Mi mano

Empezaba con un taxista que me llevó a la terminal de autobuses uno de los últimos días de diciembre. Ya estaba oscureciendo. Pero me hizo la parada. Una última clienta, lo que saliera, eso dijo después. Cara buena onda, de mi edad. Amable. Me llevó a otro lado y me esperó. Después, cerca de la Alameda, hizo una llamada telefónica, que yo intenté no escuchar, no por desagradable sino porque, en parte, prefiero enterarme lo menos posible de la vida de los demás pero también, en parte, me gusta el husmeo siempre y cuando transcurra en una penumbra asegurada, y ese husmeo era demasiado fácil, demasiado puesto en bandeja. Yo no quería escuchar pero él hablaba tan fuerte que era imposible no escuchar.

Le decía a su interlocutor que lo acababan de tracalear, que fueron 900 pesos, que un pasajero, que traía una pistola. ¡Te lo juro por Dios!, respondía a la incredulidad del otro. Era convincente y era conciso, pero también, extrañamente, ameno. Su historia entretenía. Si quería enterarme más, era difícil adivinar con quién hablaba. Le decía «dile a tu hija que ya se vaya a la casa» (¿papá, suegro?), pero a la vez le reclamaba por doscientos pesos que le debía, directo y descarado, como se trata a los amigos. Las dos posibilidades hacían trabajar la imaginación (era amigo de un hombre mayor con cuya hija se casó, o pretende a la hija menor de un amigo que fue papá muy joven) (la suposición realista apunta a que se trata con su papá de ese modo porque él es quien trabaja y mantiene la casa, y por tanto el encargado simbólico de vigilar a la hermana, a la que trata con cierto autoritarismo que podrá verse como macho pero que es también un desesperado instinto de protección hacia una adolescente habitante de un territorio marginal -digamos la zona metropolitana del Estado de México-, por ende víctima potencial de violación o asesinato).

¿Cómo se llamaría este chavo (este taxista, este hombre, esta persona, este ser humano)? Cuando terminó su llamada me miró por el espejo retrovisor (se le veía la frente, las cejas, los ojos, la nariz, parte de la barba; sin embargo toda la atención la robaba su mirada, que invitaba a la risa pero no a la desconfiada que producen otras personas, que aunque no quieran tienen una expresión como de burla; ésta no, ésta era una mirada inteligente y a la vez simpática). Me preguntó «¿Cómo ves?», dando por hecho que había escuchado su conversación. Y así empezó a contar la breve anécdota: recogió a un hombre por Arcos de Belén, lo llevó a la colonia que está del otro lado de la Narvarte, entre el Eje Central y Tlalpan, una colonia más o menos fronteriza. Fueron 70 pesos según el taxímetro y el pasajero le pagó con un billete de doscientos. El taxista, como no halló suficiente cambio en las monedas que tenía al frente, bajó la visera y expuso, así, todos los billetes del trabajo del día, o sea, cerca de 900 pesos. Entonces el hombre le enseñó la pistola desde atrás, le preguntó ¿crees que es de juguete?, sacó la mano por la ventana y lanzó un disparo al aire. Y ya, qué quedaba. Le dio todo el dinero.

La historia era dramática pero él la contaba con tanta seguridad que con cada palabra se hacía verdadera, no daba pie a la duda. Era la cuarta vez que un pasajero lo asaltaba. Describió lugares y montos de las veces pasadas, y agregó detalles que dolían, como que ya hasta había hecho planes con ese dinero, que había decidido no trabajar al día siguiente pero que ahora tendría que hacerlo, que ya se iba a su casa pero me vio y decidió llevarme, y todo era triste pero a la vez cómico, una anécdota chilanga agridulce. Después siguió hablando y yo seguí dándole cuerda, y así me contó que alguna vez se había subido un «viejito» al asiento de adelante, que a los pocos metros de avanzar empezó a toquetearlo, a buscar bajarle el cierre, a lanzársele encima, y a quien respondió con un puñetazo en la cara al que el viejito, a su vez, contraargumentó con un síiiii, síiii, pégame máaaas. Muchas risas. Después estaba otra señora que lo mismo: se había subido en el asiento de adelante y, en pleno Circuito Interior, empezó a desabrocharse la blusa e intentar abrir la de él, diciéndole sooooy mujer, no me rechaceees. Aquí había un factor de peligro novedoso: la presencia de una patrulla más adelante. Si la señora se ponía a gritar, semidesnuda, ¿quién iba a creerle a él? Complicados intentos de convencerla de que se bajara. Más risas. Finalmente llegamos a la terminal y el taxímetro marcó 80 pesos. Yo le di 100 pesos y no solicité cambio.

Me subí al camión. Me dormí. Casi al llegar a Polo leí en Twitter que Gerardo Deniz (Juan Almela) había muerto. La noche anterior, después de acostarme, había leído tres poemas suyos, y uno en especial (CAPRICHO (en estado de ebriedad)) me impresionó y me tuvo pensando, y en la mañana, en la casa, retrasando lo más posible mi partida inminente, alargando mi momento de soledad y distensión, apunté en mi diario cosas sobre ese poema y sobre Deniz y también sobre otros temas, y luego se oscureció un poco y salí y tome aquel taxi.

Al llegar a Polo, camino a mi casa, había un gatito muerto en medio de la calle, uno de esos anaranjados de rayitas blancas.

De madrugada pensé en mi mano y en lo que tocaba. Después pasaron más días y conté lo del taxista, y al contarlo, como la figura del burro en el rompecabezas que los personajes aburridos de Los Simpson descubren subrepticiamente, empecé a ver que quizás nada era cierto, lo de la pistola que no es de juguete ni el viejito masoquista ni la señora que no quiere que la rechaces porque es mujer, sino un truquito fácil, prenavideño, el choro que busca una propina extra, más que merecedora, por la historia y por el engaño, y por la posibilidad de la verdad que encierra, y por aquello que me hizo pensar y, ahora, escribir.

***

Al día siguiente le tomé una foto a la casa donde viví de 1992 a 1996, la casa de mi abuelita Aurora (bisabuela, en realidad; mi abuela murió en trabajo de parto). Metí la mano por un vidrio roto de la entrada y saqué la foto. La cochera en subida, de azulejo rojo; el pasillo con sus columnas falsas; las puertas que daban al corredor; el jardín descuidado. La casa entró en litigio, está semiabandonada. Tenía dos jardines. El que estaba a la entrada, con caminitos y diseños romboidales, tenía un zapote y una higuera en las dos esquinas, y un tejocote, un árbol de mandarinas (unas mandarinitas minúsculas, insignificantes, que yo arrancaba antes de que estuvieran maduras), y una granada, y muchas plantitas que mi mamá siempre cuidó y luego, la mayoría, se llevó a la casa actual. El otro jardín era más salvaje, estaba atrás de la casa y tenía un cuarto de adobe y láminas, con triques y muebles rotos, y otra pileta, y mucha hierba que crecía sin orden alguno, pero también un manzano (con unas manzanas muy verdes, siempre verdes, aunque estuvieran maduras, que había que preparar en dulce o eran incomibles), y un chabacano (mi mamá hacía una mermelada caliente con los chabacanos, y no he probada nada igual jamás), y un durazno y un aguacate. Ese jardín ya no existe. Ahí están ahora las casas de mis dos hermanos, que aniquilaron el terreno abierto y cancelaron el acceso a esa otra casa. Ese espacio separaba lo viejo de lo nuevo (nuestra casa actual).

Ahí permanecen algunos muebles y pertenencias de mi abuela. Durante algún tiempo, antes de las construcciones, yo aún entraba. Estaba todo incluso acomodado como en casa «normal», sala, comedor y recámaras puestas, pero con sábanas encima, todo cubierto de polvo, con cajones vacíos pero, por ejemplo, trastes en los muebles de la cocina. Una verdadera casa del terror, de atmósfera pesada y trastornante. Yo me metía, como siempre, para hurgar, miedosa y a la vez valiente, un turismo hacia lo perturbador que me atraía. Y muchas veces me hice a la idea de que había alguien detrás de mí respirándome en la nuca, o que me veían desde un punto ciego, o que me perseguían a una distancia milimétrica, moviéndose detrás de mí como sombras. Muchas veces salí de ahí corriendo, pero nunca tras abandonarme ciegamente al terror, momento al que yo en realidad le tenía más miedo que al causante mismo de ese miedo, pues significaba el punto de no retorno. En cambio trataba al miedo (El Mal) con respeto, dándole su lugar de ente siniestro al que conviene no perturbar, y me alejaba de la casa lentamente, sin darle la espalda, sin dejar de repetirme pensamientos calmantes y falsamente optimistas, hasta tocar un punto de seguridad (por ejemplo, la bardita que indicaba el confín de nuestra casa, el patio donde ya empezaban las cosas con vida: la ropa tendida, la lavadora, nuestra puerta, etc.), en el que por fin me liberaba y gritaba.

Pues bien, después de sacar esa foto, pasé varios días en casa de mis papás, debajo de pesadas cobijas pues rozábamos los cero grados, casi sin salir de mi cuarto, y por momentos yo sentía que aquella casa me llamaba. Ha sido el escenario permanente de mis pesadillas. ¿Cómo es posible que algo tan cercano, tan cercano físicamente, se convierta en un espacio inaccesible, lejano, cuya apariencia ya ni siquiera logro recordar? Estuve maquinando la forma de entrar y hasta el momento más conveniente, tendría que ser una hora anodina, las dos de la tarde, el sol en lo alto, ningún elemento que pueda conducir los acontecimientos hacia lo ominoso…

Hasta que el domingo, último día que pasaría en Polo, fueron a visitarme y la oportunidad se puso, esa sí, en bandeja. Mis amigas de la infancia son Laura, Leticia y Araceli, hermanas (las primeras dos son cuatas, la tercera es un año menor). Vivían atrás de mi casa, nos conocimos a los ocho años, nuestras aventuras infantiles llenarían muchos documentos Word. Esa mañana llegaron Araceli, Lety y su novio, Sebastián. Les dije de mis planes y enseguida se interesaron, pues aquella casa también marcó sus vidas, también las atemorizó, también se volvió un espacio mítico de su infancia. Convencí a mi hermano de usar una escalera y saltarnos por la azotea, y todo fue torpe y accidentado, como cuando teníamos esa edad y a veces yo no podía bajarme de los árboles o de las azoteas, y mi hermano llegaba y me bajaba, pues es muy alto.

Y así fue que volví a entrar a esa casa. El jardín arruinado, lleno de yerbajos. La pileta invadida. El zapote seco, la higuera también. Lo único que sobrevive, por si nos quedaban dudas de su naturaleza correosa, es el tejocote. Entramos a la casa, a los cuartos empolvados, remendados, una obra negra a medias;  a los (antes) amenazadores cuartos viejos, nidos y heces de cacomixtles, el ropero con el espejo que me daba miedo. En un rincón Lety se escondió y cuando yo pasé ella aplaudió y yo grité. Subimos a la azotea, a las cúpulas. A esa otra casita, independiente, sobre los cuartos viejos. La puerta hacia el establo de mi tío, al que íbamos por leche. ¿Es esto realismo mágico? No, así fue todo. Así vivíamos. Encontré platitos y una taza de juego de té de mi abuela, que robé. Vimos la higuera, siniestra. Sebastián, con su acento chileno simpático, dijo que la higuera conectaba dos mundos, el de la vida y la muerte. Un portal. Mi hermano dijo que sí, que se rumoraba que ahí en la higuera salía el diablo, la bola de fuego. La miramos mucho rato. Intenté juntarlo todo en la memoria, asegurarlo de alguna manera. Pero no se puede. La tierra ha quedado erosionada.

 

 

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