Buenos Aires, otra vez

**5 de septiembre**

No acepto la idea. Too good to be true. No la acepto. Más hoy, que todo se formalizó. Que hay un papel, una firma, una cifra, un correo electrónico de emergencia.

Los días han tenido una incómoda cualidad de sueño. Despierto y me duermo, todo sigue igual o parecido, tengo incluso otros sueños, algunos extraños y otros cristalinos, y mientras tanto la idea va adquiriendo solidez, se hace más verdadera, empieza a ramificarse en posibilidades y cuestiones prácticas. Aquello soñado se vuelve realidad.

Durante el periodo de incertidumbre había otras cosas en las que pensaba. Un anuncio publicitario que veía siempre en un andén de metro Chapultepec y que me irritaba en extremo (ya lo quitaron). Era de salchichas Fud. Una familia fresa: la mamá, los dos hijos rubios, comiendo productos Fud, con la mirada fija en algo que no aparece en la foto pero que seguramente es la tele, capturados en un momento de suma naturalidad, a medio bocado, el cuerpo sin tensión, sin pose, hasta un gesto estúpido de pronto, el gesto del que mira embobado una pantalla, sobre todo en la mamá, una mujer atractiva de ojos verdes. Lo poco que se ve de la casa es que hay un sillón, una lámpara, unos libros, unas cortinas bonitas. Y arriba, sobre sus cabezas, con letras blancas, “nos encanta ayudarte a consentirlos”.

(Todo esto en el andén de metro Chapultepec, a las 6 pm en promedio, que es cuando indefectiblemente me encuentro ahí, en hora pico, después de tomar un camión en Palmas, mientras espero el tren hacia Balderas, donde  transbordo.)

Así que obviamente voy a despreciar esto.

Obviamente voy a tener mucho tiempo para ver el anuncio, día tras día, y pensar en él. El doble mensaje de hacer pasar por mimo un alimento de desecho (pero práctico) que es usado por madres solteras o madres que trabajan (quienes son las verdaderas interlocutoras: el anuncio estaba al final del andén, donde paran los vagones exclusivos de mujeres), y el de exhibir el privilegio como algo asequible, como algo común a todos.

Hay otra publicidad, pero del STC mismo, donde se anuncia con gran orgullo que en el metro viajan todos, que el metro es diverso. Y en la imagen se observa, al momento de salir de un vagón repleto, a una mujer indígena, a una mujer enana, a un chavo banda, a una embarazada, a otras personas. Lo diverso es, esencialmente, lo marginal. Lo marginal puebla el metro.

De todas formas, cuando yo veía el anuncio, sabía que algún día dejaría de hacer ese trayecto, pues tenía una esperanza, y detrás de ésta un plan, y éste, a su vez, había sido fraguado hace años. Que otras circunstancias, después, algún tiempo después, me permitirían adquirir nuevas condiciones de existencia.

Poseo la necesidad -o el sueño, ya no puede verse como otra cosa- de los que desean dedicarse a escribir. Y además la quería a ella. Por muchas razones intelectuales pero también por algunas sentimentales. Pues ahora es realidad. Ambas cosas. Estaré allá, en Buenos Aires, para pensar. Para estudiar. Para escribir. ¿Es acaso real? ¿Debo aceptarlo de buenas a primeras y alegrarme y pensar que bueno, que era lo justo? Esto de lograr salir del vagón anegado, al menos durante un par de años. Integrarme a uno de los últimos reductos de libertad intelectual (eso es, en mi actual fantasía, la academia, por lo menos una parte de ella). Irme, mientras todo acá continúa. Mientras la fuerza laboral, entre ellos mi papá, por ejemplo, continúa haciendo el largo, atiborrado, incómodo trayecto. Resulta que no, que no es sencillo. Entonces se vuelve como un sueño raro, una sensación discordante entre lo que asumo como realidad (la vigilia) y aquello que no puede ser posible (y que tampoco creo merecer, como siempre).

**19 de septiembre**

Pero ahora han pasado algunos días y muchas cosas en medio. Por ejemplo: fui a Hawaii. Pero por el trabajo, porque trabajo en una revista de viajes. Lo cual está muy bien, porque puedo viajar y además en condiciones inaccesibles para mi sueldo y lugar en el mundo. Pero eso terminará en unos meses.

(Hawaii fue espléndido. Me dejó con un vacío y un anhelo. Después escribiré de eso, existe la necesidad de fijarlo.)

La sensación de sueño se ha desvanecido un poco. Ahora mi cabeza está ocupada en otros temas. Todo sucede de repente. Se hacen patrones como de bordado.

El jueves 4 murió Cerati. En la oficina sabían que yo amaba a Cerati. Yo decía, con ligereza, pensando que no iba a pasar, que el día que él muriera yo no iba ir a trabajar. Y un compañero respondía que entonces iba suceder mientras estuviera en la oficina. Lo cual sucedió. Me encontraba relativamente concentrada, escribiendo un artículo sobre California (porque también fui a California, una semana, antes de lo de Hawaii). Una vez confirmada su muerte, me levanté de mi lugar y me encontré con una amiga frente al elevador, bajamos en silencio, nos pusimos debajo del techito de un edificio de Palmas, prendimos un cigarro y estuvimos ahí sin decirnos nada. Habíamos compartido tanto a Cerati, de tanta formas y siempre en relación a un sentimiento intenso o una emoción nueva y tal vez transitoria. Yo traía puestos los lentes de sol, que me protegían de la vergüenza de llorar. Después nos sentamos en un chipote de cemento y lloramos juntas, cada vez más abiertamente. Nos abrazamos. Nunca me había pasado algo similar. Ese duelo extraño. Solitario. Pero compartido.

Llegué a mi casa y me puse a llorar. Después me bañé y fui a una fiesta. No se habló de Cerati allí. Tomé un poco. Cuando regresé, venciendo el temor de volver a escucharlo, puse el último concierto de Soda (ni siquiera mi favorito, siempre lo preferí en solitario, su trabajo como solista, pero este concierto, con sus despedidas y sorpresas, quizá sea el documento más emotivo al respecto). Volví a llorar. Creo que fue Calamaro el que dijo que había llorado como un niño al enterarse, y sin saber esto aún, lloré otra vez como niña, con abandono, con absoluto abandono.

Aquel periodo de incertidumbre no se reducía a los tres meses antes de confirmar que me iría a Buenos Aires, sino que iba más atrás, mucho tiempo atrás, tal vez desde 2010. Pero mucho más intensamente desde hace un año. Que fue cuando empecé a escuchar la obra de Cerati con atención, con devoción. Era un refugio. Y la admiración, la maravilla ante el arte que no puede replicarse, el reconocimiento del artista que crea con talento, con medios, con perfectas condiciones, con eco múltiple. La escritura, las palabras, el idioma maleable. Buenos Aires. Su Buenos Aires. Ir ahora allá, cuando no esté más. La pérdida.

Descubro que aquello aún no tiene sedimentos. Todavía no puedo consignar este hecho.

Queda sólo esto. Marzo, Buenos Aires.

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