Diciembre 28

Cuatro entradas a medias. Mi Halloween a solas en Constitución, en la covacha de Guille: el viento que golpeaba las ventanas, las paredes de madera del ático, la silla que, arriba, apuntaba hacia el cubo de las escaleras, como si el fantasma me esperara. Miré cosas de terror a oscuras. Prefiero ese tipo de miedo. Luego hay otra entrada sobre atestiguar la lenta erosión de una ciudad. ¿A qué me refería, en qué estaba pensando? Ya estoy en México, y no he registrado en ningún sitio perdurable estos días. Recordábamos, hace dos noches, aquel viaje a Pittsburgh: el calor del verano, mi juventud, toda mi vida por delante, ahora puedo recordarlo así y mirarme desde afuera. Entonces vivo otra vez cada uno de esos días: el cine de a dólar y un restaurante chino, los tacos de carnitas un domingo por la mañana, el downtown y la calle Carson y aquel café portlandense donde yo me sentaba a trabajar y beber café helado, y los insectos, todo está rodeado del zumbido de los insectos, la vegetación salvaje de las calles empinadas del barrio donde vivía mi hermano, poblado de migrantes ilegales, minorías, discriminados y marginados y borroneados y expulsados, trabajadores todos, y luego el bosque que rodeaba la ciudad, y ese calor humedísimo, entonces desconocido para mí, que parecía derretir el acero centenario con el que se forjó la ciudad, y no sé por qué todo eso, ahora, aquí, y después de tantos años, me llegó con tanta intensidad. Pienso muy poco en Buenos Aires, o me parece como en pausa o en suspenso, y a la vez, con resistencia, al tanto de que en un par de semanas allá estaré de nuevo, el mismo calor húmedo, los insectos y los parques y el Feliza y nuestros tacos con tapa de empanada y el súper chino de casa (la señora que me persigue siempre, convencida de que robo: su hija y su nieto, avergonzados por la paranoia de la matriarca), y mis amigos de allá, esa especie de familia que la distancia edifica, y quizás la necesidad de tomar decisiones y empezar a despedirse de todo eso, envolver mi vida en el sur para mudarla a otra parte.

Pero todavía no. Es de noche en Polotitlán de la Ilustración y hace mucho frío, y escucho música, y aquí están las personas que más amo en el mundo. Algunos de mis sobrinos han dormido conmigo por las noches, y cada día hay risas y conversaciones, y la comida que me gusta y un lento dejar pasar el tiempo. Y mis amigas y mis amigos, de D.F. y Querétaro y Polo, que conservo y procuro lo mejor que puedo. Creo que estoy bien, que si observo mi ánimo es bueno y estable, porque cuando he sentido la desesperación venir aquí se vuelve recurrente. Es como si no necesitara dialogar conmigo misma, o acomodar las cosas. Ahora mismo he empezado a redactar por un vago impulso, sin saber a dónde llegaría. Si pienso en mi última Navidad aquí, la de 2016, yo estaba en el abismo. Lo que pasó en ese año, ese bajar al infierno y volver, ahora está lejos de verdad. Con mi familia casi ni hemos hablado de ello. Pero el poder de la experiencia reside en que transforma. Y yo fui transformada.

He visto películas, he leído casi nada. Y escrito nada. Me encuentro sumergida en una ensoñación en la que mi deseo está descorporalizado, no se dirige a nadie o no me involucra, y es más feliz que otras, pues si oriento mi obsesión a una persona siempre termino decepcionada. No quiero ni necesito nada. Tendré que reconstruirme de nuevo. Y cerrar mis pendientes. Y encarar la omnipresente lucha por la sobrevivencia. Ahora mismo sólo quiero volver a escribir, tenía que empezar por un lado, y recién pagué la suscripción anual de este cuchitril. Albricias.

Vaya, qué cierto esto: con la gente que amas el tiempo lejos es como si no pasara.

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