Algunos títulos fílmicos y televisivos que relatan, de manera lateral, un mes y medio en México, alegre y familiar

En el avión rumbo a México miré GoodfellasDoblada. “Maldito patán”, repite Joe Pesci. Maldito patán. La palabra fuck y sus derivadas se pronuncian trescientas veintiuna veces durante la película, un promedio de 2.04 por minuto, dice IMDB. La mitad por Pesci. Pero el doblaje de 1990 sólo permite patán, maldito, hijo de perra. Me reí mucho, a solas, mientras otros cabeceaban o comían las porciones minúsculas de la comida de avión o miraban otras películas. Después vi Flashdance, una jovencísima, hermosísima Jennifer Beals: el deseo de la artista (la danza), la mejor amiga que persigue un fin similar, florido (patinaje artístico), y la ocupación improbable (soldadora), todo aquello en Pittsburgh, la ciudad de acero. Ah, Pittsburgh.

O el viernes que Frost y yo fuimos a Los Pinos (cuántas risas en el búnker de Calderón, en donde, desde un compartimento secreto, aparecían el tequila y la sangrita, imaginábamos; o el romance entre el sargento Pérez y la joven hija del presidente, del que actuamos cada escena, inventamos diálogos y nos carcajeamos por los pasillos y los senderos de la gran casa presidencial); luego comimos en El Pialadero de Guadalajara (aquella torta ahogada de camarones rosados, y el aguachile horadador de lenguas que yo tanto extrañé, y que con esa visita se disociará de otras personas y otras épocas), y caminamos por la Juárez, mi antigua colonia, la colonia de mis dulces 23, Hamburgo y Toledo por siempre, que es también la pequeña Corea, y entonces descansar en el café coreano donde dos señores jugaban Go en un tablero con sus inmaculadas piedras blancas y negras. Y en la glorieta de Insurgentes rememorar El vengador del futuro (un título infinitamente mejor que Total recall) y decir: vamos a verla, y esa misma noche verla, después de la sorprendente Tiempo compartido (reciclo los comentarios que le hice a Triquis por twtr: la estética vaporwave, la lenta erosión de la psique de estos dudes, la escena del escupitajo, es como un cuentito carveriano bien hechecito, y tiene algo muy hitchockiano también, alta tensión, infaltables momentos graciosos. Y ese lazo sutil pero irrompible de la mamá con su hijo, su cicatriz de cesárea, un vínculo que el papá neuras jamás conocerá.)

Luego, acá, hemos visto tantas con mis sobrinos. [Nota: el presente post comenzó a escribirse el día 7 de enero]. El 23 de diciembre: las gemelas Camila y Romina, y Osvaldo, y Tita, y Caro y Regina, y Leo, y yo, la tía que es excelente tía pero quizás sólo eso ya que constantemente se ha preguntado si podría ser madre y su más reciente conclusión es que no, que quizás no, ellos y yo acostados entre cobijas y cojines en la salita de tevé miramos Home Alone, un clásico navideño que nos arrancaba las risas (¿cuántas veces vi esa película cuando era niña?) mientras en la cocina mi mamá avanzaba con las preparaciones de la cena de Nochebuena, y mis hermanos cantaban con su karaoke, y ese nivel de bienestar, ¿qué haré al pensar en él cuando esté ocho mil kilómetros al sur? Y también, con ellos, he vuelto a Pocahontas. A El príncipe de Egipto (tan bella como la recordaba, o más: me obsesioné con ella años atrás, y quizás más de lo que entonces pude apreciar, e incluso fue, además de las lecturas del antiguo testamento en aquel volumen de Mis historias bíblicas, sumamente útil cuando acudí a la celebración del Pésaj en una sinagoga de Once, en 2015). Vi Mulán por primera vez. Una travestida, dice un personaje. Ah,  la heroína más hermosa, y los temas más adultos, y la belleza oriental… Y otra noche, con Tita, escogí Flavors of Youth para que se durmiera más rápidamente (pijamada con tía Lilí), pero las dos quedamos hipnotizadas con las breves historias que transcurrían en pueblos de China, y en la gran Shanghai, los fideos de arroz, las callejuelas y los edificios lustrosos y los que están a medio derruir, las varas de bambú para colgar la ropa, y los cassettes con mensajes largos que se graban dos amigos que no saben que están enamorados. O después, un sábado, con Carolina y Regina, vimos Wolf children, y lloramos mucho, o por lo menos dos de nosotras lloramos mucho, y al día siguiente le conté la trama entera a mi madre, tanto así me conmovió. O la otra noche en que cuidé a Osvaldo y Camila y Romina, y empezamos a ver Isle of dogs pero a la mitad, exhaustos, nos quedamos todos dormidos. Les mostré, a Tita y Regina y Caro, la belleza inigualable de The Addams family. Que, leía hace poco con justeza, aunque no sé dónde, lo que los vuelve excéntricos no es su afición por todo lo goth sino que Gomez y Morticia son en serio peculiares, distintos, notables, por ser dos paterfamilias que se aman con pasión y apoyan a sus hijos en sus proyectos e intereses.

También está el domingo en que, con Triquis y Luis, luego de mirar uno tras otro los ocho episodios de Burn the stage, el documental de BTS, en un fin de semana que volvimos obsesivamente sobre ellos, nos sentamos a ver la última Misión imposible, y los diálogos que francamente me daban risa aunque a la vez no dejaba de pensar en una crítica de cine que me gusta mucho, Priscilla Page, quien durante meses se la pasó diciendo que esa era la mejor película de acción del mundo, y ponele que sí, de acción (aunque existiendo Point Break no entiendo cómo alguien puede afirmar algo así), pero es mafufa y en la última media hora me aburrió y me permitió dormir sin culpa.

Por cierto: miré el documental para cine de Burn the stage con María y Frost mismo (renuente) en una salita de Oasis Coyoacán, con otras tres muchachas que reían mucho también, sobre todo cuando Hoseok está jugando con Yeontan, el pomeranian de Taehyung, y canta graciosamente did you see my bag, did you see my bag… Lástima que, pese a sus bellísimos momentos, hay como un final que llega y llega, y a la vez nunca, hasta que sí.

Piensa, piensa.

Widows con Carla y Triquis un viernes en Querétaro, tras dar muchas vueltas en el centro con unos helados que se nos derretían en las manos, y las palomitas de Takis, y la cerveza francesa con gusto cítrico, y charlar y charlar y charlar antes de eso, y en medio, y después.

Otra noche vi No regret, una película surcoreana del año 2006, escrita y dirigida por Hee-il Leesong, un parteaguas del cine coreano LGBT+, que amenaza con tener un final tragiquísimo, lo cual me habría hecho voltear la hipotética mesa, pero se las arregla para cerrar con algo como un sarcasmo, un final tragicómico, o feliz. En este momento me interesa demasiado el conocidísimo género del BL, abreviatura que me oculta y me mantiene a salvo.

El sábado chilango, con Frost, Fáyer, Elsa, Thalía, luego de desayunar en la esplendorosa Fonda Margarita (¡todo lo que dicen sobre ella es cierto! ¡los frijoles refritos con chorizo, el cerdo en salsa verde, el guiso de longaniza, el bistec en salsa morita, los huevos rancheros, el café de olla, las filas semilargas y muy tempraneras en aquel rincón de la Del Valle, el milagro de cocinarlo todo en manteca de cerdo!), y mientras comíamos una deliciosa rosca de reyes de la pastelería Alcázar, y chocolate de agua de Oaxaca recién traído de Oaxaca, estuvimos viendo muchos videos en YouTube: los Guau de Alexis Moyano (el rap de los perritos explicando el internet me mató, me había matado ya semanas atrás cuando me lo mostraron en Baires, “no, no, no, te mandaste cualquiera… internet es un cable con poderes mágicos que… wrah… internet es una tele con botones pero que… tiburones”), un episodio de Skull-face Bookseller Honda-sanya que durante el desayuno habíamos estado hablando intensamente de anime, y la noche anterior Elsa me había mostrado uno que ahora consume algunas de mis noches: el anime yaoi Sekaiichi Hatsukoi, sobre romances homosexuales entre trabajadores del mundo del manga: editores y mangakas y hasta libreros sexys con perforaciones en las orejas, ¡ay!, y ese video de History of Japan, y varias otras cosas de las que ahora no me estoy acordando, para proceder al plan original que era mirar Life of Brian Holy Grail, de los reverenciados Monty Python, largometrajes que he visto tantas veces, que me sé tan de memoria, que me entregué al placer del sueño sin remordimiento, pues había dormido bastante poco los días anteriores. ¡Ah! Elsa también me mostró Diablero, una nueva serie de Netflix ¡excelentemente actuada, con excelente diseño de producción, excelentemente musicalizada, excelentemente fotografiada, excelentemente ambientada, y todo en ella es tan excelente -los diableros, la santería, el chilanguismo recalcitrante, el hermoso Horacio García Rojas y frases que me calcinaron el cerebro como “tsss, te repites más que taco de longaniza” y la hermosa Fátima Molina como su hermana, los dos hermanos más sensuales de la tevé digital- que no entiendo por qué la gente no la adora y habla más de ella, no lo entiendo!

El otro descubrimiento excelso de estas vacaciones tiene que contar con preliminar barato.

Verán.

Esa vez que Tita se quedó a dormir conmigo, busqué algún anime en Netflix porque ella empieza a dibujar manga y siempre es bueno animar los talentos de los niños a tu alrededor, los cuales abundan en mis muchachitos, ¿no? Entonces estaba buscando algo en aquella sección centrada en anime y me llamó la atención uno llamado Gokudols, o Backstreet Girls, que en aproximadamente un minuto presentaba el intríngulis de su relato: tres yakuzas que han metido la pata hasta el fondo -no se sabe por qué ni cómo- son presentados con una disyuntiva por el jefe de su familia: la muerte o cambiar de sexo en Tailandia para formar un lucrativo grupo de idols de jpop. Escogen lo secundo. Pero son muy yakuzas y a un yakuza muy macho no le importa su aspecto, y sin embargo a la postre son enfrentados a toda clase de humillaciones y sacrificios, lo que nos demuestra que la violencia idol no es tan distinta de la violencia yakuza. Con aquellas primeras escenas me quedó claro que no era un anime apto para niños, y lo guardé celosamente para echarle un ojo después; al fin, llegado el momento, quedé pasmadafascinadamaravilladaintrigada por una trama que me parecía completamente original pese a una animación más bien burda, en la que durante largos planos sólo se mueven las bocas, y de pronto los ojos se vuelven dos hoyos negros y macabros, y a las caras angelicales se les superponen los rostros duros de los hombres yakuza que viven atrapados en cuerpos que no escogieron, que les son ajenos, y aunque todo es de una crueldad extrema, en esencia es una comedia negrísima, carcajadas cargadas de culpa, ¡pues qué jefe yakuza tan sádico, qué castigos corporales tan siniestros, qué graciosa subtrama del club de damnificados por las Gokudols, cuánto por decirse de la violencia machista y sí, heteropatriarcal, y de la destrucción de las vidas jóvenes, inocentes, no por un ideal sino por una suma de dinero sucio de la industria del entretenimiento! Lo recomiendo ardientemente, está allí mismo a distancia de un clic en Netflix, no lo dejen ir, no dejen ir esta gema, esta joya, este milagro.

También he estado viendo Neoyokio porque leí, de pasada, que la voz del personaje principal la hace el hijo de Will Smith, y Jude Law y Susan Sarandon hacen otras, y que la creó Ezra Koenig (Vampire Weekend), y aunque no es tan interesante ni tan incisiva como muchas otras cosas que empiezo a ver en el género (y la marca gringa está demasiado presente, demasiado difícil de ignorar), su mezcla de magia, moda, demonios y decadencia neoyorquina me ha tenido, digamos, más o menos interesada.

Quisiera ya terminar este post. Quisiera mencionar que también he estado mirando un dorama coreano, Reply 1997, que salta entre dicho año y 2012, en Busán, durante el reencuentro de antiguos amigos de la secundaria y los recuerdos de sus años mozos, y la protagonista es fan acérrima de H.O.T., hasta extremos locos, locos, y las cosas que hacen las fans en sus conciertos y alrededor de sus ídolos (ese cántico con sus nombres y apellidos al inicio de cada canción en vivo, los impermeables con las siglas, la fanfiction homoerótica) no es nada distinto de lo que hacen hoy en día, y luego descubrí que la actriz es, en la vida real, una idol también.

Sólo resta decir que vi Crazy rich asians con mi hermana porque ella necesitaba distraerse, que en un autobús miré y cabeceé con Ghost in the shell (versión Scarlett Johansson), y que en al avión de vuelta a Buenos Aires, muy estresada y malhumorada y preocupada por asuntos que aquí no vienen al caso, miré The big sick, que me gustó y hasta me permitió soltar unas necesarias risas alagrimadas. Luego, necesitada de dormir, y habiendo descubierto recientemente que sólo me da sueño mirando cosas pero que aquello se convierte en una lucha porque detesto dormirme mirando cosas a menos que ya las haya visto o su mala manufactura me libre de culpas, puse Inception porque medio me la sé toda y es un gran soundtrack  ese de Hans Zimmer, digan que no, y es perfecto para conciliar el sueño.

Ah, también vi Roma. La primera vez en la cineteca -antes cineteatro- Rosalío Solano, en Querétaro, con Carla y Ribón y Fanny y Triquis y David -y hasta, coincidencia hermosa, Hasiby- y que todos lloramos menos David, y luego, una segunda vez, en casa con mi mamá y mi hermana. Hace unos días soñé con Yalitza Aparicio, tanto me impresionó su actuación y hasta dónde la ha llevado.

Coda:

Mención a los animalitos hermosos con los que conviví esos días: Logan, el gato azul. Luna, la cariñosa french blanca. Aguacate, el ajolote plateado. Sorata y Pirata, la Hello Kitty real y el gato negro cuyo ojo perdido relata su imaginado paso por Vietnam. Bebé, el gigante aranjado, esponjoso, de mi hermana. Y el nuevo miembro de la familia gatuna, otro Logan, también gris. Y el muy libre y callejero Noalex, platicador, anaranjado, viril. Los ruidosos, olorosos, minúsculos chihuahueños de mis sobrinas, Taco y Chamoy.

Los cursos en la secundaria, algo que no sabía que estaba en mí, que podía hacer, que podía disfrutar, que podía darme ciertas guías.

Faltan amigos que vi, que extrañaba tanto. Olga. Marisol. Luli y Migue. Ara. Lety. Laura. Gaby. Grace. Jordy. Diego. Carlos. Rob. Gregory. Chava. Y los que me faltaran mencionar.

El día que volví, con un calor un poco asfixiante tras las noches bajo cero de Polotitlán, acompañé a Jes a unos asuntos y en la 9 de Julio nos cruzamos con la marcha por la liberación de Milagro Sala de Tupac Amaru, y luego caminamos por Recoleta hasta la placita de Vicente López donde se junta un nutrido y diverso grupo de niños a jugar en el arenero gigante. Y pensábamos en lo linda que es la ciudad, y en lo difícil que se nos pone la estadía. Al volver pasé por la esquina de Suipacha y Arenales donde viví durante mi primera temporada acá. Las ventanas estaban cerradas.

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Diciembre 28

Cuatro entradas a medias. Mi Halloween a solas en Constitución, en la covacha de Guille: el viento que golpeaba las ventanas, las paredes de madera del ático, la silla que, arriba, apuntaba hacia el cubo de las escaleras, como si el fantasma me esperara. Miré cosas de terror a oscuras. Prefiero ese tipo de miedo. Luego hay otra entrada sobre atestiguar la lenta erosión de una ciudad. ¿A qué me refería, en qué estaba pensando? Ya estoy en México, y no he registrado en ningún sitio perdurable estos días. Recordábamos, hace dos noches, aquel viaje a Pittsburgh: el calor del verano, mi juventud, toda mi vida por delante, ahora puedo recordarlo así y mirarme desde afuera. Entonces vivo otra vez cada uno de esos días: el cine de a dólar y un restaurante chino, los tacos de carnitas un domingo por la mañana, el downtown y la calle Carson y aquel café portlandense donde yo me sentaba a trabajar y beber café helado, y los insectos, todo está rodeado del zumbido de los insectos, la vegetación salvaje de las calles empinadas del barrio donde vivía mi hermano, poblado de migrantes ilegales, minorías, discriminados y marginados y borroneados y expulsados, trabajadores todos, y luego el bosque que rodeaba la ciudad, y ese calor humedísimo, entonces desconocido para mí, que parecía derretir el acero centenario con el que se forjó la ciudad, y no sé por qué todo eso, ahora, aquí, y después de tantos años, me llegó con tanta intensidad. Pienso muy poco en Buenos Aires, o me parece como en pausa o en suspenso, y a la vez, con resistencia, al tanto de que en un par de semanas allá estaré de nuevo, el mismo calor húmedo, los insectos y los parques y el Feliza y nuestros tacos con tapa de empanada y el súper chino de casa (la señora que me persigue siempre, convencida de que robo: su hija y su nieto, avergonzados por la paranoia de la matriarca), y mis amigos de allá, esa especie de familia que la distancia edifica, y quizás la necesidad de tomar decisiones y empezar a despedirse de todo eso, envolver mi vida en el sur para mudarla a otra parte.

Pero todavía no. Es de noche en Polotitlán de la Ilustración y hace mucho frío, y escucho música, y aquí están las personas que más amo en el mundo. Algunos de mis sobrinos han dormido conmigo por las noches, y cada día hay risas y conversaciones, y la comida que me gusta y un lento dejar pasar el tiempo. Y mis amigas y mis amigos, de D.F. y Querétaro y Polo, que conservo y procuro lo mejor que puedo. Creo que estoy bien, que si observo mi ánimo es bueno y estable, porque cuando he sentido la desesperación venir aquí se vuelve recurrente. Es como si no necesitara dialogar conmigo misma, o acomodar las cosas. Ahora mismo he empezado a redactar por un vago impulso, sin saber a dónde llegaría. Si pienso en mi última Navidad aquí, la de 2016, yo estaba en el abismo. Lo que pasó en ese año, ese bajar al infierno y volver, ahora está lejos de verdad. Con mi familia casi ni hemos hablado de ello. Pero el poder de la experiencia reside en que transforma. Y yo fui transformada.

He visto películas, he leído casi nada. Y escrito nada. Me encuentro sumergida en una ensoñación en la que mi deseo está descorporalizado, no se dirige a nadie o no me involucra, y es más feliz que otras, pues si oriento mi obsesión a una persona siempre termino decepcionada. No quiero ni necesito nada. Tendré que reconstruirme de nuevo. Y cerrar mis pendientes. Y encarar la omnipresente lucha por la sobrevivencia. Ahora mismo sólo quiero volver a escribir, tenía que empezar por un lado, y recién pagué la suscripción anual de este cuchitril. Albricias.

Vaya, qué cierto esto: con la gente que amas el tiempo lejos es como si no pasara.

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Ídolos cansados: el acontecimiento BTS

Originalmente publicado en La Zona Sucia

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Yo estoy perdida. Estoy sumergida hasta los codos. El trance que padezco comenzó a fines de agosto: BTS había superado el récord, decía una nota de Forbes, del video debut con más reproducciones en menos de 24 horas, destronando a Taylor Swift. Con malicia, con curiosidad, fui a mirarlo. Empieza mi desesperación de amante de BTS y firmante de este texto. No sé cómo explicarlo. Aquello me hipnotizó. Los colores estridentes, la coreografía intrincada, muchos chicos que, luego vi, eran un total de siete: bellos y andróginos, con ojos y labios maquillados, y pelo de colores. Una melodía extrañísima, por momentos trap, por momentos hip-hop, y luego otra vez un bubblegum pop que en voz de Justin Bieber sería cualquier cosa. La canción se llamaba “IDOL”, no sin ironía, pues, pronto supe, en Japón y Corea del Sur las agrupaciones de este tipo son conocidas como idol groups.

Llaman Hallyu a la ola cultural surcoreana y recién ahora siento que me arrasó y me pasó por encima. Antes no había percibido la existencia de los muchachos de BTS y desde entonces me parece encontrar, cada día, una nueva nota sobre sus conquistas y reconocimientos.

En octubre recibieron, de manos del ministro de cultura de Corea del Sur, Do Jong-hwan, la Orden al Mérito Cultural. Habían aterrizado en Seúl unas horas antes, provenientes de París, tras dar una treintena de conciertos en Norteamérica y Europa; tan sólo la primera parte de una gira que terminará en abril próximo y que ya generó estadísticas insuperables: BTS no sólo se convirtió en la primera agrupación coreana en presentarse en un estadio de Estados Unidos, el Citi Field de Nueva York, sino que además rompió el récord de asistencia de dicho estadio (los boletos se agotaron en menos de diez minutos).

Además, son embajadores honorarios de la ciudad de Seúl. También son embajadores de UNICEF y, en la última Asamblea General de la ONU, el líder de la agrupación, Kim Namjoon, dio un discurso sobre el amor propio, motivo de su última trilogía de álbumes, Love Yourself. “Sin importar quién seas, el color de tu piel, o tu identidad de género, habla por ti mismo” fue una de las frases más célebres, por lo que implica en un país donde los derechos de la comunidad LGBT+ son limitados.

Además:

Por primera vez en la historia, en los charts de Billboard el álbum número uno está cantado, en su mayor parte, en coreano.

BTS arrasa en entregas de premios en oriente y occidente.

BTS se presenta en shows en vivo, diurnos y nocturnos, en Estados Unidos, en Inglaterra, y todo el tiempo en Corea.

BTS es portada de la revista Time.

BTS es, hoy por hoy, el acontecimiento pop más importante del planeta.

BTS: por Bangtan Sonyeondan, romanización de 방탄소년단, y que se traduciría como boyscouts a prueba de balas. Boyscouts originarios de Corea del Sur, el tecnocapitalismo de la sociedad del rendimiento.

 

Quién es este chico

Hay algo matemáticamente perfecto en BTS. Algo que invita a la simpatía, o a la obsesión. Estos muchachos son caramelitos. Son muy hermosos, sus cuerpos de atleta, su piel perfecta, la elegancia de sus movimientos. Lxs integrantes del fandom de BTS, conocido como ARMY, hablan de caer en la madriguera del conejo. En el precipicio. Sumarse a las filas de la adoración implica encontrar el equivalente a semanas, o meses, de material en línea relacionado con BTS. Pero, a medida que desciendo en esa madriguera que parece no tener fin, encuentro algo que me desagrada y me angustia, no sobre ellos sino respecto a lo que los rodea. Aunque ya llegaremos a esa parte.

“IDOL” sumó 45 millones de reproducciones en YouTube
en sus primeras 24 horas de publicación, el 24 de agosto de 2018.

 

Los miembros de la banda, por orden de nacimiento, son: Kim Seokjin (Jin), 1992, y por lo tanto el hyung (hermano o amigo) mayor; Min Yoongi (Suga), 1993; Kim Namjoon (RM), 1994, líder de la banda y el único que habla inglés con fluidez; Jung Hoseok (J-Hope), 1994; Park Jimin (Jimin), 1995; Kim Taehyung (V), 1995; y Jeon Jungkook, 1997, el maknae (menor) del grupo, una posición fija en todo idol group, con cierto prestigio o importancia. Todos ellos tienen dos edades: la “internacional” y la coreana, que al nacer ya suma 1 año de vida. Tres raperos (Suga, RM, J-Hope), cuatro vocalistas (Jin, Jimin, V, Jungkook), además de una línea distintiva de bailarines principales (J-Hope, Jimin, Jungkook, V), conforman BTS. Jerarquía, organización y trabajo. Pero también: familia.

ARMY (supuesta abreviatura de Adorable Representative M.C for Youth, que en realidad remitiría a su capacidad de organización y movilización en los vastos territorios de internet, y que en un país tan militarizado como Corea del Sur merece una reflexión aparte) suele hacer circular, en los comentarios de los videos oficiales de BTS en YouTube, un sumario con aires de escritura sagrada que individualiza a cada uno de los chicos Bangtan:

Jin, un estudiante de teatro sin experiencia en los escenarios; RM, un genio con un coeficiente intelectual de 148 que, en lugar de ir a la escuela, eligió el rap underground; Suga, un joven aspirante a productor que vendía sus canciones en las calles y se saltaba varias comidas al día; J-Hope, un bailarín callejero underground; Jimin, un destacado estudiante de danza contemporánea; V, el hijo de una pareja de granjeros, amante de las artes y la música; Jungkook, un niño de trece años que dejó la casa familiar para convertirse en cantante.

 

Idol de exportación

Como otros idol groups, BTS fue formado por una compañía, BigHit Entertainment, que los reclutó mucho tiempo antes de hacer su debut. Durante tres años, mientras dormían en literas en un único dormitorio, los siete integrantes se entrenaron arduamente en baile, canto, actuación. Boyscouts. En el mejor artículo de BTS que leí hasta ahora, un reportero de Billboard los entrevista en Seúl y narra cómo Bang Si-hyuk, fundador de la empresa, en realidad planeaba formar un grupo de hip-hop en torno a RM, cuyo demo escuchó en 2010. Todavía recuerda algunos versos: “Mi corazón es como el detective que es hijo del criminal. Y aunque yo sé quién es el criminal, no puedo atraparlo”.

BigHit no es una de las empresas “manufactureras” de idols más importantes de Corea del Sur, pero con los chicos Bangtan se sacó la lotería. Este éxito indiscutible, sin embargo, no se parece en nada a la sensación, tan efímera y desechable como una sopa ramen instantánea, de PSY y su “Gangnam Style”, primer éxito global del k-pop, sino a un camino labrado con empeño, disciplina y trabajo. Mucho, mucho trabajo.

Su presentación en el show de Jimmy Fallon convenció a miles de escépticos de sus habilidades,
no sólo como bailarines, sino como intérpretes en vivo.
La coreografía alude al apoyo entre amigos en tiempos de dificultades.

 

El capítulo de la serie Explained (disponible en Netflix) dedicado al k-pop glosa los orígenes de la música pop en Corea del Sur: el control de la cultura popular ejercido por el dictador Park Chung Hee, que continuó aún después de su asesinato en 1979, y el cambio de jugada que supuso, en los noventa, la aparición de Seo Taiji & Boys (con sus elementos de hip-hop y letras –para estándares coreanos– antisistémicas); así como la popularidad de H.O.T. a las puertas del año 2000, que estableció las marcas (nombres compuestos por siglas reconocibles, fandoms y métodos de capacitación incluidos) de los idol groups, y le dio a Corea del Sur una oportunidad única de bien de exportación.

El minidocumental señala, además, la fórmula cuasimatemática de las canciones del k-pop, en las que pueden aparecer hasta nueve géneros musicales distintos, incluido el gancho pop que las vuelve adictivas, el mentado earworm que perfora los oídos en silencio, en contra de la voluntad del afectado. Para comodidad del fan global hay, en canciones casi en su totalidad en coreano, repentinas apariciones de versos y expresiones en inglés. Y ésta es una de las razones del aumento de la demanda por cursos de idioma coreano alrededor del mundo.

Tablo, integrante del grupo surcoreano de hip-hop Epik High, menciona otra fórmula clásica de los idol groups (inaugurada, ponele, por los Beatles): la suma de personalidades muy distintas entre sí, si bien complementarias. “Imagina a los Avengers con nueve Tonys Stark. No funciona”.

De BTS suele resaltarse el involucramiento de los miembros en la composición y escritura de sus canciones. En algunas se problematiza su condición de idols: “IDOL” misma es una especie de declaración de orgullo por su propia música a la vez que una autoafirmación nacida del amor propio, todo lo cual los blindaría de la crítica malintencionada (hay muchas máscaras en mí, cada día acepto un nuevo yo, hago lo mío y estoy orgulloso de mí, me amo a mí mismo, etcétera). Pero además de los infaltables temas románticos/sensuales, hay otro grupo de letras que me parecen interesantes: las del idolque ha acumulado premios y hasta poder económico, pero a costa de un disciplinamiento feroz; que trabaja mucho, ensaya muchas horas al día y mientras los demás están en el club nocturno, y lo sacrifica todo para estar donde está. Es el discurso del rendimiento.

 

Cansancio, explotación y depresión

El popular filósofo surcoreano Byung-Chul Han propone, en La sociedad del cansancio, el fin del paradigma inmunológico que, con adentro y afuera bien definidos, repele al Otro; que rechaza –y en ese movimiento reconoce– al extraño enemigo. Es un paradigma del no-poder (no-tener permiso), propio de la sociedad disciplinaria del siglo XX observada por Foucault, donde prima la negatividad (prohibición, vigilancia, castigo), y que produce locos y criminales. En el siglo XXI, en cambio, la negatividad se reemplaza por pura positividad: en la sociedad del rendimiento, el mandato del sí-poder (sí-ser capaz) da pie a individuos que sitúan el enemigo a vencer dentro de sí mismos, una exigencia que no precisa de tirano externo pues el tirano es sí mismo, víctima y verdugo a la vez. “La violencia de la posibilidad, que resulta de la superproducción, el superrendimiento o la supercomunicación, ya no es viral”. Es el paradigma neuronal: en la sociedad de la autoexplotación, el agotamiento de los individuos termina por quebrar su psique, y produce fracasados y deprimidos. Depresión, trastorno límite de la personalidad, trastorno por déficit de atención con hiperactividad, síndrome de desgaste ocupacional: estas son las enfermedades emblemáticas de nuestra época.

BTS es una de las bandas con mayor contenido propio en internet: su cuenta de Twitter publica varias fotos y videos al día, algunos grabados por ellos mismos aunque editados por una mano invisible que nadie sabe cuánto descarta. En YouTube hay diseminados por miles, con las consecuentes reediciones de ARMY: videos donde se los ve charlando, preparándose la comida, gastándose bromas, participando en programas televisivos, o en lo que parecen dinámicas de integración. BigHit Entertainment publica varias series actuadas por ellos, o reality shows que los persiguen en viajes, en ensayos, en giras, con cámaras instaladas en sus cuartos de hotel que los graban incluso cuando duermen y se cepillan los dientes.

k-pop BTS
Foto: BigHit Entertainment

En la parte más profunda de la madriguera encontré cosas extrañísimas, como el sketch House of ARMY, donde algunos miembros aparecen travestidos para interpretar a una fanática de BTS y su madre, por ejemplo, además del papá, el hermano y hasta el perro humanizado. Hay otro, que me recordó a los famosos videos pornográficos POV (point of view), llamado Flower Boys Bangtan High School y que consiste en una especie de videojuego interactivo en el que la chica en cuestión –o sea: tú– es transferida a una nueva secundaria, donde en cada salón se encuentra a un chico de BTS, con quien interactúa.

Hay otra serie de videos, grabados y editados por Jungkook, el golden maknae que puede hacerlo todo bien, llamados Golden Closet Film. El video del 29 de septiembre, en Newark, es una postal del agotamiento.

Un reportero de Rolling Stone los siguió durante una gira televisiva por Estados Unidos, y describió las jornadas extenuantes: del aeropuerto a los platós de televisión, jet lag de por medio, y el entourage de más de treinta personas que los prepara y custodia, entre mánagers, publicistas, coreógrafos, masajistas, intérpretes, estilistas, camarógrafos, guardias de seguridad y choferes. En algún momento, uno de ellos rendido de sueño en un sillón, otro con un pañuelo ensangrentado en la nariz, y uno más tratándose una úlcera bucal con un asistente, por fin les traen el almuerzo: hamburguesas frías y papas fritas, que sin embargo ellos “comen con abandono”.

En Corea del Sur, y también fuera de ella, se han denunciado ya los contratos draconianos que obligan a firmar a los idols, quienes son fichados cuando son adolescentes y a partir de entonces vigilados, filmados y obligados a dejar toda vida social y romántica de lado. BTS, que en términos económicos y culturales es un activo tremendo para el país, es motivo de especulación constante respecto a una posible exención del servicio militar, obligatorio para todos los hombres surcoreanos.

El mes pasado firmaron con BigHit Entertainment por siete años más. Jin, el más viejo de ellos, tendrá 33 años cuando termine su contrato. Con los siete años que ya llevan, sumarán más de la mitad de sus vidas como empleados de BigHit. En 2015 la empresa se vio obligada a despedir a un directivo –o por lo  menos eso declaró– que fue captado en video mientras amenaza a gritos a Jungkook, y luego levanta la mano como si fuera a pegarle. En su comunicado BigHit Entertainment asegura que prohíbe cualquier “acto coercitivo u opresivo” hacia sus artistas, y que asume total responsabilidad de aquella “acción problemática”.

Samsung, chaebol más importante de Corea del Sur, y el grupo empresarial número dieciocho a nivel mundial, es continuamente acusado por sus prácticas laborales medievales, además de ser gravísimo emisor de desechos tóxicos que, no pocas veces, provocan la muerte por intoxicación a sus propios empleados. Según Julián Varsavsky (en un libro interesantísimo que leí mientras escribía este artículo: Corea, dos caras extremas de una misma nación, escrito a cuatro manos con Daniel Wizenberg, quien se ocupa de Corea del Norte): “en 2014 la Organización Mundial del Trabajo ubicó a Corea del Sur entre los países que menos respetan los derechos de los trabajadores, a la altura de China, Camboya, Nigeria y Bangladesh, donde son sistemáticamente expuestos a despidos injustificados, intimidaciones, arrestos y a menudo violencia que les ocasiona daño físico o incluso la muerte”.

Había leído, cuando empezó mi lento descenso, sobre desmayos en pleno escenario de chicas integrantes de idol groups (ya sea por extenuación o malnutrición atribuible a las famosas “dietas de la copita”, en las que sólo pueden comer lo que quepa… en una copita). Pero durante septiembre y octubre fue inevitable seguir las noticias de la gira de BTS por Estados Unidos y Europa, que terminó por hacer mella en su salud. En Londres Jungkook se lastimó el talón, que tuvieron que suturarle, y durante el concierto rompió en llanto, sentado en la silla desde la que cantó e intentó emular las coreografías. En París, debido a un resfriado con dolor de garganta, V no alcanzó sus notas y también se puso a llorar, desolado. Y Jimin no pudo asistir a la incomodísima aparición en el show de Graham Norton por una lesión en el hombro, que no le impidió bailar y cantar más tarde, en el domo The O2 de Greenwich. Las niñas de ARMY sufren también: sus ídolos están lesionados y lloran porque no pueden rendir al 100%.

En la marea de videos que los capturan, no es infrecuente encontrarlos muertos de cansancio, y a veces, entre lágrimas, el autorrecordatorio de trabajar más, esforzarse más, mejorar su voz o sus pasos de baile, pues de algunos suele opinarse que sólo son muy buenos en una posición: bailarín o visual (ser guapo, vaya), y esto es motivo de tormento.

La autoexplotación en Corea del Sur no es propia de los idols o empresarios de alto octanaje, sino un modo de vida. En el capítulo Talibanes del estudio, Varsavsky describe el insólito proceso que involucra la aplicación del terrorífico Suneung, el examen de ingreso universitario nacional: profesores que son reclutados para diseñar las preguntas durante tres meses en confinamiento en una ubicación secreta en las montañas de Gangwon, un ejército de miles de policías y voluntarios que vigilan las calles el día del examen, adolescentes que duermen cuatro horas al día, y la proliferación de hagwones, los institutos privados de aprendizaje que funcionan más allá de la medianoche, luego del horario normal de los colegios. Sobra decir que la cifra de suicidios (Corea del Sur ocupa el primer lugar en promedio de suicidios entre los países que forman parte de la OCDE, unos 37 al día) se incrementa exponencialmente los días posteriores a la publicación de los resultados.

El año pasado Kim Jong-hyun, integrante del idol group SHINee, y quien al parecer padeció depresión durante años, se suicidó en su casa del barrio de Gangnam. En la nota que le dejó a su hermana, escribió: “¿Qué más puedo decir? Dime que lo hice bien. Dime que fue suficiente. Dime que trabajé muy duro”.

El 14 de noviembre BTS publicó un mensaje de aliento para los jóvenes surcoreanos que, al día siguiente, se enfrentarían al temible Suneung. Aunque arrancan con la recomendación de olvidarse por un momento de BTS para estar frescos y concentrados, de manera inesperada Suga -el rapero que no ha temido apoyar diversas manifestaciones sociales y defender la comunidad LGBT+- recuerda que “podría no irte bien, porque así es la vida; pero quizá después llegues a pensar que el examen no es tan importante” (inmediatamente después es interrumpido por RM, el líder de la agrupación, quien suele cuidarse a todo momento de no dar el mensaje equivocado). Esta actitud se corresponde con el concepto de su primer EP, 2 Cool 4 Skool, y con ciertos recordatorios a lo largo de sus canciones de que “está bien perder, o no tener un sueño”.

 

Queer y pop

En la secuencia inicial de The Velvet Goldmine (Todd Haynes, 1998), un infante Oscar Wilde proclama, ante la decimonónica audiencia de su salón de clase: “Quiero ser un ídolo pop”. El relato de Haynes –mitad fantasía distópica, mitad docudrama sobre la escena glam en el Londres de los años setenta, cosido por el hilo de una investigación periodística– persigue al ídolo pop bisexual Brian Slade y su alter ego espacial Maxwell Demon. Cualquier parecido con David Bowie es intencional. Haynes, que insinúa que Oscar Wilde fue abandonado por una nave espacial en una fría calle dublinesa en 1854, traza de esta manera una genealogía que lo ubica como la estrella pop original.

Del lado del pop está lo queer. Y de lo queer, de lo marginal y lo excluido, está la máscara, y a través de ella lo profundo y lo verdadero. El maquillaje como revelación. Y el velo: lo que se ve no se pregunta. Hay un reconocimiento entre pares que surge de la identificación con una comunidad sin nombres, ni límites. Lo que le dio a la música popular del siglo XX su carga política, dice Mark Fisher en Ghosts of my life, es la identificación con el alien, que trae consigo “la posibilidad de un escape de la identidad hacia otras subjetividades, otros mundos”.

El concepto de boy band, gastado de pronto, adquiere un segundo aire mediante un desplazamiento que no es sólo geográfico, sino que altera lo que se considera bello. Como símbolos sexuales, los muchachos Bangtan atentan contra el modelo estético hegemónico. Es innegable que en las críticas ejercidas contra ellos hay, a menudo, componentes racistas y homofóbicos. No lograr distinguirlos entre sí es un comentario frecuente cuando el virgen de k-pop es expuesto a uno de sus videos, y hasta cuando la prensa especializada reseña sus conciertos, una apreciación se repite: los chicos de BTS parecen robots. Muñequitos perfectos cuya extrema coordinación produce asombro, o desconfianza.

Pero mientras que las boy bands que los preceden explotaban su sexualidad a través de la exhibición, la de BTS se vale del encubrimiento: BigHit los protege tanto que cubre pezones y abdomen de sus videos, y las ARMY se desvelan encontrando el segundo en que una camisa se levanta durante una presentación. Amén de transparentar el proceso en que sus fans (adolescentes la mayoría) se constituyen como sujetos deseantes, el ocultamiento también transforma y desplaza el deseo, un deseo que se alimenta de los ships entre los integrantes: TaeKook, NamJin, YoonMin (**I stan Taekook**). Todo lo cual recordaría la popularidad de los manga yaoi –sobre relaciones románticas entre hombres jóvenes– en un público netamente femenino.

En The Velvet Goldmine, lo que el reportero Arthur Stuart busca incansablemente son los contornos de la relación secreta entre Brian Slade y Curt Wild, personaje inspirado a su vez en Iggy Pop y Lou Reed. Haynes observa, precisamente, cómo el glam propuso nuevas formas de ejercer la masculinidad. Los muchachos de BTS son cariñosos entre sí, y se abrazan y se dan besos cándidos ante las cámaras. También lloran sin vergüenza. Resulta desconcertante que sean ellos, provenientes de una sociedad ferozmente represiva, quienes nos recuerden la posibilidad de lo diverso. El puritanismo destruyó un espíritu como el de Wilde, dandy pionero y pop idol original, pero en una época en que la capacidad de disidencia de lo queer ha sido asimilada por lo dominante, los espacios de resistencia se reducen. Y es sorprendente dónde se puede encontrarlos hoy en día.

Byung-Chul Han cree que la reacción inmunológica se enfrenta a la otredad, pero que hoy, en su lugar, comparece la diferencia, y a ésta le falta “el aguijón de la extrañeza, que provocaría una violenta reacción inmunizadora”. Reducido a una fórmula de consumo, “lo extraño se sustituye por lo exótico y el turista lo recorre”. Entonces me parece que sí, que los consumimos. Que, ya dije, son caramelitos que probamos uno a uno, demandando fechas de conciertos, líneas de ropa y muñecos con sus nombres, actualizaciones de Twitter, nuevos videos, nuevas fotografías, nuevas coreografías. Los consumimos hasta la extenuación, hasta romperlos.

Pero luego hay algo. Yo no sé si voy a montarme en esta ola, y al cabo de un tiempo conozca otros idol groups e incluso lleguen a gustarme. Pero Seokjin, Yoongi, Namjoon, Hoseok, Jimin, Taehyung y Jungkook me inspiran algo así como cariño. Me producen alegría. Desde hace unas semanas me parece que consumo una narrativa que se desborda: me entero que entre sus videos hay una continuidad ficcional, una especie de universo cinemático BTS que sigue las aventuras de siete amigos que crecen y poco a poco se separan, y hay viajes en el tiempo y líneas paralelas, y cortometrajes sin música donde cada uno interpreta a su alter ego. Después vienen las versiones en japonés de sus videos (hace poco lanzaron Airplane Pt. 2, de inspiración latina), y los capítulos de Bon Voyage, y en unos días el estreno mundial del documental Burn the stage.

Se empieza por el asombro: qué manera de bailar, cuántos colores, qué atuendos y qué peinados, cómo conjurar el R&B o el EDM, tan propios de las boy bands, y darles un giro e integrar otros ritmos y complejidades, y no transigir hacia un aplanamiento idiomático. Pero al final se recala en la emotividad. ¿Ya vieron esos videos donde conversan y se apoyan y se burlan entre sí y se tratan como hermanos? Ahí está la clave, lo que los vuelve tan peculiares. Estos niños son muy simpáticos, son nobles y talentosos, y encarnan algo que ninguna empresa puede manufacturar. Forman comunidad. Encuentro emocionante la manera en que alteran la cartografía tradicional de la música popular y a su manera encarnan lo queer, y que su última cruzada sea por el amor propio, y en lugar de componerle odas al amor romántico expresen algo como “soy yo a quien debo amar”. Es refrescante y es importante.

Bah, en realidad es hermoso.

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Santiago 2017 / L-M-J / tl;dr

Me encontré con Lety en la calle Santo Domingo, tan cerca de Bellas Artes y el Mapocho. Nos abrazamos y lloramos de alegría. Nos hicimos amigas en Polotitlán en el año 1994 aproximadamente, y con sus hermanas Laura -su cuata, o melliza, más grande que ella por unos minutos- y Araceli -un año menor que ellas, uno mayor que yo- fuimos inseparables. Vivíamos a unos doscientos pasos de distancia y el punto medio para acompañarnos, cuando ellas iban a mi casa o yo a la suya, era un poste de luz que alguna vez, tontas y temerarias, intentamos trepar. Jugábamos de todo en todos lados y a todas horas. Platicábamos de todo. Los recuerdos son infinitos, en sitios, en épocas, en celebraciones. Entramos a la adolescencia juntas, y las mudanzas (a D.F. Lety, a Querétaro yo) no lograron interrumpir la amistad. Ahora ella vive en Santiago de Chile y yo en Buenos Aires, y tras un periplo por tierra de 24 horas, por fin nos encontramos una tarde de fines de octubre, en mitad de una primavera que de este lado de los Andes ya estaba calurosa y, allá, era puro viento frío. Cenamos una pizza (delgada, crocante, deliciosa) y tomamos micheladas (con merkén chileno) de cerveza Austral en un sitio que a ella le gusta en el barrio Italia, sentadas en el patio junto a un radiador, padeciendo un frío seco y penetrante tan parecido al de nuestro terruño a la entrada del Bajío. Y platicamos, y platicamos, y platicamos. Mucho. En la amistad verdadera los temas nunca se acaban.

Pero en la noche, en el cuarto del hostal, había un tipo que roncaba muy fuerte. Y esa noche no pude dormir.

Por la mañana pasamos por dos cafés al Cocteau café, que se convertiría en una especie de centro de operaciones de mi estadía santiaguina. Desayunamos una empanada chilena (de pino) casera en el pasto fresco del Parque Forestal, mirando la cordillera. Luego Bellas Artes entre las dos, y una conversación larga, larga en el cerro Santa Lucía, donde salieron tantas ideas (la locura es lo más parecido a un sueño), y después una reunión con sus amigas mexicanas, en la casa de una de ellas en Vitacura, donde comimos rajas con crema, y cochinita pibil, y papas con chorizo, y tostadas de frijoles, ¡y pan de muerto!, un delicioso pan de muerto que de algún modo era lo que yo buscaba allá, en Santiago.

Después el taxi de madrugada, por avenida Apoquindo, por avenida Providencia, las lámparas blancas y redondas a la orilla del río, la eficiencia urbana santiaguina, poco dada al ornamento, pero a veces, algunos rincones sublimes, algunas grandilocuencias, como los leones de bronce de Providencia, supuestamente robados de Lima. Y retener la sensación tan familiar y a la vez tan extrañada, desde Buenos Aires, de un horizonte amplio, un valle profundo flanqueado no por volcanes sino por una cordillera descomunal.

Esa noche soñé con el terremoto del 19 de septiembre y después, con horrible detalle, con un bebé que se pudría lentamente, abandonado en uno de los edificios dañados de la colonia Roma. Cuando me desperté abrí Facebook y me apareció una nota amarillista de Buzzfeed: Parents Charged With Murdering 4-Month-Old Baby Whose Maggot-Covered Body Was Found In a Swing – The underweight infant hadn’t had a diaper change, been bathed, or moved from the swing for more than a week, authorities said. La nota se ilustraba con los mugshots de una mujer y un hombre de expresiones narcotizadas.

Me quedé en la cama pensando en la macabra coincidencia, si habría leído aquello antes de dormir, o si, como cierta ficción especulativa invita a sospechar, los dispositivos electrónicos, además de registrar los vagabundeos por internet, me habían escaneado el subconsciente.

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Aquel fin de semana, después de visitar el mercado de La Vega Central, pasillos que hervían de frutas y verduras, tan parecido y a la vez tan distinto de los mercados mexicanos, y conocer muchos gatitos de mercado (uno negro, uno pinto, uno anaranjado, uno llamado Manuel de La Vega), y comer delicias peruanas en una cocinería típica, tomamos la carretera por el Cajón del Maipo rumbo a San José de Maipo: qué visiones, qué curvas, qué alpino todo, cuánto verde en ese cañón que ya no estaba nevado pero, conforme descendíamos, nos hacía soltar vapor por la boca. Nos quedamos en la parcela de unos señores encantadores, los Villalba, y atendimos, semiheladas pero resguardadas por una pesada manta en la que nos envolvimos, el festival de payadores en la plaza del pueblo, un Tepoztlán del Sur, las mismas callecitas y casas bajas y el verde que rodea todo, y la poesía que hay en la improvisación y la rima y el canto de aquellos payadores que habían venido de Colombia y República Dominicana y Cuba y otras partes de Chile y de Argentina, y por la noche una pizza casera con tomate y aceitunas y queso, y vino navegado, calientito, y en una repisa un libro de pensamientos mágicos que leí, morbosamente, hasta la madrugada. Por la mañana paseamos por el jardín botánico de la parcela, tan enorme, tan frío, tan verde y salpicado de colores brillantes: astromelias, rododendros, helechos, claveles, amapolas, camelias, orquídeas, pasionarias, y cipreses y laureles y pinos, tantos pinos, y comer un ceviche de cochayuyos, un alga marina con sabor o textura o recuerdo de hongo, frescura pura en la boca. Y fresas silvestres y espárragos y tostadas con palta (aplastada con aceite y sal, como se consume en la once tradicional) y aceitunas y ensalada chilena de tomate con cebolla y rebanadas de roast beef. Y vino Santa Ema, o cualquier otro, pero de la varietal carmenere que es tan de Maipo.

Volver a Santiago, atestiguar lo indecible, lo que en cierta forma me había llevado a Chile y a Lety, para acelerar -ayudar, acompañar- un proceso irreversible.

En el hostal, impulso clarividente, pregunté si me podía cambiar de cuarto para evitar al de los ronquidos. Me instalé en uno vacío y me metí en la cama y me puse a leer, y momentos más tarde entró una chica a tientas, y cuando le hablé y ella me respondió, reconocí el acento de inmediato. Mexicana. Marisol. De voz tan dulce. Escritora. Un par de coincidencias que nos llevaron a la camaradería instantánea. Pero de pronto y con la naturalidad de un líquido que va trasvasándose: proyectos de escritura y la vida y lo más hondo y lo peor que nos ha sucedido, pero también lo mejor. Y fuimos tirando del hilo y a cada sorpresa venía una coincidencia excepcional, tan improbable que por eso estaba como destinada, y en la oscuridad, y desde la cueva de cada litera, y hasta las seis de la mañana, hablamos y nos compartimos todo y nos hicimos Amigas y para mí Almas Gemelas Escritoras. Inauguramos la amistad por la puerta grande, por el intercambio y la incorporación de la filosofía, los sueños, el pasado y la experiencia del horror de la otra, y en adelante cada tanto bromeábamos: “En estas siete horas que llevamos de amistad, en estas cuarenta y ocho horas que llevamos de amistad, en estos cinco días de amistad con mayúscula que llevamos”. Y desde entonces, y hasta que salió su vuelo a México, ya no nos separamos, y no, no sólo eso, a la mañana siguiente de conocernos fuimos a desayunar con su mejor amiga de Chile, con la que compartía una conexión profunda también, y de quien me había hablado con emoción, con cariño, con admiración, y que protagonizaba fragmentos de su escritura que me leyó, porque nos leímos cosas de inmediato, y cuando Javiera, la Javi, llegó con su polera de Friends al café Cocteau, nuestra oficina santiaguiana, y almorzamos un sándwich y un café, y platicamos y platicamos, y nos compartimos nuestras experiencias pasadas, y nuestros intereses -literarios, académicos, sentimentales- y aquella otra cosa que también nos hermanaba, como con Sol, nos hicimos amigas ahí mismo, amigas tanto como Marisol y yo, como Marisol y ella.

En menos de doce horas yo había ganado dos amigas, además de la que había ido a visitar.

Y entonces los acontecimientos se precipitan: una semana y media en la que estuve con las tres, en momentos distintos y a veces todas juntas, y fui intensamente feliz. Lo escribo otra vez: intensamente feliz.

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Marisol (García Walls) y Javiera (Barrientos) (nombres que deben recordarse) forman parte de CECLI, Centro de Estudios de Cosas Lindas e Inútiles, un colectivo o un espacio o una zona de estudio de lo material, de los objetos, de los libros como ideas pero también como artefactos. Y entonces fue, con ellas, conocer artistas, modos de crear, posibilidades de invención. Rincones de Santiago que jamás hubiera encontrado yo sola. Y a las personas más, más SECAS de Chile: en el sentido chileno, el seco es un capo, un chingón, un virtuoso en su campo.

Fuimos a Naranja Ediciones, el estudio y editorial y showroom en la calle Estados Unidos 228, con Sebastián y Sebastián (Arancibia y Barrante) (es decir, Sebastián A y Sebastián B). Nos contaron, con café y galletitas, con una comodidad que era pura camaradería, que primero traían material raro de otras partes, de ferias de libros en Portugal, en Brasil, y ahora editan sus propios libros raros, libros intervenidos, libros que son de otras materialidades, por ejemplo la Carta de porto de Sebastián Arancibia, que consiste en una carta de tres cuartillas escrita en máquina de escribir mecánica, con fotos de Sebastián Barrante impresas digitalmente, y un tiraje de 10 copias.

Fuimos al taller de Catalina de la Cruz y sus libros fotoquímicos en Bellavista, donde da cursos de fotoemulsiones, un tratamiento de la fotografía química análoga que es pura unicidad, sus libros de las líneas de Nazca, esas imágenes que parecían salidas de sueños, y entre sus tesoros descubrí el libro-cuaderno del poeta peruano Luis Hernández Camarero, el facsímil de uno de sus propios cuadernos con poemas, dibujos, la tinta traspasada entre las páginas, que me hizo explotar el cerebro, ¿acaso eso era posible, acaso eso siempre ha sido posible?

Fuimos a la casa de la ilustradora Leonor Pérez, y vimos los originales de varios de los libros que ha ilustrado, como Mi cuaderno de haikus, de María José Ferrada, y charlamos de Brenda Ríos, amiga en común, y uno de cuyos libros ilustró (El vuelo de Francisca). Sus delicadas ilustraciones de niños de ojos profundos en colores cálidos, azules de mar y verdes de planta y cielos anaranjados y amarillos, pero también de animales y objetos y otros trazos en gris, y en superficies que no son papel, y usando mucho el collage. Su temporada en México y ahí, en un rincón de su lindo departamento de Providencia, un altar de muertos. Pasaba una temporada con ella, desde Brasil, Flávia Bomfim, también ilustradora, y una artista del bordado como arte y medio narrativo.

Desayunamos con Loreto Casanueva, también integrante y fundadora de CECLI, y amante de los objetos, en Había Una Vez, una cafetería coreana del barrio de Patronato [Wiki: “ubicado entre la Recoleta por el poniente, Loreto (¡!) por el oriente, Bellavista por el sur y Dominica por el norte”, cuyos orígenes “nos remontan a la época del Chile prehispánico: la zona que comprende la ribera norte del Río Mapocho era conocida como La Chimba, vocablo quechua (chinpa, “del otro lado” (del río)”], barrio donde se “cachurea”, se “fayuquea”, donde yo había recalado años atrás, en 2010, quizá por equivocación; ahora, con M, chusmear con calma las tiendas de productos chinos y maquillaje y ropa barata (adquisición: unas medias negras que se rasgaron hasta el postureo), y en el bello café coreano una como concha de melón verde -muy dulce-, además de otros panecitos con formas de fruta (un esponjoso limón amarillo), y una limonada color azul, y café negro muy bueno. Y más tarde, durante la conversación que nunca se terminaba entre nosotras, cerca del estudio de Catalina, una cerveza negra y dos sándwiches conceptuales que dividimos, y devoramos, además de una merecida tarta nuezosa, en un restaurante hermano de aquel que habíamos visitado, con L, durante mi primera noche santiaguina.

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La noche del 31 de octubre me escapé al cine Normandie, atrás de Moneda, a ver su especial de Halloween: The Masque of the Red Death, con Vicent Price. Caminé todo Miraflores hasta cruzar la avenida Libertador Bernardo O’higgins, mejor conocida como Alameda; tomé avenida Santa Rosa (me detuve en un puesto callejero, tan parecido a uno defeño), pasé por debajo de un puente, donde un hombre orinaba contra un contenedor de basura, y seguí de largo hasta dar con la calle Tarapacá, angostita y muy de centro de ciudad.

Había jóvenes disfrazados, algunos, en las calles y en el metro. Yo extrañaba eso, en Buenos Aires estos días son insoportablemente comunes. Y al salir de la función en aquel cine setentero, de audiencia cinéfila y friki, caminé envuelta en la atmósfera ligeramente inquietante después del terror; seguí, en medio de la noche, a grupos de muchachos y muchachas por unas callejuelas del centro y de pronto, en medio de la plaza amplísima, limpísima, la bandera chilena ondeando al centro. El Zócalo santiaguino, pensé. Luego miré las caras atractivas pintadas de Catrinas y de vampiros y de Harleyquinns en el andén de metro La Moneda, enamorándome de todo mundo como suele ocurrirme, con mayor intensidad allá porque los rasgos eran nuevos y tal como me gustan y durante mucho tiempo deseé. Además, en casa (en el hostal, en nuestra habitación), estaría M, y todo, todo, todo era bello.

Después está la coincidencia -en un viaje lleno de casualidades y sincronías- de retomar el contacto con Víctor más de una década después, una amistad de mi vida en Querétaro hace tanto tiempo, y que me dijera que vivía en Santiago el mismo día que yo llegaba a Santiago. Entonces el Día de Muertos, otro de mis motivos para ir a Chile en esa fecha, en el Cementerio General de Recoleta, casi idéntico al de Recoleta de acá -es decir, muy francés-, pero unas veinte veces más grande. Bailes y calaveritas y ofrendas y pan de muerto, y tacos, y un embajador que hacía bromas y leía sus propias calaveritas (envidiar su trabajo intensamente). Y juntar nuevamente los grupos: Javiera y Adam (su novio mexicano, chilango para mayores señas y complicidades, quien la visitaba en Santiago desde la pequeña ciudad canadiense donde estudia su doctorado y es tipazo: graciosísimo y brillante, y además amigo de Marisol de tiempo atrás), Marisol y Lety, y los demás, caminando por los fríos y silenciosos pasillos del cementerio, las tumbas y los mausoleos, los árboles medio calvos que se iban ennegreciendo igual que el cielo, que antes de apagarse se puso muy rojo y violeta, una visión gótica para el Día de Muertos. Esa caminata terrorífica: momento cumbre. Después de vagar medio perdidos por senderos cada vez más oscuros, dimos una sensata vuelta a la izquierda y al fin encontramos al payador de otro siglo que en medio de la noche, con quinqué en mano, guiaba a algunas personas por el laberinto del cementerio. Y apareció frente a mí, en la oscuridad total, los contornos del mausoleo muy blanco de Salvador Allende, dos columnas, angulosas e imponentes, unidas en su base: un número once (de septiembre). Pero no me estoy explicando: son dos columnas de diez metros de altura. Son edificios. Y ya he explicado en varios rastros de mi vida expuesta en internet mi interés chileno. Unos amigos muy cercanos de mis padres (y sus hijos de mis hermanos), chilenos exiliados, cuyo acento diluido a mí me encantaba (y lo que mis padres contaban, sobre sus penurias, y sobre ese periodo político en Chile, me intrigaba y fascinaba). Después señales, como la prepa Sur Salvador Allende. Mis lecturas latinoamericanas. Mi música chilena.

Por fin volver a Chile, la otra vida posible, si en aquel otro viaje no me hubiera enamorado de Buenos Aires.

Aquel paseo con el payador de voz hermosa terminó en el mausoleo del señor Nazarino Elguín, de 1893: una enorme pirámide maya-azteca, superposición de estilos a full porque hay mucha plata y los muertos con dinero lo demuestran con sus sepulcros eternos, pero además -leo en la página del cementerio general- incluye elementos como: “el calendario azteca y la Coatlicue (diosa de la muerte y de la creación) con los brazos mutilados, con falda de serpiente y con un esqueleto humano de collar”. Así terminaba aquel momento chileno-mexicano.

El bar de The Clinic, en Plaza Ñuñoa, después, donde noté el galla, galla entre dos amigas, y que las palabras en Chile envejecen también, pero siempre son muy animaladas: cabro, cabra. Chanchear. Los que son gansos o pavos. La caballa. O sentirse como la mona, como nos sentiríamos al día siguiente, tras tantas cervezas.

Por Víctor también conocí a Midori, coterránea, mujer ejecutiva y as en su campo, con quien luego nos reiríamos mucho y luego vi, acá, cuando vino en febrero con sus amigas. Y las casualidades volvieron a anudarnos: camino a una noche de placeres culinarios mexicanos, Lety y ella descubrieron que estaban predestinadas a conocerse, por el celular intercambiado gracias a una amiga en común. Además, sin dudarlo, me ofreció crashear un par de días en su departamento de Providencia, y entonces despertar muy temprano por la mañana para caminar por avenida Suecia rumbo al cerro San Cristóbal, y cruzar uno de los puentes del Mapocho, donde sentí que temblaba.

Comimos en muchos restaurantes mexicanos, de los que hay una amplia oferta en Santiago (el intercambio comercial y político, en mayor medida que el argentino-mexicano, facilita una comunidad mexicana mucho más grande, así como alta disponibilidad de productos y materias primas). Durante esas vacaciones disfrutamos: enchiladas, pozole, huaraches, tacos al pastor, tacos dorados, enfrijoladas, sopes, papadzules. En las dos sucursales de El Ranchero, en Los Cuates, en la mítica Fonda Lupita, con Midori, muy cerca de Moneda. Y también mucha comida peruana, mi segunda favorita en el mundo.

Otra tarde fui al Cine Arte Alameda, donde vi la devastadora Cabros de mierda, de Gonzalo Justiniano, y luego recorrí los pasajes del centro cultural Gabriela Mistral. Una mañana leí unos poemas de Enrique Lihn en una banca frente al Mapocho: era lunes y había querido subir al teleférico pero ese día permanece cerrado, y tras perderme en algunos parajes del cerro y cruzar las calles de Bellavista, llegué cerca del puente Pío Nono y me desplomé bajo el sol, y dormité. Y luego el recorrido por el centro: el centro cultural La Moneda, los cafés con piernas (invento chileno: las cafeterías cuyas camareras visten faldas muy cortas, la entrada en Wikipedia es un espanto sexista), la calle Bandera, la catedral de Santiago de Compostela, los infaltables puestos ambulantes, la conversación de tintes mágicos, y en el piso un recorte de un ojo café que me miraba.

En la fila del teleférico el último día, estornudé y una chica me dijo “salud”, y en ese instante las dos nos reconocimos mexicanas, y charlamos durante el trayecto por los aires, y le saqué fotos bajo la blanquísima, colosal virgen de la Inmaculada Concepción. Idaes era su nombre, chilanga, y empezaba a viajar: ya había estado en Perú. Linda persona. Era ya parte de un catálogo de casualidades no buscadas. Como el encuentro con la amiga de Víctor en el metro, de quien hablábamos momentos antes. O las charlas con Adam, Javi y Marisol en el taller de encuadernación, donde repasamos un catálogo de quereres y desprecios mexicanos.

Metro Tobalaba, metro Pajaritos (rumbo a Valparaíso), metro La Moneda, metro Estación Central, metro Universidad de Santiago, metro Baquedano (aquel jueves perdida al interior de la laberíntica estación, casi a la medianoche, todos los accesos cerrados menos uno, cuando iba de vuelta al depa de la Javi tras encontrarme con Lety en el Costanera Center). El Costanera Center, el edificio más alto de Latinoamérica. El mall lleno de argentinos chetos. El Ojo de Saurón. Estructura fálica, luz verde. El Porro. Pero luego vi que en realidad es un faro.

El viaje a Valparaíso con L, a solas las dos, y conocer el lado oscuro de aquella ciudad de cerros rapaces y personajes tenebrosos. Y disfrutar y brindar por su libertad futura. Y llorar por lo que debe llorarse. Y aunque nos quedamos sin ir a Isla Negra, aquella excursión nos sanó, nos devolvió un poco otras.

Esa idea, la había sentido la primera vez que estuve aquí, de Chile como un territorio salvaje y antiguo, una franja de tierra inmemorial. Todo es lítico: Vitacura, corazón de piedra; Quilicura, las tres piedras. Eso que es tan del monte, de la naturaleza agreste, como el lenguaje que tiene al animal en su centro. Y en alguna de esas noches, desde un piso 18, mirar la ciudad a mis pies, con una luna llena espectacular y la sombra de la cordillera, y luego desearla como antes deseé a Buenos Aires: el trayecto nocturno por sus arterias, y en ellas su juventud y sus salidas y su forma de apropiarse de las cosas, y enamorarme e imaginar una vida en ella.

No consigo olvidar aquel viaje. Y me parece que lo sigo viviendo, cada momento dentro de él, a un año de distancia. Un año exacto de distancia. Eso me he tardado en redactar mis recuerdos para el futuro.

Viajar es lo que me sale mejor en el mundo.

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Incidente

Habíamos estado hablando de las clases. De las clases sociales. Estábamos en la pendiente de césped de plaza San Martín, bajo un sol muy tibio que, cuando se ocultaba detrás de una nube, me hacía temblar. Hacía mucho frío. Yo le dije vamos al Starbucks de acá enfrente que al menos hay calefacción y puedo entrar al baño y, además, una dosis de cafeína no se le niega a nadie. Fuimos. Estábamos charlando en un sofá cuando entró un hombre. Un hombre en situación de calle. Un hombre indigente. Un hombre de la villa. Un hombre. Un fisura, dirían ellos. En estado de ebriedad. En estado de intoxicación. Pedo. En pedo. Fi su ra. Pero repartía papelitos. Papelitos que eran copias de una escritura a mano, donde explicaba su situación y pedía una ayuda monetaria. Una moneda. Una limosna. Una ayuda para vivir. O sobrevivir.

Pasó muy cerca de una mesa donde estaba sentado un hombre de unos cincuenta años, gabardina color crema, zapatos caros. Un burgués. Un fresa, un cheto. Un mamón. El hombre de la calle pasó con un movimiento atrabancado y tiró ¿un vaso, una servilleta? Al momento ya estaba una de las empleadas detrás del intruso. Retiresé, retiresé, le decía. Pero el otro seguía repartiendo sus papelitos. Nos dejó uno en la mesa, lo leí y le dije vamos a darle diez pesos. Para entonces todos los comensales-los clientes-los consumidores de cafeína/azúcar miraban la escena. Las cosas se habían quedado en suspenso. Enfrente llevaba un rato estacionado uno de esos camiones blindados que transportan material delicado (dinero/papelitos). El poli que lo acompañaba se puso frente a la puerta, dispuesto a entrar cuando el ambiente se calentara. La empleada y el hombre se hicieron de palabras. Entró el poli. Se acercó al hombre, le ordenó que se fuera. Éste no hizo caso y volvió a hacer su rondín, recuperando sus papelitos. Nadie le daba nada. Si le das será una provocación, me dijo GJ. Y era un poco verdad. Y era una verdad triste. Mientras tanto el hombre vociferaba, con otras palabras, su derecho al libre tránsito. El poli jaloneó su brazo, el hombre se desprendió con un movimiento fuerte. Se acercó a la mesa del burgués, quien se levantó de un salto, como asqueado, y fue a ponerse atrás de una de esas mesas altas que llegan más arriba del ombligo. El hombre tomó su vaso y le dio un trago, y luego un pedazo de muffin y lo mordió. Luego abrió la puerta y salió del local. El poli también. Pero pocos minutos después el hombre apareció de nuevo, amagando con entrar. La empleada cerró la puerta y le puso seguro, alguna clienta le dijo no podés llamar a la policía de veras. No, no, se tardan diez minutos, dijo ella. El poli -el poli que en realidad no era un poli de calle, sino de los que resguardaban el material delicado del transporte blindado- ya no estaba por ningún lado. Por el ventanal vimos al hombre dando vueltas en la vereda. Pateó un muro del edifico contiguo. Pateó el camión blindado, le dio un golpe al espejo retrovisor, que no se inmutó. Le aventó un objeto. Y por fin se fue.

Qué tremendo, nos dijimos. Qué tremendo observar, cobardemente, aquello de lo que hablábamos.

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Desde Argentina: 8 de Aborto, las pibas arriba

publicado originalmente en La Brújula de Nexos

 

Buenos Aires, 8A. A las tres de la tarde, mi amiga B. envía un mensaje desde la marcha: “Uuuh llueve”.

Es agosto. Invierno austral. Lunes y martes, y durante el fin de semana, tuvimos días lindos, soleados, menos húmedos que otros. Pero hoy llueve.

“Ni el cielo se quiso poner celeste”, dirá otra amiga mía, A., más tarde.

Estoy trabajando y todavía no puedo desplazarme a Congreso. Ayer, por Whatsapp, circuló un mensaje:

IMPORTANTE 8A

El inicio de la sesión será mañana 8 de agosto a las 9.30 a.m, antes de lo previsto. Por lo tanto la votación se adelanta. Está circulando que se votará alrededor de las 18 hs con lo cual es muy importante reforzar la mañana y la tarde, pero estar preparadxs en caso de que se extienda como en diputadxs. Tenemos que ser millones!

Avisar a todes les compas.

Cuando fue la primera sanción en la cámara de diputados en junio pasado, el resultado de la votación se dio a conocer casi 22 horas después de iniciada la sesión, a las diez de la mañana del miércoles 14 de junio. Había entrado el invierno ya, con temperaturas que rozaban los cero grados. Pero una buena parte de las doscientas mil asistentes hicieron vigilia toda la noche en las avenidas y calles aledañas a Congreso, acampando sobre la plaza renovada, único espacio verde de la zona; a lo largo de avenida Callao hasta Corrientes, y de Rivadavia, colmando las calles y rincones y esquinas de ese barrio que se conoce y nombra por el Congreso mismo, pero que técnicamente sería Monserrat, o Balvanera, dentro del cuadro central de la ciudad de Buenos Aires. Un sector donde, cada noche, pernoctan cientos de personas en situación de calle. Allí es donde esta vez, donde muchas otras veces, se concentran los cuerpos. No: las cuerpas. Las cuerpas femeninas.

Pero hoy sabemos que la sesión de Senado, y por ende el día mismo, se extenderá más de la cuenta. El resultado no saldrá a las seis de la tarde, como dicen. Y el día de hoy no hay indecisos.

En ese grupo de Whatsapp, donde somos amigos migrantes, B. (quien llegó de Caracas hace siete años, y milita como feminista en Buenos Aires) nos manda una foto. “Tan patrios, tan buenos, tan cristianos”. En la foto aparecen, en la esquina de Callao y Lavalle, dos mujeres (rubias, de unos cuarenta años, bien vestidas) con los pañuelos celestes. Al fondo, un hombre ondea la bandera de Argentina (ah: celeste). Son las cuatro o cinco de la tarde; la luz es gris y la lluvia, muy fina. Desde ayer circulan también planos con la ubicación de cada bando. Hay un lado que es del mal. Son las celestes. Y para ellas son las pibas del pañuelo verde. Miles de ellas, por cierto, estuvieron en el último Encuentro Nacional de Mujeres (ENM), que en octubre de 2017 se realizó en Resistencia, Chaco, y en dos meses será en Chubut. Un encuentro autónomo y autogestionado que, desde 1986, se organiza para debatir política y feminismo.

A las 18:58, cuando ya ha anochecido por completo, B. envía otros mensajes:

“Va ganando el no la puta madre”

“Para mí no pasa chicos”

Un mensaje de voz: “Ahora en Canal 5 Noticias estaban analizando los votos y, en los senadores menores de cincuenta años, gana el sí; en los que son mayores de cincuenta, gana el no. Para mí de verdad no pasa, no pasa hoy. Pero bah, si no es hoy, será el año que viene, y sino el otro, y sino es esta cámara de senadores será en el 2024… Y ahí veremos”.

Desánimo.

En este pequeño grupo de Whatsapp (somos cuatro), J., otra amiga, mexicana, monitorea las noticias desde casa, donde trabaja y cuida a su niña de dos años.

“Agh, las sandeces que dice Claudio Poggi! Que sí hay muchas muertes por aborto clandestino y la madre, pero que si aprueban la ley pasan por encima de la autonomía de las provincias”. Poggi fue gobernador de la provincia de San Luis. Cristiano.

Otras barbaridades dichas durante la sesión por miembros del Senado:

José Mayans, senador por la provincia de Formosa: “Imagínense que la madre de Vivaldi le hubiera negado el derecho a la existencia. O la de Mozart, o la de DaVinci, o la de Miguel Ángel. Yo le agradezco a mi madre que no me negó el derecho a la existencia”.

Por su parte, Cristina del Carmen López Valverde, senadora de la provincia de San Juan, confiesa que no tuvo tiempo de leer el proyecto y, por lo tanto, votará en contra.

Rodolfo Urtubey, peronista y salteño, dice algunas frases monstruosas:

“La violación está clara en su formulación, aunque yo creo, señora presidenta,* que hay que ver aquellos casos que no tienen la configuración clásica de la violencia a la mujer, sino que a veces la violación es un acto no voluntario hacia una persona que tiene una inferioridad absoluta de poder frente al abusador, por ejemplo, en el abuso intrafamiliar, donde no se puede hablar de violencia pero tampoco se puede hablar de consentimiento”.

*La presidenta de la cámara de senado es Gabriela Michetti, vicepresidenta de Argentina, que ha expresado en numerosas ocasiones su rechazo al aborto legal.

El 5 de agosto pasado, en Santiago del Estero, Liliana Herrero murió por una septicemia a causa de un aborto clandestino. Tenía 22 años. La extirparon el útero, desde donde la infección había avanzado a otras partes. Pero no se salvó. Dejó dos niñas huérfanas menores de cinco años. Liliana vivía en Las Lomitas, una zona rural del partido de Loreto. Hace algunos años había perdido a su hermana Mirna por el mismo motivo. Aborto clandestino. Un aborto que muy frecuentemente se efectúa por mano propia. El anuncio que Amnistía Internacional Argentina pagó en el New York Times, donde figura un gancho de ropa en primer plano, señala una realidad concreta.

Que sea ley

Finalmente es hora de acudir a Congreso, pasadas las nueve de la noche. Me subo al subte, línea B: atestada. En las estaciones Pellegrini y Uruguay entran las pibas con pañuelos verdes, llenas de glitter verde, el pelo empapado. Cantan consignas. “Somos las nietas de las brujas que no pudiste quemar”. En Callao, donde intento bajarme, el vagón colapsa: nadie entra, nadie sale. Gritos, un vidrio que se rompe. Parece que alguien intentó entrar por la ventana. Por fin logro bajarme en Pasteur. Y a esa altura Corrientes ya está cerrado y la marea verde es, todavía, una pleamar. Hace mucho frío. Mucho, mucho. Y llueve, una lluvia helada que cae a pleno.

Caminar desde ahí hasta Callao y Bartolomé Mitre, donde quedé de encontrarme con A., es una proeza. Jóvenes, casi todas. Pero también mujeres mayores, y niñas. Y muchachos. Maquillaje verde, verdísimo, en párpados, labios, mejillas, en forma de bindis, en gorritos, en bufandas, en abrigos, en paraguas. Tamboras que retumban. Parrillas callejeras que no se dan abasto vendiendo choripanes, panchos (hot dogs), hamburguesas. Vendedores de café, y de cerveza. Pero es invierno, el alcohol de la época es el vino, preferentemente tinto. Las grupas se pasan la botella abierta. Y el mate humeante. Y a veces algún porro.

En las redes sociales causa furor la intervención de Fernando “Pino” Solanas (porteño, también cineasta, 82 años), el único que argumentó que el goce es un derecho humano fundamental. Horas después, escribiría en su cuenta de Twitter: “A los 16 me enamoré profundamente. Ella quedó embarazada. Al tiempo desapareció. Perseguida por el miedo a la represión social terminó haciéndose un aborto clandestino. Casi muere de una infección. Lo viví, viví el pánico de esa chica. Yo no quiero una juventud con pánico #SeráLey”.

Todas las cafeterías, los bares, las pizzerías de la zona están copados. B. consiguió lugar para cenar en un restaurante de Lavalle, el Roma. Las atiende un mozo de unos cincuenta años. “¿Es ley o no es ley?”, les pregunta antes de servirlas. Y saca de su mandil el pañuelo verde.

La intervención más esperada es la de Cristina Fernández de Kirchner, que recién habla pasada la 1 de la mañana. Su discurso queda a deber a muchas feministas, incluso a las “cristinistas”, que lo encuentran oportunista. Otras aplauden el viraje. Es católica, nunca estuvo de acuerdo con el aborto. Pero ha cambiado de opinión, no por su hija, militante feminista, aclaró, sino por “las miles de chicas que se volcaron a la calle”. Recuerda a los senadores que están rechazando un proyecto sin proponer nada alternativo. En un grupo de militancia de Facebook una compañera cuenta que la escucharon “calentitas” en un bar, y que cada que Cristina decía palabras como feminismo, deconstruirse, patriarcado, todas gritaban.

“Miren, si yo tuviera la certeza de que votando negativamente no hay más abortos en la República Argentina, no tendría ninguna duda en levantar la mano. El problema es que van a seguir efectuándose”. Y votó a favor.

Hace mucho frío y no para de llover, tenemos hasta los huesos empapados. En la parada del colectivo, A. se quita el pañuelo, pues muchas celestes van para su rumbo (Belgrano, Cabañitas, Olivos). Ya Anfibia ha reportado quiénes están detrás de los pañuelos celestes (organizaciones sin fines de lucro inspiradas en modelos de la derecha estadounidense, y la Iglesia), así como los actos de violencia que las pibas de los pañuelos verdes han sufrido debido a su militancia.

En casa me duermo casi una hora, para despertar ante el no. Cerca de las 3 de la mañana, Michetti explica a senadores cómo se vota, visiblemente fastidiada, y cuando aparece el funesto 31-38, da por terminada la sesión y el micrófono abierto alcanza a registrar un “vamos todavía, vamos”.

El mundo entero miró y los dinosaurios votaron que no. Rechazaron el aborto legal seguro y gratuito en hospitales. Rechazaron salvar vidas: la de Liliana Herrera, la de Ana María Acevedo, la de María Campos, las de quienes ahora están vivas y morirán por un aborto clandestino.

El sentimiento es de fracaso y enojo.

Hay hasta quien culpa a Mercurio retrógrado.

Si no es ahora será mañana. El próximo año. O el que sigue. O el que sigue. Hasta que sea ley.

El eco de la bronca al día siguiente

M., una compañera del posgrado, envía al grupo de chat un post de la filósofa y activista Virginia Cano, donde confiesa el deseo de instalarse en el resentimiento, “en la mala onda de las gordas y en lo aguafiestas de les tortilleras, porque lo de anoche en el senado fue una reverenda mierda y no tenemos por qué poner cara de que aquí no ha pasado nada, o de que esto no es tan tremendo”.

“Voy a sentir los ecos de la bronca y el enojo y la tristeza y la frustración y la sensación de que ayer, en el senado, se hizo todo menos justicia”.

Y concluye que ya es ley. Se legalizó en la calle. En la región. Réplicas, algunas más numerosas que otras, pero potentes igual, por ejemplo en Costa Rica, Bolivia, Ecuador, Paraguay, como lo reportó Distintas Latitudes. En Ciudad de México, una nutrida marcha del Monumento a la Madre al Hemiciclo de Juárez. En Querétaro, ciudad conservadora y religiosa del Bajío, donde viví siete años sin atestiguar algo parecido, una concentración denominada Pañuelazo Querétaro en el monumento a La Corregidora, convocado por el colectivo Tejer Comunidad.

Ésta es una carrera de duración. De persistencia. Las pibas de verde son demasiadas, cantan, sufren y se abrazan bajo la lluvia, y en sus redes sociales, y en la calle aunque les griten asesinas. El verde, en América Latina, se intensifica. Un color de algo orgánico y que crece. Porque tanta muerte, tanta violencia, tanto dogma inútil, tanta incompetencia gubernamental, enoja mucho. Encabrona. Pero el enojo tiene una ventaja: fertiliza.

 

 

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Un húmedo invierno

Ya escribo el recuento pormenorizado de Chile. No puedo saltarme los detalles, quiero conservarlos todos aunque equivalga a cadaverizarlos, ¡pero hay tantas cosas! Si veo las fotos reconstruyo mis pasos. Puedo releer algunas cosas que escribí en papel. Y los mensajes (de voz, chats) enviados durante el viaje. Fui guardando en un sobre todos los tickets de cafés, del súper, del cajero, de museos, del teleférico; tarjetas de artistas, de librerías; volantes de obras de teatro, catálogos y folletos de centros culturales. Marisol y Javiera, amigas escritoras que conocí en Santiago, me habían inspirado la forma del collage. ¡Cuántos proyectos ideales se me ocurrieron gracias a ellas, a su inteligencia! Al cariño desbordado que nos tuvimos en tan poco tiempo. Y Lety, mi hermana Lety… Tardíamente, como todo en mi vida, debo expresar esos días. Además de estos archivos, cuento con la memoria, que se vuelve elástica y muscular cuando archiva el viaje, un lapso suspendido de la vida, excepcional por eso.

Ha sido un invierno muy duro. Hace mucho frío, un frío húmedo: no brutal, no de una crudeza impactante. Pero un frío de ecos polares, un frío verdadero.

Mientras tanto cambié de mesa y ahora de silla. Había sobrevivido con otras dos, más pequeñas e incómodas, que compré de emergencia en el Ejército de Salvación. Pero la silla nueva, elegante y de respaldo alargado, rechina demasiado. De madrugada son resortes torciéndose cuando cambio de postura. Se la compré a un muchacho por Mercado Libre, en realidad la puso en subasta y sin darme cuenta la gané; la recogí un sábado lluvioso en Viamonte y Pellegrini, pensé que era un departamento pero resultó ser una casa muy angosta, de esas chorizo afrancesadas que persisten entre los edificios del microcentro, y subí la escalera y estaba la silla esperándome en medio del hall y en la sala un amigo suyo tomaba mate, y de pronto su gato se apareció ostentando su felina belleza, uno anaranjado de ojos perezosos, y bajamos la silla entre el muchacho y yo, y luego caminé las cinco cuadras que me separaban de mi casa con la silla volteada sobre mi cabeza. Lloviznaba y hacía un frío del carajo, un frío que me congelaba los dedos que, tocándola apenas, mantenían la silla en equilibrio. Recuerdo y me duele el fantasma de la lesión: en un momento quise mover el cuello y éste hizo crac. Bajé la silla y sufrí en silencio en medio de la vereda, las personas haciendo un desvío para pasarme por un lado, y luego de las moderadas expresiones de sufrimiento la cargué con los brazos a la altura del estómago durante dos cuadras; sobre todo cerca de la peatonal Florida, que nunca descansa ni cuando está helando ni los fines de semana, hay mucha gente caminando lento y en grupos, y mi silla fue un contundente y poco amable quíteseme de encima, y llegué a mi edificio y subí con la silla por el ascensor y puse a andar la estufa y me hice un masaje y me puse calor y frío, y descansé, mucho, como hace tanto no, y ahora creo que ya estoy bien.

Mi renovado espacio de trabajo es un progreso. Todo ha sido una lenta conquista. Estoy contenta de vivir con Gandhi y con Dante, y convivir con sus rutinas, con sus amigos, y también con los míos. Vivir, pues, en un entorno agradable, tener lo que se necesita. La estufa prendida a casi todas horas. Ya que el invierno obliga al interior, a la guarida. El cielo está brumoso, hay días de mucha neblina, luego hay algunos soleados pero muy fríos, y otros grises y con nubes negras.

Me gustó vivir el mundial en Buenos Aires. Me desanimaba pensarlo en días fríos, y hubo alguno, sobre todo el día que eliminaron a Argentina, en que la neblina en el Gran Buenos Aires alcanzó un nivel histórico. Pero la adaptación se vuelve interesante, el mundial en mañanas y tardes frías con mate y medialunas y café y desayunos potentísimos de chilaquiles y huevos rancheros y quesadillas de tapa de empanada y mozzarella; abrigadísimos, con bufandas y gorros y camperas, hinchar por dos equipos, de la selección que quedó en casa y de la que ahora es una segunda casa, o casa temporal, o casa actual, y el doble de partidos de interés y por ende mayor diversidad de convivencias, en espacios privados y abiertos, en la Plaza San Martín, en el escondido Che Taco de Balcarce, en el living de amigos o aquí en el departamento. Qué diversión. Después de uno de aquellos partidos, una tarde soleada y menos fría que de costumbre, Bárbara y yo caminamos desde San Telmo, ufanas y cerveza en mano, por Defensa, por Av. de Mayo, cruzamos la 9 de Julio, hasta la zona de Congreso, a una casa de militantes feministas detrás del Barolo para pedir informes, la ciudad desde aquel patio, la espalda del fascinante Barolo y las cúpulas del Congreso no lejos, el recorte urbano de esa zona. Extraño a veces una forma de vivir que yo tenía en Ciudad de México, y a la vez aquí, aunque como en menor escala, vivo todo con intensidades parecidas, y con una libertad y una ligereza excepcionales. Pero mi familia me hace falta y, sin esa represa, las ansiedades se multiplican. A quién le hace bien el invierno, de todas maneras: hay menos luz, el afuera es hostil, la lluvia fría te alcanza alguna tarde o alguna noche, por más precauciones que tengas; y aún así los fines de semana la ciudad no se duerme, las calles de madrugada siguen hervidas con la promesa de la joda, las paradas de los colectivos donde se amontonan, de varios estratos, las risas y las caras atractivas y los atuendos para soportar el frío; acá el microcentro mismo que guarda una vida nocturna peculiar y medio secreta, como el Centro Histórico del D.F. tiene la suya. Me acuerdo de esas salidas cuando aquí salgo de noche. Los paralelismos. Ambas ciudades vibran en pulsaciones distintas pero un aire de familia las anuda, y las cosas entre las dos resultan familiares en la medida en que, en los sueños, lo extraño es a la vez conocido.

He salido, pues. He permanecido en casa. La garúa frecuente: una llovizna pertinaz que parece deshacerse antes de tocar el piso. Caminatas largas para ordenar los pensamientos. Diversiones interesantes que luego, pasadas por el nudo del razonamiento, se ensombrecen. La incertidumbre de la sobrevivencia, y su precariedad. Uno de los temas de mi delirio era la actuación, el oficio actoral. A veces voy al taller. La última vez, bajo la consigna del autorretrato, el de una compañera me conmovió: compartía el motivo de la mochila. La vida en una mochila. Cuando miro, en películas, muchachas que se transportan a solas, a bordo de autobuses o trenes o aviones o metros o micros, me reflejo. Por eso Personal shopper y, ahora, La omisión… Un sábado por la tarde vi Nanette, de Hannah Gadsby. La parte que me dejó con ganas de reflexionar o comentar es cuando confronta la idea de que el sufrimiento no es la moneda de cambio del arte. El arte no sublima. Repetir la experiencia, transformarla en obra de arte, no la reconstruye, y en lugar de devaluar el arte lo que se devalúa es la experiencia misma. La experiencia traumática, ni escribiéndola, mucho menos menos escribiéndola (María Moreno: escribir lo que hace es escarbar), tiene reparación. Y el caso paradigmático de Van Gogh. Alaíde me envió el libro con las cartas a su hermano. Quien lo amaba y lo salvaba. Como mi hermano me salvó aquella vez. Mi hermano, su cariño. No la escritura. Nada redimirá la experiencia traumática.

Pero en fin.

Estoy soñando mucho otra vez. Y lo más frustrante es despertar y sentir que el sueño se escapa, y los sentimientos e impresiones que conformaban la única realidad posible hace unos momentos se esfuman o adelgazan. Pero otros sí los he recordado. Visitas oníricas.

Un mes. Un mes más de frío.

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Calma: llegaron Los Wálters

Publicado originalmente en La Zona Sucia

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Desde Puerto Rico, Ángel Emanuel Figueroa y Luis López Varona conforman el dúo de pop electrónico Los Wálters. El 16 de junio lanzaron su último disco, un EP titulado Caramelo que ellos mismos definen como “dark y funky”. El secreto mejor guardado del Caribe es un proyecto a distancia entre Kansas y San Juan (y antes Barcelona, y Miami, y Filadelfia y São Paulo) que después de cuatro álbumes –Isla Disco, de 2016; Verano Panorámico, de 2014; #ponteelcasco, de 2012 y un EP homónimo de 2011–, hoy nos tranquiliza con un suave calma, que todo llega.

De una vez: no puedo dejar de escuchar a Los Wálters. Son una adicción. Hundida en el ocio, a veces, les dejo comentarios en Instagram, YouTube o Twitter, que luego ellos responden con amabilidad y con jocosidad. Ah, entonces yo los amo más.

Los descubrí por Spotify. El bendito descubrimiento semanal. Suelo decir que tengo una actitud rígida, intolerante y maniaca con el algoritmo, al que no mancho con escuchas de baja calidad, léase pop mexicano de los años noventa, léase pop anglosajón de los tempranos dosmiles, que si quiero escuchar escucho por YouTube, a sesión cerrada lo que equivale a decir a puerta cerrada, con las cortinas echadas, a oscuras, en la más completa soledad. Pero la disciplina con que emprendo la curación de mi Spotify me ha permitido armar playlists con bandas de vaporwaveshoegaze y dream pop que siguen la estela de lo que he escuchado, por encima de mis gustos adolescentes o de primera juventud, de un tiempo a esta parte.

Hablo de bandas y proyectos que se repiten en dichas playlists: The New Division, Man Without Country, Negative Gemini, NAVVI, Gold & Youth, Class Actress, No Joy, Mood Rings, Pastel Ghost, Roosevelt, Shura. Y otras playlists exclusivamente de música en español en la misma escala del sentimiento: The Chamanas, Javiera Mena, Diosque, Bomba Estéreo, Ibiza Pareo, Girl Ultra, Alex Anwandter, Coral Casino, Jesse Baez, Buscabulla, Amanitas…

Así vinieron. El algoritmo obró su magia. Se me aparecieron una mañana ardiente de enero, verano porteño a pleno. Amanecía, por fin, aunque yo tenía el ventilador puesto y tecleaba furiosamente. La canción se llamaba así: “Amaneció”Me capturó. El entusiasmo y algo como el humor, algo que, sin ser paródico, invitaba a la risa y a la distensión. Me enamoro con frecuencia a primera escucha, pero esta vez fue diferente pues hubo intriga, una curiosidad extrema. Fui a escuchar el álbum entero, Isla Disco, que comenzaba con un guiño del tamaño de la muralla china a los ídolos pop de Puerto Rico de los años ochenta, Menudo: “Claridad”. Pero no era un cover, aunque lo pareciera a primera oída. Tras un intro con una letra sandunguera y pegajosa (¡Ven, Claridad! /Acaríciame la oscuridad/Coloréame de felicidad/Y transpórtame a un espacio trivial/¡Ven, Claridad!/Que pasó el tiempo y no quiero olvidar/Que el universo es una estrella fugaz/Y que la luna es de queso y de sal), viene una explosión de sintetizadores y ritmos, y una compulsión irresistible de mover la cabeza, mover los hombros, mover el cuerpo entero. Bailar. Y luego aparece “Balada lunar” y las ganas se duplican. Y, por fin, otra vez, “Amaneció”. El disco apenas llevaba tres canciones y yo ya era adicta, como dicen que ocurre cuando te inyectas heroína por primera vez. ¡Y lo que me faltaba! De inmediato el último sencillo de aquel disco, “Mayagüez” (por la ciudad más al west de la isla de Puerto Rico), abre con un como órgano electrónico que da pie a aquellos versos hermosamente escritos, rimados, cantados:

Con todo y que la economía cada paso desafía
Una prueba siempre activa
Móntate, ven a ver quizás
En una hamaca, frente al mar
Lo podemos hablar…

El motivo de la hamaca, recurrente. Y mucha batería, y mucho bajo. Y los sintetizadores, claro. Otro sencillo a continuación: “Más de nadie”. Ecos de Kraftwerk, de “Das Model”. Un disco que jamás baja, que se contorsiona, que repite eres una maravilla, eres oh my God hacia “Supermán”. De todo hay en esa isla, la Disco: ritmos latinos y del europop, y guiños reguetoneros, y ochentosos, y algo muy color pastel, y neón, y spandex.

Me volqué al mundo de Los Wálters. La gracia del nombre, en honor a uno de los puertorriqueños más famosos del pop latinoamericano: Walter Mercado (dato: quien hoy mismo tiene 86 años). Los videos, que me fui bebiendo con placer creciente.

El poético de “Toca madera”:

MI LINDA AURORITA, TÚ SIEMPRE ME VISITAS, TOCA MADERA.

 

El funky hasta la epilepsia de “San Juan” (con esa hermosa línea: eres víctima de un mar que nunca se calma):

PERO DESPUÉS DE LA PLAYA NOS COMEREMOS DOS PIRAGUAS*, CONVIRTIENDO EL MOVIMIENTO HACIA EL VIEJO SAN JUAN
*PIRAGUAS: LA VERSIÓN PUERTORRIQUEÑA DE LOS RASPADOS, POR SU FORMA PIRAMIDAL Y BASE DE AGUA: PIRAGUA.

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El último sencillo de Isla Disco, “Mayagüez”, dirigido por la fotógrafa Steph Segarra, que captura un road trip por las carreteras puertorriqueñas: los cuatro protagonistas (entre ellos la artista Aleida López, integrante de la banda) salen por la madrugada, se fuman un porro, pasan a cargar gasolina, se detienen en un parque con dinosaurios, comen en una “lechonera”, se cruzan con una comparsa carnavalera. Las aguas rosas de Cabo Rojo. El atardecer y la playa. Es un video gozoso y al mismo tiempo de una enorme nostalgia: en una nota de Jhoni Jackson en el sitio Remezcla se enumeran las locaciones destruidas o transformadas por el huracán María en septiembre de 2017, el peor en la región desde 1932, que dejó una crisis de acceso a electricidad y bienes básicos (a ello se alude en “Distracción” de Caramelo).

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Me entero que Ángel Figueroa y Luis López colaboran a distancia gracias a la nube: a través de Dropbox, por ejemplo. Se mandan versiones, éstas se retrabajan, se mezclan, se escriben verso y verso. En la nube: qué adecuado para un proyecto con un ethos claro, una alegría de vivir, de juntar los cuerpos, de apreciar las cosas por lo que tienen de bello. “Nuestro lema es diversión antes que perfección. Hay una perfección que nunca llega, pero hay una belleza en la búsqueda”, dicen en una entrevista que les hizo Amaya García en Bandcamp Daily. (Ahí pueden escucharse todos sus discos, por cierto: https://loswalters.bandcamp.com/)

Me los imagino en vivo, y no tengo que esforzarme demasiado porque en YouTube hay muestras variadas de su potencia, del ánimo puramente rockero de sus presentaciones, de la perfección y rigurosidad de su sonido. A Buenos Aires, donde ahora vivo, nunca han venido, pero en México se han presentado, entre otros sitios, en el festival NRMAL y –la envidia me corroe– en El Imperial de la colonia Roma.

Ahora es invierno. Vientos polares. Escucho Caramelo: un disco muy breve, y perfecto. Cinco canciones perfectas. Quiero siete cucharadas de tu cuerpo entero, escucho pegada al calefactor. Entre la ansiedad, me recuerdan: calma. Me imagino en la isla. Y amanece. Todo el tiempo está amaneciendo.

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Una verdad

Me miran inquisitivamente. Mis pendientes. Inquisitivamente, aquel adverbio gastado. Los tengo en un post-it frente a mi escritorio. Me miran. Me cuestionan. Cuándo, a qué hora, en qué momento. No tengo fuerzas, les digo. No ahora. No hoy. Estoy cansada/deprimida/ansiosa/yo misma estoy inquisitiva. Repaso mis errores, los errores que he cometido en cuestiones de escritura. Las cosas que dejé ir. Y más: quienes me dejaron ir. ¡No, no vayas a ese lugar! Como Chandler Bing: no abrir esa puerta. El signo del fracaso, mi palabra favorita. Y la otra es vergüenza.

Me ahogo. Escribo mucho a mano. Algo que yo, grandilocuentemente, llamo un libro. Si en otro, que no se materializa, que he intentado mover poco, que sigo modificando eternamente en infinitos archivos, me tardé tantos años. Y para qué. Pero igual, siento que necesito escribir eso. Es mi método de sanación*. Se sabe: la despersonalización, el hospital Ramos Mejía, aquellas semanas de abril y mayo de 2016 que recuerdo tan milimétricamente. Y lo que vino después. Y lo que sucedió antes que quizá me llevó a ese lugar. Y cómo lidio. Porque sólo lidio. Capoteo. Brego. Por lo menos estos días he llegado a admitir que no lo tengo superado, que hay secuelas, que sigo inmóvil. No avanzo en ninguna dirección, voy con la marea. A veces lloro. Cuando la angustia me sube, voy al cine. Me pongo a fumar, lo cual detesto. Miro el celular, miro las fotos repetitivas de Instagram, los tuits repetitivos de Twitter. Converso con amigos. Los amigos salvan. Pero no pueden salvarte siempre, a todas horas. Me voy a mirar cosas, a hacer compras en la mente, de fantasía. Ya hace mucho frío. Entró el invierno. Y siempre me ocurre que me enfermo de gripe y de tristeza en los inviernos. Más en los australes, me repito aquí demasiado: no hay nada, no hay Navidad. Sólo frío. Viento polar. Me siento excluida de todo, otro sentimiento tan familiar. De todo porque mi personalidad o mi timidez o mi postergación o mi inseguridad o mi circunstancia me impiden participar de la militancia, por ejemplo, o de lo literario. Me encierro. Me quejo. Como ahora, públicamente. Pero en voz baja.

¡Ah, malditos post-its! Mis fantasías son de terminar. Acabar. Clausurar. Avanzar. O mejor: lograr, poder. Escribir. El ideal que no puede ser alcanzado.

Antes yo leía mucho a Juan García Ponce, pero ya no. Aquí tengo una novela suya, ¿por qué la tengo? Me parece que la compré en “El rincón del anticuario”. La presencia lejana. Ilegible. Pero ayer subrayé esta frase:

Se sentía en el estado de ánimo del comienzo, en esa mágica suspensión que precede al principio inmediato de todo viaje, cuando nos sentimos aliviados de nuestro propio peso y la realidad anterior ha desaparecido ya sin que tengamos todavía ninguna otra enfrente.

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Escribí lo anterior hace una semana. ¿Le daré publicar? Sí, ¿por qué no? Lo escrito, escrito está. Ahora mismo no estoy tan abajo. Pero sí, porque comienzo a trabajar y calculo lo que me falta y me vienen las punzadas.

No estoy escribiendo en mi diario, porque ese diario se terminó: el cuaderno mismo, pero también la compulsión de fijar los acontecimientos diarios. Además toda la escritura a mano se la estoy dedicando al proyecto grandilocuente, que de muchas maneras opera también como un diario: empezó en septiembre, perduró durante el ardiente verano, sigue y sigue mientras escribo en esta mesa o en la cama, con la estufa prendida, los dedos helados y el dibujo de la letra, a veces, horrible. Intenta conjurar una experiencia. Pero, releyendo a Garramuño, otra vez compruebo que en el arte no queda la experiencia sino otra cosa, exterior a ella. No es lo opuesto y no la redime. *No repara.

Pero ayer, ah, cuánto bienestar con los amigos verdaderos que he logrado encontrar en esta ciudad, y comer, y reír, y mirar un partido de fútbol.

Acabo de pegar otro post-it.

 

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Mi historia con Luis Miguel

Salía en portada en todas las Eres de aniversario. En realidad, es mi historia con la Eres. La revista que, consulto en la Wikipedia, circuló por primera vez el 16 de septiembre de 1988: en esa mítica portada, que por supuesto mi hermana conservaba, aparecían juntos Luis Miguel y Sasha, ídolos juveniles de la época. El efebo y la princesa de nombre eslavo y ojos (y cejas) hipnóticos.

La fórmula de cada número había sido inaugurada: una pareja dispareja,  siempre sorprendente: dos artistas de distintos “artes” y temperamentos: una actriz fresa de telenovelas y un rockero, una cantante explosiva y un actor recatado, o un futbolista, o la cara más guapa de un grupo…

Entonces, ¿por qué…? (¿88, 89?)

Aunque luego, más principios de los 90…

Ambos números los venden en Mercado Libre México.

Pensar que teníamos una colección con cierto valor de cambio. Pero, más que eso, consultar el archivo. Lo consultaría de buena gana. Ya tuvimos una conversación de nostalgia sobre la EresCuánto aprendimos de música con ella: en un número estaban lo mismo Kabah que The Chemical Brothers, Dave Mathews Band que Jeans, Michael Jackson que Daniela Romo, TLC que La Lupita, Depeche Mode que ¿Federico Vega?

Artículos verdaderos (consultados de lo más parecido que existe, hoy en día, a un archivo):

¿Alucinas o neta traes mala vibra?

Tácticas para que te pele.

¿En bancarrota? Vacaciones sin lana.

¿Qué hacer si te mandan a la goma?

Pero también:

Salí con él y me violó.

Mi mejor amiga está… ¡embarazada!

Tips cósmicos de Sha-man

(El lenguaje que era tan reconocible).

Test: ¿Eres una plasta?

Los artículos de Pilar Obón. Cómo hacía reír Pilar Obón, cómo podías imaginártela hermosa, comprensiva, alivianada. Una especie de faro moral.

La revista que se esforzaba por ser “unisex”, o sea, universal. Conflictos de muchachos y muchachas. Y de muchachos y muchachas homosexuales, y de muchachos y muchachas que nacieron en el cuerpo equivocado. En una era pre-lenguaje inclusivo, se esforzaba por mantenerse no tanto neutral como múltiple: los artículos de Obón, cómicamente, efectuaban marometas lingüísticas y comentarios entre paréntesis para abarcar más de un género. Artículos -y “tests” y “tips”- que fomentaban el conducirse con responsabilidad, con algo parecido a la madurez. La realidad de las drogas y del sexo. En una palabra: la juventud. Cartas a la juventud.

El compa, de mi trabajo en Grupo Medios, que había formado parte del primer equipo de la Eres. ¡Las cosas que nos contaba! Fue mi sueño, el detrás de cámaras. Que se iban a la biblioteca a escribir los artículos. A-la-bi-blio-te-ca. Cómo se diseñaba, en programas rudimentarios, el aspecto de la revista. Y la genial anécdota del vivaracho que se hacía cargo de esa famosa sección, Antropología, donde se reseñaban antros noventeros de Ciudad de México (y a veces, obvio, de Acapulquirri) como El Alebrije, La Boom, Medusas, y que instituyó sin saberlo -y sin avisar, para quedarse con la lana- la costumbre del artículo pagado.

La Eres donde aprendí a amar.

Es verdad. ES VERDAD. Lorenzo Antonio fue el primer ser humano que yo amé románticamente. Tenía cuatro, cinco años, no podía pronunciar inglés ni blanco (ingrés, branco) pero afirmaba que Lorenzo Antonio era “mi novio”.

Amar sin saberlo, el amor que no se atreve a decir su nombre… (en este caso, Natalia Esperón)

El amor por el bello rostro de Bibi Gaytán, sueño sexual de los años noventa.

La Eres que yo leía en la cama queen size que durante años compartí con mis hermanas, a solas en casa salvo por mis padres, las noches de sábado que mis cuatro hermanos adolescentes se iban a la disco (las “discos” organizadas en salones de usos múltiples de Polo). La Eres que yo leía cuando me vestía así, tal era mi atuendo no de sábados y fiestas y reuniones sociales sino de diario, pues durante muchos años vestí de vestido ampón por elección propia (¡!):

La Eres que describía un mundo más inocente, un larguísimo y mexicanizado episodio de Dawson’s Creek.

Como cuando Edith Márquez mostraba su cuarto y a mí me encantaba notar que tenía esas letras de colores acolchonadas que, justo, mi hermana Livia también tenía pegadas en la pared de su cuarto (que igual compartíamos), en nuestro departamento del sur del D.F., en la unidad 440, colonia Cacama, delegación Iztapalapa, donde, por usar un término de un comediante para mí caído en desgracia, “entré en línea”. Adquirí la conciencia en las avenidas La Viga y Ermita Iztapalapa y Río Churubusco, en la zapatería Canadá de esa esquina, y en el Gigante al que acudíamos, y al mirar el anuncio de calcetines Durex -¡Durex, antes de los otros Durex!- que me indicaba, cuando volvíamos de Polo, a donde íbamos algunos fines de semana antes de establecernos ahí en 1992, que estábamos cerca de casa.

Cuando formaba parte de Timbiriche, o, en palabras de Luisito Rey, “el Parchís de acá”.

Pero, dirás, ¿qué tiene que ver Luis Miguel con todo esto?

Bien. Luis Miguel, ya dije, salía siempre en la portada de aniversario. Se sabía, se intuía, que Luis Miguel era nuestro más grande artista (México años ochenta/noventa). Ese hombre hermético de ojos bonitos y dientes enormes. Que cantaba como los dioses, ¡una voz virtuosa!, todo misterio a su alrededor.

CÓMO OLVIDAR aquella portada con Thalía, la del primer aniversario año 1989. El labial doradísimo de Thalía, a tono con los ojos y el pelo de Luismi. Y en el interior el desplegable que se anunciaba con un dramático EL BEEEEESSSOOO y que constituyó la primera vez, lo confieso no sin vergüenza, que sentí chistoso al interior. O sea: excitación. O sea: indicios de erotismo. Y ya entonces me preguntaba: ¿es por él, es por ella? Claro, ¡era por los dos! Gustar siempre de todes, mi sino. Pero nos desviamos…

Ah, Thalía…

(en Wikipedia se informa que se le conoce también por los nombres: Reina de las telenovelas, reina del pop latino, emperatriz de la belleza, Diosa Azteca).

Por alguna razón teníamos un elepé (un vinilo, pues) del mejor disco de Thalía, llamado… Thalía. Con los éxitos “Amarillo azul”, “Un pacto entre los dos”, “Saliva”. Lo ponía en el estéreo que teníamos, que era formidable, acabados en falsa madera, y tocaba casettes y discos compactos ¡y vinilos!, una torrecita multiusos. Entonces, cuando nadie me veía, yo cantaba: un pacto entre los do-oh-os.

Luis Miguel. Luis Mirrey. El rey. Y las princesas que insistían en emparejarle.

Así eran las cosas. Totémicas. A veces mi hermana pegaba los pósters de Luismi en las paredes: Luismi siempre mirando en lontananza, ceño fruncido, ecos lejanos de James Dean. Vivir en D.F. y luego en Polo. Pero siempre comprar la Eres. Siempre él en su edición de aniversario. Y si Luis Miguel cambiaba, la revista cambiaba con él. ¿O era al revés?

En los boliches de Buenos Aires, hasta en las fiestas de la perversión, llega un momento en que ponen Cómo es posible que a mi ladoAmor a la mexicana, y es imposible no bailar, no cantar, no reír.

Mi historia con Luis Miguel es escasa, poco cercana, y sin embargo…

LLEGA LA SERIE SOBRE LUIS MIGUEL, año 2018.

Entonces puedo rastrear mi entusiasmo por dicha serie a una etapa específica de mi educación sentimental. ¡Ahí están, ficcionalizados, los personajes de la revista que hojeaba una y otra vez! Yuri, Sasha, Stephanie, Lucero, Palazuelos, ¿hay algo más Luis Miguel la serie que esta portada?

LUIS MIGUEL EN ACAPULCO: ¡SUPER SHOW!… Y MUCHO MÁS. Pero también: BLAZER+CAMISETA+JEANS: ¡EL TRIÁNGULO PERFECTO!

La blusa de la misteriosa y millonaria Érika, en el último episodio: aquellas blusas lisas, de cuello de tortuga, con tremendas hombreras. Las que mi hermana usaba. Me enternezco, ¡claro que me enternezco!

Pero el tiempo es despiadado.

El tiempo lima las piedras, derriba monumentos, arruina nuestros cuerpos.

En los fríos dosmiles, en esa primera década sin estilo, sin sabor, de pantalones acampanados deslavados y con apliques dorados y blusas de holanes y cinturones horrorosos a la cadera, en mi mundo que no existía eso sino negrura y HIM y Placebo y Finch y Prepa Sur y la ciudad de Querétaro, donde entonces vivía, la Eres dio sus últimos estertores. Un espectáculo de la decadencia.

¡TODO ESTÁ MAL AQUÍ! ¡TODO!

Para entonces no nos importaba la Eres. A mí, por ejemplo, en esa época me importaba La Mosca en la Pared. Música, de toda, y “contracultura”. Ese formato extrañísimo, más grande que una hoja tamaño oficio. Diseño alucinante. Donde publiqué mi primer artículo: una entrevista a Lucybell. Y luego otras cosas, textitos que me dieron fama local en la facultad (no es verdad: sólo entre un compañero de la barra de los Gallos Blancos y sus amigos fut-rockeros). El amor por las revistas, tan de persona nacida en los ochenta. Trabajar luego en revistas. Ya no. Aunque luego, quién sabe.

Padezco ansiedad. El martes por la noche estaba tan hundida, tan abatida por eso y por una gripe, que llamé por teléfono a mi hermana Livia. Hablamos unas dos horas. De todo. De esto y aquello, y de lo Importante. Al final platicamos de la Eres. De la colección que ella tenía, y que un día mi mamá, sin más, tiró a la basura. Suele hacer eso. Arranques de limpieza. Le informo que venden ejemplares en Mercado Libre en 150 pesos. ¿Te imaginas? Lo que daría por hojearlas. Pero, oye, le digo, ¿sabes que la Eres volvió? ¡No! ¡Sí! Y tras el consuelo de sus palabras, le mandé la foto. El mismo logo, otra época.

El tiempo despiadado. Yuya y J Balvin.

Nada nunca será como en nuestros recuerdos.

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