Mis encuentros en La Habana

Caminábamos por la calle Obispo, atestada. Esta calle no sería diferente de otra calle en otra ciudad turística: San Miguel de Allende o Cartagena o Buenos Aires. Nos metimos a una tienda de artículos de música. No había mucho qué ver. Al salir, vi a Rashida Jones entrar. Y yo: ahíestárashidajones. Y J: pues háblale. Y yo: no, pero cómo crees. Y después de un rato, pues fui. Nunca hago esto, me defendí (pero la verdad sí, a veces). Me dijo que no subiera la foto en Facebook porque se podría meter en problemas (los estadounidenses no pueden viajar a Cuba, a menos que sea con un permiso especial, o les ponen diversas multas). Fue el detalle gracioso. Era lunes 31 de diciembre y hacía un calor húmedo en La Habana. Después de eso nos sentamos a tomar una cerveza Cristal en un lugar con músicos coquetos. Son expertos en reconocer nacionalidades. Lo que daría cualquier cubano por recibir propinas en moneda convertible. Al final de la calle Obispo, El Floridita estaba tan atascado que apenas se podía caminar: varios rubios se sacaban fotos abrazados de la escultura de Hemingway, borracho de trece daiquirís, su récord. Afuera de ahí saqué esta foto que a algunos les pareció contradictoria:

¿Qué hay de contradictorio? La gente usa ropa usada. La gente no odia a Estados Unidos, quizás porque su gobierno machaconamente les repite que deberían hacerlo.

Comimos en otro privado, en una casa que tenía pericos australianos. Pedí una chuleta de cerdo que era tan grande que Carlitos se la terminó toda. Afuera de ahí, vistas impresionantes de La Habana. La Habana, ciudad hermosa, ciudad que fue majestuosa, ahora abandonada.

Las fotos que me toman casi nunca me gustan, pero ésta sí.

Les preguntamos a Carlitos y al señor Luis qué cenarían. Pollo, decían. Yo sufría. Está mal, a ti qué te importa y además no haces nada para cambiarlo, pero sentirse mal es una costumbre.

En la noche fue la cena de Año Nuevo en el Cabaret Parisien. Colas para entrar, colas para todo. Nos sentamos. Y yo: nomamesahíestáeldeBreakingBad. Pero decía: no, sería una coincidencia muy ridícula. No puede ser que vengas a la capital del único país comunista de América a encontrarte a las estrellas de dos shows de televisión gringos que te encantan. Lo veía, entonces. Estaba de espaldas a nosotros, sentado con su esposa, que lo ama. Se aman. Era palpable. Era hermoso. Pero yo sopesaba: ¿será? ¿No será? Cómo saberlo, estando de espaldas, con las luces de colores del show cayendo de manera vertical sobre él. Me levanté al baño mientras J salía a fumar. La alcancé afuera, y él estaba ahí, apagando su cigarro. Nuestras miradas se cruzaron. Nomamessíes, pensé.

Pero otra vez el asunto sería ridículo. No quedaba más que mirarlo, tocando la comida apenas (puré de papa de caja, verduras de lata, un pastel de caja congelado). Es mi personaje favorito del programa, su cara siempre como una máscara, un hombre de negocios que es un hijo de puta. Pero… no me acordaba de su nombre. Entonces, le llamé a Luis Frost. “Güey, estoy en La Habana (ah, qué chido). No hay tiempo para contar (lo interrumpí). Acá está el de Breaking Bad, el señor Pollos, ¿cómo se llama en la vida real? Gracias, te quiero, adiós”. Volví a la mesa. Todo mundo se colocaba la parafernalia que nos dieron en una bolsita de celofán antes de entrar: un sombrerito con caras felices, un collar hawaiano, un antifaz, unas serpentinas, un silbidito. El señor Pollos también lo hacía. Yo, como un stalker, como Michael Scott en esta imagen……lo miraba.

Pero nada.

Después de un rato, tuve una idea. Le dije a un mesero que me prestara papel y pluma. Un mesero guapo, coqueto. Lo hizo. Escribí entonces una nota empleando todo mi humor: Mr. Esposito, empezaba. Frases elocuentes, frases graciosas, frases que a mí me harían decir: pero señorita Lilián, es usted una muchacha excepcional. Entonces, le di el papel al mesero con mis instrucciones. El señor de allá (él se señalaba el estómago con el dedo, apuntándolo, sutil y alcahuete). Muy bien, dijo, y se fue por allá.

No entendí.

Cuando vino, le pregunté por qué no entregaba mi nota. “Es que ahí sigue su esposa”, me respondió. Todos reímos. “No es coquetería, su esposa puede ver la nota”, le indiqué. Entonces, allá fue. Mi nota estaba firmada como: girl with curly hair, behind you. Esposito y su esposa leyeron la nota. Se carcajearon. Voltearon a todos lados. En nuestra mesa, todos me apuntaban, alzando sus copas. Esposito y su esposa levantaron las suyas y  me hicieron pulgares arriba.

Más tarde, cuando se fueron, pasaron a la mesa. Risas y diversión y fotografías como ésta:

Esta foto me gusta más que ésta, que fue la que presumí, porque en aquella sale muy sonriente y contento, y en ésta se ve muy maldito y guapo, oh sí.

 

Después seguimos tomando y charlamos y todo acabó en el Parisien, y volvimos a los mullidos sillones del hotel, y charlamos y charlamos, y al otro día, entre cruda y desvelada, J y yo caminamos todo el malecón hasta llegar al Parque Central, donde me encontré con Yoani Sánchez.

La Habana fue todo.

 

 

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