Javai-í II

Pero yo no había terminado el texto. Me faltaban, calculaba, unos tres o cuatro párrafos (incluyendo aquel donde, a mi juicio, debía estar el “chispazo final”, la “conclusión demoledora” o, al menos, en un par de líneas, la idea general del texto). De todos modos disfruté del luau que nos dieron en Kā’anapali Beach, pues caía el sol, había buena comida (un cerdo entero asado, “estilo luau”; muchos tipos de pescado, el puré de taro llamado poi, etc.), abundantes mai-tais, música y bailes. Los bailes eran dulces e hipnóticos. Me dijeron que los Hula dancers eran estudiantes de una academia de por ahí; había dos, una muchacha de pelo larguísimo y un cejoncito de gesto chistoso, que sobresalían, que brillaban. Resultaba fácil perderse en sus movimientos, cadenciosos, miméticos con aquello de lo que se canta (el movimiento de las olas, del viento, de la luz) y hasta eróticos, un erotismo libre de todo tabú. Mientras tanto Andi nos contaba cosas, nos venía contando cosas desde la tarde, y la razón por la que sabía tanto sobre Hawaii me gustaba (ella es argentina). Para ganarse la cuenta de Hawaii en Latinoamérica, había tenido que hacer un examen teórico, dificilísimo, para el que debió memorizar geografía, historia, leyendas, infraestructura turística, logística de viajes, etcétera. Sacó, de los 80 puntos requeridos, 99 limpios. Llevaba un mes allá y sabía mucho sobre las islas, pero también iba descubriendo nuevos aspectos cada día, y para mí era como asistir a un proceso de reconocimiento, ¡de enamoramiento incluso!, de una persona con un lugar. Alguien que nos traducía todo lo que veíamos y que a la vez vivía un proceso personal e íntimo, de conexión profunda con una cultura, que es eso, un lento enamoramiento, un enamoramiento que me gusta, que encuentro familiar.

También es triste reconocer la razón del luau. Esa bienvenida o “introducción” amigable a la cultura hawaiiana, fabricada para los gringos del mainland, que llegan a las islas como si llegaran a un país extranjero. La manera en que la cultura netamente polinesia ha sido interpretada para su mejor comprensión. El aire de cabaret tropical en el ambiente.

¿Y qué? De cualquier manera es bello. De cualquier manera te dejas seducir.

Pero a las nueve ya cabeceaba.

Además, a las dos de la mañana llegaría una camionetita por nosotras para subir al Haleakalā, donde observaríamos el amanecer. A LAS DOS DE LA MADRUGADA.

Subí al cuarto, me eché agua en la cara, me senté en la mesa junto al balcón (el “lanai”), y me puse a escribir. No sé cómo escribí. No sé de dónde salió. Los ojos se me cerraban. Pero estaba acorralada. La obligación y la urgencia, sin embargo, me soltaban la pluma. Un párrafo, luego dos, luego tres, luego el cierre que imaginaba, sin florituras, y el anhelado punto final. Envié el texto cerca de las once, me dormí dos horas con la luz prendida, y me desperté con un cansancio tan bruto que hasta alucinaba bajo la regadera.

Pero estaba libre, al fin. Podía entregarme a Hawaii. Aquello me animaba, hacía menos intolerables las muchas horas despierta.

Andi nos había recomendado “pedir prestada” la cobija de la cama, pues en la cima del Haleakalā las temperaturas descienden bajo cero. ¿Pero qué tomé yo? La colcha. Una colcha que mediría unos tres metros. Que hice bola y arrastré hasta la camionetita, donde ya iban algunos turistas desmañanados.

(Además de Arcelia, Gretell, Andi y yo, iba también Cristiana, una periodista brasileña que llegó en un vuelo posterior).

Pues fuimos. El chofer hablaba y hablaba por el micrófono; de chistes, de Hawaii y de su propia vida. Su historia era la misma de casi todos los que se emplean en la industria turística hawaiiana: un mainlander que vino de vacaciones y no se quiso ir, o que al volver al continente hizo todo lo posible para mudarse a Hawaii de manera definitiva. Al principio puso el aire acondicionado y yo me envolví en la colcha y me quedé dormida; luego el calorcito en el ambiente (era la calefacción) y las curvas me despertaron. Miré por una ventana y vi el extremo de una carretera estrechísima en las faldas de una montaña, y abajo, muy abajo, como si voláramos en un avión, lo verde, lo café, las luces, el borde redondeado del mar.

Bajamos de la camionetita y nos golpeó un viento helado. Había ahí, detrás de un mirador, un cráter. En una hora amanecería. Nos quedamos sobre piedras grandes y afiladas, mirando los colores cambiantes del cielo. Claro, la gente hablaba. La gente sacaba fotos. La gente se reía. Pero de todas maneras era un espectáculo bellísimo y contrastante; la luna llena seguía arriba, a nuestras espaldas, y debajo de ella había una mancha blanca apenas dibujada entre bruma azul, que descubrí después era su propio reflejo sobre el mar, a esa hora del mismo color del cielo.

La alineación de las estrellas, dos puntos brillantes en el horizonte. Las figuras geométricas que formaban las nubes, pintadas de negro, semejantes a cordilleras. El naranja, el morado, el rojo sangre, el azul. La corona amarilla; los haces de luz, gruesos y perpendiculares, como en los diseños japoneses. ¡Un canto hawaiiano! Un súbito momento de silencio. Mirar a Andi, adivinar lo que pensaría. Una mainlander (una far-far-away-lander) que acaricia el proyecto del exilio.

Después vagamos entre los caminos, el observatorio y los miradores de la cima. Yo arrastraba, como una cola de novia, mi colcha sucia de tierra.

Un paisaje lunar. Un frío atroz. En pleno Hawaii.

Me gustaba eso. Me gustaba todo lo raro.

El resto del día lo pasamos en Maui; comimos, paseamos, nadamos en la playa enfrente del Kā’anapali y al romper la tarde nos subimos a un barquito con estructura de canoa polinesia, que atracaba en la playa y al que había que subirse desafiando las embestidas de las olas. Allí arriba tan sólo recorrimos el contorno de Maui, observando las islas de Moloka’i y Molokini a lo lejos. De la primera, santuario de aves donde, en los mil ochocientos, en el reinado de Kamehameha IV, los leprosos eran enviados para suicidarse entre los acantilados. Molokini, la más pequeña de las islas de Maui, con forma de media luna. Otras que no veíamos: Lanai, una isla privada (el 98% le pertenece al fundador de Oracle). Hay un Four Seasons allí. Kaho’olawe, una isla “prohibida” en la que se hicieron experimentos con armamento. Hay una lista de espera de tres años, para limpiarla. Como voluntario. Otra isla, un nombre que escribí mal en mi cuaderno, en la que viven los descendientes de la realeza hawaiiana, en aislamiento.

Ya me había contagiado de este virus. Esta cosa. Hawaii.

A las ocho de la noche subí a dormirme. Dormí de corrido hasta las seis de la mañana. Desperté descansada y de buen humor.

Desperté, creo, feliz.

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