Una obra verdadera

Resulta difícil pensar que Abdelladif Kechiche, director de La vida de Adèle, es un tirano. Tras ganar la Palma de Oro en Cannes, una polémica desagradable lo persigue: si efectivamente explotó a sus actrices principales, Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux. En algunas entrevistas, ambas se han quejado de las condiciones en que filmaron la película: más de cien tomas para la escena en que se cruzan por la calle y se miran por primera vez; una semana para filmar la principal escena de sexo; cinco meses de rodaje en lugar de los tres previstos; humillaciones y cansancios a fuerza de la repetición excesiva, etcétera. Kechiche, perteneciente a la tradición del cinema verité, buscaba autenticidad, intensidad, la verdad misma. Pareciera que la única manera de conseguirlo ha sido arrastrar a sus actrices a un estado máximo de vulnerabilidad.

No hay distancia crítica, lo admito, ¿pero cómo es posible que Kechiche sea un tirano cuando ha creado una obra de esta belleza y verdad? No es una discusión sobre la moralidad del creador, que es distinta de su obra, sino de la sensibilidad con la que Kechiche mira: el amor, sí, pero también la juventud, la niñez y los paisajes cambiantes de una cara. Resulta difícil creer su tiranía, pero de ser así, el tirano Kechiche ha creado una de las obras más significativas de este año. Su mirada es invasiva y de una honestidad incómoda: Kechiche no ha contado una historia de amor, sino que se ha permitido, en el espacio de tres horas, plasmar y reconstruir la vida misma.

El título original, La Vie d’Adèle – Chapitres 1 & 2, designa de algún modo los periodos de juventud y primera adultez de la protagonista. En la primera parte, Adèle estudia la preparatoria, tiene quince o dieciséis años y vive con sus papás en un modesto suburbio de Lille, una ciudad industrial al norte de Francia. Adèle escribe un diario (la vemos en su cama, llenando páginas, levantando a veces la mirada hacia la ventana para tomar aliento o reflexionar sobre lo que escribe). La sinceridad o nivel de evocación en estos diarios es la estructura invisible de la historia. Filmada con mucha luz natural y una cámara que tiembla y sigue a Adèle, la película inicia con breves fragmentos de su vida diaria: sentada en clase, caminando al autobús, comiendo espagueti con sus papás, dormida. Hay tal insistencia en el close-up que, con el tiempo, los hábitos y gestos de Adèle se vuelven tan familiares como los propios: el modo voraz de comer, la boca abierta mientras duerme, la fijación nerviosa con el pelo y, sobre todo, los ángulos de su cuerpo, las reacciones de su cara y la mirada que cambia ante el pudor, la emoción o el dolor. La mirada de Kechiche está basada en la subjetividad, al punto de habitar la carne de su protagonista. A su alrededor se teje un escenario preciso y actual: en La vida de Adèle se encuentran las tensiones raciales y de clase de la Francia contemporánea, las expresiones de homofobia en la juventud conservadora, la trivialización del mercado cultural y hasta el contraste entre el elitismo intelectual y el pragmatismo de la clase trabajadora; las pinceladas son breves pero delinean una Europa contemporánea. Sin embargo, Kechiche decide no detenerse en las dificultades de asumirse gay o pertenecer a la comunidad, porque define a Adèle desde numerosos ángulos, y al contar su historia de amor no lo hace como si contara una historia de amor gay (curiosamente, al desechar las convenciones del género, consigue un retrato realista y espontáneo del enamoramiento).

Hay una intertextualidad con la novela de Pierre de Marivaux, La Vie de Marianne, que describe a su heroína con gran minuciosidad y también es una obra incompleta (Marivaux nunca llegó a escribir el final). El vacío que sucede al flechazo del amor a primera vista entre Marianne y un joven insinúa una pregunta dentro de Adèle. Camino a la cita con un chico de la escuela que no deja de mirarla, Adèle se cruza con una mujer de pelo azul que camina con su novia y que de pronto, de un modo enigmático, la mira también. Más tarde, durante un sueño erótico, el pelo azul aparece entre sus piernas. Adèle despierta agitada y mira por la ventana, pero lo que piensa permanece oculto y privado. La idea de habitar Adèle es más hermosa las veces en que es imposible, y ella se aleja de nuevo y se vuelve inasible. De todas maneras, su vida abarca otras experiencias que moldean su educación sentimental: empieza y termina con su primer novio, y después vive una primera decepción amorosa cuando una compañera la besa jugando.

Una vez que el espectador se involucra con Adèle, atado a ella por detalles singulares, aparece Emma de nuevo (en un lugar poco extraordinario: un bar gay). A través de los ojos de Adèle, es fácil entender el poder que ejerce sobre ella, el encanto misterioso de Emma, una estudiante de arte asumida y experimentada. El amor es intenso y carnal; las escenas sexuales, que a algunos parecen excesivas, son un paciente (e invasivo) estudio de la naturaleza caníbal de su relación, de la importancia del vínculo basado en el sexo. Hasta ahora, Kechiche ha construido en Adèle una relación oral con el mundo: come, fuma, bebe, ríe, besa, devora. Emma, asistida por la razón, es una mentora, al principio luminosa pero luego cada vez más encerrada en sí misma: entre intelecto y emoción, Kechiche parece preferir la última, y ensaya en ambas una discusión entre teoría y praxis.

Kechiche se permite pausas poéticas: los azules que brillan en la composición de cada cuadro; Adèle en una marcha estudiantil, exaltada; Adèle en una marcha gay, lejana y confundida, pero en las nubes, porque camina del brazo de Emma. Después, las condiciones inevitables de su relación: las diferencias entre sus padres, amigos y carreras. Antes de que la lenta erosión del amor aparezca, una elipsis nos lleva a la Adèle que ahora trabaja como maestra en un jardín de niños y que vuelve a casa para cocinar y poner la mesa. Hay algún comentario social entre el ambiente en el que Emma se desenvuelve, que trata con alguna condescendencia a Adèle, y la labor fundamental que ella emprende con niños a los que enseña a leer y escribir.

El segundo capítulo trata sobre la pérdida, el momento fatal en que el amor se transforma en otra cosa. La violencia de la ruptura es equiparable a la violencia del amor cuando existía. Lo que sigue es un duelo amoroso desgarrador, que Kechiche reconstruye con una sensibilidad admirable al tiempo que su ojo capta la inocencia de la niñez (la pulsión de lo terrenal y humano). Al final, cuando Adèle logra entender que Emma ha tomado una decisión basada en la razón y la certeza de la imposibilidad de una vida juntas, el vacío que deja el amor es tan pesado  como su presencia. Adèle cambia y se reconoce a sí misma, y después, mientras camina por una calle, lejos de la cámara, es como perderla. Entramos y salimos de su vida, y en la salida queda como un vacío.

Esta entrevista con las actrices principales y con Kechiche me gusta. Lo que realmente sucedió en la filmación queda ambiguo, si es que tiene alguna importancia sobre el resultado final, y sin embargo me parece que una experiencia cinematográfica de este calibre requería un sacrificio mayor en su creación, como toda gran obra (y ésta es una obra verdadera). En el espectador también hay un sacrificio: se trata de una experiencia fílmica agotadora, que –como Emma sobre Adèle– deja un vacío difícil de superar.

 

(Publicado originalmente en la web de La Tempestad)

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