La otra isla

El mediodía acabó

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Cosas en las que he pensado

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Hay cosas que me calman y otras que me inquietan. Estoy en el periodo de las que me inquietan. No podía escribir acá. La escritura automática de este lugar, tan calmante otras veces, no llegaba o llegaba a medias. Mientras tanto hice otras cosas, muchos pendientes, mucho trabajo del que paga y transcurre en una oficina, y del otro que no paga y transcurre en todos lados. Fui a San Miguel de Allende, fui a Acapulco, dos lugares cada vez más familiares. Escribí, vi, leí, etcétera.

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Demasiados temas, demasiadas impresiones. Sentimientos de permanecer bajo observación. Algo de lo cual quería quejarme por escrito y que sólo he discutido con otras personas, la mirada privilegiada de algunos intelectuales mexicanos, las distintas sensibilidades de clase, las posiciones de poder de las que parecen no tomar conciencia, etc. Pero me resistía (y no encontraba el tiempo y la energía). Sin embargo no puedo dejar de pensar en aquello. Enojarme, inútilmente. El hombre y su circunstancia. El mundo que cada quién sobrevive.

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Pero tal vez se puede escribir sobre eso.

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Por ejemplo, no sé por que nunca he escrito de ellas aquí.

En la beca del Fonca conocí a María José Gómez y Gabriela Damián. Ahora pienso en la suerte increíble de que me tocara compartir género (cuento) y generación con ellas: ambas son escritoras extraordinarias, muy talentosas. Me resulta difícil aclarar hasta qué punto talentosas, porque este tipo de cosas, en otros contextos, da la pinta de espaldarazo. Aquí no, aquí no podrían operar esas reglas. Ambas están entre las mejores escritoras del país en este momento, lo he dicho siempre, y luego pienso que es de una estadística improbable que las dos estuvieran en la misma generación. (y que yo, inexperta todavía y de ninguna manera con una idea de mí misma similar a la que sostengo de ellas, tuviera la suerte de cobijarme en su talento y experiencia, es de presumirse, de anécdota que se presume, como la vez que me encontré con el señor Pollos de Breaking Bad.) Por suerte ahora nos vemos mucho más que en esa época, hacemos talleres al menos un miércoles cada mes y seguimos trabajando en todo aquello. Se trata de un taller literario productivo y concentrado, pero se ha convertido también en un encuentro de reflexiones, de intercambio de concepciones del mundo, de amistad. Como en tertulias similares, también -ni modo- hablamos de otros escritores, de lo que escriben, de lo que opinan, de las tradiciones en las que se inscriben, de las causas que apoyan o denostan, de sus miradas contrarias o similares a las nuestras.  Todo eso es inevitable cuando se intenta escribir. Pero todo eso también es pensar.

Gaby nos invitó a participar en el especial de género de Tierra Adentro, En Reconstrucción. Era emocionante porque participaríamos las tres en un mismo medio, en un mismo dossier y al mismo tiempo. Yo, insegura y aferrada, no quise participar con un cuento, no considero ninguno terminado nunca, y mejor escribí un ensayo que empezó como comentario y se extendió más de la cuenta (éste). Ellas escribieron un cuento (Majo, Turnos; Gaby, El monstruo del lago Ness) y ambos cuentos, bellos y tristes y profundamente femeninos, son una entrada a su literatura, a sus temas, a sus sensibilidades.

Gaby además coronó con un punzante y sabio ensayo que redondeó la idea entera del dossier, Reconstructoras del tiempo y el espacio (vuelvo a él más adelante).

Al mismo tiempo reseñé el libro de ensayos de Jean Franco (que resultó una de las columnas vertebrales del ensayo que intenté) para el ¿especial de género? de Letras Libres, que en realidad se trató de un dossier sobre la disparidad laboral. Me gustó de nueva cuenta compartir páginas con Gaby, quien además escribió una emocionante reseña (pensemos en lo infrecuente de que esas dos palabras aparezcan juntas) de una novela de Helen Oyeyemi (otra suerte mayúscula: a quien vimos, las tres juntas, en el Hay Festival de Xalapa el año pasado). Pero algún sabor agridulce me quedó.

Majo lo dijo: el ensayo de Gaby en Tierra Adentro es valiente (me tomaré el atrevimiento de citarla en uno de nuestros correos) “no sólo porque señalas ciertas conductas de algunos privilegiados, sino porque haces referencia explícita a personajes concretos. Me gustó mucho leer algo que sentí como una continuación de las conversaciones que hemos tenido.”

El especial es importante porque pretendía, y creo que lo logró, desbrozar muchos de los estereotipos atados al acto radical de asumirse feminista. Ideas de lo femenino, de lo masculino, de los distintos feminismos, de la labor de mujeres trabajadoras y mujeres artistas; manifiestos personales, hábitos culturales, hay un poco de todo y de una calidad excepcional. Pero creo que ese ensayo resume muchas de las ideas más importantes del dossier. Este párrafo, por ejemplo:

La figura de la feminista constituye uno de los “Yo no soy así” más comunes. “Uno se eleva rebajando lo otro”, por lo tanto, quienes sienten la necesidad constante de aclarar que “están a favor de luchar por los derechos de las mujeres, pero no son feministas” desean comunicar que no han caído en la trampa de un discurso percibido como arcaico,violentoradical, y cuyo verdadero objetivo la mayoría desconoce. Desde luego, este deslinde tiene muchos matices: para empezar, hoy en día existen muchos feminismos, no uno sólo. Hay quienes se mantienen cerca de alguno de los feminismos, pero se desmarcan para evitar la carga socialmente negativa que implica el término; quienes lo rechazan en pos de otro que defina mejor su perspectiva, como sucede con el Womanism; y, por supuesto, hay mujeres que no pueden estar física y socialmente seguras en sus comunidades si confrontan al patriarcado como proponen ciertas estrategias del feminismo mainstream.

Cuando menciona a los genios bobos (desde figuras notables como Schopenhauer, quien escribió: “Las mujeres no tienen el sentimiento ni la inteligencia de la música, así como tampoco de la poesía y las artes plásticas”, hasta un bobo a secas como Luis González de Alba, con su risible texto “¿Cuotas por género?”), Gaby escribe:

Al parecer, los genios bobos se sienten autorizados para hablar de misoginia, inequidad o feminismo aunque nunca se hayan ocupado en documentarse seriamente acerca de estos temas porque, al ser tan brillantes, están confiados en que podrán dar una opinión atinada, cuando en realidad lo único que hacen es repetir una convención social, un acuerdo que les favorece, y que, por lo tanto, no tienen la necesidad de cuestionar. Este mecanismo opera de la misma forma en otras desigualdades: las económicas, de clase, de etnia. Y es que es difícil estar dispuestos a reconocer que se tienen ventajas, porque al reconocerlo (en contextos donde el cinismo no es aplaudido, claro), estarían obligados a alguna clase de renuncia: ceder espacios, reconocer la valía de algo que no les  gusta.

(¿a alguien podría sorprenderle que, en un estudio cualquiera, sólo el 17% de los blancos perciba que la discriminación racial continúa siendo un problema grave, frente a 55% de negros? ¿Que entonces, para hombres y mujeres privilegiadas, el feminismo parezca un asunto inútil o innecesario?)

Continúa (¡todo el texto es para citarse!):

Los genios bobos necesitan dejar de suponer de qué se tratan los libros, investigaciones, discusiones y hasta las leyes que abordan la equidad de género. Seguramente son expertos en muchas otras cosas, pero de este asunto necesitan leer más y escuchar con atención antes de repetir las opiniones de siempre. Hay frases hechas tan sobadas por unos y otros que me sugieren una analogía estrambótica: las visualizo como un chicle que quizá en el origen fue redondo, dulce, de algún color brillante, pero que se fue pasando sin empacho de boca en boca hasta convertirse en un cuajarón gris, insípido y viscoso al que nadie pone muchos reparos porque ya se han acostumbrado a masticarlo:

Y ejemplifica con estas frases, que hemos leído en CANTIDAD de textos: “Las cuotas son otra forma de sexismo”, “La corrección política es sólo censura”, “Las mujeres se victimizan solas”, “Hay asuntos más importantes, como la pobreza”, “Tipificar al feminicidio es discriminación, a los hombres también los asesinan”, “Yo no soy machista, soy un enamorado de la belleza y la inteligencia de las mujeres, es más, creo que son mejores que los hombres”…

La razón por la que estas posturas se vuelven tan populares es porque la incorrección política es equiparable a ser “valiente”, “honesto”, atreverse a decir las cosas “como son”. Quienes no encuentran regocijo en el “me río porque es cierto”, son intolerantes y carentes de sentido del humor.

Pero esa no es la razón por la que no nos da risa. Las verdades a las que alude la generalidad de opiniones catalogadas como políticamente incorrectas son, con frecuencia, estereotipos, simplificaciones de la realidad que: 1) no reflejan la realidad, sino una experiencia muy limitada de ésta; 2) no cumplen con el objetivo principal del humor como herramienta de ruptura: no se oponen al discurso hegemónico, no confrontan al poder, más bien, lo refuerzan al reproducirlo en clave de chiste.

(y el bloque de las amas de casa como escalón más bajo de la especie humana, más adelante, es fundamental).

Pensaba en estas cosas. En los privilegios, sobre todo. Nacer en algún lugar, dentro de alguna familia, con unos obstáculos o sin ellos.

Pensaba en este párrafo de Jean Franco:

Originalmente, “políticamente correcto” era la denominación que los liberales y la izquierda utilizaban para evitar un habla signada por el odio y para hacer que la gente lo pensara dos veces antes de utilizar términos de abuso con claras referencias peyorativas, como nigger (negro), wog (árabe, indio o cualquier persona de tez oscura) o dyke (lesbiana). Desde el punto de vista de la derecha, sin embargo, lo “políticamente correcto” se identifica con nociones de una nueva “policía del pensamiento”, con el paradójico resultado de que la gente se ve estimulada a ser políticamente incorrecta y demostrar su libertad, especialmente en programas de radio, utilizando la misma habla de odio que lo “políticamente correcto” intentaba refrenar. Este nuevo significado de lo políticamente correcto como autorización para “hablar obscenamente”, lejos de ser un asunto abstracto, ha tenido efectos reales en la exacerbación de las ya agudas divisiones raciales.

Pensaba en cuántas veces he leído ataques a lo “políticamente correcto”, al carácter “fascista” de lo políticamente correcto, a lo tonto imbécil innecesario carente de sentido del humor de lo políticamente correcto. Esas cosas. Esas luchas.

Pensaba en las reacciones negativas al reto Read Women 2014 (las reflexiones de Daniela Franco en LL, que echan mano de los mismos argumentos del “sexismo” que según esto se oculta en la propuesta, del paradigma del gusto, del “buen escritor” a pesar de su “género” (¿sexo?), de las cuotas de género, etc.). De cómo resulta inadmisible cuestionar cómo o por qué razones se ha formado el canon literario y cómo influye éste, en su clasificación de autores menores y mayores, en nuestros hábitos de lectura (de eso se trata: descubrir por qué leemos lo que leemos, por qué escogemos los libros que escogemos). No significa leerlas porque son mujeres. Más bien, leer a las que no sabemos que existen, porque no han sido integradas al canon, porque se mantienen en una trastienda, y porque deberían estar, por su altura literaria, en dicho canon. Nadie acusa a nadie de macho. Nadie pide absurdas cuotas de género. Nadie pide basarse en el sexo para elegir lecturas. Pero ah, no. Luchas inútiles. Luchas egoístas. Dos bandos, dos formas de mirar el mundo.

¿Por qué es inútil el feminismo? ¿Por qué se nos niega la posibilidad de construir (reconstruir: ahí la idea de En Reconstrucción) nuestra identidad? ¿Es egoísta, es inútil? Habiendo asuntos más graves (en México apenas esto podría decirse con una mueca seria), ¿apuntamos erróneamente los dardos?

Mis razones para adherirme al feminismo descansan en la idea de solidaridad femenina. De la empatía en la experiencia de la otra. Así inició el ensayo de Gaby y me gustó mucho leerlo y encontrar mis motivos ahí. Y fue grato saberme rodeada de esta clase de sabiduría.

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Pensaba en estas cosas.

 

 

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may 7, 2014

Tina Fey y la nueva generación de comediennes

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1.

En 2008, en plena carrera interna de los demócratas, Tina Fey se apareció como invitada al segmento Weekend Update de Saturday Night Live para una nueva entrega de su Women’s News. Centrada en historias de mujeres, con una brevísima dosis de defensa de género, Women’s News apareció en la época en que Tina Fey y su camarada, Amy Poehler, eran conductoras del tradicional noticiero (la primera vez que dos mujeres lo hacían desde la creación del show en 1975). Pero ese sábado de febrero de 2008, Tina Fey quiso dar un espaldarazo a Hillary Clinton como la primera candidata con posibilidades para llegar a la presidencia y dirigió su ataque contra los que llamaban a Hillary una bitch.

La frase con la que terminó fue ésta: bitch is the new black.

El sketch estuvo chistoso pero también fue un error, pues en lugar de reivindicar el peso de la mujer en los ámbitos más competitivos (¿y hay algo más competitivo que una contienda presidencial?), terminó convertido en una ratificación descarada de la señora Clinton, sin que Fey se lo propusiera[1].

Pero lo importante es que una vez más, en una nueva causa, aparecía el leitmotif básico de Tina Fey: el feminismo no como recurso para el chistorín, sino como un discurso serio. Un feminismo básico para las masas, lecciones de humanismo a través de la televisión.

Ya que los personajes feministas no ayudaban a la causa, alguien tenía que llevar estos asuntos al imaginario. Fey no tenía aliadas poderosas. Pienso en Lisa Simpson, la niña genio de ocho años, feminista, vegetariana y liberal, que a fuerza de defender sus causas con ardor exasperante acabó convertida en una party pooper neurótica.

El bitch is the new black puede no ser la mejor proclama feminista del mundo; de hecho, podría pasar por un argumento sexista y racista en un contexto más severo. Algunas semanas después, tal vez para nivelar sus afectos pero conservando la tradicional posición demócrata de SNL, Tracy Morgan apareció con el contraataque, declarando que Obama estaba en la contienda por sus logros y no por ser negro. Bitch may be the new black, but black is the new president, bitch.

Una frase que Tracy Morgan dejó caer con su encanto mitad ingenuo mitad badass.

 

2.

Lo que distinguió a Tina Fey de sus colegas, mientras fue jefa de escritores de Saturday Night Live, fue el tino que siempre tuvo para hacer el comentario adecuado cuando éste se necesitaba, sobre todo cuando hablamos de audiencias amplias. Mientras comandó, trató siempre los temas delicados sin censurarse ni dulcificar su voz, pero lo hizo siempre con gracia e inteligencia.

Sentó un precedente: la mujer inteligente detrás de la comedia, que poco a poco generaría secuelas.

Cuando imitó a Sarah Palin, la líder del movimiento Tea Party y candidata republicana a la vicepresidencia en 2008, aprovechó para hacer el comentario que era más pertinente, y que aplica en México para las campañas de 2012.

En el sketch están Tina Fey como Sarah Palin y Amy Poehler como Hillary Clinton. Tienen un mensaje para el público sobre el sexismo imperante en la campaña. Cada diálogo es un pimpón de elocuencia en el que Sarah Palin queda como la tonta fanática religiosa, cuyo concepto de relaciones internacionales consiste en poder “ver Rusia desde su casa” y Hillary, por el contrario, es presentada como la mujer que trabajó muy duro para conseguirse un lugar en la política y cuyas ilusiones fueron aplastadas por Obama. Liviandad de espíritu contra ira, en una situación política determinada. Al final, siguiendo el chiste pero con un gesto súbitamente serio, Poehler concluye: It is never sexist to question a female politician’s credentials.

La misma Fey, en su libro Bossypants, admite que esta frase fue la tesis y argumento de lo que intentaron hacer durante seis semanas con las parodias de Palin y Clinton. Un sketch sobre feminismo envuelto en bromas, “como cuando Jessica Seinfeld esconde espinacas en los brownies de los niños”.

Es como si con sus diálogos, Tina Fey aleccionara a sus televidentes, les enseñara a reflexionar a través de la comedia. Todo mientras demuestra un hecho que ya no debería intentar demostrarse: que las mujeres son graciosas. Que ellas solas pueden soportar el peso de un show. Como prueba están ella misma en 30 Rock y Amy Poehler, otro ícono del feminismo pop, que en Parks and Recreation se gana el pan dando lecciones de civilidad y ciudadanía. Ambas, con humor y con inteligencia, integraron un discurso marcadamente feminista en su obra, que además se atrevió a ir más allá del tema de género.

3.

Hay un sketch que atesoro: Bernie Mac (q.e.p.d.) y Tracy Morgan están en un cine a punto de ver The Pianist, a la que entraron porque ya no había boletos para “la de Vin Diesel”. Durante toda la película se la pasan comentando en voz alta y molestando a los asistentes, retratados con tan mala tinta que el estereotipo del negro ignorante (pero súbitamente conmovido por la historia de Wladyslaw Szpilman, un judío que al parecer no es tan diferente de los negros) profundiza un comentario que pocos shows se atreven a hacer[1].

Si el SNL presidido por Seth Meyers (discípulo ejemplar de Fey y actual jefe de escritores) se regocija en la nota coyuntural, que pese a su filo inmediato pierde vigencia con el paso de los meses, el SNL que Tina Fey comandaba trataba siempre los grandes temas americanos con entusiasmo y arrojo.

En el mencionado sketch hay que ver cómo, cada vez que termina de pelearse con un miembro de la audiencia, Bernie se vuelve a Tracy y le pregunta, con el tono amenazante pero a la vez fraternal de algunos miembros curtidos de la comunidad negra, did he touch you, did he touch you?

Esa era Tina. La pluma se le notaba, pues no hablaba de estas cuestiones desde una white guilt que es lugar común, sino como una ghetto más, una niña griega con una cicatriz que le atraviesa la mejilla que vivió, por este motivo, suficiente marginación mientras crecía.

4.

Al irse Tina y Amy, SNL dejó la comedia femenina a cargo de Kristen Wiig. Su forma neurótica de interpretar neuróticas le ha dado una fama de comediante que no es estridente, sino contenida, de mucha comedia física (los gestos, las miradas, los tics, el movimiento corporal). Ella y Maya Rudolph, acaso emulando la mancuerna Fey-Poehler, son el nuevo dúo femenino dinámico. Bridesmaids recaudó casi 300 millones de dólares internacionalmente, demostrando que a la gente sí le interesa reírse un rato con aventuras de puras mujeres (más una dosis de humor escatológico).

Según Fey, mientras estaba en The Second City, el teatro de improvisación de Chicago donde debutó (y conoció a Amy Poehler), un director le dijo que nadie quería ver un sketch con dos mujeres. El de Palin y Clinton fue visto por diez millones de personas en vivo.

Me gusta pensar que a lo mejor, quién sabe, ya estamos listos para reírnos de las mujeres.


[1] A menos que hablemos de otro gran show al aire: Community, donde Jeff Winger (Joel McHale) declara, respecto a esa insistencia enfermiza por ser multiculturalmente incluyentes,“not being racist is the new racism”.


[1] Aquí hay una transcripción del segmento.

 

 

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abr 16, 2012

Sobre Rape New York

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Qué lectura tan brutal es ésta: Jana Leo, una arquitecta española, narra en el primer capítulo la violación no-violenta que sufrió en su propio departamento en Harlem. Un edificio que se caía a pedazos, sin seguridad, y a veces sin agua ni calefacción. En un barrio históricamente asociado a la pobreza y la negritud.

En la contraportada dicen que el libro no es memoria ni manifiesto. Acaso no es nada en específico: un texto monumental sobre la violación, sobre feminismo, sobre la especulación de bienes raíces, sobre Nueva York. Un estudio tanto sociológico como criminalístico sobre el concepto de casa y hogar. Sobre la incidencia de crímenes violentos en los grupos más vulnerables, en las zonas más pobres y marginadas de una ciudad.

Esta parte me conmovió casi hasta llorar:

My friend L told me that when she was raped, the thought “here it is” came to her, as if rape is something every woman fears and expects to happen. The probability is that a woman has to assume that if she hasn’t already been raped, she very possibly will be in the future. And if she has, she may be raped again. The ghost of rape is attached to be a woman. 

Hablar de la violación de esta forma es aplastante, pero tan necesario. Deconstruir la idea de la violación como un sometimiento que te despoja de identidad, de humanidad, de la sensación de privacidad y dominio sobre tu propio cuerpo. Entrar en un cuerpo sin permiso, y que eso suceda en tu propia casa, rompiendo dos principios a la vez: el del hogar y el de la propiedad. Derribar tus derechos más elementales. No es casualidad que la palabra que Jana use, a lo largo de todo el libro, sea rape, una palabra fuerte, que reverbera, y no assault, sexual attack, violation…

Una parte se titula Defeated by New York.

Supongo que eso es lo fascinante de Nueva York, que es lo mismo que fascina del DF. La grandeza de una ciudad cientos, miles de veces evocada. Lo bello y lo horrible. Los túneles oscuros del metro. El asfalto reventado. Los puentes. Los museos. Los sitios turísticos. Los barrios de artistas que adquieren plusvalía.

En una entrevista con Jana Leo, una mujer extraordinaria, de una fría inteligencia y con valores terminantes y por eso mismo extremadamente admirables, ella comenta sobre Nueva York:

 In the city do you recognize the buildings or do you recognize the grid? Suddenly I was in the grid, seeing what is connecting things, seeing a different city.

Acá se lee: http://urbanomnibus.net/2011/03/rape-new-york-by-jana-leo/

Muchas gracias a Alón por prestarme el texto.

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mar 13, 2012

Ser feminista en 2011, ¿todavía?

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En un episodio de la cuarta temporada de Mad Men, la serie sobre publicistas neoyorquinos en los años sesenta, Peggy Olson está sentada en un bar con las luces bajas. Peggy no es una mujer convencionalmente hermosa, pero es tenaz: minó su camino de secretaria a copywriter, una de las buenas. Es talentosa, una mujer que hace el trabajo de un hombre en una época inconcebible. En esta escena, Peggy conversa con un tipo que a todas luces la corteja. Él es un intelectual típico de los sesenta, un progresista, las ideas bullendo del revisionismo marxista de Adorno y Horkheimer. La revolución es inminente. Hay un aire de protesta flotando, que es fino y delicado, pero que ahí, en esos años claves, está.

El intelectualillo habla de la injusticia de los corporativos, la forma en que “lanzan el dinero” que es, aunque él no lo nombra, tan capitalista. ¿Y cómo puede trabajar para esta gente, haciendo la publicidad de empresas que ni siquiera contratan negros? No puede creerlo, la poca consciencia social de esta chica, “estamos hablando de los derechos civiles, por Dios, de lo que es inequitativo en esta sociedad”. Entonces ella, permitiéndose un momento de indulgencia, de desahogo casi, comenta que muchas cosas que los negros hacen ella tampoco puede hacerlas. No puede jugar golf, no puede asistir a ciertos clubs. Y no hay copies negros, dice, pero pueden labrar su destino como ella lo hizo. Nadie la quería en la agencia, nadie sentía ningún respeto por su trabajo y aún ahora sufre la segregación a la que su sexo la condena.

El intelectualillo la escucha con la mirada en blanco. Y luego, con voz sardónica, pregunta ¿y qué quieres que hagamos, una marcha por los derechos de las mujeres?

El capítulo, que además se titula The beautiful girls, termina de una forma hermosa. Tres mujeres diferentes (la gerente de oficina, la copywriter en ascenso, la sicóloga soltera), enfrentadas al reto cotidiano de ser mujer, pero ahora en una nueva época, bajando juntas un elevador. Uniéndose, acaso sin saberlo, a la lucha de género.

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La marcha se hizo, pocos años después. Fue en Estados Unidos, incluso en Nueva York. No fue el primer acto por los derechos de las mujeres, pero la huelga por la igualdad, en 1970, fue uno de los puntos cruciales en la segunda ola del feminismo, iniciada en los años sesenta.

Hace unos días, las defeñas replicaron la Marcha de las Putas. Leo que la marcha se ha hecho en varias ciudades: de Toronto a Tegucigalpa. Que fue inspirada por la desafortunada frase de un policía canadiense, women should avoid dressing like sluts in order not to be victimized. Porque si ellas seducen deben cumplir. Porque a pesar de que la mujer es, ya lo dijo Natalia Flores, biología pura, el hombre, que es la razón, no puede contenerse ante la exhibición de sus carnes. De esos atributos que él no conoce, tan abandonado como queda a su lado animal si está frente a la tentación.

Vestirse provocativamente como atenuante para la agresión sexual tiene tanta lógica como dejar la ventana abierta como atenuante para robo a casa habitación. El ladrón que diga “no pude evitarlo, robarlos era inevitable” parece risible, pero hay quien piensa que ese mismo argumento, en la boca de un agresor sexual, tiene toda la lógica del mundo. ¿Un ejemplo? El presidente municipal de Navolato, Sinaloa, que pretende erradicar la minifalda de la vestimenta femenina para “evitar embarazos”. ¿Campañas de reproducción sexual? Qué va, el problema no está en la razón sino en el impulso. Recuerda al ex gobernador de Chihuahua, el infame Francisco Barrio Terrazas, que en 1993 atribuyó los feminicidios de Ciudad Juárez a la vestimenta. No eran chicas de buena lid, tuvieron lo que merecían.

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La Marcha de las Putas trajo el tema a la mesa: feminismo. Y entonces, la ignorancia. Twitter fue el hervidero de la discusión. Una selección de tweets que mencionan la palabra feminismo el domingo 12 de junio, el día de la Marcha de las Putas. @brisaruch, mujer: “Al menos es un atisbo de conciencia. Si hubiera cultura sabrían que el feminismo es tan peligroso como los demás esencialismos”. @butterocio, mujer: “no hablo del feminismo, que para mí es sólo la contraposición del machismo. Hablo de mujeres en su derecho a ser, pensar y decidir”. @herziliagato, mujer: “hay cosas en las que nunca seré consecuente, una de ellas es la doble moral del feminismo”. @cherryelix, mujer: “Tanto el machismo como el feminismo no debería de existir (sic). No concuerdo con ninguna de las dos”. @luislamz, hombre: “el feminismo es machismo rosa, tal cual”. @Tales_Milet, hombre: “Feminismo: palabra que el hombre le dio a la mujer para que se entretenga”. @CualquierCabron, un cabrón cualquiera: “Feminismo de rancho es lo único que se puede esperar en un país que todavía requiere vagones exclusivos para mujeres en el metro”.

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El tema del último mes es Dominique Strauss-Kahn, ex director del Fondo Monetario Internacional, acusado de presunta agresión sexual a la empleada de un hotel en Manhattan. No es la primera vez que es denunciado por su conducta sexual, un hombre que donde pone el ojo pone la bala, de naturaleza inquieta. En el blog de Letras Libres, Alejandra Isibasi cita a un terapeuta manhattanita que trata a fauna de Wall Street, hombres con poder para quienes el impulso siempre antecede a la acción, hombres que siempre, o eso creen, se saldrán con la suya. Isibasi comenta: “esto agrega una dimensión sistémica al drama personal de Strauss-Kahn y explicaría –sin justificar– la sensación de impunidad que se resiente en su historia con las mujeres”.

La periodista Elaine Sciolino escribe en el New York Times que, históricamente, los franceses son más tolerantes con las vidas privadas de los hombres de poder, pues desde la época cortesana la información no verificada corría libremente para el entretenimiento del vulgo. Esto no exime a Strauss-Khan de varios delitos que no sólo lo separan de su deseo de contender por la presidencia de Francia, sino que lo tipifican como un agresor de mujeres.

Cuando eres un hombre poderoso, importa mucho con quién te metes a la cama. Cuando eres una mujer, marca toda la diferencia. Varias décadas de liberación femenina no han evitado que las mujeres salgan más perjudicadas de un escándalo sexual. El ejemplo más famoso: Monica Lewinsky. Vamos, Bill Clinton recuperó su prestigio y hasta se reconcilió con su esposa. ¿A qué suena? A que la sociedad tiende a ser más permisiva con los hombres que se muestran arrepentidos. Lewinsky, en cambio, porta aunque no queramos admitirlo una letra escarlata. La reputación es como un recordatorio invisible de lo que hiciste y de lo que ya no podrás ser.

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¿Quieren cifras? INEGI tiene varias: el desempleo en el sector femenino subió en un 0.6% durante la década de 2000 a 2010. De 1990 a 2005 se duplicaron los hogares monoparentales comandados por mujeres (6 millones, 24% de la totalidad de hogares en México). Sí, las mujeres constituyen el 35% de la fuerza laboral del país, pero ganan 12.6% menos que los hombres.

¿La ley? En Guanajuato el aborto es considerado homicidio y se castiga con mínimo tres años de cárcel. Hay mujeres que han sido condenadas a veinticinco años.

Ahora hay que preguntarle a los que consideran el feminismo como un “machismo rosa”, como un “esencialismo” igual de peligroso que la misoginia, si la lucha por la equidad de género no es necesaria. Si hoy, al igual que en los años sesenta, parece absurdo unirse a una marcha por los derechos de las mujeres. Y con los datos sobre la mesa, con la realidad de un país en el que los feminicidios en Ciudad Juárez no sólo no son esclarecidos sino obscenamente ignorados, por hombres como Plata Insulza y Barrio Terrazas, porque una marcha por nuestros derechos sexuales es motivo de mofa y descalificación, la única respuesta sensata es que sí lo es. Esos avances de los que nos jactamos, esa pretendida igualdad de género, no existen aún. No en el sentido práctico de nuestras vidas y de nuestro papel en la sociedad. No en nuestra participación económica. No en nuestra salud reproductiva. Esa lucha que apenas se gesta en los años sesenta no es menos pertinente hoy, ni menos necesaria. Aunque suene incómodo cuando se dice.

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mar 13, 2012

El ojo femenino

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Mujer. Mujer al fin y al cabo. La literatura de Inés Arredondo es femenina y delicada, sugestiva cuando la dedica a algún hombre, algún contemporáneo; es nostálgica cuando trata sobre el recuerdo y los años pasados. En Orfandad, dedicada quizás a un pariente no poco lejano, es cruel y desalentadora. Es de los pocos cuentos de Río Subterráneo (1979, Premio Xavier Villaurrutia), en donde las palabras evocan imágenes grotescas y terribles, sin razón ni esperanza. En Las palabras silenciosas, en cambio, la tristeza del chino no viene de una condición exterior, sino de una incomprensión interior que se pone de relieve al encontrarse con la torpeza inexplicable de su paladar. Porque las palabras que no puede pronunciar –en una lengua que le es extraña y ajena– son a la vez conceptos que a él lo enternecen profundamente y que, sabe muy bien, los demás no pueden comprender. Lo que él admira y siente incluso más que los que se burlan de él o lo tratan como un inferior.

El cuento 2 de la tarde, dedicado a otra mujer (Inés Segovia), trata precisamente sobre el enaltecimiento del poder y dignidad femeninos ante la practicidad casi burda del hombre. La anécdota es citadina y ordinaria: en espera del camión un hombre juzga a una mujer por sus proporciones y aspecto sin saber que, minutos después, su mirada altiva durante el inevitable manoseo la reivindicaría en un nivel inalcanzable de pureza y superioridad. Los Inocentes (a Ernesto Mejía Sánchez) es relatado en primera persona por la madre: la historia son sus cuitas y a la vez regocijos. “Un equívoco”, dice la protagonista en algún momento y es que en realidad sus pensamientos son meras transiciones al momento verdadero del funeral de su hijo, que nadie puede anticipar después de que ella trasluce una especie de felicidad templada en sus palabras. “Mujeres veladas que no entienden nada, como yo. Que sólo tienen un muerto. Es mucho tener lo que tengo, un féretro, un cadáver ante el cual llorar”… pues el equívoco era esa felicidad incorrecta del extranjero intercambiado por su propio hijo.

Hay cuentos en apariencia sencillos, por su corta longitud. En realidad son algunos de los más profundos. En Las Muertes (dedicado a Juan Guerrero, probable protagonista trasladado), Arredondo toma la pluma como un hombre y habla en primera persona de dos muertes que le afectan: una por lo absurdo, otra por lo lógico. Las reacciones de la gente, de la prensa, de su familia lo atormentan y persiguen. Y es que no puede entender que sucedan así, juntas, la muerte de un guerrillero alzado en armas en contra del gobierno y la otra, la inútil del cuñado de Ángela, su secretaria (una mujer que le importa honestamente). En Año Nuevo, el cuento más corto y quizá el mejor de la compilación entera, Inés dice que “la mirada es lo más profundo que hay”, el entendimiento ciego entre un extraño y una mujer triste que acepta el consuelo del otro, sin palabras.

Apunte gótico, dedicado a su compañero –y director–– de la Casa del Lago, Juan Vicente Melo, es un cuento velado y, si se le mira con cierto detalle, transgresor. Es velado, ambiguo, críptico quizás a propósito… pues evoca la personalidad del autor de La Obediencia Nocturna y de un amor callado, lento, lleno de matices y detalles: la felicidad de una pareja tendida en la cama y la incertidumbre de la muerte de él, de su padre.

Río Subterráneo está dedicado a Huberto Batis, también miembro del movimiento cultural de la Casa del Lago. Es el cuento que le da título a la compilación y también uno de los más íntimos y nostálgicos. En él están los recuerdos de la niñez, de la locura, de los hermanos y el tiempo que se vive en provincia donde, lentamente, intentan comprenderse las cosas dulces, las cosas terribles y las cosas inexplicables. Es un cuento vívido en esa descripción casi inconcebible de un río que pasa debajo de una casa, de la escalinata que lleva a él y de las locuras compartidas de quienes se deben más allá de la sangre y el apellido.

En Londres describe otro tipo de soledad que no sólo existe por la renuencia de una niña a vivir en un lugar apartado, extraño y diferente del México que tan bien conoce, sino por una separación evidente con el resto del mundo, con sus hermanos, con la humanidad entera. La niña –ingenua, inocente– no comprende esta ruptura, aunque es consciente de su existencia y sólo hasta la revelación absoluta de su compañero sabe que, en adelante, sus vidas estarán unidas, pertenecidas una a la otra. Advierte que ya no estará sola más… en Londres.

En Las Mariposas Nocturnas (a Ana y Francisco Segovia y el único con un epígrafe de Edgar Allan Poe) aparece el único personaje recurrente de la colección de cuentos/recuerdos: don Hernán. El mismo, quizás, de Las palabras silenciosas. Un cuento elegante, cosmopolita: las andanzas de esa amante virginal y culta por Europa relatadas desde el ojo cansado y aburrido de un hombre que también ha sido amante y también ha sido ultrajado por la pasión hiriente de don Hernán. Y aunque toca temas oscuros y más bien terribles, el cuento es hermoso por las imágenes que construye y por su cualidad circular: cuando todo termina justo como al principio.

Atrapada, dedicada a Esteban Marco y conteniendo como personaje catalizador a otro Marco, trata sobre la constante búsqueda de Paula: una mujer socialmente vista como pura, pero atrapada entre el deber y el ser, entre el amado enemigo (Ismael, su esposo) y la felicidad que no se siente correcta, adecuada. La felicidad que sólo consigue al final, a expensas de un acto impuro y condenable, pero eso precisamente –renunciar a lo que la hace feliz y la convierte, al mismo tiempo, en una mala persona– la lleva a la pureza absoluta… la que siempre ha buscado.

Y uno de los cuentos más importantes, En la sombra, es una respuesta no sólo a Atrapada sino también a otro relato, de un escritor perteneciente al mismo tiempo a la Casa del Lago: Juan García Ponce (Enigma). Es la mirada femenina sobre el no menos delicado asunto de la infidelidad. Es el encuentro de la felicidad del otro y el ser testigo de los hechos, los detalles que la provocan y en los que ella –la engañada, la que no podría saberlo– no tiene injerencia alguna. Y de ese sufrimiento callado y angustiante surge la posibilidad de redención: se lo dedica a Juan García Ponce para demostrarle que la transgresión, aunque reveladora, también duele y causa estragos, también se sufre del otro lado. No es insólita ni osada desde el punto de vista liberal, sino precisamente lo que es: una ruptura, un dolor provocado. Y eso es lo que Inés comprende, vivir en la sombra… de la felicidad del otro.

A través de los cuentos se observa una mujer profundamente sensible y analítica, que no puede observar la vida desde una posición romántica y ciega… pero que tampoco evita las vendas: la ventaja invariable de ser mujer, de poseer un ojo femenino.

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mar 13, 2012

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