La Habana

Faltan detalles sobre Cuba, que si postergo olvidaré.

Nos quedamos en el Hotel Nacional. Días antes, vi Siete días en La Habana, la versión cubana de Paris, je t’aime y New York, I love you. El Hotel Nacional figura de manera prominente en casi todos los cortos. Ese caminito que está en línea recta desde la entrada principal, cruzando el ancho pasillo que conforma el lobby, y que alberga un par de bares al aire libre, con vista al malecón. En el corto de Elia Suleiman, que es casi todo sin diálogos, contemplativo, el mismo Elia camina por un pasillo con piso de azulejos negros y verdes, en cruz, larguísimo, como el de El Resplandor,  y no logra encontrar su habitación. En una esquina, una camarera lo mira como un maestro miraría a un niño que no puede hacer una resta simple. Y lo lleva. Lo mismo nos pasó, y del mismo modo, una camarera nos llevó. Y todo estaba ocurriendo como ocurrió allá. 

[Ese fue mi corto favorito: Elia observando escenas en La Habana, una chica posando para decenas de fotografías montada en uno de los taxis almendrones, un Plymouth rosa como nuevo, mientras el conductor arregla el motor; unos chicos escuchando regguetón en un vocho, un discurso de Fidel interminable en la televisión del cuarto de hotel, una anciana en el malecón, callada, pensativa, como a punto de lanzarse al mar. Mi otro favorito fue el de Gaspar Noé, Ritual, en el que una niña es enviada a un rito santero para curarla de su lesbianismo, y el rito en sí resulta invasivo, profano, una violación enmascarada, y que al final muestra, con el otro ritual de su madre al vestirla, al abrazarla, el poder de sanación de lo femenino. Curiosamente, el que me pareció más mediocre fue el único dirigido por un cubano, el de Juan Carlos Tabío, por mal actuado, condescendiente y cursi, aunque tiene momentos…]

Otros incidentes: fuimos a escuchar salsa a la Casa de la Música densa, la que está en el centro, en el edificio América. Apenas llegar, un cubano nos hizo plática. Ya sabía que buscaba estafarnos. La cola era inmensa, pagabas 10 CUC, y no abrirían sino hasta las 11, y tenías que esperar, porque en Cuba todo son filas y espera. Nos dijeron que  entraríamos más rápido por 15 CUC, pero no lo creímos necesario. Entonces, este cubano. Con un choro interminable, que vivía en Querétaro, que era cardiólogo, que nunca practicó porque jamás lo hubieran dejado salir, que ahora era maestro de salsa, que ponía las coreografías del Tropicana y de Fito Páez (??). Horas ahí. Como no sucedía nada, quiso cambiarnos dos billetes de 10 CUP por uno de 20 CUC (un CUC son apenas 25 CUP). Para zafarnos de él, nos pusimos a conversar con la pareja de atrás, Will y Jess, de Manchester, que estudiaban música y pasarían ocho meses en Cuba.  Finalmente pagamos los 15 CUC, al borde del portazo. Adentro hubo un espectáculo Orisha y jamás salsa. En una pared había propaganda de Chávez. El cubano llegaba cada tanto y nos pedía, nos exigía casi, que le compráramos una cerveza. Era triste.

Uno más: cuando fuimos a la Casa de la Música fresa, la de Vedado, a escuchar a Pedrito Calvo, la situación de la cubana que persigue al extranjero se hizo tan evidente que en algún momento, dormida pero con los ojos abiertos, me puse a mirar a una chica que le bailaba a un par de mexicanos, reflexionando verdaderamente sobre el injusto mercado de la prostitución, que fui acusada (en broma) de mirarla con perversión. Y el caldo de hormonas que se cocinaba dentro de mí me hizo levantarme con los ojos anegados de lágrimas, herida en lo profundo por la injusta acusación. Era doloroso ver cómo ella le pedía un mojito, y él se negaba, y ella insistía, y de tanto pedir, finalmente pudo sacar un sándwich. Es una hijodeputez. Ocurre en todos lados.

[Otros mexicanos estaban ahí con un grupo de cubanos, sacándose fotos. Después de un tiempo, escuché que un mexicano le decía a una cubana: “Ay, me las pasas luego por el Feis” y más tarde, “Ah, ¿no tienen Feis?” y dos segundos después, casi incrédulo, “¿Está restringido?”]

Otro día, en el malecón, un grupo de niños nos persiguió, ofreciendo besos. Daban ganas de decir: ni siquiera sabes besar, tienes ocho años.

(la prostitución y las cubanas bellas en tacones en los sitios de salsa y las cubanas casadas con extranjeros sentadas en el Hotel Nacional).

Pensé muchas veces en esa escena de El Padrino II en la que los representantes de la mafia gringa están literalmente repartiéndose el pastel. El Nacional para ti. El Capri para allá. El Casino para los de acá. Y Michael, que recién ha visto a un revolucionario inmolarse en la calle, sabe que esto no durará demasiado. Lo que le dice a Hyman Roth. A los soldados les pagan para pelear. A los rebeldes no. ¿Qué te dice eso? Que pueden ganar.

El Habana Hilton ahora se llama Habana Libre.

 

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5 Respuestas a La Habana

  1. T dijo:

    Me gusta cómo la autora es una espectadora, que sin perder la espontaneidad o la frescura, al mismo tiempo se incluye a sí misma en el cuadro y nos da elementos sobre las ideas que ya tenía sobre La Habana para que podamos hacer clic (a.k.a. “fusión de horizontes”) con su experiencia. Como dije, todo esto sin que llegue convertirse en un texto afectado o excesivamente reflexivo.

  2. Alex dijo:

    Yo hubiera pensado que despues de haber estado en sudamerica hubieras adoptado el “hijueputa” y sus derivados.

  3. BoticaPop dijo:

    Yo he ido dos veces. Lo que aprendí en el segundo viaje, mucho menos atormentado que el primero, es que si es cierto que uno mira a los otros -necesariamente- a través de los cristales de la propia experiencia, y las creencias y convicciones, en Cuba eso es aún más cierto. Todo está sujeto a interpretaciones, lecturas, juicios. Todo se filtra y pasa por lo que nosotros mismos somos.
    Por cierto, en el segundo viaje descubrí que nadie come tanto helado y con tanto gusto como los cubanos.

  4. Hacía tiempo que quería comentar por aquí, pero no sabía qué decir. Para los latinoamericanos, al menos para los que somos más o menos románticamente de izquierda, es siempre un lugar idealizado, la isla donde la revolución triunfó y pudo hacerse carne. Pero ya desde los ’60 los intelectuales que iban allá como a un Shangri-La, volvían en su mayoría decepcionados, parcos en comentarios, o lisa y llanamente condenando al régimen. Los que lo apoyaban, lo hacían a voz en cuello, con una exaltación sin fisuras que en la mayoría de los casos generaba más dudas que otra cosa.

    A todas las personas a las que les pregunté por Cuba, me contestaron la misma frase: No se puede contar, hay que ir y verlo. Escuché esto infinidad de veces, hasta el punto que una reflexión política o social sobre Cuba, en Argentina, parecería ser una suerte de culto, una religión para iniciados: no se puede opinar ni analizar sin haberlo pisado, hay que ir. Uno se exaspera, exige respuestas, lamentablemente irme a Cuba con mi actual empleo no es una posibilidad. Con un tono contrito, reservado, siempre con una mezcla de sentimientos, me cuentan algunas cosas. Que sí, es cierto, que no hay esa miseria extrema que es ubicua en Latinoamérica, que la salud, que la educación, que prácticamente no hay violencia, etc. Y esto no es poco.

    Pero también, que hay chicas y chicos de quince años vendiéndose en la calle, que uno corre el riesgo de que lo estafen en cada esquina, que si uno es extranjero, por más pobre y piojoso que sea su presupuesto de viaje, lo perseguirán hasta la extenuación por sacarle una moneda como si uno fuera un magnate, hasta el punto de que uno se siente desalentado y miserable. Que es una trampa para turistas donde intentarán venderte por todos los medios el afiche caribeño, y que el comunismo es un commodity más que hace al pintoresquismo, como las palmeras o los Plymouths. Que el espejismo de intentar mezclarse alegremente con esa gente, algo que a los latinos en general no nos cuesta, allá parece imposible. Que soñar con la revolución es de ilusos cuando los cubanos de mi edad, segunda o tercera generación producto de la educación “revolucionaria” ya están hasta las pelotas de tanta revolución y por lo que suspiran es por un I-pod y unas Nike. Y es que ¿cómo puede abrazar uno a la revolución cuando no la ha elegido, sino que se la han impuesto a dedo antes de aprender siquiera a hablar? La diferencia entre un club de remo y un tripulación de galeotes es que los primeros reman porque les gusta, y los segundos porque no tienen opción. ¿Sirve una revolución cuyos habitantes no han elegido? ¿Se la puede llamar, siquiera, revolución?

    Tus artículos sobre Cuba corroboran lo que ya escuché sobre Cuba y lo que genera en quien la visita, una mezcla de maravillamiento, desilusión y coraje, y hasta pena ajena. Efectivamente, el Habana Hilton se llamará Habana Libre, pero no lo pudo pisar más cubano que el que trabajaba ahí. Ay, siempre el mismo quebradero de cabeza, Cuba.

    Como siempre, Lilián, tu falta de corrección política siempre es refrescante: más de uno preferiría morderse la lengua antes que decir que el corto más flojo de Siete Días en Cuba es, tristemente, el cubano.

    Algún comentarista con de cabeza simple gritaba por ahí “Viva la Revolución”. Si las cosas fueran tan simples, tovarich, Cuba sería un paraíso sin clases sociales y las balsas irían de Miami a La Habana, y no al revés.

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