Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor

Es que pasa esto: es un libro que me trastocó. No me afectó, no me perturbó, no me inquietó. Me trastocó. Me produjo reacciones físicas, gestos que me deformaban la cara cuando iba en el colectivo, leyendo, y arrugaba la frente y torcía la boca y decía no, no, NO. Tampoco me atrapó en el sentido de que, una vez empezada la lectura, me fuera imposible dejar de leer hasta terminar. Ya casi ningún libro lo logra. Pero no fue por eso: en realidad decidí leerlo con alguna lentitud, un capítulo al día o cada dos días, no para paladear o disfrutar sino quizá para lo contrario, porque éste es un libro que no se disfruta sino que se padece. Es raro todo esto, porque al escribir de él siento el peligro de chapotear en la piscina de los lugares comunes: lo despiadado, lo brutal, lo rabioso, la crudeza, las bajas pasiones. 

El gran crimen: iniciar desde el yo. Transparentar la subjetividad. Señalar mis deficiencias como lectora. No puedo escribir una reseña o una crítica, porque no he leído Falsa liebre ni Aquí no es Miami. No porque no quisiera, ganas las tuve, pero la primera resultaba inconseguible y de la segunda dudé el desembolso. Así sucede. Me pierdo la novísima literatura porque dudo del desembolso (o carezco del dinero para el desembolso). Pero una vez leí La casa del estero y me bastó para engancharme a la escritura de Fernanda Melchor. Es un cuento o una crónica -pensada como crónica resulta más terrorífica- que he leído tres o cuatro veces, que le he compartido a mucha gente, y que todas las veces me causa pavor: una posesión satánica en todo rigor, bajo toda convención, pero en atmósfera tropical veracruzana, chavos que echan relajo en una casa abandonada por protagonistas, y el submundo de la santería en Veracruz. Hay un momento en que bajan a un sótano por una escalera sórdida, y abajo todo es oscuridad, y sus linternas no funcionan, y sacan bastones de halógeno, y de pronto uno dice «me acaban de quitar el bastón de las manos», y ahí, ese momento tan simple, me parece perfectamente terrorífico. Más tarde la chica poseída, cuando intentan huir de la casa, se arrastra por el fango con las manos, como si de la cintura para abajo estuviera paralizada. Esta imagen también me aterra. Aquello que la habita le dice a un taxista, con voz cavernosa, que ahí tiene a la «puta de María Esperanza», que resulta ser la madre, recién fallecida, del hombre. Como la madre de Karras, me acuerdo, sentada blanca e inmaculada en la cama donde Reagan se retuerce. Y además de todo esto hay momentos, hay progresiones, una historia contada a cuentagotas a lo largo de una relación afectiva que crece y se separa de los acontecimientos, y los mira duplicados en un vidrio negro que les devuelve sus caras cuando hablan, por la noche, con la luz prendida.

Yo quería saldar mi deuda, pero la duda. Entonces leí algunos fragmentos que compartían en internet, gracias a los cuales comprobé el uso del lenguaje, y se me despertaron los deseos. La buena noticia es que, también inconseguible en Buenos Aires, la compré para el Kindle. Me gustaría tenerla en papel, y por ejemplo ahora mismo jugar con el objeto que es un libro, abrirlo al azar y encontrarme un párrafo, o una frase, o una palabra interesante, que me produjera y me recordara algo. Pero ta. Y así empecé, de modo que:

Llegaron al canal por la brecha que sube del río, con las hondas prestas para la batalla y los ojos entornados, cosidos casi en el fulgor del mediodía. Eran cinco, y su líder, el único que llevaba traje de baño: una trusa colorada que ardía entre las matas sedientas del cañaveral enano de principios de mayo. El resto de la tropa lo seguía en calzoncillos, los cuatro calzados en botines de fango, los cuatro cargando por turnos el balde de piedras menudas que aquella misma mañana sacaron del río; los cuatro ceñudos y fieros y tan dispuestos a inmolarse que ni siquiera el más pequeño de ellos se hubiera atrevido a confesar que sentía miedo, al avanzar con sigilo a la zaga de sus compañeros, la liga de la resortera tensa en sus manos, el guijarro apretado en la badana de cuero, listo para descalabrar lo primero que le saliera al paso si la señal de la emboscada se hacía presente, en el chillido del bienteveo, reclutado como vigía en los árboles a sus espaldas, o en el cascabeleo de las hojas al ser apartadas con violencia, o el zumbido de las piedras al partir el aire frente a sus caras, la brisa caliente, cargada de zopilotes etéreos contra el cielo casi blanco y de una peste que era peor que un puño de arena en la cara, un hedor que daban ganas de escupir para que no bajara a las tripas, que quitaba las ganas de seguir avanzando.

Niños que avanzan como reclutas, armados y temerosos, reflejo ominoso de aquello en que podrían convertirse al crecer, sicarios obreros de la economía narca que gobierna esas tierras y casi toda la de México. Como bien apuntó cierto crítico que adoramos detestar, y que sin embargo no logramos dejar de leer, los narcos apenas intervienen en esta novela: observan, custodian. Pero esto no significa situar una novela en Veracruz y apartarse de la narrativa del narco, sino abordarla de manera más radical: la estructura narca como presencia omnipresente y omnipotente, un mal religioso fundido, licuado en la atmósfera de lo vivible. En las razones o sinrazones del asesinato de La Bruja.

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Han pasado un par de semanas y no he terminado de escribir este comentario, que una mañana empecé a redactar a toda velocidad. Me detuve porque llegué a un bache en mi camino: la necesidad de cuestionarme los gustos y las preferencias, de admitir mi propio conservadurismo. Hay un párrafo aquí abajo que estoy a punto de borrar donde se mencionan categorías que para mí son añejas o están podridas o no son productivas: realismo sucio, costumbrismo, oralidad. Algo sobre Daniel Sada (tenemos que dejar de invocar al maestro Sada). Un ensalzamiento del oído finísimo de Melchor, también ya un lugar común de la crítica hacia esta obra, precedido por la queja sobre quienes lo intentan y no lo logran, y en cambio qué diferencia leer un párrafo como el que sigue:

A ver, chamaco, ¿cuántas puñetas llevas hoy? Te está saliendo pelo en la mano, loco, ¿ya te fijaste? ¡Mira, mira, el pendejo se fijó! ¿No que no tronabas, pistolita? ¿No que no te la jalabas? Pero esa verguita que tienes seguro ni se te para, ¿verdad? Y Brando, chiveado, rodeado de muchachos que fumaban y bebían, algunos de los cuales le doblaban la edad, les respondía: a huevo que se me para, pregúntale a tu jefa, y los vagos se cagaban de la risa y Brando se sentía orgulloso de ser admitido en ese círculo que se reunía en la banca más alejada del parque, aunque los pendejos se la pasaran burlándose de él, de su nombre fresa y mayate, de la seguramente microscópica verga que tenía, y sobre todo, del hecho de que Brando, a sus doce años, jamás le hubiera echado los mocos adentro a nadie.

Estos días he reflexionado más y no llego a ninguna respuesta clara, ni a maneras elegantes de decir esa cosa tan simple que quiero decir. En parte agradezco esta lectura si me ha colocado en un dilema en torno al realismo y la imaginación frente a la literatura, un dilema ante el que no podría posicionarme porque es una cuestión que sencillamente no puede resolverse. Pero es demasiada la violencia. Es insostenible. Recordaba al leer esta novela algo que sentí al leer American Psycho de Bret Easton Ellis, autor que alguna vez me interesó y que hoy no podría aburrirme más, pero que en el momento álgido de interés me produjo el horror suficiente para sentir que su lectura me estaba marcando en el sentido de algo que lacera, hiere, deja una cicatriz o una marca. Pensé: ésta es una lectura que me afecta físicamente y no deseo volver a someterme a ella nunca más (los capítulos donde describe pacientemente las torturas: quemarles los ojos a las víctimas con un encendedor, por ejemplo). No había sentido algo parecido desde entonces. Que es una lectura que sacude pero no sé si quiero repetirla jamás. En Temporada de huracanes es demasiada la miseria y la bestialidad y la misoginia de los personajes, hasta el hartazgo, hasta el cansancio, hasta el asco. Preguntarse, además, si no es así. Si no es verdad que es así. Y cuestionarse entonces si no se emplea a diario una ceguera selectiva. Pero no quiero decir algo tan plenamente vacío como que la realidad es así. Porque la literatura no es la realidad, porque pensar en la idea del reflejo tampoco nos sirve para pensar la literatura. Entonces me quedo con la duda, y pienso y pienso, y me encuentro en un problema que no puedo resolver, y de ahí que, al leerla, cuando la estaba leyendo, mi cara se contrajera en reacciones, en gestos, en muecas de asco y sorpresa y rechazo y, también, a menudo, admiración.

Pero hay dos momentos. Y acá podemos emplear la advertencia del comentarismo audiovisual del spoiler. En algo que para mí, en mi experiencia de lectura, va más allá de la estructura polifónica o coral, de la transición constante de voces y puntos de vista, de la prosa que se ha llamado alternativamente barroca o neobarroca (o, dirían de este lado del hemisferio, neobarrosa). Hay dos momentos. Uno, cuando comienza a deslizarse lentamente la idea de que La Bruja es, en realidad, un hombre travestido. El rostro que jamás emerge de esos ropajes negros. Su voz tipluda. No hay transición sino un lento descubrimiento, que por algún motivo me pareció terrorífico, magistral. La hija de la bruja, la niña canija sin nombre, siempre fue un niño criado como mujer. Pero no hay explicación, o confirmación, no hay nada salvo los sucesos fragmentados o refractados por la mirada de La Lagarta, Norma, Brando. Entonces el deseo por las pieles «color canela, color caoba tirando a palo de rosa» de los jóvenes trabajadores en la construcción de la carretera adquiere otro peso. Y que, entonces, la razón de las juergas en casa de La Bruja, donde se juntan aquellos chicos para meterse toda clase de drogas y llevar a cabo toda clase de actos anales, donde el deseo que rige es siempre de hombre a hombre, con pudor o con asco o con brutalidad, sea la realización de los sueños espectaculares, interpretativos, de esta Bruja en drag: una voz fea y dolorosamente sincera que se desgañita cantando, ante semejante público, canciones de Dulce o de Yuri. La escena, patética o grotesca, se vuelve un poco sublime bajo la mirada amorosa de Brando, que percibe a Luismi, con sus mejillas roñosas y su carácter taimado, como nadie más:

Pero lo más cabrón vino después, cuando el choto se cansó de ladrar sus canciones culeras y el que se paró a cantar al micrófono fue el pinche Luismi, y sin que nadie le dijera nada, sin que nadie lo obligara a hacerlo, como si el bato hubiera estado esperando toda la noche aquel momento para tomar el micrófono y comenzar a cantar con los ojos entrecerrados y la voz algo ronca por tanto aguardiente y tantos cigarros, pero aún a pesar de eso, no mames, pinche Luismi, ¿quién iba a decir que ese güey podía cantar tan chido? ¿Cómo era posible que ese pinche flaco cara de rata, hasta el huevo de pastillo, tuviera una voz tan hermosa, tan profunda, tan impresionantemente joven y al mismo tiempo masculina? Hasta entonces Brando no tenía idea de que a Luismi lo apodaban así por el parecido que tenía su voz con la del cantante Luis Miguel.

No hay momentos de alegría o de éxtasis en Temporada de huracanes. Hay miseria y hay violencia y hay pobreza. Pero aunque no me atreva, por coyona, a releer esta novela pronto, cuando piense en ella siempre voy a recordar esta escena, este pequeño oasis, la voz hermosa y profunda y joven y masculina del Luismi en medio del pantano y la mierda.

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Encoger el cuerpo en la Ciudad de México

Una mano que no alcanza y un pie que se dobla, un cuello crispado y un golpe que se vuelve rutinario. Un desplazamiento que para ejecutarse denigra el cuerpo. Publicado en 2015 por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Encoger el cuerpo. La tarea cotidiana de transportarse en la urbe pretende ofrecer un estudio sobre la manera en que el cuerpo se adapta a las condiciones de transporte de la Ciudad de México, pero su falla principal radica en que trabaja con percepciones. Si bien al inicio se presentan categorías como habitus, de Bourdieu, que da cuenta del esquema de acción y participación del individuo y la colectividad en el campo social, y proxemia, de Hall, que organiza la aplicación de los sentidos para distinguir espacios y distancias, el grueso del trabajo se centra en las encuestas aplicadas a 589 usuarios del transporte público durante el mes de octubre de 2010. Pocas veces se vuelve a estos conceptos, y el libro se concentra en enlistar tablas y porcentajes de respuestas a preguntas como ¿Considera que los asientos son adecuados para su persona? El problema es que, tal vez por la condición de la aplicación de la encuesta –durante el trayecto– o por el habitus mismo de los encuestados, las respuestas son tímidas, indulgentes a veces, y no son capaces de pintar el panorama verdadero de malestar emocional y corporal que implica trasladarse en la segunda zona conurbada con el mayor número de población del planeta, “cuyo monto es superior al que contienen, por sí mismos, 75% de los países del mundo” (p. 15).

A pesar de lo anterior, el trabajo de José Íñigo Aguilar Medina aporta datos valiosos a la discusión en torno al transporte público, sobre todo al hacer énfasis en que se trata de una cuestión de clase, supeditada al capital económico, cultural, social y simbólico del individuo. Obligarlo a realizar traslados en vehículos inadecuados, sostiene Aguilar Medina, “se convierte en una más de las acciones discriminatorias, e invisibles, que los habitantes de esta región deben asumir con resignación y de manera cotidiana” (p. 18).

El traslado en la urbe se divide en dos categorías: público y por tanto masivo, o a bordo de vehículos privados, que sin embargo “siempre hacen uso del espacio público” (p. 14). Este último, aunque mueve un número menor de usuarios, ocupa el 70% del espacio destinado a las vías de comunicación.

El análisis cubre los servicios ofrecidos por el metro, el metrobús, el tren suburbano, el tren ligero, el RTP (Red de Transporte de Pasajeros del Distrito Federal), la pesera (en sus modalidades de microbús y camión), y el trolebús. De ellos, el peor valorado es la pesera por sus pésimas condiciones ergonómicas y mobiliarias. El metro, a su vez, es el transporte predominante y el que mejor define la locomoción dentro de la Ciudad de México, pero uno de los más difíciles por sus condiciones de hacinamiento, sobrecupo y número de incidentes, entre los que la riña y el robo se encuentran en primer lugar.

Una parte importante de Encoger el cuerpo se encarga, precisamente, de estudiar el cuerpo de quienes se transportan en la ciudad: así, la media de estatura en los entrevistados es de 1.63 metros de estatura y 67 kilos, con el 48% de ellos con sobrepeso y sólo 1.2% por debajo de su peso. Sin embargo, de nuevo quizás por el carácter presuroso y poco profundo de la encuesta, la mayoría dice encontrar adecuadas las condiciones estructurales de los vehículos, sean estas escaleras, altura de pasamanos, asientos, pasillos y puertas. Hay que resaltar, por ejemplo, que el metrobús es el peor valorado en su sistema de puertas, que “arrollan a quienes se encuentran en su paso” (p. 78.) También que, teniendo las condiciones para hacerlo, Aguilar Medina haya decidido no llevar su estudio a una discusión sobre género, y cómo se diferencian las experiencias de traslado de hombres y mujeres.

El motivo de viaje del 38.8% de los entrevistados es por trabajo y, por estudios, del 24.4%, lo que hace suponer que se trata de viajes constantes, rutinarios, diarios: el 33.8% cambia de vehículo en dos ocasiones, mientras que el 4.1% y el 1.4% hace 4 y 5 transbordos, respectivamente. Es evidente que la mayoría de los usuarios elige el transporte por rapidez y conveniencia, y que por lo general busca la ruta más corta, pero la capacidad de elección es exigua: se usa lo que hay. Si “el traslado representa la coexistencia efímera en un espacio reducido y móvil, muchas veces agresivo” (p. 116), la adquisición de un vehículo privado responde a la necesidad de evitar la vejación que presupone viajar en colectividad.

Aunque Aguilar Medina concluye su libro con el extraño recordatorio de que la postura corporal modifica los niveles de testosterona y cortisona (una posición encogida por más de dos minutos aumenta la producción de cortisol, la hormona del estrés, mientras que una posición expandida aumenta el de la testosterona, “la hormona del poder, de la seguridad, del sentirse bien”), es fundamental volver a uno de sus argumentos iniciales: el de la necesidad de vincular de manera urgente, tanto en la Ciudad de México como en el Estado de México, las políticas públicas de vivienda y transporte. Que transportarse desde la periferia no sea sinónimo de un menoscabo a la dignidad del cuerpo que, a diario, se desplaza para trabajar, estudiar, recrearse y, en una palabra, vivir.

Encoger el cuerpo. La tarea cotidiana de transportarse en la urbe
José Íñigo Aguilar Medina
Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2015

 

Publicado originalmente en La Brújula de Nexos.

Soy una feminista enojada

He estado pensando, otra vez, en el feminismo. Y aunque he estado pensando en él -en ellos, en los feminismos- con frecuencia en las últimas semanas, a raíz de diversas polémicas y sucesos, es poco lo que he logrado articular, salvo ideas sueltas que no puedo zurcir y que dejo así, abiertas, distendidas, flotantes.

No todo, pero algo comenzó con el texto de Valeria Luiselli en El País, «Nuevo feminismo» (un singular que en principio, como ya se ha apuntado, abona a la desconfianza). Sí, me escandalizan los bostezos y la burla, pero sobre todo aquella noción de que una idea tenga que intercambiarse por una postura, como si una postura no fuera una idea y un pensamiento, como si todo -incluso, el rechazo mismo a la ideología- no fuera ideología. «Pensamiento complejo» básico: todo es ideología. Y, sobre todo y de manera más peligrosa, aquéllo que abjura o descree de la ideología.

Lo otro que leo es un rechazo a la terminología feminista. Lo que solían ser categorías para pensar y plantear los feminismos posibles -heteropatriarcado, descolonización, interseccionalidad, deconstrucción- se ha convertido, al uso, en mero slang y, en el peor de los casos, en memes. La trivialización de las categorías es decepcionante, abona a la ridiculización y la mofa, hace pensar en un movimiento, una causa, una «tribu» que no aspira a lo universalista, que excluye a quien no es ducho con los términos, o que exige una adscripción cuasirreligiosa. Y por eso dan ganas de revitalizar el lenguaje, infundirle nueva vida a las palabras. Pero éste es un momento en que los términos se vacían de su significado, y la consecuencia de la crítica a Luiselli -que fue de lo tibio a lo imbécil y lo inteligente: una crítica variada que no deja de ser eso: una crítica esperable, necesaria, saludable, normal– lo confirmó de la peor forma: se le llamó censura, linchamiento quema de brujas.

Pero hay otra cosa en la que he estado pensando.

Recuerdo mucho que en el prólogo de Ensayos impertinentes de Jean Franco, Marta Lamas dice que si bien se acepta como feminista a quien se asume como tal (como sucede en una identidad sexual como la bisexualidad, tan trivializada últimamente), hay distintas formas y grados de serlo. Y precisamente en ello he reflexionado a últimas fechas, en la necesidad de asumir un feminismo diferente, enojado.

Jessa Crispin acaba de publicar un libro con el título provocativo de I am not a feminist. En la reseña de la New Yorker:

The point of “Why I Am Not a Feminist” isn’t really that Crispin is not a feminist; it’s that she has no interest in being a part of a club that has opened its doors and lost sight of its politics—a club that would, if she weren’t so busy disavowing it, invite Kellyanne Conway in.

(La cuestión de «Por qué no soy una feminista» no es, en realidad, que Crispin no sea una feminista; es el hecho de que no tiene ningún interés en ser parte de un club que ha abierto sus puertas y ha perdido la perspectiva de su política: un club que, si ella misma no estuviera tan empeñada en rechazarlo, invitaría a Kellyanne Conway.)

Creo que Crispin apunta a la misma necesidad de revitalizar las palabras: que ya no es posible llamarse feminista cuando marcas como Dior y Taylor Swift han cooptado el término para su explotación comercial, cuando su estética se ha transformado en mercancía y, al igual que un término repleto de tantos significados simbólicos como linchamiento, puede usarse a la ligera, sin implicaciones reales, sin compromisos políticos visibles.

Pero algo dentro de mí no está del todo de acuerdo con esto: como Benjamin, creo en el potencial revolucionario de la cultura pop. Y sin embargo me resisto al feminismo de chocolate de Zara, de Buzzfeed, de Beyoncé, de Twitter y sus figuras de sololoy que explotan sus convicciones políticas para llevar agua a su molino, que repiten consignas y canibalizan experiencias y discursos. Trato de entender, entonces, a los que se disocian del feminismo porque lo asocian a dichas figuras repelentes, pero de todos modos no puedo evitar sentir, ante sus abismos intelectuales, ante textos tan perfectamente idiotas como éste, algo en el estómago, una náusea, un sentimiento de injusticia extremo, como cuando éramos niños y veíamos expresiones fulgurantes de racismo en el cine.

Pienso entonces que no es un nuestro trabajo hacerles el pensamiento más digerible a quienes prefieren vadear las aguas superficiales de la discusión, y que no necesitamos más ese feminismo dulce e inofensivo. Me interesa, por eso, la postura de Crispin: contradictoria y encabronada, hipercrítica y beligerante, radical en cuanto a su rechazo por la dinámica capitalista de tajo. En su conversación con Madeleine Davies en Jezebel, ésta le dice:

“Self-care” is another one of those ideas that’s been bastardized. It started off as an Audre Lorde philosophy that addressed the struggles of activist women of color and now it’s applied to, I don’t know, getting a blowout. 

And pedicures.

(El «autocuidado» es otra de esas ideas que se han trivializado. Empezó como una filosofía de Audre Lorde que se enfocaba en las luchas de las mujeres activistas de color y ahora se aplica a, no sé, un tratamiento capilar.

Y pedicures.)

 

E Indiana Seresin, en un texto en The Harvard Advocate contra lo que algunos creen que es el «nuevo feminismo» (en itálicas, en comillas, todo con pincitas), que en realidad es una demoledora reseña sobre un libro de Kate Zambreno, Heroines, sobre esposas, escritoras y figuras (o no) del modernismo, dice:

There need to be standards for what counts as valuable writing, just as there need to be standards for what counts as valuable feminism.

(Es necesario que haya estándares para lo que se cuenta como una escritura valiosa, tal como es necesario que haya estándares para lo que cuenta como un feminismo valioso.)

Por eso vuelvo a las ideas pendencieras, no del todo agradables para ese remedo de feminismo que busca volvernos amigos de nuestros enemigos, de Crispin en Jezebel:

It’s just that now, the people who are actually very regressive and retrograde are embracing the word “feminist,” whereas in the second wave, you had mainstream women’s culture refusing to use the name, horrified by the name, and actively getting in the way of the feminist movement.

(Es sólo que ahora, gente que en realidad es reaccionaria y retrógrada está adoptando la palabra «feminista», mientras que en la segunda ola, la cultura popular femenina se rehusaba a usar el término, se horrorizaba de él, y bloqueaba enérgicamente el movimiento feminista.)

Creo, entonces, que no se trata de las mujeres y los hombres que no saben o no les interesa conocer lo que son los feminismos, sino de los que se asumen feministas y «aliados», y convierten un movimiento político en una preferencia, una cualidad, una aptitud o, incluso, una esencia. Y los que celebran a los -oh, perdón por el terminajo- falsos profetas y contribuyen a la bastardización de lo que tanto trabajo ha costado construir. Porque nos matan, nos golpean y, encima, se orinan en nuestro pensamiento. Yo sí quiero tomar mis cartulinitas, destaparme el torso y asustar a los que prefieren una protesta pacífica, buena onda y recatada. Quiero estar enojada y que ese enojo se reconozca. Y si no, si lo que me sale es escribir, opinar, pensar, contribuir, como dice muy sabiamente Gabriela Damián, hacerlo con imaginación compasiva.

 

 

Falsa Boda, falsa experiencia

“Me enteré por Facebook, una amiga me invitó. Me interesó, me pareció algo copado, innovador, que estaba bueno. Tengo 24 años, soy del 91. Había ido antes a una boda de verdad, de mi familia. ¿Qué me parece esta fiesta? Hubiese preferido que pusieran la música antes. Soy soltera. No he conocido a nadie interesante todavía. Y no sé si conozca a alguien. Ojalá.”

Habla Karla E., una de las asistentes de Falsa Boda Argentina. Estamos en un salón de Palermo, amplio, con un jardín y un pabellón grande donde han colocado la barra de bebidas y al DJ. Son casi las dos de la mañana y el lugar está a reventar.

Guido G. y Agustina Z., de 1987 y 1991 respectivamente, dicen que se enteraron por unos amigos que trabajan en la página que imprime las entradas. “Quisimos venir porque pensamos que había mucha barra libre. Pero no hay mucha en realidad. Lo más molesto es esto. Vinimos todos con pareja, todos de novios”.

Falsa Boda es un evento multitudinario en el que una pareja de actores finge casarse y celebra con bombo y platillo en un salón de fiestas decorado para la ocasión. Cientos de asistentes pagan una entrada de aproximadamente 40 dólares y con ello tienen acceso a snacks y bebidas de una barra libre. La idea es simple y funciona, tanto que ya se han organizado bodas falsas por toda Argentina e incluso en Rusia, gracias a una amiga de los creadores que, antes de casarse, quiso tener un simulacro de boda. Hasta el momento, dicen, han creado 72 fanpages mundiales, ya que muchos les han copiado la idea, y han atraído la atención de medios como la BBC, Univisión y Telemundo. (Como nota al margen, encuentro en internet la página de The Big Fake wedding, creada en Atlanta, Estados Unidos, en 2008. Se parece mucho a Falsa Boda, aunque su objetivo son parejas a punto de casarse que, durante esta falsa ceremonia, conocen y califican productos para su propia boda, desde servicio de catering hasta diseño de peinados).

Según los fundadores de Falsa Boda Argentina, la idea surgió de un grupo de amigos de La Plata, una ciudad universitaria a unos cuarenta minutos de Buenos Aires. Ellos, que trabajan en una empresa de logística de eventos llamada Trineo Creativo, pensaron que sería interesante organizar una boda a la que todos, que fuera del trabajo no tenían relación con una pareja a punto de casarse, pudieran asistir. Este es el mito de origen de Falsa Boda, que explica su repentino éxito en las prácticas amatorias de los millennials. “Ahora la gente es más liberal y no cree directamente en el casamiento; cada vez hay más divorcios y en nuestra generación el concepto del amor ha ido cambiando. Hay causas económicas, muchos factores externos, que condicionan esta tendencia”, dice Gastón Gennai, miembro fundador.

2.  El año pasado el INEGI publicó estadísticas sobre matrimonios y divorcios en México, que indican, según la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (Enadid), que en los últimos años ha habido un aumento de la población que vive en unión libre y, por tanto, una disminución de la casada. El segmento de solteros representa el 29% de la población de 15 años en adelante, y, entre los separados, viudos o divorciados, 7.2% son hombres y 16.9%, mujeres.

En Argentina, el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas de 2010 informa que las uniones consensuales han crecido en los últimos veinte años y abarcan el 38.8% de las parejas que conviven. Los matrimonios, en cambio, han disminuido un 21% entre el censo de 1991 y éste. Y otros datos judiciales, recabados por el periódico La Nación, sugieren que en Buenos Aires hay, actualmente, un divorcio por cada dos matrimonios.

Al menos estadísticamente, es un hecho que las personas no se casan tan frecuentemente como antes. ¿Cuál es el allure, entonces, de un evento como Falsa Boda? Para Gennai, vestirse de gala obligatoria y levantar un ligue posible es fundamental (sin la mediación de un instrumento digital como Tinder). La posibilidad de asistir con un grupo de amigos a un evento al que en otras circunstancias no asistirían juntos. El sentirse parte de un proceso que surge en redes sociales, y que sigue de cerca la historia falsa de la pareja a casarse. Y la barra libre, que en mi experiencia me consiguió, con muchas dificultades, un trago cada cuarenta minutos.

3. Se ha repetido que los hábitos financieros de los millennials se han transformado radicalmente respecto de los de la generación anterior. En lugar de automóviles o créditos hipotecarios, los nacidos entre 1980 y 2000 desembolsan en experiencias. En este sentido, Falsa Boda es una fiesta que promete un excedente de sentido, una experiencia que emula otra y que es, por sí sola, una experiencia distinta. “La gente está podrida de ir a los boliches, chocarse con la gente; acá hay la oportunidad de que hay helados, malabaristas, un show de improvisación, música, se complementa todo y eso nos ayuda a nosotros, Trineo Creativo, a crear más cosas cada día”, opina Gastón.

4. Tras media hora de fila, entramos al salón de fiestas. Hay charolas de sushi en algunas mesas, y en la barra unos diez bartenders preparan de cinco o seis opciones de coctel: con flores y esencias, mint juleps y Manhattans, bebidas elegantes en lugar de las margaritas y piñas coladas que una esperaría encontrar. Las manos se multiplican, la espera se alarga. En el patio, los novios –que esta vez son artistas circenses– se sacan fotos y luego se dispersan. Una amiga y yo nos sentamos en un sillón a conversar mientras dos tipos nos miran, indecisos de sacarnos plática o no. A cierta hora de la noche, sin ánimos de bailar, tomamos un taxi y nos vamos de la fiesta.

5. Otra de las razones a la que los chicos de Trineo Creativo atribuyen su éxito es que el millennial promedio difícilmente ha asistido a una boda de verdad. O ha ido a muy pocas. Mi edad se sitúa en el segmento generacional aludido. He asistido a cuatro bodas de amigos cercanos. Una de ellas fue una ceremonia sui generis en la que los novios leyeron sus votos y varios amigos leímos fragmentos literarios en lugar de litúrgicos. Las lágrimas, con su primer beso de casados, fueron inevitables en algunos casos. ¿Será que una boda es emocionante por la alegría que produce una decisión ajena? Hay personas que difícilmente se juntarían para asistir a una, pero siempre hay una razón de carácter sentimental para que se convoquen unos y no otros. Vestirse de gala, conocer gente, comer y beber gratis son ventajas menores frente a sentimientos que no logran pasar de moda, como la emoción y la ternura. Y sin pagar boleto de entrada

 

Publicado originalmente en Letras Libres

El adentro afuera

Me llevó algún tiempo descubrir el juego o la clave en el título de Transparent. Trans-parent. Un padre transgénero. Lo que era obvio para muchos, al conocer la trama, para mí no lo era del todo: hasta entonces había leído de manera unívoca, lineal, la transparencia de asumirse, de salir del clóset. Volverse transparente, llevar al afuera lo que en el adentro se reafirma de manera contundente. Sarah, hija de Maura, al enterarse por accidente de la nueva identidad de su padre, pregunta cándidamente si eso significa que ahora se vestirá siempre de mujer. “No”, dice ella, “toda mi vida he tenido que vestirme de hombre”.

Entonces esta identidad no es nueva sino elegida, no preexistente pero sí capaz de remontarse a la infancia: Maura, antes Mort, es una mujer lesbiana en el cuerpo de un hombre (y por ende con sus privilegios), confinada durante años a practicar un cierto travestismo a puertas cerradas.

Con tres temporadas bajo el brazo, Jill Soloway y Amazon Studios han acumulado varios premios (en la última entrega de los Emmy, donde arrasó, Jimmy Kimmel bromea: “Transparent nació como un drama pero se identifica como comedia”) pero no son ellos o su prestigio sino otra cosa lo que despierta y mantiene el interés: se trata de un retrato familiar y más aún de un retrato familiar judío, que lidia con las políticas del género y la identidad, y es capaz de tejer una red de correspondencias entre la solución final de la cuestión judía y la identificación queer. Los tres hijos de Maura –Sarah, Josh, Ali– practican, tarde o temprano, alguna forma de sexualidad por fuera de la norma heterosexual: Sarah llega al altar, pero no consuma su matrimonio con su exnovia de la universidad; Josh incurre en una aventura con Shea, una transexual amiga de Maura; Ali descubre sus pulsiones lésbicas y tiene una relación primero con Syd, su amiga de años, y luego con Leslie, una poeta y académica varios años mayor que ella. La misma Ali intenta escribir un ensayo (después incluso una tesis) que plantee paralelismos entre la experiencia del ser judío –la exclusión, la ritualidad, el apego a la comunidad– y la de ser queer, el “trauma original” que los Pfefferman arrastran, una familia judía berlinesa que disfrutó, mientras pudo, la apertura sexual de la República de Weimar.

Quizá se trate de un atributo más de la intuitiva actuación de Jeffrey Tambor, pero es un hecho que Maura no es una mujer fácil: no hay en ella concesiones ni explosiones de emotividad, sea ira o llanto, sino un manejo contenido, incluso misterioso, inaccesible, de los sentimientos. En ella es posible ensayar un argumento de revolución lingüística, que es a lo que Soloway apunta, entre él, ella y la ambigüedad no del todo bienvenida de un término como moppa, que es el que sus hijos eligen para referirse a ella, hasta que Maura exige ser llamada madre y abuela. Esto sirve para revalidar la conocida tesis de Judith Butler de que el género es un acto performativo que se vale de un discurso público y social. Si la identidad es un constructo, este adentro afuera es lo que la sociedad califica como el “otro”, lo que expulsa y repele (en un baño, una mujer se horroriza ante Maura, quien es “claramente un hombre” que “traumatizará” a sus hijas adolescentes). Puede ser por esta razón que los flashbacks sean interpretados algunas veces por los mismos actores, como la Ali joven y la abuela Rose, que son habitadas indistintamente por Gaby Hoffman (Ali) y Emily Robinson (Ali de doce años). Estas rupturas, aunque infrecuentes, marcan el ritmo de Transparent, que de pronto mezcla líneas del tiempo y personajes (una Ali niña intenta impedir que un hombre bese a la que ella será años más tarde), juega con los espacios y deja historias inconclusas, evanescentes, flotando en el aire.

Transparent es una serie extraña que sigue a personajes extraños –a veces desagradables, que sin embargo son entrañables– y las miserias y alegrías de una familia que en lugar de encontrarse colisiona. No es un paradigma de la lucha transgénero, y no busca serlo, aunque muestra sus derrotas y búsquedas, esa área gris donde la estilización del cuerpo no imita otros cuerpos sino pelea por una concomitancia entre alma y exterior. En el segundo país con más asesinatos de personas transgénero en el mundo, la historia de Maura puede parecer banal y sin embargo vale la pena asomarse al mundo interior de una mujer que defiende no solo ante sí misma sino ante su familia su transparencia verdadera. ~

 

Publicado originalmente en Letras Libres

Comentarios televisivos

Este año, que ha sido el peor, me evadí felizmente con televisión. Las mejores nuevas series que vi, desordenadamente, fueron las siguientes:

High Maintenance – Un tipo reparte marihuana a domicilio en una bici en Nueva York. Su clientela es gente rara y ocurren situaciones graciosas, y hay humo y sol y parques y un perro que se enamora de su paseadora y la busca por la ciudad entera y luego es adoptado por una banda de punks que lo llaman Grandpa y es éste, creo, el episodio más sublime del año 2016.

Transparent – Una obra maestra queer, judía, californiana, muy blanca, feminista, a veces cínica, a veces extraña, con una cortinilla de inicio que siempre me conmueve, no sé por qué, y Jeffrey Tambor. Jeffrey Tambor como Maura Pfefferman, mujer transgénero. Y su familia de excéntricos, de la que ella es el centro gravitacional, a la manera de Arrested Development. En Letras Libres de enero escribí algo más largo sobre ella.

Atlanta – Donald Glover se llama Earnest, de manera muy wildeana, y vive en Atlanta, Georgia, y Atlanta -la Atlanta negra, callejera- es la presencia más importante de la serie. En algún momento alguien se aparece en un club con un carro transparente y luego atropella a otra persona y hay un video casero de eso. También sale un Justin Bieber negro y un episodio entero es una parodia de un talk show donde sale un puberto negro cuya identidad verdadera es un hombre blanco de 35 años.

Search Party – No negar que Alia Shawkat con el peinado que usé durante el primer semestre del año me atrajo como un imán. Alguien tuiteó que es todo lo que Girls quiere ser y no es, lo cual es una mentira, porque no se parece a Girls salvo en los personajes alienados, de veintipocos, que viven en Nueva York y son graciosos porque son tontos y no se dan cuenta de que son tontos. Dory se propone encontrar a Chantal, una ex compañera de la universidad desaparecida, y su involucramiento se complica y la pone en peligro, y al final el resultado es escalofriantemente estúpido y falto de sentido y deja en el espectador una sensación fría, irreconciliable, desamparada.

The Girlfriend Experience – Es muchas series y muchos géneros y no estoy segura cuál en realidad. Es una hermosa y distante estudiante de leyes que empieza a trabajar como una escort de lujo, y persigue un misterio y un caso de corrupción en la firma donde hace su pasantía y se hace pedicure y faciales y viste elegantes camisas y faldas entubadas y su rostro es sublime y su mirada lo atraviesa todo y es muy lista y hay como una amenaza constante a su alrededor para destruirla. Sobre el sexo y el deseo y el fetiche y el dinero, y erótica y gris y oscura. Riley Keough es un hoyo negro y una droga, y llegar al final de su historia te deja en la perplejidad más grande.

Crazy Ex-Girlfriend – Carcajadas infinitas con los números musicales (es un musical, y yo adoro los musicales). La diversidad y, digamos, perdedorez de sus personajes me recuerda un poco a Community, excepto que aquí es una abogada «rota por dentro» que intenta por todos los medios conquistar a su ex novio de la adolescencia Josh (quien es de ascendencia filipina y tiene un amigo al que llaman White Josh) y se muda a West Covina, California, y allá tiene una nueva mejor amiga que vive a través de su vida romántica y un jefe que descubre que es bisexual y una vecina cool y un pretendiente y una enemiga llamada Valencia. Y todos bailan y cantan. No me quito de la mente:

Sexy Getting Ready Song

https://youtu.be/hkfSDSfxE4o

Group Hang

https://youtu.be/elrDmZxtLtU

y

Boy band made up of four Joshes

https://youtu.be/RPw6sCTh9Q8

Rachel Bloom es excelente.

One Missississippi – Escuché el stand-up de Tig, vi su documental en Netflix y, ahora, la versión novelada de su vida. Ya soy experta en su cáncer, su enfermedad intestinal, la muerte de su madre y su ruptura amorosa. Una mujer de humor muy raro, deadpan, apenas alza la voz, tiene una mirada muy inteligente y concentrada, con su arruga en la frente; se atreve a mostrar el resultado de su mastectomía, sus temas son difíciles y oscuros pero contados con mucha ternura.

Nuevas que vi que me interesaron mas no me arrebataron:

Better Things – Pamela Adlon («Sam») y sus hijas, en un formato Louie: fragmentos, escenas descoyuntadas, flechazos, jonrones, relaciones familiares disfuncionales.

Love – Me reí, me pareció honesta en la miserabilidad de sus personajes centrales, me gustó la Los Angeles sucia y barata, que muestre sus puntos con cierta sutileza, ironía y mala leche, me gusta Gillian Jacobs.

Easy – Me pareció buena, interesante, la vegan cinderella espectacular, aburrido el de los hermanos cerveceros, chistosón el de los mexicanos fresas, poético el de la actriz nadadora (Gugu Mbatha-Raw, la otra estrella del capítulo estrella del año, San Junipero) y la posibilidad de soñar, otra vez, con Chicago.

Sensitive Skin – La que hasta ahora conocía como la nueva de Kim Cattrall. Su resumen en Wikipedia: Davina is a woman in her 50s who works in a gallery who has recently moved from the suburbs into an apartment in downtown Toronto with her neurotic husband Al, a pop-culture critic. She finds it difficult to adjust to life as she gets older, worried that her looks are fading and she has done nothing of substance with her life. Gracias a que me metí a Wikipedia, acabo de espoilerearme la segunda temporada. Bien. Lo mejor de esta serie es el esposo Al, Don McKellar (gran descubrimiento). Y Toronto.

Mención especial:

Black Mirror – Este año vi por primera vez Black Mirror y al fin entendí las referencias al primer ministro y el puerco. Creo que la primera temporada es la más perfecta y, como todo el mundo, que San Junipero es un episodio casi casi poético. Pero no suelo especializarme en los géneros de la imaginación, como la ciencia ficción y la fantasía, lo cual lamento pero a la vez me hace pensar que consumo, así, sus obras más acabadas, sus coronas verdaderas.

Series antiguas:

Girls – Aquel episodio donde Marnie se encuentra con su ex novio Charlie, quien ahora es una persona totalmente diferente, medio siniestra, y luego pasan un día y una noche juntos, pasando aventuras raras, es un sueño filmado, hay una presencia fuertemente onírica a lo largo del capítulo, que se recorta limpiamente de los otros, como si lo ocurrido detentara el estatuto de lo improbable o lo prescindible. Además, Shoshanna en Japón. Shoshanna enamorada de Japón, y luego cansada de Japón. El momento en que Hannah descubre lo que pasa entre Jessa y Adam. Girls es refinada, inteligente y divertida.

BoJack Horseman – Me encantó la primera temporada, me encantó la segunda, el episodio bajo el agua, la asexualidad de Todd, los caballos galopando en la pradera, Secretariat, todo eso.

Unbreakable Kimmy Shcmidt – No recuerdo mucho de esta temporada excepto reírme mucho otra vez.

Game of Thrones – Otra temporada llena de sangre, hielo, fuego, dragones, etcétera.

Narcos – El año pasado me tardé meses en terminar la primera temporada. Esta vez la consumí rápida, intensamente. Adoro a Pedro Pascal y adoro Colombia y el acento y la cara de Wagner Moura y los acentos logrados de los mexicanos que interpretan colombianos, pero no los que ni siquiera se esfuerzan -como Bichir-.

Club de Cuervos – Hugo Sánchez, el «hola, prim», los elotes con mayonesa, el Potro, el «a ver, de qué chillan», la fiesta en Acapulco, el acento norteño fresa, perdón, me carcajeé mucho y muy largo.

La serie que no me gustó:

Stranger Things – La vi casi por disciplina (¿se puede ser disciplinado en la pereza?). No me interesó, no me produjo nada, me aburrí bastante, su mezcla de géneros apenas me interesa y encuentro mayor satisfacción en otros productos que explotan la nostalgia por los ochenta.

Relleno:

Gilmore Girls – Un comentario para los nuevos episodios de Gilmore Girls:

(qué horror: pensar que mi hermana y yo veíamos cada capítulo en Warner, que la abandoné alrededor de la quinta o sexta temporada, que volví a verla en Netflix y me quedé en la tercera y ya no quise avanzar, que alguna vez me reí y me interesé. Pero: es un gusto conocer a la Rory fracasada).

Mr. RobotAlaíde me prestó la primera temporada en DVD y llegué al capítulo cinco y no he continuado.

Orange is the new black – ¿Este año fue que nos mataron a Poussey?

Portlandia – Favorita. La macrohistoria de una ciudad entera. Las historias de Nance y Pete, de Nina y Lance, de Candace y Toni, de Dave y Kath, del mayor, de los ecoterroristas, de los goths.

No terminé: Horace & Pete, The Get Down

Quiero ver: You’re the Worst (corrección: vi dos y jamás quiero volver a ella). Terminar: Broad City. Empezar: Insecure.

Corolario:

En el diario de Alejandra Pizarnik me encontré con esta frase:

La televisión es un estupefaciente inofensivo para burgueses introvertidos.

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Sobre las «Irrupciones» de Levrero

Me desperté y pensé que era solo un sueño. Después pensé: «Todo el mundo dice “sólo un sueño; deberíamos decir: “nada más que un sueño”».

Irrupción 5.

 

Entre 1996 y 1998, y durante algunos meses del año 2000, Mario Levrero publicó la columna mensual Irrupciones en la sección cultural de la revista uruguaya Posdata. 126 textos anómalos, de circulación restringida, en 2001 se transformaron en una edición incompleta y marginal (dos tomos con las irrupciones 1-40 y 41-70 dentro de la colección De los flexes terpines, dirigida por Levrero mismo en editorial Cauce) y, en 2007, de manera póstuma, en una modesta edición publicada por Punto de Lectura. Por fin, en 2013, entró en circulación una lujosa publicación de la editorial uruguaya independiente Criatura Editora.

En el prólogo a la primera edición de las Irrupciones como libro, Levrero escribe: “En cualquier orden que se lean estos fragmentos se notará, creo, que todo está ligado y forma parte de lo mismo, como en un holograma”. Las Irrupciones son, entonces, una pieza más de su proyecto de escritura, que define como un “mapa a todo nivel de mi propio ser”. De distintos modos Levrero se sabía dueño de una obra cuya diversidad no atentaba contra su unicidad, una obra compuesta de textos heterogéneos cuyos puntos de contacto formaban un todo irreductible.

Es un poco un lugar común: hay un Levrero para todos. El raro y el confesional. El cómico y el misterioso. El Levrero deliberadamente kafkiano, de la “trilogía involuntaria”, compuesta por las novelas La ciudad (1970), París (1980) y El lugar (1982), en las que el misterio discurre en una atmósfera enrarecida, la de un sueño vigil (un oxímoron que quizá aprobaría). El Levrero que parodia su amado género policial: Dejen todo en mis manos (1996) y Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo (1975). El Levrero que se confiesa y exhibe en El discurso vacío (1996), suerte de diario donde se consignan sus ejercicios tipográficos para mejorar su letra y, con ello, su vida, su personalidad, su alma; y el de Diario de un canalla (2013), donde narra algunos meses del par de años que residió en Buenos Aires, mientras trabajaba para una revista de crucigramas y juegos de ingenio (lapso en que no logró escribir literatura).

Hay un efecto Levrero, como una hipnosis. Un idea que recorre su obra: la postergación. La postergación de la escritura, de los buenos hábitos, de un mejor yo inaccesible. Irrupción número 63: “Es de madrugada. Comienzo a pensar en irme a dormir, pero todavía me falta chequear el correo electrónico. A esa hora es fácil conseguir línea; me conecto”. En La novela luminosa, el Diario de la beca (Levrero fue acreedor a la beca Guggenheim para su escritura), que antecede la “novela”, constituye, en realidad, la obra verdadera, el corazón y sentido de la experiencia luminosa, una especie de escritura cero que da cuenta de su imposibilidad para escribir, y que registra minuciosamente sus rutinas, postergaciones y derrotas diarias.

Tengo una hipótesis. Las irrupciones de Levrero se publicaron bajo el rótulo columna, un género menor, que sin embargo en nuestra literatura ha producido varios libros magníficos: las compilaciones de los artículos de Jorge Ibargüengoitia en Excélsior y, más recientemente, El idioma materno de Fabio Morábito, por citar dos ejemplos entre decenas. Pero la noción misma de género está en crisis constante y su determinación es tan social como histórica. Las Irrupciones sólo se parecen a sí mismas o, en todo caso, a la obra de Levrero, a Levrero y nada más: la transformación o creación de un género cambia la historia de la literatura, como quería Todorov, de tal forma que las Irrupciones pueden considerarse, a la postre, un género autoral de la misma manera en que hoy pensamos las Iluminaciones de Rimbaud, los Pensamientos de Pascal o las Confesiones de Rousseau.

Hay un ethos levreriano, en el que el discurso se lee (al modo en que el lingüista francés Maingueneau plantea) desde la identidad del “garante”, el que narra o enuncia, y que es distinto del sujeto verdadero (es decir, el señor llamado Jorge Mario Varlotta Levrero). Una manera de decir que es también una manera de ser. Los registros más variados aparecen en sus Irrupciones: la divertida saga del buzo azul para invierno, las aventuras del ratón Mouse (acompañadas de dibujos hechos por él mismo en Paint), reflexiones sobre la literatura y el quehacer poético, anécdotas vecinales, una ida a la carnicería, un poema (la irrupción 62 inicia: “un aroma lejano/todavía sin nombre/llega con insistencia/hoy/a este desierto…”), relatos de sueños que inician y terminan sin su debida aclaración (la 35: “La sala de teatro es subterránea. Yo he dejado un sobretodo marrón y un pañuelo blanco sobre la butaca que me corresponde…”), parodias de textos académicos o una cavilación sobre el origen de una extraña lista en un billete (“1 Hilda, 1 Salus, 1 Blíster aspirina”).

Levrero dejó pistas sobre la producción de estos textos: “Las Irrupciones podían surgir de cualquier fuente, y así fue como pude mezclar pasajes autobiográficos (los más) con reflexiones con invenciones con sueños con apuntes periodísticos y aun con colaboraciones de lectores (¡y aun con poemas! ¡y con dibujos!)”. Dice que aceptó la invitación de Lucía Calamaro, la editora de la sección cultural de Posdata, una vez que tuvo suficientes “columnas” (“no sé por qué se llaman así”). Si el libro crea intimidad, explica en el prólogo, cuando “ojos no familiares” recorren las líneas de una revista, “hay ciertos abismos a los que no se desciende y ciertas alturas que no se alcanzan”.

No sé si todos lean del mismo modo a Levrero; pero en mi caso no hay distancias: lo aprecio, lo quiero, lo considero un amigo que está muerto. Es una forma de leerlo, entre muchas otras. Un autor excepcional que se nos fue. Uno de sus amigos verdaderos, el escritor uruguayo Federico Polleri, escribió en el prólogo a la edición de Irrupciones que nos ocupa: “El gran Mario Levrero era un loquito y nada más cuando yo lo conocí, y juntos fuimos un par de loquitos de mala muerte durante nuestra larga amistad. Dejo al GRAN Mario Levrero GRAN para los oficialistas de última hora. Ellos lo estudian o fingen estudiarlo, lo admiran o fingen admirarlo. Yo lo quise. Yo lo extraño”.

Mario Levrero, Irrupciones, Montevideo, Criatura Editora, 2013, 430 pp.

 

Publicado en Simpatías y diferencias de Letras Libres.

EL HORROR VERDADERO

En la feria del terruño (13 de junio, San Antonio de Padua), mi mamá me llevaba un día o una tarde o una noche, ella y yo y nadie más, sin decirle a mis hermanos y hermanas, quienes si iban, iban con sus amigos y amigas, y ellos sí, al contrario de mí, se subían a los juegos de grandes, al Travan y a una especie de martillo de aspecto comunista que te daba zarandeadas de arriba a abajo, de modo que dicha tarde o noche o incluso mediodía, que podía caer lo mismo en un lunes que en un jueves, ella establecía un pacto razonable de juegos (lo cual podía incluir carritos chocones O casa de espantos O casa de espejos O el juego ese de asientos que recorren un circuito, a veces para adelante y a veces para atrás, al ritmo de horrenda música disco) y menudencias (las caniquitas, donde invariablemente sacaba alcancías: una feria codicié hasta la ignominia una de barril gordo de cerveza, amarillo, homeresco, que fue conseguida) y alimentos y bebidas (hotcake con lechera o cajeta y chochitos o garnacha tipo enchilada placera o sope o tamal o, ya poniéndonos bien punks, jarrito virgen tipo Sexo en la Playa o Bloody Mary).

Todo esto era para mí sola, y yo era tan avara como feliz, pero sobre todo feliz feliz feliz. Sin embargo, había una atracción a la que mi mamá siempre entraba conmigo: previsiblemente la casa de espantos, en parte porque no dejaban entrar a una niña de siete (ocho, nueve, diez, once) años sola, en parte porque ella quería, le daban ganas chingao, por morbo si quieres, por su afición a las historias de espantos, por su relación tormentosa con las películas de terror (las ama y las detesta, las busca y las sufre, tiene recuerdos intensos de El exorcista, Carrie, El resplandor en el cine, y yo tengo otros de ella gritando en cine, en películas como Señales y otras). 

Entonces, entrábamos juntas. Caminábamos a la par, el recorrido que cabía en la caja adaptada de un trailer. Me acuerdo de una llorona, un vampiro que nos confundía con su reflejo. Muñecos. Oscuridad y los pasos sobre el aluminio del piso. Alguna pesadilla. Había historias peores afuera, de todos modos, en este pueblo poblado de fantasmas (amado Polotitlán de la Ilustración, sitio del que, insisto, no vengan si no están invitados), por caso en la casa donde vivimos recién mudados del DF, que era de mi bisabuela, llena de crujidos en el piso, movimientos en la cama, apagones repentinos, ruidos de extraña procedencia, sombras y oscuridades, y otras imaginaciones espantosas que me llenaban la cabeza. Pero yo nunca me espantaba de a de veras en la casita de terror de la feria itinerante.

La primera vez que fui a Reino Aventura, cuando todavía era Reino Aventura, con mi hermana Diana y mi hermano Yayel, en una excursión púber en la que debuté, al fin, en los juegos cabronsones, en los altos y rápidos y violentos, fue quizá para vengar mi infancia temerosa. Creo que existen, a la fecha, las dos casas de espantos sixflagueras: la infantil (La Casa de La Llorona, en el carrito eléctrico que va avanzando por un riel, las luces de antro y los muñecos mecanizados), y la de grandes, o no sé si la de en serio, he olvidado los muchos nombres que ha tenido pero todas las veces que fui a Reino Aventura y luego a Six Flags, que fueron muchas, la más reciente (y terrible y decepcionante y clausurante de una etapa de mi vida) en 2013, la visité y la disfruté y luché por sentir, otra vez, el terror genuino de la primera vez, el horror peliculesco y plagado de incertidumbre de la primera entrada, libre de conocimientos de la trama y de lo que nos esperaba.

En aquella primera ocasión, como acostumbran hacer todavía, se formó un grupo de diez individuos, al frente del cual quedó mi hermano, a quien antes del incidente yo consideraba una persona sin la menor incumbencia respecto a los asuntos espantosos y sobrenaturales, una persona firmemente plantada en la realidad o quizá no, quizá no es cierto, simplemente alguien que según yo no creía y por eso no se espantaba: era, a fin de cuentas, la elección acertada para liderar al grupo, pues.

Entramos. Pasillos como de casa, oscuridad, Regan poseída por Pazuzu desde su cama, la cual teníamos que rodear para salir al siguiente «nivel», una construcción con cemento y madera, algunas esquinas como de calle, con todo y malla ciclónica, y en vez de muñequitos mecanizados personas de carne y hueso disfrazadas: la mencionada Regan y otros que no recuerdo, pero al final Jason y su motosierra y su máscara de hockey, persiguiendo a los participantes lentos entre bufidos. ¿Cuánto duraba aquello? Menos de diez, quince minutos. Y luego emergíamos al sol y a los ruidos de feria y a la gente paseando en shorts y tomando Coca-Cola y a las botargas y a los anuncios y a los souvenirs, y era refrescante y feliz y por eso todos reían.

Pero esa primera vez, con mi hermano Yayel en la vanguardia, luego yo, luego mi hermana y su entonces novio Pancho, y los otros participantes al final, escuché algo que jamás había escuchado: los gritos desaforados de mi propio hermano. Los gritos de un hombre asustado. Ese detalle, los gritos y la comprensión de que él, el líder, estaba tan asustado como los que lo seguíamos, la desolación de atravesar el lance sin resguardos, fue el terrible. También sucedió un momento imposiblemente cómico: en la esquina de Jason, mi hermana se cayó y sólo Pancho y yo nos detuvimos a recogerla, y entre sus gritos y la persecución del enmascarado y el sonido torturante de la motosierra, cuando se levantaba volvía a tropezarse y caer, y nosotros la jalábamos de los brazos y gritábamos con desesperación. Después las risas y los reclamos, afuera, y los nachos con carne molida y queso amarillo que creo que todavía venden, que durante un día sixflaguero (la ropa mojada por los juegos acuáticos, el dinero contado, las vueltas y vueltas entre el pueblo polinesio y el vaquero y el francés) se volvían alimenticios.

Creo que yo tengo un método para transitar por el horror, que consiste en una especie de acorazamiento mental y físico (un bajado de cortina metálica, diría Levrero) gracias al cual, entonces, atravesaba puertas y actores ensangrentados y gritos como si caminara a través de un sendero paralelo, feliz, tranquilo, que por ciertos errores de las dimensiones se empalmaba con éste, caótico y horroroso. Entrar así, con el cuerpo pero la mente en otra parte. Un plup y todo se cierra, lo de adentro se vuelve impenetrable. Me cierro como una concha. Y creo que esto fue lo que hice durante el mes que el cáncer (el existente, el amenazante) nos contaminó las vidas.

Pero también, y de peor manera, es lo que hicimos mi hermano Billy y yo durante esos diez días dentro del Ramos Mejía. Solos, solos, él y yo, confiando sólo el uno con el otro, como única prueba de que nadie más nos diría lo que ya sabíamos. Nadie más. El horror verdadero.

 

 

Sobre Vinyl

 

“Nueva York, 1973”, letras blancas sobre fondo negro, y Vinyl ya (da por sentado que) te raptó, porque la promesa de Scorsese ocupándose del Nueva York de 1973 es muy atractiva. Es como si Vinyl se aprovechara del prestigio (¿era un prestigio?) de aquella época, aquella atmósfera, el Nueva York pútrido de los años setenta, para indicar un ambiente y un sentido (ninguna historia situada en esas coordenadas puede ser banal, susurra a medias). Pero la evocación es menos que real, porque parte de otra conocida: la de los años setenta neoyorquinos, construida en parte gracias al cine de Scorsese, por ejemplo en su emblemática Taxi Driver. Y entonces la primera escena de Vinyl trae recuerdos cinematográficos de Travis Bickle en su taxi (a oscuras los jadeos de un hombre, después la cara y el gesto de ese hombre, que toma del pico de una botella mientras está sentado en su automóvil, de madrugada, en un barrio feo), y la satisfacción es incontestable, porque recupera al Scorsese de entonces y lo hilvana al aire al de ahora (Taxi Driver y The Wolf of Wall Street, su última obra mayor, son dos puntas lejanas en una trayectoria, que aquí se intersectan): sus abyecciones neoyorquinas persisten, y sus hombres con dinero, y la violencia y el humor que la acompaña, y sus meticulosos retratos de placeres sensuales logrados gracias a las drogas, el sexo y sobre todo, en esta serie, la música.

Pero es necesario apuntar que ésta es una serie de diez capítulos y que Scorsese sólo dirigió el primero de ellos. Y ese sólo es fundamental, porque anticipadamente mancha el resto de la serie. No profeticemos. Sin embargo, es tan vistosa, tan fundamental, la diferencia entre el primer capítulo y el segundo (entre la primera parte del primer capítulo y el resto de la serie, cuando no hay más prestidigitaciones que puedan raptar o enganchar, cuando lo debido es un interés sostenido, creciente, por lo menos inquietante), que un temprano veredicto es válido e incluso necesario: Vinyl no es Mad Men. Tal como ninguno más fue Joy Division, ninguno Robert Plant, ningún otro Bob Dylan. Aunque lo intentaron. Porque la lección fundamental de Vinyl es que como la música no hay otra cosa, que su placer y su rapto son extremos, que abandonarse a su hipnosis no es ajeno a la mayoría de nosotros, que es incuestionablemente un arte y sólo unos pocos pueden apreciarlo en todo su esplendor, pero que asimismo encontrar esa música, acceder a ella, descubrirla, consumirla, pagarla, es responsabilidad de unos cuantos: record men, dueños de la música (o de su valor en el mercado), que buscarán repetir éxitos, mantenerlos, “darle a las masas lo que quieren”. Y si éste es el principal interés del productor Richie Finestra –encontrar la próxima canción maravillosa, el siguiente éxito, la música que moldea la cultura, lo Nuevo como valor–, el de Vinyl no es muy disimulado: ser la próxima Mad Men. Para ello, elementos derivativos: Nueva York de época (el año en que dejamos de asistir al mundo de Mad Men, una época que quedó en suspenso); un hombre en crisis; una empresa que debe sobrevivir; jóvenes creativos, bajo el ala de Richie, entre los que destaca una secretaria decidida en busca del ascenso; socios idiotas (sin el talento o, en este caso, la sensibilidad musical de Richie); una esposa frustrada en los suburbios; sexo, drogas, sexo, drogas, pero mucha más música, lo cual la salva, y apariciones un tanto paródicas de Robert Plant y Alice Cooper, etc. Pero poco más.

Vinyl supone que describe la pérdida del lugar que ocupaba el rock y la llegada del pop, es decir la pérdida del arte y la llegada del consumo, y lo triste que es esto (vender y destruir artistas, olvidar que “lo importante es la música”). Si en Mad Men había alguna duda sobre el valor del trabajo de Don Draper (después de todo, sólo era publicidad), en Vinyl el sitio del arte, de la música que es “pura” y “real” (adjetivos que emplea Richie para describir a The Velvet Underground & Nico, mientras los mira en vivo), no se cuestiona. Pero aunque observa a los encargados de poner a circular las obras que, efectivamente, moldean la cultura, Vinyl se observa poco desde afuera, no medita en sí misma críticamente, no se reconoce producto televisivo tan pop como lo que hoy se conoce como pop: la entronización del Rock, de la Era del Rock, es un tema fácil, es un gancho fácil, es un tema kitsch por excelencia (ya que Eco volverá a leerse estos días). Tiene un ascendente y no lo logra, no sólo por su incapacidad de capturar, tan bien como lo hizo Mad Men, el discurso ambiguo de la literatura (el cual era uno de sus mayores aciertos), sino porque sencillamente no es una obra nueva, o siquiera un producto nuevo, sino un poco la banda que quiso ser Joy Division, el solista que vendieron como el siguiente Bob Dylan, la obra que estaremos consumiendo en nuestra cuenta de HBO durante varias semanas, quizá años más. Aunque tendrá su virtud: se llama Bobby Cannavale.

Una versión de este texto se publicó originalmente en Vocero.

 

La ciudad que vivimos: Buenos Aires y Ciudad de México

¿Qué es el espacio público? ¿Lo contrario de lo privado? ¿El espacio del que todos, sin garantía de propiedad, podemos beneficiarnos? La pregunta original era otra. ¿Cuál es la diferencia entre caminar en la Ciudad de México y caminar en Buenos Aires? ¿Puede compararse la experiencia del espacio público entre dos ciudades? Dos capitales latinoamericanas, desmesuradas, complejas, de configuraciones distintas, separadas por la historia y la distancia, que han intentado fijar su propia valoración del espacio público. Una es demasiado nueva; la otra conserva, como un palimpsesto, las huellas de su pasado precolombino… Ambas son centros financieros, comerciales, culturales, rodeadas de zonas metropolitanas compuestas de localidades dormitorio. ¿Cómo viven los defeños, cómo viven los porteños? ¿Cómo vivimos, todos, las ciudades?

Las ciudades no son cifras sino vivencia. Debo partir de mi experiencia, que es limitada, por eso me acerco a otros y contrasto (me inspira un texto publicado por Claudia Altamirano también en Nexos). En México viví muchos años en un poblado rural de 9,000 habitantes, Polotitlán de la Ilustración; después en Querétaro, la ciudad con la mejor calidad de vida según sus propios habitantes, y en varias zonas del D.F. (de la Prado Churubusco a Panteones, de la Juárez y la Roma a Coyoacán). Vine a Buenos Aires temporalmente, a estudiar un posgrado y terminar algunos proyectos, al tanto de que tarde o temprano debo regresar a mi ciudad. Esa ciudad que durante los últimos tres años me pareció inhabitable, lo declaro sin rodeos.

Lo que yo vivía lo viven millones todos los días. Lo aceptan, lo asumen. Pero no dejan de sufrirlo. Trasladarme de la Narvarte a Palmas, donde trabajaba, me tomaba tres horas diarias ida y vuelta: camión-metro-camión, en unidades repletas durante horas pico. Diez kilómetros aproximadamente, que en automóvil habrían cambiado poco y en bicicleta son impensables o temerarios. Antes de las ocho de la mañana toda interacción social había estado marcada por la agresión: de choferes, de pasajeros y por inspiración propia, pues en el metro es común ser testigo y participar en actos de violencia entre usuarios. Tiempo para pensar (para lamentarse) entre empujones, insultos, arrancones, claxonazos. En mis horas libres, en fines de semana, no visitaba parques, caminaba poco, me acoracé de la ciudad y dejé de participar en ella. El afuera no existía más. Vivir para refugiarse en la casa, en el adentro.

Daniel Burnham, el urbanista que reconfiguró la caótica Chicago de inicios de siglo XX, escribió en su ya famoso Plan of Chicago que, así como un execrable entorno urbano inspira lo peor de las personas obligadas a habitarlo, uno que fuera grandioso, “que expresara los valores de la civilización y el orden”, inculcaría dichos ideales y traería a la luz lo mejor de cada persona. Es una idea conservadora, binaria y quizá simplona, pero creo en ella.

La movilidad es parte del uso que le damos a las ciudades. Mi experiencia, hay que reconocerlo, era privilegiada a pesar de todo: vivía en una zona central y me desplazaba a una que, si bien un tanto inaccesible, estaba comunicada con el resto de la ciudad. ¿Cómo viven los demás sus traslados? Francisco Salmerón, diseñador editorial, excompañero de trabajo, vive en Bosques de Morelos, Cuautitlán Izcalli. Durante cinco años ha trabajado en la zona de Palmas-Lomas de Chapultepec. Entra a trabajar a las ocho de la mañana, con una tolerancia de quince minutos: si acumula tres retardos a la quincena le descuentan un día. “Antes, para poder llegar a mi trabajo temprano, me levantaba a las 5:15 am y a las 6:05 tomaba una combi que sale a una cuadra de mi casa y llega a la México-Querétaro; ahí pasa un camión que llega directo a Lomas de Chapultepec, pero era muy feo venir por esa ruta porque me asaltaban muy seguido y el camino era largo. Este camión hacía hora y media en la mañana, más la media hora de la combi, en total hacía dos horas para llegar en la mañana”.

“Al principio me dormía para pasar el rato, pero con el tiempo los asaltos ya eran tan frecuentes que viajaba espantado. Los asaltantes se subían a la siguiente parada de donde yo tomaba el camión: regularmente son dos personas, que se suben, pagan su pasaje y en un tramo de tres minutos sacan la pistola, te piden la cartera y el celular. Me asaltaban cada dos meses, hasta que opté por tomar una ruta más segura pero con más transbordos: tomaba la misma combi pero ahora llegaba hasta el suburbano de Lechería. Ahí tomaba el tren hasta la estación Fortuna, que son unos 15 minutos; ahí cambiaba a la estación Ferrería de la línea roja del metro (Rosario-Martín Carrera), me iba a Rosario y ahí cambiaba a la línea anaranjada, para bajarme en Auditorio. Y de ahí el camión que va a Palmas. Era mucho transbordo pero era más seguro. Lo único que sufría era los empujones y los arrimones”.

“Así duré un año. Después mi hermano entra a trabajar a Santa Fe y, buscando opciones de transporte y rutas en internet, encontró a una persona que se anunciaba transportando gente de Cuautitlán Izcalli a Santa Fe. Lo mejor de todo es que este chofer vive muy cerca de mi casa, así que me recoge en la avenida y me deja justo en la puerta del trabajo. Mis horarios, ahora, son así: a las 5:45 am me paro, me baño y me visto, salgo a las 6:15 y el transporte pasa por mí a esa hora. Se va por el segundo piso y me deja en Palmas a las 7:15. Hago tiempo durmiéndome o adelantando trabajo”.

“En la camioneta caben unas 17 personas pero no se regresan todas porque tienen distintos horarios. A mí me cobra, ida y vuelta diario, 1,650 pesos al mes. Si sólo pagas ida son 1,200. Salgo de trabajar a las 5:30 pm, me espero un rato y a las 6:40 aproximadamente, dependiendo del tráfico o la lluvia, voy hacia donde me recoge. De regreso baja de Santa Fe por Virreyes y pasa por mí frente a la Fuente de Petróleos. Ando llegando a mi casa como a las ocho de la noche”.

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¿Quiénes son los encargados de configurar las ciudades? Incluso los urbanistas que transforman las ordenaciones citadinas, como Burnham, no han logrado evitar que toda ciudad guarde otra dentro de sí, la de los excluidos, los barrios guetoizados, la experiencia urbana lejana a la propiedad, el consumo, lo verde, lo recreativo. La modernidad es la experiencia de la urbe, aún en el caso de un habitante de entorno rural, que mantiene siempre una relación de dependencia con la metrópoli (la existencia de mi pequeño pueblo, Polotitlán de la Ilustración, no puede pensarse sino en relación con su cercanía a San Juan del Río o incluso a Querétaro, a pesar de que sus límites políticos lo marquen como entidad mexiquense).

Un personaje paradigmático de la modernidad es el flâneur, que va errando por la ciudad para descubrirla. El hombre de la muchedumbre. Que asiste a las galerías parisinas para mirar y… comprar. Nuestro repudio a la creación del corredor comercial Chapultepec nos ha obligado a pensar en esto, cómo la propiedad –el dinero– atraviesa nuestra experiencia de la ciudad: un espacio público verdadero no exige consumo.

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Romanticé Buenos Aires. La primera vez que la visité, tras un periplo sudamericano, era febrero: nunca olvidaré la impresión que me causó aquella ciudad en pleno verano austral. Lo verde. El calor húmedo. El verano dislocado, invertido. La atmósfera ligeramente festiva, vacacional. Había conocido, un poco antes, tres capitales latinoamericanas: Quito, Bogotá y Caracas, y otras ciudades y pueblos más pequeños de sus respectivos países. En contraste, Buenos Aires me pareció moderna, excesiva, cosmopolita. Una abundancia de parques como yo no conocía, en los que la gente se asoleaba (mujeres en bikini en la vía pública: una visión insólita para una mexicana) y pasaba el rato sin hacer nada, tal como, según sabía, me habían contado, hacían algunos europeos durante sus breves veranos.

Esta vez, llegada desde el D.F., reconozco que la modernidad mexicana ha adoptado los modos del norte, cierta cultura del servicio y del consumo, un modo a lo yanquique en Buenos Aires ha penetrado menos. “Estados Unidos está tan lejos como Europa”, me dijo un argentino una vez, al fin y al cabo. Pienso, entonces, en aquellas ciudades estadounidenses organizadas alrededor del mall como en nuestros pueblos de herencia española la vida se organiza en torno a la iglesia. Los negocios en Buenos Aires están atomizados: giros comerciales acotados, compras en pequeño y a pie, y hasta cines que persisten solitarios, con sus nombres originales, desligados de la lógica de la plaza y el combo. Otro modo de vivir el afuera, con un ritmo marcado por las diferencias estacionales: al invierno frío y ventoso le sucede una tímida primavera, un poco de sol, y luego un verano tropicalesco, abrasador, por momentos asfixiante. Apenas el clima lo permite, las calles se colman.

Lo que más me atraía de Buenos Aires, además de sus librerías y programas académicos, era la posibilidad de vivir en una ciudad de dimensiones caminables. Liberarme, en parte, del transporte público defeño. Caminar. Sus plazas, parques y áreas verdes. Disfrutar del afuera.

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Estoy sentada en la pendiente de pasto de la Plaza San Martín, un sábado de septiembre. El barrio de Retiro condensa Buenos Aires. Hay sol, hay viento frío. Encuentro a mi alrededor parejas, niños descalzos, perros, amigos que beben mate y se sacan fotos. También hombres, adolescentes e incluso niños desposeídos, que se acercan a esta plaza a dormir sobre cartones o directamente sobre el césped.

Sobre la alfombra de césped hay motas blancas de algo parecido al algodón. Es la floración de los tilos, árboles grandes, añosos, que acompañan a los palos borrachos, las magnolias y los gomeros que verdean la plaza, una de las tantas diseñadas por Carlos Thays, paisajista francés, naturalizado argentino, nombrado director de parques y paseos en 1890. Más de 70 parques en Buenos Aires llevan su firma. Además, trajo numerosas especies extranjeras a la ciudad, trazó barrios y cultivó huertos, calculó floraciones de distintos colores según las estaciones y en su honor se nombró el jardín botánico… En un breve artículo sobre su legado, Loreley Gaffoglio lo llama “alquimista de la belleza”. A días del equinoccio de primavera, estoy pensando en Carlos Thays.

Hay una lata de cerveza tirada, decenas de colillas de cigarro y legajos de un periódicoClarín que sobrevuela la plaza. Leo un balazo al azar: “Para el Gobierno y los privados, hubo un repunte de la economía”. La vista siempre termina cayendo en la Torre de los Ingleses. Tras la guerra por las Islas Malvinas, su nombre oficial es Torre Monumental. La plaza misma que la alberga, antes Plaza Britania, lleva ahora el nombre de Fuerza Aérea Argentina. Es melliza de la San Martín, pero allá hay poco pasto, pocas bancas. Adyacente a la estación de ferrocarril de Retiro, se trata ya de una “zona brava”: sus márgenes hacen las veces de paraderos de autobús.

Si miro a mi derecha me encuentro con el perfil del Kavanagh, inaugurado en 1936, entonces el rascacielos más alto de América Latina (120 metros de altura, puro hormigón, espigado como la proa de un barco). El piso 14, el que habitaba Corina Kavanagh, es ahora un departamento de 726 metros cuadrados valuado en seis millones de dólares. Pese a sus 105 departamentos, este emblema del art déco es peculiar por un detalle: carece de estacionamiento.

A la Plaza San Martín la rodean edificios de distintos estilos: la mole de cemento y vidrio del Sheraton, la Torre Pirelli, la sede argentina de American Express (que donó las escaleras de cemento que descienden por la plaza) y varios edificios de departamentos de la escuela Beaux Arts que abunda en Buenos Aires, las fachadas afrancesadas que le ganaron su reputación de la “París de América”. Muy cerca de aquí está el expalacio Anchorena, ahora Ministerio de Relaciones Exteriores, un edificio academicista, de estilo borbónico, construido a principios de siglo. En aquel entonces el barrio recién había acogido a las familias adineradas que huyeron de la fiebre amarilla, de San Telmo y la zona centro.

En uno de sus textos más conocidos, La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica (1939), Walter Benjamin nos dejó un pensamiento breve y sencillo sobre la arquitectura: su recepción, la relación entre sujeto y obra, “se da por partida doble: por el uso y por la percepción. O mejor dicho: de manera táctil y óptica”. Toda forma artística está destinada a transformarse o desaparecer, pero la necesidad humana de habitación es permanente: contemplamos los edificios no con recogimiento, como quien se abisma en una obra, sino por acostumbramiento, distraídamente y, lo más importante, en colectividad.

Veo, a lo lejos, una grúa. Un edificio a medio erigir, la promesa de una nueva faz urbana. Yo sé que el Río de la Plata está cerca, detrás de las grúas, pero es imposible verlo. Buenos Aires creció dándole la espalda al río. También sé, ahora por experiencia, que detrás de la estación, detrás de las vías de tren que parten de Retiro, se encuentran los bordes de la villa de emergencia más emblemática de Buenos Aires: la Villa 31, uno de los primeros asentamientos irregulares de la ciudad. Es popular en ella la labor del padre Mugica, de la Teología de la Liberación, que en 1974 fue asesinado por la Alianza Anticomunista Argentina. Hoy es la villa más penetrada por organizaciones sin fines de lucro.

Una vez entré, acompañada. Pienso, en esta parte, en algo que escribe Josefina Ludmer en su meditación sobre escrituras contemporáneas en nuestra región: “Las ciudades brutalmente divididas del presente tienen en su interior áreas, edificios, habitaciones y otros espacios que funcionan como islas, con límites precisos… Se puede entrar: tiene límites pero está abierta, como si fuera pública” (Aquí América Latina, una especulación: 2010). A la villa no se va: se entra. Siempre con alguien de su interior. Los vecinos cuentan anécdotas sobre el ahora papa Francisco, cuando llegaba de visita a la villa, con su maletín negro y en colectivo, pero su leyenda no roza siquiera la de Mugica. La mayoría de sus habitantes son inmigrantes de países limítrofes: Paraguay, Bolivia, Perú… La pequeña Latinoamérica, la llaman, mientras relatan los proyectos inconclusos para urbanizarla, envolverla en un túnel “verde” y hacerla menos visible, menos incómoda.

Hay otra Buenos Aires, más grande, que suele esconderse.

A pocas cuadras de aquí nace la avenida 9 de Julio, según los argentinos la más ancha del mundo (hay disputas al respecto). En 2013 se inauguraron los carriles del metrobús, pero sin metrobús, en realidad carriles exclusivos para 11 líneas de colectivos (que aquí llaman “bondis”) y que, según datos oficiales, redujeron en 40 minutos el tiempo de viaje de unos 240,000 pasajeros. El experimento, de inspiración defeña y bogotana tiene un antecedente: los primeros carriles del metrobús se abrieron en 2011 a lo largo de la avenida Juan B. Justo, entre los barrios de Liniers y Palermo. Como en el D.F., es un sistema en constante expansión.

Pienso que yo vine a Buenos Aires a caminar. Que ésta es la ciudad que yo habito, la que buscaba. Bajo mis pies es pequeña, manejable, sus coordenadas delimitan una existencia fácil y afortunada: en el fondo todavía soy una turista cegada por el polvo de estrellas que la ciudad tiende, inadvertidamente, sobre los ojos foráneos. No es casual que Buenos Aires nos inflame con los resplandores del flâneur. Por momentos me parece más antigua (o mejor sería decir más anticuada) que el D.F., pero es indudablemente más nueva: su cara verdadera se edificó entre 1890 y 1910, una época en que la opulencia económica se correspondía con la novedosa experiencia de la vida en la urbe. En uno de sus textos críticos clave, Una modernidad periférica (1988), Beatriz Sarlo se refiere a la veloz transformación de la ciudad y su impacto en la cultura argentina, típicamente de mezcla (la segunda ciudad que en el siglo XX recibió mayor porcentaje de migración europea). El elenco de nuevas imágenes y percepciones, el paisaje reconstruido a través de la mirada. “Buenos Aires ha crecido de manera espectacular en las dos primeras décadas del siglo XX. La ciudad nueva hace posible, literariamente verosímil y culturalmente aceptable al flâneur que arroja la mirada anónima del que no será reconocido por quienes son observados, la mirada que no supone comunicación con el otro”.

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Jessica Garbarino es una periodista y editora argentina y hace más de 13 años migró a la Ciudad de México. Vive en la colonia Cuauhtémoc y también trabaja en Palmas. Me interesa la experiencia contraria, el espejo de la vida en ambas ciudades.

“Yo en Buenos Aires vivía en Haedo, una localidad del oeste del Gran Buenos Aires, tren Sarmiento, media hora de viaje y llegás. Ahí viví hasta los 26 años y me tomaba el tren a diario para ir a la facultad y a trabajar. Se me hacía que perdía muchísimo tiempo: una hora de ida y otra de vuelta me parecía un horror… Y ahora es lo mínimo que me tardo si no tomo precaución de salir de la oficina antes de las seis de la tarde o, si no llego temprano, antes de las ocho (con la diferencia de que acá son tres kilómetros y medio de distancia y allá eran 16). Así que esa pérdida de tiempo fue una de las razones que me llevó a independizarme y mudarme a la capital, barrio de Monserrat, calle México. Mientras viví ahí, iba prácticamente a todos mis trabajos caminando, sólo para uno tomaba un colectivo. Iba al cine caminando, de compras, para la facultad me tomaba un colectivo… Me sobraba mucho tiempo cuando me mudé, que usaba para mi calidad de vida: ir mucho al cine, ver seguido a los amigos…”.

“Estoy casada con un mexicano y mis hijas nacieron aquí. Mi primera impresión al instalarme acá fue que Buenos Aires era una ciudad mucho más caminable, con un sistema de transporte amigable, organizado. Algo que, fuera del metro, no encontraba acá. Los camiones desvencijados me llenaban de pavor al principio… Recuerdo contarles a mis amigos por mail que un día el chofer iba viendo tele y que era bastante común que trajeran un periódico abierto sobre el volante y que le fueran echando el ojo. El punto es que cuando vine a vivir a México yo no sabía manejar. Nunca lo había necesitado. Con el paso del tiempo y la llegada de las hijas, aprender a manejar se hizo imperativo. Algo que tuve que encarar aunque no lo disfrutara, me llenara de susto y me diera colitis durante un año, hasta que le agarré un poco la mano. Sigo sin disfrutarlo y si tengo que ir a lugares que no conozco, a veces prefiero tomar taxi…”.

“Siempre digo que si hubiera buen transporte público, cómodo, puntual, que no cambie la ruta porque al chofer se le antojó o que sepas bien dónde para (un servicio público en forma, vamos), yo no usaría el auto para ir a trabajar, y me evitaría el gastadero de dinero que cuesta estacionar todo el día para nada. Pero en una época en que lo intenté (las obras en la Fuente de Petróleos y la instalación de los parquímetros nos complicaban la vida) encontré que era realmente complicado hacer un trayecto tan corto y tan directo como el que me llevaría de Palmas al Ángel. Para empezar no hay nada directo. Hay que caminar varias cuadras hasta Periférico, y algunos días los choferes deciden no pasar por abajo del puente, entonces hay que agregarle unas tres cuadras más hasta pescarlos más adelante. Ese camión te deja en Auditorio y ahí hay que tomar otro (más fila) o de plano ir hasta Chapultepec, que de ahí a mi casa son otras 10 cuadras… De hecho, mi auto no circula los viernes y padezco esto cada semana. Es una locura pensar que es el mero centro de la ciudad y que esté tan mal conectado, que las rutas no sigan más lógica que la de cobrarte la mayor cantidad de boletos posibles.

Luego hay un camión que va por Masaryk, por el cual opto a a veces, pero los choferes son maleducados e irrespetuosos y cada vez que me lo tomo me lleno de coraje. Nadie les controla que traen el volumen de su música a niveles que hacen doler los oídos. O que van a dos por hora esperando que se llene el camión (te tardas el triple), etc, etc.”.

“Si hay algo que extraño y que envidio de otros países es la calidad de vida que te da que los traslados sean sencillos y que puedas aprovechar el tiempo en cosas más agradables. Mi esposo trabaja hasta Santa Fe, los mismos 16 kilómetros que hacía yo cuando vivía con mis papás, y resulta que si no quiere estar al volante más de dos horas, tiene que salir de casa antes de las 7 am… y nunca logra regresar antes de las siete de la tarde (eso es cuando llega temprano). Entonces llega un punto en que vivimos para trabajar, de lunes a viernes no podemos hacer otra cosa (a veces no alcanza a ver a las niñas más que 10 minutos en el desayuno). Llegan los fines de semana y nuestro principal objetivo es no mover los autos. Y acá viene quizá una justificación de por qué tantos extranjeros amamos vivir en la Cuauhtémoc, en la Roma o en la Condesa… Son colonias muy caminables, que se parecen un poco a lo que estamos acostumbrados, y que disfrutamos básicamente los fines de semana”.

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En charla con amigos mexicanos, en Buenos Aires, pregunto qué disfrutan más de vivir aquí. Dos de ellos, Jessica Jaramillo y José Juan Zapata, son norteños, de Monterrey y Torreón respectivamente. La respuesta de ella es inmediata: “Sentirme segura: al caminar siento menos inseguridad de la que sentía en Monterrey. Además, me encanta que haya plazas por todos lados y espacios verdes, y que la gente los use. Allá te prohiben “pisar el césped” y si te ven acostado, llega el policía y te corre”. José Juan: “Me gusta de Buenos Aires su arquitectura. Su mezcla de edificios y avenidas muy europeas, junto con edificios nuevos y a veces horribles. El caos: lo lindo y lo sórdido mezclado. En general, es una ciudad muy vivible. Buen transporte, tranquila”. Un amigo argentino, Javier S., participa: “A mí lo que me gusta es que es una ciudad grande pero fácil, y me siento cómodo conociéndola toda y recorriéndola. Me gusta tener mis sitios y negocios preferidos”.

Pero mis amigos se dedican a lo mismo que yo, llegaron a Argentina por motivos similares. Entonces repito el experimento con una comunidad virtual, el grupo de Facebook de mexicanos en Buenos Aires, donde paisanos cuelgan ofertas, hacen preguntas, discuten temas y en general comparten la experiencia, tan distinta y a la vez tan parecida, de la migración. Las respuestas son similares. Javier R.: “Creo que la estrellita de Buenos Aires es el transporte público. A pesar de la escasez de las líneas del subte, los colectivos son maravillosos, seguros y funcionan las 24 horas”. Pits S.: “Al llegar, una de las cosas que más me llamaron la atención fueron los parques. Hay un interés por la recuperación de espacios verdes, los vecinos colaboran con la vigilancia y la limpieza de las zonas. Me parece que para los porteños es importante tener este espacio de recreación, ya que lo consideran un derecho más”. Thabata P.: “En los últimos años la ciudad ha tenido una inversión en políticas de movilidad, como el metrobús y las bicisendas, pero ha dejado de lado el mejoramiento de líneas de subte y hay fallas en la conectividad con el conurbano”. Antonio D.: “Creo que sus banquetas tienen mejor diseño, son más uniformes y eso ayuda a las personas que usan sillas de ruedas”. Carlos B., con una queja: “Hay muchas cacas de perros en las calles de Buenos Aires. Siempre pisas una porque no hay cultura de recoger desechos de perro”. Y un colofón, de Marisa B.: “Es la primera ciudad donde me puedo mover en bicicleta. Es muuuy divertido”.

Pienso: ¿Me estoy dejando llevar? ¿Me estoy engañando? Sin duda hay una Buenos Aires menos amable, más complicada, aquella que inicia en los márgenes y succionahacia el centro. Por eso charlo con dos habitantes del conurbano, la zona metropolitana de la provincia de Buenos Aires que circunda la llamada CABA (Ciudad Autónoma de Buenos Aires).

Marcelo Peralta es profesor de letras en el Instituto 83, un terciario, en Solano, que pertenece a Quilmes Oeste, y en la Universidad de Varela, en la misma localidad. “Para mí venir de provincia a la ciudad es un quilombo, y volver peor. Son viajes de dos horas. Tomo la línea 148 del colectivo que me deja en Constitución, y allí hay subte. Y después hay medios alternativos, combis y taxis colectivos por ejemplo. Están saliendo todo el tiempo y tienen parada libre, o sea que si no está la policía te paran en cualquier esquina. Para las zonas periféricas es difícil viajar, porque no hay muchas líneas de colectivos y se tardan mucho tiempo. La 148 hace una hora y algo más, y nunca voy sentado. A mí la capital no me gusta, las veredas son muy chicas, estás chocando con la gente todo el tiempo. Yo laburaba acá en el centro, para venir me tomaba el 585, y para todo tenés que esperar un montón. En provincia hay otro ritmo, más tranqui”.

Federico Salvá vive en Villa Madero, en el partido de La Matanza, y da clases en una escuela privada judía del barrio de Belgrano-Colegiales. Lo primero que me dice: “La ciudad llega hasta donde termina el subte. Hay zonas que, aunque el subte llegue, ya es provincia, como la E que llega al bajo Flores, en el límite entre Mataderos. Las líneas de colectivo van subiendo de número mientras más se adentran en provincia: si ves una que es más de 100 ya preocupate. Mi rutina: me levanto a las 6:20, camino 12 cuadras y me tomo el 63 que viene casi vacío porque ahí empieza su ruta, me voy durmiendo tranquilo, golpeándome la cabeza, hasta el colegio. De viaje neto será una hora y media, una hora cuarenta. Después de trabajar voy a la maestría en el microcentro (Centro Cultural Borges) y ahí tengo varias horas vacías, siempre me quedo con la duda de qué hacer, si vuelvo a la casa apenas me daría tiempo de llegar, lavarme la cara, tomarme un café y volver. Entonces me quedo acá dando vueltas, caminando. La ciudad la camino toda. En Belgrano tomo la línea D del subte y casi siempre me voy a la biblioteca del profesorado Joaquín B. González, cerca de la Facultad de Medicina. Después en la noche me tomo el 132 hasta Caballito, que tardará unos 40 minutos, y de ahí el 103 que llega hasta mi barrio, otros 50 minutos”.

En 2009 se implementó la tarjeta Sistema Único de Boleto Electrónico (SUBE), que funciona indistintamente para el subte y los colectivos. A pesar de la propaganda sobre sus bondades, Marcelo y Federico se muestran escépticos. “Antes el gobierno le daba subsidio a las empresas para que no aumentaran el precio del boleto, como decirles: “invertí, poné más unidades”, pero en realidad no renovaban los colectivos. Pusieron la SUBE y cambiaron el sistema: ahora subsidian el boleto y todo está registrado electrónicamente, así controlan bien cuántos pasajeros hay. Las líneas son de empresas grandes que compran recorridos: vos tenés los de capital que están cuidados, tienen choferes encamisados, todo. Compran una flota de colectivos y los que van quedando los mandan a los recorridos de la provincia, y ésos se caen a pedazos porque son los que descartaron acá, los que ya no funcionan. Y hay menos subsidio y por lo tanto te sale más caro. Si querés pagarlo con monedas te sale el doble. En provincia el mínimo recorrido son cuatro mangos. Y seis y pico el más caro”.

Termino mi ronda de entrevistas con una porteña, Daniela Peez, que da clases de portugués, es intérprete simultánea, hace performance y danza, y por sus ocupaciones recorre varias zonas de la ciudad en un mismo día. “Vivo en Montserrat. Depende el día hay veces que tengo que ir al microcentro y puedo llegar caminando o tomando un colectivo o el subte, pero depende del trayecto; a veces el centro de Buenos Aires está muy trabado el acceso y los tiempos cambian por obras que están haciendo, nunca sabés. Ayer, por ejemplo, tuve que ir a Boedo, porque tengo un trabajo un poco precarizado, voy a dejar planillas o buscar un cheque, y de ahí fui a Chacarita; a mediodía fui a Correo Central, que es línea B hasta el final, y de ahí me volví a la Paternal, y luego a la Recoleta. Yo creo debí haber pasado tres horas viajando. Hay zonas que no están conectadas. Mi trabajo no es un solo lugar, no son las ocho horas juntas, y mi desafío es que quede cómodo. Yo prefiero moverme en colectivo, pero, como mi tiempo vale plata, voy en subte entre semana. Cuando vuelvo de noche me tomo bondi. Me gusta más, descanso más y por otra parte después de las diez de la noche ya no hay subte”.

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Semanas después, en noviembre, es un domingo en la Plaza de Congreso. Ahora vivo en el barrio de Montserrat, cuyo trazo me recuerda al D.F., a colonias como la Narvarte o la Doctores. Aloja varias iglesias y su límite se recorta en el tramo de la Avenida de Mayo donde se encuentran el café Tortoni al que iba Borges y el dantescoPalacio Barolo. Carece de parques pero a 20 minutos se encuentra esta plaza, con algunas jardineras, paseos de grava y bancas, sede de protestas multitudinarias y otros actos políticos. Por fin hace calor y los vecinos abarrotan las jardineras: la tonalidad de la primavera es el morado de los jacarandáes. Pienso que hasta en los parques las clases se dividen: hay un tramo familiar, lleno de niños, donde desentonaría. Camino en busca de un espacio libre y por fin, frente al cine Gaumont (por ocho pesos, todo el cine nacional), me siento entre jóvenes que beben cervezas, o mate, y fuman marihuana. Anoto a las personas que veo, de una variedad distinta a las de Plaza San Martín: en las bancas, charlando, señores de abrigo y sombrero, del tipo intelectual pobre o por lo menos poco holgado, que suelen verse flaneando por Buenos Aires; también hay personas de la tercera edad, que en la ciudad caminan por todos lados; inmigrantes peruanos y bolivianos, indigentes, mujeres tendidas en mantas que hablan por teléfono…

Una recomendación de la Organización Mundial de la Salud, recuperada por varios estudios para ciudades del presente, establece de 10 a 15 metros cuadrados de área verde per cápita. Resulta una medida engañosa: Buenos Aires no cuenta con más de dos metros por persona (al 2012 los espacios verdes corresponden al 4.5% de la superficie total de la ciudad), mientras que la Ciudad de México alcanza un promedio de 5.3 metros y el equivalente a un 20% de su superficie. El asegún es otro: que dichos espacios sean accesibles, cercanos a los vecinos, usables y bien repartidos. En el D.F. la delegación Miguel Hidalgo, donde se encuentra el bosque de Chapultepec, reparte 12.6 metros cuadrados por habitante, mientras que en Iztapalapa apenas se llega a un metro.

Leo las noticias de México y todas me parecen trágicas: 10 ciclistas muertos y 12 lesionados en lo que va del año; en cinco años los traslados metropolitanos requerirán 6.5 horas según la Coparmex; el próximo año el sexto bróker mundial en bienes raíces destinará 600 millones de pesos para construir 51 centros comerciales en todo el país; las negociaciones torcidas para levantar el corredor Chapultepec no dejan de salir a la luz… Dos amigas me hablan del estado de la Ciudad de México: una vive en París desde hace cuatro años, pero de su última visita me habla con tristeza de la ciudad que sobreviven sus papás y sus hermanas, de lo cansados que nota a los amigos por sus traslados. Otra, vecina de Coyoacán, me habla con amargura del metro, de las horas perdidas en llegar a zonas como Polanco o el centro, del tráfico que produjo Oasis Coyoacán en un cruce de por sí complicado, el de Miguel Ángel de Quevedo y Universidad, del que Bernardo Ibarrola escribió con agudeza: “en nuestra ciudad los oasis privados siguen apareciendo a costa de los infiernos públicos”. Yo no debo ir lejos para sentir en carne propia la tragedia de la movilidad capitalina: en julio de este año mi papá fue atropellado por una combi en la Jardín Balbuena. Sobrevivió de milagro, tras una larga estancia en el hospital.

Una confesión: no fue sino hasta las marchas por Ayotzinapa, el año pasado, que volví a experimentar la apropiación del afuera, que me volqué a las calles del D.F. con un sentido distinto del traslado, y que mientras marchaba con otros cuerpos a través del Paseo de la Reforma, por Bucareli, Juárez y 5 de Mayo, no dejaba de pensar en la belleza espectacular de nuestra ciudad. La miraba con nostalgia y con dolor, es cierto. Pensaba en la historia que guarda en sus obras arquitectónicas y monumentos, que son también los testimonios de la barbarie como sabía Benjamin; en las destrucciones sucesivas que ha sobrevivido, y en su faz siempre cambiante, siempre camaleónica. Ahora, en esta ciudad que es joven, que me encanta y que es benigna con la vida que deseo llevar por ahora, que carece de horizonte porque su terreno es plano y la rodea la llanura, a diferencia del valle de México que en días despejados nos deja admirar los volcanes, ahora, aquí, pienso en mi ciudad sin nombre, Distrito Federal, Ciudad de México, jamás CD MX, a la que inevitablemente volveré y a la que amo y admiro y a veces detesto, y pienso en lo que han hecho con ella los encargados de configurarla, mejorarla, extraerle algún provecho. Creo que la ciudad es de quien la usa, de los que la vivimos. La Ciudad de México es nuestra. Merecemos otra Ciudad de México.

Publicado en La Brújula de Nexos.