Buenos Aires, 764 carta de amor

Conozco la ciudad. Pero ya no puedo mostrársela a nadie. He abandonado ese proyecto. ¿A cuántos amigos y amigos de amigos he paseado por las calles de Buenos Aires? Caminatas de un día, una tarde, una noche, varios días durante una semana. Repito los datos que he ido aprendiendo a solas o, a veces, con otros, y en el fondo me siento un poco una guía de turistas fraudulenta, improvisada, repleta de inexactitudes. Los digo con amor, sin embargo. Mi edificio Kavanagh. El departamento de Borges en la calle Maipú 994 6B. La avenida más ancha entre comillas. El Rodin de Congreso. La fiebre amarilla que devastó San Telmo. La plancha de metal que confina el cadáver de Eva Perón en el cementerio de Recoleta. La estrella de Cerati en Corrientes. Carlos Thays y sus parques y jardines. Las estatuas de Borges y Bioy Casares en La Biela, con el servicio renovado cada día. Y el besazo de protesta ahí mismo, cuando sacaron a dos mujeres que se besaban. La calle Arroyo que es mi pequeña París. Y en fin. A quién podría mostrarle todos los rincones que me sé, los menos espectaculares. Ahora descubro otros, después vendrán más. Pero esa ciudad inabarcable es apenas abarcable para mí misma. A nadie podría mostrarle todo lo que ya sé.

María. Tania. Hasiby y Víctor. Tony. Jordy. Maggie. César. Luis. Perla y Alicia. Henrique. Roberto. Midori y Tania (II) y Maite y Víctor (II). Diego y Gina. Rafa. La uruguaya.

Hay que tener disposición. Dejarse querer por los lugares y sobre todo quererlos. Así mido la energía y la curiosidad y la destreza de la gente, y cómo reaccionan y qué observan y qué preguntan o les interesa o desinteresa. Cuánto pueden caminar en un día. Qué cosas van a querer comer, comprar. Cómo administrarán sus días en la ciudad de Buenos Aires.

Pero se van. Vuelven allá de donde vienen. Yo me quedo. Sigo conociendo, ensanchándome la ciudad. No como antes, ya no. El método de exploración ha cambiado, se ha sofisticado. Oh, qué sé yo.

Luego está que un viernes o un sábado voy en el 15 de madrugada, volviendo de algún lado, y el colectivo va lleno de personas jóvenes que también vuelven de algún lado, amigos y amigas, novios y novias y novies, y están los que se ríen y gritan y cantan y se besan, y quien mira su teléfono o va con los ojos cerrados, y quien contempla lo que sucede detrás de la ventana o cuya cabeza cuelga y sus brazos también y su cuerpo grita el cansancio, y entonces yo siento mucho amor por todos y que una cosa nos une que no puedo explicar pero que sólo puede suceder en esta ciudad en este año en esta época.

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El canto de Temporada de Huracanes, de Fernanda Melchor

Publicado originalmente en Página Salmón.

En la primera imagen, cinco niños se dirigen a jugar pedradas por un canal que sube al río. Son cinco, con un líder que los guía entre el pantano. En el lenguaje hay un augurio: los niños se preparan para una batalla, conforman una tropa, están dispuestos a inmolarse y ninguno de ellos confesaría que siente miedo. Entre las aguas encuentran un cadáver, “una máscara prieta que bullía en una miríada de culebras negras, y sonreía”. Con el cadáver se revela un crimen, y la novela avanzará como una investigación polifónica que reúne testigos, cómplices y objetos que son pistas o huellas recurrentes.  Esto no alcanza, sin embargo, para clasificarla en el género de lo policiaco, pues Temporada de Huracanes (2017) aspira a algo más, está plenamente al tanto de la geopolítica y la corpo-política de su enunciación (o, mejor, de su canto): los niños que marchan como soldados tienen impresa en el cuerpo la marca de aquello que los espera al crecer, las opciones mínimas con que cuentan los hombres que habitan los márgenes tropicales: sicarios, militares, consumidores. Colaboradores, y por tanto obreros, de una economía narca que ya no tiene que nombrarse, explicarse, justificarse: se funde en lo vivible.

El asesinato de La Bruja es la espina dorsal de la segunda novela de Fernanda Melchor (Veracruz, México, 1982). El texto apunta, desde el epígrafe, a su genealogía literaria y el procedimiento mismo de escritura: “Algunos de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios”. La advertencia es de Jorge Ibargüengoitia en Las muertas (1977), que pasa por el tamiz de la ficción el caso de las hermanas González Valenzuela, Las poquianchis, tratantes de personas y asesinas seriales a mitad del siglo XX. Fernanda Melchor, para su novela, se basó en algunas historias tomadas de la nota roja veracruzana.

Con distintos posicionamientos y niveles de profundidad, la crítica mexicana lleva tiempo discutiendo la importancia o la banalidad de retratar la violencia: su ética, su incidencia estética. La narcoliteratura se publica desde los años noventa, pero su mera existencia y ya no su valoración se ha convertido en un tema central desde que, en 2006, la guerra contra el narcotráfico promovida por el sexenio calderonista devino guerra civil, y la violencia se recrudeció en múltiples zonas de México. Entonces la pregunta por el reflejo surgió nuevamente: ¿puede la literatura nombrar la realidad violenta de un país? O quizás no, quizás la pregunta era otra: ¿cuáles serían, en adelante, los temas del realismo, su materia prima? A medida que las plazas se calentaban, las mesas de novedades se llenaban de novelas y libros periodísticos sobre el narcotráfico, y si lo que se cuestionaba era su calidad u oportunismo, la pregunta verdadera por el reflejo quedaba en pausa ya que, probablemente, es un debate que no puede resolverse, ni siquiera desde la crítica literaria marxista. Ya Raymond Williams, en Literatura y marxismo (1980), argumentaba que las realidades sociales no se reflejansimplemente, sino que pasan por un proceso de mediación que termina por modificarlas: “El arte no refleja la realidad social; la superestructura no refleja la base directamente; la cultura es una mediación de la sociedad” (1980: 119). Es necesario preguntarnos, con Williams, si el arte refleja el mundo verdadero, no sus apariencias, así como la manera en la que pensamos hoy una categoría estética como realismo. En el siglo XIX, recuerda el teórico galés, se la pensaba como una respuesta al arte que se consideraba falsificador. ¿Podemos elaborar una distinción tan tajante y binaria de lo material –la realidad real– y el lenguaje –lo que, tradicionalmente, implicaría una función simbólica– en lo que respecta a las condiciones de existencia?

No es ocioso preguntarnos esto: Fernanda Melchor es periodista, y al tiempo que publicaba Falsa liebre (2013), su primera novela, aparecía simultáneamente una colección de sus crónicas periodísticas que abordaba la violencia del narcotráfico en Veracruz, Aquí no es Miami (2013). Se espera, pues, que la autora trabaje con el realismo y, sin embargo, Temporada de Huracanes, también pensada como novela negra, es una obra salpicada de elementos fantásticos.

Su realidad, en todo caso, está localizada: municipios marginales del trópico, una región asociada, por su confluencia histórica, con los rituales de santería. La muerte de La Bruja no es obra del narcotráfico (o no del todo); el descubrimiento de su cadáver no se asemeja, así, a los hallazgos monstruosos de cadáveres en la vía pública: descabezados, descuartizados, mujeres violadas y cercenadas. La historia de Temporada de Huracanes, al igual que la de Falsa Liebre, parece suceder momentos antes del azote de la violencia, una instantánea fijada durante los segundos previos a la develación del horror, lo que equivale a decir su revelación pública, su asunción como problemática social discutida colectivamente. Pero el narcotráfico está ahí, en los hechos, como estructura omnisciente: como la ley verdadera del pueblo (el comandante y los policías están a su servicio, no metafórica sino utilitariamente: forman parte de su planilla de empleados) y como el proveedor (de trabajo, de experiencias, de un nuevo orden). No hace falta, entonces, dedicarle la novela al tema del narcotráfico, porque éste ya está incorporado de raíz. ¿Hay realismo mexicano sin narco, hay realismo cosmopolita sin la violencia del capitalismo?

No el tratamiento estilístico del tema, como en Trabajos del reino (2004), de Yuri Herrera, una novela que parece haber conseguido el consenso de la crítica, ni una obra más convencionalmente comercial, como Perra brava (2010), de Orfa Alarcón, por nombrar dos libros que entran en la clasificación de narcoliteratura. En Temporada de Huracanes se trata de una realidad que ya viene abastecida con el tópico de la violencia, y agrega otros más, desprendidos de ella: el transfeminicidio, los crímenes estructurales e institucionales contra las mujeres, las cárceles de la educación y la religión. Lo que Fredric Jameson, en Una modernidad singular (2004), llamaría lo dominante, a su vez imbricado en lo determinante, es decir, las formas de producción.

Pero, ¿qué significa esto? ¿No se trata de distinciones poco productivas? Me interesa detenerme aquí un momento. Conceder la tesis de la desautorización de lo narcoliterario, argumentada por el escritor Heriberto Yépez en dos ensayos académicos disponibles en su blog.  Si la crítica y la narrativa avanzan de manera paralela, si entre lo que se publica y lo que se dice sobre lo publicado hay un diálogo, una muestra muy acotada de la narrativa mexicana con más presencia en los medios y en el boca en boca sugeriría una consigna, una elección frente al hartazgo del narcotráfico y la violencia: la indiferencia, no ante la violencia, sino a su tratamiento como material literario. El escritor Gabriel Wolfson, precisamente en su crítica a Temporada de Huracanes en la revista Crítica, lo resume como la opción a hablar sobre lo que pasa. Entonces, si atendemos esta categorización de lo publicado por los contemporáneos de Melchor, nos encontramos con las obras que hablan sobre lo que pasa (que intercambian dudosas estrategias con el periodismo, como La fila india, de Antonio Ortuño, de 2013), y las que se ocupan de otros problemas, teóricos por ejemplo (pienso en la colección de cuentos de Daniela Bojórquez Vértiz, Óptica sanguínea, de 2014, que dialoga con Barthes y Bazin), o que transcurren en atmósferas reconocibles –ciudades mexicanas en la segunda década del siglo XXI– donde la violencia no hace mella (En medio de extrañas víctimas, de Daniel Saldaña París, de 2013; Conjunto vacío, de Verónica Gerber, de 2015). A grandes rasgos, éste podría ser el problema que enfrenta la nueva narrativa mexicana: su toma de postura ante el conflicto que ofrece lo material, la base de la que participamos como habitantes de un territorio. El viejo conflicto: si hay un deber. Si hay un reflejo posible. Si es responsabilidad del arte dar cuenta de lo que pasa.

A la vez, hay una preocupación ante obras como Temporada de Huracanes, donde la piedra de toque es la miseria, un apego descarnado a la ruindad en todos sus aspectos que corre el riesgo de espectacularizar lo marginal. Hay muchas observaciones que pueden hacerse al respecto, pero una que me parece pertinente, aunque su objeto es otro muy distinto, es la que elabora Silvia Rivera Cusicanqui en su reflexión sobre sociología de la imagen y sus primeros trabajos en video. En un artículo sobre historia oral en la revista ecuatoriana Chasqui, donde refuta a aquellos que creen que se trata de un ejercicio pasivo, Rivera Cusicanqui se refiere a la “vulgarización de la práctica de la historia oral (que es) moneda corriente en muchas ONG que practican una suerte de “populismo” retrospectivo, donde la memoria de viejas sumisiones se canaliza hacia un discurso del lamento”. Traigo a cuenta a Rivera Cusicanqui porque me parece que la pregunta que habría de plantearse no es si ciertas obras tienen un compromiso ante la realidad, sino si poseen una postura descolonizadora, es decir, si están interesadas en constituir nuevos sujetos. Además, siempre puede argumentarse que lo político no está ahí, en los temas. En El autor como productor (1934)Walter Benjamin ya había hablado, en un contexto igual de urgente, sobre la tendencia política correcta de una obra, que no necesariamente se encuentra en las opiniones de un autor, sino en la técnica de la obra, en su resistencia al sentido.

Hasta aquí el planteamiento de una pregunta, para mí, sin respuesta. Al fin y al cabo, lo que me interesa señalar es el lenguaje de la novela, una oralidad que amenaza con volverla ilegible. Una postura que, más allá de su compromiso con retratar la realidad, se compromete con trastornar la lengua. Melchor no inventa un estilo del modo en que lo hizo un escritor como Daniel Sada, que se nos aparece como nuevo y original y delirante con su mezcla de habla coloquial y arcaísmos y culteranismos, y cuya invención acercaba sus obras a la poesía. Pero sigue su senda.

Temporada de Huracanes se compone de ocho capítulos que son, a su vez, larguísimos párrafos sin puntos y aparte, que manan con una cierta cualidad líquida, sin interrupciones. Pero la voz transita, y el discurso directo e indirecto libre alterna con la primera persona y aun con el narrador omnisciente, en una escritura coral que en los cuatro capítulos intermedios se concentra en la perspectiva de cuatro personajes: la Lagarta, el Munra, Norma y Brando. Antes de conocerlos, como la puesta en escena del territorio que acogerá la tragedia, el segundo capítulo parece narrado indistintamente por las voces de las prostitutas que llegaron a conocer a La Bruja y por los primeros hombres que se sirvieron de ella, pero también –y ya desde aquí hay un desvío– por la memoria del territorio donde está asentado el pueblo de La Matosa, por las tierras y las brumas cenagosas, las yerbas que crecen en el cerro y las viejas ruinas que son las tumbas de los antiguos, los habitantes primigenios, anteriores a los gachupines. Aquí están los restos, el detritus, no de la colonización, sino del “huracán del 78” que arrasó la tierra y enterró todo. Este territorio devastado es el escenario donde ocurre el crimen que inaugurarán o acompañarán otros, que predice con su brutalidad una devastación de otro orden.

Barthes anotó que la palabra hablada es irreversible: lo dicho no puede desdecirse si no es por adición. Los personajes hablan, chismean y testifican: la ley, así, se produce en el hecho de hablar. Pero la frase estricta como sentencia o palabra penal se eleva al ritual que es el canto en la que, para mí, es la escena clave de la novela: el descubrimiento de que lo que sucede al interior de la casa de La Bruja, donde se reúnen varios adolescentes para consumir drogas y a veces, a cambio de ellas, efectuar actos sexuales. Se trata de una actuación de extrema sencillez, de extrema inocencia y de extrema grotesquidad: La Bruja se disfraza y canta. Canta para un público narcotizado y a esas alturas indiferente, que simplemente la tolera. Pero no es este canto el importante, sino otro. En su conceptualización de las sirenas, en Fantasmas (2009), Daniel Link habla del canto que encanta, su poder de seducción. Tras la actuación de La Bruja, Luismi toma el micrófono. Así Brando, su amigo, se entera de que el apodo no es una cruel broma por su aspecto (mejillas roñosas, flacura, pelo encrespado), sino por el parecido de su voz con la del cantante Luis Miguel.  

Pero lo más cabrón vino después, cuando el choto se cansó de ladrar sus canciones culeras y el que se paró a cantar al micrófono fue el pinche Luismi, y sin que nadie le dijera nada, sin que nadie lo obligara a hacerlo, como si el bato hubiera estado esperando toda la noche aquel momento para tomar el micrófono y comenzar a cantar con los ojos entrecerrados y la voz algo ronca por tanto aguardiente y tantos cigarros, pero aún a pesar de eso, no mames, pinche Luismi, ¿quién iba a decir que ese güey podía cantar tan chido? ¿Cómo era posible que ese pinche flaco cara de rata, hasta el huevo de pastillo, tuviera una voz tan hermosa, tan profunda, tan impresionantemente joven y al mismo tiempo masculina?

Las sirenas arruinan a quien las mira o, mejor dicho, a quien las escucha. “Las primeras representaciones de las sirenas las muestran con garras y apariencia de buitre o aguilucho (siempre como criaturas hostiles)” y, según recuerda Link, a veces se las asoció con los Tritones por estar descritas con barbas o por sus cantos de voces masculinas. De cualquier manera, en ese breve paréntesis del horror continuamente descrito en Temporada de Huracanes, en ese espacio que no admite la alegría, la compasión, el humor, incluso el descanso, hay un atisbo de amor o por lo menos de enamoramiento y deseoY después de las pistas que son objetos, detalles recurrentes, queda una última presencia, fantasmal: la madre, la maternidad podrida, el matricidio. Aquello en falta.

He pensado que la glosa no le hace ningún favor a Temporada de Huracanes: una suma de arquetipos (o ya directamente estereotipos: la prostituta, el drogadicto, la niña violentada), un resabio de realismo sucio que coquetea con la magia negra, la delectación en el espanto, la violencia, el efecto, es decir, lo que pasa. La realidad más cruda. Podemos leer, o más bien escuchar, otra cosa, sin embargo: un género revolucionado por la oralidad que no transige ante la ilusión de la legibilidad, de la traducción, de la circulación por una región aplanada por un castellano pretendidamente neutro. Un canto grotesco de sirenas, una palabra que parece hablada pero está escrita, fijada, y aún así es irreversible. Un iris bien loco, dice Brando, o más bien canta, cuando recuerda el terror que le producía la Bruja cuando era un niño. Hay un canto. A veces no podemos entenderlo, pero nos horroriza y, todavía más, nos seduce.

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Gatos

Descubrí tarde (¿o quizás ellos no estaban ahí antes?) que los vecinos tienen dos gatos, uno negro y otro blanco y negro. Suelen ponerse en el pretil de la ventana. De dos ventanas que puedo ver, a mi vez, desde la ventana del baño. Nos separa un cubo. Un día miré y ahí estaban los dos, con su jorobita aterciopelada. Me infarté, me alegré, pensé en el tiempo perdido de no admirarlos mientras podía. Les hablé. Bishito, bishito. Hermosos. Mooosos. Shiii. Quién es el más guapo. Quién. Y los dos me miraron y cerraron  los ojos con displicencia. A partir de entonces siempre voy a fijarme si están. El que sale más a menudo es el negro. A veces está de espaldas. Lo veo y le hablo. Muchachooo. Boniiiito. Y el tipo voltea, me mira con sus ojos amarillos e indiferentes, y vuelve a lo suyo. Pero a veces se me queda mirando. Yo le cierro los ojos, el lenguaje del amor gatuno. A veces también me los cierra, informándome que me ama igual (nuestro amor a distancia, de voz y miradas, prohibido el tacto y las caricias). En la noche también me fijo: cuando tengo suerte, el negro está en la ventana más alejada, y su cuerpo se pierde en la oscuridad, de manera que sólo veo los dos puntitos fulgurantes de sus ojos, que aparecen y desaparecen entre la negrura. Un día pensé: quien viera eso, sin saber, se asustaría. Las dos canicas brillantes (no: coruscantes). Flotantes. El asunto de los ruidos, la presencia dentro de la casa. La casa enorme, antigua, pisos de mosaico, escaleras de mármol y cuatro plantas, en la que he vivido sola unas tres semanas. La noche en que la ventana del baño estaba cerrada, ¿la cerré yo? La otra mañana en que la puerta en medio de las escaleras amaneció abierta, ¿la abrí yo? Golpecitos. Pisadas. Pero vivimos tantos juntos, de alguna manera, pared con pared, que todo es explicable. Justificable. Entendible. Yo miro a los gatos. Los gatos me miran. Pensé hoy: ¿Cómo miran los gatos? ¿Distinguen colores, siluetas, temperaturas? La ventana del baño no abre entera, jalamos una palanca desde arriba y sólo revela tres cuartas partes de afuera. ¿Y si el gato no me mira? ¿Si no distingue mi cara? Cuando le hablo busca la fuente del sonido. Describe un círculo con la cabecita. Por fin me encuentra, me mira impasible. Pero hace rato me miró como con intriga. ¿Y si no me viera? ¿Y si yo le diera miedo?

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Llegar a Chile

Me fui en subte. Iba tomar el 7, pero me dio miedo llegar con prisas (tenía más de hora y media a mi disposición). El autobús saldría a las siete de la noche. Quince horas desde la terminal de ómnibus de Retiro, en Buenos Aires, hasta Mendoza. De modo que caminé a la estación La Plata, luego combiné con Independencia. Llegué a Retiro con mucho tiempo de sobra. Cargaba dos mochilas. Caminé hasta las boleterías, me fijé que tenía casi sesenta minutos de espera, regresé a pie a la estación de ferrocarriles -en el camino compré una arepa, iba comiéndola, un hombre en el piso me pidió algo, le di la mitad de la arepa, ¿qué es?, me preguntó; un pan colombiano muy rico, le dije-; me tomé un té en el Havannah, volví, compré dos chipás para el camino, entré al baño, después al autobús: el aire acondicionado estaba muy fuerte, me envolví en la bufanda, dormité mientras tomábamos la 9 de Julio, la autopista; en Merlo se subió un muchacho y se sentó a mi lado; era murguero, me dijo, 18 años, llamado Brian, su primer viaje lejos; charlamos mientras nos servían la cena: un sándwich de miga horrible, un guisado de pollo, un vaso de “gaseosa de pomelo”, y mientras tanto el terromozo organizaba un juego de Bingo cuyo premio era una botella de vino. En las dos hileras de asientos había un grupo de amigos insoportablemente argentinos, ruidosos, boludos, Brian y yo reíamos, nos sonreíamos amigos, luego apagaron las luces, pusieron No manches (coma) Frida; los argentinos se reían sinceramente de Omar Chaparro, yo detestaba pero a veces, de puro jamaicón, también me reía. Otra vez pusieron música (llegaron a Marco Antonio Solís luego de pasar por Divididos, Los Fabulosos Cadillacs, Soda Stereo), la mayoría se durmió, ronquidos y suspiros, y yo apretada entre Brian y la ventanilla, padeciendo el insomnio. En mi iPod había guardado un episodio de Saturday Night Live con Elizabeth Banks, me reí en silencio, miraba las luces de la carretera, las estaciones de servicio, la línea que cruza el país por la mitad. Mis piernas acalambradas. A las 7 de la mañana hicimos una parada, bajé al baño, luego me dormí enroscada en dos asientos libres, apenas había logrado perder la conciencia cuando ya llegábamos a Mendoza.

La habitación del hostal no estaba lista. Dejé mi mochila y salí, insomne, a caminar por las calurosas calles de la ciudad, en una dirección contraria a mis planes que me llevó a Godoy Cruz, donde entré a un súper chino y compré agua y le pregunté a un muchacho que bebía mate, sobre un escalón, si estaba muy lejos la plaza Independencia. Hace ochos años yo había recorrido esa ciudad con Peter, también estaba a punto de cruzar a Chile. Hace ocho años: mi post de entonces, oh. Falsa nostalgia.

Después: los sonrientes mendocinos, con un acento achilenado que pronuncia en argentino; el inmenso parque San Martín, la helada cerveza blanca Andes y un pancho indulgente, una librería Yenny y el lago y la caminata y, de noche, el taxista gracioso y atrabancado que ante la pregunta de qué toman los mendocinos respondió FERNÉ convencido, el cansancio, la conversación de dos chicas inglesas en el cuarto, a punto de dormir, que llevaban muchos meses viajando. Luego: levantarme muy temprano, bañarme con agua tibia, desayunar una excelente medialuna y un café y un jugo, y llegar a la terminal, y cambiar 400 pesos argentinos por 13 mil pesos chilenos, y subir al autobús, al asiento en la primera fila del segundo piso que había reservado con antelación, pues era uno de los objetivos y razones del viaje, y leer de pasada el diario Los Andes que habían dejado en cada asiento, y luchar con el sueño a razón de la ley de Murphy (cuando quiero dormir no puedo; cuando no debo dormir, cabeceo). Un café negro y la carretera. El Aconcagua. La vid. Los Andes. El cruce fronterizo de Los Libertadores, esa especie de bodega enorme donde se estacionan los autobuses y a su alrededor hileras de coches, y familias con atuendos de escalada, y gorritos, y un aire frío que sopla, y las primeras apariciones de los carabineros, que me causan tantos sufrimientos, ¿será porque su uniforme tiene aspecto militarizado, o así me lo imagino? A mi lado iba una pareja de señores brasileños que, antes de llegar a la frontera, se apuraron a comer unas manzanas verdes; codicié tanto sus manzanas que, en un kiosco ya chileno, a la entrada de la bodega, quise comprar una, pero era imposible, a esa altura, adquirir cualquier producto orgánico. Por fin, la cuesta de los Caracoles: 29 curvas en ochos, o en infinitos. El túnel Cristo Redentor. Yo sacaba videos y fotos, cada cosa afuera era hermosa y fascinante: el río, las piedras en medio del río, el agua cristalina, las montañas de cúspides nevadas.

Llegué a Santiago. Los edificios y, ¡ah!, la cordillera. Lo que hace a la ciudad tan diferente, esa cadena montañosa que vigila y guía y cambia de colores y densidad. Salí de la terminal Sur y caminé unas cuadras y descendí a la estación Universidad de Santiago (ya había olvidado los rombos en el logotipo del metro santiaguino) y compré un boletito horario punta y tomé la línea roja, hice transferencia en Baquedano (¡recordaba el aspecto de esa laberíntica estación!) y seguí en la línea verde, y llegué al metro Bellas Artes, y afuera estaba lindo y soleado y había chicos hippies vendiendo ropa de segunda mano y panqués veganos y libros, y graffitis artísticos en las paredes y en las aceras, cafés y bares, y yo caminé perdida para encontrar la calle Santo Domingo y el hostal Avión Rojo, con dolor de hombros y de cuello y de espalda, la mochila roja y azul amarrada a la cintura, la azul y morada y rosa por delante, la calle Monjitas, la calle Miraflores y la Mosqueto y ¡por fin! dar con la puertita, y subir desfalleciendo, y efectuar los trámites con el muchacho venezolano de ojos bonitos con el que luego, días después, conversaríamos Marisol y yo, a pesar de que siempre tenía una expresión contrariada en el rostro y continuamente me aclaraba/pedía/reclamaba cosas, y luego echarme en la cama y dormir por horas hasta que, a eso de las seis, llegó Lety por mí.

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27Dic

No me enamoro. Este año me sentí cerca, algunas veces, pero no peligrosamente cerca. No ocurre. O sí, pero la distancia y las imposibilidades. Mi relación con las personas. Con las mujeres, sobre todo las de amistad, aunque también las otras, las del tipo romántico, de mayor intensidad pero en menor medida. La convivencia y la soledad, el curado equilibrio entre ambas, un estudio para dominar el arte de alternar y realzar. Soy más yo a solas y muchas con otros. Después de habitar distintas vuelvo siempre a la matriz. Pero las sucesivas entregas, las aventuras. El abandono experimentado en momentos y en lugares. Releo entradas al azar en mi diario de este año: tantas personas nuevas. Algunas fugaces. Otras, se adivina, duraderas. La cuestión del sexo. La experimentación. La aparición de problemas y dificultades concretos, y la búsqueda de soluciones desesperadas o a la altura. Días de mucha tristeza y absoluta improductividad, perdida en mí misma y en el encierro. Otros días de alegría y el afuera y la novedad. Y otros, de mayor dificultad, de avances y escritura. Frío inaguantable, calor exasperante. Tormentas y lluvias pertinaces. Muchos amaneceres de distintos colores y signos y también los atardeceres imbatibles de Buenos Aires. Me hice una playlist para cada mes. Los objetos crecieron, tenerlo todo aquí, de pronto, y si necesito algo ir a buscarlo. Mi prensa francesa, las pantallas de papel arroz, cajitas y latas y contenedores y frasquitos, aceites para hornillo, un pegamento líquido marca Tintoretto, un espejo de cara, repelentes de insectos, un termo y un plato chino y una taza de Chile y un tupper de tapa rosa, y ocho cuadernos de diversos tamaños, y libros, y libros digitales, que también ocupan espacio, y un piercing de metal quirúrgico, y las hierbas y tés y leguminosas y semillas y harinas y especias que consumo, y los esmaltes de colores y los instrumentos de papelería y las prendas de ropa diligentemente adquiridas, y combinadas, y ultimadamente dispuestas a ser reubicadas, y las caras que otra superficie me reflejó, yo misma reflejada en otros, el encuentro que lleva a reír, a dormir juntos o juntas, a compartir el alimento, a caminar las calles de esta ciudad. Tenía confianza -o esperanza- en un año más feliz que el anterior. Un poco sí. 2017 fue más feliz.

 

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SW, a love story

En mi casa: el idioma de Star Wars, desde siempre. Los ewoks. Luke, Leia, Han-Solo (Harrison Ford, asumido lado gay de mi padre). Darth Vader. Darth chingadamadre Vader. Tenerlas miradas en el canal cinco, tener las imágenes grabadas en el subconsciente, regresar por momentos a los bosques de Endor, a las heladas tundras de Hoth, al pantanoso Dagobah. Yoda: la verdosa, inconfundible criatura, la sabiduría y la excentricidad representadas en su diminuto cuerpo. El lenguaje incomprensible de Chewbacca. Los vitalicios C-3PO y R2-D2. No. Arturito.

Después, a mis once años, mi decisión de volverme seria con la saga. Fui al videoclub Arcoiris de Polotitlán y renté el episodio IV, una edición VHS remasterizada recién en 1995. Me puse a verla con mi hermana Livia: no es casualidad que la saga se abra a sí misma con los personajes inalterables, concurrentes de todos los episodios, testigos y protagonistas, de los robots que surcan el desierto de Tatooine. Un joven que mira el horizonte. You’re my only hope. La historia de hadas y el triunfo, los héroes por accidente y la princesa (¡que lucha y comanda!). De tal manera nos seguimos, mi hermana y yo, aquel largo fin de semana, con Empire strikes back: ah, el cadáver del tauntaun que Han-Solo abre con el sable de luz para salvar a su amigo, ¡qué brutalidad, qué terrible noción! La mano. El asunto de la mano me dejó traumatizada durante mucho tiempo. Y la mano robótica. Y así, The return of the Jedi, con un Luke que es tan distinto de su versión inocente o pueblerina, y a la vez el mismo muchacho de ojos azules, algo monástico y debutante hasta de su propio poder. Y las imágenes y los temas que ya conocemos. Yo era una iniciada, una conversa por voluntad.

Llegó el año de 1999 y las esperadas precuelas. En ese entonces yo coleccionaba hasta los paquetes de Sabritas donde aparecían el pequeño Anakin, la joven Amidala, los guapos Qui-Gon Jinn y Obi-Wan Kenobi (¿no había dicho el fantasma de Ben Kenobi que su maestro era Yoda?). A la vez, mirar por primera vez una película de Star Wars en el cine era un sueño realizado: recuerdo escuchar con maravilla la carrera de pods, y el estremecedor sonido del sable de luz, ¡de dos sables de luz!, ¡de tres sables de luz! (y uno de esos sables, rojo, de sith, ¡doble!). Creo que en esa época yo todavía no me había conectado al internet. Nunca me había enchufado a una computadora con internet. Coleccionaba las CinePremier y las CineManía. Las tenía guardadas en bolsas de plástico. Había recuperado las versiones novelizadas de A new hope The return of the Jedi que mi papá, por algún motivo, tenía en su biblioteca. También leía y releía los comics que Dark Horse Comics publicó en México. Empecé a conocer detalles del canon. El universo expandido. Era mi tema de conversación principal, pues yo era una puberta con trece años. Amaba con intensidad, con obsesión. Mi hermana Livia, por suerte, escuchaba o fingía escuchar mis soliloquios.

Y así vino la segunda precuela (comentábamos con mi mamá lo guapo que era Anakin, y lo robótico y terrible actor, pero también, ¡ay!, lo romántico). Y el episodio III, que vi aproximadamente siete veces en el cine, en Querétaro. En todos los cines de Querétaro: el Cinépolis Plaza de Toros y el Cinemark del sur y el de Boulevares y, más de tres veces, por lo barato que resultaba, en los cinemas Gemelos en el sótano de la Comercial Mexicana de avenida Zaragoza. Salía exultante cada vez. Escribía furiosamente en los foros de IMDB (nombre de usuario: de ahí viene el antiguo LilianTheNerd).

Pasaron los años. Mi gusto nunca palideció. Pensaba en Star Wars y pensaba en una epopeya galáctica. Las connotaciones políticas: la Resistencia (es decir los rebeldes, es decir los subversivos) en contra de los tiranos. El viso fascista. No eran simples peleítas en el espacio: era una guerra donde se jugaban los ideales humanistas, la libertad, la justicia, la democracia. El mal como equilibrio de la luz.

Anunciaron las secuelas. Vimos los seis episodios cuando nos amábamos, y era una alegría mostrarle lo que yo amaba, y que lo amara también. Así vimos el episodio VII en una sala VIP del Cinépolis Oasis Coyoacán. ¡Lloré tanto!

El año pasado Rogue One me encontró en un momento triste y confuso de mi vida. La vi, primero, con mi familia, y después varias veces yo sola, saliendo del trabajo, en el Cinemex Insurgentes. La lección del sacrificio me conmovía muchísimo. Me permitía llorar mucho -siempre me lo permito, de cualquier manera- y era un consuelo y un escape y una manera de soñar.

Un fanatismo, además, familiar. Mis papás, que presumen de haber visto en el cine todas las películas de Star Wars habidas y por haber, y mis hermanos que crecieron con X-Wings de juguete. Y mis sobrinos, aleccionados desde la cuna, que retienen datos que yo ya no, y coleccionan las figuritas que nunca tuve. Cada nueva película de Star Wars la vemos en familia, una costumbre sagrada, que este año me agarró en Buenos Aires, lejos de ellos.

De manera que:

La vimos el viernes 15, Alicia y yo. Alicia había hecho su tarea y durante toda la semana se puso a verlas. Se le hizo tarde esa mañana, pero un taxi nos dio esperanzas: comentábamos luego cómo aquí, a diferencia de Ciudad de México, tomar un taxi puede, de hecho, ayudarte a llegar más rápido. Y con nuestro balde de pochoclo y una Coca-Cola de 600 ml que compré antes en un kiosco y mi sendo café en el termo, nos entregamos al sueño.

Estaba distraída. Mi úlcera Star Wars, mi necedad de fanático: ¿PERO CÓMO, LUKE? Tomando por deriva la trama de Finn. ¡Aghg, no te creo que los padres de Rey no son nadie! Gaslighting galáctico. Pero luego aquello. Esa manera de cerrar una idea. La necesidad de quemarlo todo para construir lo nuevo. La nula importancia del linaje: la fuerza es de todos. Ser un don nadie y a la vez ser todo, ser uno con el todo, y mirar al horizonte otra vez, un niño que no es nadie y que puede llegar a ser todo, barriendo la mierda de un animal esclavizado, usando la fuerza inadvertidamente, porque es eso, en realidad es eso: mirar el horizonte. Los dos soles de Luke. Mirar y admirar y presentir la grandeza del universo, y guardar la esperanza de vivir aventuras allí. Quedé afectada.

Luego volví a verla. Sola, sin distracciones, entregada con disciplina al entretenimiento.

Intensos, Frost y yo comentábamos, después, las implicaciones.

Una película relevante para los tiempos que corren, porque el sistema no da más. La clara política de izquierda. La aparición del 1%, la gente de la peor ralea en la galaxia: los ricos. Los ricos que financian las guerras.

El personaje de Benicio del Toro como el neutral peligroso (¿no encarna la idea de que permanecer neutral en situaciones de injusticia supone tomar el lado del opresor?). El cinismo de ir con la corriente en épocas de urgencia política.

Es actual porque la otra se centra en una generación anterior. No se puede repetir el paradigma maestro-alumna.

Me escribe por Telegram:

ves que lo de la fuerza y los jedi y tal
tenía mucho de oriental, no?
el asunto del alumno que llega a un monasterio y le cierran la puerta
es TURBO oriental
es casi un cliché budista
pero todo es porque
Rey le pregunta a varias personas
ES QUE QUÉ HAGO AQUÍ
DIME TÚ CUÁL ES EL SENTIDO DE TODO
budismo 101 es
justo eso
nadie te puede responder esa pregunta, amiga
es ontológicamente imposible
y Rey se la pasa dándose de topes hasta que toma una decisión y la sigue

El papel dirigente de las mujeres con mayor estrategia militar. Phasma: otro símbolo, su ojo azul, su piel blanca debajo del casco, y el desprecio en su voz cuando le dice a su antiguo subalterno (la piel negra revelada fuera del uniforme): you were always scum.

La chispa sacrificial. La idea de no destruir lo que odias sino salvar lo que amas.

**

Y ya, también platicábamos otros temas como:

La camaradería y el antagonismo y, a la vez, la tensión sexual entre Kylo y Rey.

El episodio IX, siguiendo la estructura que esta nueva trilogía ha calcado de la anterior, abrirá necesariamente con Rey convertida en Jedi.

La elección del mal es de Kylo, lo que lo convierte en un gran villano (¿no habría sido Adam Driver un excelente Anakin?)

¿Te fijaste que tiene su pelito recortado para que parezca el casco de Vader?

“El ardor de cola que está calentando este invierno: muh fan theories”

Así se va Luke, en sintonía con su personaje, como un verdadero Jedi. Tan sabio como Yoda, y permitiéndose un divertido, paternal, han-solesco “see you around, kid” a Kylo (y con ello más emberrinchamiento).

¡Te quiero mucho, Mark Hamill!

El regreso del Yoda chistoso, excéntrico, de risa graciosa, y además en marioneta como es debido.

Esperamos, y no obtuvimos, aunque hubo momentos que lo pedían a gritos, el I have a bad feeling about this. 

En la charla hubo toda una deriva que no seguí mucho sobre los A-Wings como las naves más vergas, y que si piloteas uno es porque eres bien vergas, pero en lugar de explicarlo sólo lo muestran, sutilmente.

Porque, ¿te fijas?, es como Bond. Nos guiñan sin darnos la sobredosis de droga.

Como las nuevas de Bond, hay algo aquí inspirado en la seriedad y comentario del mundo actual del Batman de Nolan.

La pelea con los guardias de Snoke, tan samuraiescos. Sus posiciones de ataque. Descubrí luego que se llaman Elite Praetorian Guards. Me sedujeron.

Eso, la belleza de esta película. Los rojos, las explosiones en silencio. En una reseña alguien hablaba del visual flair.

Lloré con la dedicatoria a nuestra princesa Carrie Fisher.

Cómo las precuelas enganchan con éstas. Incluso las tratan con respeto. Es terrible pensar en ellas, porque son, por completo, obra y gracia de George Lucas. No puedes echarle la culpa a nadie más porque es su visión, por lo cual concluyes que:

Star Wars no es de Lucas. No es de los fans y sus teorías, ni de los directores que se adueñan de ella por un episodio (apenas una exhalación). ¡Es de todos! ¡O de nadie! ¡Es de la fuerza!

Concluyo:

Güey, sale el ‘tema musical de Luke’
él mirando los DOS SOLES
que el mismo Yoda le dijo: siempre mirando el horizonte, pinche Luke
es hermosooooo
al final todo se reduce a que empezamos con este desmadre con el campesino que miraba el horizonte deseando tener aventuras en el universo

 

 

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Jueves 21:45

Alguien grita en la calle. Ahora que escribo, alguien grita en la calle. Escuché madres, pero seguramente mi oído deformó la palabra. Seguramente no dijeron eso. Enfrente de mi casa hay una sucursal de La Fábrica de Pizzas, desde mi balcón miro el cartel rojo y amarillo. La grande, la más simple, cuesta 35 pesos. Nunca he comido una de esas pizzas, nunca he necesitado comer una de esas pizzas, lo digo sabiendo la fortuna, porque es el antojo improbable y además el recurso último. En el pretil se han cagado dos palomas y las cagadas son distintas: una, más grande, es blanca con bordes cafés; la otra es un conito color avellana. Las limpio con un limpiador parecido al Windex. Los pendientes. Tan sólo aquí: las fotos perdidas, el recuento chileno. Pero es que otra vez los días han sido novedosos, cada día una experiencia inédita, o por lo menos feliz: el calor, los colores, los cuerpos de la marcha gay, la música, un par de espressos, la caminata, la birra en la mano, el robo, los empujones, la manera en que el grupo grande que he reunido se desmembra, se pierden unos y llegan otros, y siempre soy yo, la única compañía perenne soy yo, el baile, los intercambios de miradas, los trayectos, las charlas, la fiesta, el vicio y la perversión, la desnudez, el sexo exhibicionista, el voyeurismo, tanto calor y tan poca vergüenza ya, por fortuna, y las caras y los objetos y el graffiti y la luz de neón y las canciones que me gustan y al final se reduce a eso, a bailar, a moverse, y las escasas horas de sueño, y el tren, y los amigos, y Tigre, y el delta del Paraná, y el viento y el sol y el catamarán y la parrilla y Tres Bocas, y el mezcal, y la espera tan larga y contemplativa, y Martínez, y el bajo de San Isidro, y Colegiales, y accidentes, y lunes lluvioso, y la cama, y los chilaquiles, la siesta, las cervezas, la recuperación del archivo, la reconstrucción del suceso, los deberes del microcentro, el Kirchner con sus pisos futuristas e inductores del vértigo, la larga caminata, la maquinita para liar cigarros y el tabaco de doble vainilla de origen alemán y las sedas de cáñamo, y Puerto Madero, y los expertos en datos abiertos, y hablar, y presentarse, y bromear, y comer, y guardar teléfonos y tarjetas, y dirigirlos al Gibraltar, y conocer a una chica de nombre floral, y la bola ocho, y meter un par de bolas, y la sidra inglesa, y el volver, y la intimidad, el adentro, lo postergado; y después trabajar, y pensar, y el atardecer, y el calor, este calor de noviembre, un calor que es más bien una tibieza, que acaricia.

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13/14 noviembre (una prueba)

Otra vez el TextEdit, otra vez el blog en una crisis comatosa. Confío en su recuperación, ya que logro entrar al escritorio y ver mis textos, lo que antes, durante la crisis mayor, era imposible. ¿Pero, si no? ¿No me había resignado ya? Una mañana desperté en Santiago y me dije que estaba bien, que la tabula rasa era necesaria, que algo haría con lo poco que había logrado recuperar y rastrearía después, pacientemente, a través de archive.org. Eso: paciencia. Resignación. ¿Acaso Elizabeth Bishop no dice que

The art of losing isn’t hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster?

Ah.

Hace rato venía del cine (ya fui al cine sola, como dicta la costumbre, además del sábado pasado a ver Zama por segunda vez) y me avisaron que ya está arriba otra vez, con el tema madreadísimo, descompuesto, ninguna de mis sobrias elecciones de diseño en pie. Las minucias. El texto del sismo, que tardé tantos días en escribir, perdido. Algunos fragmentos de versiones anteriores sobreviven. ¿Esperaré a que el caché me lo devuelva? ¿O reescribo lo que recuerdo? (el TextEdit tiene autocorrect: intercambió reescribo por resabio; volvió a hacerlo ahora, en la frase anterior).

Me dice Guille, con reconvención en el tono, que por qué no respaldo en Word. Que por qué no hago algo tan sencillo como escribir en el Word. Es que te diré por qué: porque no. Porque el Word es para otras cosas. Ya que hablamos de estos temas, la materialidad. Existe en lo digital, la superficie en la que se escribe tal como la del cuaderno o una hoja o la pantalla parpadeante, y son distintas. De modo que no: allá, en el Word, es lo serio. Las tareas, los artículos, los cuentos. Allá es eso. Pero en el cuadro de texto del blog hay otra posibilidad, formas más juguetonas de escribir. Porque era un juego, ¿no? ¿Entonces para qué chillas? Si yo, tontamente, confiaba en lo digital. A menos que comprara espacio en la nube, y después un espacio distinto para respaldar aquél, y luego otro por si las moscas (también de estos temas charlamos incansablemente en Santiago), resulta que la única manera de preservar el contenido de este blog es imprimirlo. Volverlo concreto (¿y, no decíamos hoy en una clase, son concretos los servidores donde se aloja la información digital?). Ah, Marisol: leo tu libro. Leo sobre los objetos y la sobrevida de los objetos. El archivo.

Ya puedo escribir sobre Chile. Es decir, ya tengo el blog de nuevo para fijar Chile. Es mucho todo eso, y vaya que lo he hablado, he enviado cantidad de mensajes de texto y de voz (uno incluso de veinte minutos, en el balcón del piso 18 de un edificio situado en el límite entre Maipú y Vitacura, por la noche, con las luces parpadeantes de Santiago a mis pies), y por Telegram, y Twitter, y Whatsapp, y Facebook (ah: mierda con mi excesivo uso de redes sociales), y he anotado a las charras notas en mi teléfono y en papeles sueltos, y en mi primer cuaderno verdaderamente propio, encuadernado gracias a la guía de Javi, una mañana en una banquita frente al Mapocho, cerca del puente de Pío Nono y la facultad de Derecho de la U de Chile, la cordillera ahí lejos pero no tanto, y vigilante. Ese tema de capturar la experiencia (o, como ya habíamos quedado, la vivencia), y así duplicar, triplicar, eternizar. Necesito escribir ese Ya, ya (igual que el Ta). En esta entrada están los restos, un comentario al calce. La ajenidad tremenda que experimenté cuando llegué el miércoles a Buenos Aires, y dado que la naturaleza del viaje lo exigía, caminé a la parada de colectivos de Ezeiza con las dos mochilas a cuestas, una buena hora o más esperando el 8, y luego ese trayecto largo, largo, de casi dos horas, por Rivadavia sobre todo, cabeceando a ratos, con un sol penetrante que humedecía las superficies, y cuando bajé en Rosario y La Plata me sentí en otra ciudad o más bien me sentí yo misma una turista, alguien que viene de vacaciones y no alguien que vuelve, tan extraño me parecía todo y aquel clima tropical y sudoroso tras los días ventosos, más bien fríos aunque la mayor parte del tiempo soleados, de Santiago.

Quisiera volver.

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Post de octubre, por fuera del blog

Quiero escribir un post pero no puedo. Mi blog está caído. Escribo entonces en el TextEdit, el recuadro blanco flotante que tiene numeritos en el borde, y algunas opciones de edición de tipografía. Pero éste es esencialmente un post que luego subiré a mi blog, cuando lo recupere -si lo recupero, como espero y deseo, aunque en el fondo sienta miedo-. Siento miedo de perderlo, ahora que escribo fantasmalmente en él. Perder todo lo que he escrito desde 2012, aunque no es mucho ni tan bueno. Y de repente me pasa que siento la comezón de querer escribir un post, aunque no sepa bien de qué, un digamos flujo de conciencia que va surgiendo a medida que tecleo, que luego por supuesto corrijo y corrijo y edito aún después de publicado, y que luego me da la sensación de haberme sacado unas ganas de encima, una espinilla cuyo gusanito blanco salió entero, viboresco, perfecto. Por ejemplo, la otra vez me dieron ganas de escribir sobre el segundo semestre del año pasado, el periodo más oscuro de mi vida recientemente; en realidad, en específico, de algunas comidas con Jordy en fondas de la Roma Sur cuando yo estaba muy triste por mi ruptura amorosa de cinco años. Ese era mi sufrimiento, porque el otro más bien era y es, todavía, un extrañamiento, un seguir sin entender las cosas, qué chingados pasó ahí. Pero esto, la ruptura, era un dolor visceral, un dolor v e r d a d e r o. Entonces íbamos sobre todo a un restaurancito en la calle de Coahuila llamado Mamá Conchita, una de las tantas fondas oficinistas de la zona, que era muy rica y económica. Y yo lloraba muchísimo. Platicábamos a lo largo de la sopa tarasca o la de hongos con nopales o un plato de enchiladas o de aguacates rellenos de atún o de milanesa con ensalada y agua de jamaica o de guanábana o de tamarindo, y bolillos con una salsa verde cruda excelente que ahí preparaban, y yo lloraba, las lágrimas se me salían y me escurrían por la cara hasta la barbilla, y aunque me daba pena, ¿qué? Ni modo de no llorar. Ni modo de aguantarse las ganas. Además con él siempre lloro, y era comprensible y justificable y propio incluso. También íbamos a veces a unas alitas sobre Insurgentes, de esas que tienen una televisión con videos de VH1 a todas horas, y yo lloraba. En algunas ocasiones, si estábamos de buen humor, íbamos a una heladería tipo gelatto en la calle de Chiapas que tenía dos sillas Acapulco en la banqueta, nos sentábamos ahí a comer nuestro helado de pistache o de vainilla o de coco, y yo lloraba. Caminando por las calles de la Condesa, en el baño del trabajo, acostada en mi cama por la noche. Yo lloraba, llorar era todo lo que hacía. Durante esos meses trabajé en el INAH, en el área de publicaciones. Tenía mi propia oficina, que en otra época había sido más grande y dividieron luego en dos: tenía una puerta en escuadra que daba a un área más pequeña donde había archivos y cajas y una computadora vieja, y un escritorio largo donde a veces iban unas compañeras a comer, o a hacer llamadas. Entraban y salían de mi oficina, y me saludaban con distancia o con vergüenza, aunque en general me ignoraban dado que yo también las ignoraba, a ellas y a todo el mundo. Procuraba ignorarlo todo, acorazarme mentalmente. Una oficina de gobierno al fin y al cabo, muchas áreas y  pisos y edificios y sedes y grilla y política y presupuestos y la foto grande de Peña Nieto enmarcada en dorado en la oficina de la jefa de mi jefe.

Yo era tan infeliz. Mi vida se había partido en dos. Pero acá no escribiré de eso, ni siquiera ahora que he estado leyendo un blog tan sincero, tan crudo y tan v e r d a d e r o sobre eso que nos pasó, el famoso brote (claro: la planta), y las experiencias vicarias y similares, y aquello es siniestro y poderoso pero a la vez hermoso y turbador, y mientras escribo (¿mediados de octubre?) siento que su estilo me contamina, me conduce a la mímesis, a la imitación más burda. Sin embargo yo no puedo. No puedo tanto (aquí).

También quería escribir de Crazy ex-girlfriend: me di toda la segunda temporada el 1 de enero de 2017, en mi cuarto, el cuarto que figuradamente siempre ha sido mío y donde ahora están todos mis libros, en casa de mis papás, un 1 de enero bastante frío y ventoso como suele ser en Polotitlán, con una resaca tremenda, no: una cruda asquerosa, vomitiva, vergonzosa, ya que pasamos el 31 de diciembre como siempre en la casa familiar de los Camberos, donde yo estudié los seis años de mi educación primaria, una casa convertida en escuela primaria, y otra vez reconvertida en casa para personas que la habitan sólo algunos fines de semana, intermitentemente, la cancha de basquet que dobleteaba como fútbol despintada, con flecos de hierba, los postes oxidados, ese jardín tan grande para una casa, tan extraño por eso. Y yo tomé muchísimo, como nunca, un calimocho tras otro, y cervezas, y sidra, y más calimochos, y me reí mucho y muy fuerte y hasta canté un par de canciones en el karaoke que mi hermano había dispuesto en el comedor donde cenábamos, y cuando volvimos de madrugada me puse a ver Crazy ex-girlfriend y no sé en qué momento me dormí con la computadora a un lado, en la cama, y desperté con esa cruda que me mareaba, me hacía sentir frío y calor al mismo tiempo, vestirme con ropa térmica para bajar al comedor a comer el recalentado y luego subir y sentir calor y quitármela, y luego otra vez frío, y una incomodidad tan grande, una cruda que no me dejaba respirar, ese malestar tan odioso del cuerpo destruido por el etanol, intoxicado hasta la médula, luchando por restituirse. Y esa serie tan cómica e incisiva y extrañamente oscura ahí, que me distraía y me permitía pensar, un capítulo de media hora tras otro. Riéndome débilmente por fuera, intensamente por dentro, gracias a Rachel Bloom a quien por todo eso amo, admiro, respeto, envidio.

Siempre el salto de tiempo.

Ahora todo es diferente. Buenos Aires nuevamente, y los colores resurgidos de la primavera austral y las ganas de pasarla bien y volver a un hedonismo muy sencillo y satisfactorio porque de todos modos el año pasado ya sufrí mucho, ¿no? Lloré mucho el año pasado, ¿no?, ya lo dije: en la oficina, sentada en mi silla, frente a la computadora, y encerrada en el baño, y a la hora de la comida, y cuando volvía al cuarto donde vivía, y cuando salía a caminar y cuando salía con otras personas y cuando salía en general y cuando bebía y cuando me iba a dormir y cuando despertaba. Lloré mucho. Lloré suficiente.

Acá un poco es como que vuelvo a ser joven. Los años se me han rebobinado.

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Personas que agregué a Facebook pensando que sería buena idea o ni siquiera lo pensé bien porque ocurrió en el momento y ahí están los resultados

Está la extraña situación, o ni siquiera tan extraña, y que por lo general acontece durante un viaje, en la que agregas a Facebook a una persona que jamás volverás a ver en la vida. Hay una convivencia breve, las circunstancias la vuelven feliz, a veces intensa, y al momento de despedirse, como no podemos aceptar el fin de las cosas, como el adiós es tan duro que es mejor imaginarlo como un hasta luego, alguno(a) dice: agreguémonos a Facebook. Y es tan simple el trámite que lo efectúas con total naturalidad, si hay alguna curiosidad le revisas algunas fotos y los jajajas de sus amigos y sus selfies donde se ve mejor que en persona, y la cosa se queda ahí.

Pero luego pasa el tiempo. Los años. Y entonces te ves obligada a ver cómo esa persona cambia. Sus opiniones. Sus mudanzas. Sus cambios de peinado. Sus noviazgos, rupturas, matrimonios, transformaciones corporales, la manera y frecuencia con que usa Facebook, si es de los que hacen check-in en aeropuertos, si sabe poner comas o tildes, si pinta sus fotos de perfil con colores de banderas, si desnuda su alma o se mantiene hermético(a) en sus participaciones digitales.

Tengo muchos de estos fantasmas en Facebook. Fue Aurelien quien me despertó la idea. Incluso escribí de él, o lo mencioné de pasada, en el post correspondiente. Charlé con él no más de tres veces en un hostal de Calafate, hace siete años. Y hace poco vi que se casó. Su luna de miel en Grecia. El muchacho medio rubio, medio flaco, que hablaba un español fresquísimo, del que recuerdo que me dijo que llegó al sur en autobús: más de cincuenta horas en autobús. Recién casado. Jamás nos cruzaremos de nuevo: no hay comunicación entre nosotros, ni interacción. Jamás un like, ninguna señal de que estamos al tanto del otro. Hasta que vi eso del casamiento. Hace un mes, igual, vi que Susie regresó a Nueva Zelanda. También la fijé aquí, una reflexión parecida. La conocí en Londres, acababa de mudarse ahí para estudiar enfermería. Paseamos bastante, hasta vimos -de pie- una obra en Shakespeare’s Globe. Luego nada, la aridez. También se casó recién. Otro (esto es presumido, lo parece, porque son viajes que no sé cómo he logrado hacer, pero ta): Steven, un muchacho mitad salvadoreño, de New Jersey, que conocí en una pequeña sala de conciertos en Williamsburg para ver a Juliette Lewis. Tomamos un montón (me acuerdo: unas cervezas deliciosas que sabían a durazno, y luego creo que gin tonics) y cuando salimos, como mi hostal estaba por ahí y ya le había echado el ojo a un food truck de tacos, le dije que fuéramos a comer tacos. Me comí como cuatro de esos chonchos y luego subí al hostal y vomité. Jamás veremos a Steven de nuevo. Pero a veces me regala unos likes. Ha subido un poco de peso, y por lo demás no deja entrever mucho de su vida.

También, cuando hice unos reportajes en Tlapa de Comonfort, Guerrero, sobre las estudiantes de partería, con las dos más lindas y amables nos agregamos a Facebook. Una de ellas se mudó a Tulum a trabajar como partera. Veo su vida en Tulum. ¿Nos veremos de nuevo? Aunque creo que con ellas sí me da gusto asistir a su vida de lejos.

O el muchacho que hace poco conocí en un bar, con el que luego salí una vez y la cosa no prosperó, y aunque creí que me borró de Facebook, no fue así pero pronto lo será, y por ahora es extraño observar su fantasmal presencia en mis amigos. 

Ya no agrego gente de los viajes en Facebook porque luego pasa esto, el extrañamiento. Como a una brasileña muy simpática que conocí en Montevideo ahora que fui en marzo, y luego me salió su solicitud, y ahí sí dije para qué. Le puse que no. Pero ahí en Montevideo, un día que -oh coincidencias baratas del destino- me disponía a ver Trainspotting para ver la segunda teniendo la primera fresca, conocí a un escocés llamado Alasdair que llevaba nueve meses viajando por el sur. Nos agregamos porque luego pasaría a Buenos Aires y yo traía esa energía del que va llegando, o regresando, y quiere o puede salir y a todos les dice que sí. Pero el día que estuvo acá y me dijo que fuéramos por unas cervezas, yo tenía clases o un compromiso o ya no me acuerdo, y no nos vimos. Y ahora veo que sube fotos desde Edimburgo, que se está tomando una pinta con sus amigos de ahí, y comprendo que sucederá lo mismo: veré la evolución de su vida hasta que encuentre una buena mujer -o un buen hombre- con quién casarse y los hitos importantes de su vida quedarán registrados en la maraña de Facebook, y él y yo jamás cruzaremos palabra de nuevo.

Qué mala onda ser, también, el fantasmita de ellos.

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