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Quiero recordar Uruguay. Tengo mis entradas de diarios, los recuerdos todavía frescos, las observaciones que, al formularlas, me parecieron dignas de ser fijadas. Pero no ha habido el tiempo, las horas pasan y siempre algo urgente, necesario, impostergable. O quizás no he querido enfrentarme con el recuento porque ya pasó un mes y el sentimiento se ha transformado. Sin embargo, otra vez, Uruguay me dio todo. Sol y caminatas por la rambla y conversaciones y el sentimiento de que ahí el ritmo es otro, las preocupaciones son otras, el entendimiento es otro y es posible conocer a los demás y dejarse conocer.

¡Aquí todo ha pasado! Mi realidad es tan distinta ahora. Pero mi entrada al sur comenzó en São Paulo: una caminata por la Paulista, por el parque Ibirapuera, donde tomé una larga siesta sobre el pasto húmedo, y luego los contornos de Higienópolis. Traía la expectativa encima y el cansancio y la desorientación, y la dificultad del idioma que no tuve la delicadeza de aprender durante las clases que tomé por un año. Entonces, el factor de la incomprensión y las gracias del entendimiento. Mis contactos con Brasil han sido breves, me dejan el misterio abierto para después. Ahora mis recuerdos se decantan por los detalles de una cotidianidad intensa: las vehementes charlas de las personas en el metro; la fondita donde comí una feijoada que mezclé torpemente en el plato que no era, y las risitas de los camareros; el adaptador en un kiosco de revistas y el Ibuprofeno en una farmacia; y la chica del Starbucks (cafeína + internet + batería para el celular, me justificaré) que me preguntó de dónde era, y ¡ah, las telenovelas!, y Thalía pero ya no tanto, por su edad, Verónica Castro. Y después el intento de volver por transporte público, al tanto de que no sería posible: era paro de transportistas y la manifestação reptaba por la Paulista, clausurada, y el metro era un caos, y muchas estaciones estaban cerradas, y me dijeron que en un hotel salían autobuses al aeropuerto, y el señor botones me dijo que seguro no pasaría, que tomara un taxi, y me recomendó a un taxista, y tuvimos que ir a un cajero el señor taxista y yo, y nos hablamos a señas y con palabras similares, y reímos, y me invitó de sus chicharrones, y llegamos rapidísimo al aeropuerto, y lamenté mucho perder tanto dinero, y esperé y tomé un café y crucé a pie a la otra terminal y ahí, cansada, tomé el vuelo a Montevideo a la medianoche.

Mi llegada a Uruguay me sangró, en más de un sentido. Accidentes que me recluyeron en mí misma, descalza en la arena suave de la playa de Pocitos, en la última fila de un cine para ver Elle, que me provocó arrepentimientos, y luego el reencuentro con ChL (Chica Linda, Levrero dixit), y su mirada y su sonrisa, y un cigarro en el atardecer de la rambla para sopesar los acontecimientos. Después una caminata hasta el faro, mientras anochecía y pasaban corredores del maratón, las piedras y el agua, y un colectivo en Punta Carretas, y llegar para, cansada, salir otra vez en sábado a la noche de rigor: con Gabriel y Marcelo los brasileños; María la uruguaya, y Stefan el polaco, que es marinero (me-estás-jodiendo) y su barco sigue estacionado indefinidamente en Piriápolis, dice, porque el capitán es un flojonazo que no se decide a partir y se la pasa leyendo en cubierta todo el día. Y así iniciamos ese peregrinaje nocturno tan montevideano, salvar las cuadras pequeñas, de ciudad provincial, y adivinar la movida por el enjambre de jóvenes insultantemente cool afuera, fumando y tomando cerveza, de pie o sentados en la banqueta (la vereda) y mucho bo, y mucho ta, y mucho sabelo, y pila de palabras uruguayas más. Y así bailando, tomando, buscando la fiesta como nos dijeron una vez, más caminando que reventando, más riendo con tus amigos en busca de una cosa que encontrando la cosa, que es el verdadero sentido de salir por la noche en Montevideo. Primero, en Isla de Flores, una banda excelente de algo entre synthwave y punk y shoegaze, en el patio de una casita que hacía las veces de bar, y donde en algún momento los músicos empezaron a tocar los primeros acordes de I wanna be adored, y de pronto se detuvieron, y varios a mi lado: «Tocáaala, booo, termináaala». Pero no la terminaron.

Luego, un DJ en otro bar. Luego, una fainá nocturna callejera, al estilo rectangular que es el uruguayo, y de una exquisitez insuperable (las calles seguían hervidas de gente en busca de fiesta, o saliendo de la fiesta). Y, finalmente, el objetivo de la noche, el antro llamado Phonotheque, del que María sabía que es un sitio donde todos sangran de la nariz, y es cierto: jamás había visto tal consumo de coca, de merca, rampante y a la vista, mientras bailaban el house atascado de The Mole, en el sofá donde descansaban un poco para seguir, al que se acercaban para comprarle a un tipo y meterse más, y donde me dormí alrededor de una hora, de 6 a 7 de la mañana aproximadamente, para seguir bailando, y luego salir, a las nueve o más, con el sol blanquísimo sobre nuestras cabezas, un vampirazo de rigor. A un par de cuadras ya estaban montando los puestos de la feria de Tristán Narvaja, y nos comimos las primeras tortas fritas de un señor muy amable que, mientras freía, me dio ocasión de mirar las antigüedades, y reír por los comentarios del vendedor de pelo largo que, al verme, repetía «buena noche, ¿no?, buena noche». Y reír de nuevo entrada la mañana, los cinco, amigos para siempre durante una noche nada más, sentados en la banca donde, se informa, el día 24 de abril de 1925 Einstein conversó con el filósofo uruguayo Carlos Vaz Ferreira.

El lunes, soleado e incluso caluroso, un peregrinaje a Prado y su jardín botánico y su pequeñísimo jardín japonés, y por la tarde ChL. Y el martes el accidentado viaje a Cabo Polonio, retardado por los incidentes que ya se me habían vuelto habituales, una primera parada necesaria en Rocha, donde caminé un poco y luego me senté en una placita a comerme un helado de naranja, y un perro callejero, negro y canoso, vino a echarse a mis pies, y luego se subió a la banca y más tarde a mis piernas, y metió la cabeza en mi mochila y se quedó dormido, y yo lo acaricié con mucho cariño y extrañeza, y después hasta me siguió a la terminal, donde otra vez se echó a mis pies. Llegué a la entrada de Cabo Polonio de noche, y ya estaba saliendo el camión descubierto apto para las dunas que entra a la reserva, y un chico subió conmigo, Shajar, israelí de ojos tiernos, y al llegar al centro de la aldea, entre las linternas de los dueños de hostales que llegan a reclutar viajeros recién llegados, seguimos a Sabrina, una francesa de piel achocolatada y sonrisa enorme, originaria de Vichy, que nos llevó a una cabaña de pescadores frente al mar que me convenció porque, en el silencio, el único sonido era el de las olas del mar.

Ahí ocurrió un portento: Sabrina nos mostró el mar y dijo: «¡Miren, plancton!». Y al momento recordé aquella escena de The Beach en que Françoise le muestra a Richard, con las mismas palabras, los filamentos de luz en el agua, y también que entonces me pareció que aquello eran efectos especiales y nada posible en el mundo real. Pero esa noche me di cuenta de que era verdadero. Que la espuma de las olas fosforescía y cuando lamía la arena dejaba un rastro de luminarias. Nos acercamos a empujar los granos con los pies y descubrimos que ahí se incrustaban, fulgurantes, las noctilucas, una palabra tan bella para algo que yo no conocía y no creía que fuera verdad. ¿Hay fotos? No se puede. Aquello queda grabado en la memoria y nada más.

Sin embargo lo que mi descripción no logra, quizás lo dé esta foto -un tanto exagerada- robada de un artículo de Andrés Rieznik en Clarín, donde describe su fascinación cuántica por el hermoso Cabo.

Shajar y yo fuimos a cenar chivito y, al volver, tomamos cervezas con los otros del hostal: Álvaro, un español con las historias más graciosas y extrañas, que siempre coronaba con un largo «espectaculaaaar»; Mathiu, un belga que hablaba perfecto español con perfecto slang; Santi y Agustín, dos cordobeses de ciudades distintas que se conocieron ahí y parecían amigos de toda la vida, y Clara, una alemana de Bavaria que nos miraba con cara de confusión ante nuestro castellano repleto de acentos. Después Sabrina nos llevó a un boliche (antro o bar en rioplatense), en la noche clarísima de Cabo Polonio, pueblo que no tiene electricidad, ni calles, ni manzanas, sino caminitos de arena que hay que salvar con ayuda de la linterna y algo de suerte. Y este boliche famoso era una casa como en obra negra, cubierta de unas enredaderas macizas que, según dijo Sabrina, son de una flor que genera alucinaciones y cuando está madura produce, en quien está sentado ahí, sensaciones raras. Y ahí, iluminados por velas, rodeados de las enredaderas, tomamos un licor de arazá, fruto típico de la zona, mientras yo seguía instalada en mi me-estás-jodiendo-Uruguay, con estos lugares sacados de una película, sazonados además con detalles peculiares como que el dueño era un señor ciego, cuya presencia a esa hora no creí posible, hasta que fui a pagar y el hombre canoso, ojiazul, detrás de la barra con velas, fue sacando los billetes de una caja mientras le preguntaba a un tipo de barba a su lado de qué denominación eran.

Al día siguiente me levanté temprano para emprender la caminata a Valizas, y de último momento se me unió Santi. Mi preferencia por la soledad me hizo dudar, al principio, del ofrecimiento, pero luego me pareció bien porque fuimos tomando mate y charlando de tonteras, caminando con muchas dificultades sobre la arena durante dos o tres horas, encontrando de pronto cadáveres de lobos marinos que habían llegado a la costa a morir ¡e incluso el cadáver de un pingüino!, hasta las piedras enormes y el cerro que divide ambas poblaciones, y los descansos momentáneos de charla espontánea, y luego cruzar el arroyo que, a esa altura, nos llegaba a las rodillas y nos acarició con su tibieza los pies fatigados. En Valizas, más urbanizado (¿ruralizado?) que Cabo Polonio, comimos en una parrilla un baurú (parecido al chivito, pero con chocloarvejas) (es decir, elote y chícharos) y charlamos con los dueños y su perro (otro personaje) sobre el partido al día siguiente entre Uruguay y Brasil. Luego volvimos por las dunas, hermosas pero muy arduas de escalar, y tras mucha caminata que nos hizo sudar y sudar, llegamos a la playa, conscientes de que nos anochecería caminando y no traíamos linterna. Así fue: el sol fue apagándose y pronto quedaron solamente las noctilucas y la luna y las estrellas más blancas y más intensas que he visto en mi vida, una vía láctea un poco falsa, debo decirlo, como de planetario, como pintada a mano, que iluminaba con su resplandor nuestro camino. El último tramo, descalzos, mirábamos anhelantes la luz del faro, pero la distancia se hacía larga y larga, mientras más caminábamos más lejos se hacía, y metíamos los pies en el agua, cuyas olas fuertes a veces nos llegaban a los muslos y de pronto, peligrosamente, nos halaban de más.

Llegamos exhaustos al hostal, y de nuevo el círculo de conversaciones con Sabrina y Mathiu y Shajar y Álvaro y Clara y Marcelo el montevideano que cuidaba el hostal en temporada, y vino y cerveza y un arroz que preparamos Agustín, Santi y yo con un sobre para sopa Quick porque nos dio pereza hacer la excursión nocturna al veintiúnico almacén de Cabo. Marcelo dijo que tenía la llave de otro boliche que sólo abría en temporada alta, y allá fuimos: un salón sucio y olvidado, con una mesa de billar al centro, y un vino que nos compartíamos sin distingos. Nunca más nos veríamos de nuevo, ni siquiera intercambiamos nuestros perfiles de Facebook porque la falta de internet y electricidad lo eludía, y era perfecto así, y era perfecto estar tan presentes, tan en el momento, sin distracciones electrónicas ni la espera o la curiosidad por lo que ocurría del otro lado de una pantalla.

Al día siguiente nadé en la otra playa, en el agua que al principio me pareció fría pero en la que de repente me zambullí sin pensarlo, un piso de arena resbaloso y engañoso, que a veces bajaba y subía, olas suaves y viento que, al salir, secaba con un soplido. Caminé entre unas piedras musgosas y tras un patinazo me rebané tres dedos de los pies, que me sangraron dramáticamente: otro incidente, otra herida-recordatorio (la noche anterior, al salir del boliche, en la oscuridad, me estrellé la rodilla contra una reja y se me formó una costra monumental). Después: el faro, los lobos de mar, grupos enteros que dormían a aleta suelta bajo el sol, en piedras lejanas e inaccesibles, indiferentes ante la mirada de los turistas que, maravillados, los mirábamos detrás del cordón.

El autobús de regreso a Montevideo estaba sobrevendido y no alcancé lugar. Una española -cuyo nombre nunca supe- estaba en la misma situación, y así nos fuimos dando ánimos, a veces sentadas en el piso, luego en asientos desocupados que, en la siguiente parada, ya se habían ocupado, durante las cinco horas de trayecto. Y aunque llegué muy cansada a Montevideo, y tomé un colectivo que me dejó en la 18 de Julio y Ejido, en la plancha de la Intendencia observé con agrado las hileras de personas mirando el partido Brasil-Uruguay en una pantalla gigante. En el hostal, lo mismo. A pesar de mi cansancio, salí con un muchacho que puso música en un lugar guapachoso llamado La Rusa, y volví ya tarde más dormida que otra cosa.

El viernes todo cambió. Pero ahora es más difícil escribir de ello, las cosas han cambiado y se han endurecido o desvanecido. Pasé la tarde en la rambla y en Playa Ramírez, los amigos tomando mate, o los solitarios leyendo libros, o los niños en patines en el cuadrado de skate, y la pareja de Rosario a la que le saqué fotos. Los dos hombres que nadaban en la playa, muy lejos de la orilla, que me inspiraron deseos de nadar también. Después el amor de vacación, y las risas de Paysandú, y el dolor de las heridas físicas amortiguado por las caricias, y caminar de la mano otra vez, después de tantos meses, y la comparsa, y la caminata hasta Aires Puros y Prado, y la pizza y la cerveza, y escalar una pendiente y cruzar un puente prohibido y obtener vistas panorámicas, idílicas, de la ciudad. Mi último domingo montevideano fue perfecto, no exento de la ansiedad de la víspera del viaje. Aunque lo peor que me ha pasado (¿es lo peor, en verdad?, ¿podré, pronto, escribir de ello?) empezó en Montevideo el año pasado, mis recuerdos de esa ciudad eran bellos todos. Pero volver a Buenos Aires suponía un problema mayor, y enfrentarme al lugar donde me perdí a mí misma. Pero no fue terrible. Buenos Aires, por fortuna, no ha sido terrible.

Fotos que no llegaron a la red social Instagram:


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Brasil, una crónica en negativo

Estuve en Brasil a finales de junio. Por mi trabajo en una revista de viajes, me invitaron a la renovación de un resort en Río das Pedras, a hora y media de Río de Janeiro. Eran los días de las semifinales y la final de la Copa Confederaciones, en medio de las protestas. Para entonces había seis muertos en las manifestaciones extendidas en Río de Janeiro, Brasilia, São Paulo, Minas Gerais y otras 349 ciudades. Miles de manifestantes y policías acababan de enfrentarse a pedradas, balas de goma y gases lacrimógenos en Belo Horizonte. Hubo saqueos de almacenes, heridos, fogatas callejeras y bloqueos viales. Y todo lo que vi fue la renovación de las instalaciones de un Club Med. Pintaron los cuartos de morado y verde. Tienen lámparas nuevas y una “piscina calma” para adultos. Puedes pedir caipiriñas y rodar por la arena hasta que sea la hora de la cena y dirigirte al bufet y servirte cinco platos en un plato y luego, otra vez, beber más caipiriñas hasta rodar por la arena.

Me transportaron por TAM hasta São Paulo. Ocho horas y media de turbulencias. De ahí volé a Río de Janeiro. El aeropuerto, todo de concreto, tiene el estilo arquitectónico del segundo piso del Periférico. Nos recogió un coche que se zambulló en el tráfico espeso. Era junio. Llovía. Una especie de zopilotes sobrevuela en círculos las cumbres de algunos edificios altos, estilo arquitectónico caja de cereal. Muchas paredes, sobre todo en la zona industrial, están cubiertas de trazos de graffiti que son, vistas de cerca, firmas rápidas (de lejos, mosquitas aplastadas). Luego, la carretera. Entre la selva, salones de belleza, casas en obra negra, bodegas de materiales de construcción, lanchas abandonadas. México, en portugués. Casi dos horas después, un resort como cualquier otro. Llovía.

El día de la final me la pasé sentada en mi cuarto transcribiendo entrevistas. Cuando fui al restaurante a ver qué pasaba, Brasil era campeón y el Club Med estaba desolado. Llovía, de nuevo. En los pasillos que apenas la noche anterior estaban atestados de gente en atuendo de coctel bebiendo de unos vasitos de vidrio, ahora no caminaba nadie. En una pantalla del bar los brasileños celebraban.

En el coctel, un argentino me empezó a hablar de lo que hacía. Era periodista también, conocía Taxco y Oaxaca, escribía aquí y allá. Luego me dijo que nos metiéramos al mar (era de noche, había luna, traíamos copas de más). Le dije que él se metiera primero y que yo lo alcanzaba. Se quitó los pantalones y la camisa y caminó decidido a donde las olas rompían sin estruendo contra la arena. Se metió primero con miedo, y con frío, pero al final resuelto. Cuando el agua le llegó a la cintura, alzó una mano y me dijo que el agua estaba bien, que ya me metiera. “Hace mucho frío”, le dije con señas. Recogí mi vasito de vidrio de la silla y me fui a mi cuarto sin sentir que era demasiado horrible, o demasiado grosero, o demasiado peliculesco lo que hacía.

Fuimos a Río de Janeiro un solo día. Nos dieron vueltas por Ipanema y Copacabana. Había esculturas de arena en forma de palacios con la bandera de Brasil, Cristos de Corcovado y mujeres con falsas tangas sin caras, con letreros que informaban los materiales utilizados -arena y fijador-, los autores y el tiempo de construcción, y que si de favor ayudaras para que no tuvieras que esconderte a la hora de sacar fotos. Pero si tomabas la foto y no arrojabas una monedita, te respondían con altisonancias en un portugués incomprensible.

El sábado hubo sol y toda la manada de periodistas, operadores turísticos, socialités y colados se asoleaba en la playa, en la alberca, en el bar al aire libre. Hacían cola para el esquí acuático. Se amontonaban en el jacuzzi del spa. También yo. Como si hubiera desayunado un coctel de esteroides, nadé en el mar, hice kayak, le di dos vueltas a la alberca, intenté mantenerme sobre los esquís, no lo logré, me senté en el vapor, me tomé muchas caipiroskas, observé al argentino en una silla reclinable, que me miraba con odio bajo la sombra de una palapa.

Esperaba ver las protestas. La parte de mí que aún, con el trabajo de oficina aparte, desea hacer periodismo de corresponsal de guerra. Pensaba si no sería maravilloso toparme con una manifestación y unirme a su marcha, con los oficinistas en corbata y los jóvenes anarcopunks y la clase media, y sacar fotos y quizás ver algo violento. No deseaba que sucediera algo violento, pero si sucediera, ¿no sería maravilloso? Caminé por Copacabana con la esperanza de observar algo, escuchar un clamor, unas consignas tímidas por lo menos. Luego cerraron la avenida y aparecieron unos policiais vestidos de café, hablando por sus walkie-talkies. El tráfico se detuvo y pasaron desfilando un par de policías en motocicletas, a los que seguieron tres o cuatro coches negros con los vidrios polarizados. Cuando la retaguardia de motopolis terminó de pasar, el tráfico se reanudó y a nadie se le movió un pelo. ¿Era un político, un funcionario, una estrella de televisión? Quién sabe. No era la manifestación que venía. No era el Pueblo.
Después, cuando recorrí el malecón de ida y de regreso, un autobús pintado de verde y amarillo cruzó una calle. Unas muchachas gritaron y empezaron a sacar fotos con gestos maniáticos (seguro sus fotos, entre los gritos, salieron movidas, manchadas de lluvia). Era un equipo. Nunca sabré qué equipo. Tampoco era el Pueblo.
Volvimos al Club Med a otro coctel.

Un ejecutivo de Club Med hablaba con su amiga francesa, también ejecutiva, con una mezcla de español, portugués y francés. Ella acababa de leer en el jornal que en Brasil se estaba armando la revolución. Él, que era muy cómico, le respondió que los franceses de todo querían revolución. Luego le recordó que ya le habían cortado la cabeza a Marie Antoinette. Al brindar, sus copas hicieron clinc clinc.

El domingo se fue la mayoría de los huéspedes que venían a enterarse de la renovación. Amaneció lloviendo. Toda la mañana fue un ir y venir de taxis y shuttles con destino al aeropuerto. Las instalaciones se iban quedando vacías. En el bar de la piscina calma estaba un chico sentado, aburrido, leyendo un periódico. El argentino entró a su taxi, tenía otra vez su mirada enojada, en realidad más fastidiada que otra cosa. Me fui a mi cuarto a transcribir.

Los G.O.s son los chicos que fungen como anfitriones, concierges y animadores en todos los Club Med. Están obligados a bailar y armar fiesta cada noche. El domingo de la final, noche blanca, todos vestidos de blanco, sólo ellos bailaban.

 

Esto salió en La Semana de Frente.