Querétaro

Antes de irme a Querétaro soñaba con Querétaro. Mi hermana ya vivía ahí -estudiaba arquitectura- y me contaba todo lo que hacía, y yo quería hacer esas cosas también. Ir al cine con sus amigos o a un bar, lo más sencillo, lo que era imposible en Polo. Era 31 de julio de 2001, tiene que haber sido ese día, el primero de clases en la Preparatoria Sur, pero ahora pienso -acabo de buscarlo en internet- que entonces fue el 28, lunes, y que de tal forma yo llegué el 27 en la noche (también llegué al DF un domingo).

El primer día fui reclutada por las que así, apresuradamente, podían perfilarse como las desmadrosas del salón. Fuimos a un billar. Yo no sabía, ni sé, jugar billar. Pero tomamos chelas y uh, tomar chelas a los quince, adultamente, con gente de tu salón que no conoces. Después todo se fue acomodando y la prepa fue una enorme piscina de agua tibia, con caras nuevas todos los días, porque era tan grande que yo juraba que siempre veías a alguien que nunca habías visto, lo que era lógico con mi mente pueblerina, de haber tenido sólo tres compañeros en sexto de primaria.

¿Es que todos los lugares me cansan? Los amo mucho y luego nada. Querétaro fue hermoso hasta que dejó de serlo, como Polo cuando llegamos -porque a Polo también llegamos, en 1992, cuando yo tenía seis años- y ahora mismo con el DF, al que todavía reverencio pero del que empiezo a desear separarme (aquí nací, aquí están los recuerdos primigenios, como de sueño).

Ahora que fui, un poco por el trabajo y otro poco para visitar amigos, entendí que mi relación con la ciudad es diferente. Ya no puede herirme, insistir con eso sería absurdo, infantil (aunque soy infantil): las rutas de camiones, malignas; cómo se piensa (pero no todos piensan igual). En la terminal entré al baño y una señora detrás de mí empujaba a su niña, no más de tres años, para que aprovechara y entrara detrás de mí, y la niña la miraba confundida y temerosa, así que la tomé de la mano y nos metimos juntas y le indiqué dónde, y no dejaba de pensar en cómo una señora puede hacer eso, por qué, no parecía que no tuviera cinco pesos sino que más bien le daba flojera o codo desembolsarlos y prefería que la niña entrara sola y guardara ese recuerdo insustancial pero acaso humillante, que de alguna forma moldearía su forma de ser. Cosas así. Tal vez insisto en meter todo al mismo costal, imaginar un temperamento queretano que igual no existe, pero al otro día, cerca de la fuente de Neptuno, había un señor en una jardinera, pelo largo canoso y sin zapatos, cantando a todo pulmón una canción obscena con una guitarra imaginaria, puras inocencias, «los calzones cagoteados» y «pinches» y demás, y la gente lo miraba escandalizada y apenas se permitía una sonrisa tímida, y volví a mi costal del temperamento queretano. También recordé (¿he confirmado este dato?) que no hay sanatorios mentales en Querétaro y que la solución es dejar que estén ahí, vagando confundidos y ensimismados por la calle, o meterlos al Cereso. Un Querétaro triste.

Pero también, una noche en la terraza de Carlita, estaban ahí Triquis, Fanny, Ribón, el Abuelo, Geritas, Edgar, Lois, y otros, y nos acordábamos de cuando alguien se caía en la prepa y la regla inamovible era salir del salón, señalarlo y gritar AH AH AH como tontos, y cómo era graciosísimo y muchos se asomaban de los salones y los pasillos del segundo piso, y todo era una misma cosa. De los demás: algunos ya casados, con hijos, con trabajos importantes o no, viviendo ahí o en otro lugar. Las personas sólo existen en el recuerdo de otras personas.

Además, es una ciudad bella. Siempre he pensado que vivir la adolescencia en una ciudad colonial de mediano tamaño es perfecto (así como vivir la infancia en un pueblo es perfecto, y la primera adultez en una capital monstruosa es perfecto, por tanto supongo que he hecho bien las cosas). Algo más: muchos recuerdos que creí domados, clasificados, siempre presentes, no estaban del todo aceitados, y sólo al andar por las calles y avenidas aparecían con su solidez exacta. Es necesario volver a todos los lugares.

Borges miró esta pequeña, amarilla, refulgente ciudad en El Aleph. Esta parte la escribí en mi «texto oficial/serio» al respecto, pero: entre las maravillas del mundo que sus ojos recogen, entre las pocas ciudades que nombra, está “un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala”.