Bogotá y la aceptación de mi pobreza

Hoy por la mañana llegué a Bogotá. Valentin y yo compramos los boletos en la mañana para salir a las diez de la noche, pasar todo el viaje durmiedo (pobres ilusos) y estar frescos para recorrer la ciudad. Como tuvimos todo el día libre en Cali, y ya la habíamos recorrido, y moríamos de calor, decidimos hacer lo único que una persona sensata haría: ir al cine, el único lugar con aire acondicionado donde podríamos refrescarnos mientras salía el autobús. Vimos Sherlock Holmes y Paranormal Activity. Por cierto: los cines colombianos son todos lujosos, te asignan un lugar y un acomodador te lleva a él con una linternita.

El viaje, por supuesto, fue un tanto incómodo y no dormimos una puñeta. A las cuatro de la mañana, a pesar de ser un expreso directo, el chofer se paró en Ibagué y se comió un sancocho con toda la tranquilidad del mundo. Por fin llegamos a las 9 de la mañana, hechos porquería de perro abandonado.

No necesito decir que nos perdimos, que un californiano hippioso nos dijo cómo llegar a la Candelaria y compartimos el taxi con él, que desayunamos un pastel malo con café tinto, y que por fin me encontré a Andrés Godoy en la Plaza Bolívar -él, fresquísimo. Yo, por lo menos, me sentía un poco desorientada, sin haber dormido, con el cabello enmarañado y la cara de una huérfana a la que han pateado en las hipotéticas bolas.

Después de eso fuimos a dejar nuestras mochilas a casa de Patton, donde conocimos a María(), que aparentemente se divirtió mucho con mi acento mexicano. El resto de la tarde fue verdaderamente encantador: subimos por Teleférico a la iglesia de la Monserrate, y al regresar tuvimos una experiencia cercana a la muerte -ejem- cuando éste se detuvo y se balanceó sobre su eje. Después comimos en Dominó un bistec a lo pobre, que resultó ser todo lo contrario: muy abundante y, por supuesto, muy caro.

Cuando hice cuentas y me di cuenta de que estaba pagando 10 dólares por cada comida, ya en casa de Patton mientras charlábamos alegremente, supe que estaba ocurriendo lo que siempre temí.

Los turistas que he conocido en mi travesía aman ir a lugares que no son para turistas. Mientras más amigable con el turista, más chupabolas sea el lugar, menos les gusta: muchos paisanos como ellos, rubios con sus cámaras en la mano y sus bermudas con flip-flops, muchos bares como «Senior Alacrán Billy» y lugares donde te puedes tomar una cerveza local mientras escuchas música típica.

Todos ellos son como Richard en The Beach: quieren ir más allá, donde la gente como ellos no pueda llegar. Quieren descubrir playas vírgenes, hablar con los lugareños en mal español en pueblitos olvidados por la mano de Alá, quieren subirse a un autobús destartalado y viajar durante 38 horas a través de la carretera más peligrosa del mundo (Bolivia TM), y emprender largas caminatas por zonas totalmente diferentes a los parques nacionales, en caminos apenas hechos por donde sólo pocos han transitado. Quieren ser diferentes. No irían a Cancún, pero sí a Playa del Carmen. No se tomarían una margarita sabor fresa, pero sí un mezcal con gusano. No se acostarían con la dueña del hostal, pero sí con la que hace la limpieza (por supuesto, también exagero sólo para darle la nota jocosa al post).

Y todos ellos, a pesar de sus flip-flops y sus bermudas y sus cámaras en la mano, harían cualquier cosa antes que convertirse en esas parejas de más de cincuenta que viajan con su guía Lonely Planet, contratan tours, están bien asesorados por una agencia de viajes y por una oficina de turismo, y sólo van a lugares donde les den agua embotellada y todos sus alimentos estén endulzados con Splenda. Me dije que yo tampoco sería así, que debía atenerme a un presupuesto limitado, carecer de un plan estricto y poco flexible, quedarme donde quiera si me apetece, y pedir el eventual aventón para aminorar costos.

De pronto, al convertir los 20 mil pesos colombianos de mi «económica» cena-comida-almuerzo en pesos mexicanos, me di cuenta de que estaba dilapidando el dinero como si no hubiera un mañana. Y tal vez sea cierto, si continúo con esta gastadera.

Hoy, mientras miraba el enorme valle de la ciudad de Bogotá, decidí arrojarme aún más a la aventura. El turismo de guía de viajes no es el verdadero. O tal vez sí… para la gente rica.

Por lo pronto, me acerco a la playa. Nada podría emocionarme más.

And now for something completely different… fotos.

 

 

Vista desde la iglesia de Monserrate.

 

 

Aparentemente, dar el paseíto en llama es la cosa más normal del mundo en la Plaza Bolívar

 

 

Me gusta cómo se ve la bandera.

 

 

Sección de fotos plaquetosas-chistosas:

 

En el baño de señoritas en Ibagué.

 

 

Cartel en la terminal de autobuses de Cali con clara influencia cortazariana: «al subir levante el pie».

 

 

En esa iglesia sí son modernos y no dan una naranjada por el cambio climático.

 

(entrada original)

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