La otra isla

El mediodía acabó

RSS Feed

...

Tag Archives: TV

Breaking Bad, Confessions

2 Comments

Es sabido *con copa de cognac en la mano* que Breaking Bad tiene su fundamento mitológico en Paradise Lost de Milton (o tal vez no es sabido, no es algo que Gilligan haya establecido explícitamente, y si creo que es así es por este extraordinario, realmente ex-tra-or-di-na-rio texto, In Hell, “We shall be free”, que es probablemente lo mejor que he leído y leeré sobre Breaking Bad jamás).

En términos generales, Breaking Bad trata sobre la lucha del bien y el mal. En el ensayo de LA Review of Books, los autores explican que, como el Satanás de Milton, rebelado contra las fuerzas del Paraíso, demandante de los reconocimientos que él cree merecer, Walt se rige bajo la máxima del paraíso perdido: Better to reign in Hell than serve in Heaven.

En el capítulo de hace ocho días, Confessions, noté una característica que ya se había hecho presente en otros episodios (pero no, por ejemplo, en el más reciente, Rabid dog): la iconografía religiosa.

Las imágenes religiosas tiene para mí un peso vital, pues crecí en un pueblo de provincia, donde el fervor católico es alto y va acompañado siempre de una imaginería intensa. El Cristo agonizante dentro de una caja de vidrio a la entrada de la iglesia, la iglesia misma, la casa del párroco, la decoración de todas las casas que conocí, con Cristos en diversas posiciones y gestos, esculturas, santos, vírgenes, altares, flores, biblias y libros cristianos. Me atrae, pues. La liturgia del catolicismo es severa y austera, pero también majestuosa: roja, morada, amarilla, azul, dorada, brillante (los colores de Breaking Bad, además). Las imágenes religiosas, al menos en este lado del mundo, comportan un misticismo intocable, un tabú, algo que se mira con sumisión y vergüenza.

El vigor de un poema como Paradise Lost es el tratamiento de los iconos religiosos como personajes reaccionarios, embarcados en una lucha épica de poder. Es una destrucción del mito que, a la vez, lo construye.

En Breaking Bad, Walt es el mal, Hank es el bien. Pero aún, Walt es el diablo. Hank no es dios, no es un dios, pero sí acaso un agente del bien. Ahora, cada vez que aparece hay como una luz divina que lo ilumina:

Después de ver a Jesse, llega a su casa, el templo, la iglesia, el altar:


En el más reciente es demasiado obvia la cooptación de Skyler a ese lugar con el que apenas coqueteaba, el hundimiento moral absoluto (sugerir que se deshaga de Jesse, ¿qué importa otro más?). En la duda, Walt llega a su oficina como un demonio.

Y ella está a punto de descender al infierno, a sus espaldas, con sus llamas abrasadoras:

Pero antes, ella fue una especie de figura salvadora, la virgen que cura al Cristo malherido:

Tanto en el poema como en la doctrina religiosa misma, Satán se vale de la retórica para seducir y dominar. En el catolicismo de provincia, Satán es un cuentero. De esta forma somete. ¿Quién es cuentero, elocuente y buen actor? Walt:

…De quien siempre ha habido presagios de su muerte. Un punto rojo en la frente, una columna atravesada, un haz de luz rojo:


Lo que más me impresionó en Confessions fue una relación visual que hice en la cabeza. Busqué en todo internet, en todos los sitios católicos y cristianos, con todas las combinaciones posibles, en cantidad de álbumes, y no di con la imagen exacta. Es un cuadro de Jesucristo que estaba en la pared de la casa de mis amigas de infancia. Lo veo en la memoria. Es un busto de él, con una túnica azul y roja. Mira hacia arriba con tristeza. Ojos inyectados. Es obvio lo que piensa. El por qué me has hecho esto, padre, que todos los educados como católicos piensan, cuestionan y ultimadamente olvidan. Es un reproche doloroso. Los ojos de Jesse son los ojos de ese Cristo:

Ésta es la imagen más cercana que encontré a la que digo, que tiene los exactos ojos de Jesse arriba.

Lo único que me preocupa es que, como el Cristo, Jesse -el único inocente- tenga que sacrificarse por los pecados de todos.


Filed under Sin categoría
sep 3, 2013

Favors

0 Comments

Ya, Mad Men es impresionante. Sus capítulos son como el cuento típicamente carveriano, todo va sucediendo con la normalidad esperada, pero después, en la historia paralela apenas sugerida, son también piglianos e incluso, algunas veces, asestan el puñetazo final como trilladamente recomendaba Cortázar.

En el último, una serie de sucesos que van escalando como una pirámide, algunos triviales, conducen a un momento doloroso y brutal: Sally observa a su padre cogiéndose a otra mujer.

Cogiéndose: con los pantalones enrollados en los pies y la camisa arrugada a medio abrir, en la cama de servicio, con la vecina de abajo. La imagen es humillante y violenta. El padre sorprendido en actitud animal (el padre que, para la hija, era bueno, puro, intachable). La niña que, sin ser mujer, pierde su inocencia para siempre. La línea que jamás debe cruzarse en la relación filial. Hay reglas no escritas, demasiado tabú, como la de ver a nuestros padres, o ser visto por nuestros hijos, durante el sexo. Además, hay algo que duele muchísimo: el descuido del padre. La negligencia que permite que ella observe eso, aunque la culpa no parezca recaer en él por entero. Pero recae, absolutamente. Tú me has permitido verte en ese estado y en ese momento humillante para ambos, y te has avergonzado, avergonzándome en el proceso. El descubrimiento, para ambos, se convertirá en recuerdo doloroso e ineludible.

Después del incidente, Don busca a Sally alzando la voz, con el tono altanero y hasta condescendiente con el que se dirige a sus hijos. Luego desciende en el elevador, el motivo constante. Esta vez, a un infierno sin retorno.


Ah, Don se quiebra de nuevo, pero este quiebre es ahogado, contenido: el descubrimiento de un nuevo abismo.

(Jon Hamm es un Actor: la ira se convierte en un sufrimiento que despierta tanta simpatía que es imposible no llorar con Don al comprender, como él, todo lo que acaba de perder.)

En el lobby, titubea. Pero no sucede, como leí en algunas reseñas, que por primera vez Don no sepa qué hacer. Es otra cosa. Don entra en una nueva dimensión, tan desconocida y hostil que una parte de él se divide en dos. No es la división entre Don y Dick: es la verdadera escisión de su ser.

Y Jonesy, que ha vivido un desdoblamiento similar:

…lo mira mientras Don, separado para siempre de la vida, se pierde en el caos de la ciudad (que, más bien, lo traga o absorbe).

Este reflejo imperceptible no es coincidencia. Mad Men sabe de subtexto. Abusa de él a veces. Y el tema de la temporada ha sido resumido en el poster:

…cuyo fondo -la ciudad y la presencia constante de policías- se sugiere mientras Sally anda en el taxi:


**Nótese que Sally, rumbo a su descubrimiento, asciende en el elevador.

(Paréntesis necesario: el episodio fue coescrito por Semi Chellas, coautora también de Far Away Places y The Other Woman, y dirigido por Jennifer Getzinger, directora de episodios tan fundamentales y complejos como The Suitcase y A Little Kiss).

Más momentos desgarradores suceden a continuación.

El primer encuentro entre Don y Sally. La mirada avergonzada, inocente, sometida:

La tensión, la incomodidad, la humillación y luego, lo peor: la ruptura de todos los paradigmas masculinos. A Don lo felicitan y lo adoran por ser como es (un traidor, un animal), de modo que la pérdida de la inocencia se convierte en una bofetada de realidad, de la verdad sobre los roles de los hombres y las mujeres.

Cuando Don la busca, la esperanza de que hable como un hombre y no como un padre, que se deje conocer por su hija, se va al inodoro cuando, otra vez, reacciona con su this never happened attitude (Hamm dixit). Con la condescendencia del padre, transfigurándose en mi padre, en el padre de todos. Don es la figura paterna universal.
(o: aquí)

Después, la puerta se cierra para siempre.

 

 

 

El post de Triquis, más personal, es obligatorio. Dice cosas que yo quisiera decir pero con un valor que no tengo.

 

 

Filed under Isletas
jun 13, 2013

Girls

1 Comment

Si Reality Bites (1994) era (pretendía ser) la voz de la generación X, Girls quiere serlo de la generación Tumblr. Los noventa están contenidos en Singles (1992), The Craft (1996) y Clueless (1995), por ejemplo. Los noventa son mallas arriba de la rodilla, camisas de cuadritos, Breckin Meyer, el soundtrack de Great Expectations, Billy Corgan en un Dodge. Girls, entonces, quiere ser American Apparel, Coachella, Brooklyn, cupcakes y tatuajes color pastel. Girls quiere ser esta generación y también sus pesares, aunque en esto no tenga tanto éxito puesto que no toda la generación vive en Nueva York ni tiene la capacidad de ser o parecer cool. Esto ya se ha apuntado. Es la cruz de Girls, de Lena Dunham: lo poco representativa que es, lo difícil que es identificarse con chicas neoyorquinas que sufren.

(pienso en Dawson’s Creek: el ficticio Capeside funcionaba como escenografía genérica del drama adolescente; en Girls, en cambio, Nueva York es un motivo y un símbolo.)

Podría ser un acierto o un error, pero Girls va a paso lento con la paleta de personajes que quiere tomar como estandartes de esta generación: artistas que se flagelan porque quieren ser mejores, escritores sin confianza ni futuro, mujeres con la cara de Bridget Bardot y el culo de Rihanna que visten en flea markets

Claro: todos son personajes muy neoyorquinos, en este nuevo Nueva York en el que las calles son como pasarelas y en el que es más probable que seas juzgado por tu elección de calzado que por tu color de piel. Esa ciudad donde es difícil sobresalir y triunfar, pues los que lo hicieron no cederán su lugar: se aferran como sátrapas a sus trabajos y a sus departamentos mientras los demás miran (la fantasía del departamento de renta congelada en Manhattan es una puntada de Friends). Por tanto, es más fácil rendirse en Nueva YorkEsta ciudad es un rack de ropa que ya está muy escogidito. Entonces, las hordas se dispersan a Brooklyn, donde fundan una nueva comunidad sustentada en las thrift stores y la comida orgánica. Girls sabe que la escena anda en Bushwick y que ya no hay placer en sortear límites morales. Los miembros de esta generación están cómodos en la indefinición, aunque no están exentos de pasión; tal vez incluso son demasiado apasionados y también poco realistas: tal vez quieren ser jóvenes por siempre, dice Girls.

Girls es femenina pero no trata de mujeres, en plural, y supongo que en el fondo ni le interesa. Tampoco trata de Lena Dunham, su creadora, sino del mundo que cree ver, esta pequeña porción de realidad en Nueva York, esta muestra (sesgada y privilegiada y demasiado blanca, ya se dijo) de lo que es vivir en la segunda década de este siglo. Todavía no sé qué obra (literaria, cinematográfica, musical) comprendió a los dosmiles, pero esta nueva década ofrece otra cosa y nuevas posibilidades de aprehender dicha cosa. En esta búsqueda, en este dejarse ir entre drogas blandas y trabajos segundones, hay alguna respuesta.

“Creo que puedo ser la voz de mi generación. O la voz de una generación. O una voz”, dice Hannah en el primer capítulo, como si en la duda se adivinara el fracaso y en la confesión, la confesión de Dunham. Su pretensión está puesta: la voz de una generación que nadie ha tenido el detalle de bautizar, o que no ha sido correctamente retratada.

(hay una película, Tonight you’re mine (2011), en la que dos músicos relajientos son esposados por un policía en un festival de música y al final, por supuesto, se enamoran. Los dos pueden clasificarse como hipsters con cortes de pelo asimétricos y ropa con animal print. Acá hay otro pedacito de esta generación. La generación Coachella. La generación Glastonbury. La generación Corona Capital.)

En una escena de Girls, Hannah redacta un tuit tres veces, el primero críptico (pierdes algo, pierdes algo), el segundo azotado (mi vida ha sido una mentira, mi ex novio tiene novio). De pronto, el shuffle de iTunes le pone Dancing on my own de RobynHanna, cuyo ánimo se estimula con la música, envía un esperanzador: todas las aventureras lo hacen.

(atención a los detalles: Hannah tiene 26 seguidores, 4,140 tuits y el último de ellos fue: acabo de tirarle agua a un pan para no comerlo, pero me lo comí de todos modos PORQUE SOY UN ANIMAL).

En esta escena, una porción de la juventud está representada, lo mismo en Nueva York que en el DF. El proceso de creación de un tuit. La generación que crea tuits, esa idea de la que Cliff Poncier de Singles, que batallaba como un mártir en el proceso de escritura de sus letras, se burlaría.

Algunas voces de esta generación salen bien retratadas en Girls: su talentoso Adam, el personaje más complejo de la serie y con el arco narrativo más interesante; su etérea, excéntrica (aunque aburridísima) Jessa; la Shosanna que en un momento de coraje grita everyone’s a dumb whore!; Marnie, la chica bella y concentrada, y Hanna (Dunham): la anti-heroína que es lo mismo detestable que entrañable y, por lo tanto, una protagonista original, fresca, humana.

Girls tiene el aroma de una galleta de Magnolia Bakery y de un tubo manoseado del metro neoyorquino. Aunque es un lugar común escribirlo, también es una carta de amor a Nueva York, esa ciudad que aún tiene barrios industriales en los que es fácil perderse y una playa que nadie visita y ciertas calles que aplastan el corazón, y que siempre, siempre será bella, a pesar de lo caro, a pesar de lo difícil que es vivir en ella.

 

**Esto salió originalmente en Conecta la TV**

 

Filed under Penínsulas
nov 9, 2012

La despedida de Kristen Wiig de Saturday Night Live

0 Comments

Nunca había llorado con Saturday Night Live. ¿Por qué me pondría a llorar con SNL? A lo mucho me enojo: cuando sus sketches son abiertamente malos, como el fanático que no puede perdonar un descenso de calidad y todo se lo toma personal, o cuando el invitado no me parece o no me cae bien, o cuando algo pasa, en fin; me enojo poquito, no realmente, y a veces me aburro y le adelanto y me salto a las partes buenas. En general, en las últimas temporadas, Saturday Night Live tiene esta costumbre de mezclar fragmentos que son geniales con fragmentos que son penosos, horribles.

Pero el capítulo final de la temporada número treinta y siete fue una cosa aparte. Cada minuto fue un gran minuto. Mick Jagger se convirtió en el mejor host de la temporada: dio un monólogo conciso, a la antigua, nada de intromisiones de los actores o del público, ni de romper la cuarta pared. Fue Mick Jagger burlándose de Mick Jagger, sin perder el tempo ni el ritmo.

Luego vino ese sketch tradicional del programa sesentero Secret Word. Algo que me gusta de Saturday Night Live, y que algunos podrían tomar por un defecto, es que la estructura de sus sketches no cambia. Es inalterable. Sabes que en What up with that DeAndre Cole (Kenan Thompson, uno de sus mejores personajes en SNL) siempre interrumpirá a sus invitados y no los dejará hablar jamás, y que Lindsey Buckingham de Fleetwood Mac (Bill Hader, cuánto lo amo) siempre estará ahí, no hablará, se molestará, pero al final se reconciliará con DeAndre. Eso es reconfortante. Sabes que las ladies del Bronx (Amy Poehler y Maya Rudolph) siempre invitarán a jóvenes guapillos a su show y que se la pasarán quejándose de sus vidas y tirándole el perro al invitado. Y en ese sketch de la  palabra secreta, Kristen Wiig es la actriz venida a menos que siempre enumera  fracasos pasados y que no se sabe las reglas del juego y que siempre la caga. Y adoras el sketch por eso. Y en perspectiva, sabes que es la última vez que lo hará y algo dentro de ti se rompe.

Nota adicional: en ese sketch, Mick Jagger es una especie de pimp amanerado. En el siguiente, van a un karaoke donde cada imitación de Mick Jagger es peor que la anterior, y sin embargo los amigos creen que son geniales. Mick Jagger, en el papel de un ñoñazo, se queja tímidamente de cada una. En otro sketch rarísimo, telenovelero (The Californians, recurrente), Mick Jagger es un californiano de pelo rubio y acento del west coast. Es adorable. Es gracioso. Pero también es Mick Jagger. Es el host y el musical guest en uno: canta con Arcade Fire, Foo Fighters y Jeff Beck, que son invitados, pero también sus alumnos.

Otros elementos notables: uno de los personajes más queridos de Kristen Wiig es Dooneese, una chica de manitas horrendas, que canta con sus hermanas y es una desgracia. Aquí en un sketch para la posteridad donde acosa a Will Ferrell. El chiste es que Dooneese nunca consigue al hombre y lo persigue desde su fealdad, que no es autocrítica. Pero en ese último capítulo donde Kristen Wiig aún fue parte del elenco de Saturday Night Live, el hombre a perseguir fue Jon Hamm, un italiano cantor. Y como si Dooneese mereciera un destino feliz por ser ésta su última aparición, el italiano poco exigente la acepta. Y juntos rompen las burbujas de la escenografía de PBS, felices. Un final digno para un personaje grotesco que todos adoramos.

 

Jon Hamm es Don Draper, el personaje más viril de la televisión. Pero también es Jon Hamm, nuevo consentido de Saturday Night Live (y en general, de la televisión en vivo gringa). Cuando a principio de la temporada estuvo Lindsay Lohan, y todos temían que fuera la desgracia que efectivamente fue, Jon Hamm fue el back-up host. Le dio vida a un episodio penoso en el que Lindsay leyó todas sus líneas mal, con una cara hinchada y triste. Además, Hamm es amigo querido de Kristen Wiig. Tenía que estar ahí, en su despedida.

Entonces llegó esa despedida. Kristen se graduó con honores. Hubo una ceremonia real, en la que Mick Jagger fue el maestro. Kristen bailó un vals con sus compañeros. Llegó Bill Hader, su otro camarada fiel. La pareja neurótica de Adventureland. Hader le dijo algo al oído. Kristen empezó a llorar. Yo empecé a llorar. Es absurdo, es tonto. Es un programa de sketches. Pero también conmueve. Hubo en ese episodio todo lo que un seguidor espera. Estuvo Steve Martin, que es como el Empire State de SNL. Estuvieron Rachel Dratch, Chris Parnell (en su última aparición en un Lazy Sunday, evocando al primero de los SNL Digital Shorts), Amy Poehler, Chris Katan. Estuvo Lorne Michaels a cuadro, bailando con su alumna más distinguida. El abrazo de Jon Hamm a su amiga.

Me voy a permitir llorar un poco.

 

Ocho años de amar a Kristen Wiig. La primera vez que llamó mi atención fue cuando vi a su one-upper Penelopela tipa que si has viajado a Italia fue a Japón, que si tienes ocho gatos tiene trece, que si sabes tocar la guitarra puede hacerse invisible y que, al final, cuando nadie la ve, realmente se hace invisible. Recuerdo esa primera vez y lo que pensé: una comediante talentosa. Sutil y aparatosa a partes iguales. Lo que sucede es que el talento femenino escasea en Saturday Night Live. Tina Fey no era graciosa al actuar, no tenía el rango actoral que Amy Poehler sí, pero era la escritora brillante y hacía reír desde el intelecto. Ellas ya no están, Maya Rudolph tampoco. A Jenny Slate la corrieron porque dijo un fuck en vivo. Las que quedan no lo han logrado del todo, a lo mejor porque viven opacadas por la sombra de Wiig (aunque a mí me gusta Nasim Pedrad).

En esta temporada, la número 38, hay nuevas adquisiciones. Ninguna ha logrado brillar salvo Kate McKinnon, a la que se le veía futuro en un par de capítulos de la temporada pasada. Ahora, es evidente que será el relevo de Kristen: ya aparece en casi todos los sketches y su cara es graciosa y se está dando a conocer (además, ostenta el dudoso honor de ser la primera mujer abiertamente lesbiana en el reparto de SNL). Cuando Kristen se fue, me resultaba triste pensar que por primera vez en casi cuarenta años, Saturday Night Live podría empezar una nueva temporada sin comedia femenina fuerte (afortunadamente, no es el caso).

Wiig ahora perseguirá una carrera en cine. No le irá mal, pero dudo que brille. Su talento reside en su capacidad para imitar (es la mejor Drew Barrymore de todas). Para la farsa y la exageración. Para los gestos. Para los personajes extravagantes. Me pregunto si podrá lucir ese talento en personajes de largo aliento. Tal vez, después de mucho intentarlo, regrese a la televisión, reducto de los comediantes de amplios rangos. En el futuro, volverá como invitada de Saturday Night Live, en algún capítulo especial, y revivirá la magia. Es raro, pero espero más ese momento que todo lo demás. Porque los personajes despiertan emociones. Y la despedida de Kristen Wiig significó despedirse de un conjunto de personajes. Al final, no te despides de ella, sino de estos amigos imaginarios.

 

**esto salió originalmente en Conecta la TV**
 
 
Filed under Penínsulas
nov 9, 2012

Don Draper, el hombre con miedo de morir

1 Comment

We’re flawed, because we want so much more. We’re ruined, because we get these things, and wish for what we had.

Don Draper

 

Al inicio de la cuarta temporada de Mad Men (Public Relations), un reportero le pregunta a Don Draper quién es. Aunque se proclame, Mad Men no se trata sobre el hombre que Don Draper es, sino sobre el hombre que quiere ser, que fue.

Public Relations marcó el resto de la temporada con una nota que era brillante en lo profesional y oscuro en lo personal: Don logró labrar algo con sus manos, completar el círculo del hombre que se hace a sí mismo y a su negocio, pero al mismo tiempo está solo y pasa los días en la misma cama, ahogado de borracho, con mujeres que no conoce, que no le interesa conocer. La quinta temporada, en cambio, se revela como el negativo: Don es feliz (claro que no es feliz) y todo a sus costados se derrumba. Como recién casado, es despreocupado e irresponsable, aunque intuye que se acerca a su ruina profesional. Es difícil reconocer en él al Don Draper que le truena los dedos a unos clientes potenciales que no entienden, no quieren entender que el mundo cambia, que la modernidad ha llegado y hay que subirse a su cresta.

Esa maravillosa última escena de Public Relations en que Don accede a prestarse a otra entrevista y despliega todo su encanto mientras narra cómo decidió empezar de cero, creándose y viviendo la historia del hombre que quiere ser (aunque no lo sea), dejaba la ilusión de un tiempo mejor por venir.

A mitad de la última temporada, el tema es otro. Cada personaje atraviesa una transición íntima: Pete se está quedando calvo, abatido por su vida suburbial; Joan se convierte en una madre que es soltera y que trabaja; Peggy, que se encuentra en su clímax intelectual, descubre que para las mujeres de su época había siempre una pared insalvable. Y Roger vive la derrota y la infelicidad, pero las vive a su modo, nunca deja de ser delicioso. Es el primero de los personajes en meterse LSD. Antes de sentir los efectos del ácido, lee el papel que le han puesto en la mano y que dice su nombre, su dirección y, en letras mayúsculas, la frase: PLEASE HELP ME. La secuencia no aprovecha las obvias ventajas visuales de la percepción distorsionada; en cambio, se concentra en las reacciones que suceden. El resultado es una escena misteriosa e inquietante.

Don creía que los adolescentes no lo saben, pero tienen miedo a morir. Ahora él lo sabe, acaso porque se da cuenta de que la modernidad lo ha alcanzado, no, lo ha dejado atrás. Don es, esencialmente, un hombre chapado a la antigua en un mundo que cambia con demasiada rapidez. Don Draper, self-made man, por primera vez siente la escisión entre la época que vive y él mismo. En un concierto de los Rolling Stones, se aparece con traje y sermonea a una chica a go gó. Quiere entender lo que ya se le escapa. Pronto será anticuado.

La quinta temporada ha gravitado alrededor de estos temas: el tiempo y su velocidad, la decadencia, el cambio inevitable. Para Pete, es la convicción de que un hombre que tiene una esposa y una hija y que vive en los suburbios, en realidad no tiene nada: no tiene el respeto de sus iguales, no es un hombre todavía. Y en Don es una rara espiral, una simulación. Abandona a su esposa en un restaurante en medio de la carretera y vuelve para creerla muerta; entonces maneja con los ojos inyectados, se lo lleva el diablo: no teme tanto perder a la mujer que ama como a la idea de ella, y la seguridad de que ella es la última oportunidad de respirar, de pertenecer al mundo.

Es común señalar a Mad Men como una serie efectista en lo estético, que crea atmósferas que a su vez generan tramas y no al contrario, como sería lo narrativamente correcto. Sin embargo, en los últimos episodios, la belleza ilusoria de los sesenta se ha deslavado.

La primera mitad de la década se queda atrás –igual que sus personajes– ante la modernidad. Hay ahora un mundo que pierde sus destellos. Algunas tomas en exteriores revelan un Nueva York sucio y peligroso, como un presagio de las calles que Robert DeNiro recorre en Taxi Driver. Para Don, Nueva York es una ciudad en decadencia. Para Sally Draper, Manhattan está sucia.

Mad Men basa su juego en los paradigmas: crea nostalgia por otro tiempo, revive ideales. Don simboliza la idea del padre. El tipo que fuma entre las sombras, que está agobiado pero que nunca se derrumba, y si lo hace es digno y al minuto siguiente lo deja atrás, como los hombres que no gastan su tiempo en mirar al pasado. Don Draper es el proveedor, el solucionador, el hombre que es el padre lejano, la fuente de conflicto y recriminación eternos. En su derrumbe está una historia acaso personal de Matthew Weiner, el creador, que por su universalidad resulta sobrecogedora. Puede ser porque muchos, al ver a Don, ven a sus padres. Y entienden que ellos también, como Don, tienen miedo a morir.

Esto salió primero aquí.

 

Filed under Isletas
may 23, 2012

Tina Fey y la nueva generación de comediennes

0 Comments

1.

En 2008, en plena carrera interna de los demócratas, Tina Fey se apareció como invitada al segmento Weekend Update de Saturday Night Live para una nueva entrega de su Women’s News. Centrada en historias de mujeres, con una brevísima dosis de defensa de género, Women’s News apareció en la época en que Tina Fey y su camarada, Amy Poehler, eran conductoras del tradicional noticiero (la primera vez que dos mujeres lo hacían desde la creación del show en 1975). Pero ese sábado de febrero de 2008, Tina Fey quiso dar un espaldarazo a Hillary Clinton como la primera candidata con posibilidades para llegar a la presidencia y dirigió su ataque contra los que llamaban a Hillary una bitch.

La frase con la que terminó fue ésta: bitch is the new black.

El sketch estuvo chistoso pero también fue un error, pues en lugar de reivindicar el peso de la mujer en los ámbitos más competitivos (¿y hay algo más competitivo que una contienda presidencial?), terminó convertido en una ratificación descarada de la señora Clinton, sin que Fey se lo propusiera[1].

Pero lo importante es que una vez más, en una nueva causa, aparecía el leitmotif básico de Tina Fey: el feminismo no como recurso para el chistorín, sino como un discurso serio. Un feminismo básico para las masas, lecciones de humanismo a través de la televisión.

Ya que los personajes feministas no ayudaban a la causa, alguien tenía que llevar estos asuntos al imaginario. Fey no tenía aliadas poderosas. Pienso en Lisa Simpson, la niña genio de ocho años, feminista, vegetariana y liberal, que a fuerza de defender sus causas con ardor exasperante acabó convertida en una party pooper neurótica.

El bitch is the new black puede no ser la mejor proclama feminista del mundo; de hecho, podría pasar por un argumento sexista y racista en un contexto más severo. Algunas semanas después, tal vez para nivelar sus afectos pero conservando la tradicional posición demócrata de SNL, Tracy Morgan apareció con el contraataque, declarando que Obama estaba en la contienda por sus logros y no por ser negro. Bitch may be the new black, but black is the new president, bitch.

Una frase que Tracy Morgan dejó caer con su encanto mitad ingenuo mitad badass.

 

2.

Lo que distinguió a Tina Fey de sus colegas, mientras fue jefa de escritores de Saturday Night Live, fue el tino que siempre tuvo para hacer el comentario adecuado cuando éste se necesitaba, sobre todo cuando hablamos de audiencias amplias. Mientras comandó, trató siempre los temas delicados sin censurarse ni dulcificar su voz, pero lo hizo siempre con gracia e inteligencia.

Sentó un precedente: la mujer inteligente detrás de la comedia, que poco a poco generaría secuelas.

Cuando imitó a Sarah Palin, la líder del movimiento Tea Party y candidata republicana a la vicepresidencia en 2008, aprovechó para hacer el comentario que era más pertinente, y que aplica en México para las campañas de 2012.

En el sketch están Tina Fey como Sarah Palin y Amy Poehler como Hillary Clinton. Tienen un mensaje para el público sobre el sexismo imperante en la campaña. Cada diálogo es un pimpón de elocuencia en el que Sarah Palin queda como la tonta fanática religiosa, cuyo concepto de relaciones internacionales consiste en poder “ver Rusia desde su casa” y Hillary, por el contrario, es presentada como la mujer que trabajó muy duro para conseguirse un lugar en la política y cuyas ilusiones fueron aplastadas por Obama. Liviandad de espíritu contra ira, en una situación política determinada. Al final, siguiendo el chiste pero con un gesto súbitamente serio, Poehler concluye: It is never sexist to question a female politician’s credentials.

La misma Fey, en su libro Bossypants, admite que esta frase fue la tesis y argumento de lo que intentaron hacer durante seis semanas con las parodias de Palin y Clinton. Un sketch sobre feminismo envuelto en bromas, “como cuando Jessica Seinfeld esconde espinacas en los brownies de los niños”.

Es como si con sus diálogos, Tina Fey aleccionara a sus televidentes, les enseñara a reflexionar a través de la comedia. Todo mientras demuestra un hecho que ya no debería intentar demostrarse: que las mujeres son graciosas. Que ellas solas pueden soportar el peso de un show. Como prueba están ella misma en 30 Rock y Amy Poehler, otro ícono del feminismo pop, que en Parks and Recreation se gana el pan dando lecciones de civilidad y ciudadanía. Ambas, con humor y con inteligencia, integraron un discurso marcadamente feminista en su obra, que además se atrevió a ir más allá del tema de género.

3.

Hay un sketch que atesoro: Bernie Mac (q.e.p.d.) y Tracy Morgan están en un cine a punto de ver The Pianist, a la que entraron porque ya no había boletos para “la de Vin Diesel”. Durante toda la película se la pasan comentando en voz alta y molestando a los asistentes, retratados con tan mala tinta que el estereotipo del negro ignorante (pero súbitamente conmovido por la historia de Wladyslaw Szpilman, un judío que al parecer no es tan diferente de los negros) profundiza un comentario que pocos shows se atreven a hacer[1].

Si el SNL presidido por Seth Meyers (discípulo ejemplar de Fey y actual jefe de escritores) se regocija en la nota coyuntural, que pese a su filo inmediato pierde vigencia con el paso de los meses, el SNL que Tina Fey comandaba trataba siempre los grandes temas americanos con entusiasmo y arrojo.

En el mencionado sketch hay que ver cómo, cada vez que termina de pelearse con un miembro de la audiencia, Bernie se vuelve a Tracy y le pregunta, con el tono amenazante pero a la vez fraternal de algunos miembros curtidos de la comunidad negra, did he touch you, did he touch you?

Esa era Tina. La pluma se le notaba, pues no hablaba de estas cuestiones desde una white guilt que es lugar común, sino como una ghetto más, una niña griega con una cicatriz que le atraviesa la mejilla que vivió, por este motivo, suficiente marginación mientras crecía.

4.

Al irse Tina y Amy, SNL dejó la comedia femenina a cargo de Kristen Wiig. Su forma neurótica de interpretar neuróticas le ha dado una fama de comediante que no es estridente, sino contenida, de mucha comedia física (los gestos, las miradas, los tics, el movimiento corporal). Ella y Maya Rudolph, acaso emulando la mancuerna Fey-Poehler, son el nuevo dúo femenino dinámico. Bridesmaids recaudó casi 300 millones de dólares internacionalmente, demostrando que a la gente sí le interesa reírse un rato con aventuras de puras mujeres (más una dosis de humor escatológico).

Según Fey, mientras estaba en The Second City, el teatro de improvisación de Chicago donde debutó (y conoció a Amy Poehler), un director le dijo que nadie quería ver un sketch con dos mujeres. El de Palin y Clinton fue visto por diez millones de personas en vivo.

Me gusta pensar que a lo mejor, quién sabe, ya estamos listos para reírnos de las mujeres.


[1] A menos que hablemos de otro gran show al aire: Community, donde Jeff Winger (Joel McHale) declara, respecto a esa insistencia enfermiza por ser multiculturalmente incluyentes,“not being racist is the new racism”.


[1] Aquí hay una transcripción del segmento.

 

 

Filed under Isletas
abr 16, 2012

Apuntes sobre Urban Matrimony and Sandwich Arts

0 Comments

Todo lo que está mal en este episodio:

1. Hacerlo Shirley-céntrico. Vamos sincerándonos: Shirley, luego de Pierce, es el personaje menos simpático de la serie. No porque sea una señora. No porque sea negra. No porque sea cristiana. Al contrario, esos tres elementos la hacen distinta, única y posiblemente fascinante. Pero Shirley habla como tarada, y las personas que hablan como taradas deberían tomar lecciones de dureza con algún ex convicto. Cada que hace su vocecita me dan ganas de que algún personaje le dé un ponchazo y la enseñe a hablar.

Shirley no me molesta. Estoy con los que afirman que su presencia en Community es muestra de liberalismo, que por primera vez en el medio un personaje cristiano es respetado, explorado, mostrado en toda su complejidad, y no como motivo de burla (ya tenemos demasiados escritores demócratas).

Creo que fue un error volver de un hiatus extendido con un episodio que se centra en un personaje poco empático. Además, con tantas ambigüedades: cuando el esposo le grita que su lugar es en la cocina, uno piensa que la boda siempre fue un error, porque André es un machista y además un cuernero. Pero cuando ambos entienden que las promesas se hacen todos los días y que las personas cambian, ¡oh Dios! ¡Ese matrimonio debe llevarse a cabo en cuanto antes!

En la universidad también teníamos una amiga así, ¿y saben qué hacíamos? La abríamos.

2. A estas alturas, el conflicto irresuelto de Jeff con su padre ha quedado más que comprobado. Hacerlo sufrir una catarsis borracha no le agregó más capas al conflicto, tal vez al contrario.

3. ¿No Chang? ¿En serio? ¿No Chang?

Todo lo que está excelso en este episodio:

1. Referencias oscuras a la cultura pop antes de los créditos: cuando Pierce entra y Troy le pregunta:

Why do you look like a wealthy murderer?

American Pyscho 101.

Christian Bale sentiría celos.

2. Britta. Es increíble cómo en los primeros episodios me parecía un personaje chocantísimo, pero cada vez, a fuerza de bullying constante (you’re the AT&T of people y el verbo brittearla), conservó su esencia pero se hizo humana. Tiene ideales. Es izquierdosa. Si viviera en México pasaría su tiempo libre en Coyoacán y Tepoztlán. Fuma marihuana. Gillian Jacobs ha hecho un gran trabajo de comedia con ella.

2. Troy & Abed, que fácilmente son lo mejor de Community.

Troy and Abed being normal.

Qué alegría reencontrarse con la peluca del papá de Pierce al salir del Dreamatorium, después de saturarse de weirdness.

Pero lo mejor es esos momentos en que Abed, por amor a la comedia, decide ser normal (el más famoso es en ese episodio de My dinner with Andre/Pulp Fiction). Siempre que lo hace logra verse guapísimo:

3. El clásico Shut up, Leonard.

4. Dean Pelton.

Filed under Isletas
mar 17, 2012

0 Comments

When a man walks into a room, he brings his whole life with him. He has a million reasons for being anywhere, just ask him. If you listen, he’ll tell you how he got there. How he forgot where he was going, and that he woke up. If you listen, he’ll tell you about the time he thought he was an angel or dreamt of being perfect. And then he’ll smile with wisdom, content that he realized the world isn’t perfect. We’re flawed, because we want so much more. We’re ruined, because we get these things, and wish for what we had.

- Don Draper

En algún texto sobre Mad Men leí que lo que atrae sobre Don Draper es que es un adulto. No es su atractivo físico sino la forma en la que vive, que sea un hombre que fue auténticamente destruido por la vida, por su pasado y por las circunstancias, y sin embargo poco acorazado, poco vuelto un cliché humano. Un hombre que sólo se quiebra una vez en muchos años, para aparecer después con el pelo perfectamente engominado y camisa limpia. Un hombre que trabaja duro para sus hijos, el único tipo de amor que conoce. El encanto que su personaje suscita es esa visión idealizada de nuestros propios padres: el proveedor, el misterioso, el hombre que llega después de las 9 con el mundo sobre los hombros, el tipo que fuma en las sombras.

Filed under Isletas
mar 13, 2012

Violencia en Game of Thrones

0 Comments

Creo que no podemos ignorar los elementos ajedrecísticos de Game of Thrones. Esta escena, ¿acaso la perfecta simetría podría ser más simbólica? Aún sostengo mi teoría de Varys y Littlefinger como las dos Torres (¿Pero de qué set? ¿A quién debemos creer que juegan? Lord Baelish ya demostró que sólo quiere cogerse a todos los que no lo dejaron jugar; Varys se mira a sí mismo como un hombre de honor que protege la paz del reino, ¿pero qué tan cierto es eso y cómo descubriremos cuáles son sus verdaderas motivaciones?)

Más reflexiones surgidas de mi segunda vuelta al ver Game of Thrones:

1. La violencia. George R. R. Martin, según leo en Wikipedia, dijo algo como esto:quiero que sientas temor por el destino de tu personaje favorito al pasar la página. Nadie está seguro. Un tipo en los foros de IMDB, con esa solemnidad ridícula tan propia de los ñoños de marca (me cuento en el grupo), sentenció: attach to no one. Nunca sabes quién va a morir, cuándo, ni de qué forma. No hay un solo personaje imprescindible. Todos corren peligro. De eso se trata el juego: you win or you lose. Game of Thrones recupera la crudeza del Medievo: un lugar y una época en la que contabas con suerte si lograbas mantenerte vivo. Donde el mundo es todo una trampa. Mueres en el fuego, bajo la espada, en la nieve, con el pecho sobre la tierra, entre las garras de un animal, en combate o por veneno. Debo insistir en que me recuerda a las novelas de “arma tu propio destino”. Elegías mal y el orco te arrancaba las vísceras.

2. Otra posible inspiración: las novelas y los juegos de guerra. Napoléon. Las retiradas. Robb Stark está probando ser un gran estratega, aprendiendo mediante el sacrificio de sus hombres y la táctica sobre el enemigo.

3. Hay una escena que me da escalofríos. No es la corona de oro líquido sobre Viserys Targaryen ni la decapitación de Ned Stark. No es cuando le cortan la lengua al juglar con un cuchillo caliente ni cuando Drogo le arranca el corazón al insurrecto (por cierto, es lo único badass que hace Drogo en toda la temporada; su final es demasiado humillante, impropio de un Khal). Es la última escena, el sacrificio de la bruja Mirri para el nacimiento de los dragones. Cuando está en la hoguera, grita you will not hear me scream. Por su honor, porque en su aldea es una sacerdotisa. Daenerys, quien ya había dicho que no tiene un corazón gentil, le responde: I will (el personaje de Daenerys me parece increíble, lo que no me gusta es la actriz, que parece sacada de una telenovela de TV Azteca). Entonces, cuando las llamas empiezan a comer su cuerpo, la bruja grita. Transforma su canto en gritos, gritos desgarradores. La piel siempre se me cubre de un escalofrío. El dolor físico es representado tan hábilmente en Game of Thrones que, pese a los dragones y los zombies medievales, todo me parece profundamente realista.

Filed under Isletas
mar 13, 2012

Game of Thrones: un insight (con spoilers)

1 Comment

Cada casa y familia en Game of Thrones es un juego de piezas sobre un tablero de ajedrez múltiple. De eso trata la historia: un juego de estrategia, y no de fuerza, para conquistar territorio. Para ocupar el trono de hierro. Dinastías que representan familias que gobiernan en los siete reinos, pero que obedecen a un solo rey. Una posición que, se sabe, puede arrebatarse.

Intuía que George R. R. Martin sería fanático del ajedrez. Y luego leo en su biografía: Martin was also a college instructor in journalism and a chess tournament director.  Y luego leo un poco sobre ajedrez. Que su antecedente directo es elchaturanga, un juego persa. Lucía un poco así:

Al centro, un trono. Imagino a los Stark como las piezas blancas. A los Baratheon como las negras. Y entonces aparecen unos terceros, los Lannister. De piezas rojas como el fuego vivo. Los Targaryen como las piezas color plata. Los Dothraki como las piezas doradas.

La metáfora no termina aquí. Cada personaje es una pieza de ajedrez. Imagino a Littlefinger y Varys como las Torres: donde uno defiende al rey, el otro lo hace con la reina. Los alfiles de los Stark, Arya y Bran (Jon y Robb son los caballos). La reina, con su poder múltiple y rápido (Catelyn en los Stark; Cersei en los Lannister). El rey (Drogo) que cede su lugar a la reina (Daenerys).

Así surgen los luchadores, que ganan mediante su fuerza (Jon, Jamie) y los estrategas, a través del intelecto (Tyrion, Ned).

Sí, Game of Thrones es un festín para gordos que viven en el sótano de sus padres. Es el mismo público que juega World of Warcraft y se desayunó a Tolkien a temprana edad. El mismo público que leía historias de haz tu propio destino y se convertía en un elfo que debía elegir entre atravesar la catacumba o regresar al puente de los cadáveres colgantes. Es decir, yo también los leía, pero luego crecí. El mito fue superado.

¿O lo fue? Lo que me ha gustado muchísimo de Game of Thrones es su originalidad narrativa. Hay arquetipos (el hombre de honor, el villano desalmado, la lady in distress) pero estos terminan enfrentados a sí mismos. El hombre de honor muere en la ignominia por un precio demasiado bajo. El villano que creíamos desalmado en realidad es un tipo existencialista que asegura que there are no men like me, only me. Y la dama en peligro, desencantada a una edad temprana, observa la cabeza de su padre clavada en una estaca.

Es maravilloso porque, según entiendo, uno incluso acaba amando al rey Joffrey, que triunfa en su caracterización de un casi-eunuco (ni siquiera Varys tiene menos huevos que él) y futuro tirano, como ver en la cristalización de su crueldad el germen de la locura por venir.

Claro: todos los personajes son entrañables, todos guardan otro lado de la moneda. La abnegada esposa de Ned repudia a su hijo bastardo. La heroica Daenerys es una ambiciosa llena de sed de poder. Los tiranos se refugian en la nieve. Los salvajes abandonan a su líder. Lo que está interesante es cómo Martin logró crear una mitología en la que todas las reglas estén intactas, pero logren convertirse en la excepción de sí mismas. Tienes a tu rey, tienes a tu reina, pero no tienes el orden de acontecimientos esperado. Y entonces, lo más interesante de Game of Thrones es que es sutil con la amenaza verdadera. Lo veo un poco, o al menos así me gusta, como la indomable condición humana, vacua y regenerativa, que se envuelve en guerras una y otra vez, fallando y ganando, y fallando otra vez, mientras allá afuera se desenvuelve la ignominia de verdad. Esas civilizaciones que caen en terremotos. Ciudades destruidas por el fuego. Continentes hundidos bajo el océano. La fuerza de la naturaleza, de esa tierra salvaje que hemos pretendido domesticar, imponiéndose con esa cosa absoluta y definitiva. Mientras las piezas de ajedrez se mueven, avanzan, comen otras piezas (que mantienen en su poder: Tyrion con los Tully; Ned con los Lannister) e incluso hace un jaque (un solo jaque, en el último episodio: cuando Sansa Stark está a punto de derribar a Jeoffrey al precipicio, The Hound la detiene; ella hizo la amenaza, otra pieza evitó que el jaque se convirtiera en mate), mientras, digo, estas piezas arman estratagemas, afuera se acercan los white walkers y la noche larga. ¿Entonces quiénes son los héroes y cuál es la verdadera amenaza? Un juego dentro de un juego. A lo mejor, como la nana de Bran decía, el cielo es azul porque es el ojo de un gigante deforme. A lo mejor Game of Thrones es un juego de ajedrez múltiple dentro de otro juego, Dungeons & Dragons. A lo mejor los niveles son infinitos.

Filed under Isletas
mar 13, 2012

Archivos

Categorías