Un húmedo invierno

Ya escribo el recuento pormenorizado de Chile. No puedo saltarme los detalles, quiero conservarlos todos aunque equivalga a cadaverizarlos, ¡pero hay tantas cosas! Si veo las fotos reconstruyo mis pasos. Puedo releer algunas cosas que escribí en papel. Y los mensajes (de voz, chats) enviados durante el viaje. Fui guardando en un sobre todos los tickets de cafés, del súper, del cajero, de museos, del teleférico; tarjetas de artistas, de librerías; volantes de obras de teatro, catálogos y folletos de centros culturales. Marisol y Javiera, amigas escritoras que conocí en Santiago, me habían inspirado la forma del collage. ¡Cuántos proyectos ideales se me ocurrieron gracias a ellas, a su inteligencia! Al cariño desbordado que nos tuvimos en tan poco tiempo. Y Lety, mi hermana Lety… Tardíamente, como todo en mi vida, debo expresar esos días. Además de estos archivos, cuento con la memoria, que se vuelve elástica y muscular cuando archiva el viaje, un lapso suspendido de la vida, excepcional por eso.

Ha sido un invierno muy duro. Hace mucho frío, un frío húmedo: no brutal, no de una crudeza impactante. Pero un frío de ecos polares, un frío verdadero.

Mientras tanto cambié de mesa y ahora de silla. Había sobrevivido con otras dos, más pequeñas e incómodas, que compré de emergencia en el Ejército de Salvación. Pero la silla nueva, elegante y de respaldo alargado, rechina demasiado. De madrugada son resortes torciéndose cuando cambio de postura. Se la compré a un muchacho por Mercado Libre, en realidad la puso en subasta y sin darme cuenta la gané; la recogí un sábado lluvioso en Viamonte y Pellegrini, pensé que era un departamento pero resultó ser una casa muy angosta, de esas chorizo afrancesadas que persisten entre los edificios del microcentro, y subí la escalera y estaba la silla esperándome en medio del hall y en la sala un amigo suyo tomaba mate, y de pronto su gato se apareció ostentando su felina belleza, uno anaranjado de ojos perezosos, y bajamos la silla entre el muchacho y yo, y luego caminé las cinco cuadras que me separaban de mi casa con la silla volteada sobre mi cabeza. Lloviznaba y hacía un frío del carajo, un frío que me congelaba los dedos que, tocándola apenas, mantenían la silla en equilibrio. Recuerdo y me duele el fantasma de la lesión: en un momento quise mover el cuello y éste hizo crac. Bajé la silla y sufrí en silencio en medio de la vereda, las personas haciendo un desvío para pasarme por un lado, y luego de las moderadas expresiones de sufrimiento la cargué con los brazos a la altura del estómago durante dos cuadras; sobre todo cerca de la peatonal Florida, que nunca descansa ni cuando está helando ni los fines de semana, hay mucha gente caminando lento y en grupos, y mi silla fue un contundente y poco amable quíteseme de encima, y llegué a mi edificio y subí con la silla por el ascensor y puse a andar la estufa y me hice un masaje y me puse calor y frío, y descansé, mucho, como hace tanto no, y ahora creo que ya estoy bien.

Mi renovado espacio de trabajo es un progreso. Todo ha sido una lenta conquista. Estoy contenta de vivir con Gandhi y con Dante, y convivir con sus rutinas, con sus amigos, y también con los míos. Vivir, pues, en un entorno agradable, tener lo que se necesita. La estufa prendida a casi todas horas. Ya que el invierno obliga al interior, a la guarida. El cielo está brumoso, hay días de mucha neblina, luego hay algunos soleados pero muy fríos, y otros grises y con nubes negras.

Me gustó vivir el mundial en Buenos Aires. Me desanimaba pensarlo en días fríos, y hubo alguno, sobre todo el día que eliminaron a Argentina, en que la neblina en el Gran Buenos Aires alcanzó un nivel histórico. Pero la adaptación se vuelve interesante, el mundial en mañanas y tardes frías con mate y medialunas y café y desayunos potentísimos de chilaquiles y huevos rancheros y quesadillas de tapa de empanada y mozzarella; abrigadísimos, con bufandas y gorros y camperas, hinchar por dos equipos, de la selección que quedó en casa y de la que ahora es una segunda casa, o casa temporal, o casa actual, y el doble de partidos de interés y por ende mayor diversidad de convivencias, en espacios privados y abiertos, en la Plaza San Martín, en el escondido Che Taco de Balcarce, en el living de amigos o aquí en el departamento. Qué diversión. Después de uno de aquellos partidos, una tarde soleada y menos fría que de costumbre, Bárbara y yo caminamos desde San Telmo, ufanas y cerveza en mano, por Defensa, por Av. de Mayo, cruzamos la 9 de Julio, hasta la zona de Congreso, a una casa de militantes feministas detrás del Barolo para pedir informes, la ciudad desde aquel patio, la espalda del fascinante Barolo y las cúpulas del Congreso no lejos, el recorte urbano de esa zona. Extraño a veces una forma de vivir que yo tenía en Ciudad de México, y a la vez aquí, aunque como en menor escala, vivo todo con intensidades parecidas, y con una libertad y una ligereza excepcionales. Pero mi familia me hace falta y, sin esa represa, las ansiedades se multiplican. A quién le hace bien el invierno, de todas maneras: hay menos luz, el afuera es hostil, la lluvia fría te alcanza alguna tarde o alguna noche, por más precauciones que tengas; y aún así los fines de semana la ciudad no se duerme, las calles de madrugada siguen hervidas con la promesa de la joda, las paradas de los colectivos donde se amontonan, de varios estratos, las risas y las caras atractivas y los atuendos para soportar el frío; acá el microcentro mismo que guarda una vida nocturna peculiar y medio secreta, como el Centro Histórico del D.F. tiene la suya. Me acuerdo de esas salidas cuando aquí salgo de noche. Los paralelismos. Ambas ciudades vibran en pulsaciones distintas pero un aire de familia las anuda, y las cosas entre las dos resultan familiares en la medida en que, en los sueños, lo extraño es a la vez conocido.

He salido, pues. He permanecido en casa. La garúa frecuente: una llovizna pertinaz que parece deshacerse antes de tocar el piso. Caminatas largas para ordenar los pensamientos. Diversiones interesantes que luego, pasadas por el nudo del razonamiento, se ensombrecen. La incertidumbre de la sobrevivencia, y su precariedad. Uno de los temas de mi delirio era la actuación, el oficio actoral. A veces voy al taller. La última vez, bajo la consigna del autorretrato, el de una compañera me conmovió: compartía el motivo de la mochila. La vida en una mochila. Cuando miro, en películas, muchachas que se transportan a solas, a bordo de autobuses o trenes o aviones o metros o micros, me reflejo. Por eso Personal shopper y, ahora, La omisión… Un sábado por la tarde vi Nanette, de Hannah Gadsby. La parte que me dejó con ganas de reflexionar o comentar es cuando confronta la idea de que el sufrimiento no es la moneda de cambio del arte. El arte no sublima. Repetir la experiencia, transformarla en obra de arte, no la reconstruye, y en lugar de devaluar el arte lo que se devalúa es la experiencia misma. La experiencia traumática, ni escribiéndola, mucho menos menos escribiéndola (María Moreno: escribir lo que hace es escarbar), tiene reparación. Y el caso paradigmático de Van Gogh. Alaíde me envió el libro con las cartas a su hermano. Quien lo amaba y lo salvaba. Como mi hermano me salvó aquella vez. Mi hermano, su cariño. No la escritura. Nada redimirá la experiencia traumática.

Pero en fin.

Estoy soñando mucho otra vez. Y lo más frustrante es despertar y sentir que el sueño se escapa, y los sentimientos e impresiones que conformaban la única realidad posible hace unos momentos se esfuman o adelgazan. Pero otros sí los he recordado. Visitas oníricas.

Un mes. Un mes más de frío.

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