Favors

Ya, Mad Men es impresionante. Sus capítulos son como el cuento típicamente carveriano, todo va sucediendo con la normalidad esperada, pero después, en la historia paralela apenas sugerida, son también piglianos e incluso, algunas veces, asestan el puñetazo final como trilladamente recomendaba Cortázar.

En el último, una serie de sucesos que van escalando como una pirámide, algunos triviales, conducen a un momento doloroso y brutal: Sally observa a su padre cogiéndose a otra mujer.

Cogiéndose: con los pantalones enrollados en los pies y la camisa arrugada a medio abrir, en la cama de servicio, con la vecina de abajo. La imagen es humillante y violenta. El padre sorprendido en actitud animal (el padre que, para la hija, era bueno, puro, intachable). La niña que, sin ser mujer, pierde su inocencia para siempre. La línea que jamás debe cruzarse en la relación filial. Hay reglas no escritas, demasiado tabú, como la de ver a nuestros padres, o ser visto por nuestros hijos, durante el sexo. Además, hay algo que duele muchísimo: el descuido del padre. La negligencia que permite que ella observe eso, aunque la culpa no parezca recaer en él por entero. Pero recae, absolutamente. Tú me has permitido verte en ese estado y en ese momento humillante para ambos, y te has avergonzado, avergonzándome en el proceso. El descubrimiento, para ambos, se convertirá en recuerdo doloroso e ineludible.

Después del incidente, Don busca a Sally alzando la voz, con el tono altanero y hasta condescendiente con el que se dirige a sus hijos. Luego desciende en el elevador, el motivo constante. Esta vez, a un infierno sin retorno.


Ah, Don se quiebra de nuevo, pero este quiebre es ahogado, contenido: el descubrimiento de un nuevo abismo.

(Jon Hamm es un Actor: la ira se convierte en un sufrimiento que despierta tanta simpatía que es imposible no llorar con Don al comprender, como él, todo lo que acaba de perder.)

En el lobby, titubea. Pero no sucede, como leí en algunas reseñas, que por primera vez Don no sepa qué hacer. Es otra cosa. Don entra en una nueva dimensión, tan desconocida y hostil que una parte de él se divide en dos. No es la división entre Don y Dick: es la verdadera escisión de su ser.

Y Jonesy, que ha vivido un desdoblamiento similar:

…lo mira mientras Don, separado para siempre de la vida, se pierde en el caos de la ciudad (que, más bien, lo traga o absorbe).

Este reflejo imperceptible no es coincidencia. Mad Men sabe de subtexto. Abusa de él a veces. Y el tema de la temporada ha sido resumido en el poster:

…cuyo fondo -la ciudad y la presencia constante de policías- se sugiere mientras Sally anda en el taxi:


**Nótese que Sally, rumbo a su descubrimiento, asciende en el elevador.

(Paréntesis necesario: el episodio fue coescrito por Semi Chellas, coautora también de Far Away Places y The Other Woman, y dirigido por Jennifer Getzinger, directora de episodios tan fundamentales y complejos como The Suitcase y A Little Kiss).

Más momentos desgarradores suceden a continuación.

El primer encuentro entre Don y Sally. La mirada avergonzada, inocente, sometida:

La tensión, la incomodidad, la humillación y luego, lo peor: la ruptura de todos los paradigmas masculinos. A Don lo felicitan y lo adoran por ser como es (un traidor, un animal), de modo que la pérdida de la inocencia se convierte en una bofetada de realidad, de la verdad sobre los roles de los hombres y las mujeres.

Cuando Don la busca, la esperanza de que hable como un hombre y no como un padre, que se deje conocer por su hija, se va al inodoro cuando, otra vez, reacciona con su this never happened attitude (Hamm dixit). Con la condescendencia del padre, transfigurándose en mi padre, en el padre de todos. Don es la figura paterna universal.
(o: aquí)

Después, la puerta se cierra para siempre.

 

 

 

El post de Triquis, más personal, es obligatorio. Dice cosas que yo quisiera decir pero con un valor que no tengo.

 

 

Man with a plan

Don Draper/Jon Hamm en Man with a plan.


Don pierde el control de todo. Así pretende recuperarlo. Hasta la voz le cambia. Es detestable. No es el Don que amas, sino una copia terrible.

Pero luego…

Es otra vez un niño que implora.


Es tristísimo ver a Don desamparado. El hombre que es abandonado: si la llegas a ver, esta imagen no se borra nunca.


Otra vez la mirada hacia Megan como la de este capítulo. Algo bello y lejano que se mira con desapego, como una pintura.

Me encanta que Don ha sido testigo de los dos últimos asesinatos políticos del año con la mente concentrada en Sylvia. Además, ya está viejo.

No es este Don, que en este capítulo apareció de nuevo, como un recuerdo:


.
.

La muerte detrás del umbral

El capítulo se llama The Doorway: un portal, una puerta, una ventana, un puente.

Finally you go through one of these things, you realize that’s all there are: doors, and windows, and bridges and gates. And they all open the same way. And they all close behind you. Look, life is supposed to be a path, and you go along, and these things happen to you, and they’re supposed to change your direction. But it turns out that’s not true. Turns out the experiences are nothing. They’re just some pennies you pick up off the floor, stick in your pocket. You’re just going in a straight line to You Know Where.
Roger

Hay dos clases de muerte en este episodio: la que sucedió de manera natural y transcurre en la paz y la tranquilidad, una muerte casi-casi zen, como colofón de una larga vida, privilegiada y aparentemente llena de amor (si bien, como sucede a menudo, este amor corría en una sola vía). La otra muerte es mucho más angustiante, a la manera de los rusos: es la muerte temida, la muerte que es a la vez una certeza (todos moriremos) y un temor anidado en lo más humano y vulnerable (y también: primitivo). Tolstoi escribió, en La muerte de Iván Ilich:

Antes había luz aquí y ahora hay tinieblas. Yo estaba aquí, y ahora voy allá. ¿A dónde? (..) Cuando yo ya no exista, ¿qué habrá? No habrá nada. Entonces ¿dónde estaré cuando ya no exista?

Cuando Don da su pitch, The jumping off point, con la imagen de la ropa tirada en la arena -que además está en grises, tonalidad mortuoria de por sí-, sentí escalofríos: era tan evidentemente una referencia al suicidio que lo más sorprendente era el hecho de que Don no pudiera verlo y que, al presentarlo, volviera tan transparente un deseo (pero no deseo, tal vez idea, tal vez intuición) que Hawaii le despertó: la muerte.

Don, de pie frente a su ventana, recto, inmóvil, lo que mira es el mar que a él lo alivia (edificios, el caos de la ciudad); por eso escucha el océano. Pero es otra cosa también: un abismo. Del otro lado sólo es posible la muerte. Se lo revela al doorman que atravesó también una puerta -la última puerta- y regresó a la vida: escuchaba el océano. Don estaba muriendo en ese momento. Don está muriendo.

(Pero todos morimos. Todos estamos muriendo mientras vivimos. Cada día vivido es uno menos a la cuenta final. Es esa muerte pero, también otra, más específica.)

Regreso entonces a la escena con el fotógrafo y el encendedor. Don lee con atención una frase que parece anodina: In life, we often have to do things that are just not our bag. Y después, el fotógrafo le dice: just be yourself. Hay, obviamente, una reflexión (más bien, una iluminación repentina, un Eureka personal) en ese momento. Empieza a acariciar una idea, o a asumirla: Don Draper no es Don Draper. Don Draper es Dick Whitman.

Recuerdo en la memoria defectuosa de las lecturas digitales, algunas entrevistas con Weiner que sugieren que Don podría dejar la publicidad. Aunque es algo que claramente ama, o que amó en algún momento, siempre está latente la posibilidad de que abandone su profesión. Y no sólo eso: que abandone su vida, la vida de Don Draper, que no está en su saco. Megan, la firma, el departamento: no son su responsabilidad. Son la vida de Don Draper. Y él, como hombre (como hombre anónimo, como héroe anónimo), ha sabido renacer, ha escogido qué tipo de vida vivir.

En esta vida (pero seguramente en la siguiente también) está distanciado del mundo. Por eso en Hawaii no habla. Está ausente. Y mira esta vida a través de un cristal, o en un cuadro: algo bello y feliz, pero distante.

A diferencia de Megan, que en su juventud puede seguir atravesando puertas, cada vez más luminosas (al menos en su promesa):

Megan tiene la vida por delante mientras que Don, de espaldas, mira la muerte.

¿Qué piensa Don Draper? Siempre me ha intrigado. La imagen es poderosa porque él está de espaldas, su rostro no se ve. ¿Cuál es el gesto, cuál es la determinación? Don es inaccesible. Don es el hombre sin rostro de los créditos, cayendo por un precipicio. En su separación del mundo está la soledad, la convicción de que el hombre nace y muere solo. Esto, que él ha rumiado a lo largo de los años, se hace más evidente porque, en verdad, resulta que se ha quedado solo: Peggy era la última persona que realmente lo conocía y ahora no está (tampoco Adam, tampoco Anna). Megan no lo conoce. No parece importante, nadie lo menciona, pero es Navidad y no ve a sus hijos. Llega borracho al funeral de la madre de Roger y vomita cuando atisba un vínculo del que carece: Roger no sólo tiene una familia sino un linaje con toda clase de símbolos y tradiciones (las aguas del Jordán en que fueron bautizados él y su hija) y además fue amado con ese amor filial e incondicional que Don, sencillamente, no conoce.

¿Qué queda, entonces? Ah, la búsqueda, cada vez con menos posibilidades. Don ha agotado muchas. Ha alcanzado tantos picos, con el trabajo y la pasión, con el dinero y el reconocimiento, con las mujeres y la familia (sus hijos, que intentó proteger al casarse con Megan), que más bien las cosas van a la inversa: vas perdiéndolo todo hasta morir solo.

And now I know that all I’m going to be doing from here on is losing everything.

 

Anecdotario mortuorio de The Doorway:

La muerte desde la perspectiva del que está a punto de atravesarla.

La muerte como referencia persistente, cotidiana.

Don es un cadáver.

Megan cierra sus ojos como se hace con los cadáveres.

Y Don mientras lee:

 Midway through our life’s journey I went astray from the straight road and awoke to find myself alone in a dark wood.

 

Fiction is the lie through which we tell the truth

Ayer que tembló estaba viendo The Phantom, el último episodio de la quinta temporada de Mad Men. Estaba tan concentrada, tan embebida en la reflexión y admiración que me inspiraba, que no me di cuenta del temblor, hasta que Pau abrió la puerta y me dijo: está temblando, y yo me puse las chanclas, y dejé el celular sobre el buró, casi a propósito, como pensando: no voy a salvar esta cosa, no soy tan ruin, y bajamos las escaleras hacia el patio, donde los vecinos esperaban, nerviosos y pasivos. El corazón latiendo aprisa. Las manos empapadas con un sudor helado, viscoso. Nuestro tercer piso, agrietado. ¿Quién le teme a los temblores porque son temblores? Le temes al derrumbe, a los escombros, al hotel Regis. Carajo, ¿hay que tener menos dos dedos de frente para entenderlo?

**

Pensaba en Mad Men, en la fuerza que tiene gracias a que es una historia contada en temporadas, con ciertas reglas narrativas que le permiten no ir contando nada (no hay historia: hay un hombre) y sin embargo determinar su tema con fuerza y contundencia. No me refiero a la famosa «narrativa a largo plazo» (¿qué es eso?), sino al hecho de que Don tropieza con diversos obstáculos en cada temporada, ‘resolviéndolos’ para avanzar como en un juego de mesa, pero que quedan ahí, colgando como una tela de araña invisible. Luego, jamás superados, aparecen de nuevo, como en The Phantom. El tema general sería la búsqueda de un hombre a través de los años, y en cada año nuevas aventuras que prueban ser las mismas, y al final de cada una, entendimientos que también están equivocados. Rebobinar. Otra búsqueda. Error. Rebobinar.

Un Sísifo.

Es un personaje muy hermoso, con el objetivo manifiesto de ser un mejor hombre, que siempre se queda en el camino: actúa con egoísmo, con avaricia, con estulticia incluso, y en el tormento no hay iluminación o avance, sino la piedra enorme que es la vida.

Al fin, entendí lo que pensaba mientras ve el reel de Megan. La primera vez que vi la escena, que transcurre en silencio salvo la música, el humo del cigarro iluminando el haz del proyector, la hermosa cara de su esposa en blanco y negro en la pantalla, la mirada, la expresión de Don me parecieron muy enigmáticas. Qué pensaría ese hombre, pensaba yo, y no saberlo me intrigaba tanto como me seducía. Pero ayer, mientras temblaba sin darme cuenta, creí entender esa mirada. La ternura hacia ese algo hermoso (at last, something beautiful you can truly own) y a la vez el desapego, la distancia, una breve comprensión: la felicidad no es una persona. La felicidad no está en la belleza.

Otra cosa: Don Draper es tan cabrón porque es Jon Hamm. Y Jon Hamm es tan cabrón porque es Don Draper. Jon Hamm es un tipo tan relajado, tan chistoso, tan poco consciente de su belleza y talento, tan barrio… Es fácil querer a Jon Hamm. Un tipo fiel a su novia/esposa de años, concentrado, poco glamouroso. Pero como Don Draper, es sofisticado, adúltero y atormentado.

Y concluir: además de esta búsqueda, tan genuina y humana, Don Draper genera una devoción inusual, pues es un hombre privilegiado con El Mojo. Es maravilloso asistir a su angustia mientras se admira algo que pocos tienen. La última secuencia: Don saliendo del set, de la nueva vida que creyó le proveería felicidad, caminando a un bar, Nancy Sinatra cantando ‘You only live twice’, dos mujeres preguntándole si viene solo, y entonces, otra vez, su mirada impenetrable.

Im-pe-ne-tra-ble.

**

Hoy en el metro, en el pasillo de Auditorio, había mucha gente leyendo la portada del periódico Metro: era una tragedia.

 

Don Draper, el hombre con miedo de morir

We’re flawed, because we want so much more. We’re ruined, because we get these things, and wish for what we had.

Don Draper

 

Al inicio de la cuarta temporada de Mad Men (Public Relations), un reportero le pregunta a Don Draper quién es. Aunque se proclame, Mad Men no se trata sobre el hombre que Don Draper es, sino sobre el hombre que quiere ser, que fue.

Public Relations marcó el resto de la temporada con una nota que era brillante en lo profesional y oscuro en lo personal: Don logró labrar algo con sus manos, completar el círculo del hombre que se hace a sí mismo y a su negocio, pero al mismo tiempo está solo y pasa los días en la misma cama, ahogado de borracho, con mujeres que no conoce, que no le interesa conocer. La quinta temporada, en cambio, se revela como el negativo: Don es feliz (claro que no es feliz) y todo a sus costados se derrumba. Como recién casado, es despreocupado e irresponsable, aunque intuye que se acerca a su ruina profesional. Es difícil reconocer en él al Don Draper que le truena los dedos a unos clientes potenciales que no entienden, no quieren entender que el mundo cambia, que la modernidad ha llegado y hay que subirse a su cresta.

Esa maravillosa última escena de Public Relations en que Don accede a prestarse a otra entrevista y despliega todo su encanto mientras narra cómo decidió empezar de cero, creándose y viviendo la historia del hombre que quiere ser (aunque no lo sea), dejaba la ilusión de un tiempo mejor por venir.

A mitad de la última temporada, el tema es otro. Cada personaje atraviesa una transición íntima: Pete se está quedando calvo, abatido por su vida suburbial; Joan se convierte en una madre que es soltera y que trabaja; Peggy, que se encuentra en su clímax intelectual, descubre que para las mujeres de su época había siempre una pared insalvable. Y Roger vive la derrota y la infelicidad, pero las vive a su modo, nunca deja de ser delicioso. Es el primero de los personajes en meterse LSD. Antes de sentir los efectos del ácido, lee el papel que le han puesto en la mano y que dice su nombre, su dirección y, en letras mayúsculas, la frase: PLEASE HELP ME. La secuencia no aprovecha las obvias ventajas visuales de la percepción distorsionada; en cambio, se concentra en las reacciones que suceden. El resultado es una escena misteriosa e inquietante.

Don creía que los adolescentes no lo saben, pero tienen miedo a morir. Ahora él lo sabe, acaso porque se da cuenta de que la modernidad lo ha alcanzado, no, lo ha dejado atrás. Don es, esencialmente, un hombre chapado a la antigua en un mundo que cambia con demasiada rapidez. Don Draper, self-made man, por primera vez siente la escisión entre la época que vive y él mismo. En un concierto de los Rolling Stones, se aparece con traje y sermonea a una chica a go gó. Quiere entender lo que ya se le escapa. Pronto será anticuado.

La quinta temporada ha gravitado alrededor de estos temas: el tiempo y su velocidad, la decadencia, el cambio inevitable. Para Pete, es la convicción de que un hombre que tiene una esposa y una hija y que vive en los suburbios, en realidad no tiene nada: no tiene el respeto de sus iguales, no es un hombre todavía. Y en Don es una rara espiral, una simulación. Abandona a su esposa en un restaurante en medio de la carretera y vuelve para creerla muerta; entonces maneja con los ojos inyectados, se lo lleva el diablo: no teme tanto perder a la mujer que ama como a la idea de ella, y la seguridad de que ella es la última oportunidad de respirar, de pertenecer al mundo.

Es común señalar a Mad Men como una serie efectista en lo estético, que crea atmósferas que a su vez generan tramas y no al contrario, como sería lo narrativamente correcto. Sin embargo, en los últimos episodios, la belleza ilusoria de los sesenta se ha deslavado.

La primera mitad de la década se queda atrás –igual que sus personajes– ante la modernidad. Hay ahora un mundo que pierde sus destellos. Algunas tomas en exteriores revelan un Nueva York sucio y peligroso, como un presagio de las calles que Robert DeNiro recorre en Taxi Driver. Para Don, Nueva York es una ciudad en decadencia. Para Sally Draper, Manhattan está sucia.

Mad Men basa su juego en los paradigmas: crea nostalgia por otro tiempo, revive ideales. Don simboliza la idea del padre. El tipo que fuma entre las sombras, que está agobiado pero que nunca se derrumba, y si lo hace es digno y al minuto siguiente lo deja atrás, como los hombres que no gastan su tiempo en mirar al pasado. Don Draper es el proveedor, el solucionador, el hombre que es el padre lejano, la fuente de conflicto y recriminación eternos. En su derrumbe está una historia acaso personal de Matthew Weiner, el creador, que por su universalidad resulta sobrecogedora. Puede ser porque muchos, al ver a Don, ven a sus padres. Y entienden que ellos también, como Don, tienen miedo a morir.

Esto salió primero aquí.

 

When a man walks into a room, he brings his whole life with him. He has a million reasons for being anywhere, just ask him. If you listen, he’ll tell you how he got there. How he forgot where he was going, and that he woke up. If you listen, he’ll tell you about the time he thought he was an angel or dreamt of being perfect. And then he’ll smile with wisdom, content that he realized the world isn’t perfect. We’re flawed, because we want so much more. We’re ruined, because we get these things, and wish for what we had.

– Don Draper

En algún texto sobre Mad Men leí que lo que atrae sobre Don Draper es que es un adulto. No es su atractivo físico sino la forma en la que vive, que sea un hombre que fue auténticamente destruido por la vida, por su pasado y por las circunstancias, y sin embargo poco acorazado, poco vuelto un cliché humano. Un hombre que sólo se quiebra una vez en muchos años, para aparecer después con el pelo perfectamente engominado y camisa limpia. Un hombre que trabaja duro para sus hijos, el único tipo de amor que conoce. El encanto que su personaje suscita es esa visión idealizada de nuestros propios padres: el proveedor, el misterioso, el hombre que llega después de las 9 con el mundo sobre los hombros, el tipo que fuma en las sombras.

Creo que mi tema, mi tema de vida ya definitivamente, es la relación padres-hijos. Y al darme cuenta de ello sentí primero que era irónico porque no quiero tener hijos, pero luego entendí que sí los quiero, que no puedo esperar para arruinarle la vida a otro ser humano. O para hacérsela más bella. En el fondo sí deseo cultivar a otra persona, no como una creación sino como una obra independiente de la que uno es parcialmente responsable.

Creo que por eso la tercera temporada de Mad Men me llegó hasta lo más profundo. Esa conversación de Don Draper con el vigilante de una cárcel y cómo éste le decía que todos los que están ahí -violadores, asesinos, ladrones, desfalcadores, cuando menos- culpan a sus padres. Don dice: that’s a bullshit excuse. Y luego recuerda su propia infancia, la pobreza, el amor a cuentagotas, la inseguridad. Me hace pensar que de alguna forma todos culpamos un poco a nuestros padres. Por darnos muy poco o darnos demasiado. Y que ellos a la vez culpan a los suyos. Mis dos papás son huérfanos, siempre pensé que por algo se habían encontrado. Y aunque ellos me dieron todo, me he dado cuenta de que, inconscientemente acaso, los culpo de muchas cosas. Ellos no lo buscaban, no lo esperan, lo hicieron lo mejor que pudieron. ¿No es eso una cosa extremadamente cabrona en la vida? Somos hijos de personas lastimadas y nos convertimos en seres lastimados para repetir la historia.

Y sin embargo, ¿no es maravilloso encargarte de que un pequeño ser se convierta en una persona honorable? En mi otro blog escribí sobre el hijo de Paul Auster, que no salió como se esperaba y lo triste que parecía. Con su hijo recién nacido, Don Draper dice esto: esa persona que está allá arriba, durmiendo, es un completo desconocido. No sabemos cómo será. No sabemos quién va a ser. Y eso es aterrador, pero también es maravilloso.

El final de la tercera temporada de Mad Men es una de las piezas más hermosas que he visto en cine y video.

Mad Men es una serie atmosférica. Más allá de la trama hay todo un estilismo visual, una dirección de fotografía, de vestuario y de escenografía que te hace pensar que cada escena es la recreación de una foto de la época. La luz baja en los restaurantes, la luminosidad de las oficinas, esas escenas donde están bebiendo y todo se ve como a través de esa embriaguez, o fuman marihuana y las cosas se ralentizan… Pero al placer visual se le suma el placer de la narrativa. El último capítulo tiene una escena que me dio escalofríos, por su crudeza.

Ese diálogo entre Don Draper y Betty -esa discusión, más bien- fue como ver salir más de diez años de frustración y rencor. Don Draper, un hombre brutalmente sincero, por fin le dice a su trophy wife lo que debió decirle hace años. Porque -como lo dice ya en la cuarta temporada- el notar que en cuanto ella vio quién era realmente la hizo desenamorarse justifica esa bomba que él le arroja. Pego transcripción entera de esta parte tan hija de puta:

DON Who the hell is he?

BETTY Why do you care?

DON Because you’re good. And everyone else in the world is bad.

BETTY You’re drunk.

DON (cruel and mocking) You’re so hurt, so brave with your little white nose in the air. All along you’ve been building a life raft.

BETTY Get out.

DON You never forgave me.

BETTY Forgave what? That I’ve never been enough?

DON (shouting) You got everything you ever wanted, EVERYTHING. And you loved it. And now I’m not good enough for some spoiled mainline brat?

BETTY That’s right!

DON (his eyes wild) You won’t get a nickel. And I’ll take the kids – God knows they’ll be better off.

BETTY I’m going to Reno. And you’re going to consent and that’s the end of this. DON’T threaten me. I know all about you.

DON grabs her collar and pulls her so their faces are inches apart.

DON You’re a whore, you know that?

(OMG!! El rostro de Jon Hamm en ese momento; antes de eso había sido siempre un hombre como en eterna pose, siempre fumando o mirando furtivamente, pero en ese momento es el bastardo Dick Whitman y eso es POCAMADRE).

***

Los personajes son seres humanos curtidos. Don Draper es como personaje de Faulkner, no del sur pero del midwest, el hijo ilegítimo de una prostituta y de un campesino borracho. Un hombre verdadero, con debilidades y defectos de carácter, que quiere trabajar con sus manos, construir algo. Me fascina esa idea. El honor de un hombre que no se ha manchado las manos trabajando la tierra. Don Draper es un hombre chapado a la antigua: no concibe su valía en la sociedad si sólo ha trabajado con su intelecto, de ahí su necesidad de fundar su propia compañía y completar el círculo del, se lo han dicho tantas veces, self-made man. De la ignominia al éxito. De ver morir a su padre borracho en un establo por la patada de un caballo a sus excelentes modales y relaciones públicas.

O Joan Holloway, otro mujerón. La mirada que le dedica a su esposo cuando la obliga a cantar con el acordeón. Una posible humillación que ella, toda una mujer, convierte en un número seductor y elegante. Pero su mirada. Es la mujer que todo lo puede pero que ha sido golpeada innumerables veces por esa sociedad que aún concibe a la mujer como un objeto inmaculado que debe rendir. Y ella es el epítome de la eficiencia, del saber estar y el saber ser. Sabe darse a respetar estando con hombres pero aún ser coqueta, sabe de etiqueta y de lo dura y bastarda que es la vida.

Tal vez ya no hay personajes así, me pregunto si es la época que nos ha hecho unos pussies. La facilidad de las cosas. Que los hombres ya no sienten que tienen que labrar su propia tierra. En fin. Cuántos personajes tan grandiosos en Mad Men, del revolucionario Paul al comediante Roger al acabado Bert Cooper al refinado Lane Pryce a la talentosa Peggy. Ningún personaje es cliché, ni siquiera Betty, la mujer hermosa y tonta: las escenas donde está a punto de dar a luz, su cansancio de ser madre, joder, es etérea pero puedes entenderla, identificarte con ella.

Además, al empezar la cuarta temporada, como leí en otro texto, la década de los sesenta por fin empieza. Los Beatles, Kennedy muerto. La nueva Sterling Cooper Draper Pryce marca el comienzo de una nueva era en la publicidad. No más lugares comunes, no más clichés. No más “las mujeres sólo quieren casarse” y “este es un mercado de negros”. Lo que está haciendo Mad Men con la historia simplemente no tiene palabras para describirse.

Si Mad Men es toda esta colección de clichés y estereotipos sobre la mentalidad de una época pero justo en la antesala de una revolución social, imagino cómo sería una serie sobre las vidas diarias de, digamos, los franceses antes de la revolución francesa. Sus conversaciones, sus trabajos, el papel de las mujeres y el de los niños, la ignorancia y el barbarismo; una serie donde los protagonistas jamás son libertadores, pensadores o políticos, sólo gente ordinaria, el gran pueblo, ese que no obtiene su tajada en la historia cuando ha pasado más de un siglo, porque antes de eso o vive una historia inmensamente romántica o heroica, o forma parte de los movimientos que cambian el curso de la historia. De otra manera, no interesa en los derroteros de la ficción. En las grandes historias late algo de cambio histórico, pero siempre lejano, como un contexto. Pienso en las series históricas de HBO, los Tudors, Espartaco, ¿acaso podríamos interesarnos en los enredos románticos de un montón de egipcios durante el reinado de Ramsés III o de una chica, lejana a las heroínas de Jane Austen, que viva su propio ascenso en la sociedad inglesa de la época de Enrique VIII? No, tenemos que conocer la historia de los protagonistas. Los reyes y faraones, los poderosos. Los demás no importan, la historia se los tragó. El tiempo los engulló. No existen. Queremos saber de gladiadores, no de estiercoleros. De reyes, no de campesinos. Sólo en épocas recientes, cuando hay todavía un nexo con el presente (mi abuela sobrevive al Holocausto, mi abuelo es migrante español, escapaba de Franco; mi apellido es polaco, mi abuela me contaba historias de la Revolución, tenemos tierras heredades del Porfiriato, etcétera), la ficción se molesta en contar historias de la gente común. Sólo entonces importamos. ¿Acaso alguien se ocupará de nuestras vidas cuando, en cien años, en doscientos años, una obra de ficción se ocupe de la transición del siglo XX al XXI?