Post de octubre, por fuera del blog

Quiero escribir un post pero no puedo. Mi blog está caído. Escribo entonces en el TextEdit, el recuadro blanco flotante que tiene numeritos en el borde, y algunas opciones de edición de tipografía. Pero éste es esencialmente un post que luego subiré a mi blog, cuando lo recupere -si lo recupero, como espero y deseo, aunque en el fondo sienta miedo-. Siento miedo de perderlo, ahora que escribo fantasmalmente en él. Perder todo lo que he escrito desde 2012, aunque no es mucho ni tan bueno. Y de repente me pasa que siento la comezón de querer escribir un post, aunque no sepa bien de qué, un digamos flujo de conciencia que va surgiendo a medida que tecleo, que luego por supuesto corrijo y corrijo y edito aún después de publicado, y que luego me da la sensación de haberme sacado unas ganas de encima, una espinilla cuyo gusanito blanco salió entero, viboresco, perfecto. Por ejemplo, la otra vez me dieron ganas de escribir sobre el segundo semestre del año pasado, el periodo más oscuro de mi vida recientemente; en realidad, en específico, de algunas comidas con Jordy en fondas de la Roma Sur cuando yo estaba muy triste por mi ruptura amorosa de cinco años. Ese era mi sufrimiento, porque el otro más bien era y es, todavía, un extrañamiento, un seguir sin entender las cosas, qué chingados pasó ahí. Pero esto, la ruptura, era un dolor visceral, un dolor v e r d a d e r o. Entonces íbamos sobre todo a un restaurancito en la calle de Coahuila llamado Mamá Conchita, una de las tantas fondas oficinistas de la zona, que era muy rica y económica. Y yo lloraba muchísimo. Platicábamos a lo largo de la sopa tarasca o la de hongos con nopales o un plato de enchiladas o de aguacates rellenos de atún o de milanesa con ensalada y agua de jamaica o de guanábana o de tamarindo, y bolillos con una salsa verde cruda excelente que ahí preparaban, y yo lloraba, las lágrimas se me salían y me escurrían por la cara hasta la barbilla, y aunque me daba pena, ¿qué? Ni modo de no llorar. Ni modo de aguantarse las ganas. Además con él siempre lloro, y era comprensible y justificable y propio incluso. También íbamos a veces a unas alitas sobre Insurgentes, de esas que tienen una televisión con videos de VH1 a todas horas, y yo lloraba. En algunas ocasiones, si estábamos de buen humor, íbamos a una heladería tipo gelatto en la calle de Chiapas que tenía dos sillas Acapulco en la banqueta, nos sentábamos ahí a comer nuestro helado de pistache o de vainilla o de coco, y yo lloraba. Caminando por las calles de la Condesa, en el baño del trabajo, acostada en mi cama por la noche. Yo lloraba, llorar era todo lo que hacía. Durante esos meses trabajé en el INAH, en el área de publicaciones. Tenía mi propia oficina, que en otra época había sido más grande y dividieron luego en dos: tenía una puerta en escuadra que daba a un área más pequeña donde había archivos y cajas y una computadora vieja, y un escritorio largo donde a veces iban unas compañeras a comer, o a hacer llamadas. Entraban y salían de mi oficina, y me saludaban con distancia o con vergüenza, aunque en general me ignoraban dado que yo también las ignoraba, a ellas y a todo el mundo. Procuraba ignorarlo todo, acorazarme mentalmente. Una oficina de gobierno al fin y al cabo, muchas áreas y  pisos y edificios y sedes y grilla y política y presupuestos y la foto grande de Peña Nieto enmarcada en dorado en la oficina de la jefa de mi jefe.

Yo era tan infeliz. Mi vida se había partido en dos. Pero acá no escribiré de eso, ni siquiera ahora que he estado leyendo un blog tan sincero, tan crudo y tan v e r d a d e r o sobre eso que nos pasó, el famoso brote (claro: la planta), y las experiencias vicarias y similares, y aquello es siniestro y poderoso pero a la vez hermoso y turbador, y mientras escribo (¿mediados de octubre?) siento que su estilo me contamina, me conduce a la mímesis, a la imitación más burda. Sin embargo yo no puedo. No puedo tanto (aquí).

También quería escribir de Crazy ex-girlfriend: me di toda la segunda temporada el 1 de enero de 2017, en mi cuarto, el cuarto que figuradamente siempre ha sido mío y donde ahora están todos mis libros, en casa de mis papás, un 1 de enero bastante frío y ventoso como suele ser en Polotitlán, con una resaca tremenda, no: una cruda asquerosa, vomitiva, vergonzosa, ya que pasamos el 31 de diciembre como siempre en la casa familiar de los Camberos, donde yo estudié los seis años de mi educación primaria, una casa convertida en escuela primaria, y otra vez reconvertida en casa para personas que la habitan sólo algunos fines de semana, intermitentemente, la cancha de basquet que dobleteaba como fútbol despintada, con flecos de hierba, los postes oxidados, ese jardín tan grande para una casa, tan extraño por eso. Y yo tomé muchísimo, como nunca, un calimocho tras otro, y cervezas, y sidra, y más calimochos, y me reí mucho y muy fuerte y hasta canté un par de canciones en el karaoke que mi hermano había dispuesto en el comedor donde cenábamos, y cuando volvimos de madrugada me puse a ver Crazy ex-girlfriend y no sé en qué momento me dormí con la computadora a un lado, en la cama, y desperté con esa cruda que me mareaba, me hacía sentir frío y calor al mismo tiempo, vestirme con ropa térmica para bajar al comedor a comer el recalentado y luego subir y sentir calor y quitármela, y luego otra vez frío, y una incomodidad tan grande, una cruda que no me dejaba respirar, ese malestar tan odioso del cuerpo destruido por el etanol, intoxicado hasta la médula, luchando por restituirse. Y esa serie tan cómica e incisiva y extrañamente oscura ahí, que me distraía y me permitía pensar, un capítulo de media hora tras otro. Riéndome débilmente por fuera, intensamente por dentro, gracias a Rachel Bloom a quien por todo eso amo, admiro, respeto, envidio.

Siempre el salto de tiempo.

Ahora todo es diferente. Buenos Aires nuevamente, y los colores resurgidos de la primavera austral y las ganas de pasarla bien y volver a un hedonismo muy sencillo y satisfactorio porque de todos modos el año pasado ya sufrí mucho, ¿no? Lloré mucho el año pasado, ¿no?, ya lo dije: en la oficina, sentada en mi silla, frente a la computadora, y encerrada en el baño, y a la hora de la comida, y cuando volvía al cuarto donde vivía, y cuando salía a caminar y cuando salía con otras personas y cuando salía en general y cuando bebía y cuando me iba a dormir y cuando despertaba. Lloré mucho. Lloré suficiente.

Acá un poco es como que vuelvo a ser joven. Los años se me han rebobinado.

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