Lafaye

Hice una mala apuesta. Está bien, yo resuelvo. Lo que me duele es despedirme de la Plaza San Martín. Bello lugar. Cuántas cosas he visto ahí. Hace rato: un muchacho vestido con saco color crema, pantalones anchos y una peluca rubia aparatosa. Venía subiendo por los escalones laterales de la barranca de césped (donados por American Express) (descubro que ahí enfrente se encuentra la sede argentina, en un edificio alto, moderno, puro vidrio: con razón) y en cuanto lo vi me dio mucha risa, dije naaaaa, pero después él empezó a bajar haciendo unos movimientos raros y me di cuenta que al fondo de las escaleras estaba un amigo grabándolo con un celular. ¿Qué grabarían? Pensé: igual un Vine. Pero también podría ser que no. Una ciudad con mucho teatro genera superávit de actores y entre ellos muchos principiantes. Me gusta eso, se nota. Como los que se emplean en la industria turística en Chicago: persiguen el teatro musical, la escuela de improvisación. Tantos actores en Buenos Aires, también. Tan sólo vivo con una, fui a verla (teatro por todos lados, teatro detrás de puertitas y en sótanos, con marquesina espectacular y marquesina miniatura, en cuartos de casa y sobre las tablas). O sea que el muchacho de la peluca podría estar grabando algo interesante, o al menos gracioso. Se fueron moviendo por la plaza, él y su camarógrafo de celular, y después pasaron unos noviecitos o primos o hermanos o amigos, un par de adolescentes chetos/fresas, rubios y cargando su raqueta en estuche Wilson, de esos que viven en las calles del barrio de Retiro, hermosas, que quedan ocultas detrás de los edificios de oficinas. Qué más siempre veo ahí: parejas, muchas parejas, siempre se practica ahí el celestial arte de echar novio. Solitarios, también. De los que lo disfrutan. Mucha gente con sus perros. Ningún gato. Litros de mate. Flores, olor a flores (poético slang de marihuana). Un salón de primaria entero, una cuarentena de niños con un pants azul de rayitas blancas por todo elemento uniformante, sudaderas y suéteres de colores, y gorritos y diferentes tonos de pelo, y amigas tomadas de la mano y amigos que bajan las escaleras hablando entre dientes. Cuando fue el eclipse, con mucho frío, había en la pendiente un grupo mixto dentro del que empecé a llamar “el lado del bien”, por la influencia de una cierta profesora. Después me asomé por el barandal y por la calle San Martín venía la rodada de ciclistas noctámbulos, entre gritos y alegrías por la bajada y la velocidad y que no había muchos coches y la ciudad era suya. Claro que después aparecieron coches y hubo claxonazos y otros que la hicieron de semáforos en dos ruedas en lo que terminaban de cruzar todos, y que luego se perdieron y desbandaron sobre la avenida Libertador.

Venía por la calle Arenales y vi a alguien que desde afuera miraba con cierta curiosidad hacia el interior del súpermercado al que suelo ir. Llegué a esa altura y vi que lo estaban desmontando. Se llama o más bien -ya- se llamaba Autoservicio Elino. No es el más barato de la zona pero es el más digno y apto para las señoras y los señores de Retiro, bien iluminado y con buena selección de pan y mermeladas y dulces y con una carnicería de carnicero que no anda perdiendo el tiempo y es brusco y qué vas a querer aunque no haya fila, y una verdulería carísima. Y un papel en el cristal: sábado 10/10 cerramos. Los estantes de súper, que acá llaman góndolas (me gusta más góndola), vacíos. Cajas en el piso. El súper tenía una especie de marquesina afuera también, un cartel con letras rojas, elegantes, anticuadas, que decía Autoservicio Elino.

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