Desde Otavalo, Ecuador

Ayer temprano, después de comprar víveres en una tiendita de La Pampa, Martín, Arturo y yo nos encaminamos al volcán del Pululahua. Mi idea, un tanto de guía turística amistosa con el gringo, era ir al TelefériQo, pagar 7 dólares por subir a la punta, sentir mareos repentinos y luego bajar como si nada. Ahora que lo veo, no era un plan muy excitante.Para ir pedimos aventón, porque yo sólo traía 50 centavos en el bolsillo. Luego descubrí dos dólares en mi cartera y pudimos subirnos a un camioncito (al que me he acostumbrado a llamar «bus»). Cerca de la una de la tarde, después de cruzar la exacta mitad del mundo (aunque, según tecnología GPS avanzada, la verdadera mitad está a unos trescientos metros de donde está el monumento), nos bajamos en una especie de comunidad. Subimos una cuesta no muy empinada, pero por supuesto yo estuve a punto de escupir mis vísceras, y llegamos al mirador. Ahí había coches con gringos que, luego de viajar unas dos horas desde Quito, se asoman por el barandal, dicen «oh, qué lindou, qué preciousou», y se regresan a su hotel.

El Pululahua es un volcán activo, pero en el cráter hay algunas casas y un hostal. Desde el mirador se puede ver un camino recto al que sólo se puede llegar bajando por un desfiladero al costado del volcán. No creí que fuéramos a hacer eso, pero de pronto nos encontrábamos bajando la vereda llena de piedras resbalosas, y yo sólo pensaba «nomamesnomamesnomames». Era evidente que no podría hacer ese mismo camino de subida, pero igual los seguí como si nada.

El cráter por dentro es hermoso, y por supuesto, no es nada como nuestras mentes educadas por la televisión creen. No hay lava ni piedra volcánica ni hollín por todas partes. De hecho, es una meseta muy fértil, donde se cultiva de todo (hasta maíz). Es un placer caminar por la vereda, con los volcanes alrededor, como si se estuviera sumergido en una maqueta.

No he podido subir mis fotos al internet, pero ésta es la exacta vista desde el mirador. El camino delgado que se observa a la izquierda, rodeado de árboles, fue el que seguimos hasta cruzar el primer volcán.

Encontramos una casa abandonada, y nos quedamos ahí disfrutando del paisaje. Después seguimos caminando, durante dos o tres horas. Nos encontramos a unos caminantes españoles que nos aconsejaron seguir hasta Niebli, una comunidad dentro del volcán. No necesito decir que el objetivo de Martín y Arturo era -y no hay vergüenza en la confesión- encontrar hongos alucinógenos. Me río mucho al pensarlo, porque nadie tenía experiencia ni conocimiento alguno para reconocerlos. Pero, como dijeron ellos, la esperanza muere al último.

Como a mí no me interesaba mucho el viaje, y estaba más preocupada por la subida durante la noche, me quedé esperándolos afuera de una finca. Traía un libro que tomé del librero de Martín, y que en ese momento fue estúpidamente literal: «Bajo el volcán».

Cuando la bruma bajó, sentí miedo. Miedo del regreso, miedo de caer por el desfiladero durante la subida, de que pasara un lugareño con negras intenciones. Como no me movía de la piedra desde donde estaba, el cuidador de la finca salió a preguntarme en qué estaba.

Fingí el acento tan bien que jamás creyó que fuera mexicana, hasta que mejor se lo confesé (creo que, a pesar de todo, tengo buen oído). Me dejó entrar a su baño, saludé a su esposa embarazada, y continuamos esperando a los zoquetes estos -desde luego, yo ya estaba enojada, porque me juraron regresar en media hora para poder emprender la subida con luz.

Cuando vi a Arturo emerger de la bruma, que para ese entonces ya estaba al nivel del piso, me sentí aliviada… pero luego preocupada otra vez. Sólo me dijo que no encontraron nada y que camináramos mientras hubiera luz (Martín estaba un kilómetro retrasado).

Yo estaba muy cansada, pero sentí que era una carrera contra la luz, así que caminé rápido. Pasamos por señales conocidas: una vaca muerta, un perro muerto (yo dije que nos preocupáramos de veras al encontrar al primer ser humano muerto), y la cruz de una niña que, al parecer, cayó al desfiladero (o sea: el momento para preocuparse).

Fue casi como una señal del cielo, debo decirlo, a pesar de mi escepticismo. Justo al 5 para las siete, con el último rayo del sol, escuchamos una camioneta. Le hicimos la señal del dedo y atrás, con sus cabellos delgados al aire, estaba Martín. «Súbete, loco, súbete». Al hacerlo, nos recargamos en la puerta de atrás y casi morimos desnucados -oquei, estoy siendo dramática porque para entonces ya estaba angustiadita.

Atrás viajaban tres quichuas que venían desde el lugar más profundo del Pululahua, que para efectos intensos, se llama El Infiernillo. Al alivio del aventón le sucedió mi ya ancestral pánico a las hondanadas. Me la pasé apretando los ojos sólo de pensar que la camioneta se volcaría al abismo, y para colmo el conductor era un cafre que manejaba rapidísimo. Ni siquiera sentía frío (estábamos en una de las partes más altas del Ecuador), ni miedo de que nos secuestraran, aunque cada tanto los quichuas hacían cálculos en voz alta sobre el valor de nuestras cabezas, y luego reían. Nosotros reaímos con ellos, más nerviosa que felizmente, y mientras tanto yo proyectaba qué hueso se me rompería primero y en qué momento perdería el conocimiento.

Tal vez fue un miedo absurdo, pero es el miedo más intenso que he sentido en toda mi vida. El auténtico miedo a morir. Y de pronto todo se sentía tan lejos, mi familia en México, y las tardes agradablemente perdidas viendo Friends, y los frapuchinos con crema, todas las cosas superficiales que a uno lo hacen feliz. Todo en peligro cuando se sube un volcán de noche, con desconocidos que a duras penas hablan español, y el abismo abajo.

Uno de ellos, cómo olvidarlo ahora, tenía cara de gato. No eran tanto los rasgos duros, sino el color de la piel, anaranjado, como si le hubiera caído ácido ardiente. Sin pestañas y con los labios partidos. Cuando las luces de los coches, ya en la autopista, le daban de frente, los ojos se le ponían rojos. Como de gato.

Yo no quería decir que era de México, porque siempre es más conveniente fingir el acento y decir «qué cargoso, había full gente en el volcán, pero todo fresco, loco». Sin embargo, Martín me delató. El único comentario del cara de gato fue: «Claro, México es más pobre que nosotros». No dije nada y sólo me reí y traté de no verle esos ojos tan extraños.

Cuando estuvimos en la autopista me sentí mejor. Ya no sentía frío, a pesar del viento mortal. Los quichuas nos dejaron cerca del barrio de La Pampa, al que llegamos con otro aventón (al parecer, hacer dedo es la costumbre más normal por acá).

El camino a casa de Martín me pareció el más feliz, a pesar de que ahí también he sentido mucho miedo. La casa es antigua, la madera cruje, la abuelita es un espectro, cuando hay ruidos extraños Martín se pone nervioso, y apenas dos semanas atrás entraron a robar un arma a través del cuarto donde dormía.

Sin embargo, nos bañamos, cenamos y tomamos vino. Ahí Martín habría de contarme la historia más fantástica e interesante que he escuchado. Ahí todo cobró sentido. Ahí supe a qué había venido al Ecuador: sólo para conocerlo a él, y asomarme un poco a sus abismos, que son más grandes que los del Pululahua.

He sentido tanto miedo esta semana en Ecuador que siento que estoy acabándome la reserva para toda la vida, y eso es bueno. Desde ir a apagar todas las luces por la noche, hasta enfrentarme a su perro, hasta caminar por el centro histórico de Quito y no saber qué metrobús tomar, y caminar de noche sin luz, y tratar de encontrar la entrada a casa de Martín en la noche por el camino rural. Todo ha sido una prueba constante, casi como un cara a cara con mis temores. Estoy segura de que llegaré mucho más valiente a México -y con mejor condición física- de lo que jamás he sido.

Hoy, por ejemplo, fue otra aventura. Para resumir: fui a visitar a Linda Rogers y agradecerle su ayuda, sin saber que me ayudaría de nuevo. Su esposo, Daniel (que luce como el Brad Pitt «joven» de Benjamin Button) me llevó hasta la terminal de autobuses de Quito, donde partí hacia Otavalo.

El camino, para no variarle, fue en una carretera angosta pegada a la cañada. Otro paso en falso y la muerte en autobús. No pude disfrutar ni un solo minuto de las dos horas del viaje, con todo y su película mala sobre la leyenda de Excalibur.

Otavalo es pequeño y nada bonito. Llegué a un hostal que, según mi guía Fodor’s, era barato. ¡42 dólares por una noche! Decidí probar suerte en otro, a pesar de que la dueña -una gringa que no habla nada de español- me dijo que tuviera mucho cuidado, viajando sola, con mi mochila al hombro.

Llegué a uno de diez dólares, feo pero poco atractivo. No tiene desayuno incluido, pero al menos tengo baño propio y una pequeña televisión con cable. Mañana parto a Tulcán, a la frontera con Colombia, y desde Ipiales tomaré un autobús a Cali. Allá me espera una couch-surfera, Lorena Casas.

Los eucatorianos siempre dicen que Colombia es peligrosa. Ante ello sólo digo: más peligrosos su volcanes, y ni quién se queje.

En resumen: las personas que más me han ayudado han sido todas gringas, y eso me recuerda que dos de las personas más encantadoras que conozco son de allá (también «adultos mayores»). El estrés que he sentido toda esta semana lo perderé viendo una película mala en un rato. Empiezo a entender el objetivo de la aventura.

 

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Desde la mitad del mundo

Escribo rápido porque en unos minutos llega Martín, mi anfitrión quiteño, desde el barrio de La Mariscal (que es como su Condesa, llena de turistas, con calles más parecidas a la Verónica Anzures que a otra cosa).

Mi aventura empezó en el momento mismo en que bajé del avión en Quito, ayudé a una niña abandonada en el baño, caminé al metrobús, unos quiteños jóvenes y buena onda me echaron un aventón a la parada del autobús y, desde luego y haciendo honor a mi torpeza, tomé el bus equivocado.

Llegué a una iglesia evangélica en medio de montañas y caminos terrosos. Una señora gringa, Linda Rogers, unos sesenta años y español perfecto, me dejó usar su teléfono para comunicarme con Martín, y como ninguna le entendiera, me llevó hasta el punto de encuentro. Una iglesia en un camino rural lleno de vacas, desolado, que no invitaba mucho a la ensoñación turística.

Linda fue increíble, me dejó su teléfono, me ofreció su cama, y hasta desconfió un poco del chico desaliñado y rubio, apenas 20 años, que fue hasta la iglesia en su bicicleta. Después fuimos a su casa, una auténtica hacienda de más de 100 años de antigüedad, rodeada por la naturaleza.

Su abuelita rezaba una novena en el completo silencio. Martín y yo esperamos en un patio enorme, con vista a las montañas. Después la conocí, debe tener unos 90 años y es la señora más extraordinaria que he conocido. Tiene un sentido del humor finísimo, vivió muchos años en México (cada diez minutos exactos me dice: «Yo conozco más México que vos», lo cual no dudo un segundo). No escucha bien y anda por la casa descalza, repite las cosas cada tanto, pero es un verdadero placer charlar con ella.

Martín me dijo que en la casa hay una vibra extraña. Me dormí a las 8 de la noche de mi organismo, y no desperté sino trece horas y media después (no había dormido ni ocho horas en tres días). El cuarto en el que me quedo tiene una cosecha, digamos, interesante en el ropero. La cama es de fierro antiguo, muy decimonónica, pero se duerme fantástico. Claro, hasta que en la noche escuché ruidos muy pesados, como de metal cayéndose. Concluí que era Martín y volví a dormir.

Luego sentí un cuerpo acomodándose entre mis piernas, supongo que era uno de los cuatro gatos. Quiero pensar que era uno de los gatos.

Lo bueno que no soy miedosa, porque decidiría no regresar a esa casa donde todo tiene impresa la huella del pasado.

Pausa para sopesar los hechos.

Todavía queda mucho por conocer de Quito, hasta ahora sólo he conocido más bien poco. Quisiera subirme al TelefériQo, aunque Martín y su amigo Arturo sólo ríen nerviosamente cuando les pregunto si quieren ir (dicen que no es la gran cosa). También, desde luego, la mitad del mundo -a 10 minutos de la casa de su abuelita. Y al centro histórico, a la iglesia de la compañía, a algunos museos. Estoy pensando ir a la playa de la Esmeralda, no lo tengo muy claro todavía…

Ésta es la segunda capital más alta del mundo. Sentí el mareo hasta en la noche, después de tomar café en la cocina de la abuelita de Martín. Aún siento estragos, pero ninguno como para preocuparse. Tampoco he probado platillos típicos, y sólo he visto puestos de fritadas, que supongo es como una gordita de carne de cerdo. Pero hay muchos lugares con comida chilena, china, libanesa y hasta mexicana -con el clásico estereotipo del sombrero y los cactus.

Seguiremos informando.

 

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