Jueves, transcribir

Subrayados (reacomodados) de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke:

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(Ser amada quiere decir consumirse en la llama. Amar es brillar con una luz inextinguible. Ser amado es pasar, amar es permanecer.)

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Quizá. Quizá sea nuevo que superemos esto: el año y el amor. Las flores y los frutos están maduros cuando caen. Los animales se huelen, se encuentran entre sí y están contentos. Pero nosotros, que hemos proyectado a Dios, no podemos terminar de estar dispuestos. Relegamos nuestra naturaleza; aún necesitamos tiempo. ¿Qué es un año para nosotros? ¿Qué son todos los años? Incluso antes de haber comenzado con Dios, ya le rogamos: Haznos sobrevivir esta noche. Y después las enfermedades. Y después el amor.

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Los que son amados llevan una vida difícil y llena de peligros. ¡Ah!, ¿por qué no se sobreponen para amar a su vez? Alrededor de las que aman no hay más que seguridad. Nadie lo sospecha y ellas mismas no son capaces de traicionarse. En ellas el secreto se ha hecho intangible. Lo clamorean entero como ruiseñores, y no se divide. Su queja no se refiere más que a uno; pero la naturaleza entera junta su voz: es la queja por un ser eterno. Se lanzan en persecución de aquel que han perdido, pero desde los primeros pasos le han adelantado y no queda ante ellas más que Dios.

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Sólo mucho más tarde recuerda con qué firmeza había decidido entonces no amar nunca, para no colocar a nadie en esta situación atroz de ser amado. Años más tarde se acuerda, y como los demás proyectos, éste también ha sido irrealizable. Pues ha amado y aun ha amado en su soledad; siempre malgastando toda su naturaleza, y con un terrible temor por la libertad del otro. Ha aprendido lentamente a hacer pasar los rayos de su sentimiento a través del objeto amado, en vez de consumirle.

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Un amor semejante no tiene necesidad de respuesta, contiene el reclamo y la respuesta; se otorga a sí mismo.

 

(después)

 

Hacen bien en limitarse a tomar nota de ciertas cosas que no pueden cambiarse, sin deplorar los hechos ni siquiera juzgarlos. Así fue como me representé claramente que yo no sería jamás un verdadero lector. Cuando era niño consideraba la lectura como una profesión que era necesario asumir, más tarde, un día, cuando llegara el turno de las profesiones. A decir verdad, yo no me representaba exactamente cuándo llegaría esto. Pensaba que se manifestaría una época en la que la vida se abatiría de cierto modo y no vendría más que desde fuera, así como antes venía de dentro. Me imaginaba que entonces se haría inteligible, fácil de interpretar e inequívoca.

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Diré en honor mío que he escrito mucho en estos días; he escrito con un ardor convulsivo. Sin duda, al salir, no pensaba con gusto en el regreso. Incluso di unas vueltas y perdí así una media hora, durante la cual podría haber escrito. Concedo que fue una debilidad. Pero, en cuanto estuve en mi habitación, no tuve nada que reprocharme. Escribía, tenía mi vida, y lo que estaba al lado era otra vida, con la que yo no compartía nada: la vida de un estudiante de medicina que prepara su examen.

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…No estoy lejos de creer que la fuerza de su transformación consistió en no ser ya el hijo de nadie.

(Ésta es, en definitiva, la fuerza de todos los jóvenes que se van.)

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Pero ahora que todo se hace diferente, ¿no ha llegado la ocasión de transformarnos? ¿No podríamos tratar de desarrollarnos algo y tomar poco a poco sobre nosotros nuestra parte de esfuerzo en el amor? Nos han evitado toda su pena, y así es como se ha deslizado hasta nosotros entre las distracciones, como a veces cae en el cajón de un niño un trozo de encaje fino, y le gusta, y deja de gustarle, y queda allí entre cosas rotas y deshechas, peor que todo lo demás. Estamos corrompidos por el goce superficial, como todos los “dilettanti”, y rastreamos tras el dominio. Pero, ¿qué sucedería si despreciásemos nuestro éxito? ¿Qué, si comenzásemos desde el principio a aprender el trabajo del amor que ha estado siempre hecho para nosotros? ¿Qué, si regresásemos y fuésemos principiantes, ahora que tantas cosas se disponen a cambiar?

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He rezado para volver a mi infancia, y ha vuelto, y siento que aún está dura como antes, y que no me ha servido de nada envejecer.

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Pensaba sobre todo en la infancia, y cuanto más reflexionaba con calma, más inconclusa le parecía. Todos sus recuerdos tenían la vaguedad de los presentimientos, y el hecho de que fueran pasados los hacía casi pertenecientes al porvenir.

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