Julio

Le temo a julio. Tal vez, concretamente, al julio de Buenos Aires. Por estos días pasó lo del accidente de mi papá, hace dos años. El día que lo operaron, la noche en que le insertaron una placa de metal en la frente, se rompió la calefacción del edificio donde vivía. Esperé una hora y media en un silencio helado, temiendo lo peor. ¿Para qué recuerdas eso? Mejor no acordarse. Bueno: es inevitable. Fui a llamar por teléfono a un kiosco y atendía un muchacho pelirrojo y pecoso que me hizo la plática. Después yo evité pasar por ese kiosco, aunque seguro él me había olvidado ya. Luego vino agosto, y no recuerdo mucho aquel agosto. Una noche desgraciada en Flux, bebiendo hasta el hartazgo, lloriconeando y luego, por un malentendido, mi amistad más verdadera en esta ciudad entró en un impasse. Tenía decidido que este invierno no me derrotaría, porque ya tengo abrigos aceptables y calefacción a gas en mi cuarto, pero no, para qué andas decidiendo de antemano, si llegó julio y empezó mi fatalidad económica, un hundimiento financiero que me tiene contando los pesitos cuando voy a la verdulería y compro: papas, zanahorias, tomates, mandarinas, y planeo mis alimentos y mis gastos posibles del día. Negada de mis placeres hedonistas, por ejemplo: un café en la calle. Un libro si me place. El cine. Salir. Me tiene un poco jodida eso y a la vez romantizo la precariedad, la posibilidad de vivir con dignidad en la escasez que obliga al ingenio, a las decisiones, a un ascetismo impuesto.

(Sí recuerdo agosto, o una semana al menos, cuando vino ella y me trajo luz y aire)

Estoy con los nervios crispados. El ruido del subte me aturde. Si me obstaculizan el paso me lleno de furia. No entiendo qué me ven cuando se detienen a mirar mi cara por la calle. Vuelvo, innecesariamente, al asalto de Constitución. Ya no camino tranquila. En Tucumán, pasadas las diez de la noche, vi a un hombre masturbándose debajo de un montón de cartones. Luego me compré una empanada que estaba podrida. Ayer me desperté de un doloroso calambre en la pantorrilla. Hace rato, no sé por qué, se me ocurrió fijar a la señora que estaba sentada frente a mí en el vagón: sólo tenía arrugas alrededor de los labios, muy delgados. Había un olor como a huevo podrido, a mayonesa pasada, de origen incierto. Ayer fui al hospital Ramos Mejía y me dolió el estómago y me perdí en el laberinto y fue perturbador a secas. Mejor no volver nunca más. Luego: llueve. Mi gripe se enquistó, más días de los aceptables con el malestar encima, chingándome la existencia con aplicación, bajo la ingenua creencia de que se me pasaría con mera resistencia. Insomnio. Dudas sobre el trabajo al que le dediqué mis energías los últimos dos meses, si valió la pena poner todo lo demás en segundo término. Y otros males íntimos. La racha. El túnel que se alarga. Creo que es julio. La culpa la tiene julio.

 

 

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Mi acompañamiento audiovisual: Twin Peaks. Y así persistir con el desasosiego y la confusión.

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J

Otra vez soñé contigo. Que estábamos felices y pronto emprenderías un viaje, pero alguna actualización temporal, alguna lógica tonta de los sueños, me hacía volver a vivir lo que yo sabía que era pasado, y en realidad conocía muy bien cuál sería el curso de los acontecimientos, que terminaríamos dejándonos y volviéndonos extrañas, que todo terminaría más tarde que temprano, y sufrí mucho durante ese sueño, como hace mucho tiempo no sufría, llorando al abrazarte al saber que vendría el fin y la separación y el saber que ya no tendría hogar, porque mi hogar era tu cuerpo y tu cara y tu olor.

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Los diarios parte II

Soñar con aguas turbias nunca es buen signo, pero si soñé con el río fue porque, antes de dormir, lo último que leí era que “el río es la última frontera a donde van a recalar los excluidos y los suicidas”. Era otro río, el mismo Río de la Plata, pero otro definitivamente, en otra época, con formas distintas de llegar a él, de contemplarlo. Soñé que me iba de mi cuarto, que ya no vivía en esta casa. Era una pesadilla, porque yo adoro esta casa y también este barrio, el Boedo de la clase trabajadora, de la mística de Arlt y su grupo, de casitas y cuadras siempre iguales. Entonces me iba a otro cuarto, feísimo, con una cama estrecha y sin paredes, que sin embargo tenía una ventana enorme que daba al río. “Mira el río”, le decía yo a un locutor onírico mientras abría la ventana, intentando convencerme de la bondad de tener el río a la mano, siempre disponible, tan cerca que sus aguas tocaban los bordes de aquella ventana o balcón, y de pronto el agua sucia, verdosa, un cadáver doblado y descompuesto, que yo tocaba con el pie, y tres hombres que pasaban por ahí flotando, unidos en un extraño acto copulatorio, el de hasta abajo posiblemente muerto, ahogado. Es un sueño cuyas imágenes no se me han borrado desde hace días. La atmósfera del sueño suele acompañarme a lo largo del día, pero no durante más tiempo. Luego leí que “al soñar nos vemos a nosotros mismos como si fuéramos un personaje”. Y que:

El diario es como un sueño, todo lo que sucede es verdadero pero pasa en un registro tan condensado, tan cargado de sobrentendidos, que sólo lo puede entender el que lo escribe. La literatura tiende a ir ahí: su campo es la escritura privada, que se ilusiona con la idea de que está escrito para que nadie lo lea. Por eso el suicidio de Pavese es también una teoría o una resolución de lo que ha escrito en sus cuadernos personales. Kafka decía: sólo quien escribe un diario puede entender el diario que escriben otros.

Estoy leyendo la segunda parte de los diarios de Piglia. Me acompañan. Me avergüenzan, es decir, me humillan, porque verifico en ellos que nunca lograré trabajar con ese tesón, con esa disciplina, incluso con esa alegría. Aunque no tiene ningún caso martirizarse por eso y, peor todavía, compararse (no hay punto de comparación). También leo otras cosas. Las lecturas de la maestría, por supuesto. Y aparte, en otros momentos, a Armonía Somers. A Rebecca Solnit. ¡A Azis Ansari! Y eso leo, y también he visto cosas, y escuchado otras tantas. Pero este libro me la paso subrayándolo. Por ejemplo: “soy racional con la literatura e irracional en mi relación con la literatura”. O: “me cuesta narrar aquí lo que vivo en el presente, la experiencia logra todo su espesor recién en el recuerdo”. En fin, Piglia, siempre me haces lo mismo.

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Solsticio

Sentados debajo de un árbol en un parque en el barrio de Prado, un sábado a la noche, un pájaro se cagó en la mesa donde comíamos una pizza. Luego otro. Luego otro. Luego una cagada más. “Lo hacen a propósito”, dijo Paysandú, y yo me quedé pensando en eso. Un mes después, debajo de un árbol detrás del planetario, un jueves por la tarde, un pájaro se cagó a mis pies. Luego otro. Luego otro. ¿Lo hacen a propósito?, pensé. Qué daño podría hacerles recargada en la corteza de su árbol.

Aquel sábado montevideano caminábamos por la rambla. Hacía calor y el ambiente estaba húmedo y el cielo recién se había puesto negro, violeta, azul marino. Había mucha gente en la calle. Pasó un terranova color chocolate, que es su raza favorita, dijo él. Después el perro corrió hasta mí, me puso las patas sobre los muslos, y se fue. Desde entonces no me he encontrado con otros perros memorables. O sí. Un perrito que me encontré en mi calle, una noche que hacía mucho frío, hecho bola debajo del porche de un edificio. Le dije “perrito, perrito”, le acaricié el cráneo y sus ojos negros y brillosos me miraron como suelen mirar los perros. Pero yo tiendo a fijarme en los gatos. Gatos negros o atigrados o anaranjados o color crema, que salen de las ventanas y las puertas y cruzan barrotes y saltan ágiles cuando intentas acariciarlos. Una de estas gatitas se llamaba Leona, se lo escuché a su dueña. Era de color gris.

El año antepasado, en La Plata, cuando estaba muy triste y preocupada y llevaba varias noches sin dormir, me crucé a un perro que me ladró mucho y con saña, y me mostró los dientes mientras la baba se le escurría del hocico.

A Cathy no la veo mucho pues vive arriba, pero cuando baja se duerme en la silla en la que trabajo, y su cuerpecito tibio me calienta la espalda.

Aquel gato era mi hijo. Es otra pérdida de la que no me repongo. Por las mañanas quiero mandarle artículos basura sobre Pacey Witter y The Office, no al gato sino a quien lo cuida. Pero no lo hago.

Esto lo escribí anoche y hoy por la mañana, antes de despertar, soñé con un bebé muy pequeño que me cabía entero en la mano.

También leí, en aquel cuaderno uruguayo, que al pasear de la mano con alguien siempre algo me saca, me lleva lejos, hasta ese lugar donde me escindo y me contemplo y me reconozco y desconozco a la vez. Soy otra y no la conozco. El constante estar afuera.

El paseo une más que la cama.

 

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Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor

Es que pasa esto: es un libro que me trastocó. No me afectó, no me perturbó, no me inquietó. Me trastocó. Me produjo reacciones físicas, gestos que me deformaban la cara cuando iba en el colectivo, leyendo, y arrugaba la frente y torcía la boca y decía no, no, NO. Tampoco me atrapó en el sentido de que, una vez empezada la lectura, me fuera imposible dejar de leer hasta terminar. Ya casi ningún libro lo logra. Pero no fue por eso: en realidad decidí leerlo con alguna lentitud, un capítulo al día o cada dos días, no para paladear o disfrutar sino quizá para lo contrario, porque éste es un libro que no se disfruta sino que se padece. Es raro todo esto, porque al escribir de él siento el peligro de chapotear en la piscina de los lugares comunes: lo despiadado, lo brutal, lo rabioso, la crudeza, las bajas pasiones. 

El gran crimen: iniciar desde el yo. Transparentar la subjetividad. Señalar mis deficiencias como lectora. No puedo escribir una reseña o una crítica, porque no he leído Falsa liebre ni Aquí no es Miami. No porque no quisiera, ganas las tuve, pero la primera resultaba inconseguible y de la segunda dudé el desembolso. Así sucede. Me pierdo la novísima literatura porque dudo del desembolso (o carezco del dinero para el desembolso). Pero una vez leí La casa del estero y me bastó para engancharme a la escritura de Fernanda Melchor. Es un cuento o una crónica -pensada como crónica resulta más terrorífica- que he leído tres o cuatro veces, que le he compartido a mucha gente, y que todas las veces me causa pavor: una posesión satánica en todo rigor, bajo toda convención, pero en atmósfera tropical veracruzana, chavos que echan relajo en una casa abandonada por protagonistas, y el submundo de la santería en Veracruz. Hay un momento en que bajan a un sótano por una escalera sórdida, y abajo todo es oscuridad, y sus linternas no funcionan, y sacan bastones de halógeno, y de pronto uno dice “me acaban de quitar el bastón de las manos”, y ahí, ese momento tan simple, me parece perfectamente terrorífico. Más tarde la chica poseída, cuando intentan huir de la casa, se arrastra por el fango con las manos, como si de la cintura para abajo estuviera paralizada. Esta imagen también me aterra. Aquello que la habita le dice a un taxista, con voz cavernosa, que ahí tiene a la “puta de María Esperanza”, que resulta ser la madre, recién fallecida, del hombre. Como la madre de Karras, me acuerdo, sentada blanca e inmaculada en la cama donde Reagan se retuerce. Y además de todo esto hay momentos, hay progresiones, una historia contada a cuentagotas a lo largo de una relación afectiva que crece y se separa de los acontecimientos, y los mira duplicados en un vidrio negro que les devuelve sus caras cuando hablan, por la noche, con la luz prendida.

Yo quería saldar mi deuda, pero la duda. Entonces leí algunos fragmentos que compartían en internet, gracias a los cuales comprobé el uso del lenguaje, y se me despertaron los deseos. La buena noticia es que, también inconseguible en Buenos Aires, la compré para el Kindle. Me gustaría tenerla en papel, y por ejemplo ahora mismo jugar con el objeto que es un libro, abrirlo al azar y encontrarme un párrafo, o una frase, o una palabra interesante, que me produjera y me recordara algo. Pero ta. Y así empecé, de modo que:

Llegaron al canal por la brecha que sube del río, con las hondas prestas para la batalla y los ojos entornados, cosidos casi en el fulgor del mediodía. Eran cinco, y su líder, el único que llevaba traje de baño: una trusa colorada que ardía entre las matas sedientas del cañaveral enano de principios de mayo. El resto de la tropa lo seguía en calzoncillos, los cuatro calzados en botines de fango, los cuatro cargando por turnos el balde de piedras menudas que aquella misma mañana sacaron del río; los cuatro ceñudos y fieros y tan dispuestos a inmolarse que ni siquiera el más pequeño de ellos se hubiera atrevido a confesar que sentía miedo, al avanzar con sigilo a la zaga de sus compañeros, la liga de la resortera tensa en sus manos, el guijarro apretado en la badana de cuero, listo para descalabrar lo primero que le saliera al paso si la señal de la emboscada se hacía presente, en el chillido del bienteveo, reclutado como vigía en los árboles a sus espaldas, o en el cascabeleo de las hojas al ser apartadas con violencia, o el zumbido de las piedras al partir el aire frente a sus caras, la brisa caliente, cargada de zopilotes etéreos contra el cielo casi blanco y de una peste que era peor que un puño de arena en la cara, un hedor que daban ganas de escupir para que no bajara a las tripas, que quitaba las ganas de seguir avanzando.

Niños que avanzan como reclutas, armados y temerosos, reflejo ominoso de aquello en que podrían convertirse al crecer, sicarios obreros de la economía narca que gobierna esas tierras y casi toda la de México. Como bien apuntó cierto crítico que adoramos detestar, y que sin embargo no logramos dejar de leer, los narcos apenas intervienen en esta novela: observan, custodian. Pero esto no significa situar una novela en Veracruz y apartarse de la narrativa del narco, sino abordarla de manera más radical: la estructura narca como presencia omnipresente y omnipotente, un mal religioso fundido, licuado en la atmósfera de lo vivible. En las razones o sinrazones del asesinato de La Bruja.

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Han pasado un par de semanas y no he terminado de escribir este comentario, que una mañana empecé a redactar a toda velocidad. Me detuve porque llegué a un bache en mi camino: la necesidad de cuestionarme los gustos y las preferencias, de admitir mi propio conservadurismo. Hay un párrafo aquí abajo que estoy a punto de borrar donde se mencionan categorías que para mí son añejas o están podridas o no son productivas: realismo sucio, costumbrismo, oralidad. Algo sobre Daniel Sada (tenemos que dejar de invocar al maestro Sada). Un ensalzamiento del oído finísimo de Melchor, también ya un lugar común de la crítica hacia esta obra, precedido por la queja sobre quienes lo intentan y no lo logran, y en cambio qué diferencia leer un párrafo como el que sigue:

A ver, chamaco, ¿cuántas puñetas llevas hoy? Te está saliendo pelo en la mano, loco, ¿ya te fijaste? ¡Mira, mira, el pendejo se fijó! ¿No que no tronabas, pistolita? ¿No que no te la jalabas? Pero esa verguita que tienes seguro ni se te para, ¿verdad? Y Brando, chiveado, rodeado de muchachos que fumaban y bebían, algunos de los cuales le doblaban la edad, les respondía: a huevo que se me para, pregúntale a tu jefa, y los vagos se cagaban de la risa y Brando se sentía orgulloso de ser admitido en ese círculo que se reunía en la banca más alejada del parque, aunque los pendejos se la pasaran burlándose de él, de su nombre fresa y mayate, de la seguramente microscópica verga que tenía, y sobre todo, del hecho de que Brando, a sus doce años, jamás le hubiera echado los mocos adentro a nadie.

Estos días he reflexionado más y no llego a ninguna respuesta clara, ni a maneras elegantes de decir esa cosa tan simple que quiero decir. En parte agradezco esta lectura si me ha colocado en un dilema en torno al realismo y la imaginación frente a la literatura, un dilema ante el que no podría posicionarme porque es una cuestión que sencillamente no puede resolverse. Pero es demasiada la violencia. Es insostenible. Recordaba al leer esta novela algo que sentí al leer American Psycho de Bret Easton Ellis, autor que alguna vez me interesó y que hoy no podría aburrirme más, pero que en el momento álgido de interés me produjo el horror suficiente para sentir que su lectura me estaba marcando en el sentido de algo que lacera, hiere, deja una cicatriz o una marca. Pensé: ésta es una lectura que me afecta físicamente y no deseo volver a someterme a ella nunca más (los capítulos donde describe pacientemente las torturas: quemarles los ojos a las víctimas con un encendedor, por ejemplo). No había sentido algo parecido desde entonces. Que es una lectura que sacude pero no sé si quiero repetirla jamás. En Temporada de huracanes es demasiada la miseria y la bestialidad y la misoginia de los personajes, hasta el hartazgo, hasta el cansancio, hasta el asco. Preguntarse, además, si no es así. Si no es verdad que es así. Y cuestionarse entonces si no se emplea a diario una ceguera selectiva. Pero no quiero decir algo tan plenamente vacío como que la realidad es así. Porque la literatura no es la realidad, porque pensar en la idea del reflejo tampoco nos sirve para pensar la literatura. Entonces me quedo con la duda, y pienso y pienso, y me encuentro en un problema que no puedo resolver, y de ahí que, al leerla, cuando la estaba leyendo, mi cara se contrajera en reacciones, en gestos, en muecas de asco y sorpresa y rechazo y, también, a menudo, admiración.

Pero hay dos momentos. Y acá podemos emplear la advertencia del comentarismo audiovisual del spoiler. En algo que para mí, en mi experiencia de lectura, va más allá de la estructura polifónica o coral, de la transición constante de voces y puntos de vista, de la prosa que se ha llamado alternativamente barroca o neobarroca (o, dirían de este lado del hemisferio, neobarrosa). Hay dos momentos. Uno, cuando comienza a deslizarse lentamente la idea de que La Bruja es, en realidad, un hombre travestido. El rostro que jamás emerge de esos ropajes negros. Su voz tipluda. No hay transición sino un lento descubrimiento, que por algún motivo me pareció terrorífico, magistral. La hija de la bruja, la niña canija sin nombre, siempre fue un niño criado como mujer. Pero no hay explicación, o confirmación, no hay nada salvo los sucesos fragmentados o refractados por la mirada de La Lagarta, Norma, Brando. Entonces el deseo por las pieles “color canela, color caoba tirando a palo de rosa” de los jóvenes trabajadores en la construcción de la carretera adquiere otro peso. Y que, entonces, la razón de las juergas en casa de La Bruja, donde se juntan aquellos chicos para meterse toda clase de drogas y llevar a cabo toda clase de actos anales, donde el deseo que rige es siempre de hombre a hombre, con pudor o con asco o con brutalidad, sea la realización de los sueños espectaculares, interpretativos, de esta Bruja en drag: una voz fea y dolorosamente sincera que se desgañita cantando, ante semejante público, canciones de Dulce o de Yuri. La escena, patética o grotesca, se vuelve un poco sublime bajo la mirada amorosa de Brando, que percibe a Luismi, con sus mejillas roñosas y su carácter taimado, como nadie más:

Pero lo más cabrón vino después, cuando el choto se cansó de ladrar sus canciones culeras y el que se paró a cantar al micrófono fue el pinche Luismi, y sin que nadie le dijera nada, sin que nadie lo obligara a hacerlo, como si el bato hubiera estado esperando toda la noche aquel momento para tomar el micrófono y comenzar a cantar con los ojos entrecerrados y la voz algo ronca por tanto aguardiente y tantos cigarros, pero aún a pesar de eso, no mames, pinche Luismi, ¿quién iba a decir que ese güey podía cantar tan chido? ¿Cómo era posible que ese pinche flaco cara de rata, hasta el huevo de pastillo, tuviera una voz tan hermosa, tan profunda, tan impresionantemente joven y al mismo tiempo masculina? Hasta entonces Brando no tenía idea de que a Luismi lo apodaban así por el parecido que tenía su voz con la del cantante Luis Miguel.

No hay momentos de alegría o de éxtasis en Temporada de huracanes. Hay miseria y hay violencia y hay pobreza. Pero aunque no me atreva, por coyona, a releer esta novela pronto, cuando piense en ella siempre voy a recordar esta escena, este pequeño oasis, la voz hermosa y profunda y joven y masculina del Luismi en medio del pantano y la mierda.

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Postete escrito a vuelapluma

Me gusta esto del otoño. O no, más bien me gusta esto de las estaciones verdaderas. Que la gente saca los abrigos y los suéteres gruesos y las bufandas del armario. Las calles se tapizan de hojas secas, amarillentas, que crujen bajo los pies. Y todo mundo va abrigado y hay una uniformidad en esto, en la manera en que la gente se viste y encara el exterior. Yo decía la otra vez que no basta con intelectualizarlo, con razonar que acá las cosas son al revés, y cuando allá hace calor acá hace frío, porque me he dado cuenta de que es un tema absolutamente corporal, está ligado al cuerpo y al tiempo, y sobre todo en mi caso que cumplo años a finales de mayo y dentro de mi esquema mis cumpleaños son cálidos, mayo es siempre el mes más caluroso, quizá el único verdaderamente caluroso, y hay una relación entre lo que espero y lo que ocurre. Conocí a una linda chica que es también Géminis, de fines de mayo, pero es argentina y tiene asumido que sus cumpleaños se arruinan por el frío; tenemos experiencias distintas de aquella fecha significativa o más o menos significativa, depende, porque a mí en realidad mucho no me gustan mis cumpleaños. Sin embargo he decidido que éste será diferente y me haré un programa hedonista, ya que cumplí 30 años el año pasado en un momento muy bajo de mi vida, y la verdad es que recuerdo poco de él, salvo estar sentados en la mesa del comedor, mi familia y yo, y reírnos nerviosamente por los acontecimientos recientes. Más bien, seré honesta, no lo recuerdo. No recuerdo haber cumplido 30 años. Oh, he cumplido 30 años. Oh, apenas hace unos años me lamentaba porque sentía que envejecía a los 25, y la incomodidad residía en no sentirme de esa edad de ninguna manera. Ahora sí lo siento. Ahora sí siento que tengo 30 y las cosas se me resbalan y lo que me importaba antes ahora no me importa tanto, no obstante persiste una clara afinidad con la niña que yo fui y que no dejaré de ser nunca. ¿Por qué he llegado a esto si lo único que quería consignar, aquí, es que me gusta el otoño y la sensación de que hay que cambiar de ropa y de temperatura y de hábitos y de estado mental y que pensaba en ello cuando una vez, hace un par de años, vi un cartel en un colectivo que decía “prohibido abrir la ventana en época invernal”?

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Mayo 17

Claro. La clave es la experiencia. La intensidad de la experiencia. O, más bien, de la vivencia. Es que yo estaba pensando en una cosa: con el asunto venezolano, con el hecho de que en Twitter me confunden siempre con Lilian Tintori, releí las entradas sobre Venezuela en La Isla a Mediodía: el apunte caraqueño, el descubrimiento de la blogósfera venezolana, la estadía del camarada Gregory en Ciudad de México en 2009… Y luego, en la relectura, en el movimiento nostálgico-narcisista, me apareció una entrada en la que no había pensado hace mucho tiempo, un texto atípico por el tono que mantenía en aquel sitio: una remembranza de mi primo Juan. Me acordaba de todo, excepto de una especie de epílogo a los recuerdos: un reencuentro en un día de campo, una caminata por el sendero de un río seco, el intercambio de quejas adolescentes. Y de pronto todo fue muy claro para mí, y pude vernos desde afuera, como en vista de águila: los dos caminando, sonriendo tímidamente, intentando asir aquello que fue tan fuerte y no existía más. Lo raro de todo, como siempre, es que esa noche -la noche de la relectura- era 8 de mayo, y el post fue escrito el 8 de mayo de 2007, hace diez años. Y que un día antes de tomar el vuelo rumbo al sur, todavía en Polotitlán, me encontré a Juan y a mi tía en una papelería, y nuevamente nos saludamos con gran timidez y distancia, como si fuéramos desconocidos y no los mejores amigos que fuimos, hermanos incluso, porque hay fotos de los dos en la regadera, desnudos y enjabonados, aunque existiera esa atracción infantil y el acontecimiento fundamental, revulsivo, del primer beso.

Pensé que, si no hubiera escrito eso, aquella conversación adolescente se habría disuelto, no existiría más en ningún lado, porque las falencias de mi mente me impiden retener ciertos acontecimientos. Muchas veces me sucede que la gente me recuerda cosas que dije y que hice, que yo no recuerdo en lo absoluto, y de las que me sorprendo o que me producen impulsos de separación, de deslinde. Y pasa que soy así, demasiado volátil e inestable, y es imposible mantener un registro de las varias partes de mí (de ahí mi necesidad, o más bien mi dependencia, por escribir diarios, por fijar las cosas). Pero entonces estaba leyendo un texto -que expuse, que no leí críticamente, del que no me separé, que presenté sin distancias- donde se planteaban algunas preguntas en torno a la posibilidad de conservar la intensidad de lo vivido, si al transformarlo en lenguaje y en relato lo que se recuerda es el relato o las versiones del relato, y no la cosa en sí. Y eso termina sucediendo siempre cuando se registran los acontecimientos. La materia transformada. ¿Pero es acaso preferible recordar el recuerdo que no recordar la cosa en sí misma? Sin embargo al releer aquel blog que mantuve por tantos años, lo expuesto y lo callado vuelve, y con ello un entendimiento -que quizás sea mejor que la memoria en sí- de lo vivido. Todo esto no lo tengo muy claro aún. Pero me hizo sentir que debo escribir más, registrar de nuevo, ayudarme en el proceso de recordar en el futuro.

Hace unos días me recordaron unos lunares que tengo en la espalda baja. Yo no los recordaba o quizás no sabía que los tenía. O sí lo sabía, pero había elegido olvidarlo. Y al decírmelo, y al presentarme las pruebas -también escritas, porque esto se trata del lenguaje y el relato-, sucedió que me levanté, me miré al espejo y los encontré ahí, los tres lunares en los que nunca pienso porque estoy acostumbrada a ver los que me recorren el pecho. Lo no recordado siempre permanece, de otra manera.

Así que debo escribir -aquí- más de lo que ha pasado en Buenos Aires. Esta lenta entrada en el invierno, un otoño que ha sido frío a veces, lluvioso a veces, caluroso a veces. Pero luego, poco a poco.

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Mitad de mayo

Uno de estos días volvía a México, pero en realidad todavía no volvía, eso pasó después. Ignoro de qué modo, por medio de qué mecanismos, fui recuperándome y reconociendo que los misterios no eran misterios, que los secretos no eran secretos o directamente no existían, que no había algo más grande sino lo pequeño de siempre, lo cotidiano de siempre, en su burda intensidad. Podría mirar mi pasaporte y tener la fecha de entrada consignada, pero en este momento me da pereza. Al menos esta vez sobreviviremos más tiempo en Buenos Aires, de otra manera. Estaba pensando en la memoria y en algo que quiero escribir sobre ella. Eso de registrar los acontecimientos porque, si no, se olvidan. Y esto es muy triste, porque mi mente no es fiable, se va degradando. Pero yo no quiero escribir sobre mi estancia en el hospital, aunque la recuerdo muy bien, y los detalles han sido ampliamente conversados, rememorados, con mi familia. Quizás porque, si la fijo, jamás desaparecerá.

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03:50 am

Otra vez el bloqueo y el blog como excusa. Yo había logrado ser productiva y entregar mis traducciones y realizar mis lecturas y mandar mis correos y terminar pendientes y, en suma, hacer mis deberes. Pero entonces, desde el jueves, una desidia o un bloqueo o un miedo o unas ganas de no tener que escribir y demostrarme cosas o demostrárselas a otros, o ni siquiera eso, porque no es tanto una demostración como otra cosa. Pero quién sabe qué cosa. No se me habían olvidado en absoluto las madrugadas porteñas, con cierta ansiedad, echando un incienso tras otro, un té tras otro, con la pestaña del Word parpadeante, con la Vista Previa a tope de pdfs abiertos, con mis cuadernos abiertos y ojos dibujados en los márgenes, y con todo esto encima. De qué sirve saber que las circunstancias son distintas, que el lugar es otro y estoy más contenta, que ya no tendría que hacerme cargo del dolor ajeno y lidiar únicamente con el propio, que sigo extrañando a J y al gato, que sin embargo he conocido personas, hombres y mujeres, y he sostenido encuentros sexuales con hombres y mujeres, pero que al final acá estoy, a solas, frente a la pantalla, ventilándome en mi blog.

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Ta

Quiero recordar Uruguay. Tengo mis entradas de diarios, los recuerdos todavía frescos, las observaciones que, al formularlas, me parecieron dignas de ser fijadas. Pero no ha habido el tiempo, las horas pasan y siempre algo urgente, necesario, impostergable. O quizás no he querido enfrentarme con el recuento porque ya pasó un mes y el sentimiento se ha transformado. Sin embargo, otra vez, Uruguay me dio todo. Sol y caminatas por la rambla y conversaciones y el sentimiento de que ahí el ritmo es otro, las preocupaciones son otras, el entendimiento es otro y es posible conocer a los demás y dejarse conocer.

¡Aquí todo ha pasado! Mi realidad es tan distinta ahora. Pero mi entrada al sur comenzó en São Paulo: una caminata por la Paulista, por el parque Ibirapuera, donde tomé una larga siesta sobre el pasto húmedo, y luego los contornos de Higienópolis. Traía la expectativa encima y el cansancio y la desorientación, y la dificultad del idioma que no tuve la delicadeza de aprender durante las clases que tomé por un año. Entonces, el factor de la incomprensión y las gracias del entendimiento. Mis contactos con Brasil han sido breves, me dejan el misterio abierto para después. Ahora mis recuerdos se decantan por los detalles de una cotidianidad intensa: las vehementes charlas de las personas en el metro; la fondita donde comí una feijoada que mezclé torpemente en el plato que no era, y las risitas de los camareros; el adaptador en un kiosco de revistas y el Ibuprofeno en una farmacia; y la chica del Starbucks (cafeína + internet + batería para el celular, me justificaré) que me preguntó de dónde era, y ¡ah, las telenovelas!, y Thalía pero ya no tanto, por su edad, Verónica Castro. Y después el intento de volver por transporte público, al tanto de que no sería posible: era paro de transportistas y la manifestação reptaba por la Paulista, clausurada, y el metro era un caos, y muchas estaciones estaban cerradas, y me dijeron que en un hotel salían autobuses al aeropuerto, y el señor botones me dijo que seguro no pasaría, que tomara un taxi, y me recomendó a un taxista, y tuvimos que ir a un cajero el señor taxista y yo, y nos hablamos a señas y con palabras similares, y reímos, y me invitó de sus chicharrones, y llegamos rapidísimo al aeropuerto, y lamenté mucho perder tanto dinero, y esperé y tomé un café y crucé a pie a la otra terminal y ahí, cansada, tomé el vuelo a Montevideo a la medianoche.

Mi llegada a Uruguay me sangró, en más de un sentido. Accidentes que me recluyeron en mí misma, descalza en la arena suave de la playa de Pocitos, en la última fila de un cine para ver Elle, que me provocó arrepentimientos, y luego el reencuentro con ChL (Chica Linda, Levrero dixit), y su mirada y su sonrisa, y un cigarro en el atardecer de la rambla para sopesar los acontecimientos. Después una caminata hasta el faro, mientras anochecía y pasaban corredores del maratón, las piedras y el agua, y un colectivo en Punta Carretas, y llegar para, cansada, salir otra vez en sábado a la noche de rigor: con Gabriel y Marcelo los brasileños; María la uruguaya, y Stefan el polaco, que es marinero (me-estás-jodiendo) y su barco sigue estacionado indefinidamente en Piriápolis, dice, porque el capitán es un flojonazo que no se decide a partir y se la pasa leyendo en cubierta todo el día. Y así iniciamos ese peregrinaje nocturno tan montevideano, salvar las cuadras pequeñas, de ciudad provincial, y adivinar la movida por el enjambre de jóvenes insultantemente cool afuera, fumando y tomando cerveza, de pie o sentados en la banqueta (la vereda) y mucho bo, y mucho ta, y mucho sabelo, y pila de palabras uruguayas más. Y así bailando, tomando, buscando la fiesta como nos dijeron una vez, más caminando que reventando, más riendo con tus amigos en busca de una cosa que encontrando la cosa, que es el verdadero sentido de salir por la noche en Montevideo. Primero, en Isla de Flores, una banda excelente de algo entre synthwave y punk y shoegaze, en el patio de una casita que hacía las veces de bar, y donde en algún momento los músicos empezaron a tocar los primeros acordes de I wanna be adored, y de pronto se detuvieron, y varios a mi lado: “Tocáaala, booo, termináaala”. Pero no la terminaron.

Luego, un DJ en otro bar. Luego, una fainá nocturna callejera, al estilo rectangular que es el uruguayo, y de una exquisitez insuperable (las calles seguían hervidas de gente en busca de fiesta, o saliendo de la fiesta). Y, finalmente, el objetivo de la noche, el antro llamado Phonotheque, del que María sabía que es un sitio donde todos sangran de la nariz, y es cierto: jamás había visto tal consumo de coca, de merca, rampante y a la vista, mientras bailaban el house atascado de The Mole, en el sofá donde descansaban un poco para seguir, al que se acercaban para comprarle a un tipo y meterse más, y donde me dormí alrededor de una hora, de 6 a 7 de la mañana aproximadamente, para seguir bailando, y luego salir, a las nueve o más, con el sol blanquísimo sobre nuestras cabezas, un vampirazo de rigor. A un par de cuadras ya estaban montando los puestos de la feria de Tristán Narvaja, y nos comimos las primeras tortas fritas de un señor muy amable que, mientras freía, me dio ocasión de mirar las antigüedades, y reír por los comentarios del vendedor de pelo largo que, al verme, repetía “buena noche, ¿no?, buena noche”. Y reír de nuevo entrada la mañana, los cinco, amigos para siempre durante una noche nada más, sentados en la banca donde, se informa, el día 24 de abril de 1925 Einstein conversó con el filósofo uruguayo Carlos Vaz Ferreira.

El lunes, soleado e incluso caluroso, un peregrinaje a Prado y su jardín botánico y su pequeñísimo jardín japonés, y por la tarde ChL. Y el martes el accidentado viaje a Cabo Polonio, retardado por los incidentes que ya se me habían vuelto habituales, una primera parada necesaria en Rocha, donde caminé un poco y luego me senté en una placita a comerme un helado de naranja, y un perro callejero, negro y canoso, vino a echarse a mis pies, y luego se subió a la banca y más tarde a mis piernas, y metió la cabeza en mi mochila y se quedó dormido, y yo lo acaricié con mucho cariño y extrañeza, y después hasta me siguió a la terminal, donde otra vez se echó a mis pies. Llegué a la entrada de Cabo Polonio de noche, y ya estaba saliendo el camión descubierto apto para las dunas que entra a la reserva, y un chico subió conmigo, Shajar, israelí de ojos tiernos, y al llegar al centro de la aldea, entre las linternas de los dueños de hostales que llegan a reclutar viajeros recién llegados, seguimos a Sabrina, una francesa de piel achocolatada y sonrisa enorme, originaria de Vichy, que nos llevó a una cabaña de pescadores frente al mar que me convenció porque, en el silencio, el único sonido era el de las olas del mar.

Ahí ocurrió un portento: Sabrina nos mostró el mar y dijo: “¡Miren, plancton!”. Y al momento recordé aquella escena de The Beach en que Françoise le muestra a Richard, con las mismas palabras, los filamentos de luz en el agua, y también que entonces me pareció que aquello eran efectos especiales y nada posible en el mundo real. Pero esa noche me di cuenta de que era verdadero. Que la espuma de las olas fosforescía y cuando lamía la arena dejaba un rastro de luminarias. Nos acercamos a empujar los granos con los pies y descubrimos que ahí se incrustaban, fulgurantes, las noctilucas, una palabra tan bella para algo que yo no conocía y no creía que fuera verdad. ¿Hay fotos? No se puede. Aquello queda grabado en la memoria y nada más.

Sin embargo lo que mi descripción no logra, quizás lo dé esta foto -un tanto exagerada- robada de un artículo de Andrés Rieznik en Clarín, donde describe su fascinación cuántica por el hermoso Cabo.

Shajar y yo fuimos a cenar chivito y, al volver, tomamos cervezas con los otros del hostal: Álvaro, un español con las historias más graciosas y extrañas, que siempre coronaba con un largo “espectaculaaaar”; Mathiu, un belga que hablaba perfecto español con perfecto slang; Santi y Agustín, dos cordobeses de ciudades distintas que se conocieron ahí y parecían amigos de toda la vida, y Clara, una alemana de Bavaria que nos miraba con cara de confusión ante nuestro castellano repleto de acentos. Después Sabrina nos llevó a un boliche (antro o bar en rioplatense), en la noche clarísima de Cabo Polonio, pueblo que no tiene electricidad, ni calles, ni manzanas, sino caminitos de arena que hay que salvar con ayuda de la linterna y algo de suerte. Y este boliche famoso era una casa como en obra negra, cubierta de unas enredaderas macizas que, según dijo Sabrina, son de una flor que genera alucinaciones y cuando está madura produce, en quien está sentado ahí, sensaciones raras. Y ahí, iluminados por velas, rodeados de las enredaderas, tomamos un licor de arazá, fruto típico de la zona, mientras yo seguía instalada en mi me-estás-jodiendo-Uruguay, con estos lugares sacados de una película, sazonados además con detalles peculiares como que el dueño era un señor ciego, cuya presencia a esa hora no creí posible, hasta que fui a pagar y el hombre canoso, ojiazul, detrás de la barra con velas, fue sacando los billetes de una caja mientras le preguntaba a un tipo de barba a su lado de qué denominación eran.

Al día siguiente me levanté temprano para emprender la caminata a Valizas, y de último momento se me unió Santi. Mi preferencia por la soledad me hizo dudar, al principio, del ofrecimiento, pero luego me pareció bien porque fuimos tomando mate y charlando de tonteras, caminando con muchas dificultades sobre la arena durante dos o tres horas, encontrando de pronto cadáveres de lobos marinos que habían llegado a la costa a morir ¡e incluso el cadáver de un pingüino!, hasta las piedras enormes y el cerro que divide ambas poblaciones, y los descansos momentáneos de charla espontánea, y luego cruzar el arroyo que, a esa altura, nos llegaba a las rodillas y nos acarició con su tibieza los pies fatigados. En Valizas, más urbanizado (¿ruralizado?) que Cabo Polonio, comimos en una parrilla un baurú (parecido al chivito, pero con chocloarvejas) (es decir, elote y chícharos) y charlamos con los dueños y su perro (otro personaje) sobre el partido al día siguiente entre Uruguay y Brasil. Luego volvimos por las dunas, hermosas pero muy arduas de escalar, y tras mucha caminata que nos hizo sudar y sudar, llegamos a la playa, conscientes de que nos anochecería caminando y no traíamos linterna. Así fue: el sol fue apagándose y pronto quedaron solamente las noctilucas y la luna y las estrellas más blancas y más intensas que he visto en mi vida, una vía láctea un poco falsa, debo decirlo, como de planetario, como pintada a mano, que iluminaba con su resplandor nuestro camino. El último tramo, descalzos, mirábamos anhelantes la luz del faro, pero la distancia se hacía larga y larga, mientras más caminábamos más lejos se hacía, y metíamos los pies en el agua, cuyas olas fuertes a veces nos llegaban a los muslos y de pronto, peligrosamente, nos halaban de más.

Llegamos exhaustos al hostal, y de nuevo el círculo de conversaciones con Sabrina y Mathiu y Shajar y Álvaro y Clara y Marcelo el montevideano que cuidaba el hostal en temporada, y vino y cerveza y un arroz que preparamos Agustín, Santi y yo con un sobre para sopa Quick porque nos dio pereza hacer la excursión nocturna al veintiúnico almacén de Cabo. Marcelo dijo que tenía la llave de otro boliche que sólo abría en temporada alta, y allá fuimos: un salón sucio y olvidado, con una mesa de billar al centro, y un vino que nos compartíamos sin distingos. Nunca más nos veríamos de nuevo, ni siquiera intercambiamos nuestros perfiles de Facebook porque la falta de internet y electricidad lo eludía, y era perfecto así, y era perfecto estar tan presentes, tan en el momento, sin distracciones electrónicas ni la espera o la curiosidad por lo que ocurría del otro lado de una pantalla.

Al día siguiente nadé en la otra playa, en el agua que al principio me pareció fría pero en la que de repente me zambullí sin pensarlo, un piso de arena resbaloso y engañoso, que a veces bajaba y subía, olas suaves y viento que, al salir, secaba con un soplido. Caminé entre unas piedras musgosas y tras un patinazo me rebané tres dedos de los pies, que me sangraron dramáticamente: otro incidente, otra herida-recordatorio (la noche anterior, al salir del boliche, en la oscuridad, me estrellé la rodilla contra una reja y se me formó una costra monumental). Después: el faro, los lobos de mar, grupos enteros que dormían a aleta suelta bajo el sol, en piedras lejanas e inaccesibles, indiferentes ante la mirada de los turistas que, maravillados, los mirábamos detrás del cordón.

El autobús de regreso a Montevideo estaba sobrevendido y no alcancé lugar. Una española -cuyo nombre nunca supe- estaba en la misma situación, y así nos fuimos dando ánimos, a veces sentadas en el piso, luego en asientos desocupados que, en la siguiente parada, ya se habían ocupado, durante las cinco horas de trayecto. Y aunque llegué muy cansada a Montevideo, y tomé un colectivo que me dejó en la 18 de Julio y Ejido, en la plancha de la Intendencia observé con agrado las hileras de personas mirando el partido Brasil-Uruguay en una pantalla gigante. En el hostal, lo mismo. A pesar de mi cansancio, salí con un muchacho que puso música en un lugar guapachoso llamado La Rusa, y volví ya tarde más dormida que otra cosa.

El viernes todo cambió. Pero ahora es más difícil escribir de ello, las cosas han cambiado y se han endurecido o desvanecido. Pasé la tarde en la rambla y en Playa Ramírez, los amigos tomando mate, o los solitarios leyendo libros, o los niños en patines en el cuadrado de skate, y la pareja de Rosario a la que le saqué fotos. Los dos hombres que nadaban en la playa, muy lejos de la orilla, que me inspiraron deseos de nadar también. Después el amor de vacación, y las risas de Paysandú, y el dolor de las heridas físicas amortiguado por las caricias, y caminar de la mano otra vez, después de tantos meses, y la comparsa, y la caminata hasta Aires Puros y Prado, y la pizza y la cerveza, y escalar una pendiente y cruzar un puente prohibido y obtener vistas panorámicas, idílicas, de la ciudad. Mi último domingo montevideano fue perfecto, no exento de la ansiedad de la víspera del viaje. Aunque lo peor que me ha pasado (¿es lo peor, en verdad?, ¿podré, pronto, escribir de ello?) empezó en Montevideo el año pasado, mis recuerdos de esa ciudad eran bellos todos. Pero volver a Buenos Aires suponía un problema mayor, y enfrentarme al lugar donde me perdí a mí misma. Pero no fue terrible. Buenos Aires, por fortuna, no ha sido terrible.

Fotos que no llegaron a la red social Instagram:


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