En Paris Review, Hannah Tennant-Moore escribe sobre Henry Miller. Texto cachondo.

 It’s sexy to be freed—even through a trick of the imagination—of the complications of my own needs and the elusive but constant fear that they will not be met.

Because Miller is aware of this fear, his accounts of sexual recklessness are much more than misogynistic bravado.

Un tipo que firma como T en los comentarios, grandioso.

Leía Henry Miller a escondidas, en la secundaria. Me llevó lo más ruin: la portada, una bailarina exótica con los pechos al aire, aunque sin pezones. Los pezones estaban difuminados. La fotografía era de mala calidad. Era esta colección de best sellers Origen/Planeta. Tapas negras con plateado. Doradas con rojo. Selección editorial arbitraria: estaba Ira Levin con Rosemary’s Baby y las novelas de Ian Fleming y de Dallas. Y Gógol. Y las versiones noveladas de Star Wars. Raro.

Cuando mi papá me descubrió, me dijo: está muy fuerte para tu edad. Sólo eso. Luego ya no le importó. Léelo. Qué más da. Pero al principio fue prohibido.

A mis hijos les prohibiré los mejores libros.

 

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