La otra isla ~ El mediodía acabó

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Entradas etiquetadas con ‘Bitácora de viaje’

Flujo de conciencia playero

04 Martes jun 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Bitácora de viaje, Bleu&Blanc, Costalegre, Playa

Fui a Costalegre, la costa de Jalisco. Todo fue tensión, al principio. Mis crisis de ansiedad se agudizan. Los aviones, que antes me resultaban indiferentes, ahora me ponen nerviosa. Una falla minúscula en el despegue y la caída libre. Me senté y abrí mi libro, con el aire acondicionado en la cara. Era un avión pequeño. Una pareja, con su niño gritón insoportable, hacía tanto ruido, estaba tan empeñada en ostentar su alegría pre-playa, que cerré los ojos y apreté los puños y sólo al final miré por la ventana la sierra madre occidental. Llegué a Puerto Vallarta. Hacía calor. Entré al baño y no encontré mi maleta en la banda de equipaje. Apareció después. El delegado de turismo pasó por mí, nos detuvimos en un Oxxo por un café. Unos militares con metralletas entraron. En la carretera 200, me fue diciendo cosas: que en una playa se ahogó un periodista, que en esta propiedad vivía el Chapo Guzmán, que una vez vio en la madrugada cómo una avioneta aterrizó en la carretera y luego se dio la vuelta entre la maleza. Me dijo que iríamos a ver caimanes. No quise. Le dije de mi fobia. Se trababa cuando decía ‘innombrables’. Buen tipo, el delegado. Fuimos a comer al Hotelito Desconocido, del que luego escribí, en mi papel profesional, ‘un pedazo de Bali en México’. Hay reptiles por todos lados. Iguanas de estas que abren unas crestas en las cabezas. Vi varias entre los senderos. Me comí mi aguacate relleno con el cerebro ablandado, deseando en silencio: que no haya innombrables, que no haya innombrables. Vi un gatito, quise llevármelo. Salimos de ahí. El delegado manejó, me dormí con el sol en la cara. Llegamos a Alamandas. Un pequeño paraíso. Nadé, conocí a una pareja, católicos de Guadalajara de deliciosa actitud ambigua. Un tejón se robó mi cosmetiquera. Lo buscamos entre la bruma del atardecer. Por la noche todo es oscuridad. Estuve más tiempo en el agua, en el silencio. El mar es salvaje. Se escucha su bramido. El delegado me dijo que había unas iguanitas transparentes que se metían a los cuartos y se comían a los bichos y los alacranes. En un librero encontré Fear & loathing in Las Vegas. Me la pasé leyendo, a carcajadas. Recorrí el terreno. Tiene su pista de aterrizaje y 600 hectáreas de nada: territorio salvaje, seco, playas vírgenes, línea de mar infinita. Silencio.

Lo demás fue menos interesante. En Alamandas el mar era intenso, pero después, en Careyes, me metí una tarde a él. Era una bahía segura, Playa Rosa se llama. Hay barquitos flotando, como abandonados. Aunque la arena tiene piedras y el pie se hunde en ella como lodo, la ausencia de oleaje da una confianza que después es trastocada: es hondo, hondo, como para flotar de muertito sin hacer esfuerzo, porque a veces llegan corrientes heladas que se envuelven en las piernas como anillos de metal.

Después estuve en un hotel que solía ser nudista. Me dicen que hay “swingers aferrados” que de pronto regresan. Era la única persona sola en un hotel lleno de parejas que me miraban con una rara mezcla de lascivia y curiosidad. Me hicieron tomar un tour por un manglar. Estaba tensa en espera del caimancito, que bien podría ser una innombrable. No sucedió nada. Después llegó el chofer del delegado, Juan Carlos, muy amable hasta cuando, agarrado en confianza, me dijo de esas “nalgas que se obligó a olvidar”. Fuimos a ver los caimanes. ¿Grité? Sí, grité. Caminé por los puentecitos colgantes del estero con la cámara en la mano temblorosa y grité mucho, pero también me obligué a ver. Y vi. Los vi.

Comí un sashimi de huachinango con el delegado, ya en Barra de Navidad. Fue una conversación que, sin ser íntima, tuvo una nota agridulce. Me llevó al aeropuerto de Manzanillo. La primera vez que volé, cuando era niña, fue allí. En Taesa.

El avión era uno de esos pequeños con una fila de dos asientos y otra individual. Antes de mi periodo ansioso había tomado uno así, que no sentí. Atardeció en el camino. Las nubes estaban esponjosas. Hubo turbulencias. Fear & loathing se me acabó en el aire. Entramos a la nata gris del DF. Llovía.

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Mis encuentros en La Habana

19 Sábado ene 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Bitácora de viaje, Cuba, La Habana

Caminábamos por la calle Obispo, atestada. Esta calle no sería diferente de otra calle en otra ciudad turística: San Miguel de Allende o Cartagena o Buenos Aires. Nos metimos a una tienda de artículos de música. No había mucho qué ver. Al salir, vi a Rashida Jones entrar. Y yo: ahíestárashidajones. Y J: pues háblale. Y yo: no, pero cómo crees. Y después de un rato, pues fui. Nunca hago esto, me defendí (pero la verdad sí, a veces). Me dijo que no subiera la foto en Facebook porque se podría meter en problemas (los estadounidenses no pueden viajar a Cuba, a menos que sea con un permiso especial, o les ponen diversas multas). Fue el detalle gracioso. Era lunes 31 de diciembre y hacía un calor húmedo en La Habana. Después de eso nos sentamos a tomar una cerveza Cristal en un lugar con músicos coquetos. Son expertos en reconocer nacionalidades. Lo que daría cualquier cubano por recibir propinas en moneda convertible. Al final de la calle Obispo, El Floridita estaba tan atascado que apenas se podía caminar: varios rubios se sacaban fotos abrazados de la escultura de Hemingway, borracho de trece daiquirís, su récord. Afuera de ahí saqué esta foto que a algunos les pareció contradictoria:

¿Qué hay de contradictorio? La gente usa ropa usada. La gente no odia a Estados Unidos, quizás porque su gobierno machaconamente les repite que deberían hacerlo.

Comimos en otro privado, en una casa que tenía pericos australianos. Pedí una chuleta de cerdo que era tan grande que Carlitos se la terminó toda. Afuera de ahí, vistas impresionantes de La Habana. La Habana, ciudad hermosa, ciudad que fue majestuosa, ahora abandonada.

Las fotos que me toman casi nunca me gustan, pero ésta sí.

Les preguntamos a Carlitos y al señor Luis qué cenarían. Pollo, decían. Yo sufría. Está mal, a ti qué te importa y además no haces nada para cambiarlo, pero sentirse mal es una costumbre.

En la noche fue la cena de Año Nuevo en el Cabaret Parisien. Colas para entrar, colas para todo. Nos sentamos. Y yo: nomamesahíestáeldeBreakingBad. Pero decía: no, sería una coincidencia muy ridícula. No puede ser que vengas a la capital del único país comunista de América a encontrarte a las estrellas de dos shows de televisión gringos que te encantan. Lo veía, entonces. Estaba de espaldas a nosotros, sentado con su esposa, que lo ama. Se aman. Era palpable. Era hermoso. Pero yo sopesaba: ¿será? ¿No será? Cómo saberlo, estando de espaldas, con las luces de colores del show cayendo de manera vertical sobre él. Me levanté al baño mientras J salía a fumar. La alcancé afuera, y él estaba ahí, apagando su cigarro. Nuestras miradas se cruzaron. Nomamessíes, pensé.

Pero otra vez el asunto sería ridículo. No quedaba más que mirarlo, tocando la comida apenas (puré de papa de caja, verduras de lata, un pastel de caja congelado). Es mi personaje favorito del programa, su cara siempre como una máscara, un hombre de negocios que es un hijo de puta. Pero… no me acordaba de su nombre. Entonces, le llamé a Luis Frost. “Güey, estoy en La Habana (ah, qué chido). No hay tiempo para contar (lo interrumpí). Acá está el de Breaking Bad, el señor Pollos, ¿cómo se llama en la vida real? Gracias, te quiero, adiós”. Volví a la mesa. Todo mundo se colocaba la parafernalia que nos dieron en una bolsita de celofán antes de entrar: un sombrerito con caras felices, un collar hawaiano, un antifaz, unas serpentinas, un silbidito. El señor Pollos también lo hacía. Yo, como un stalker, como Michael Scott en esta imagen……lo miraba.

Pero nada.

Después de un rato, tuve una idea. Le dije a un mesero que me prestara papel y pluma. Un mesero guapo, coqueto. Lo hizo. Escribí entonces una nota empleando todo mi humor: Mr. Esposito, empezaba. Frases elocuentes, frases graciosas, frases que a mí me harían decir: pero señorita Lilián, es usted una muchacha excepcional. Entonces, le di el papel al mesero con mis instrucciones. El señor de allá (él se señalaba el estómago con el dedo, apuntándolo, sutil y alcahuete). Muy bien, dijo, y se fue por allá.

No entendí.

Cuando vino, le pregunté por qué no entregaba mi nota. “Es que ahí sigue su esposa”, me respondió. Todos reímos. “No es coquetería, su esposa puede ver la nota”, le indiqué. Entonces, allá fue. Mi nota estaba firmada como: girl with curly hair, behind you. Esposito y su esposa leyeron la nota. Se carcajearon. Voltearon a todos lados. En nuestra mesa, todos me apuntaban, alzando sus copas. Esposito y su esposa levantaron las suyas y  me hicieron pulgares arriba.

Más tarde, cuando se fueron, pasaron a la mesa. Risas y diversión y fotografías como ésta:

Esta foto me gusta más que ésta, que fue la que presumí, porque en aquella sale muy sonriente y contento, y en ésta se ve muy maldito y guapo, oh sí.

 

Después seguimos tomando y charlamos y todo acabó en el Parisien, y volvimos a los mullidos sillones del hotel, y charlamos y charlamos, y al otro día, entre cruda y desvelada, J y yo caminamos todo el malecón hasta llegar al Parque Central, donde me encontré con Yoani Sánchez.

La Habana fue todo.

 

 

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El señor Luis

06 Domingo ene 2013

Escrito por Lilián López Camberos en Penínsulas

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Bitácora de viaje, Cuba

El señor Luis nos llevó a conocer La Habana. El Cubataxi, una camioneta noventera con el logo dorado y las placas azules del Estado, era conducido por Carlitos, que nació en 1962. El señor Luis tenía 13 años cuando triunfó la revolución (anoto: la Revolución). Detrás del vidrio vi grandes trozos de La Habana. La Marina Hemingway, donde están estacionados los yates más lujosos que he visto, con banderas británicas y canadienses en las astas. La Habana nueva, donde hay residencias para diplomáticos y embajadores. Allá, la refinería. Su fumarola cortaba el cielo desde cualquier punto de la ciudad, con fuego en la base de tan intensa. Una refinería casi en medio de la ciudad. Cosa normal. Las calles bellas del centro histórico de La Habana vieja, con edificios recién pintados, calles angostas por las que apenas si puedes caminar entre los turistas, los cubanos, los músicos, los perros. Algunas esquinas miserables, como si las costuras de un vestido remendado aparecieran por descuido. Muchas veces, pasamos por el malecón. Del hotel al centro. Del centro al hotel. Y el mar estaba ahí, detrás del vidrio. El mar caribeño, azul y verde, que jamás toqué (una vez, su espuma nos salpicó los pies en un restaurante privado, con excelente servicio aunque de comida regular, comida mejor que la comida mala y anticuada de los restaurantes estatales, cuyos meseros están todos vestidos de negro y blanco, perpetuamente molestos). Decíamos: qué bueno que hoy no toca estatal.

En Cuba es fácil pensar que todo es cómodo, aunque también es fácil quejarte porque hasta en los hoteles de cinco estrellas, las frutas están pasadas; el huevo, crudo; el pollo, seco, los jugos son de caja y las verduras, de lata. Pensar, con la culpabilidad de tener estas comodidades de las que, ah, es fácil quejarte: qué comerán ellos. El señor Luis. Carlitos. Con sus 400 pesos cubanos mensuales de paga, que no son ni 20 CUC, que no son ni 20 euros. Qué comerán. Qué vestirán. Qué pensarán al vernos ordenando un mojito y un daiquirí y celebrar que hoy no toca estatal.

El señor Luis sabía todo. Qué edificio era cada uno, qué pasó en cada uno, cada detalle histórico, político y social, y a veces hablaba y hablaba y el estupor del clima caliente y húmedo nos hacía perderle la pista, atolondrados por el sueño. El señor Luis era un ángel. Su nariz de bola, su piel morena (su padre era español; su madre, mulata), sus ojos redondos y nobles. El señor Luis fue funcionario de cultura durante muchos años, una especie de viceministro que trataba asuntos con Fidel cara a cara, que fue delegado cubano en cantidad de asuntos oficiales en otros países, México, Leningrado, España, tantos otros. El señor Luis está jubilado desde hace cuatro años, lo que significa que ya no milita en el Partido Comunista. Su pensión: esos 400 pesos. Por un pago en moneda convertible, fue nuestro guía. Nos contó todo. Defendió todo. Se quedaba pensativo cuando se nos salía la frase escapó de la isla y decía que los que estaban pescando junto al malecón, lo que es ilegal, en realidad eran bomberos salvavidas.

El señor Luis estuvo orgulloso de la Revolución. Eso decía. “Los jóvenes no tienen el mismo nivel de comprometimiento que yo”, dijo una vez. Aún no conectábamos como acabamos conectando después, cuando se refería a mí con orgullo como la periodista (deferencia no merecida). Cinco días después de pasear con él, una tarde conversamos sobre el Periodo Especial. Carlitos, con su acento casi incomprensible, se quejaba con la liviandad de espíritu de quien nació en 1962, cuánta tragedia: demasiado joven para presenciar la Revolución, demasiado viejo para pensar que las cosas tendrían que ser diferentes. De cómo no había jabón. De cómo estabas manchado de aceite y no tenías ni jabón para limpiarte. Y a veces, nada qué comer. Lo decía no enardecido, no indignado, solo disgustado. Como quien se queja de que no ha tenido agua en todo el día.

El señor Luis se reía, entre avergonzado y entristecido. Que ahí era el paraíso en los ochenta. Ah, cómo era Cuba ese paraíso tropical prometido. Luego se cayó el muro de Berlín. Luego la Unión Soviética colapsó. Y el subsidio se fue a la mierda. Y vino el Periodo Especial, en que no había ni jabones, y a veces ni comida. Y el señor Luis dijo, en voz queda, y creo que nadie lo escuchó porque ya estaban pidiendo la cuenta y hacía calor y todos teníamos sueño, que él tenía mucha de la culpa de todo lo que estaba mal en Cuba. “Porque yo participé activamente en esto”, dijo. Un mea culpa silencioso, íntimo, más como para sí. “Yo amo a mi país”, me dijo. “Yo amo a Cuba, pero no al sistema”, dijo por último, una confesión extraña y a destiempo.

Un ex funcionario que en otro país viviría en la opulencia y el renombre. Un hombre al que la Revolución traicionó, 54 años después.

 

 

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La playa

17 Lunes dic 2012

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Bitácora de viaje, Playa

En Huatulco hay una playa que se llama San Agustín. Fuimos un martes. Vas a un crucero que está en medio del desarrollo (la parte concretamente turística) y el municipio (Santa María de Huatulco, diminuto, donde está la sede de la presidencia municipal, una placita, dos o tres calles, una sola panadería). En el crucero, tomas un taxi colectivo. Cuarenta minutos de terracería. Antes, nada de playa. Mucho polvo, muchos árboles, algunas palmeras. Llegas donde termina la terracería y empieza la arena, niños jugando con su pelota, señoras y niñas lavando la ropa, gente sentada en sillas de plástico afuera de sus casas. El taxi se detiene. El taxista se llama Rolando, trabajaba en Estados Unidos de pintor de brocha gorda. El taxista es muy buena gente. Acuerdan que volverá a las seis (cuando llega, un tipo afuera de una tienda le dice que le tiene “un regalito”; suena fishy, Rolando da vueltas, cuando se lo encuentra de nuevo, el tipo le entrega un envoltorio; Rolando lo rompe, aparece una camisa, de rayas; Rolando dice que la gente de acá lo quiere mucho, que le regala cosas todo el tiempo: tú quieres llorar, para no perder la costumbre).

Se hace un hueco entre dos palapas. Un bloque dividido en dos azules: el del cielo y el de la bahía, de tonos cambiantes, por el coral que está abajo (muerto, punzocortante, oscuro). Es un martes de temporada baja. No hay nadie. Nos dijeron que fuéramos con Lala, que en realidad es Lalo, con los senos operados. Su palapa está vacía. Ni siquiera me siento: me quito los pantalones de un tirón, un gesto inusual. El agua está tibia. Hay dos niñas nadando, una es adolescente, la otra es una niña. Platicamos. La grande insiste: ¿Verdad que eres licenciada? Aunque no tiene importancia. Te puedes sentar en las piedras. Las piedras triangulares, enormes, sobresalen del agua. A esa hora no hay olas. La bahía es una albercota. Hay unos ostiones en una red junto a una piedra, con una botella de plástico amarrada (la botella es el indicativo de que los ostiones “ahí siguen”). Luego, leo. Con muchas Coronas. La beatitud.

Luego, snorkel. Pero sin zapatos especiales, entonces no puedo nadar entre el coral, porque un accidente en el que tenga que poner los pies sobre su superficie resultaría catastrófico. Peces de colores fosforescentes: amarillos chillones, azules neón con morado. Algunos muy delgados, casi transparentes, como viboritas. Doy grititos bajo el agua.

Antes de las seis caminamos a la otra parte de la playa, que es mar abierto. Ahí también hay piedras y las olas se rompen contra ellas, e imaginas que esa muerte sería dolorosa. No hay nada más imponente. El agua verde se revuelca antes de llegar a la arena y arrastra los coralitos y las conchitas. Es bello, pero terrible.

Al volver, Rolando lleva algún tiempo esperando. No le para la boca en todo el trayecto de regreso. Es bueno, Rolando. Fue fijado en mi mente.

 

**no llevé cámara ni celular ni nada, pero encontré estas imágenes, que no le hacen justicia**

(robada de aquí)(robada de acá)

 

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Recuerdos de Taganga

30 Martes oct 2012

Escrito por Lilián López Camberos en En el sur

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Bitácora de viaje, Colombia, Taganga

Leí este artículo en la Soho (“Taganga: coca, mariguana y judíos”), de una periodista colombiana llamada Alejandra Omaña. Es una breve crónica sobre Taganga, un territorio sin ley, un Estado dentro del Estado colombiano, en el que los policías ofrecen “la mejor creepy de Santa Marta” y las fiestas son explosivas y decadentes, y en el que los israelíes son reyes.

Me encanta leer de lugares en los que he estado, porque en la lectura descubres cosas que no viste o entiendes cosas que viste pero sin entender. O se confirman intuiciones. Las ciudades son como las personas no. 4: nunca dejas de conocerlas.

Mi estancia en Taganga no fue así, pero muchas cosas que Ocaña narra aparecen en el post que escribí al respecto. Ahora que releo, advierto que aún me ronda esa conversación entre Jairo, el dueño del hostal, y uno de los argentinos, que se la pasaban pachecos en las hamacas. Eso de los paisas y el cobro por muerto y la vida de sicarios, y la tranquilidad y alegría con que lo contaban, fumando marihuana en un hostal en el Caribe colombiano profundo.  A veces quiero reescribir la conversación pero la he olvidado casi toda; sólo queda lo del post, ese retazo.

Esos días estuve con el alemán, con quien viajaba. De él no contaría nada aquí, por todo lo que me dijo, por las cosas de las que hablamos en un mes en Colombia, salvo que una noche, mientras caminábamos en el malecón de Taganga, un tipo apareció detrás de una palapa y nos vendió coca, así nomás.

Lo que más recuerdo de Taganga son dos días, porque fueron días perdidos en muchos sentidos, para él y para mí. Uno en el que fui a nadar sola a la playa en la mañana, y tengo ese recuerdo. Creo que nunca había estado sola -y tan sola- en una playa, y en mi mente empecé a apartarme de los turistas (casi todos argentinos, jovencísimos y bronceados) y a sentir un espacio entre el mundo y yo, esa clase de soledad. Esa vez leía Tala, de Gabriela Mistral, y la corrección moral que el libro desprendía contrastaba con la decadencia de Taganga, pero a la vez hablaba de Taganga, y de la tierra y de Latinoamérica, y de esa montaña que teníamos que escalar para pasar a otra playa, la Playa Grande.

El otro día que recuerdo fue precisamente cuando escalamos la montaña para ir a la famosa playa. Atardecía. El alemán se fue a caminar (necesitaba su tiempo a solas), y dejó su diario abierto sobre la toalla, pero estaba escrito en alemán. Hacía mucho viento y me puse de mal humor. De regreso apenas y veíamos por dónde caminábamos, y en el malecón nos compramos unos jugos (nuestro lujo en Colombia era comprar jugos todo el tiempo, de las frutas más extrañas y desconocidas).

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Ocaña dice que hay muchos israelíes en Taganga. No recuerdo haber visto tantos ahí, pero sí en muchas otras partes, y no sólo hombres sino mujeres, pues ellas también hacen el servicio militar (y después de éste, largos viajes por el mundo). Tampoco recuerdo las fiestas electrónicas y excesivas. En el hostal no había ruido, salvo el checheo de los argentinos. Pero es cierto que es bello mochilear en Colombia, y detenerse bajo el sol a comprar una cerveza por menos de dos mil pesos colombianos, y comer su comida y hablar su dialecto y escuchar sus piropos.

Para llegar a Taganga hay que pasar primero a Santa Marta (donde el alemán fue asaltado, ja). De esta ciudad escribí que me sentía como en una novela de Fernando Vallejo. Hace calor y hay prostitutas cariñosas en las esquinas, aunque no diría que sicarios (no diría que reconocí a alguno).

De estas dos ciudades colombianas sólo conservo estas fotos:

Desde la montaña para cruzar a Playa Grande.

Atardecer ventoso en la Playa Grande.

Unos perros (fuera de foco) junto a la playa.

Una calle de Santa Marta.

Aproximadamente trescientos litros de jugo de lulo (individual).

 

 

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Personas que conocí brevemente

05 Viernes oct 2012

Escrito por Lilián López Camberos en Europa, Isletas

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Bitácora de viaje, Londres

Pasó algo raro en el hostal de Londres (la última semana estuve sola). La noche anterior había intercambiado algunas frases con un muchacho, más joven que yo. Eran acuerdos sobre el canal de televisión que queríamos ver. Esa charla insulsa, sin objetivos ni agendas. Al otro día, después del desayuno, me lo encontré en un pasillo. De la nada, me preguntó qué haría ese día. Le dije. Luego, directo, sin titubeos, que si quisiera ir a tomar un café. Dije que sí. Salimos. Hablamos. Me dijo que era músico. Que tocaba la trompeta. Hasta después de un rato le pregunté cómo se llamaba.

- Ross.

Y al mismo tiempo, los dos:

- Like the one in Friends.

Nos sentamos en un parque. Hacía frío. Hablamos más, nada en especial, lo que suele decirse: anécdotas de viaje, la música que escuchamos, silencios raros, una conversación que no fluía.

Cuando terminamos el café, se levantó y se fue.

Ya no volví a verlo más y después me fui.

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Cuando viajas solo conoces mucha gente. Hablas con decenas de personas. Pero todo es como una prueba y error. Esta persona que conozco será importante. De esta otra olvidaré su cara y su voz y seguramente nunca sabré su nombre. Además de este Ross, hablé con una pelirroja que se ponía a hablar con todos en el hostal, hasta la madrugada. Con un inglés que trabajaba en Chelsea. Y Susie, la australiana, con la que anduve dos días enteros. Cenamos en Victoria, fuimos juntas al cambio de guardia en Buckingham, caminamos alrededor del Támesis, compramos boletos para ver The Taming of the Shrew en The Shakespeare’s Globe. En algún momento me dijo que acababa de terminar una relación de años y que su ex novio estaba en París y que no sabía si verlo. Le dije lo esperable. Seguimos caminando. No le conté nada de mí. Yo sabía que no seríamos amigas en otras circunstancias. Nuestras caminatas eran otra prueba y error. Eran un dejarse ir. Eran un conformarse.

Y pienso: qué triste. Buscas con quién conectar y rara la vez lo logras. Escoges a personas que no te importan para ir a lugares a los que siempre quisiste ir sólo porque te aterra la idea de ir a solas. Y después, en la evocación de la experiencia, estará su cara difusa como una mancha en un vidrio. Pero en esta prueba y error de los solitarios siempre digo que sí. Es el problema de no saber decir que no. En todos los hostales en los que he estado, en todas las ciudades en que he estado, llega alguien en algún momento y me dice: vamos por un café, vamos a este barrio, vamos a este museo (por ejemplo). Y todas las veces voy, sin yo misma desearlo.

Con Susie al menos hubo el protocolo de agregarnos a Facebook y fingir que habría alguna especie de vínculo. Pero lo del muchacho Ross fue la prueba más pura de esta conexión no alcanzada: nunca seremos amigos, para qué fingir.

Y me niego. Cada momento, tarde perdida, conversación aburrida, debe permanecer. Cada persona debe ser fijada.

 

 

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Berlín nunca será Berlín

01 Lunes oct 2012

Escrito por Lilián López Camberos en Europa

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Berlín, Bitácora de viaje

Llegamos a Berlín sin haber dormido casi. En avión, porque es más barato que en tren. En la sala de espera veía un anuncio de Clarins. Llamaron en francés y no escuchamos, o escuché sin entender, o pensando que tarde o temprano lo anunciarían en otro idioma. Casi perdemos el vuelo, un vuelo triste, un vuelo sin incidentes. De una geografía a otra geografía. Cortas la distancia. No viajas. Te transportas. Suprimes la jornada necesaria, el paisaje que se transforma, las horas invertidas en alcanzar un punto. Ir de un lugar a otro debe costar algo. Cuando apareces en otro país un par de horas después es como despertar de una borrachera, y todo es irreal y duro.

Afuera hacía frío y estaba nublado. Primero pensé que así debía ser Berlín. No sabía mucho de Berlín, no más allá de lo histórico. No sabía lo que esta ciudad te hace. Cómo te envuelve. Alguna vez, Luis Frost me dijo que Londres era hombre y París, mujer. El Támesis es caudaloso, frío y de aguas turbias, un río hijo de puta, un río al que da miedo caer. El Sena es bello, los puentes que lo cruzan se salvan con unas zancadas y sus aguas son verdes, de un verde lindo, de un verde que, dice Olga, siempre sale bien en las fotos. No quiero que estas analogías resulten sexistas, aunque vuelvo a leerlas y lo son. Pero entonces, terminé pensando: Berlín es un transexual gótico. Para el caso, para seguir con la analogía hasta su consecuencia más idiota. Un sujeto interesante, un sujeto sin la belleza de esas ciudades, pero con mejor conversación. Una conversación llena de silencios.

Al final, Berlín terminó por ser mi destino favorito.

Todos deben sentir lo mismo. Antes de llegar, Jordy me dijo que esta ciudad te da “vergazos de historia”. Por ejemplo, cuando llegamos, dejamos nuestras cosas en el hostal y caminamos un par de cuadras para descubrir que ahí mismo estaba Checkpoint Charlie. Así, con dos movimientos, Berlín adquiría su cualidad de ciudad-museo.

Claro: te enteras que es tourist trap, que hay actores disfrazados de soldados con los que puedes tomarte una foto por dinero, que ahí mismo hay un McDonalds, que el cartel de You’re leaving the American sector debe ser una réplica, que en la contraesquina hay una hilera de puestos de comida (el mejor kebab del mundo) y que puedes ir a sentarte en un pedazo de muro a comer. ¿Pero no es esta contradicción misma parte de la historia? La edulcoración del pasado, la transformación de la tragedia en souvenir, la foto en el muro con los pulgares arriba.

Historia.

Visitamos Berlín de manera desordenada, pensé. El tour del Third Reich el mismo día en que visitamos Treptower Park. Prusia y la RDA y la Alemania Reunificada, todo en un mismo día, saltando de un proceso histórico a otro como si Berlín fuera un museo, y cada barrio, cada calle, cada placa, memorial, grabado, edificio antiguo contrapuesto a edificio nuevo, estatua, monumento, puente, graffiti, cada estilo arquitectónico, fuera un recordatorio y una pieza. En la contradicción armas el rompecabezas. Y te maravillas. Es imposible que no te maravilles. Aunque alguien llegara con una película gringa sobre la segunda guerra mundial por todo antecedente cultural. La ciudad misma se encarga de guiarte, y te lleva, te lleva, y al final te rindes y admiras el lugar que ahora es.

Berliner Dom.

Una ciudad inacabada. Una ciudad en reconstrucción. Una ciudad joven, más joven que yo, dominada por grúas y edificios en construcción que son también una promesa. Por eso digo que Berlín no tiene la belleza de París y Londres, que son más definitivas. Difícilmente encuentras belleza en una construcción en obra negra. En el tour en bici (¿y por qué habría de negarme a esos tours juveniles y al camioncito turístico si uno es nuevo, si son la manera más fácil de acercarte?) recorrimos la ciudad de la forma en que quise recorrerla desde que llegué. Las ciclopistas pletóricas de ciclistas (parece pleonasmo pero no). Los ciclistas no son Los Ciclistas, como acá en el DF o en otras ciudades donde empiezan a establecerse y ganar derechos. Están dados por sentado, porque son los berlineses en general, sin el monopolio de la fixed bike o la bici de renta. Al principio, veía las filas indias (todos: ancianos, oficinistas, jóvenes, niños, señoras, repartidores, turistas) y pensaba que eran grupos, que todos iban al mismo lugar, pero no. No hay un tipo. La democracia en dos ruedas.

Dos tipos del tour posando con el oso berlinés.

Los días en Berlín fueron soleados, no el frío del primer día. A veces nos metíamos al metro gratis y yo temía la aparición del supervisor vestido de civil y miraba a todos y sospechaba. Quién de ellos sería. Ese hombre flaco que va leyendo el periódico. Esa mujer en traje sastre. O la punk de pelo verde que olía a alcohol y nos pidió aspirinas (seguro no). En nuestro último trayecto en metro por fin las vi: dos mujeres que entraron al vagón y se sentaron como cualquier pasajero, y que después de un rato se levantaron con sus credenciales al frente de una manera tan badass que temblé en mi asiento aunque yo sabía que tenía el boleto, y que al irse me hicieron formular una idea injusta: el Terrorismo Velado del Supervisor.

U-Bahn.

Magdalenenstraße.

En París muchos se meten al metro gratis. Se saltan los torniquetes o, cuando hay dos puertas que se abren automáticamente, los apóstatas del boleto merodean las entradas en búsqueda del polluelo al que puedan adosarse en un elegante paso de ballet que, bromeábamos, era un arrimón de camarón. Lo vi en un viejito y me dio tristeza y luego me pasó a mí y me dio coraje (ah, debí verme tan polluela). Los supervisores, con sus uniformes, aparecen sorpresivamente. Pero los que se saltaron el boleto saben que hicieron mal y los supervisores, en su papel de funcionarios, amonestan con toda visibilidad. Saltarte un torniquete es demasiado Warriors de todos modos. Pero en Berlín no hay nada. En el metro no hay puertas. En el andén compras tu boleto y en el andén mismo lo composteas, si quieres, y todo recuerda ciertos hábitos comunistas de los que luego ahondaré. Y los supervisores, imprevistos, se visten de civiles. O sea, de civiles, ¿sí? Agazapados en su asiento como un espía secreto, mirando, mirando, mientras estás en la feliz ignorancia o en la lela, y luego se levantan y te muestran su credencial y ejercen un terrorismo moderado.

Jannowitzbrücke.

Volvimos a ver The Lives of Others. Reconocimos las oficinas de la Stasi, que ahora está convertida en un museo. Por cinco euros caminas por las oficinas de Erich Mielke: la sala de juntas, los sillones en un espacio privado, la cocinita y el baño con regadera, y el escritorio de su secretaria, donde -dice la tarjeta- encontraron una nota con las instrucciones detalladas del desayuno de Mielke. En otras habitaciones, ejemplares de cámaras fotográficas miniatura escondidas en bolsas, libros, botes de basura. La tecnología de punta puesta al servicio del horror. El museo estaba vacío, además. Un par de chicos recorrían los pasillos igual que nosotras. Uno tenía el pelo largo y una playera que le llegaba a las rodillas. El otro tenía el pelo pintado de rosa estridente, un rosa tipo Barbie, y usaba estoperoles y Dr Martens y pantalones desgarrados. Berlineses, pensé. Pero no. Uno de ellos tal vez, el pelo de Barbie, que le hablaba al otro con un inglés perfecto, casi sin acento.

Oficinas centrales de la Stasi.

- Duuuude, listen to this.

Una canción de niños comunistas. Algo como Dinos lo que piensas y sabremos si estás del lado correcto. Afuera, en el metro, estaba el anuncio de las cámaras de seguridad, replicado:

Al salir caminamos por la avenida Karl Marx. Los edificios en bloque. Ahora, en los balcones, hay paneles rojos y amarillos, y aunque los condominios son cajas de cereal en medio de espacios amplios, tienes la idea de que todo es más moderno.

En The lives of others, me conmueve la definición socialista del artista como “ingeniero del alma”, encargado de ponderar el trabajo y la dignidad del obrero y el bien común. Y cómo un dramaturgo, un artista, un apasionado de Beethoven y Brecht conmueve, en la distancia, a un agente de la Stasi, moldeando su alma en el proceso.

La belleza austera de las estaciones de metro en el lado oriental.

Vamos a museos. Caminamos. Nos subimos varias veces al camioncito turístico. La primera vez tomamos una siesta ahí, sin vergüenza. Otro día discutimos. Bebemos en la calle, como bebimos en París. Las pequeñas libertades alcanzadas por un mexa en Europa. Un Biergarten, el Prater Garten. Ahí está Jacobo, el español historiador que nos relató la Alemania nazi una mañana, en un grupillo pequeño que, como en la escuela, fue arruinado por una sabelotodo insoportable y estúpida. Jacobo nos dice buen provecho, su pelo sucio revuelto. Debe ser uno en cientos de españoles desempleados merodeando en Berlín. La mejor cerveza del mundo: Weihenstephan. Sabe a madera ahumada, a cerveza mate.

Arte callejero.

Berlín es tan barato que puedes incluso sentarte en una mesa y comer con cubiertos.

La grúa omnipresente.

Oso frente a Puerta de Brandenburgo: composición.

Spree.

Insistí en ir a Treptower Park, pues ya Jordy y Jacobo me habían dicho la impresión que causaba la estatua del soldado soviético con la niña alemana en brazos, sosteniendo una espada y aplastando la esvástica. El símbolo de la liberación de los soviets, a pesar de las violaciones multitudinarias, del odio encarnizado de los rusos a los alemanes (que no es nuevo: pienso en los ridículos personajes alemanes de Dostoievsky). Nos perdimos en el parque que está al salir del metro, pero un chico nos indicó el camino. Un arco del triunfo. Un espacio abierto, opresivo, la tarde que caía sobre sus diez hectáreas de tumbas bajo mármol que antes perteneció, de algún modo, a Hitler. Los soldados del Ejército Rojo hincados: ese heroísmo comunista, ceremonioso.

De lejos, estos árboles me parecían irreales: como plumas de ganso pintadas a mano.

Lo mejor de Berlín está en Berlín del Este.

En el museo de la RDA, ¡entérese cómo vivían los alemanes del este!

También puedes babosear así.

Café oriental (puede contener trazas de todo menos de café)

Trabant.

Disponible para la clasiquísima foto.

J, a regañadientes, porque sí tiene dignidad.

Esta foto me gusta: la sala de interrogaciones interactiva.

Nuestro guía ciclista, londinense (a quien yo llamaba Liam, por mera asociación mental) nos dejó recorrer vericuetos del Tiergarten y nos llevó a todos los puntos esperables: de la Universidad Humboldt a la isla de los museos al memorial de los judíos caídos. Pero lo que más me gustó de él fue lo que dijo al final sobre la cualidad cambiante de Berlín. Lo diferente que era cuando él llegó y lo diferente que será en diez años. Y al final, esa frase que he repetido tanto ya:

- They say Paris will always be Paris, but Berlin will never be Berlin.

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Londres

20 Jueves sep 2012

Escrito por Lilián López Camberos en Europa

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Bitácora de viaje, Londres

No sé si se te olvidan las caras, creo que las de personas importantes difícilmente, pero las de personajes que miras en la calle o en otros lugares y con los que no hablas seguro sí. Por eso me dije: debo escribir de este niño. Acá hay otro pedazo de crónica en Europa, pero en detalles, porque me abrumo.

El sábado quince tenía que tomar un tren a París a las cinco y media de la tarde. Me salí por la mañana del hostal, fui al British Museum, caminé por ahí, me tiré en una plaza que había descubierto dos días antes (Russell Square), me puse a leer. Por alguna razón, tenía la idea de que debía salir del hostal a las cinco en punto y que haría media hora en el autobusito número 10. Llegué a las cuatro con dieciséis. En la sala del hostal, un tipo veía Snatch. Se reía y me señalaba la televisión y yo le sonreía con pena ajena y a eso de las cuatro cuarenta pensé: un momento. UN MOMENTO. Debía estar a las cinco en la estación. Con temblores, corrí a la parada, esperé diez minutos, me subí. Unas cuadras adelante, era evidente que no llegaría. Me bajé, busqué un taxi. No tenía más que cinco libras en la cartera. Sufrí en el trayecto. Llegamos a St. Pancras a las cinco con veinticinco. Mi tarjeta no pasaba. En un momento de desesperación, le dije al taxista -un negro enorme, con ojos bondadosos- que me aceptara cinco libras y veinte euros. Aceptó.

Pero no llegué.

Derrotada, me senté en un bar y me bebí un whisky. En la mesa de enfrente estaba sentado un niño de doce años. Un Hugh Grant pequeño (Agustina decía que los ingleses se dividen en los que se parecen a Hugh Grant y todos los demás). Frente a él estaba su hermana menor, aburrida. Un hombre canoso le preguntaba qué libro había leído el fin de semana. El acento del niño era el londinense posh, no el cockney que es más común. Su corte de pelo era de tazón, y tenía papada. Su voz era correcta y taimada. En su cara estaba toda la contención inglesa. Y pensé: Londres. Tal vez eso no es Londres. Tal vez los guardias reales no son Londres. O los carros que manejan del otro lado y los letreros en cada paso peatonal que te recuerdan en qué dirección fijarte para no morir atropellado. Muchas cosas no son Londres. La cara de la reina. El please mind the gap between the train and the platform. El extracto de cebada. Un pato en un lago. Las cabinas de teléfono con la corona inglesa. Una anciana con un sombrero rimbombante. Pero ese niño era para mí Londres. Y las caras de la gente que he visto en otros lugares se me olvidarán, pero la expresión de este niño cuando hablaba de su libro con toda propiedad ojalá no.

**

Tengo un problema con escribir de un viaje después del viaje y es que olvidas fácilmente la persona que fuiste durante esos días y colocas otra idea, otro estado de ánimo en días que después parecerán idílicos aunque no lo hayan sido. Y el dolor, el cansancio, el mal humor, serán reemplazados con beatitud pura. Por eso, recordar que mientras se estuvo ahí hubo miedo y hartazgo y enojo y que a pesar de ver lugares hermosos, o los lugares del mundo que son estampas del mundo mismo, también tuviste hambre o sueño o dolor de pies y que viviste no en un sueño sino en una realidad.

A veces idealizo mi viaje a Sudamérica, más la idea que las cosas que hubo, pero luego me acuerdo que también estuve cansada y que sufrí, y que hubo días desperdiciados como aquí.

También pensaba que el estado ideal antes de regresar debe ser ambivalente: querer y no querer regresar. No quieres regresar porque te la estás pasando bien. Pero quieres regresar porque tu vida real  también es importante. La noche antes me sentí satisfecha. Caminé muchísimo. Fui a todos los museos que pude. Platiqué, bebí y reí. Y aprendí. Fue un buen viaje. Luego escribiré más.

**

La tarde que descubrí Russell Square apareció en el iPod England, de The National. Y este verso:

You must be somewhere in London
You must be loving your life in the rain
You must be somewhere in London
Walking Abbey Lane

 

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París

26 Domingo ago 2012

Escrito por Lilián López Camberos en Europa

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Bitácora de viaje, Música, París, Placebo

El problema con las grandes ciudades es que no puedes domesticarlas. Han sido domesticadas por otros, antes de ti. Las entendieron mejor. ¿Hay algo de París que pueda decir además de lo que dijeron Hemingway o Cortázar o Henry Miller, los otros extranjeros que estuvieron aquí y la descubrieron de modo distinto? Poco. Además, ya no tengo dieciséis años. Ya no es un viaje de mochileo como el primero que hice. Hay algo muy burgués en todo. Eres un turista. Y como turista, si quieres un poco humillado, caminas por lugares caminados muchas veces antes. Y nada que veas no ha sido visto antes, y visto mejor. Y lo que digas, por más sincero, por más íntimo, no será otra cosa que un lugar común. Entonces, te rindes. La ciudad gana. Su metro gana. Su río gana. Su torrente de gente en las avenidas gana, sus francesitos con alto sentido de la moda sentados en las cafés mientras fuman, ellos ganan.

Todos estos lugares nuevos me intimidan. Me intimida aquello de lo que se ha escrito demasiado, lo que ha sido evocado por otros con más talento y más sensibilidad. No le agregarás nada a ese paseo por el Sena ni a la primera vez que viste la torre Eiffel, ese portento de la ingeniería. Puedes pensar en personas, puedes estar con personas, y nada será original.

Y ya son días y sigo sin sentir que he comprendido un poco. Además de que, en realidad, entiendo poco. Y soy la turista con cara de idiota que con trabajos puede pedir un agua embotellada, cosa que es nueva para mí, porque tengo poco mundo tal vez, o porque viajé a otros lugares en los que era fácil comunicarme. Me aplasta. Un poco.

El viernes fuimos al festival Rock en Seine. El único día que llovió. Fue en este parque inmenso con fuentes y esculturas decimonónicas en medio de stands de Coca-Cola y chilli con carne, y era maravilloso y triste a la vez pensar que en otros días podrías haberte echado y beber con el sol en la cara. Pero igual bebimos -vino, un stand con todo tipo de vinos- y mientras veíamos a The Shins, y no pudo ser más adecuado, salió el sol. Luego escuchamos un poco de Bloc Party (que ya había visto alguna vez) y Sigur Rós, y después de ellos estuvo Placebo.

Es sabido que Placebo es mi banda favorita. Aquí y aquí y aquí se demuestra. Y lo he dicho: no es la banda más elegante del mundo ni es la clase de banda que te hace levantar tu camisa con los puños crispados y decir “los amo” y que la gente piense que estás bien, pero yo lo hago y con intensidad. El por qué lo he narrado muchas veces, aunque sin detalles. Todo sigue ahí. Brian Molko y sus letras. En París, uno de sus sitios predilectos. Con alguien (la Defe) que los ama con la misma intensidad, y por lo tanto no me siento sola en mi pasión. Y están los pasillos de la preparatoria sur y el primer discman que tuve, y el dolor y la juventud.

Tenía muchas cosas en mi mente en el trayecto de regreso del festival. Cosas clavadas. Las canciones que faltaron (Without you I’m nothing) y las que fueron una sorpresa gratísima (el cover de Kate Bush, Running up that hill). El descubrimiento de la sexualidad. Y París. Ese momento en que se dejó conquistar, un poco. La mujer hermosa en la otra mesa que, por un momento, te devuelve la mirada. Placebo hizo que París fuera mío, un instante.

 

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Nueva York, agosto 2010

13 Martes mar 2012

Escrito por Lilián López Camberos en En el norte

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Bitácora de viaje, NY

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