La otra isla ~ El mediodía acabó

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Entradas etiquetadas con ‘Escribir’

Domingo 3:09 am

28 Domingo oct 2012

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Cine, Escribir

Apenas vi Finding Forrester. Me gustaría tener un mentor.

Empecé a pensar una teoría sobre cómo asumirte escritor implica una salida del clóset (la salida del clóset del escritor). Hay una desnudez ahí. Una exposición de sueños muy caros e íntimos. Luego vi que el personaje de Sean Connery, además del hiper-obvio guiño a J.D. Salinger, está basado un poco en John Kennedy Toole, y leí sobre su vida, y la paranoia y la humillación a las que lo llevó el rechazo de su novela, y el posterior suicidio. El adolescente talentoso del Bronx que oculta su talento, además, lo oculta por un motivo. De nuevo, asumirte escritor es una declaración de principios. Y pensé en todos los escritores que conozco, que he tenido la suerte de conocer, y los que leo aunque no conozco, que escriben maravillosamente pero no se han asumido. Y es lo mismo que en la otra salida del clóset. Hay riesgos que es difícil correr. Pienso en algunos que incluso repiten que no son escritores, y en la negación se asumen. Pero nadie los apura. Escriben. Es lo importante. Aman escribir.

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Ayer también vimos Moonrise Kingdom (la rentamos en iTunes). Es preciosa, desde el principio; la paleta de colores es bellísima y todas las tomas son simétricas, y hay montajes hermosos (spoiler: cuando se leen sus cartas en voz alta y ves sus problemas y sus vidas tristes y la violencia en la que viven, y cómo se acompañan en esta adversidad). Pero no logré conectar del todo con ella. Me reí (Jason Schwartzman es casi siempre una versión de Jason Schwartzman, pero Jason es tan bello que es bello verlo donde sea) y me conmoví un par de veces (en esa escena), y es cierto que es la culminación de la estética de Wes Anderson… pero Rushmore  sigue siendo mi favorita de él. Y es una película que no tiene estética, no al menos la estética planeada y meditada de The Royal Tenenbaums  o de ésta, pero que tiene mucha fibra y sentimiento, y donde puedes palpar la tristeza de Bill Murray como algo crudo, sin filtro Instagram, pues.

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Ayer criticamos a Gus Van Sant pero luego me di cuenta que sí me gusta, o que me gustan muchas películas de él al menos. La última que había visto de él fue Paranoid Park  y me pareció hermosa (es un problema no intentar escribir crítica objetiva cuando escribo de lo que me gusta y verme en dificultades porque lo que me parece bello, me parece bello, y no encuentro muchos sinónimos de esto). Claro: todas las historias que interpretan Crimen y castigo me van a gustar por ósmosis, pero aún así. Elephant también me gustó. Me gusta la forma en que retrata a los jóvenes. Esas tomas innecesarias -que tal vez no ayuden a que la trama avance- de conversaciones de adolescentes que no dicen nada, que sólo ensayan formas de convivencia social. El final de Finding Forrester no me gustó y hasta parece capítulo de caricatura un poco (Jamal está acusado de plagiar y William Forrester, el escritor famoso y recluido, llega a su escuela y lee una pieza del joven escritor, probando su talento). Además, no está bien que le aplaudan a un escritor. En la mañana vi un capítulo de Mad Men al azar, Waldorf Stories, que me pareció impresionante: la carrera de Peggy como un espejo de la de Don, y la importancia de tener más fracasos que éxitos, y tal vez de que nadie te aplauda durante un buen tiempo. Tal vez luego escriba algo estructurado de eso.

 

 

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La idea de Europa

12 Viernes oct 2012

Escrito por Lilián López Camberos en Europa

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Escribir, Europa

 

Volví a leer La idea de Europa, que Jordy me regaló hace un par de años. Entendí más. Las cinco ideas que, para George Steiner, sostienen o definen a Europa son: los cafés, el continente caminable, las calles bautizadas con los nombres de otros europeos (personajes históricos, escritores, músicos, monarcas, científicos), la descendencia -desde lo espiritual y lo filosófico- de Jerusalén y Atenas, y la idea de la finitud: el término de la civilización, un capítulo final en el que Europa se hallará aplastada “bajo el paradójico peso de sus conquistas y de la riqueza y complejidad sin parangón de su historia”.

Qué extraño pensar que las ideas que definen a Europa también pueden definir a México (aunque no a Estados Unidos, pues de hecho Steiner hace la diferenciación precisamente entre Europa y América, o sea, EU). En Europa no hay desiertos saharianos o australianos, la aridez de Arizona, la selva del Amazonas; históricamente, las distancias se cubren a pie, pues el paisaje ha sido domesticado. ¿Quién me contaba del césped perfectamente recortado de Europa, el paisaje de jardinería desde la ventana del tren? No hay parajes inexplorados en Europa -salvo, pienso, Laponia, pero es mera suposición: tal vez el mismo círculo polar ártico es un set del reino de Santa Claus y cada tanto hay una cabaña y un sauna y puedes mirar la aurora boreal tomando té verde.

Para los que no somos europeos, el viaje a Europa contiene varios países, y todo es como en bloque, por la pequeñez del terreno. Volviendo a la idea de México, lo que ha sido explorado no necesariamente es accesible. La idea del cuerno de la abundancia. Regocijaos, pues en nuestro país hay abundancia de climas, nos decían, y esta idea del orgullo por los bienes naturales del país se quedó incrustada. Las playas, bosques, desiertos y selvas dan la idea de algo salvaje, algo exótico, pero caminado al fin y al cabo.

(“me tocó” pasar el 15 de septiembre en París; fuimos a la fiesta mexicana oficial, que según me dijeron tuvo presencia del embajador, aunque llegamos tan tarde que no nos dejaron entrar sino hasta después del grito. Era un salón de fiestas inmenso: 18 euros la entrada, 5 euros cualquier cosa, atiborrado de franceses muertos de risa y de mexicanos fresitas que viven en París y, sobre todo y lo peor, mirreyes tomando Corona y bailando cumbia con la mitad de la camisa abierta. Lo importante es que había dos pantallas en las que, cíclicamente, pasaba un video turístico con los 31 estados de la República: imágenes de Querétaro, Yucatán, Baja California, todo en este estilo preciosista de la publicidad turística, y sin embargo juro que en algún momento decías puta madre, qué bello es México, qué ecléctico, qué lleno de cosas y colores y sabores. Y extrañabas. Todas las ideas del cuerno de la abundancia, del imaginario común mexicano, se exaltaban dentro de ti y revoloteaban y te hacían cantar canciones de Maná sin vergüenza porque al fin y al cabo y a pesar de terribles son mexicanos, sólo para sentir al otro día una resaca patriotera espantosa. Esta pulsión deben sentirla quienes viven algún tiempo en el extranjero; esta cercanía con tu país, con tu cultura, el redescubrimiento ocasionado por la perspectiva de la distancia, por el factor emocional de la nostalgia).

La otra idea de Steiner respecto a Europa es el peso histórico visible en cada calle. Las calles nombradas a partir de otros hombres, a diferencia de los genéricos, dice Steiner, Arce, Pino, Roble, Sauce que se repiten al infinito en Estados Unidos. O las calles numeradas, idea brillante para la practicidad, pero terrible para la memoria (¿por qué Colombia tuvo que caer en eso?). Esta costumbre que es tradicional en México (crecí en la calle Mariano Abasolo y por eso, como todos los niños, sentía afinidad por este personaje en la monografía; también me acordé de este post de Plaqueta con fotos de personajes históricos bigotones que nombran calles en que ha vivido). Tal vez este homenaje perpetuo se replica en otras partes que fungen como memorial. Ciudades-museos, ciudades-recordatorio. Por eso pensaba: si alguien visitara el DF con la misma avidez histórica con que se visitan ciertas ciudades europeas, encontraría los remanentes de un pasado no remoto. Las ruinas del Templo Mayor contrapuestas a la catedral, el hecho de que ésta se construyera sobre aquél, como símbolo de la Conquista. O Coyoacán. Ahora vivo en Coyoacán: algunas tardes, bajo cierta luz, imaginando que no hay coches, el ambiente es el de un pueblo. Y yo sé lo que es un ambiente de pueblo, pues crecí en uno donde había aún carretas y procesiones del silencio; sin semáforos, sin peligro, sin ruido, sin cines o cafés; un pueblo que sobrevivía como cuando fue concebido, con una plaza en el centro y una botica y una lechería y un molino). ¿Cómo puede haber lugares así dentro del DF? Yo me maravillaría (aún me maravillo). En esta ciudad hay territorios de nadie. Están los lugares más sórdidos que he visto, y también unos muy hermosos, a pasos de los otros. Hay que visitar La Ciudad de México en el tiempo, archivo fotográfico del cambio en el DF. Lo fascinante de las ciudades viejas (otra cosa que me acuerdo, pero no sé dónde leí, eso de que Nueva York es la más vieja de las ciudades nuevas).

La herencia cultural en México: el catolicismo español y el pasado prehispánico (rasgo en común con Latinoamérica, salvo Argentina). Y la idea de la finitud: el DF como criatura llena de tentáculos, creciendo desordenadamente, el commuter pain (DF, número uno en el mundo según este estudio). Y los otros temas que sabemos tan bien. Aunque, claro, es forzar las similitudes demasiado, pues no creo que haya un símil en México de los cafés como centro de la vida cultural, sitio de escritores y de tertulias en la historia europea (o tal vez sí, tal vez Carlos pueda contestar esto mejor). Además, obviedad, la idea de la conquista en México tiene un sentido inverso.

Hoy -ayer- la Unión Europea recibió el Premio Nobel de la Paz. En The Guardian leí este texto que se pregunta quién deberá ir a recoger el premio. Buenísimo.

As Henry Kissinger famously pointed out, when he asked: “Who do I call when I want to speak to Europe?”, there are several pretenders for the job (…). An unscientific appeal to Twitter yielded several interesting recommendations. Most were humorous. Some were unprintable. They included: “Nigel Farage”, “Giscard d’Estaing?” “Golden Dawn” – the neo-Nazi Greek party – and “A weirdly shaped banana.”

 

 

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13 Martes mar 2012

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Arbitrario, Escribir

¿Por qué escribir? ¿Vocación? ¿La necesidad física de hacerlo? ¿Contar historias? ¿La fama y vida del escritor? Siempre he pensado que todos tienen sus motivos. Yo todavía no los descubro. En lo que siempre he creído es en lo doloroso que es escribir, sobre todo cuando te importa, cuando estás trabajando en un texto que no sale como desahogo (como éste, que se produce a medida que tecleo). Entonces, forzosamente, escribir debe ser un acto masoquista. Producir una historia es difícil. Al menos para mí. Es una lucha con el estilo: si no encuentro un tono desde el principio, no puedo continuar. Borro y escribo un nuevo comienzo. No sirve. Borro y hago otro. Si no sale, abandono la historia. La guardo en una caja fuerte imaginaria, hasta que le llegue el momento de brotar. Debe ser natural, pero rara vez lo es. Escribir no es para mí sólo contar historias. No se trata de tener una trama: tu inicio, tu desarrollo, tu clímax y tu desenlace. Mi problema siempre es cómo contarlo. Qué tipo de narrador usar. Qué palabras. Con qué frase abrir. Por eso digo que escribir es doloroso. Es un acto tortuoso que sólo a veces brota con increíble naturalidad.

(por ejemplo: iba a usar un sinónimo de brotar, porque ya había usado este verbo en una frase tres líneas arriba, pero luego decidí dejarlo y explicar un poco mi método de escritura; eso es lo difícil para mí, supongo que soy estilista, pero eso no me interesa: detenerse en la forma no permite avanzar en el fondo).

A veces, decía, la escritura aparece con fuerza. Puedo escribir cinco páginas de corrido, casi sin levantarme. Durante estos raros momentos de inspiración, la escritura se revela como lo que debe ser: ese río. Puedo sentir la emoción de crear algo bello -así parece siempre en el momento de la ejecución; de otra manera no lo escribiríamos-, un legado que se me desprende hacia los demás. Suena pretencioso y lo es. Pero también ingenuo. La tristeza sobreviene al día siguiente: al releer, corregir, descubrir con dolor que poco o nada sirve, que el ímpetu era engañoso, nada más que un espejismo en el desierto.

Envidio a los escritores y aprendices de escritores que narran brincando las convenciones de la forma. No están tan paralizados por sus propias fijaciones. Ejecutan su arte con espontaneidad. Van al grano.

Para mí, es tan importante lo que cuento como la forma en que lo cuento. Puedo ser farragosa o minimalista, puedo abusar de los diálogos o escribir párrafos larguísimos y apretados. Pero ante todo, al escribir, debo sentir que fluye. Me niego a luchar contra la historia que se niega a salir.

Pero también, creo, esta insistencia con la forma puede convertirse en el “detector de mierda” del que hablaba Hemingway. Entonces paso a mi segundo punto de reflexión: los malos escritores que a todas luces insisten en ser escritores. Justo hace rato se me estaba ocurriendo que de nada sirve decirles que son malos escritores. Se negarán a creerlo. No sé entonces cuál es su motivación: si la escritura misma o contar una historia. Porque no parecen estar preocupados por asuntos tan banales como la ortografía, las cacofonías, las aliteraciones. Puede que estén en proceso de mejora. Puede que simplemente les importe un carajo. Puede que no tengan fijaciones y vayan al grano. Son efectistas y les gusta: abusan de las groserías, de las imágenes demasiado sórdidas (un fellatio humillante, nada más literario que eso), del dialecto. Leyeron realismo sucio y les pareció que a esto sonaba. O, por el contrario, los preciosistas: regocijados con los rayos del sol, la copa de los árboles, los atardeceres, las lágrimas y los “besos sabor a mar” que alguien les dio.

Y después vuelvo a pensar: de nada sirve detectar la mierda, porque en el propio ser es indetectable (sólo los grandes lo lograron). Con toda seguridad yo soy una pésima escritora y podrán pasar muchas décadas antes de descubrirlo. Ese es el vértigo en el estómago. El miedo. Ese miedo contra el que lucho… escribiendo. Y, al mismo tiempo, odiando todo lo que escribo.

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Mi amigo Billy

13 Lunes feb 2012

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Arbitrario, Escribir

Cuando estaba en Buenos Aires conocí a Billy (o Guillermo Alén, un nombre que será muy importante en unos años). Puedo decir sin reservas que él fue mi mejor amigo en el tiempo que pasé allá. Lo recuerdo siempre en nuestros paseos por las calles hermosas, calurosas y amplísimas de Buenos Aires. No nos vimos mucho o, en todo caso, supongo que menos de lo que creo. Pero todas las veces charlamos durante horas, ininterrumpidamente, de cualquier cantidad de temas posibles. Fuimos al teatro, en la calle Corrientes como es debido, una noche lluviosa después de cenar en el “comedero para estudiantes pobres”. Intentó llevarme a muchos sitios que, según él, eran excelentes para comer. Siempre que llegábamos estaban cerrados. Luego de pasar un fin de semana en Iguazú, me dijo que me había puesto más bronceada. Me llevó, eso sí, a las mejores empanadas argentinas. Yo me empaché unas siete y me bebí a grandes tragos una Quilmes Stout mientras lo escuchaba hablar de literatura, sobre todo, y pensaba: qué tipo tan interesante, podría pasar horas escuchándolo.

Otra tarde le dije: “¡Deberías ver a un tipo que comenta en mi blog! ¡Muy lúcido! Se hace llamar El Profesor”. Billy se rió y me dijo: “Che, pero si soy shó”.

En fin. Nos la pasamos muy bien. Le confié muchas cosas al calor de unos tragos maricones con bebida energética y licor de melón, que no me pusieron ni tantito borracha, a pesar de que luego le sumé varias cervezas, esas cervezas que los argentinos beben en unas botellas gigantescas de ¿un litro? ¿Dos? Luego corrimos de vuelta a Corrientes con Junín, donde me quedaba, para hacer mi mochila y tomar un taxi a Aeroparque, pues partiría al Calafate. Eran las cuatro de la mañana y la ciudad estaba dormida pero, al mismo tiempo, nunca tan despierta como entonces.

Sé que de haber recorrido Buenos Aires sola no la habría encontrado tan hermosa y, a la vez, tan hermética. Sobre todo porque Billy, como buen argentino, la ama y la odia con la misma intensidad. Vive su propia ciudad, en cada poro y en cada parabús y en cada pedazo de césped.

Buenos Aires, ah, Buenos Aires… qué te puedo decir. Buenos Aires es como una amante mala que me trata como a un gusano en verano, y en otoño me abraza y me dice que me va a amar por siempre. El invierno es una prolongación de eso, con más bufandas. La primavera es cuando empiezan a verse las grietas, discutimos por cosas boludas como qué video llevar en el Blockbuster o si pedir chino o no, yo empiezo a sospechar que sale con otros, las cosas se entibian. Verano, y vuelta a empezar.

Es mala, sí… pero es mía. Y yo soy suyo. Y ella lo sabe.

Ahora que estoy acá, mantenemos el contacto con correos esporádicos. Le decía que cuando él sea un escritor laureado y yo me quede en el intento, algún editor holgazán hurgará entre nuestra correspondencia para rellenar las novedades primavera-verano 2034. Él me respondió que le hace gracia cómo todos los aprendices de escritores sueñan con los “volúmenes compilatorios de las cosas que escribíamos mientras estábamos en el baño y las conversaciones completamente ociosas que tuvimos y que no deberían interesarle a nadie”.

Pero le pregunté si podía reproducir algunos párrafos y me dio todo el permiso, porque “lo que escribo para vos es tuyo”.

Hablábamos la otra vez, por ejemplo, de Montevideo. Ya se sabe la relación Buenos Aires-Montevideo, pero Billy fue el primero que me hizo notar lo pasivo-melancólico de la ciudad. También, gracias a él, pude notar la enfermiza y dependiente relación de los uruguayos con el mate.

Montevideo es eso que decís: una ciudad tristona, preciosa y alejada del mundo. Una especie de hermana menor de Buenos Aires, la rara de la familia, la loca del altillo. Igual de antigua y venerable pero olvidada, abandonada, paralela. Todo barrido por el viento, silencioso, medio desierto. Con más librerías increíbles por metro cuadrado que ninguna ciudad que yo haya visto, incluyendo Buenos Aires. Cada vez que voy, vuelvo más enamorado de Montevideo; si no estuviera tan caro meditaría seriamente liar el petate e irme a vivir un año allá, a ver si aguanto la vida en cámara lenta y el miasma melancólico o sucumbo a la indolencia, me agencio una linda uruguaya que me cebe mate y no me voy nunca más.

Luego me contó una anécdota increíble sobre Borges y Casares. Resulta que Billy trabaja en una librería de viejo hermosa, en Junín a la altura de la Recoleta, donde han comprado primeras ediciones de verdaderas joyas (ahí fue donde me mostró la primera edición de Los lanzallamas, de Arlt) y otras rarísimas y bellas del Quijote, por las que los coleccionistas pagan millonadas.

…Le puedo mostrar el folleto que tenemos en la librería escrito por Borges y Bioy Casares sobre las ventajas de la alimentación láctea que hicieron por encargo de una compañía lechera… El encargo era tan ridículo (y su necesidad tan grande) que Bioyrges decidieron no sólo defender sus ventajas, sino proclamarlas a pleno pulmón, con muchas referencias históricas y clásicas de dudosísima autenticidad y gran cantidad de científicos y experimentos delirantes que sólo existieron en su imaginación. Absolutamente desopilante.

Luego la cosa se pone apocalíptica y brillante y enciclopédica y erudita:

El otro día pensaba, justo… Todos los futuros locos que se imaginaron que íbamos a estar vestidos en papel de alumino con autos voladores, y al final somos los mismos boludos de siempre, pero con un aparatito negro en la mano, que con apretar unos botones nos abre toda la información acumulada y amasada por los siglos. No podía ser la república platónica, la ciudad celeste de San Agustín, la utopía de Tomás Moro, o aunque sea el Götterdämmerung o el paraíso a vapor y sin clases de Marx… No. De todas las utopías posibles, justo nos tuvo que tocar la de Diderot…

Pero sobre todo, y en mis momentos más oscuros, que abundaron en Buenos Aires (donde permanecí varios días sin “guita” y supeditada a los caprichos de la burocracia bancaria, por contar mis pesares más comprensibles), Billy siempre era aire refrescante, una voz luminosa que me sacaba del marasmo. Así que, haciendo mi autoestima un lugar más habitable, me quedaré con la percepción (naturalmente, equivocada) que tiene de mí:

Es una agradable y divertida mexicana ligeramente fashionista que conoce los códigos, pero no se los toma en serio, que sabe que es bonita sin ser un misil, y que no tiene mayores complicaciones familiares, sentimentales, ni nada…

*Pausa para pensar “Ajá, sí, claro” y luego continuar*

***

Un bonito deseo sería tener la alegría de conversar a diario con Billy. Tal vez en el futuro, si vivo una temporada en Buenos Aires. O él una en el DF. O ambos en París, o en Londres, o en Helsinki. La imaginación lo hace todo posible.

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14 Lunes feb 2011

Escrito por Lilián López Camberos en Isletas

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Argentina, Buenos Aires, Escribir

Hoy hace un año empecé a escribir un cuentillo y me acuerdo cómo empezó todo. Conocí a un chileno en el hostal en el que me hospedaba en Buenos Aires, y el domingo 14 de febrero tomé mis cositas, hice check-out, me metí al metro, caminé unas cuadras y llegué a la casa de Esteban, el chico de Couch-Surfing que me hospedó durante casi un mes. Sin avisarle a mi nuevo amigo, claro. Luego de eso caminé entre la bruma espesa del calor bonaerense, aunque el cielo estuvo todo el día nublado y gris. Terminé en Puerto Madero, hacía mucho viento, y recorrí toda la orilla viendo los yates, las luces reflejadas en el agua, la gente sentada en las bancas, las parejas que pasaban tomadas de la mano, más discretas que las que acabo de ver en el metro, aplastadas entre su peso y el de los globos gigantescos. En algún momento me sentí inmensamente sola, así que entré a un café y me puse a escribir. Luego pedí la cuenta, salí, caminé por todo Lavalle hasta el número 477. Pregunté por él, no estaba. Di otra vuelta, sintiéndome cada vez más miserable. Durante mi robo de cartera, nadie me había apoyado tanto como ese tipo alto, barbón y de ojos bonitos, pero increíblemente insoportable. Regresé una hora después y esta vez me dejaron subir. Al verme no dijo nada, me ofreció pisco, nos sentamos a conversar, y al cabo de treinta minutos ya me había fastidiado de nuevo. Me acompañó hasta la casa de Esteban y quedamos de vernos de nuevo, cosa que pensé no prometer. Un mes después, me recibía en su departamento de Santiago.

No hubo nada romántico entre nosotros (él, claro, lo deseaba). De alguna manera, no pude dejar de recordar que hoy hace un año escribía con mis propias acciones una historia particular. Habría sido lindo tener algo más que contar al respecto, pero las cosas, si no se convierten en ficción, como decía Javier Marías en un artículo de cine que leí hace rato, es difícil que se recuerden.

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