Toda playlist es una playlist de amor

Pienso que yo viví mi vida. La he vivido lo mejor que he podido, y siempre procurando la experiencia. Me sumergí en High Fidelity por tercera vez. Quiero decir, me bebí a lo largo de unas semanas la tercera -eslavencida- versión de High Fidelity, el libro de Nick Hornby que disfruté enormemente, del que se hizo una película con John Cusack que disfruté enormemente. En la serie de televisión -un nuevo formato que le permite alargar el libro, y también separarse sin retorno de él-, la protagonista es Rob, una joven mujer bisexual, bella y un tanto disfuncional, melómana y esencialmente romántica (ingenua). Otra vez incurrí en la vulgaridad de leerme en ella, de encontrarme en su experiencia, la de una ruptura que no supura, que no sana, que infecta todo nuevo intento de tender un puente con otro ser humano. Y no tanto por un enamoramiento que persista, aunque al principio algo hay de eso, de ese dulce sufrimiento; sino por lo que queda después, esa playa vacía, esa corriente resacosa que lo único que arrastra es un recelo del amor. Una resistencia a sus cárceles. Es tan horrible enamorarse, convivir y luego separarse. Drena tantas energías, ocupa un espacio tan grande en la vida. Es excesivo. Euforia y dolor, placer y hartazgo, felicidad y aburrimiento, posesión y violencia. Quién puede estar dispuesta a enfrentarse con eso una y otra vez, por qué alguien quisiera eso. Por qué consintiera tan fácilmente a prestarse a tal rebase nuevamente.

La playlist o el mixtape es una prueba de amor, un relato de construcción sonora. Toda playlist es una playlist de amor, deformando a Chris Kraus (every letter is a love letter). Rob amonesta: la playlist debe escucharse en orden. Eso ni siquiera debiera ser aclarado. Debe escucharse en orden porque cuenta una historia.

Estás tú, yo, nosotras. 80% nosotras, 20% yo, solamente yo, porque igual que tú viví mi propia relación contigo. Reconocerás la historia y la estructura de mi digresión, por qué esa canción post-ruptura, con aquel arrepentimiento resignado de la culpable, que constata cuán poco cala ya, en la otra persona, aquel amor desaforado. Después las gozosas etapas del enamoramiento, el sexo y el embelesamiento; el asentamiento de la relación y su erosión, el violento final. El desgarrado final. Pero entre aquello está lo mío, mi mundo privado, aquel que nunca te compartí, que siempre he resguardado y no reservo para nadie salvo para mí misma.

Me queda lo que me queda.

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(Cómo me gustaría decirte, como afirma Santiago Motorizado Barrionuevo en la canción última de esta carta amorosa –postamorosa– que ahora soy mejor, te juro soy mejor. Pero, si me detengo una vez más a pensarlo, no sé si eso es verdad.)

Des.

Desde el pueblo más lejano de acá, siguiéndote…

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