La otra isla

El mediodía acabó

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Anatomía de la revista

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1.

¿Somos lo que leemos? Si es así, los mexicanos somos un tabloide impreso en colores brillantes con una mujer en bikini en primer plano. La revista más leída en México es TvNotas. En Inglaterra es la TvGuide y en Estados Unidos es la revista de la AARP, la American Association of Retired Persons. Siguiendo con el estereotipo, lo que los franceses más leen es la mítica Paris Match, cuyo lema es históricamente conocido: le poids des mots, le choc des photos (el peso de las palabras, el impacto de las fotos). ¿Rusia? Zhiyin, una Cosmopolitan para que las futuras esposas por encargo luzcan hermosas en todo momento. Y en China, estado zen in a nutshellReader’s Digest, la revista con mayor circulación mundial. Cosas de la vida.

2.

El método es el siguiente: un sondeo informal en puestos de revistas ubicados en distintas zonas de la ciudad de México. De Indios Verdes a Polanco. De la Condesa a Iztacalco. El resultado siempre es el mismo. La revista más vendida, con un tiraje de 782 mil números semanales, esTvNotas. Una publicación de editorial Notmusa que surgió en 1994 y que hoy es la lectura número uno para muchos mexicanos.

3.

Un hombre en un puesto de revistas afuera de metro Indios Verdes. Un paradero de microbuses que se extiende varios metros: sobre el camellón hay un mercado multiforme, los puestos acomodados en bloques como los hexágonos de un panal. En la esquina de Colcahuac e Insurgentes Norte está el tenderete descolorido por el sol. Poco surtido, pero con un dueño alegre. Casi todas las revistas que exhibe son pornográficas. Si le preguntas qué se vende más, él contesta que novelas. Las señala. El título de una de ellas es El sofá del placer; la historia de esa semana, “Anastasia y sus tetas chuponas”. Varias de ellas son importadas: Purely 18, Taboo. Pero de otros títulos, nada. Eso sí, las sopas de letras también se venden considerablemente. “Las revistas de música casi no porque son caras”. Cuestan 35 pesos.

4.

En la esquina de Monte de Piedad y 5 de mayo, muy cerca del Hostelling International Catedral, el dueño de un puesto de revistas logra sus mejores ventas con las revistas para adultos. Sus principales clientes: gringos y extranjeros que aparecen para llevarse una Playboy y un mapa, casi religiosamente. En el paradero Cuatro Caminos, la revista más vendida (después, siempre después de TvNotas) es H Extremo. En Polanco, Arquímedes con Horacio, una respuesta extraña: después de ¡Hola! y Vanidades, revistas de tejido y crochet. En Jalapa y Puebla y en Hamburgo y Génova, TvNotas y Vanidades. En la central camionera del norte, Muy Interesante y Proceso. ¿También se le vende la Vogue, que cuesta 140 pesos? Sí. Los viajes largos lo ameritan.

5.

Estos son los precios para anunciarse en TvNotas: cuarta de forros, 331 mil 81 pesos; tercera de forros y segunda de forros (cada una), 305 mil 613 pesos; una página, 254 mil 562 pesos; media página, 140 mil 73 pesos y un tercio de página, 93 mil 768 pesos.

Un par de titulares de la última edición: “Mamá alivianada, ¡Nailea Norvind apoya que su hija mayor tenga novia!” y “Unidas por el dolor, Thalía y Laura Zapata lloran juntas la muerte de su madre”. Hagamos cuentas de la facturación por publicidad de esta edición: 19 anuncios de página completa, dos de media página y uno de un tercio de página; sumados a la cuarta, tercera y segunda de forros, da como resultado 6 millones 152 mil 899 pesos. Si cada edición obtiene este aproximado, las ganancias al mes son de más de 24 millones y medio de pesos. Casi 300 millones de pesos anualmente solo por concepto de publicidad. Como nota al margen, TvNotas vende más de 2 millones de ejemplares mensualmente. Sin embargo, los dueños de puestos de revistas adquieren cada ejemplar en la Unión de Voceadores con un 29% de descuento, es decir, por 15.60 pesos. Es mejor no hacer más cuentas.

6.

Los argentinos leen Pronto. Un porteño la define como la Caras del proletariado. Cuesta 4 pesos argentinos, menos de un dólar. Las revistas que menos se leen en México, según los dueños de puestos de periódicos: Newsweek, Milenio Semanal, Cambio, Impacto, Contralínea. Es la opinión de un hombre (oculto en su tejabán, las pestañas blancas, la piel enrojecida) en Tlalpan, Insurgentes Sur y Ayuntamiento. La síntesis política no vende. Una mujer en metro Chabacano dice que depende de los artículos. ¿Cómo cuál? La Rolling Stone, la Mega Póster, responde convencida.

7.

Los defeños le hacemos honor a los estereotipos. El dueño de un puesto de revistas en el corazón de la Condesa, en la calle de Michoacán, es un tipo alto, rubio, de barba. Tiene expansiones en las orejas y tatuajes. Demasiado cool para vender revistas. Dice que muchos de sus clientes solo se aparecen para encargarle un número. Por un mes no los ve. “Gente de la colonia”, me dice, como si habláramos de una fraternidad o, mejor, de una logia. Para entrar debes dejar tus gustos lumpen en la puerta.

8.

Una mujer en un puesto sobre avenida Cuauhtémoc se desahoga. “No entiendo a los editores, a los escritores, ¿por qué prefieren venderle la revista a tiendas como Sanborns? Allí la gente va nada más a leer, no se llevan la revista, la dejan ahí toda maltratada. A mí lo que me interesa es vender, gracias a mí hacen su negocio”. De la TvyNovelas, esa mítica revista que surgió en los años setenta, la señora solo vende un número a la semana, “si bien le va”. De muchas otras revistas también solo compra un número. De TvNotas, más de treinta.

9.

México no es un país de lectores. 2.9 libros por año es el promedio según la Encuesta Nacional de Lectura. Sin embargo, 39.9% de la población lee revistas. Son de más fácil acceso: una tercera parte del porcentaje anterior las consigue por medio de préstamos de familiares o amigos. El pass-along de TvNotas asciende a diez, los que leen un solo ejemplar. El de Quién, por ejemplo, es de 3.8.

10.

Junto con el Libro vaquero, formador de generaciones enteras de mexicanos, TvNotas se lleva el primer lugar de lectura, aunque el Conaculta no la reconozca como libro. En un país con índices de lectura tan bajos como México ¿la lectura de un tabloide de espectáculos es mejor que nada?


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mar 13, 2012

Ser feminista en 2011, ¿todavía?

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En un episodio de la cuarta temporada de Mad Men, la serie sobre publicistas neoyorquinos en los años sesenta, Peggy Olson está sentada en un bar con las luces bajas. Peggy no es una mujer convencionalmente hermosa, pero es tenaz: minó su camino de secretaria a copywriter, una de las buenas. Es talentosa, una mujer que hace el trabajo de un hombre en una época inconcebible. En esta escena, Peggy conversa con un tipo que a todas luces la corteja. Él es un intelectual típico de los sesenta, un progresista, las ideas bullendo del revisionismo marxista de Adorno y Horkheimer. La revolución es inminente. Hay un aire de protesta flotando, que es fino y delicado, pero que ahí, en esos años claves, está.

El intelectualillo habla de la injusticia de los corporativos, la forma en que “lanzan el dinero” que es, aunque él no lo nombra, tan capitalista. ¿Y cómo puede trabajar para esta gente, haciendo la publicidad de empresas que ni siquiera contratan negros? No puede creerlo, la poca consciencia social de esta chica, “estamos hablando de los derechos civiles, por Dios, de lo que es inequitativo en esta sociedad”. Entonces ella, permitiéndose un momento de indulgencia, de desahogo casi, comenta que muchas cosas que los negros hacen ella tampoco puede hacerlas. No puede jugar golf, no puede asistir a ciertos clubs. Y no hay copies negros, dice, pero pueden labrar su destino como ella lo hizo. Nadie la quería en la agencia, nadie sentía ningún respeto por su trabajo y aún ahora sufre la segregación a la que su sexo la condena.

El intelectualillo la escucha con la mirada en blanco. Y luego, con voz sardónica, pregunta ¿y qué quieres que hagamos, una marcha por los derechos de las mujeres?

El capítulo, que además se titula The beautiful girls, termina de una forma hermosa. Tres mujeres diferentes (la gerente de oficina, la copywriter en ascenso, la sicóloga soltera), enfrentadas al reto cotidiano de ser mujer, pero ahora en una nueva época, bajando juntas un elevador. Uniéndose, acaso sin saberlo, a la lucha de género.

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La marcha se hizo, pocos años después. Fue en Estados Unidos, incluso en Nueva York. No fue el primer acto por los derechos de las mujeres, pero la huelga por la igualdad, en 1970, fue uno de los puntos cruciales en la segunda ola del feminismo, iniciada en los años sesenta.

Hace unos días, las defeñas replicaron la Marcha de las Putas. Leo que la marcha se ha hecho en varias ciudades: de Toronto a Tegucigalpa. Que fue inspirada por la desafortunada frase de un policía canadiense, women should avoid dressing like sluts in order not to be victimized. Porque si ellas seducen deben cumplir. Porque a pesar de que la mujer es, ya lo dijo Natalia Flores, biología pura, el hombre, que es la razón, no puede contenerse ante la exhibición de sus carnes. De esos atributos que él no conoce, tan abandonado como queda a su lado animal si está frente a la tentación.

Vestirse provocativamente como atenuante para la agresión sexual tiene tanta lógica como dejar la ventana abierta como atenuante para robo a casa habitación. El ladrón que diga “no pude evitarlo, robarlos era inevitable” parece risible, pero hay quien piensa que ese mismo argumento, en la boca de un agresor sexual, tiene toda la lógica del mundo. ¿Un ejemplo? El presidente municipal de Navolato, Sinaloa, que pretende erradicar la minifalda de la vestimenta femenina para “evitar embarazos”. ¿Campañas de reproducción sexual? Qué va, el problema no está en la razón sino en el impulso. Recuerda al ex gobernador de Chihuahua, el infame Francisco Barrio Terrazas, que en 1993 atribuyó los feminicidios de Ciudad Juárez a la vestimenta. No eran chicas de buena lid, tuvieron lo que merecían.

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La Marcha de las Putas trajo el tema a la mesa: feminismo. Y entonces, la ignorancia. Twitter fue el hervidero de la discusión. Una selección de tweets que mencionan la palabra feminismo el domingo 12 de junio, el día de la Marcha de las Putas. @brisaruch, mujer: “Al menos es un atisbo de conciencia. Si hubiera cultura sabrían que el feminismo es tan peligroso como los demás esencialismos”. @butterocio, mujer: “no hablo del feminismo, que para mí es sólo la contraposición del machismo. Hablo de mujeres en su derecho a ser, pensar y decidir”. @herziliagato, mujer: “hay cosas en las que nunca seré consecuente, una de ellas es la doble moral del feminismo”. @cherryelix, mujer: “Tanto el machismo como el feminismo no debería de existir (sic). No concuerdo con ninguna de las dos”. @luislamz, hombre: “el feminismo es machismo rosa, tal cual”. @Tales_Milet, hombre: “Feminismo: palabra que el hombre le dio a la mujer para que se entretenga”. @CualquierCabron, un cabrón cualquiera: “Feminismo de rancho es lo único que se puede esperar en un país que todavía requiere vagones exclusivos para mujeres en el metro”.

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El tema del último mes es Dominique Strauss-Kahn, ex director del Fondo Monetario Internacional, acusado de presunta agresión sexual a la empleada de un hotel en Manhattan. No es la primera vez que es denunciado por su conducta sexual, un hombre que donde pone el ojo pone la bala, de naturaleza inquieta. En el blog de Letras Libres, Alejandra Isibasi cita a un terapeuta manhattanita que trata a fauna de Wall Street, hombres con poder para quienes el impulso siempre antecede a la acción, hombres que siempre, o eso creen, se saldrán con la suya. Isibasi comenta: “esto agrega una dimensión sistémica al drama personal de Strauss-Kahn y explicaría –sin justificar– la sensación de impunidad que se resiente en su historia con las mujeres”.

La periodista Elaine Sciolino escribe en el New York Times que, históricamente, los franceses son más tolerantes con las vidas privadas de los hombres de poder, pues desde la época cortesana la información no verificada corría libremente para el entretenimiento del vulgo. Esto no exime a Strauss-Khan de varios delitos que no sólo lo separan de su deseo de contender por la presidencia de Francia, sino que lo tipifican como un agresor de mujeres.

Cuando eres un hombre poderoso, importa mucho con quién te metes a la cama. Cuando eres una mujer, marca toda la diferencia. Varias décadas de liberación femenina no han evitado que las mujeres salgan más perjudicadas de un escándalo sexual. El ejemplo más famoso: Monica Lewinsky. Vamos, Bill Clinton recuperó su prestigio y hasta se reconcilió con su esposa. ¿A qué suena? A que la sociedad tiende a ser más permisiva con los hombres que se muestran arrepentidos. Lewinsky, en cambio, porta aunque no queramos admitirlo una letra escarlata. La reputación es como un recordatorio invisible de lo que hiciste y de lo que ya no podrás ser.

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¿Quieren cifras? INEGI tiene varias: el desempleo en el sector femenino subió en un 0.6% durante la década de 2000 a 2010. De 1990 a 2005 se duplicaron los hogares monoparentales comandados por mujeres (6 millones, 24% de la totalidad de hogares en México). Sí, las mujeres constituyen el 35% de la fuerza laboral del país, pero ganan 12.6% menos que los hombres.

¿La ley? En Guanajuato el aborto es considerado homicidio y se castiga con mínimo tres años de cárcel. Hay mujeres que han sido condenadas a veinticinco años.

Ahora hay que preguntarle a los que consideran el feminismo como un “machismo rosa”, como un “esencialismo” igual de peligroso que la misoginia, si la lucha por la equidad de género no es necesaria. Si hoy, al igual que en los años sesenta, parece absurdo unirse a una marcha por los derechos de las mujeres. Y con los datos sobre la mesa, con la realidad de un país en el que los feminicidios en Ciudad Juárez no sólo no son esclarecidos sino obscenamente ignorados, por hombres como Plata Insulza y Barrio Terrazas, porque una marcha por nuestros derechos sexuales es motivo de mofa y descalificación, la única respuesta sensata es que sí lo es. Esos avances de los que nos jactamos, esa pretendida igualdad de género, no existen aún. No en el sentido práctico de nuestras vidas y de nuestro papel en la sociedad. No en nuestra participación económica. No en nuestra salud reproductiva. Esa lucha que apenas se gesta en los años sesenta no es menos pertinente hoy, ni menos necesaria. Aunque suene incómodo cuando se dice.

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mar 13, 2012

Feo vs bello, según la industria de la moda

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Bello

Se llama Shaun Ross. Es de raza negra, albino. Entre los apodos que se ganó en la adolescencia estaba Cum. El mundo es cruel con los que son distintos. Pero Shaun es tan distinto y particular, tan único e improbable, que de hecho hoy es modelo. Trabaja para la agencia Djamee, en Nueva York. En el catálogo web de Djamee está el Top 50 de modelos masculinos: la gran mayoría es de pelo negro, facciones afiladas, aire mediterráneo.

Ross, que además es gay, sobresale entre todos ellos como un negativo. Su gesto es concentrado cuando recibe indicaciones, un ojo se le va para un lado. Tiene un abultamiento entre la nariz y la ceja, que a veces le retocan. Nació en 1991, es joven, tiene un futuro prometedor. Es diferente.

Diandra Forrest es como él. De raza negra, albina. Su pelo es amarillo, aunque teñido. Su piel es lechosa. Es alta y delgada, de brazos tonificados. En las pasarelas y en las fotografías, siempre tiene un aire digno y misterioso.

Ella y Shaun son, a su vez, réplicas modernas de Connie Chiu, la primera modelo albina, de origen chino.

Es irresistible preguntarse si el albinismo es aceptado en la industria de la moda cuando aparece en una raza imposible, cuando la mezcla es tan absurda y exótica que invita a la admiración. Si el que desfila logra ser tan excéntrico como lo que porta, ¿la belleza es alcanzada a través de la rareza?

Feo

Ugly Models presenta a Elaine Jackson. Sus medidas: 1,70 de altura, 132 de cintura. También es de raza negra y, a simple vista, podría decirse que es obesa. También está Ewa Idzik, a quien se le forman arrugas al sonreír. Su espalda está cubierta de tatuajes. Helen Oliver: cirugías plásticas evidentes. Lily Clements: casi 200 kilos de peso, rubia, vestida con corsé negro y medias de red, mirada iracunda. Es una badass. No le importa su peso y no le importa que te importe. Adrian Dalton: vestido de enfermera drag. Barry McBrearty: tiene barba, pelo largo, parece un habitante del Lower East Side que se baña una vez a la semana. Y así. Todos son peculiares.

O, tal vez, su peculiaridad radica en no tenerla. En ser normales y ordinarios. En no parecer modelos sino personas como las que te cruzas todos los días, o por lo menos si vivieras en Estados Unidos, tierra de la diversidad. Ugly Models, porque se parecen a nosotros.

Bello

Alexander McQueen murió hace dos años. Su legado al mundo de la moda es tan importante como el que dejó al de las letras, digamos, David Foster Wallace al suicidarse. De hecho, McQueen también se suicidó.

Anna Wintour, editora de Vogue (y, como cualquiera sabe, una figura clave en la industria) dijo de él que su imaginación era “vívida e inspiradora”. La importancia de su obra es tal que el Metropolitan Museum of Art (MET) en Nueva York montó una exhibición con sus creaciones llamada Savage Beauty.

Para la colección primavera-verano 2010, que se presentó en el segundo semestre de 2009 como marca la regla, un diseño de zapatos dividió la opinión de los críticos: se trataba de los famosos stilettos rebautizados Armadillos, que medían doce pulgadas (sí, casi cuarenta centímetros de alto, poco menos de medio metro) y tenían la forma de una pezuña monstruosa cubierta de piel de pitón y otros materiales repelentes a la vista.

Daphne Guinness fue la primera mujer que desfiló con los Armadillos en un evento oficial (esto es, una alfombra roja). Guinness es una modelo de culto, rebasa los cuarenta y recientemente le confió al New Yorker que “comerá cuando esté muerta”. Musa de McQueen, desde luego, pues representa todas las cualidades que, a su vez, son endémicas de las creaciones del diseñador inglés: una especie de decadencia celebrada, un impulso de muerte, una originalidad salvaje e inquietante. Los desfiles de McQueen eran performances conceptuales, una declaración de principios que mutaba en controversia casi en todos los casos.

McQueen era un artista. Era un hombre con talento corriendo por las venas. Su inventiva en la alta costura marca un hito, como los hombres que posan su mano en un arte y lo transforman.

Feo

Gracias a McQueen, las mujeres del mundo pueden agradecer el progresivo decline de su silueta y desvanecimiento de aquello que antes conocíamos como cintura. Con la aparición de los primeros bumsters (pantalones a la cadera, de talle muy, muy bajo), la forma de usar jeans cambió en menos de una década. La lonja adquirió relevancia y protagonismo, puesto que pocas féminas tienen la capacidad fisonómica de una modelo para portar los pantalones a la cadera con dignidad. Y el cuerpo de una generación entera se arruinó. Los noventa nos miran desde la comodidad de sus pantalones a la cintura, riendo bajo el amparo de su figura intocable.

¿Acaso la belleza es inaccesible? ¿Acaso la belleza reside en aquello que no podemos tocar, que no nos pertenece?

Shaun y Diandra y Connie son, bajo la óptica de otras culturas, otros tiempos, seres antinaturales. Tanto los Armadillos como una gran porción de los atuendos de McQueen son chocantes a la vista. Pero bajo la referencia exacta, su magnificencia adquiere el cáriz preciso: son manifestaciones relevantes de una época, marcadores específicos de una transformación cultural.

Antes de que algo sea bello, tuvo que parecer feo en su peculiaridad. Una vez aceptado bello, empieza a abrazar su decadencia.

 

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mar 13, 2012

1984 vs 2012

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1984

En 1984 no pasó nada.

Nada como lo imaginaba George Orwell: no hubo Oceanía, no hubo Ministerio de la Verdad (encargado de un proceso de revisionismo histórico que iba y regresaba a la misma idea), no hubo una reducción sistemática del idioma y el miedo continuo a pensar, hablar, disentir. Eso no sucedió.

En cambio, pasaron algunas cosas: Apple puso a la venta la primera computadora personal.

En un comercial dirigido por Ridley Scott, Apple aprovechó el momento: en un espacio oscuro, industrial, parecido a una prisión, hombres de rostros sin expresión marchan para escuchar el discurso de un hombre (¿Big Brother?) cuyo rostro se proyecta desde una pantalla. En medio, una corredora (que en YouTube confunden por mesera de Hooter’s) lanza un martillo a la cara del Big Brother, ganando un triunfo (¿a qué? ¿De qué? ¿Cómo sabemos que luego de la pequeña insurrección, los uniformados que la perseguían no la llevaron a la Habitación 101?). Luego, el mensaje: “El 24 de enero, Apple Computer presentará Macintosh. Y verás por qué 1984 no será como 1984”.

El costo de esta computadora personal era de 2 mil 495 dólares (que hoy representarían unos 5 mil 400 dólares). Tenía un procesador Motorola 68000, unidad de floppy disk (la primera en tenerlo) y una pantalla en blanco y negro.

El estatus actual en los registros de Apple: obsoleta.

 

2012

El 18 de enero de 2012, Wikipedia cerró durante 24 horas en protesta por la ley SOPA (Stop Online Piracy Act). La ley, ya comentada hasta la saciedad, fue diseñada para proteger los derechos de autor de la industria del entretenimiento. Su objetivo esencial es actuar en contra de la piratería que te permite bajar ilegalmente una copia de la película aún no estrenada, el disco aún no lanzado oficialmente, la serie que, de otra manera, no podrías ver en tu país. Pero además, una ley que en su infinita ignorancia equipara a las personas con direcciones IP y que le da el poder discrecional a una compañía de denunciar a una página (que puede ser tu página, tu blog, tu perfil de Facebook) con un solo link a un sitio que contenga contenido protegido por derechos de autor.

Los activistas de internet se unieron a la protesta: porque internet, y no la industria del entretenimiento, es el futuro. Y después de todo, la última se alimenta del primero. El libre flujo de información se alteraría y los sitios que para muchos son sinónimo de internet, como Facebook, Twitter y Google, podrían cerrar definitivamente.

El 1984 de Orwell parece más cercano ahora, en 2012.

 

1984

Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, nació en 1984. En 1984 no había internet. No como lo conocemos ahora. El legislador republicano Lamar S. Smith, principal impulsor de SOPA, tenía 37 años. Películas más taquilleras en 1984: Footloose, Karate Kid, Gremlins. Programas de televisión más populares: Dallas, Dynasty, The Cosby Show. Los músicos más escuchados: Cyndi Lauper, Culture Club, Frankie goes to Hollywood, Michael Jackson, Boy George.

Todo tenía un costo. En 1984, si eras joven y tenías alma de nerd, había que esforzarse. Tener papás que patrocinaran tu consumo de cultura pop. Ahorrar mucho, por días. Tolerar humillaciones y pastorear préstamos. Había que ser un detective. Contar con proveedores. Informarte con fuentes autorizadas. Recorrer archivos. Ser paciente.

Esperar, como todos los mortales, a que un disco en particular llegara a la tienda, una película se estrenara en el cine por fin, un canal de televisión decidiera transmitir cierto capítulo, un libro se vendiera en una librería cercana a tu casa. Y hacerlo todo por convicción, abnegadamente, por amor al arte.

Hoy, sólo se necesita una conexión a internet.

 

2012

Mark Zuckerberg está en la posición número 212 de los hombres más ricos del mundo, según Forbes. Tiene 4 billones de dólares. Las estadísticas de Facebook afirman que hay más de 800 millones de usuarios activos.

En 2012, la computadora portátil más barata de Apple cuesta 18 mil pesos. La computadora Apple con más capacidad es la última versión de la Mac Pro Servidor, de 2010, que tiene capacidad de hasta dos terabytes. Su costo en México: 48 mil pesos.

Los anuncios de Apple ya no tienen una veta revolucionaria: no es 1984 y Big Brother nunca llegó. Su publicidad se centra en representar dos tipos: lo que quieres ser y lo que no quieres ser. ¿Quieres ser relajado y cool? Apple. ¿Quieres pertenecer? Facebook.

Es común pensar que todos estamos en la red. The grid, como se visualizaba en Tron (qué fácil es ser un nerd en 2012). Las abuelas tienen cuentas en Facebook, los papás escriben correos y hoy más que hace cinco años, cualquier sujeto sabe bajar un torrent.

Y eso es lo que defendemos. Y ante eso nos levantamos y protestamos en legado: la red Anonymous hackeó el sitio del Departamento de Justicia de Estados Unidos y el de la disquera Universal el 19 de enero, cuando el FBI fue tras el sitio Megaupload (ese sí, proveedor de contenido protegido por copyright). La persona del año en 2011, para Time, fue “el protestante”. El anónimo. El que se levanta en armas contra el régimen opresor.

Anonymous viene de un sitio llamado 4chan, que a lo largo de los años se ha ganado el epíteto de hoyo negro del internet. Un foro de discusión relativamente anónimo que ha generado grupos con ánimos de fastidiar evolucionados en grupos activistas. En 4chan ha sucedido todo: suicidios anunciados, pornografía infantil, hackeos masivos, escándalos políticos.

Sin embargo, es conocido. Ahora mismo cualquiera podría navegarlo en 4chan.org o por medio de una búsqueda en Google, pues es un sitio indexado.

Por tanto, creer que participar en 4chan es formar parte de un grupo de protesta, de una rebelión gestada en lo profundo de internet, sería ingenuo.

Ese internet que todos conocemos y defendemos no es ni siquiera la mitad del verdadero internet.

La deep web es representada como el fondo de un iceberg: la punta es lo que vemos, esos sitios en los que navegamos y a los que accedemos con búsquedas simples en Google o por medio de links en otras páginas. Pero lo que está abajo, lo profundo e inaccesible, es más grande que todas las fotografías alojadas en Facebook y todos los caracteres escritos en Twitter desde su creación. No todo es secreto por su contenido, también están todas las páginas que por su naturaleza no están abiertas para todo el público: banca en línea, escuelas, bases de datos, empresas.

Pero también, en ese 80% oculto debajo del agua, está un internet que no conocemos. Tal como las mafias que se mueven en los barrios bajos de las ciudades, estableciendo rutas en los abismos, la deep web es el alojamiento de todo lo que rezuma ilegalidad.

Pornografía infantil, desde luego. Asesinos a sueldo. Un sitio llamado Silk Road (que evoca, claro, la famosa ruta de la seda) en el que los usuarios compran y venden drogas ilegales protegidos por programas de encriptación de datos. En este Amazon oscuro, la moneda se llama bitcoin y es imposible de rastrear. Puedes comprar pastillas LSD o gramos de marihuana que llegarán por correo certificado a la puerta de tu casa.

¿Eres parte de la rebelión? Si sabes cómo navegar eliminando todas las pistas a medida que avanzas, ninguna ley podrá hacerte daño. Aunque seas un pirata. O un asesino a sueldo. O un pornógrafo pederasta.

 

2012 bis

Hay dos caminos: creer que 1984 está aquí, ahora, en 2012. Accedemos a la red por voluntad propia y, una vez ahí, entregamos nuestra intimidad. Los datos de nuestras tarjetas de crédito están alojados en los servidores de Amazon y de aerolíneas, en las bases de datos en línea de nuestro banco, en sitios pornográficos. Imágenes que antes pertenecían a los álbumes familiares aparecen ahora con una búsqueda simple, perpetuamente sometidas al escudriño ajeno. Los textos que antes estarían reservados para un diario se encuentran alojados en un blog, sepultados entre bloques de letras y anuncios. Foursquare informa dónde estamos ahora mismo. Twitter es una minuta detallada de nuestro día a día. Estamos desnudos, expuestos. La intimidad es sólo un concepto.

Pero hay otro camino. La disidencia. La protección. La discreción absoluta. Ángel Buendía, consultor en medios sociales, conductor de radio y experto en redes y tecnología, dice: “Facebook es tan invasiva, pública, personal, banal, segura o funcional como cada usuario quiera. El mayor problema de Facebook, Twitter y cualquier red social es la ignorancia de sus usuarios. ¿No quieres que la gente sepa lo que haces y en dónde estás? No lo escribas”.

Tal vez, ese Big Brother que imaginamos tanto no proviene de leyes cada vez menos permisivas, ni de una compañía que fabrica tecnología. Tal vez, ese Big Brother tan temido habita –siempre lo ha hecho– dentro de nosotros.

 

 

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mar 13, 2012

2006, año cero

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2006 – antes

La ley Televisa es el tema. Javier Corral, político panista, es el héroe. Las cosas transcurren detrás de cámaras, a prisa, durante meses preelectorales. Una ley hasta entonces intocable, que navegaba sin modificación alguna desde su publicación el 19 de enero de 1960, fue sometida de repente a una serie de reformas que así, a simple vista, levantaban varias sospechas. Primero, lo superficial: que fuera aprobada casi por unanimidad, en siete minutos y sin lectura previa, situación que a cualquier sujeto observador le haría levantar la ceja. Luego: que se hiciera en marzo de 2006, meses antes de una elección cuyas campañas fueron reñidas y estuvieron teñidas de desconfianza y acusaciones. Tercero: que las reformas a la ley estuvieran diseñadas para beneficiar, sin nombrarlas, sin referirse jamás a ellas, a las cadenas televisivas con mayor capacidad económica (en México, Televisa y TV Azteca). Cuarto: que todo aquel que fuera inteligente, no tuviera ninguna filiación económica con las cadenas antes citadas y sintiera el mínimo compromiso hacia la democracia y el libre mercado, sentenció irresueltamente lo injusto de las reformas. Cuarto: que visto lo anterior, aunque tuvo la oportunidad de hacerlo, Vicente Fox no vetara la ley.

Luego estaban las elucubraciones: que la reforma urgía antes de que se diera el caso de que Andrés Manuel López Obrador se convirtiera en presidente y decidiera, como Hugo Chávez con la cadena Radio Caracas Televisión, no renovar las concesiones de Televisa pactadas en años que caían, justamente, en el sexenio 2006-2012. Y que lo hiciera por compromiso con la cultura y los anti-monopolios o por mero espíritu vengativo poco importaría, porque la posibilidad era real. Tal era el horror. Había que cambiar el método de concesiones, entonces, hacia uno que las pusiera en subasta y le diera 20 años de posesión al mejor postor. Una subasta. Y si algunos medios pequeños, sin anunciantes, que fabricaban contenido visto por una ínfima cantidad de la población, no podían financiar su concesión, ni modo, qué más daba, que cedieran ese espacio a los que pudieran costearlo.

Entonces.

La ética (deontología) de los medios de comunicación. El cuarto poder. El peso de la señal de televisión abierta en la idiosincrasia mexicana: según Jenaro Villamil, en su texto La responsabilidad social de los medios, presentado en el Coloquio Veracruzano de Otoño, los medios en México “confunden lo aburrido con lo absurdo. Consideran que el “entretenimiento” es la infantilización constante de las audiencias. Y llegan al extremo de justificarse: eso es lo que la gente quiere ver. La demagogia telegénica. ¿Qué otra cosa pueden ver si no existen alternativas reales para un 70 por ciento de los 27 millones de hogares que sólo tiene acceso a televisión abierta?”

La influencia del monstruo de los medios masivos quedaba probada. No entra en discusión aquí la bien habida acción de inconstitucionalidad que se presentó en contra de la ley un año después, con el héroe de la película liderando a los senadores renegados, Javier Corral. El tema es que, en 2006, los medios de comunicación tienen la batuta y son los que mueven los hilos. El peligro para México, su máximo triunfo, fue recitado como sonsonete por quienes no podían nombrar los motivos de su aversión hacia cierto candidato más que de esta forma sucinta.

La televisión podía coronarse la vencedora absoluta de las elecciones 2006.

 

2012 – antes

Un candidato protegido por una figura oscura se casa con una actriz de telenovelas. Parece la trama de esas novelas baratas que uno compra en las librerías de los aeropuertos. Además, tiene toda clase de complicaciones narrativas fascinantes: una esposa muerta, un político guapo y joven, un estado lleno de dinero. Sus aventuras aparecen en la revista más leída en México, TV Notas (cobertura que se justifica puesto que el candidato está casado con una “celebridad”). Los noticieros televisivos se alinean. Los periodistas que trabajan para el grupo, también. Loas al joven candidato.

Una nueva batalla (¿es una batalla?) se libra en otro lugar: internet. Las discusiones que antes se propiciaban más frecuentemente en salones de clase, cantinas, oficinas y demás, ahora se trasladan a las redes sociales. Éstas, gracias a la posibilidad de reducir o sintetizar un discurso, resultan atrayentes tanto para la comunidad como para los medios de comunicación tradicionales. Hay reporteros de periódicos con larga o mediana trayectoria que arman notas enteras con una selección arbitraria de tweets. Los temas de estas notas son las reacciones de las redes sociales frente a un determinado evento; en las cabezas siempre se les agrupa así, redes sociales, como si el conglomerado de distintas personas que escriben en internet fuera una sola, una especie de niño burlón e irrespetuoso al que nadie obliga a guardar las costumbres.

Si nos ponemos numéricos, México es un país rezagado. En 2010, sólo 22.2% de los mexicanos tenía acceso a internet en casa (cifra del INEGI). Eso contrasta con la cifra proporcionada más arriba: casi todos los mexicanos ven la televisión y casi todos los mexicanos ven, particularmente, televisión abierta.

¿Hay alguna batalla librada en un medio que, por creencia popular, se asume más liberal y reflexivo o, por lo menos, más crítico? ¿Las redes sociales pueden subvertir el efecto creado por la televisión (el candidato guapo e impecable) con una disección, no política sino en clave de burla, hacia su protegido? ¿Y no es ese el papel de los críticos en años anteriores?

Fernando Belaunzarán, analista político con alta presencia en las redes sociales y autor del libro Desde la izquierda… Herejías políticas en momentos decisivos, opina que medios como Twitter y Facebook (pero sobre todo el primero) serán una trinchera en las próximas elecciones presidenciales: “la campaña electoral será un incentivo para que entren muchas (personas) más (a las redes sociales), pues son el medio ideal para que los ciudadanos de todas las tendencias se expresen y los temas públicos sean abordados de manera libre”.

 

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mar 13, 2012

Soy más inteligente que el resto, el experimento

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Pro

En You Are Not So Smart: Why You Have Too Many Friends on Facebook, Why Your Memory Is Mostly Fiction, and 46 Other Ways You’re Deluding Yourself, David McRaney presenta esta disyuntiva: estás sentado en un avión cuyo techo acaba de salir volando. Desde donde estás puedes ver el cielo. Hay columnas de fuego a tu alrededor. En las paredes se han formado huecos para escapar.

¿Qué haces?

Según la estadística, nada.

Contra

El 5 de junio de 2009, durante el incendio dentro de la guardería ABC de Hermosillo, Francisco Manuel López Villaescusa estrelló su camioneta contra la pared. Una acción lleva a una consecuencia: decenas de niños y bebés que habrían ardido en el fuego vivieron. O tal vez, en lugar de acción, podemos llamarlo reacción.

Ocho de diez personas aseguran que, en caso de incendio, reaccionarían rápidamente. Buscarían vivir. Abrirían los boquetes de un avión que está ardiendo y se arrojarían a la libertad.

O eso creen.

Pro

La primera vez que leí del bystander effect quedé impresionada.

En 1964, una mujer de 28 años fue asesinada brutalmente afuera de su edificio en Queens. Eran las tres de la mañana y los periódicos que cubrieron la noticia afirmaron que Kitty Genovese, la víctima, pidió auxilio enfrente de 38 vecinos que no hicieron nada.

El síndrome fue designado bystander effect, el efecto del espectador. El fenómeno indica que durante una emergencia en un lugar público, por ejemplo un asalto a mano armada, hay menos probabilidades de que los concurrentes reaccionen mientras más gente esté presente. La explicación es simple: la responsabilidad de actuar sobre la desgracia ajena se reduce si alguien más puede hacerlo. El individuo ordinario supone que el de al lado hará algo, que alguien más se encargará.

David McRaney presenta la disyuntiva así: si te quedaras sin gasolina ni batería en tu celular, ¿dónde crees que sería más probable encontrar ayuda, en una avenida repleta de gente o en el paraje solitario de una autopista?

Ahora sabemos que en el paraje.

Contra

En septiembre de 2009, un ambientalista radical disparó a quemarropa contra dos personas en el metro Balderas. Uno de ellos era soldador y laminero, Esteban Cervantes Barrera. La gente lo llama el héroe de metro Balderas. Mientras los demás pasajeros del vagón se quedaron expectantes, inmóviles, Esteban intentó desarmar al homicida.

Según McRaney, las personas que sobreviven tragedias han estado antes en una. Incendios, tifones, terremotos. Tienen el sentido de alerta mejor trabajado, porque saben prevenir. Miran hacia delante.

Su ejemplo es el que cito al principio de este texto: en 1977, en Tenerife, ocurrió la peor tragedia aérea de la historia. Entre niebla densa y señales de radio débiles, el piloto de un KLM con 248 pasajeros intentó despegar sin saber que más adelante estaba estacionado un Pan Am, con 396 pasajeros. Las llamas envolvieron al primero, matando instantáneamente a todos sus pasajeros. El segundo tardó un minuto en incendiarse, lapso en el que 61 personas (incluyendo tripulación y pilotos) lograron salvarse.

Uno de ellos, Floy Heck, citada por el Daily News del 29 de marzo de 1977, declaró: “Me arrastré fuera del avión y al mirar atrás vi a los demás de mi grupo (Floy viajaba con 40 personas de su casa de retiro) rodeados de fuego, sin moverse ni decir nada. Fue como esa película de Hindeburg” –y el periódico explica que se trata del avión alemán que se incendió en Lakehurst, New Jersey, en 1937.

Contra

La entrada en Wikipedia sobre el asesinato de Kitty Genovese es inquietante (aunque es Wikipedia y citarla hace perder varios puntos de credibilidad al citante). Revela detalles como que Genovese era lesbiana y vivía con su pareja. Que el asesino, Winston Moseley, la violó mientras ella agonizaba. Que sigue vivo. Es negro. Que escapó una sentencia de muerte y en una visita al hospital luego de autoinfligirse heridas, violó a una mujer enfrente de su esposo. Pero más importante, más allá de los detalles escalofriantes, rayanos en el lugar común, que en realidad no había 38 vecinos observando. Algunos incluso no escucharon o pensaron que se trataba de una pelea de pareja. Nuevas interpretaciones colocan el incidente en la discusión de género: ver a un hombre maltratar a una mujer es normal. O lo era, en 1964.

Pro

El libro de McRaney es un compendio de experimentos dirigidos a una tesis final: no eres tan inteligente como crees.

Roy Campos, presidente de Consulta Mitofsky, la casa encuestadora más importante de México, me contó esta anécdota: durante las conferencias que da a menudo en universidades, pregunta lo siguiente a los estudiantes:

¿Ustedes creen que las encuestas moldean la opinión de la gente?

Casi todas las manos se levantan.

¿Ustedes deciden su voto después de leer una encuesta?

Ninguna mano se levanta.

La creencia común es que la propaganda política y la publicidad afecta e influencia a la gente, pero no a uno mismo. Yo soy más inteligente que eso. Yo me doy cuenta de las cosas, puedo ver los hilos que se mueven detrás. En un experimento de 2003 citado por McRaney, colocaron a gente común en pares en una habitación, con el objetivo de negociar la repartición de diez dólares. Si en el cuarto había decoración neutral, la gente tendía a dividir la suma a partes iguales. Si, en cambio, la parafernalia era de negocios (un maletín, una pluma fuente, etcétera), los sujetos adoptaban una posición negociante, ofreciendo mucho menos de la mitad. Pero nadie era capaz de explicar por qué.

Es imposible saber cómo reaccionaríamos en un evento determinado. No sabemos qué tan buenos samaritanos somos hasta que estamos en una posición donde podamos comprobarlo. Con toda seguridad, nos creemos ligeramente más inteligentes que el resto.

Pero la verdad comprobada, la empírica, dicta todo lo contrario: no escaparíamos a la libertad. No ayudaríamos a Kitty Genovese. Y seguramente, aunque luego de terminar de leer esta frase opinemos lo contrario, somos más idiotas de lo que pensamos.

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mar 13, 2012

Top Gear, cuando el humor deja de ser gracioso

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Leo en Wikipedia que el programa Top Gear lleva transmitiéndose desde 1977 por la BBC de Londres. El tema fundamental, coches. En 2002 le dieron un giro cómico: ahí entran en escena nuestros protagonistas, Jeremy Clarkson, James May y Mark Hammond, tres ingleses desabridos con dentaduras lamentables. O así es como el estereotipo nos obligaría a imaginarlos.

El escándalo ya se sabe: en su penúltima transmisión, mientras comentaban el automóvil deportivo de manufactura mexicana, Mastretta, los tres conductores se dieron vuelo “bromeando” sobre la ironía de que un coche tenga origen mexicano, visto que los mexicanos son flatulentos, perezosos y pasados de peso. En otras palabras: pedorros, huevones y marranos. Otros comentarios distinguidos fueron: “Los mexicanos no pueden cocinar, toda su comida es como vomitada con queso encima” (los mexicanos, indignados, respondemos que nuestra cocina es patrimonio cultural de la humanidad y que la inglesa llega a su máximo nivel de sofisticación con el fish & chips) , “imagínate despertar y recordar que eres mexicano, sería brillante, porque de inmediato puedes volverte a dormir”  y “no recibiremos ninguna queja por esto porque el embajador va a estar sentado con su control remoto (roncando)” (los mexicanos les recordamos que Eduardo Medina Mora ya tuvo su dosis de no hacer nada mientras fue Procurador General de la República). Llama la atención cómo en ningún momento analizaron las ventajas o desventajas del  automóvil, el real propósito de incluirlo en el show.

Más allá de que, en efecto, el embajador presentó al día siguiente una queja ante la BBC, exigiendo disculpas por el “despliegue de prejuicios e ignorancia” por parte de los tres presentadores, lo que me sorprende respecto al escándalo fue la reacción de los mexicanos. Por una parte, los genuinamente ofendidos, muchos de los cuales incluso exigieron veto hacia el programa y  la cadena (El Instituto Mexicano de la Radio decidió suspender la transmisión de los contenidos de la BBC, pero reconsideró su postura al día siguiente con un comunicado de prensa). Por otro lado, se desplegó un curioso fenómeno: los ofendidos por los ofendidos.

Desde las redes sociales, cientos de liberales, que desde luego no se sintieron aludidos por las bromas de los ingleses, se erigieron como la parte ecuánime del asunto, acusando de pueriles y “chillones” a todos aquellos que criticaron los comentarios hechos en Top Gear.

Héctor J. Coronado, conocido en la blogósfera como Control Zape (@control_zape), escribió: “En vez de indignarse por lo que dicen los de Top Gear, aprendan a construir con sus manos. Sin quejarse ni esperar el viernes” (sic) y “A la lista de características mexicanas que mencionó Richard (sic) Hammond le faltó agregary no aguantan vara”. El tuitero @doctor_marmota también aportó: “Puro pinche chillón con lo de Top Gear. Las bromas étnicas sirven para cualquiera y el que no las sabe tomar a la ligera, es un patriotero” y “En lugar de indignarse de que hagan chistes sobre el cliché de que somos huevones, jodidos y comemos mierda, pregúntense de dónde viene”.

Los comentarios por el estilo continuaron durante todo el día (1 de febrero, el día que el “escándalo” se destapó). Casi todos tenían la misma estructura:  “En lugar de ofenderse por lo de Top Gear, oféndanse por: narcobloqueos en Guadalajara/el caso Marisela Escobedo/la guerra contra el narco/Felipe Calderón/la televisión mexicana, etcétera”.

El incidente desveló un fenómeno que me parece curioso: la intolerancia hacia la intolerancia. Podemos comprender que un amplio sector de la población experimentara disgusto por los comentarios de los presentadores ingleses: durante años, el mexicano ha sido estereotipado en la cultura pop como un ranchero ataviado con sarape (la sábana con un hoyo en medio que Hammond y compañía no pudieron nombrar), sentado a la sombra de un cactus sobre un desierto enorme salpicado de iglesitas miserables. Ya que Hollywood ha perpetrado insistentemente dicho estereotipo –pensemos en Speedy González, que a pesar de ser mexicano parecía estar en un constante rush de cocaína– parece natural que el resto del mundo haga suya esta percepción y  mire a los mexicanos de esa forma. Es el mismo motivo por el que imaginamos a los franceses como mimos con boina y camisa de rayas, a los italianos como chefs obesos de espeso bigote y a los rusos como cosacos perpetuamente borrachos. La pregunta es: ¿qué tan inteligente o siquiera medianamente verosímil es prolongar estereotipos obsoletos e incongruentes ya?

Lo que me resulta difícil de comprender es por qué tantos mexicanos asumirían una postura tan intolerante, justificando una broma que, de entrada, es de mal gusto y sobra en el contexto en el que apareció. Hay una delgada línea entre la burla políticamente incorrecta, aquella que echa mano de lugares comunes y se regocija en el mero hecho de poner el dedo en la llaga, y la burla desatinada y fuera de lugar. Los ingleses de Top Gear cayeron en esta última. No se trata de satanizarlos, pero tampoco de defenderlos y mezclar los temas: ofenderse por lo que dijeron no equivale a ignorar lo que ocurre en el país; más bien, me suena a que la misma gente que toma con tanta naturalidad estos comentarios es la que se queja del tráfico que las marchas generan. Mexicanos que, desde el falso bastión de la neutralidad, se enjuician unos a otros pero aceptan la crítica ajena.

El periodista mexicano Enrique Acevedo, ganador dos veces del Premio Nacional de Periodismo, escribió en el periódico en línea The Periscope Post un artículo esclarecedor y enteramente objetivo sobre los comentarios hechos en el programa inglés. Su conclusión es definitiva: la emisión del 30 de enero fue como “ver un episodio de una película gringa de bajo presupuesto, en la que el protagonista queda varado en un pueblo que luce como Tijuana hace 150 años. Es un estereotipo ridículo y un lugar común aburrido que no tiene cabida en el horario titular de la BBC”.

Estoy con Acevedo cuando afirma que, más allá de ofender a una nación entera, lo que los titulares de Top Gear hicieron fue mala televisión. Y, aparentemente, llevan haciéndolo desde su renovación (es un decir) en 2002: acusados constantemente de cimentar su humor en estereotipos y en burlas recalcitrantes, han recibido quejas por comentarios homofóbicos y racistas. Sí, del tipo: un gallego quiere cambiar un foco…

Algunos hechos claros: la exigencia de Medina Mora no puede reprochársele, ya que incluso, de no haberla hecho, habría suscitado más críticas. Era, posiblemente, la única forma de reaccionar ante el comentario de Jeremy Clarkson.Y en eso no estuvo solo: el parlamento británico presentó un punto de acuerdo para que la cadena ofreciera una disculpa pública por los comentarios considerados “inaceptables e inoportunos”, dado que las excelentes relaciones diplomáticas entre nuestro país y el Reino Unido, específicamente Inglaterra, pueden resquebrajarse gracias al que, de otra manera, se consideraría un desliz menor. Sobre todo, en vísperas de la visita del vice primer ministro, Nick Clegg, a México. Hay hilos sutiles en la diplomacia que no deben halarse demasiado.

La BBC obedeció… Pero de qué forma. Se disculpó ante Medina Mora, pero defendió el humor de los chicos de Top Gear porque, sencillamente, así son sus bromas: “Nuestros propios comediantes se burlan de que los británicos son malos cocineros, los italianos son desorganizados y dramáticos; los franceses, arrogantes y los alemanes, ultra organizados”. Bueno, podemos estar de acuerdo en que ningún alemán se ofendería por ser etiquetado como un tipo muy organizado. El colmo: Clarkson tituló su columna en el periódico The Sun, “Lamento mucho… que no tengan sentido del humor”. Recicla los mismos argumentos de la BBC, básicamente: así es nuestro humor y si no pueden lidiar con ello, es su problema. Remata con un chiste: “¿Por qué los mexicanos no tienen un equipo olímpico? Porque todo aquel que puede correr, saltar o nadar ya está del otro lado de la frontera”.

Sobre este asunto quedan muchas reflexiones al aire. Está, por ejemplo, la estudiante mexicana de joyería, residente en Londres, que interpuso una demanda a la BBC. Están, por el otro lado, los que no se ofendieron por las bromas, pero sí se ofendieron porque varios mexicanos se ofendieron: los tuiteros antes citados, abusando de una ecuanimidad de la que a todas luces carecen. Están los que determinaron no volver a ver una sola emisión de Top Gear, personas de susceptibilidad frágil. Y también están los creadores del Mastretta MXT, una familia mexicana que le apostó todo a un auto deportivo con acabados de lujo y un costo de 690 mil pesos, que irónicamente obtuvo la publicidad deseada de la peor forma posible.

Si me preguntan si debemos sentirnos ofendidos, mi respuesta tiene que ser un tanto conservadora: sí. Estamos en pleno año 2011, hay protestas en Egipto tratando de desterrar una dictadura atroz, países en el Medio Oriente que despiertan en las calles de una existencia adormecida y esclavizante, cubanos tratando de comunicar a escondidas la realidad de su país, y miles de mexicanos muriendo cada día en lo que cada vez se parece más a una guerra civil. No estamos para estereotipos ni para lugares comunes. Si el humor de los señores de Top Gear tendrá la misma sutileza que un jueves de cantina con Ortiz de Pinedo, eso sólo significa que no han sabido portar con dignidad la tradición del humor inglés. Ahí tienen a sus maestros, los integrantes de Monty Python, que cuando quisieron hacer un comentario sobre las características de las naciones, escribieron un sketch en el que los filósofos alemanes se enfrentan a los filósofos griegos en un partido de futbol. Su disculpa me suena más a justificación y a soberbia, y a que no han podido comprender que su humor está lejos de ser humorístico.

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mar 13, 2012

La verdadera broma de Kundera

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La Real Academia de la Lengua Española define la ironía como una “burla fina y disimulada”. Justo ahora, a 42 años de la publicación de su primera novela, la palabra que más me gusta para definir la narrativa de Milan Kundera es esa: ironía.

No es gratuita esta interpretación. El año pasado ocurrió un sisma en la comunidad literaria: el escritor checo, el mismo alguna vez considerado (aunque jamás galardonado) para el premio Nobel, fue acusado de haber delatado a un presunto espía en 1950, mientras aún militaba en el Partido Comunista.

Tampoco es gratuito que haya usado la palabra “acusado” y no otra. En ella viene implícita la acción: la revista Respekt, de origen checo, publicó una investigación, basada en archivos policiales, que aparentemente desvelaba la pavorosa realidad: Kundera había sido un soplón.

La acción era deleznable en tanto que descubría una faceta oculta de la personalidad del escritor checo y, peor aún, ponía en entredicho todo un sistema de creencias en torno a él y su literatura. Las novelas más representativas de Kundera, de La insoportable levedad del ser al Libro de la risa y el olvido, tienen un eje temático similar: el comunismo como un régimen represor, que persiguía y condenaba a los que no comulgaban con sus ideales.

Aparentemente, el Kundera de 21 años se presentó en una estación de policía el 14 de marzo a las cuatro de la tarde para denunciar a Miroslav Dvoracek como agente encubierto. Este hecho, de una simpleza aterradora, originó la aprehensión de Dvoracek, quien fue sentenciado a 22 años de cárcel y terminó sirviendo 14 en una mina de uranio.

La historia se complica en un argumento que perfectamente pudo haber sido la trama clave de cualquier novela de Kundera: Dvoracek era el amante de Iva Militká, novia de Ivan Dask, quien por entonces era amigo de Kundera.

El hilo de acontecimientos, según Respekt, era el siguiente: Dvoracek le contó a Militká que era un piloto militar desertor, que después volvió a Checoslovaquia como espía occidental. Militká le contó esto a Dask, quien se lo contó a Kundera, quien se presentó en la estación de policía y precipitó los hechos que hoy, 58 años después, condenan al escritor irreversiblemente.

¿Delación de honor? ¿Venganza informal? ¿Lío de faldas? ¿Qué ocurrió realmente?

La broma

Milan Kundera publicó su primera novela en 1967: La broma es la historia de una fruslería que cambiaría por siempre la vida de su protagonista, Ludvik. Un estudiante universitario, henchido de orgullo y vitalidad, parte activa del Partido Comunista, quiere probar el amor de su ligue veraniego, Marketa. Separados por un curso ideológico que afilará el intelecto de Marketa, Ludvik le manda una postal provocadora en la que se burla inconscientemente del comunismo y sus prosélitos, y en la que declara:“¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez”.

Esta simple broma, tomada literal por la poco perspicaz Marketa, suscita la expulsión del partido de Ludvik, quien tiene que hacer trabajos forzados en una mina para desertores o “simpatizantes confundidos”. Sus estudios universitarios, su futuro, sus perspectivas, su ideología misma: todo es extirpado de raíz.

Ludvik lo resume con una frase desoladora: “todos los hilos habían sido arrancados”[1].

Al final, la verdadera broma no es tanto el chiste irreflexivo de su juventud, sino el curso de su vida misma, la broma que acabó siendo esa vida incompleta, mutilada de origen, en la que Ludvik giró alrededor de un satélite insignificante puesto en una postal.

A pesar de todo, y Kundera lo ha establecido tajantemente, La bromaes una historia de amor, la persecución continua de una mujer, Lucie, a la que Ludvik llegaría a amar de un modo inocente, casi intuitivo, y contra toda circunstancia.

La defensa

Naturalmente, todo lo hasta aquí escrito tiene el tufillo de la coincidencia y la sanción moral. Más allá de eso, los hechos.

Desde la publicación de La broma, un éxito editorial automático, Milan Kundera se convirtió en algo así como un apestado cultural en la entonces Checoslovaquia. Expulsado en 1950 y luego readmitido en el Partido Comunista seis años más tarde, su “biblia contrarrevolucionaria” lo hizo exiliarse de su patria y establecerse en Francia, donde se asentó y cambió su nacionalidad.

Milan Kundera es el ejemplo perfecto del que no es profeta en su propia tierra, donde apenas hace tres años se hizo una segunda impresión de su novela más famosa, La insportable levedad del ser. Fuera de ese universo, claramente marcado por el totalitarismo soviético, Milan Kundera es aclamado. Se trata de una celebridad literaria, uno de los escritores vivos más importantes, y su obra es considerada ya indispensable en la literatura contemporánea.

La investigación de Respekt, según asentó Fernando de Valenzuela en su ensayo “La ventana de los espías”[2], tiene inconsistencias pasmosas: basa su argumento en el nombre de Milan Kundera aparecido en uno de los reportes policiales, con tantas lagunas en legibilidad y discurso, que resulta casi increíble pensar que algo así se tomara como prueba definitiva de la culpabilidad de Kundera.

Más importante aún, y como el mismo De Valenzuela asentó, al ser él traductor y experto en la lengua checa, los reportes parecen indicar que fue Militká quien denunció a Dvoracek. El mismo acusado, que para coronar la ironía, sufrió recientemente un ataque al corazón, continúa en la creencia de que fue ella quien lo traicionó. Otros, como Juan Goytisolo en El País, y apoyado en el texto de un historiador praguense, Zdenek Pesat (que afirma conocer de primera mano los hechos), aventuran que fue el mismo esposo de Militká quien acusó a Dvoracek, pero con el propósito de protegerla, pues la relación con desertores/espías era muy condenada y ella estaba justo en el ojo del huracán.

La cuestión sobre quién lo hizo importa muy poco al final, pero pone de relieve todo un entramado de acusaciones y señalamientos que equivalen a una moderna quema de brujas contra Kundera.

¿El premio Nobel? Desde luego que eso ya puede irse escapando de los planes de Kundera, y a esta infeliz eventualidad se le suman infames documentos donde los escandalizados piden deshacerse de todos los libros del escritor francés de origen checo.

Estas respuestas instantáneas, de una supuesta alta moralidad, me provocan una rabia difícil de definir. En la condena viene implícita una superioridad demasiado etérea como para admitir semejante falta de un ser humano: para ellos, la delación es tan execreable como los crímenes contra la humanidad, y no admite tolerancia alguna. Sobre todo si, de semejante hecho, se desencadenó el “sufrimiento” de un congénere. Lo que estos individuos procuran soslayar es que la delación no es otra cosa que un sinónimo de acusación, que a su vez es sinónimo de la condena que ellos mismos ejercen, y en tal sentido son tan despreciables como el objeto de su desaprobación.

Al final: la redención

Y sin embargo, a la luz de todos los hechos que he expuesto, me gusta pensar que lo hizo. De este modo, cada libro suyo operó como una expiación anónima, íntima, de su pasado en las juventudes socialistas. Los pecados de juventud no recaen en los hechos, sino en las creencias. Kundera no estaba equivocado, en el sentido más maniqueísta del término, por haber delatado a un espía. Si acaso hubo equivocación en él, estuvo del lado de su ideología, ¿pero cómo culparlo si al fin era un joven checo criado en un contexto sociohistórico determinado, ineludible, del que era imposible separarse? Sus novelas subsecuentes denuncian la represión, y son más importantes en la medida en la que él formó parte de ese conglomerado ideológico, y él creía en eso, y él militaba con absoluta libertad en el Partido Comunista.

Para apoyar esta teoría, que a mi juicio engrandece su obra y la dota de una complejidad distinta a la usual, un pasaje en La broma:

“… la mayoría de la gente se engaña mediante una doble creencia errónea: cree en el eterno recuerdo (de la gente, de la cosas, de los actos, de las naciones) y en la posibilidad de las reparaciones (de los actos, de las injusticias). Ambas creencias son falsas. La realidad es precisamente lo contrario: todo será olvidado y nada será reparado. El papel de la reparación (de la venganza y del perdón) lo lleva a cabo el olvido. Nadie reparará las injusticias que se cometieron, pero todas las injusticias serán olvidadas”[3].

¿Es posible pensar acaso que toda la obra de Kundera es una broma prolongada? Una denuncia luego de la denuncia: el tipo que mata a un ciervo y de pronto, motivado por la culpa o el desazón o sin motivo alguno tal vez, condena la cacería con avidez.

Me gusta pensar en el Kundera atormentado, que busca su redención a través de las palabras. Pero, como su Ludvik imaginario, ha sido objeto de una broma de una magnitud imposible, y su pasado poco importa. Tal es la verdadera ironía.


[1] Kundera, Milan. “La Broma”. Editorial Planeta Mexicana S.A. de C.V.  México, DF. 1999. Pp 61.

[2] Revista “Claves de razón práctica”, número 188, diciembre, 2008. Pp 48-51.

[3] Op. Cit. Kundera, Milan.

 

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mar 13, 2012

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