Ofidiofobia

Ahora fui a Chetumal a un viaje de familiarización con otros periodistas a un hotel cerca de las ruinas mayas de Kohunlich. Algo allá me cambió.

En Chetumal llovía. Llegamos al hotel a través de la selva y llovía. Todo era húmedo y salvaje. Desde que me presenté dije que le tenía fobia (no miedo, no pavor, no horror: fobia) a las serpientes (ay, escribir la palabra es una lucha). Debo aclararlo porque luego ocurren incidentes desagradables (como una vez que estaba sentada en una playa de Acapulco con Undies y pasó un señor con un hato de innombrables y yo me levanté y corrí tan rápido que tardaron en encontrarme de nuevo). Además, la gente tiene que entender. No sé cómo pero tiene que entender. Yo sabía que encontrarme una era un peligro en la selva maya, uno de cuyos símbolos primordiales es la cabeza de serpiente.

(la idea, la forma alargada, imposible de tolerar, la consistencia y la textura, la forma de su cabeza, lo que representa, pero sí, sobre todo la forma alargada: me produce un horror más allá de lo humano, una aversión incluso física, algo que no es un miedo, algo muy diferente de un miedo.)

Entonces, fuimos a hacer kayak a la laguna de Bacalar. Allá no llovía. Es un cuerpo de agua hermoso. Tiene tanto azufre que no hay animales en su interior: el piso es de arena blanca y la corriente hace que el agua, de muchas tonalidades azules, esté caliente. Nadamos, nos untamos el azufre en el cuerpo, riendo en el desconocimiento de quiénes éramos y si nos caeríamos bien después. Luego nos metimos a un manglar, donde el agua se hace café y de la que sobresalen ramas y pastizales. Empezó a llover un poco. Meditamos en un claro. No tenía miedo de los animales, pero a la vez los sentía como una presencia invisible. No los ves pero puedes escucharlos.

Después comimos. Después llovió. Después amainó. Nos subimos a un velero pequeño y recorrimos parte de la laguna. Quise arrojarme en medio de ella, pero calculé que no tendría energía para llegar a la orilla. Por fin, donde no era peligroso, me dejé caer al espejo. Debajo, treinta metros de profundidad.

En el camino a las cabañas donde dormíamos había ranas de muchos tamaños, algunas grandes como piedras y del mismo color, o con cuerpos que parecían hojas secas de árbol abombadas. Cada que entraba al baño lo hacía con cautela y jalaba la cadena del excusado con la tapa abajo. Todos, antes, en el camino, tenían una anécdota diferente: la innombrable en el inodoro, la innombrable que cayó sobre la chinampa de Xochimilco, la innombrable enorme que levantó su cabeza en un camino a la selva. Las innombrables, cada vez más nombrables, estaban alrededor de mí como una posibilidad o una amenaza. Eran espectros. Atormentaban sin aparecer.

Fuimos a las ruinas en bici. Recorrimos las ruinas. Entre las piedras o debajo de los árboles, de nuevo invisibles pero posibles. Y hablarlo no ayuda. No todos entienden. Es moneda corriente hacer bromas, gritar ¡Víbora! y reír franco e inocente con la expresión del aterrado. Es lo que hace la gente. La gente también es honesta: te dice que ahí están. Nadie puede tomarse la molestia de mentir, de calmarte con la mentira. En esos momentos donde se avecina la crisis, necesito que alguien me arrope con una sola cosa: comprensión. Una fuerza imantadora me fue llevando con un guía callado, de rasgos mayas, voz que era como un analgésico. Pocos entienden las fobias. No tienen por qué. Casi nadie tiene que padecerlas. Me dijo de una huésped que le tenía fobia a las ranas, cuyo esposo siempre barría el camino a las cabañas antes que ella caminara por ahí (ahora imagino el amor que el hombre le profesaba). Dijo que estaba tan tensa sobre la laguna que, al tocar el piso de arena y sentir su consistencia suave, se desmayó. El guía sabía lo irracional de la fobia, pero no lo juzgaba. Luego dijo que las innombrables no saldrían. Y le creí.

De regreso presté mi bici y regresé en coche. Al volver, una chica me dijo que se les apareció una, “o tal vez fue una rama”, pero yo pensé que todo sucedía por un motivo. Eso pensé. Por la noche fuimos a hacer kayak nocturno en la laguna de Chakanbakán, que es de agua de lluvia, está cubierta de lirios y algas, y es de un verde oscuro que produce desconfianza. Había otra chica que le tenía terror a los bichos y las arañas, y ambas encontramos un consuelo en la locura de la otra, y en el valor de ponernos el chalequito y navegar sobre esas aguas, rodeadas de islas llenas de árboles altos en los que se enrollaban monos arañas. Sobre todo, tenía miedo de pescar alguna con el remo y tirármela sobre las piernas. Lo que hubiera hecho. Habría volteado el kayak. Después, ¿cómo nadar entre las algas en agua sospechosa, de noche?

Pero seguí. Cada vez más oscuro, entre moscos y algas de formas aterradoras que caían sobre la embarcación. Vimos un caimancito. Navegamos hasta una isla espesa, y sobre los kayaks, nos quedamos en silencio en la oscuridad. Lo que se escuchaba. Lo que ocurría ahí, al abrigo de lo humano. A veces, un aguilucho cruzaba el aire, batiendo las alas con un sonido que era a la vez intrigante y antinatural. Los siseos, los zumbidos, los gruñidos de la selva. En una oscuridad tan profunda y húmeda que el miedo se transformaba en otra cosa. Lo majestuoso era aterrador, por ajeno. Sentí que no debíamos estar ahí. Éramos intrusos.

Pero no apareció ninguna innombrable. Ni al otro día, en Dzibanché. Regresamos al hotel y quedamos de vernos media hora después para partir al aeropuerto. Me iba invicta. Hice mi maleta. Salí del cuarto. Llegué al caminito de piedra. Ahí estaba. En medio de la franja amarilla, medio fruncida. Es terrible escribirlo. Escribirlo es volver a verlo en la memoria.

Siempre pensé que el día que me encontrara con una iba a desmayarme. No toleraba la idea misma de tener que ver eso, porque sabía algo que hoy es un hecho: esa imagen formaría parte de mi archivo personal de recuerdos. Ahora está ahí, grabada con un cincel. Ahora es parte del repertorio visual de mi mente. Lo que ves no puede desverse. What has been seen cannot be unseen.

No me desmayé. Ni siquiera grité. Le di un rodeo a la glorieta y me encontré con una chica, y le dije que la había visto, y ella se fijó, y yo grité un poquito, más por este rápido entendimiento que por eso. Después, nadie pudo tocarme. Me subí a la camioneta y vi por la ventana y me pregunté si había crecido algo en ese momento.

 

 

 

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2 Respuestas a Ofidiofobia

  1. Gabriela Damián dijo:

    Parece que la cabrona fungió como aliada: estuvo allí sólo para mostrarte que siempre serás más fuerte de lo que crees. Abrazote, linda.

  2. Miguel Humberto Canizales dijo:

    Son mas peligrosas las tradicionales, cotidianas, omnipresentes e infectas ratas de la Ciudad de México (según incluso he visto han evolucionado al grado de enterrar a sus muertos y tienen una primitiva conciencia de si) que una serpiente cándida de la selva que desconoce del mundo y de la miseria humana. Pero bueno, una fobia es una fobia, yo le tengo miedo a los meteoritos y cada vez que salgo a la calle levanto la vista al cielo y salgo corriendo con un paraguas.

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