Los diarios III

Vuelvo a los diarios de Piglia, el último tomo. Es adecuado, si es que éste es mi último año aquí. Futuro incierto. Pero éste no es el tema. Toda la primera parte está atravesada por su lucha con la escritura de una novela que lo obsesiona y lo elude, a la que intenta dedicarle todas sus energías, en la que a veces pasa diez horas seguidas para obtener unas cuantas páginas que enseguida considera borradores o directamente inservibles. Es curioso, porque en los dos primeros tomos de sus diarios le ocurre lo mismo con la novela sobre «los maleantes que roban un banco y se esconden en un departamento de Montevideo» –Plata quemada– y que terminó por publicarse hasta 1997 (cuando bien desde los años sesenta Piglia o Renzi ya lucha sin cesar con sus materiales). Pero anoche leí las delirantes entradas donde un golpe de inspiración o de manía le permite terminar la otra novela en un par de meses, luego de un periodo a fines de 1979 en que los pensamientos suicidas se intensifican, y que Piglia narra en sus diarios desplazando astutamente la primera persona a la tercera, como en otros fragmentos. No es secreto para nadie que Piglia abusaba de las anfetaminas, lo que en todo caso podría considerarse un desliz de la época, pero es notoria la correspondencia entre abuso químico y ánimo desfalleciente. Al mismo tiempo, un funcionario «de obras sanitarias» va a buscarlo a su departamento y él huye por el otro ascensor: pasa los siguientes meses recalando en casas y departamentos de amigos, durmiendo en sofás o en hoteles, completamente cagado de miedo y a la vez dudando de si lo estaban buscando en realidad, de si estuvo a punto de desaparecer.  Por la ventana mira cómo los militares cortan el tráfico, civiles que patrullan las calles, voces y luces que encandilan, y sin embargo la gente sigue haciendo su vida, ríen, van al cine, «lo peor es la siniestra sensación de normalidad». Algunos de sus amigos se van, por un tiempo o para siempre, pero él insiste en quedarse, se reúne con Beatriz (Sarlo) y Carlos Altamirano para editar una revista, la destroza a ella y a sus opiniones y su voz engolada y sus palabras infladas, escribe: «la literatura le es ajena como a los realistas la realidad». Sigue obsesionado con la novela sobre «la historia de alguien que escribe la vida de otros», del censor que lee cartas, se le ocurren títulos horribles (La prolijidad de lo real, luego el mismo narrador de Respiración artificial opina, de una novela suya con ese título, que el título es lo más genial).

Diciembre de 1977:

Cenamos con Tamara K. y Héctor L. Oscura ronda sobre los libros que estamos escribiendo. El gesto vanguardista de Héctor que yo he perdido o, en todo caso, he desplazado a una pasión experimental que prefiero no definir. Me entiendo bien con él porque es un poco lunático (no en el sentido de alguien alunado, sino más bien en la significación poética de un tipo levemente hermético).

(K. de Kamenszain, L. de Libertella).

Al leer sus luchas con la novela, sus lentos avances, sus anotaciones sobre la trama y la organización de la información y las rutas posibles, yo no dejaba de pensar en el sentimiento tan ensimismado que emana de perderse en el texto que se está escribiendo, en la obra si quieres llamarle así, que antes de ser nada es pura disputa y ambición y por ende frustración, caldo de cultivo del narcisismo, porque el escritor se mira a sí mismx en el texto, se contempla con enfado y con amor como en un espejo, y se vuelve adictivo eso, volver y volver, y escribir un poco sobre el aire, sin avanzar realmente, y al final de ese proceso hay como un asqueamiento de sí mismx y del texto y eventualmente de todo alrededor. Muy horrible, sí. Pero así se escriben los libros. Y así llega un día en que Piglia consigna, por ejemplo, haber escrito doscientas páginas en menos de cuarenta días, y puede entonces pensar en la publicación, y facilitarle la novela a sus amigos, y recibir impresiones, y seguir adelante, ja, seguir adelante, como si eso fuera posible: siempre está esa otra cosa que debe escribirse, que debe terminarse, que debe intentarse.

En realidad empecé a escribir este texto la semana pasada, y ese anoche no es el anoche verdadero, el del momento en que esto sea publicado, y por tanto ciertas incertidumbres cada vez se vuelven menos inciertas. Ahora se dibuja un viaje o una vacación muy interesante en mi horizonte y nada podría darme más alegría, pero tampoco más ansiedades, porque en mi cabeza se proyectan todas las cosas horribles que podrían suceder y ante las cuales me preparo como para un combate con el destino, ¡ay! Noto, por cierto, que a Piglia no le interesaba mucho viajar, y en cambio a mí es lo que más me interesa en el mundo. Siempre quise viajar mucho, conocer Asia, recorrer Europa del Este, montarme en el transiberiano vertiente transmongoliano, y recalar en Pekín, poner los pies en la muralla china, pisar África, tal vez porque mi determinación de clase me lo complica, pero no me lo imposibilita. Esos son mis deseos. Juntar esas vivencias. Sin embargo, me encanta que Piglia haya tenido la sinceridad de escribir, y luego de no haber borrado para su edición, las siguientes palabras en su diario: “Desde siempre, nunca he deseado otra cosa que ser un gran escritor y la gloria inmortal, pero ya se ve y se entiende a lo que han quedado reducidas las ilusiones.”

Es muy triste revelarlo, pero he tenido esta conversación con otras personas, y la verdad es que yo adoro al Piglia diarista, adoro al Piglia ensayista (también él lucha mucho con la forma de los ensayos que quiere escribir, ni académicos ni impresionistas, sino algo así como literarios, de escritor); pero un poco el Piglia novelista me aburre. También estas cosas suelen pasar. Alguna vez alguien me lanzó una indirecta poco elegante porque hice una lectura de Plata quemada, la película, no la novela, como una devastadora historia de amor gay (se sabe que nada me resulta más atrayente que dos hombres hermosos enamorados, y en la película Eduardo Noriega y Leonardo Sbaraglia están enamorados, ¿alguien ya se fijó cómo lucían esos dos en el año 2000 y dicho sea de paso cómo siguen luciendo el día de hoy?, bien, ellos dos, hombres hermosos los dos, mueren en los brazos del otro, entiendan por favor esto, entiéndalo).

En unas horas se acaba un sitio para siempre, y hace unas semanas ya lo presentía, ahí mismo, en el departamento de Recoleta sobre Callao entre Marcelo T. y Paraguay, sentir que vivíamos un pasado que alguien que estuvo ahí imaginaría y reconstruiría por medio de fotos y relatos escuchados al crecer, en un futuro que tampoco imaginamos aún. Pero muchos viernes fuimos felices ahí, y otros sábados y domingos, y días entre semana por las tardes, y muchos errores pasionales o divertidos fueron cometidos ahí, y al final qué importa si se cuenta con la suerte de ser joven todavía, ya no encuentro una parte donde Piglia dice que en el futuro imaginaría con nostalgia algunos de esos días que entonces relata como felices, aunque yo siempre he tenido claro eso, creo.

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Los diarios parte II

Soñar con aguas turbias nunca es buen signo, pero si soñé con el río fue porque, antes de dormir, lo último que leí era que «el río es la última frontera a donde van a recalar los excluidos y los suicidas». Era otro río, el mismo Río de la Plata, pero otro definitivamente, en otra época, con formas distintas de llegar a él, de contemplarlo. Soñé que me iba de mi cuarto, que ya no vivía en esta casa. Era una pesadilla, porque yo adoro esta casa y también este barrio, el Boedo de la clase trabajadora, de la mística de Arlt y su grupo, de casitas y cuadras siempre iguales. Entonces me iba a otro cuarto, feísimo, con una cama estrecha y sin paredes, que sin embargo tenía una ventana enorme que daba al río. «Mira el río», le decía yo a un locutor onírico mientras abría la ventana, intentando convencerme de la bondad de tener el río a la mano, siempre disponible, tan cerca que sus aguas tocaban los bordes de aquella ventana o balcón, y de pronto el agua sucia, verdosa, un cadáver doblado y descompuesto, que yo tocaba con el pie, y tres hombres que pasaban por ahí flotando, unidos en un extraño acto copulatorio, el de hasta abajo posiblemente muerto, ahogado. Es un sueño cuyas imágenes no se me han borrado desde hace días. La atmósfera del sueño suele acompañarme a lo largo del día, pero no durante más tiempo. Luego leí que «al soñar nos vemos a nosotros mismos como si fuéramos un personaje». Y que:

El diario es como un sueño, todo lo que sucede es verdadero pero pasa en un registro tan condensado, tan cargado de sobrentendidos, que sólo lo puede entender el que lo escribe. La literatura tiende a ir ahí: su campo es la escritura privada, que se ilusiona con la idea de que está escrito para que nadie lo lea. Por eso el suicidio de Pavese es también una teoría o una resolución de lo que ha escrito en sus cuadernos personales. Kafka decía: sólo quien escribe un diario puede entender el diario que escriben otros.

Estoy leyendo la segunda parte de los diarios de Piglia. Me acompañan. Me avergüenzan, es decir, me humillan, porque verifico en ellos que nunca lograré trabajar con ese tesón, con esa disciplina, incluso con esa alegría. Aunque no tiene ningún caso martirizarse por eso y, peor todavía, compararse (no hay punto de comparación). También leo otras cosas. Las lecturas de la maestría, por supuesto. Y aparte, en otros momentos, a Armonía Somers. A Rebecca Solnit. Y eso leo, y también he visto cosas, y escuchado otras tantas. Pero este libro me la paso subrayándolo. Por ejemplo: «soy racional con la literatura e irracional en mi relación con la literatura». O: «me cuesta narrar aquí lo que vivo en el presente, la experiencia logra todo su espesor recién en el recuerdo». En fin, Piglia, siempre me haces lo mismo.

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Los diarios de…

Yo conozco mi modo de leer y en qué categoría se sitúa mi concepción de la literatura. Pero no puedo cambiarla, es más: no quiero. Algunos libros verdaderamente me han ayudado a vivir. También sé que llevo mis meses porteños (porteños, se me dice, que lo bonaerense atañe a la provincia de Buenos Aires) sumergida en una lectura mística de lo que me rodea que no es otra cosa que un movimiento narcisista, una lectura de mí misma a gran escala (oh, soltería impuesta, soltería artificial). Me curo en salud para confesar que otra vez caí en la lectura letraherida (ay, el Constantino Bértolo que me complicó un texto a la mitad de escribirlo pero también: qué bueno), y puse mi sustrato autobiográfico al servicio de mi descubrimiento, o más bien interesamiento por Los diarios de Emilio Renzi (años de formación), reescritura, edición y quién sabe qué otra cosa más de los diarios del joven Piglia.

O sea, ya sabía del libro. Y me interesó, por el asunto de los diarios. Pero me urgía más, pensaba, el Cómo se escribe el diario íntimo, de Alan Pauls. Todavía me hace falta. Lo que sucede es que hoy entré a una librería Cúspide y en su mesa de novedades estaba el de Piglia, sin el plastiquito, y lo abrí y leí algunas entradas, las típicas de diario, intercaladas con episodios ¿literarios?, ¿narrativos?, y entre todo ello nombres conocidos y admirados, y sitios conocidos y amados, y todo rebosando literatura y lecturas, y total que mientras lo leía hasta el pulso se me aceleró. Hice lo que tenía que hacer donde estaba y luego decidí ir a El Ateneo de la peatonal Florida, donde hay una salita con sillones en la que siempre hay gente leyendo. Fui, con una buena hora para sentarme a leer. También tenían un ejemplar sin plastiquito. Me senté, triunfal, en una silla y, oh: primer misticismo apabullante: en la otra isla (hay dos islas de silloncitos y mesas) estaba sentada una anciana que, sólo en ese momento comprendí, yo ya había visto ahí mismo. Pero quizás la había visto sin verla, porque mi encuentro con ella en verdad consciente fue más bien aterrador: días antes yo venía caminando por avenida Santa Fe, a la altura del subte San Martín y en general de mi barrio y del microcentro, una noche en que me sentía triste, ansiosa, agobiada por mis problemas, cuando se me apareció aquel cuerpo tullido, enroscado, una mujer diminuta con una joroba tan pronunciada que su cabeza ya no podía erguirse, estaba totalmente torcida, su cara paralela al piso, de tal manera que al verla de espaldas era como ver un cuerpo sin cabeza, una deformación vertebral probablemente dolorosa, enquistada, que la hacía caminar con lentitud y sin embargo con plena autosuficiencia y hasta serenidad. Me turbó verla, incluso diría que al principio me espantó, la visión sobrenatural del cuerpo sin cabeza, y después la empatía y el dolor, y luego el movimiento narcisista, y todo esto no hizo más que remover el ánimo lóbrego que esa noche traía conmigo. Enseguida llegué y apunté algo sobre ella en un cuaderno, para fines utilitarios. Pues hoy la vi en la librería, diminuta y arrellanada en su silla, perdida en la lectura como, por supuesto, yo la había visto la primera vez, antes de robarle su dignidad. Seguramente somos (y pronto dejaremos de ser) vecinas. Al menos somos usuarias de la salita de lectura de El Ateneo de Florida.

De los diarios, en aquella hora, hice una lectura a la que tengo tanto derecho como todos, o sea desordenada y al azar, saltándome párrafos, frases y toda continuidad, viajando de 1967 a 1958 a 1963.

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Una semana después -que es cuando continúo esta entrada- tengo frescos muchos pasajes todavía. Aquel donde dice conservar la convicción de que cada día fuera sí mismo, único, portara su propio signo. Sus lecturas apasionadas de Dostoievsky; críticas de Fuentes, García Márquez, Cortázar, Leñero; amorosas de toda la literatura anglosajona; de James Baldwin y  Woolf y Pavese y Proust. Sus discusiones teóricas con Sartre, con Gramsci, sobre el problema arte-vida, la representación, la política, el narrador. Tiene diecisiete años cuando empieza su diario y el volumen se detiene en sus 27, edad crítica para el joven artista. Y a esa edad ya pensaba -y de qué manera- en todo esto. Admirar la claridad de pensamiento del joven Piglia, del joven Emilio Renzi, de Ricardo Emilio Piglia Renzi (otro que, como Jorge Mario Varlotta Levrero, se vuelve el doble de sí mismo: el nombre y el apellido secundario el autor, en uno; el personaje ficticio, en el otro). Asistir con morbo a sus relaciones sexuales y afectivas. Envidiar su voluntad de trabajo, su disciplina. Imaginar aquellas reuniones alcohólicas con Haroldo Conti, con Rodolfo Walsh, con Edgardo Cozarinsky. Encontrarse en sus dudas, en su confesión de que en su vida le ha apostado a una sola carta, en la puesta en crisis de la noción de vocación (¿y qué otra cosa es sino persistencia?), en su enamoramiento de la literatura y sus satélites (otro romántico).

Pero sobre todo proyecté mi experiencia en su experiencia, y me vi en sus andanzas por el barrio de Retiro y la Plaza San Martín y el centro de Buenos Aires, en sus estadías en el café Florida y en otros restaurantes y bares que ya no existen; en su tensa y peculiar relación con la provincia, los autobuses, la capital cercana pero a la vez un tanto inaccesible; en su condición de joven nómada, cambiándose de pensión en pensión, de cuarto en cuarto, cargando a donde vaya su pila de libros, su enorme pila de libros, que se agranda continuamente, pues compra y compra, y malgasta el dinero y a veces se queda sin plata y pasa hambres pasajeras y cuando por fin tiene dinero se sienta en restaurantes y pide un bife con papas fritas. Tuve que mirarme, entonces, en su idealización del héroe sin domicilio fijo. En sus diarios Renzi o Piglia escribe de lo que debe escribir y de sus ganas de escribir; de sus lecturas, de las películas que ve, de sus sueños y de ideas para cuentos. En un fragmento explica que cuando alguien cuestiona un aspecto de sus cuentos sobre el cual se siente completamente seguro, descarta el comentario; pero cuando hacen una mención, o apenas una intuición, por más vaga, sobre algo que a él le causaba cierta inseguridad, ya sabe que debe trabajarlo de nuevo.

En la web de Anagrama se pueden descargar las primeras páginas. Algunos fragmentos de allí:

“«Por eso hablar de mí es hablar de ese diario. Todo lo que soy está ahí pero no hay más que palabras. Cambios en mi letra manuscrita», había dicho. A veces, cuando lo relee, le cuesta reconocer lo que ha vivido. Hay episodios narrados en los cuadernos que ha olvidado por completo. Existen en el diario pero no en sus recuerdos. Y a la vez ciertos hechos que permanecen en su memoria con la nitidez de una fotografía están ausentes como si nunca los hubiera vivido. Tiene la extraña sensación de haber vivido dos vidas. ”


“¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro).
La experiencia, se había dado cuenta, es una multiplicación microscópica de pequeños acontecimientos que se repiten y se expanden, sin conexión, dispersos, en fuga. Su vida, había comprendido ahora, estaba dividida en secuencias lineales, series abiertas que se remontaban al pasado remoto: incidentes mínimos, estar solo en un cuarto de hotel, ver su cara en un fotomatón, subir a un taxi, besar a una mujer, levantar la vista de la página y mirar por la ventana, ¿cuántas veces? Esos gestos formaban una red fluida, dibujaban un recorrido –y dibujó en una servilleta un mapa con círculos y cruces–, así sería el trayecto de mi vida, digamos, dijo.”


“La ilusión es una forma perfecta. No es un error, no se la debe confundir con una equivocación involuntaria. Se trata de una construcción deliberada, que está pensada para engañar al mismo que la construye. Es una forma pura, quizá la más pura de las formas que existen. La ilusión como novela privada, como autobiografía futura.”


“Punto primero, los libros de mi vida entonces, pero tampoco todos los que había leído sino sólo aquellos de los cuales recuerdo con nitidez la situación, y el momento en que los estaba leyendo. Si recuerdo las circunstancias en las que estaba con un libro, eso es para mí la prueba de que fue decisivo. No necesariamente son los mejores ni los que me han influido: pero son los que han dejado una marca. Voy a seguir ese criterio mnemotécnico, como si no tuviera más que esas imágenes para reconstruir mi experiencia. Un libro en el recuerdo tiene una cualidad íntima, sólo si me veo a mí mismo leyendo. Estoy afuera, distanciado, y me veo como si fuera otro (más joven siempre). Por eso, quizá pienso ahora, aquella imagen –hacer como que leo un libro en el umbral de la casa de mi infancia– es la primera de una serie y voy a empezar ahí mi autobiografía.”

 

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Entonces pienso en el yo como relato, en la necedad y la ilusión y la ingenuidad de pensarse escritor, y sobre todo en mi biografía lectora remota, la de la niñez y la adolescencia: pienso en aquella tarde en Polo en que se fue la luz y durante las últimas horas de la tarde me puse a leer Pedro Páramo, mirando por la ventana la milpa y los cerros, sabiendo que yo misma estaba ahí, en Comala; la primera vez que en un libro de lecturas de la primaria leí a Borges y a Cortázar (y empezó así mi enamoramiento de Buenos Aires); en mi lectura de Ana Frank a la misma edad que Ana Frank tenía al escribir su diario; me miro también, desde afuera, leyendo Cumbres borrascosas, todo Wilde, El país de las sombras largas, las novelas de Jean Webster, ¡Cagliostro!, ¡Sinuhé, el egipicio!, ¡El sombrero de tres picos!, los coloridos volúmenes de El Quillet de los niños que leía y releía obsesivamente, junto con Las aventuras de Tomillo; María, de Jorge Isaacs; Marianela, de Pérez Galdós, mi primer intento de Crimen y castigo. El libro que inauguró mi vida lectora, muy joven: Alicia en el país de las maravillas. Hay mucho más. Libros que encontré en la nutrida, extraña, ecléctica biblioteca de mi papá, un gran lector (y qué suerte tenerlo y, unida a ello, la posibilidad de perderse en estantes repletos, de los que había que rescatar lo literario entre tomos de ingeniería, oceanografía, economía, manuales, almanaques, herbolaria, etc.).

También pienso ahora en la épica del nomadismo. Termino esta entrada, días después de aquel jueves del Ateneo de Florida, en un café de Montserrat, a donde me acabo de mudar (mudanza número 19). Lo único que me interesó durante la mudanza, a lo que no le despegué el ojo, fue mi caja de libros (90% adquiridos en Buenos Aires) y mis cuadernos (más de diez, algunos con apuntes escolares y otros con entradas de diario).

Es cierto que La novela luminosa me ayudó a vivir los primeros meses aquí. Pero ahora debo perderme menos en mis pensamientos y trabajar más. Necesito un nuevo modelo. He accedido intermitentemente a los diarios de Piglia. Pronto me sumergiré por completo.

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