Ahorita estábamos platicando Pelaná y yo. Todo empezó así: me están dando mucha risa tus tuits, ese de Enrique Iglesias, luego hablamos de canciones de los noventa, mencioné Mercurio, él dijo que Magneto, yo dije que ya no me tocó tanto, pregunté en qué año nació, dijo que 82 y dijo te la mamas si eres de los noventa, y dije no, 86, y qué pedo con los que nacieron en los noventa, sí, qué trauma, no lloraron con Kurt, dice, ni vieron Space Jam o estaban en el cine viendo Jurassic Park, preguntando cómo lo hacen, ni lloraron con El rey león, recordé que la vi en el cine con muchos niños pero yo iba en uniforme y eso era LA vergüenza máxima, estar de uniforme cuando todos están en su ropa “normal”, dijo que él odiaba a los que estaban de uniforme en horas no de la escuela, yo dije que también y que por eso era doblemente tortuoso.

Y luego recordé la clasificación que hacía del ser humano en la primaria: el mundo se dividía entre los que se cambiaban el uniforme al llegar a casa y los que no lo hacían y permanecían así, con el uniforme, mientras comían su sopa de verduras con agua Tang, y veían a Paco Stanley o a Lolita Ayala, los que se quedaban con el uniforme puesto mientras veían las caricaturas del cinco y a la hora a la que iban a la tiendita por el snack, y cuando hacían su tarea, cuando cenaban, cuando se bañaban y sólo entonces, en la noche, se quitaban el uniforme (que en unas horas ya, otra vez se pondrían) para ponerse la pijama. Era INTOLERABLE. Escandaloso. Nada hablaba más de ti, de tu lugar en el mundo, de tu probable responsabilidad y sensatez, que la decisión de permanecer o no con el uniforme todo el día.

Así las cosas, un día después de la escuela, Juan (el primo de mi edad, mi primer amigo, mi primer amor, mi primero en casi todo lo de esa época) y yo decidimos a medio camino ir a su casa por no sé qué. Estando ahí, su mamá, que era maestra de kinder, llegó con alumnos y primos y dijo que nos llevaría a ver El rey león. Yo le dije: tía, pero tengo que ir a cambiarme a la casa. Y ella: no hay tiempo, ya va a empezar, sube a la camioneta. Y me subí y así fui, con uniforme, y fue tan vergonzoso que la tortura sola de estar EN UNIFORME en un lugar público (en un cine, con otros niños) hizo que casi no sufriera tanto con la muerte de Mufasa.

Una década es poco, y seguro los de los años noventa tienen sus recuerdos tan bien situados como los nuestros. El problema es que nosotros no podemos ver con nostalgia lo que sucedió en un contexto fuera de la infancia; entonces es algo aún reciente, que no se olvida, que no adquiere otra textura con los años.

Lo de hoy, pues, es la nostalgia por los noventa. Y los de los noventa no pueden sentir nostalgia por la década en que nacieron, por desgracia.

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