la biblioteca de Congreso, al Parque Chacabuco, a la reserva ecológica, al Planetario, al restaurante boliviano de Liniers, al Ejército de Salvación y el restaurante peruano de allí, Juanita y Paul; a buscar cosas a Once, al Barrio Chino, ya no emprendí caminatas de dos, tres horas, ya no, por ahora, por esta vez, en esta ocasión.

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Hace cuatro años, cuando llegué a vivir a Buenos Aires, leí El discurso vacío. Fue el primer libro que compré, el primero que leí aquí. Por una casualidad volví a leerlo estos días, un broche adecuado. Respecto a los cuatro años que vivió en esta ciudad y cómo afrontó la despedida de Montevideo, Levrero habla de la «operación psíquica consciente» (o «psicosis controlada»), que es en realidad una «negación de la realidad» y que básicamente consiste en repetirse: “No me importa dejar todo esto”.

He podido descubrir que tras ese aparente vacío se ocultaba un contenido doloroso: un dolor que preferí no sentir en el momento en que debí sentirlo, pues estaba seguro de no poder soportarlo, o por lo menos de no tener tiempo para irlo soltando lentamente de un modo tolerable. Porque el 5 de marzo de 1985, a primera hora de la tarde, subí a ese coche que me llevaría “definitivamente” a Buenos Aires, y el 6 de marzo de 1985, a las 10 de la mañana, debería comenzar a trabajar en una oficina en Buenos Aires. Y debería comenzar a adaptarme a la vida en otra ciudad, en otro país. No había tiempo para sentir dolor y opté por anestesiarme.

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Las personas que me despidieron aquella vez siguen allá, serán las primeras que veré, y me gusta pensar que las que estuvieron aquí para despedirme seguirán acá cuando vuelva, de la manera en que vuelva.

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Debo recordarme que los motivos para volver son más importantes que los motivos para quedarme.

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