Creo en el honor. Creo en la importancia de escribir personajes honorables. No es una regla escrita en piedra: los personajes más grandes de la literatura han sido villanos, tipos sin escrúpulos, asesinos, paranoicos, mentirosos, arribistas, estafadores. Sin embargo, hay siempre en ellos una cualidad que los redime. Una complejidad avasalladora. Son profundamente humanos. O inhumanos.

Por encima de la acción y la filosofía (la visión del mundo) que ofrece una novela, creo que el personaje es lo más importante. Un personaje admirable, un personaje detestable, un personaje que se grabe en tu memoria con un cincel.

Pensé en esto porque acabo de leer dos novelas, una de ellas es Lullaby y la otra no la mencionaré porque es mexicana y contemporánea, en las que los personajes son grises y detestables, pero no detestables en el buen sentido. No hay motivaciones, no hay recovecos por explorar, no hay cualidades redentoras. Seres grises.

Qué diferencia, pues al mismo tiempo releo Crimen y Castigo, y Raskólnikov siempre será mi personaje favorito. Un tipo insondable, un tipo consumido por la desgracia y la culpa.

¿Asomarse a estos abismos no debería ser el objetivo de escribir?

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