Por qué no me canso de decir que The Office es la serie más conmovedora y cómica que hay en este momento.

Tienes la temporada 2, episodio 3, The Office Olympics: Michael Scott está a punto de firmar la hipoteca para adquirir su casa, pero se da cuenta demasiado tarde de que el pago será a treinta años y no a diez, como creía. La vendedora le dice que si decide revocar la compra, habrá perdido 7 mil dólares.

Es increíble cómo en un mismo episodio pueden plantear dos historias paralelas (lo que en Friends lograban casi siempre dividiendo al grupo en dos subgrupos, cada uno con un enredo en particular): la primera como un planteamiento serio, de adultos, y la segunda a través de una trama absurda que genera la risa en proyectil.

El dilema de Michael (¿perder dinero o terminar de pagar su casa cuando tenga 70 años?) es aligerado con las olimpiadas oficinistas, un gran pretexto para morir de risa porque las pruebas de atletismo consisten en dar una vuelta al escritorio sosteniendo una taza de café, amarrarse un paquete de hojas a los zapatos y llegar a la meta, etcétera, etcétera. Cuando Michael y Dwight vuelven a la oficina, son condecorados con la medalla de oro y la de plata (hechas con tapas de yogurth y una cadena de clips).

Es tan conmovedor el rostro de Michael en ese momento, ya resignado a pagar la casa. Esos ojos, esas lágrimas, joder, cómo me han hecho llorar a mí también. Porque es la primera vez que veo -en tele y en cine- a un hombre llorar, no por dolor a una pérdida (amorosa, amistosa), no por el orgullo mancillado, no por “algún asunto serio”. Llora por un dilema. Por perder su dinero. Por haber elegido la opción más perdedora. Es un hombre que llora por esa disyuntiva que lo hizo replantear toda la vida que le queda por delante. Un niño que es un hombre que llora.

Dos episodios adelante, en Halloween, Michael está preocupadísimo porque en corporativo lo presionan para despedir a alguien. Y ahí te das cuenta de su calidad humana, pues a pesar de ser un idiota al que nadie respeta, lo que lo atormenta es la idea de despedir a alguien y perder su amistad al mismo tiempo. De hecho, es muy interesante cómo son capaces de mostrar toda la complejidad de un personaje con un par de líneas: cuando Michael le pregunta a Pam a quién debería despedir basado en su rendimiento, Pam dice que no sabe, que ella sólo contesta llamadas, y Michael le responde “sí, y a veces dejas que el contestador lo haga”. Entonces ella, viendo su pequeña ineptitud descubierta por el jefe, ataja halagando su disfraz: eso me encanta porque demuestra que Pam no es una persona totalmente honorable, lo cual sería muy aburrido (además, el halago fácil rayando en el lamesuelismo está presente en todas las relaciones de trabajo).

Cuando al final decide despedir a Devon, la situación es muy incómoda y desde luego Devon sale mentando madres y arroja una calabaza al coche de Michael. Las últimas escenas de este episodio son súper agridulces: la voz de Michael en off hablando sobre sus disfraces en años anteriores con un tono melancólico, cansado, resignado, mientras limpia los restos de calabaza de su coche y maneja a su casa, como esas personas que hablan de temas intrascendentes durante momentos de crisis, sólo para evitar quebrarse en cualquier momento; luego abre la puerta a los niños que le piden trick or treat y lo ves bromeando con ellos, siendo un tipo tan pocamadre que hasta consideras injusto que le pasen tantas hijodeputeces.

Ahí te das cuenta lo solitario que es ser un jefe, lo mal que debía sentirse regresando a una casa de cuya compra ya no estaba seguro. Es que si eso no es conmovedor, yo no sé qué lo es.

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