Una verdad

Me miran inquisitivamente. Mis pendientes. Inquisitivamente, aquel adverbio gastado. Los tengo en un post-it frente a mi escritorio. Me miran. Me cuestionan. Cuándo, a qué hora, en qué momento. No tengo fuerzas, les digo. No ahora. No hoy. Estoy cansada/deprimida/ansiosa/yo misma estoy inquisitiva. Repaso mis errores, los errores que he cometido en cuestiones de trabajo, de escritura. Las cosas que dejé ir. Y más: quienes me dejaron ir. ¡No, no vayas a ese lugar! Como Chandler Bing: no abrir esa puerta. El signo del fracaso, mi palabra favorita. Y la otra es vergüenza.

Me ahogo. Escribo mucho a mano. Algo que yo, grandilocuentemente, llamo un libro. Si en otro, que no se materializa, que he intentado mover poco, que sigo modificando eternamente en infinitos archivos, me tardé tantos años. Y para qué. Pero igual, siento que necesito escribir eso. Es mi método de sanación*. Se sabe: la despersonalización, el hospital Ramos Mejía, aquellas semanas de abril y mayo de 2016 que recuerdo tan milimétricamente. Y lo que vino después. Y lo que sucedió antes que quizá me llevó a ese lugar. Y cómo lidio. Porque sólo lidio. Capoteo. Brego. Por lo menos estos días he llegado a admitir que no lo tengo superado, que hay secuelas, que sigo inmóvil. No avanzo en ninguna dirección, voy con la marea. A veces lloro. Cuando la angustia me sube, voy al cine. Me pongo a fumar, lo cual detesto. Miro el celular, miro las fotos repetitivas de Instagram, los tuits repetitivos de Twitter. Converso con amigos. Los amigos salvan. Pero no pueden salvarte siempre, a todas horas. Me voy a mirar cosas, a hacer compras en la mente, de fantasía. Ya hace mucho frío. Entró el invierno. Y siempre me ocurre que me enfermo de gripe y de tristeza en los inviernos. Más en los australes, me repito aquí demasiado: no hay nada, no hay Navidad. Sólo frío. Viento polar. Me siento excluida de todo, otro sentimiento tan familiar. De todo porque mi personalidad o mi timidez o mi postergación o mi inseguridad o mi circunstancia me impiden participar de la militancia, por ejemplo, o de lo literario. Me encierro. Me quejo. Como ahora, públicamente. Pero en voz baja.

¡Ah, malditos post-its! Mis fantasías son de terminar. Acabar. Clausurar. Avanzar. O mejor: lograr, poder. Escribir. El ideal que no puede ser alcanzado.

Antes yo leía mucho a Juan García Ponce, pero ya no. Aquí tengo una novela suya, ¿por qué la tengo? Me parece que la compré en “El rincón del anticuario”. La presencia lejana. Ilegible. Pero ayer subrayé esta frase:

Se sentía en el estado de ánimo del comienzo, en esa mágica suspensión que precede al principio inmediato de todo viaje, cuando nos sentimos aliviados de nuestro propio peso y la realidad anterior ha desaparecido ya sin que tengamos todavía ninguna otra enfrente.

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Escribí lo anterior hace una semana. ¿Le daré publicar? Sí, ¿por qué no? Lo escrito, escrito está. Ahora mismo no estoy tan abajo. Pero sí, porque comienzo a trabajar y calculo lo que me falta y me vienen las punzadas.

No estoy escribiendo en mi diario, porque ese diario se terminó: el cuaderno mismo, pero también la compulsión de fijar los acontecimientos diarios. Además toda la escritura a mano se la estoy dedicando al proyecto grandilocuente, que de muchas maneras opera también como un diario: empezó en septiembre, perduró durante el ardiente verano, sigue y sigue mientras escribo en esta mesa o en la cama, con la estufa prendida, los dedos helados y el dibujo de la letra, a veces, horrible. Intenta conjurar una experiencia. Pero, releyendo a Garramuño, otra vez compruebo que en el arte no queda la experiencia sino otra cosa, exterior a ella. No es lo opuesto y no la redime. *No repara.

Pero ayer, ah, cuánto bienestar con los amigos verdaderos que he logrado encontrar en esta ciudad, y comer, y reír, y mirar un partido de fútbol.

Acabo de pegar otro post-it.

 

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