Ruairi

En París fui una tarde al cementerio de Montparnasse. Es casi una obligación que la ciudad impone. Al bajarme del metro me perdí muchas calles, hasta que llegué a una avenida donde me atreví a preguntarle a un hombre: Excusez moi, le cimetière?, con mi acento estúpido. Estaba a media cuadra.

Le tomé una foto al mapa de la entrada para poder hacer mis visitas sin perderme demasiado. Hice todas las ridiculeces que se esperan en este lugar: fui a ver a mis escritores, a mis poetas. Me senté en sus tumbas, hice anotaciones solemnes en mi cuadernito, me reí en silencio viendo sus nombres en las lápidas; me senté en otras, anónimas, sintiendo la piedra caliente de las cuatro de la tarde. En un pasillo, un tipo que empujaba un carrito con una escoba y un bote de basura me preguntó algo en francés, le respondí alzando las cejas y haciendo la cara de siempre, el je ne parle pas français o el más rápido parle pas français, que me avergonzaban profundamente (mi año perdido en clases de francés, en la preparatoria).

El tipo, un rubio altísimo, con los dientes podridos, ojos azules intensos, cambió al inglés. Me explicó cómo llegar a la tumba de Guy de Maupassant, en la otra sección del cementerio, a la que llegabas por una puertita que salía a una calle angosta, donde el cementerio se replicaba. La parte descuidada, oscura; la tumba de Guy («Guí») entre maleza.

Me lo encontré otra vez. Amigable, el tipo. Con buen inglés para ser francés, pensé, hasta que me dijo que era irlandés. Ruairi, gaélico puro. Quiso mostrarme una escultura antiquísima de una pareja fundida en un beso. Me puse el gas pimienta en la mano, fuimos, la vimos. Nada, no era peligroso. Sólo alguien que quería perder el tiempo en horas de trabajo. Siguió hablando. Así, sin dejar de empujar el carrito, Ruairi me llevó a rincones insospechados del cementerio.

La tumba que cuidaba con mayor empeño era la de Beckett, the best writer of the century, decía, y el amor por su coterráneo me hizo quererlo un poco. Me dijo que limpiaban las tumbas cada tres meses con unas máquinas especiales. Así, nada del ñoño vandalismo en la de Cortázar, por ejemplo, cubierta de rayuelas dibujadas con plumas y plumones, quedaría después. ¿Los boletos de metro? Borregada. Cada sesenta años, si no se renueva el contrato, sacan los restos de la gente y los tiran a una fosa común. Hay espacio disponible casi siempre. En ese momento pasó un servicio. Oh, someone died, dijo al ver la carroza fúnebre, como si le sorprendiera. El limpiador de tumbas.

Me enseñó una lápida que decía: Mort? Pas encore – Dead? Not yet, con fecha de muerte en 2039. Me arrastró a las tumbas de Serge Gainsbourg y a las de Man Ray y su esposa. Hablamos de Porfirio Díaz. De Dublín. De la guerra contra el narco. Me preguntó cuánto costaba un boleto a México o a Estados Unidos. Escribió su mail en mi cuaderno y nos despedimos; aún desde la avenida, detrás de los árboles, Ruairi agitaba el brazo.

Vi después lo que escribió.

 

 

 

 

 

 

 

París

El problema con las grandes ciudades es que no puedes domesticarlas. Han sido domesticadas por otros, antes de ti. Las entendieron mejor. ¿Hay algo de París que pueda decir además de lo que dijeron Hemingway o Cortázar o Henry Miller, los otros extranjeros que estuvieron aquí y la descubrieron de modo distinto? Poco. Además, ya no tengo dieciséis años. Ya no es un viaje de mochileo como el primero que hice. Hay algo muy burgués en todo. Eres un turista. Y como turista, si quieres un poco humillado, caminas por lugares caminados muchas veces antes. Y nada que veas no ha sido visto antes, y visto mejor. Y lo que digas, por más sincero, por más íntimo, no será otra cosa que un lugar común. Entonces, te rindes. La ciudad gana. Su metro gana. Su río gana. Su torrente de gente en las avenidas gana, sus francesitos con alto sentido de la moda sentados en las cafés mientras fuman, ellos ganan.

Todos los lugares nuevos me intimidan. Me intimida aquello de lo que se ha escrito demasiado, lo que ha sido evocado por otros con más talento y más sensibilidad. No le agregarás nada a ese paseo por el Sena ni a la primera vez que viste la torre Eiffel, ese portento de la ingeniería. Puedes pensar en personas, puedes estar con personas, y nada será original.

Y ya son días y sigo sin sentir que he comprendido un poco. Además de que, en realidad, entiendo poco. Y soy la turista con cara de idiota que con trabajos puede pedir un agua embotellada, cosa que es nueva para mí, porque tengo poco mundo tal vez, o porque viajé a otros lugares en los que era fácil comunicarme. Me aplasta. Un poco.

El viernes fuimos al festival Rock en Seine. El único día que llovió. Fue en un parque inmenso con fuentes y esculturas decimonónicas en medio de stands de Coca-Cola y chilli con carne, y era maravilloso y triste a la vez pensar que en otros días podrías haberte echado y beber con el sol en la cara. Pero igual bebimos -vino, un stand con todo tipo de vinos- y mientras veíamos a The Shins, y no pudo ser más adecuado, salió el sol. Luego escuchamos un poco de Bloc Party (que ya había visto alguna vez) y Sigur Rós, y después de ellos estuvo Placebo.

Es sabido que Placebo es mi banda favorita. Aquí y aquí y aquí se demuestra. Y lo he dicho: no es la banda más elegante del mundo ni es la clase de banda que te hace levantar tu camisa con los puños crispados y decir «los amo» y que la gente piense que estás bien, pero yo lo hago y con intensidad. El por qué lo he narrado muchas veces, aunque sin detalles. Todo sigue ahí. Brian Molko y sus letras. En París, uno de sus sitios predilectos. Con alguien (la Defe) que los ama con la misma intensidad, y por lo tanto no me siento sola en mi pasión. Y están los pasillos de la preparatoria sur y el primer discman que tuve, y el dolor y la juventud.

Tenía muchas cosas en mi mente en el trayecto de regreso del festival. Cosas clavadas. Las canciones que faltaron (Without you I’m nothing) y las que fueron una sorpresa gratísima (el cover de Kate Bush, Running up that hill). El descubrimiento de la sexualidad. Y París. Ese momento en que se dejó conquistar, un poco. La mujer hermosa en la otra mesa que, por un momento, te devuelve la mirada. Placebo hizo que París fuera mío, un instante.