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Ya, Mad Men es impresionante. Sus capítulos son como el cuento típicamente carveriano, todo va sucediendo con la normalidad esperada, pero después, en la historia paralela apenas sugerida, son también piglianos e incluso, algunas veces, asestan el puñetazo final como trilladamente recomendaba Cortázar.

En el último, una serie de sucesos que van escalando como una pirámide, algunos triviales, conducen a un momento doloroso y brutal: Sally observa a su padre cogiéndose a otra mujer.

Cogiéndose: con los pantalones enrollados en los pies y la camisa arrugada a medio abrir, en la cama de servicio, con la vecina de abajo. La imagen es humillante y violenta. El padre sorprendido en actitud animal (el padre que, para la hija, era bueno, puro, intachable). La niña que, sin ser mujer, pierde su inocencia para siempre. La línea que jamás debe cruzarse en la relación filial. Hay reglas no escritas, demasiado tabú, como la de ver a nuestros padres, o ser visto por nuestros hijos, durante el sexo. Además, hay algo que duele muchísimo: el descuido del padre. La negligencia que permite que ella observe eso, aunque la culpa no parezca recaer en él por entero. Pero recae, absolutamente. Tú me has permitido verte en ese estado y en ese momento humillante para ambos, y te has avergonzado, avergonzándome en el proceso. El descubrimiento, para ambos, se convertirá en recuerdo doloroso e ineludible.

Después del incidente, Don busca a Sally alzando la voz, con el tono altanero y hasta condescendiente con el que se dirige a sus hijos. Luego desciende en el elevador, el motivo constante. Esta vez, a un infierno sin retorno.


Ah, Don se quiebra de nuevo, pero este quiebre es ahogado, contenido: el descubrimiento de un nuevo abismo.

(Jon Hamm es un Actor: la ira se convierte en un sufrimiento que despierta tanta simpatía que es imposible no llorar con Don al comprender, como él, todo lo que acaba de perder.)

En el lobby, titubea. Pero no sucede, como leí en algunas reseñas, que por primera vez Don no sepa qué hacer. Es otra cosa. Don entra en una nueva dimensión, tan desconocida y hostil que una parte de él se divide en dos. No es la división entre Don y Dick: es la verdadera escisión de su ser.

Y Jonesy, que ha vivido un desdoblamiento similar:

…lo mira mientras Don, separado para siempre de la vida, se pierde en el caos de la ciudad (que, más bien, lo traga o absorbe).

Este reflejo imperceptible no es coincidencia. Mad Men sabe de subtexto. Abusa de él a veces. Y el tema de la temporada ha sido resumido en el poster:

…cuyo fondo -la ciudad y la presencia constante de policías- se sugiere mientras Sally anda en el taxi:


**Nótese que Sally, rumbo a su descubrimiento, asciende en el elevador.

(Paréntesis necesario: el episodio fue coescrito por Semi Chellas, coautora también de Far Away Places y The Other Woman, y dirigido por Jennifer Getzinger, directora de episodios tan fundamentales y complejos como The Suitcase y A Little Kiss).

Más momentos desgarradores suceden a continuación.

El primer encuentro entre Don y Sally. La mirada avergonzada, inocente, sometida:

La tensión, la incomodidad, la humillación y luego, lo peor: la ruptura de todos los paradigmas masculinos. A Don lo felicitan y lo adoran por ser como es (un traidor, un animal), de modo que la pérdida de la inocencia se convierte en una bofetada de realidad, de la verdad sobre los roles de los hombres y las mujeres.

Cuando Don la busca, la esperanza de que hable como un hombre y no como un padre, que se deje conocer por su hija, se va al inodoro cuando, otra vez, reacciona con su this never happened attitude (Hamm dixit). Con la condescendencia del padre, transfigurándose en mi padre, en el padre de todos. Don es la figura paterna universal.
(o: aquí)

Después, la puerta se cierra para siempre.

 

 

 

El post de Triquis, más personal, es obligatorio. Dice cosas que yo quisiera decir pero con un valor que no tengo.

 

 

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