¡Dios!

La expresión que más escuché durante mi estadía con el camarada Reindertot fue «¡Dios!». No con una connotación religiosa, ni como resultado de una sorpresa no calculada. Mientras jugábamos Rock Band, veíamos Friends, comíamos tequeños acompañados de cubas libres, o bajábamos por los incontables pisos de Parque Central, el «¡Dios!» era una forma de expresar diversos sentimientos: sorpresa, risa o solidaridad. En mi post anterior he contado que mi suerte cambió una vez que pisé Caracas. Ahí fui recibida cálidamente tanto por el camarada como por Nathaly -verdadero ejemplo de la belleza venezolana-, y enseguida comí arepas caseras y bebí ron auténtico de piratas. Por la noche fuimos a bailar al famosísimo El Maní es Así, sitio emblemático de salsa, donde un sambo me sacó a bailar. No sé por qué accedí, si mi torpeza trasciende ritmos, pero al menos lo intenté. También conocí a Carlos Sicilia, figura emblemática del humor en Venezuela, con el que charlé un rato (sobre todo de Rius).

Lo interesante de Venezuela ocurre una vez que se pisa la frontera: el país está increíblemente politizado (como siempre, mi guía Fodor’s me recomendó no enredarme en discusiones de política, cosa que es casi imposible de evitar). Caracas, por ejemplo, es una ciudad muy moderna, repleta de rascacielos, oficinas y restaurantes. El nivel de vida de los caraqueños es alto, tanto que la ciudad es el triple -o cuádruple- de cara que en el resto del país (naturalmente, mi marrez a ultranza me obligó a escandalizarme con los precios de los sándwiches de pernil, la merengada de Óreo o la arepa de cuajada o de caraotas, acostumbrada como estaba a la mala vida que me di en Colombia en términos culinarios).

Visité El Hatillo, un pueblo típico en el que los capitalinos se refrescan los fines de semana, y también subí al Ávila, el imponente cerro que vigila la ciudad. El teleférico es larguísimo y estúpidamente alto (la subida dura veinte minutos), no apto para los que sufren de vértigo. Debo decir que emprender dichas actividades con mis anfitriones fue un verdadero placer, tanto que me sentía como la refugiada de guerra a la que han acogido en un ambiente seguro y tranquilizador.

Por supuesto, en mi estadía tuve que buscar la forma de obtener mi pasaje a Argentina, empresa que fue todo menos fácil (en el ínter me metí a ver Nine, que me pareció hermosa: ¡gran número -el segundo- de la Cotillard! También leí un libro muy ad hoc con mi viaje, Radio Ciudad Perdida, de Daniel Alarcón) (lo que me pone a pensar que siempre busco literatura acorde con mi destino: Bajo el Volcán en el volcán Pululahua, La Playa en la playa de Taganga y éste en Caracas; en Argentina leo al maestro Sabato).

Comentarios al pie: los venezolanos, al menos aquellos con los que me relacioné en intercambios comerciales, son extremistas… Viajan de la cortesía más encantadora a la hostilidad sin cortapisas, y se enojan cuando uno pide algo que viene incluido en la carta pero que no tienen. Reductos del estrés de las grandes ciudades, supongo.

El rumor de las chicas «con complejo de miss» (camarada dixit) es casi enteramente verdadero. Sólo en Medellín vi a tantas muchachas tan arregladas, pero lo que me pareció más importante es que los hombres venezolanos son más guapos que los colombianos (!).

Finalmente, cuando miraba las montañas detrás del Ávila y la bruma que se forma alrededor de ellas (lo que hace suponer pozos, mundos inexplorados de cara al Caribe), me di cuenta de que el quid de un viaje a Sudamérica no son tanto las ciudades como esos paisajes imponentes: la belleza natural de la tierra y sus accidentes geográficos, esas ciudades que siempre crecen rodeadas de cúspides y volcanes.

Por fin, el miércoles pasado, me encontré en el aeropuerto internacional (sangrada económicamente) para viajar a la tierra del gaucho y el mate. Ahí conocí a un argentino jipioso, Leandro, que viajaba con poca «plata». Compartimos indignación por los 190 bolívares que tuvimos que pagar para abandonar Venezuela, y luego esperamos sentados en el piso de la sala de abordaje. Me contó de su travesía a través de Bolivia y el barco en un afluente del Amazonas, por Brasil (un viaje que quise hacer, pero que al final me pareció demasiado peligroso estando sola), para llegar a Venezuela. En un momento dado sacó una baguette enorme y un pedazo de mortadela. Se preparó un «sánguche» improvisado y lo partió en dos.

– ¿Querés?

En ese momento pude ver la belleza de conocer viajeros en el camino. Acepté el sánguche y me lo comí con gusto, sabiéndome acompañada. Coincidimos en las fortalezas de los viajes, en esa resistencia que se desarrolla luego de pasar quince horas seguidas dentro de un bus terrible que viaja por carreteras angostas de cara a despeñaderos, y cómo un viaje de seis horas por avión parece pan comido (también comentamos que luego de esos trayectos, las montañas rusas son la cosa más ñoña del mundo, pues no incluyen el auténtico y necesario miedo a morir).

Luego de dos comidas de cartón, dos películas malas, tres niños llorando, y el atardecer más rápido que recuerde, aterrizamos en la ciudad de la furia. Compartimos un taxi hacia el barrio de San Telmo, por escandalosos cien pesos argentinos. Una vez en la avenida 9 de julio, mi aventura argentina comenzó de manera oficial…

 

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