Si Mad Men es toda esta colección de clichés y estereotipos sobre la mentalidad de una época pero justo en la antesala de una revolución social, imagino cómo sería una serie sobre las vidas diarias de, digamos, los franceses antes de la revolución francesa. Sus conversaciones, sus trabajos, el papel de las mujeres y el de los niños, la ignorancia y el barbarismo; una serie donde los protagonistas jamás son libertadores, pensadores o políticos, sólo gente ordinaria, el gran pueblo, ese que no obtiene su tajada en la historia cuando ha pasado más de un siglo, porque antes de eso o vive una historia inmensamente romántica o heroica, o forma parte de los movimientos que cambian el curso de la historia. De otra manera, no interesa en los derroteros de la ficción. En las grandes historias late algo de cambio histórico, pero siempre lejano, como un contexto. Pienso en las series históricas de HBO, los Tudors, Espartaco, ¿acaso podríamos interesarnos en los enredos románticos de un montón de egipcios durante el reinado de Ramsés III o de una chica, lejana a las heroínas de Jane Austen, que viva su propio ascenso en la sociedad inglesa de la época de Enrique VIII? No, tenemos que conocer la historia de los protagonistas. Los reyes y faraones, los poderosos. Los demás no importan, la historia se los tragó. El tiempo los engulló. No existen. Queremos saber de gladiadores, no de estiercoleros. De reyes, no de campesinos. Sólo en épocas recientes, cuando hay todavía un nexo con el presente (mi abuela sobrevive al Holocausto, mi abuelo es migrante español, escapaba de Franco; mi apellido es polaco, mi abuela me contaba historias de la Revolución, tenemos tierras heredades del Porfiriato, etcétera), la ficción se molesta en contar historias de la gente común. Sólo entonces importamos. ¿Acaso alguien se ocupará de nuestras vidas cuando, en cien años, en doscientos años, una obra de ficción se ocupe de la transición del siglo XX al XXI?

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