Mi historia con Luis Miguel

Salía en portada en todas las Eres de aniversario. En realidad, es mi historia con la Eres. La revista que, consulto en la Wikipedia, circuló por primera vez el 16 de septiembre de 1988: en esa mítica portada, que por supuesto mi hermana conservaba, aparecían juntos Luis Miguel y Sasha, ídolos juveniles de la época. El efebo y la princesa de nombre eslavo y ojos (y cejas) hipnóticos.

La fórmula de cada número había sido inaugurada: una pareja dispareja,  siempre sorprendente: dos artistas de distintos “artes” y temperamentos: una actriz fresa de telenovelas y un rockero, una cantante explosiva y un actor recatado, o un futbolista, o la cara más guapa de un grupo…

Entonces, ¿por qué…? (¿88, 89?)

Aunque luego, más principios de los 90…

Ambos números los venden en Mercado Libre México.

Pensar que teníamos una colección con cierto valor de cambio. Pero, más que eso, consultar el archivo. Lo consultaría de buena gana. Ya tuvimos una conversación de nostalgia sobre la EresCuánto aprendimos de música con ella: en un número estaban lo mismo Kabah que The Chemical Brothers, Dave Mathews Band que Jeans, Michael Jackson que Daniela Romo, TLC que La Lupita, Depeche Mode que ¿Federico Vega?

Artículos verdaderos (consultados de lo más parecido que existe, hoy en día, a un archivo):

¿Alucinas o neta traes mala vibra?

Tácticas para que te pele.

¿En bancarrota? Vacaciones sin lana.

¿Qué hacer si te mandan a la goma?

Pero también:

Salí con él y me violó.

Mi mejor amiga está… ¡embarazada!

Tips cósmicos de Sha-man

(El lenguaje que era tan reconocible).

Test: ¿Eres una plasta?

Los artículos de Pilar Obón. Cómo hacía reír Pilar Obón, cómo podías imaginártela hermosa, comprensiva, alivianada. Una especie de faro moral.

La revista que se esforzaba por ser “unisex”, o sea, universal. Conflictos de muchachos y muchachas. Y de muchachos y muchachas homosexuales, y de muchachos y muchachas que nacieron en el cuerpo equivocado. En una era pre-lenguaje inclusivo, se esforzaba por mantenerse no tanto neutral como múltiple: los artículos de Obón, cómicamente, efectuaban marometas lingüísticas y comentarios entre paréntesis para abarcar más de un género. Artículos -y “tests” y “tips”- que fomentaban el conducirse con responsabilidad, con algo parecido a la madurez. La realidad de las drogas y del sexo. En una palabra: la juventud. Cartas a la juventud.

El compa, de mi trabajo en Grupo Medios, que había formado parte del primer equipo de la Eres. ¡Las cosas que nos contaba! Fue mi sueño, el detrás de cámaras. Que se iban a la biblioteca a escribir los artículos. A-la-bi-blio-te-ca. Cómo se diseñaba, en programas rudimentarios, el aspecto de la revista. Y la genial anécdota del vivaracho que se hacía cargo de esa famosa sección, Antropología, donde se reseñaban antros noventeros de Ciudad de México (y a veces, obvio, de Acapulquirri) como El Alebrije, La Boom, Medusas, y que instituyó sin saberlo -y sin avisar, para quedarse con la lana- la costumbre del artículo pagado.

La Eres donde aprendí a amar.

Es verdad. ES VERDAD. Lorenzo Antonio fue el primer ser humano que yo amé románticamente. Tenía cuatro, cinco años, no podía pronunciar inglés ni blanco (ingrés, branco) pero afirmaba que Lorenzo Antonio era “mi novio”.

Amar sin saberlo, el amor que no se atreve a decir su nombre… (en este caso, Natalia Esperón)

El amor por el bello rostro de Bibi Gaytán, sueño sexual de los años noventa.

La Eres que yo leía en la cama queen size que durante años compartí con mis hermanas, a solas en casa salvo por mis padres, las noches de sábado que mis cuatro hermanos adolescentes se iban a la disco (las “discos” organizadas en salones de usos múltiples de Polo). La Eres que yo leía cuando me vestía así, tal era mi atuendo no de sábados y fiestas y reuniones sociales sino de diario, pues durante muchos años vestí de vestido ampón por elección propia (¡!):

La Eres que describía un mundo más inocente, un larguísimo y mexicanizado episodio de Dawson’s Creek.

Como cuando Edith Márquez mostraba su cuarto y a mí me encantaba notar que tenía esas letras de colores acolchonadas que, justo, mi hermana Livia también tenía pegadas en la pared de su cuarto (que igual compartíamos), en nuestro departamento del sur del D.F., en la unidad 440, colonia Cacama, delegación Iztapalapa, donde, por usar un término de un comediante para mí caído en desgracia, “entré en línea”. Adquirí la conciencia en las avenidas La Viga y Ermita Iztapalapa y Río Churubusco, en la zapatería Canadá de esa esquina, y en el Gigante al que acudíamos, y al mirar el anuncio de calcetines Durex -¡Durex, antes de los otros Durex!- que me indicaba, cuando volvíamos de Polo, a donde íbamos algunos fines de semana antes de establecernos ahí en 1992, que estábamos cerca de casa.

Cuando formaba parte de Timbiriche, o, en palabras de Luisito Rey, “el Parchís de acá”.

Pero, dirás, ¿qué tiene que ver Luis Miguel con todo esto?

Bien. Luis Miguel, ya dije, salía siempre en la portada de aniversario. Se sabía, se intuía, que Luis Miguel era nuestro más grande artista (México años ochenta/noventa). Ese hombre hermético de ojos bonitos y dientes enormes. Que cantaba como los dioses, ¡una voz virtuosa!, todo misterio a su alrededor.

CÓMO OLVIDAR aquella portada con Thalía, la del primer aniversario año 1989. El labial doradísimo de Thalía, a tono con los ojos y el pelo de Luismi. Y en el interior el desplegable que se anunciaba con un dramático EL BEEEEESSSOOO y que constituyó la primera vez, lo confieso no sin vergüenza, que sentí chistoso al interior. O sea: excitación. O sea: indicios de erotismo. Y ya entonces me preguntaba: ¿es por él, es por ella? Claro, ¡era por los dos! Gustar siempre de todes, mi sino. Pero nos desviamos…

Ah, Thalía…

(en Wikipedia se informa que se le conoce también por los nombres: Reina de las telenovelas, reina del pop latino, emperatriz de la belleza, Diosa Azteca).

Por alguna razón teníamos un elepé (un vinilo, pues) del mejor disco de Thalía, llamado… Thalía. Con los éxitos “Amarillo azul”, “Un pacto entre los dos”, “Saliva”. Lo ponía en el estéreo que teníamos, que era formidable, acabados en falsa madera, y tocaba casettes y discos compactos ¡y vinilos!, una torrecita multiusos. Entonces, cuando nadie me veía, yo cantaba: un pacto entre los do-oh-os.

Luis Miguel. Luis Mirrey. El rey. Y las princesas que insistían en emparejarle.

Así eran las cosas. Totémicas. A veces mi hermana pegaba los pósters de Luismi en las paredes: Luismi siempre mirando en lontananza, ceño fruncido, ecos lejanos de James Dean. Vivir en D.F. y luego en Polo. Pero siempre comprar la Eres. Siempre él en su edición de aniversario. Y si Luis Miguel cambiaba, la revista cambiaba con él. ¿O era al revés?

En los boliches de Buenos Aires, hasta en las fiestas de la perversión, llega un momento en que ponen Cómo es posible que a mi ladoAmor a la mexicana, y es imposible no bailar, no cantar, no reír.

Mi historia con Luis Miguel es escasa, poco cercana, y sin embargo…

LLEGA LA SERIE SOBRE LUIS MIGUEL, año 2018.

Entonces puedo rastrear mi entusiasmo por dicha serie a una etapa específica de mi educación sentimental. ¡Ahí están, ficcionalizados, los personajes de la revista que hojeaba una y otra vez! Yuri, Sasha, Stephanie, Lucero, Palazuelos, ¿hay algo más Luis Miguel la serie que esta portada?

LUIS MIGUEL EN ACAPULCO: ¡SUPER SHOW!… Y MUCHO MÁS. Pero también: BLAZER+CAMISETA+JEANS: ¡EL TRIÁNGULO PERFECTO!

La blusa de la misteriosa y millonaria Érika, en el último episodio: aquellas blusas lisas, de cuello de tortuga, con tremendas hombreras. Las que mi hermana usaba. Me enternezco, ¡claro que me enternezco!

Pero el tiempo es despiadado.

El tiempo lima las piedras, derriba monumentos, arruina nuestros cuerpos.

En los fríos dosmiles, en esa primera década sin estilo, sin sabor, de pantalones acampanados deslavados y con apliques dorados y blusas de holanes y cinturones horrorosos a la cadera, en mi mundo que no existía eso sino negrura y HIM y Placebo y Finch y Prepa Sur y la ciudad de Querétaro, donde entonces vivía, la Eres dio sus últimos estertores. Un espectáculo de la decadencia.

¡TODO ESTÁ MAL AQUÍ! ¡TODO!

Para entonces no nos importaba la Eres. A mí, por ejemplo, en esa época me importaba La Mosca en la Pared. Música, de toda, y “contracultura”. Ese formato extrañísimo, más grande que una hoja tamaño oficio. Diseño alucinante. Donde publiqué mi primer artículo: una entrevista a Lucybell. Y luego otras cosas, textitos que me dieron fama local en la facultad (no es verdad: sólo entre un compañero de la barra de los Gallos Blancos y sus amigos fut-rockeros). El amor por las revistas, tan de persona nacida en los ochenta. Trabajar luego en revistas. Ya no. Aunque luego, quién sabe.

Padezco ansiedad. El martes por la noche estaba tan hundida, tan abatida por eso y por una gripe, que llamé por teléfono a mi hermana Livia. Hablamos unas dos horas. De todo. De esto y aquello, y de lo Importante. Al final platicamos de la Eres. De la colección que ella tenía, y que un día mi mamá, sin más, tiró a la basura. Suele hacer eso. Arranques de limpieza. Le informo que venden ejemplares en Mercado Libre en 150 pesos. ¿Te imaginas? Lo que daría por hojearlas. Pero, oye, le digo, ¿sabes que la Eres volvió? ¡No! ¡Sí! Y tras el consuelo de sus palabras, le mandé la foto. El mismo logo, otra época.

El tiempo despiadado. Yuya y J Balvin.

Nada nunca será como en nuestros recuerdos.

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