11:04 Ezeiza

No he escrito en el blog desde enero. Hay una entrada a medias, a la que a veces le he escrito pero que en general he abandonado, veladamente sobre el horror de febrero. Descubro que ahora tampoco hay mucho por fijar. Me encuentro en un asiento de la sala principal de Ezeiza, un sitio al que he llegado a conocer tan bien. Por fin en Buenos Aires, en el primer no-lugar que ofrece. Aterricé de madrugada y ahora espero a María. Fui a dormirme a un largo pasillo en el segundo piso, junto a unos ventanales, donde ya sabía que suelen dormir viajantes en tránsito, varados o indigentes  (un carrito de Despegar.com en lugar de uno de súpermercado). Bebo un americano Havanna tamaño súper. Malo. Ácido. Pasan dos judíos ortodoxos. A mi lado, un ruso cuyo olor me recuerda a alguien que conocí en el sur. Más de 24 horas viajando, pero no me quejo (tal vez sí, tal vez escribirlo, fijarlo, es quejarse). Piloto automático. Hacer lo que debe hacerse. Pero esta vez no bajé la cortina metálica. En el avión vi Inside Out. El lugar de la tristeza. El que es necesario. Pasé otra vez a Bogotá, brevemente. Dos vuelos distintos. Migración, aduana, maleta. Documentar. Una arepa, una espera sin signos. En el otro avión charlé con la vecina de asiento un largo rato, una colombiana. Pasé con ella migración, aduana, maleta. Yeceny, alcancé a ver en su pasaporte. Nos despedimos y jamás volveremos a vernos. Lo que sigue: un signo de interrogación. Espero que feliz.

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