Los diarios parte II

Soñar con aguas turbias nunca es buen signo, pero si soñé con el río fue porque, antes de dormir, lo último que leí era que “el río es la última frontera a donde van a recalar los excluidos y los suicidas”. Era otro río, el mismo Río de la Plata, pero otro definitivamente, en otra época, con formas distintas de llegar a él, de contemplarlo. Soñé que me iba de mi cuarto, que ya no vivía en esta casa. Era una pesadilla, porque yo adoro esta casa y también este barrio, el Boedo de la clase trabajadora, de la mística de Arlt y su grupo, de casitas y cuadras siempre iguales. Entonces me iba a otro cuarto, feísimo, con una cama estrecha y sin paredes, que sin embargo tenía una ventana enorme que daba al río. “Mira el río”, le decía yo a un locutor onírico mientras abría la ventana, intentando convencerme de la bondad de tener el río a la mano, siempre disponible, tan cerca que sus aguas tocaban los bordes de aquella ventana o balcón, y de pronto el agua sucia, verdosa, un cadáver doblado y descompuesto, que yo tocaba con el pie, y tres hombres que pasaban por ahí flotando, unidos en un extraño acto copulatorio, el de hasta abajo posiblemente muerto, ahogado. Es un sueño cuyas imágenes no se me han borrado desde hace días. La atmósfera del sueño suele acompañarme a lo largo del día, pero no durante más tiempo. Luego leí que “al soñar nos vemos a nosotros mismos como si fuéramos un personaje”. Y que:

El diario es como un sueño, todo lo que sucede es verdadero pero pasa en un registro tan condensado, tan cargado de sobrentendidos, que sólo lo puede entender el que lo escribe. La literatura tiende a ir ahí: su campo es la escritura privada, que se ilusiona con la idea de que está escrito para que nadie lo lea. Por eso el suicidio de Pavese es también una teoría o una resolución de lo que ha escrito en sus cuadernos personales. Kafka decía: sólo quien escribe un diario puede entender el diario que escriben otros.

Estoy leyendo la segunda parte de los diarios de Piglia. Me acompañan. Me avergüenzan, es decir, me humillan, porque verifico en ellos que nunca lograré trabajar con ese tesón, con esa disciplina, incluso con esa alegría. Aunque no tiene ningún caso martirizarse por eso y, peor todavía, compararse (no hay punto de comparación). También leo otras cosas. Las lecturas de la maestría, por supuesto. Y aparte, en otros momentos, a Armonía Somers. A Rebecca Solnit. ¡A Azis Ansari! Y eso leo, y también he visto cosas, y escuchado otras tantas. Pero este libro me la paso subrayándolo. Por ejemplo: “soy racional con la literatura e irracional en mi relación con la literatura”. O: “me cuesta narrar aquí lo que vivo en el presente, la experiencia logra todo su espesor recién en el recuerdo”. En fin, Piglia, siempre me haces lo mismo.

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