Mayo primero

Mudanza

Otra vez me cambié de casa. De barrio, de vida. He vuelto a una zona donde antes viví, pero de otra manera. Los redescubrimientos. Un nuevo ángulo. Ventajas y desventajas urbanas (más, muchos más colectivos; más, mucho más acoso por las noches). Caminatas interminables, nuevamente la ciudad es posible a pie. Plaza San Martín, Puerto Madero, San Telmo, Corrientes, Barrio Norte. La luna de miel de los paseos y las combinaciones. El adentro, el agradable adentro. La luz. Lo que sirve mejor en un lado (la nueva ducha: inmenso placer; pero, allá, el balcón…). Lo que se extraña. Lo que no se extraña. Pero soy adaptable. Como el agua me introduzco en el espacio y adopto sus formas. Las superficies nuevas, los paisajes nuevos, los sonidos nuevos (el silencio durante las noches, ah: el caos está afuera, apenas traspasar la puerta, pero adentro nos envuelve un hipnótico ruido blanco). La vida compartida, y simultánea, y paralela. Las posibilidades. Dominar las cosas, dominar la estufa que me hace gastar los 222 patitos uno tras otro. Sin saber, ¿quién sabe las cosas que sucederán? Emocionada y también exasperada o quizás solamente cansada: dos meses anteriores muy duros, y accidentados, a veces de manera tragicómica, y repletos de experiencias nuevas, algunas bellas, otras muy tristes. Es decir, risas y llanto al por mayor.

Hice la mudanza en dos partes y cuando volví al día siguiente a la casa, al cuarto vacío, noté que los lugares sin nuestros objetos no son nuestros lugares.

/Empecé a escribir esto cuando estaba el Bafici todavía. Recuerdo todas las que he visto en un Bafici, y éste fue más cercano por tantos motivos.

/El calor no se va, vuelve como un eco. Está húmedo el ambiente, llueve poco./

/Este fin de semana llovió, al fin. Una tormenta eléctrica que derribó todo, dejó muerte a su paso. Durante horas, sin parar, cayó la lluvia./

/Murió mi abuelita Emma. Murió mi primo Joao. Con semanas de distancia. El no saber qué hacer con eso. Y la tristeza infinita./

/¿Cuándo volveré a escribir en mi blog? ¿Cuándo presionaré publicar? Antes de esto hay una entrada cortada, algo nuevo que salía al intentar recuperar el texto sobre el sismo que perdí. Empezó a aparecer el día 19 de marzo.

Escombros

Seis meses y un poco más. Me tardé un mes, mes y medio, en escribir algo que yo quería decir al respecto. El terremoto ocurrió un martes. El fatídico 19 de septiembre que es la fecha que recuerda la destrucción: de la ciudad y de las vidas, los ¿diez mil, treinta mil? (¿algún día tendremos una cifra certera?) cadáveres de 1985. El 19 de septiembre pasado yo tenía una cita médica y después iba a ver a mi primo Bef, que estaba con su esposa Gaby en Buenos Aires. A cierta hora de la tarde trabajaba y mensajeaba con amigos cuando entró un mensaje al grupo de Whatsapp familiar. Era mi mamá, preguntaba cómo estaban todos, si lo habían sentido. Un temblor sentido en Polotitlán no podía ser un simple temblor, tenía que ser un terremoto. Entré a Twitter y vi la foto de un edificio colapsado sobre Eugenia. No, primero vi la foto de unas grietas en el aeropuerto. Esa visión era grave. Pero el edificio colapsado me dejó en blanco. Me detuvo el corazón. Hubo un cambio en el interior. Sentí que se descuajaba algo. Y después fue consumir, sin interrupciones, más imágenes y más videos -había uno desde un piso treinta o cuarenta donde se veía una panorámica de la ciudad con huecos, auténticos huecos, de los que salían estelas de humo- y mandar mensajes, y preguntar a todo mundo, primero por los amigos con quienes hablaba, luego por aquellos que yo sabía que estaban, viven, trabajan en la Roma, la Condesa, la Narvarte. Los nervios y el llanto solitario. Salir a Buenos Aires y no reconocerme como habitante de esta ciudad donde todo transcurría con la normalidad debida aunque algunos me preguntaran cómo estaban mi familia y mis amigos y se preocuparan dentro de lo que era pertinente y siguieran adelante, pues, ¿qué entenderían ellos de un terremoto? El desastre natural está localizado, y eso lo vuelve específico, único, determinado de su origen: los terremotos en la Ciudad de México (en el Cinturón de Fuego y las regiones que hiende), y los huracanes y los ciclones y los duros inviernos y la sequedad que son fenómenos propios de otros lugares, cada lugar guarda su tragedia o su amenaza, y en Buenos Aires un temblor o un terremoto no significan nada, carecen de modelo de experiencia, son imaginados, lejanos, nunca fijaron su impronta, sobre todo en lo social, en lo colectivo, en lo emocional: el año 1985, los espacios vacíos de la Ciudad de México convertidos en estacionamientos, los edificios todavía derruidos, las edificaciones post-sismo, los parches, la fisonomía transformada. La actitud hasta religiosa de aquellos que que lo vivieron: evocación, temor y reverencia. El diario de Cristina Dovalí, que siempre me lleva a las lágrimas. El olor que algunos describen en el Centro Histórico. Olor a cadáver. La fosa común del Parque Delta: un estadio de béisbol antes, un anfiteatro después, un centro comercial ahora.

Había mirado las fotos del antes y el ahora. La esquina de Concepción Béistegui y Yácatas por la que yo siempre pasaba cuando venía del metro a casa -a la que era mi casa, a la familia que éramos entonces-. Medellín, cuando apenas a fines de 2016 cruzaba tanto por ahí en las horas libres de la oficina. O en aquella otra oficina de Oaxaca donde fui tan feliz y tan infeliz años atrás, y me sabía de memoria cada esquina de Salamanca. Ámsterdam, “la banda de Moebius”, dijo Gina una noche. Los lugares donde yo hacía mi vida en esa ciudad que anhelé tanto durante aquellos días caóticos, tristes, iracundos, pletóricos de llanto. La geografía emocional devastada.

Visita

Dos días después del terremoto me llegó una visita de Montevideo. La paradigmática uruguaya. Pero fuimos el terror la una para la otra, más ella para mí, aunque a veces no estoy tan segura… Por la tarde intenté dormir, llovía a cántaros afuera, y cuando desperté el cuarto estaba a oscuras, entraba un poco de luz grisácea por la ventana, y ella estaba sentada en la cama y me miró y me dijo que necesitaba salir, que se estaba volviendo loca. Intercambiamos las pesadillas. Las veces anteriores, en Uruguay, había sido mi sueño. Ahora me asfixiaba. Mi cuerpo se volvió un refugio, dormir para irme a otro lado y no enfrentar el desastre en que se había convertido todo, ¿cómo y de qué manera? Pero gracias a eso, cuando se fue, cuando por fin se fue y poco a poco, con el pasar de los días, intenté explicarme lo que había ocurrido, me senté y, pluma en mano, empecé el relato necesario de mi quiebre de, ahora, justo hace dos años.

Buenos Aires

Perseguía una idea aquí, pero ya la he perdido. No me voy. Decidí quedarme. Circularmente, vuelvo al barrio donde viví en mi primera temporada aquí. Pero es otro y yo soy otra. Sólo quedan huellas. La transformación continua. La ciudad nunca adquiere su faz definitiva.

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