Recuerdos de Taganga

Leí este artículo en la Soho («Taganga: coca, mariguana y judíos»), de una periodista colombiana llamada Alejandra Omaña. Es una breve crónica sobre Taganga, un territorio sin ley, un Estado dentro del Estado colombiano, en el que los policías ofrecen «la mejor creepy de Santa Marta» y las fiestas son explosivas y decadentes, y en el que los israelíes son reyes.

Me encanta leer de lugares en los que he estado, porque en la lectura descubres cosas que no viste o entiendes cosas que viste pero sin entender. O se confirman intuiciones. Las ciudades son como las personas no. 4: nunca dejas de conocerlas.

Mi estancia en Taganga no fue así, pero muchas cosas que Ocaña narra aparecen en el post que escribí al respecto. Ahora que releo, advierto que aún me ronda esa conversación entre Jairo, el dueño del hostal, y uno de los argentinos, que se la pasaban pachecos en las hamacas. Eso de los paisas y el cobro por muerto y la vida de sicarios, y la tranquilidad y alegría con que lo contaban, fumando marihuana en un hostal en el Caribe colombiano profundo.  A veces quiero reescribir la conversación pero la he olvidado casi toda; sólo queda lo del post, ese retazo.

Esos días estuve con el alemán, con quien viajaba. De él no contaría nada aquí, por todo lo que me dijo, por las cosas de las que hablamos en un mes en Colombia, salvo que una noche, mientras caminábamos en el malecón de Taganga, un tipo apareció detrás de una palapa y nos vendió coca, así nomás.

Lo que más recuerdo de Taganga son dos días, porque fueron días perdidos en muchos sentidos, para él y para mí. Uno en el que fui a nadar sola a la playa en la mañana, y tengo ese recuerdo. Creo que nunca había estado sola -y tan sola- en una playa, y en mi mente empecé a apartarme de los turistas (casi todos argentinos, jovencísimos y bronceados) y a sentir un espacio entre el mundo y yo, esa clase de soledad. Esa vez leía Tala, de Gabriela Mistral, y la corrección moral que el libro desprendía contrastaba con la decadencia de Taganga, pero a la vez hablaba de Taganga, y de la tierra y de Latinoamérica, y de esa montaña que teníamos que escalar para pasar a otra playa, la Playa Grande.

El otro día que recuerdo fue precisamente cuando escalamos la montaña para ir a la famosa playa. Atardecía. El alemán se fue a caminar (necesitaba su tiempo a solas), y dejó su diario abierto sobre la toalla, pero estaba escrito en alemán. Hacía mucho viento y me puse de mal humor. De regreso apenas y veíamos por dónde caminábamos, y en el malecón nos compramos unos jugos (nuestro lujo en Colombia era comprar jugos todo el tiempo, de las frutas más extrañas y desconocidas).

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Ocaña dice que hay muchos israelíes en Taganga. No recuerdo haber visto tantos ahí, pero sí en muchas otras partes, y no sólo hombres sino mujeres, pues ellas también hacen el servicio militar (y después de éste, largos viajes por el mundo). Tampoco recuerdo las fiestas electrónicas y excesivas. En el hostal no había ruido, salvo el checheo de los argentinos. Pero es cierto que es bello mochilear en Colombia, y detenerse bajo el sol a comprar una cerveza por menos de dos mil pesos colombianos, y comer su comida y hablar su dialecto y escuchar sus piropos.

Para llegar a Taganga hay que pasar primero a Santa Marta (donde el alemán fue asaltado, ja). De esta ciudad escribí que me sentía como en una novela de Fernando Vallejo. Hace calor y hay prostitutas cariñosas en las esquinas, aunque no diría que sicarios (no diría que reconocí a alguno).

De estas dos ciudades colombianas sólo conservo estas fotos:

Desde la montaña para cruzar a Playa Grande.

Atardecer ventoso en la Playa Grande.

Unos perros (fuera de foco) junto a la playa.

Una calle de Santa Marta.

Aproximadamente trescientos litros de jugo de lulo (individual).

 

 

El general en su laberinto

El general Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios ha soñado con el proyecto improbable de unificar América entera. Se le conoce como el Libertador y ha participado en la guerra independista de las jóvenes naciones de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia –entonces apelmazadas bajo el nombre de Nueva Granada– del yugo español. Simón Bolívar es el caudillo latinoamericano por excelencia y en la novela El General en su Laberinto (1989), el escritor colombiano Gabriel García Márquez traza la ruta final del general cuando, en abril de 1830, decide renunciar al último Congreso de la Gran Colombia y vagar en un laberinto interminable que lo llevará a la muerte. La única salida posible.

Como novela histórica (y debido, en gran parte, a la extensa investigación que García Márquez elaboró), El General en su Laberinto no deja de ser rigurosa y precisa, pues detalla con minuciosidad el peregrinaje final del que fuera presidente de Venezuela (venezolano él de nacimiento) y fundador de la Gran Colombia. En la recta final se barajan nombres como el de Antonio José de Sucre (también líder independista y primer presidente de Bolivia), Francisco de Miranda, Francisco de Paula Santander, José Antonio Páez y hasta la presencia alegórica (aunque a ratos inverosímil) del militar y fallido emperador mexicano, Agustín de Iturbide. Los caudillos reunidos y recreados a través de los múltiples recuerdos de Bolívar, de las glorias pasadas y el terror inminente de un presente que se dibuja desprovisto de su gloria, honor y notoriedad política.

Decía Ortega y Gasset que el pueblo “que no recuerda su pasado está condenado a repetirlo” y esta afirmación viene a cuento en la coyuntura de la política latinoamericana actual. Hasta hace poco, la república venezolana cambió su nombre al de República Bolivariana de Venezuela y no son pocas las alusiones constantes al afán caudillista de Bolívar. En este sentido, cabe preguntarse la validez de premisas libertarias (que en su momento se presentaron como únicas e ineludibles) en una situación que exige más allá de un auténtico afán de lucha y requiere, en cambio, el enfrentarse con la realidad social del país latinoamericano, con yugos distintos y expuesto a la fragilidad de sus ideologías. ¿Hugo Chávez el nuevo Bolívar? Desde luego que no, así como tampoco pueden serlo ya los líderes políticos que permean la circunstancia actual. Un debate político profundo y hasta filosófico que sólo se vislumbra en sus fronteras más lejanas con el conocimiento, aunque sea sólo literario, de la historia del Libertador primigenio, del Bolívar que ha asimilado la problemática de su cultura y el mundo en que vive y que, ya al borde la muerte, exclama aturdido:

– Carajos, ¡cómo voy a salir de este laberinto!

Aventura en la frontera II

En mis últimos días en Cartagena pasé el tiempo paseando por la ciudad amurallada, mirando hacia el mar, sabiendo que era tiempo de partir. El jueves salí rumbo a la terminal a eso de las nueve de la mañana, y cuando llegué ya no había autobuses directo a Venezuela -ni a Caracas ni a Maracaibo. Según mi fiel amigo Google, mi otra opción era partir rumbo a Maicao y de ahí cruzar tranquilamente a la tierra del tequeño y el ron auténtico de piratas.

Tomé una buseta Expreso Caribe, un viaje que me pareció infernal de casi nueve horas, en las que paré en cada lugar en el que ya había estado antes, pero ahora como a través de un cristal. Para añadirle dramatismo a mis desgracias, ya no traía pesos colombianos, y en el camino me comí un kilo de mandarinas para paliar mi dolor (y porque era para lo único que me alcanzaba).

Llegué a Maicao de noche, casi a las nueve, y en el pueblo no había terminal, como pensé primero, sino una calle miserable llena de comercios y gente vendiendo chorizo y arepas. En cuanto me bajé, un tipo me preguntó si iba a Maracaibo, y enseguida tomó mi mochila y la metió en la cajuela de un coche tipo lancha, un Malibú setentero que se caía a pedazos. Yo intenté resistirme, pero pronto descubrí que era la única opción: el viaje me costaría 80 bolívares y me dejaría en Maracaibo, desde donde podría tomar un bus a Mérida -la que, pensé, sería mi primera parada venezolana.

Me consoló saber que viajaría con otros cinco pasajeros, entre ellos una casi adolescente de mirada furtiva, y una señora que no se subió a la lancha sino hasta que se terminó su café tinto. El chofer pasó todo el camino diciendo que él no acostumbraba hacer esta ruta de noche, porque era muy peligrosa, pero que llevaba tres días sin comer y había decidido no fijarse en los detalles. Un puesto de control tras otro, hasta que llegamos a las oficinas de migración. En la primera parte mostré mi pasaporte, se me preguntó qué hice en Colombia («vacacionar», contesté con un tono muy casual), y salí de ahí como si nada.

Fue hasta el segundo puesto que ocurrió la desgracia. Para este punto, yo sabía que no podías viajar sin perder algo, que los viajes placenteros y sin contratiempos sólo existen en la mente del que no viaja. También tenía una lejana idea sobre algún impuesto fronterizo, y cuando el policía me dijo que tenía que pagar 50 dólares por «el convenio entre México y Venezuela», no dudé y sencillamente lo hice. No hubo resistencia de mi parte, no hubo escepticismo, no hubo un «¿qué te pasa, hijoeuputa? ¿Qué tú crees que yo soy una pendeja ingenua sin idea?». No lo hubo. Sólo caminé hacia la lancha, saqué mi mochila y busqué el billete de 100 dólares. Mientras lo buscaba entre mis calcetines y mis playeras, la señora del tinto me apuraba. «No quiero dormir en el terminal de Maracaibo, ¿por qué no tienes tus cosas a la mano, niña?». Yo no escuchaba. Sólo pensaba en el billete, en el impuesto y en la pérdida.

Convenientemente, el policía no tenía cambio de un billete de cien dólares. Me dio cien bolívares fuertes y me sonrió, como el beso de Judas. Yo sabía que estaba siendo estafada, pero algo en mí me impelía a actuar mansamente y obedecer. No dije nada.

En la lancha todos me preguntaron cuánto me cobró y enseguida me hiceron notar, de forma repetitiva si he de ser detallista, que me vieron la cara. Yo no quería saberlo, aunque lo supiera. No pensaba en los casi 80 dólares que había perdido, ni en lo fácil que había sido para el policía, sino en cuánto deseaba que todo acabara de una buena vez. El tipo tenía un arma, y aunque no tengo experiencia al respecto, si la tuviera ella me diría que nunca debes negarte ante un hombre armado. Además, trataba de ser positiva: el policía había resulto involuntariamente el problema de los bolívares que había de pagarle al chofer de la lancha-taxi-colectivo.

El camino a Maracaibo fue pesado e incluyó una carga de gasolina en una casa con las luces apagadas, donde se dedicaban al contrabando de gente. Incontables retenes donde a cada tanto tuvimos que mostrar nuestros documentos, y hasta una revisión exhaustiva de nuestro equipaje. Una carretera llena de huecos y sin señalizaciones. Los comentarios del chofer, siempre catastrofistas, y la hostilidad de mis compañeros de viaje, tan acostumbrados al cruce fronterizo.

En el terminal no había buses ni para Caracas ni para Mérida; de hecho, no había buses en lo absoluto. Dejé mi mochila en la sala de espera y me resigné a esperar hasta la mañana siguiente. Charlé un rato con un taxista, un negro de ojos bondadosos al que terminé contándole el robo del que fui parte, y que me contó de sus hijas y hasta me ofreció su casa para pasar la noche. Me negué primero, pero supongo que habría terminado aceptando si hubiera insistido más. Le dije que no sabía si ir a Mérida (quería pasar a la famosa heladería Coromoto y turistear un poco por la ciudad andina) o a Caracas directamente. Me dijo que tenía que decidir qué haría, y sólo farfullé que quería ver a mi amigo (el camarada) y de ahí decidir.

-Lo que usted quiere es el calorcito de una cara conocida.

Cuando lo dijo quise llorar, porque era cierto. Qué ganas quedaban de turistear después del robo y el viaje. Acordamos vernos a las seis de la mañana para que me llevara a un cajero (yo sólo tenía cuatro bolívares en el bolsillo, suficientes para un tequeño gigante), y me acomodé en una silla. Pronto me dormí.

Como a eso de las tres, un flaco canoso me despertó. Me dijo que había un carro a Valencia, y que de ahí sería fácil tomar un autobús a Caracas. Primero dudé, pero luego vi que la señora del tinto y otro de los que venían de Maicao iban a tomar el carro. Se trataba de una lancha similar, más sórdido que la anterior, y esta vez no dudé en permitir que amarraran mi mochila con mecates a la cajuela.

En el camino dormité la mayor parte del tiempo, y siempre tuve pesadillas. En cada parada deseé un café, pero no tenía dinero: ni pesos colombianos ni bolívares ni nada. Salimos a las cuatro de la mañana de Maracaibo. Llegamos a las once y media a Valencia. En el camino, uno de los pasajeros se enfrascó en una pelea con el chofer. Al principio yo observaba la discusión sin entender qué pasaba, hasta que un colombiano-venezolano a mi lado me explicó que, en realidad, era por mí: el chofer quería pasar a un cajero a que yo sacara dinero, y el otro tipo (un negro impresionante que, ironías, primero me pareció guapísimo) alegaba que tenía prisa y que no era justo que se detuvieran para semejante idiotez. La hostilidad era tan evidente que ya ni siquiera me provocaba nada, era sólo parte del viaje infernal para llegar a tierra conocida, una serie de trámites molestos para alcanzar un sitio seguro.

En Valencia me comuniqué con Gregory, me comí una arepa y me bebí una malta, y tomé el bus a Caracas. A mitad del camino nos cambiaron de unidad, porque a ésta se le había descompuesto el aire acondicionado, y durante todo el trayecto sufrí por un dolor de cabeza atroz (tal vez somaticé, tal vez el aire acondicionado me jode más de lo que me gustaría).

Llegué al departamento del camarada a las cuatro de la tarde. Me recibió con una Pepsi y un sofá muy cómodo. Aunque hablé del robo y del viaje como una desgracia, algo me decía que pudo haber sido peor. Y aunque intenté justificar mi torpeza con la policía, en el fondo aún tengo la certeza de que pudo haber sido peor negarme. O eso me gusta decir, nunca he sido buena defendiendo mis derechos.

No todo es trágico. En cuanto pisé suelo caraqueño, mi suerte cambió. Pero de mis aventuras en esta ciudad, oh amigos, he de hablar en otra ocasión.

 

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En Cartagena

Desde hace ya varios días, todas mis comidas incluyen alguna porción de arroz blanco y plátano macho. Estoy al borde de la locura. Hace rato, después de que mi alma lo implorara, me comí una crepa de Nutella en un lugarcito en Cartagena. Mientras esperaba mi orden, languideciendo en una silla de plástico en la calle, un gringuito pasó caminando. No podría lucir más turista ni aunque lo intentara: huarache-tennis, bermudas y un sombrerito ridículo que, de acuerdo a sus razonamientos, le refrescaría la cabeza.

Nos preguntó si era un buen lugar para comer. Como nadie había comido nada, le dijimos que no sabíamos. Se quedó pensativo, ponderando la situación. Decidió irse por donde venía. A los tres minutos apareció de nuevo y, alzando dramáticamente las cejas, dijo que ese camino no era aconsejable para la gente decente. Desapareció otra vez. Cuando le di la primera mordida a mi crepa, el tipo ya estaba sentado en el mismo lugar pidiendo una pizza. Me pareció encantador.

El hostal en Taganga estaba lleno de argentinos. Todo esto lo conté -o lo contaré próximamente- en mi columna de El Chamuco, pero da igual: los dueños son dos bogotanos, uno llamado Jairo y el otro sepa cómo, que se la pasan fumando mota todas las tardes. Ahí mismo, tirada en las hamacas, escuché conversaciones increíbles y chuscas entre Jairo y los argentinos (que no hacían otra cosa que rolarse los porros indiscriminadamente).

Uno de ellos, por ejemplo, dijo que conoció a uno de los paisas. «Pero, ¿cómo? ¿Vos sos de Medellín?», le preguntó el argentinito. «No, soy de los Paisas, de los Paisas, che» (le contestó, presuntamente, el narco). Ahí supe que los sicarios ganan de tres a diez mil dólares por muertito, dependiendo del grado de dificultad e importancia de la víctima, y que una vez un sicario, siempre un sicario. Un oficio ingrato, como puede verse.

Otra tarde, mientras veía a Carmen Aristegui sobre la hamaca del área común, un argentino me preguntó si era mexicana. La conversación hubiera quedado ahí atascada de no ser porque se fue la luz y nos vimos forzados a intercambiar datos culturales, halagando mutuamente nuestras culturas. Mientras yo hablé airadamente de la literatura argentina, el tipín se limitó a nombrar a Café Tacvba como su banda favorita de pubertad. Después se puso a despotricar contra Borges con tal ira e intensidad que temí haber dicho algo malo, inventé una excusa, y me deslicé a otra hamaca con rapidez.

Las argentinas, en cambio, eran todas unas perras.

Paréntesis políticamente correcto: Odio los estereotipos culturales. Los odio como el niño odia los lunes, como el empleado a su jefe, como el inquilino al casero, como la anoréxica al espejo. Me duele ser tan dependiente al picante y que la gente se ría y diga «claro, mexicana», y que se diga que los argentinos son todos unos arrogantes… Pero, carajo, estas tipas le hacían honor al cliché.

Me quitaban de la mesa para «cenar», apagaban la luz de la cocina aunque me vieran ahí adentro picando pepinos, y monopolizaban la televisión con tal saña que parecían hacerlo sólo para joder (por supuesto, ni quién quiera ver la tele en sus vacaciones en el Caribe… err… sí).

Hace rato las vi caminando por el centro de Cartagena, ¡por Alá! Un viaje de cinco horas para encontrármelas ocho después, ¿de qué se trata esto?

Ahora sí me siento atlética. He hecho mucho trekking en lugares que casi me han llevado a la muerte sólo para traerles fotos como ésta, que ni siquiera tiene gracia:

Si sienten que la calidad de mis posts ha disminuido, no están en un error. Pero ya casi me voy de Colombia, y las cosas adquirirán un tinte dramático una vez que esté en Venezuela. ¡Arrozconplátano!

 

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La playa

Tengo la creciente sensación de que esto no es la realidad. De que volver a mi vida cotidiana, donde no hay cervezas sobre hamacas en una playa caribeña, será un golpe demasiado duro de afrontar, el balde de agua fría después de un sueño pacífico y conciliador. Debí escuchar a Luis Frost cuando me dijo que no lo hiciera, que no viajara, porque después todo pierde sentido. Es difícil hacerse a la idea de que uno debe tragarse sus vacaciones y volver a la vida oficinística/freelancera, pagar la luz y el agua, comprar leche cada tercer día, estar al día con la tarjeta y visitar a la familia con regularidad.

En Santa Marta me sentí como personaje de Fernando Vallejo: el pueblo es pequeño y sofocante, las calles son como túneles por donde uno transita con el sudor en la espalda, y las prostitutas no hacen distingos entre hombres o mujeres. Yo había viajado afiebrada desde Barranquilla, y todo parecía estar en otra parte, donde no podía alcanzar nada.

Ahora, en Taganga, me siento como personaje de Alex Garland. Hay un paraíso allá afuera al que debo llegar, pero hay como una pared, y esa pared es mi trabajo y mi vida cotidiana.

Quizás todo sea producto de la cerveza sobre la hamaca, en efecto. O los arrecifes de ayer, en Parque Tayrona, a los que se llega luego de una caminata por la selva de 45 minutos. El mar es hermoso, entre azul y verde, y la arena es como rocas diminutas. Por supuesto, mostraría la foto… pero olvidé la cámara. Deben ser las cervezas tropicales. Ustedes me dispensarán.

 

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Shakira, Shakira (fotopost vegetariano)

El vuelo Medellín-Bogotá ha sido uno de los más angustiosos: en la casi media hora de vuelo sólo hubo turbulencias violentas, y el piloto se la pasó diciendo sandeces para que nadie sintiera terror. Conclusión: todo era culpa del cambio de temperatura -y tal vez de la aerolínea de bajo costo que, según Lina en Bogotá, es la que tiene mayor número de accidentes en Colombia.

Una hora en una ciudad tan linda, pero no pude ver a los amigos. En lugar de eso, esperamos unas dos horas como zopencos a que saliera el vuelo rumbo a Barranquilla. Ahí, por supuesto, todo fue tranquilo… de no ser por un escuincle que se la pasó llorando y pataleando sin cesar. Al salir del avión, el hornazo fue tan evidente e impactante que me dieron ganas de arrojar mis ropas a los policías y decirles «¡¿Cuál es su maldito problema?! ¡¿Cómo pueden vivir con este calor endemoniado sin tener la clara convicción de cometer suicidio todos los días?!»

Después de eso me metí en un taxi y juré no ser una quejumbrosa… a pesar de que mi cuerpo sea como un camarón al horno con múltiples ardores.

Algunas impresiones sobre la tierra que vio crecer a Shakira representadas en fotografías (advertencia, algunas imágenes pueden herir nuestro imaginario histórico y resultar en una deshonra para la cultura nacional):

Esta sopa de gandul es como Alá personificado: tiene los tubérculos más usados por acá, ñame y yuca y otras cosas cuyos nombres no recuerdo y de las que jamás hemos oído hablar en México, como el 70% del departamento de frutas y verduras de Colombia.

 

Combinado (pollo, lomo, butifarra, banano y sepa qué más) con mazorca desgranada y papas a la francesa. Un golpe de grasa directo al torrente sanguíneo. Lo mandaré como colaboración al This is why you’re fat

Todo lo cual nos lleva a la siguiente imagen:

Sujeto femenino no identificado caminando por la calle -inserte número que no recuerdo- al final de la comparsa precarnavalera. Cankle evidente (guiño a los que vieron Shallow Hal)

 

En exclusiva para los lectores de la Isla a Mediodía: el depto de Shakira en Barranquilla, hijoeputa.

También me gusta ofrecer diversos servicios a los incautos lectores de este cuchitril. Dos ejemplares -masculino y femenino- que te regalan cigarros mentolados y te dejan sacarles fotos y dicen «ay marica» a discreción:


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Si a veces se preguntan cuál es la imagen de México en el extranjero, no busquen más: nuestros héroes nacionales son todos sombrerudos con bigote, «sí iñor»

La vista engaña: ¿es esto un flan napolitano? ¡No! Es cuajada con panela derretida en un disfraz de flan napolitano. Esos colombianos, siempre tan bromistas.

La verdad esta foto es sobre el Peñón de Guatapé, cerca de Medellín, pero está bien bonita. Es como ¡el milagro de la naturaleza!

 

 

Esta foto también es en Medellín, pero ilustra la teoría de la influencia cortazariana en la arquitectura sustentable colombiana -ejem. No confundir parque con parque.

También en Medellín, pero da igual, porque hay Crepes & Waffles por todo el país. Una vez más, algún heroicillo nacional se está revolcando en su tumba.

 

***

El punto es: después de perseguir una playa desde mis aciagos y ventosos días en el Ecuador, y mis consecuentes pasos por ciudades calurosas con todo el ánimo costero pero sin playa, ansiaba llegar a la arena, tumbarme frente al mar y beberme una cerveza Águila sin pensar en el mañana. Desde que tenía 16 años, me vestía toda de negro y escuchaba banditas goth para mariquitas, ir a la playa me parecía un placer mundano: odiaba llenarme de arena, sentirme pegajosa, que las olas me revolcaran y tragarme agua de mar sin querer.

Después de años de no ir, por gusto, fue lo primero que quise hacer en Colombia. Más de dos semanas viajando, apretada y cocida a fuego lento dentro de busetas diminutas, hospedada en hoteluchos menos dos estrellas, o en casas de personas excelentes, comiendo delicias gastronómicas y anticipando el placer. No pude ir el primer día en Barranquilla, ni el segundo, pero hoy, después de media hora de camino y un retén… por fin lo vi.

El imponente mar.

 

 

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Lo inviable de una comida tan deliciosa

Cuando estábamos en casa de Patton, lo que ocurría gran parte del tiempo en Bogotá, todos nos concentrábamos en una tarea solamente: leer sus revistas SoHo.

La revista parece, a simple vista, un compendio de las mejores cirugías estéticas de Colombia. Una segunda leída, sin embargo, nos deja pensando que los de Letras Libres deberían decantarse por las tetas falsas y ser tan buenos como estos tipos. Creo que, sin exagerar, es la mejor revista que he leído.

En uno de sus números se dedicaron a analizar las razones por las que Colombia es inviable, con tan mala leche que uno tiene que levantarse de la alfombra, aplaudir y hacer una reverencia para su autocrítica voraz. Uno de los artículos hablaba de las comidas colombianas: no hay desayuno ejecutivo que se respete que no incluya una buena tajada de arroz con plátano frito; a la hora del almuerzo, cuando los oficinistas se comen su sancocho y su seco con carne, nada puede ser más entorpecedor que la lenta digestión de los componentes gastronómicos de la comida colombiana. En una palabra: comen como cerdos, y eso desacelera la efectividad de la población activa.

Pero me encanta esa comida para cerdos, aún cuando la mayoría de veces no puedo terminarme todo lo que hay en mi plato (y pregúntenle a mis conocidos, porque yo jamás desperdicio media morona).

En estos días he probado la ya famosa fritanga, el ajiaco con mazorca, las empanadas de carne con papa, las otras empanadas en forma de bola con pollo y papa, el mondongo, la cuajada con panela (que es como un pedazo de plástico -queso- bañado en jugo de caña de azúcar), la arepa rellena de queso (con chorizo o salchicha), la oblea de arequipe y el bocadillo con queso, los «fríjoles», el jugo de lulo, el chontaduro -una fruta con sabor parecido a la zanahoria- con sal y miel, las almojábanas, y algunos tipos de café, aunque la mayoría son con leche y nada del otro mundo.

A pesar de que he hecho ejercicio como nunca, estoy segura de que estas comiditas me dejarán unos kilos de recuerdo.

Sobre mi aventura en Medellín

Tengo una lección para todos: no hagan dedo (sin albur) (con albur siéntanse libres) en Colombia, porque no lograrán nada, salvo quizás conocer un par de tipos chistosos en el camino: un checador de buses que nos dijo que las mujeres lo perseguían «por su trabajo» y un señor camino a Honda -literalmente, un hoyo de barbacoa, el pueblo más caluroso de todo el país- que nos regaló unos panes rellenos de bocadillo -ate.

Medellín debe ser la ciudad más moderna de Colombia: las cabinas del metro son inmensas y corren audaces por los aires, todos los taxistas son honestos y eficientes, las chicas tienen un ideal de belleza más cercano a Shakira que en ningún otro lado, y hasta hay un parque de los pies descalzos, donde efectivamente puedes quitarte los zapatos y quemarte las plantas en su arena hirviendo -pero es perfectamente factible meterte a las fuentes y usarlas como sustitutos de balneario.

Ayer estuvimos en el cerro Nutibara, el lugar más fresco de toda la ciudad, pues es un bosque. Hoy decidimos poner a prueba nuestra condición física -que probó ser una mierda- y subir los casi 700 escalones del Peñón de Guatapé, un pueblito a dos horas de Medellín donde está el lago más hermoso que jamás he visto.

Estos días en un país tan contrastante como Colombia, donde todo es más cálido y feliz que mis aciagos días en el Ecuador (de donde he sacado la historia más entrañable que pudiera imaginarme), me parecen como un sueño demasiado plácido que alguien más está viviendo. No hay preocupaciones ni temores al caminar por las calles numeradas, saludar a las personas, probar el «ají» en grandes cantidades ante la mirada atónita de los colombianos, y relajarse con una buena cerveza cada dos horas de caminata.

Espero que todo transcurra tan fácil como hasta ahora. Eso, desde luego, si no me secuestran en Barranquilla, la tierra de la chica cuyas caderas no mienten.

 

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I’m felising Bogotaning Hilton (chiste local)

 

Bogotá se las da de ser una ciudad muy ordenada, con calles que parecen coordenadas: calle 123A con carrera 10, 45 con 98, 113d con 5. No hay forma de perderse entre sus avenidas limpias y perfectamente señalizadas, entre las carreras que van de occidente a oriente y las calles que sólo corren de norte a sur. Bogotá es un mapa vivo… hasta que, por supuesto, caminas y das la vuelta en una calle y te topas con un callejón sin salida y todas tus ideas sobre lo viable de la ciudad se vienen abajo. ¿Dónde está tu orden inmaculado, Bogotá? ¡Que alguien me explique cómo salir de un callejón sin salida en una ciudad tan organizada!

 

Lo anterior lo escribí a petición de Maria(), pues después de que hice este comentario mientras caminábamos por el norte, me dijo: «esto lo vas a escribir en tu blog, ¿verdad?» No tenía pensado hacer un comentario tan negativo sobre esta ciudad en la que sólo la he pasado bien. La charla anterior, por ejemplo, fue efectuada mientras nos dirigíamos en bola a jugar tejo.

 

El tejo es, según los colombianos, deporte nacional. Consiste en lanzar una especie de piedra tallada, el tejo, sobre una superficie cubierta con lodo. En el centro hay un círculo trazado, y en cada polo un triangulito con pólvora. El objetivo es hacer mecha, o sea: explotar el triángulo, o mínimo darle lo más cerca al círculo. Todo, acompañado de un «petaco»: una caja con 30 cervezas Águila -patrocinadora oficial de este bello deporte que tiene todo: fuego, pirotecnia, lodo, y lanzamiento de piedra con posible descalabro.

 

Durante esa amena tarde en la cantinita de mala muerte sacamos importantes conclusiones, como que México debería estar en el lugar que ocupa Venezuela (sin ofender a mi camarada), ya que aparentemente somos bien cuates/parceros, nos la pasaríamos bien chido/chévere, todo sería padre/bacano, nos curaríamos la cruda/guayabo juntos, diríamos ay güey/ay marica a discreción y nuestra vida sería un bacanal con cajeta/arequipe, y pozole/ajiaco. Somos el uno para el otro.

 

Área de juego

 

 

El ganador fue, obviamente, el experimentado Patton, pero todos nos divertimos igual. Después cenamos unas arepas rellenas de queso con chorizo, y un Soka de lulo.

 

Valentin, Lina, Andrés, María, Patton et moi

 

En algún momento, una señora borracha se emocionó mucho por la presencia de dos extranjeros (yo creo que más por el rubiecillo que dice cosas como suben-estrujan-bajan), y nos decía que el cielo estaba con nosotros y que Méxicolindoyquerido y que algo sobre Alemania, y nos abrazaba y nos ofrecía su casa y todo fue muy surreal.

 

Dos videos al respecto:

 

Uno

 

Dos

(nótese cómo ya soy una experta en el acento colombiano, hueón)

 

Hoy estuvimos en la catedral de sal, la primera maravilla de Colombia según la intrépida publicidad, en el pueblito de Zipaquirá. También comimos fritanga, de la que mostraré el antes y el después:

Comienza la aventura…

La «gaseosa» Colombiana -de cola roja- también se acabó.

 

Somos unos cerdos, sólo díganlo.

La plaza principal de Zipaquirá, el pueblo que más me ha costado pronunciar a la fecha.

¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos burlarnos de los nombres castellanizados de los guías que te muestran los recovecos de las catedrales de sal bajo tierra? ¿Qué?

María y Patton me explicaron qué era una mamona, y que naturalmente hacía este letrero menos gracioso, pero ya lo olvidé.

Estas papas me destemplaron, aunque ellos dicen que son las mejores. Y sí saben a pollo.

 

 

Lo mejor para mí fueron estos amigos que hice en Colombia. Esa noche viendo videos de YouTube a instancias de María y mía -todo Miranda!, Pimpinela, Pandora y Flans-, el gran video del «I’m felising in Cartagening Hilton» (acá), los huevos con bocadillo -sin albur-, que es como el ate; las obleas de arequipe y las cervezas Club Colombia, los paseos como reses en Transmilenio, las lecturas concienzudas de las SoHo de Patton, los desayunos noquea-vísceras de Andrés, mi búsqueda por la esmeralda más grande sin cortar en el Museo del Oro, y todas las risas que compartí con ellos.

 

Esto, y nada más, me basta para llevar a Colombia en mi corazón toda la vida -lágrima rutilante.

 

 

 

Siguiente parada: Medellín.

 

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Bogotá y la aceptación de mi pobreza

Hoy por la mañana llegué a Bogotá. Valentin y yo compramos los boletos en la mañana para salir a las diez de la noche, pasar todo el viaje durmiedo (pobres ilusos) y estar frescos para recorrer la ciudad. Como tuvimos todo el día libre en Cali, y ya la habíamos recorrido, y moríamos de calor, decidimos hacer lo único que una persona sensata haría: ir al cine, el único lugar con aire acondicionado donde podríamos refrescarnos mientras salía el autobús. Vimos Sherlock Holmes y Paranormal Activity. Por cierto: los cines colombianos son todos lujosos, te asignan un lugar y un acomodador te lleva a él con una linternita.

El viaje, por supuesto, fue un tanto incómodo y no dormimos una puñeta. A las cuatro de la mañana, a pesar de ser un expreso directo, el chofer se paró en Ibagué y se comió un sancocho con toda la tranquilidad del mundo. Por fin llegamos a las 9 de la mañana, hechos porquería de perro abandonado.

No necesito decir que nos perdimos, que un californiano hippioso nos dijo cómo llegar a la Candelaria y compartimos el taxi con él, que desayunamos un pastel malo con café tinto, y que por fin me encontré a Andrés Godoy en la Plaza Bolívar -él, fresquísimo. Yo, por lo menos, me sentía un poco desorientada, sin haber dormido, con el cabello enmarañado y la cara de una huérfana a la que han pateado en las hipotéticas bolas.

Después de eso fuimos a dejar nuestras mochilas a casa de Patton, donde conocimos a María(), que aparentemente se divirtió mucho con mi acento mexicano. El resto de la tarde fue verdaderamente encantador: subimos por Teleférico a la iglesia de la Monserrate, y al regresar tuvimos una experiencia cercana a la muerte -ejem- cuando éste se detuvo y se balanceó sobre su eje. Después comimos en Dominó un bistec a lo pobre, que resultó ser todo lo contrario: muy abundante y, por supuesto, muy caro.

Cuando hice cuentas y me di cuenta de que estaba pagando 10 dólares por cada comida, ya en casa de Patton mientras charlábamos alegremente, supe que estaba ocurriendo lo que siempre temí.

Los turistas que he conocido en mi travesía aman ir a lugares que no son para turistas. Mientras más amigable con el turista, más chupabolas sea el lugar, menos les gusta: muchos paisanos como ellos, rubios con sus cámaras en la mano y sus bermudas con flip-flops, muchos bares como «Senior Alacrán Billy» y lugares donde te puedes tomar una cerveza local mientras escuchas música típica.

Todos ellos son como Richard en The Beach: quieren ir más allá, donde la gente como ellos no pueda llegar. Quieren descubrir playas vírgenes, hablar con los lugareños en mal español en pueblitos olvidados por la mano de Alá, quieren subirse a un autobús destartalado y viajar durante 38 horas a través de la carretera más peligrosa del mundo (Bolivia TM), y emprender largas caminatas por zonas totalmente diferentes a los parques nacionales, en caminos apenas hechos por donde sólo pocos han transitado. Quieren ser diferentes. No irían a Cancún, pero sí a Playa del Carmen. No se tomarían una margarita sabor fresa, pero sí un mezcal con gusano. No se acostarían con la dueña del hostal, pero sí con la que hace la limpieza (por supuesto, también exagero sólo para darle la nota jocosa al post).

Y todos ellos, a pesar de sus flip-flops y sus bermudas y sus cámaras en la mano, harían cualquier cosa antes que convertirse en esas parejas de más de cincuenta que viajan con su guía Lonely Planet, contratan tours, están bien asesorados por una agencia de viajes y por una oficina de turismo, y sólo van a lugares donde les den agua embotellada y todos sus alimentos estén endulzados con Splenda. Me dije que yo tampoco sería así, que debía atenerme a un presupuesto limitado, carecer de un plan estricto y poco flexible, quedarme donde quiera si me apetece, y pedir el eventual aventón para aminorar costos.

De pronto, al convertir los 20 mil pesos colombianos de mi «económica» cena-comida-almuerzo en pesos mexicanos, me di cuenta de que estaba dilapidando el dinero como si no hubiera un mañana. Y tal vez sea cierto, si continúo con esta gastadera.

Hoy, mientras miraba el enorme valle de la ciudad de Bogotá, decidí arrojarme aún más a la aventura. El turismo de guía de viajes no es el verdadero. O tal vez sí… para la gente rica.

Por lo pronto, me acerco a la playa. Nada podría emocionarme más.

And now for something completely different… fotos.

 

 

Vista desde la iglesia de Monserrate.

 

 

Aparentemente, dar el paseíto en llama es la cosa más normal del mundo en la Plaza Bolívar

 

 

Me gusta cómo se ve la bandera.

 

 

Sección de fotos plaquetosas-chistosas:

 

En el baño de señoritas en Ibagué.

 

 

Cartel en la terminal de autobuses de Cali con clara influencia cortazariana: «al subir levante el pie».

 

 

En esa iglesia sí son modernos y no dan una naranjada por el cambio climático.

 

(entrada original)

Aventura en la frontera / Colombia es lo máximo

Escribo desde un hostal en Cali, Colombia. Se llama Pelícan Larry. A mi lado está un japonés graciosísimo que toma un poco de cerveza mientras me mira escribir. El hostal está repleto de alemanes, a los que no le gusta encontrarse entre ellos mientras viajan por Sudamérica. Todo mundo está tirado en sillones con un libro en la mano, o leyendo su correo, y todos parecemos como muertos, sudando como «chanchos».

Pero mi verdadera aventura empezó en Otavalo, cuando estaba tomando el autobús a Tulcán. Me hice amiga de un lugareño que me dijo que Cali era peligrosísima, y que no fuera. Me subí al bus con un poco de miedo, pensando en formas de llegar a Bogotá sin tener que pasar por Cali. Una vez en la frontera, un taxista me llevó a Rumichaca, donde hice todos los trámites necesarios en la aduana. Ahí mismo, un rubio bastante tímido estaba en cuclillas haciendo unos dibujos mientras esperaba. Me olvidé de él y crucé a Colombia.

Ipiales no es una ciudad muy linda, así que sólo pensaba en tomar el camión a Cali o Bogotá, y olvidarme. Pero he aquí que, como era un día feriado, no había lugar en ningún bus a ningún lado. Tampoco había aviones. Desesperada, traté de que un taxista me llevara a Bogotá, pero tenía que contactar a tres personas más. De pronto, vi a cuatro extranjeros formados en la fila para Pasto.

Zed, de Australia; Katrin y Valentin, de Alemania; y Matan (!) de Israel. En ese momento nos hicimos amigos y, al no encontrar bus a Pasto, nos quedamos a dormir en Ipiales, en el hostal Belmondo.

Todo el lunes estuvimos viajando: de Ipiales a Pasto, de Pasto a Popayán, y de Popayán a Cali. Unas doce horas en total. Durante todo el camino reímos cuando Matan se quedaba dormido sobre el chofer, o su preocupación por llegar a Bogotá antes del miércoles para tomar su avión a Tel Aviv, donde -oh, los estereotipos- llegará a un bar mitzvah.

Y durante esas seis o siete horas de Pasto a Popayán descubrí que Valentin era el rubio tímido dibujando en la aduana de Ecuador. Nos la pasamos platicando, y eso me distrajo del terror que me provocan las carreteras colombianas: muchas curvas, despeñaderos, y caminos muy estrechos. En Popayán, Matan encontró un boleto a Bogotá, y perdimos a un miembro del grupo.

Finalmente: Cali. Es una ciudad MUY calurosa, moderna, muy amigable con el turista. Esa noche cenamos (yo comí un perro italosuizo-mexicano, con chimichurri, y todos probamos el jugo de lulo). De vuelta al hostal nos encontramos con un montón de alemanes del Pelícan Larry que nos invitaron una cerveza. Al final, los diez resultamos estar hospedados en el mismo cuarto lleno de literas. Saldo: cero ronquidos y cero ruidos sospechosos.

Por la mañana desayunamos un típico desayuno colombiano (creo): huevos, arepas, arroz blanco, plátano frito, lentejas, coliflor y café. Después caminamos por las calles de Cali, donde cada dos cuadras -oh, los estereotipos- algún tipo nos gritaba -a ellos, que son todos rubios- «¡gringos!», y luego nos ofrecía marihuana o coca.

Fuimos a tomar café colombiano a una cadena, Juan Valdez, que es como un Starbucks exótico. Ahí sólo nos relajamos, ahora con un nuevo integrante, Nicolai, berlinés de rizos alborotados que también viaja solo. Después volvimos al hostal y cada quién revisó sus asuntos en internet. Más tarde fuimos a un supermercado a comprar cosas de comer y una botella de ron que bebimos en la calle. Aparentemente, es legal beber en las calles de Colombia. Para entonces, el japonés ya estaba con nosotros, Masao, y es tan gracioso que creo que hace mucho no me reía tanto (siempre dice «duuuuuude» y canta canciones de los Backstreet Boys entre comentario y comentario).

En la noche fuimos a bailar salsa, pero en realidad nuestro objetivo era ponernos muy estúpidos, lo cual logramos con creces. También bailamos descalzos con poca gracia, y luego caminamos por la avenida sexta de Cali buscando a Valentin, que de pronto desapareció. Hicimos una pausa para comer empanadas, y luego seguimos por todos lados, preguntando por el tipo rubio de ojos azules con una playera amarilla.

 

Zed y Valentin hicieron una apuesta a ver si el segundo podía pasar todo el día sin fumar (jamás había conocido alguien tan adicto). Perdió, claro.

 

 

Nos dormimos a las 5 de la mañana charlando con un tipo de Nueva Órleans que venía de Bogotá. Hoy por la mañana no podría estar más cruda.

Este post fue escrito en dos tiempos. Hace unos minutos, Zed, Katrin y Nicolai se acaban de ir. Los primeros, a Medellín. El segundo, a la zona cafetera. Quedamos Masao, Valentin y yo. El japonés chistoso va a Popayán, y nosotros a Bogotá. Al pensar en las doce horas de camino en autobús, crudos, sólo me dan ganas de morirme.

Estos días con ellos han sido excelentes, y me han enseñado algo que nunca pude aprender en México: a relajarme. Cuando conocí a Zed primero en la estación de autobuses en Ipiales, yo estaba preocupadísima porque no había autobuses y no quería quedarme a dormir ahí. Pero él sólo me dijo que dejara de preocuparme y que me dejara ir. Estos tipos que pasan tantos meses de su vida viajando, sólo por el placer de hacerlo, ven las cosas con más calma de la que yo jamás he tenido. Quién diría que tenía que hacer un viaje tan difícil para aprender esta lección.

 

 

 

(entrada original)