Una librería de barrio

“Amada y odiada”, dice sobre Elena Garro una reseña dedicada al Centro Cultural a su nombre.

Hay que leer a Elena Garro, primero y más importante.

Ahora no logro recordar dónde leí que Octavio Paz consideraba a Elena Garro la mejor escritora de México.

La figura de una mujer  que vive detrás de las sombras de su esposo, porque este esposo era Octavio Paz, ya siempre fue Octavio Paz, mientras Elena Garro fue siendo Elena Garro con el tiempo solamente.

Ahora hay un Centro Cultural a su nombre, eco sureño del Rosario Castellanos de la Condesa. Que estas dos mujeres hayan sido parte de otro centro cultural (el de la Casa del Lago) hace muchos años, y en él se hayan formado y constituyeran, con otros, con Inés Arredondo, con Juan García Ponce, con Juan José Arreola, con Juan Vicente Melo, una generación denominada por el mismo centro cultural, habla de un esperanza o un memorial.

Ahora sólo (otra promesa) es una librería Educal en el corazón de Coyoacán, pero pronto podrá ser muchas cosas. Sede alterna de la Cineteca (el gran proyecto de restauración del CNCA), foro fotográfico, galería, centro de presentación de libros y conferencias. El techo del auditorio –aún no terminado– es el límite. A lo mejor se proyecta un regreso cultural a Coyoacán, hogar histórico de mentes brillantes, que ha aprovechado mejor que otras delegaciones el concepto de casa-museo.

 Para escribir del Elena Garro imagino un reportaje que tal vez nunca escriba, con algún retrato de Consuelo Sáizar en medio. Para eso tendría que observarla más y hablar con ella muchas veces, y narrar esos encuentros con algún detalle o leitmotiv que aparezca tanto al principio como al final. Seguramente mencionaría que es muy segura de sí misma. Rememoraría la última vez que la vi en un evento, en la ceremonia de apertura del coloquio de Nuevos Cronistas de Indias 2, en el auditorio Torres Bodet del Museo de Antropología. La forma en que interrumpía su discurso cada tanto para saludar, sonriente, a escritores y periodistas en las hileras cercanas al podio. Esta naturalidad. Su visión empresarial: su biografía en Wikipedia informa que, en su gestión, la producción editorial anual del Fondo de Cultura Económica creció de 1 millón a 4 millones de ejemplares y que las nueve filiales del Fondo de Cultura Económica en el extranjero (de Buenos Aires a Madrid) se convirtieron en distribuidoras de fondos editoriales mexicanos.

Dejar una nota al aire, un juicio que tal vez nunca venga.

Este reportaje imaginario contendría una entrevista con Fernanda Canales, la arquitecta del CC Elena Garro. Anticipo ahora que la charla se decantaría por sus influencias arquitectónicas, su visión de integración del entorno con la arquitectura y la importancia del espacio público en la ciudad (acá resistiría el impulso de mencionar algún detalle de su personalidad, dependiendo de lo que concluya de la entrevista, para aportarle un criterio velado al lector). En el párrafo siguiente volvería a algo que seguramente debí decir al principio, en un bloque introductorio. En éste se haría una breve narración del predio y la casona que ahora ocupa el centro cultural Elena Garro en el barrio de La Concepción, y del pleito entre el Comité Vecinal de Coyoacán y Conaculta. Los primeros alegan, y fueron avalados por el Tribunal de lo Contencioso Administrativo del Distrito Federal, que el predio es de uso habitacional y por tanto es ilegal construir una librería ahí.

La escena de la manifestación afuera de la apertura y las palabras de las que se hizo un vecino con Elena Poniatowska (Milenio, 05/10/12)) sería la más chistosa. Vendrían términos jurídicos, los abogados de ambas partes. “Pero es Conaculta”, me dice alguien un día, como zanjando el asunto y pues ya está.

Si se comprobara que los vecinos tienen razón, el centro cultural Elena Garro sería demolido. Demolición. Hay quejas de “afluencia vehicular excesiva” en la zona. Carteles reclamatorios: “Consuelo, los vecinos ganamos. Tu obra es ilegal y la tienes que quitar” (en mayúsculas). Dos o tres policías, que están como en guardia pero también como en espera. Empleados que no pueden responder preguntas sin autorización. Un director nervioso, “es que usted me puede decir que viene de tal medio pero yo cómo sé, se tendría que comunicar a Comunicación Social de Conaculta y ya si le aprueban con todo gusto”. Y es amable. Y se nota que está en apuros, que no quisiera ser tan reticente pero a la vez hay peligros que no deben correrse.

Y entonces una reseña que, para sugerir el asunto pero no sorrajarlo del todo, describe al centro como a la mujer que le dio nombre: “Amado y Odiado”.

 La primera vez que voy es domingo. Hay calles de Coyoacán que nunca he caminado, lo digo sin vergüenza. Presidente Carranza, por ejemplo. Hay una casa en la que vivió el teniente coronel Francisco del Palacio Álvarez, Defensor de la República del Pte. Benito Juárez, dicta el mosaico. Debajo del nombre hay una bandera mexicana surcada por un rifle para arriba y una espada abatida. Sé que la espada abatida (o dos al menos, en condecoraciones) significa una derrota, pero no sé el rifle.

En la calle Presidente Carranza hay casas y puertas y colores, y todo es el Coyoacán de antes. En algún momento aparece la Plaza de la Conchita, una plaza atípica: empedrada, frondosa, cuyo centro de gravedad no es una fuente o un kiosco sino una iglesia antiquísima, la Capilla de la Purísima Concepción. En la página de Fernanda Canales me entero que la rehabilitación de la plaza estuvo a cargo de ella.

En Fernández Leal hay una clínica del Issste, el restaurante Hacienda de Cortés y el Colegio Téifaros. Y sí es Coyoacán, pero de pronto aparece el cuadrado de luz que es el Elena Garro.

Esa primera vez, ya oscurecido, me encuentro a una amiga que es arquitecta. Casi no hay público. Hay una señora con su esposo que compra libros para su hijo y que sonríe mucho y de la que se nota que le gusta leer e ir a lugares lindos. A mi amiga le gusta el diseño del Elena Garro y menciona con enojo a los vecinos quejones (ella también vive en Coyoacán, así que es tan vecina como los otros). Es ella quien me dice que la casa estaba abandonada y que integraron la fachada al espacio, casi idéntica a su trazo original, pero a la vez protegida por las paredes de vidrio. Integración es la palabra clave. En el primer cuadro, dos árboles salen del piso y atraviesan el techo. “Y no está fácil, eh”, me dice. “Es un pedo conservar eso”.

También sabe quién diseñó las lámparas en forma de libro abierto que penden en la esquina del área juvenil y en la escalera de madera (Ariel Rojo, responsable del diseño de otro proyecto Educal, la librería Alejandro Rossi en la Ciudadela).

Continúa la auscultación. Paseamos por la terraza de la fachada original, que es visible desde la calle. Hay dos sillas en cada esquina. Los géneros en los flancos derecho e izquierdo: Género y Obras de consulta. Las mesitas de la diminuta cafetería. Paseamos y opinamos como si el centro mismo fuera una instalación dentro de un museo, que ofrece interpretaciones mientras más se mira. Si la escalera en U es demasiado oscura, si no le faltará iluminación. Afuera, en la calle ya desolada, delante de la hilera de árboles y plantas que enmarcan la construcción, mi amiga, su amiga y yo regresamos al término librería de barrio. En la entrada misma hay un cartel que recomienda llegar a pie y un rack de bicicletas, y entonces hablamos de las bicicletas, que es un tema más interesante, hasta que nos despedimos.

El segundo día que vengo son las 11 de la mañana y hay un fotógrafo sonrientísimo sacando fotos, seguro de prensa. De nuevo me paseo pero ya no observo tanto sino que hojeo libros, tomo fotos, hago anotaciones. Escucho a unos chicos con la playera negra de Educal. “¿Ya leíste Aullido?”, pregunta uno. El otro le responde algo que no escucho. “De Ginsberg, lo tenemos acá en Sexto Piso” (se van). Un taladro persistente: hay una parte de la librería que sigue en obra negra en la que los trabajadores trabajan como si nada. No hay espacio para preguntas sin autorización de Conaculta. “Es que ya ve con el problema de los vecinos”. ¿Cuántos son?, le pregunto al director, Óscar Morales, que sin darse cuenta va diciendo algunas cosas. “Cinco o seis”, responde, como si fuera un pleito de condóminos.

Pienso otra vez si la junta vecinal, el delegado de Coyoacán (Mauricio Toledo, que se refiere al Elena Garro como proyecto federal), el Tribunal, las partes involucradas, se atreverían a demoler este cuadrado de luz. Y en una frase en la descripción del proyecto de Fernanda Canales: “Todo el proyecto se contempla como una pieza independiente a la casona existente, pudiendo hacer reversible la intervención en un futuro si fuese necesario”.

La tercera vez que fui, un jueves por la tarde, me tomé un café y leí un libro. Había buen tiempo.

 

**Esto salió en el semanario Frente originalmente y en este link**

 

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