Ayer terminé de leer The invention of solitude, de Paul Auster. Me gusta mucho y creo que tal vez es uno de mis autores favoritos vivos, pero de tal tema no quiero hablar por el momento. Lo que me conmovió en verdad fue la historia de su hijo, Daniel. Esa visión nueva, ingenua acaso, sobre los hijos pequeños: bebés de no más de dos, de tres años, que son puros y bondadosos y en los que todo está por verse, por estrenarse, y por saberse. Daniel era un niño tierno, por lo que alcanzo a comprender a través de la prosa de Auster, un niño listo que repetía frases escuchadas tres meses atrás al pasar por cierta calle, que apreciaba el Pinocho de Collodi, que dormía tranquilo en la habitación de arriba y del que Auster fue, si no separado tajantemente, sí apartado por el inminente divorcio de su esposa.

Lo primero que quise investigar fue el destino de Daniel. Y lo primero que me arrojó Google fue una noticia alarmista, un encabezado aparatoso sobre prisión y libertad provisional, un asesinato a un latino drug dealer en cuya escena del crimen Daniel estaba ahogado, sumergido en una sicosis profunda, totalmente aniquilado por las pastillas de éxtasis o por la cocaína o por la heroína. Tenía 20 años.

Poco después, encontré un texto de Andie Miller, una autora sudafricana que reflexiona sobre estos mismos temas con mayor elocuencia y mejores fundamentos, como un análisis sobre una novela de Siri Hustvedt, la actual esposa de Auster, en la que se recrea la -por decirlo de algún modo- juventud rota de Daniel. También están las minificciones de Lydia Davis, primera esposa de Auster y mamá de Daniel. Y cómo todo esto puede apuntar directamente al destino del maltrecho Daniel, un “chico tatuado muy cool” -como lo describe un fotógrafo que lo retrató- y que parece, en lo aparente, tomarse con calma el hecho de estar rodeado de figuras literarias.

El final del texto de Andie es también muy conmovedor. Del mismo modo en que yo lo hice, se pregunta por el destino de Daniel y se siente un poco triste, quizás algo decepcionada, pero sobre todo consternada por el modo en que las cosas resultaron. Porque eso es lo que sucede: las cosas resultan para bien o para mal, y en el caso de un personaje contenido en un libro, que es real y es tan cercano al autor como puede serlo un hijo, nos obligamos a pensar que creció para convertirse en el hijo pródigo, talentoso, agradecido e incluso, si cabe suponerlo, exitoso como por ósmosis.

La realidad es que ni siquiera el amor, el cariño y la lealtad de un padre pueden ayudarnos a caer en el abismo. La realidad es que ni siquiera siendo el hijo de Paul Auster, uno de los autores anglosajones vivos más importantes, podemos evitar abandonarnos a la decadencia y dejarnos ir, como peces en un estanque: drogas, robo, prisión. No importa cómo nos haya retratado ese padre confundido (atormentado por la presencia física pero lejana de su propio padre, “un bloque de espacio, impenetrable, con la forma de un hombre”), las palabras amorosas que emplearía para retratar nuestra infancia más temprana, porque irremediablemente crecemos para convertirnos en algo que no estaba en los planes de nadie, ni siquiera en los nuestros.

Andie concluye con algunas reflexiones certeras, que parafraseo a continuación:

En el libro de Siri, el padre muere de un corazón roto. Auster está lejos de representar dicha imagen, pues es más productivo que nunca.

Sin embargo, al menos en mi caso (Lilián, no Andie), no puedo dejar de pensar en Auster como padre, y también un poco (aunque veladamente) en Auster como figura pública. La tristeza en el primer caso, y la vergüenza soslayada en el segundo. En ambos casos, una decepción avasalladora, infeliz.

Más adelante, Andie recuerda algunas anotaciones sobre Daniel en The invention of solitude:

“Past two in the morning. An overflowing ashtray, an empty coffee cup, and the cold of early spring. An image of Daniel now, as he lies upstairs in his crib asleep. To end with this.

“To wonder what he will make of these pages when he is old enough to read them.

“And the image of his sweet and ferocious little body, as he lies upstairs in his crib asleep. To end with this.”

Y antes del final, resume lo que yo torpemente quise decir aquí:

It was these words that touched me, and made me curious to investigate what had become of this little boy. Now I am filled with a profound sense of sadness.

Esta entrada fue publicada en Penínsulas y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario